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[Campaña de liberación] The cold snow hide the life below [Priv. Gerhard von Salz]

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Mensaje por Uriel el Sáb Feb 16, 2019 5:45 pm


Era una travesía complicada, si bien había logrado sobrevivir a su llegada lo cierto es que ese reino helado lo estaba haciendo pasar un mal rato. Las ropas que portaba eran efectivamente mas abrigadoras ahora pero no había manera de proteger sus delicadas alas del inclemente frio por lo que la mayor parte del trayecto avanzaba a pie. Aun así, no se daría por vencido, necesitaba seguir adelante pues aquella sensación de vacío que había en su interior lo tenían motivado a regresar a Tellius, al bosque quemado y a ese lugar donde aquel humano malvado le había arrancado su corazón y por tanto provocado su situación actual.

Su voluntad se mantenía firme, mas al quedar atrapado en una ventisca imprevistas sus fuerzas comenzaron a tambalearse debido a su fragilidad natural como garza, sin embargo y pese a haber estado enjaulado mucho tiempo había logrado ganar algo de fuerzas volando casi a diario y ejercitándose tanto como su cuerpo de garza se lo permitía, por lo que pese al fuerte viendo Uriel avanzaba paso a paso intentando mantener el calor dentro de sí mismo.

El viento comenzó entonces a soplar con aun más fuerza, la ventisca aullaba con fuerza azotando al débil laguz que luchaba con sus escasas fuerzas contra ella…. entonces paso lo que tenía que pasar y su cuerpo ligero termino siendo arrastrado por la tempestad. El tiempo que paso a partir de allí no logro saber con seguridad cuanto fue pero los minutos se tornaban eternos, su delgado cuerpo se vio arrastrado por los fuertes vientos y golpeado por los cambios en las direcciones de este, incapaz de poder siquiera abrir sus alas para estabilizarse debido a que estaban entumidas y pareciera que se romperían como el cristal de una copa si se forzaba a utilizarlas.

Pasando la tempestad, la frágil fiara de un joven con la piel blanca como la porcelana apenas resaltaba, estando casi a medio enterrar en la nieve. Su largo cabello gris plateado aun brillaba con reflejos metálicos en cuando la escasa luz que se colaba llegaba a reflejarse en ellos. Quizá lo que le ayudo a no hundirse completamente en la nieve fueron sus grandes alas de color celeste claro con plumas largas y delicadas casi como todo el. El joven respiraba, pero se estaba congelando poco a poco y carecía de las fuerzas para poder continuar.
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Mensaje por Invitado el Mar Feb 19, 2019 12:28 am

Miraba al cielo grisáceo e inclemente sobre la desolada y solitaria Ilia, que aunque ahora calmo, había desatado su tormentosa y contundente fuerza sobre las tierras que a duras penas atravesábamos hacía poco, con el ánimo del mismo color que las nubes que nos sobrevolaban. Habíamos terminado de patrullar una pequeña aldea situada en la parte honda de un valle, la cual mas que un núcleo de población parecía un conjunto de granjas agrupadas, en busca de supervivientes a los que salvar o emergidos a los que combatir en medio de nuestra empresa, liberar Ilia del mal que la había tomado, tan deleznable como implacable. Aunque nuestra búsqueda había sido infructuosa en ambos casos, los quince hombres que me acompañaban y yo mismo tmientras tuvimos la gracia de la Santa con nosotros, pues hallándonos en medio de uno de los graneros, empezó el arrasador aquilón a soplar con fuerza, tan gélido como imprevisto, generando una ventisca como pocas habíamos visto desde que llegamos. Refugiados de forma precaria en aquel lugar, de madera pobre y desvencijada, húmeda por el paso del tiempo sin cuidados, compartimos vino para calentarnos y tratamos de descansar nuestros doloridos cuerpos, extenuados por la inacabable marcha y los varapalos que nos brindaba el clima, como si tratara de acobardarnos con su fiera resistencia.

Apoyado en una de las paredes de aquel lugar, rodeado de paja y mantas mientras oía conversar a mis fieles hombres, pasé el tiempo que duró la tormenta en silencio, escuchando aullar al viento perdido en mis pensamientos. Venían a mí imágenes de mi temprana adultez, cuando fui ordenado siervo de pleno derecho del rey de Bern anterior, yendo a servir a las partes más angostas de la nación, las altas y perdidas montañas del noroeste, enviado para completar mi adiestramiento en un fortín en las alturas.Por aquellos lares, apenas se veía el sol sobre los picos, solamente apareciendo en los intensos amaneceres para luego desaparecer de repente entre las murallas y picos, cayendo el lugar en una penumbra perpetua fruto de las nubes e inclemencias del tiempo, creando un manto inmaculado que, aunque más fino que el de estas tierras, evocaban el mismo sentimiento de soledad y serenidad que creía ver en actualmente en el rostro de mi anciano padre. Reflexionaba en silencio sobre esas cuestiones cuando uno de mis abanderados, el cual con media sonrisa me informó de que había amainado el vendaval. No tardé en ordenar que retomáramos la marcha.

Tras levantar campamento, nos acercábamos a una de las zonas más costeras de Ilia, un antiguo pueblo de pescadores, suponía por la visión que me brindaba la clara estampa que, libre de nieves que cayeran o vientos aullantes, me ofrecía el paisaje. Avanzando con cautela por el frío y resbaladizo suelo crujiente bajo el peso de las botas, llegamos a una zona de altibajos nevados, que dejaban divisar desde las partes altas el siguiente lugar al que nos dirigíamos en nuestra incansable labor de peinar todo el territorio que pudiéramos abarcar de la nación helada. Y entre inmaculados parajes, mis ojos cansados creyeron ver una mancha azulada, fuera de lugar en la nívea y cuajada superficie en la que se había convertido el suelo en medio de aquel frío que te cortaba la respiración a la mínima que te descuidaras.

-¡¡Muchachos!!- alcé la voz para llamar a mis subordinados, señalando con firmeza al lugar. -Veo algo entre la nieve.

Marché en vanguardia hacia el lugar, envuelto con mis característicos mantos de pieles que ocultaban mi portentosa armadura forrada de cuero en su interior para evitar el mordisco helado del acero, tiritando de frío en parte, notando como mi barba, ahora desaliñada, se iba helando a la intemperie. No tardé en llegar frente a aquel bulto que, de alguna forma dejaba caer destellos acerinos, a la vez que mis ojos se posaban en una forma que, extendida, se encontraba medio enterrada en la nieve, de un color celeste que recordaba al del cielo en el sur. "¡¿Alas?!" pensé, completamente atónito al acercarme, pudiendo distinguir claramente unas plumas en sus superficie, descubriendo asimismo que frente a mí se hallaba un bulto de tamaño humano casi tapado por los restos de la tempestad.

-¡¡Aquí hay un ser humano!! ¡¡¡Venid, daos prisa, maldita sea!!!- apremié a los hombres a la zaga.

Me lancé a desenterrarle hundiendo mis manos en la nieve mojada, tratando de sacarle, ojiplático y nervioso. Conforme retiraba la nieve, la figura de una persona joven de delicadas proporciones y largos cabellos argénteos se abría paso, contemplando entonces que aquellas plumas pertenecían a unas alas que iban pegadas a su espalda, oculta por túnicas no muy gruesas. Jamás había visto nada igual, por lo que no pude dejar escapar una conjura de sorpresa, dándole la vuelta con delicadeza, temiéndome lo peor. Por suerte, podía notar su respiración, mas su calor se iba apagando poco a poco. Su rostro, fino como su silueta, lucía una belleza que recordaba a la perfección de las estatuas de mármol más exquisitas, y apenas sabía si se trataba de una mujer o un hombre, mas eso no importaba. Oí los pasos apresurados de los míos tras de mí, a lo que respondí raudo.

-¡Sacad un poco de vino, maldita sea!- ordené tajante. Palmeé su rostro con suavidad mientras uno de ellos me tendía una bota de vino, que agarré con la mano izquierda. pegándome a él para verter unas gotas escasas en su boca para tratar de despertar al alado ser. -Resiste...Santa Madre, por favor, que despierte- rogué en voz baja, pues aunque nos halláramos en medio de una campaña, las enseñanzas de la Madre eran universales.
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Mensaje por Uriel el Mar Feb 19, 2019 3:18 am

En ese punto Uriel caminaba en una fina línea, una garza como él no estaba hecha para hacer ese tipo de travesías y aquella era la prueba más clara. Se preguntaba, entre el umbral de la conciencia y la inconsciencia por qué era que Ashera los había creado de aquella forma, tan frágiles, tan débiles, criaturas que siquiera podían pelear para proteger su vida o las de sus seres amados. Criaturas como ellos estaban destinadas a parecer fuera de la tranquilidad de aquel bosque mágico donde una vez hubo muchos como ellos.

Recordó Seres con un sentimiento al que ya no encontraba nombre pues el creía que su corazón, tanto como sus sentimientos le habían sido arrebatados. Recordaba su bosque, a sus padres, a su amigo de la infancia con el cual iba a recolectar frutillas en el bosque, a los animales que se acercaban para oírlos cantar. Por un momento, Uriel pensó que quizá ya estaba muerto por lo que regresaba a sus épocas mas felices. Fue entonces que unas palmadas en su rostro le sacudieron en su ensoñación, comenzando nuevamente a sentir el frio que lo rodeaba poco a poco.

Unas gotas de un liquido desconocido entraron en su boca, atravesando sus finos labios que estaban un tanto agrietados por el frio; la primera señal de vida que dio el hombre alado fue la de toser enérgicamente en cuando el vino paso por su garganta, siendo aquella la primera vez que la probaba, comenzando a tiritar notoriamente al ser su cuerpo consciente de que se estaba congelando. Sin embargo aquel liquido de sabor desagradable comenzó a inundarle de una sensación mas cálida por lo que tuvo libertad para mover un poco sus entumidas alas y retorcerse un poco en los brazos de aquel extraño, mostrando en su rostro un gesto de notorio desagrado por el sabor del vino.

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Murmuro por lo bajo en aquel idioma incomprensible pues aun no se habituaba totalmente a utilizar el idioma de los beorc como su medio de comunicación principal. Abrió lentamente sus ojos que lucían un color celeste pálido, casi plateado y con pupilas afiladas que no podían ser humanas.

- Uriel… siente… *hic* extraño…. -

Comento al fin con cierta dificultad al hablar, tiñéndose su pálidas mejillas de un notorio y escandaloso color carmín, después de todo el vino le había golpeado de lleno al tener el estomago vacio y por su ya de por si poca resistencia tomando en consideración el que una garza se emborrachaba hasta con jugo de fruta ligeramente fermentado.

- Por que beorc…. se mueve tanto?, para…. Uriel siente enfermo… -

Comento arrastrando las palabras como cualquiera que estuviese pasado de copas, sus ojos celestes intentaban enfocarse en el humano con barba junto a él pero la bebida le distorsionaba la visión, haciéndolo ver doble. En un intento por hacer que el "movimiento" se detuviese alzo débilmente sus frías y pálidas manos hasta ponerlas en las mejillas del soldado, dibujando en su rostro sonrojado un gesto de mal humor.

- No muevas, Beorc!... para! -

Su manejo del idioma había mejorado de forma bastante notoria pero aun se expresaba con frases cortas y concisas, punto y aparte tampoco estaba en condiciones de pensar en palabras humanas para expresarse por lo que su vocabulario era ligeramente más inconsistente de lo normal.
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Mensaje por Invitado el Dom Feb 24, 2019 10:20 pm

Habiendo obligado a aquel joven de finos rasgos a tragar el vino para tratar de despertarlo, me encontraba aún de rodillas tratando de calentar aunque fuera de manera tenue su cuerpo, tan delicado y ligero como el de un ave, detalle que parecía venir acompañado de sus extrañas alas, que del color del cielo colgaban de su espalda, de forma desconcertante y sorprendente para mí a partes iguales. Desabroché entonces el manto de pieles que llevaba encima, de forma rápida, notando cómo una brisa norteña, húmeda y helada, rasgaba mis mejillas inclemente como si se tratara de la cuchilla de un enemigo juramentado. Tirité, estremeciéndome en aquel momento, mordiéndome el labio inferior en un gesto de desagrado, mas negándome a devolver la capa que ponía sobre su cuerpo desesperadamente a su lugar, capeando el mal tiempo como buenamente podía, rodeado de mis hombres que, viendo el gesto altruista que su líder realizaba, empezaban a hurgar en sus fardos, buscando cualquier fuerte de calor que pudieran brindar a aquella pobre criatura que, de aspecto inocente, yacía de mala manera en este helado y desolado suelo. Coloqué el mantón sobre sus hombros, apretándolo en su pecho, notando que su cuerpo se movía levemente, seguramente fruto del caldo que había posado por sus labios en mi afán de despertarle y calentarle las entrañas al menos, ya que el mundo lucía tan gélido como despiadado.

-No te rindas...quédate con nosotros- susurré de cara a él, esperando que aquellos movimientos no se trataran de estertores o espasmos debido al endiablado frío que nos azotaba.

Oí pasos rápidos tras de mí, y tras girarme un instante pude ver varias manos que, generosas, empezaban a ofrecer pequeñas mantas y jubones al entumecido y alado ser, cayendo entonces en la cuenta al mirar a su espalda que sus plumas parecían escarchadas como los campos de Bern durante el invierno.

-Ayudadme a taparle un poco las alas. Si se le congelan, puede que muera- pedí con voz trémula a los míos, tragando saliva. No sabía cómo tratarle, bastante tenía con tratar de recuperarme del pasmo que me había invadido fruto de la morfología que poseía, y de la que no tenía una explicación clara por el momento. ¿Se trataría de un heraldo de los cielos, perdido entre ventiscas, siervo de la luz y de la gracia de la Santa? Su faz desde luego era la de un celestial, tan puro como perfecto, siendo bellos como las esculturas más sobrecogedoras que había tenido la suerte de ver, pareciendo su piel de mármol inmaculado.

En estos pensamientos me hallaba, tratando de tapar junto a mis subordinados su plumaje cerúleo cuando de repente sus labios se movieron, brotando de ellos palabras que, débiles y apagadas, no alcancé a entender incluso habiéndome acercado para oírlo. ¿Sería otra lengua? Así lo parecía por su acento y tono, y más después de no haber sido capaz de comprender un solo vocablo. Abrió entonces sus ojos, de pálido azul salpicado de grises, afiladas sus pupilas como saetas, disipando en aquel momento mis dudas sobre la condición y naturaleza de este ser, que mágica o sobrenatural parecía ser. Y entonces, antes de que pudiera mediar palabra, habló de nuevo, esta vez en mi propia lengua, con un marcado acento tan suave como el rumor del agua en el nacimiento de un manantial, aunque débil y distante dada la situación, casi siendo un susurro moribundo.

-¿Uriel?- repetí con tono suave, deduciendo que se trataba de su nombre, o eso quise entender dada las formas de su primera frase. -Tranquilo, te encontrarás mejor. Oídme, preparad una camilla improvisada, nos lo llevamos a un lugar seguro- ordené entonces a mis abanderados, girándome a tiempo para poder oír sus siguientes oraciones.

El rubor empezaba a notarse en sus mejillas, llenándolas de carmín en medio de tanta palidez, viendo entonces que al menos el vino parecía haber tenido algún efecto en él, aunque creí notar que su tono se tornaba el de un ebrio, arqueando una ceja entonces, pues la cantidad que le había suministrado era ínfima, apenas unas gotas. "¿Beorc?" pensé, sin identificar qué significaba, deduciendo que se dirigía a mí por muy mal que sonara la palabra. Quizá no hablaba bien mi idioma y mezclaba ambas lenguas.

-No te preocupes, de verdad. ¿Uriel?- pregunté, tratando de llamarle, sin saber si tendría éxito, posando mi mano en la que él ponía en mi rostro, tratando de tranquilizarle viendo que se encontraba turbado y que torcía el rostro en una mueca desagradada. -Te vamos a sacar de aquí y cuidarte hasta que estés bien. Reserva tus fuerzas. ¿Vale? Todo saldrá bien- sentencié esperanzado, mirando a sus ojos profundos y bellos.

Esperaba que mis palabras pudieran reconfortarle mientras los míos preparaban de forma precaria un poco de madera y unas telas para construirle una camilla, pues apenas sabía si podría andar, dado su estado, tanto por la ebriedad como por el frío. La Santa me guiaría en esta prueba inesperada de altruismo y solidaridad.
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Mensaje por Uriel el Miér Feb 27, 2019 9:22 pm

Todo era caótico y confuso para el en ese momento, la sensación extraña que le dejaba su primera vez bebiendo vino así como el frio que los envolvía, un viento que mordía como si se tratase de una bestia feroz y salvaje. Los ojos celestes de Uriel lograron enfocarse lo suficiente en el hombre que le hablaba, así como lo comenzaba a invadir sensación cálida al ser cubierto por lo que pareció un abrigo espeso. Aquel abrigo aun guardaba algo de calor de su dueño original por lo que inconscientemente la garza se acurruco un poco en el agarre contrario siendo cosa de su instinto el que le hacía arrimarse a cualquier fuente de calor cercana.

- Mío nombre… Uriel, si… -

Respondió débilmente cerrando un poco los ojos para lidiar con el mareo que se negaba a desaparecer, aun así, una sensación de cosquilleo se apoderaba de todo su cuerpo, producto igualmente de la bebida alcohólica, lo cual le hacía relajarse más de lo que podría haber esperado. Las alas del laguz, aun replegadas, eran por si mismas tan grandes como el mismo Uriel luciendo unas plumas grandes, pesadas y finas cuya escarcha les daba cierto brillo cristalino. Era quizá gracias a ese plumaje abundante que había logrado sobrevivir a duras penas ante la inclemente ventisca pues aun si no era el plumaje típico de las aves que pueden moverse en aquellos climas helados sí que lograban generar aunque fuese un poco de calor.

- Como nombre Beorc?...

Uriel no confiaba completamente en los humanos pero a esas alturas realmente daba lo mismo su opinión al respecto y menos aun cuando le estaban salvando la vida, aun así, el joven garza buscaba los ojos contrarios con su mirada que parecía poder indagar hasta el alma de los seres vivos. Uriel ya había perdido la capacidad de conectarse con los sentimientos ajenos, pues el mismo no creía poseerlos, pero al menos podía indagar lo suficiente como para identificar codicia o maldad en los pensamientos más inmediatos de los seres humanos. Las afiladas pupilas del laguz se adentraron en aquellos ojos castaños sin encontrar pizca de maldad o egoísmo por lo que, soltando un suspiro, el joven de cabello plateado pensó que estaría seguro, al menos por ahora.

Si bien sabía que de quedarse dormido posiblemente no llegaría a despertar lo cierto era que le costaba estar totalmente consiente por lo que no recordaba claramente lo que transcurrió en el tiempo en que fue trasladado en camilla, aunque si entreabrió las alas varias veces al tener la falsa sensación de estar cayendo que le provocaba el movimiento de la camilla. El cuerpo de Uriel era sumamente ligero, tanto que cualquiera de los soldados podría llevarlo en brazos sin más dificultad que la notoria altura del joven y sus alas que median extendidas casi el doble de su cuerpo. Las telas con las que lo habían cubierto lograron su cometido trayendo al laguz de nuevo a la vida al pasar los minutos.

- Donde esta Uriel?

Fue la primera pregunta que salió de sus labios en cuanto estuvo ya lo bastante lucido para entender lo que pasaba. Aun hacia frio pero nada comparado al aire helado que casi reclamaba su vida en aquel manto níveo.

- Gracias… Beorcs ayudaron Uriel… agradecido

Sus mejillas aún estaban coloradas, el efecto del vino tardaría en pasar pero quizá era mejor así pues gracias a ello su cuerpo se calentaba con más facilidad de adentro hacia afuera. Lo segundo que sintió fue la necesidad de comprobar el estado de sus alas por lo que las entreabrió y recogió un par de veces para asegurarse de que no estaban dañadas, Uriel no solo sentía gratitud hacia los humanos que le salvaron sino que igualmente con Ashera pues era casi cosa de milagro que sus preciadas alas estuviesen un poco entumidas pero completas y sanas.

- A Beorcs les gustan cosas brillantes, si?… Uriel no tiene mucho… -

A veces los humanos ayudaban por que deseaban obtener algo y aun si no era este el caso normalmente aquellas criaturas tan distintas de él solían ponerse contentas con las cosas que él no consideraba de valor alguno. A como pudo se reincorporo un poco logrando quedar sentado aun que se notaba lo bastante débil como para que una tarea tan simple le costase trabajo. Busco un poco entre su túnica blanca y saco un broche de oro puro de buen tamaño con la forma de un sol, ofreciéndolo hacia el humano con cabello y ojos castaños.
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Mensaje por Invitado el Mar Mar 05, 2019 12:29 am

Traía el viento la ira doliente de las tierras de Ilia en cada una de sus ráfagas mientras me hallaba sobre el cuerpo tembloroso de aquel alado joven, sintiendo en mi corazón encogido por la situación apremiante el cálido y vigorizador toque de la esperanza en mi espíritu, pues aún cayendo los chuzos de nieve como saetas lentas sobre nosotros, en medio de un paraje inmaculado sobre el que el cielo parecía haber abandonado completamente su piedad y misericordia dejándonos a merced del más gélido olvido, la gracia de la Santa no había dejado que desfalleciera el alma del muchacho perdido entre nevadas. Volví a apretar los mantos puestos sobre su pecho con mis manos envueltas en los guanteletes que, de heladas que se hallaban, ya apenas sentía, a la par que mis mejillas, ocultas por mi barbado rostro, empezaban a mostrar los signos de la temperatura glaciar que presentaba el ambiente, escarchándose mis cabellos y bigote junto al resto de mi faz, como las alas celestes que hasta hace poco lucían desprotegidas y tendidas en el suelo, lejos de estar en su mejor momento, pues sus hermosas plumas se helaban irremediablemente. Poco me importaba en aquel momento el frío que invadía mi rostro y hombros conforme las brisas que habían seguido al temporal se tornaban más duras, cortando como dagas traicioneras la piel de mis labios y pómulos, así como mi nariz, que empezaba a encontrarse moqueante, fruto del clima. Si el frío entraba en mis huesos, rodeándome con sus manos debilitantes formando un abrazo que desgastara mi brío, lo combatiría con agallas y de frente, pues ya habría momento de sanar mis heridas y síntomas cuando acampáramos a resguardo, pues como bien me había enseñado mi sabio padre, aquel que se convierte en escudo firme jamás caerá, ni ante la mismísima muerte, pues eterno será su empeño en el brillo de los ojos de los que le rodeaban.

Oí sus susurros temblorosos en medio de aquel llano, comprobando como estaba los amarres de los mantos y jubones para aislarle del frío, con aquella voz temblorosa y bella que, aturdida por el efecto del caldo, clamaba que mi sospecha acerca de su nombre era correcta y demandaba el mío, pronunciando de nuevo aquella palabra cuyo significado no entendía del todo.

-Gerhard- pronuncié lentamente, para que me entendiera, girándome después para comprobar cómo iban mis hombres en cuanto a la camilla con la que nos lo llevaríamos.

Tras de mí, mis subordinados acababan de terminar de preparar una precaria y sencilla camilla, hecha con restos de madera y telas con las que montábamos el campamento y que, necesarias para nuestro cometido de patrullar estas tierras para acabar con los emergidos que las habían tomado, llevábamos con nosotros, por suerte para Uriel. Sus rostros, tan curtidos como aguerridos tras años de servicio, no podían ocultar la sorpresa que los recorría, pues aunque su deseo de ayudar era similar al mío, el aspecto del zagal al que estábamos rescatando turbaba sus ánimos siendo extraño el designio de la Santa Madre al llevarnos a su encuentro, signo de que debíamos socorrerle por demanda divina, o al menos eso creía yo. Posaban sus ojos inquietos en mí para pasar a estudiar con la mirada a Uriel, al que empezaban a acercarse, ya con la camilla preparada, con algunas mantas de más en ella, para luego con un gesto de asentimiento, recogerle con cuidado y posarlo con mimo sobre la misma. Me levanté pesadamente y con cuidado, cayendo entonces en la cuenta de que, en medio de toda esta situación, no me había percatado de que mis soldados, antes abrigados hasta el extremo, lucían sin sus sayos, estando estos en el improvisado lecho recién construido. Dirigí entonces una mirada directa a ellos, que sin palabras para mí cargaban al socorrido, sabiendo entonces que, pese a sus miradas extrañadas y el deber que llevábamos a las espaldas, sus corazones puros habían tomado las riendas en el esfuerzo de ayudar a alguien en apuros, ejemplo claro de los nobles ideales que, de una forma u otra, queríamos venir a representar.

Ya llevando en silenciosa procesión a nuestro nuevo acompañante, avancé junto a la camilla, velando por el estado del mismo, dirigiéndonos lenta pero inexorablemente a aquel pueblo costero en el que, si no nos fallaba la información que teníamos de él, podríamos hallar descanso, al menos por el momento, pudiendo prepararnos para proseguir con nuestra cruzada. Se empezaba a abrir el cielo nuboso sobre nosotros, remitiendo poco a poco los empujes del viento, tan batallador como nosotros, dándonos tregua en aquella guerra que más luchábamos contra el tiempo que contra los grisáceos seres de ojos carmesíes. No me aparté de la camilla, dirigiendo a mis hombres por aquellos páramos en dirección a la costa, oyendo cómo hablaban por lo bajo pasado el tiempo ante el batir de las alas que efectuaba el pálido zagal, seguramente para paliar el frío. No quise entrar en debate con ellos sobre qué era éste, por lo que taciturno, me mantuve mudo, observándole mientras la gélida Ilia amenazaba con dejarnos igual que a él, pues aunque el viento se hubiera ido, el temporal había dejado su huella, una tal que podría dejarnos congelados en el sitio. Habiendo avanzado algo, encontramos lo que parecían ser los restos de una granja antes de llegar a la aldea, siendo éstos una estructura de madera que, conservando sus paredes escarchadas y su techo, se alzaba de forma precaria en medio de la nieve, viéndose tras de ella el pueblo, en una bajada algo empinada. No hizo falta que ordenara detenernos, pues un simple gesto de mano me bastó para que nos adentráramos en el lugar y con premura montáramos campamento.

Ya en el interior, tan vacío de vida como de cualquier enser, sucio y polvoriento, nos dimos cuenta de que parte de lo que debió ser un hogar yacía derruido, mientras que nosotros, para nuestra comodidad, habíamos tenido a bien cobijarnos en lo que parecía ser otro granero, parecido al anterior. En pocos momentos, ya estábamos alrededor de una fogata que, de manera leve, calentaba nuestros cuerpos a la par que una marmita humilde que, puesta al fuego, contenía una sopa que usaríamos para aplacar el hambre y alejar el susurro gélido escondido entre los vientos. Cerca de la camilla me encontraba yo, vigilando aún a aquel desvalido que, en aquellos momentos, despertaba en mí el instinto de protegerle dadas las circunstancias, esperando a que realizara algún tipo de demanda o a que mejorase. Observaba sus cabellos largos y plateados, mientras respiraba con calma, habiéndome tomado la libertad de ponerme cómodo quitando las cinchas que ataban mi coraza, envolviéndome en la capa azul que solía llevar en los viajes, pensativo y calmado, perdido en mis reflexiones sobre la naturaleza de nuestro encuentro y el empeño que poníamos en nuestra causa. Fue entonces cuando su voz quebró el mutismo en el que me hallaba, lanzando al aire una pregunta sencilla que respondí con la boca seca, cambiando mi tratamiento hacia él al darme cuenta de que había perdido mis formas ante la emergencia, siendo algo descortés.

-Os halláis en una granja abandonada, en Ilia. Cerca de la costa- dije acercándome, llevando a mis labios una bota de vino para aclararme la garganta. -Os encontramos tirado en la nieve a la intemperie- pronunciaba las palabras lentamente, moviendo ampliamente los labios para que me comprendiera.

Vi que sus mejillas se hallaban aún ruborizadas, a la par que se le notaba aún el efecto del alcohol en su rostro, que había recuperado algo de color, mirándome con aquellos ojos plateados que hacían que me estremeciera cuando se cruzaban con los míos. Fuera lo que fuera, el vino no le sentaba nada bien, siendo delicado como si se tratara de una criatura de los cielos, demasiado pura para beber del alcohol que enturbia los sentidos de los hombres, corruptos por su naturaleza. Agradecido, habló vagamente, incorporándose para sacar de entre sus túnicas lentamente un bello broche de oro que brilló con fuerza, cegándome un instante, notando que los soldados miraban con curiosidad, acercándose algunos. Dando un suspiro largo, le dediqué una media sonrisa, moviendo mi mano en dirección a la suya que me ofrecía el broche, cerrándosela con cuidado y empujándola en dirección a su pecho, con serenidad.

-Ruego que guardéis esa hermosa fíbula, por favor. No deseo vuestro oro, ni ningún tipo de compensación. Marchábamos camino de liberar Ilia de emergidos cuando nos topamos con vos de pura casualidad. No podíamos dejaros allí dejado de la mano de la Santa, Uriel. Por ello os hemos traído hasta aquí- expliqué, destilando compasión por él. -Quedaos tranquilo, necesitaréis recuperaros. Cuidaremos de vos el tiempo que haga falta, y no pienso aceptar peros. Mas si es cierto que me gustaría presentaros unas cuestiones, si os place. ¿Qué hacíais en medio de semejante ventisca, Uriel? ¿A dónde os dirigíais?- pregunté, mordiéndome la lengua con respecto al hecho de que me moría por saber sobre su naturaleza y de dónde venía. Tendría que esperar.

Alcé la cabeza y me giré para mirar a aquel que vigilaba la comida, haciéndole un gesto para que se apresurara a servir en cuanto estuviera hecho, asintiendo él rápidamente. Esperé a la respuesta de Uriel, el extraño y misterioso joven alado al que recogimos tras la tormenta, intuyendo que se venía una interesante charla.
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Mensaje por Uriel el Mar Mar 05, 2019 2:36 am

Uriel no se resistió al gesto contrario, el cual parecía rechazar el broche de oro que el ofrecía como recompensa por su ayuda. El joven garza se limito a ladear ligeramente su cabeza pues no comprendía aquello…. Imagino que el broche quizá no le gustaba y quizá tenia preferencias por otro tipo de “brillantes”

- Fíbula?... Uriel sabía que esto se llama broche…. Uriel equivocado?

Sin ser capaz de ver más allá de sus palabras no insistió y guardo su broche de vuelta, ligeramente confundido pues su manejo del idioma humano aun no era del todo perfecto y su razonamiento aún estaba levemente afectado por el vino. La garza miro con curiosidad todo el lugar, siempre moviéndose de forma elegante y sutil, destilando una gracia natural que quizá solo otras criaturas como el podrían igualar. Escucho atentamente todo lo que decían entendiendo sin problemas ya que el humano se molestaba en hablarle despacio en consideración a su burdo manejo del idioma.

- Nombre beorc era… Gerhard, sí?... Gerhard ayudo así que Uriel responde.

Comento buscando nuevamente entre sus túnicas para sacar un maltratado trozo de papel que más bien parecía un mapa burdamente dibujado y garabateado con símbolos incomprensibles.

- Uriel va a casa… um… Tellius?… aquí. Uriel escapo sin permiso de la casa de hermano porque hermano detendría a Uriel de ir a casa… no mucho tiempo para prepararse. Viaje muy largo, Uriel estudió mucho pero no sabia que tierras Ilia tan frías.

Se explico lo mejor que podía señalando un garabato en el mapa que supuestamente debería ser el continente de Tellius, en el supuesto mapa estaba trazada una trayectoria cuyo punto de inicio se mantenía en incógnita debido a que más bien parecían trazos de un niño pequeño.

- Uriel sabe que en pueblos cerca del agua hay cosas beorc que flotan y lleva a lugares muy, muy lejos. Uriel intento llegar a pueblo para ir sobre cosa beorc que flota y volver a casa pero Uriel no muy fuerte, viento arrastro lejos…

Era un plan que sonaba simple sobre el papel pero que en realidad casi le costaba la vida hacia un par de horas, sin embargo al joven de cabello blanco no parecía importarle mucho pues sintiéndose mejor y ligeramente atontado por el vino no llegaba a razonar lo cerca que estuvo de morir. Cabía destacar que el rostro del joven, normalmente inexpresivo, daba ligeros tintes emocionales gracias a la soltura y confianza que el alcohol le brindaba, aun que parecía igualmente aferrarse a las mantas que lo cubrían al sentir aun el frio del ambiente notoriamente mitigado por la fogata. Sus alas se movían ligeramente conforme él se explicaba, cubriéndose finalmente un poco con ellas como si de un abrigo se tratase para guardar un poco mas de calor. Uriel entonces miro a los acompañantes del humano con quien hablaba, se notaban cansados y mas azotados por el frio inclemente que él. Los ojos celestes de Uriel los miraron fijamente con sus pupilas afiladas sin notar malicia o maldad en sus miradas… quizá ciertos aires de curiosidad que incluso alguien como él podía entender.

- Uriel agradece a los demás beorcs también… muy agradecido por ayuda. Si mas preguntas, Uriel responde con gusto…

Comento inclinando ligeramente su cabeza con gratitud. El borboteo de la sopa daba la señal de ya estar casi lista por lo que los soldados comenzaron a servirse cuencos, acercándole el primero a la criatura alada quien tomo con cuidado el cuenco de madera. Acerco un poco su rostro a la sopa, olfateando un poco el contenido antes de animarse a probarlo… las garzas no solo eran físicamente frágiles, sino que incluso su alimentación les llegaba a causar problemas en el sentido en que eran incapaces de comer carne e incluso los alimentos muy condimentados o pesados podrían hacerles daño.

- Uriel no come mucho… verdura hervida o semillas comida suficiente… carne no es buena, hace daño, pone Uriel enfermo… -

No quería ser exigente con la comida ni rechazar la amabilidad ajena, pero sentía necesario el aclarar aquello para evitar futuros problemas más adelante.
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Mensaje por Invitado el Vie Mar 15, 2019 12:08 am

Inescrutables eran los designios y caminos que plantaba la Madre frente a nosotros, al igual que caprichosa era la grácil mano de la fortuna que, en un constante giro parecido a un vaivén inconcluso, movía nuestros pasos por las tierras bañadas por la radiante e inacabable luz que el sol, símbolo de protección y vigilancia para los heraldos mas distante hacía caer sobre nosotros en estas desoladas y melancólicas tierras, donde la tristeza de las nubes se volvía hielo en el suelo, condenando a seres como nosotros a morir de puro helor. Tal era la naturaleza de la fuerza que nos había llevado a cruzarnos con Uriel, aquel joven que, de no ser por nuestra marcha forzada en el país extraño y cruel para nosotros, o al menos así veíamos a su condenado clima, se hallaría aún con la cabeza enterrada entre escarcha a merced de los estragos de la misma. Sin embargo, para mí, en aquellos momentos frente al joven alado de cabello albo como las lágrimas de Ilia, la casualidad no era sino digna de ancianas agoreras y malhumoradas y de plañideras suplicantes a un cielo mudo a sus plegarias vacías de fe y llenas de dolor, que persignándose ante el nombre de Elimine, no entendían siquiera sus propias oraciones, pronunciadas en vano. Algo había en la expresión de los ojos de Uriel, cuya belleza irradiaba misterio y pura soledad, mientras éste recibía mi negativa a aceptar semejante abalorio como muestra de pago por un acto ejercido por el corazón, y no el raciocinio, que me impulsaba a pensar que, en el fondo, la providencia jugaba a su favor, o al menos, velaba por su seguridad.

Perdí mi mirada en la suya conforme articulaba su siguiente frase, su mueca extrañada y sus gestos confusos por mis acciones, aún más por las palabras que usaba, quizá algo enrevesadas para alguien que, por lo visto, poco sabía de mi lengua, y que había pronunciado de forma quizá descortés para con el mozo. Negué con la cabeza, sonriendo ampliamente, tratando de enmendar mi error antes de explicarle con tono calmado y despacio lo que había tratado de decir.

-¡Pardiez!- exclamé, pasando a tocarme el mentón con la mano derecha. -Me disculpo por mis expresiones, Uriel, no pretendía confundiros. Fíbula y broche son el mismo objeto, mas dicho de otra forma, así que estáis en lo cierto- aclaré con cierto sentimiento de culpa, mezclado con un alivio enorme por ver que empezaba a mejorar.

Dejé que observara a su alrededor cuanto quisiera, pues era normal que tras su despertar, sintiera curiosidad por saber dónde se encontraba, y sobre todo con quiénes, mas aún dada su situación, tras haber estado a punto de perecer a manos de una ventisca poco oportuna. El ambiente tenso que podía tener el campamento improvisado por la llegada del extraño se había desvanecido como el mal tiempo al que nos enfrentamos cada uno a nuestra manera antes, como si una ráfaga de viento se la hubiera llevado a mares lejanos. Mis subordinados, que al principio parecían reacios a mantener sus miradas en él por miedo a que se cruzaran con la suya, empezaban a dejar a un lado las cejas enarcadas por el recelo para pasar a una curiosidad jovial y sana, pasando a expresiones más abiertas y amables, sonriendo aunque no pudieran cejar en su empeño de observar sus alas, tan prominentes y destacadas que sería un pecado no dejarse arrastrar por su presencia, bella, mística y cautivadora. Había dejado de ser un lugar frío y hostil esta granja ocupada ahora por nosotros, pues al olor de la sopa que se cocinaba en la humilde marmita y la atmósfera que dejaba la soldadesca al descansar en ella, relajándose y alejando los fantasmas que atenazan la mente de aquellos que empuñan las armas como forma de vida, ya sea por honra o hambre.

Volvió a hablar dirigiéndose a mí, preguntando si mi nombre era Gerhard, a lo que asentí rotundo y firme, dirigiéndole un vistazo que, aunque no inquisitivo, trataba de arrancar en parte de su figura, tan enigmática como bien perfilada, un par de respuestas a las cuestiones que resonaban en el fondo de mis pensamientos. Sacó de entre sus ropajes un trozo de pergamino bastante roído y apenas legible, en el que a trazos difusos parecía haber dibujado un tosco mapa, tratando de explicar los motivos y sucesos que le habían llevado al lamentable estado en el que lo habíamos hallado. Guardé silencio respecto a lo poco detallada que era su historia, además del tinte simplista que le daba al hecho de que decía venir del continente norteño de Tellius, del que al menos yo no poseía apenas noticias ni conocimiento sobre el estado del mismo o sus habitantes. Detalle harto curioso fue que mencionara poseer un hermano, por lo que deduje casi de inmediato que debían existir otros seres alados como él, pensamiento que me hizo componer una mueca de asombro velado, pues no trataba de ser maleducado con él mientras terminaba su relato.

-Ya veo- comencé diciendo, haciéndole ver que le había entendido. -Entonces decís que venís del continente situado al norte, Tellius...interesante- comenté en voz alta mesándome los bigotes con la zurda pensativo. -Si he entendido bien, os marchasteis de casa de vuestro hermano, mas ahora queréis volver al hogar ganando la costa y consiguiendo un barco- pronuncié la palabra haciendo moviendo la zurda hacia adelante, como si zarpara. Titubeé un instante, mirándole de nuevo, cayendo en la cuenta de que, seguramente, no quisiera contar su historia al completo, mas la curiosidad me podía, y sentía en mi corazón que había algo mayor que le había impulsado a marcharse de esa forma, arriesgándose tanto en estos tiempos convulsos. Por suerte, parecía que estaba dispuesto a responder más cuestiones tras su agradecimiento a los míos, que fue recibido con variados gestos de asentimiento, tras lo que le sirvieron un cuenco de sopa que pasó a olisquear, pues ya estaba lista la comida.

-Ya que lo decís...os preguntaré dos cosas más, relativas a tu tierra y a vos- respondí resuelto. -¿Ocurrió algo en Tellius como para que tuvierais que marchar? ¿Una búsqueda...o la sombra de la guerra ha llegado a aquellos lares de forma tan abrupta y violenta como aquí?- inquirí con un tono amargo que no sabía que poseía sobre esta cuestión. -Y la segunda...se trata de vuestra naturaleza, Uriel. No debéis responder a esto obligadamente, mas...¿qué sois, y por qué nos llamáis "beorcs"?- pregunté intrigado sobremanera.

Asimismo, parecía que nuestro compañero no podía consumir aquella sopa, pues según decía, se alimentaba de alimentos menos cárnicos, más propios de ciervos que de hombres. Con un gesto de negación dirigido a los míos, me apresuré a sacar de mi zurrón situado cerca en el suelo un paquete envuelto que contenía unas hogazas aún tiernas de pan, que gracias a la Santa aún se mantenían secas y en perfecto estado, al menos por ahora. Me acerqué con ellas en la mano, portando asimismo almendras, presente que mi esposa me entregaba siempre que marchaba a la guerra, fruto que ella decía que repararía mis fuerzas cuando me hallara exhausto y hambriento, ofreciéndoselas de buen grado.

-Tomad, Uriel. No dejaré que mientras estéis en nuestra compañía paséis hambre, ni mucho menos. Comed de lo que os traigo. Muchachos- elevé la voz para que me oyeran. -Buscad algunas provisiones como pan, frutos secos o algo de fruta seca o verdura. Así podrá comer, pues nosotros podemos cazar algunas liebres o lo que haya en estas tierras- ordené sereno tal medida con el fin de tratar bien a nuestro protegido.
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Mensaje por Uriel el Vie Mar 15, 2019 8:56 am

Uriel daba lo mejor de si por hablar normalmente con los humanos pues ya fuera de la jaula donde lo habían tenido por años ahora era necesario para el comprender y darse entender a partes iguales; era difícil y complicado para el pues el Gladr, su idioma natal era tan compatible con el idioma humano como lo eran el aceite y el agua, agregándole un significativo grado de dificultad el que este nuevo idioma que aprendía tenia palabras que no existían en el idioma de las garzas y por ello el joven garza normalmente terminaba confundido o mal interpretando algunas cosas, así mismo, difícilmente podía dar explicaciones muy complejas en especial si se trataba de hablar tendidamente sobre cosas perniciosas, malvadas y ruines que para las criaturas como el eran ajenas. Poso delicadamente una de sus manos bajo su mentón, intentando pensar detenidamente en lo que diría para responder sus preguntas, así como asimilar que una Fíbula y un broche eran la misma cosa.

- Uriel cree entender… beorcs complicarse mucho con esto de hablar… Si, es como Gerhard dice… Uriel regresa a casa en… uhhh… Gerhard llamo barco?  –

Comento francamente pues, así como él no podía ser malvado, ruin o egoísta tampoco sabía ser hipócrita ni mucho menos mentir o suavizar sus palabras por lo que normalmente respondía francamente y expresaba de la forma más sincera los pensamientos que le cruzaban la mente. Tomo una pequeña pausa antes de comenzar a responder a sus preguntas pues incluso alguien como el, a quien le habían arrebatado el corazón, era algo duro de recordar y más aun de explicar.

- Guerra…. Guerra… Es como cuando dos grupos pelean y hacen daño uno al otro, si?.... No, lo que paso en casa Uriel no fue guerra. Humanos llegaron a bosque cuando manto negro cubrió cielo y ni luna ni estrellas se podían ver… Humanos trajeron fuego, trajeron armas… familia Uriel, amigos Uriel… ninguno puede hacer daño, pero humanos si a ellos….

Intentaba apoyar sus palabras con pequeños movimientos de manos y un ligero gesto de angustia en su rostro. Como describir lo que vio y vivió ese día?, Como explicar lo que fue la masacre de su gente cuando siquiera entendía de concepto de matar por placer u odio?, como poner en palabras el sufrimiento y el dolor al que solo los humanos podrían poder nombre?. Aquellas largas plumas celestes en sus alas se erizaron notoriamente antes de continuar.

- Bosque de Serenes, antes hermoso… lleno de verde…. Se volvió…. Rojo y... negro… -

Tomo una pausa y soltó un pequeño suspiro antes de continuar.

- Uriel no conoce palabra beorc para lo que paso, así que pide una disculpa si no puede explicar. Historia corta es que no muerto Uriel, humanos sujetaron con… um… una… cosa en cuello… y metieron en casa pequeña fría…. Así? -

Junto las puntas de los dedos de sus manos intentando asemejar una jaula, esperando poder darse a entender lo suficiente como para que pudiera considerarse aquella respuesta como satisfactoria, había por supuesto una razón por la que a veces usaba el “beorc” y otras “humano” pero de momento no era algo que necesitase explicar. Pese a los horrible de la situación y del hecho que le costaba trabajo el explicarlo, el joven de cabello plateado hablaba con libertad y soltura del tema sin mas angustia a parte de no poder expresar sus ideas correctamente o por lo menos eso pensaba.

- Uriel es laguz… pero no todos laguz como Uriel… um… hay laguz gato… tigre, león… lobo… dragón… Halcón y Cuervo alas como Uriel, pero ellos mucho más fuertes… También hay garzas, como Uriel, pero ya muy pocos; muy, muy pocos… -

El joven entonces se limito a sentarse en una posición mas cómoda, comenzando a arreglar con sus manos las plumas de sus alas que seguían erizadas.

- Beorc es palabra buena… forma cordial con la que laguz habla de raza Gerhard… Humano palabra mala: es para hablar de Beorc malo, indeseable.

Explico mientras tomaba sin miramiento la ración de comida que era más adecuada para él, regresando con cuidado el cuenco de sopa caliente que le habían servido antes. Por increíble que pareciera Uriel no parecía en absoluto hostil hacia aquellos que le rodeaban, seria comprensible que cualquiera en su lugar guardase rencores a los humanos por incapaz que fuera de lastimar a otros; para bien o para mal Uriel no podía sentir odio o por lo menos estaba convencido de no sentir absolutamente nada a falta de un corazón y eso jugaba a su favor en situaciones como aquella.

Con sumo cuidado y dando pequeños bocados Uriel comenzó a comer pequeños trocitos de pan sin siquiera derramar una migaja, masticando las almendras de una a una con total calma y bastante ajeno al incomodo silencio que se había creado a su alrededor.

- Gerhard no preocupa… Uriel lleno muy rápido, garza necesita mucho menos comida que los demás.

Y ahora cambiaba el tema como si nada, ladeando ligeramente la cabeza hacia un lado al notar ya bastante tarde lo mal que su historia le había sentado a la mayoría de los presentes. Intento entonces adivinar a que se debía, mirando las almendras que aun le quedaban en las manos y después a su principal interlocutor, abriendo los ojos con un leve gesto de sorpresa cuando creyó encontrar la razón.

- Ohhh, Uriel ha sido muy descortés!, debe pedir una disculpa… beorcs también quieren semillas?

Comento extendiendo ambas manos hacia los demás en un intento por corregir aquel error imaginario, ladeando ligeramente la cabeza hacia a un lado, confundido, al ver que todos rechazaban su ofrecimiento y, de hecho, buscaban raciones de frutos secos y mendrugos de pan que tuviesen tal como se los habían dicho.

- No era eso?, quieren otra cosa?... Uriel no entiende, por que todos enojados?

Pregunto volteando a ver a Gerhard casi como un niño pequeño que espera por que se le explique algo que considera complicado, por supuesto le era imposible distinguir las emociones ajenas cuando el siquiera entendía las propias por lo que pensaba que aquella incomodidad y culpa que invadió a la mayoría de ellos se trataba de molestia o enojo.
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Mensaje por Invitado el Mar Mayo 07, 2019 8:06 pm

Sentía el peso de la edad y las arrugas sobre mi ceño, adusto y marcado tras los estragos de una vida dedicada a la salvaguarda, embutida ésta en el cálido y evocador velo que supone la duermevela, pues no descansa el alma de aquel que vive con sobrevesta y cota adornando su pecho, condenado en vida a aguantar aquello que, oculto en las caricias del acero bruñido que recubre su cuerpo, reposa atormentando los pensamientos y sueños que pueblan su nocturnidad, entre reflexiones taciturnas y arrepentimiento sincero. No era la primera vez que veía con mis propios ojos los varapalos que daba el destino sobre aquellos demasiado prístinos como para albergar algún tipo de fuerza o poderío que les guarde de la ruindad que camina por el mundo, encarnado en los hombres y sus miradas aviesas, inquietas presas los puros de corazón de las sombras que tardarían más bien poco en ahogarles en desesperación, expirados sus buenos deseos conforme el cruel crepúsculo se cerniera sobre ellos. Mas sí podía decir que, en esta ocasión, me hallaba ante un ser que, de inocente que eran sus ademanes, pensamientos y obras, era ajeno no sólo a la maldad y las pulsiones más detestables y odiadas de los seres sintientes, sino que además parecía tratarse de alguien que ignoraba los entresijos de un mundo que se le antojaba extraño e indescifrable, como reflejaban sus arrebatadoras pupilas, bellas hasta lo indecible, cual polluelo apenas emplumado caído del hogareño y acogedor nido en el que su madre aún le empollaba con arrullos y trinos susurrados con esmero. Se me antojaba hasta tierna la estampa que tenía delante, viendo como un joven que, de rostro esculpido en refinado mármol y aspecto cuasi divino, trataba de desentrañar lo que era una embarcación, pronunciando la palabra "barco" con semejante extrañeza, afirmando lo que quería decir en aquel instante.

Sin embargo, las nubes que poblaban Ilia no dejarían intacto siquiera el ánimo de la conversación que estaba teniendo lugar en este mismo sitio, cayendo cual lluvia gruesa el pesar sobre la faz perfecta de mi interlocutor, el cual parecía relatar lo acontecido en su tierra natal con la desazón de alguien a quien se le escarchan las mismas tripas mientras convertía sus pensamientos en conceptos que yo pudiera entender, temblando su voz con cierto deje de angustia, moviéndose sus manos como hojas de olivo ante un poniente frío, acompañando con su tono suave una prosa que hacía palpable sin la amargura que debía haber sentido tras lo acaecido. Imaginaba lo ocurrido con detalles que sólo una vida de servicio puede proveer, como el volar de las cenizas por encima de lo que una vez fue tierra próspera, ennegrecido el tizón nauseabundo que portaba la esencia penetrante del cabello quemado, la piel arrancada por el calor y el llanto silencioso y seco de los ojos muertos de aquellos que alguna vez fueron tus conocidos. Habíanse puesto como escarpias las plumas cerúleas de aquel ser bondadoso conforme recordaba la barbarie que, cometida a hierro a fuego, elevaba la oscura sombra de los hombres a límites no racionales, perversas y enloquecidas las acciones que realizaban sus filos, sembrando la muerte y la desolación allá por donde pasaran sus botas manchadas de sangre. Respeté el silencio que brindaba su pausa tras su narración, apretando los puños mudo, tratando de que en mi rostro no se notara la furia que me carcomía las entrañas, mezclada con la indignación que me provocaba saber que semejantes malhechores y bellacos andaban sueltos por el mundo que guardaba la Santa, donde sus palabras llenas de bondad debieran ser la única regla, y no los delirios de poder que se manifestaban en semejantes actos de crueldad y sanguinariamiento,

—No os preocupéis, Uriel— pronuncié a duras penas, tragando saliva mientras le apoyaba asintiendo con la cabeza en señal de respeto.

Mas mi máscara de estoicismo debía ser quebrada por el último comentario que salió de sus finos labios, como un jarro de agua fría, pues aunque no sabía de los usos y costumbres que se daban en el septentrión, las expresiones y gestos que usaba el alado mancebo no dejaban ninguna duda sobre la naturaleza de los que arrasaron su hogar, siendo además captores, esclavistas ruines, cobardes y avariciosos, seres repugnantes que ni siquiera merecían misericordia, arrebatando libertad a sus semejantes o ,en este caso, a criaturas tan hermosas como Uriel. Notaba el rubor acudir a mis mejillas presto y furibundo, mordiéndome el labio inferior en una mueca de asco e ira con tal de no estallar ante semejante relato, respirando profundamente justo después, sabiéndome la boca a sangre. Negué con la cabeza, apesadumbrado, para luego tratar de responder en tono tranquilizador a nuestro invitado, pues no deseaba alterarle más de lo necesario.

—Siento en lo más hondo lo ocurrido, de verdad, joven. Los hombres pueden tratarse de bestias sin escrúpulos ni humanidad, ávidas de lugares y vidas que destruir en su búsqueda de gloria, oro o sentimientos aún más oscuros. Mas no temáis, pues con nosotros os halláis a salvo, y no dejaremos que ningún malandrín ose poner una zarpa sobre vos, a riesgo de perder mi honra— sentencié tajante, con la verdad en mis labios sangrantes.

Prosiguió entonces respondiendo a mis preguntas, las cuales no habían sido pocas ciertamente, apartándose de mí aquel sentimiento de indignación conforme me explicaba que, por muy fantasioso que sonara, existían más seres no sólo como él, alados y semejantes a sí mismo, sino de diversos tipos, los cuales enunció ante mi rostro sorprendido, con los ojos abiertos como platos, expectante ante aquello de que había en el ancho mundo "laguces" gato, lobo, o incluso dragón, detalle que hizo que levantara una ceja de inmediato, fascinado por lo que contaba.

—Por la Santa os juro que, de no veros, no lo creería, al igual que todos mis subordinados, pardiez— expresé boquiabierto, notando que la sorpresa llegaba a las cabezas de aquellos que servían bajo mi mando.

Atendí a la explicación de la diferencia entre las palabras que usaba, quedando entonces aún más aturdido por ella, pues si había entendido bien, "beorc", no era sino una manera cordial de dirigirse a los de mi raza, mientras que "humano", una palabra harto común entre los míos, no era sino una palabra casi malsonante. No quise comentar nada al respecto del choque cultural, temiendo ofenderle terriblemente debido al posible, y de todo punto lógico, recelo que podría tenernos, por más que pareciera manso y abierto al diálogo, sin siquiera menospreciar la humilde comida que le ofrecíamos, conforme la soldadesca encontraba pan y diversos alimentos más propicios para el delicado cuerpo del muchacho, pues aunque de aspecto duro, los hombres de Bern tenemos corazón y principios, juntando en breve ellos una cantidad aceptable para él, por más que insistiera en que necesitaba menos alimento. Casi diría que nos sentíamos responsables de su tragedia.

—Nosotros ofrecemos lo que tenemos, Uriel—. Negué con la cabeza, mirando alrededor antes de volver a dirigirme a él. —Tomaremos la sopa, y si necesitamos más, nos dedicaremos a cazar. Eso es para vos— comenté señalando con la cabeza a las provisiones adecuadas para él. —Y aunque he sido descortés revolviendo en viejas heridas, me gustaría pediros que, si lo deseáis, podéis preguntar lo que queráis, sin límite. Habiendo conocido algo más de vos, lo veo adecuado.
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Mensaje por Uriel el Sáb Mayo 11, 2019 4:12 pm

Al hombre alado se le dificultaba entender no solo el idioma de los humanos, sino que sus motivos, costumbres y creencias. No lo graba comprender como algunos masacraron casi totalmente a su especie mientras que otros parecían indignados por el relato. Uriel era una garza sin corazón, mas aun así lo bastante empática como para hacerse una idea del humor que le rodeaba en ese momento. No entendía el por que de sus disculpas pus poco y nada le habían hecho ninguno de hecho; contrario a todo le habían salvado la vida y el joven de cabellera plateada se encontraba agradecido con todos y cada uno de ellos quienes incluso le entregaban la comida que podían, confiando en que aquellas tierras heladas serian lo bastante piadosas con ellos como para permitirles hacerse con la vida de alguna incauta criatura que no supiese esconderse bien… Uriel no creía poder sentir tristeza al pensar que algún animal moriría para mantener vivos a aquellos hombres bondadosos, pero a la lejanía su mirada se perdió por unos momentos, casi disculpándose por ser indirectamente responsable de ello. Entonces, un hilo rojo cerca de la comisura de la boca de aquel hombre llamado Gerhard. Sin ningún miramiento ni tampoco sentido del espacio personal el hombre alado tomo la orilla de una tela de su túnica blanca, limpiando con cuidado esa pequeña gota de sangre, ensuciando la impoluta tela blanca del hombre alado.

- Te duele?

Pregunto con cierto aire de duda, pese a lo que había relatado el joven no parecía desconfiar de ellos ni tampoco rechazarlos, su carácter gentil y tranquilo les dio un vuelco el corazón a muchos… ciertamente el muchacho parecía una criatura fantástica salida de algún cuento de hadas antiguo.

- Uriel lo sabe… ojos de Gerhard y amigos no muestran maldad o mentira… Aun que Uriel no comprende muchas cosas, si puede saber cuando Beorc no es un humano.

Habiendo explicado la diferencia, se refería a que podía distinguir cuando una persona no pretendía hacerle daño… había visto muchas veces a los ojos de aquellos que asesinaron a su familia, de aquellos que lo utilizaron como una atracción exótica en un circo, sabia perfectamente como era el “Alma” de un humano malvado y ninguno de los presentes cumplía esas características.

- Uriel puede preguntar lo que quiera?... mhhh… -

Las alas, ya acicaladas y con sus plumas en orden se removieron ligeramente inquietas mientras posaba una mano sobre su barbilla de forma pensativa. No tenia forma de saber que la idea de poder aclarar sus dudas, las cuales eran bastantes, le emocionaba tanto como era posible estando casi totalmente privado de emociones y sentimientos. Sin embargo, al abrir la boca para articular su primera pregunta sintió un terrible escalofrió recorrerle desde la parte baja de la espalda hasta la nuca, erizando las plumas de sus alas aun mas de lo que lo habían hecho antes. El joven garza dio un respingo y ahogo un grito, sintiendo todo su cuerpo estremecerse como si fuese la tierra misma aquella que le sacudía. Por primera vez el joven alado mostraba una emoción tan clara y marcada la cual era terror y ansiedad pura, haciendo que incluso su respiración se volviese pesada.

- La… la muerte se acerca… esta afuera… Uriel puede sentirlo en todas partes… Es algo malo… es algo humano… -

“Humano” era la peor palabra que conocía, la que describía mejor todo aquello que se consideraba indeseable, pernicioso, destructivo y peligroso. El joven entonces sujeto débilmente la capa del hombre a su lado, temblando todavía como lo haría una criatura indefensa en busca de protección ante un depredador, intentando encontrar consuelo en aquel que le había salvado la vida. Era la primera vez que sentía la “presencia” de los emergidos y su casi palpable sed de sangre le revolvía las entrañas y lo ponía enfermo. Aquella energía negativa que emanaban era por mucho la mas aterradora y maligna que hubiese sentido en su vida y a falta de fuerzas para pelear, sintiéndose derrotado únicamente por aquellas intensiones asesinas no podía hacer mas que temblar y resguardarse en sus alas todo lo que pudiese. Afuera, a la lejanía uno de los soldados diviso dos brillos rojos que momentos después se hicieron más numerosos.
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