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[ENTRENAMIENTO] los caminos a veces se cruzas… [priv. Ryutaro]

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[ENTRENAMIENTO] los caminos a veces se cruzas… [priv. Ryutaro] Empty [ENTRENAMIENTO] los caminos a veces se cruzas… [priv. Ryutaro]

Mensaje por Invitado el Miér Feb 13, 2019 6:47 pm

Nunca he estado en una de las ciudades de regna ferox mas que nada por culpa de que muy poca personas creen que sea buena idea contratar personas tan alegadas de donde están el trabajo prefieren contratar a personas locales o como mucho a alguien de un país vecino por lo que nunca he tenido necesidad de venir.

Pero ahora tampoco era diferente solo viajaba y llegue aquí sin saberlo.

Pero realmente no es muy diferente de norh aunque en el ambiente se notaba la diferencia.

Tenía calor por lo que mis ropas eran una gran molestia al no estar hechas para el desierto por lo que el calor me sofocaba un poco y la arena entraba con facilidad.

Ahora mismo no tenia opción era aguantar un poco el calor hasta que llegara la noche y poder hacer algo o comprar ropa mas cómoda para lugares como esto pero sin la posibilidad de comer hasta mañana y tenía hambre ahora por lo que eso no era un opción.

-quizás no tengo dinero para ropa no pero si para comida - en una ciudad grande siempre puedes podía encontrar posadas donde podía entretenerme hasta que por fin llegue la noche.

Y ahora mismo estaba en una donde el ambiente no era uno para la realeza o personas débiles lo que era normal al estar en la zona baja de esta ciudad donde puedes hacer lo que quieras mientras no te atrapen en cualquier lugar puedes pero por aquí era mucho más fácil.

Le pedí al dueño de ese lugar comida no me importaba que fuera, no tenia gustos muy exigentes por lo que cualquier cosa estaba bien.

Al terminas de comer como pedí alcohol al faltar mucho para la noche por lo que espere bebiendo.

Pero mientras esperaba a la noche entro alguien que llamo mi atención dentro de esa posada, tenia ropas de hoshido y su rostro parecía tan seria que me daba ganas de golpearlo el se sentó y pidió algo no se qué pero tenía curiosidad sobre él.

No me acerque y ni hable por un rato pero veía como el bebía sin para “acaso tiene no tienes limites” pensé, pero luego de quizás 10 minutos me canse y me acerque.

-oye tu eres de hoshido ¿verdad? - me ignora por completo mientras seguía bebiendo –oye esa espada no parece algo que muchas personas usen y por tu apariencia… debes ser un samurái ¿o que equivoco? - el puso un poco de su atención en mi.

Parecía que era de eso típicos samurái quizás me hubiera convertido en uno si no hubiera huido seria divertido pelear contra uno ahora.

-oye ¿que tal si peleas conmigo? - el no hablo ¿quizás era miedo?

-te estoy hablando  – no parecía que fuera a decir nada por lo que me aburro y me alejo –bueno no esperaba menos de un samurái siempre tan débiles, por eso hoshido fue tan fácilmente capturada por esas cosas.

escuche un sonido de una silla que se había caído, no sentía peligro por lo que tuve que sacar mi espada, cuando volteo el samurái estaba enfrente de mi –¿que acaso manche tu honor, samurái? - mi tono se puso burlón, era obvio que esta era la reacción que buscaba.


Última edición por Zeronoir el Sáb Feb 16, 2019 8:38 pm, editado 1 vez
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[ENTRENAMIENTO] los caminos a veces se cruzas… [priv. Ryutaro] Empty Re: [ENTRENAMIENTO] los caminos a veces se cruzas… [priv. Ryutaro]

Mensaje por Invitado el Sáb Feb 16, 2019 7:42 pm

Si tortuoso era el designio que dirigía mis pasos cansados por estas tierras extrañas para mí, acosadas por las nevadas y por las carmesíes miradas del enemigo incansable y acechante, entonces más aún lo era mi descenso inequívoco a mi propio infierno, que aunque de castigo exento se hallaba, me mostraba una imagen que, de una forma u otra, me recordaba a la caída en ruina de mi propia tierra, raíz de la vergüenza y la deshonra que emanaba mi alma, testigo silencioso y petrificado, como los árboles que me rodeaban en mi caminar similares a columnas de santuario, de la corrupción en la que se había zambullido el mundo, tan mísero y destrozado que parecía una ironía que antes una luz radiante hubiera velado por él. Brisas engañosamente cálidas mecían mis cabellos, azabaches como la vaina de mi hoja siempre reposando en mi cadera, largos y enmarañados, que aún en alta coleta, parecían sierpes libres revueltas y salvajes, ocultando en parte el descuidado y afilado rostro que me caracterizaba, curtido ya por los mil y un envites que me lanzaba el destino cruel, mientras inmutable me plantaba frente a él, como una solitaria y grisácea piedra bajo una potente y atronadora cascada, negándome a dar mi último suspiro por el momento. Mis ojos rasgados y sin brillo, hundidos y rodeados de ojeras, se hallaban entrecerrados en una mueca aguda, buscando inamovibles como la superficie de un lago una luz que se me antojaba inalcanzable, en una mirad que, más que agresiva o fiera, era la de un perro viejo y apaleado hasta el hartazgo que, un buen día, decidió recorrer una senda llena de contemplación y odio hacia el ser humano, en el que se encontraban todos los demonios imaginables. Echado el sol a la espalda, lucía mi figura espigada y desgarbada por un sendero marcado, en medio de una planicie extensa y apenas poblada por plantas, en medio del fango manchando mis sandalias, chapoteando entre despojos de tierra húmeda, dejando huellas difusas bajo la endeble luz del astro rey incluso en su punto más alto, que apenas conseguía calentar siquiera mi nuca, aún andando bajo su influjo, tan errático como reflexivo.

Hacía largas jornadas que había dejado atrás el extremo oriental de esta nación, humilde y rural, pero vacío como la sima en la que se había convertido mi bolsa, extendiéndose a mi ánimo. No había apenas encargos en esas tierras pobladas por granjeros y pescadores, que de poco necesitaban contratar los servicios de un desgraciado como yo, una espada a sueldo en un mundo en guerra, manchado el suelo de sangre emergida y humana a partes iguales en un mar rojizo y enfermo como la mirada de nuestros enemigos grisáceos, por lo que, viendo que el poco oro que tenía se me iba en sake y algunas comidas, decidí seguir al viento y llevarme mi búsqueda de iluminación y dinero camino al oeste, donde se encontraban las ciudades, esperando encontrar al menos un trabajo con el que mantener la cuchilla ocupada y el saco lleno un tiempo. Tras días deambulando, en los que la reflexión y la contemplación al infinito cielo y los dones de la naturaleza me brindaban algunas respuestas a mis cuestiones vitales, había alcanzado por fin a avistar resquicios de civilización, apenas ya recordada por mi mente, de memoria vaga sobre lo que era vivir bajo el amparo de los muros de una urbe, tan acogedores como carcelarios a mis ojos, que gustaba más de la compañía de las estrellas y los rumores de agua que de las voces de los hombres, tan escandalosas como carentes de contenido, y aún más teniendo en cuenta que perseguía la figura de aquella golondrina que, como una saeta, atraviesa el cielo para buscar su nuevo hogar, una vez más. Al principio podía ver que las sendas se unían formando una suerte de vía principal, seguido de las formas características de los hogares de los ganaderos, de madera y bajos, con cercas a sus alrededores, lugar para las bestias que entre gruñidos se distinguían, a la par que empezaba a toparme con los primeros viandantes que, esquivos en cuanto cruzaba la mirada con ellos, pasaban a alejarse de mí, susurrando u observándome posteriormente, ya fuera por miedo, respeto o simple desprecio a mi persona, que portaba la mirada cansada de un demonio en mi rostro.

Anduve en silencio, sin prestar atención a los demás que me cruzaba, serena mi expresión y marcados mis andares, moviendo pausadamente el rosario que llevaba atado a la muñeca derecha en señal de penitencia, antigua reliquia preciada de un hombre que, de habla esclarecedora, trajo luz sobre mí como si se tratara de la mismísima palabra de aquel ser de gracia infinita y caprichoso designio llamado Naga. No creía en su influencia sobre mí, perro maldito entre los míos, mas si quería alcanzar a comprender la verdadera iluminación, debía aprender sobre sus reglas, siendo el símbolo de mi determinación firme aquella ristra de cuentas oscuras que, de brillo hipnótico, sonaba a cada movimiento que hacía con la diestra, recordándome que, aunque yo renegara de un pasado que se abalanzaba sobre mí como un dragón furibundo, aún tendría que enfrentarme a él, encarnación de mis propios demonios y pecados en un ciclo de arrepentimiento y búsqueda constante. Absorto en mis pensamientos, no tarde en llegar a una ciudadela humilde, de muros bajos de piedra, que se mostraba circular ante mí frente al camino que venía siguiendo, con su característica puerta custodiada por guardias de adusto aspecto, corpulentos y curtidos en batalla, como sospechaba por sus formas, marciales desde luego, ataviados con armaduras de pieles y sendas espadas y lanzas, observando a los transeúntes vigilantes como las estatuas a las puertas de los templos de mi tierra. Pasó delante de mí un mercader de baja estatura y mirada perdida agradeciendo con la cabeza a los guardianes de la entrada, que al verme, se acercaron para advertirme que no deseaban problemas en la ciudad, si no quería acabar mis días en una celda cochambrosa. Ni siquiera abrí la boca para responderles, torciendo mi rostro en una mueca y asintiendo, procediendo a pasar, pues ante las pocas pertenencias que llevaba encima, que cabían en un saco, ni siquiera realizaron un cacheo.

No tardé en encontrar entre el gentío, tan ruidoso como en todas partes, y los edificios de piedra y madera repartidos por el lugar un pequeño lugar que identifiqué como una posada, dado su forma y el olor intenso a comida que llegaba desde el interior en este mediodía que, por el momento, se mostraba tranquilo. La fachada, de madera firme aunque humilde, destacaba sobremanera en aquella posada de apenas dos pisos, de puerta estrecha y constante ajetreo en el interior. Pasado el umbral, me encontraba en una modesta sala comunal, de suelo crujiente y algo sucio, calurosa gracias a la lumbre, y en el que los parroquianos habituales disfrutaban de un poco de comida y bebida, siendo estos variopintos, desde aldeanos hasta guerreros de pesada armadura y rostro cansado, al igual que el mío, deseando sólo sentarme a comer para decidir qué hacer posteriormente. Me senté con calma en una mesa lejana a la barra, donde se hallaba una señora algo mayor que yo, de aspecto cuidado y feroz, como las mujeres de la zona, de largos cabellos rubios atados en una coleta cerca de su nuca y mirada penetrante y azul como el cielo, que parecía estar siempre observando gélida como la nieve, cuyo color portaba en su piel. No tardó en aparecer, con una media sonrisa en su rostro y una bandeja en la mano.

-¿Qué será, señor?- pronunció con palabras amables y un fortísimo acento feroxí, tras mirarme de arriba a abajo.

-Algo de arroz, y un poco de caldo- respondí parco y calmado, sacando de un pliegue del kimono una bolsa prieta en la que guardaba mi oro, dejándola en la mesa cerca de mí. -Y guarde una habitación para mí. Necesito descansar.

Asintiendo con fuerza, se marchó para realizar mi comanda, volviendo poco tiempo después, con otra de sus sonrisas, y mi pedido, caliente y apetecible. Agradecí con un gesto de cabeza para juntar después las manos, costumbre de mi tierra antes de proceder a comer el arroz con el cucharón que me trajeron. Comí voraz, devorando aquel simple plato con ansia, bajando por mi garganta bocado tras bocado acompañado del sake de mi calabaza, que me daba calor y algo de alegría. No prestaba atención a los lugareños de los alrededores, ni a quién entraba ni salía de la taberna, hasta que, como una onda en un estanque calmado, algo turbó la paz que sentía, entre que bebía y comía. La voz de un joven de fuerte acento de mi nación me sorprendió tras de mí, preguntando si era de Hoshido. Le miré de reojo y a malas mientras daba un trago a la calabaza, viendo a un joven de pelo negro y atado en coleta como yo, mas a diferencia de mí, su mirada era la de un provocador, al igual que sus formas. Dudé en si responderle, llegando a alzar el plato y dar una cucharada al arroz, llenándome la boca mientras preguntaba si me trataba de un samurái.

-¿Y qué si es así?- respondí malhumorado, con la boca llena, pero callándome aposta sobre su segunda cuestión, pues él debía saber la respuesta.

Tras ese pequeño coloquio, decidió preguntarme si pelearía con él, como si se tratara de lo más normal del mundo en este lugar. Sin dirigirle una mirada, callé unos segundos para que rumiara su propia pregunta y escupí de mi boca un grano de arroz aún duro, respondiendo con tono tajante.

-Cállate, molestas- musité a medio camino entre un gruñido y un reproche, mientras sentía que la tensión crecía en el ambiente.

Le arrojé una mirada molesta y afilada, penetrante como la de un lobo que gruñe al cazador perdido y arrogante que cree tener una buena pieza frente a él sin haber probado el tacto de los colmillos de la fiera todavía. Había soltado unas palabras que, aunque vacías en parte, aún tocaban una fibra de mi alma que se negaba a abandonar mi tierra, mis costumbres y a los hombres que poblaban mis recuerdos el día del fatídico seppuku que inició el calvario en el que me encontraba. Suspiré, sosteniendo el plato vacío ya de arroz, levantándome de forma que se cayó la silla sin querer, llamando a la dueña de la posada, mientras los asistentes me miraban temiendo que fuera a desenvainar y a manchar el suelo con las tripas del imbécil que se atrevía a molestarme.

-Otro plato, por favor- miré a la camarera y asentí, tras lo que di un paso dirigiéndome al muchacho. -Si lo que buscas es que plante mi hoja en tu cuello tan a la ligera, acabarás consiguiendo que te maten, y no hará falta que sea yo quien lo haga. Sin embargo, dime tu nombre, y si lo que quieres es que te muestre el brillo de mi acero...hablaremos de combate. Lejos de aquí, y cuando me termine el arroz- rematé, sintiendo la garganta seca tras haber hablado tanto, por lo que bebí de nuevo, con un gran buche.
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Mensaje por Invitado el Sáb Feb 16, 2019 9:53 pm

Con una voz áspera me comenzó a hablar como si no hablara mucho, con una forma de hablar más de un noble algo digno de un samurái pero el ya no tenía lo aires de esos de aquellos samuráis con ese ego tan alto que tenían, se podría decir que somos similares aunque nuestras personalidades no podrían ser más que un estorbo para el otro.

Las palabras que me dijo eran una amenaza además de un reto, ¿realmente no quería pelear? Que aburrido es, además de que el lo que buscaba era un pelea a muerte desde el principio, yo nunca decidí eso al principio si no cuando descubría la habilidad y fuerzas de mi rivales decidiendo si dejarlo vivir o no, ya que no soporto ser retado por personas muy débiles.

Me sonrisa por esa reacción era muy evidente, los murmullos no se hicieron esperar aunque no me molestaran –¿por qué no se callan?- pensé,  mientras seguía viendo el enojo que se le reflejara en la cara de este samurái, entre todo lo que dijo pregunto mi nombre algo que pocas personas conocen y las que lo conocen además de mi persona no creo que sigan vivas o que me puedan reconocer luego de tanto años.

-acaso mi nombre importa, si realmente quieres es dejar una cuerpo sin vida no creo que un nombre importe o es que acaso rezaras por mí, lo dudo- mi rostro se acerco al de el con un mirada que solo alguien sin miedo a la muerte podría poner frente a alguien como este samurái que aguantaba sus ganar de desenvainar su espada, con cada palabra que decía no era otra cosa además de burlarme provocándolo aun mas pero hasta los samuráis tienen un límite, muchas veces con simplemente insultarlos tanto como lo estaba haciendo ellos no dudarían en sacar su espada e intentar matarme pero este tipo, este tipo tenía un límite que no alcanzaría a base de palabras sin valor, el solo respondería a un ataque directo, algo que no me gustaba mucho hacer no me gustaba ser el primero en atacar pero si me gustaba ser la causa.

Doy un suspiro al notarlo, con eso me doy la vuelta viendo como 2 tipos alto y musculosos pero solo eso no parecía poseer ningún arma o habilidad alguna como para detenerme lo que fácilmente se notaba que estaban preparado para hacerlo -dale las gracias a este tipo, estarían muerto si intentaran detener una de mis peleas- pensé eso mientras pasaba al lado de esos hombres.

Me detengo un segundo, quizás por el aburrimiento que he tenido últimamente al no encontrar un rival digno una palabras salieron de mi boca –oye samurái, si realmente quieres pelear te esperare en el norte de la ciudad en las afueras al atardecer donde no podamos ser detenido por nadie- mi palabras estaban calmadas en ese momento- espero que no huyas- pero rápidamente volvieron a mi tono normal que solo pareciera que me estuviera burlando de él.

Con eso salgo de la posada siendo golpeado por el sol que sin nubes en el cielo estaban tan intenso como el sol en el desierto podía estar y doy una vuelta con dirección al norte, no tenía nada que hacer y no creo que encuentre nada que no estorbara con la hora que le dije a ese samurái y fui sin muchas esperanza de ese samurái que realmente no sabía si realmente huiría o no al no tener totalmente el aire que desprendía un samurái cualquiera.
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