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[Campaña de Conquista] Round and round [Pri. Skjöld]

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[Campaña de Conquista] Round and round [Pri. Skjöld]

Mensaje por Shiven el Miér Ene 30, 2019 4:54 pm

— Campaña de Conquista en nombre de Plegia.


Sentado sobre lo alto de un tejado, alejado de la vista de todos y con una mano sosteniendo su barbilla, Shiven observó, observó sin cansancio, como si pudiese pasar allí horas seguidas sin el más mínimo movimiento, como si fuese una mera estatua, un mero observador. Pero cerró su ojo.

"Tsuji-no-kami, te rogamos, protege nuestros cultivos"
"Tsuji-no-kami, te rogamos, haz llover"
"Tsuji-no-kami, por favor, permíteme conocer al amor de mi vida"
"Tsuji-no-kami, te rogamos, salvanos de la tragedi"
"... Tsuji-no-kami ..."

El suspiro de una muchacha, palabras llevadas por el viento le hicieron abrir su única orbe visible. Con vago interés fijó su atención hacia la susodicha, aunque eso significase inclinarse al frente. La pueblerina, de larga cabellera oscura, suspiraba como presa de la enfermedad del amor con hojas en mano. Shiven se las pensó unas cuantas veces, indeciso entre si actuar o simplemente hacer caso omiso.

Eran episodios que se repetían una y otra vez. Cerró el ojo, rió en bajo y una ráfaga de viento balanceó su cabellera rosada hacia el frente, como un manto claro en medio del cielo. Las hojas de la muchacha salieron volando y más allá, casi como un cuento, un muchacho de su misma edad se agachaba para recogerlas. No hacía falta poder ver su rostro para saber que la muchachita estaba sonrojada y a flor de pie.

Siempre pasaba eso, era algo normal, una aburrida historia de amor que se había aburrido de presenciar tantas veces. Apoyó una mano en la madera del techo y con pereza se incorporó, cruzado de brazos. Viró su atención hacia otro lado, hacia los confines de la pequeña aldea y, entrecerrando más su ojo, logró ver siluetas oscuras a lo lejos, tan silenciosas que siquiera parecían haber sido vistas por los aldeanos. Quizás, de tener ambos ojos, habría visto con más claridad lo que ahora estaba ante él. El enemigo indudable.

No se lo pensó dos veces, se movió hasta el final del tejado, dio un pequeño salto y, apoyándose de unas cajas apiladas al lado, bajó hasta tierra firme sin mucha complicación. Tiró un extremo de su haori y sin mirar atrás siguió avanzando en dirección al peligro inminente con la seguridad de alguien que ya tenía todo calculado. ¿Caer ante enemigos grises? Era algo tan divertido como pensar en la posibilidad de caer ante los débiles seres humanos. Y aun así, a pesar de afirmar que desconfiaba en ellos, que no volvería a ofrecerles su ayuda, allí estaba él: solitario, avanzando hacia el peligro con una confiada sonrisa en los labios.

Después de todo, él era la deidad de los caminos.
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Re: [Campaña de Conquista] Round and round [Pri. Skjöld]

Mensaje por Skjöld Heilfsson el Mar Feb 05, 2019 2:10 pm

No había esta vez niebla que nublara mi vista con grises danzantes, ni espesura profunda que enturbiara mi caminar. Anciano era el encinar que atravesábamos, como la misma tierra que llenaba de polvo nuestras botas, tan viejas y curtidas como los hombres que las llevábamos, apretando el paso. El esplendor de la foresta que nos rodeaba, de nudosas y retorcidas cortezas,  duras como escudos, contrastaba con la podredumbre y la muerte que dejábamos atrás, dejando nuestra característica estela, negra y recubierta de cenizas, por allá donde pasáramos, fuera o no lugar lleno de gloria e historia, ahora ruinoso como nuestro destino. Cuerpos como troncos caídos, a lo largo de bosques, ciudades, llanos o caminos, eso nos era indiferente. Allá donde debiera librarse una batalla, debíamos marchar, acompañados de cantos, tajos y rugidos, todo por alcanzar gloria y subsistir. A paso demencial, habíamos dirigido nuestros filos llenos de sangre al frente, por orden de nuestro patrón en aquella campaña, libres por fin de la influencia de sus generales y mandos, hambrientos de éxito como nosotros de lucha. Hostigando a aquellas alimañas, los empujábamos rabiosos, obligándoles a retirarse y cambiar sus malditos rumbos, en una cacería que se me antojaba deliciosa, nosotros lobos y ellos ciervos, condenados a caer bajo nuestras fauces en algún momento. Entre chaparras, hojas y matas, avanzábamos ojo avizor, siguiendo el rastro de esa escoria y sus enigmáticas formaciones, misterios para los hombres, cuestiones para los espíritus, armados hasta los dientes, aprovechando el manto de copas que nos resguardaba de ojos indeseables pero nos dejaba expuestos a otros menos peligrosos, pero igual de inquietantes.

Di un paso al frente, sudando por completo, apartando con mi zurda de mi cara un molesto insecto que se empeñaba en zumbar en mis orejas, gruñendo desagradado. El calor de estas tierras se sentía pesadamente en mi espalda, tapada con pieles, mas moriría de calor antes que dejarlas a un lado en medio de una persecución tan intensa. Notaba mi cuerpo mojado y caliente, al igual que mi pelo caía enmarañado y revuelto sobre mis hombros y rostro, mezclándose con mis barbas. Maltejido calor. Lo odiaba con todas mis fuerzas, y me desquitaría con la escuadra de emergidos a la que íbamos siguiendo en cuando pusiera mis zarpas sobre ellos. Eché mano a la bota de agua y bebí con ansia, viendo a mis hombres moverse con soltura, buscando el rastro de esos malnacidos en el suelo. Había traído conmigo a unos treinta hombres, dejando a Sigbjörn al mando en el campamento, en la cuenca de un río situado al sur. Era mejor que yo me encargara de la batida, pues así conseguiríamos cubrir más terreno antes de que consiguieran replegarse y suministrarse refuerzos entre batallones. Miré al tronco de la encina más cercana, sintiendo entonces una ráfaga de viento, gregal fresco, acompañado de un par de gorriones que, de forma apresurada, volaban a barlovento, de rama en rama. Curioso, dirigí mis ojos y mis pasos en dirección al noreste, hacha en mano, acercándose a mí varios de los míos, siendo uno el explorador más joven que teníamos.

-Ludin, zagal- llamé al muchacho con un gruñido hosco. -¿Qué hay en esa dirección?

Con su arco a la espalda, me miró nervioso, ocultando su rostro casi lampiño con sus rizos castaños, encogido tan espigado como era.

-Por ahí hay un pequeño pueblo, Skjöld- respondió entonces, alzando su cabeza para mirarme resuelto. -Eso vimos Hofi y yo haciendo la ronda anoche.

A sus palabras, me toqué la barba, y tras pensar un segundo en el augurio de los pájaros, sonreí maliciosamente.

-Moveos, patanes- alcé la voz en una orden clara. -Los encontraremos allí antes de que caiga el sol.

No había terminado de hablar cuando empecé a andar a pasos agigantados siguiendo el rumbo del viento, jugando con el hacha en mis manos, ansioso por llegar, escuchando en mi cabeza la voz calma de Fyrdr, advirtiéndome.

-Prepara los colmillos y las patas, hijo de hombre. No sólo emergidos huelo en esos lares.

Anduvimos por un pequeño sendero de caza, marcado a medias, olvidado hace mucho, tratando de no perder el ritmo, y menos aún, la dirección que llevábamos. Me hallaba en la vanguardia, acompañado sólo de mis propios pensamientos, recordando travesías parecidas por bosques sin nombre, en aquella época en la que lo que cazaba no eran emergidos, sino hombres a cambio de dinero. Podía ver en mi mente si me concentraba los rostros aterrados de aquellos desgraciados a los que seguíamos durante semanas, acosándolos como ahora hacíamos con aquellos cuerpos grises, cuando por fin, tras mi rugido inicial, nos lanzábamos sobre ellos cual predadores ansiosos, abriendo con furia sus cuerpos débiles y derramando su interior por los suelos, tratando en vano de defenderse o huir de nosotros, cuando no se derrumbaban y rompían en llantos y plegarias, apelando clemencia o dando explicaciones, tan vacías como sus bolsas tras acabar con ellos. No me importaban sus voces ahogadas en temor, ni sus lágrimas ante la muerte que les brindaba. Para mí, no eran sino presas que cazar, bestias a las que abatir para seguir viviendo, y no era yo quien debía mostrar piedad ni sentir pena de sus patéticas existencias. Lo único que merecía importancia era la caza en sí misma, cuando nos entregábamos a la barbarie de la búsqueda, ya fuera en días de sol abrasador o en noches de ventisca en las que la luna se hallara ausente. Mientras pusieran oro y bienes sobre la mesa quienes me mandaban esos encargos, podían irse al infierno esos pobres diablos, debiluchos sin ambición ni fuerza para defenderse. Añoraba esos tiempos en el fondo. Los muertos habían convertido esos contratos en cosa del pasado, y ahora nos dedicábamos a alimentarnos de la propia guerra en sí misma, como decían nuestro nombre y enseña. Sumido en los recuerdos, pude oír la voz de Ludin marcando que nos hallábamos cerca del poblado. Me acerqué a donde señalaba tras mirarle satisfecho. Entre árboles más bajos, pude ver un conjunto de casas de madera pegadas, de no demasiada firmeza, pero aun así habitadas, como se podía ver en las gentes que había en el mismo. Gruñí, fijándome en que parecía haber alguien en uno de los tejados, observando al frente, alto y de complexión delgada, pero de rasgos irreconocibles dada la distancia, el cual bajó de un salto del mismo rápidamente. De repente, la voz de Hofi, otro batidor algo mayor, sonó desde otro ángulo pues parecía haberse adelantado para observar la aldea.

-¡¡Emergidos se acercan al pueblo, Skjöld!! Parecen bastantes, pero no estoy seguro- remató, escupiendo al suelo y sacando su espada, más mellada que su dentadura.

Sin pensarlo, me levanté, llegando a reír ante la situación. No éramos demasiados, por lo que salir corriendo desde esta arboleda y dirigirnos al pueblo como una exhalación para aplastarlos me emocionaba enormemente, como podía notar en Nöht, que se impacientaba gruñendo en mi interior. Así el hacha, mirando a mis hombres mientras se me erizaba el pelo y la barba, y con voz grave me dispuse a hablar.

-Seguidme a toda prisa y destrozadles. No toquéis el pueblo. Y no os pongáis en mi camino- añadí antes de salir de la arboleda, rugiendo como un animal salvaje en dirección al pueblo.

A mis espaldas, los míos me seguían raudos, desenvainando y comenzando a alzar la voz, preparando los cantos que llenarían aquel lugar en restos de una masacre, como dictaba nuestro destino.


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Re: [Campaña de Conquista] Round and round [Pri. Skjöld]

Mensaje por Shiven el Mar Feb 12, 2019 6:58 pm

Ahí, junto al soplido del viento, una vieja canción que en algún momento escuchó entonar en aquél pequeño pueblecillo, resonó en su cabeza con sorprendente claridad. Por un instante olvidó avanzar, quedándose firme en el lugar, con la mirada fija al frente, más sus ojos lejanos en el laberinto de las memorias.

No fue sino otro soplido de viento que balanceó su haori el que lo despertó de su ensueño. Esbozó una efímera sonrisa, cerró los ojos y aquello que emanó de sus labios fue una risilla a medias. A lo lejos, su único ojo visible logró descifrar unas siluetas que por energía, si bien ominosa, era demasiado violenta y extraña para tratarse de emergidos... Era más como los osos del bosque, o los lobos sedientos de sangre, por ello fue que pasó de ellos y avanzó a paso lento pero firme hacia los emergidos más al frente, aquellos cuya energía desinteresada sí podía distinguirla con claridad.

Era como la vainilla o la canela, tenían una esencia particular, solo suya. Y aun así... ¿Por qué se empujaba a tanto? Proteger una ciudadela frente cual no tenía ningún tipo de promesa, aún cuando, sabía que se olvidarían de él de nuevo— La mano izquierda sostiene la tierra, y la derecha sostiene el cielo~ —Canturreó en voz baja, dulce. Quizás era porque esperaba que la fé en él volviese a existir, que fuese tan verdadera como la fé en Grima o en Naga.

Avanzó un paso más— Tres mil mundos, todo ha sido visto ~ —Probablemente, en cualquier otra situación, donde podrían verlo o escucharlo, Shiven se mantendría callado, firme y complicado de entender como siempre. Pero a esas alturas, como un ser solitario en dirección al peligro, recordando memorias de antaño debido a un traicionero viento, algo más de libertad se permitía— la izquierda produce flores, y la derecha empuña una espada ~ —Volvió a parar, levantó la mirada al cielo, pensativo. ¿Cómo era que seguía?.

Diez mil años de nieve... ¡Como sea! —Con un ademán de la mano se propuso avanzar, ya indispuesto a seguir una canción incompleta que era incapaz de recordar por su totalidad.

Y cuando puso su mente en movimiento con más ansias, las extrañas voces de unos hombres demasiado furnidos resonó en sus orejas. Frenó de nuevo, arqueó una de sus cejas y, cruzado de brazos fijó en ellos su única orbe— ¡Ajá! —Soltó de golpe, ajeno a todo— Continuaba con: "la mano derecha se convierte en plumas, y la izquierda en escamas" —Concluyó, ladeando hacia un costado su rostro.

Alguna vez aquella canción se la había escuchado a una niña: una diminuta e inocente niña que de alguna forma pensaba que yendo a tararear canciones en su templo le facilitaría la misión de protegerlos. Había empezando con su vocecilla infantil y al cabo de unos años, era solo su dulce voz que alegraba aquél viejo templo. Más tiempo después, simplemente desapareció y él lo vio como algo normal. Solo entonces comenzaba a plantearse las cosas.

Les sonrió con cierto orgullo a los hombres, levantando la barbilla— Deduciré que no pertenecen a estas tierras... ¿De donde sois, pues, si estas son las canciones que allá se cantan? —Algo bruscas ¿no? Bordes y duras. Sin preocuparse al respecto de los emergidos, les dirigió solo una mirada de soslayo, volviendo a lo suyo en breves.
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Re: [Campaña de Conquista] Round and round [Pri. Skjöld]

Mensaje por Skjöld Heilfsson el Vie Feb 22, 2019 7:12 pm

Agitado, reducía la distancia entre el poblado y yo, mientras el graznido ronco y grave de mis hombres entonando las notas destinadas a la guerra inundaban mis oídos y mente, abriéndose paso entre los susurros bajos de mis patrones, embriagándome en un éxtasis previo al derramamiento de sangre que traía a mí persona el brío indómito y primigenio de mi verdadero ser, oculto el interior de mi envoltura mortal. Libre y alado, corría frenético, agarrando firme el asta de mi arma, cuyo filo esperaba recubrir con el amargo licor de las venas del enemigo en breve, trayendo asimismo una hazaña digna para las bendiciones y designios de los dioses y espíritus que, batalladores y exaltados como yo en estos instantes, ordenaban una carnicería que hiciera temblar la misma tierra. No podía sino sentir el calor tomando mi cuerpo, de forma casi inmediata e intensa, a tal punto que me ardía la piel, acercándome a mi ansiado destino poco a poco, jadeando, oyendo a mis espaldas el sonido de las botas de los combatientes que, sabiendo cómo actuar en una situación así, empezaban a dispersarse para cubrir más terreno. Pasando por un insignificante terraplén, llegué a las inmediaciones del lugar, parando en seco y de repente, con el rostro ruborizado y ardiendo, observando con mis pequeños ojos agudos el lugar en el que nos tocaría luchar este día, tan perfecto para una masacre como cualquier otro. El pueblo, sin ser más que eso, era el típico lugar en el que sólo podías encontrar siembraprados y porqueros miserables, débiles corderos que caerían o serían un estorbo ante cualquier amenaza que se acercara, ya fueran bandidos deseosos de oro o emergidos necesitados de sangre. Había arrasado en otros tiempos aldeas similares, tan parecidas a la desolada Dandr en la que me crié que, de manera casi irónica, casi podía ver aquel trozo de tierra quemada en este mismo lugar. Aunque me sintiera tentado de soltar una carcajada al destino por mostrarme un sitio así otra vez, me contuve, enfocado en el batallón enemigo que se acercaba lenta pero inexorablemente y en la escuadra de incursores que había traído conmigo.

Jamás rompíamos una promesa. Antes desplumados que cometer tal vileza. Habíamos acordado con nuestro patrón que, pasara lo que pasara, no saquearíamos las poblaciones de las tierras que pisábamos en estos momentos, ni pondríamos una mano encima sobre sus habitantes, por lo que, atados a dicho juramento como si la vida nos fuera en ello, lo cumpliríamos silenciosos y estoicos. Podía ver cómo, conforme se adentraban, mis fieles empezaban a frenar su avance, cesando los cantos y alzando la voz para otra cuestión. En las reducidas y pequeñas calles, se oían las órdenes hoscas de los míos, tan fulminantes como cualquiera de mis machadas en medio de una contienda.

-¡¡Atrás!! ¡A resguardo!- oí gritar a Hofi a los campesinos que, ante la invasión, se mostraban aterrorizados. -¡Si no queréis morir, a vuestras puñeteras chozas! ¡Vienen los putos grises!

Ante semejante voceo, algunos de ellos se quedaban de piedra, ante las fachas rudas y poco amistosas de los míos que, armados, mandaban contundentes a los pueblerinos a su casa, mientras que otros captaban la directa y marchaban raudos de vuelta a sus hogares, cerrando a cal y canto los mismos, presas del pánico. Hice un gesto de desagrado con la cabeza, negando con fuerza y escupiendo, para luego dirigirme por las angostas callejuelas camino a la zona del pueblo desde la que aparecerían esos seres caídos en desgracia. Dando largos pasos, hacha en reposo por el momento, me crucé con uno de los habitantes del lugar, un hombre anciano que cogía de la mano a un zagal que apenas levantaba un palmo del suelo y que, de ojos vivaces, nos observaba silencioso. Resoplé al pasar a su lado como un jabalí enfurecido, alejándome obstinado.

-Corred o morid- gruñí hosco antes de ponerme a la vanguardia.

No supe si me hicieron caso, o si me oyeron siquiera, pero no podía importarme menos. Frente a mí se hallaba aquel al que identifiqué como aquel ser espigado que saltó desde el tejado ágilmente mientras acechábamos, situándose al frente. Miré extrañado a aquel que, de forma humana y envuelto en extraños ropajes delicados del tono del cielo en una mañana despejada, anchos y vaporosos a partes iguales, en un corte que se me antojaba lejano. Mas no era su vestimenta lo raro pues la figura frente a mí, alargada y esbelta, era desde luego algo insólito. De pálida piel y finos rasgos, se hallaba de pie, y parecía haber hecho extraños gestos mientras nosotros nos acercábamos, pasando algunos de los míos a observarle, mas sin faltar al deber de formar preparados. Se reflejaba el brillo del sol sobre él, de rostro picudo y calmado, pareciendo esculpido en piedra dada la expresión distante que poseía, tapando uno de sus ojos con una larga venda, que contrastaba con el color de sus largos cabellos que ondeaban al viento, que parecían pétalos rosados de alguna flor exótica. De orgullo se manchó su único ojo visible mirándonos mientras preguntaba de dónde provenían nuestros cantos, deduciendo que éramos extranjeros acertadamente, alzando su mentón, como si fuéramos inferiores a él, dejando ver una de sus orejas que, más picuda que la de un hombre, alarmaba a mi bestia interior. ¿Acaso aquel joven no era lo que parecía..? No podía saberlo. Me acerqué a él soltándole una mirada fría directa a su faz, encarándome a él para responderle.

-Cantos a la guerra. De eso se tratan- respondí tajante, sin siquiera satisfacer su curiosidad sobre nuestra procedencia.

Ludin, moviendo su cabeza de lado a lado a la par que sus rizos, habló al desconocido con palabras tranquilas.

-Si no eres un guerrero, márchate y canta en otro sitio- dijo, mostrando algo de humanidad. -Hemos venido a matar a esos bichos.

Sin embargo, mi instinto me decía que, al igual que la noche y los rastros de los raposos son engañosos, aquel muchacho de ojo penetrante y verdoso así también lo era, por lo que miré a mi batidor, aún inexperto en el camino de la vida.

-Cállate Ludin. ¿No ves que el único que se ha dirigido hasta aquí, igual que nosotros? Sabe que vienen. Luchará- dejé caer esta última palabra de forma premonitoria, recordando el anterior aviso del zorro.

Bajó el rostro el mozo explorador entonces, asustado por el tono de mis palabras, tan grave como el sonido de un temblor, para luego ponerse en formación sacando la primera de sus muchas jabalinas.

-¿Me equivoco?- pregunté a aquel de cabellos rosados, mirándole a continuación.

El enemigo se acercaba y mis hombres preparados en muro se congregaban a la salida del pueblo, esperando su llegada. LOs batiríamos sin ninguna duda, mas no podía bajar la guardia frente a aquella persona, pues los susurros no dejarían que le diese la espalda, pasase lo que pasase en aquel lugar perdido.
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Re: [Campaña de Conquista] Round and round [Pri. Skjöld]

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