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[CAMPAÑA DE CONQUISTA] La hora de la Devastación [Priv. Mishael]

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[CAMPAÑA DE CONQUISTA] La hora de la Devastación [Priv. Mishael]

Mensaje por Gangrel el Dom Ene 27, 2019 4:07 pm



Lo que era innegable es que Plegia había entrado con todo en el panorama mundial con fuertes conquistas que dejarían con la boca abierta al mejor estratega del mundo. Todo gracias a su rey. Y eso era simplemente imposible de rebatir. No existían argumentos en contra del monarca en esos precisos instantes dentro de la que ahora era madre patria de un emergente imperio colonial. El nuevo objetivo del imperio era Carcino. El por qué, simple. Para poder bloquear toda Magvel teniendo de aliados a los renaiseños, destruyendo así el comercio internacional por completo, lo cual beneficiaría especialmente a sus países aliados en contra de toda potencia nagardiana, pues los de Sindhu no podrían comerciar con Akaneia, y eso sería un fuerte golpe a sus economías. Por eso mismo es que aceptó el tratado con Renais, que era especialmente ventajoso para Plegia. Quien controla el centro del tablero, siempre manda. Y Plegia sería ese país en muy poco tiempo.

Gangrel estaba orgulloso consigo mismo, obviamente. Estaba al borde de ganar una gran guerra que acabaría con la formación de un imperio totalmente propio. Por eso mismo, cualquier aliado era aceptado con los brazos abiertos. Aunque este pidiera dinero. Y es que muy en el fondo, una gran parte de lo que estaba luchando en Carcino no era el ejército de Plegia, que estaba principalmente en Manster y en la propia Plegia, sino mercenarios contratados para la tarea, pues el ejército del país todavía tenía mucho que mejorar en terrenos montañosos.

De todas formas, Gangrel era simplemente demasiado inteligente como para que detalles como el terreno interfirieran en sus planes. Ya lo tenía todo pensado. Y es que para sustituir lo ineptos que resultaban sus soldados en esas zonas, contrató guías muy capaces en la tarea. Con ellos, podía asegurarse de que las tropas no se perderían, de que los caminos estarían preparados para resistir el paso emergido, sabrían donde se encontraban los que antiguamente mandó a construir el gobierno republicano y muchos más detalles de la misma índole. Normalmente, estos no daban problemas, eran callados y se limitaban a guiar a los soldados sin demasiado más. Personas normales, inteligentes, normalmente bien formados y más importante. Con ropa.

Sí, ropa, aquellas prendas de tela que los varones y las féminas de la raza se ponían para ocultar sus zonas pudorosas, las cuales francamente no eran del interés de nadie. A veces complementadas con prendas metálicas para proteger el cuerpo del sable rival. Bueno, cosas que por educación se solían llevar, a veces por vergüenza, otras porque simplemente si se iba con cierta parte al descubierto muchos podían acabar con la boca abierta de pura envidia. Bueno. Muchos motivos para llevar algo tan esencial como la ropa, ¿no? En pleno siglo diez parecía normal pensar que la gente había comprendido que llevarla era necesario para un correcto funcionamiento de la sociedad. Bueno, al menos la gran mayoría de la sociedad lo había comprendido. Por suerte. Hasta en Plegia, en plenas épocas de calor, se llevaban atuendos, aunque mucho más ligeros. Con la comprensión y el apreció que se nota que tenía el rey por el correcto atuendo, es fácil pensar qué opinaba él de cosas como el nudismo público. Lo toleraba, ciertamente, pero tampoco es que lo fomentara.

Pero volvamos al tema de los guías. ¿Por qué toda esta explicación de lo que opinaba Gangrel de la ropa? Muy sencillo. Porque en el mismo momento en el que se enteró por escuchar ligeramente las conversaciones de algunos soldados sobre uno de los guías contratado por el ejército, tuvo que verificar que había escuchado bien preguntando directamente a los que hablaban. Y francamente, tuvo que contenerse la risa.

Una risa que siempre se guardaba porque muchos de sus consejeros la catalogaban como terrorífica. Así pues, se debe imaginar cual fue la situación cuando el monarca se encontró en su tienda de campaña, empezando a reír fuertemente por lo que él consideraba que era un hecho insólito. Posiblemente, y por lo que podía deducir, no era humano quien hacía eso, pero qué importaba. Laguz o humano, había producido la risa del rey, que se prolongó durante un buen rato. Y es que cuando Gangrel empezaba a reír era imposible pararlo. Por algo le llamaban como lo hacían: “rey loco”.

Fue al día siguiente, cuando todavía con el recuerdo en mente decidió conocer un poco más de aquel curioso personaje. Por eso mismo, miró el mapa de la república, lanzando un largo suspiro al aire. Había llegado la hora de atacar alguna posición montañosa. Y la elegida fue un fortín en lo alto de una montaña que conectaba con la carretera del país, y mucho más importante, cercana a la antigua capital que todavía tenían que tomar. Era importante tener cuanto más controladas las carreteras mejor, pues si bien toleraría la existencia de emergidos en sus territorios, era importante ser siempre capaces de controlarlos.

Y aprovechando la situación… Pidió que se buscara quién era ese joven y que lo trajeran ante él para darle la gran noticia: tendría el honor de guiar a Gangrel y sus escuadrones, uno de los mayores privilegios de la nación. Es evidente que también pidió que a este se le intentara poner de la mejor forma posible o por la fuerza unos pantalones. Más que nada porque el rey todavía respetaba un poco la etiqueta. Y dentro de su pequeña tienda de campaña, esperó. Estaba acostumbrado a ello. Al fin y al cabo, resultaba que los humanos no podían cumplir instantáneamente órdenes.

Y al llegar el joven, no pudo evitar sonreír por unos segundos. Irónico le parecía lo que le había hecho llegar ante él.

-Os saludo, laguz. Decidme vuestro nombre, por favor, y a poder ser, quién os contrató para llegar aquí. ¿Sois conscientes de la situación por la que os encontráis frente al emperador de Plegia? Y mucho más importante… ¿Cómo debería dirigirme a vos?
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Re: [CAMPAÑA DE CONQUISTA] La hora de la Devastación [Priv. Mishael]

Mensaje por Mishael el Mar Ene 29, 2019 9:27 pm

Había pasado tiempo, bastante de hecho desde que alguien había decidido contratar los servicios de guía de ese peculiar ser. Su viaje, aparte de buscar aquello que anhelaba con todo su ser, también era para poder ver con sus propios ojos los distintos entornos que presentaba este basto mundo, y de esa manera encontrar la mejor manera de cruzarlo. Desde desiertos tan calurosos que provocaban ilusiones para los viajeros, riscos tan empinados que harían dudar incluso a la cabra más alocada que hubiese en el rebaño; toda fauna poseía su toque especial y único, pero a la vez, poseían peculiaridades como el saber donde crecía los víveres para los viajeros que guiaba, los paisajes que tan solo se hallaban en alguna cueva o incluso ruinas perdidas a lo largo de las primaveras. Desde las lejanas costas de Hatari, hasta viajar por el enorme océano hasta Ylisse, sus patas lo llevaron a ser contratados por los sirvientes de un noble. Estos necesitaban seres con conocimientos del entorno montañoso para surtir los peligrosos caminos, con la finalidad de invadirlos o en los términos utilizados por ellos "Para limpiar el sitio de toda alimaña". Ya había escuchado ese término utilizado por los humanos y solo significaba guerras innecesarias. Odiaba a toda criatura carente de pelos sobre sus cuerpos pero eso no evitaba que les tendiera una mano, con la finalidad de verlos destruirse uno a los otros y de esa manera, poder dar declaración con bases fundamentales que los Beorcs eran la peste negra de este mundo.-

Como era de esperarse que, la manera en que afrontaba la vida, le iba a traer problemas con sus contratistas pues Mishael era una criatura que no soportaba el uso de telas innecesarias sobre su fisionomía. Utilizando sus largos cabellos para cubrir las zonas pudorosas o esto se encargaba el destino, que cooperaba con aquellos que tenían vergüenza de como los dioses los trajeron al mundo. Por ello, adoptaba la fisionomía del animal tratándose de un enorme lobo blanco que les indicaba el camino a seguir por las montañas, llevándoles la delantera por unos 5 minutos. Esto se debía a que tenía que asegurarse que el suelo estaba firme y que, por el peso de las armaduras, caballos y las cosas que llevaban con ellos, no cediera provocando una avalancha de seres vivos cayendo de forma estrepitosa contra al fondo. Luego de unas horas en ser uno de los tantos guías de ese numeroso ejército, tomo descanso a la lejanía del grupo, bebiendo el agua fría y pura que caían al borde de las piedras y alimentándose de carne cruda que solicito como forma de pago. La presencia de ese enorme humanoide no era bien recibida por los ajenos, ya sea por la personalidad altanera y egocéntrica o también, que les exigía más a los soldados que el resto; pues a su entender, si eran hombres fuertes esto no sería nada.

Grata fue sorpresa en cuanto escucho que el jefe de ese grupo requería su presencia en su carpa y que debía llevar consigo unos pantalones para dicha reunión. En primera instancia lo rechazo, dándole la espalda a los soldados los cuales lo acusaron de desacato y lo atacaron, siendo arrojados lejos de su persona, observándolo con desprecio y con ganas de asesinarlos. Pero fue un sabio consejero que se le acerco y hablándole de forma apacible, le dijo que lo mejor sería ir por las buenas. Que lo viera como un halago ya que, eran muy pocas las personas que tenían el agrado de compartir en su tienda junto a él.

Una enorme sombra contrastaba las claras telas de la carpa. Los custodios veían absortos a la enorme criatura que se acercaba hacia ellos, percibiendo el peligro en el aire preparando sus lanzas para el ataque. Pero basto una simple mirada fría, inclinando su cabeza levemente hacia atrás, para intimidarlo. Los humanos eran criaturas como los ciervos y los jabalíes, por lo tanto, podían sentir cuando el depredador los tenía en la mira a punto de ser devorados sin que pudiesen poner resistencia. Estos cayeron pesadamente contra el suelo, siendo la "música" utilizada para su ingreso. La gran altura del laguz, que superaba los 2 metros, hacían ver a los demás humanos como seres pequeños. Su torso se encontraba desnudo, mostrando las infinidades de tatuajes tribales en cada centímetro de su piel. La ropa utilizada para esta ocasión era unos pantalones largos, pero por la fisionomía del moreno, estos parecían tratarse de unos pantalones muy cortos que se pegaban contra sus piernas y, donde el menor movimiento, los haría romper en decenas de partes.-Mi nombre es Mishael. -Hablo con un tono de pocos amigos mientras su mirada estaba puesta en su entorno. Analizando los distintos artefactos que podrían encontrarse allí: como muebles, telas, armas y los distintos humanos que se juntaban para la ocasión.- Un sujeto pequeño y calvo, con una gran cicatriz en su rostro que recorre desde su mentón hacia su ojo. Creo que lo conoces ¿Verdad? Él fue quien me contrato a cambio de cumplirme mis caprichos. -Prosiguió con su habla desinteresada sin siquiera mirarlo fijamente a su interlocutor. Su diestra se elevaría mostrando las largas uñas de sus dedos, haciendo el recorrido que tendría ese hombre con la herida vieja en su cara.-

Finalmente, sus orbes azulados se fijaron en quien gobernaba sobre todos esos peligrosos soldados. Era extraño, muy extraño pues el aroma que desprendía de sus poros le advertían al animal que tuviese mucho cuidado con él, que no era como el resto de los presentes.- ¿Eh? No entiendo que quieres decir con eso último que has dicho. -Comento rascándose su nuca, refiriéndose a la manera en que debía dirigirse.- Lo único que se con exactitud, es que los beorcs con mucho dinero suelen utilizar términos rebuscados para algo tan sencillo como "es la hora de comer" o "asesínalo por traidor". A veces ser corto y sencillo tiene un mejor trabajo que intentar hablar con palabras "bonitas". ¿No le parece? -Finalizo cruzando sus brazos e inflando su pecho. A decir verdad, su mente era corta y quería ir al grano con todo. Por qué necesitaban de su presencia allí.-
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Re: [CAMPAÑA DE CONQUISTA] La hora de la Devastación [Priv. Mishael]

Mensaje por Gangrel el Miér Ene 30, 2019 3:31 pm

Gangrel se quedaría mirando al sujeto en silencio. ¿Qué sentía el monarca frente a tan imponente ser? Muchos temblarían. Pero él no. Él le miraba con una macabra y pérfida sonrisa dibujada en su rostro. Si bien Gangrel tenía medio metro menos de altura y sin duda no tanta fuerza física, era suficientemente poderoso (y lo sabía) como para no necesitar las manos para ganar. Solo las palabras. Solo con palabras había reunido a su gran ejército. Solo con palabras se había colocado la bandera plegiana en Manster. Solo con palabras estaba sentado en el trono. ¿Y de verdad no servirían para ganar una batalla? Gangrel tenía una respuesta clara a quienes pensaran así. Y esa respuesta sería una seca y fuerte risa.

Por eso mismo, ni se movió de la silla cuando vio entrar a tan intimidante figura. Porque sabía que él era el triple de intimidante. Sabía que su mera presencia podía hacer palidecer a quienes eran sus enemigos. Y más importante. Porque a Gangrel no le importaba su propia vida más allá de lo que la muerte de su persona podría causar a la nación. Y es que los ojos del rey eran dos esferas carmesíes, similares a las de una serpiente, a las de un animal peligroso y traicionero que podría acabar con tu vida con un mordisco. Algunos le comparaban con un hurón.

-Mishael. Bienvenido seas pues a la gran familia que son los Tercios del Hálito Negro, la fracción de la armada plegiana destinada a la toma y protección de Magvel

Las palabras del rey fueron tajantes y secas, correspondiendo a las del laguz. Pero aun así, parecía haber algo en ellas. Algo que las inoculaba y convertía en terroríficas. Por suerte, no parecía que los consejeros del rey o sus soldados estuvieran familiarizados con ellas. Pero estaba ahí ese doble sentido. Lo que había en las palabras del rey… Cómo describirlo. Era el frío aliento de un peligro casi asegurado. Era como si alguien te estuviera gritando que tuvieras cuidado frente al abismo.

-…No, no me suena –dijo al escuchar hablar del hombre que le contrató. No, simplemente, no podía saber cuales eran los nombres de todos los generales reclutadores que tenía su mando, pues eran cientos- Sin embargo, deberíais conocer mi nombre antes de nada –el rey esperó unos segundos, alzando la mano al aire para mirarse el dorado guante que la cubría- Emperador de Manster y Carcino, Rey de Plegia, Gran Almirante de la Armada Plegiana, Capitán General del Ejército de Aire y Tierra, Protector de Magvel y del culto a Grima. Mi nombre, más allá de tantos títulos, es uno simple. Gangrel, Gangrel I de Plegia. A eso me refería con que me dijeras la forma de dirigirme a tu persona, Mishael. El nombre –el rey se levantaría poco a poco, acercándose a la gigantesca figura que le estaba hablando. Era hasta cómico ver que efectivamente, el terrible emperador de Plegia a duras penas llegaba a la barbilla del contrario- Concuerdo contigo. El humano cae en la necesidad de acomplejar el diccionario para poder expresarse. Pero compréndenos. Tan carentes como somos de nada más que la palabra, hemos de aprovecharla al máximo para poder comunicarnos. Yo también soy partidario de simplificar las cosas, pero como rey, he de comportarme con un nivel que sea relativamente similar al que se espera de mí

Y era cierto. Prefería recibir respuestas cortas que largos discursos. El por qué, simple. Más palabras eran más errores, más errores eran más formas de poder devorar a un rival intelectual, y eso conllevaba menos diversión. Si bien la forma simple de pensar del contrario no era útil para la faceta de filósofo del rey, sí lo era en su visión como estratega. Todo tenía ventajas, al fin y al cabo.

-…Una atípica forma de ver el mundo, joven. Permíteme felicitarte por poseer esa perspectiva del panorama mundial. Pero no estamos aquí para eso

Ni mucho menos. El rey se dirigiría a un humilde escritorio que se encontraba a un lado de la pequeña tienda de campaña imperial, con una gran cantidad de tratados de estrategia bélica y mapas colocados sobre el mismo, los cuales el rey investigaba para poder pulir sus técnicas como estratega.

-Existe un fortín de bastante tamaño que se encuentra en lo alto de una montaña. Está en un punto estratégico, pues conecta cinco carreteras de montaña con un camino que dirige a un puerto de suma importancia anteriormente –el rey tomaría un mapa de la zona que mencionaba y se lo enseñaría a Mishael, apuntando a una conveniente X que había hecho él con tinta roja y marcaba el lugar del que estaba hablando- Con esto, tendremos una vía de comunicación asegurada. No sé si comprendes lo importante que es poder transportar comida y demás vituallas entre campamentos, pero ya te digo que resulta de una prioridad máxima. Llevaré conmigo uno de mis tercios para la operación, y obviamente, deberás guiarnos. Ese es el trabajo que te designo como emperador de la gloriosa corona plegiana. Y ahora te preguntarás… ¿Qué ganas con esto? Pues te pagaré, obviamente. ¿Dinero? Lo tendrás si lo deseas. ¿Quieres acabar con un señorío en este lugar? Si lo haces bien, lo tendrás. ¿Caer en el pecado carnal de la mujer y la gula? No te detendré si quieres recibir la compensación de esa forma. Solo guía a las tropas y lucha por Plegia. Y a cambio, tendrás aquello que desees
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