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[Social]Valiente caballero de verde armadura[Priv.Ilwyn] Empty [Social]Valiente caballero de verde armadura[Priv.Ilwyn]

Mensaje por Invitado el Jue Ene 24, 2019 1:32 pm

Era una gloriosa mañana en Ylisstol, y la Venerable habiendo ya desayunado atendía los documentos sobre su mesa con dedicación. A veces tan solo era dejar una firma sobre el papel, otras redactar un extenso comunicado para el Consejo con el que se tendría que reunir horas después para discutir los asuntos del reino que habitaban. Tenía el cabello suelto, no peinado hacia delante como en muchas ocasiones, mas la corona seguía en su cabeza. No podía desprenderse de ella hasta que llegara la noche cuando pudiera descansar. Para cuando el sol se encontraba en lo más alto, la montaña de papeles que estaba residiendo en su escritorio con bastante comodidad había desaparecido lejos de su vista, seguramente en las manos de quien le daría un mejor uso que una mesa propiamente dicho.

En su silla la Santa Venerable se desperezó, levantando los brazos con fuerza. Tanto tiempo sentada en un mismo sitio no era recomendable para ninguna espalda; que fuera un trabajo privilegiado probablemente, mas acababa pasándote factura. Se levantó lentamente, estirando las piernas, moviendo el torso de un lado hacia otro. Era humana después de todo, no una muñeca. Abrió las ventanas de par en par, llegando el trinar de los pájaros hasta su habitación. Sacudió el viento su pelo, enfriando ligeramente su nariz pues el invierno se abría paso lentamente entre las estacione, pero si no aireaba, acabaría con el aire viciado de papeles acumulados. El polvo gracias al servicio no llegaría hasta ella, lo que recordaba todos los días. Decidió pues que al no tener más papeleo que atender por lo menos unas horas, podría dedicarse a lo que le apeteciera.

Con un vestido largo de color verde claro, mangas pegadas de hombros hasta el codo y luego anchas hasta pasadas la muñeca, dejando una sensación agradable de fluidez. Bajó las grandes escaleras hasta la planta inferior del castillo, la cual bullía con actividad, preparando almuerzos, limpiando cada rincón, o decorando alguna parte desconocida. Sus pasos la guiaron hasta una puerta de madera, la cual atravesó para llegar hasta un espacio abierto, de forma cuadrada y rodeada por columnas. En la zona central había un jardín repleto de flores, todas habiendo sido cuidadas por la Venerable con sumo esmero desde que pidió plantarlas en ese mismo lugar. Era un diminuto jardín privado al que solo serían capaces de acceder quizás guardias o las doncellas. Maravillada por el crecimiento de los brotes, vio la regadera cargada a un lado. Pequeñas corrientes de agua rodeaban el jardín, y un diminuto puente por el que accedió al espacio que estaba destinada a cuidar.

Tranquilidad y armonía. Era una metáfora adecuada para esas palabras.
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Mensaje por Invitado el Vie Feb 08, 2019 12:46 am

Pesar profundo portaba yo aquella radiante mañana, aun con el rey en los cielos acariciando con su bondad nuestra amada capital, de inmaculada presencia, cercana a la pureza prístina  de la sonrisa de Naga, que aunque antes atormentada por la oscuridad que se cierne sobre el mundo, ahora se alzaba de nuevo pacífica, estable y luminosa, con la bondad por bandera y la virtud por camino. Hacía dos días que, tras largas travesías por las tierras de la Venerable desfaciendo entuertos como bien mandaban mis votos y deberes, había llegado a Ylisstol, para reabastecerme e informar de la situación reinante en los caminos y prados de la nación en aquellos tiempos turbios e inciertos, donde bien podías encontrar la luz sobre tu cabeza y aun así acabar sufriendo por las umbrías bajo vuestros pies. Veía amargura en las buenas gentes de mi país, allá donde el campo es infinito, y la gente humilde e indefensa, mas de sonrisa sincera y cálida como el más bello de los amaneceres de mayo, amables como el humor de aquellos buenos labriegos, de alma tan pura como el más joven querubín. Los estragos de la guerra y los conflictos arraigan mejor en las zonas más rústicas, donde un buen par de brazos armados son más escasos que un zurrón lleno de gemas, y donde la ayuda, sino inexistente es tardía, a la par que los peligros no hacen sino que acecharles aun en sus pequeñas alcobas, poblando sus sueños y agriando sus rostros a un cielo que, brillante e inmenso como la voluntad del fulgente dragón madre, no responde a sus plegarias desesperadas. He ahí el motivo de mi decisión, firme como el más trabajado acero, de armarme caballero y ser vasallo no de ningún gentilhombre ni una dama de bien, sino de la misma tierra que, bajo el sol que hoy nos observaba, se plantaba bella e incorruptible pese a todo, sacando virtud del miedo y valor de donde sólo quedarían llantos. Juré erguirme como radiante adalid de aquellos sin armas e inocentes de corazón, para cargar por ellos contra las injusticias y la malicia que amenazaban con devorarnos en vida. Resguardado en acero y con el apoyo de mi corcel, ansiaba ser aquel campeón resplandeciente, cuyas palabras conforten al herido y sus acciones brinden esperanza al caído, dándole fuerza para sonreír de nuevo y seguir caminando, un día más. Sin embargo, y como habían visto mis ojos, hasta el mal se hace hueco en los recovecos del alma del noble héroe, y la más justa de las causas posee horrores y penurias que, de no ser por mi fe, ya habrían arrancado de mí la capacidad de avanzar.

Hacía apenas una semana, me hallaba cerca de una pequeña aldea perdida al noreste de la capital, apenas habitada por la situación actual, donde sus habitantes, amables y de buenas intenciones, me habían acogido pese a su precaria situación argumentando que, siendo un jinete al servicio de la Venerable e Ylisse, no podían mostrar su agradecimiento de otra forma que convidándome a una humilde comida y al abrigo de sus hogares, teniendo que aceptar por cortesía la oferta, no queriendo importunarles y ofreciendo mi mano para lo que fuera necesario. Tras mi corta estancia en el lugar, pude ver de buena mano cómo el pueblo seguía adelante, con sus dificultades y retos personales, portando sueños de mejoría y paz, que veían encarnados en la gran Emmeryn, símbolo de bondad, prosperidad y promesa de estabilidad, todo bajo aquel rostro angelical y su celestial voz, eco de los designios de la diosa. Había llegado a buenos términos con ellos, especialmente con la mujer de moreno rostro y cabellos contrastaban con el verde claro de sus ojos, como el tallo de un lirio, que viuda de condición, mantenía a su joven hijo con el sudor de su frente, sin perder jamás una palabra amable que dedicar a los demás. Una historia más de las que pueblan este mundo infinito era la de Ann y el pequeño Oliver, mozo que apenas levantaba dos palmos del suelo; una de penuria y resurgimiento, de hermandad con los demás habitantes del lugar y de devoción a la luz que, a su parecer, les mantenía con vida y unidos. Había abandonado el lugar prometiendo a los lugareños que informaría de su situación, portando una misiva que lo explicara mejor y dando una flor como señal de gratitud, me llevaba también la ilusión del pequeño zagal de ser algún día un caballero como lo era yo. Bajado había la ladera y alejado me hallaba, llegando al trote a otra población más al sur, donde pedí asilo por una noche para mi fiel Lirio y yo, acogiéndonos un curtidor adinerado del lugar. Irónico el designio de la diosa, que dirigió mis pasos en mala hora pues los labriegos asustados aporrearon la puerta del hogar de mi anfitrión pasada la medianoche, gritando alarmados al norte y solicitando mi auxilio. Y aterrado pude ser testigo de que, bajo un marco de estrellas ideal aquella noche fresca, negras volutas de humo salpicadas de brasas y brillos anaranjados se alzaban en el lugar del que me había hospedado.

De vuelta en la capital, la sombra se alzaba en mi humor tras ello. Habiendo dado parte al regidor, pasé un día encerrado en la pequeña sala de la que disponía en la ciudad, cercana a los barracones, rezando y buscando respuestas que, mudos los labios de Naga, se negaban a darme en aquella ocasión tras la caída. Tras un día de devoción, habíame levantado pasado el alba turbado tras un mal sueño, del que sólo quería renegar, como había hecho con mis propios apellidos. Cegado por el mal descanso, había aseado mis cabellos dorados y mi rostro, que mostraba las huellas del cansancio, antes de vestirme de jubón y camisón negros, de calzas blancas y botas, rematando con el peto y espaldar de mi coraza brillante acompañados de mi larga capa tintada del color del mar , símbolo de mi posición y regalo de mi mentor, enfundando luego mis manos en recios guantes y armándome para salir, como dictaban las tradiciones. El bello cielo no animaba mis ojos, deseosos de encontrar consuelo tras lo ocurrido, perdido el ánimo, al menos por el momento, errático mi paso hasta las caballerizas, donde aguardaba mi bella yegua de blanco pelaje, silenciosa confesora en mis momentos de zozobra. Tras unas horas de calma junto a mi hermana de armas, había atado mi silla y puesto mis riendas para montar lejos, mas quiso el destino que el gentío, ruidoso y vivo, combinado con el trote de Lirio, me llevaran al castillo de la Venerable, bastión de luz entre las tinieblas, hogar de la nobleza y desde luego, de la realeza. Soñé en mis tiempos de escudero poder transitar los pasillos del mismo, con la elegancia y saber estar de un caballero de leyenda, pudiendo vivir en mis carnes aquellos hechos relatados en los cantares, tan lejanos para mí en estos momentos como la misma corona del sol. Dejando atada a Lirio, había atravesado los portones y rejas, sin ser molestado por los guardias, al menos no en ese momento, dirigiéndome a cierto lugar que mi maestro y yo conocíamos, y en el que esperaba hallar paz. Un jardín emplazado en la primera planta del castillo, columnado en sus bordes, cuidado según se decía por la misma Venerable, cuyo deseo lo hizo posible, y en el que tuvimos cierta charla antes de mis votos, la cual guardaré para mí mientras viva. Atravesando su puerta con el sol en su punto álgido, buscaba empaparme de la discreta tranquilidad que rezumaba el lugar, de verdor imperecedero, bañado por canales de agua, y con pequeños puentes. Paz y reposo para el alma cansada, entre brotes aún sin florecer, como yo recordaba. O eso esperaba encontrar. Sin embargo, tras abrir la puerta de madera que daba a tal pequeño vergel, pude ver no sólo hermosas flores ya exultantes, con aquella atmósfera evocadora entre natura y belleza, pues no se hallaba vacío. En el centro de aquella floresta se encontraba una dama de cabellos solares como los míos, largos y cuidados, cegadores que caían como cascadas a ambos lados de sus hombres, vestida con un delicado vestido sinople que, sin lugar a dudas, digno era de la más alta dama del reino, que de piel inmaculada como la luz de Naga, resaltaba tan hermosa como era entre los pétalos del lugar, armonioso como las melodías de los bardos que cantaban sobre su belleza, tan real como su nombre, Emmeryn de Ylisse.

Habiéndome entrometido en sus asuntos, ya habían mis ojos visto a la Venerable, por lo que sólo quedaba acercarse, reverenciarla como merecía y ofrecer mis disculpas por semejante falta de atención, como dictaban los códigos de caballería, así que, dando un paso al frente, aparté mi capa hacia atrás y me agaché en una reverencia hincando rodilla, poniendo la palma de la diestra sobre mi corazón.

-Disculpad la intromisión, Alteza- dije, algo nervioso en el fondo. -No deseaba molestaros en este bello día, mi señora. Si no requerís de mi servicio y deseáis soledad, marcharé raudo como viento del este- terminé, con la cabeza gacha, esperando su respuesta.
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Mensaje por Invitado el Dom Feb 17, 2019 5:23 pm

La fémina dejaba caer la lluvia sobre los pétalos de colores, un arcoiris sobre la tierra que ayudaba a convertirla en un espacio deseable para todos. Tenía sumo cuidado para no ahogarlas con su esmero, aprovechando el caminito entre ellas para no pisarlas. El trabajo que habían realizado no solo los sirvientes, sino también Lissa y Chrom había sido excelente. No obstante otra persona también acudía a su mente cuando visitaba aquel jardín de flores. No era tan diestro como con la espada, normalmente dejando sus pantalones e incluso la camisa hechos un desastre. A veces la excusa de verla a ella junto a los brotes era preferible a terminar provocando un estropicio.

No cabía duda que la Venerable se estaba convirtiendo en una mujer vieja y sentimental. Veía ciertos petalos perdiendo su pigmento mas le daba la oportunidad de volver a crecer fuerte y sana en vez de evitar quizás una enfermedad para el resto del lecho. Decían que podías conocer a una persona si la estudiabas de cerca; no era mentira. A lo mejor su política era débil, sin fundamento. Quizás Ylisse colapsaría en un mundo donde la neutralidad o la paz eran deseos inalcanzables, bestias queriendo eliminar lo que se encontraran a su paso. Las piedras serían su castigo al igual que en ese entonces. Si desaparecía… que una persona capaz se levantara junto al pueblo.

Pasos metálicos irrumpieron en la mente de la Venerable. Elevó ligeramente la regadera para que el agua dejara de caer, entrando en su campo de visión galante caballero de brillante armadura. La reina se giró hacia él, mirándolo desde arriba no con superioridad, sino una humilde gobernante atendiendo al hombre que se hallaba a sus pies. La mujer no reprimió la sonrisa que afloraba en sus labios.

—Levántese Sir Ilwyn—pronunció con tranquilidad la soberana de Ylisse, hasta incluso cierta ternura. Todos intimidados por una figura de poder tan inútil como ella—No debe lamentar nada pues su presencia es más que bienvenida en mi jardín—hizo un breve gesto con la mano, pomposo al igual que todos los modales a los que se debía aferrar la corona. Habiendo recibido al susodicho, Emmeryn nuevamente dejó que se derramara el agua sobre las flores. El agua fría no era buena compañera cerca del invierno había que decir, mas era servicial camarada de la jardinería.

—Si no es indiscreción...—dudaba un poco al indagar en vidas ajenas. Cotillear no era de buen grado para muchas personas, mas una agradable charla jamás sobraba, ¿no?—¿Lo que buscaba era silencio, Sir Ilwyn?—preguntó finalmente, venciendo la curiosidad.
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Mensaje por Invitado el Miér Feb 27, 2019 1:42 am

Reverenciaba a la majestuosa Venerable como merecía su resplandeciente figura, prístina y tan atenta con las flores como lo era con su propio pueblo, habiendo visto yo esa sonrisa inocente, cálida y sincera en sus labios en las pocas apariciones oficiales a las que había asistido, entre ellos el juramento de mis votos el día que tomé mi puesto como caballero, abjurando asimismo de mi pertenencia a mi familia, borrando de mi ser en aquel momento mis apellidos y linaje conforme aceptaba los ideales y obligaciones a los que me consagraba en cuerpo y sobretodo en ánima, siendo éstos los de la verdadera caballería y la Iglesia de Naga, tan presente como llena de gracia en mi amada Ylisse, a la que prometí proteger como vasallo de sus gentes y la Dama Emmeryn. Sentía su melodiosa voz como el canto angelical de un ruiseñor entre los árboles, llenando de armonía mi espíritu atormentado, falto de consuelo ni camino que tomar frente a tal quiebro producido por el caprichoso destino, en manos de la piadosa Naga, acariciando su tono bondadoso mis mejillas y mi ser, llena de serenidad como un estanque un día calmo de primavera, tan tierna como una luminosa madre, siendo ella la de esta nación a la que se entregaba con tanto mimo. Oí sus palabras, lleno de gozo mi interior, alborozado mas en silencio solemne y respetuoso, pues no cabía en mí del puro e intenso regocijo que sentía pues ella, la más noble de todas las damas del reino, conocía el nombre de un caballero anónimo que no atesoraba ni riquezas ni feudos, siquiera una hazaña o trova que se llevaran los bardos a la boca, elogiando mi grandeza o buen hacer en una situación concreta. Diminuta era la huella que dejaba por aquestos lares, sin más sustento que mi fiel yegua y las pocas andanzas que llevaba a cabo, pagadas por la soldadesca, que me hacían vivir como un sobrio hidalgo aunque no portara título, siervo orgulloso por elección propia. No llegaba a mí la razón de que recordara mi paso por las juras, uno de tantos que nuevos sires, mas mi corazón en aquel momento, tajado en parte por lo ocurrido en las campiñas, parecía recobrar de nuevo un latido de humores más sanos, sintiendo volver en mí la sangre a su cauce habitual, dotando de color y vida mi rostro demacrado.

Mas aún con su petición clara, no alcé mi rostro ante ella, férrea la postura y marcada mi entrega. No consideraba digno ni honroso hacerlo, pues cometería falta, yo que en mi malhacer había errado en mi propósito de salvaguardar a los habitantes de aquel pueblo, perdiéndose sus radiantes sonrisas en un firmamento mudo y distante. Como las estelas argénteas de las olas en el mar, se habían marchado para jamás regresar, y ello carcomería mi conciencia por siempre, tanto como su recuerdo permanecería en mi mente y alma. Pasaron unos instantes hasta que decidí, con la mano aún en el corazón, levantarme con cuidado, lenta y solemnemente retirando de mi pecho mi diestra, pues aunque mi pecado no tuviera perdón al igual que carecía de arreglo mi fallo, no debía contrariar a la Venerable con mis disputas internas, sino servirla como marcaba mi papel, aunque me hallara atribulado y perdido. Sin embargo, erguido como acabé, mi mirada se mantuvo un segundo reacia a mirarla directa a su faz, pues no  encontraba el coraje para hacerlo tras lo ocurrido, reaccionando lentamente y mostrándole avergonzado mi propio rostro, en el que se palpaba una mirada que rezumaba la deshonra que sentía por dentro.

-No hay honor ni agradecimiento mayor al que siento, mi señora, ante vuestras palabras- respondí en tono bajo mientras mis labios se trababan dada la amalgama de sentimientos que se batían a duelo en mi interior, bajando la mirada un segundo al pronunciar la última parte de la frase, volviendo a alzarla justo después.

Podía ver cómo la Venerable volvía a la tarea de regar las flores, bañándolas suma delicadeza y dedicación frente a mí con la calma y buen hacer que la caracterizaban, moviendo levemente sus manos en un gesto metódico y pausado, oyéndola alzar la voz hacia mi persona clavada al suelo al otro lado de aquel jardín como si me tratara de una espada. Preguntaba por mis motivos para estar en este lugar, de forma totalmente desinteresada, queriendo saber de mí en un intento de mantener una charla amena conmigo, que pálido me hallaba por la falta de descanso y que de capa caída me encontraba. Sopesé durante unos instantes la respuesta que le daría, buscando las palabras que pudieran transmitirle la verdad de forma escueta, pues no podía mentirle, Naga me librara de semejante y abominable agravio.

-No buscaba en sí el silencio, Alteza. Ansiaba la paz que pudiera brindarme un rincón armonioso como éste en el momento en el que, por más que busco la luz en la oración, se escapa entre mis dedos. Un lugar en el que postrarme  y a través de la fe, rogar a Naga que me brinde una respuesta a mis plegarias, una señal, una guía- dije con la voz queda y trémula, mas el rostro fijo a su persona, pues ella era la encarnación en parte de aquello que necesitaba en mi zozobra, llena de tinieblas y demonios a los que mi espada no alejaba. -He ahí la razón de mi llegada, Majestad- concluí, bajando el rostro a la par que mi diestra se afianzaba una vez más en mi pecho una vez más, sintiendo irse de mí el aliento de la vida conforme terminaba de pronunciar esas palabras.
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Mensaje por Invitado el Miér Mar 13, 2019 11:40 am

La mujer de dorados cabellos dejó finalmente la regadera, habiendo completado su tarea como se había propuesto. Cada una de sus flores habían sido regadas, regocijándose bajo los rayos del sol que brindaban calidez a un día no demasiado templado a decir verdad, al igual que el caballero que se encontraba a su lado, atribulado por asuntos ajenos a su conocimiento, incapaz de abarcar todo lo que sucedía en el reino de Ylisse, lo que asímismo le afligía. La felicidad, la paz era un derecho que todos debían compartir mas parecía que nadie deseaba escuchar a la llamada de un cese el fuego, de bajar armas y unir manos que tanto ansiaba. Siquiera aquel rey que ansiaba reavivar las llamas de una guerra de la que ya nadie quería ser partícipe salvo él y su pobre nación. Ambos compartían dilemas que nadie les solucionaría.

—Sir Ilwyn, ¿me permitiría aportar a sus atribulaciones si no se os he incómodo? Creo que ambos tenemos incógnitas de las que deseamos una respuesta divina—hizo un gesto con la mano para que le siguiera, pasos tranquilos y figura compuesta hasta un banco de piedra tras las columnas que soportaban el techado, ambos ya a la sombra observando el jardín en el que tantas horas había invertido la Venerable, quien a pesar de su título, era una persona más de Akaneia, lo único que le hacía especial era aquella marca en su frente y la sangre que recorría sus venas. Se le había impuesto la tarea de ser una reina, guiar a su pueblo frente a la adversidad. Se sentó lentamente, señalando el hueco vacío para el apuesto caballero si es que conseguía el valor para sentarse a su lado, pues a nadie le gustaba romper tales protocolos de los que se presumía demasiado.

—Hay respuestas que el hombre ha de buscar por sí mismo, Sir Ilwyn—no giró su mirada hacia el caballero, sino la mantuvo al frente, fija en los frutos de su trabajo—Aun siendo creyentes de Naga, no podemos esperar a que guíe nuestros pasos, o la mínima posibilidad de una señal que caiga del cielo. Porque Sir Ilwyn, nosotros los seres humanos no podemos depender de las entidades divinas sino de nuestras decisiones—esbozó una pequeña sonrisa, quizás hasta vergonzosa mas cálida—Nunca he renegado de nuestra diosa. Sin embargo, no espero ninguna señal o milagro que no me conceda ella en su gloriosa misericordia. ¿Quiénes seríamos entonces si solo esperamos una respuesta que quizás siquiera llegue?—Emmeryn nunca esperó que Naga parase la guerra entre Plegia e Ylisse, tampoco que llevara sus deberes a cabo, o siquiera que guiase su camino. Había caminado por su propio pie, moldeando su país a una mejor forma, todavía decadente mas con potencial.

—Sean cuales sean las consecuencias de nuestras decisiones, nosotros debemos no agachar la cabeza sino seguir caminando, un propósito para mejorar, incluso el más pequeño detalle nos hace mejores personas Sir Ilwyn. Si bajamos la cabeza por cada decisión, por cada vida que se escape de nuestras manos, jamás llegaremos a ninguna parte. Podremos rezar por sus almas, por una vida mejor para todos los ylissenses, mas nunca olvide ésto Sir Ilwyn: El destino siempre será caprichoso, y lo único que podemos hacer es intentar encauzar nuestro futuro hacia la mejor posibilidad. Que su capa no caiga—tuvo el valor entonces la Venerable de estrechar las manos del guerrero, fiel servidor de su país, buscando ser fuente de consuelo para alguien que había perdido la conciliación consigo mismo.
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