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[Campaña de Conquista]A medianoche los Cuervos volarán[Priv.Skjöld]

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Mensaje por Vincent el Miér Ene 23, 2019 2:06 pm

El arquero observaba el musgo de los árboles, discerniendo qué lado portaba más. Cargado con el zurrón, el arco y el carcaj repleto de flechas Vincent avanzaba sigilosamente por la foresta sin producir el más mínimo ruido. Mantenía la mirada fija al frente, parpadeando lo mínimo, asemejándose a un depredador en busca de su presa. Su iris carmesí era la caída de la calamidad sobre quien posara su vista, los animales lo presentían. Sin embargo lo que perturbaba el bosque no era la presencia del plegiano; los pájaros no cantaban, se escondían en sus nidos. Las presas se ocultaban, no había actividad por el camino que estaba siguiendo. El viento no soplaba con tanta fuerza como en la playa, las hojas meciéndose con suavidad en la cuna, protagonizando un solo en vez de la sinfonía que le correspondía a un ecosistema de tal calibre.

Tomó el arco de su espalda, una flecha de su carcaj. Sería lo que necesitaba para deshacerse de lo que le rondaba, porque él era el objetivo si nada salía a su encuentro. Aligeró sus pasos entre los árboles, mas seguía sin escuchar nada. Muchos dirían que aventurarse solo en el bosque, concretamente en el de un país donde jamás había estado y que actualmente estaban conquistando era mala idea, mas para lo grande que era el grupo de mercenarios que iba a asistir, no vio necesario gastar más tropas plegianas, menos para la misión que se les había encomendado: Arrasar con el campamento de emergidos cercano a cierta ciudad de Carcino. Cogió de su zurrón un trozo de cecina, dándole un mordisco para guardar el resto, bebiendo de la bota.

Saltó de un saliente mediano, intentando visibilizar alguna salida de la espesura. No obstante lo que le llamó la atención fue otro detalle más interesante. Se agachó lentamente, acercando la mirada a lo que posiblemente eran huellas. No eran las de una persona sino de un animal, por su aspecto se atrevería a decir que un felino.

Las hojas se movieron nerviosas, agitadas. Vincent no perdió tiempo en mirar hacia atrás sino que rodó hacia un lado, esquivando lo que era una emboscada. Le dio tiempo a apuntar mientras un gato sumamente grande -porque los llamaría a todos mininos con cariño- se agazapaba con ojos golosos, espectante a las acciones del arquero, preparando su siguiente salto. El rubio, de cuclillas, hizo amago de moverse hacia delante, lo que para el puma fue señal para abalanzarse sobre él. Nuevamente el arquero rodó, mas no perdió tiempo y disparó la flecha que había tenido preparada todo este tiempo para el depredador. La saeta voló rapaz hacia el cuello del felino, haciéndose escuchar el gemido de la bestia.

Su enemigo había caído. Aun así, otra voló hacia el espacio entre el hombro y las costillas.

Acercándose con precaución al abatido, decidió arrancarle la flecha para ahorrar en suministros. El puma no era capaz de moverse, observando a la muerte acercarse despacio, con cuidado. Le acortó el arquero ese sufrimiento primero rodeando el cuello del puma con los brazos, luego con un sencillo movimiento sonando un pequeño “crack”. Arrancó la que quedaba en el lomo, dando por finalizado el peligro que se cernía sobre él, que al final resultó en un breve duelo.

Tras todo aquello, llegó finalmente pasado el mediodía hasta la linde del bosque, o al menos hasta una loma cercana donde los avistó a todos y cada uno de los afamados Cuervos, encabezados por la mole con piel de oso. Le reconocieron bendito sea Grima, y pudo acercarse a Skjöld sin demasiado problema. No había tantas miradas curiosas de su grupo como la anterior vez.

—Buen día Skjöld. ¿Has localizado el campamento del que se nos informó?—preguntó sin dar ningún rodeo el plegiano, sonriente al igual que el sol coronándolos.
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Mensaje por Skjöld Heilfsson1 el Dom Ene 27, 2019 1:09 pm

Rechiné los dientes por lo bajo mientras coronábamos lentamente la cima de aquella sima que nos serviría de atalaya en las devastadas tierras de Carcino una luna más. Oía al viento sobrevolarnos inclemente viniendo del nacimiento del sol, el cual se acercaba a su punto más álgido, azotándonos con su fría indiferencia, similar a la que sentíamos nosotros mientras nuestras botas pisaban ruidosas los resquicios de lo que una vez fue un país próspero, ahora caído, con el ansia en mi corazón de que se convirtiera en la atroz carnicería que los espíritus ferales de mi interior demandaban furibundos. Hacía ya muchas jornadas que habíamos desembarcado en Carcino con el fin de masacrar a los emergidos a cambio del jugoso pago que nos daba el Hurón de Plegia, y por suerte para él, ya habíamos tenido la oportunidad de alzar nuestras voces quebradas sobre montañas de cuerpos, rugiendo como un solo ser bajo nuestro demacrado estandarte, símbolo de nuestro camino, voluntad y cruento destino. Y por fin tras tantos días de marcha y escaramuzas, llegaba el momento de demostrar nuestra verdadera naturaleza, ya no como guerreros ni hombres, sino como aves de presa tras esas alimañas que poblaban estos bosques, hogar de bestias y dioses, ahora refugio de muertos y sus malas artes escondidas tras sus rostros podridos y sus ojos ruinosos, perdidos entre llamas. Alcé la cabeza a la vanguardia de las tropas cuando llegué a la parte más alta de la loma, de hierba corta y casi inexistente, entre restos de lo que fueron una vez altos sauces, ahora tocones ennegrecidos por la guerra y el paso del frío aliento del olvido sobre ellos. Casi podía oler la putrefacción que traían consigo conforme avanzaban como un hervidero entre las colinas. Y eso me enfurecía.

Clavé mi hacha en tierra mientras Sigbjörn ordenaba que se asentaran y se prepararan para el combate, o como nosotros lo llamábamos "batir las alas". Se acercaba la masacre, podía sentirlo en mi piel, que se estremecía ante la vista frente a mí, nuestro próximo campo de batalla. Nos hallábamos en una zona de bosques enredados, salteados de llanos hacia el norte, usados alguna vez como pastos, pero que a mis ojos no eran más que campos marchitos y rotos. En la espesura, bajo algunas inclinaciones del terreno se hallaba oculto el motivo de tantos altibajos en la tierra, atestiguados por uno de mis exploradores, pero cuya mayor prueba se hallaba en la misma tierra que pisábamos. Me agaché rápido, arrancando con mis zarpas la hierba que, seca en las puntas, ocultaba unas raíces húmedas, a la par que amasaba un trozo de polvo y suelo entre mis palmas y lo alzaba hasta mi rostro, olisqueándolo con fuerza, entrando por mis fosas nasales el distintivo aroma que buscaba. Humedad y vida. Esta zona poseía un par de ríos de los cuales desconocía sus nombres, que a su vez eran afluentes de aquel que nutría de agua la totalidad de la nación, nacido de las montañas más altas de ésta. Tomar esta posición aseguraba el agua, bien preciado para los vivos e innecesario para ellos, infectos seres entre dos mundos. Al oeste de esta colina se hallaba uno de estos ríos, al cual habían acudido los muertos en tropel en su despliegue, queriendo dirigirse a dar refuerzos en pequeños gruesos para formar una legión con la que expulsar a los plegianos conquistadores. No conseguirían tal hazaña. Habíamos sido enviados para emboscar y arrasar los campamentos que formaran, y ya habíamos dado con el primero de estos, sobre que nos abalanzaríamos llegada la oscuridad, en compañía de aquel plegiano de funesto mirar que despertaba la curiosidad del engañoso Hogr hasta el punto de cederle sus bendiciones, tenebrosas como la misma noche.

Frente a aquel paisaje, grotescos sonidos surcaban mi mente, pintando el lugar como una foresta llena de peligros de los cuales debía salir victorioso, amparado por las grandes bestias, en especial a aquella que me encomendaría con ayuda del saetero, danzarín entre sombras, llegado el momento. Ya podía oír cómo movía las alas el cuervo, anunciándome su llegada, mientras los míos se apartaban para cederle el paso. Cachorro leonino del monarca de Plegia, de nombre esquivo, pero aspecto amenazador bajo sus finos rasgos. Casi podría decirse que podía verle en mi propia mente, bajo el ala del córvido, de siniestra risa y horrible cantar, deseoso de ver cómo sus tinieblas me envolvían con cada uno de sus ritos, entre plumas, picos y sangre derramada, creando figuras dispersas. Suspiré cuando noté que se acercaba, levantándome lentamente, notando cómo mi interior se llenaba de neblinosas sensaciones, ocultas bajo el manto de noche que tejían las maquinaciones de los espíritus, dándoles a ellos una sola palabra, en el idioma que ellos mismos me enseñaron mientras Jorundr se presentaba glorioso, padre astado y rey de todos ellos.

Ante su saludo, me giré para observarle, en absoluto silencio al principio, dejando que mis pulmones se llenaran, notando cómo mi cuerpo volvía a tener calor tras un trance pasajero, llenándose del licor rojizo que transportaban mis venas, pudiendo ser testigo de la sonrisa que me lanzaba el joven flechero.

-Vincent-pronuncié su nombre con dificultad, absorbido por los pensamientos que me rondaban, anunciando la gloria que me esperaba al oeste de este maltejido continente. Volví en mí lo suficiente para poder responderle. -Sí. El campamento se halla al suroeste de esta loma, como dicen mis exploradores, en la cuenca de un río olvidado. Atacaremos al anochecer, bajo el manto de las estrellas.

Fue entonces cuando el ave azabache me habló con susurros ladinos y sinuosos, como las trayectorias de los arroyos que poblaban esta zona, perdidos, unidos y a la vez, retorcidos por su propia naturaleza esquiva.

-Mi garra, sus llamas, nacidas de sus ojos y encarnadas en saetas mortales en el crepúsculo, a la espera de que la misma noche se trague a su compañera plateada.

Ante esta revelación, añadí algunas palabras en tropel, casi sin pensar.

-Y tú...vendrás conmigo, pues necesitaré tu ojo-dije, fulminando con la mirada su iris carmesí.

Sólo quedaban tres días para que ocurriera lo que decía Hogr con enigmas y rodeos, y para ello debíamos estar preparados.
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Mensaje por Vincent el Dom Feb 03, 2019 2:37 pm

El líder bárbaro se veía ausente, aunque lo suficientemente despierto como para saludarle. La localización del campamento era un dato bastante útil, lo que le ahorraba al rubio la exploración del terreno. Ya había tenido suficiente con el animal de esa mañana como para ponerse a recorrer más naturaleza salvaje.

Por unos momentos el saetero tuvo la sensación de que su orbe sería extraído de su cuenca con esas palabras, aunque no mostró el desasosiego que esa idea le producía exteriormente. Escuchaba los dedos estrechar su ojo. Él mismo había extraído un ojo antes al servir a un verdugo, siendo quien torturaba antes de las ejecuciones. Sabía lo desagradable que se podría tornar si fuera su turno, más con alguien tan descuidado y poca delicadeza como él. No se molestaría en cortar ninguna vena o nervio; él lo haría tirando, a lo mejor ni sobreviviría al proceso.

Se dio cuenta de que estaba divagando en posibilidades que quizás ni sucederían, por lo que se limitaría a responderle. Sí, ese era su papel, ser un buen acompañante, un excelente compañero de armas.

—Sea pues que no vean más allá de las flechas, Skjöld—confirmó el rubio antes de sentarse en el campo verde, no muy lejos del guerrero de las hachas, líder de los Cuervos. No se sentiría amenazado, fuera la interpretación de sus palabras una u otra. Las acciones era lo que dejaba claro qué es lo que quería ese hombre.

Al contrario que cuando llegó a Carcino, en esa loma daba el sol, soplaba con escasa fuerza el viento mas con la suficiente como para sentirla. Inevitablemente el arquero sonríe, dejando el arco y el carcaj a un lado. Los rayos de la estrella diurna producían cierto brillo en su pelo a la vez que mantenía al barón cálido. Era imposible no querer dormir plácidamente en el campo teniendo un clima tan envidiable. Se cruzó de brazos, colocándolos sobre las rodillas y apoyando su cabeza sobre éstas. Realmente lo que tenía que hacer era esperar a la batalla para devastar el campamento enemigo, nada más y nada menos. Si deseaban hablar con él solo tenían que avisarle, estaba a mano al fin y al cabo.

Ver el bosque de lejos era curioso teniendo en cuenta que acababa de salir de ahí. Era ya un recuerdo lejano.
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Mensaje por Skjöld Heilfsson1 el Miér Feb 06, 2019 1:44 am

Miraba absorto el brillo carmesí de su iris, como si en aquel lago de sangre alojado en su rostro se hallaran las respuestas a las preguntas que llevaba largo tiempo haciéndome, desde que empezara a oír la llamada de las bestias en mi mente. Sentía cómo la superficie lisa de su ojo ocultaba una profundidad mayor que la del mismo mar, a la par que me invitaba a observarlo casi como si de una tentación se tratara, intentando absorberme al oscuro e inquietante interior del mismo, donde sabía que su radiante forma se diluiría en un espacio rojo y abismal, en el que no podría ver, hablar o respirar siquiera, atrapado por la cautivadora y oscura belleza del color de la sangre, funesta señal y orbe de ruindad. No sabía si se trataba de una broma cruel del destino o un aviso del mismo el hecho de que aquel joven rubio frente a mí se dedicara a despachar a sus enemigos a saetazos, observándolos con aquel ardiente ojo antes de arrancar de sus cuerpos el aliento de la vida de un sólo y certero golpe, encarnado en cada una de sus flechas, negras como las plumas que cuelgan de mi capa, retales de la misma noche y del vacío tras abandonar el calor de la hoguera. Ocultas sus ambiciones, ¿qué había tras esa sonrisa de labios finos y esos cabellos de brillos solares? ¿Acaso un depredador aún más depravado que su amo, monarca demente y regidor del caos? ¿O por el contrario había sólo un cachorro que se hacía a sí mismo entre batallas y escaramuzas? No había respuesta a esas preguntas en mi interior, ni siquiera entre aquellos que danzaban en otro plano, superior al de un mortal como yo, necio e insignificante a sus ojos, perdido entre salvajes tonadas. Sólo reinaba silencio por un momento en mi cabeza, recordando a aquellos con los que me había cruzado en las campañas pasadas desde que acepté la invitación de aquel hurón huidizo de mirada perversa y colmillos como dagas.

Mas este trance se disipó en cuanto el timbre de su voz llenó mis oídos, saliendo del letargo hipnótico que despertaba su mirada desigual. Asentí ante sus palabras tras comprenderlas, pues aunque hablábamos el mismo idioma, sentía como si, aun entendiendo lo que decía, necesitara más tiempo para asimilar el verdadero significado de sus frases. Roto el velo de aquel delirio, vi cómo se sentaba en la hierba que pisábamos, verde y brillante. Con un movimiento apacible, pareció sonreír mientras el viento movía su melena leonina, desarmándose para tumbarse plácidamente. Sin mediar palabra, giré mi cabeza para dirigir la vista hacia las vistas que nos ofrecía la colina sobre la que estábamos. Manteniendo el silencio, veía los bosques, atravesados de arroyos, que se convertirían esta noche en nuestro coto de caza, una espesura sangrienta y ardiente.  Asiendo mi hacha, acariciaba su asta, llegando a mi cabeza imágenes de la estrategia que usaríamos cuando cayera el sol y mis hombres estuviesen listos. Recuerdos de Dandr me asaltaban, mas los repelí, negando con la cabeza levemente y dirigiendo un vistazo a Vincent, que yacía en el suelo inmóvil, con una calma tal que parecía dormido. Carraspeé ruidosamente para llamar su atención, pues había caído en la cuenta de algo.

-¿Tienes la garra que te di en Manster, plegiano?- pregunté sin alzar demasiado la voz. -Si es así, antes de que muera el sol debo hablarte de algo que sólo tú podrás hacer en la escaramuza.

El cuervo había hablado anteriormente, dándome la indicación que necesitaba. Ahora sólo quedaba convencer al arquero de que realizara su voluntad.
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Mensaje por Vincent el Vie Feb 08, 2019 8:28 pm

Cualquiera que supiera un poco de Plegia o que la hubiera visitado sabría que era un completo desierto en el que se luchaba por sobrevivir, y no en el que la vida rezumara por cada grieta que se abría en el suelo. Éste era áspero, el polvo se te pegaba a las manos, tu cara se llenaba de tierra y tu lengua se secaba, incapaz de encontrar una fuente de agua en millas a tu alrededor. Era un país que había resistido a base de pura fuerza de voluntad. Ver la hierba verde atravesar los campos era un paisaje que colmaba el alma de paz, un sitio en el que a Vincent no le importaría reposar eternamente llegó a pensar el desgraciado arquero. Procediendo de un terreno baldío abandonado tanto por Naga como por el mismísimo Grima, envidiaba a aquellos que disfrutaban sin ningún esfuerzo de tales panoramas, del olor a pasto fresco, de bosques por los cuales circulaba agua limpia y no estancada.

Plegia estaba podrira, y nadie podía hacer nada por evitarlo.

Despertó de su ensoñación gracias a las palabras del bárbaro, quien le preguntaba sobre unas garras… Las garras… Sí, las llevaba. Lo que no conseguía unir era las garras y el plan para arrasar con el campamento de emergidos. ¿Acaso ese amuleto lo convertía en elegido para una misión que solo Vincent solo podía llevar a cabo? Tanta responsabilidad en sus hombros acabaría por hacer que le brotaran canas antes de tiempo, lo que le sentaría fatal a su imagen. Frunció ligeramente el entrecejo con tan solo imaginar tal catástrofe. Nadie quería a un hombre canoso de baja calidad, lo que descartaría a varios hombres de la comunidad de Skjöld a decir verdad. El rubio ni se dignó a mirar a su interlocutor, sino que continuó con los ojos cerrados, mas respondió a la duda que carcomía al guerrero de capa peluda.

—Habla pues Skjöld; tengo las garras conmigo, y la intención de seguir tu plan si es lo suficientemente convincente—declaró el plegiano no petulante sino lógico y calculador.
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Mensaje por Skjöld Heilfsson1 el Miér Feb 20, 2019 12:04 am

Llegaban a mis oídos los tonos rudos de las voces de mis cuervos, hablando entre sí, preparándose para la emboscada que nos esperaba bajo el oscuro manto nocturno, que igual de azabache que las plumas de nuestra ave hermanada, nos serviría para ocultar nuestra presencia del enemigo. Los hombres bajo mi enseña se consagraban a la batalla venidera preparando sus armas, amuletos y espíritus entre historias de tiempos pasados, bebida y muestras de poder en augurios ya perdidos, transmitidos entre susurros, tan antiguos como peligrosos, que de poder bañaban sus cuerpos y, sobre todo, sus ferales instintos antes del combate. Se entregaban a su naturaleza, al igual que yo mismo, violenta y salvaje, ya fuera por medio de los cantos que entonaban en la guerra o las costumbres que, arrastradas de sus diversos orígenes, aún conservaban, libres de realizarlas mientras cumplieran el juramento que nos unía como una manada, leal e inquebrantable. Desconocidas eran para mí la mayoría de las historias que aquellos guerreros portaban a sus espaldas, marcadas por sus acciones, curtidas y heridas por mil envites, mas no me importaba. Diversos oficios y habilidades tenían cada uno de ellos, pistas al aire del misterio que sus vidas pasadas representaba, aunque se negaran a hablar de las personas que una vez fueron, ahora sólo un pequeño recuerdo ante la verdadera identidad que ahora poseían: bestias implacables que servían a los espíritus y honraban a la mayor fuerza que ha modelado al hombre desde que este fue capaz de empuñar un arma: la guerra. Ahora, orgullosos y dignos combatientes, libres se alzaban en un mundo en el que, si no eres lobo, te toca ser cordero. Mas yo les había ofrecido ser cuervos.

Ajeno a los simbólicos actos que realizaban los míos afilando sus armas, preparando sus abalorios y trofeos y observando al horizonte con sus ojos sagaces e inmunes a los estragos de los campos de muerte, se encontraba el rubiasco arquero siervo de Gangrel, tumbado en el suelo, respondiendo a mi pregunta tras una pausa que, a diferencia de lo que pensarían otros, a mí no se me hacía incómoda, sino natural. Dirigiéndole una mirada más punzante que los venablos en su carcaj, asentí en silencio aunque intuyera que ni siquiera me estaba mirando dada su postura y el tono de sus palabras, tan arrogante como una urraca en su nido. Múltiples pensamientos convulsos surcaban mi mente mientras trataba de poner en orden las palabras de mi siguiente frase, aún afectado por el trance que me había venido antes de la llegada del joven. Aclaré mi garganta con un sonido ronco como el del suelo resquebrajándose, y sin levantar mi mirada de él ni pestañear, alcé la voz.

-Muy bien. Sígueme, y te contaré tu papel en mi estrategia. Juro por la zarpa del blanco que saldrás satisfecho con lo que te reservo, Flecha Negra- solté rematando con un gruñido grave, fruto de que mi garganta se había trabado de mala manera, haciéndole un gesto con la cabeza, invitándole a seguirme, sin saber si me veía o no.

Le di la espalda entonces, cargando mi hacha al hombro, dando pasos largos, sintiendo en mi nuca las miradas curiosas de los guerreros. Avancé en dirección oeste apenas unos diez pasos, hacia un quejigal que, negándose a morir aún como un lobo viejo, se alzaba nudoso ataviado de corteza gris y con las raíces levantadas y anchas como uno de mis brazos, siendo su tronco tan ancho como yo mismo y que alcanzaba a medir a mis ojos inquietos unos treinta codos, con su copa orgullosa y poblada mecida al viento, orientado el majestuoso árbol a la zona donde podía divisarse a lo lejos el arroyo cercano al campamento enemigo. Ante una de sus raíces me paré, observándola en silencio esperando que el plegiano me siguiera.

-Vincent- llamé con voz grave. -Bajo estas colinas en la cuenca de aquel flujo de agua se encuentra el enemigo- señalé con la cabeza de hacha en la dirección correcta. -Ocultos como sierpes, varios de los míos nos hundiremos en el agua dando un rodeo, para situarnos a su espalda. Tú guiarás a mis arqueros hasta una buena posición, y tras eso, serás tú quien dé inicio a todo. Con tu ojo carmesí- rematé enigmático girándome.

Fuego naciendo de las garras del cuervo. El augurio funesto de Hogr tomaba forma en el plegiano de mirada rojiza y ruinosa, como el color de la sangre de los vivos.
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Mensaje por Vincent el Miér Mar 13, 2019 9:44 am

Al contrario de lo que llegara a pensar el bárbaro, Vincent escuchaba perfectamente al líder de los Cuervos, salvo que por su posición y por el clima, su actividad predilecta hubiera sido dormir bajo el cálido astro rey. Parecía enfadado con él, posiblemente por sus palabras. Vincent no seguiría a otro vasallo de Gangrel si sus ideas no eran buenas, lo dejó claro y cristalino al responderle. Con desgana se levantó de la cómoda hierba, sacudiéndose sus prendas con energía. Algunos incluso lo observaban por su actitud altiva, un león rodeado de cuervos hambrientos por sus entrañas. Daba pasos ligeros para alcanzar a Skjöld, quien se detuvo bajo un árbol que no había envejecido del todo bien. Acarició el áspero tronco, esperando quizás algún resquicio de vida que le sorprendiera.

Divisó entonces el famoso campamento emergido -más grande de lo que pensaba a decir verdades-, analizándolo desde la colina. Si su orbe carmesí lo convertía en un diablo, entonces el mismo Grima haría que los emergidos sucumbieran bajo sus oscuras llamas. Esa era su función al fin y al cabo, atraer la desgracia a sus enemigos. La estrategia de Skjöld no era mala, sorprendiendo al enemigo por el agua, e incluso había pillado la indirecta—Quieres que haga arder el campamento, ¿no es así, Skjöld?—pronuncié con curiosidad y a la vez con cierta apetencia, haciendo que nuestros objetivos fueran pasto de llamas y troceados por el hacha del bárbaro. No era sádico debía aclararse. Gustaba de que sus campañas salieran bien sin demasiado problema. No era eso pecado, ¿verdad? En la eficiencia residía la victoria, la cual no se le hacía lejana ni mucho menos.

—Hay cierto punto al noreste que podríamos usar para una emboscada. verán las flechas cuando ardan sus tiendas. Daremos un escaso rodeo por la foresta y estaremos al mismo tiempo que vosotros pero desde un punto más alto. ¿Ve la prominencia cerca de la cuenca?—señaló con su dedo índice en la dirección correcta, siendo una debilidad poderosa para los emergidos. No pensaron en que el peligro no les vendría de frente sino por encima—La primera flecha debería ser una señal adecuada para vuestra embestida si no me equivoco, ¿verdad, líder de los Cuervos?—lo miré astuto, semejante a un zorro cerciorado de que su presa acabará en el estómago; no eran ellos quienes debían temer a la noche sino los propios seres oscuros que se ocultaban en tiendas y una cuenca. Me encogí de hombros, dando por hecho un destino del que no serían capaces de escapar.
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Mensaje por Skjöld Heilfsson1 el Dom Mar 24, 2019 9:07 pm

Mecía el viento mis cabellos y barba enmarañados bajo el amparo que me ofrecía la mortecina y anciana figura de aquel roble apaleado por las inclemencias del tiempo, recordatorio mudo del estoicismo necesario para sobrevivir en un mundo como este, que temblaba y se rompía hasta sus propios cimientos, condenado a cambiar entre mareas grises, quizá camino a su perdición, un mar de sangre y cenizas. Mas esa senda era la que recorrería cuando la noche devorase al día y llegara el dominio del gran Hogr, impulsándome con sus graznidos funestos a realizar la misma masacre que, años atrás desaté sobre la gente que me vio crecer, arrancando de mí para siempre todo rastro de mi linaje humano, y por lo tanto, frágil y quebradiza como el asta de una flecha. Había expuesto la maquinación del córvido al plegiano que nos acompañaba en esta andanza, y de la que sería la mano ejecutora cuando posara su rojiza mirada sobre el campamento enemigo bajo el brillo de las estrellas, testigos de la aciaga escena que debiera ocurrir tras el crujir de un arco y el silbido del dardo. Ansiaba cumplir con la profecía que me había dado el ave en ese momento de trance, para poner a prueba si aquello que susurraba veladamente sobre la naturaleza del joven saetero era cierto, o eran simples palabras arrojadas al viento. Por ahora, habríamos de conformarnos con planificar el ataque sobre esta loma, antes de realizar los ritos que me darían el brío necesario para cazarlos como se debe.

Esperaba de espaldas a Vincent su respuesta, en completo silencio, callando lo que mi mente y corazón clamaban, deseando llenar de llamas inextinguibles las cuencas que veía más abajo, empezando por el campamento de los emergidos y trasladando la batalla por todo el lugar mientras quedara uno de ellos con vida, dispuesto a ser quien acabara la contienda con la voracidad y arrojo de un verdadero guerrero, aunque perdiera el resuello en el intento. Mi mente viajaba absorta por las imágenes de refriegas pasadas, en las que los cantos y el olor de la sangre eran lo único que llenaba mis sentidos aparte de la sensación que dejaba cada golpe dado en carne enemiga, extasiante conforme se sucedían dejándolos por el suelo, mas la voz de Vincent rompió mis pensamientos, con aquel tono curioso que revelaba que había captado lo que quería decir. Sonreí sin que pudiera verlo, dejando mi vista posada en los ríos y arroyos del bosque que se encontraba frente a mí, dibujando surcos y runas indescifrables en el terreno, las cuales no estaban hechas para el hombre. No respondí a su pregunta, sin siquiera asentir, fijo mi rostro frente a los bosques que serían el hogar de nuestra próxima gesta, aguardando paciente a que terminara de hablar, notando salir palabras y frases de los labios del muchacho leonino como si fueran un torrente.

Me giré el tiempo suficiente para poder ver adonde señalaba con su dedo índice, el punto álgido de una colina en medio de los arroyos donde podían colocarse los arqueros que iniciarían la emboscada que empezarían el verdadero ritual. El joven lacayo del rey hurón no sólo era un hábil arquero, sino que al menos tenía nociones de estrategia y comandancia, lo que le hacía cada vez más interesantes a mis ojos que, pequeños e inquietos, no dejaban de estudiarle, tal cual ocurrió durante la escaramuza que compartimos en Manster. Hogr había elegido bien al portador de su abalorio, pues algo en sus facciones delicadas y alargadas, unido a sus formas en medio de la guerra, recordaba a la emplumada criatura a la que servía en mis ensoñaciones. Habiéndome dado la vuelta, tomé aire, abriendo la boca para dejar salir mi voz mientras veía que, tras él, mis hombres empezaban a hacer corrillo, augurando que se cernía sobre nosotros la sombra de la guerra.

-Así es. Eres rápido, Flecha Negra- respondí expulsando todo mi aliento de los pulmones. Dejé que pasara el tiempo durante unos instantes antes de proseguir, respirando pesadamente. -Pero como habrás imaginado, hay un motivo por el cual quiero que dispares tú, de entre todos los cazadores que me acompañan. La encarnación de la noche desea que seas tú quien dé inicio a la masacre, como acabas de decir. Cuando lances la flecha incendiaria, comenzará lo que para nosotros es un rito en sí mismo, plegiano. Poco importa lo demás. Deberás hacer arder el campamento, y tras eso arrasaremos el lugar entre cantos. ¿Puedo contar con tu arco?- pregunté con la vista fija en su faz, y el rostro arrugado en una mueca que transmitía el ansia que sentía porque llegara el momento.

Y fue tras esa pregunta en la que los Cuervos, agrupados, empezaban con sus propios usos, con voz rasgada y serena, llenando con sus historias y poemas la cima de la loma en la que nos hallábamos, esperando al combate.
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Mensaje por Vincent el Miér Abr 03, 2019 12:04 am

Rituales, hierbas alucinógenas probablemente… De verdad, a su Señor le gustaba juntarlo con personas bastante peculiares. No apartó la mirada del bárbaro ni un segundo, asimilando el plan que él mismo había figurado hace unos momentos con la visión de una colina. Mas si apartabas la vista un instante, sentía que su cabeza iba a separarse de su cuello. Aquel orbe carmesí que parecía tanto interesarle a Skjöld lo perforaba, intentando averiguar qué es lo que sucedía en la mente de ese hombre si es que se lo podía llamar así, mas no le dio más vueltas al tema, asintiendo con la cabeza.

—Cuenta con mi arco. Hoy será una noche no inolvidable pero sí, interesante—se dio la vuelta, caminando lejos del líder de los Cuervos; aun así se paró un momento, daleando levemente la cabeza y mirando hacia atrás—Será por mera curiosidad… Pero Skjöld, ¿sencillamente me alagas por mi habilidad con el arco o temes mi ojo derecho?—esbozó una sonrisa ladina antes de coger sus cosas y comenzar a caminar. Los arqueros sabían el lugar en el que debían posicionarse, mas quería establecer un perímetro primero. Comería solo, vigilaría solo. Que los Cuervos llegaran con sus graznidos a su debido tiempo. La mascota del Rey Gangrel debía seguir el plan, sin importarle el que tuviera o no más refuerzos que una flecha en llamas.

—Estaré esperando, Skjöld. Cuando la luz desaparezca del cielo, las llamas cobrarán vida en ese campamento. Sea la pelea digna de tu fuerza, Cuervo—hizo un gesto con la mano sin verlo, despidiéndose. Vincent se había tomado su confianza con ese hombre, sin saber siquiera si lo estaría siguiendo con el hacha en mano. Si se tornaban enemigos un día, que no dudase en su destino: Una flecha entre ceja y ceja, o más irónico aún, en su ojo derecho, atravesando el cerebro. Era cuestión de estar lo suficientemente preparado se decía el plegiano. Y lo estaría llegado el momento.

En el camino dio otro mordisco a la carne seca de su zurrón, un sorbo a la bota y un mordisco a la manzana que portaba consigo. Era una mera herramienta, sí… Comprendía su posición en el mundo; fuera extraño o no, Vincent intuía que su vida acabaría de la misma manera, como el utensilio al que habían criado para que fuera así. Era un presentimiento que no abandonaría su cuerpo mas no le hacía temblar en absoluto. No gastó demasiado tiempo para llegar a la colina cerca del campamento enemigo, sacando lo necesario para hacer arder tal nido de engendros. Con las propias manos cavó un pequeño surco en la tierra. Cuando fuera a encender la flecha no debía provocar un incendio en su propio posicionamiento.

Mediodía, tarde, el anochecer… Era una mezcla de colores que había viajado casi con rapidez para el arquero, ocultándose el sol poco a poco. Asímismo él preparaba aquellas flechas a un lado suya, un bote con aceite -gracias a los recursos de los mercenarios-, con rapidez ya que la noche estaba por caer. Tenía dos piedras a su lado también, y estaba a una buena altitud para llevarlo a cabo. No esperó a que la luna saliera de entre las nubes, sino a que el cielo fuera cubierto por el negro que dejaba el sol tras marcharse. Era su hora.

Derramó el aceite en el surco que había hecho, no en lo alto de la colina sino un poco más abajo, lo suficiente para que las llamas no fueran vistas por vigías. Las chispas cayeron en el aceite, del cual el fuego surgió. Había apartado cualquier trozo de hierba que hiciera de aquello un infierno, y mojó una de sus flechas en ese cáliz del infierno -que no era más que un surco en la tierra, quizás una diminuta hoguera comparada a la de los campamentos; aun así, era suficiente, ni había una gran cantidad de aceite para una tarea tan simple-. Tomó una de sus lechas, arco medio tensado. Fue tan solo rozar el minúsculo fuego y se encendió al igual que una vela.

Sin tener que dirigirse a la cima de la colina, Vincent apuntó un poco más arriba de lo normal.

Observar la posición del objetivo le había ayudado con sus cálculos, y sus comisuras alzándose ligeramente más de lo normal era un signo de condena para esos emergidos.

Soltó la flecha, la cual volaba rauda y veloz por el cielo, formando una leve curvatura que aterrizaría justo en una de las tiendas. No se limitó a una. Esparció las flechas por cinco puntos del campamento, el sonido del metal llegando a sus oídos. Veía el humo ascender con fuerza hacia el techo negro sin estrellas, ni luna. Era un día destinado para este tipo de eventos. El humo que desprendía su aceite no era nada comparado a aquel festín.

Feliz cacería, Skjöld.
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Mensaje por Skjöld Heilfsson1 el Miér Abr 03, 2019 10:02 pm

Moví los hombros para acomodar la postura, relajando mi cuerpo de forma que pudiera escuchar las palabras del cachorro plegiano con una actitud más serena, dejando en mi rostro una mueca que, de verla el mismo, se daría cuenta que era una tratando de controlar aquella agonía que sentía, fruto de la pasión que mi alma dirigía a la batalla, aún más al rito que realizaríamos aquella noche, con la ayuda del saetero, entre sangre y fuego, alzando la voz en una campaña que, de manera bastante interesante, alimentaba no sólo nuestras barrigas y bolsas, sino las metas e ideales que deseaba para los Cuervos, bajo la bandera y patronazgo del desquiciado rey de Plegia. No tardó en llegar la respuesta del joven, en un tono que no transmitía ninguna emoción, alejándose de mí y dándome la espalda, lujo que sabía que podía permitirse dada la camaradería que, aunque no muy longeva, nos profesábamos dada la empresa que habíamos acometido juntos, pasando a mirarme de frente con aquel iris carmesí que provocaba en mí esos sentimientos encontrados, encarnados en los designios que podía encerrar el mismo, un abismo bermellón e infinito que me llamaba a cruentas batallas. Lanzando una pregunta, pasó a sonreír con aquella curva fina que eran sus labios, recordándome al gesto típico de su señor, ladino y perverso, mas sin aquel aura salvaje que rodeaba al monarca, siendo sus formas refinadas, precisas y glaciales, distante y reservado en el fondo. No pude evitar arrugar la nariz ante semejante cuestión, resoplando justo después en un gesto hosco, casi un bufido ahogado, abriendo la boca y ensanchándola en una sonrisa en la que enseñaba los dientes de forma extraña, hablando casi entre ellos.

-¿Debo responder a eso, Vincent de Plegia?- espeté de forma irónica, marcando con mi acento norteño el nombre de su tierra. -He visto con mis ojos cómo llevas la muerte con tus venablos al enemigo. Donde pones aquel ojo, pones la saeta- señalé con el índice de la mano derecha a su rostro. -Temer a otro cazador aunque sea en el fondo del corazón tras conocer su fuerza no es cobardía, sino cautela- respondí con una máxima propia de Fyrdr, entrecerrando los ojos en una mirada aguda.

Observé cómo recogía sus enseres tras semejante sonrisa, alejándose de mí con cierta calma, dirigiendo para mí unas últimas palabras a las que, aunque no lo viera, respondí asintiendo rotundo, aún con una sonrisa en el rostro.  Marchaba mientras a mi cabeza llegaban los recuerdos de los silbidos fatales de sus flechas sobre mi cabeza antes de caer perforantes sobre los rostros y cuerpos de los emergidos, dándoles muerte de una forma que, aunque no fuera mi estilo, era bella en su ejecución, una lluvia letal que daba fin de golpe y porrazo a la existencia corrupta de aquellos obstáculos pérfidos que eran los soldados de rojos tan carmesíes como los de Vincent. Traía ruina, y él mismo lo sabía, de ahí la pregunta que había disparado como uno de sus dardos, directo a mis pensamientos, los cuales parecía haber vislumbrado a través de su ojo, portador de mal agüero según muchos. Sin embargo, el amuleto que le había entregado y mi deseo de que diera la primera indicación antes de la batalla no se debían a la leyenda negra que pudiera portar en su rostro, sino sus formas y el simbolismo que, en realidad, destilaban no sólo sus acciones, sino su propia efigie, delicada, cruel e implacable. Deseaba en silencio que las alas de Hogr ampararan a aquel arquero que, sin siquiera saberlo, formaría parte de nuestro ritual.

Habiendo marchado él en soledad, procedí a reunir a los míos raudo, llegando al campamento, donde pude comprobar que, como siempre, Sigbjorn había preparado ya a los guerreros no sólo con los usos, sino ya para la táctica que íbamos a realizar en unas horas. Encontré a mi regreso junto a ellos los ojos curiosos de los hostigadores, que silenciosos como búhos esperaban que diera órdenes con mi voz rugiente, notando en cómo sostenían sus armas en sus manos, aún más hambrientos sus aceros que sus dueños, taciturnos algunos, extasiados otros por la proximidad de una batalla que nos daría aún más fuerza. Mas no quería ahondar en los semblantes de los Cuervos, sino que buscaba a Sigbjorn para dar la orden y comenzar a movernos, hallándolo cerca de unas pieles de venado tiradas en el suelo, terminando de atarse el cinto, clavada su lanza en tierra firmemente. Ante mi llegada, me recibió con una mirada propia de una vaca, tan aburrida y distante que cais parecía haberse tornado un buey, ya capado y descarnado de toda emoción, escondiendo como yo sabía las ganas que tenía de comenzar a degollar y sentir la pasión que le mantenía con vida, incluso más que a mí. Ni siquiera abrió la boca, pues ni tiempo le di, dando una orden rápida al pasar por su lado, parco en palabras y lleno de determinación.

-Coge a los elegidos. Nos toca mojarnos.


Había ido cayendo el sol sobre estas tierras llenas de ríos y arroyos, alzándose la oscuridad sobre nuestras cabezas, ocultas en el frío y húmedo interior del agua, que nos envolvía con su abrazo, colándose en nuestros huesos parte de su gelidez, pesando aún más mi cuerpo, chorreando mis cabellos y mantos, manteniéndome a flote a medias, escondiendo mi presencia y olor del enemigo junto a mis hombres, que siendo tres decenas se ocultaban también junto a mí, cercanos al campamento enemigo, armados y esperando la señal, luchando por estar ocultos en una zona menos profunda, bajo nuestros pies hallándose un lodazal, el fondo del mismo. Callaba, respirando poco, nervioso y expectante, asiendo el hacha con todas mis fuerzas, a vida o muerte, acompañado de Hofi y Sigbjorn, que habían realizado esta maniobra anteriormente bajo mi mando. Como nutrias del norte, asomábamos a medias el morro en la superficie del agua, algo más turbia dada nuestra presencia, de cara al enemigo, pudiendo distinguir siluetas de los mismos en la orilla, a la cual esperábamos poder llegar en breve. Se tornaban en horas los minutos que esperábamos, faltándonos el aire y el espacio, intentando pasar desapercibidos en aquel lugar, bajo el manto de estrellas que nos sobrevolaba y guardaba de alguna forma, amparados por el influjo de Hogr, cuyo enviado lanzaría sus flechas en breve. Y entonces, un silbido rompió el silencio, seguido de un pequeño destello anaranjado, tras el que se oyeron varios más, quebrando el ambiente conforme el impacto dejaba atrás un fulgor que, levantándose como sierpes hambrientas, prendía en llamas las lonas del campamento, entre árboles silenciosos y aves que, ante las llamas, salían volando para evitarlas.

Los emergidos empezaron a moverse en tropel, sin ton ni son buscando al artífice de dicha táctica, desorientados por el fuego que se extendía rápidamente por el mismo conforme fallaban en encontrarles, pues su rival no llegaba desde tierra. A un gesto en el que alcé el hacha fuera del agua, nos dirigimos como una masa compacta en dirección a la orilla, saliendo del río chorreando y con la respiración jadeante, levantándonos triunfantes tras haber surgido de aquel maltejido trozo de agua, corriendo entonces en vanguardia, cegado incluso por el brillo de las llamas que, trayendo asimismo una ola de calor, se plantaba frente a mí, junto a la silueta de un emergido que, armado con una espada, se topó con el filo de mi hacha en su cuello, cayendo con un ruido sordo entre salpicaduras de sangre, convirtiéndose en peso muerto tras el golpe. Me paré en seco frente al cadáver, oyendo cómo a mi alrededor los Cuervos se lanzaban en picado a acabar con ellos, despiadados y rugientes, entre golpes, pisadas fuertes y ataques desesperados.

La masacre había comenzado.
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Mensaje por Vincent el Sáb Abr 06, 2019 4:33 pm

El aceite paulatinamente iba siendo consumido por la tierra, el fuego comenzando a desaparecer poco a poco. Tomó una última flecha, asomándose rápidamente por la colina, atestiguando lo que había sido un éxito rotundo de sus planes. Tensó la cuerda, apuntando hacia el oeste del campamento. Ya ni era necesario una curva, sino una dirección exacta. Donde hubiera un cúmulo de soldados preparándose para atacar al grupo de su compañero en esa campaña. Fue un tiro certero en dicho infierno que él mismo había desatado. Una manada de hienas intentando embestir a los leones. Salían despavoridos de una de las tiendas, un grupito.

Sus dedos soltaron el proyectil, veloz, fugaz, cortando el aire que atravesaba y finalmente aterrizando en la mejilla de uno de los emergidos. Desconocía si gritaban, pero por su experiencia en las últimas campañas, no parecían criaturas muy habladoras, mas ser quemado vivo debía ser una experiencia sumamente dolorosa. Lo ideal sería que el fuego se propagara en el grupo, mas sería surrealista acercarse a un compañero en llamas para arder con él.

Desde la cima de la colina, no muy lejos del campamento, decidió observar la obra de arte que habían creado. Se sentó, bastante sosegado para la barbaridad que estaba aconteciendo no tan a larga distancia de él. Llamas... Grima consumiría el mundo con sus llamas, ¿no era así pues? Destruyendo todo lo que se encontrara a su paso, el mundo en sí mismo. Todo sería un páramo, yermo y despojado de vida. ¿Qué pensarían las personas que poblaban el continente? ¿Preferían al Dragón Caído o a una plaga de emergidos? Renais ya había dado su respuesta desde el principio, mas el resto… Eran incógnitas para su persona, para Plegia quizás.

Escuchó los inconfundibles gritos de Skjöld cruzar las colinas. Volvía a ser el bárbaro que tanto necesitaba su grupo y en el que hubo depositado su confianza para cumplir con su cometido. La sangre desparramada por el campo de batalla, la gente consumida en llamas… Vaya, pero si no tenía que pensar demasiado. Ellos mismo habían traído el caos a esa tierra y serían las figuras que representarían el yugo, el salvajismo encarnado.

Aun siendo un paisaje que merecía la pena ver, Vincent se incorporó en el sitio, su arco y carcaj a sus espaldas. El surco de tierra, sin llama alguna, lo tapó con tierra seca y recogió sus cosas -un simple zurrón, a decir verdad-. Su cometido había finalizado, y las conquistas necesitaban hombres detrás de ellas. No era una persona con la libertad que desprendían los Cuervos, aves que surcaban los cielos, varones que caminaban por un sendero minado de incertidumbre mas nunca se detenían, soberanos de su propio sino. Sin embargo Vincent y libertad asociados, en una misma frase… Era una contradicción hacia su propia existencia.

Dio la espalda a la cacería, descendiendo de la colina, buscando el camino más próximo hacia el siguiente campamento. Los cuervos se encargarían de sacarles los ojos a los despojos. Además...

La noche aguardaba.
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Mensaje por Skjöld Heilfsson1 el Mar Abr 09, 2019 8:50 am

El chocar del acero comenzaba a alzarse en aquella orilla del río como si se tratara del atronador rugido de la furia primigenia de los dioses alojados en nubes de tormenta, golpeando la tierra con sus briosas embestidas, infinitos temblores que, desgarrando los cimientos del mismo mundo que pisábamos imponentes, sacudían nuestros espíritus combativos, en un asalto a nuestros instintos que culminaba en este arranque barbárico al que habíamos dado comienzo al salir de lo más profundo de las aguas heladas que antes nos habían arrancado la piel, mostrando nuestra sanguinaria esencia. Las llamas se extendían al igual que nuestro deseo de destruir al enemigo frente a nosotros, que aún sin saber nosotros si podían sentir terror, parecían desprovistos de capacidad de defenderse frente a la brutal acometida que encabezaba, glorioso y enfurecido, soltando espumarajos por la boca mientras la humedad de la zona se desvanecía dado el calor asfixiante y humeante que empezaba a reinar en el campamento, llegando a mis fosas nasales el aroma nauseabundo de la carne y cabello carbonizados que, aunque mi alma animal aborreciera con todo su ser la voracidad de la despiadada pira con el terror que merecía, llegaba a inspirarme, poniendo mis vellos de punta frente al cadáver del primer enemigo que, en mi carga desenfrenada, me había llevado por delante con una machada contundente que había segado su vida, despojándolo de movimiento. La oscuridad que nos rodeaba tocaba a su fin, quedando moribunda tras las saetas inmisericordes que había lanzado el arquero plegiano desde las sombras del bosque, ajeno para mí su destino en aquel momento de rabia incontrolable. Aspiré con fuerza mirando a mi alrededor, sumido en el centro del caos, que empezaba a gestarse, pudiendo ver a medias cómo las siluetas de los míos empezaban a perfilarse entre las luces danzantes, umbras asesinas que masacraban al enemigo, que empezaba a moverse para tratar de contraatacar.

Llegó uno de los enemigos, con aquellos ojos brillantes y rojizos entre luz anaranjada, lanzándome una estocada con una hoja que apenas pude distinguir entre los brillos ardientes, moviéndome hacia atrás con un paso que, algo lento, supuso un fallo. Sentí el penetrante y frío tacto de la hoja del arma rival en la parte baja de mi vientre, un pinchazo que, aunque no mortal, se trataba de un ataque doloroso y sangriento que, en aquel instante, me sacó un quejido ahogado, pues la sangre salía de la herida con un salpicar rápido por el que se escapaba un trozo de mi vida, reaccionando al golpe despertando mis sentidos combativos, alzando entonces el asta del arma sobre mi cabeza, descargando un golpe sobre la cabeza del enemigo, aquella que apenas podía vislumbrar, entrecerrando los ojos ante el impacto que se dio, seguido del crujido de su cráneo, música para mis oídos. Dejé caer su cuerpo, avanzando lentamente tras la herida ocasionada, la cual en el frenesí del combate no sentía de momento, internándome en el centro de la escaramuza, viéndome entonces enfrascado en la misma y rodeado de mis hombres, cuyos fatales envites arrancaban tripas y vidas a los enemigos con auténtica dedicación, entre cantos apenas audibles pues la brutalidad que se desencadenaba ensordecía mis oídos, mientras el fervor a la guerra me consumía, abriéndose mis pupilas de par en par y entrando en aquel trance al que me entregaba, libre y poderoso.

Los siguientes momentos formaron parte de una locura buscada, en la que los tajos y reveses se sucedían en un baile macabro alrededor del fuego, un rito que, pagano y abominable, parecía formar parte de nuestra naturaleza, entre rugidos y mordiscos, realmente derechazos de nuestras armas, latigazos crueles a las tropas enemigas, que trataban de luchar en una última defensa desesperada ante nuestro ataque, cayendo las lonas y campamento enemigo bajo nuestras botas y las llamas, convirtiéndose los cadáveres de los seres grisáceos en un justo sacrificio para mi patrón nocturno, aquel cuyas plumas envolvían el cielo aquella noche, en un manto de sombras absoluto y retorcido, cuyas garras ya habían dado la herida mortal en el momento en el que su campeón, con aquel ojo agudo y rojizo, símbolo de la desesperación que podía traer al mundo, lanzó el primer venablo a un bosque silencioso y libre de muerte, hasta el momento. No sentía más que ansia, tratando de devorar las vidas que arrancaba con mi hacha, manchándome del interior de sus cuerpos con cada uno de los golpes que daba, sin siquiera cansar mis brazos en aquel momento, invicto mi cuerpo aunque las heridas empezaran a aparecer dados algunos de mis descuidos y el flujo de un combate que, desde el momento en el que caímos sobre ellos en semejante emboscada. Caía mi saliva por la comisura de mis labios, chorreando salvajismo, el sudor salía de los poros de mi piel, mis mejillas se encendían fruto de las emociones que me asediaban, furibundo, dejándome llevar por mis más barbáricos instintos. No importaban para mí la posición de las tropas ni el avance de las mismas por Carcino, ni los pactos con el rey de Plegia, ni siquiera el estado de los Cuervos en aquel momento. Trascendía en medio del furor interior que empezaba a adueñarse de mi alma, creciendo mi poderío con cada acometida, convertido en el justo castigo de esta escoria, contenedor de los conocimientos que guardaban los dioses, gritando en medio de un mundo que supuraba ante la guerra que, con nuestras alas azabaches, aprovechábamos para impulsarnos a un mañana que, por ahora, se mantenía incierto. Y cuando de aquel batallón sólo quedaran cenizas y restos sangrantes, un grupo de fieras armadas sería lo único que podría respirar en aquella orilla, esperando al sol en un lugar que, humeante y marchito, acababa de ser consagrado, alzándonos ya no como mercenarios, ni hombres, sino como cuervos supervivientes, hermanos y amantes de la sangría que acabábamos de cometer.

Ni siquiera el brillo del amanecer próximo podría aclarar el oscuro rito que habíamos llevado a cabo esa noche, pues esa era la condena de Hogr. Una que nos representaba mejor que nuestros propios nombres.
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Mensaje por Eliwood el Sáb Abr 20, 2019 10:44 pm

Tema cerrado. 80G a cada participante.

Skjold ha gastado un uso de su hacha de bronce.
Vincent ha gastado un uso de su arco de bronce.

Ambos obtienen +2 EXP y +1 Bonus EXP!

Gracias al incremento de experiencia, Skjold obtiene un nuevo skill de la rama Fighter:

[Campaña de Conquista]A medianoche los Cuervos volarán[Priv.Skjöld] Adaptabilidad Adaptabilidad - Permite al luchador ignorar cualquier dificultad del territorio, utilizando su adaptación y resistencia física para abrir su camino contra arena, cuerpos de agua, terreno escabroso, mal clima, etc, inclusive pudiendo desplazarse lentamente a través de cuerpos de agua si estos no son demasiado profundos. También cesa por completo de ser afectado por el frío o el calor del entorno.

¡Felicitaciones!
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