Hora en el foro


Síguenos
Conectarse

Recuperar mi contraseña

TWITTER
afiliados



Crear foro

[CAMPAÑA DE CONQUISTA]La Hora de la Promesa [Priv. Skjöld]

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Ir abajo

[CAMPAÑA DE CONQUISTA]La Hora de la Promesa [Priv. Skjöld] Empty [CAMPAÑA DE CONQUISTA]La Hora de la Promesa [Priv. Skjöld]

Mensaje por Gangrel el Jue Ene 17, 2019 10:59 am

Campaña de conquista en nombre de Plegia



El frío clima de las altas montañas de Carcino no era algo que agradara al rey de dorada armadura. El frío era un clima al que sus hombres no estaban acostumbrados. Y el hecho de tener que perder el tiempo con jornadas de aclimatación era algo que no le gustaba lo más mínimo. Ver a las tropas haciendo algo tan patético le llegaba hasta a exacerbar. Y pensar que esos hombres podrían luchar en medio de un desierto sin problema… Casi resultaba patético. Por suerte, las cimas de las montañas no era algo que solieran tener que atacar. Pero ese día sí. Por desgracia.

Hacía unos días habían tomado un fortín de un tamaño relativamente considerable que se situaba en una zona simplemente perfecta. Desde lo alto de aquella montaña, podían vigilar los movimientos emergidos y mover a las tropas adecuadamente. Un punto altamente estratégico, que además tenía la ventaja de estar a una distancia moderada del campamento más cercano, lo que permitía transmitir las noticias rápidamente utilizando sus jinetes wyvern. Pero eso no era lo que importaba al monarca. Sí, era un punto estratégico, pero… En ella se encontró una biblioteca… Interesante. Repleta de libros del antiguo consejo de la república. Tratados mercantiles, registros de inventario y mapas en los que se encontraban marcados puntos increíblemente suculentos en los que supuestamente guardaban armas antaño. Y eso era lo que le interesaba… Pues entre todos los libros encontró también tratados de los antiguos mercaderes, en los que relataban con todo lujo de detalles el funcionamiento de la antigua república y cómo crearon sus rutas comerciales.

Plegia necesitaba aquellos libros. Gangrel los quería. Llevaba él personalmente un par de días en el fortín analizándolos y encargándose de la gestión del mismo para poder convertirlo en una base más del ejército. Mientras los mejores escribanos de Plegia copiaban los textos en papel con una calidad mayor, el rey iba leyéndolos mientras apuntaba los conceptos que veía más importantes en un papiro de menor tamaño, utilizando para ello una pluma de color carmesí tremendamente corta, casi tanto como un dedo humano, utilizando para la tarea, por supuesto, tinta roja.

Es por esas tres razones que había llevado ahí a un grupo de mercenarios que resultó tremendamente valioso en Manster ahí. La inutilidad de muchas de sus tropas en montañas demasiado frías, la posición estratégica del campamento y más importante, mucho más importante. Los malditos libros. ¿Y quiénes eran esos mercenarios? Pues efectivamente, los mismos a los que el rey una vez se dirigió personalmente con una carta. Los Cuervos. Y por supuesto, también algunos de sus escuadrones de magia más preparados para el terreno, pero el grueso de la infantería recaía en ellos. El mismísimo barón Vincent le había hablado muy bien de sus capacidades cuando estos luchaban en suelo de Manster, y por ello, el monarca plegiano se sentía relativamente seguro dentro del fortín. Sin embargo, las cosas JAMÁS pueden ir bien a un estratega. Tampoco a un rey. A nadie. La igualdad que produciría una vida así no divertiría a nadie…

Un ingenuo explorador plegiano salió a explorar las cercanías como cada día. Posiblemente, un joven de unos veinte años aproximadamente el cual fue engañado por las embriagantes palabras del monarca de Plegia en algún discurso y se alistó. Más que seguro era pensar que este tenía hijos, o al menos una mujer que le esperaba pacientemente en su hogar, pensando que volvería al cabo de un año como mucho. Gangrel pronosticó que la toma de Manster duraría menos de ese periodo, pero lo que nadie esperaba es que luego fuera a Carcino. Y este joven fue casi arrastrado por las mismas palabras para ir ahí y luchar por su señor. Este joven era el prototipo claro de un plegiano promedio: una persona de cabello moreno por su proximidad con el desierto y piel blanquecina, armado con un hacha y montando un wyvern que posiblemente tuvo que comprar ahorrando durante meses de su diminuto salario o le regaló el ejército de Plegia tras ser alistado. Y este joven, lo más seguro, es que ni siquiera se imaginara que algún día podría morir. Las bajas eran algo que no contemplaban, pues a duras penas había habido gracias a las eficientes estrategias del rey, y eso quitaba el miedo a la muerte de las tropas. Y fue por eso mismo que quizá aquel joven no se dio cuenta de que por muy fuerte o vigoroso que fuera… No podría contra una docena de emergidos que vagaban por el bosque solos. Intentando escapar de su evidente error, llamó la atención de más. Y de más. Y antes de darse cuenta, antes de poder llegar al fortín donde se encontraban sus compañeros… Estaba siendo perseguido por una cantidad increíble de emergidos, los cuales clamaban furiosos intentando asesinarlo.

-¡Vienen aquí, vienen aquí! ¡Nos atacan!

Ese grito desgarraba tanto su garganta que el mismísimo rey de Plegia, que se encontraba en el interior de la biblioteca, lo pudo escuchar sin problema. Y por eso mismo, decidió salir hacia afuera, al patio de armas, para luego buscar alguna torre desde la que mirar la situación. El hecho de ver a un joven jinete con heridas leves no le gustó. Pero menos le gustó ver que muchos de sus soldados tomaban las armas rápidamente, preparándose para un combate. Eso era algo que escapaba de los planes del rey.

Y Gangrel no estaba de humor para que se escaparan detalles de sus planes. Chasqueó los dedos, y uno de sus mayordomos, que siempre le seguían desde la distancia, se acercó a él, dispuesto a cumplir la orden que este le diera, por muy absurda que fuera.

-Trae al líder mercenario. Hay que preparar una buena respuesta… Antes de que sea demasiado tarde. ¡Y que alguien elabore un informe de la situación, rápido! Esto no me gusta lo más mínimo… Tsk…

Y así, el día del monarca empezó, mientras desenvainaba un cuchillo que arrojaría contra el brazo del explorador como una forma de castigarle por traer tan malas noticias… De todas formas… Iba a tener que solucionar aquel problema personalmente. Y eso significaba que antes de que la reina de la noche apareciese, podría volver a tomar su té tranquilamente mientras tomaba apuntes de los tratados de aquella biblioteca como si nunca hubiera pasado nada.


Última edición por Gangrel el Dom Feb 24, 2019 5:13 am, editado 1 vez
Afiliación :
- PLEGIA -

Clase :
Trickster

Cargo :
Rey de Plegia

Autoridad :
★ ★ ★ ★ ★

Inventario :
Vulnerary [3]
Dagas de bronce [2]
Dagas de bronce [2]
Dagas de bronce [2]
.
.

Support :
Vincent [CAMPAÑA DE CONQUISTA]La Hora de la Promesa [Priv. Skjöld] JEIjc1v

Especialización :
[CAMPAÑA DE CONQUISTA]La Hora de la Promesa [Priv. Skjöld] Daga%202[CAMPAÑA DE CONQUISTA]La Hora de la Promesa [Priv. Skjöld] Staff-1

Experiencia :
[CAMPAÑA DE CONQUISTA]La Hora de la Promesa [Priv. Skjöld] YvwSTdF

Gold :
1082


Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

[CAMPAÑA DE CONQUISTA]La Hora de la Promesa [Priv. Skjöld] Empty Re: [CAMPAÑA DE CONQUISTA]La Hora de la Promesa [Priv. Skjöld]

Mensaje por Skjöld Heilfsson el Sáb Ene 19, 2019 11:46 pm

Imponente y estoico se plantaba frente a mis diminutos ojos uno de los picos más altos de las tierras que el hombre llamaba Carcino, albo en su entera forma, desafiando al cielo infinito como una aguja blanca que, amenazante e inalcanzable, se erguía por encima de nuestras cabezas, recordándonos la bajeza que poseíamos, enanos ante semejante vista. Casi como la visión de un pobre ratón frente a un oso, dios devorador e impasible en su pequeño universo de huidas y supervivencia. Gélido el ambiente, el horizonte se tornaba gris por las formas rocosas que nos rodeaban en esta altura,  contrastando con la figura de las nubes que, difuminadas, hacían cerco sobre los cerros, creando neblinas sinuosas e inescrutables, dejando debajo la distintiva forma enrevesada de los bosques vírgenes y perdidos, de alto ramaje y, seguramente, poderosa fauna, lugar perfecto para la comunión con los espíritus y para la soledad, tan necesaria para mí como el aire que respiraba, helado en mis pulmones. Sin más compañía que mi fiel hacha, compañera de muerte y gloria, mis pieles de oso y el sonido de mi propia respiración me hallaba susurrando vetustas estrofas en el lenguaje de mis ancestros mientras mis manos, callosas y hábiles, tallaban un trozo de asta de ciervo, observando al desgarrador paisaje con la misma añoranza que se tiene del verdadero hogar, tan lejos y tan cerca. Ansiaba perderme por esos picos, dejando a un lado mi humanidad fingida y abrazando a mi verdadero ser, ansioso por fundirse con las bestias, hermanas y a la vez soberanas de mi existencia vana, y de las cuales aprendía mi verdadero camino.

Había subido ahí nada más despuntar el alba, movido por la lucidez pasajera de un sueño a medio rematar, dejando claro a los míos que no deseaba compañía, dispuesto a realizar aquello que había visto en mi delirio nocturno, de zarpas esta vez de Fyrdr, consejero y cazador sagaz, maestro de vida y portador de secretos. Entre bramidos, huía un joven venado, dejando estelas de sangre a su paso, manchando el bosque con su agonía. Norte, sur, no estaba claro su rumbo. De ahí que dejara que mis manos tallaran libres el asta de ciervo con un pequeño cuchillo que usaba para tal fin, entre canciones olvidadas de mi vida en Dandr, con la voz quebrada y la mirada perdida, aún más que mi mente, vacía y llena al mismo tiempo, al igual que aun en mi soledad, jamás dejaba de estar acompañado. No pensaba en aquellos momentos en las campañas que realizábamos bajo el mandato del rey de Plegia, el voraz depredador oculto entre bambalinas, que tras habernos llevado a Manster y viendo que los rumores sobre nosotros eran más que ciertos decidió que seríamos incluso más útiles en la lejana Carcino, próxima presa de su apetito insaciable y su sed de gobernar. Habiendo pagado, no había motivos para seguir con él, en teoría, como decía Sigbjörn. Mas las maquinaciones de Hogr me llevaban a mirar al oeste con ansia, deseando recorrer esas tierras, bajo el estandarte negro al que dedicaba mi vida. Lo que realmente se llevaba mis pensamientos era la necesidad que yo, guerrero y fiera, tenía de perderme en una tarea como esa, de cara al viento. Sin embargo, el sonido inconfundible de las botas de Sigbjörn me hizo callar y parar de tallar, oyéndolo a mi izquierda, y sin verlo, sabiendo que andaría abrazado a su dichosa lanza, como si se tratara de su maltejida esposa, mirándome con esos ojos que parecían ver lo que pensaba mejor que yo mismo. Esperé en silencio a que hablara, pues no interrumpiría mi velada con el paisaje por tonterías. No era tan estúpido.

-Sé que sabes que estoy aquí, Skjöld-bromeó, poniendo un tono de voz más agudo que el que tocaba.

-Y yo sé que te alejas de mí para que no te alcance con mi hacha. Habla y vete-gruñí, de mala gana.

-Me pica el cuello-espetó como si fuera la cosa más normal del mundo. -Pero no de forma normal. Sino de ESA manera. Todos sabemos lo que eso significa.

Condenado Sigbjörn. Sabía a qué se refería. El maltejido idiota sabe cuándo las cosas se van a torcer. Simplemente le pica el gañote, y el hijo de uro acierta. Es un mal augurio. Los Cuervos tenemos un dicho: "mira a Sigbjörn rascarse tres veces en el mismo sitio y coge el hacha. Nunca falla".

-Mmmm...-guardé el cuchillo, para rascarme la barba yo también, pasando a oír ladridos inquietos dentro de mi cabeza. -Dile a los hombres que empiecen a batir las alas entonces. Les vendrá bien para el frío-dije sonriendo.

-Muy bien, muy bien. Muy bien. Te juro que esta vez no es como cuando me acabé el barril de hidromiel de baya de Asgard y me lancé desnudo a pelearme con ese sucio tabernero armado con un cuerno bramando que me devolviera las botas. Ya sabes, aquel gordo que nos encontramos en los caminos. Tenía una  hija muy lista y bella, lástima que muriera con lo de los emergidos-me soltó en menos de un instante, seguramente ya borracho y parlanchín cual niñato tras su primera cacería.

-Cállate.

Justo me había girado a fulminar con la mirada a Sigbjörn cuando un grito desgarrado llegó a nuestros oídos, clamando que alguien venía hacia nosotros, seguido de la agitación de los soldados plegianos, que empezaban a correr por el fortín alrededor de la almenara como hormigas en un hormiguero, y los míos, acampados en un patio de armas exclusivo para ellos, una de mis exigencias, empezaban a revolverse, sorprendidos y seguramente deseosos de cantar y trocear. Miré a Sigbjörn perplejo, el cual ponía una sonrisa que claramente conocía. Lo que me sorprendió aún más fue la velocidad con la que, en carrera, llegaba uno de los lacayos de Colmillo de Hurón, con la lengua fuera y una voz estridente, pidiéndome que debía ir con él a ver al rey. Ni siquiera le respondí.

-¡Sigbjörn, que batan las alas! ¡Que se oigan los cantos! Armas y sobre los muros, a repeler lo que venga. Tú a acabar con tu picor de gaznate. Yo me reúno con el Hurón-dije entre carcajadas, feliz de que pareciera acercarse otra batalla en sustituto de la tristeza que me devoraba las entrañas.

El mayordomo trató de corregirme, pero tras guardar el asta de ciervo y enarbolar el arma, una mirada hosca fue suficiente para hacer que se tragara sus palabras irritantes. Me lancé a la carrera por el fuerte, dirigiéndome hacia donde me indicó el mayordomo, mientras Sigbjörn iba como una exhalación agarrado a su pica frente a los nuestros. Apartando a los asquerosos portadores de Plegia, veía cómo se preparaban para la batalla esos fantoches, llenas sus bocas y cuerpos de una fuerza robada o como mucho prestada, sintiendo repugnancia por sus armas, que no subestimándolos. Sabía lo efectiva que podía ser una tormenta de fuego sobre un enemigo incauto. Llegué raudo a la torre donde se encontraba el monarca, rodeado de sus consejeros y siervos y vestido de brillante y dorada coraza, frente a lo que parecía ser un mozo explorador herido. Resoplando y generando vaho, me acerqué al aclamado por los suyos rey Gangrel, cuya siniestra y macabra sonrisa y sus formas de mustélido se habían ganado el apodo que yo le daba, junto a sus colmillos afilados como dagas, que sobresalían a la mínima que podían. Yo no veía locura en él, como decían los necios. En la sagacidad y la astucia va cierto componente delirante, que personas como Sigbjörn o incluso yo poseíamos, incomprendidos por muchos. Lo que veía yo en aquella almenara rodeado de plegianos era un depredador oportunista y rastrero que aprovechaba sus dones para no sólo comer, sino subyugar. Temible, pero a mis ojos incompleto. Tomé aire, observándole de arriba a abajo, casi sacando los dientes tras respirar.

-Aquí me tienes. Más vale que sea sobre hundir la cabeza de unos emergidos. Si no, no me interesa, "majestad"-solté como presentación. -Hemos oído el grito, y visto a tus hombres, además de los augurios-dije la última palabra con sorna, acordándome del picor de Sigbjörn. -¿Vamos a la batalla, Gangrel de Plegia? Si es así, debemos hablar de nuevo. Sobre el pago.
Afiliación :
- Mitgard -

Clase :
Fighter

Cargo :
Mercenario

Autoridad :
-

Inventario :
Vulnerary [3]
elixir [4]
Hacha de bronce [1]
Hacha de bronce [2]
.
.

Support :
None.

Especialización :
[CAMPAÑA DE CONQUISTA]La Hora de la Promesa [Priv. Skjöld] Hacha-1

Experiencia :
[CAMPAÑA DE CONQUISTA]La Hora de la Promesa [Priv. Skjöld] R5AMTTX

Gold :
466


Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

[CAMPAÑA DE CONQUISTA]La Hora de la Promesa [Priv. Skjöld] Empty Re: [CAMPAÑA DE CONQUISTA]La Hora de la Promesa [Priv. Skjöld]

Mensaje por Gangrel el Lun Ene 21, 2019 2:28 pm

A Gangrel no le gustaba para nada que las cosas se torcieran. El hecho de tener que cambiar tanto sus planes era algo que no le gustaba. Todo lo contrario. Quería ejecutar a aquel maldito joven que, guiado por su falta de conocimiento sobre los emergidos, había condenado a la muerte a muchos de sus compañeros. Porque lo que tenía claro es que no iba a dejar que aquel fortín cayera de nuevo en garras emergidas. Si bien estaba siendo muy pacífico (casi sin atacar a los emergidos si no era totalmente necesario), era totalmente necesario proteger las posiciones de elevada importancia como lo era esa, aun si eso conllevaba luchar contra los enemigos frente a frente.

El rey empezó a moverse de un lado a otro con nerviosismo, apretando los puños y labios abruptamente, tanto que sin darse cuenta se mordió el labio inferior, haciendo que este empezara a sangrar ligeramente. Se sentía impotente. ¿Cómo podía ser que alguien osara alterar aunque fuera un poco sus planes? Imperdonable. Inadmisible.

A ojos de Gangrel, todo estaba mal. No estaba acostumbrado a encontrarse con errores. Y sus mayordomos notaban que algo malo estaba pasando en el interior de la oscura mente de su supremo líder. Y eso nunca era nada bueno. Deberían tener cuidado, pues si bien Gangrel podía defender cualquier cosa aunque su estado mental estuviera dañado, en caso de enfadarle posiblemente más de uno acabaría muerto.

Pero por suerte, Skjöld llegaría a tiempo para evitar una más que segura tragedia producida por la ira del monarca o la muerte de aquel joven jinete wyvern. Ahora lo importante era defender aquel fortín. Luego ya aplicaría los castigos pertinentes.

Aquel gigantesco hombre era la verdadera imagen de la fuerza pura. Intimidante, y no como lo era Gangrel, temido más por lo que podía hacer con sus influencias y poder verbal que por su fuerza física. Pero por lo contrario, aquel hombre era todo lo contrario. Hasta el mismísimo líder de Plegia temía ligeramente el grandioso porte físico de aquel hombre. Alguien que en cierto modo, le recordaba mucho a su persona. Ambos eran considerados como locos por los ajenos y sin embargo, eran mentes maestras, cada uno a su modo. Incomprendidos por una sociedad que defendía la moral y la ética por encima del pragmatismo.

-Os saludo, líder de los cuervos –dijo el rey con total indiferencia, recuperando poco a poco su compostura de tranquilidad total y absoluta- No os preocupéis, pues efectivamente, las tropas deberán probar la sangre emergida y bañar sus armas en carmesí

Algo le gustaba de aquel hombre, y es que al menos, no fingía ser fiel a una bandera que no era la suya. Era directo: le interesaba aquello que movía verdaderamente los ideales de cualquier hombre o mujer: el oro. Cualquier persona puede opinar lo contrario y decir bajo la ideología de la falsa bondad que lo importante era buscar la felicidad individual, pero en el mismo momento en el que las monedas entraban en juego, la débil mente humana se distorsionaba, cayendo en la corrupción total y absoluta.

-Te puedo pagar con oro, obviamente. Pero… Se me ha ocurrido una mejor forma de compensarte por tus servicios –el rey se rascaría la barba, dibujando en su rostro una extraña sonrisa, como si no hubiera estado al borde de un ataque de locura minutos atrás- Y es que… Podemos llevar a cabo el clásico intercambio por un servicio en forma monetaria… O puedo darte algo mejor. Te cederé el permiso para saquear poblados… Siempre que en estos no queden seres vivos o no hayan objetos de importancia

El monarca se giraría para mirar por las ventanas de la torre desde la que analizaba la situación. Las tropas ya se preparaban. Y una marea gris podía empezar a visualizarse a la distancia. Emergidos que también lucharían sin importar si vivían o morían. Todo debía salir perfecto para repelerlos. No podía permitirse errores, pues eso conllevaría bajas. Y eso era terriblemente grave para un ejército que fardaba de su escasa tasa de muertes entre soldados.

-Así pues, Skjöld… Espero que tus hombres estén preparados. Hay que ir a defender este lugar… –chasqueó los dedos súbitamente, para dirigirse a uno de los hombres más cercanos- ¡Tú, avisa a los alquimistas, que preparen el Agua de Grima –el hombre saldría rápidamente dirección a la puerta, dispuesto a hacer que las órdenes del rey se cumplieran- ¡Que las tropas aéreas se preparen y los arqueros se posicionen en las torres de defensa! ¡Aguantaremos hasta que el Agua de Grima esté preparada y podamos acabar con ellos de un solo golpe! ¡Que la infantería cubra las puertas y contenga a los emergidos! ¡Y quiero que los hechiceros estén listos para atacar en cuanto sea necesario! –el rey volvería a colocar en su rostro la máscara del líder que era. Él era responsable de quienes iban a luchar ese día. Y no iba a permitir ni una sola baja- Destruiremos a esa marea emergida… ¡Y que los escribanos no cesen su labor! ¡Quiero todos los libros de esa biblioteca preparados para una evacuación en caso de ser necesario!

Y es que verdaderamente eso era lo que más le importaba. Los libros. Quería todos esos libros para él. Aunque eso conllevara llevar al límite a quienes ahí se encontraran. La antigua república sería suya. Su cultura sería suya. Todo sería suyo.

-Skjöld… Prepara a tus hombres. Los veré personalmente en acción. ¡Y ahora todo el mundo en marcha! ¡Quiero que los emergidos caigan bajo nuestras armas!
Afiliación :
- PLEGIA -

Clase :
Trickster

Cargo :
Rey de Plegia

Autoridad :
★ ★ ★ ★ ★

Inventario :
Vulnerary [3]
Dagas de bronce [2]
Dagas de bronce [2]
Dagas de bronce [2]
.
.

Support :
Vincent [CAMPAÑA DE CONQUISTA]La Hora de la Promesa [Priv. Skjöld] JEIjc1v

Especialización :
[CAMPAÑA DE CONQUISTA]La Hora de la Promesa [Priv. Skjöld] Daga%202[CAMPAÑA DE CONQUISTA]La Hora de la Promesa [Priv. Skjöld] Staff-1

Experiencia :
[CAMPAÑA DE CONQUISTA]La Hora de la Promesa [Priv. Skjöld] YvwSTdF

Gold :
1082


Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

[CAMPAÑA DE CONQUISTA]La Hora de la Promesa [Priv. Skjöld] Empty Re: [CAMPAÑA DE CONQUISTA]La Hora de la Promesa [Priv. Skjöld]

Mensaje por Skjöld Heilfsson el Vie Ene 25, 2019 1:18 pm

Frente a mis ojos se hallaba la fiera retorcida y enloquecida de la que hablaban los asustados habitantes del continente occidental, como si se tratase de un maligno y terrible dios de la guerra, pues entre susurros vacíos apenas se atrevían a pronunciar su nombre, como si temieran invocarlo con sus débiles voces. Gangrel, rey de Plegia y de las tierras conquistadas por sus huestes grimantes, azote de aquellos que se llenaban la boca con alabanzas a Naga e imagen de lo que el poder absoluto hace en el corazón de los hombres, infectándolos con su ponzoñosa mordedura y tornándolos las sagaces y brutales bestias que podían llegar a ser bajo los brillos de sus coronas y los colores de sus estandartes. No me desagradaba su naturaleza ruin y despiadada, pues al menos no se escondía bajo máscaras de virtud y delicadeza, quebradizas y engañosas, sino que tomaba lo que quería por la fuerza de sus colmillos y no dejaba siquiera espacio para la carroña. Sin embargo, no podía fiarme de él, ni mucho menos, dadas las circunstancias, pues si lo hacía, corría el riesgo de que tratara de degollarnos mientras dormíamos cuando dejáramos de ser necesarios, al igual que él sabía que si se daba el caso no me importaba lo más mínimo hacer que su cabeza rodara por el suelo si osaba siquiera oponerse a mis metas o hacerme enfurecer. Para los lacayos complacientes y rastreros como culebras de charca éramos dos hombres decidiendo la masacre, entre pagos y tropas, pero la realidad era mucho más siniestra: se trataba de un Consejo de Bestias. Bajo el ala de Hogr y el beneplácito de los cazadores, me hallaba frente a un hurón sanguinario y ambicioso, de mirada viperina y ademanes finos, pero venenoso como hasta las entrañas. Un solo paso en falso de uno de nosotros podía desencadenar un enfrentamiento que haría temblar de puro terror a los mismísimos y coléricos espíritus que regían m i existencia, llenando de cadáveres todo lo que alcanzara la vista, entre cantos, risas y rugidos furibundos.

Sin embargo, por ahora, habíamos formado una alianza que aún debía ser confirmada, o eso decían los insistentes ladridos y graznidos que poblaban mi mente en aquellos momentos, mientras le observaba mover sus finos labios como si estuviera pronunciando palabras de muerte. Tras un saludo formal, confirmó lo que ya sabía desde que había sido avisado: se acercaba una batalla, por fin. Necesitaba asolar campos de emergidos entre cánticos y heridas fatales o acabaría por volverme loco, por la zarpa. Anhelaba arrancarles la vida tanto como cazarlos uno a uno hasta que no quedara ninguno de esos seres que se atrevían a respirar el mismo aire que nosotros, los vivos, mancillándolo con su presencia muerta e innecesaria. Tan innecesaria como las palabras corteses que me dirigía el hurón frente a mí.

-Al fin-resoplé como si me acabaran de liberar de una tortura horrible.-Cargaremos sobre ellos como lobos hambrientos. No quedarán ni los restos-dije fulminándole con la mirada mientras la ira guerrera se iba abriendo paso conforme Nöht me invitaba a la masacre con sus pasos rítmicos como tambores de guerra.

Escuché en silencio cómo aquel hijo de hombre trataba de complacerme con el brillante y traicionero oro, que nos daba la vid a nosotros los Cuervos. Matábamos por él, para poder subsistir en una tierra de depredadores, donde los débiles son despojos. No me refería a dinero cuando le dije lo del pago. Habíamos llegado al acuerdo de que me daría un cofre lleno de monedas, una absoluta riqueza, pues este animal sería pequeño pero desde luego poseía un tesoro a reventar de lo lleno que estaba, como si tratara de ahogarse entre metales preciosos. Los términos habían sido sencillos: nadie daba órdenes a mis Cuervos salvo Sigbjörn y yo, nos dejarían en paz y respetarían nuestras leyes, al igual que nosotros no nos meteríamos en sus asuntos. Gangrel y los suyos habían respetado todas las condiciones hasta ahora, y no parecían dispuestos a cruzar la línea, por su propio bien. Sólo debo lealtad a mi propio estandarte, por lo que nunca estaré atado a otros bajos sus propios términos. Antes muerto. Sin embargo, en esta ocasión, nos ofrecía saquear las aldeas que conquistáramos bajo unas reglas. Sonaba interesante, pero mi mente viajaba embelesada en esos momentos entre susurros lupinos.

-Cachorro-llamó Pryam. -Sus demandas son buenas para la manada, mas ansiamos poder fuera de tu cuerpo...pide a sus artesanos que realicen una obra para nosotros...una con la que surcar los mares lejanos, Skjöld, cortando viento. Hazlo-terminó ordenando con su aullido insignia.

Un graznido intenso calló al lobo.

-De madera un lugar donde atesorar sombras y noche. Promesas de muerte y gloria.

Miré al monarca tras oírle y luego a las ventanas, viendo los árboles en las lomas cercanas.

-No quiero más oro del acordado-dije enseñándole los dientes. -Quiero madera de esas lomas-señalé a las montañas con mi zurda mientras sostenía el hacha. -La suficiente para hacer un barco más, además de sobras para mis artesanos. Pero los tuyos me harán un arca, de madera oscura, grabado con cuervos. Ahí meterás mis monedas, Gangrel. No aceptaré otra cosa-sentencié con tono bestial, moviendo la cabeza de lado a lado, moviendo mis cuernos atados.

Apreté mi arma, haciendo que se astillara su asta, dejando que la ira de Nöht me controlara para llegar a una táctica con la que arrasar a los enemigos mientras Gangrel se giraba mirando por la ventana y me pedía colaboración, a la vez que ordenaba a sus lacayos que prepararan ese abyecto y sucio líquido que llamaban "Agua de Grima" y del que había oído hablar. Incendiario y pegajoso, era el terror de los campos de masacre, tan mortal como sonaba.

-Mis hombres están ya listos, y en dirección a las murallas comandados por Sigbjörn. Cuando lleguen se encontrarán con sus voces y sus armas, y los masacrarán. No habrá ninguna baja entre los nuestros en esta batalla. Sería una vergüenza-bufé, furioso ante la idea de que uno de los míos tuviera la osadía de morir desde una maltejida muralla. -Saldré de este lugar y me dirigiré con una veintena de hombres a enseñarles a los vuestros cómo se trata a esa escoria. Los acecharemos desde las lomas y haremos ataques rápidos para que nos sigan como estúpidos. Los perderemos y degollaremos en los bosques y riscos, como dicta la tradición. Volveré con el cadáver de su líder y te lo traeré como regalo, rey de Plegia- reí como un salvaje, dando un pisotón al suelo y mirándole preparado.

Los espíritus me daban ya su fuerza y mis brazos necesitaban derramar sangre. La hora había llegado.
Afiliación :
- Mitgard -

Clase :
Fighter

Cargo :
Mercenario

Autoridad :
-

Inventario :
Vulnerary [3]
elixir [4]
Hacha de bronce [1]
Hacha de bronce [2]
.
.

Support :
None.

Especialización :
[CAMPAÑA DE CONQUISTA]La Hora de la Promesa [Priv. Skjöld] Hacha-1

Experiencia :
[CAMPAÑA DE CONQUISTA]La Hora de la Promesa [Priv. Skjöld] R5AMTTX

Gold :
466


Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

[CAMPAÑA DE CONQUISTA]La Hora de la Promesa [Priv. Skjöld] Empty Re: [CAMPAÑA DE CONQUISTA]La Hora de la Promesa [Priv. Skjöld]

Mensaje por Gangrel el Dom Ene 27, 2019 10:43 am

Y es que el respeto que sentía Gangrel por el líder mercenario era bastante grande. Muy inusualmente se encontraba con alguien capaz de rivalizar con él, y en Skjöld, encontraba otro gran líder en el campo de batalla. Y es que ese tipo de pillastres eran los que ahora tomaban los cargos de general en el ejército plegiano. Soldados y mercenarios que no tenían un hogar pero lucharon por alzar la bandera del país y colocar de rodillas a los enemigos del terrible monarca. Por eso mismo le permitía mantener aquel tono tan arrogante con él. Por eso mismo le había reunido en vez de hacer que un general diera directamente la orden por encima de él.

Ambos eran utilitaristas. Ni el uno ni el otro girarían la cabeza tan siquiera para salvar al contrario si no les daba un beneficio. Y eso era lo que le gustaba a Gangrel. El desafío que comportaba mantener a todas las tropas correctamente. La pequeña reunión que ahí estaba teniendo lugar era, a ojos del rey, una verdadera sentencia de muerte a cualquier enemigo que intentara atacarles ahí ese día. Devorarían todo como las bestias que eran. Y en el fondo, el propio monarca sabía que el apodo que le había dado el mercenario, comparándolo con aquel animal, era bien justificado. Nadie podría detener al emperador una vez este decidía devorar y tomar para sí un territorio.

Absolutamente nadie. Solo podías aliarte con él o morir. Solo quería conquistarlo todo por más poder. Y ver al guerrero emocionarse por la situación era algo francamente positivo. Tener las hachas preparadas era totalmente necesario. Deberían luchar para matar a los enemigos que fueran a intentar arrebatar parte del innegablemente alto poder del rey loco. Los Cuervos serían totalmente necesarios en aquella actuación. Defender el fortín acabaría recayendo tanto en el poderoso ejército plegiano como de los mercenarios.

Y por ello, Gangrel escuchó la recompensa que el hombre pedía por sus servicios. Se esperaba que su idea ya sirviera para contentarle. Pero estaba claro que no. En el fondo, salía más beneficiado él con la nueva idea del bárbaro. Construir un barco para los Cuervos. Con ello, aquellos mercenarios podrían ser considerados un grupo paramilitar y todo, lo cual era una amenaza para muchos países. Pero no para Plegia. Así pues, el monarca de dorada corona giraría su rostro poco a poco, contemplando en silencio los bosques de los que estaban hablando.

-Hay trato. Tendrás tu barco para circular por el indómito mar de este mundo. Y ahora, no nos demoremos más

Escuchó la táctica. A pesar de que no solía discutir sus estrategias con nadie, Skjöld, tan versado como lo era en el combate, podía ser tan útil en el campo de batalla como lo era él en una sala de estrategia. Y es que la estrategia que le estaba describiendo era algo que simplemente, no podía ver mejor forma. Las escaramuzas acabarían con mejor resultado que esperar a que el rival los sitiara e incomunicara por tierra. Por mucho que siempre quedaría el aire para salir del castillo, ya estaba claro que el rey había invertido demasiado tiempo ahí para dejarlo caer.

-Me parece correcto. Mis tropas se quedarán aquí para disimular y prepararán la defensa. Intenta que no se percaten de tu existencia –declaró el rey, felicitando las ideas del líder mercenario en su fría forma- Moviliza a tus tropas como creas necesario y cumple con tu promesa. Asesina al líder emergido y destruye su organización antes de que puedan hacer demasiado. Tienes muchos ojos puestos en ti. No me decepciones y recibirás tu pago

En ese mismo momento, Gangrel salió de la habitación, dirigiéndose a lo alto del fortín, desde el cual podría mirar perfectamente la movilización enemiga para poder responder gestionando correctamente a las tropas. Le importaba muy poco lo que le dijeran de la brea. Solamente iba a destruir a sus enemigos, nada más. A pesar de ser conocido por su habla, el rey ahora permanecía lacónico, sin lanzar una sola palabra al aire. Simplemente quería ver cómo las tropas tomaban puestos y aniquilaban a aquellos indignos enemigos. Nada más.

Los arqueros entrar en los torreones creados exclusivamente para ellos, los jinetes wyvern alzando el vuelo para destrozar al enemigo antes de que pudieran terminar el cerco sobre el palacio y atrasar al máximo la llegada del grueso rival, dando tiempo así a los bárbaros de Skjöld tiempo para actuar. Ahí estaría el rey hasta que posiblemente se acabara cansando y decidiera luchar como siempre entre los suyos, lo cual solía dar como resultado una optimización de las fuerzas humanas por el temor que le tenían al rey y el gran patriotismo que siempre se había inculcado a todas las tropas.

El rey chasqueó los dedos. Y uno de los mayordomos que le acompañaba se le acercaría, entregándole una silla en la que se sentaría con calma, a la espera de que se iniciara la matanza. Él ya intervendría en el conflicto más adelante. Pero de momento esperaría. Estaba expectante por ver si la táctica de aquel mercenario surtía efecto. Era como un experimento… Pero con muchas vidas puestas en juego.

-Preparad a un wyvern. Veo que voy a tener que acabar luchando en breves… Y no sabéis cuanto me gusta eso

La orden se entregaría a uno de los mayordomos del rey. Pero es que Gangrel seguía ahí, mirando a muchos de los que iban a morir con una sonrisa de oreja a oreja. Cada vez faltaba menos para que la marea gris se acercara. Cada vez faltaba menos para la batalla. Y eso se notaba en los ojos de todos los presentes.

Los Cuervos atacarían en muy pocos minutos.
Afiliación :
- PLEGIA -

Clase :
Trickster

Cargo :
Rey de Plegia

Autoridad :
★ ★ ★ ★ ★

Inventario :
Vulnerary [3]
Dagas de bronce [2]
Dagas de bronce [2]
Dagas de bronce [2]
.
.

Support :
Vincent [CAMPAÑA DE CONQUISTA]La Hora de la Promesa [Priv. Skjöld] JEIjc1v

Especialización :
[CAMPAÑA DE CONQUISTA]La Hora de la Promesa [Priv. Skjöld] Daga%202[CAMPAÑA DE CONQUISTA]La Hora de la Promesa [Priv. Skjöld] Staff-1

Experiencia :
[CAMPAÑA DE CONQUISTA]La Hora de la Promesa [Priv. Skjöld] YvwSTdF

Gold :
1082


Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

[CAMPAÑA DE CONQUISTA]La Hora de la Promesa [Priv. Skjöld] Empty Re: [CAMPAÑA DE CONQUISTA]La Hora de la Promesa [Priv. Skjöld]

Mensaje por Skjöld Heilfsson el Sáb Feb 02, 2019 7:55 am

Miré a los ojos del ambicioso rey, tan pérfidos como su lengua viperina, mientras inspiraba una bocanada del viciado aire en el ambiente, dejando caer a un lado mi arma, sintiendo como el ansia ante la batalla que se avecinaba empezaba a alojarse en mi interior, llamándome a la barbarie tras los muros de la fortaleza. Podía ver sin ninguna traba la malévola presencia del monarca rezumando a través de su piel, como si se tratara de nubes de tormenta o malos augurios en el humo de una lumbre a medianoche. Difusas sombras sobre los mortales, que bailaban al son de su voz estridente en un arranque de risa tan histérico como ennegrecido su semblante. No mentían las bestias cuando hablaban en mi cabeza sobre la naturaleza corrupta del ser que se hallaba frente a mí, tocado por la mano de algo que, en mis propias palabras, no podía llamar simplemente locura. Su rostro decía lo que su estandarte callaba en las marchas, con aquel león más negro que las promesas de futuro que enrollaba alrededor de sus presas, oculto bajo el brillo mezquino de su mirada, sumado al de la corona que adornaba su cabeza, regia y podrida hasta los cimientos, como su funesta religión. Si algo compartían el reptil caído y el hurón gobernante de Plegia eran sus ansias de arrasar con todo lo que no perteneciera aún a ellos, aunque fuera a cambio de todo lo demás. Aun con todo, el hombre frente a mí no era mejor que mi propio reflejo, esclavo de su naturaleza traicionera y de codicia desmedida, no era sino una de las muchas fieras hambrientas que poblaba el mundo, devorando inmisericorde a aquellos que, por débiles o inocentes, no fueran capaz de defenderse de sus ponzoñosas estratagemas. Sin embargo, conocía una faceta de mi existencia que él no. Y esa era aquella que me llevaba a unir mi camino al de Gangrel, más allá del oro que me ofrecía entre sonrisas ladinas y escaramuzas cortas.

Respetaba sus formas, parecidas a las de Hogr, un ser cruel que se regodeaba en el sufrimiento ajeno y que no conocía lo que significaba la palabra piedad, oculto bajo capas de artimañas y secretos, susurrados a un viento cambiante. Ante las peticiones de Hogr y Pryam, el rey se mostraba resuelto, como si en el fondo le pareciera bajo el precio que debía pagar por poner mi hacha bajo su servicio, sin saber lo que realmente implicaban mis palabras. No era ajeno a que los rastreros lacayos que nos observaban retorcían sus rostros, tratando de ocultar la repugnancia que sentían por mi persona, a la par a la extrañeza que mostraban sus caras de borrego por mi petición, tan clara y concisa como las aguas de un manantial en su nacimiento.

Tras aceptar el trato, sonreí, oyendo en mi mente consignas afiladas como dagas de parte del córvido, que celebraba la adquisición de su voluntad, haciendo hincapié en el arca que contendría aquello que deseaba el ave con tanto frenesí que mi ira en batalla palidecía frente a su deseo voraz y salvaje. Se me erizaba el pelo pensando en lo que ocurriría una vez acabara la masacre a las afueras del fortín, a la vez que los ritos que realizaría para dotar de nuevas fuerzas a los míos para lo que haríamos al salir de esta podrida nación y si los vientos eran favorables, camino a los grandes continentes, destino de los espíritus y de alguna forma de mi propio ser.

-Y no te olvides de mi cofre-añadí tajante como el arma que llevaba en mis manos, que vibraba de sed.

Pude oír cómo sus palabras se llenaban de complacencia frente a la táctica que le expuse, a la par que pronunciaba otras que trataban de hacerme ver que no podía fallar. Quizá eso le funcionaba con sus siervos, arrodillados como escoria a sus pies, temerosos de la voluntad voluble del monarca, llorosos como parturientas y niños. No sabía aún nuestra historia, manchada de sangre elevada por cantos de guerra al cielo. Nosotros no éramos sus soldados, encogidos por el miedo ante la muerte, a la que abrazábamos como si fuera una de nuestras amantes, en pos de la gloria que sólo se halla luchando hasta perder el resuello o la vida. Éramos los Cuervos.

-Muertos antes que derrotados-elevé mi tono, al igual que mi hacha, que estampé contra el suelo, clavándola ruidosamente. Miré a los lacayos sorprendidos y asustados, alterados por el suceso, mientras yo me erguía frente a su futuro emperador. -Tus hombres nos temerán tras esta carnicería, y las tierras que pisas se teñirán de sangre corrupta y negra. Como tu sucia Agua, o tu propia sangre-sentencié, agarrando el hacha y sacándola del suelo, para luego seguir al rey a la salida.

Me separé de él, dirigiéndome por las almenas hasta el muro sur, donde podía ver que nuestro negro estandarte ya ondeaba, tan deseoso de alzar el vuelo como lo estaba yo, y bajo éste, a mis fieles hombres ya preparados sobre la muralla. Casi podía ver conforme me acercaba a los guerreros crecerse ante la pelea, armados con sus hachas, lanzas y arcos, llenas sus barrigas de alcohol y sus almas de gritos de guerra, cantados en voz grave por su resuelta fiereza, personificada en sus manos fuertes y sus ojos que miraban fijamente a la muerte, riéndose de la debilidad de los que lloraban huyendo de ella.

Llegué frente a Sigbjörn, abrazado al asta de su lanza y observando cómo el enemigo se acercaba a nosotros. Ni siquiera me hizo falta abrir la boca, pues él ya sabía a lo que venía. 

-Ya estamos todos aquí, Skjöld. Y me sigue picando el cuello-me miró como si yo fuera culpable de ese hecho. ¿Qué vamos a hacer en este asalto? ¿Nos sentamos como doncellas a esperar que vengan?

Le fulminé con la mirada, sabiendo que de poco valía. Sigbjörn a veces podía sacarme de mis casillas. 

-No. Me llevaré a una veintena. Saldremos de aquí y nos mezclaremos con el bosque-señalé a la espesura. -Les acecharemos como lobos y los hostigaremos hasta que matemos a su líder. Tú quédate aquí y no dejes que ninguno de ellos suba a las murallas. Y no dejéis de cantar aunque estéis muertos-añadí, haciéndole saber con la mirada a qué me refería, marchando entre las tropas.

Les recorrí rápidamente, llevándome a los que sabía que serían capaces de seguirme el ritmo durante la caza, llevándomelos conmigo hasta hacer la veintena, dirigiéndolos en silencio hacia una de las salidas del fuerte. El enemigo se acercaba, y conforme venía, los hombres en las murallas alzaron su voz para cantar al cielo, esperando a que el acero pasara a hablar por ellos en medio del caos. Para mí, por fin podríamos ser nosotros mismos en medio de estas maltejidas montañas.

Cantos:
Afiliación :
- Mitgard -

Clase :
Fighter

Cargo :
Mercenario

Autoridad :
-

Inventario :
Vulnerary [3]
elixir [4]
Hacha de bronce [1]
Hacha de bronce [2]
.
.

Support :
None.

Especialización :
[CAMPAÑA DE CONQUISTA]La Hora de la Promesa [Priv. Skjöld] Hacha-1

Experiencia :
[CAMPAÑA DE CONQUISTA]La Hora de la Promesa [Priv. Skjöld] R5AMTTX

Gold :
466


Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

[CAMPAÑA DE CONQUISTA]La Hora de la Promesa [Priv. Skjöld] Empty Re: [CAMPAÑA DE CONQUISTA]La Hora de la Promesa [Priv. Skjöld]

Mensaje por Gangrel el Sáb Feb 02, 2019 4:07 pm

Y la gran defensa se pondría en marcha. El rey loco miraba desde su privilegiada posición el panorama, preparado para dirigir a los suyos en caso de ser necesario. Si bien podía parecer que se encontraba tranquilo, su cabeza estaba intentando comprender las palabras de aquel osado mercenario. ¿Sangre oscura? ¿La suya? ¿Es que acaso él no era noble? ¿Qué había más noble que liberar de aquella plaga a muertos reinos a cambio de tomarlos y unificarlos en una sola y poderosa nación? Un mundo bajo una misma bandera, ese era su objetivo. En ese lugar, no habría ningún tipo de conflicto, el hambre sería un problema del pasado y todos serían hermanos. ¿Por qué se negaba pues que Gangrel era un ser de gran nobleza si sus ideales eran esos? O tal vez… Skjöld había insinuado todo lo contrario. De todas formas, no podía evitar pensar en él. Un hombre tan peligroso e inestable como su persona. Eso casi le hacía gracia. Juntos, eran un peligroso remolino de total devastación. Casi quería luchar a su lado. Casi. Pero Gangrel sabía que si bien podía combatir, era algo arriesgado. Una herida en el rey significaba un bajón de la moral tremenda. Que nadie estaría a salvo. Si Gangrel era herido, el hombre supuestamente más temido de todos los que ahí se encontraban y su supremo líder, las débiles mentes de sus soldados, entrenadas solamente para pensar en la nación sin mucho más, se darían cuenta que algo fallaba.

Es decir… Que debería esperarse ahí o mirar desde su wyvern la matanza… Sin más… ¿Cierto? Pues no. Al cuerno la lógica. Podía destruir a sus rivales donde fuera y podía comandar a los suyos en cualquier lugar. En cuanto el paladín wyvern se posó en su pequeño balcón, el rey se subiría sobre el lomo de aquel noble réptil con una pequeña, casi imperceptible sonrisa inundando poco a poco su rostro. Muy paulatinamente, la sed de sangre se apoderaba de él. Quería ver a sus rivales morir. Quería conquistarlo todo. Matarlos a todos en el proceso. Es por eso que se acercó lentamente al oído de su soldado, dándole al oído una orden muy simple. Aquel siervo de Gangrel era una mujer, posiblemente con algunos años ya en el cargo, que se creía totalmente veterana en la labor de proteger y escoltar a los caprichosos nobles de la corona Plegiana. Pero no. Ella nunca sería capaz de adivinar lo que el rey podía llegar a querer. Pero no podía desobedecer, y por eso mismo, comenzó a moverse, en dirección al lugar que Gangrel había indicado.

Y ese lugar era justamente donde una fracción de los Cuervos empezaba a moverse. Cuando se encontraban a unos pocos metros del suelo, el rey saltó del wyvern con elegancia, cayendo de pie y sin ni siquiera tener que doblar las piernas. Tan simplemente veterano en huir y saltar como lo era, ya estaba totalmente acostumbrado a ello.

-Skjöld –alzó ligeramente la voz para poder imponerse sobre los cánticos de aquella panda de mercenarios, con la sonrisa cada vez más firme en su rostro y clara- He decidido que te acompañaré en la labor. Como rey, no debo resignarme a mirar los espectáculos. Las tropas son capaces de defenderse solas y mis estrategas son totalmente competentes… Cacemos a emergidos y protejamos el castillo. Créeme, he estado en la batalla antes y sé defenderme. No seré ninguna carga

Chasqueó los dedos, para que la jinete que había aterrizado a unos metros de él se le acercara. Cabello oscuro, piel morena y una silueta entrenada y fuerte. Por la armadura que llevaba, se podía deducir que poseía un alto cargo, y a partir del collar en forma de cruz de hierro que dejaba claro que se trataba de una efectiva de rango relativamente largo. El modelo de mujer plegiana perfecta: fuerte, con una belleza deslumbrante y totalmente sumisa, como estaba dejando claro al no musitar ni una sola palabra. Es decir, justo las que el rey quería para poder dar órdenes.

-Tú. Vuelve al campamento y únete a las defensas. Quiero que luches como cualquier soldado, sin excepciones. Y… Más te vale ser competente. Como vuelva y te encuentre lo más mínimo herida, te venderé como esclava en el primer mercado que encuentre… –señaló a uno de los mercenarios, el más grande y aterrador de todos. Ese, obviamente, era Skjöld- O a alguno de esos, que seguramente agradecerán probar las carnes plegianas antes de dejar el país en su nuevo barco. Más te vale ser competente

Y nada más. La jinete desapareció en el aire con su montura. A Gangrel poco le importaba esa mujer. Nada más. Lo único que le importaba era cortar de cuajo con aquel ataque asesinando al líder emergido y destruyendo así sus filas. Un ejército sin cabecilla era como un pollo sin cabeza. Podía correr, pero era totalmente inútil. Absolutamente cómico e inútil.

El monarca desenvainó su arma, un cuchillo que llevaba oculto en la muñeca. Llevaba muchos más. Y sabía usarlos perfectamente. Acabaría con cualquier emergido que se le pusiera en medio si era necesario para completar sus planes de cualquiera de las formas. Gangrel admitía una cosa. Y es que al igual que el líder mercenario, él también podía perder la cabeza si se cumplían determinadas condiciones.

-Bien, sea pues. Vamos, mercenario. Luchemos contra la marea gris y acabemos con ellos. Que todo arda pasto de nuestra fuerza… –la sonrisa del monarca empezaría a hacerse más y más… Oscura. Como si un demonio estuviera poseyéndole. Pero no. Estaba totalmente cuerdo. Sin embargo, esa era la sonrisa de un bellaco y abyecto ser del abismo. Pero al fin y al cabo, Gangrel era justo eso. Un siervo de lo inefable- Que la sangre corra protegiendo el glorioso imperio de Plegia y mis Tercios luchen para proteger el reino. Te sigo, Skjöld. Destruye a todos los enemigos que se encuentren en nuestro camino y yo te protegeré con mis dagas. Ahora adentrémonos en los bosques de este muerto reino
Afiliación :
- PLEGIA -

Clase :
Trickster

Cargo :
Rey de Plegia

Autoridad :
★ ★ ★ ★ ★

Inventario :
Vulnerary [3]
Dagas de bronce [2]
Dagas de bronce [2]
Dagas de bronce [2]
.
.

Support :
Vincent [CAMPAÑA DE CONQUISTA]La Hora de la Promesa [Priv. Skjöld] JEIjc1v

Especialización :
[CAMPAÑA DE CONQUISTA]La Hora de la Promesa [Priv. Skjöld] Daga%202[CAMPAÑA DE CONQUISTA]La Hora de la Promesa [Priv. Skjöld] Staff-1

Experiencia :
[CAMPAÑA DE CONQUISTA]La Hora de la Promesa [Priv. Skjöld] YvwSTdF

Gold :
1082


Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

[CAMPAÑA DE CONQUISTA]La Hora de la Promesa [Priv. Skjöld] Empty Re: [CAMPAÑA DE CONQUISTA]La Hora de la Promesa [Priv. Skjöld]

Mensaje por Skjöld Heilfsson el Jue Feb 07, 2019 1:14 am

Aquellos muros de piedra, firmes como las montañas que los cercaban, eran testigos mudos de lo que era una sinfonía de cantos acompasados dirigidos al sol que nos bañaba con su mortecina luz mientras algunos de los míos, armas en mano y alineados en las almenas, esperaban a que la marea enemiga se acercara lo suficiente para comenzar a soltar sobre ellos la alada furia de nuestra hermandad, pues aunque nunca fuimos corvatos, hoy bañados en plumas azabaches graznábamos antes de un buen festín, ofrecido justamente. Formados de cara al enemigo, inmóviles y decididos, parecían sin lugar a dudas grajos ingratos, que como estatuas malintencionadas, de pico largo y hambre voraz, inagotable como nuestra ansia de gloria, hacían cola para degustar el exquisito manjar que la guerra les servía como tributo. Mas donde el cuervo sólo observa como mal augurio, lejano y difuso, como una sombra en el fondo, nosotros como guerreros nos abalanzábamos sobre nuestro alimento salivantes, sin dejar siquiera carroña para las alimañas. Con los nervios a flor de piel, podía sentir el corazón en mis manos, que agarraban con fuerza mi hacha, firme y cerca de mi pecho, deseando el mismo que saliera a empezar la sangría de esta ocasión que más que batalla se tornaba cacería dadas las formas. Los temblores empezaban a llegar, sacudiendo mi espina dorsal, que más que hacerme sentir inquieto me empezaba a concentrar para la batalla, resultado de mis años de aprendizaje con el poderoso Nöht en los glaciales de Mitgard. Había aprendido durante mis viajes a gestionar el frenesí y la ira de tal forma que me convirtieran en el poderoso guerrero que ansiaba ser, campeón de los espíritus y digno de sus susurros y maquinaciones guturales, tan peligrosos para mí como contra quienes iban dirigidas. A la cabeza del escuadrón, me encontraba ya en la plaza de armas, dispuesto a coger una de las salidas que daba directamente a los terraplenes que nos conducirían a los bosques, donde podría comenzar con el hostigamiento del enemigo, atrapándolos en un juego que sencillamente no podrían ganar, perdidos y manejados por cazadores expertos, duchos en el arte de jugar con sus presas antes de destrozarles el cuello con un sonoro crujido, demostrando así su poder sobre ellas. Esquivando a los soldados de Plegia, encaminados a cumplir las órdenes de su rey, estábamos a punto de alcanzar el portón lateral cuando un gran aleteo empezó a romper el ambiente que los cantos desde el muro habían creado. Y no era esta vez Hogr en mi cabeza.

Miré al cielo bruscamente, enarbolando mi hacha, esperando sin ninguna duda un ataque desde las alturas, dispuesto a repelerlo como fuera, mas lo que vi en su lugar sin ninguna duda fue mucho más sorprendente. Una señal desde luego retorcida, que no sabía interpretar, sobrevolando nuestras cabezas, arrojándonos sombra. No pude evitar componer una mueca, entre divertida y sorprendida cuando vi que, en el aire, se hallaba el rey Hurón subido a uno de esos reptiles alados que portaba su ejército en compañía de lo que parecía ser uno de sus oficiales, oculto bajo corazas y capa. La figura salvaje de la criatura, a la que llamaban wyvern los humanos, se perfilaba terrible, abierta de alas, majestuosa y feroz, de largo cuello y cabeza alargada, escamoso su cuerpo y lleno de músculo, dragón y sierpe al mismo tiempo. Siendo sus escamas como piedras, parecía una criatura sacada de las leyendas más antiguas, ya olvidadas por el hombre o las montañas que nos rodeaban, mirando al mundo el dracónido ser con sus ojos de pupila rasgada, amarillos y brillantes, enmarcados en un rostro de hocico en punta, de mandíbula vigorosa y mueca carnívora, que ocultaba colmillos afilados como lanzas, mientras que podía ver como en el otro extremo de su cuerpo se hallaba una cola que, de ancha como yo y bastante más larga, bastaría para tumbar a varios hombres, como si de un mangual gigante se tratase. Miraba a aquel monstruo con expectación, como si acabara de ver en su silueta la de un depredador rival que amenazaba con zampárseme de un solo bocado. Mas cuando mi vista se centró, la verdad rasgó mi ilusión. No era ya poderosa bestia, sino servil montura, cinchado y con riendas, como si se tratara d eun vulgar caballo, aprisionado en una esclavitud prieta que, engañosa dadas sus alas, no era sino una misma paradoja aplicable al propio hombre.

Bajó el rey de un salto de mustélido, ágilmente ejecutado, cayendo frente a mí para llamar  mi atención, alzando su voz para poder hacerse oír entre todo el ruido, mientras los ojos curiosos de los guerreros se clavaban en su persona, al igual que los míos fulminantes, que pasaban del lagarto a él veloces, siendo huidizos en el caso de su acompañante, una mujer, ahora que la veía más de cerca. El esclavo animal movió su cuello cuando los dos bajaron, dejando clara su servidumbre, agachando su cabeza, cosa que me hacía erizarme de furia. Sentía la necesidad de acabar con su patética vida en esos mismos instantes, pero antes de poder hacerlo debía escuchar las palabras de Gangrel. Sólo por esta vez. Habló el rey con una sonrisa en el rostro, inamovible por lo visto, demandando algo que, desde luego, no era normal entre los de su casta de malcriados y maltejidos cobardes. Eso lo hacía destacar entre los otros nobles con los que había tratado, carroña infecta. Me mantuve con la mirada fija en su rostro durante unos instantes, en los que la tensión se palpaba conforme la veintena de hombres, armados hasta los dientes, se impacientaban y se incomodaban imaginando lo que podría pasar si no me agradaba lo que decía. Y fue entonces cuando rompí el silencio de la manera menos esperada para todos: una carcajada.

Riendo con fuerza, empecé a dar largas carcajadas que sonaban como si el mismo suelo se quebrara, o al menos sí lo hiciera mi garganta, tan graves como mis rugidos, guturales como poco, mirando al monarca mientras lo hacía en una suerte de risa maníaca y terrible.

-¿Oís eso?- dije dirigiéndome a los cuervos que nos acompañaban. -El mismísimo Hurón nos acompañará en la caza. Observé de nuevo a éste antes de volver a hablar. -Muy bien. Mantén tus ojos abiertos y el olfato alerta. Nosotros no somos tus criados- respondí tajante, sabiendo aún así que me encontraba ante alguien que como mínimo sería capaz de degollarnos mientras dormíamos con esa misma sonrisa que mostraba en estos instantes.

Todos pudimos oír que se dirigía a la amazona de wyvern, dándole órdenes que realmente eran amenazas, llegando a ofrecerla en prenda si se le ocurría fallarle, cosa que fue recibida con sorna por parte de los curtidos veteranos del oficio.

-¡Y aunque no esté herida, que se pase por el campamento!- gritó Hofi, uno de los batidores, cuarteado como una bota al sol desde atrás, recibiendo un sonoro puñetazo que no me hizo falta ni ver, sabiendo que seguramente lo habrían derribado. Los míos sabía disciplinarse entre ellos. Ya llegaría el momento de ceder a esos impulsos. Pero nunca antes de una batalla.

Vimos irse a la dama, que se montó en su mula alada como una exhalación, perdiéndose de vista tal y como había llegado. Dio Gangrel entonces una de sus arengas dejando claro que participaría de forma activa en la táctica de esta ocasión, sacando uno de sus "colmilos" de su manga. Sin siquiera mirarle, me adelanté al portón, de madera vieja, para culminar aquel momento con una consigna breve.

-Cuervos somos, Gangrel de Plegia. Carroña comemos, cuando no toca jugarse el pellejo. Pero hoy, sólo beberemos sangre fresca. Y si no, que nuestros ojos sirvan de pasto. Dirigí la vista a aquellos que me seguían con devoción por los caminos bajo el estandarte y alcé la voz. -¡¿No es así?!- pregunté casi rugiendo, obteniendo un bramido aún mayor como respuesta.

Que temblara Carcino, pues hoy sería testigo de una sangría que regaría su tierra más que ninguna otra en su historia.
Afiliación :
- Mitgard -

Clase :
Fighter

Cargo :
Mercenario

Autoridad :
-

Inventario :
Vulnerary [3]
elixir [4]
Hacha de bronce [1]
Hacha de bronce [2]
.
.

Support :
None.

Especialización :
[CAMPAÑA DE CONQUISTA]La Hora de la Promesa [Priv. Skjöld] Hacha-1

Experiencia :
[CAMPAÑA DE CONQUISTA]La Hora de la Promesa [Priv. Skjöld] R5AMTTX

Gold :
466


Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

[CAMPAÑA DE CONQUISTA]La Hora de la Promesa [Priv. Skjöld] Empty Re: [CAMPAÑA DE CONQUISTA]La Hora de la Promesa [Priv. Skjöld]

Mensaje por Gangrel el Jue Feb 07, 2019 4:39 pm

Había algo que a Gangrel le hacía querer luchar ahí. La nostalgia. Recordar que en algún momento él fue como esos mercenarios, más o menos. Un hombre cualquiera que no tenía la más mínima importancia. Y además, con ataques como el que iba a tener lugar ese día pudieron derrocar él y sus hombres al antiguo gobierno de la nación plegiana. Sentirse de nuevo en sus orígenes era algo que atraía al rey loco, aunque nunca lo aceptaría en voz alta. Debía mantener la imagen de un gobernador serio, no de un guerrero. Eso se lo dejaba a otros. Luchaba, y era bueno en el combate, eso era cierto, pero siempre desde la distancia y de las formas más viles y traicioneras que se le pudieran ocurrir a alguien. Docenas de cuchillos podía soltar el rey y luego permanecer impávido como si nunca hubiera pasado nada. Su armadura era verdaderamente un almacén de cuchillos. Solo debía mover un poco la mano para conseguir uno que poder arrojar. Era un peligro y sabía que podría defenderse aun estando en primera línea siempre que tuviera suficiente espacio como para poder salir corriendo.

Y los bosques daban ventaja a los seres de su condición, ágiles pero frágiles a su par. ¿Por qué no luchar? Sería una falta de respeto a los Cuervos depender de ellos. Demostraría al líder mercenario el por qué había sido elegido como un gran monarca por el pueblo que ahora se inclinaba tembloroso ante él. Estaba tan acostumbrado a la guerra como cualquiera de los ahí presentes.

-…Rey Hurón… Interesante apodo –comentó el monarca plegiano mientras pasaba entre sus dedos con agilidad el cuchillo- Lo tendré en cuenta… Puede ser una forma entretenida de seguir satirizando a mi persona. Pero solamente limitaos a matar a los emergidos. Me has prometido una cabeza muy concreta, Skjöld. Espero que lo cumplas

Una breve risa inundaría la garganta del rey. Una risa fría, sin ningún tipo de calor humano, como si estuviera siendo producida por una máquina. Era tan simplemente perturbadora que cualquiera que la escuchara durante demasiado rato acabaría aterrado. Y es que lo peor vino cuando el rey decidió seguir riendo, alzando ambas manos al aire de forma descontrolada y caótica. Eso sí era divertido. Un verdadero caos iba a nacer. ¿Por qué no divertirse ante la situación un poco? Existían dos seres con el nombre de Gangrel dentro de ese cuerpo. El primero, frío, casi psicópata, capaz de matar a cien mil por obtener un poco de tierra.

Y es que los comentarios de algunos de aquellos vikingos combinados con las reacciones que tenían sus compañeros contra el que hablaba eran más que adecuadas para seguir riendo y con todavía más intensidad.

-Le diré que lo haga si conseguís hacer que ni un solo emergido toque las barreras de mi fortín. Y creedme que Gangrel I de Plegia cumple siempre sus promesas. Por supuesto, siempre que vuestro líder lo permita

Clavó una pícara y ferviente mirada a Skjöld. Los ojos del rey parecían impregnarse poco a poco un aura maliciosa y tan roja como su cabello. Era el frenesí previo a la batalla que todos los guerreros debían conocer para llamarse de esa forma. La sed de sangre enemiga. Un plegiano no debía sentir nada más que eso cuando tomaba su hierro. Y Gangrel no era excepción. Quería ver la destrucción total, como ya se ha reiterado varias veces. Se sentía francamente cómodo entre aquella muchedumbre de hombres, cada cual más fornido y fuerte que el anterior. No le importaba demasiado ser el más diminuto del grupo, siendo francos. Sabía que de todas formas, con ingenio, podría salir de ahí ileso. Esconderse entre aquellos gigantescos hombres y acabar con sus enemigos tan rápido como volvería a la oscuridad que le protegía.

Caminó al lado del líder mercenario con lentitud hacia el gran portón de madera que les separaba del peligro con completa indiferencia, con un porte noble y tranquilo que no dejaba lugar a dudas. Gangrel iba a entrar en combate, pero no parecía temer a nada. La muerte era a sus ojos algo tan simplemente débil que no podría con él. Ya se había enfrentado a ella incluso a la más tierna edad y había salido victorioso.

-…Sangre emergida… Espero que vuestra reputación sea digna de confianza. Tengo muchas esperanzas puestas en vosotros, Cuervos. Luchad con honor y esta noche la corona de Plegia os pagará un banquete en el campamento central por todo lo alto. Y por supuesto, también se te pagará con el cofre y barco que me habías solicitado, Skjöld. Pero eso más adelante… Debes comprender que crear un barco es un proceso arduo por su complejidad

Y sin decir ni una sola palabra más, el rey de Plegia alzó la mano, chasqueando con sonoridad los dedos con fuerza para que dos de sus soldados se dirigieran a los lados del portón, abriendo con solemne respuesta a los Cuervos la puerta. Debían de ser rápidos, pues si bien el ejército emergido no había tomado posiciones todavía, poco quedaba para ello.

-Un segundo, por favor… Avanzad por el camino. Antes de nada he de decir algo a mis tropas

El rey comenzó a dar un par de pasos atrás, esta vez para dirigirse a quienes estuvieran cerca de él. Era su deber como supremo líder dar un discurso que motivase a todos los ahí presentes, y también uno de los pocos placeres que le cedía la guerra.

-¡Hijos de la Corona Imperial! ¡Mis queridos Tercios! ¡Hoy hemos de defendernos de la amenaza gris que asola estas tierras! –su mano se alzó de nuevo, para hacer el clásico saludo a la romana que era característico de su régimen. Más y más soldados empezaron a acercársele- ¡Se lo debemos a Renais, nuestros hermanos! ¡Misma sangre, misma complexión pura y misma religión, está claro que ellos son nuestros aliados! ¡Conquistemos Magvel y ayudemos a ese pobre y muerto reino a alzarse como lo hacemos con el nuestro! Sé que muchos podemos morir en el día de hoy. ¡Pero qué es la muerte sino una forma de Naga para hacernos temer! ¡Por mucho que arranquen todas las flores del mundo, la primavera está ahí! ¡Y por cada uno de vosotros que muera, prometo que protegeré a vuestras viudas, a vuestros hijos, y que no dejaré que vuestra muerte sea en vano porque sois algo más que mis tropas! ¡SOIS MIS HERMANOS DE ARMAS! ¡Maldito sea aquí y ahora todo rey que no vea a los suyos de otra forma! ¡Maldigo a la débil Emmeryn y sus manos doradas, que no han sufrido el peso de un arma en su vida, al arrogante Marth, conquistador de tierras que no le pertenecen y que deberían ir para nosotros! ¡Maldito sea todo rey nagardiano, maldito sea todo enemigo de Plegia! –cesó sus palabras repentinamente. Tomó aire. Unió ambas manos como si estuviera orando antes de dar un fuerte puñetazo a la nada- ¡GRIMA LO VULT! ¡GRIMA SALVE A PLEGIA Y A LOS HIJOS DE LA NACIÓN!

“Grima salve a Plegia”. Ese grito inundó el fortín con más fuerza de lo que los Cuervos jamás podrían hacer en su escaso número en comparación a las tropas imperiales. Un grito tan fuerte que hacía retumbar todo. Se podía notar. La sed de sangre ya no era solo del rey o de los mercenarios. Se estaba colectivizando. Todos lucharían como si estuvieran protegiendo su hogar, porque lo estaban haciendo.

Con eso hecho, Gangrel volvió con Skjöld a paso ligero, sonriendo con más fervor del que nadie podía imaginarse en el rostro de un rey.

-Ahora matemos a los enemigos, Skjöld. ¡BAÑEMOS NUESTRAS ARMAS EN SANGRE, CAMARADA!
Afiliación :
- PLEGIA -

Clase :
Trickster

Cargo :
Rey de Plegia

Autoridad :
★ ★ ★ ★ ★

Inventario :
Vulnerary [3]
Dagas de bronce [2]
Dagas de bronce [2]
Dagas de bronce [2]
.
.

Support :
Vincent [CAMPAÑA DE CONQUISTA]La Hora de la Promesa [Priv. Skjöld] JEIjc1v

Especialización :
[CAMPAÑA DE CONQUISTA]La Hora de la Promesa [Priv. Skjöld] Daga%202[CAMPAÑA DE CONQUISTA]La Hora de la Promesa [Priv. Skjöld] Staff-1

Experiencia :
[CAMPAÑA DE CONQUISTA]La Hora de la Promesa [Priv. Skjöld] YvwSTdF

Gold :
1082


Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

[CAMPAÑA DE CONQUISTA]La Hora de la Promesa [Priv. Skjöld] Empty Re: [CAMPAÑA DE CONQUISTA]La Hora de la Promesa [Priv. Skjöld]

Mensaje por Skjöld Heilfsson el Miér Feb 13, 2019 1:01 pm

Aspiré profundamente, moviendo entre mis manos mi pesada hacha, compañera de fatigas y cargas rugientes a las que me entregaba como un animal desbocado, llegando por mis fosas nasales el penetrante aroma que, como ya había tenido la oportunidad de oler anteriormente de su persona, sin ninguna duda se trataba del de un depredador hambriento, necesitado de carne incluso más que de aire que respirar. Sentía la atmósfera que le rodeaba cuando se hallaba armado como un augurio de muerte, acompañado de su sonrisa estrecha y sinuosa, que de afilada que se tornaba podría cortar mi garganta mejor que la daga que portaba en sus manos, y con la cual jugueteaba inquieto mientras comentaba cuán curioso le parecía el apelativo que usé para referirme a él delante de mis hombres, y que no podía ser más adecuado, además de ser el acuñado por los espíritus ferales que moraban dentro de mí, siendo yo su recipiente, campeón y elegido. Mi cabeza divagaba entre neblinas en aquel momento, sintiendo cierta tensión que subía desde mi estómago, camino a mi cuello, mientras los susurros apenas perceptibles que llenaban mi conciencia iban en aumento, reconociendo los complejos gruñidos y ladridos de Fyrdr, que en consejo de guerra, parecía dispuesto a guiar mis pasos con una de sus intervenciones, tras mostrarme los dientes. Lo veía en mi mente, casi como si estuviera frente a mí, vigilándome como en mis sueños, con aquellos anaranjados ojos rasgados que más que observar el entorno parece que pudieran desentrañar los misterios del mismo, siempre sagaces y cautelosos, desde una posición que sugería que transitaba los senderos entre espíritus, ancestros y conocimientos ya perdidos u olvidados por el hombre, animal ciego y sordo frente a un poder más primigenio y glorioso que aquellos a los que se encomendaban portando máscaras de sierpe.

Su voz destacaba con creces respecto a aquellas que poblaban mi interior, ladrando palabras que fluían como la corriente de un arroyo, dejando en mis oídos ecos de las mismas, cayendo como piedras en un lago destinadas a perderse en el fondo de éste por toda la eternidad. La sabiduría del raposo de ígneo pelaje me llamaba a escucharle, y yo como su discípulo sólo podía agachar la cabeza y obedecer, buscando su conocimiento.

-Muestra que la bestia no sólo caza con las fauces, sino con su astucia, astado- aulló, entre pasos rápidos, envolviéndome entre ladridos suaves. -Esconde la cabeza, muévete cerca de los troncos. Y no olvides seguir mis huellas, hijo de hombre. Baña tu hocico y colmillos en la yugular del enemigo, y tráeme un trofeo digno. Si lo haces, tendrás mi bendición al despuntar el alba- remató de forma solemne, saltando de golpe de nuevo al interior silencioso de mis pensamientos, mas sintiendo aún su mirada, penetrante como la de un mochuelo a medianoche.

-Así será- musité en voz alta y asintiendo, sin haber oído del todo lo que había dicho Gangrel dirigiéndose a mi persona, pues yo salía del trance en el que hablaba con mi cánido patrón.

Volviendo en mí, pude ser testigo de que Gangrel, antes amenazador y juguetón con su arma, pasaba a carcajear tétricamente, alzando sus risotadas frías y breves como si se trataran de cantos al cielo, a la par que sus manos, conforme aumentaba la intensidad de la misma, en una especie de ovación hilarante a los cielos, tan estridente y chirriante que, de no ser por mi carencia de miedo, me hubiera intimidado sobremanera. Había sido testigo de una risa similar, y era precisamente de fauces de aquellos seres con los que comparaba al rey de Plegia, mustélidos de esbelta figura que, regodeándose en su superioridad frente a la presa a la que hostigaban, pues más que cacería, era un divertimento grotesco en el que, al olor de la sangre y ante el calor de la víctima, se crecían conforme le fallaban las fuerzas a la misma. Como cierto hombre pelirrojo que se hallaba frente a nosotros, en una especie de danza de risas enloquecida. No pude evitar fijarme de reojo en que mis hombres componían muecas de desagrado en su gran mayoría, aunque otros pocos se mostraban impasibles ante la situación, pues de alguna forma me recordaba al mismo Sigbjörn cuando, como en esta ocasión, necesitaba más que nada rajar el cuello a algo vivo que ofreciera alguna resistencia. Cesó su risa, para responder a Hofi, que con el rostro magullado soltó una carcajada grave, que se extendió por mis hombres, que parecían estar de acuerdo con la idea del rey. Hacía tiempo que ninguna mujer pasaba una noche de fiesta con nosotros, quizá desde antes de las campañas de Manster, y la moral de los hombres necesitaba de un pequeño capricho. Capté la mirada que me echaba Gangrel tras mencionarme, y sentí la necesidad de responder, mas las palabras no salieron de mi boca inmediatamente, pues algo en mi cabeza parecía alzar un bramido tan rotundo y grave que podía sentirlo subir por mi espinazo con el brío de una alce en plena berrea, notando entonces como mis barbas temblaban. Profundo en mi ser algo se hallaba dormido, tan titánico como una montaña y de voz atronadora y terrible como una ventisca enfurecida y desenfrenada. Sin ninguna palabra, acallaba a los demás en mi mente, y llenaba mis sienes de una claridad como ninguna otra, extraña para mí. Sabía qué tenía que responder.

-Muy bien, así se hará- respondí breve pero claro, mirando a Gangrel de vuelta. -Pero que sepas que deberás mandar varias para que festejen con nosotros. Y la que te acompañaba beberá conmigo- sentencié tajante.

Sin esperar siquiera respuesta, di un paso al frente, sintiendo en mis carnes que tras de mí el rey ardía de ganas de entrar en combate, un sentimiento que compartía con él, aunque mis pensamientos tras el rugido producido por aquel ente se hallaran confusos. La sangre respondería a mis dudas, como siempre ocurría, habiendo prometido además el esquivo zorro que me haría merecedor de su influjo si acometía la tarea. Caminó el hurón tras de mí, hablándonos a mis cuervos y a mí, mas yo, sin hacer señales de siquiera entenderle, fijaba mi mirada en el portón, dándole la espalda, mientras rumiaba las palabras que saldrían de mi boca, espesas como ese maltejida agua que decía ser de su dios oscuro y dracónido.

-A un festín no nos negaremos tras semejante carnicería. Pero recuerda que mis hombres y los tuyos no están hechos de la misma pasta. Y el pago vendrá cuando acabemos con todos los enemigos en estas tierras. Nunca por adelantado cobra el cuervo- remarqué firme una de nuestras consignas.

Hice un gesto con la cabeza a los míos conforme el portón se abrió para que avanzáramos mientras el monarca se paraba frente a los suyos, adelantándonos por el sendero que nos conduciría a la espesura, que se alzaba retorcida y sinuosa frente a nosotros. Anduve en silencio mientras los míos se adentraban en la misma, todos silenciosos y obedientes, ya preparados para entrar en combate, encomendados ya a la batida que posterior, deseosos al igual que yo de entrar en combate. Podía oír cómo el rey de Plegia se llenaba la boca con una arenga a los suyos, mas no prestaba atención a cosas tan terrenales como esas en esos instantes. Mirando a las montañas que nos rodeaban, saqué de la bolsa en mi cinto un pequeño trozo de metal, algo más grande que mi mano, de forma cilíndrica y ennegrecida ya por el paso del tiempo, único amuleto que poseía del gran Jorundr, astado rey en mis ensoñaciones proféticas. Hacía años que el grabado de aquel trozo de metal se había perdido, junto a lo que quedaba de mi yo débil y mundano, ahora muerto y enterrado, al igual que, como se deducía por su forma, la hoja hermanada a la empuñadura en mi mano había caído en desgracia bajo mis propias manos la noche que los Cuervos caímos sobre Dandr, en el momento en que le arrebaté la vida al jefe de la aldea, a quien pertenecía esta pieza. Con ella en mano, susurré palabras ininteligibles hasta para mi propia persona, consagrándome a los dioses una vez más antes de salir a los caminos, libre y salvaje, como todo guerrero. Guardé al acabar la pieza de metal en la bolsa, en el momento en el que las voces de los siervos de Gangrel inundaban la fortaleza, remarcando su devoción. No era tarea mía juzgarles, y menos antes de librar una batalla. Pasos rápidos oí entonces a mi espalda, girándome para ver al causante del jaleo sonriente como si por fin pudiera dar rienda suelta a una de sus necesidades más básicas, entusiasmado por la oportunidad que se abría frente a él, poniendo el grito en el cielo.

-Vamos- asentí entrecerrando los ojos, parco en palabras, mientras avanzaba. -La gloria nos espera.
Afiliación :
- Mitgard -

Clase :
Fighter

Cargo :
Mercenario

Autoridad :
-

Inventario :
Vulnerary [3]
elixir [4]
Hacha de bronce [1]
Hacha de bronce [2]
.
.

Support :
None.

Especialización :
[CAMPAÑA DE CONQUISTA]La Hora de la Promesa [Priv. Skjöld] Hacha-1

Experiencia :
[CAMPAÑA DE CONQUISTA]La Hora de la Promesa [Priv. Skjöld] R5AMTTX

Gold :
466


Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

[CAMPAÑA DE CONQUISTA]La Hora de la Promesa [Priv. Skjöld] Empty Re: [CAMPAÑA DE CONQUISTA]La Hora de la Promesa [Priv. Skjöld]

Mensaje por Gangrel el Jue Feb 14, 2019 3:49 pm

Cumpliría con todas las promesas hechas ese día. Mataría a cada emergido que se le pusiera delante, teniendo ya bastante experiencia en la materia por sus combates en el frente, pero no solo eso. Sabía que si bien era cierto que su ejército permitía la libertad de amor, no solían dejar tiempo a los reclutas a disfrutar de ningún tipo de placer carnal, ni la gula ni la lujuria. Montar un festín como recompensa por la más que segura resistencia que destruiría las filas emergidas asediantes permitiría a los suyos… Descansar. O al menos aumentar la moral, lo cual era necesario y una parte totalmente necesaria para el correcto funcionamiento de las tropas plegianas. Cuando los soldados estaban animados, mataban mejor, no pensaban (lo cual era más que útil para el régimen fascista) y no temían tanto a la muerte. ¿Qué otro método podría justificar el fervor con el que combatían las tropas del pérfido país de desierto y conquista? Los plegianos disfrutaban del deber bien hecho para luego recibir un pago acorde a su trabajo. Justo como los Cuervos. Quizá eso era lo que les había permitido unirse de una forma tan radicalmente positiva entre los Tercios del emergente imperio y hasta destacar entre sus entrenados y preparados soldados.

Le gustaba el estilo salvaje y poderoso de aquellos hombres. Y por eso mismo se estaba arriesgando tanto en ir con ellos. VIncent había hablado muy bien de ellos en Manster… Eso significaba algo. Dudaba que aquel rubio le hubiera mentido. Por su propio bien. Pero de todas formas, el aspecto intimidante y fuerte de aquellos hombres dejaba claro que estaban tan duchos en el ejercicio de armas como los suyos. Y otro dato que hacía poco importante lo que hubiera dicho o dejado de decir el barón de Manster es que estaba muy ocupado corriendo a toda velocidad como para preocuparse de cualquier otra cosa. Solo corría. Adelantándose a los bárbaros. Sabía que era tan silencioso como un felino. Podía correr todo lo que quisiera porque no le escucharían. Sus movimientos eran simplemente perfectos. No permitían errores. Sus pies se movían ágilmente para poder desplazarse a toda velocidad. En poco tiempo había adelantado a los Cuervos. ¿El por qué? Simple. Quería hacer la primera baja.

Sabía que los emergidos solían enviar exploradores solitarios adelantando al grupo, para asegurar la zona. Como eran muchos, podían permitirse las bajas. Y eso iba a aprovechar. Se divertiría un poco antes de atacar severamente. Si lo hacía bien (y era experto en ello), acabaría con algunos emergidos antes de ser ligeramente percibido entre las filas enemigas. Llevaba suficientes dagas como para matar a unas cuantas docenas de emergidos. Y solía usar solo una cuerpo a cuerpo. Por fuera, estaba callado y totalmente en silencio. Por dentro, seguía carcajeándose como en el momento previo a todo aquello. Al fin podría luchar… Y quién le iba a decir a él que le gustaba mucho eso.

Antes de las campañas de conquista, era mucho más débil. Él lo sabía. Practicaba deporte por compromiso, para mantenerse físicamente sano y poder seguir vivo todavía más. Pero en Manster empezó a combatir. Las armas se hicieron sus amigas. Los combates se le volvieron bailes en los que él y la daga luchaban contra la marea rival para sobrevivir. Se sentía más fuerte, más ágil, más inteligente. Tanto que podía con un rival incluso cuerpo a cuerpo, cosa que antes le resultaba impensable. Y algo todavía más inusual. Comprendía lo que sufrían los suyos en la primera fila. Eso le hizo ser mejor estratega y todavía mejor futuro emperador. Muchos se lo decían. Y podía confiar en la palabra de esos.

Pero todavía más podía confiar en la daga que acababa de arrojar contra la nada, al inicio de un bosque que le parecía sospechoso. ¿Por qué, acaso estaba loco? Sí. Eso era innegable. Estaba muy loco. Pero no por eso. Su vista y oído eran buenos, al fin y al cabo… Los amantes de lo ajeno como lo fue él en sus orígenes debían entrenarse en ello. Y había acertado. Ahí había uno de los exploradores emergidos. La daga le había atravesado la mano, haciendo que su espada cayera al suelo. El rey solo tuvo que acercarse para darle el remate desenvainando otra de sus cuchillas. Un golpe limpio en el cuello acabó con la vida de aquel emergido.

Se acercó a ese cadáver, para volver a recoger sus dos armas, mientras las limpiaba en la larga capa que llevaba consigo y ya estaba adaptada al campo de batalla escarpado, para ser tan ligera que incluso si se quedaba enganchada en un árbol no interferiría en el movimiento de Gangrel lo más mínimo. Le parecía irónico que aquellos seres tuvieran sangre. Él siempre había pensado que el hecho de tener un fluido que proporcionaba la vida era algo que debilitaba a los guerreros. Si ese líquido se terminaba, el individuo moría. Lo mismo en un emergido. ¿Por qué si eran guerreros de la muerte podían morir? Le parecía irónico. Muy irónico… Y digno de ser investigado. ¿Quizá en algún momento esos seres fueron humanos? Le parecería muy irónico. De lo que no cabía duda era que los del bando rival eran tremendamente poderosos por sí solos. Infinitamente más que el humano promedio, no temían. No fallaban. Solo luchaban.

Pero ya podría pensar con calma cuando estuviera en su trono. De momento, lo mejor sería reunirse con el grupo mercenario, a quienes había dejado atrás, para darles la noticia de los… “Invitados” que llegaban antes de tiempo. Y lo hizo de una forma bastante… Curiosa. Volviendo a ellos con los brazos extendidos totalmente, con una daga en cada mano y una sonrisa amistosa y cálida, como si segundos atrás no hubiera matado a sangre fría a nadie. De todas formas, literalmente no había matado a nadie. Solo una mosca más en su inexorable andar hacia la gloria.

-Prepara a los tuyos, Skjöld. El Hurón aquí presente ha encontrado, no te lo vas a creer, pero… ¡Presas! -hablaba en susurros, para no ser interceptado- Y no te lo vas a creer, pero no me han detectado todavía. Aprovechemos la situación y matemos desde la espalda a los guardias y escoltas del líder. ¿Quieres que me adelante y… Limpie la zona? Ya me entiendes. Sois lentos. Y hacéis ruido. Pueden interceptaros antes que a mí
Afiliación :
- PLEGIA -

Clase :
Trickster

Cargo :
Rey de Plegia

Autoridad :
★ ★ ★ ★ ★

Inventario :
Vulnerary [3]
Dagas de bronce [2]
Dagas de bronce [2]
Dagas de bronce [2]
.
.

Support :
Vincent [CAMPAÑA DE CONQUISTA]La Hora de la Promesa [Priv. Skjöld] JEIjc1v

Especialización :
[CAMPAÑA DE CONQUISTA]La Hora de la Promesa [Priv. Skjöld] Daga%202[CAMPAÑA DE CONQUISTA]La Hora de la Promesa [Priv. Skjöld] Staff-1

Experiencia :
[CAMPAÑA DE CONQUISTA]La Hora de la Promesa [Priv. Skjöld] YvwSTdF

Gold :
1082


Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

[CAMPAÑA DE CONQUISTA]La Hora de la Promesa [Priv. Skjöld] Empty Re: [CAMPAÑA DE CONQUISTA]La Hora de la Promesa [Priv. Skjöld]

Mensaje por Skjöld Heilfsson el Miér Feb 20, 2019 1:20 am

Alcanzando a los cuervos acechantes, marchamos los dos líderes a la par, en completo silencio al principio mientras a nuestras espaldas se gestaba el comienzo de lo que sería un asedio recordado por todos aquellos que sobrevivieran a la contienda en los muros, que serían muchos si Sigbjörn se esforzaba como solía durante los encargos. El extravagante y canoso lancero, de formas impredecibles y ademanes bruscos era todo un maestro de los sitios, pues tras esos ojos perdidos en la profundidad de horizonte, que de tan muertos parecían los de una bestia caída, se ocultaba realmente la figura de un líder de guerra tan veterano como sanguinario que, astuto cual aullador anciano, conocía los entresijos de la guerra mejor que los de su propia vida. Respetado por todos y ducho en el arte del combate, se asemejaba en un aspecto tétrico al bermejo rey de Plegia: era capaz de degollar hasta a su puñetera y plañidera madre con tal de cumplir cualquiera de sus objetivos y sólo cuidaba de los guerreros bajo su cargo y de su maltejida y afilada lanza, con la que tenía un manejo que resultaba ridículo dada su apariencia comparada a la de otros combatientes. Sabía que mientras él coordinara la defensa de los muros acompañado de mis Cuervos, aquel fuerte era inexpugnable, pues entre botes y risas histéricas salidas de sus labios goteantes de alcohol e improperios, las cuchilladas y estocadas se sucederían junto a su extraña manera de hacer la guerra, tan desleal como efectiva. Por eso, la oportunidad que se me brindaba era la de disfrutar de una batida por el mero placer de depredar al líder enemigo, un trofeo digno para el raposo Fyrdr, que me colmaría de sus bendiciones y señales si conseguía satisfacerle con el resultado de la caza, un reto que, desde luego, me llamaba a darlo todo de mí.

Y fue debido a eso que, cuando el gran Gangrel de Plegia se decidió a adelantarse, decidí que los míos no serían menos que aquel hombre que se consideraba a sí mismo el futuro emperador del mundo, sin saber que bajo la mirada vigilante y amenazadora de los seres que poblaban mis sueños no se trataba más que de un pequeño mustélido que, coronado sobre los demás, jugaba a destruir el mundo bajo sus fauces. Aunque se tratara de uno que, desde luego, daba la talla en ese papel. Con ágiles movimientos, se alejó de nosotros en dirección a la espesura ya cercana, perdiéndose de vista en un instante, mientras  nos acercábamos los demás al linde la misma, planteando de otra forma nuestra estrategia, determinados como cazadores ancianos. Con un gesto de mi cabeza y una mirada fulminante a marcha rápida, mis hombres se dividieron a la mitad, yendo diez más adelante, ocultándose pegados a los troncos de los retorcidos árboles a resguardo de las miradas indiscretas. Por mi parte, dirigí a la otra decena con calma hasta entrar a medias en la espesura, olisqueando en vanguardia la tierra y el polvo del terreno, entre arbustos y rocas. Llevándome una poca al hocico, determiné rápido que el rastro de un animal se notaba aún reciente, y que, como descubrí sonriendo, se trataba del aroma inconfundible de un zorro. Interno en la maleza, me agaché de improvisto, observando cómo en el suelo, dibujadas a medias se hallaban las huellas de can que lo caracterizaban, más delgadas sus zarpas que las de un lobo, pero más alargadas y de uñas marcadas, junto a lo que parecía ser el difuso indicio de la bota de un hombre. La señal de Fyrdr se había dibujado frente a mí, claramente, invitándome a triunfar glorioso.

Giré mi rostro hacia los guerreros, en silencio, viendo cómo, preparados tras de mí, asentían ante mi señal inequívoca de que se empezaran a  consagrar para cumplir con la emboscada, de lupinas formas. En sus rostros marcados por la guerra podía ver la fuerza y el poderío necesario para acometer con esta empresa, pues no habían sido elegidos al azar de entre los míos. Todos ellos tenían los usos silenciosos y mortíferos de los cazadores, pues preferían batirse con el monte armados con un cuchillo que enfrentarse a la confusa civilización, como mostraban sus ojos vivaces y distantes, atentos a cualquier signo que les diera la foresta, y sus maneras, hoscas como sólo pueden ser las de los montaraces, ataviados con telas sin metales hasta para la guerra, con botas confiables como marca distintiva y siendo todos diestros con los arcos, el hacha y la daga. No eran osos combativos en campo abierto, sino letales rapaces en cuerpos de hombre, deseosos de probar el dulce sabor de la sangre espesa de nuestros enemigos desprevenidos, ocultos como culebras entre las piedras. Sacaban de sus cintos cortos cuchillos y anchas falcatas unos, llevando otros hachuelas arrojadizas o arcos. Con los picos y garras listos, se acercaba el momento.

Oí un crujido tras de mí demasiado cerca para mi gusto, gruñendo al instante mientras mi espinazo se revolvía fruto del estímulo, girándome para descubrir al monarca de Plegia tan sonriente como siempre, con los brazos extendidos como si tratara de darnos un caluroso abrazo, portando sus características dagas. Respiré profundamente para luego mirarle con calma, oyendo lo que tenía que decir, aunque yo ya deducía que mínimo había despachado a uno de esos asquerosos y grisáceos seres, tan antinaturales como despreciables. Viperino su tono, se regodeaba como hurón que era de haber encontrado presas a las que degollar, soltando en susurros que no había sido descubierto, cosa completamente lógica dados sus pasos felinos, y que debería adelantarse a nosotros una vez más pues seríamos descubiertos comparados con él. Sonreí, sabiendo que desconocía del todo nuestro verdadero ser. Lo que él había hecho en estos momentos nosotros lo afrontábamos como forma de ganarnos el pan a diario, y no con maltejidos como estos, sino con hombres, ya fueran criminales o pobres diablos sin suerte y muchos enemigos con dinero.

-Muchos han pensado eso de nosotros, Gangrel- susurré mostrándole los dientes tras decir su nombre. -Y antes de que se pusiera el sol se encontraron muertos con un hachazo en el cuello que no vieron llegar. He dividido a los míos, y ya deberían haberles flanqueado. No he traído armatostes conmigo, sólo depredadores- señalé con la cabeza a mis hombres, que se distribuían pegados a los árboles y agachados, en silencio. -Juntos nos divertiremos con esto.

Sin apartar la mirada del rey, emití un gruñido bajo, pronunciando a duras penas un nombre.

-Ludin. Tú a la izquierda con cinco más. Yo me llevo a Gangrel, a Hofi y a los que queden- ordené tajante.

El muchacho de castaños rizos y lampiño, espigado todo cuanto era, no hizo ningún sonido mientras gesticulaba para llevarse consigo a unos cuantos, moviéndose acto seguido con cautela, portando en la diestra una jabalina que, de punta redondeada y pulida, se trataba de su arma favorita, junto a las demás que llevaba en una suerte de carcaj ancho que llevaba siempre colgado a la espalda. Aun siendo el Cuervo más joven de la compañía, se trataba de uno de los mejores batidores de los que disponía, y tan hábil como portador de malas noticias para el enemigo cuando le daba por lanzar algo, pues su puntería era tan endemoniada como su suerte, aún más que la del condenado de Sigbjörn, pues había sobrevivido a dos puñaladas en las costillas y a un flechazo en el cuello, por muy extraño que pareciera.

Habiéndose marchado Ludin con los demás, quedamos seis en aquella foresta, preparados para la emboscada.

-Gangrel, tú encabezas la marcha, dado que los has visto. Cacemos como lobos, y no sabrán qué les golpeó- rematé, dispuesto a seguir al hombre de afilados colmillos adonde se encontraran los emergidos.
Afiliación :
- Mitgard -

Clase :
Fighter

Cargo :
Mercenario

Autoridad :
-

Inventario :
Vulnerary [3]
elixir [4]
Hacha de bronce [1]
Hacha de bronce [2]
.
.

Support :
None.

Especialización :
[CAMPAÑA DE CONQUISTA]La Hora de la Promesa [Priv. Skjöld] Hacha-1

Experiencia :
[CAMPAÑA DE CONQUISTA]La Hora de la Promesa [Priv. Skjöld] R5AMTTX

Gold :
466


Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

[CAMPAÑA DE CONQUISTA]La Hora de la Promesa [Priv. Skjöld] Empty Re: [CAMPAÑA DE CONQUISTA]La Hora de la Promesa [Priv. Skjöld]

Mensaje por Gangrel el Jue Feb 21, 2019 9:46 am

Sonreír. Era lo único que podía hacer el monarca frente al gigantesco mercenario que tomaba la posición de líder. Bien era cierto que la formación que tomaban los Tercios era implacable contra los enemigos en aquellos lugares, en los que debido a la falta de experiencia de los plegianos en suelo montañoso si no usaran la formación creada por él y los ministros que fueron al lugar. Pero si no fuera por la maestría de esos mercenarios, posiblemente hubieran caído miles de los suyos más de los que eran necesarios. Tal vez por las opiniones dadas por sus generales había confiado a ese hombre el deber de estar con él y protegerle. A pesar de que sabía que en su corazón no había ni pizca de fidelidad al régimen plegiano. Pero… ¿Es que acaso en alguno de los mercenarios contratados existía el amor a una patria que no era la suya? A veces dudaba que incluso entre los más adoctrinados entre los plegianos comprendieran exactamente en qué consistía el nacionalismo que Gangrel defendía. El poder del estado sobre todo. A ojos del rey, los días de la felicidad individual llegarían a su fin tan rápido como él tomara el poder mundial. Y ese día estaba un paso más cerca. Esa era la doctrina del gobierno plegiano. Crear un nuevo sistema a cambio de la destrucción del desfasado que regía a ese mundo podrido.

¿Y cómo se hacía eso? Muy simple. Con el culto a la violencia. Desde pequeños, en manos de cada plegiano se ponía una daga, un arco y una lanza. Existían campamentos para los niños que les daban de comer (lo cual era valorado) mientras les enseñaban a ser agresivos y fieles al régimen. Un padre dejaba a su hijo durante los meses escolares a su niño en esos lugares, porque la educación la pagaba el estado, y cuando volvía a recogerlo, se encontraba con una máquina de matar. Con las mujeres, exactamente igual. Se las enseñaba tanto a cómo ser buenas madres y la importancia de la maternidad como a matar a un rival que les sacara dos cabezas tanto con engaños como cuerpo a cuerpo. El sistema era infalible. Con él, había creado una generación guerrera y fuerte, que ya había demostrado que por cada muerte entre los suyos, habían diez enemigas. Confiaba en sus soldados. Sabía que mientras ellos estuvieran, no habría derrota que lamentar. Y él, como rey, debía ser el claro ejemplo de lo que era ser plegiano. Un lobo que reunía a la manada ante el peligro de la misma forma que era un devorador silencioso y ambicioso, como el animal con el que solía compararle Skjöld. Hasta si debía obedecer órdenes de alguien más experimentado antes.

Por eso mismo, se adelantó al grupo para ir “despejando” el camino. El ataque ya estaba trazado. Divididos (estrategia que rara vez usaba el ejército plegiano, si no era en operaciones titánicas y que lo requerían verdaderamente), hostigarían por todos los flancos al bando emergido. Cada uno a su forma, pero destruyendo a los emergidos que se separaban del grupo o simplemente tenían que explorar las cercanías para asegurar al líder. Eso aprovecharía Gangrel, oculto por la maleza, para matarlos uno a uno. Era tan simple como esperar a que se le acercaran y aprovechar el poco ruido que estos hacían para clavarles rápidamente sus dagas antes de ir contra el próximo y matarlo con la misma solemne elegancia. Rápidos y letales cortes de sus dagas acababan repentinamente con la vida de los rivales, quienes abandonaban ese sucio mundo de la misma forma que lo habían conquistado.

Y él no era ni de lejos lo más letal de todo… Ni de lejos… Esos eran sin duda alguna los Cuervos. Gangrel no podía hacer otra cosa que quedarse impresionado ante el brutal y poderoso estilo de combate de estos. Eran como bueyes cargando contra los emergidos con sus hachas, destrozándolos en el acto para ir a por el siguiente. Cada vez que el arma de uno de esos mercenarios caía, una cabeza emergida estaba oficialmente separada de su anterior cuerpo. Pero al fin y al cabo, ¿a dónde irá buey que no are? Estaba claro que ese era su labor en ese mundo. Destruir a quienes se les pusieran de por medio. En poco tiempo, habían roto la dura defensa de la retaguardia, que no podría ser socorrida pues bien se había encargado Gangrel de… “Suprimir” de la existencia a cualquier emergido que se escapara de los filos repletos ya de carmesí para pedir refuerzos. ¿Había acaso algún plan demasiado forjado y meditado, como los solía hacer el emperador? Francamente, no. Estaban destruyendo al bando emergido a base de fuerza bruta, mientras el grueso de estos intentaba tirar una inexpugnable muralla que no caería mientras ahí estuviera la bandera plegiana.

Y entre todos aquellos desgraciados, mientras los que iban por Plegia eliminaban rápidamente a sus escoltas, se encontraba bajo una bandera de la antigua República editada para ser negra como el azabache el líder emergido. Un estratega de piel grisácea y bastante delgado, que oculto por una túnica negra que no le defendería de nada, miraba desesperado cómo caían los que él estaba dirigiendo. Y Gangrel aprovecharía eso. La euforia era su única compañera. A sus ojos, todo era un lienzo en blanco, y aquel sucio emergido una mancha a la que debía eliminar de cualquier forma. Se abalanzó con furia contra él para desarmarlo, táctica que ya había aprendido tan bien que podía hacer con total naturalidad, y posteriormente se colocó a la espalda de este. Y su daga hizo el oficio final.

La muerte del líder emergido haría cesar inmediatamente la defensa de los suyos. Muchos de ellos, si no caían frente a las hachas de los Cuervos, se irían despavoridos para esconderse en el bosque. El emperador, con un golpe bien dado, había acabado con la organización de aquella maldita horda.

El frenesí desapareció. Poco a poco, volvió a la indiferencia total y absoluta, quedándose rígido y alzando la mano zurda al aire con solemnidad. El saludo a la romana. Símbolo del poder del fascismo y del poder plegiano.

-...Para venir a la Nueva Plegia, es necesario que el imperio emergido construya otra escuadra mayor, porque esta solo va a quedar para llevar carbón de Jehanna a Renais. -el emperador alzó poco a poco los ojos, para mirar al gigantesco e indómito Skjöld- Gracias, camarada. Te daré el pago como es correspondiente… Ahora… Esperemos a que la soberanía plegiana demuestre su fuerza

El rey miró al cielo. Era tarde. El Agua de Grima debería estar preparada. Y mucho más importante. En el torreón seguía manteniéndose noble y solemne la gran bandera de la nación más poderosa en la tierra. Plegia. El próximo gran imperio de la historia.
Afiliación :
- PLEGIA -

Clase :
Trickster

Cargo :
Rey de Plegia

Autoridad :
★ ★ ★ ★ ★

Inventario :
Vulnerary [3]
Dagas de bronce [2]
Dagas de bronce [2]
Dagas de bronce [2]
.
.

Support :
Vincent [CAMPAÑA DE CONQUISTA]La Hora de la Promesa [Priv. Skjöld] JEIjc1v

Especialización :
[CAMPAÑA DE CONQUISTA]La Hora de la Promesa [Priv. Skjöld] Daga%202[CAMPAÑA DE CONQUISTA]La Hora de la Promesa [Priv. Skjöld] Staff-1

Experiencia :
[CAMPAÑA DE CONQUISTA]La Hora de la Promesa [Priv. Skjöld] YvwSTdF

Gold :
1082


Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

[CAMPAÑA DE CONQUISTA]La Hora de la Promesa [Priv. Skjöld] Empty Re: [CAMPAÑA DE CONQUISTA]La Hora de la Promesa [Priv. Skjöld]

Mensaje por Skjöld Heilfsson el Dom Feb 24, 2019 12:18 am

Abrumador y consistente se tornaba el silencio, absoluto y espeso como la misma miel, que se alzaba sobre nosotros sobrevolando nuestras cabezas agachadas entre los troncos de los árboles, acechando como predadores hambrientos una noche de invierno, mirando con ojos agudos los entresijos de la enmarañada espesura que, retorcida como los enredos de mis barbas, no eran sino el reflejo de la verdadera naturaleza de aquellos bosques. Apenas nos habíamos separado de los otros cinco hombres liderados por Ludin cuando ya sentíamos al silencio reptar junto a nosotros como si se tratara de una víbora aún más ponzoñosa y traicionera que las palabras y conjuras que soltaba por sus finos y torcidos labios el monarca de Plegia en cada una de sus arengas. Apenas el crujir de nuestras botas se podía discernir del respirar pesado que me caracterizaba, aplacándose  más y más por cada bocanada de aire que daba, conforme los dones que me ofrecía Fyrdr como mi maestro y patrón empezaban a hacerse cada vez más notorios. Inalcanzables quedaban las copas que nos reguardaban del azote del sol, estoico como las montañas que nos rodeaban, y en las que ni siquiera el trinar de los pájaros se escuchaban, dejando bien claro que el suspiro de la vida salvaje había abandonado estos lares conforme los emergidos se instalaban en el lugar. Palpitaba mi corazón contundente en un ritmo que me insuflaba la presencia del cazador, oculto como estaba junto a Hofi, Gangrel y dos demás, aguardando impacientes detrás de unas matas, encorvado y con mis largos brazos cercanos al suelo, usando más mi olfato y oído que mis ojos para guiarme en estos momentos. Del anaranjado zorro y el sabio lobo había aprendido que, si bien la vista era imprescindible, era un sentido que, engañoso, traería mi perdición si no confiaba en aquellos que de verdad me concederían la sabiduría vetusta que me ofrecían los dioses ferales.

Por ello, rastreaba inhalando profundamente, tratando de conectar con mi lado bestial y encontrar al enemigo, a la par que mi mente se llenaba de susurros fríos como las ventiscas de mi tierra, helándome los huesos y los ánimos por completo. Llegaba a mi nariz el aroma característico de los arbustos que nos circundaban, a la par que la tierra que pisábamos, mancillada por nuestros pasos, además del olor del sudor que nos recubría mientras avanzábamos lentamente, tratando de no realizar ningún ruido. Sin embargo, a mi hocico llegaban dos esencias más que, efectivamente, hacían que tuviera que ponerme en marcha. Sentía a los enemigos cerca de nosotros, con aquel aroma que recordaba al del cuero repujado y añejo, cuarteado y rancio, que penetrante como una flecha se introducía en mi nariz, junto al característico matiz que les diferenciaba del de un curtidor descuidado: el de las carnes que, carentes de sudor, parecían el de un ser humano que había perdido hasta un olor propio que no fuera el que tenía un ser que estaba vivo. Localizado el enemigo, quedaba el otro aroma que llegaba a mí, que se trataba sin duda el del mismo zorro que, anteriormente, había detectado en el linde de estos bosques. Me incorporé lentamente moviendo un poco de tierra y llevando el hacha a una posición baja, mirando a ambos lados poco después con una mirada que auguraba lo que habríamos de hacer a continuación. Frunciendo el ceño, vi como el maltejido Hurón se adelantaba buscando al enemigo por otra senda, rápidamente, tratando de cazarlos antes que nosotros. Si eso era lo que quería, lo tendría. Por mi parte, hice un gesto a Hofi y los demás, dividiéndonos en dos grupos, quedándome con el viejo batidor, que sacaba de su cinto una de sus hachuelas arrojadizas, haciendo una mueca satisfecho. Ocultándonos cerca de un viejo roble, pude avistar aquello que mis orejas anunciaban, pues unas pisadas erráticas podían oírse desde aquel rincón, acompañado del tintineo del metal, rompiendo el silencio que antes llenaba nuestros estómagos.

Ataviado con un peto ligero se hallaba una de esas abominaciones, esgrimiendo una lanza con pesadez, pareciendo que hacía la ronda rutinaria con aquellas esferas rojizas que tenía en el rostro incrustadas, acompañado por los andares desprovistos de gracia de varios de sus compañeros que, armados como él, parecían unirse a su patrulla, sin siquiera mediar palabra entre ellos, pareciendo desfile de almas en pena, pues caídos sus cuellos y difusas sus siluetas embutidas en ligera armadura, casi parecían formar parte de una negra compaña. Ante nosotros llegaban las primeras presas. Habíamos perdido de vista a Gangrel e imaginaba que mis hombres por el lado contrario ya estarían empezando con la táctica, hostigando a esos seres, por lo que llegaba el momento de dar el golpe final a esta escaramuza. Sonriendo de forma maliciosa apoyado en el nudoso tronco del árbol, hice un gesto con la cabez a Hofi, señalando con mis cuernos el hacha que llevaba en sus manos, tendiéndomela él justo después. La cogí firme, sintiéndola diminuta en mi diestra, aunque bastante rotunda y capaz de quebrar el pecho de cualquiera, moviéndola un segundo y devolviéndosela justo después, tras haber dedicado una corta plegaria a Hogr en mi cabeza. Devuelta a su dueño, la levantó por encima de su cabeza situándose donde pudiera apuntar a aquel que habíamos visto en primer lugar. Y de repente, chasqueó su brazo como un látigo, soltando aquel proyectil que en un parpadeo se alojó en el cráneo del desgraciado, oyéndose un crujido que resonó ronco en la foresta, cayendo después el cuerpo de bruces.

Tras semejante golpe, salí de detrás del árbol, elevando mi arma sobre mi cabeza en una carrera rápida, oyendo cómo Hofi salía tras de mí, mientras los otros dos, saliendo de detrás de un arbusto frente a mí, daban cuenta con rapidez de otros dos enemigos que no alcancé a ver desde la anterior posición dirigiendo sus cuchillas a las yugulares de esos despojos, chorreando su sangre espesa por sus pechos. Delante de mí se hallaba otro de ellos, por lo que raudo me planté frente a él y descargué una poderosa machada vertical sobre su testa indefensa, abriéndosela de par en par y salpicando su contenido por mi barba y los alrededores, apestoso y sanguinolento. Cayó a mis pies, mientras yo alzaba la cabeza buscando al siguiente desgraciado al que rebanarle el gañote. Había comenzado la batalla pues a mi alrededor empezaban a aparecerse los míos abalanzándose sobre ellos como lobos hambrientos en una salvaje danza, viendo cómo en la lejanía volaba un venablo, seguramente uno de los de Ludin, cayendo en la pierna de un emergido que alzaba un escudo de madera más adelante. Escupí al suelo, sacando mi hacha del trozo de carne en el que había convertido al emergido para luego ver a cierta conocida figura pelirroja degollar a uno de ellos, pasando a apuñalar veloz a otro, con aquella sonrisa desquiciada en la cara. Dos soldados se acercaron a mí en aquel momento, apuntándome con una hoja brillante y una lanza, lanzándose a por mí justo después. Un paso a la derecha y un rápido giro fueron suficientes para estampar con todas mis fuerzas la parte baja del asta de mi arma en el rostro de uno de ellos, alejándolo para luego darle muerte con violencia al otro con un tajo dirigido a su garganta, descabezándolo ruidosamente. Con el corazón retumbando como un tambor, avancé moviendo el hacha de forma brusca hacia el otro, impactando en su pecho profundamente, hendiendo su peto y saltando su sangre al filo de mi arma. Apartándolo de una patada, me preparé para el siguiente golpe.

Caía la furia de los Cuervos sobre aquellos pobres diablos con vehemencia mientras los atravesábamos implacables, haciendo estragos en sus cuerpos grisáceos y en sus malditas filas, cazándolos de improviso ya fuera desde cerca o lejos, obligándoles a replegarse y unirse, empujándolos nosotros desde dos flancos, furibundos y ansiosos, diezmándoles cada vez más. Acaba de desgarrar el vientre de uno de ellos brutalmente, casi destrozando el mango de mi arma cuando me di cuenta de que lo que parecía ser el líder del escuadrón y seguramente del ejército que amenazaba con tomar el fuerte. Vestido con túnicas finas, se hallaba rodeado de guardianes, que trataban de capear el temporal como mejor podían, tratando de resguardarle con sus propias vidas de la tormenta sangrienta que estaba ocurriendo en aquel momento. Intercambié una mirada rápida con el rey e Plegia antes de apresurarnos a atacarles con rabia. Aparté usando el asta del hacha a uno de sus guardianes tras ponerme frente a él, usando el mango para trabar su espada y escudo y haciéndole a un lado, desequilibrándolo por completo para rematarlo en el suelo de un único golpe directo a su espalda. Volteé mi cuerpo para encontrar que Gangrel apuñalaba frenético al emergido envuelto en túnicas, brotando de él líquido carmesí antes de desplomarse con una mojada en la espalda. Habiendo caído su líder, la batalla había terminado, pues conforme destrozábamos los resquicios de lo que había sido una escuadra enemiga, podía notar que el ambiente se tranquilizaba, yéndose el vigor embriagador de la contienda tal y como había venido, con una ráfaga de viento.

Miré a los cielos tratando de acercar mi espíritu al de los dioses, suspirando ronco, observando después el sangriento paraje en el que habíamos convertido aquel bosque, llenándolo de cadáveres inertes y destrozados. Podía sentir en mis propias carnes aún el vibrar que causaron las palabras alentadoras del zorro que sugerían que debía traer un trofeo digno de sus zarpas, manchándome mis propias fauces. No había sido una batalla como muchas otras, o eso pensé en cuanto mis hombres se acercaban al rey y a mí manchados y cansados, pero triunfantes, como siempre, guardando sus armas en sus cintos. Respiré, tratando de dar con la clave tras los ladridos del raposo cuando Gangrel se dirigió a mí, con solemnidad tras realizar su saludo al frente.

-Muy bien. Brindaremos a la salud de los combatientes- respondí, distante, llegando a mi nariz en aquel momento el aroma del zorro, acompañado de un ladrido bajo en mi mente.

Caminé de vuelta al fortín junto a los míos y Gangrel tras haberme entretenido brevemente en el bosque. Hoy traía en un saco al cinto el trofeo que Fyrdr alababa, majestuoso y pletórico, acallando a los demás con sus características consignas y consejos, mostrándome una vez más la astucia feral que debía adoptar. Y no era para menos, pues había encontrado cerca del campo de batalla una madriguera que, prieta y semi oculta, resguardaba al cadáver reciente de un zorro que, muerto en extrañas circunstancias, parecía dormir en un letargo eterno. Había arrancado sus orejas y tres de sus blancos y afilados colmillos bajo órdenes de Fyrdr, llevándolos conmigo. La bendición de mi patrón se mostraría a través de ellos llegado el momento. Acercándonos a la fortaleza, alcancé al grupo, oyendo entonces los gritos victoriosos de los soldados plegianos y los cantos de los Cuervos alzándose sobre los muros, anunciando el resultado de la batalla. Encarñandome a Gangrel, hablé con voz ronca y firme, mirándole a los ojos.

-¿Lo sientes? Al alba, esto será tierra de guerreros y dioses- dije enigmático, dejándole atrás posteriormente.

No sabía qué me depararía próximamente, o si los designios de los dioses me serían favorables al día siguiente. Mas era tarea mía descubrirlo, honrándoles con ofrendas como la que hoy les había ofrecido, hallando gloria en la profundidad de la foresta.
Afiliación :
- Mitgard -

Clase :
Fighter

Cargo :
Mercenario

Autoridad :
-

Inventario :
Vulnerary [3]
elixir [4]
Hacha de bronce [1]
Hacha de bronce [2]
.
.

Support :
None.

Especialización :
[CAMPAÑA DE CONQUISTA]La Hora de la Promesa [Priv. Skjöld] Hacha-1

Experiencia :
[CAMPAÑA DE CONQUISTA]La Hora de la Promesa [Priv. Skjöld] R5AMTTX

Gold :
466


Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

[CAMPAÑA DE CONQUISTA]La Hora de la Promesa [Priv. Skjöld] Empty Re: [CAMPAÑA DE CONQUISTA]La Hora de la Promesa [Priv. Skjöld]

Mensaje por Eliwood el Dom Mar 31, 2019 10:43 pm

Tema cerrado. 80G a cada participante.

Gangrel ha gastado un uso de sus dagas de bronce.
Skjold ha gastado un uso de hacha de bronce.

Ambos obtienen +2 EXP.

Gracias al incremento de experiencia, Gangrel obtiene un nuevo skill de la rama Thief:

[CAMPAÑA DE CONQUISTA]La Hora de la Promesa [Priv. Skjöld] N7juhlH Hurto - Permite al ladrón tomar de otra persona el 10% del dinero que carguen consigo, para lo cual debe encontrarse muy cerca de esta. Al aplicarse durante una misión a un enemigo desconocido, puede ser que obtenga algo tanto como que no. Sólo puede usarse una vez por tema.

¡Felicitaciones!
Afiliación :
- LYCIA -

Clase :
Great Lord

Cargo :
Marqués de Pherae

Autoridad :
★ ★ ★

Inventario :
Vulnerary [1]
Gema de Ascuas
Tónico de res. [1]
Tónico de def [1]
.
.

Support :
Marth [CAMPAÑA DE CONQUISTA]La Hora de la Promesa [Priv. Skjöld] Iwzg0SR
Lyndis [CAMPAÑA DE CONQUISTA]La Hora de la Promesa [Priv. Skjöld] JEIjc1v
Nils [CAMPAÑA DE CONQUISTA]La Hora de la Promesa [Priv. Skjöld] JEIjc1v

Especialización :
[CAMPAÑA DE CONQUISTA]La Hora de la Promesa [Priv. Skjöld] Espada%202

Experiencia :
[CAMPAÑA DE CONQUISTA]La Hora de la Promesa [Priv. Skjöld] Iu4Yxy1

Gold :
872


Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

[CAMPAÑA DE CONQUISTA]La Hora de la Promesa [Priv. Skjöld] Empty Re: [CAMPAÑA DE CONQUISTA]La Hora de la Promesa [Priv. Skjöld]

Mensaje por Contenido patrocinado

Contenido patrocinado

Volver arriba Ir abajo

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Volver arriba

- Temas similares

Permisos de este foro:
No puedes responder a temas en este foro.