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[Campaña de Conquista]Nunca dijimos que fuéramos a parar[Priv. Gangrel]

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Mensaje por Vincent el Lun Ene 14, 2019 11:21 pm

El éxito en Manster había sido innegable. Todos los frentes habían caído con curiosa facilidad, quizás por la rapidez de los ataques y todas las unidades del ejército de Plegia que se habían desplazado hasta allí. Con un nuevo cargo a sus hombros, no se sentía diferente salvo por los hombres que tenía a su cargo o el territorio. Si debían de seguir con las conquistar, Vincent debía moverse con las tropas. Había mucha gente que ocuparía gratamente su puesto en las ciudades. Además, había sido una orden. Tenía que dirigirse a Carcino para asistir en su sometimiento. Si el rey de Renais había caído en las manos de Gangrel como para no solo apoyarlo en la conquista sino dejarle todo Jugdral menos Renais, entonces había que aprovechar ese lapsus que había dejado al monarca en un paraíso de la guerra. Seguramente debería en un futuro viajar de un lado a otro para mantener la paz, aunque su residencia se trasladaría a Manster si ahí es donde estaba la ciudad a su cargo.

El viaje hacia Carcino en barco fue bastante tranquilo, sin ningún contratiempo. Tardaron unas tres semanas en llegar hasta la isla continental de Magvel. Los soldados o jugaban a las cartas o ahogaban su impaciencia en bebida. El rubio se mantenía cerca de la barandilla, sentado. A veces cogía cualquier libro que encontraba en el camarote, o a lo mejor entretenía a los caballeros de la cubierta con competencias de quién acertaba en la marca. Las noches de canciones, las madrugadas de silenciosa vigilancia y las tardes de pacíficas mareas tirando del barco. Si decían que el tiempo volaba, entonces en el agua se había parado, dejándolos estancados.

Lo que les devolvió a la realidad fue el llegar a una playa por fin tras esas tres largas semanas.

La pequeña armada plegiana que venía a apoyar al grueso mayor desembarcó finalmente en la devastada Carcino, ya ciertas partes seguramente tomadas por el rey. Las montañas estarían infestadas seguramente, por lo que su tarea sería ser el veneno que se deshiciera de la plaga de ratas que se debía mover a otro reino. Invadirían los huecos semejantes a venas de un cuerpo humano, ríos que atravesaban la piedra.

Todos en grupo comenzaron el asalto, ingresando en las frondosas montañas de Carcino. Al contrario que en Manster, había humedad, niebla, árboles. Todo el campo visual se veía afectado de alguna u otra manera lo que a un arquero como él no le venía para nada bien. El arquero y unos cuantos exploradores iban delante, asegurándose de que el terreno fuera seguro. Un día nublado, un día gris.
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Mensaje por Gangrel el Miér Ene 16, 2019 10:34 am


El haber recibido una misiva del rey de Renais había cambiado por completo los planes de Gangrel. Con una sola carta, había acabado obteniendo para su explotación toda Magvel menos el reino de Ephiram, y por eso mismo, decidió aprovechar un poco. Envió una cuarta parte de su gigantesco ejército contra lo que una vez fue Carcino, y también escuadrones a proteger y ayudar en Renais. Muchos aconsejaron al rey ir a por Jehanna antes por su tamaño. Pero Gangrel los ignoró. Muchos le llamaron loco nuevamente. Pero al rey no le importaba.

Carcino fue una antigua república. Una república. Su mayor enemigo político por lógica: una nación en la que se usaba la democracia para solucionar los problemas. Por un lado, quería destruirla. No quería ver Carcino volver a levantarse. Por otro, sabía que ellos una vez fueron los más ricos de Magvel. Y en ella todavía debían seguir todos los tratados en los que sus sabios comerciantes escribieron sobre las formas con las que volvieron rica su patria. Él quería recuperar esos documentos y publicarlos bajo su nombre. Plegia crecería brutalmente con esos métodos. Y si el rey obtenía además del beneplácito eclesiástico y marcial el apoyo de los mercaderes, ya podría ser considerado como emperador plenipotenciario del imperio emergente.

Por eso mismo, él fue quien dirigió a las tropas, quien puso los planes que permitieron a Plegia despejar una zona importante en la cual estaban empezando a construir campamentos y acercarse contra la ciudad que una vez fue capital enemiga. Muchos poblados ya habían sido tomados. Y la táctica de Gangrel estaba resultando efectiva: no atacar emergidos a no ser que fuera totalmente necesario. Si estos simplemente iban por un camino, ni se les molestaba. A cambio, vio que los ataques a traición de estos disminuían considerablemente. Y eso era algo que beneficiaba a Plegia enormemente.

Sin embargo, por muchas tropas que tuviera, necesitaba apoyos. Muchos de sus estrategas, si bien inteligentes, no habían visto una batalla verdaderamente. Necesitaba gente con experiencia. Y por ello, solicitó ayuda a sus tropas en Manster. Que fueran ahí sus más fieles generales y mercenarios altamente especializados en la batalla entre montañas. Entre ellos, por supuesto, un noble que recién había obtenido el cargo. El barón de una ciudad que tomaron brutalmente contra los emergidos con una táctica simplemente maestra.

Gangrel estaba esperando pacientemente desde el campamento central, el cual estaba escasamente a unos kilómetros de la capital. No atacarían ahí, sin embargo. No ese día. Tenía otros intereses en zonas diferentes que antiguamente habían podido albergar grandes zonas de comercio. Una pequeña ciudad montañosa que poseía importantes bibliotecas cuyo contenido todavía estaba por analizar y más importante, supuestamente se encontraban supervivientes. La zona, que antes destacaba por sus carreteras que permitían la comunicación con Frelia, era de vital importancia para Plegia, pues así podrían colaborar con Renais por otro flanco. Y qué mejor reencuentro con su fiel siervo que ese.

Escribió una página del tratado que llevaba redactando durante bastantes días. Y otra. Y otra. Y se impacientó. Salió de su pequeña tienda de campaña personal para esperar al joven desde el puerto que se encontraba en el campamento principal, y el cual utilizaban para transportar a las tropas por todo lo ancho de la costa de la antigua república, pues intentar desplazarse por las montañas era más dificultoso y daba lugar a desventajas tácticas importantes. Todavía era de madrugada cuando el rey esperaba, sentado en una silla de madera desde lo alto de la torre de vigilancia improvisada que construyeron a partir de los restos de un faro.

Mirando al horizonte con calma, el rey hacía lo único que podía en aquella situación. Esperar. Una pequeña pausa que le permitía relajarse tras tantas batallas y tantas horas escribiendo su tratado. El horizonte era difícil de divisar, pues la niebla no lo permitía. Lo que sí podía hacer bien era escuchar. Y estaba escuchando pasos acercándose por las escaleras. Un mensajero.

-Mi señor… Lord Vincent ha desembarcado al fin en una zona cercana, por lo que nos han informado los escuadrones encargados del bloqueo marítimo en la zona. ¿Deseáis que lo traigamos aquí

Gangrel se levantaría, esbozando una sonrisa que no dejaba lugar al sentimiento o a la emoción.

-Iré personalmente. Prepara a un escuadrón de mil hombres para acompañarme

Y todo se haría como el rey ordenó. En pocos minutos, Gangrel ya se encontraba cabalgando en su caballo blanco, y detrás de él, un millar de soldados: magos, infantería, caballería. Poco importaba. Un ejército inmenso para proteger al rey en su camino. Junto a él, se encontraba un jinete wyvern que gracias a su montura había podido localizar al grupo, guiando al resto para poder encontrarlo. Gracias a la visión del rey, entrenada por su antiguo oficio de ladrón, la niebla no era problema. En menos de una hora, encontró al rubio.

-¡Bean! ¡No sabes la alegría que me causa encontrarte! –fue su saludo al verle, mientras descabalgaba de un ágil salto de su montura para acercarse más a él- Espero que te guste este nuevo lugar que en breves será parte de Plegia. ¿Ha sido el padre Grima benevolente en tu travesía?
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Mensaje por Vincent el Jue Ene 17, 2019 11:39 pm

La niebla calaba los huesos de los menos provistos de abrigo, la humedad adhiriéndose a sus huesos. Los más veteranos por muy útiles que fueran sabían que su tiempo se acercaba mas en Plegia el viejo moría por ser eso, un inútil para la sociedad. Junto a una mala herida o resfriado acabaría retirado, por lo que era mejor tener cuidado con lo que se hacía, aunque eso no evitaba que diera su vida por la nación. Vincent había sido testigo de lo que los soldados plegianos eran capaces de hacer, tanto por las buenas como por las malas.

Pensando en Plegia, Grima entonces se expandiría a Carcino, Jehanna, Manster… Habría cuatro países oficialmente grimantes, todos pertenecientes a un imperio. Si continuaban de aquella manera, se convertirían en el objetivo de alguna gran potencia, aunque se disfrazara todo aquello con la excusa de purgar la tierra de emergidos; todos sabíamos que si un país se deshacía de esos infames seres, otros los recibirían no exactamente no con los brazos abiertos. Begnion, Grannvale, Regna Ferox, Chon’sin… Tenían cuatro países a los que podían volar, a unos con más dificultad que otros. Grannvale en poder de Nohr, por ejemplo. Regna Ferox de Altea.

El ruido de los caballos perturbó no solo a Vincent sino a todo el escuadrón, los cuales se escondieron entre los árboles, algunos entre sus copas, otros entre los arbustos, esperando a que llegara el enemigo. Vincent mantenía la cuerda del arco tensa observando el camino detrás de uno de los árboles, hasta que finalmente lo vio. Estandartes plegianos. Todos bajaron las armas antes de siquiera moverlas, bajando de sus puestos. Sabía quién iba con la compañía, por lo que todos se colocaron en formación en el camino, esperando al hombre más poderoso de Plegia.

Lo recibió con una reverencia, torciendo sus labios en una cordial sonrisa—Lord Gangrel, si no fuera por las armaduras y el escudo plegiano, pensaríamos que eran enemigos—comentó el zagal sin malas intenciones—La niebla no es de mi agrado pero me acostumbraré. Ni la humedad. Pero está bien… Está bien—repitió para sí mismo, observó su alrededor, frondoso bosque mezclado con los relieves endémicos del país. Volvió a fijar su vista al emperador-pues ya se le podría llamar de esa manera-.

—Ha sido clemente, sin ningún improvisto. Gracias por su preocupación. ¿Carcino está suponiendo un reto?—tanteó la situación. Quería saber a lo que se enfrentaba.
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Mensaje por Gangrel el Vie Ene 18, 2019 2:46 pm

Guillermo II con Bismark. Luis XIV con su cardenal, Hitler con Goebbels. Al lado de cada rey, siempre hay un hombre de confianza, aunque este pudiera tener más o menos relevancia a la hora de tomar decisiones. Gangrel no era excepción con Vincent, que pasó rápidamente por su eficacia de ser espía a embajador, para luego convertirse en barón del mismísimo Gangrel I de Plegia. Un honor al alcance de tan pocas personas que se podían contar con los dedos de las manos. Si bien era cierto que él había nombrado a muchos nobles, ninguno acababa teniendo el mismo grado de confianza que el que había cedido a su siervo.

Gangrel confiaba en las acciones de Vincent. Y por ello, no le extrañó nada ver que las tropas que este dirigía habían llegado ahí sin problema alguno. Hubiera sido una decepción terriblemente grande haber tenido que socorrerle. Y verlo en su nuevo punto a conquistar, francamente, era algo que el rey agradecía, aunque jamás lo dejaría ver más allá que con una sonrisa fría.

-El padre Grima será piadoso con sus siervos –declaró el monarca, cruzándose de brazos mientras las tropas que llevaba se unían con las del barón preparándose para la próxima orden que dieran esos dos- La niebla… Bien, como ladrón que soy, tengo una visión bastante superior al promedio. No me resulta problema alguno. De todas formas… Es algo a lo que deberán acostumbrarse las tropas terrestres

Y una desventaja táctica del ejército plegiano que compensaban atacando siempre por mar o con refuerzo aéreo. A pesar de todo, Carcino era de vital importancia en los planes del rey loco: un punto estratégico repleto de caminos, tanto a Jehanna como a Renais. Y más importante, con mucha información sobre algo en lo que Plegia no era demasiado avanzada: comercio. Si bien su ejército marítimo era el más grande de Akaenia, la flota comercial plegiana era más bien simple, no totalmente desfasada, pero sí mucho más de lo que debería teniendo en cuenta lo importante que sería el comercio a partir de las conquistas tomadas. Era por eso que mientras las tropas intentaban tomar de la forma más pacífica posible las ciudades, ignorando cuando se podía la presencia emergida para establecer un sucedáneo de paz en la zona, escribanos entraban en las antiguas bibliotecas donde se encontraban los libros de Carcino. Copiaban todo lo que estos sabían de tácticas mercantiles: cómo aumentar la producción, cómo conservar mejor los alimentos. Todas las ideas eran escritas a mano y luego puestas a debate entre diversos sabios del país para ver si podían aplicarse en su emergente imperio.Y Gangrel lo tenía pensado desde el primer minuto.

-El viaje de Manster a Carcino es largo y tortuoso. ¿Quieres descansar en el campamento central, camarada? No pareces muy acostumbrado a estas latitudes. Pero… Bien, todos acabamos haciéndolo –comentó con humor- Carcino no es ningún reto. Usando la pacificación con los emergidos y teniendo un emergente aliado, Plegia se encuentra como pez en el agua en Magvel. Más que seguramente si tomo Jehanna mandaré a construir una nueva capital en esta zona. Es simplemente increíble la cantidad de barcos que intercepta la armada con comerciantes y mercaderes. Creo que esta ha sido una de las mejores decisiones que he tomado en mucho, ¿tú que opinas, Vincent? Sé sincero
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Mensaje por Vincent el Mar Ene 22, 2019 4:12 pm

—Creo que la humedad es lo que peor llevo, pero es algo con lo que puedo su Majestad—respondió humildemente el barón de Manster. Si era cierto que tener la visibilidad afectada era un contratiempo para todos, lo que menos le gustaba al rubio era sentir la humedad rodeándole, calando en sus huesos. Con eso no importaba las capas de abrigo que te pusieras, conseguiría atravesarlas. Prefería, eso sí, llegar en una época de frío que de calor. El ejercicio te mantendría lo suficientemente activo como para no sentirlo.

Negó con la cabeza ante las palabras de Gangrel—Creo que la mayor tortura para estos soldados ha sido la espera. Ha sido no solo un viaje tranquilo sino largo. Estamos preparados para tomar y defender el territorio que se nos asigne. Estas montañas serían un buen comienzo teniendo en cuenta que son una ruta por la que los emergidos se escabullirían con facilidad, y no solo los caminos. Entre la foresta, cualquier cueva que haya. No me he topado todavía con trampas de esas criaturas pero deberíamos tener cuidado con esta bruma. Si las queremos abarcar por completo de una vez nos deberíamos separar, mas si desea más seguridad debería pedir refuerzos—cavilando el plan de acción Gangrel pedía su opinión, lo que a muchos le intimidaría. Podía tomar cualquier detalle de tu argumento cual hilo escapista, tirar de él, deshacerte por completo para luego aniquilarte. Era lo suficientemente inteligente como para volver las tablas aun si había lógica en tus propias palabras.

Vincent no tardó en responder a su rey.

—Mientras tengamos los hombres suficientes la conquista debería ir sin problemas. Lo que más me preocupa ahora mismo son aspectos externos. Si no teníamos buena relación con ciertos países, deben de vernos como una amenaza que está creciendo, o si nos subestiman, como un acto de rebelión que debe ser aplastado antes de que gane la suficiente confianza y recursos. Plegia ha sido ignorada hasta que ha tomado acción y partido a la conquista, Lord Gangrel. Incluso puede que piensen que lo que estamos haciendo no tiene ni pies ni cabeza y que tal y como hemos aparecido desapareceremos. Supongo que usted podrá jugar con las espectivas de nuestros vecinos. Confío en sus habilidades—declaró habiertamente Vincent a la vez que repasaba el panorama mundial en su cabeza. Cada uno se limitaba a su país, mas nadie se había atrevido a borrar las fronteras o traspasarlas menos Nohr, Plegia, Durban con Kilvas, Daein con Crimea…

Plegia se subía al carro y parecía no bajarse.
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Mensaje por Gangrel el Miér Ene 23, 2019 6:25 am

Humedad… Cierto, otro factor importante. Muchas tropas se habían visto forzadas a cambiar a armaduras ligeras porque la humedad les dificultaba usar pesadas o hasta las oxidaba. Por suerte para ellos, al llevar gran parte de las tropas armas de plata por su maestría y entrenamiento previo, la oxidación de las armas no era un problema, aunque era cierto que esta había perdido parte de su brillo. Por otra parte, también se habían hecho jornadas de aclimatación a ese clima. Es decir, perdieron tiempo para eso. Y francamente, aquello fue otra decisión que si bien necesaria, no agradó al rey. Sin embargo, los generales consiguieron convencerle de lo imperativo que resultaba poder tener a las tropas entrenadas también en ambientes húmedos, pero que no se preocupara, puesto a que una vez las tropas consiguieran tomar Carcino e ir a por Jehanna, las tornas cambiarían rápidamente. En el desierto, los plegianos luchaban como lobos furiosos, siendo quizás los guerreros humanos más adaptados a ese ambiente. Y ahí, sin embargo, debían adaptarse a nuevas estrategias.

Todos sabían que parte de la política imperial era no dañar los bosques, pues esos ya serían explotados una vez la zona fuera completamente tomada. Es por eso que esas zonas eran atacadas por soldados que tenían órdenes de intentar dañar lo mínimo las zonas aprovechando la dispersión emergida. Si por el contrario supieran que el gran campamento enemigo se encontrara en el interior de un bosque, sería tan simple como lanzar Agua de Grima (es decir, la brea) sobre él y esperar tranquilamente a que el fuego hiciera el oficio por el que fuera creado. En cierta forma, ya había contemplado lo que decía el joven, sin embargo, no veía necesario tener cuidado en los bosques. Los emergidos no atacaban si no eran molestados, y el ejército plegiano era un experto en no atacarles. Pero prestó atención de todas formas.

-Lo veo lógico –contestó con indiferencia, rascándose su cuidada perilla mientras hablaba- Pero por ejemplo… –el mero hecho de añadir un “pero” en su frase podía hacer que cualquiera de sus consejeros se derrumbara en ese mismo momento. Aun así, sabía que Vincent no lo haría- ¿Entonces no sería mejor simplemente dejar caer diez mil arrobas de brea sobre los bosques para acabar con todos los emergidos? Pero la otra opción… Es simplemente no atacarlos y ellos no atacarán. ¿No sería mejor simplemente convivir con ellos como en Plegia?

Sonrió, escuchando lo próximo que concernía sobre qué era preocupante en esos momentos. Las otras naciones… Cierto. Evidentemente, Gangrel también había pensado en eso. Y había llegado a una conclusión sobre lo que opinaba de ellas desde hacía meses. ¿Qué importaba lo que pensara Senay, Sindhu, Ylisse, Altea a ojos del futuro emperador de la Gran Plegia? Él lo tenía claro.


En lo absoluto. Poco le importaba. No se vería influenciado por lo que dijeran estos o dejaran de decir. Sus conquistas seguirían expandiéndose. Tomaría puntos estratégicos, oprimiría a cualquiera que intentara hacerlo antes y más importante, mucho más importante. Se encargaría personalmente de aniquilar la religión de Naga antes de terminar muriendo. Sería recordado como un evangelizador. Todo sería suyo.

Gangrel tendría la corona de emperador antes de que terminara el año. Oficiaría él mismo la ceremonia frente al mismísimo Valldar si era necesario y posteriormente declararía la guerra a todo país que osara intentar liberarse estando cerca de una colonia plegiana. Sin embargo, Gangrel, además de un grandioso y entrenado señor de las palabras, también era consciente de lo importante de la estrategia. Sabía que era cierto que si llegaban a alzarse como potencia conquistadora, muchos reyes se reunirían temerosos para intentar frenar la amenaza con sus recursos. Pero eso era algo que él también había previsto. Y lo tenía muy en cuenta con cada paso que daba, pero seguía dando pasos a un ritmo terriblemente rápido. El mundo, en esos días, se había convertido en una partida de ajedrez. Y Gangrel opinaba que ese era el terrible momento en el que Plegia decidía pasar de mostrarse pasiva a mover sus torres contra el rival.

-Concuerdo con tu opinión, Vincent. Somos una amenaza grave para los enemigos de la corona. Y eso mismo hemos de seguir siendo por mucho que en vano intenten frenarnos. Es cierto que son una amenaza, sin duda. Y es por eso mismo que de momento solo nos limitaremos a seguir conquistando hasta que podamos lanzar un ataque a todas las amenazas por todos los flancos y en todos los continentes –y es que ese era su plan. Tener posesiones en cada continente, para así poder lanzar un ataque desde todos los flancos. Es por eso que no dudó en apoyar a Renais. Es por eso que en cuanto alguna nación de Tellius cayera (como por ejemplo, Hatari, su objetivo más deseado) iría a por ella. Es por eso que tenía los ojos puestos en todos los países de Elibe, en lo que estaba pasando en Valentia y también había ido a por Jugdral. Todo formaba parte del pérfido (pues él mismo lo reconocía) plan del rey loco- Sea como sea, sigamos esta charla mientras avanzamos. Aprovecharemos para intentar tomar algún poblado de la zona y luego volver al campamento central, si os parece bien a ti y a tus tropas
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Mensaje por Vincent el Jue Ene 24, 2019 6:13 pm

—Sería una lástima quemar estos bosques, teniendo en cuenta la cantidad de recursos que se hallan en ellos. Por ende pensamos en que lo mejor era deshacerse de los emergidos y que se movieran hacia otras tierras, lo que quizás sería conveniente. Pero si prefiere que dejemos libre circulación a los emergidos por éstos así se hará, Su Majestad. Puede dedicar todas las unidades que han llegado en los barcos para las campañas más urgentes si a su criterio estas montañas ya no son un peligro—dio por finalizado el tema de la incursión en las montañas de Carcino, ya que si eso era lo que tenía pensado Gangrel desde un principio entonces era un despropósito todo lo que tenían pensado, desde los batallones, distintos turnos...Todo había sido una planificación en vano ya que no era necesario. No le molestaba, a decir verdad. Era un trabajo menos del que hacerse cargo. Lo que no deseaba es que las decisiones que tomaran en esos instantes regresaran para atacarles por detrás.

Un país grimante en cada continente. Si había más de uno sería lo más conveniente, pero a decir verdad no estaba mal pensado. Si sucedía cualquier cosa, todos los países alrededor del mundo se levantarían a la vez, teniendo que lidiar con las fuerzas dracomantes. El rubio veía cierta desventaja en ese plan, mas si su ejército continuaba aumentando y con sus mismas capacidades, podrían ser un peligro del que no serían capaces de escapar el resto, una plaga que aunque quisieran hacer desaparecer resurgiría de entre las cenizas de un caído para arrasar con lo que quedaba de las fuerzas enemigas. Si así era como pensaba el rey de Plegia, sería entonces de esa manera. Vincent prefería no pensar a escala mundial muy a menudo, era un dolor de cabeza que reservaba para el rey de su nación, pronto imperio.

Miró a sus soldados, haciendo una señal hacia delante. Uno de ellos gritó el tan esperado “¡Marchen!” para a continuación reanudar la caminata.

—Agradecemos que piense en nosotros. Nos dirigiremos entonces al campamento central después de terminar nuestra labor. El pueblo más cercano estaría a...—de su zurrón tomó un mapa de Carcino, abriéndolo cuidadosamente—¿Una milla…? Quizás un poco más. Hacia el noreste. ¿Sobre que punto de Carcino se encuentra el campamento central, Lord Gangrel?—preguntó el arquero meramente por conocer el dato.
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Mensaje por Gangrel el Sáb Ene 26, 2019 3:38 pm

Gangrel ya tenía todo el plan pensado para la toma de Carcino. La antigua república, una zona que estaba simplemente infestada de emergidos, no podía ser conquistada a partir de la expulsión con ellos, sino que debía hacerse con suma alevosía y mezquindad, dejándoles vivir hasta que Renais se levantara y pudieran ir a por Jehanna. Con eso hecho, empezarían las campañas de liberación en la zona. Pero solo en ese momento. Ya sabían que los emergidos no eran tan peligrosos como la gente decía, sino que más bien se debían respetar como si fueran humanos y no serían molestados. Plegia era la prueba empírica del hecho.

Y es por eso mismo que el plan no debía ser alterado de ninguna forma. Por eso, y evidentemente, porque la táctica que se estaba poniendo en forma era del mismísimo rey Gangrel de Plegia. Las tropas a su mando no habían perdido una sola vez. Y sus bajas eran mínimas. Y eso era innegable. Si alguien quería decir lo contrario, se podría tan simplemente enseñarle los hechos del desembarco en Manster que él mismo comandó, las ciudades que repelieron a los emergidos por su comando y muchas más. Pero ni una sola derrota. Nunca. Y eso era lo que le daba verdadero derecho a poder tumbar las ideas de cualquiera de sus subalternos.

De todas formas, sí escuchó. Y es que tenía ideas para Vincent que le llevarían a otro lugar. Pero no ese. Habían ciudades mucho más importantes que conquistar, puntos que tomar y a los que ponerles el nombre de sus santas figuras eclesiásticas para luego utilizarlas como campamentos militares. No confundamos las palabras del rey como que no veía necesario al barón. Todo lo contrario. Lo veía totalmente necesario. Una pieza tremendamente esencial del tablero.

-Las montañas jamás dejarán de ser un peligro. Todo lo contrario, debemos verlas como un desafío, pues las tropas plegianas no están muy acostumbradas a luchar en ellas. Si se quiere hacer que el porcentaje de victoria del imperio disminuya, es tan simple como que el rival nos arrastre a un terreno escarpado. Si no tenemos suficiente apoyo aéreo, estaremos destinados a morir –declaró el rey. Y es que era cierto. Todavía tenía mucho que aprender de esas zonas, mucho más teniendo en cuenta que las controlaría y sería emperador de las mismas en breves- Y por eso, intentaremos ir antes a por las costas. Mucho más importantes para mi proyecto, que es el del bloqueo del continente para todos los países. Así dificultaremos el comercio internacional. Y en un solo movimiento, Plegia podrá tener el control del centro del mapa mundial

Y sin dar más palabra, el rey volvió a montarse en su caballo. Era necesario que se desplazaran al campamento para aprovisionarse. Tenía una idea para conquistar una ciudad importante. Y es que para Gangrel cualquier cosa podía dar ideas tan lógicas como salir a enfrentarse contra los enemigos o poner tropas en la frontera simplemente por lucirse.

-Sí, sin duda. Volvamos al campamento antes de nada. Rearmaremos a tus tropas e iremos contra una ciudad cercana al campamento central -¿y dónde estaba este? Bien. E ahí la gran sorpresa que se llevaría el joven barón- Es una ciudad conectada con la capital de la república, que sigue en asedio. Son unos cincuenta minutos corriendo como mucho
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Mensaje por Vincent el Sáb Feb 02, 2019 5:44 pm

—Es decir, mejor evitar una invasión antes de tener que luchar en un terreno poco conveniente… No es un mal plan desde luego. Repetiríamos la situación vivida en Manster he de suponer. La costa fue lo primero en caer al fin y al cabo—puntualizó el rubio. Si no había enemigos contra los que luchar sería idílico, menos resistencia que encontrarían, mas para Vincent era algo difícil de creer. Si el bloqueo de Plegia era perfecto, si de verdad no dejaba pasar a ningún otro barco, entonces podría confiar en que Carcino se mantendría dentro de las garras de Gangrel I de Plegia. A decir verdad si se hacían con el continente de Magvel -bueno, descartando de Renais, que actualmente era manejado por un señor al que le atraían las guerras un poco demasiado- y si los barcos debían reabastecerse para continuar su travesía, también los impuestos podrían ser bastante altos. Era como ser la única posada en medio del mar por así decirlo.

No pudo evitar mirar por un segundo al rey, intentando confirmar esa información con una sola mirada. Una ciudad conectada a la capital de la república. Lo que veía con más claridad eran las intenciones de su monarca.

—Entonces sí, será mejor prepararnos para asediar nosotros la ciudad. Podemos aprovechar esa ubicación—declaró el barón, el cual no abrió la boca en el resto del viaje. La niebla en cierto punto se hizo sumamente espesa y baja, tanto que no dejaba ver a los demás a menos de medio metro de distancia. Únicamente sabías que seguían ahí por el sonido de sus pasos, por el gruñido de los wyverns. Seguían a quien guiaba la marcha con dedicación, aunque a veces se escuchaba a más de uno dando con la vaina de la espada para no chocarse contra los árboles. Los retrasó el clima podría decirse, a pesar de que no existía ni una brizna de viento, ni caía lluvia.

Cuando llegaron al campamento, la niebla todavía no daba señales de despejarse. Todos daban tumbos, intentando no golpear al de al lado.

—¿Esperaremos a que despeje? ¿O prefiere atacar lo antes posible?—preguntó al emperador. Quería saber qué tenía pensado.
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Mensaje por Gangrel el Dom Feb 03, 2019 10:22 am

Parecía que Vincent había comprendido aquello que había maquinado el rey. Lo primero, no por ello menos importante, era cerrar el continente. Ni siquiera países aliados podrían parar ahí si no era pagando un abusivo impuesto. Y por supuesto, no podían permitirse no repostar en Magvel si querían ir de un lado a otro del mundo. Plegia se lucraría a costa de todos los demás reinos. Eso era lo único que le importaba. Dinero, dulce dinero, con el cual podría crear más armas y así poder seguir conquistando constantemente. Siempre así. No se detendría hasta tener todo el mundo unificado bajo una misma bandera. Y Vincent era un útil peón en aquella misión.

Gracias a su entrenada visión, la niebla no le era ningún problema. Por eso mismo, él iba a la cabeza de entre los suyos, junto a un par más de ladrones que sabían cómo moverse en la escasa movilidad que les concedía la niebla. A diferencia de muchos de sus torpes soldados, todavía no demasiado experimentados en el terreno, Gangrel podía ver y más importante, en caso de ser emboscados podría defenderse, lo cual era totalmente necesario.

Pero ahora debía pensar cómo compensar la negligencia de sus tropas. Tenía tiempo hasta llegar al campamento, sin embargo, aun así pensaba que tenía mucho por hacer. Lo primero, no menos importante, llegar al campamento sin incidentes. Por desgracia, los hubo: pocos emergidos que se habían desperdigado por el camino y simplemente habían decidido enfrentarse contra los tres ladrones que iban al frente pensando que no podrían defenderse. Error. Sobre ellos caerían docenas de dagas antes de que pudieran percatarse. Algunas de ellas, del propio Gangrel. Todos muertos antes de que el grueso del grupo pudiera llegar a ellos.

Y así, llegaron al campamento desde el cual se estaba orquestando la gran conquista de aquel lugar. Los generales más cercanos saludarían a los nobles recién llegados (él y Gangrel), antes de desaparecer entre las sombras de nuevo. Sin embargo, había algo que extrañó e impresionó al monarca plegiano. Uno de ellos era un mago del fuego, y en su mano, llevaba el grimorio correspondiente, el cual soltaba pequeñas chispas de fuego cada pocos segundos. Gangrel se percató de eso. Cuando una llama aparecía, automáticamente se iluminaba la zona un poco, permitiendo así que la visibilidad aumentara.

-…Atacaremos en breves. Pero antes de hacer eso… Quiero que preparéis un carromato con tantas antorchas como hombres llevaremos y se creen muñecos de paja, de un metro cada uno. Los emergidos tienen ventaja si no hay demasiada visibilidad, pero jugaremos con eso para acabar con ellos. En lo que dura la operación, mil soldados se preparen para acompañarnos. Da la orden, Vincent… Y luego ven a mi tienda de campaña. Tomaremos un té antes de volver a la carga. ¡Vamos, haced lo que digo, es una orden!
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Mensaje por Vincent el Vie Feb 08, 2019 4:13 pm

El rubio asintió a las órdenes de su monarca, yendo por el campamento ligeramente a ciegas mas con la suficiente visibilidad como para no golpearse con los alrededores. Pensó en las palabras de su rey, quien siempre se adelantaba a los acontecimientos. Varios soldados comenzaron a almacenar antorchas en el carromato con diligencia mientras que otros construían monigotes de paja con facilidad. Las tropas formaban con rapidez, todas llamándose a voces para no perderse en la niebla, o llevando una vela cada ciertos metros para formar un camino. La idea del futuro emperador de Plegia no era para nada mala, lo que le agradó al barón de Manster. Ayudó a crear algunos de los muñecos para subirlos a los carromatos, aligerando el trabajo de los demás. Con parte del trabajo hecho, sin olvidar lo que dijo antes Gangrel, se alejó del ejército, yendo a una tienda en particular, donde le esperaba por supuesto la persona más importante de Plegia sentado, a punto de que le sirvieran el té.

—Disculpe la demora su Majestad. He estado ayudando un poco a las tropas con la tarea. Ya tenemos algo más de visibilidad en el campamento por lo que les resulta más sencillo moverse—comunicó Vincent a la vez que se acercaba a la mesa dentro de la tienda, la única persona ajena -el mayordomo- sirviéndoles una taza de té a cada uno. Observó a quien habría sido su compañero de profesión no mucho tiempo atrás de no haber sido por el ascenso del rey Gangrel, quien le había apartado de un mundo de servidumbre con un solo título. Era un muchacho joven, quizás de unos quince años o dieciséis, tímido y recatado, más bajo que Vincent. Al verlo entrar en la tienda lo había recibido con una reverencia bien pulida, mas aun así algunos tics todavía delataban lo nervioso que estaba al servir a una persona tan importante. El arquero le dio un sorbo a su taza, asintiendo para sí mismo. El mayordomo dejó escapar un suspiro silencioso, dejando la tetera en medio de la mesa.


Las comisuras de los labios de Vincent se elevaron disimuladamente.

—¿Hemos recibido alguna noticia del Rey de Renais? ¿Ha habido algún movimiento por su parte?—preguntó el barón a su rey, quien estaba bastante tranquilo con la invasión de Carcino, a pesar de que todavía les quedaba Renais y posiblemente Jehanna, para a lo mejor pasar al continente de Tellius. Era un hombre ambicioso el emperador Gangrel de Plegia.
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Mensaje por Gangrel el Vie Feb 08, 2019 5:29 pm

Lo tenía todo pensado. Su plan era sencillo. Moverían con sigilo el carromato con todos los muñecos de paja preparados para aparentar ser soldados, y así atraer la atención de los emergidos hacia ese punto concreto. Posteriormente, ladrones y demás seres con mayor visión quemarían aquel carromato con todos los muñecos y así podrían tener no solo una fuente de luz con la que ubicarse el grueso de las tropas, también bastantes emergidos dañados por la repentina llamarada. También tenía otra sorpresa preparada en forma de barriles que deberían cargar sus tropas. Y esos barriles… Tenían una sustancia muy útil… Una especie de sucedáneo del Agua de Grima. Pero… Un sucedáneo mil veces más potente. Si bien su intención era usarlo en mar, era tan aplicable a la guerra en tierra que podía permitirse una nueva muestra de fuerza a los suyos. Solo se necesitaba agua… Y de eso tenían mucha, en forma de niebla. Era inestable, a veces no funcionaba y por eso solo habían cargado un barril con el arma. Pero todo debía perfeccionarse. Y ese sería un fantástico experimento.

La industria de la explosión y la química había interesado mucho al rey. Tanto que en los Tercios del Hálito Negro, el nombre que recibían los batallones plegianos destinados al salvamiento del continente de Magvel, se había creado un departamento con el nombre de “Ministerio de la Blasfemia”. Estos se encargaban principalmente de crear armas químicas como lo eran la brea. Y uno de sus nuevos juguetes tenía la forma de fuego. También estaban trabajando en crear formas con las que disparar en mar, aunque iban muy mal todavía en ese aspecto, y también crear estructuras como barcos más efectivas. El ejército plegiano estaba sufriendo en Carcino un proceso de modernización que pondría contra las cuerdas a los emergidos del lugar. Y una de las armas más potentes y prometedoras por su imposibilidad de ser extinguida era la que Gangrel todavía no había bautizado de ninguna forma. Todavía.

Formada por cal (algo que había en cantidades bárbaras en Plegia), azufre, y demás sustancias como el nitrato de potasio (al cual también se le llamaba “Sal” porque… Bien, la época no permite mucho más) que también hay en desiertos, el arma podía propagar fuego… En el agua. Y era imposible apagarlos con agua. Simplemente, imposible. Eso avivaba la mezcla y la volvía más volátil. Por eso mismo, Gangrel sabía que su plan iba a surtir efecto. Y podía permitirse tomar un té tan tranquilamente como si en menos de una hora fuera a matarse contra los emergidos, seres que si bien respetaba por su poder militar, no quería tampoco ser considerado como un “señor de un imperio emergido”. Los expulsaba de sus tierras, pero poco y empujándolos más bien, asegurándoles el terreno en otros países. Solo en Carcino estaba haciendo una excepción ignorándolos en gran parte de los casos. Así lo había pedido el Ministerio de la Blasfemia, en el que él tomaba el cargo de Ministro provisional, y así iba a ser. Eso de tener poderes plenipotenciarios era bastante útil para acabar con la burocracia innecesaria…

Pero de todas formas, lo importante ahora era terminar esa taza de té y luego ir con todo contra la ciudad que se disponían a tomar ese día. La llegada de Vincent produjo en los labios del rey una sonrisa. Y es que la conversación pintaba interesante. Sobre su nuevo gran aliado y protegido, Ephiram.

-Tuve una reunión con él hace poco. Y muy positiva. Todavía se ha de hacer oficial el acta, pero la hermandad entre reinos está asegurada. En poco tiempo tendré a mis espaldas el cargo de protector de Magvel. Es un joven apasionado y tal vez demasiado adicto a la guerra. Justo como yo cuando tenía su edad. Debe levantar un país, y eso es duro. ¿Qué opinas tú de él, Bean? Es más o menos de tu edad, tengo entendido. Y aun así, no está ni casado ni tiene hijos… Esto puede ser una fantástica forma de crear lazos imperiales y poder crear mi propia casa real

Y es que si algo afligía al rey de Plegia es que no tenía apellido ninguno. Había pasado noches enteras buscando un heredero digno (entiéndase esto de la forma correcta), pero nadie podía dárselo. Muchos hijos ilegítimos del monarca existían, muchos de ellos muertos, y ni uno solo reconocido. Sin embargo, sabía dónde podía encontrar a un par de ellos. Y lo último que le faltaba para ser un emperador con todas las de la ley era un apellido fuerte y que hiciera temblar.

-Considero necesario que Plegia tenga aliados fuera de Akaneia. Es por eso que en breves tendrás misiones diplomáticas en Daein y Durban, que veo como potenciales aliados, el último especialmente en el aspecto mercantil. Podríamos aprender mucho de su armada… Y ganar algo tan útil como lo es el dinero. Puesto a que obviamente, las arcas se están vaciando poco a poco. Deberemos rellenarlas con comercio y demás. Manster podrá ser una gran mina y Carcino una excelente forma de controlar el mapa. Eso nos da ventaja. Pero necesitamos aliados. ¿Cuál es tu criterio sobre mí nueva política, Vincent?
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Mensaje por Vincent el Dom Feb 10, 2019 11:50 pm

El arquero dejó la taza sobre la mesa, sopesando la pregunta que le dejaba en sus manos el pelirrojo. Que mencionara su edad, que hiciera uso de esa actitud se asemejaba a la de una madre intentando convencer a un niño de jugar con el crío nuevo del pueblo al que nadie se quería acercar. Si fuera mujer, ¿Gangrel le hubiera casado con algún noble para expander la influencia de Plegia? ¿O debía continuar sospechando de las intenciones hacia su persona con respecto a los matrimonios? A saber con quién lo emparejaba. Ese hombre haría lo que fuera para conseguir que su país no solo surgiera del lodazal en el que se encontraba sino hacer que se elevara hasta los cielos.

—El rey de Renais se precipita demasiado al actuar. Pensó que ganaba al unir guerra y salvación de su pueblo en una sola frase, mas nos ha dejado el resto del continente; se ha rodeado a sí mismo. Por lo que me ha comentado tampoco habrá libertad de culto, lo que puede resultar en revueltas si no se maneja correctamente la situación. Lamentablemente no veo en Ephraim su potencial, Rey Gangrel. No solo se deja manejar fácilmente, sino que algún día eso le costará el país y la vida. Demasiado impulsivo para un regente. Esa persona no debió ascender al trono, lo que demuestra que la sangre no hace a los reyes. Creo que es un debate que trasciende generaciones, ¿no?... ¿Se nace o se hace? Un guerrero quizás, ¿pero rey…?—negó con la cabeza, tomando otro sorbo de té después de haber dejado tanta palabra salir de sus labios.

Se acomodó en la silla, todavía con aquella expresión cubierta por la sombra de un futuro no tan grato para el país vecino. La sonrisa había desaparecido de sus labios, diferentes posibilidades recorriendo su mente.

—Puede ser amado como un rey que recuperó su patria tras mucho tiempo bajo el yugo invasor, no lo dudo. La duda es…¿Se sentará ese hombre en el trono para ordenarlo, dirigirlo y restaurarlo? ¿Será capaz? Son meras conjeturas he de admitir. Ya se verá a su debido tiempo—asintió el joven.

Escuchar sobre más viajes hacía que el embajador sufriera un tic. Mantenía la mirada fija en su monarca, sin cambiar en absoluto su cara. Dejaba casi de respirar. No iba a establecerse nunca en ningún sitio. Esperaba una buena paga, dinero con el que comprar una casa y marcharse a la montaña a morirse por ahí. Oh cierto, que no tenía ese derecho. Recórcholis. Qué lástima de leyes plegianas y caprichoso emperador. Lo peor es que quería saber cómo continuaba todo aquello. Estaban invadiendo todo el mapa prácticamente.

—Está tomando la decisión correcta. Sin aliados Plegia, aunque poderosa, puede verse superada. Si comenzamos a abrirnos al mundo será un punto a nuestro favor. Ruego a su persona que tenga cuidado en los aliados que elige—miró brevemente al muchacho para que le sirviera más té—Aunque todo trato sea de dar y recibir, que no se aprovechen de usted. Sé que es lo suficientemente astuto como para sacar provecho de cualquier situación, mas si hay más de un rey decente en este mundo, intentarán igualarle—el chorro de té cayó en su taza, escuchándose el chapoteo entre los dos. Agradeció al mayodormo, llevándose otro sorbo a los labios.

—Sé que puede ser anticipado, ¿mas sabe con qué personas deberé tener el placer de una charla?—preguntó el barón con calma.
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Mensaje por Gangrel el Lun Feb 11, 2019 10:50 am

Sí. En caso de que Vincent fuera una mujer ya estaría casado con algún noble de cualquier otro país, y Gangrel no lo iba a negar. Nada más haberle entregado el título le habría buscado pretendientes en las altas cunas de otros reinos. Y su género tampoco le importaba, que aun así también barajaba la opción de casarlo. Todo era al fin y al cabo un factor que podía aprovechar en sus planes, incluso el estado civil de los suyos. De cualquier manera, ya hablaría del tema con Vincent más adelante. Mucho más adelante. De momento lo imperativo era descansar antes de… “Tomar prestada” la ciudad emergida. Y hablar de Ephiram.

A ojos de Gangrel, poco le importaba que este fuera o dejara de ser un buen rey. Era un buen títere, eso era lo importante. No necesitaba más. Incluso podría añadir al gobierno del joven ministros plegianos para poder controlar el país como un satélite de influencia.

-El rey nace… Pero ha de hacerse a sí mismo para poder considerarse así. Incluso en las familias nobles hay príncipes herederos que jamás serán reyes, solo nobles. Un rey es aquel que pueda llevar a su pueblo al orden y la unión. Yo uní a mi pueblo contra el tirano que estaba antes que mi persona -el rey daría un corto sorbo a su taza de té, para luego quedarse mirando cómo el humo de aquel caliente líquido ascendía entre la neblina para luego desaparecer- Aunque odie admitirlo, Emmeryn es una buena reina, porque unió a su pueblo en un falso mensaje, pero lo hizo. Ephiram, así pues, es un buen rey. Ha unido a todo su país con la guerra -lo decía con total seriedad. Se podía notar en su mirada, de la que había desaparecido aquella chispa vivaz tan característica de su persona y que aparecía cuando estaba demasiado… Emocionado- Es increíble que Renais, con una clase política tan inepta, siga existiendo como nación, pero aún así, ahí están. Al borde de resurgir de sus cenizas. -claro que en un panorama diferente, y ahí daba la razón al barón. En muy poco, Plegia tendría toda Magvel a sus pies, y la usaría como le fuera conveniente- Una nación guerrera y noble. Y que en muy poco tendrá el culto de Grima como oficial

Una conquista más en el sentido espiritual que le había hecho ganar fama con las esferas de más importancia de la iglesia. Las revoluciones y protestas de aquel lugar serían frenadas con lo de siempre, represión y ley marcial. Eso no le preocupaba, todo lo contrario. Más bien, si Ephiram tomaba el culto de Grima como suyo, muchos lo harían por seguir al líder del rebaño. Así funcionaban las sociedades, al fin y al cabo. Un pastor guiaba a todos. Y el resto obedecían. El pastor en Plegia era Gangrel, quien estaba a punto de terminar su taza de té mientras pensaba en cómo responder al joven, en Renais, lo sería Ephiram. Nunca habían excepciones en un mundo tan simple como lo era ese en el que todos estaban condenados a existir.

-De momento no deberás hablar con nadie. Pero me interesa especialmente Durban. Son un país rico, poderoso y con una armada que podría rivalizar con la nuestra. Y ateos de religión. Y con un imperio que se expande a dos continentes. Es importante ser aliado de naciones así de inusuales... -cortando repentinamente sus palabras, el rey se miraría la mano, moviendo los lados robóticamente- Aunque cada vez me siento más fuerte, más rápido. Creo que esto de luchar nos vuelve muy fuertes… Así pues… ¿Qué te parece si vamos ya a la batalla, Bean? Si anochece, estaremos en problemas
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Mensaje por Vincent el Sáb Feb 16, 2019 7:08 pm

El sirviente se levantó de la mesa, dejando la taza de la que había bebido no hace mucho sobre ésta. Casi se le había escapado un sorbo al escuchar un elogio hacia Emmeryn como reina, muy bien disimulado el desliz. Curvó sus labios forzosamente, el muchacho que les servía el té preguntándole si deseaba más. Negó con la cabeza, caminando por la tienda casi meditabundo.

—Es un país con supremacía mágica. Los magos de plegia no tendrían ningún problema en su territorio… Conseguir sus permisos es hablar de otros trámites—confesó el arquero, quizás ya plagado de las pesadillas que le provocaría tal papeleo. Por cada soldado una licencia. En Plegia había miles… Miles de licencias que aprobar. Circular con armas por Durban estaba prohibido. Grima pillara confesado al idiota que paseara con una sin documentación. Al calabozo.

Se inclinó el barón con fluidez, dejando a su paso el aroma a mar que traía consigo tras varias semanas de travesía. Necesitaría una ducha tras la batalla, una muy urgente. Llegó a tirar de una de sus mangas, girar su cabeza y olerse cerca de su hombro, sus fosas nasales inundadas por las corrientes salinas que lo perseguían. Apartó rápidamente su cara con el ceño ligeramente fruncido, ya creciendo su fatiga ante el olor del océano. Se había convertido en un lobo de mar sin darse cuenta, persiguiendo al regente de su país al igual que su sombra, fiel compañera desde el principio de los tiempos… salvo en los más oscuros caminos.

—Grima salve a Plegia, su Majestad—hizo el saludo a la romana como todos debían, asomándose ligeramente por la puerta de la tienda de campaña, aunque más que puerta era tela colgante. Cortinas era un hermoso cumplido. Retrocedió ligeramente ante la humedad inminente, encogiendo brevemente la nariz—Iré alistando al caballo. Todos estaremos preparados para partir junto a usted—sentenció Vincent, saliendo finalmente de la tienda real. La niebla no era tan densa como antes, mas continuaba siendo una molestia para la batalla. No desaparecería por lo menos hasta entrada la batalla… Quizás hasta su final si sus cálculos no eran erróneos.

El ejército de Plegia comenzó a formar filas, los carromatos listos, muñecos y antorchas preparados. El saetero acarició el morro de su caballo, algo intranquilo por la espesura. Se montó sobre él con agilidad, tomando las riendas de su corcel. Chisqueó varias veces con la lengua, el semental azabache moviéndose hacia delante despacio, siguiendo el camino que le dictaba el movimiento de las riendas. No tardó en llegar hasta las primeras líneas, asegurándose de que todo estaba en orden.

Solo faltaba el actor principal.
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Mensaje por Gangrel el Mar Feb 19, 2019 3:45 pm

La burocracia de otros países era algo que no le podía importar menos. Tenía especialistas en el tema trabajando para poder convertir lo que algunos reinos creaban como una forma de mantener la autarquía en ventajas para Plegia. Él solamente debía dar la orden y sabía que tendría los permisos que fueran necesarios, siempre que desde el otro lado hubiera voluntad de diálogo. Pero eso daba igual. En esos meses, se había convertido en un general más del ejército, un estratega. Cuando volviera a palacio volvería a su ser filosófico y más profundo, dispuesto a hacer frente a las estrategias políticas. Dejaría hasta ese momento el gobierno más… “Teórico” a los suyos, aunque no le gustara. Obviamente, como rey que era, no podía estar por todo.

-No esperaba menos del Barón Vincent de Manster -el rey sonrió ligeramente al decir el título nobiliario que le había concedido al joven. Era hasta cómico, teniendo en cuenta que normalmente le llamaba “Bean” a secas- Ese es el espíritu que todo plegiano debería tener para poder conquistar Carcino, Manster, Jehanna, Thracia… Lo que se nos ponga por delante. El lugar es indiferente.

Y sin mediar más palabras, el rey observó como su siervo desaparecía de la tienda de campaña. Era obediente. Y mucho más importante. Se notaba que en él había verdadero amor a Plegia, a Grima y a la figura del emperador. Un respeto que quizá había logrado tener tras su ascenso al título de noble. Si tan solo pudiera dar ducados y señoríos a todos sus siervos… Sabía que entonces todos le serían fieles. Pero no. Debía buscar medios más efectivos para llegar al poder sin perderlo en el camino. Uno de los métodos más efectivos, según había visto, era quitarse las ornamentas de oro y ponerse a luchar con todos como uno más. Es decir, lo que se disponía a hacer ese día.

Gangrel salió de la tienda de campaña una vez se aseguró de que iba lo suficientemente armado. Y con suficientemente armado, signficaba que literalmente en toda su armadura habían miles de compartimentos con armas que podría lanzar si alguien que no iba bajo el estandarte de Plegia se movía demasiado cerca de él. Y uno de sus escuderos le traería el corcel blanco que ya le había acompañado a absolutamente todas sus campañas. Había llegado la hora de tomar la ciudad. Montado sobre su noble caballo, tardaría cuestión de media hora en llegar a la primera fila, donde ya estaban preparando el ataque a aquella ciudad.

Había dividido anteriormente su ejército en dos fracciones, una minúscula iría por el este (hablaríamos de diez personas, que llevaban las antorchas y el material inflamable que el rey había encargado crear) y el resto esperarían antes de entrar. Harían estallar la paja y demás para hacer que las llamas alertaran a los emergidos, quienes posiblemente lanzarían agua para poder apagar el fuego. Y eso sería un grave error, porque la sustancia creada por los suyos era muy resistente a la extinción por agua… Demasiado. Por eso mismo la cantidad que se iba a utilizar no superaba los dos barriles, para no quemar la mitad de Carcino erróneamente. El hecho es que ahí iba a arder mucho, lo cual haría que la visibilidad aumentara para los suyos, que debían estar ocultos en matojos y la espesura cercana. Por eso mismo, había ordenado que quienes estuvieran en el ataque fueran guerreros de infantería ligera, muchos armados con picas y los que no con arcos o algún que otro mago de fuego. El ataque consistiría en rodear a los emergidos que salieran a detener el avance de las llamas y aprovechar la confusión previa para entrar en la ciudad y tomarla sin mucho revuelo.

El ataque empezaría en cuanto los que se encargaban de hacer prender todo lanzaran las antorchas.

Y las llamas se desatarían.

Y los emergidos saldrían de sus madrigueras, buscando una explicación a lo que estaba sucediendo, mientras los humanos permanecían ocultos más allá de las llamas.

Y cuando el rey vio que una gran cantidad de emergidos había salido, no demasiado armada, dio la orden.

Y las tropas de Plegia darían comienzo al segundo acto del dantesco espectáculo en el que se convertiría todo aquello, entre ellas, un poco alejado para pasar inadvertido y poder matar desde la distancia, como era común en él, se encontraba el mismísimo rey de Plegia y emperador de Carcino.

La batalla había empezado. Solo era cuestión de tiempo que finalizara tras haber obtenido una fuente de visibilidad tan útil y haber acorralado a sus enemigos tan rápidamente. Un grito de guerra inundaría el cielo. Era una frase simple, que en ocasiones normales no intimidaría demasiado. Pero cuando ellos la gritaban, cuando salía de las gargantas de quienes portaban la patria de Plegia en sus venas, se convertía en el grito de guerra más terrible de todos.

-¡GRIMA SALVE A PLEGIA!
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Mensaje por Vincent el Miér Mar 13, 2019 8:36 am

Nunca pensó que la vista de una ciudad en llamas fuera tan hermosa. Ni siquiera era entera, un rincón que llamaba a los emergidos cuales polillas a la luz. Vincent sabía que era la hora, todos lo sabían. No pasó demasiado tiempo hasta que los enemigos se vieron rodeados de plegianos dispuestos a masacrarlos, él incluído.

—Grima salve a Plegia—susurraba el arquero a la vez que sus flechas comenzaron a volar por el aire, saetas malignas y mortíferas que derribaban seres sin alma que se debatían entre el fuego y ellos, un ejército preparado para esa concreta situación. La infantería a paso ligero embestía a los ilusos que se habían creído la estrategia del fuego, las picas atravesándolos sin piedad, incluso los soldados probando, relamiéndose ante el dolor y la victoria de sus armas puntiagudas sobre las armaduras, los huecos que dejaban los seres negros de ojos carmesí. Vincent compartía uno de esos ojos, no tan brillantes ni particulares, mas sí curioso para muchos. Mas al menos él no formaba parte de un ejército cuyo destino era definitivamente la derrota.

Más emergidos salían de las casas, de los edificios principales. Vincent no hizo sino dejar el caballo fuera, escalando por las ventanas, por los recobecos de una ciudad ya de por sí acabada. Desde los tejados avistaba a los openentes desde una distancia prudente, la niebla que aún no se disipaba por el fuego sirviéndole de camuflaje. Gastaría numerosas flechas, debía contarlas bien, porque una ciudad de tal calibre tendría no solo muchos recursos sino tropas, no importaba lo sencillo que Lord Gangrel viera la conquista de tal sector.

A lo lejos consiguió divisar a uno de los generales. Su armadura, su montura, todo indicaba que era una persona importante dentro de dicho destacamento. Las comisuras de sus labios se elevaron hasta formar una perturbadora sonrisa, la saeta cruzando el campo de batalla.

No obstante, sucedió algo que no esperaba en absoluto.

Una flecha atravesó el cuello del general, una plegiana, mas no la suya, la cual acabó aterrizando sobre un soldado raso que había intentado proteger a su líder. No le inquietó la presencia de alguien que no hubiese visto, sino el perforante sonido de una flecha que no era suya rozando su oído, atravesando finalmente su bíceps.

El rubio no emitió siquiera un gemido. Mantenía el brazo recto, tal cual la flecha lo había ensartado, girándose en dirección a su origen. Lo que vio fue un arquero emergido desde el tejado de una cada adyacente, preparando otra de sus flechas. El plegiano no hizo sino reírse de esa situación, manteniendo el brazo recto. Lo observaba al igual que un felino a su presa. Le advertía. “Si fallaba su tiro, él le respondería.

Otra saeta traspasó el aire con velocidad, mas Vincent consiguió que tan solo le rozara la camisa en la parte inferior del abdomen, a su derecha. Sacó con su brazo activo la flecha de su carcaj, la cual acabó -aunque con un pulso algo cuestionable- en el pecho del emergido. Ambos, él y el enemigo, cayeron por sus respectivos tejados, el plegiano aferrándose a los bordes de las ventanas ferozmente con sus manos e intentando descender con cuidado por la fachada del edificio. Su brazo izquierdo, inmovilizado, no era sino una carga para el arquero. Por mucho que se colgara el arco a su espalda, no sería un impedimento menos para que de su herida en el bíceps aflorara la sangre.

A una distancia prudente del suelo se dejó finalmente caer, sus pies retumbando contra el pavimento. No perdía su sentido del humor mas era sin duda una herida molesta. Si no había tocado un nervio preciso… Podía continuar.

Tuvo que ocultarse tras un carro cercano, sujetando la parte del astil más cercana a la pluma. Apretó los dientes para finalmente sacarla de un tirón. “Me cago en Naga y en las flechas y en la madre que me…”. Vincent no se detuvo a maldecir en esu mente, rompiendo parte de su camisa para vendar la herida. Rodeó la herida con lo que llamaría un trapo, vendando con esmero y fuerza la herida para no desangrarse. Se levantó poco después, avanzando hasta la entrada para buscarlo. Sí, necesitaba encontrarlo.

—¡MÉDICO!—gritaba el arquero vendado, circulando entre sus compañeros. Que mala suerte, de verdad.
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Mensaje por Gangrel el Sáb Mar 16, 2019 8:44 am

Y entre esa marea de soldados que en su máximo fervor luchaban por la patria a la que servían, entre esa masa de emergidos que iban cayendo poco a poco a medida que las tropas del imperio avanzaban, se encontraba el emperador. Armado simplemente con dos dagas que hábilmente llevaba en las manos, moviéndolas poco a poco, y con la poca protección que le brindaba su armadura dorada, Gangrel paseaba por ahí como si eso fuera un espectáculo. Lamentaba terriblemente tener que hacer eso. Pero era necesario si quería pasar a la historia como lo que era, el más grande estratega y rey que jamás tendría Plegia.

A medida que el rey caminaba, las tropas avanzaban con él. Letal sería para ellos si salía herido de alguna forma el de cabello carmesí. El hecho de estar presionados les obligaba a ser más fuertes contra el rival emergido. No podían permitirse fallos. Aunque el rey no fuera un príncipe indefenso (y bien lo demostraba cuando un emergido se le acercaba lo suficiente, utilizando su prodigiosa agilidad para acabar con él antes de que pudiera salir en exceso dañado), su integridad física era asunto de estado. Si salía herido por culpa de la ausencia de protección, el castigo sería terrible. Todos lo sabían.

Pero a él le daba igual. Seguía luchando. El ataque había sido orquestado para dar cantidades quirúrgicamente calculadas para ser exactamente lo necesario a una velocidad máxima, dando en cada punto con toda la fuerza para poder seguir el avance con frenesí. Por eso mismo, las tropas no se detenían. Los emergidos a duras penas habían podido armarse, lo que les daba una ventaja circunstancial.

Cada dos o tres minutos, el rey se daba a sí mismo el lujo de mirar hacia atrás, para ver qué estaba pasando en la retaguardia. Como era de esperar, sus arqueros hacían estragos en las filas enemigas. Si conseguían forzar a los emergidos a reunirse en una calle, la tarea de aniquilarlos sería más simple. Rodearlos rápidamente, acuchillaros cuando no miraran. Y qué hermoso era para él ver cómo entre los que lanzaban aquellas incesantes lluvias de flechas estaba su fiel aliado, Vincent.

Giró el rostro para encararse con un emergido de casi dos metros que se le había conseguido acercar sin ser percibido. Tal vez estaba haciéndose viejo. Cuando era joven, podía escuchar los pasos de alguien a metros de distancia. Algún día se plantearía dejar el ejercicio de las armas. Pero no ese día. Por eso mismo, cuando aquella silueta gris hizo descender su grandiosa hacha sobre él con la intención de acabar con su vida, no hizo más que utilizar una técnica que ya había conocido en sus combates en Manster: el desarme. Con mover un poco la mano y golpear en la muñeca en el momento justo era suficiente como para hacer caer el arma de un rival. Y cuando eso pasaba… Resultaba todavía más fácil asestar un letal corte en la garganta. Y punto. No había más. Solo con eso, podía zafarse lo suficiente y lanzar el problema contra algún soldado más fuerte que acababa con él.

Con eso hecho, volvió a girar el rostro. Ya no estaba Vincent. Y eso era inquietante. Sabía que no tenía que hacerlo, que por mucho que cayera ese rubio era una tropa menos, pero… Algo le obligó a hacer lo que hizo. Agarró por el pescuezo a un soldado al que veía algo despistado y no se estaba enfrentando a nadie y lo acercaría hacia él, para darle una simple orden.

-¡Sigue caminando y que todos avancen contigo! ¡Como retrocedamos el más mínimo metro, desgraciado, acabo contigo y toda tu estirpe!

Y con eso dicho, a una envidiable velocidad típica de cualquier thief, iría retrocediendo, protegido por las batallas que los otros libraban, hacia el lugar donde supondría que se estarían escondiendo los heridos más graves. Ahí estaba. Lanzó un par de maldiciones por lo bajo respecto a los típicos asuntos que utilizaba para desahogarse cuando se encontraba con una situación desagradable. Y mientras se le acercaba, sus palabras empezaron a ser más audibles.

-¡Me cago en Naga y la zorra de su Venerable! ¿¡Se puede saber qué te ha pasado, Vincent!? -refunfuñó. Miró a ambos lados- No hay médico que valga, estúpido. Te recuerdo que esto debía ser una misión de sigilo máximo. Traer curanderos no hubiera servido para otra cosa que retrasarnos… ¡Mierda! ¿Llevas pócimas encima? Siempre podemos retroceder y dejar al cargo a otros, el campamento no está tan lejos… ¡¿Pero se puede saber cómo te has hecho eso?!
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Mensaje por Vincent el Dom Mar 24, 2019 5:28 pm

Chasqueó con la lengua.

—Me cago en...—casi termina la desdichada frase, mas le interrumpió un grito de salvación, un milagro caído del cielo.

—¡Vincent-sama!—¿Sama? ¿Eso no era de Hoshido? El rubio giró su cabeza de un lado a otro hasta que vio al joven que los había atendido en la tienda de campaña sirviendo el té. El chico cargaba con vendas y unos tarros, yendo de un lado a otro, pero en ese concreto instante, se dirigía a él. Eran pasos cortos pero rápidos, haciendo el intento de no derramar nada. Cuando se halló frente a él, el muchacho hizo una breve reverencia a Gangrel para comenzar a desarmar el vendaje provisional que había realizado Vincent. La sangre ya fluía fuera de la herida mas el joven -por lo visto de procedencia hoshidana- le untó aquel ungüento sobre la herida, luego vendando en condiciones el brazo. Sonreía el muchacho complacido por su propio trabajo. El arquero continuaba sorprendido, mas el chico retomaba la conversación—Tómese una poción y podrá volver a la batalla. Debo continuar con los heridos—y tal como vino, se fue. Por unos momentos se quedó pasmado, pero finalmente sacó una vulnerary, de un trago se la bebió. Luego miró a su monarca levemente perplejo—Resulta que tenemos un buen...asistente—parpadeó varias veces antes de flexionar con cuidado el brazo herido. Dolía menos eso sí.

—Un arquero emergido en un tejado cercano. Estaba escondido y atacó en cuanto derribé a su general. No ha dado a ningún nervio y parece que el músculo está bien...—Se levantó con cuidado, tomando el arco nuevamente entre sus manos, una sonrisa ladina recorriendo sus labios—Entonces tengo más guerra que dar—susurró, girándose hacia su soberano. Se inclinó ante él—Volveré entonces a mis deberes Lord Gangrel. Inspeccionaré las alturas en busca de más arqueros e incluso magos. Me costará un poco más pero qué se le va a hacer… Un plegiano no deja las trifulcas a medias. Ahora si me disculpa mi señor… Es hora de mi cacería—pronunció casi amenazante, su mirada semejante a la de un depredador en busca de su presa a pesar de aquella cordial sonrisa que siempre mantenía.

Así pues el rubio partió a paso ligero al edificio más cercano, cerciorándose de que ya no quedaba ningún enemigo dentro. Conforme avanzaba por el interior -habiendo cerrado la puerta tras su entrada- y subía las escaleras, claramente estaba vacío en todos los pisos. Aprovechó entonces una de las ventanas del último piso para volver al tejado, lo que con un brazo semi inmovilizado era un poquito más complicado; aun así lo consiguió.

A partir de ahí la batalla se tornó un infierno para los desprevenidos emergidos.

Flechas atravesaban cabezas, gargantas de magos, arqueros que intentaban huir de él por los tejados. También para los soldados que intentaban subir a ellos. Varios aliados se unieron a él, dividiendo la fuerza enemiga, desperdigándolos y haciendo que los emergidos perdieran el orden que alguna vez quizás tuvieran. Vincent no podía estar más contento, ni la nación plegiana tampoco. Los emergidos achantados por un simple arquero… Había que tener poca vergüenza. No ocultaba la superioridad que sentía en las alturas.

Que ardieran por las llamas de Grima.
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Mensaje por Gangrel el Sáb Mar 30, 2019 6:14 pm

Miró aliviado cómo uno de sus mercenarios reparaba rápidamente esa pequeña escenita. Un acto de heroísmo digno del ejército plegiano. Y es que en su país eso se premiaba, a diferencia de en muchas otras naciones. Los actos de valor por la vida del camarada y el sacrificio eran dos pilares fundamentales del ejército plegiano. Y él como emperador se sentía orgulloso de tales actos. Valor.

En los ojos de todos sus hombres, solo había valor. Cuando un arma iba a impactar contra uno de los suyos, otro se adelantaba para interferir en el golpe, o proteger al otro con su propio cuerpo si era necesario. Era hermoso. No era un ejército. Era una hermandad. ¿Y qué podía hacer más allá de sonreír? En su rostro había una sonrisa de pura satisfacción. Lo había visto en todos los frentes. En su familia solo había valor.

En el tímido Tyamat, que por su familia hizo destruir ciudades enteras con sus llamas mezcladas con el Agua de Grima. En Sarah, que por esa extraña mezcla de fidelidad y amor luchaba con él y lideraba por el aire a los suyos. En Vincent, que más allá de ese bello cascarón, era un plegiano de pura cepa, fuerte y valiente, sin temor a la muerte. En Hiren, que más allá de su máscara de estupidez era un valiente guerrero. En Rayink, su gran general mago. En Skjöld, su hermano de armas y el único mercenario al que consideraba su igual.

Y por primera vez, en el rostro de Gangrel apareció algo. Una chispa de frenesí diferente a la que siempre hubo en él. Ya no veía a los suyos como trozos de carne. Eran vidas, vidas que le rendían fidelidad y que luchaban por la Gran Patria. No tenía otra opción que compensarlos.

Avanzaría unos pasos al frente, al ver que Vincent ya se encontraba nuevamente operativo. Sabía que sus palabras eran más poderosas que todas esas lanzas. Y las utilizaría en esa ocasión nuevamente.

-¡Tercios del Hálito Negro! –iba caminando, dirección al frente- ¡Ahora lo comprendo, hermanos míos! ¡No somos compañeros de armas, somos una familia. ¡¡SOIS MI FAMILIA!! ¡Y lucharemos juntos por y para la familia! ¡Soy vuestro rey, camaradas! ¡PERO TAMBIÉN VUESTRO AMIGO! ¡ACABEMOS CON ELLOS! –tomó aire. Ahora llegaba la parte en la que sus pulmones solían salir dañados- ¡¡SÉ QUE NOS ODIAN!! ¡SÉ QUE MÁS ALLÁ DE NUESTRAS TIERRAS SOMOS REPUDIADOS COMO BÁRBAROS, QUE YO SOY EL REY PEOR VALORADO DE TODOS Y QUE NO HE PODIDO BRINDAROS TODAVÍA DE PLATOS LLENOS! ¡QUE SIEMPRE SERÉ RECORDADO COMO UN TIRANO! ¡PERO NO PIENSO TOLERAR QUE MIENTRAS YO ESTÉ EN PIE, MURÁIS EN VANO! ¡Y QUE SEPÁIS QUE SI CAÉIS EN EL DÍA DE HOY, YO ME HARÉ CARGO DE VUESTRAS VIUDAS E HIJOS! ¡ESTO YA NO ES UNA CONQUISTA, CABALLEROS, NO ES UNA CRUZADA! ¡HA TRASCENDIDO A SER UNA GUERRA ENTRE LA RAZÓN Y EL CAOS! –señaló al frente. Al lugar donde los emergidos resistían, siendo destrozados por todos los flancos- ¡ASÍ PUES, HERMANOS MÍOS, A LA CARGA! ¡QUE NUESTRAS LANZAS Y ARMAS CAIGAN SOBRE ELLOS COMO RAYOS SOBRE LA TIERRA! ¡¡¡¡¡GRIMA SALVE A PLEGIA!!!!!

El grito se extendió. La motivación aumentó. Gangrel mismo se dirigió con los suyos a combatir. Y mientras más y más flechas destruían todo lo que se ponía frente a ellas, lo mismo hacían las dagas del emperador. Emergidos caían repentinamente por cuchilladas en la espalda, para luego ver cómo una figura de dorada armadura iba a por el siguiente y lo mataba de esa misma forma. Todo el rato.

La ciudad caería poco a poco. Estaba claro. El fervor plegiano se notaba en todas partes. Ya no lo veían como una guerra contra los emergidos. Era la defensa de su honor. Y nadie iba a permitir ahí que este se les arrebatara. Los gritos desgarraban las gargantas de todos los plegianos. Ya no habían bajas. Avanzabas cientos de metros por calles y calles repletas de cadáveres emergidos, y ni un solo guerrero plegiano que constatar.

Y en menos de media hora más de combate, algo hermoso pasó. Algo digno de ser recordado. Gangrel llegó a una antigua catedral que se mantenía en pie. Y le acercaron una bandera de sus Tercios, con la heráldica que le pertenecía en ella. Ascendería por las antiguas escaleras hasta el campanario. Y una vez ahí, colgó la bandera. Ya estaba hecho.

No pudo evitarlo. Le salió del fondo del alma. Cuando estuvo ahí arriba, con todas sus tropas mirándole desde el fervor, de su boca salieron esas palabras:


-¡DÓNDE UN PLEGIANO NO LLEGA CON LA MANO,

QUE LO HAGA CON SU LANZA!
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