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[Campaña de conquista] Persiguiendo Emergidos sobre fundo ajeno [Privado; Hrist]

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[Campaña de conquista] Persiguiendo Emergidos sobre fundo ajeno [Privado; Hrist]

Mensaje por Sindri el Lun Ene 14, 2019 3:20 pm

Pues yo no creo que sea tan extraño, ¿Sabe usted? Desde los albores de la humanidad las personas humanas han intercambiado bienes y servicios entre ellos sin que medie ningún tipo de moneda. – repitió con voz molesta por decimoquinta vez en ese viaje mientras levantaba su mirada del libro que tenía en la falda y del que estaba tomando apuntes – No considero que fuera necesaria esa mirada de tener delante un bicho raro por no querer una contraprestación pecuniaria para mis servicios. ¿Sabe dónde puedo encontrar oro? En cualquier parte de este mundo. ¿Pero el conocimiento de los tomos de la biblioteca de Plegia? ¿Sabe lo mucho que cuesta copiar un libro? ¡Meses de trabajo! ¡Años incluso! Se lo digo yo, que he tenido que hacerlo en la Gran Biblioteca de Ilia. – normalmente era una tarea reservada para los bibliotecarios de mayor rango puesto que se consideraba que era un honor ser elegido para tal magna tradición. Obviamente los bibliotecarios que se acercaban a los setenta años no tenían la vista (ni el pulso) para esos trotes, por lo que pasaban la tarea a su inferior directo que, seguramente, tampoco tenía ganas de encerrarse en una habitación oscura para destrozarse la muñeca durante horas y horas a la luz de las velas, por lo que también delegaban tal trabajo. Y así la tarea bajaba por el tronco del árbol que llamamos jerarquía hasta las raíces. Los últimos monos que no podían denegar eran los bibliotecarios que acababan de entrar y, claro, todo el mundo sabía que copiar sin descanso palabras casi ilegibles era algo educativoTampoco creo que fuese adecuado que el funcionario en cuestión llamara a su superior… y que el superior llamara a su superior… y que su superior a su turno… – meneó la cabeza con un gesto apesadumbrado perfectamente fingido aún sabiendo que la mujer que controlaba el wyvern no podía verlo – Lo que quiero decir es que hay cosas más importantes que el oro en este mundo.

Y es que Sindri había aprendido una cosa o dos durante sus viajes en wyvern y uno de ellas había sido como aumentar su comodidad en tal lujosísimo transporte. Sí, vale, el animalito era el que volaba por el cielo azul cuál gaviota en mar abierto, pero el que tenía que estar sentado durante horas y horas sin fin era él. ¿Sabéis lo dura que es la piel de un wyvern? ¿Con sus escamas y todo? ¡Y los cuernos y otros pinchos! Pues bien, el Hechicero había encontrado una maravillosa manera de aumentar su confort durante aquel vuelo. Y verdaderamente había pasado de economy class a first class de un plumazo. Bueno, vale, business class. El muchacho no había ideado como convencer a la mercenaria para que le permitiera embarcar una azafata en el wyvern, pero tiempo al tiempo. Bien, ¿Todos preparados para la idea revolucionaria? ¿De las que revolucionan el mundo? Una, dos y… ¡Tres!

Cojines

Multitud de cojines. Unos encima de los otros, encantados para engancharse entre ellos hasta crear un asiento con un pequeño respaldo… que ya sabemos que los wyvern son como son y Sindri no quería aprender a volar todavía. Así pues, una pequeña (tampoco hay que pasarse, el pobre animal no tenía culpa de tener una fisonomía adversa a la comodidad y no le haría cargar con peso porque sí) butaquita con suficientes maldiciones para provocar un ataque al corazón de cualquier cazador de brujas proporcionaba un lugar al bibliotecario donde trabajar sin tener que estar enfrascado en no caerse del adorable bichejo comegalletas. Y un Sindri trabajador era un Sindri callado, como seguramente agradeció la mercenaria, a salvo de jugar al veo-veo en un mar de cositas que empiezan por ene.

Seguramente también agradeció que Sindri se hubiera agenciado en Plegia una novedosa y maravillosa tableta de escriba de madera de nogal oscura y ampliamente decorada al estilo del país. Un pequeño agarre para el papel de resistente acero bruñido (seamos realistas, no ibas a emplear plata para algo que se iba a manchar de tinta a los dos minutos de usarlo) aseguraba que el muchacho no se quejaría porque Logi volaba demasiado deprisa y le hacía volar las hojas de papel. En la parte superior de su fisionomía ergonómica, la tableta contaba con un lugar óptimo donde dejar el tintero que además libraba a la mercenaria de tener que limpiar manchas de tinta del pobre animal. Obviamente que Sindri no lo iba a hacer. Y el hecho de contar con un lugar donde poner velas significaría que el muchacho podía trabajar día y noche de necesitarlo puesto que, si bien sus ojos estaban más que acostumbrados a la oscuridad, la legibilidad de su caligrafía sufría percances significativos a plena oscuridad de las altas horas de la madrugada.

Bien. Carcino. – mencionó en voz alta para ser oído un buen rato más tarde mientras cerraba el libro y lo colocaba de nuevo dentro de su zurrón. Del mismo modo secó la pluma de cisne negra con la que escribía (¿Qué? ¿Alguien esperaba que fuera blanca?) con un pañuelito y cerró el tintero antes de proseguir – Carcino, aparte de ser el país con el nombre más feo que soy capaz de recordar, es una anomalía en sí mismo. Es una república mercantil, es decir, no tienen rey ni monarca, sino que se rigen por un sistema… ugh… democrático. Seguro que ya lo sabe, la plebe y el vulgo eligen en masa a su cabecilla y cualquiera puede serlo sin importar prestigio, sangre, ni dinastía. Y no es ni un cargo vitalicio. – por el tono de voz era fácil adivinar que Sindri no estaba de acuerdo con tal sistema de gobierno. ¿Qué tenía de malo el feudalismo? Era un sistema que funcionaba, no era tampoco el momento de reinventar la sopa de ajo. Pero no estaba ahí para opinar sino para ofrecer una ayuda no pedida consistente en un informe sobre el lugar donde se dirigían – Esta panda de mercaderes venidos a más ni siquiera contaban con un ejército profesional de ninguna clase. Ni una milicia siquiera. No la necesitaban, al parecer. Carcino contaba con una alianza militar con el poderoso reino de Frelia, al noroeste; Renais y Rausten eran países pacíficos sin motivos para atacar a Carcino; y Jehanna… Jehanna es un país cuya única exportación eran mercenarios. Carcino era el país más económicamente poderoso de Magvel. No era buena idea morder la mano que te alimenta. – seguramente ella lo sabía mejor que él… era mercenaria, al fin y al cabo. Pero poco de eso importaba, Magvel a día de hoy era un continente roto sin focos de poder importantes y que seguramente caería por su propio pie ante los Emergidos.

Algo que Plegia no estaba dispuesta a permitir – No me imagino qué querrá Plegia de Carcino. ¿Ventaja táctica? Haber elegido las frondosas tierras de Renais, mucho mejor lugar del que apropiarse. Yo imaginé que preferirían Jehanna. Ya sabe, Plegia es un desierto. Jehanna es un desierto. De oca a oca y tiro porque me toca. – Carcino todo lo que tenía era montañas… y no de las típicas que eran barreras naturales impenetrables sólo transitables por wyvern y pegaso, no. De las turísticas con quinientos caminos para atravesarlas. Caminos. Quizá eran los caminos. Carcino tenía rutas comerciales con todo el continente por lo que controlar el territorio daría ventaja para movilizar tropas en caso de ser necesario. Mas, de nuevo, Renais ofrecía también carreteras de calidad y una ruta de entrada al continente sin tener que rodearlo – Al parecer no hay muchos núcleos activos de población por aquí que puedan ofrecernos ayuda. Hay rumores que en la capital de Carcino hay grupos de resistencia a los Emergidos, pero todo lo que son es eso: rumores. Dejo a su elección si hacerles el más mínimo caso o no. – se encogió de hombros mientras decía eso aunque, de nuevo, sabía que la mujer no le estaba mirando puesto que debía asir los mandos del animal volador no identificado.

Ya sabe el plan, somos más una unidad de reconocimiento que de escaramuza. No tengo problemas en luchar un poco pero no aterrice en medio de una legión entera de Emergidos, ¿sí? ¿Por favor? – mencionó finalmente el Hechicero mientras comenzaba a empacar todo lo necesario para comenzar rápidamente el viaje una vez tomaran tierra. Ah, cuánto echaba de menos poder estirar las piernas…
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Re: [Campaña de conquista] Persiguiendo Emergidos sobre fundo ajeno [Privado; Hrist]

Mensaje por Hrist el Dom Feb 24, 2019 5:02 pm

–Le creo, le creo…

Llevaban un buen trecho de viaje a lomos de Logi, durante el cual el joven Sindri no había parado de quejarse, entre otras cosas, del trato recibido en la biblioteca de Plegia. Hrist no había pisado nunca un edificio así (ni siquiera en su Nohr natal), así que la escenita descrita por el ex bibliotecario, según el cual el funcionario de turno llamó a su superior, y éste al superior de éste, y éste al superior del superior del superior, y así sucesivamente, se le antojó harto extraña. Era como si un soldado del ejército de Nohr empezase a trasladar el recado de superior a superior, hasta llegar al mismísimo general que cortaba el bacalao en aquel concentrado de hombres y mujeres reclutados de todos los rincones del país.

Se había quejado también de la falta de comodidad de la silla de montar. ¿Qué esperaba? Era un wyvern, no un carruaje de la nobleza. A ella también se le quedaba el trasero (y lo que no era el trasero) plano de tantas horas allí a horcajadas sobre la silla. Pero se había acostumbrado, era parte de lo que suponía ser jinete de wyvern. Era como querer ser acorazado y quejarse de que la armadura pesaba y no permitía correr raudo y veloz por el campo de batalla. En esos instantes, la asaltó la fatídica visión de un enorme acorazado corriendo a toda velocidad en el interior de una iglesia en Grannvale, que se desprendía de ella en una extraña pirueta aérea, para revelar la identidad de cierto individuo ladino y delgado, cuyo nombre sabía pero no quería recordar.

–¿Tan feo le parece el nombre?– preguntó tras sacudir la cabeza unos instantes, como si eso fuese a librarla de aquella maldita visión.– ¿Es “Carcino” lo que le parece feo? ¿O esa palabra, “demo.. cráti…co”? –Ugh, qué palabras más complicadas usaba a veces la gente.

No lo conocía lo suficiente para estar segura de ello, pero algo le decía que usar esas palabras, o más bien que lo implicaban aquellas palabras, desagradaban enormemente al muchacho. A lo mejor había leído cosas horribles sobre esas formas de gobernar. Quién sabía.

–No he oído hablar mucho de Jehanna, la verdad. –Comentó distraídamente.– Ni siquiera la última vez que estuve aquí, en Carcino. Aunque eso fue bastante antes del torneo de Regna Ferox… ¿Así que es tierra de mercenarios?

¿Qué se habría hecho de Don Zifar y su vetusto wyvern? Le había visto por última vez en el torneo. Había ido avanzando milagrosamente en las rondas, hasta llegar a su combate contra Sindri. Se sentía con sentimientos enfrentados al respecto. Por un lado, parecía que toda la suerte de la semana había ido a parar a Don Zifar, que conseguía pasar de ronda sin apenas tener que sudar, casi siempre por abandono del rival. Por la otra, pensaba que estaba siendo injusta, pues si el hombre había llegado hasta allí, superando las preliminares, es que un inútil no era. Lo que hubiese dado por enfrentarse a aquel joven, el primer rival de Don Zifar (¿Cómo se llamaba? Izanna… ¿Izano? ¿Izan? Algo así…). No parecía débil ni amedrentable, pero por lo menos el combate habría sido más entretenido que recibir la solemne y directa paliza que le propinó el príncipe Pelleas.

–¿Qué qué querría Plegia de Carcino? Algo bueno le habrá visto, pero supongo que no se habrá interesado en Jehanna porque sería más de lo mismo: desierto.

Y hablando de Jehanna… ¿Tierra de mercenarios? Interesante. A lo mejor su media naranja era un mercenario salvaje de Jehanna. O a lo mejor no. Los designios de Anankos eran inescrutables. Nunca se sabía.

–A veces, los rumores se basan en algo cierto, aunque luego resulte que lo han deformado hasta dejarlo irreconocible… –repuso.– ¿Qué pasa, Logi?

El wyvern empezaba a acusar las largas horas de viaje. Su escueto gemido se dejó oír por encima del sibilante viento de las alturas. Aún podría aguantar unas cuantas horas más, pero no había necesidad de agotarle. Y menos aún en tierra hostil.

–¿Estás cansado? Normal, llevamos rato volando… –Acarició unos breves instantes el robusto cuello del animal, que bufó satisfecho.– Descuide, si nos mandan a reconocer, la pelea queda como última opción. –hizo saber a Sindri, oteando el suelo.– Vaya preparándose, aterrizaremos por aquí cerca. El lugar que nos indicaron tiene que estar por aquí.

Tiró de las riendas con suavidad, y el animal empezó a descender. Las ráfagas de aire se hicieron más violentas durante unos minutos, hasta que perdieron suficiente altura para volverse una brisa intensa. Logi aterrizó en una amplia explanada, a poca distancia de un sinuoso camino, rodeado de hierba de un verde exuberante. Oh, qué envidia le daba a veces la vegetación del extranjero… Se respiraba un aire agradablemente fresco, y los rayos de sol del atardecer invitaban a echarse una siesta a la vera del camino. Extremadamente bucólico y encantador, si no fuese porque los emergidos campaban a sus anchas en cualquier lugar imaginable, fuese donde fuese, ocupados en sus quehaceres emergidos y regidos por su lógica emergida.

–Bien hecho, buñuelito.


El wyvern plegó las alas indolentemente, y prácticamente se acomodó en el suelo, gruñiendo con suavidad a medida que su jinete le rascaba la mandíbula como premio. Hrist dejó a Logi bostezando, y se acercó a Sindri, a quién todavía le quedaba la tarea de desmontar sin acabar en el suelo (a poder ser, sin fracturarse ningún hueso ni descoyuntarse ninguna articulación).

–¿Le ayudo? –Hrist le ofreció una mano, lista para asistirle en el complejo proceso de desmontar de la “silla” trasera de un wyvern.
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Re: [Campaña de conquista] Persiguiendo Emergidos sobre fundo ajeno [Privado; Hrist]

Mensaje por Sindri el Vie Mar 15, 2019 7:55 pm

¿Feo? No, no, no no. Lo siguiente de feo. – contestó un Sindri con tintes de conversación distendida. Sólo faltaban las cervecitas, las patatitas, las olivitas y una discusión de qué tipo de estofado iban a tomar para comer para encontrarse como en la cantina del pueblecito de Ilia a la que solía acudir con sus amigotes – Por ejemplo, su wyvern es de color marrón, ¿verdad? ¿Qué le parecería si le llamásemos Bubonicus o algo por el estilo? ¿O Bilius? Nombres feos, ¿sí? Uno no debería sacar nombres de un compendio de medicina para personas, animales o ciudades, al menos eso creo yo… – sin embargo, justo cuando acabó de decir eso, un pensamiento fugaz cayó sobre Sindri cuál ave de presa sobre un ratoncito. ¿Podía realmente decir eso? Es decir, sí, no eran nombres que un padre pondría a su hijo, pero… – Aún así, Typhus o Necroticus suenan como buenos nombres para un Hechicero, ¿no cree? Nombres que imponen respeto. Nombres de pronunciación grave que te llenan la boca. “Nadie se atreve a cruzar aquella montaña, pues ahí reside Necroticus, el Hechicero. Se dice que nadie ha cruzado sus dominios y ha vivido para contarlo”. – movió las manos y los dedos al compás de una canción, como queriendo dar un aire misterioso a sus palabras… plenamente consciente que la jinete de wyvern ni siquiera le estaba mirando. Pero vamos, el dramatismo había que darlo sí o sí sin importar quién fuera tu audiencia. O que hubiera una audiencia en primer lugar. La vida del aspirante a actor era una muy dura.

Movió entonces la mano como si estuviera espantando algo antes de decir con una voz ligeramente alicaída – Y bueno. La democracia, ese sistema de “gobierno”. Al parecer no tienen un rey ni nada, ya sabe, alguien que sabe lo que es mandar y dar órdenes. Alguien con una estirpe que demuestra su valía. No, aquí puede ser elegido monarca cualquiera y sólo necesita tener que le apoyen más villanos que a los demás candidatos. – y, claro, cuando decía cualquiera verdaderamente quería decir cualquiera, por lo que podías tener al porquero de ministro de educación y a la verdulera como ministra de defensa. Sólo por tener algo de carisma y saber ganarse el amor del pueblo – Y lo votan todo. ¿Se imagina cuán inefectivo es eso? Inundaciones, incendios, tormentas… un rey manda que se arregle, que se tomen medidas, pero ellos tienen que discutirlo todo antes. ¡Todo! Porque cada persona debe tener voz en cada asunto. Normal. Normal. – se llevó los dedos corazón y pulgar al puente de la nariz y se lo frotó ligeramente, casi como si el tema que estaba abordando le diera dolor de cabeza. Y es que era incomprensible en cierto modo, ¿Quién querría como gobernante a alguien que no ha nacido con las competencias para ello? – ¿Cree que yo debería tener voz y voto sobre qué darles de comer a los wyvern cuando lo poco que sé es que les gustan las galletas? ¿Debería tener voto usted sobre cómo dibujar los círculos de invocación de seres del Abismo? La mayoría de gente no sabe ni escribir su nombre… ¿Y deberíamos confiar en esa mayoría para determinar nuestro futuro? – suspiró sonoramente mientras dejaba caer los brazos sin energía, brazos que chocaron suavemente con el amasijo de cojines unidos con Magia Arcana. Soltaron unas pocas chispitas, pero eso era normal, no había de qué preocuparse. No había mucho de qué preocuparse – Una democracia no es más que dos lobos y un cordero votando qué habrá de cena. Ni más, ni menos.

No le extrañó en absoluto que la mercenaria mostrara interés y curiosidad sobre Jehanna, supuso que un reino de mercenarios sería tan atractivo para ella como para él lo eran Nohr y Plegia. Así pues comenzó a hacer memoria de los escasos apuntes que tenía sobre el lugar antes de decir – Seguramente no ha oído mucho de Jehanna porque no hay mucho de interés en sus tierras. Un país árido y peligroso crea buenos mercenarios que cualquier persona de Magvel con suficiente cartera puede contratar, normalmente los nouveau riche de Carcino. De hecho, la mismísima Reina de Jehanna ostenta el título Gran Maestra de los Mercenarios, imagínese usted cuán unidos están los cazarrecompensas y la corona. – ladeó ligeramente la cabeza mientras decía eso. Los nobles sabían lo útil que eran los mercenarios, pero también que su uso era un arma de doble filo. “Un arma de doble filo” qué expresión más estúpida. ¿Qué querías decir con ello? ¿Que eras tan corto de entendederas que luego de golpear al enemigo te golpeabas a ti mismo con el arma? Si tienes un arma de doble fila paras el golpe por la parte plana del arma, no eres tan lelo de cortarte a ti mismo tampoco. En fin, lo que quería decir es que no era buena idea confiar mucho en los mercenarios puesto que, por mucho que les pagues, siempre se les puede ocurrir que tu enemigo les puede pagar más – O, al menos, lo era. No hay mucha información sobre Jehanna desde lo ocurrido con los Emergidos… – como ocurría con muchísimos otros reinos. La única manera de saber lo que sucedía en ellos era mediante historias de viajeros, y con los Emergidos pululando por ahí nadie se atrevía a moverse mucho de los lugares más seguros.

Normal, el pobre bichín anda sobrecargado. ¿No cree que se ha pasado con esa armadura nueva? Seguro que debe pesarle al animalito llevar tanto metal a cuestas… – mencionó mientras se acomodaba en su masa de cojines y, nuevamente, la magia chispeó de manera más que sospechosa. Verdaderamente, ¿A quién se le ocurría cagar a pobre lagarto con tanto metal? ¿Alguien le ha preguntado si quiere llevar una cacharrería encima? ¿O alguien se había molestado en preguntarle si él quería una armadura tan elaborada? Seguramente no, pero Sindri ya estaba separando mentalmente algunas de sus raciones para dárselas de premio por ser un buen wyvern – Y, hablando de eso, bonita coraza se ha agenciado usted. ¿Botín de batalla? ¿Un regalo por una campaña bien hecha? ¿Se alzó en los rangos de su banda de mercenarios? – el muchacho nunca había sido muy amigo de tener que llevar armaduras o corazas de ningún tipo ya que tenían el pequeño inconveniente de no moverse solas. Sí, tenía malos recuerdos de ser obligado en su juventud a llevar pesados trajes de metal durante horas en rutinarios ejercicios militares reservados únicamente a los vástagos nobles. Qué días más largos. Qué mañanas tan calurosas dentro de un horno de metal. Qué tardes más penosas con agujetas en lugares en los que ni sabía si tenía músculos.

¡Ah, un buen momento para probar si esta maldición aguanta un aterrizaje! Teóricamente debería bastar, pero jamás he tenido oportunidad de probarla en un viaje tan largo. ¿Qué es lo peor que podría suceder? ¡Vamos, vamos, un, dos! – mencionó con el júbilo de un niño con un juguete nuevo mientras golpeaba animadamente la masa de cojines y energía mágica sobre la que yacía. El mero hecho de imaginarse que podía ceder y hacerle volar por los aires lo llenaba de un pueril júbilo por tener la ocasión y la excusa de probar las famosas y magníficas maldiciones de levitación y vuelo. Maldiciones que nadie realmente utilizaba porque… bueno, digamos que existe algo llamado “Principio del Intercambio Equivalente” que dispone, dicho así rápidamente, que conseguir algo mediante la Magia Arcana cuesta tanta energía y esfuerzo cómo hacerlo con tus propias manos. ¿Y quién sabe cuánto esfuerzo un humano tiene que dedicar para volar? ¡Exacto! ¡Había tanto terreno por descubrir! Mas parecía ser que tendría que esperar a otro momento para probar sus teorías ya que el aterrizaje fue bastante ágil y llevadero – ¡Eso! ¡Bien hecho, croquetita de jamón! – la mujer seguramente llamaba buñuelito al ser de sangre fría porque ambos compartían el color marrón. Seguramente era un homenaje a los famosos buñuelos de bacalao de Ilia. Para gustos, colores. Y, a él, el marrón no le gustaba. Pero, visto lo visto, Sindri entendió que tenía carta blanca para llamarle como cualquier plato de comida que tuviera aquel color tan horrible.

Una vez se hubo cerciorado que el animal no iba a hacer ningún movimiento brusco con él todavía encima, el Hechicero se levantó con toda la parsimonia del mundo y se desperezó alzando los brazos al cielo tanto como pudo. ¡Menudo viajecito por los aires! Por suerte los cojines habían sido una buena idea y no había acabado apaleado por el movimiento del wyvern. Sin embargo, una vez terminó su rutina, miró con recelo y suspicacia la mano que le había ofrecido la jinete de wyvern, alzando un poco el mentón. ¿Acaso no era el típico gesto que los caballeros andantes ofrecían a las mujeres? ¿Había algo implícito en sus gestos? – Normalmente no aceptaría tales galanterías, pero he sufrido en mis propias carnes el dolor de caer desde los lomos de un caballo, así que… – por puro pragmatismo agarró la mano extendida y la usó de soporte para lanzarse de un salto al suelo, cayendo con los dos pies planos en la mullida hierba verde de las tierras de Carcino. Tras colocarse bien la ropa y alisar la ropa en lo que consideró necesario, Sindri chasqueó los dedos provocando un eco antinatural, la señal que la maldición estaba esperando. Como si no hubiera habido jamás una fuerza que los uniera, los cojines comenzaron a caer al suelo también por obra de Mamá Naturaleza y la Tía Gravedad. No hizo ademán alguno de recogerlos ni nada por el estilo, quizá al wyvern le apeteciera echarse una siesta después.

En fin, Carcino. No parece que haya mucho que ver… – se llevó la mano libre que tenía a la frente para que le hiciera de visera improvisada. Se puso incluso de puntillas para poder otear el horizonte, algo bastante fácil por la escasez de árboles del lugar – Veo, veo… campos de cultivo hacia el este. Granjas tal vez, seguramente despobladas. O pobladas de campesinos asustados. O de Emergidos. O de pimientos. Uno nunca sabe lo que hay en una granja. Pero quizá con las prisas se hayan dejado algo bueno, como un jamón así bien curadito o unos choricitos con algo de pan con tomate. – aventuró un Hechicero que ya comenzaba a sentir algo de hambre ahora que no tenía un nudo en el estómago por estar varios metros por encima del suelo. Se giró hacia el otro lado y parpadeó unas pocas veces antes de contarle lo que veía a la nohria estoica y profesional – Por ahí parece haber algo de agua que corre, quizá un río o un riachuelo, a esta distancia no puedo decírselo con seguridad. Donde hay agua, hay gente… y pescado. Pero a mí no me mire, yo no sé pescar. Quizá al rey de Plegia le interesa en especial que documentemos las masas de agua de Carcino para evitar que sus tropas se mojen los calcetines inútilmente… – al menos a él le daba rabia que sus botas acabaran encharcadas y sus pies fríos por culpa del agua. Y viendo que venía de Ilia, pisar nieve era algo harto usual durante todo el año – ¿Alguna sugerencia de por dónde comenzar? No tengo especial interés en un lugar u en otro. – mencionó desinteresadamente mientras volvía a su posición inicial, dejando nuevamente que el pesado deber de decidir algo recayera únicamente sobre los capaces hombros de la mercenaria.
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