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[Campaña de conquista] Persiguiendo Emergidos sobre fundo ajeno [Privado; Hrist]

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Mensaje por Sindri el Lun Ene 14, 2019 3:20 pm

Pues yo no creo que sea tan extraño, ¿Sabe usted? Desde los albores de la humanidad las personas humanas han intercambiado bienes y servicios entre ellos sin que medie ningún tipo de moneda. – repitió con voz molesta por decimoquinta vez en ese viaje mientras levantaba su mirada del libro que tenía en la falda y del que estaba tomando apuntes – No considero que fuera necesaria esa mirada de tener delante un bicho raro por no querer una contraprestación pecuniaria para mis servicios. ¿Sabe dónde puedo encontrar oro? En cualquier parte de este mundo. ¿Pero el conocimiento de los tomos de la biblioteca de Plegia? ¿Sabe lo mucho que cuesta copiar un libro? ¡Meses de trabajo! ¡Años incluso! Se lo digo yo, que he tenido que hacerlo en la Gran Biblioteca de Ilia. – normalmente era una tarea reservada para los bibliotecarios de mayor rango puesto que se consideraba que era un honor ser elegido para tal magna tradición. Obviamente los bibliotecarios que se acercaban a los setenta años no tenían la vista (ni el pulso) para esos trotes, por lo que pasaban la tarea a su inferior directo que, seguramente, tampoco tenía ganas de encerrarse en una habitación oscura para destrozarse la muñeca durante horas y horas a la luz de las velas, por lo que también delegaban tal trabajo. Y así la tarea bajaba por el tronco del árbol que llamamos jerarquía hasta las raíces. Los últimos monos que no podían denegar eran los bibliotecarios que acababan de entrar y, claro, todo el mundo sabía que copiar sin descanso palabras casi ilegibles era algo educativoTampoco creo que fuese adecuado que el funcionario en cuestión llamara a su superior… y que el superior llamara a su superior… y que su superior a su turno… – meneó la cabeza con un gesto apesadumbrado perfectamente fingido aún sabiendo que la mujer que controlaba el wyvern no podía verlo – Lo que quiero decir es que hay cosas más importantes que el oro en este mundo.

Y es que Sindri había aprendido una cosa o dos durante sus viajes en wyvern y uno de ellas había sido como aumentar su comodidad en tal lujosísimo transporte. Sí, vale, el animalito era el que volaba por el cielo azul cuál gaviota en mar abierto, pero el que tenía que estar sentado durante horas y horas sin fin era él. ¿Sabéis lo dura que es la piel de un wyvern? ¿Con sus escamas y todo? ¡Y los cuernos y otros pinchos! Pues bien, el Hechicero había encontrado una maravillosa manera de aumentar su confort durante aquel vuelo. Y verdaderamente había pasado de economy class a first class de un plumazo. Bueno, vale, business class. El muchacho no había ideado como convencer a la mercenaria para que le permitiera embarcar una azafata en el wyvern, pero tiempo al tiempo. Bien, ¿Todos preparados para la idea revolucionaria? ¿De las que revolucionan el mundo? Una, dos y… ¡Tres!

Cojines

Multitud de cojines. Unos encima de los otros, encantados para engancharse entre ellos hasta crear un asiento con un pequeño respaldo… que ya sabemos que los wyvern son como son y Sindri no quería aprender a volar todavía. Así pues, una pequeña (tampoco hay que pasarse, el pobre animal no tenía culpa de tener una fisonomía adversa a la comodidad y no le haría cargar con peso porque sí) butaquita con suficientes maldiciones para provocar un ataque al corazón de cualquier cazador de brujas proporcionaba un lugar al bibliotecario donde trabajar sin tener que estar enfrascado en no caerse del adorable bichejo comegalletas. Y un Sindri trabajador era un Sindri callado, como seguramente agradeció la mercenaria, a salvo de jugar al veo-veo en un mar de cositas que empiezan por ene.

Seguramente también agradeció que Sindri se hubiera agenciado en Plegia una novedosa y maravillosa tableta de escriba de madera de nogal oscura y ampliamente decorada al estilo del país. Un pequeño agarre para el papel de resistente acero bruñido (seamos realistas, no ibas a emplear plata para algo que se iba a manchar de tinta a los dos minutos de usarlo) aseguraba que el muchacho no se quejaría porque Logi volaba demasiado deprisa y le hacía volar las hojas de papel. En la parte superior de su fisionomía ergonómica, la tableta contaba con un lugar óptimo donde dejar el tintero que además libraba a la mercenaria de tener que limpiar manchas de tinta del pobre animal. Obviamente que Sindri no lo iba a hacer. Y el hecho de contar con un lugar donde poner velas significaría que el muchacho podía trabajar día y noche de necesitarlo puesto que, si bien sus ojos estaban más que acostumbrados a la oscuridad, la legibilidad de su caligrafía sufría percances significativos a plena oscuridad de las altas horas de la madrugada.

Bien. Carcino. – mencionó en voz alta para ser oído un buen rato más tarde mientras cerraba el libro y lo colocaba de nuevo dentro de su zurrón. Del mismo modo secó la pluma de cisne negra con la que escribía (¿Qué? ¿Alguien esperaba que fuera blanca?) con un pañuelito y cerró el tintero antes de proseguir – Carcino, aparte de ser el país con el nombre más feo que soy capaz de recordar, es una anomalía en sí mismo. Es una república mercantil, es decir, no tienen rey ni monarca, sino que se rigen por un sistema… ugh… democrático. Seguro que ya lo sabe, la plebe y el vulgo eligen en masa a su cabecilla y cualquiera puede serlo sin importar prestigio, sangre, ni dinastía. Y no es ni un cargo vitalicio. – por el tono de voz era fácil adivinar que Sindri no estaba de acuerdo con tal sistema de gobierno. ¿Qué tenía de malo el feudalismo? Era un sistema que funcionaba, no era tampoco el momento de reinventar la sopa de ajo. Pero no estaba ahí para opinar sino para ofrecer una ayuda no pedida consistente en un informe sobre el lugar donde se dirigían – Esta panda de mercaderes venidos a más ni siquiera contaban con un ejército profesional de ninguna clase. Ni una milicia siquiera. No la necesitaban, al parecer. Carcino contaba con una alianza militar con el poderoso reino de Frelia, al noroeste; Renais y Rausten eran países pacíficos sin motivos para atacar a Carcino; y Jehanna… Jehanna es un país cuya única exportación eran mercenarios. Carcino era el país más económicamente poderoso de Magvel. No era buena idea morder la mano que te alimenta. – seguramente ella lo sabía mejor que él… era mercenaria, al fin y al cabo. Pero poco de eso importaba, Magvel a día de hoy era un continente roto sin focos de poder importantes y que seguramente caería por su propio pie ante los Emergidos.

Algo que Plegia no estaba dispuesta a permitir – No me imagino qué querrá Plegia de Carcino. ¿Ventaja táctica? Haber elegido las frondosas tierras de Renais, mucho mejor lugar del que apropiarse. Yo imaginé que preferirían Jehanna. Ya sabe, Plegia es un desierto. Jehanna es un desierto. De oca a oca y tiro porque me toca. – Carcino todo lo que tenía era montañas… y no de las típicas que eran barreras naturales impenetrables sólo transitables por wyvern y pegaso, no. De las turísticas con quinientos caminos para atravesarlas. Caminos. Quizá eran los caminos. Carcino tenía rutas comerciales con todo el continente por lo que controlar el territorio daría ventaja para movilizar tropas en caso de ser necesario. Mas, de nuevo, Renais ofrecía también carreteras de calidad y una ruta de entrada al continente sin tener que rodearlo – Al parecer no hay muchos núcleos activos de población por aquí que puedan ofrecernos ayuda. Hay rumores que en la capital de Carcino hay grupos de resistencia a los Emergidos, pero todo lo que son es eso: rumores. Dejo a su elección si hacerles el más mínimo caso o no. – se encogió de hombros mientras decía eso aunque, de nuevo, sabía que la mujer no le estaba mirando puesto que debía asir los mandos del animal volador no identificado.

Ya sabe el plan, somos más una unidad de reconocimiento que de escaramuza. No tengo problemas en luchar un poco pero no aterrice en medio de una legión entera de Emergidos, ¿sí? ¿Por favor? – mencionó finalmente el Hechicero mientras comenzaba a empacar todo lo necesario para comenzar rápidamente el viaje una vez tomaran tierra. Ah, cuánto echaba de menos poder estirar las piernas…
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Mensaje por Hrist el Dom Feb 24, 2019 5:02 pm

–Le creo, le creo…

Llevaban un buen trecho de viaje a lomos de Logi, durante el cual el joven Sindri no había parado de quejarse, entre otras cosas, del trato recibido en la biblioteca de Plegia. Hrist no había pisado nunca un edificio así (ni siquiera en su Nohr natal), así que la escenita descrita por el ex bibliotecario, según el cual el funcionario de turno llamó a su superior, y éste al superior de éste, y éste al superior del superior del superior, y así sucesivamente, se le antojó harto extraña. Era como si un soldado del ejército de Nohr empezase a trasladar el recado de superior a superior, hasta llegar al mismísimo general que cortaba el bacalao en aquel concentrado de hombres y mujeres reclutados de todos los rincones del país.

Se había quejado también de la falta de comodidad de la silla de montar. ¿Qué esperaba? Era un wyvern, no un carruaje de la nobleza. A ella también se le quedaba el trasero (y lo que no era el trasero) plano de tantas horas allí a horcajadas sobre la silla. Pero se había acostumbrado, era parte de lo que suponía ser jinete de wyvern. Era como querer ser acorazado y quejarse de que la armadura pesaba y no permitía correr raudo y veloz por el campo de batalla. En esos instantes, la asaltó la fatídica visión de un enorme acorazado corriendo a toda velocidad en el interior de una iglesia en Grannvale, que se desprendía de ella en una extraña pirueta aérea, para revelar la identidad de cierto individuo ladino y delgado, cuyo nombre sabía pero no quería recordar.

–¿Tan feo le parece el nombre?– preguntó tras sacudir la cabeza unos instantes, como si eso fuese a librarla de aquella maldita visión.– ¿Es “Carcino” lo que le parece feo? ¿O esa palabra, “demo.. cráti…co”? –Ugh, qué palabras más complicadas usaba a veces la gente.

No lo conocía lo suficiente para estar segura de ello, pero algo le decía que usar esas palabras, o más bien que lo implicaban aquellas palabras, desagradaban enormemente al muchacho. A lo mejor había leído cosas horribles sobre esas formas de gobernar. Quién sabía.

–No he oído hablar mucho de Jehanna, la verdad. –Comentó distraídamente.– Ni siquiera la última vez que estuve aquí, en Carcino. Aunque eso fue bastante antes del torneo de Regna Ferox… ¿Así que es tierra de mercenarios?

¿Qué se habría hecho de Don Zifar y su vetusto wyvern? Le había visto por última vez en el torneo. Había ido avanzando milagrosamente en las rondas, hasta llegar a su combate contra Sindri. Se sentía con sentimientos enfrentados al respecto. Por un lado, parecía que toda la suerte de la semana había ido a parar a Don Zifar, que conseguía pasar de ronda sin apenas tener que sudar, casi siempre por abandono del rival. Por la otra, pensaba que estaba siendo injusta, pues si el hombre había llegado hasta allí, superando las preliminares, es que un inútil no era. Lo que hubiese dado por enfrentarse a aquel joven, el primer rival de Don Zifar (¿Cómo se llamaba? Izanna… ¿Izano? ¿Izan? Algo así…). No parecía débil ni amedrentable, pero por lo menos el combate habría sido más entretenido que recibir la solemne y directa paliza que le propinó el príncipe Pelleas.

–¿Qué qué querría Plegia de Carcino? Algo bueno le habrá visto, pero supongo que no se habrá interesado en Jehanna porque sería más de lo mismo: desierto.

Y hablando de Jehanna… ¿Tierra de mercenarios? Interesante. A lo mejor su media naranja era un mercenario salvaje de Jehanna. O a lo mejor no. Los designios de Anankos eran inescrutables. Nunca se sabía.

–A veces, los rumores se basan en algo cierto, aunque luego resulte que lo han deformado hasta dejarlo irreconocible… –repuso.– ¿Qué pasa, Logi?

El wyvern empezaba a acusar las largas horas de viaje. Su escueto gemido se dejó oír por encima del sibilante viento de las alturas. Aún podría aguantar unas cuantas horas más, pero no había necesidad de agotarle. Y menos aún en tierra hostil.

–¿Estás cansado? Normal, llevamos rato volando… –Acarició unos breves instantes el robusto cuello del animal, que bufó satisfecho.– Descuide, si nos mandan a reconocer, la pelea queda como última opción. –hizo saber a Sindri, oteando el suelo.– Vaya preparándose, aterrizaremos por aquí cerca. El lugar que nos indicaron tiene que estar por aquí.

Tiró de las riendas con suavidad, y el animal empezó a descender. Las ráfagas de aire se hicieron más violentas durante unos minutos, hasta que perdieron suficiente altura para volverse una brisa intensa. Logi aterrizó en una amplia explanada, a poca distancia de un sinuoso camino, rodeado de hierba de un verde exuberante. Oh, qué envidia le daba a veces la vegetación del extranjero… Se respiraba un aire agradablemente fresco, y los rayos de sol del atardecer invitaban a echarse una siesta a la vera del camino. Extremadamente bucólico y encantador, si no fuese porque los emergidos campaban a sus anchas en cualquier lugar imaginable, fuese donde fuese, ocupados en sus quehaceres emergidos y regidos por su lógica emergida.

–Bien hecho, buñuelito.


El wyvern plegó las alas indolentemente, y prácticamente se acomodó en el suelo, gruñiendo con suavidad a medida que su jinete le rascaba la mandíbula como premio. Hrist dejó a Logi bostezando, y se acercó a Sindri, a quién todavía le quedaba la tarea de desmontar sin acabar en el suelo (a poder ser, sin fracturarse ningún hueso ni descoyuntarse ninguna articulación).

–¿Le ayudo? –Hrist le ofreció una mano, lista para asistirle en el complejo proceso de desmontar de la “silla” trasera de un wyvern.
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Mensaje por Sindri el Vie Mar 15, 2019 7:55 pm

¿Feo? No, no, no no. Lo siguiente de feo. – contestó un Sindri con tintes de conversación distendida. Sólo faltaban las cervecitas, las patatitas, las olivitas y una discusión de qué tipo de estofado iban a tomar para comer para encontrarse como en la cantina del pueblecito de Ilia a la que solía acudir con sus amigotes – Por ejemplo, su wyvern es de color marrón, ¿verdad? ¿Qué le parecería si le llamásemos Bubonicus o algo por el estilo? ¿O Bilius? Nombres feos, ¿sí? Uno no debería sacar nombres de un compendio de medicina para personas, animales o ciudades, al menos eso creo yo… – sin embargo, justo cuando acabó de decir eso, un pensamiento fugaz cayó sobre Sindri cuál ave de presa sobre un ratoncito. ¿Podía realmente decir eso? Es decir, sí, no eran nombres que un padre pondría a su hijo, pero… – Aún así, Typhus o Necroticus suenan como buenos nombres para un Hechicero, ¿no cree? Nombres que imponen respeto. Nombres de pronunciación grave que te llenan la boca. “Nadie se atreve a cruzar aquella montaña, pues ahí reside Necroticus, el Hechicero. Se dice que nadie ha cruzado sus dominios y ha vivido para contarlo”. – movió las manos y los dedos al compás de una canción, como queriendo dar un aire misterioso a sus palabras… plenamente consciente que la jinete de wyvern ni siquiera le estaba mirando. Pero vamos, el dramatismo había que darlo sí o sí sin importar quién fuera tu audiencia. O que hubiera una audiencia en primer lugar. La vida del aspirante a actor era una muy dura.

Movió entonces la mano como si estuviera espantando algo antes de decir con una voz ligeramente alicaída – Y bueno. La democracia, ese sistema de “gobierno”. Al parecer no tienen un rey ni nada, ya sabe, alguien que sabe lo que es mandar y dar órdenes. Alguien con una estirpe que demuestra su valía. No, aquí puede ser elegido monarca cualquiera y sólo necesita tener que le apoyen más villanos que a los demás candidatos. – y, claro, cuando decía cualquiera verdaderamente quería decir cualquiera, por lo que podías tener al porquero de ministro de educación y a la verdulera como ministra de defensa. Sólo por tener algo de carisma y saber ganarse el amor del pueblo – Y lo votan todo. ¿Se imagina cuán inefectivo es eso? Inundaciones, incendios, tormentas… un rey manda que se arregle, que se tomen medidas, pero ellos tienen que discutirlo todo antes. ¡Todo! Porque cada persona debe tener voz en cada asunto. Normal. Normal. – se llevó los dedos corazón y pulgar al puente de la nariz y se lo frotó ligeramente, casi como si el tema que estaba abordando le diera dolor de cabeza. Y es que era incomprensible en cierto modo, ¿Quién querría como gobernante a alguien que no ha nacido con las competencias para ello? – ¿Cree que yo debería tener voz y voto sobre qué darles de comer a los wyvern cuando lo poco que sé es que les gustan las galletas? ¿Debería tener voto usted sobre cómo dibujar los círculos de invocación de seres del Abismo? La mayoría de gente no sabe ni escribir su nombre… ¿Y deberíamos confiar en esa mayoría para determinar nuestro futuro? – suspiró sonoramente mientras dejaba caer los brazos sin energía, brazos que chocaron suavemente con el amasijo de cojines unidos con Magia Arcana. Soltaron unas pocas chispitas, pero eso era normal, no había de qué preocuparse. No había mucho de qué preocuparse – Una democracia no es más que dos lobos y un cordero votando qué habrá de cena. Ni más, ni menos.

No le extrañó en absoluto que la mercenaria mostrara interés y curiosidad sobre Jehanna, supuso que un reino de mercenarios sería tan atractivo para ella como para él lo eran Nohr y Plegia. Así pues comenzó a hacer memoria de los escasos apuntes que tenía sobre el lugar antes de decir – Seguramente no ha oído mucho de Jehanna porque no hay mucho de interés en sus tierras. Un país árido y peligroso crea buenos mercenarios que cualquier persona de Magvel con suficiente cartera puede contratar, normalmente los nouveau riche de Carcino. De hecho, la mismísima Reina de Jehanna ostenta el título Gran Maestra de los Mercenarios, imagínese usted cuán unidos están los cazarrecompensas y la corona. – ladeó ligeramente la cabeza mientras decía eso. Los nobles sabían lo útil que eran los mercenarios, pero también que su uso era un arma de doble filo. “Un arma de doble filo” qué expresión más estúpida. ¿Qué querías decir con ello? ¿Que eras tan corto de entendederas que luego de golpear al enemigo te golpeabas a ti mismo con el arma? Si tienes un arma de doble fila paras el golpe por la parte plana del arma, no eres tan lelo de cortarte a ti mismo tampoco. En fin, lo que quería decir es que no era buena idea confiar mucho en los mercenarios puesto que, por mucho que les pagues, siempre se les puede ocurrir que tu enemigo les puede pagar más – O, al menos, lo era. No hay mucha información sobre Jehanna desde lo ocurrido con los Emergidos… – como ocurría con muchísimos otros reinos. La única manera de saber lo que sucedía en ellos era mediante historias de viajeros, y con los Emergidos pululando por ahí nadie se atrevía a moverse mucho de los lugares más seguros.

Normal, el pobre bichín anda sobrecargado. ¿No cree que se ha pasado con esa armadura nueva? Seguro que debe pesarle al animalito llevar tanto metal a cuestas… – mencionó mientras se acomodaba en su masa de cojines y, nuevamente, la magia chispeó de manera más que sospechosa. Verdaderamente, ¿A quién se le ocurría cagar a pobre lagarto con tanto metal? ¿Alguien le ha preguntado si quiere llevar una cacharrería encima? ¿O alguien se había molestado en preguntarle si él quería una armadura tan elaborada? Seguramente no, pero Sindri ya estaba separando mentalmente algunas de sus raciones para dárselas de premio por ser un buen wyvern – Y, hablando de eso, bonita coraza se ha agenciado usted. ¿Botín de batalla? ¿Un regalo por una campaña bien hecha? ¿Se alzó en los rangos de su banda de mercenarios? – el muchacho nunca había sido muy amigo de tener que llevar armaduras o corazas de ningún tipo ya que tenían el pequeño inconveniente de no moverse solas. Sí, tenía malos recuerdos de ser obligado en su juventud a llevar pesados trajes de metal durante horas en rutinarios ejercicios militares reservados únicamente a los vástagos nobles. Qué días más largos. Qué mañanas tan calurosas dentro de un horno de metal. Qué tardes más penosas con agujetas en lugares en los que ni sabía si tenía músculos.

¡Ah, un buen momento para probar si esta maldición aguanta un aterrizaje! Teóricamente debería bastar, pero jamás he tenido oportunidad de probarla en un viaje tan largo. ¿Qué es lo peor que podría suceder? ¡Vamos, vamos, un, dos! – mencionó con el júbilo de un niño con un juguete nuevo mientras golpeaba animadamente la masa de cojines y energía mágica sobre la que yacía. El mero hecho de imaginarse que podía ceder y hacerle volar por los aires lo llenaba de un pueril júbilo por tener la ocasión y la excusa de probar las famosas y magníficas maldiciones de levitación y vuelo. Maldiciones que nadie realmente utilizaba porque… bueno, digamos que existe algo llamado “Principio del Intercambio Equivalente” que dispone, dicho así rápidamente, que conseguir algo mediante la Magia Arcana cuesta tanta energía y esfuerzo cómo hacerlo con tus propias manos. ¿Y quién sabe cuánto esfuerzo un humano tiene que dedicar para volar? ¡Exacto! ¡Había tanto terreno por descubrir! Mas parecía ser que tendría que esperar a otro momento para probar sus teorías ya que el aterrizaje fue bastante ágil y llevadero – ¡Eso! ¡Bien hecho, croquetita de jamón! – la mujer seguramente llamaba buñuelito al ser de sangre fría porque ambos compartían el color marrón. Seguramente era un homenaje a los famosos buñuelos de bacalao de Ilia. Para gustos, colores. Y, a él, el marrón no le gustaba. Pero, visto lo visto, Sindri entendió que tenía carta blanca para llamarle como cualquier plato de comida que tuviera aquel color tan horrible.

Una vez se hubo cerciorado que el animal no iba a hacer ningún movimiento brusco con él todavía encima, el Hechicero se levantó con toda la parsimonia del mundo y se desperezó alzando los brazos al cielo tanto como pudo. ¡Menudo viajecito por los aires! Por suerte los cojines habían sido una buena idea y no había acabado apaleado por el movimiento del wyvern. Sin embargo, una vez terminó su rutina, miró con recelo y suspicacia la mano que le había ofrecido la jinete de wyvern, alzando un poco el mentón. ¿Acaso no era el típico gesto que los caballeros andantes ofrecían a las mujeres? ¿Había algo implícito en sus gestos? – Normalmente no aceptaría tales galanterías, pero he sufrido en mis propias carnes el dolor de caer desde los lomos de un caballo, así que… – por puro pragmatismo agarró la mano extendida y la usó de soporte para lanzarse de un salto al suelo, cayendo con los dos pies planos en la mullida hierba verde de las tierras de Carcino. Tras colocarse bien la ropa y alisar la ropa en lo que consideró necesario, Sindri chasqueó los dedos provocando un eco antinatural, la señal que la maldición estaba esperando. Como si no hubiera habido jamás una fuerza que los uniera, los cojines comenzaron a caer al suelo también por obra de Mamá Naturaleza y la Tía Gravedad. No hizo ademán alguno de recogerlos ni nada por el estilo, quizá al wyvern le apeteciera echarse una siesta después.

En fin, Carcino. No parece que haya mucho que ver… – se llevó la mano libre que tenía a la frente para que le hiciera de visera improvisada. Se puso incluso de puntillas para poder otear el horizonte, algo bastante fácil por la escasez de árboles del lugar – Veo, veo… campos de cultivo hacia el este. Granjas tal vez, seguramente despobladas. O pobladas de campesinos asustados. O de Emergidos. O de pimientos. Uno nunca sabe lo que hay en una granja. Pero quizá con las prisas se hayan dejado algo bueno, como un jamón así bien curadito o unos choricitos con algo de pan con tomate. – aventuró un Hechicero que ya comenzaba a sentir algo de hambre ahora que no tenía un nudo en el estómago por estar varios metros por encima del suelo. Se giró hacia el otro lado y parpadeó unas pocas veces antes de contarle lo que veía a la nohria estoica y profesional – Por ahí parece haber algo de agua que corre, quizá un río o un riachuelo, a esta distancia no puedo decírselo con seguridad. Donde hay agua, hay gente… y pescado. Pero a mí no me mire, yo no sé pescar. Quizá al rey de Plegia le interesa en especial que documentemos las masas de agua de Carcino para evitar que sus tropas se mojen los calcetines inútilmente… – al menos a él le daba rabia que sus botas acabaran encharcadas y sus pies fríos por culpa del agua. Y viendo que venía de Ilia, pisar nieve era algo harto usual durante todo el año – ¿Alguna sugerencia de por dónde comenzar? No tengo especial interés en un lugar u en otro. – mencionó desinteresadamente mientras volvía a su posición inicial, dejando nuevamente que el pesado deber de decidir algo recayera únicamente sobre los capaces hombros de la mercenaria.
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Mensaje por Hrist el Mar Abr 02, 2019 6:01 pm

–¿La coraza? La compré en Regna Ferox a un comerciante nohrio. Fue todo un descubrimiento.

Hacía semanas que se había agenciado aquella coraza. Al principio se había sentido un poco artificial llevándola. Luego las lumbares y las caderas se le acostumbraron a la presencia de algo externamente rígido encorsetándolas pero mullido por dentro. Logi había recelado los primeros días, pero se había acostumbrado más rápidamente que ella, así que no podía quejarse.

–¿Banda de mercenarios? –Se le escapó una carcajada. –Qué va. Hoy por hoy, voy por libre. A veces coincido con mis padres en algún lugar, eso sí. Pero no he dado con ninguna banda donde vea porvenir, la verdad… –Hizo crujir los nudillos unos instantes. Tanto rato sujetando las riendas estaba haciendo que le protestasen. –Quién sabe, a lo mejor en Jehanna cambio de idea.

Tras aterrizar en aquella extensa explanada, por fin llegaba el momento de estirar un poco las piernas. Logi seguramente votaría que sí de inmediato.

–¿Croquetita… de jamón? –Se tapó la boca para ocultar lo cómico que le resultaba. –Pfffft… ¿Te gusta, Logi? Creo que te pega…

El animal emitió una extraña mezcla entre gruñido y gemido. Hrist le dio unos golpecitos afectuosos en el cuello mientras se aguantaba la risa. El wyvern le resopló en la cara, pero lo único que logró fue hacerla reír todavía más.

–Hehehe… –Se puso tras las orejas los mechones de flequillo descarriados por el viento, en un intento de recuperar la compostura. –A ver, ejem… Qué camino tomar…  

No es que hubiese mucho donde escoger… De nuevo, el ejército de Carcino se había limitado a entregarles un mapa garabateado con más o menos gracia (según lo exigente que se pusiese el destinatario) y tres o cuatro directrices a seguir: investigar la zona e informar sobre presencia o ausencia de emergidos. Y si entraban en contacto con alguno… qué novedad: exterminarlo.
Pero primero venía el bautismo de fuego: que Sindri bajase indemne de encima de Logi.

–Le pido disculpas. –espetó Hrist, clavando su mirada en ese mentón que Sindri levantaba con tanta… arrogancia. Casi parecía un noble. Durante unos instantes, estuvo tentada de retirar la mano en el último momento. –No pretendía ofenderle con mi “galantería”. Si lo prefiere, me retiro y le dejo hacer.

La próxima vez dejaría que él solito escalase a la inversa el camino hacia tierra firme. A lo mejor así no heriría su orgullo de bibliotecario sin biblioteca. ¿Desde cuándo la gente se ofendía por un poco de ayuda para bajar de un wyvern? Un wyvern no era un caballo, si uno se caía, a parte del golpe, corría el riesgo de que el animal lo barriese con un golpe de cola o le aplastase algún miembro con sus enormes patas con garras afiladas. Y eso por no hablar de lo ásperas que eran las escamas. Si no se sabía bajar bien, los pantalones veían reducida su esperanza de vida drásticamente.  

Pudo ver a lo lejos la granja a la que se refería Sindri. No estaba lo suficientemente cerca para ver si estaba en buen estado, pero por lo menos se podía discernir que seguía en pie. Bueno, esa granja (y lo que parecían ser unas cuantas más a su alrededor) podía ser el primer objetivo a inspeccionar. A lo lejos se divisaba un riachuelo, con algo que parecía un modesto puente por encima.

–Si no le importa, primero interesaría acercarse al riachuelo. –dijo escuetamente, haciéndole señas a Logi. –No vendría mal reponer el agua que hemos gastado durante el viaje.

Cogió las riendas del animal cuando esté la alcanzó e hizo camino hasta el riachuelo. El agua fluía cristalina y reflejaba erráticamente los rayos rojizos del atardecer. Un agradable olor a vegetación fresca lo inundaba todo. Rellenó primero las botas con agua, y luego le quitó las riendas de la boca al wyvern para que pudiese beber con comodidad. Hrist aprovechó para sacar de encima de las alforjas su fiel hacha larga de acero.

–A primera vista no parece haber actividad. –comentó distraídamente, pasando los dedos enguantados por el lado romo de la hoja. Fijó la mirada en el grupo de granjas que divisaba desde allí. –Pero casi nunca suele ser tan fácil.

Le vino a la memoria su primer encuentro con Sindri en las minas de Kilvas. Parecía totalmente desértico y abandonado, hasta que empezaron a salir emergidos de todas partes. Incluso del interior de la mina. ¿Seguirían allí aquellos desgraciados que Sindri encerró en la mina? ¿Habrían muerto de hambre o de sed? Bueno, mejor dicho… ¿Los emergidos pueden morir de sed o inanición? Qué seres tan misteriosos…
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Mensaje por Sindri el Sáb Abr 06, 2019 9:20 am

¿Y no ha pensado en llevar… menos? – mencionó el Hechicero mientras seguía a la mujer y al wyvern, que al parecer habían decidido ir a registrar antes el riachuelo cercano. Obviamente al lugar más aburrido de los dos y justamente en el que habría de todo menos diversión. Pero ya que la dejó elegir ahora no podía quejarse del resultado. Sería completamente descortés – Es decir… ¿Es necesario cargar al pobre animal con láminas y láminas de metal? ¿Las necesita usted ahí arriba? ¿O le serviría igual de bien una armadura de cuero hervido? ¿O de cuero endurecido? Un wyvern puede ser fuerte, pero aún así supongo que cualquier peso extra que se pueda quitar es bueno para evitarle el lumbago. – quizá era típico de Nohr que los jinetes de wyvern parecieran una cacharrería y que anunciaran su presencia con el redoble de tambores metálicos en veinte quilómetros a la redonda. Pero el Hechicero sabía de otros jinetes de wyvern, por ejemplo los de Daein, que empleaban una protección mucho más escueta y concisa. Quizá Sindri simplemente no entendía la necesidad de ir a cuestas con algo que te restaba velocidad y agilidad y prefería viajar todo lo ligero que podía.

Supongo que algo moderadamente interesante habrá de camino al riachuelo. O en el río. O en el viaje de vuelta. – comentó neutramente el muchacho mientras trataba de animarse con algunas perspectivas de futuro. Realmente, había muy poco que ver en un río si lo comparamos con, digamos, una casa repleta de cosas que curiosear. Pero el bibliotecario supuso que los ríos serían “lugares de interés estratégico” para los mercenarios y toda aquella sarta de jerga militar que le traía dolores de cabeza. Ya sabéis. “Enemigo herido en Delta Charlie Bravo” – Supongo que con lo grande que es el wyvern debe beber toneles y toneles de agua. Y no creo que sea muy buena idea hacerle cargar con un barril por si le entra sed a medio vuelo. – no había visto jamás un wyvern llevando un bidón consigo, pero eso no quiere decir que no existan… sólo que no ha buscado lo suficiente. Obviamente debía haber jinetes de wyvern que emprendieran viajes con sus compañeros animales por lugares con escasez de agua. Y, claramente, una bota de agua de las que compras en cualquier mercadillo no serviría para saciar la sed de tal colosal criatura. Tenía que haber alguna manera de llevar provisiones para wyverns durante largas travesías a vuelo, pero ahora mismo no se le ocurría absolutamente nada.

Una vez la mujer dio su parecer sobre el estado del espacio adyacente al río, Sindri no pudo reprimir ni un segundo decir a modo de respuesta – Ni a primera vista, ni a segunda, ni a tercera. Quizá a cuarta vista si tenemos algo de suerte. – era un río. Un río tranquilo en todos los sentidos de la palabra. Había hierba fresca a los lados, árboles por aquí y por allá, el rumor del viento meciendo las ramas, pequeñas salpicaduras en el agua, reflejos del atardecer en la corriente y en las hojas sobre él… era un lugar bucólico e idílico, si tenía que describirlo con algunas palabras de las que se usaban en los libros de viajes – Tendría que haber traído conmigo una hamaca. Parece un lugar de ensueño para echarse una siestecita o pasar un buen rato alejado de la civilización y cerca de la naturaleza. Lástima lo de los Emergidos. – comentó en un medio suspiro de ensoñación. Era el típico lugar en el que sacarías una pipa y darías una larga calada mientras contemplabas la maravilla de la naturaleza todavía no tocada por las destructivas manos del hombre. Lo que era raro, porque Sindri no fumaba. No por ninguna razón de salud ni nada, simplemente no quería algo con cenizas candentes ondeando cerca de ningún libro suyo.

Bien, ya que estamos aquí… – el Hechicero volvió a sacar todos los bártulos relativos a su investigación y comenzó a escribir mientras la mujer llevaba el animalito hasta las cristalinas aguas del río. Miró con atención para ver si el wyvern trataría de zamparse algún pececito, pero no hubo suerte, por lo que continuó su trabajo de documentación – Según tengo conocimiento, las tierras de Nohr no son tan frondosas como estas, ¿cierto? O, al menos, tan coloridas. – trató de empezar una conversación Sindri mientras se agachó y cogió una piedrecita para entonces lanzarla al río. Observó con atención cómo se hundía y cuántas onditas provocaba paulatinamente en la faz del agua antes de continuar escribiendo en el pergamino sujetado por la tabla – En Ilia todo es blanco. Si quieres algo de verde o marrón más te vale comenzar a escarbar. Y, dependiendo del tiempo del año, usar una pala bien grande. – terminó prontamente el dibujo del río que tenía delante. Un dibujo completamente técnico sin la más mínima pizca de arte o corazón en ningún trazo. Verdaderamente nadie sollozaría de emoción viendo la composición de los árboles ni tampoco caerían rendidos ante la maestría de la representación del agua corriente. Pero sí sabrían dos cosas: a) Que aquí hay un río y b) Que si metes el pie te mojas hasta la rodilla. Lecciones importantes según Sindri.

¿Cree que los Emergidos han dominado el arte del transporte subacuático? ¿Deberíamos pinchar el agua con algo por si acaso? – bromeó el muchacho para romper la solemnidad del ambiente. Con unas aguas tan claras, cualquier Emergido que hubiera bajo ellas podría verse con la claridad de un cuervo en un campo recién nevado. Salvo que los Emergidos hubieran adoptado técnicas de camuflaje avanzadas. Entonces sí que tendrían problemas…
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Mensaje por Hrist el Sáb Abr 06, 2019 3:30 pm

–Se puede llevar menos, sí… Sacrificando protección. Es difícil dar con la combinación perfecta entre ir protegido e ir ligero. Un jinete de wyvern y su montura tienen que ser resistentes a los ataques físicos, y eso supone no destacar en velocidad. –Apuntó, sin desviar la vista de la bota de agua que estaba rellenado.– Si lo que se quiere es ir ligero y rápido, para eso es mejor hacerse caballero de pegaso.

“¿Es necesario cargar al pobre animal con láminas y láminas de metal? ¿Las necesita usted ahí arriba?”. Por Anankos… ¿Es que Sindri no sabía para qué servían las armaduras para monturas? ¿Se creía que los wyverns eran invulnerables? En serio… Sólo faltaba tener que explicarle que las protecciones para wyverns las llevaban los wyverns, y que las protecciones para humanos las llevaban humanos.

–Si tuviese que usar yo esas “láminas y láminas” no las llevaría puestas Logi. Es protección para monturas. –zanjó. Dio unos golpecitos en el cuello al animal cuando éste acabó de beber y lo encaminó hacia la granja. –Ya dirá usted cuando quiere acercarse a la granja. –Se recostó al lado de la montura, que en esos instantes olisqueaba la hierba.

Respiró hondo. “¿Láminas y láminas?” Si un peto más grande, un casco y protección para el cuello le parecían “láminas y láminas” que causan lumbago, era probable que Sindri fuese alérgico a llevar nada que no fuese estrictamente ropa. O un exagerado (cosa de la que estaba cada vez más convencida). En comparación con ella y con Logi, los generales acorazados de Nohr no debían ni parecer humanos a ojos de Sindri, ya que apenas se les veía la cara bajo el casco.  

–Cierto, Nohr no es famoso por su abundancia de verde. –Miró unos instantes al cielo, recordando.– Hay vegetación, pero no es tan llamativa como en otros sitios. Allí la tierra es poco clemente, es difícil hacer prosperar cultivos que requieran muchos cuidados.– Una bandada de ruidosos pájaros que les sobrevoló en aquellos momentos.– Hahaha… Lo recuerdo, aquella vez que le acompañé a Ilia todo era nieve, mirase donde mirase...

El recuerdo de una figura delgada y ladina, esquiva como una sombra y vestida con abrigo con armiño en la capucha, le borró la sonrisa de la cara. Hrist sacudió la cabeza instintivamente.

–En mi pueblo nevaba algunas veces en invierno, pero no era habitual. –¿Cómo le estaría yendo al abuelo? Le apetecía volver a casa unos meses y relajarse. –No estamos en la zona más fría de Nohr, tampoco. Pero era bonito. A Logi le gustaba dar coletazos en la nieve si la capa era gruesa.  

Cuando Sindri dio por terminado lo que fuese que estaba esbozando o apuntando en su pergamino, Hrist le dio un toque a Logi. El wyvern se levantó perezosamente y enseguida dirigió su hocico hacia la granja. El trayecto fue más corto de lo que aparentaba. A lo mejor había sido la fatiga del viaje, que le había jugado una mala pasada.
Hrist esperaba la granja se hallase dañada o con signos de abandono prolongado, como las minas de Kilvas. En vez de eso, estaba tan limpia y bien conservada como podía estarlo una casa cuyos dueños llevaban semanas fuera. La piedra de las paredes estaba intacta, igual que el granero. Lo que hubiese dentro ya era otra historia…

–Bueno, primera parada. –comentó Hrist. –¿Quiere tomar notas primero? Usted dirá.
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Mensaje por Sindri el Sáb Abr 06, 2019 5:55 pm

Usted sabrá. Yo no me veo capacitado para opinar sobre los peligros que un mercenario debe afrontar día tras día. – contestó con tono conciliador el Hechicero mientras se encogía de hombros levemente. Sindri suponía que un wyvern ya era de por sí difícil de golpear en el aire… al fin y al cabo la mayoría de gente no lanzaba sus espadas y sus lanzas contra una mole de carne y escamas que se acercaba a ti a una pasmosa velocidad. Además, era necesario tener en cuenta que para un mago de cualquier clase, todas esas protecciones eran irrisorias incluso contra el más nimio de los hechizos. Un wyvern ya podía llevar con él todo el acero de Nohr y una bolita de fuego hecha por el aprendiz más novato las podría traspasar como si no fueran más que niebla – Considérelo una opinión de lego, si quiere. – una armadura no era más para él que una diana que gritaba al mundo “¡Lanzadme hechizos! ¡No puedo moverme de donde estoy!”. Obviamente siempre estaba la contestación de “Sindri, pero hay gente que no usa hechizos y tiene que recurrir a armas crudas y afiladas” a lo que el Hechicero tenía una clara y concisa respuesta. Una contestación que le servía para muchas cuestiones, de hecho: “Ese no es mi problema”.

¿Han probado a sembrar coles? La verdulera del pueblo decía que las coles crecen en cualquier lado. Incluso en macetas. Lo que explicaría porque su tienda era básicamente una “tienda de coles y otras verduras”. Aunque quizá es que a nadie le gustan las coles. – especuló el muchacho tras escuchar el alegato sobre la naturaleza de Nohr. “Cultivos que requirieran muchos cuidados” se le antojaba algo bastante… oximorónico, para ser sinceros. Ni que cultivar cosas fuera tan difícil… simplemente cogías unas semillas, las ponías en el suelo y esperabas unos meses o algo así. Luego cuando tenían buena pinta, las recogías y las llevabas al mercado. Luego las doncellas las compraban, los cocineros las, bueno, cocinaban y las sirvientas las… servían. Y tú las apartabas porque a ver a quién se le ocurriría estropear un buen solomillo añadiéndole berzas – Pero sí, supongo que hay lugares más fértiles que otros. Mire Carcino, aquí seguro que puede crecer todo tipo de comida. Quizá Plegia simplemente quiere un lugar donde crecer alguna cosa que hincarle el diente y donde los conejos puedan vivir hasta que haya llegado la hora que se transforme en conejo estofado. – la comida era importante y seguramente los Plegianos clamarían por algo de manduca que no fuera salada, en vinagre o, desgraciadamente, ambas a la vez.

Al parecer había llegado la hora de encaminarse a la granja y Sindri lo agradecía, puesto que ya tenía un agujero en el estómago y el nuevo lugar tenía promesas de víveres frescos de toda clase. Así bien, al muchacho no se le ocurrió mejor idea que ir discutiendo la gastronomía de todos los lugares que había visitado a lo largo de sus viajes. Comenzó así por los guisos especiados de Ilia que abusaban demasiado del roux pero que bien llenaban el buche. Luego vino la comida extraña que recordó de su periplo por Tellius e hizo especial hincapié sobre la sopa de remolacha de los lugares más desérticos, fría y tan espesa que parecía miel escarlata.  Finalmente, cuando llegó a la puerta de la granja, justamente estaba diciendo – Lycia, pero tiene los mejores postres de todo el mundo. A la hora del postre recuerdo haber visto bandejas de dulces hechas en las cocinas del castillo, cisnes de crema y unicornios de azúcar, pastelillos de limón en forma de rosa, galletas de miel especiadas, tartas de moras, tartaletas de manzana y ruedas de queso cremoso, por no decir que... – pero la agradable hora de la charla había terminado puesto que el trabajo lo reclamaba.

Una puerta. Una puerta de la casa principal de una granja que parecía completamente activa y bien cuidada. Incluso podía escuchar los sonidos de animales que habían cerca. Quizá sí que había alguien viviendo aquí, lo que sería maravilloso. Si alguien les podía contar lo que había en los alrededores no tendrían que ir ellos, al fin y al cabo – Buenas tardeeeees. Aquí viajeros cansados que buscan asilooooo. – mencionó en voz fuerte el muchacho mientras golpeaba sonoramente la puerta del lugar pidiendo entrar de forma imposible de malentender. Esperó un segundo. Dos segundos. Cinco segundos. Diez segundos – Que caigan bendiciones sobre esta casa. – y con esas palabras, abrió la puerta empujándola con el hombro ligeramente. Unas muy buenas palabras, de hecho, puesto que hacía que las mentes de las personas se concentrasen qué otras cosas podían ser llamadas sobre ellos si no trataban bien al que hablaba.  

Pero lo único que lo recibió fue una penumbra ominosa y un olor a rancio y a polvo. Con la luz que quedaba podía verse lo suficientemente bien como para discernir que no parecía haber ninguna clase de vida. O no la hubo durante varios días – Supongo que deberíamos investigar esta casucha, pero no creo que necesitemos dos personas para ello. ¿Qué le parece si usted y su amigo escamado se dan un garbeo por los cielos para ver si hay algo de movimiento por la zona? – dijo mientras señalaba arriba con el dedo índice. Realmente podían estar abriendo y cerrando puertas todo el día, pero seguramente ayudaría más tener mejor visión sobre la granja – ¡No se preocupe! Si encuentro algo de jamón o algún encurtido ya lo comparto con usted cuando vuelva. – bromeó guiñándole el ojo. Bueno, todo dependía de la calidad de lo que encontrase y cuánto tardara la mujer en volver, pero eso ya eran detalles sobre los que no valía la pena entrar ahora.
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Mensaje por Hrist el Dom Abr 07, 2019 1:06 pm

–Me parece bien. Un vuelo relajado por el cielo, a ver qué vemos. Y si luego cae algún tentempié, mejor que mejor.–Se giró hacia el wyvern, aún sonriendo.– ¿A que sí, Logi?

El animal bufó entusiasmado. En cuanto Hrist se subió de nuevo encima, batió las alas y recorrió unos cuantos metros antes de alzar el vuelo. Pocos segundos después, Hrist volvía a tener el flequillo despeinado a causa del viento.

–Ya veo… Cuatro granjas. –Empequeñeció los ojos.

La granja que investigaba Sindri era la más cercana al riachuelo. El granero se veía intacto, incluso a tanta altura. Dos parcelas de cultivo, perfectamente delineadas y separadas, estaban a pocos metros de la casa principal. Más allá, siguiendo todavía el cauce del riachuelo, pero no tan cercanas, tres granjas más aparecían en su campo de visión.

–Vamos a ver qué hay por allí…

Dio un suave tirón de las riendas y el wyvern puso rumbo a la primera de aquellas otras granjas. Hizo que Logi descendiera unos pocos metros, lo suficiente para poder apreciar que aquella granja también se encontraba en buen estado. El granero, igual. Lo que ya no estaba tan intacto era el par de parcelas a su lado. ¿Habría habido una pelea?  

–Parece que sólo falta una parte de los cultivos… –musitó.– A lo mejor tuvieron que salir corriendo a media cosecha. O los evacuaron a tiempo…– Prefería que fuese eso último. Si habían avistado emergidos con tiempo suficiente, habrían podido evacuar a la gente sin que nadie saliese herido.– Vamos a ver qué se ve en la siguiente.

En la siguiente granja, la casa principal era más grande y tenía dos graneros. Las tres parcelas eran más extensas que las de las otras dos granjas. De nuevo, todo estaba en orden. Por lo menos en apariencia. Nada impedía que dentro hubiese alguna sorpresa desagradable.

–Bien, ésta ya es la última. –repuso.

Logi acabó de rodear la cuarta granja, del mismo tamaño que las dos primeras junto a sus inseparables dos parcelas a pocos metros de distancia. El animal gruñó brevemente mientras volvía a ganar altura. Hrist lo hizo detenerse en una corriente de aire ascendente y oteó de nuevo en la lejanía. No veía nada digno de mención. Sindri debía seguir dentro de la primera granja. Y dado que no le llegaban gritos ni ruidos de pelea, era posible que él tampoco hubiese encontrado novedades. Mejor, eso haría las cosas más fác…

–¿Q-Qué pasa? –El wyvern emitió un ruido, a medio camino entre gruñir y rugir.– ¡Logi! ¿Qué pasa?

Prestó atención, pero lo único que le llegaba era el batir de alas de Logi y el canto esporádico de algún pájaro. El murmullo de las copas de los árboles meciéndose al son de la brisa. El silbido furioso de las ráfagas de viento en las alturas. ¿Se estaba quejando de eso? No, le pareció que no. Tampoco vio movimiento allá abajo… Pero algo debía haber percibido.

–Vamos. –ordenó.– Si hay algo, acabaremos viénd…

Entonces lo oyó. Un rugido, distorsionado por la lejanía, arrastrado por el eco. Lejano pero que avanzaba a trompicones por el aire.

–Un wyvern. –Sacó el hacha larga de acero y el casco de las alforjas. –Espero que sea del ejército de Plegia. –Logi gruñó secamente. –Sí, si no querrá decir que son emergidos. No creo que haya bandidos que se atrevan a pulular entre ambos bandos…
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Mensaje por Sindri el Dom Abr 07, 2019 2:25 pm

Un Hechicero siempre se sentía más cómodo en la oscuridad que en la luz. Incluso (o, dependiendo como uno lo viera, especialmente) cuando era una luz que auguraba que la noche estaba cerca. Así bien, el olor a cerrado y a viejo le recordaban en cierto modo a la Gran Biblioteca de Ilia, donde si guardabas el polvo debajo de la alfombra, las estanterías podían llegar a tocar el techo. Por ello se sintió casi como en la casa que nunca tuvo en Ilia, por lo que despidió afablemente a la mujer mientras se elevaba con su montura por los cielos. Que ellos surcaran las nubes, había cosas muy interesantes que ver por el suelo. O, en este caso, en las paredes de la granja.

No era un lugar excesivamente ostentoso, pero, a decir verdad, sólo había visto una o dos granjas excesivamente decoradas en su vida. No, mentía, había visto una granja con una casa fastuosamente decorada, el hogar del terrateniente, que quería gritar a los cuatro vientos su posición de nouveau riche. Pero ni todas las alfombras importadas de Tellius del mundo, ni todos los cuadros repipis de Etruria, ni las mesas y sillas con madera de nogal de Araphen, ni los mejores cocineros de la región podían dotar aquel lugar de lo que ansiaba aquel plebeyo venido a más. No había nobleza alguna en su hogar porque nadie en aquella casa era noble. Así de simple. Así de fácil. Ya podía vestirse la mona de seda, que mona se queda. O bien naces noble o bien destacabas tanto que un monarca se veía obligado a alzar tu dinastía entera a la nobleza. Pero el oro no hacía al noble, y muchas veces lo hacía menos de lo que debía ser.

Después de esa parrafada filosófica, Sindri emprendió la búsqueda de algo que pudiera darle el más mínimo atisbo de respuesta de lo que allí sucedió. O allí no sucedió. La estructura en sí estaba perfectamente indemne tanto por dentro como por fuera, no había el más mínimo indicio de ningún tipo de batalla. Ni de prisa. Realmente la espesa capa de polvo que cubría la mesa era completamente uniforme y el único color disonante del suelo era el lugar donde había pisado para entrar. No había sangre, no había cortes ni cosas rotas, parecía simplemente una casa que habían abandonado por alguna razón y todavía no habían vuelto. Pero varios enseres personales imprescindibles en los pequeños cubículos que alguien con imaginación podría llamar “habitaciones” le revelaron que allí hubo vida recientemente y, de haber escapado de ahí, lo deberían haber hecho a toda prisa – ¿Y aquí? – mencionó para sí mientras abría una puerta tan pesada que auguraba algo bueno detrás. ¿Por qué guardar algo poco importante detrás de algo que costó cinco veces de empujar?

El perfume de carne curada y guardada en seco inundó el lugar y señaló a Sindri que había encontrado un verdadero tesoro gastronómico. Un bufet en el sótano, por decirlo así. Ristras de chorizos del color de rubíes colgaban del techo y se perdían en la oscuridad del lugar y longanizas curadas aquí y allá al alcance de la mano largas como antebrazos. Jamones al fondo con un olor tan salado que te hacían llorar los ojos. Y tinajas repletas de aceite hasta el fondo traicionaban el lugar donde estos granjeros habían guardado el queso y las morcillas. Seguramente. El queso seguro, aquel aroma de aceite agrio no se conseguía así como así. Y, claro, sería un problema terrible dejar aquel manjar para los Emergidos. ¿Quién querría ver como el enemigo de todos veía acrecentadas sus potenciales reservas de comida (en el caso que comieran algo)? Nadie, claro está. Seguro que los anteriores inquilinos se lo agradecerían si consiguiera privar a los Emergidos de avituallamiento aunque fuera sólo un poco. Así bien, Sindri llenado de un inusitado fervor para ayudar al prójimo descolgó unas pocas longanizas que tenía cerca y las guardó en su zurrón con premura menos la última, que la sostuvo en su mano izquierda. Obviamente no iba a cargarse inútilmente de jamones, había un wyvern ahí para hacerlo por él, y el chorizo sin pan era como un jardín sin flores.

Ni corto ni perezoso salió del lugar y volvió a cerrar con fuerza la puerta que daba al sótano con la esperanza de poder volver más tarde. Como no había nada más de interés en la casa, el muchacho salió de la casucha y se dirigió hacia la segunda estructura del lugar: el granero mal pintado que había a unos cincuenta pasos. Pero mira tú por dónde, qué puerta taaaaaaaaaaan grande que había ahí. Oh, enorme, enorme. Verdaderamente pesada. Ni en cien años podría abrirla el pobre Hechicero con sus manos estando como estaba con el estómago vacío. Pero por suerte para Plegia, Sindri se había agenciado una maravillosa y deliciosa solución que lo llenaría de vigor – Veamos… creo que he guardado el cuchillo por aquí… – dijo para sí mientras metía su mano libre en la bolsa buscando el preciado utensilio de cocina. ¡Claro que no se iba a comer una longaniza a mordiscos! ¡Había sido criado en una corte! Lo que quería decir es que se lo habían dado todo bien cortadita y no le hacía ninguna gracia tener que masticar de más.

Y, justo cuando encontró el cuchillo, un ruido sobrecogedor llenó el ambiente. Adivinar lo que era no le fue tan difícil, al fin y al cabo no había por allí muchos seres con unos pulmones tan grandes – ¡Será carpanta! ¡Si le he dicho que le dejaría un trozo! No hay razón para ponerse así. – mencionó el Hechicero mirando al cielo con detenimiento, no fuera a ser el objetivo de un ataque de un wyvern hambriento. O todavía peor, que el animal de sangre fría le robara la longaniza antes de probarla él.
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Mensaje por Hrist el Lun Abr 08, 2019 5:00 pm

Un wyvern. No le cabía duda. La cuestión era si aliado o enemigo.

–¿De dónde viene? No consigo ver nada a nuestro alrededor.

Mirase donde mirase, sólo veía los extensos campos de cultivo, la bucólica visión de las granjas y el sinuoso recorrer del riachuelo. ¿El cielo? Despejado. Ninguna silueta sospechosa en el horizonte. ¿Allá abajo?? Ningún batir de alas pesado. Ninguna nube de polvo súbita cerca de un granero. Ni una sola bandada de pájaros huyendo de repente… ¿Se lo habría imaginado?

–No, ya veo que no. –masculló. Logi volvía a gruñir indeciso. Pero dado que no había rugido él también, ese wyvern debía de estar todavía a una distancia considerable.– ¿Tienes idea de dónde viene?

El animal bufó bruscamente. “Lo tomaré como un no”, pensó. Decidió que sería mejor volver a dar un rodeo alrededor de las granjas. Algún detalle podía haberle pasado por alto: una silueta que se moviese entre los campos de trigo, una puerta abierta que antes estaba cerrada (o viceversa), una enorme sombra proyectada en el suelo que lo cruzase a toda velocidad… Además, Sindri estaría absorto en sus tareas de documentación, fuese lo que fuese que documentara en aquel pergamino. Pero si realmente un wyvern con jinete rondaba cerca, no era buena idea separarse demasiado rato.

La segunda ronda resultó también infructuosa. Nada había cambiado. O eso parecía. Entre las corrientes de aire, el viento trajo de nuevo los ecos de otro rugido. Resonaba vagamente en todas partes. Era como oír un estruendo a lo lejos, saber que estaba ahí, que venía hacia ellos, pero ser incapaz de decidir desde dónde parecía venir el sonido con más nitidez.

Qué frustrante… ¡¿De dónde venía?! Un momento, un momento…

–De momento estamos seguros de que es un wyvern. Pero… –pensó en voz alta, rascándose las sienes.–  …no necesariamente adiestrado.

Miró unos segundos la hoja de su hacha larga. Sí, también podía ser un wyvern salvaje. Un wyvern sin jinete. Era una posibilidad. De hecho, podía ser la mejor posibilidad. Sin un jinete que lo dirigiese hacia ellos, podía ser que pasase de largo o no se interesas en ellos si no llamaban mucho su atención.

Dio un último vistazo a los alrededores desde las alturas. Seguía sin ver nada. Quizás sería mejor volver hacia la primera granja. Haría el vuelo de vuelta más lentamente. Alguna pista tenía que haber que le pudiese indicar de dónde venía el rugido…
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Mensaje por Sindri el Mar Abr 09, 2019 12:15 pm

¿Vaquitas? ¿Ovejitas? ¿Burritos? – mencionó a la penumbra del granero una vez pudo abrirlo de par en par. Quién sabe, los villanos solían meter animales en los lugares más raros imaginables y no podía ignorar la posibilidad que tras aquella puerta hubiera algún animal muy enfadado listo para cargar contra el primer humano que advirtiese en algún tipo de vendetta.

Y por si acaso, ya había guardado toda longaniza, no hubiera sido amigo íntimo del animalito en cuestión antes de pasar a mejor vida. Todo sea dicho de paso, aquí en Carcino se curaba una buena carne y todo era bienvenido después de las raciones de tocino seco que seguramente no eran más que suela de bota cocida y recocida sobre la que habían echado algo de sal. No sabía cómo la mercenaria podría aguantar tal dieta: carne en salazón, queso tan seco que podría absorber un lago entero, galletas tan duras que ni el wyvern podría masticarlas y raciones de agua que sabían a cuero (o a madera) al llevar tanto tiempo en un mismo lugar. Pero esta longaniza sabía a todo lo que una longaniza tenía que saber y estaba tan tierna que el muchacho podía partirla con las manos sin necesitar cuchillo. Seguiría usando el utensilio por cortesía y educación, claro.

La única respuesta que tuvo a sus palabras fue un silencio sepulcral y un olor inconfundible a heno caliente y ligeramente pasado. Al Hechicero le sorprendió saber que al resto del mundo parecía no disgustarle ese tufo tan característico del alimento preferido por los animales de granja durante el invierno, pero al parecer sólo era cosa suya. Pero vamos, la gran mayoría de ingredientes minerales de sus pociones tampoco olían a rosas precisamente, como el azufre que olía a huevos podridos, por lo que no le detuvo en absoluto de entrar en aquella vetusta estructura en búsqueda de algo de vida. No agarró ninguna clase de luz ni de vela, las ventanas serían suficiente fuente de visión y… realmente no quería tener que dar explicaciones a nadie sobre porqué había ardido una granja entera cuando, supuestamente, no pudo encontrar a nadie en ella.

Así pues fue de montón de heno en montón de heno sacudiéndolos ligeramente para ver si había algún movimiento en ellos que delatase algún ocupante – ¿Holaaaa? – el eco distorsionaba su voz gradualmente, pero lo único que eso delataba era el vacío del lugar. No había caballos algunos en las cuadras y todos los objetos que uno asociaría con los granjeros, tales como las horcas y las hoces, estaban cubiertos por una ligera capa de polvo. Así que no había animales que pudieran portar humanos y tirar de carros y cualquier instrumento que pudiera improvisarse como arma de combate había sido completamente abandonada. Todo ello llevaba a pensar a Sindri que seguramente los granjeros habían puesto pies en polvorosa en cuanto oyeron que había peligro en la región – Hm… – la otra opción, claro, es que los Emergidos no les habían dado ni la más mínima oportunidad de defenderse y habían logrado acabar con ellos sin dejar la más mínima marca. Una opción que parecía improbable pero no imposible… a estas alturas ni el hecho que los Emergidos sacaran a los dragones de su letargo le parecía imposible.

El atardecer cegó durante unos instantes al Hechicero tras salir del granero. Había dado ya un par de vueltas por el pequeño edificio y, aunque éste tenía dos pisos, se negó rotundamente a despegar sus pies del suelo para subir por una escalera de madera enmohecida. No por el hecho de cruzarlas, claro, Sindri había llevado a cabo varias veces el truco de andar por la cuerda floja. Pero si ya había polvo en el suelo del granero… imaginad el que habría en un lugar en el que nadie nunca ha pasado ni un paño. Una vez sus ojos se acostumbraron a la luz ámbar el bibliotecario escudriñó el horizonte en busca de noticias – ¿Habrá acabado ya su ronda? – se preguntó con una mano sirviéndole de visera. No fue hasta que un punto negro en el horizonte se fue haciendo más y más cercano que pudo divisar a lo lejos a una figura difuminada montada en algo que indudablemente era un wyvern – ¡Señorita Hrist! ¡Por aquí! ¡Yuujuu! – exclamó alzando la voz y haciendo aspavientos con los brazos para ser visto bien desde el aire – ¡Por aquí! ¡Por aquí! ¡He encontrado víveres! ¡Tenemos la merienda asegurada!
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Mensaje por Hrist el Vie Abr 12, 2019 11:41 am

Era una situación extraña. Estaba convencida de que por los alrededores no había nadie, únicamente Logi, ella y Sindri. Pero también estaba segura de que había gato encerrado. Logi había notado algo, pero ni él parecía capaz de detectar el origen de lo que fuese que lo inquietaba. El que sí no parecía incómodo en absoluto era…

–Sindri… –Murmuró Hrist. Le vio moviendo los barzos alegremente, ajeno a todo– Él sí que vive feliz a todas horas.

Aterrizó justo donde había alzado el vuelo la primera vez. El olor de los víveres a los que se refería Sindri la alcanzaó en pocos segundos. Logi también debía de haberse percatado del aroma a encurtidos: clavó las pupilas en la comida y empezó a boquear.

–¿Hay merienda? Por lo menos a uno de los dos le ha ido bien la expedición.

Desmontó con desgana, todavía con el ceño fruncido. Tenía la sensación de no haber hecho los deberes, como si algo le hubiese pasado por alto. Claro que… Ahí arriba no había logrado ver mucho más. ¿Y si no había prestado suficiente atención? No, había dado varias vueltas para asegurarse. Había pasado por todas y cada una de las granjas. Tenía que ser algo que viniese de lejos. Por eso llegaba como un eco confuso, claro… Además, Logi también había…

–¿Eh? ¿Q-Qué…? –La súbita aparición de una apetitosa longaniza a pocos centímetros de su rostro, prácticamente bajo su nariz, le hizo dar un respingo.– Ah, la comida.

Aceptó la longaniza que le ofreció el ex bibliotecario. Definitivamente tenía buena pinta. Era complicado no relamerse los labios ante un embutido tan tierno que no requería cuchillo para trocearlo. Olía tan bien que tuvo la sensación de que rechazarlo sería hacerle un feo a aquella obra maestra de los encurtidos.

–Mmmh… Sí… Mmmh… –Acertó a decir– Es más suave que las longanizas que comía en casa… –Siguió masticando.– Pero es tierna, sí, es tierna… ¿Quieres el resto, pimpollo?

Lanzó al aire la mitad de la longaniza que había sobrevivido a su apetito y Logi la cazó al vuelo con ansia. El animal gruñó complacido mientras hacía pedazos aquel trozo de carne salado antes de tragárselo.

–Ah, ¿Hay más dentro? Sí, puede que no sea mala idea traerle algo más grande…

Al parecer, Sindri había examinado a conciencia todo lo relacionado con la comida. Si había sido igual de aplicado a la hora de investigar el resto de la casa… eso ya estaba por ver. Pero decidió dejar esa observación para más adelante y fue tras él, ya que se ofreció a mostrarle el camino.

–Pero bueno… –boqueó– Menuda reserva tenían aquí los señores granjeros…

Miró con los ojos como platos. Una sensación de furor le recorría el estómago y el pecho. Ahí había comida de sobra para alimentar holgadamente a una familia numerosa. Había suficiente variedad para cocinar casi todas las variantes de estofado y guiso que Mamá le había enseñado a cocinar. Era un olor, una textura, un aspecto… que gritaba “cocíname como hacéis en Nohr”.

–Es el sueño de cualquier ama de casa… –susurró distraída.

Pasó de largo de las infinitas ristras de chorizos e hizo acopio de fuerza de voluntad para ignorar las longanizas. El olor a queso era extremadamente tentador, pero había que centrarse en lo importante. Nada, nada, las morcillas quedaban para luego.

–Aquí está. –cogió una enorme pata de cerdo, convertida en un jamón capaz de hacerle la boca agua hasta al más soso de seres humanos.– Éste servirá…

Una vez fuera, acercó el jamón las fauces de Logi, que ya esperaba con la boca abierta. El wyvern empezó a masticarla satisfecho, como un niño con un juguete nuevo.

–Quién pudiese tener una despensa tan surtida… –Comentó mientras observaba a Logi devorar el tentempié. –¿Se ha quedado con hambre? Podríamos coger algún embutido más (para que no desaprovecharlos, quiero decir) y cuando acabemos miro de preparar algún cocido… ¿Qué le parece?

La respuesta de Sindri quedó ahogada por un repentino grito ensordecedor. Logi soltó de inmediato el jamón y aportó también su granito de arena. Mientras el grito de Logi le taladraba los tímpanos, apenas tuvo tiempo de ver una enorme sombra que se abalanzaba sobre ellos, ensombreciendo todo a su paso. El primer instinto de Hrist fue apartar a Sindri del alcance de las garras de aquello que iba a por ellos, aunque con ello acabase lanzándolo al suelo.

–Un wyvern… ¡Lo sabía! –refunfuñó. Sin cambiar un ápice la expresión de su cara, se dirigió a Sindri. –¿Está bien? ¿Puede levantarse?

En esos instantes se oyó un desagradable sonido, como el de una sustancia espesa y grumosa que se estampa violentamente contra una pared. Una pobre longaniza se había desprendido de las manos de Sindri y había acabado en el suelo, a pocos metros de donde Hrist había conseguido apartar a Sindri… para después acabar aplastada sin miramientos por la enorme y pesada pata de un wyvern desconocido.
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Mensaje por Sindri el Vie Abr 12, 2019 6:40 pm

Mírala qué feliz viene por ahí la jinete de wyvern, seguro que se ha dado un garbeo por ahí arriba y se siente mucho mejor. Es lo que diría Sindri si la mujer mostrara algún tipo de emoción más allá de una cara completamente vacía de sentimientos, claro. Salvo la exasperación de la que de vez en cuando hacía gala, parecía que ningún tipo de expresión decidía aposentarse en la faz de la mujer. Tal vez había pasado demasiado tiempo en compañía de su wyvern y, claro, los wyverns jamás sonríen ni ponen ninguna expresión facial. Como mucho te enseñan los dientes, pero eso contaba como expresión facial del mismo modo que un mondadientes era un arma de guerra.

En fin, cada uno es como es, no tenía absolutamente ningún sentido tratar de cambiar eso a estas alturas de la vida, por lo que el muchacho no se cortó y lo primero que hizo cuando la mujer desmontó del wyvern fue ponerle una longaniza bajo la nariz, a ver si su sentido del olfato era bueno – Mire, mire, longanizas. Longanizas buenas. No de esas secas que venden en los mercados por ahí, carne de la buena de los que saben hacerla bien. – soltó el embutido en el momento que ella lo cogió y se retiró unos pasos para dejarle espacio. No fuera a necesitar hacer aspavientos para comer la longaniza. O peor, que al wyvern se le antojase morderla él y tuviera mala puntería para eso – ¡Ahahaha! ¡Mírese! Habla como una verdadera gourmet. – por alguna razón le hizo gracia que la mercenaria siquiera hablara del sabor de la comida. Una gracia nacida de la sorpresa más que de cualquier tipo de malicia. Pero eso hizo que pensara sobre la comida típica de Nohr, un lugar por el que no había pasado, y qué tipo de sabor tendrían los embutidos allí si creía poco sabrosa aquella deliciosa obra maestra de la cocina – Por suerte hay más comida en la despensa… ¿No ha pensado que quizá era lo único que encontré en la despensa y le acaba de dar lo que iba a ser nuestra cena? – y tras aquellas palabras, Sindri hizo un gesto para que la mujer le siguiera hasta la casa donde había encontrado tales manjares.

No se aceptan wyverns a partir de este punto. – mencionó jocosamente tras pasar el umbral y girarse hacia la puerta – ¡Imagine que se trague la despensa entera! ¿Cree que podría volar estando tan lleno? El animalín se queda aquí a salvo de una indigestión. – obviamente el hecho que el wyvern no cabía por la puerta era el argumento más a favor que tenía para evitar que entrara pero… ¿Qué gracia tenía decir algo tan evidente? Así pues, el bibliotecario recorrió los pasillos de la casa hasta llegar a la pesada puerta de la despensa, que señaló con efusividad – Ahí lo tiene, un verdadero Club del Gourmet. Mejor yo le espero fuera, no vaya a escapársele el wyvern… ¡Bon appétit! – y antes que la mujer pudiera abrir la puerta, el muchacho ya se había escabullido. Sólo por si acaso a la jinete de wyvern se le acudía la maravillosa idea de hacerle cargar más embutidos a él.

Ah, sigues aquí, trozo de pollo rebozado. – otra nombre de comida marrón que dedicó a la mole del mismo color que lo esperaba fuera del edificio. Por seguridad se quedó en el quicio de la puerta, no fueran a ocurrírsele ideas divertidas sobre lo que constituye una conversación civilizada – Y, dime, ¿Tú comes libros? ¿La señorita Hrist te da unas cositas así de grandes… – acompañó estas palabras con un movimiento de manos, como mostrándole el tamaño normal de un tomo que podías encontrar en cualquier biblioteca – … llenas de tinta? Los libros no se comen. Los libros son amigos. Si la señorita Hrist te da un libro para que lo comas simplemente di “no”. – trató de razonar un poco con el wyvern que tenía delante, a ver si conseguía convencer al menos a uno que dejara de considerar algo tan preciado como un libro como una golosina sólo porque el jinete no sabe hacer la o con un canuto – O, en tu caso, di algo como “groaaaaargh” o lo que sea que los wyvern hagáis. – pero la conversación privada entre hombres tocó a su fin cuando la mercenaria de Nohr salió de la casa con un jugoso y enorme jamón de jabugo. ¡Qué buena pinta! Sí que debía ser una gourmet, sí, seguro que ese pedazo de carne haría una maravillosa cena…

Para el wyvern, claro.

Creo que quizá, tal vez, puede ser que tenga unas prioridades algo… defenestradas en lo relativo a su wyvern, si me permite decirlo. – mencionó con una voz afable pero con un tinte algo irritado mientras observaba con ojos entornados como el animal se daba la comilona de su vida con un manjar que no estaría fuera de lugar en la mesa de un duque o un barón – ¿Seguro que no se hubiera contentado con unos chorizos o una ristra de morcillas? ¿Seguro? ¿Debía ir directa al pata negra? ¿De esos con la grasita suculenta y vetas brillantes blancas? – enumeró  unos pocos embutidos que también había por la despensa y que podrían haber sido ofrecidos al animal después de dar unos pocos pasos fuera de la casa. Es decir, Sindri no iba a cargar con un jamón o dos, pero unos cortes así para ir disfrutando durante los próximos días no les iba a decir que no – Si quiere cocinar, adelante, no pondré impedimentos. Si quiere que cocine yo más le vale que no le disguste el cocido de Ilia porque es lo único que… – y no tuvo tiempo a explicarle que el cocido de Ilia se basaba en meter todo lo que uno pillaba en la casa y cocerlo en una olla con agua hasta que todo se transformaba en una masa informe grisácea que no sabía a nada en particular puesto que la mujer pensó que sería divertido darle uno de esos empujones que dejan marca en los hombros.

Se quedó unos instantes en el suelo con cara neutra mientras oía pasar algún tipo de criatura cerca de él… y el desagradable sonido de algo espachurrándose – Depende. Defina “bien”. – contestó automáticamente mientras comenzaba a sentir un dolor seco en lo que serían los riñones. Verdaderamente a la gente le debía encantar lanzarlo al suelo sin mediar palabra, quizá era un hobby de Laguz Zorro y jinetes de wyvern por igual, pero sea como fuere él siempre acababa perdido de polvo y de tierra – Le agradezco su ayuda, señorita Hrist. Lástima que hemos sido testigos de una pérdida irremplazable. – se refería, claro, al hecho que una longaniza había quedado para siempre jamás incomestible. Con un suspiro, Sindri se incorporó con parsimonia y sacó un Tomo de Archfire de su zurrón, un castigo que consideraba completamente acorde con el crimen cometido.

De hecho, estaba a medio camino de tejer un hechizo de Archfire cuando un relincho hizo eco por toda la granja. De la nada, un jinete y dos lanceros con los ojos como rubíes habían hecho acto de presencia y tenían ganas de juerga. Oh, y se la iba a dar. Se la iba a dar – ¿Quizá usted prefiere castigar al wyvern que ha cometido tal insulto contra el mundo de los embutidos? Yo no tengo problema alguno en ocuparme de otros quhaceres. – una vez una bola de fuego pequeña se formó en su mano y comenzó a girar de manera elegante, el Hechicero señaló uno de los lanceros, el que peor le había caído, y la esfera ígnea se lanzó rauda y veloz hacia él. Bien es cierto que la bolita de llamas era pequeñita, pero en el momento que tocó el peto de metal del enemigo se desencadenó un pilar de fuego de varios metros de altura que llenó el lugar de una agradable luz anaranjada y una ola de aire caliente – Ningún problema en absoluto. – casi canturreó con una sonrisita mientras observaba que el caballo enemigo había comenzado a encabritarse y que el lancero objeto de su ataque no existía ya más.
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Mensaje por Hrist el Sáb Abr 13, 2019 1:18 pm

Cómo no, un jinete de wyvern. Era demasiado pedir que fuese un wyvern salvaje extraviado. También se habían acercado un par de lanceros y un jinete. Cuatro contra dos… Lo primero era aislar al jinete de wyvern. Un enemigo que puede moverse libremente por el cielo era el peor incordio que podía haber en esos momentos.

–¡Logi! –Si actuaba rápido aún podría alejar al jinete de wyvern.– ¡Bien hecho! ¡Qué rápido!

Logi se había reunido con ella antes incluso de llamarlo. Subió de un salto a la silla de montar. Se ató las sujeciones en menos tiempo del que tardó en ponerse el casco e indicó a Logi que alzara el vuelo. Sólo había que asegurarse de que el jinete de wyvern emergido se fijaba en ella y no en Sindri.

–¡Yo me encargo de éste!

El rugido de Logi fue suficiente para captar la atención del jinete de wyvern emergido. Y lo mismo para su montura. En cuestión de segundos se enzarzaron en un intercambio furioso de golpes de hacha larga y golpes erráticos de cola de wyvern. Ambos animales se embistieron. Hrist esquivó el primer hachazo. Bloqueó el siguiente golpe. Vino con tanta fuerza que la hizo tambalearse de la silla de montar.

–Uff… Qué fuerza… –jadeó.

Suerte de las sujeciones. Aún recordaba cómo las anteriores se habían roto en el peor momento durante una escaramuza en Grannvale. Pero viendo lo visto, caerse del wyvern iba a ser su menor preocupación. Ahora que había conseguido encajarle un primer golpe, su prioridad era soportar aquellas sacudidas inhumanas. Por Anankos, un poco más y escogía al rival equivocado…

–¡Arriba, Logi! ¡Arriba!

Ascendieron tan rápido como las alas de Logi les permitieron. Sentía el viento silbar insistentemente entre las rendijas del casco. Igual que también podía oír el aleteo del otro wyvern pisándoles los talones. Incluso estaba segura de haber percibido el zumbido del arma del contrario. No le hacía falta girarse para verlo preparando otro golpe.
Hrist sujetó con fuerza el mago de su hacha larga. Cuando consideró que ya estaba a suficiente altura, hizo que Logi se detuviera. En apenas tres segundos tuvo que bloquear de nuevo la embestida. El chocar de hojas quedó amortiguado por la cacofonía de rugidos de wyvern, distorsionados a tantos metros sobre el suelo. El emergido la empujó con brusquedad y el filo de su hacha larga silbó de nuevo. La sacudida y el sonido metálico posteriores indicaron que Hrist había frenado el golpe. Otra vez. Y por poco.

–Está claro que éstos no son como los emergidos que vimos con Don Zifar… –masculló.

Captó un par de segundos de duda en el emergido. Le sacudió un hachazo tan rápido como pudo. Si aquello se alargaba demasiado se convertiría en una batalla de desgaste. Tenía más fuerza bruta que ella y había que remediarlo. Como fuese. Había que buscar la forma de romper esas rachas de golpes. Si tenía que pasarse el rato aguantando las sacudidas… No, no era el momento de pensar en eso.
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Mensaje por Sindri el Sáb Abr 13, 2019 4:40 pm

Ya me quedo abajo, no se preocupe. – dijo a la nada tras comprobar que la mercenaria había alzado el vuelo a lomos del fiel wyvern sin dedicarle ningún tipo de respuesta más allá de una elección de rival. Quizá consideró que eran preguntas retóricas. Quizá no era profesional en absoluto hablar en medio de la batalla. No es que fuera a dejarse la voz gritando al viento para que la nohria le oyese desde ahí arriba – ¿Y ustedes? ¿Qué creen de todo esto? – les preguntó a los dos Emergidos (y al caballo) que estaban delante de él, mirándolo con cara de pocos amigos pero sin atacarle todavía. Tuvo el mismo éxito que hablando con la jinete de wyvern, pero al menos ellos tenían la excusa de no hablar el mismo idioma que él. Claro que seguramente ni con el mismo idioma dedicarían tiempo de su existencia a contestarle a preguntas de cortesía… salvo que existieran Emergidos que quisieran compartir una deliciosa merienda a base de embutidos.

Alzó la mano al cielo, como queriendo señalar los dos wyvern que estaban enzarzados en una singular batalla – Pues… ¿Les parece que primero veamos el combate aéreo de ahí arriba? Una especie de tregua para ver en primera línea un combate por las nubes. Seguro que no han visto alguno antes, ¿sí? – nada, ninguna expresión en su cara más allá de un aburrimiento que casi rozaba lo abyecto. Era como hablar con piedras o estatuas de alguna clase, sólo que además de resultar decorativas querían matarte. No es que fueran tan diferentes de muchas personas con las que tuvo que tratar en algún momento de su vida… había mucha gente que creía que no mostrar emociones era signo de madurez o de estoicismo y que los hacía aparentar más respetables – ¿No? ¿Seguimos con lo nuestro, pues? – alzó nuevamente su mano libre y una nueva esfera en llamas comenzó a girar poco a poco. Verdaderamente si algo tenía la Magia de Ánima es que era tan… ligera. No notaba ningún tipo de peso ni de impedimento en emplearla en intervalos cortos de tiempo. Claro que después de tener que soportar durante años el peso de la Magia Arcana sobre sus hombros, aquella bolita de fuego era tan ligera para él como una pluma.

Viendo el peligro acechar, el jinete espoleó su montura y decidió hacer lo que hacen todos cuando ven a un mago moldeando un hechizo: cargar ciegamente contra él con la idea de atacarle antes que lo terminara. Porque lanzarse a la carga de alguien que estaba levantando un hacha era tan buena idea, ¿cierto? – Veamos si puedo replicarlo… – e inspirando, dio una orden a la esfera rotante, quién pareció entenderla a la primera. Como si fuera algún tipo de miel o mermelada, el hechizo se estiró y se retorció en sí mismo hasta que se dividió en dos canicas naranjas fulgurantes del mismo tamaño, que comenzaron a perseguirse sin ton ni son alguno hasta que una quedó mucho más brillante que la otra – ¡Vamos allá! – y con esas palabras las dos esferitas salieron disparadas como piedrecitas lanzadas por un tirachinas. Pero a medio camino, una se lanzó súbitamente contra el suelo y la otra se elevó un poco, como controlada por algún tipo de magnetismo. La que descendió chocó contra el suelo justo delante del caballo e hizo un gran estruendo, aunque la deflagración fue mínima. Pero alcanzó su objetivo puesto que el equino, asustadizos como son los caballos ante los ruidos fuertes, se encabritó violentamente ante el improvisado petardo mágico.

La segunda bolita, la más brillante, tenía un propósito mucho más funesto que la anterior. Alzando el vuelo un poco más, se dirigió rauda y veloz hasta la cara del Emergido jinete, explotando ahí con una deflagración bastante controlada. Controlada, pero, no quiere decir lo mismo que débil y un intenso olor a carne chamuscada sirvió de recordatorio de tal hecho. Bien es cierto que el enemigo no acabó hecho cenizas, pero acabó cayendo al suelo sin vida… y casi sin cabeza. ¿Y lo mejor? Que el caballito estaba completamente indemne. Asustado por la explosión y el hecho que su jinete había caído al suelo de una forma totalmente antinatural, pero total y completamente vivo. ¿No era maravilloso respetar las criaturitas de Mamá Naturaleza?

¡Eh, los de ahí arriba! ¿Necesitan ayuda o algo? ¿Una bola de fuego tal vez? – exclamó Sindri a los cuatro vientos ayudándose de su mano libre. Siempre, claro, teniendo al último Emergido que quedaba en el suelo bajo su atenta mirada. Parecía todo lo nervioso y dudoso como un Emergido podía estar… y el muchacho esperaba que se quedara así hasta poder lanzar su siguiente hechizo.
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Mensaje por Hrist el Dom Abr 14, 2019 1:20 pm

–¡Aaaargh! ¡Casi…!

El hachazo de Hrist había impactado en una de las hombreras del emergido, pero el daño no era el esperado. Las protecciones habían hecho su trabajo, desde luego. Pero no estaba todo perdido. Había conseguido que el enemigo encogiese un poco el hombro. Le había hecho suficiente daño como para no haberse quedado indiferente. Pero el contrataque fue repentino. Había conseguido bloquearlo, pero a costa de un desagradable crujido en el codo izquierdo.

–Vamos, Logi, esto no ha hecho más que empezar.

“Puedo hacerlo. Puedo hacerlo. Puedo hacerlo…”. Ya no era la de antes. Había mejorado. Todo lo que había pasado tenía que servir de algo.

–¡Lo veo!

Oyó a tiempo silbido del hacha larga cortando el aire. Ambos wyverns rugieron a la vez. El silbido se volvió hueco al no encontrar el arma nada que destrozar. El hacha de Hrist chocó de nuevo contra la del emergido. Le dio un golpe con el mango del hacha y logró hacerle perder el equilibrio sobre su montura. Entonces el siguiente golpe sí acertó en el cuerpo del emergido.

–Maldita coraza… Es de las buenas. –gruñó.– ¡Mierda!

Vio las fauces del wyvern enemigo acercarse en pocos segundos. Vio también la boca de Logi cerrarse alrededor del hocico ajeno. Cuando pudo darse cuenta de lo que sucedía, Hrist había dado ya un par de vueltas de campana a lomos de Logi, sujeta de milagro por las correas de la silla de montar. Entre la confusión pudo ver que el jinete emergido estaba en la misma situación, sujetando absurdamente el arma, intentando no caerse del todo.
El estruendo que provocaban ambos animales era ensordecedor. Le pitaban los oídos. Sintió una fuerte sacudida hacia la derecha que la hizo inclinarse peligrosamente. Pudo ver el zarpazo que el wyvern enemigo le acababa de propinar a Logi. Las mandíbulas de los dos volvían a abrirse.

–Esto es una locura… –se quejó– …Hay que pararlo YA.

Sujeta únicamente por las correas e inclinada todavía hacia un lado, Hrist hizo un barrido con el hacha. La hoja dio de lleno en la zona desprotegida del cuello del animal, poco antes de la quijada.

–¡Logi! ¡¿Estás bien?! ¡¿Puedes seguir?!

El wyvern del emergido soltó enseguida el lateral del cuello de Logi. Lejos de retroceder, hizo amago de ir a por ella. Hrist le sacudió rápidamente otro hachazo en el morro para frenarlo. El jinete emergido perdió de nuevo el equilibrio justo cuando Hrist atacó. Esquivó el ataque de ella por casualidad y contratacó. El hacha del emergido le acertó de lleno en el costado, dejándola sin aire durante unos instantes. Y aún encajó otro ataque con la cara. En efecto, el lado romo de la hoja enemiga estaba teñido de rojo.

–Joder… –jadeó. Sentía la sangre escurrírsele por el rostro. El sabor de la saliva se volvía salado, metálico– …Es duro de pelar…

El sudor se le enfrió al ver que el wyvern enemigo abría de nuevo la boca e iba directo hacia ellos. Su jinete ya preparaba el siguiente golpe.

–¡Logi! ¡A por el jinete!

Tomo el consiguiente gruñido como un “Sí”. Logi mordió la hoja del hacha larga del emergido. Otro golpe a la cara de la montura emergida. Otro más al jinete emergido. Forcejeando todavía con Logi, no vio venir el arma de Hrist. El hachazo le acertó el brazo y produjo un desagradable crujido. La hoja se manchó de rojo. Logi acabó arrancando el arma de las manos del jinete, mientras Hrist volvía a atacar al otro wyvern. El último mordisco de Logi, en pleno cuello, hizo que el animal se precipitase al vacío con su jinete a cuestas.

–¡Vamos! –ordenó– A ver si con suerte no sobreviven a la caída…
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Mensaje por Sindri el Dom Abr 14, 2019 3:15 pm

Silencio fue todo lo que la mujer le volvió a dedicar. ¿Para qué se preocupaba él de ella si lo iba a ignorar completamente cada vez que le dedicaba unas palabras? Tenía con él un Grimorio de Archfire, podía lanzar bolas de fuego al aire que podían explotar de tal manera que chamuscaran incluso las duras escamas de los wyvern. De hecho, los wyvern de por sí eran bastante susceptibles a la magia, quizá por la misma razón que las espadas y hachas rebotaban de sus duras escamas como harían lo mismo ante la armadura de la infantería pesada. Pero la magia… la magia era harina de otro costal, los hechizos eran capaces de ignorar todo tipo de armadura como si no estuviera ahí. Ya podía llevar un wyvern tanto metal como para desestabilizar la economía de un ducado pequeño, toda esa protección que lo haría invulnerable ante flechas y armas puntiagudas era completamente inservible ante incluso el más débil de los hechizos de un aprendiz.

Pero… ¿Usted lo ve normal? ¿Le haría gracia ofrecer desinteresadamente su ayuda a sus compañeros Emergidos para que le ignoraran sin más ni más? – le comentó casualmente al lancero Emergido que quedaba ahí, que parecía dubitativo de veras. Levantaba la cabeza y bajaba la mirada una vez y otra, y otra, y otra… como si no supiera a quién dar su atención. No podía negar que los dos wyverns no estuvieran haciendo estruendo por ahí arriba, los rugidos y el repiquetear de metal eran bastante inquietantes. No tanto por la distancia… bueno, un poco sí, si cualquiera de la miríada de placas de metal que conformaban las protecciones de los wyverns (o sus jinetes) se les cayera y golpeara la cabeza de uno de los que estaban tan plácidamente peleando abajo… nada bueno podía salir de ahí. Nada – Los Emergidos… ¿Se ignoran entre sí? ¿Se gustan entre sí? Sé que algunos de ustedes luchan contra otros Emergidos y… bueno. No lo tengo muy claro. ¿Tienen facciones entre sus rangos? – lo único que obtuvo por aquellas palabras era un zarandeo de lanza y una cara de pocos amigos. Quizá algún día debía investigar un poco más a los Emergidos y tratar de aprender su idioma, aunque sea sólo para aprender cómo insultarlos para que le presten atención.

Bien, esto ya está listo. Ha sido un placer conocerle, señor Emergido… o eso es lo que diría si se hubiera dignado a dedicarme aunque fuera una mísera palabra en su idioma raro. – dijo con una enorme sonrisa el Hechicero mientras comenzó a formar una bola de fuego sobre la palma de su mano derecha. Ya de tanta práctica se le estaba haciendo fácil el hecho de someter el fuego a su voluntad, por mucho que le dijeran los Magos de Ánima que era algo difícil e incluso peligroso. Pero aquellos que seguían el camino de la taumaturgia arcana ya conocían el peligro de primera mano, por lo que fuera lo que fuera que le esperaba acechando en la Magia de Ánima no podía ser más terrorífico de lo que podía ofrecerle las profundidades del Abismo – ¿Unas últimas palab-? Vaya… ¿Qué es ese ruido? Parece como si un terremoto estuviera sacudiendo una herrería… – miró a derecha e izquierda extrañado mientras el conjuro daba alegres botes en su mano. Al final acabó dedicándole una mirada dubitativa al Emergido que parecía tan fuera de lugar como él. Es como si un pitido etéreo se estuviera acercando más y más y más hacia ellos… mas, ¿Qué podría estar silbando tanto? ¿Y en un lugar tan despejado como éste?

La respuesta cayó sobre ellos como un wyvern y un jinete en caída libre durante varios metros. ¿Dijo sobre ellos? Quería decir, claro, caer sobre el pobre Emergido con tal fuerza que el Hechicero instintivamente se llevó el brazo a la cara para escudarse de la potencial onda expansiva. La bolita de fuego, por su parte, se contentó con orbitar su cabeza con cuidado de no incendiarle el cabello. Tras aquella demostración, Sindri alzó la mirada al cielo y exclamó – ¡Al menos esta vez tuvo más puntería! – se refería, claro, a la vez en Kilvas que la mujer también hizo caer un enemigo cerca de él. Por suerte, esta vez “cerca de él” quiso decir “justo encima de su enemigo”. Pero había algo que no acababa de sentarle bien, había concentrado energía mágica y ahora… ¿La iba a desperdiciar? ¿Iba a dejar que se disipase en el éter? Menudo problema…

Mas por el rabillo de su ojo creyó ver algo de movimiento en aquella masa de cuerpos y carne conformada por un wyvern y dos Emergidos. Pudo ser un movimiento típico por la posición en la que estaban, o una mano que se abría y se cerraba, o un lagarto gigante que se quería mover… pues no iba a esperar sentado que se movieran otra vez para asegurarse, no señor – Ven aquí, monina~ – mencionó mientras agarraba con cariño la pequeña esfera ígnea que todavía andaba dando vueltas como una linterna desenfocada de minero. Con mucho mimo señaló la masa de cuerpos que tenía delante y la juguetona bolita de fuego salió disparada rauda y veloz contra ellos, impactando escasos segundos después. Una erupción de un pilar de fuego fue la señal que dejó ver a los presentes que el hechizo había obrado su magia y que, si había quedado algún superviviente, lo había dejado de ser en aquel mismo instante – Ha sido por defensa propia, obviamente. Estoy seguro que no me lo tendrá en cuenta… – dijo el bibliotecario al cielo y a nadie en particular mientras observaba con detenimiento los humeantes restos de lo que en algún momento fueron Emergidos.
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Sorcerer | Priest

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Bibliotecario (Gran Biblioteca de Ilia)

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Mensaje por Hrist el Dom Abr 14, 2019 6:27 pm

El emergido y su wyvern alcanzaron el suelo mucho antes que Hrist y Logi. Cuando Hrist pudo discernir lo que se suponía que eran el emergido y su montura, vio otra figura que lanzó una bola de fuego y lo hizo arder todo.

–Cómo no, los de Ilia tienen que quemarlo todo. –rezongó.

El labio inferior y el pómulo izquierdo todavía le sangraban durante todo el trecho que tardó Logi en descender del cielo. Hizo que Logi se detuviese unos instantes a pocos metros del suelo.

–Bien, parece que no hay más.

Desmontó y se quitó con cuidado la codera izquierda. Tentó con los dedos enguantados, reprimiendo un par de muecas de dolor. Bueno, no parecía muy grave. Había pasado cosas peores... Palpó con cuidado el rostro y comprobó que los dedos y la mano se habían oscurecido a causa de la sangre. Los cortes y los arañazos seguían frescos. Más le valía limpiarlos a conciencia antes de que se le infectasen. Pero no podía quejarse, el golpe de mango del hacha le podría haber roto la nariz. Había tenido mucha suerte, desde luego. Podía estar satisfecha, le saldría un buen moratón en la cara, sí. Y el labio le daría brasa unos cuantos días mientras el corte no le cicatrizase… Pero era mejor eso que tener un codo roto o la nariz hecha pedazos, e incluso más deseable que una hemorragia difícil de detener.

–¿Todo bien aquí abajo? –preguntó a Sindri.

Se acercó a Logi y le examinó el arañazo del pecho. Realmente, había hecho bien en comprarle un peto más grueso y más grande. El otro wyvern había dejado una generosa marca en la placa de acero, pero por lo menos las garras sólo habían alcanzado una pequeña parte por encima de la protección.

–A ver, Logi, déjame echarte un vistazo aquí…

Afortunadamente, la dentellada del otro animal había sido más aparatosa que penetrante. Había un poco de marca en las gruesas escamas del cuello de su wyvern, pero mucho menos grave de lo que temía.

–Estoy bien, pequeño, estoy bien… –repuso con dulzura. Sonrió al animal mientras éste le acercaba la cabeza al vientre. Le rascó el hocico con suavidad– Lo has hecho muy bien.

Logi soltó un gemido corto. Todavía acariciándole la enorme cabeza, Hrist se giró para mirar aquella especie de hoguera que había provocado el ex bibliotecario. A lo mejor era verdad eso de que la gente de Ilia tenía una obsesión con el fuego. Sólo faltaba que el señor Camelas surgiese de dentro del granero –o peor, de la mismísima hoguera–, hiciese una absurda reverencia y proclamase que todo había sido una broma. Oh, Grima, qué mal humor le estaba dando…

–Imagino que sólo debía de haber estos cuatro por los alrededores. –comentó. Empezó a hurgar en las alforjas– De lo contrario, habrían venido todos en tropel… –Sacó un trapo limpio– ¿Le han herido? ¿Necesita que le eche un vistazo a algún rasguño? ¿Algún golpe? –ofreció– Yo me acercaré un momento al riachuelo a limpiarme las heridas. No tardaré mucho, si quiere seguir investigando mientras… ¿O necesita que le ayude en algo? –Torció levemente la sonrisa ensangrentada– ¿Un poco de ayuda para sacar unos cuantos chorizos o un jamón, tal vez?

Se limpiaría las heridas y volvería a la granja junto a Sindri. Ya habían inspeccionado una, sólo quedaban tres y sin más emergidos a la vista, estaba segura de que la visita se haría más llevadera y menos tensa. En cuanto el joven acabase de husmear lo que tuviese que husmear y de anotar lo que fuese que tenía que anotar, pondrían rumbo de nuevo a la base del ejército para informar de lo que habían visto. Después… Quizás un merecido descanso en alguna taberna, con algo que les saciase la sed y que resultase relajante... Un merecido descanso, sin duda.
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Mensaje por Eliwood el Dom Abr 21, 2019 12:10 am

Tema cerrado. 80G a cada participante.

Hrist ha gastado un uso de su hacha larga de acero.
Sindri ha gastado un uso de su tomo de Archfire.

Ambos obtienen +2 EXP y +1 Bonus EXP!

Gracias al incremento de experiencia, Sindri obtiene un nuevo skill de la rama Sorcerer:

[Campaña de conquista] Persiguiendo Emergidos sobre fundo ajeno [Privado; Hrist] IeufE0i Pesadilla - Reduce a su blanco a una agitación ciega mediante alucinaciones visuales, auditivas o sensoriales, particulares a cada individuo, que pueden aterrar, confundir o simplemente desbaratar la mentalidad por el resto del tema, llevando al borde de la pérdida de razón. Su efecto es igual y considerado bajo los mismos parámetros que un estado de Veneno, restando 1 HP al blanco al final de cada turno, sea porque este se daña sin notarlo o por mero desgaste. Sólo puede utilizarse una vez por tema.

¡Felicitaciones!
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Marqués de Pherae

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