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Mensaje por Gangrel el Miér Ene 02, 2019 5:31 pm



Plegia conquistaría Carcino. Así lo había decidido el rey, y así iba a ser. Hacía semanas que habían conseguido entrar en el territorio enemigo tras crear una ruta segura entre Renais y el mismo, y controlaban al completo una importante zona de costa completamente controlada y con campamentos bien establecidos. Los ataques a lo que una vez fue una república eran tan constantes que los emergidos ni podían organizarse para hacer una defensa conjunta contra el reino plegiano. Y eso era justo lo que Gangrel quería. Cuando pusieron pie en tierra, se percataron que la situación de conquista completa había “relajado” a los emergidos, haciendo que se dispersaran en pelotones pequeños que una formación bien hecha podía destruir sin problemas.

Gangrel, experto en la batalla como lo era, organizó y mejoró formaciones que ya se tenían y eran simplemente imposibles de derrotar si no se conocían anteriormente: la táctica del martillo y el yunque, que servía para destrozar cualquier grupo enemigo por muy grande que fuera, el círculo cántabro para ocasiones en las que el enemigo les rodeaba, el disparo parto para evitar choques directos. Dividió nuevamente su ejército en seis fracciones: dos de ellas defendían las posiciones, tanto en Carcino como en Renais. Una de ellas estaba en descanso y tres siempre en ataque, rotando cada día para tener siempre un equipo pudiendo estar tranquilo y con la moral más alta. Esta técnica le permitía no preocuparse por el cansancio ya que las defensas no requerían de mucho esfuerzo y el descanso… Bien, era literalmente pasarse el día en el campamento sin hacer lo más mínimo. Si al sistema se le añadía que habían creado un sistema de recompensas por bajas verificables, los soldados se mataban por poder destruir emergidos. Cosas tan simples como una cerveza por emergido asesinado, poder dormir en una tienda de campaña privada por diez o un ascenso militar cada cincuenta hacían que el fervor siempre estuviera presente. Sin embargo, se trataba de no hacer daños demasiado graves: evitaban el ataque con los emergidos, no lo buscaban, solo tomaban las ciudades intentando hacerles el mínimo daño. ¿Por qué? Simple. Así podrían mantener una posición pacífica con ellos una vez terminara el conflicto.

¿Y dónde estaba aquel hombre que dirigía la operación? ¿Dónde estaba el grandioso rey de Plegia y futuro emperador de aquel lugar? Bien. Había decidido desplazarse de Manster a ese lugar porque ahí tenía a Vincent y demás competentes consejeros que podían defender la zona, aunque se había llevado a mercenarios y personalidades que habían llamado la atención como lo eran su concubina, Sarah. Gangrel estaba sin embargo totalmente ocupado. Los pocos caprichos que podía permitirse eran en forma de charlas o tomando una taza de té mientras leía algún libro de los grandes maestros estrategas. Liderar a las tropas conllevaba una grandiosa responsabilidad. Tan poderoso es quien está en primera fila cabalgando como una bestia contra su presa como el que más allá del combate, en la última fila de la retaguardia, se encuentra moviendo los hilos de las marionetas.

Siempre se reía ante aquello. Tal vez no era el rey más poderoso. Tal vez Xander podría acabar con su vida como si se tratara de una hoja, como lo podrían hacer también Chrom, Pelleas o prácticamente cualquier otro rey. Sin embargo, Gangrel sabía que era mucho más fuerte. Si él quisiera, con pocas palabras podría condenar al mundo completo a una destrucción absoluta. Lo que él soltaba por la lengua era equivalente a la llama de Grima, al más poderoso de los venenos o a las armas divinas. Mucho más lento, mucho más sigiloso, pero tan eficaz como cualquiera de aquellas cosas. A base de demagogia, controlaba aquel campamento sin esfuerzo. Algo muy raro de ver en Plegia es que a pesar de lo despótico de su gobierno nunca habían levantamientos. ¿El por qué? Simple. Las gentes tenían miedo de Gangrel. Ya lo había hecho más de una vez. Cuando a la corte llegaban noticias de cualquier tipo de sospecha, el monarca activaba lo que se conocía en otros lugares del mundo como “ley marcial”. Eliminaba todos los derechos de la población. Establecía toques de queda, aumentaba las jornadas laborales y las tropas salían a la calle. Tomaban a los niños para enviarlos a academias militares, violaban a las mujeres y sodomizaban a todo hombre que se interpusiera para humillarlo. Y solo cuando salían a la luz los artífices de cualquier chispa revolucionaria, y eran ejecutados públicamente, cesaba la ley marcial.

Y sin embargo, también recompensaba a las familias, promulgaba leyes a favor de la natalidad, legalizó la libertad de amor sin importar el sexo e impuso leyes según las cuales estipulaba que en cada casa plegiana, debía haber siempre un plato con pan sobre la mesa. Esto contentaba a las gentes y no les permitía pensar demasiado más allá de la propaganda del régimen.

Todos aquellos mecanismos, obviamente, los creó él personalmente. Y solo cuando los perfeccionó decidió presentarlos ante el Consejo de Plegia para que los pusieran en rigor. Y por ello, Gangrel sabía perfectamente que lo que estaba dibujando sobre un mapa del lugar funcionaría perfectamente. Una táctica para tomar el antiguo palacio real, que se encontraba a escasos kilómetros del campamento central. ¿Por qué se precipitaba tanto en tomar la capital? Sencillo. Porque mientras él hacía eso, gente moría bajo la bandera plegiana. Y por muy cruel que fuera, no podía permitir que se perdiera un recurso tan útil como lo eran los soldados. Si la capital era tomada, la moral aumentaría brutalmente. Las noticias llegarían a los oídos de cualquier superviviente del lugar y no dudarían en luchar por liberar a su pueblo codo con codo con Plegia, sin saber que en realidad estos eran un pueblo conquistador y brutal.

Sin embargo, alguien tendría que interrumpir su hora de crear tácticas. Él estaba en la tienda de campaña central, la cual era simplemente idéntica al resto si no fuera por su posición privilegiada… Y porque la cama era para dos personas, pero aquello era otro tema. Sentado frente a un escritorio de madera negra, tuvo que girar el rostro para ver quien le hablaba. Algol, uno de sus almirantes: encargado de dirigir el tráfico de todo Magvel para que no entraran refuerzos enemigos, no debería estar ahí. Qué raro.

-Grima salve a Plegia –el hombre haría el clásico y protocolario saludo a la romana con la frase casi emblemática del reino- Hemos detectado una embarcación que porta la bandera nohria intentando acceder a este lugar. Sin embargo… En ella viaja alguien extrañamente inesperado. La princesa Camilla de Nohr

En una mano, Gangrel sostenía una pluma con la que dibujaba sobre el mapa los efectivos que desplegaría y dónde. E inesperadamente, tal vez por un acto reflejo del monarca, la pluma se partiría en dos. Aquello salía de sus planes. Y no le gustaba que las cosas salieran de sus planes.

-Traedla de inmediato. ¡Y más os vale tratarla como la noble que es u os enviaré a ti y a todos tus efectivos al frente! ¡Apresúrate!

Y el pobre desgraciado cumpliría. Gangrel lanzó un largo grito desde lo más hondo de su garganta para expresar su ira en aquel momento. Tan fuerte fue el grito, que los guardias que custodiaban las cercanías no dudaron en entrar alarmados a su tienda, temiendo que a su majestad le hubieran atacado… Y posiblemente para celebrarlo si así hubiera sido.

***

Movilizó a sus nobles para un recibimiento discreto. Había pedido que a la princesa se la tratara como ella quisiera, pero siempre vigilándola. No podían permitirse que saliera herida una de las más cruciales guerreras de la religión. Pocos saldrían a recibir a la princesa oficialmente, pero el rumor de que se acercaba hizo delicias en las conversaciones de los soldados. La gran mayoría de ellos hombres y mujeres jóvenes (con una franja de edad que iba de los trece a los treinta años), no dudaban en deificar a la misma con dulces halagos que hasta al rey le parecían exagerados, exaltando su belleza natural y, luego, bajando el tono de voz, explicando más de una fantasía que podría tacharse de erótica con la que era la segunda en la línea sucesoria de Nohr. A él, francamente, le parecía que todos eran una panda de idiotas. Pero se guardaría la reflexión. Al fin y al cabo, debía mantener ese perfil de rey indiferente.

Y al fin, llegaría la princesa. El rey haría una leve reverencia al estar ante su presencia con una total indiferencia y frialdad. Había ordenado que el recibimiento fuera en una zona apartada, sin militares, casi a las afueras del campamento.

-Princesa. Es un verdadero honor veros frente a frente. Permitidme la osadía de decir que el tiempo no ha sido vuestro enemigo precisamente. Soy el rey Gangrel I de Plegia, y quizás no hemos tenido el privilegio de hablar antes, mas ahora eso cesará –el monarca la miró fría y analíticamente. Una mirada que podría tacharse de galvánica e incómoda para quienes no estuvieran acostumbrados a los juicios visuales del rey- ¿Qué hacéis en esta muerta tierra? ¿Venís en nombre del Rey Garon? Porque dudo que fuera para ver mi coronación como emperador –se percató en ese momento de un importante detalle, y eso se reflejó en su rostro por unos segundos- ¿Deseáis tomar algo tras el viaje? ¿Quizá reponeros? Lamento informaros de que no podré daros demasiado más, pues las tropas están preparándose para el ataque contra la capital. Vos simplemente limitaos a descansar como deseéis
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Mensaje por Camilla el Vie Ene 11, 2019 10:15 pm

Lo suyo era el combate, no las cosas más diplomáticas. La comodidad que tenía con el cabello al viento y el usar una armadura que, pese a cubrir únicamente zonas esenciales como espalda y pecho, le daban ese aire a libertad que no podía tener encerrada en un vestido de seda y algodón y con un recogido que, muy rara vez, tenían la delicadeza de no sujetar el eterno flequillo que cubría su ojo. Camilla siempre ha tenido problemas con el asunto de la supuesta lealtad que debería tener y conservar, esa lealtad que debería tenerle a Anankos solamente por ser de Nohr.

Oh, cierto, ella pecaba de no estar de acuerdo en nada con lo que era la religión. ¿Etiquetarse en algo? No, muchas gracias, aquello no iba para ella; si había algo a lo que Camilla era devota implacable era a su familia, a ellos es a los únicos a los que les debe algo de esa lealtad tan reservada que tenía. ¿Qué no dudaría en atacar si veía que algo de lo que ella creía estaba en riesgo? Por supuesto, la entrenaron para ello a base de estrategia, política y el combate nohrio tampoco es como si fuese muy misericordioso con sus enemigos. Ésa era la clave por la que habían podido conquistar más de un territorio y poder mantenerlos.

¡Qué vidas más inocentes las del populacho! La gente de Nohr al completo comprendía lo que era pasar hambre y, tal vez no fuese tan notorio, pero, ella también lo había sentido. La quinta cicatriz de su brazo izquierdo, hecha por una espada al rojo vivo, terminó en una semana encerrada en su habitación casi sin probar bocado. La segunda del interior del muslo izquierdo y la primera fractura de nariz de su vida, acabó en ella sin poder dormir ni comer, pasándose factura y obligándose a ingerir bocado aunque fuese en forma líquida. No era tanto, es cierto, lo admitía, mas, tampoco había acabado tan llena de marcas tanto físicas como mentales de manera voluntaria.

Casi empatizaba con ellos.

Casi.

Y el estar en un barco era una de esas cosas que le ponía de los nervios en el sentido más metafórico posible. Muchas veces sintió que el suelo plano y llano no era su lugar, que era el lomo de su wyvern y sintiendo el viento gélido en la piel. Lo que sí hizo fue mantenerse en la popa con la armadura de combate y la sombra de su montura danzando por sobre el barco, no le quitó la vista de encima, considerando las posibilidades. Decían que el rey Gangrel de Plegia estaba loco y, de acuerdo a los rumores, podía creérselo con su respectiva discreción; todo a favor a la cautela por ahora.

Apenas puso un pie en tierra, pudo escuchar el bullicio y la histeria que producían este tipo de visitas, casi oliendo la emoción mal contenida de los soldados plegianos. Sí, Camilla sabía que producía ese tipo de reacciones en algunas personas, pero, no era algo que sería recibido con los brazos abiertos; incómoda aunque no lo demostrase, se dejó guiar por uno de los nobles de la región vecina a la que era oriunda. Vista al frente, hombros rectos y caderas bamboleantes por los tacones, era un espectáculo incluso el verla caminar, fingiendo que no captaba las miradas mitad de curiosidad y mitad de lujuria. Nunca maldijo tanto el que la armadura que usaba fuese tan reveladora en tierra. Lo único que sintió normal era el escaneo del monarca frente a ella.

La costumbre de ser siempre la sombra de su hermano mayor -cosa que agradecía- terminó por insensibilizarla y ayudarle a mantener la expresión neutra frente los análisis en frío del resto. Respondió a la reverencia con una de la misma índole, sin quitarle la mirada indiferente de encima; mirada de guerrero veterano, mirada de alguien que ocultaba más oscuridad de la que dejaba ver. —El honor es todo mío, Su Majestad—. Al parecer, su nombre y rango político era conocido -como no-, podía darse el lujo de evitar las presentaciones. Ante la pregunta de la razón de su llegada, un leve brillo de advertencia cruzó fugazmente a través de sus ojos carmines, pero, tan rápido como apareció, se fue en forma de una ligera risa entre dientes. —¿Le importunaría dar una vuelta conmigo si es posible? Agradecería poder estirar las piernas aunque fuese un momento—. Y quería alejarse un momento de aquel círculo tan apretado -a ojos de la fémina- de nobles y escoltas.

Camilla ya tenía al suyo sobrevolando en círculos más o menos concéntricos por encima de sus cabezas. Un guardia de muy malas pulgas y que podía echar fuego por la boca aparte de arrancar carne de los huesos de cualquier otra bestia que se cruzara en su camino. Si accedía a acompañarle, simplemente se limitaría a caminar sin un rumbo definido hacia el centro del campamento, dejando de lado el comentario sobre los, según la de cabello lila, delirios de grandeza. Sin embargo, ¿quién sería ella para juzgar teniendo a un padre similar? Sabía como tratar con alguien complicado por decirlo de manera suave. —He de deciros que sí, mi padre ha sido quien me ha enviado para echar una mano en caso de ser requerida, después de todo, yo también vengo de una tierra muerta—. Un lugar con pocos recursos más allá de varios tipos de metales que eran utilizados como intercambio para conseguir cosas más comestibles para el resto del mundo y no tan contaminados por la ceniza volcánica y el azufre.

Combate, lo que ella necesitaba. No iba a negarse si llegaba a haber algo de acción luego del viaje tan largo que había realizado y que la tenía aburrida sin poder moverse. —Gracias por vuestra generosa oferta, mi rey, pero, preferiría combatir en el frente—. Le daba exactamente igual la forma de gobernar del otro, ella también tenía autoridad después de todo. —Todo noble nohrio crece con un arma en la mano y el arte de la guerra en las venas, sería una falta de respeto no cumplir con ello—. Puede que sus palabras terminasen torcidas, malinterpretadas, mas, Camilla lo decía desde el marco del respeto y casi del jugueteo, con suavidad y seguridad destilando a través de cada una de ellas. Dijera lo que dijera, ese wyvern que sobrevolaba con sus anchas y fuertes alas solamente necesitaba una señal de su ama y caería en picado a defenderle.
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Mensaje por Gangrel el Sáb Ene 12, 2019 1:45 pm

Con que al final sí resultaba que tenía aliados en otros países. Bien. Un recurso más a tener en cuenta si lo miraba correctamente. De todas formas, lo importante era conquistar aquella antigua capital y tomarla como suya antes de empezar las operaciones en el resto del país. El resto era irrelevante. Poco le importaba a aquel pérfido monarca el resto. El análisis que estaba haciendo era profundo y concienzudo, intentando extraer de ella algún dato que le pudiera ser útil más adelante.

-Por supuesto que sí, princesa. Vayamos donde deseéis

Y siguiendo con las peticiones de la contraria, el rey la acompañaría, escuchando sus palabras en completo silencio. Era cierto que si sus reinos compartían algo, era que ambos estaban irremediablemente en la miseria. No tenían campos. Plegia poseía desierto, Nohr volcanes. Sin más. Ambos países necesitaban conquistar para conseguir algo que cultivar. Suspiró. Lanzó un prolongado suspiro al recordarlo. Era por eso que estaban ahí, al fin y al cabo. Bueno, por eso y por el afán de poder de Gangrel.

Posaría por unos segundos su vista en el frente, cesando así el escrupuloso análisis visual al que había sometido a la fémina. No veía ninguna muestra de debilidad aparente, y eso ya servía a su parecer como para considerarla válida de estar ahí. Lo último que necesitaba era más nobles que, tras aferrarse al cargo, no querían saber nada de lo que les había llegado ahí en caso de haberlo conseguido mediante el ascenso.

Si algo quería implantar en Plegia de Nohr, era el sentido del deber que poseían los nobles de ahí. Admirable resultaba que hasta la mayor de las princesas no dudara en lanzarse a la batalla. Y el rey, en acto de pura curiosidad, alzaría la cabeza para mirar al cielo. Algo que le extrañaba es que la princesa no tuviera escolta en tierra. Pero ahí la encontraría. Y una sonrisa se esbozó en su rostro. Los wyvern de los soldados estaban normalmente ocultos y esperando en los estsablos que les llamaran, ergo el único que había en el cielo era el que, según suponía, debía pertenecer a la princesa Camilla.

-Sea pues, acompañaréis si lo deseáis a mis tropas, como yo lo haré. No sé si habréis oído hablar de cómo trabajan las tropas plegianas… Digamos que nuestra forma de batallar es distinta a la nohria –chasqueó los dedos. Y solo con eso, un mayordomo que les seguía desde la distancia por motivos de seguridad se le acercaría para entregarle en las manos un mapa de la zona que iban a disponerse a tomar, hecho a partir de la exploración de sus exploradores aéreos- Digamos que es un poco más… Divertido de ver a la distancia

No escatimar en recursos, atacar tan brutalmente como se pudiera para luego retroceder a base sin sufrir bajas, volver con refuerzos antes de dejarles organizarse nuevamente y volver a atacar con todavía más violencia. Si superaban al enemigo por diez, atacaban. Si lo superaban por cinco, rodeaban. Si los doblaban, los dividían. Si tenían las mismas tropas, esperaban al menor despiste para atacar. Y si se daba la casualidad de que estaban en minoría… Dividirían al enemigo, pero utilizando engaños y tretas. El honor era algo que no se contemplaba en las estrategias del reino grimante. Habiendo creado formas de utilizar la brea desde el aire para eliminar al máximo de enemigos, se podría decir que los plegianos o utilizando estrategias que literalmente consistían en fingir huir para luego machacar al enemigo con una lluvia de flechas, se podía decir que el ejército de Plegia era sin duda el más ruin con sus enemigos, fueran emergidos, humanos o laguz. Pero eso era algo que podría comprobar la princesa con sus propios ojos.

-De todas formas. Voy a tener que ir a ver a las tropas marchar contra los enemigos. Si no queréis verlo… Supongo que si dirigís a las tropas desde el cielo podría daros un cargo de vuestro honor. Como princesa que sois, no veo por qué tendríais que obedecer más órdenes que las mías, al fin y al cabo, se trata de un mero acto simbólico… Y… –miró el mapa, cesando repentinamente sus palabras mientras iniciaba la lectura del mismo. La capital era bastante grande en comparación a otras ciudades del pequeño país, como era de esperar. A pesar de conocer de memoria el plan que él mismo había forjado, quería asegurarse de que todo encajaba, que no se encontraría con errores tales como haber calculado mal el perímetro- Con actos simbólicos fue cómo llegué al trono. Y posiblemente por ellos caeré si lo hago algún día. Si os parece bien, las tropas de tierra se reunirán con las de aire una vez lleguemos a en la entrada principal de la ciudad… Tendréis buenos generales en vuestra ayuda, así la suerte no es algo que necesitéis, princesa

Y tras decir eso, el rey aumentaría la velocidad de sus pasos. El ataque se haría de noche. Y estaba a punto de morir el sol. Desde ahí, deberían estar a una media hora en total de marcha en caballo. Teniendo en cuenta la cantidad de tropas que debían ir, de la hora y media no bajarían. Debería apresurarse.

***

El lugar que el rey tomó para poder ver a sus gigantescas legiones de tropas empezar a salir contra la capital fue un pequeño montículo situado en el frente oriental del campamento. Con el astro rey al borde de su muerte, era un verdadero espectáculo estar en ese lugar. Y por eso, montado en su corcel personal, un macho blanco de gran tamaño y vigorosidad el cual portaba una réplica exacta de la armadura dorada de su amo, el rey de Plegia estaba verdaderamente exultante. Llevaba mucho tiempo queriendo poder desplazar a sus tropas en el exterior. Y ahora, los soldados tomaban sus lanzas. Los jinetes wyvern alzaban el vuelo en formación, uno a uno, para luego perderse en lo más alto de la noche. Hasta la ya más que visible luna parecía bendecir la futura batalla con una irradiante luz que serviría para poder tener visión una vez entraran en la ciudad. Se escuchaba la dulce melodía que era para Gangrel las botas pisar con fuerza y el sonido de los jinetes empezar a cabalgar. El objetivo era simple: dañar el máximo posible la capital, buscar supervivientes y a poder ser tomar el palacio que una vez albergó el gobierno de la república, y antes de poder sufrir demasiadas bajas entre los suyos, retirarse. Las formaciones eran algo que variarían en función del escuadrón: la caballería debería intentar rodear la ciudad, las tropas de infantería entrar por el frente… Y así crear la táctica del martillo y el yunque, pero con muchas más tropas que el rival.

Y una vez el último jinete aéreo alzó el vuelo, el rey daría la orden a sus generales y guardia de empezar a partir, todos ellos montados sobre sus respectivos caballos. Tomando la cuesta hacia abajo, en poco tiempo podría colocarse al frente de las tropas a pie que seguían caminando lenta pero inexorablemente hacia la capital. Aquella ciudad que una vez fue gloriosa y fuerte sería suya. Una propiedad más del rey.
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Mensaje por Camilla el Mar Feb 05, 2019 3:33 am

Un ligero tic en su ojo oculto se manifestó brevemente en el rostro de Camilla al escuchar el cómo el plegiano accedía a su petición. Lo sintió como si buscase crear el favor suficiente de Nohr como para tener un apoyo; si bien, Garon le había ordenado que apoyase en todo independientemente de lo que sucediera, la fémina prefería ver si valía la pena en algo. No estaba convencida, su padre solía pensar las cosas mil veces antes de acceder, estaba en su naturaleza maquiavélica y egoísta. Si no sirve, es desecho. Ella creció siendo el muñeco de prácticas del resto, disminuyendo paulatinamente al ver que había domesticado un wyvern -uno que imponía a decir verdad- por sí misma y de la única forma que se le ocurrió: por la fuerza.

Pese a todos los años que llevaba con uno de aquellos primitivos dragones como compañero y confidente en los largos viajes en los que se permitía mantenerse en soledad, seguía preguntándose el cómo lo había logrado sin morir en el intento, algo a lo que le ha perdido el miedo a base de saludar a la Parca más veces de las que le hubiesen gustado en la treintena que, hasta ahora, había recorrido en vida. Sus pasos eran calmos, mas, mantenían el toque firme y el aura tranquila que siempre la habían caracterizado aunque la nohria siempre había sido el tipo de persona que pensaba más en el potencial de batalla de la gente que en lo que los hacía personas de por sí.

De reojo, vio como el regente del reino vecino alzaba la mirada y sonreía con cierta diversión en la mirada, seguramente observando el cómo su montura se mantenía en estado de alerta y ésta, como respuesta, soltó un rugido bastante audible con un creciente tono agresivo. —Si fuera vos, os recomendaría regresar la vista lo antes posible—. La curvilínea mujer le dirigió una mirada de calma a la criatura, la cual había alcanzado a descender un par de metros antes de volver a su posición en las alturas.

Aprendió a reconocer ese gesto como amenaza de vida hacia mí. Supongo que podéis haceros una idea de lo temperamentales y protectores que son los wyverns, Alteza. Preciosas criaturas que no dudarán en devorar a quien sea o qué sea que ataquen a sus amos—. Lo decía con jovialidad pese a lo sanguinario del mensaje, como un delicado ronroneo dentro de su voz usualmente dulce. Ella no se andaba con rodeos, dejaba las cosas claras desde el inicio y, pese a las miradas asesinas que le dedicaba a cada soldado con el que se topaba por una cuestión de haberse acostumbrado a ello, mantuvo la calma incluso cuando un mayordomo le acercó un mapa con el plan trazado.

Y algo ahí no le gustó.

Le bastó un vistazo pequeño, pero, tantos años viviendo alrededor de conquistadores siendo hija de uno y hermana menor de otro le dejaron el suficiente conocimiento como para saber que aquello se convertiría en una masacre de emergidos, un golpe incluso mayor que el que había producido Nohr en Hoshido o en Grannvale. Un tipo de combate que, aunque sumamente efectivo, estaba en contra de todo lo que ella consideraba justo. —He cambiado de opinión. ¿No cree que una escolta aérea pueda servirle muchísimo más? Nunca se sabe cuándo se necesite un ojo vigía para mantener todo en orden—. Soltó con la suavidad que no había tenido antes, tan disimulado su disgusto que era como si no estuviese ahí presente, latiendo, bullendo, esperando para explotar.

Pueden llamarla ingenua todo lo que quieran, mas, siempre había sentido que era mejor una batalla que valiese la pena, una en la que estaba segura de otorgar una muerte digna para su contendiente y que ambos estuviesen seguro de haber dado todo. También cabía la posibilidad de que simplemente lo hacía para alimentar su ego, cosa muy cierta proviniendo de la de cabello de color lila. Incluso podrían llamarle demente, realidad más que incuestionable, mas, aún tenía un ancla a tierra lo suficientemente fuerte como para poder mantenerse bien. Aunque nadie podía decir que no era temeraria, aquella era su marca personal.

Los minutos pasaron impasibles, el astro rey se había ocultado, como si hubiese presentido la masacre que estaba a punto de suceder y prefería que su plateada compañera ocupase su lugar en el firmamento en conjunto a aquellas fieles compañeras titilantes que la seguían a cada rincón del mundo. Camilla tenía el deleite del movimiento y su wyvern soltaba gruñidos que prefería interpretar como de emoción, moviendo las alas de vez en cuando, preparándose para la orden que su ama y señora daría. Ambos sanguinarios una vez se les daban la orden, listos para enfocarse en destruir; ambos llamados heraldos de la batalla. No necesitaban rezarle a nadie, el jinete de la Guerra estaba presente y del lado de los humanos por ahora.

Los jinetes emprendieron el vuelo con la señal de su rey, Camilla quedándose en tierra, esperando algún movimiento extra y, por primera vez en todo el día, abriendo su ojo izquierdo, parpadeando un par de veces para despejarlo de la bruma de la oscuridad total para acostumbrarse a la iluminación que otorgaba la noche. Con calma que solamente resultaba inquietante bajo el contexto, sujetó su larga y abundante melena lila en una coleta alta, quitándose el flequillo del ojo y dejando entrever la ciertamente profunda cicatriz que tenía en una parte de su rostro tan agradable a la vista. Los pocos nobles presentes palidecieron en total silencio antes de que, al ver que Gangrel emprendía la carrera con su caballo, pasó una mano enguantada y con placas de metal negro por el esmalte por las escamas de su montura.

Y ahora era el turno de ella de ponerse en posición en los cielos, en completa soledad.
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Mensaje por Gangrel el Mar Feb 05, 2019 3:44 pm

Lo último que recordaba haber dicho a la princesa era un simple “haz lo que quieras” antes de desaparecer para encontrarse con los suyos. En un simple susurro, le había dejado claro que no iba a prohibirle absolutamente nada de lo que quisiese hacer en esa guerra. La concordia con la corona nohria y mucho más concretamente con el temido Garon era uno de los pilares de la política expansionista plegiana, pues no quería interferir en los planes de este. Era simplemente ilógico intentar entrar en guerra con el terrible y grandioso emperador del que poseía las tierras más grandes de todos. De momento, si bien su país era fuerte militarmente, debía limitarse a llevarse bien con los nohrios… Al menos hasta que sus planes finalizaran.

De todas formas, aquello era un futuro demasiado lejano como para hacer más que especular. Lo primero era lo primero. Demostrar al mundo que Plegia podía destruir a sus enemigos de un solo golpe si se lo proponía. Eran crueles. No pensaban en el honor. En la cultura plegiana eso era un detalle absurdo, y se podía notar en su música, que llamaba a lo que algunos dirían que era el pecado de la carne, en su forma de educar a los niños y mucho más importante. En la forma en la que luchaban, como una colmena en su más grande frenesí. No pensaban en la muerte. Eso era algo que hasta ignoraban de su existencia. Y Camilla sería testigo ese día del terrible poder de quienes se identificaban bajo la bandera que portaba un león negro en ella y se inclinaban ante el Rey Loco.

Ese mismo Rey Loco que ahora hacía honor a su título lanzándose directamente contra las puertas de lo que una vez fue la capital y por consecuente la sede del antiguo gobierno republicano. Cómo odiaba pensar que ahí alguna vez se hicieron cosas por la vía “democrática” y “liberal”. Él podía decir sin tapujos por donde podían meterse aquellos conceptos los antiguos presidentes de la república. Más que una forma de liberación contra los emergidos de la zona o una conquista de su reino (al cual poco le afectaría tomar ese punto si no fuera por su posición estratégica, justo en el centro del mundo), lo que quería era erradicar la existencia en la historia de lo que una vez fue una república. Es decir, una blasfemia para su forma de pensar fascista y totalitarista. Le parecía asqueroso pensar en personas recurriendo al sufragio para resolver problemas, pensando que así podría acabar el hambre o vete a saber. No quería ni oír hablar de que ahí alguna vez hubieron representantes de algo tan inútil y analfabeto como lo era el pueblo llano. Le ponía enfermo, y tal y como funcionaba su extraña mente, quizá era en serio eso de ponerle enfermo. De todas formas, ese día intentaría acabar de raíz con uno de los principales problemas que hacía a los emergidos fuertes. La organización. Sitiaría por completo la capital y así no podrían recibir órdenes de ninguno de sus comandantes, que vivían en el interior de la misma. Y con ese golpe, sabía que paulatinamente la situación acabaría jugando a su favor.

Las tropas llegarían. Las banderas plegianas se alzarían entre las picas y demás armas del ejército invasor de aquellas tierras. La capital estaba a escasos metros y se notaba cierta tensión en el aire. Estaban preparados para luchar. Muchos morirían ese día, y todos lo sabían, pero parecía que no les podía importar menos. Hasta el propio rey ponía en juego su vida, pues estaba delante del grueso de la infantería, montado en un caballo que más que seguramente dejaría para luchar a base de cuchillazos, como era habitual en él. Ahí, nadie estaba a salvo del aliento fuerte y frío del padre Grima. Y eso no era poético, no. Era totalmente literal, una parte de la estrategia que no había querido desvelar a Camilla. Más que nada porque no quería recibir discursos sobre la moral o la ética que no le podían importar menos.

Imaginemos que Camilla es una persona curiosa y se acercara a los jinetes wyvern. Entonces vería que en centro de la formación se encontraban pequeños escuadrones cuyos wyvern portaban misteriosos barriles de madera, que parecían pesados por el esfuerzo que hacían estos para levantarlos. Entonces, podría imaginarse que algo malo iba a pasar. Y no era para menos. Lo que había en esos barriles era Agua de Grima. El arma imperial definitiva. Su efecto era devastador, mayor al de cualquier espada. Y es que verdaderamente este líquido es la brea, una composición pegajosa e inflamable que si se prendía… Bien. Era mejor no estar en medio. Una táctica tan simple y eficaz que podría destrozar las defensas emergidas en cuestión de segundos para permitir el acceso a la ciudad de las tropas de tierra, quienes finalizarían el asalto y si todo salía bien rodearían el antiguo parlamento.

Ese plan, por supuesto, había sido diseñado por completo por Gangrel, quien esperaba pacientemente la actuación de las tropas aéreas encargadas de rociar la brea por la ciudad y posteriormente prenderla dejando caer al suelo antorchas. Aprovechando el manto negro de la noche, podrían moverse sin ser interceptados. Y con ese factor era con el que jugaban. Luego, las llamas facilitarían tanto la visión a las tropas que no habría problema alguno en nada.

-…Dad la orden de fuego

Las palabras del rey fueron yendo de general a general, hasta que llegaron al encargado de esto. Un hombre de pulmones fuertes quien sostenía un cuerno en sus manos. Llevándolo a su boca para desatar el fuerte sonido de este, acompañado por una compañía de tamboreros, la orden sería dada a las tropas aéreas. En poco tiempo, los barriles cayeron en el interior de la ciudad. Uno no haría mucho. Pero eran cientos. Y luego, las antorchas. Y ahí se alzó el caos.

La caballería atacaría a las antiguas y ya derruidas por culpa de los emergidos murallas. La infantería haría lo propio en el frente. Y ahí estaba Gangrel. No se había movido de la ciudad. Estaba mirando la bella llama que consumía todo desde el interior mientras sus tropas entraban y lo destrozaban todo antes de tener que apagar ellos el fuego o salir y sitiar una desgastada ciudad. También estaba esperando, por supuesto. Quería que llegara su guardia aérea para poder luchar sin tener que preocuparse demasiado por ser herido.

-…Es precioso… –esas palabras se escaparon de su boca. No podía decir otra cosa ante la muerte que había creado frente a él- Grima salve a Plegia
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Mensaje por Camilla el Dom Jun 16, 2019 12:25 am

De ella no dependía el si Nohr le entregaría su apoyo a Plegia. El rey Garon ya tenía suficiente con Hoshido, su mayor ambición, y sabía que ninguno de sus hermanos estaría de acuerdo si llegaba de repente con una alianza de dudosa conveniencia y sin avisar con antelación considerando que la propuesta debería ser analizada con tiempo antes de emitir alguna opinión; no quería apresurar las cosas. Una sensación en sus viejas cicatrices ya fuesen por los errores tanto propios como los de sus hermanos comenzó a molestarle, como si intentasen anticipar que algo podría torcerse pese a todo. Se mantuvo sonriendo levemente mientras escuchaba la respuesta del regente, musitando un "con su permiso" para llamar a su wyvern y revisar que todo estuviese en el debido orden.

Una mirada tanto a su montura como a los pocos soldados nohrios que fueron demasiado tercos como para ir sola dejó las cosas bien en claro: cualquier señal indebida, podían actuar por su cuenta y, si llegasen a tener problemas, que le echasen la culpa a ella. No sería mentira, simplemente era el cumplimiento de su deber y todos lo tenían muy en claro; su deber era para con la familia real y el de Camilla era el de proteger a sus hermanos y hermanas, no fallaría ahora y tampoco lo haría en un futuro. Ella misma tenía cosas que quería volver a ver, que quería volver a sentir y que quería conocer a fondo, no iba a echar toda una vida llena de dolor y sufrimiento que templaron su carácter por el retrete en actitud de rendición. Aprendió a ser fuerte, tan fuerte como el ser alado que siempre la ha acompañado pese al frío, las heridas de combate o el propio miedo. Forjadas por la tristeza, templadas en su propia sangre, ni jinete ni montura dejarían de cumplir con su deber.

Suspiró con algo de desdén una vez se acomodó en el lomo del wyvern y se mantuvo relativamente cerca de Gangrel, cuidándose de que pudiera esquivar las flechas que eran lanzadas hacia sí misma apenas aparecieran -pese a que el animal que seguía volando estaba bien entrenado para evitarlas por su propia cuenta-. Hizo una discreta mueca de algo similar al asco, Camilla sentía como una ofensa el nivel de despliegue de las tropas plegianas, como si quisieran destruir todo a su paso y no solamente a los emergidos. Había algo dentro de ella a lo que la cultura de Carcino le producía algo similar al respeto, como si le entregasen buenas ideas para aconsejar a su hermano mayor cuando le tocase su turno para volverse el regente de Nohr.

Por el rabillo del ojo cruzado por su cicatriz más notoria, podía ver a los otros jinetes wyvern cargar con barriles que lucían pesados, haciéndole fruncir el entrecejo, especialmente cuando los dejaron caer y las antorchas prendieron fuego al contenido; el muro de llamas relucía lo suficiente como para hacerle soltar un siseo por el dolor punzante en el ojo que normalmente mantenía cerrado, cubriéndolo por reflejo con la zurda luego de sujetar las riendas con la boca. Aquello de verdad le había dolido, tendría que buscar la manera de cubrir mejor su ojo sin necesidad de cerrarlo, especialmente para este tipo de casos; era muy capaz de robarle un parche a uno de los vasallos de su hermano menor aunque tuviera que lanzarle los tejos durante un buen rato.

En nombre de Anankos, ¿qué demonios?—. Musitó muy por lo bajo y aún con las riendas en la boca, completamente anonadada, antes de que la furia se hiciera presente y la hiciera gruñir por lo bajo. ¿Cómo se atrevían? La fémina lo sentía como un ataque a traición, una bajeza de las peores a su parecer y era suficiente como para que cualquier tipo de alianza se fuese al garete. Su wyvern, sintiendo la indignación de su ama, soltó un rugido amenazador tal vez acompañando el sentimiento a través de ese vínculo tan curioso que rodea a un jinete y su montura. Parpadeó un par de veces con el ojo que no estaba atravesado por una cicatriz, cerciorándose de que su visión no seguía tan afectada como momentos atrás antes de volver a sujetar las riendas con la zurda y dirigirse hacia Gangrel sin intención alguna de ocultar su enojo.

El resto de los jinetes plegianos mantuvieron su distancia de aquella mujer que irradiaba hostilidad pese a su rostro bonito y cuerpo curvilíneo, una reacción que solamente podría responder al instinto de autopreservación. No es que Camilla quisiera mostrarse así, ése era el peor lado de su personalidad y prefería ocultarlo, mas, ya había sido suficiente para ella. Suficiente de pelear como un, en sus palabras, maldito cobarde. —Se lo preguntaré por esta ocasión, ¿en qué está pensando?—. Su voz se mantenía suave, pero, el tono digno de alguien que ha vivido toda su vida enfrentándose a retos peores sobresalía por encima de toda elegancia y dulzura. —Era suficiente con crear una emboscada—. Por el rabillo de su ojo bueno, veía tanto a la caballería como a la infantería atacar sin cuartel el incendiado castillo. Poco a poco, volvía a tener calma en su lenguaje corporal, empero, era una calma fría que ocultaba una erupción volcánica, tal como los volcanes en Nohr a veces entraban en erupción con un breve momento de aviso.

Una razón, éso le bastaría para regresar todo a su cauce. Incluso si volvía a mancharse las manos con sangre ajena nuevamente.
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Mensaje por Gangrel el Dom Jun 16, 2019 12:06 pm

Y ahora empezaba lo verdaderamente divertido. Con el arma secreta de Plegia ya desatada sobre la ciudad, con tantos y tantos emergidos que debían estar cayendo a esas horas por culpa de las llamas, totalmente ajenos al por qué se había desatado ese infierno en una ciudad segundos atrás segura. Sí. Podrían haber parado ahí. Pero eso no sería verdaderamente destructivo.

A la espera de órdenes, todavía sin haber entrado en la ciudad, se encontraban dos “rectángulos” perfectamente formados de soldados armados con picas, algunos de ellos grimorios, todos ataviados con una armadura ligera: morrión, gola de malla, peto y espaldar de hierro por encima de un chaleco de cuero. Y camisa blanca. Nada más que les pudiera proteger a parte de un pequeño broquel, un escudo corriente. Podían parecer débiles, mas… No lo eran, ni de lejos. Eran la élite de Plegia. Su arma definitiva, la punta de la lanza de ese reino. Los Tercios del Hálito Negro. Y no había ahí uno, sino dos. Es decir, un total 1300 piqueros, 320 hechiceros cubriendo los laterales y otros 1280 esperando órdenes en las puntas de la formación. Un total de 2900 hombres esperando órdenes. Y contaba con muchos más como ellos si fuera necesario, aunque no estuvieran en el campo de batalla todavía. Y por supuesto, en ese momento, viendo cómo marchaba la situación, no era necesario que ni él ni sus siervos más poderosos se movieran.

Era más divertido así. Ver en primer plano esa bella matanza, que los cuadros no podrían ni expresar con la mitad de su esplendor, era la máxima representación de los ideales grimantes. Sí. Era bárbaro. Era brutal. Era agresivo, casi digno de un genocidio. Pero estaban muriendo no humanos, estaban muriendo esos seres tan indignos de la vida como lo era la marea emergida. No podía evitarlo. Era incapaz de sentir empatía, de imaginarse que tal vez hubiera ahí humanos que intentaban resistir. No. En realidad, sí lo sabía, pero… Le era completamente indiferente. Simplemente, eran menos manos de obra que podría explotar, pero eso no era problema: la colonia de Manster ya daría a su debido tiempo todos esos trabajadores que necesitaba.

Todo marchaba tal y como los planes del rey dictaban. Podía ver en sus soldados la misma fascinación ciega por la muerte del enemigo, sin pensar sobre lo que estaban haciendo ni plantearse las terribles cargas éticas que podía acarrear tal acto. Lo que estaba sucediendo esa noche, era un crucial movimiento para Plegia: cortarían de raíz la capacidad emergida de organización al mantener sitiada la base de mando, y con ello, obtendrían una metamorfosis de las tácticas del rival en esa tierra terriblemente beneficiosa: al carecer la masa gris de un alto mando que les pudiera guiar, o que estaba encerrado de tal forma que era imposible conocer su voluntad, no podrían coordinar sus acciones a escala estatal. Y mientras tanto, los Tercios de Plegia seguirían haciendo que todo ardiera a su paso.

No necesitaba dar explicación alguna a nadie. O al menos, eso pensaba él. Y así lo creyó hasta que la princesa se colocó a su lado, demandando un por qué de las acciones que se habían empleado. El monarca, alzando una ceja, estuvo unos segundos callado, casi al borde de la risa, pensando que se trataba de una broma. Pero su rostro se ennegreció en cuanto vio lo segura que decía Camilla esas palabras. ¿Era en serio? ¿Por qué acababa de dar orden a una total aniquilación del enemigo por el aire? ¿Acaso se necesitaba un por qué? ¿No era obvio? ¿No estaba claro que ese brillo en los ojos del emperador, esa sed de sangre desquiciada y durante demasiado tiempo contenida por los soldados que habían tras él debía tener una explicación? E ahí la respuesta. Porque esa era su voluntad.

-Ah. Claro. Que en Nohr no sabéis que existe… Mis disculpas, princesa. Se llama estrategia. No hay espacio para el honor contra un enemigo que nos duplica en número en esta batalla y que es mil millones de veces superior en hombres en el resto del mundo –alzó la mano para disculparse en lo que tardaba de descabalgar de su caballo, acercándose a la princesa sin miedo alguno a la criatura en la que ella iba montada- Así lo dictaminan las leyes de la guerra que en mis tratados dejé escritas. Si el enemigo es igual a ti, atácale. Si el enemigo es ligeramente superior, fortifícate. Y si es mayor… No hay leyes que valgan para hacerle guerra, pues un ejército, por muy épica que sea su lucha, acabará cayendo. Bien es cierto y sé perfectamente que Iago y el resto de vuestros estrategas no es muy adepto a las técnicas de mis tratados… Pero, y aunque me gustaría seguir hablando contigo tan tranquilamente… Si quieres, podemos tener un largo debate sobre la filosofía de la guerra. Este es el momento de algo muy diferente… Quiero que… Más bien, debes de… –y sí. En ese momento, como era de esperar, una fuerte carcajada salió de lo más profundo de su ser, mientras desenvainaba un arma, apuntando con ella impulsivamente al frente. A Camilla. A la ciudad. A su propio ejército. Al wyvern. A las llamas. A los estandartes plegianos. A sí mismo, a su cuello, como si fuera a cortárselo en cualquier momento. Sin duda alguna, estaba cegando su juicio, como era habitual en él- ¡OBSERVAR EL PODER DEL LEGÍTIMO IMPERIO DE LOS MARES! ¡A LA CARGA, MIS TERCIOS! ¡QUE DONDE VUESTRAS MANOS NO LLEGUEN LO HAGAN LAS PICAS Y LAS LLAMAS! ¡GLORIA FORTIS MILES!

Y así fue. Un fuerte sonido salió de las gargantas de los soldados que iban tras el monarca. “¡GRIMA SALVE A PLEGIA!”. Y tras eso, casi al instante, todo empezó. Los dos Tercios de Plegia ahí presentes salieron al combate a toda velocidad, en una formación militar completamente irrompible. Los piqueros en el centro, con los hechiceros rodeándolos. Y en cuanto entraran en combate, los segundos se arrodillarían para dejar que los piqueros pasaran las lanzas sobre ellos, creando así una especie de “puercoespín” que lanzaría todos los hechizos que fueran necesarios para aniquilar al enemigo. Y… ¿Quién estaba entre esos hechiceros, dispuesto a combatir? Pues obviamente. Gangrel de Plegia, como no podía ser de otra forma. La imagen del emperador luchando en “primera fila” era una imagen que inspiraba a todos los soldados por igual.

Y es que ya le importaba todo poco. Cegado por la obsesión enfermiza del combate, Gangrel solo quería una cosa en ese momento. Matarlos a todos. Acabar con toda vida en el cielo y en la tierra que no se inclinara frente a él.

Las llamas eran el pasto y la tumba de decenas de cadáveres de emergidos. El putrefacto hedor a quemado inundaba las narices de todos los ahí presentes. Pero aun así, se avanzaba. Ahora, casi dentro de la ciudad, Gangrel podía verlo mejor incluso. La imagen de cientos de plegianos combatiendo como salvajes bestias, bailando en esa macabra batalla entre llamas y muerte. Y él, como no podía ser de otra forma, se uniría a ella como uno más.
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