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[Entrenamiento] ¡En guardia! [Priv. Lucina]

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Mensaje por Chrom el Lun Dic 10, 2018 12:08 pm

El regreso de los emergidos era ya una realidad. A pesar de sus inmensos esfuerzos por conseguir que la plaga enemiga desapareciera del Sacro Reino de Ylisse, no había durado durante demasiado tiempo. Una sensación de malestar y de frustración se apoderó de todo su ser cuando le llegaron las noticias desde diferentes puntos fronterizos, donde nuevamente se habían avistado tropas de emergidos. ¿Cómo habían regresado, y en un número tan superior, cuando no había dejado de vigilar en ningún momento? No lograba comprender la capacidad de esos seres oscuros, nacidos del mal, pues era sorprendente. ¿Magia? No diría que no, porque la naturaleza por sí misma no era capaz de semejante hazaña.

Una de las aldeas por las que habían pasado durante su regreso a Ylisstol contaba con un carpintero de renombre. Había confeccionado la mayoría de las casas de la población, pero también herramientas, arados, utensilios de cocina y, cómo no, de combate. Las armas de madera no se podían comparar con las realizadas en la forja, pero sí que tenían una importante utilidad para comenzar en el manejo de estas, como último recurso de defensa en caso de no contar con un arma de verdad o bien si se le añadía un filo metal, como podía ocurrir con las hachas y las lanzas. El buen y amable hombre, al enterarse de su presencia en su humilde pueblo, había decidido regalarles algunas de sus obras, dándoles las gracias por su labor. En un primer momento, se había sentido obligado a rechazar su obsequio, pero la cabezonería del hombre le hizo comprender que no descansaría tranquilo hasta que no aceptara, por lo que eso mismo hizo con una amplia sonrisa.

Era una réplica casi perfecta de la espada familiar, de la Falchion. Las habilidades del carpintero lograron sorprenderle, especialmente al no haber tenido referencia en la que basarse más allá de las ceremonias reales en las que esta sagrada arma era expuesta a ojos de los ciudadanos. De alguna manera, el buen hombre habría presenciado alguna de dichas escenas. Ardía en deseos de darle un buen uso a la réplica de madera, que además se caracterizaba por ser maciza y robusta, pudiendo incluso aguantar el golpe de algún filo metálico poco afilado.

Una vez en su hogar, sin siquiera haber cambiado sus ropas, se dirigió hasta los aposentos de su hija. Dio un par de toques en la puerta de la menor, asegurándose de no invadir su intimidad como más de una vez le había recriminado. A cada año que pasaba, notaba cómo, a pasos agigantados, su pequeña Lucina se estaba convirtiendo en una valerosa e increíble mujer guerrera. No podía estar más orgulloso del camino que estaba tomando, pero también echaba de menos esos momentos de los que disfrutaban, realizando travesuras dentro de las pareces del palacio —¿No vas a venir a saludar a tu padre? —Con una sonrisa de medio lado, mantenía los brazos escondidos detrás de la espalda, sosteniendo la espada de manera de tal forma que su cuerpo ocultaba la presencia del arma de madera.

Tenía una idea, poco adulta y madura. Pero en la intimidad de aquellas paredes nadie más allá de familia podía recriminarle por tales actos. Y ellos estaban más que acostumbrados.
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Mensaje por Lucina el Sáb Dic 15, 2018 8:44 pm

Últimamente, a su cuerpo le ha dado por reiterarle que es una adolescente a base de moretones mucho peores, cansancio eterno y distracciones cada dos por tres. Que ella misma se había tenido que forzar de salir de la cama al no tener tanto ánimo encima. Lucina tendría a actuar de diferente manera dependiendo de con quién se desenvolviese en el día a día. Si era su padre, con determinación y firmeza en la mirada dignas de alguien con afán de superación; si era su tía Lissa, con alegría en sus gestos y ánimo de jugar y actuar como alguien un par de años menor; si era su tía Emmeryn, tendría a actuar calmada e incluso taciturna sin quererlo del todo y prudente a toda hora. El asunto es que extrañaba el poder cambiar de disposición cada que se le ocurriese.

Extrañaba al que sentía como su tío, extrañaba a su tía menor, extrañaba a su papá.

Se obligó a quedarse en Ylisstol aunque su alma rogase por combatir, rogase por pelear hombro con hombro junto a Chrom, Frederick y Lissa, rogase por mostrar que ella ya estaba lista para ir contra el mundo y aquello le molestaba más de lo que parecía. Sin embargo, mantuvo el gesto solemne de siempre, despidiéndoles con una sonrisa que apenas y se notaba junto a algunas advertencias para que se cuidasen. Más de una vez, considerando que su Emmeryn no podía, fue a eliminar a algún que otro emergido que se había adelantado demasiado y amenazaba con acercase demasiado a zona de los campos por la cual los Custodios no tenían plan alguno de desvío. Hacía su trabajo y se marchaba de ahí como si no hubiera pasado nada.

Lo que ahora quería hacer era lanzarse a su cama y quedarse ahí. Se le había ocurrido la mala idea de lanzarse a combatir en el ruedo de entrenamiento sin haber hecho ejercicios de calentamiento hace un par de horas y ahora comenzaba a sentir lo que prometían ser de las agujetas más horripilantes de lo que le quedaban de dieciséis años. Empezaba a sentir los brazos del dios de los sueños envolverla en su calidez cuando un par de toques en la puerta la obligaron a abrir nuevamente los ojos con el ceño fruncido hasta que, al levantar el cuerpo, el mal humor se aplacó de manera inmediata, parpadeando perpleja.

Poco le importó el dolor muscular, tampoco esperó a que terminase de hablar cuando salió de la cama de un salto y corrió a rodearle el torso con los brazos y esconder el rostro en el hombro del contrario, sonriendo tan ligeramente como solía hacerlo, antes de separarse con lentitud. —¿Hace cuánto llegaron?—. Indagó tan tranquila como siempre y sin preocuparse mucho de lo demás, siendo que lo único que delataba su emoción eran los orbes azules que fulguraban de manera notoria en señal de emoción y alivio, lo único de Lucina que actuaba del todo como una adolescente.

Sin embargo, apenas se separó por completo, se fijó en que su padre tenía los brazos escondidos tras su espalda. Con reticencia a su propia curiosidad, Lucina se estiró levemente para poder ver por el hombro del mayor sin éxito alguno. Probó poniéndose de puntillas e intentando mirar por ambos hombros, acabando por enarcar una ceja con la duda latente y ladeando apenas perceptiblemente la cabeza. Tenía sus dudas, tenía sus sospechas, mas, tampoco quería que se arruinase en caso de que fuese una sorpresa. No haría la pregunta en voz alta, la joven destilaba ansia de respuestas y su rostro lo demostraba más que cualquier palabra dicha por su boca.
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Mensaje por Chrom el Mar Ene 22, 2019 9:43 am

Una calidez abrumadora se extendió a lo largo de todo su cuerpo. Era capaz de reparar hasta el último dolor muscular del cuerpo, de sonsacarle la mejor y la más sincera de las sonrisas y le ayudaba a olvidar todas cuantas malas sensaciones había sentido durante el trayecto. Un abrazo de su hija era el mejor elixir posible, nada más importaba. Si en algún momento le flaqueaban las fuerzas solamente tenía que pensar en ella, en sus hermanas, en todos su amigos y compañeros y, en general, en todo el pueblo de Ylisse. Sus esfuerzos nunca serían en vano, siempre buscando mejorar la calidad de vida de todas aquellas personas que habían puesto su fe y alzado sus plegarias a los Custodios y a la mismísima Naga para que los ayudasen a combatir contra la nueva plaga de emergidos. Su mente no hacía más que pensar cuál podría ser la mejor opción para deshacerse de ellos, pero por una vez se permitiría unas horas de descanso al lado de la peliazul menor. Con un único brazo, la estrechó fuertemente contra su pecho, respirando hondo, lleno de tranquilidad, de paz. No obstante, no tardó mucho en ocultar de nuevo la extremidad, tal y como estaba unos momentos atrás.

Se movió primero a un lado, después a otro. No quería que la curiosidad que tanto caracterizaba a la princesa echara a perder la sorpresa que traía preparada —La verdad es que hace apenas unos minutos, pero he querido venir a verte primero —Cuanto más ardua era una batalla, el anhelo de regresar a su hogar crecía para poder abrazar a sus seres queridos. Su mera existencia le infundía valor, fuerza y aguante, todo cuanto fuera necesario para regresar a su hogar. Y esa jovencita de cabellos azulados y ojos zafiros era la mayor de sus motivaciones. Con cada lección que aprendía, cada nuevo movimiento, cualquier sonrisa que asomase en su rostro, simplemente toda ella era especial como ninguna otra persona.

Con un gesto rápido, golpeó ligeramente la cabeza azulada de la princesa con la parte no afilada de la espada de madera. No era el metal que estaba acostumbrado a blandir, y como mucho resultaría un morado por los impactos de dicho arma, pero no quería arriesgarse a que ello sucediera. Con una nueva sonrisa traviesa terminó por enseñarle el excelente trabajo que el carpintero había realizado con la pieza, dejando que la tomara entre sus manos si así quería —¿Qué te parece? Es una réplica casi perfecta de la Falchion, me la ha regalado un hombre de la zona a la que hemos auxiliado. Cuando supo de nuestra presencia, se puso a tallarla a toda velocidad, ¡qué hombre más agradable! —Estaba gratamente sorprendido por la destreza del hombre, que había sabido regalarle un objeto al cual pretendía darle un uso muy específico —La verdad es que me gustaría darle uso a la original, pero no quiero que sufra ningún daño, así que… ¿qué mejor que esta réplica? —En sus ojos destellaron dos pequeñas chispas, esperando que la menor entendiera la propuesta que acababa de realizarle, sutilmente.

Miró hacia ambos lados, no había nadie más que pudiera regañarlos. Frederick estaría con otras tareas, sus hermanas tampoco parecían estar en sus aposentos y por la hora que era, el servicio del castillo tendría que estar con la comida. Nadie les iba a impedir disfrutar de un pequeño combate en el interior del edificio más noble de Ylisstol, tal y como venían haciendo desde que la pequeña había comenzado a usar la espada.
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Mensaje por Lucina el Vie Mar 01, 2019 5:12 am

La duda y añoranza que le habían asaltado momentos atrás se fueron en forma de una pequeña y ligera risa de alivio, relajándose a la par que su progenitor en cuanto sintió el fuerte brazo de Chrom envolverla. Sus movimientos fueron seguidos, ocasionándole un pequeño puchero de manera inconsciente y, antes de que pudiera verlo, su cabeza había sido golpeada con suavidad con algo denso y que sintió como difícil de romper, quejándose a media voz y llevando una de sus manos a su cabeza pese a las quejas silenciosas de sus hombros acalambrados, frotando la zona golpeada con insistencia y cuidado a la vez. —Auch…—. Vio no con poco asombro la réplica de la espada familiar, alejándose un poco para verla con mayor detalle y escuchando la explicación.

Tomándola con la mano izquierda, comenzó a girar la espada con cierta velocidad alrededor de sí, ignorando con los dientes ligeramente apretados el incómodo dolor de sus extremidades al moverse así y pudiendo darse cuenta de que estaba un poco más torpe de lo normal, algo que llevaba tiempo sin pasarle. —Es un trabajo maravilloso, tiene muchísimos detalles—. Con curiosidad infantil, fijó la vista en cada detalle, analizando con ojo crítico quizá muy profundamente las marcas que dejaban las herramientas de carpintería en la madera, teniendo que sacudir la cabeza e intentar recordar las palabras exactas que había dicho su padre al estar en su mundo.

Solamente al ver el brillo travieso del otro par de ojos azules, los de Lucina correspondieron mientras su dueña esbozaba lentamente una sonrisa con el mismo tinte, entregándole la espada con expresión radiante en señal de acuerdo. Entre ambos, solían sobrar las palabras con frecuencia por la complicidad que habían desarrollado por el tiempo; la menor lo tenía muy en claro y era maravilloso el darse cuenta poco a poco de lo unidos que estaban. Más que padre e hija, parecían amigos de toda la vida inseparables, algo que la joven seguía sin conseguir con sus tías y menos con Frederick.

Un momento—. Prácticamente corrió con los pies descalzos deslizándose por el piso con ligereza para volver a colocarse las botas al haber sido lo único que pudo quitarse antes de caer cual peso muerto en su cama momentos atrás, asegurándose de estar medianamente presentable antes de regresar, alcanzando a sujetar la mayor parte de su cabello con un listón que había encontrado en algún lugar de su desordenado tocador y una espada de entrenamiento de debajo de su cama. —¿Qué lugar tienes planeado, padre?—. Este tipo de situaciones siempre le causaban un marcado dejo de nostalgia y emoción que lograba contener a duras penas, mas, no ocultarlas. Sus ojos solían delatarle y demostrar lo que sentía aunque ella lo negase, la emoción y las ganas de entrenar casi como un juego pese a que claramente no lo era a duras penas podía controlarlas.

En realidad, Lucina podría estar dando pequeños saltos en su lugar por la emoción y hablando cualquier cosa a la mayor velocidad posible como si una niña hiperactiva -cosa que ella sí era de alguna forma- hubiese comido demasiada azúcar.
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