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[Social] Cuando los Cuervos vuelan bajo [Priv. Skjöld]

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[Social] Cuando los Cuervos vuelan bajo [Priv. Skjöld]

Mensaje por Shade el Sáb Dic 08, 2018 1:49 pm

A Shade no le disgustaba Ylisse. El cuerpo le agradecía muchísimo que de vez en cuando se fuese pasando por parajes en los que gozaban de temperaturas agradables, aire limpio que respirar, y luz solar de sobra para alegrar la vista y, ya de paso, el color de la piel. La noche eterna de Nohr habría sido una fuente de inspiración a un sinfín de poemas y canciones, pero una vez llegados al punto de permanecer bajo su amparo año tras año tras año, se terminaba aborreciéndola. Era una auténtica cruz para alguien como ella, con la tez y el cabello tan pálidos que parecería un fantasma de no ser por sus escapadas de negocios.

Por eso prefería conjuntar con prendas oscuras. El negro era un color que a su juicio aportaba elegancia, y que casaba a la perfección con sus propios matices blanquecinos. No solo era uno de esos contrastes de tonos opuestos que resultaban vistosos, sino que también era una curiosa manera de criticar el tan adorado pensamiento del “blanco y negro” que la mayoría de monarcas en Akaneia seguían. O dicho de otra forma, que mientras algunos solo aceptaban una de las dos caras de la moneda, ella estaba por encima al quedarse con ambas.

Aunque ese día no habría telas ni sedas negras para ella. Y la verdad, tanto blanco era desagradable para la vista. Pero por la cuenta que le traía, debía parecer lo más “blanca” posible… a ojos de Naga.

Ropa de Shade:

Entonces, señorita. ¿Cuánto tiempo tenía pensado quedarse por aquí? Podría recomendarle un par de sitios a visitar en la ciudad en sus ratos.

Aquella mañana, Shade se las había ingeniado para quedarse acomodada entre dos grandes rollos de lino destinados a una humilde sastrería, varios paquetes cuyo contenido acabaría debutando en los tenderetes del mercado, y siendo mecida por el suave traqueteo del carro que los transportaba. Otro detalle que le gustaba de Ylisse era su gente. Siempre tan acogedora y dispuesta con los viajeros, que saltaban a la vista sus dotes como mediadores para alianzas mercantiles. A diferencia de una Nohr austera que hacía décadas que tiró la toalla por formar acuerdos con otras naciones (al menos aquellos en los que las agresiones no eran la principal vía democrática), el Sacro Reino se podía considerar su antítesis.

Y de ahí que fuese tan fácil sacar provecho de la buena voluntad de sus ciudadanos con nada más que apariencias. Por lo que acaecía a aquel mercader, tan solo estaba siendo amable con una supuesta estratega alteana en búsqueda de nuevas experiencias con la que se cruzó, y a la que justamente le venía de perlas que la acercasen al puesto de control más próximo.

Es muy amable por su parte, buen hombre. Pero me temo que mi apretada agenda no me va a permitir demasiado tiempo para explorar las calles de la ciudad. —En realidad, ya conocía de sobra todo lo necesario que Ylisstol podía ofrecerle a alguien como ella—. Es más, creo que no seré la única por estos lares con tanta faena entre manos.

Puede que el hombre hubiese pecado de ingenuo al tragarse tan a la ligera la mentirijilla de una extranjera a la que acababa de conocer, pero al menos era lo bastante avispado para entender a lo que se refería Shade con su última frase. El bufido de apatía que se le escapó hablaba por sí solo.

Esos malnacidos de ojos rojos son peores que una plaga de liendres, ya se lo digo yo. Con el esfuerzo que desempeñó el ejército real para echarlos de nuestras tierras… Y vuelven una vez más, como si nada.

Comprendía la decepción y el resquemor que llenaban las palabras del mercader. Los Emergidos habían demostrado en los últimos años ser una lacra de la que deshacerse resultaba una gesta titánica, por no decir imposible. Pero Shade no compartía la misma opinión de que Ylisse fuese víctima del infortunio, porque la Dama Fortuna poco había tenido que ver con el aumento de ataques emergidos. Si se había dado lugar aquella situación de desequilibrio, era por el mayor y gran defecto que tenía el Sacro Reino: era un país de conformistas.

Siendo sinceros, gran parte de la culpa de que ello fuese así, se debía a los actos poco ortodoxos que llevó a cabo el antiguo Venerable del reino. Emmeryn no tuvo otro remedio que incitar una política ultrapacifista para que su pueblo no se hundiese en la miseria que su propio padre dejó como legado. Triste, pero cierto. Ylisse renació como lo que es a día de hoy, pero a cambio de cohibirla hasta tal punto que la desproveyó de toda ambición, y anclarla a un exagerado anhelo de paz que le estaba haciendo más mal que bien.

Y los Emergidos eran la prueba viviente de ello. Altea y Nohr habían conseguido ponerlos en jaque por su capacidad para sobreponerse a la adversidad, pero Ylisse seguía siendo esa niña apocada que albergaba potencial, pero que se conformaba con lo que tenía. Mal, mal, mal. Había tres cosas que Shade no toleraba de ninguna manera. Una era la praxis de costumbres arcaicas, brutales e innecesarias en la Magia Oscura. La segunda era la actual ley plegiana y su Rey Cavernícola que la promulgó. Y la tercera eran los alumnos que no se esforzaban por superarse.

Quedaba pues, ver si esta vez Ylisse había aprendido la lección y anotar sus progresos, o tendría que echarle mano a la vara y enseñarles a esos pomposos Custodios su faceta de Maestra Mala. Y nadie, absolutamente nadie, quería ver a Shade haciendo de Maestra Mala.
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Re: [Social] Cuando los Cuervos vuelan bajo [Priv. Skjöld]

Mensaje por Skjöld Heilfsson el Jue Dic 13, 2018 12:39 am

El polvo, hijo de los caminos, se alzaba a nuestro paso, marcado por el sonido contundente de las botas y el traqueteo de los carros, eterno compás de la vida errante, llegando a tapar en nuestro avance el efecto de la poderosa luz del sol que, al contrario que en mi tierra natal, brillaba de forma constante y cálida, como si cuidara de aquellos a los que bañaba con su brillo. Inspiré fuerte, en la vanguardia de la caravana, situado a la par a pasos amplios junto a la carga que, en esta ocasión, los Cuervos custodiábamos como parte de una de nuestras empresas. El trabajo escaseaba en las tierras de la Venerable, mujer que, casi idolatrada, gobernaba desde un trono de buenas intenciones y palabras amables. Paz antes que poder, trato antes que combate. La debilidad de Ylisse me irritaba sobremanera, a tal punto de que sus guerreros, más que poderío, me transmitían lástima. La maldita muerte se niega a cumplir con su parte mientras nos vomita engendros de ojos carmesíes que tratan de arrancarnos las entrañas y la Venerable, tras acabar con la amenaza una vez, se acomoda su corona y tocados, mientras los emergidos, ahora de vuelta, degüellan a los suyos como si de cerdos se trataran, pues embobados en la falsa idea de paz, ni capaces de defenderse son en realidad. Por culpa de sus ideales, su pueblo será masacrado por ellos en su regreso, a la vez que, como en este caso, el hombre trata de buscarse la vida como puede, aunque sea a base de devorarse unos a otros, como perros apaleados.

Habíamos llegado a Ylisse hacía un mes, atraídos por los rumores de que los emergidos volvían a poblar las encrucijadas y bosques con la esperanza de que,debido a ello, se necesitaran espadas a sueldo que, como nosotros, mataran mucho y preguntaran poco, con tal de echar a esos asquerosos muertos del reino. Por desgracia, las gentes de Ylisse no tienen redaños para siquiera atreverse a contratarnos aunque sea por un bien. Bárbaros del norte, nos llamaron algunos. Carroñeros, oí de otros. Asesinos. Así nos ven los pueblerinos cobardes, cuyas granjas y aldeas atravesamos a nuestra llegada, buscando lo que nos daba el pan. Pusilánimes enloquecidos, engañados por quimeras y lisonjas, gobernados por corderos falsos y que, enmascarando su estupidez con bondad, nos miraban mal por dedicarnos a la guerra y no a comernos nuestra propia mierda, como hacían ellos. Reiría sobre sus poblados arrasados cuando llegara la ocasión. El tiempo sea conmigo. Por suerte para nosotros, un noble con aires de mercade, extranjero como nosotros, nos ofreció una suma de dinero decente a cambio de que nos encargásemos de que uno de sus carros de "bienes" llegara a Ylisstol a salvo de descuideros, rufianes y emergidos. Hubiera preferido que nos mandase cargar contra un nido de esas cosas antes que tener que hacer de niñeras, mas no estábamos para elegir.

Por lo que, tras cuatro días de marcha, nos encontrábamos de camino, haciendo de guardas, vigilados por un reducido grupo de hombres que se encargaban de asegurar que no nos dábamos a la fuga con el contenido del carromato, fuera el que fuera. Iluso. Si quisiera quedármelo, le arrancaría la cabeza con mis propias manos dando un sonoro rugido a todo aquel que se opusiera a ello sin siquiera dar señal de ataque a mis Cuervos, por lo que debía o ser demasiado cándido o estúpido si pensaba que me detendrían cinco debiluchos que no se imaginaban siquiera a qué me encomendaba durante las cacerías en Mitgard.  Al menos aquella travesía nos estaba sirviendo para algo. Durante el trayecto habíamos ido oyendo que en Plegia se buscan hombres que estén lo suficientemente locos como para cruzar el mundo en pos de conquistar Manster en nombre del rey Gangrel. Ya teníamos destino tras acabar el encargo, suponía, pues no había nada que me atrajese más que la idea de poder unirme a una guerra en toda regla, aunque fuese bajo las órdenes de aquel al que en este reino llamaban "El Loco". Apuesto mis cuernos a que es mejor que la Venerable.

Miré a mi derecha, donde estaban los escoltados, dirigiéndoles una mirada intimidante, recibiendo a cambio muecas de miedo y respeto. Eran todos hombres armados, a excepción del conductor del carro, que era un hombre mayor con mirada de oveja, que parecía que más que hablar balaba bajo, por todos los dioses, con aquellos tipejos que se consideraban mortales por llevar la espada de sus tíos colgando del cinto. Pensé que tratarían de imponernos sus formas en el viaje, mas sorprendentemente entendieron rápido que, mientras los estandartes negros ondearan sobre ellos, eran de nuestra propiedad. Ante la tranquilidad del viaje, los míos se habían mostrado varias veces agresivos con ellos, advirtiendo, entre risotadas, sobre lo que ocurriría si nos trataban de estafar o mentir. "Nadie miente al Cuervo, a menos que quiera que le arranque los ojos". Ese era uno de nuestros dichos, y era extremadamente literal. Debido a estas amenazas, se mostraban mansos tras estos días. Mucho más al ver que, para nosotros, "tranquilidad" es pasar por medio de un escuadrón de emergidos que se encontraba viajando a base de cánticos, tajos y reveses, aniquilando aquella noche todo rastro de esos bastardos no muertos de la faz de la tierra, arrancando de sus corazones inocentes todo vestigio de superioridad que pudieran tener sobre nosotros aquellos guardias de medio pelo.

Fue entonces, mientras les observaba que el camino empezó a hacerse más ancho, a la vez que, a nuestro paso de marcha, alcanzábamos un carro que, solitario, pasaba en nuestra misma dirección, casualmente. Parecía ser el carro de un comerciante, sin más adornos o florituras, y no destacaba por más que miraras, a diferencia de nuestra caravana, formada por sendos carros cargados de enseres de guerra, a cuyos lados se encontraban mis hombres, armados hasta los dientes, poseyendo ese pesado andar que, junto a la mirada perdida de aquel cuya vida se basa en arrebatársela al prójimo, nos daba ese aspecto de asesinos, como nos decían los aldeanos. Unos pasos a mi izquierda me hicieron girar la cabeza, descubriendo que, comos siempre, Sigbjörn se había escabullido raudo a mi lado, seguramente para comunicarme algo. Aquella mañana, sus cabellos y barbas de color cano parecían refulgir bajo el sol, cosa que me acabó cegando.

-Skjöld-dijo, abrazado a su lanza, la cual no soltaba ni para dormir. -Los hombres se muestran impacientes por llegar y no te mentiré, yo también. Odio estos caminos tranquilos-añadió sonriéndome vagamente, a la vez que acariciaba suavemente el asta de su arma, con los ojos fijos en mí.

-¿Adónde quieres llegar, Sigbjörn?-repuse tras un bufido corto y grave.

-Vamos a preguntarle a los dueños de ese carro-señaló con la cabeza disimuladamente-si Ylisstol se encuentra cerca. Y además...podríamos preguntar si sabe de algún problema que podamos "solucionar"-concluyó pasando a destilar pura malicia con sus ojos, símbolo de que, al igual que yo, necesitaba más estímulos que salvaguardar a esos imbéciles.

Mi respuesta no se hizo esperar, siendo esta simplemente una mirada fija y una sola palabra, la cual claramente transmitía desagrado.

-Vamos.

Me adelanté a paso ligero junto a él en dirección al carro, llegando a su lado. Quedé sorprendido al ver que, además del conductor, había una mujer entre los bienes que transportaba. Su piel, blanca como la primera nevada de invierno resplandecía, rodeada del manto que llevaba, transmitiendo una pureza que me inquietaba sobremanera, más que tranquilizarme, pues sus facciones bellas se me antojaban terribles, a la par que parecía rodearla cierta aura mística. No pude evitar observarla unos segundos, durante los cuales una voz me susurraba en mis pensamientos, a modo de advertencia. El zorro quería hablarme.

"Mira y piensa bien lo que haces, pequeño. A más bello, más oscuro es su designio, profundo y tenebroso, como el nido de un búho."

Alcé el rostro y tras carraspear, decidí hablar.

-¿Se encuentra Ylisstol lejos, viajeros?- pregunté ásperamente, acariciando con la yema del pulgar la cabeza de mi hacha, mirando de reojo a la mujer sobre la que Fyrdr me advertía en mi mente.  -Mi compañía y yo estamos hartos de andar por este camino cochambroso.
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Re: [Social] Cuando los Cuervos vuelan bajo [Priv. Skjöld]

Mensaje por Shade el Jue Ene 17, 2019 7:46 pm

¡Qué me aspen! ¿De verdad me asegura que estuvo participando el muchacho alteano que ahora mismo está en boca de todos? Y también el príncipe de Nohr… —El mercader la miró con los ojos de par en par, destilando tal emoción que le recordaba a la de un chiquillo escuchando las hazañas de sus héroes.

No veo por qué le iba a mentir —le aseguró, esbozando una pícara sonrisa—. Además, sabiendo cómo de rápido vuelan las noticias, estoy segura de que tarde o temprano será la comidilla de por aquí.

Shade había tenido la suerte de que toparse con un conductor que era de habla fácil. Suerte en el sentido de que un poco de conversación siempre era de agradecer para amenizar el viaje, ya que esta era una costumbre que se estaba perdiendo últimamente con tantas tensiones acumuladas. Ya casi nadie tenía los ánimos de buscar un tema que no fuesen los Emergidos, aunque una vez se sabía por dónde coger el interés de alguien, era muy sencillo reavivarlos.

Con aquel hombre en cuestión, le bastó con fijarse en su expresión interesada en cuanto le mencionó que su siguiente parada sería Regna Ferox. Nada más le preguntó a la informante si sabía algo acerca del torneo que celebró Altea allí, el resto cayó por su propio peso.

Vaya… Recuerdo que la noticia del torneo cayó como una tromba en el gremio local de mercaderes. Todos estábamos que nos subíamos por las paredes por conseguir un permiso para comerciar en la colonia. —El tipo soltó una risa agria mientras asentía con la cabeza—.  Aunque luego nos dimos con un canto en los dientes porque no había nada que hacer. Cuando quisimos darnos cuenta, los del gobierno alteano ya lo tenían todo medido al milímetro: invitados, representantes, comercios…

El torneo de Regna Ferox era el reclamo perfecto para altos cargos y figuras militares de los diversos países del mundo. Por lo que también era el paraíso hecho realidad para chismosos, espías y traficantes de información. Era de necios desperdiciar una oportunidad así, por lo que Shade no tardó en cobrarse un par de favores que le debían, y hacerse un hueco entre la comitiva de soldados y hechiceros nohrios que acudían en representación del Príncipe Xander.

Lo que alegaba el mercader no era nuevo para ella. Haciendo un poco de su magia, se enteró de que muchos de los negocios ya tenían previo pacto con Altea incluso antes de que se hiciese un comunicado oficial del evento. Lo más común sería pensar que se trataba de una simple medida protocolaria para tenerlo todo atado antes de tiempo, también para que la organización no se pillase los dedos. Pero a ojos expertos y no tan cegados por el optimismo, ya surgían preguntas acerca de las prisas y discreciones por formar acuerdos comerciales, o de si los feroxíes locales habían dado su visto bueno a que el Coliseo, orgullo y emblema de su nación, se convirtiese en un espectáculo mediático para el deleite de unos cuantos nobles.

Mentiría si dijese que le generaban confianza los términos en los que estarían los alteanos y los feroxíes. Si había conflictos internos, era más probable que se les estuviese prestando menos atención a los Emergidos. Además de que le interesaba saberlo cuanto antes, pues ya conocía de antemano los hábitos carroñeros de Plegia en cuanto salía a la luz cualquier fisura en los países vecinos, y no es que fuesen lentos en tomar cartas en el asunto. En resumidas cuentas, aquello se traducía en más quebraderos de cabeza para ella, y tener que volver a pasarse por Regna Ferox en cuanto acabase de comprobar la situación en Ylisse.

Ni le entusiasmaba la doctrina de Naga, ni le hacía especial gracia tener que meterse en asuntos de países retrógrados e ignorantes que aun tomaban la Magia Arcana por la raíz de todo mal. Pero sabía lo que era padecer a causa de la devoción de otros por un dios. Y nadie, absolutamente nadie, se merecía recibir daño colateral por el orgullo de los mandamases más acérrimos.

Bueno. Comprenda que un evento de semejante tamaño tiene que estar a prueba de fallos, y asegurarles a los interesados que no se les intenta vender humo —argumentó, suavizando sus palabras y dibujando círculos en el aire con su índice—. Ya sabe: más vale revisar el producto antes de presentárselo al consumidor.

Que me va a contar, señorita —musitó el otro con resignación—. Que me va a…

Entonces, la lenta marcha del carromato se detuvo. Shade enarcó una ceja y se incorporó un poco de su asiento para preguntarle al mercader y saber por qué habían parado. Pero no tardó en reparar lo que había captado la atención del hombre, y el por qué del gesto turbado que compuso. El asombro también invadió a la informante, pero su caso fue sobre todo por la fascinación de encontrarse algo así en la humilde Ylisse.

Un tropel de hombres cargados con armas y demás útiles de supervivencia aguardaban a la vera de la carretera. Sin embargo, cualquiera que les echase un vistazo podría ser capaz de llegar a la conclusión de que era un grupo un tanto… alóctono. Extranjeros, y por esos ropajes que parecían más pieles que prendas confeccionadas, tenían toda la pinta de venir muy, muy del norte. Llevándose un par de dedos al labio inferior, Shade se preguntaba qué es lo que traería por tierras sureñas de Naga a unos bárbaros que provenían de los confines más remotos de Jugdral. Que ella supiese, a Forsetti no se le había perdido nada en Akaneia.

Pero su curiosidad iba a ser satisfecha cuando dos hombres se separaron del grupo y se encaminaron al carromato. El mercader, que aferraba las riendas de los caballos como si su vida dependiese de ello, empalideció nada más se le plantó delante suya quien parecía ser el líder. Y, por el legado de Baldur, como para no sentirse amedrentado ante lo que vendrían a ser dos metros de músculos que destilaban hosquedad por todos sus poros.

Mas lo único que hizo fue preguntar con voz ronca si la capital quedaba lejos. Shade notó que sus ojos le traicionaban de vez en cuando, escapándosele miradas fugaces hacia ella, lo que hizo que los labios se le curvasen en una escueta sonrisa. Parecía ser que no era la única que bullía de suma curiosidad.

No han de padecer más por sus doloridos pies, caballeros; la capital no queda muy lejos de donde nos encontramos. —Ya que su acompañante no estaba por la labor de salir de su estupor, Shade tomó la iniciativa en responder con un tono cordial—. ¿Me equivoco? —Aquello se lo preguntó al mercader, quien reaccionó por fin y negó con la cabeza entre titubeos.

Tras aquello, la mujer terminó de incorporarse del todo y se sacudió la capa para quitarle cualquier hilillo de lino suelto. Aun con una inmutable sonrisa en el rostro, se llevó el dedo índice a la quijada, y estudió con ojos golosos a la compañía de norteños que acompañaban al gigante con esas extrañas protuberancias brotándole de debajo de la cabellera.

Ahora que se fijaba en ellas… ¿Se lo parecía a ella, o esas cosas las tenía muy pegadas a la piel?

Disculpen, caballeros. ¿Sería mucha molestia preguntar qué es lo que trae a Ylisse a unos viajeros que parecen venir de muy lejos?
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Re: [Social] Cuando los Cuervos vuelan bajo [Priv. Skjöld]

Mensaje por Skjöld Heilfsson el Miér Ene 23, 2019 12:50 am

Miedo. Podía olerlo emanando del mercader que, sentado en su humilde carro y agarrado a las riendas, pasaba sus ojos de Sigbjörn a mí, con una mezcla de alerta y espanto, salpicada de desconfianza. Su rostro, de facciones amables, se tornaba ante nosotros pálido y casi tembloroso, como si en vez de ver a dos hombres viera a la misma muerte empuñando sus armas contra él. Si era eso lo que veía, tampoco se equivocaba tanto, dada nuestra naturaleza. Los Cuervos matamos, eso desde luego, mas no de la forma en la que lo hacen los soldados de las naciones que al menos yo conocía. Nosotros no matábamos por ninguna patria, ideales vacíos o deseos de protección. No. La necesidad de demostrar nuestra fuerza venía en nuestra forma de ser, y nuestros códigos dictan claramente aquello que nos hace guerreros y cazadores sobre un mundo quebradizo donde los cobardes y los borregos no tenían cabida. Un verdadero cuervo sólo presta atención a sus hermanos, aquellos que viven por el negro estandarte. El brillo traicionero del oro nos permite vivir, y por él luchamos, dando igual la empresa, alimentándonos de la miseria y los conflictos de los países y los hombres, lobos para los de su misma especie. La mirada aterrada de aquel hombre se dirigía a mi persona y a los míos, recordándome que, de hecho, habíamos sesgado la vida de personas como él ya fuera por monedas o por otros motivos, ya fuera saqueando y destruyendo todo lo que alguna vez amaron o cazándolos hasta la extenuación por llanuras inabarcables. No importaba, pues la cruda verdad es que, a sus ojos y a los de la mayoría de habitantes de estas tierras, éramos vulgares asesinos, y tenían motivos para creerlo.

Vi cómo en la parte trasera de aquel carromato la mujer, de gran estatura ahora que la veía más de cerca, se incorporaba levemente, pudiendo verla más de cerca, al igual que ella a nosotros. Fyrdr no mentía, desde luego, al catalogarla como un peligro demasiado bello como para ser ignorado, ni mucho menos. A mi lado pude entrever cómo Sigbjörn apretaba las manos en torno a su lanza, casi como si se hallara intimidado por el aspecto de aquella fémina que incluso a mí se me antojaba amenazante, y no sabía decir por qué. Mi instinto me llamaba a desconfiar, a la par que cierta curiosidad animal surgía en mi interior, fruto de cierta sensación que, por algún motivo, había decidido anidar en mi estómago, pesada y desconocida. Había visto a muchas mujeres con el paso del tiempo, y si bien había compartido lecho y palabras con bastantes, jamás había sentido aquello que los hombres llamaban "amor", siendo mi principal interés ser uno con ellas por mera pulsión, y al igual que me pasaba con los míos, los susurros que me recorrían me invitaban a alejarme de todos en una suerte de soledad falsa, destruyendo cualquier acercamiento. Pryam en las noches estivales me había hablado sobre las hembras, mas me invitaba a guardar distancia en la espesura. Sin embargo, la alerta que sentía enfrente de la pálida y hermosa dama invernal me hacía sospechar que, en su delicada forma, se escondía una terrible fuerza, o al menos, algo que se asimilara. De sus finos labios emanaron palabras corteses y sinuosas como el trayecto de un río, transportadas por una voz similar a os vientos del oeste, de alguna forma cálidos para el alma y frescos para el cuerpo. Fijé mis ojos en ella mientras hablaba, moviendo para ello levemente la cabeza, moviéndose así mi cornamenta cinchada a mi cráneo por correas ocultas entre mis cabellos libres y densos, mientras trataba de contener una carcajada por el título que nos daba.

Ante sus palabras, Sigbjörn se giró, haciendo gestos a la caravana, seguramente tratando de comunicar que nos hallábamos cerca de completar nuestra molesta tarea, la cual si no terminaba pronto se tornaría una sangría de lo irritante que se volvía tener que transportar a esos corderillos y no estar probándonos en el campo de batalla. Yo por mi parte asentí solemne, aliviado en parte.

Se levantó entonces frente a nosotros, destacando aún más su prominente tamaño, mirándonos desde las alturas como una diosa implacable con sus ojos añiles y profundos como los lagos de mi tierra, gélidos y arrebatadores durante los amaneceres en las montañas. Una visión que, dados sus gestos, turbaba mis instintos encarnados en el oso polar que llevaba por capa y que, presente en mi interior, respondía a los estímulos de salvaje forma, aunque fueran los carnales.

-Gracias-musité parco en palabras. -No somos caballeros, ni viajeros cansados-dije, sonriendo de forma leve. -Somos los Cuervos, una mesnada errante. Nos dirigimos a la capital para entregar una carga, y por suerte estamos acabando-señalé al carro de los hombres autóctonos, detrás de mí. -Pero es de la sangre de lo que vivimos, si es lo que preguntas, aunque en estas maltejidas tierras no quieran que derramemos la de los muertos. Si de las ovejas no vivimos, nos encargaremos de vivir de los lobos, aunque tengamos que marcharnos...- terminé reflexionando en voz alta, fulminando con la mirada al dueño del carro en el que se encontraba ella, representante de todos aquellos que nos negaban el sustento.
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