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Mensaje por Shade el Sáb Dic 08, 2018 1:49 pm

A Shade no le disgustaba Ylisse. El cuerpo le agradecía muchísimo que de vez en cuando se fuese pasando por parajes en los que gozaban de temperaturas agradables, aire limpio que respirar, y luz solar de sobra para alegrar la vista y, ya de paso, el color de la piel. La noche eterna de Nohr habría sido una fuente de inspiración a un sinfín de poemas y canciones, pero una vez llegados al punto de permanecer bajo su amparo año tras año tras año, se terminaba aborreciéndola. Era una auténtica cruz para alguien como ella, con la tez y el cabello tan pálidos que parecería un fantasma de no ser por sus escapadas de negocios.

Por eso prefería conjuntar con prendas oscuras. El negro era un color que a su juicio aportaba elegancia, y que casaba a la perfección con sus propios matices blanquecinos. No solo era uno de esos contrastes de tonos opuestos que resultaban vistosos, sino que también era una curiosa manera de criticar el tan adorado pensamiento del “blanco y negro” que la mayoría de monarcas en Akaneia seguían. O dicho de otra forma, que mientras algunos solo aceptaban una de las dos caras de la moneda, ella estaba por encima al quedarse con ambas.

Aunque ese día no habría telas ni sedas negras para ella. Y la verdad, tanto blanco era desagradable para la vista. Pero por la cuenta que le traía, debía parecer lo más “blanca” posible… a ojos de Naga.

Ropa de Shade:
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Entonces, señorita. ¿Cuánto tiempo tenía pensado quedarse por aquí? Podría recomendarle un par de sitios a visitar en la ciudad en sus ratos.

Aquella mañana, Shade se las había ingeniado para quedarse acomodada entre dos grandes rollos de lino destinados a una humilde sastrería, varios paquetes cuyo contenido acabaría debutando en los tenderetes del mercado, y siendo mecida por el suave traqueteo del carro que los transportaba. Otro detalle que le gustaba de Ylisse era su gente. Siempre tan acogedora y dispuesta con los viajeros, que saltaban a la vista sus dotes como mediadores para alianzas mercantiles. A diferencia de una Nohr austera que hacía décadas que tiró la toalla por formar acuerdos con otras naciones (al menos aquellos en los que las agresiones no eran la principal vía democrática), el Sacro Reino se podía considerar su antítesis.

Y de ahí que fuese tan fácil sacar provecho de la buena voluntad de sus ciudadanos con nada más que apariencias. Por lo que acaecía a aquel mercader, tan solo estaba siendo amable con una supuesta estratega alteana en búsqueda de nuevas experiencias con la que se cruzó, y a la que justamente le venía de perlas que la acercasen al puesto de control más próximo.

Es muy amable por su parte, buen hombre. Pero me temo que mi apretada agenda no me va a permitir demasiado tiempo para explorar las calles de la ciudad. —En realidad, ya conocía de sobra todo lo necesario que Ylisstol podía ofrecerle a alguien como ella—. Es más, creo que no seré la única por estos lares con tanta faena entre manos.

Puede que el hombre hubiese pecado de ingenuo al tragarse tan a la ligera la mentirijilla de una extranjera a la que acababa de conocer, pero al menos era lo bastante avispado para entender a lo que se refería Shade con su última frase. El bufido de apatía que se le escapó hablaba por sí solo.

Esos malnacidos de ojos rojos son peores que una plaga de liendres, ya se lo digo yo. Con el esfuerzo que desempeñó el ejército real para echarlos de nuestras tierras… Y vuelven una vez más, como si nada.

Comprendía la decepción y el resquemor que llenaban las palabras del mercader. Los Emergidos habían demostrado en los últimos años ser una lacra de la que deshacerse resultaba una gesta titánica, por no decir imposible. Pero Shade no compartía la misma opinión de que Ylisse fuese víctima del infortunio, porque la Dama Fortuna poco había tenido que ver con el aumento de ataques emergidos. Si se había dado lugar aquella situación de desequilibrio, era por el mayor y gran defecto que tenía el Sacro Reino: era un país de conformistas.

Siendo sinceros, gran parte de la culpa de que ello fuese así, se debía a los actos poco ortodoxos que llevó a cabo el antiguo Venerable del reino. Emmeryn no tuvo otro remedio que incitar una política ultrapacifista para que su pueblo no se hundiese en la miseria que su propio padre dejó como legado. Triste, pero cierto. Ylisse renació como lo que es a día de hoy, pero a cambio de cohibirla hasta tal punto que la desproveyó de toda ambición, y anclarla a un exagerado anhelo de paz que le estaba haciendo más mal que bien.

Y los Emergidos eran la prueba viviente de ello. Altea y Nohr habían conseguido ponerlos en jaque por su capacidad para sobreponerse a la adversidad, pero Ylisse seguía siendo esa niña apocada que albergaba potencial, pero que se conformaba con lo que tenía. Mal, mal, mal. Había tres cosas que Shade no toleraba de ninguna manera. Una era la praxis de costumbres arcaicas, brutales e innecesarias en la Magia Oscura. La segunda era la actual ley plegiana y su Rey Cavernícola que la promulgó. Y la tercera eran los alumnos que no se esforzaban por superarse.

Quedaba pues, ver si esta vez Ylisse había aprendido la lección y anotar sus progresos, o tendría que echarle mano a la vara y enseñarles a esos pomposos Custodios su faceta de Maestra Mala. Y nadie, absolutamente nadie, quería ver a Shade haciendo de Maestra Mala.
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Mensaje por Skjöld Heilfsson el Jue Dic 13, 2018 12:39 am

El polvo, hijo de los caminos, se alzaba a nuestro paso, marcado por el sonido contundente de las botas y el traqueteo de los carros, eterno compás de la vida errante, llegando a tapar en nuestro avance el efecto de la poderosa luz del sol que, al contrario que en mi tierra natal, brillaba de forma constante y cálida, como si cuidara de aquellos a los que bañaba con su brillo. Inspiré fuerte, en la vanguardia de la caravana, situado a la par a pasos amplios junto a la carga que, en esta ocasión, los Cuervos custodiábamos como parte de una de nuestras empresas. El trabajo escaseaba en las tierras de la Venerable, mujer que, casi idolatrada, gobernaba desde un trono de buenas intenciones y palabras amables. Paz antes que poder, trato antes que combate. La debilidad de Ylisse me irritaba sobremanera, a tal punto de que sus guerreros, más que poderío, me transmitían lástima. La maldita muerte se niega a cumplir con su parte mientras nos vomita engendros de ojos carmesíes que tratan de arrancarnos las entrañas y la Venerable, tras acabar con la amenaza una vez, se acomoda su corona y tocados, mientras los emergidos, ahora de vuelta, degüellan a los suyos como si de cerdos se trataran, pues embobados en la falsa idea de paz, ni capaces de defenderse son en realidad. Por culpa de sus ideales, su pueblo será masacrado por ellos en su regreso, a la vez que, como en este caso, el hombre trata de buscarse la vida como puede, aunque sea a base de devorarse unos a otros, como perros apaleados.

Habíamos llegado a Ylisse hacía un mes, atraídos por los rumores de que los emergidos volvían a poblar las encrucijadas y bosques con la esperanza de que,debido a ello, se necesitaran espadas a sueldo que, como nosotros, mataran mucho y preguntaran poco, con tal de echar a esos asquerosos muertos del reino. Por desgracia, las gentes de Ylisse no tienen redaños para siquiera atreverse a contratarnos aunque sea por un bien. Bárbaros del norte, nos llamaron algunos. Carroñeros, oí de otros. Asesinos. Así nos ven los pueblerinos cobardes, cuyas granjas y aldeas atravesamos a nuestra llegada, buscando lo que nos daba el pan. Pusilánimes enloquecidos, engañados por quimeras y lisonjas, gobernados por corderos falsos y que, enmascarando su estupidez con bondad, nos miraban mal por dedicarnos a la guerra y no a comernos nuestra propia mierda, como hacían ellos. Reiría sobre sus poblados arrasados cuando llegara la ocasión. El tiempo sea conmigo. Por suerte para nosotros, un noble con aires de mercade, extranjero como nosotros, nos ofreció una suma de dinero decente a cambio de que nos encargásemos de que uno de sus carros de "bienes" llegara a Ylisstol a salvo de descuideros, rufianes y emergidos. Hubiera preferido que nos mandase cargar contra un nido de esas cosas antes que tener que hacer de niñeras, mas no estábamos para elegir.

Por lo que, tras cuatro días de marcha, nos encontrábamos de camino, haciendo de guardas, vigilados por un reducido grupo de hombres que se encargaban de asegurar que no nos dábamos a la fuga con el contenido del carromato, fuera el que fuera. Iluso. Si quisiera quedármelo, le arrancaría la cabeza con mis propias manos dando un sonoro rugido a todo aquel que se opusiera a ello sin siquiera dar señal de ataque a mis Cuervos, por lo que debía o ser demasiado cándido o estúpido si pensaba que me detendrían cinco debiluchos que no se imaginaban siquiera a qué me encomendaba durante las cacerías en Mitgard.  Al menos aquella travesía nos estaba sirviendo para algo. Durante el trayecto habíamos ido oyendo que en Plegia se buscan hombres que estén lo suficientemente locos como para cruzar el mundo en pos de conquistar Manster en nombre del rey Gangrel. Ya teníamos destino tras acabar el encargo, suponía, pues no había nada que me atrajese más que la idea de poder unirme a una guerra en toda regla, aunque fuese bajo las órdenes de aquel al que en este reino llamaban "El Loco". Apuesto mis cuernos a que es mejor que la Venerable.

Miré a mi derecha, donde estaban los escoltados, dirigiéndoles una mirada intimidante, recibiendo a cambio muecas de miedo y respeto. Eran todos hombres armados, a excepción del conductor del carro, que era un hombre mayor con mirada de oveja, que parecía que más que hablar balaba bajo, por todos los dioses, con aquellos tipejos que se consideraban mortales por llevar la espada de sus tíos colgando del cinto. Pensé que tratarían de imponernos sus formas en el viaje, mas sorprendentemente entendieron rápido que, mientras los estandartes negros ondearan sobre ellos, eran de nuestra propiedad. Ante la tranquilidad del viaje, los míos se habían mostrado varias veces agresivos con ellos, advirtiendo, entre risotadas, sobre lo que ocurriría si nos trataban de estafar o mentir. "Nadie miente al Cuervo, a menos que quiera que le arranque los ojos". Ese era uno de nuestros dichos, y era extremadamente literal. Debido a estas amenazas, se mostraban mansos tras estos días. Mucho más al ver que, para nosotros, "tranquilidad" es pasar por medio de un escuadrón de emergidos que se encontraba viajando a base de cánticos, tajos y reveses, aniquilando aquella noche todo rastro de esos bastardos no muertos de la faz de la tierra, arrancando de sus corazones inocentes todo vestigio de superioridad que pudieran tener sobre nosotros aquellos guardias de medio pelo.

Fue entonces, mientras les observaba que el camino empezó a hacerse más ancho, a la vez que, a nuestro paso de marcha, alcanzábamos un carro que, solitario, pasaba en nuestra misma dirección, casualmente. Parecía ser el carro de un comerciante, sin más adornos o florituras, y no destacaba por más que miraras, a diferencia de nuestra caravana, formada por sendos carros cargados de enseres de guerra, a cuyos lados se encontraban mis hombres, armados hasta los dientes, poseyendo ese pesado andar que, junto a la mirada perdida de aquel cuya vida se basa en arrebatársela al prójimo, nos daba ese aspecto de asesinos, como nos decían los aldeanos. Unos pasos a mi izquierda me hicieron girar la cabeza, descubriendo que, comos siempre, Sigbjörn se había escabullido raudo a mi lado, seguramente para comunicarme algo. Aquella mañana, sus cabellos y barbas de color cano parecían refulgir bajo el sol, cosa que me acabó cegando.

-Skjöld-dijo, abrazado a su lanza, la cual no soltaba ni para dormir. -Los hombres se muestran impacientes por llegar y no te mentiré, yo también. Odio estos caminos tranquilos-añadió sonriéndome vagamente, a la vez que acariciaba suavemente el asta de su arma, con los ojos fijos en mí.

-¿Adónde quieres llegar, Sigbjörn?-repuse tras un bufido corto y grave.

-Vamos a preguntarle a los dueños de ese carro-señaló con la cabeza disimuladamente-si Ylisstol se encuentra cerca. Y además...podríamos preguntar si sabe de algún problema que podamos "solucionar"-concluyó pasando a destilar pura malicia con sus ojos, símbolo de que, al igual que yo, necesitaba más estímulos que salvaguardar a esos imbéciles.

Mi respuesta no se hizo esperar, siendo esta simplemente una mirada fija y una sola palabra, la cual claramente transmitía desagrado.

-Vamos.

Me adelanté a paso ligero junto a él en dirección al carro, llegando a su lado. Quedé sorprendido al ver que, además del conductor, había una mujer entre los bienes que transportaba. Su piel, blanca como la primera nevada de invierno resplandecía, rodeada del manto que llevaba, transmitiendo una pureza que me inquietaba sobremanera, más que tranquilizarme, pues sus facciones bellas se me antojaban terribles, a la par que parecía rodearla cierta aura mística. No pude evitar observarla unos segundos, durante los cuales una voz me susurraba en mis pensamientos, a modo de advertencia. El zorro quería hablarme.

"Mira y piensa bien lo que haces, pequeño. A más bello, más oscuro es su designio, profundo y tenebroso, como el nido de un búho."

Alcé el rostro y tras carraspear, decidí hablar.

-¿Se encuentra Ylisstol lejos, viajeros?- pregunté ásperamente, acariciando con la yema del pulgar la cabeza de mi hacha, mirando de reojo a la mujer sobre la que Fyrdr me advertía en mi mente.  -Mi compañía y yo estamos hartos de andar por este camino cochambroso.
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Mensaje por Shade el Jue Ene 17, 2019 7:46 pm

¡Qué me aspen! ¿De verdad me asegura que estuvo participando el muchacho alteano que ahora mismo está en boca de todos? Y también el príncipe de Nohr… —El mercader la miró con los ojos de par en par, destilando tal emoción que le recordaba a la de un chiquillo escuchando las hazañas de sus héroes.

No veo por qué le iba a mentir —le aseguró, esbozando una pícara sonrisa—. Además, sabiendo cómo de rápido vuelan las noticias, estoy segura de que tarde o temprano será la comidilla de por aquí.

Shade había tenido la suerte de que toparse con un conductor que era de habla fácil. Suerte en el sentido de que un poco de conversación siempre era de agradecer para amenizar el viaje, ya que esta era una costumbre que se estaba perdiendo últimamente con tantas tensiones acumuladas. Ya casi nadie tenía los ánimos de buscar un tema que no fuesen los Emergidos, aunque una vez se sabía por dónde coger el interés de alguien, era muy sencillo reavivarlos.

Con aquel hombre en cuestión, le bastó con fijarse en su expresión interesada en cuanto le mencionó que su siguiente parada sería Regna Ferox. Nada más le preguntó a la informante si sabía algo acerca del torneo que celebró Altea allí, el resto cayó por su propio peso.

Vaya… Recuerdo que la noticia del torneo cayó como una tromba en el gremio local de mercaderes. Todos estábamos que nos subíamos por las paredes por conseguir un permiso para comerciar en la colonia. —El tipo soltó una risa agria mientras asentía con la cabeza—.  Aunque luego nos dimos con un canto en los dientes porque no había nada que hacer. Cuando quisimos darnos cuenta, los del gobierno alteano ya lo tenían todo medido al milímetro: invitados, representantes, comercios…

El torneo de Regna Ferox era el reclamo perfecto para altos cargos y figuras militares de los diversos países del mundo. Por lo que también era el paraíso hecho realidad para chismosos, espías y traficantes de información. Era de necios desperdiciar una oportunidad así, por lo que Shade no tardó en cobrarse un par de favores que le debían, y hacerse un hueco entre la comitiva de soldados y hechiceros nohrios que acudían en representación del Príncipe Xander.

Lo que alegaba el mercader no era nuevo para ella. Haciendo un poco de su magia, se enteró de que muchos de los negocios ya tenían previo pacto con Altea incluso antes de que se hiciese un comunicado oficial del evento. Lo más común sería pensar que se trataba de una simple medida protocolaria para tenerlo todo atado antes de tiempo, también para que la organización no se pillase los dedos. Pero a ojos expertos y no tan cegados por el optimismo, ya surgían preguntas acerca de las prisas y discreciones por formar acuerdos comerciales, o de si los feroxíes locales habían dado su visto bueno a que el Coliseo, orgullo y emblema de su nación, se convirtiese en un espectáculo mediático para el deleite de unos cuantos nobles.

Mentiría si dijese que le generaban confianza los términos en los que estarían los alteanos y los feroxíes. Si había conflictos internos, era más probable que se les estuviese prestando menos atención a los Emergidos. Además de que le interesaba saberlo cuanto antes, pues ya conocía de antemano los hábitos carroñeros de Plegia en cuanto salía a la luz cualquier fisura en los países vecinos, y no es que fuesen lentos en tomar cartas en el asunto. En resumidas cuentas, aquello se traducía en más quebraderos de cabeza para ella, y tener que volver a pasarse por Regna Ferox en cuanto acabase de comprobar la situación en Ylisse.

Ni le entusiasmaba la doctrina de Naga, ni le hacía especial gracia tener que meterse en asuntos de países retrógrados e ignorantes que aun tomaban la Magia Arcana por la raíz de todo mal. Pero sabía lo que era padecer a causa de la devoción de otros por un dios. Y nadie, absolutamente nadie, se merecía recibir daño colateral por el orgullo de los mandamases más acérrimos.

Bueno. Comprenda que un evento de semejante tamaño tiene que estar a prueba de fallos, y asegurarles a los interesados que no se les intenta vender humo —argumentó, suavizando sus palabras y dibujando círculos en el aire con su índice—. Ya sabe: más vale revisar el producto antes de presentárselo al consumidor.

Que me va a contar, señorita —musitó el otro con resignación—. Que me va a…

Entonces, la lenta marcha del carromato se detuvo. Shade enarcó una ceja y se incorporó un poco de su asiento para preguntarle al mercader y saber por qué habían parado. Pero no tardó en reparar lo que había captado la atención del hombre, y el por qué del gesto turbado que compuso. El asombro también invadió a la informante, pero su caso fue sobre todo por la fascinación de encontrarse algo así en la humilde Ylisse.

Un tropel de hombres cargados con armas y demás útiles de supervivencia aguardaban a la vera de la carretera. Sin embargo, cualquiera que les echase un vistazo podría ser capaz de llegar a la conclusión de que era un grupo un tanto… alóctono. Extranjeros, y por esos ropajes que parecían más pieles que prendas confeccionadas, tenían toda la pinta de venir muy, muy del norte. Llevándose un par de dedos al labio inferior, Shade se preguntaba qué es lo que traería por tierras sureñas de Naga a unos bárbaros que provenían de los confines más remotos de Jugdral. Que ella supiese, a Forsetti no se le había perdido nada en Akaneia.

Pero su curiosidad iba a ser satisfecha cuando dos hombres se separaron del grupo y se encaminaron al carromato. El mercader, que aferraba las riendas de los caballos como si su vida dependiese de ello, empalideció nada más se le plantó delante suya quien parecía ser el líder. Y, por el legado de Baldur, como para no sentirse amedrentado ante lo que vendrían a ser dos metros de músculos que destilaban hosquedad por todos sus poros.

Mas lo único que hizo fue preguntar con voz ronca si la capital quedaba lejos. Shade notó que sus ojos le traicionaban de vez en cuando, escapándosele miradas fugaces hacia ella, lo que hizo que los labios se le curvasen en una escueta sonrisa. Parecía ser que no era la única que bullía de suma curiosidad.

No han de padecer más por sus doloridos pies, caballeros; la capital no queda muy lejos de donde nos encontramos. —Ya que su acompañante no estaba por la labor de salir de su estupor, Shade tomó la iniciativa en responder con un tono cordial—. ¿Me equivoco? —Aquello se lo preguntó al mercader, quien reaccionó por fin y negó con la cabeza entre titubeos.

Tras aquello, la mujer terminó de incorporarse del todo y se sacudió la capa para quitarle cualquier hilillo de lino suelto. Aun con una inmutable sonrisa en el rostro, se llevó el dedo índice a la quijada, y estudió con ojos golosos a la compañía de norteños que acompañaban al gigante con esas extrañas protuberancias brotándole de debajo de la cabellera.

Ahora que se fijaba en ellas… ¿Se lo parecía a ella, o esas cosas las tenía muy pegadas a la piel?

Disculpen, caballeros. ¿Sería mucha molestia preguntar qué es lo que trae a Ylisse a unos viajeros que parecen venir de muy lejos?
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Mensaje por Skjöld Heilfsson el Miér Ene 23, 2019 12:50 am

Miedo. Podía olerlo emanando del mercader que, sentado en su humilde carro y agarrado a las riendas, pasaba sus ojos de Sigbjörn a mí, con una mezcla de alerta y espanto, salpicada de desconfianza. Su rostro, de facciones amables, se tornaba ante nosotros pálido y casi tembloroso, como si en vez de ver a dos hombres viera a la misma muerte empuñando sus armas contra él. Si era eso lo que veía, tampoco se equivocaba tanto, dada nuestra naturaleza. Los Cuervos matamos, eso desde luego, mas no de la forma en la que lo hacen los soldados de las naciones que al menos yo conocía. Nosotros no matábamos por ninguna patria, ideales vacíos o deseos de protección. No. La necesidad de demostrar nuestra fuerza venía en nuestra forma de ser, y nuestros códigos dictan claramente aquello que nos hace guerreros y cazadores sobre un mundo quebradizo donde los cobardes y los borregos no tenían cabida. Un verdadero cuervo sólo presta atención a sus hermanos, aquellos que viven por el negro estandarte. El brillo traicionero del oro nos permite vivir, y por él luchamos, dando igual la empresa, alimentándonos de la miseria y los conflictos de los países y los hombres, lobos para los de su misma especie. La mirada aterrada de aquel hombre se dirigía a mi persona y a los míos, recordándome que, de hecho, habíamos sesgado la vida de personas como él ya fuera por monedas o por otros motivos, ya fuera saqueando y destruyendo todo lo que alguna vez amaron o cazándolos hasta la extenuación por llanuras inabarcables. No importaba, pues la cruda verdad es que, a sus ojos y a los de la mayoría de habitantes de estas tierras, éramos vulgares asesinos, y tenían motivos para creerlo.

Vi cómo en la parte trasera de aquel carromato la mujer, de gran estatura ahora que la veía más de cerca, se incorporaba levemente, pudiendo verla más de cerca, al igual que ella a nosotros. Fyrdr no mentía, desde luego, al catalogarla como un peligro demasiado bello como para ser ignorado, ni mucho menos. A mi lado pude entrever cómo Sigbjörn apretaba las manos en torno a su lanza, casi como si se hallara intimidado por el aspecto de aquella fémina que incluso a mí se me antojaba amenazante, y no sabía decir por qué. Mi instinto me llamaba a desconfiar, a la par que cierta curiosidad animal surgía en mi interior, fruto de cierta sensación que, por algún motivo, había decidido anidar en mi estómago, pesada y desconocida. Había visto a muchas mujeres con el paso del tiempo, y si bien había compartido lecho y palabras con bastantes, jamás había sentido aquello que los hombres llamaban "amor", siendo mi principal interés ser uno con ellas por mera pulsión, y al igual que me pasaba con los míos, los susurros que me recorrían me invitaban a alejarme de todos en una suerte de soledad falsa, destruyendo cualquier acercamiento. Pryam en las noches estivales me había hablado sobre las hembras, mas me invitaba a guardar distancia en la espesura. Sin embargo, la alerta que sentía enfrente de la pálida y hermosa dama invernal me hacía sospechar que, en su delicada forma, se escondía una terrible fuerza, o al menos, algo que se asimilara. De sus finos labios emanaron palabras corteses y sinuosas como el trayecto de un río, transportadas por una voz similar a os vientos del oeste, de alguna forma cálidos para el alma y frescos para el cuerpo. Fijé mis ojos en ella mientras hablaba, moviendo para ello levemente la cabeza, moviéndose así mi cornamenta cinchada a mi cráneo por correas ocultas entre mis cabellos libres y densos, mientras trataba de contener una carcajada por el título que nos daba.

Ante sus palabras, Sigbjörn se giró, haciendo gestos a la caravana, seguramente tratando de comunicar que nos hallábamos cerca de completar nuestra molesta tarea, la cual si no terminaba pronto se tornaría una sangría de lo irritante que se volvía tener que transportar a esos corderillos y no estar probándonos en el campo de batalla. Yo por mi parte asentí solemne, aliviado en parte.

Se levantó entonces frente a nosotros, destacando aún más su prominente tamaño, mirándonos desde las alturas como una diosa implacable con sus ojos añiles y profundos como los lagos de mi tierra, gélidos y arrebatadores durante los amaneceres en las montañas. Una visión que, dados sus gestos, turbaba mis instintos encarnados en el oso polar que llevaba por capa y que, presente en mi interior, respondía a los estímulos de salvaje forma, aunque fueran los carnales.

-Gracias-musité parco en palabras. -No somos caballeros, ni viajeros cansados-dije, sonriendo de forma leve. -Somos los Cuervos, una mesnada errante. Nos dirigimos a la capital para entregar una carga, y por suerte estamos acabando-señalé al carro de los hombres autóctonos, detrás de mí. -Pero es de la sangre de lo que vivimos, si es lo que preguntas, aunque en estas maltejidas tierras no quieran que derramemos la de los muertos. Si de las ovejas no vivimos, nos encargaremos de vivir de los lobos, aunque tengamos que marcharnos...- terminé reflexionando en voz alta, fulminando con la mirada al dueño del carro en el que se encontraba ella, representante de todos aquellos que nos negaban el sustento.
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Mensaje por Shade el Dom Feb 24, 2019 8:18 pm

El rostro de Shade mostró una expresión de inocente y sana curiosidad. Bueno, más bien trató de que pareciese inocente y sana, como si no se le antojase en absoluto tan tosco lo que le resumía el enorme líder de esos mercenarios. De modo que se hacían llamar a sí mismos Los Cuervos. ¡Hilarante! Se hacían representar por el ave de mal agüero por excelencia que se alimentaba de carroña y otros despojos. Tal vez por el norte de Jugdral se tuviese un folklore más halagüeño de este, pero no por aquí. Oh, no, no, no. Ya les podía desear suerte como intentasen venderse con ese título ante los puritanos de los ylissenses. Incluso ella se había visto en la necesidad de tomar medidas. ¿O acaso llevaba aquella túnica sosa y más blanca que la leche de burra por gusto y amor a la moda? No caería esa breva…

Aunque, quien sabe, puede que el título de “cuervos” les viniese más por lo que decían que cazaban.

¿Muertos…? ¡Ooooh! —Fingió sorpresa, formando un círculo perfecto con la boca y alzando el índice en señal de haber comprendido—. Claro, claro. Así que vuestra presa más común son los Emergidos.

Hacía mucho tiempo que no oía a nadie llamar “muertos” o cosas similares a los Emergidos. Cierto era que su piel cetrina y su constante mutis hacían preguntarse a cualquiera si cargarían con cualquier enfermedad, y muy sanos no es que pareciesen. Sin embargo, el populacho prefería catalogarlos de “demonios” o “entes malignos” por los desastres que causaban allá donde marchaban. Tampoco es que uno pensase que un supuesto cadáver andante pudiese dar tanta guerra.

Pero lo que le atañía y había captado su atención cual pegaso con una zanahoria delante: habían dicho que su interés eran los Emergidos. Muy interesante. Por no decir que muy oportuno que el destino le hubiese traído a aquellos individuos hasta su vera. Pero seguía siendo demasiado extraña su aparición allí, en la pacífica Ylisse de todos los sitios. Algo olía a chamusquina, y estaba segura de que tenía que ver con eso de “vivir de los lobos si las ovejas no les dejaban”. Si con las ovejas se refería a los ylissenses, entonces…

Lobos —repitió, enarcando una ceja y torciendo el gesto de la boca. Acto seguido, posó sus dos manos sobre el borde del carro y se inclinó tan larga como era hacia delante y con suavidad, acortando a un palmo la distancia entre su cara y la del fornido líder. Prefería que lo que tenía que decir fuese escuchado únicamente por aquel hombre, o que el dueño del carro no se enterase—. No estaremos hablando de la manada que habita por el oeste, ¿verdad? —Entonces, una risa escueta y seca se le escapó entre dientes. Los ojos se le desviaron a un lado, curvando los labios en una sonrisa cínica—. Ahora me entero que a las hienas del desierto también se les llaman lobos.

Y Shade volvió a erguirse y separarse del hombre como si aquel momento nunca hubiese existido. Ya no necesitaba más datos para llegar a una conclusión: esa gente solo estaba de paso por Ylisse. Iban encaminados a Plegia. Probablemente porque cierto rey con un severo trastorno histriónico mandó por todos los rincones de Akaneia una misiva en la que alegaba, con toda su soberbia, que iba a estar ocupado adueñándose de las abandonadas tierras de Manster. Y claro, cuantos más efectivos se uniesen a su causa, más rápido podría satisfacer su capricho.

Cada vez que lo recordaba se le revolvía el estómago. Lo último que necesitaba es que tuviesen un asentamiento plegiano y a sus pertinentes fanáticos tan cerca de Nohr.

Una auténtica lástima. Lo digo en serio, créame —apunto, recuperando la expresión afable y encogiéndose de hombros—. Me sabe mal que se sientan tan desaprovechados en estas tierras, sobre todo cuando no es que por aquí estén en la posición de negarse a la ayuda de otros. Mirad por dónde, justo estaba comentando con este buen hombre los problemas que estaban ocasionándoles los Emergidos.

El pobre mercader empalideció en el instante que fue nombrado, y se giró para protestar, o decir cualquier cosa con la que intentar restarse parte de la culpa. Pero fue volver a ver al imponente dúo de extranjeros delante suya y quedarse mudo, con la boca entreabierta. Resignado, volvió a encarar la carretera y vigilar a los caballos, como si aquello no fuese con él.

Aunque… Voy a serles sincera: no me esperaba que nadie en Ylisse se estuviese encontrando con tantos muros de por medio para encargarse de los Emergidos. Sería más normal lo contrario, digo yo. —Se llevó una mano al mentón, con la mirada perdida en el horizonte—. Verán, yo estaba de paso por Ylisse para comprobar cuál era la situación actual de sus fuerzas militares, ¿saben? Y por lo que he visto, encargos para apoyar al ejército no es que falten. Como para que encima faltasen. —Soltó una exhalación humorada—. Y dado lo que me cuentan, sería una pena que un ímpetu como el vuestro se echase a perder…

Los ojos le brillaron en un parpadeo al terminar de tejer una nueva ocurrencia. En resumidas cuentas, su nuevo pasaje para terminar más rápido de lo que pensaba su trabajo en Ylisse, y quizás con algún que otro extra de más. No mentía al decir que su prioridad en esos momentos era la de averiguar cómo de bien estaban lidiando las fuerzas ylissenses para repeler a los Emergidos. En especial, cómo de bien por si una posible ola de caos se les venía encima en cuanto la dichosa guerra de creencias estallase de verdad. Conociendo a la Venerable y a sus Custodios, se volverían a tomar con relativa calma la purga, y eso le sacaba un poco de quicio. La informante necesitaba encontrar la “chispa” para acelerar las cosas, y los llamados Cuervos parecían unos muy buenos candidatos.

Creo que podríamos llegar a un mutuo acuerdo, si les parece bien —sugirió, llevándose el índice derecho a la quijada y ensanchando su sonrisa—. ¿Qué me dirían si les echo una mano para que los ylissenses les den vía libre a su coto de caza? Con su correspondiente pago, claro está.

Además, a Gangrel no le importaría que tomase prestada a su nueva mesnada mientras anduviesen por tierras de Naga. Seguro que estaría demasiado ocupado comiéndoles la cabeza a otros tantos candidatos y agasajándolos con promesas de tierras y bienes que aún no poseía… O pensando en nuevas formas de molestar y enfurecer a la familia real de Ylisse. Que cruz la del escriba que estuviese a su cargo.
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Mensaje por Skjöld Heilfsson el Vie Mar 01, 2019 5:31 pm

Fruncía el ceño en una mueca inquisitiva conforme me daba cuenta de que, aunque desconocida la razón, los ladridos estridentes e inacabables que daba el escandaloso zorro dentro de mi cráneo haciéndolo retumbar no se trataban de un aviso vano, confirmándose aquel instinto que tenía de que no se trataba de un encuentro casual en medio de una maltejida carretera en el país de los santurrones y débiles faltos de brío o sangre en las venas. El rostro de aquella mujer se tornaba inocente, mas aún así empezaba a tener la sensación de que en algún lugar, escondido a mi vista, me acechaba un ser que, de un momento a otro, fuera a arrancarme las quijadas de un solo bocado. Ladeé la cabeza como un mochuelo observador, tratando de descifrar con mis pequeñas pupilas algo más que mis oídos no fueran capaces de detectar en el tono y palabras de aquella mujer, dejando que dentro de mi cabeza las voces pasaran a un segundo plano, como si se escuchasen en la lejanía o debajo de una masa de agua, ensordeciéndolas. Volvió a hablar, haciendo hincapié en mi forma de llamar a esas criaturas asquerosas que llenaban el mundo con sus jodidas filas, tan numerosos como los insectos en un cadáver a medio pudrir, e igual de voraces, pareciendo sorprendida por la palabra usada. Aquellos bajo mi enseña y yo llamábamos de formas muy diferentes a los emergidos, las fuerzas de la ruina y la desolación para unos, para mí simples presas que debían ser aniquiladas, por orden de los espíritus que danzaban en mis sueños, en peticiones tan graves que serían capaces de quebrar una montaña con sólo pronunciarlas a viva voz. Sigbjörn a mi lado cambió de pierna y brazo su punto de apoyo usando la lanza a la que se abrazaba, pudiendo ver en aquel momento de reojo que, pese a encontrarse enfrente de una fémina de tales dotes, andaba extrañamente callado cuando afirmó que nuestra presa solían ser ellos.

-Eso son a mis ojos- giré la cabeza para mirar una vez más a mi camarada de armas, silencioso como si se hubiera tragado su propia lengua, y tras suspirar, volví a dirigir mi vista hacia ella. -No merecen ser llamados de otra forma- completé con un gruñido. -Cazamos lo que se nos pida, mientras me suene razonable el pago- respondí a su afirmación, sosteniendo mi hacha y pasando el pulgar de la diestra por la parte alta del asta, moviendo levemente la cabeza en una seña hacia los hombres a los que escoltábamos.

Oí tras de mí cómo los Cuervos empezaban a moverse, seguramente apilándose y susurrando palabras hoscas sobre lo que hacíamos parándonos al lado del carromato de un mercachifle, y por qué no habíamos proseguido con la marcha, llegando a mis oídos la risa áspera de algunos de ellos, seguramente fruto de una broma a malas que habrían hecho a costa de los corderitos asustados guiados por nosotros. Respiré profundamente, acomodando los hombros y cogiendo mi hacha con las dos manos, dejándola en reposo, pues no podía dejar de juguetear con ella. La mirada que me devolvía la mujer que había respondido a nuestra duda destilaba en el instante en el que repitió la palabra "lobo", alzando una de sus cejas, cierta disconformidad, pues curvó su boca, pasando a acercarse para hablar conmigo en susurros, para que no le oyera el dueño del carro en el que viajaba. Su rostro de improvisto se encontraba a una distancia muy corta del mío, siendo éste un gesto que no se esperaba Sigbjörn, el cual se apartó de nosotros con un respingo, mirándonos con sorpresa, mientras yo ocultaba la mía bajo una máscara estoica, centrando mis ojos en los suyos, de forma que no pudiera perder la concentración en lo que fuera a decirme, mas sin poder dejar de reparar en que la extraña sensación que se apoderaba de mi estómago volvía a estar presente, siendo ésta cierto instinto de alerta mezclado con interés que despertaba, mezclado con la imponente figura que era, más parecida a la estatua de alguna diosa primigenia que a una dama de "sangre azul", o como se dijera. Pasó un instante antes de que pronunciara su siguiente frase, cayendo entonces en la cuenta de que no había pasado desapercibida mi puya al pueblo de Ylisse, tan pacífico como lleno de borregos, deduciendo dónde nos dirigíamos a continuación, soltando una risa y una chanza llena de veneno hacia el desértico país al oeste, tan terrible su comentario como cínica su expresión.

-Hienas, lobos o víboras hambrientas- susurré, con una media sonrisa. -Tambores de guerra empiezan a sonar en sus tierras y a ellos acudimos. Cazar o morir de hambre- rematé antes de que ella volviera a erguirse, haciendo buena cuenta de que no había pasado nada.

Dirigí una mirada fulminante a Sigbjörn, asintiendo después, dejándole bien claro con esas formas que se mantuviera atento, respondiéndome éste con la misma gracia de un porquero revenido, encogiéndose de hombros con cara de bobo, mientras sus ojos brillaban, por alguna razón, que quizá tuviera que ver con su pico cerrado.

Ella volvía a hablar, encogiéndose de hombros al igual que mi compañero, con palabras que parecían amistosas, empezando a darme cuenta de que ella parecía dar rodeos sobre el tema de una forma que me recordaba a la de Hogr, embustero y sombrío, alejado del blanco puro que lucían las ropas de nuestra interlocutora. Bufé, de mala gana, pues poco me interesaban las conversaciones que pudiera tener con el tipo con el que iba, tan mediocre como olvidable, que seguramente temblaba aún de miedo con sólo vernos, sin siquiera haber oído de nosotros y lo que realmente podíamos llegar a hacer. Maldito cobarde, acostumbrado a una paz falsa y quebradiza. Un vistazo a éste en el momento justo hizo que se cruzaran nuestras miradas, pasando a retirarla pálido como la nieve al darse cuenta de que protestar o tratar de hablar no era lo mejor que podía hacer en aquel momento, ni mucho menos.

Callé mientras hablaba sin despegarme de aquel carromato, tan corto de palabras como siempre, empezando a ver que ella parecía querer algo de nosotros, o eso me temía, y que no me desagradaba la idea para nada. Empezaba de hecho a llegar a la parte que me interesaba, oyendo que estaba comprobando la situación del ejército del país, a lo que con los ojos como platos reaccioné con una sonrisa medio oculta por mis barbas, a las cuales llevé mi mano izquierda, reflexivo. Hablando de nuestra situación, parecieron brillarle los ojos, aunque seguramente fueran imaginaciones mías, causadas por la buena labia que mostraba, acompañada de sus gestos gráciles, por fin pronunciando palabras que para mí sonaban como música, armoniosa y perfecta, pues traían a mí lo único que necesitaba para vivir, la gloria de la batalla.

Salió de mis labios una carcajada profunda y ronca, dirigida al cielo, tan vibrante e intensa que sentía en mis carnes todo el efecto de la misma, y que hizo que mis cuervos, Sigbjörn incluido me miraran extrañados, como si acabara de realizar un hecho insólito. Tras recomponerme, pasé a apoyar el arma en tierra, dejándola ahí, poniendo mis dos manos sobre la cabeza de la misma, en un gesto tranquilo tras la catarata que había sido mi risa.

-No eres como ellos, mujer. De ninguna forma, tú tienes redaños- añadí elogiándola. -Si dices que harás a esos corderos pensar de una maltejida vez, por mí de acuerdo. Todo sea por acabar con esas aberraciones. Pero con unas condiciones, tenemos nuestros códigos y formas de pago. Y para el primero de ellos, quiero tu nombre- añadí con la voz rota, para luego carraspear con fuerza. -El mío es Skjöld, y el del perro lancero, Sigbjörn.

Al decir su nombre, el mismo bajó la cabeza tratando de ser galán, mas sin abrir la boca, para luego ver que le hice un gesto con la cabeza indicándole que se fuera a dirigir a los hombres, para empezar a prepararnos según nuestras costumbres. Parecía que en la maldita Ylisse al fin encontrábamos presas que cazar tras tanto tiempo, aunque fuera de manos de una desconocida que parecía querer entregarnos a la masacre, cosa que sonaba bien.
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Mensaje por Shade el Vie Mayo 10, 2019 7:14 pm

Shade se llevó una grata sorpresa al descubrir que el líder de los mercenarios norteños tenía más estados anímicos, a parte de la seriedad y la enervación contenida. La gutural carcajada que brotó de la garganta del hombre podía dejar perfectamente en nada al jolgorio de la taberna más ruidosa de Nohr. Aunque debió reconocer que le divirtió más contemplar los rostros de asombro de su grupo. No debía de ser muy dado a reír si el resto lo miraban como si se tratase de un hecho insólito. Por otra parte, también notó el traqueteó del carro por el bote de espanto que pegó el pobre mercader.

Ante la alegación de que ella tenía “redaños”, no pudo hacer más que encogerse de hombros y esbozar una mueca de indiferencia.

No creo que sea para tanto —contestó, restándole importancia con un gesto de su mano—. En esta vida hay que saber cómo y cuándo actuar si se quiere sacar cualquier cosa adelante.

Que bien aprendida tenía la lección. Se lo debía sobre todo a sus maestros, quienes le mostraron por las malas que, si quería obtener respuestas, tenía que sacarlas por sus propios medios. Y mucho menos confiarle la faena a un dios mezquino y egoísta que solo le había traído años de desasosiego, ansias y pesadillas por las noches. Nunca más.

Así pues, el hombre de frondosa barba se presentó con el nombre de Skjöld, y ya de paso, ahorrándole la labor a su acompañante de imitarle. Shade les correspondió a ambos con una halagüeña sonrisa, inclinando la cabeza en un gesto gentil y propio de una dama. No costaba nada hacer alguna que otra muestra de etiqueta, incluso con unos extranjeros que no les terminaban de encontrar valor, o que les resultaban una pérdida de tiempo y preferían ir directos al grano.

Es todo un placer, señores. A mi podéis llamarme Melissa —comunicó, llevándose la mano al pecho.

De haberse encontrado en otra clase de circunstancias, quizás le hubiese dado al hombre su nombre verdadero. Por desgracia, tenía un papel que cumplir allí, y era el de pasar desapercibida y dejárselo todo a… Melissa. No se trataba tan solo de un nombre falso. Ah, no, eso de trabajar a medias tintas no lo soportaba. En caso de que se cruzase con cualquier oficial ylissense aplicado (o simplemente desconfiado y metomentodo), este descubriría que en el registro de la academia militar alteana de la que decía venir sí que figuraba una Melissa. ¿Qué había ocurrido con la auténtica? Infortunio con los Emergidos, según los que encontraron el cuerpo. Pero ya que nunca se notificó su defunción, y la mujer carecía de familiares cercanos…

Tampoco es que hiciese falta darle muchas vueltas, no allí. Estaba segura de que Skjöld era de esos a los que poco le importaba si se le presentaban o no con su auténtica identidad. Le había dejado bien claras las motivaciones le movían a él y a los suyos, con las que estaba segura de que, si jugaba sus cartas bien, podría avanzar bastantes pasos en su labor. En cuanto el “perro lancero” se alejó para avisar a los demás, y el mercader estaba más atento de la tropa que empezaba a movilizarse que de ella, Shade vio oportuno mover ya el primer hilo de sus tejemanejes.

Corrígeme si me equivoco, Skjöld. ¿Nadie de por aquí os ha ofrecido, o insinuado, trabajos de exterminación? ¿A pesar de la notable demanda? —inquirió, enarcando una ceja. Se llevó una mano a la cintura, rumiando para sus adentros lo muy influidos que estaban los yilissenses por las apariencias para negarle el trabajo sucio a alguien.

Entonces, una chispa brotó entre sus ideas. Le alzó el dedo índice al jefe Cuervo en señal de que aguardase y se llevó las manos a la bolsa que llevaba colgada, con lo que quería buscar ya en mente. Sabía que fue buena idea coger una de las copias que ofrecían en la taberna por la que pasó.

Ajá. Ya te tengo. —Satisfecha, sustrajo de la bolsa un panfleto doblado por la mitad. Una simple misiva que solicitaba la asistencia de mercenarios o interesados. Desplegó el papel y, pasando el índice sobre este con movimientos rápidos, procedió a leer—: “El ilustrísimo ejército real de Ylisse…” “Delegaciones de la Corona…” “Mutuo acuerdo con los gremios de…” —Se fue saltando la parafernalia burocrática, avanzando a trompicones por el escrito hasta llegar a la parte interesante—. “Se pone en llamamiento a guerreros, mercenarios y otras entidades bélicas con el fin pedir su colaboración para la erradicación de las fuerzas emergidas que azotan nuestro reino. Todo individuo interesado, sea residente o no del Sacro Reino de Ylisse y se comprometa a no entorpecer la labor del ejército y de sus ciudadanos, no será menospreciado para la conveniente selección.”

Y de una palmada, volvió a doblar el panfleto, guardando un sucinto silencio para dejar que Skjöld analizase la información que le había ofrecido. El escrito sería pomposo y aterciopelado a más no poder, pero el mensaje que daba ya era de por si bien claro y a dónde quería llegar.

Ahí lo tienes. Ni rodeos, ni distinciones de cualquier clase. Siempre y cuando no se ponga en ningún compromiso a civiles y a otros miembros del ejército, cualquiera que sepa empuñar un arma está más que invitado a la cacería de Emergidos —dictaminó con aire solemne, extendiendo la palma de la mano en señal de que no había forma de refutar aquello—. Pero no es de extrañar que a la gente suela “pasar por alto” lo que escribe en comunicados oficiales —se jactó con una sonrisa perniciosa—, así que te propondré lo siguiente, Skjöld: en cuanto tú y tus hombres acabéis con el trabajito de escolta que tenéis entre manos, deberíais pasaros por el cuartel de la guardia más cercano. Yo ya tenía pensado ir de todas formas, así que no me importará echaros una mano para esquivar cualquier traba con la que podáis toparos.

O dicho de otro modo, a pararle los pies al capitán de turno que se horrorizase nada más verlos cruzar las puertas del edificio, y que su primera intención fuese la de echarles de allí. Aunque hiciese falta recordarle que su preciosa misiva en el que figuraba el Sello Real hacía a cualquier candidato válido, además de que no estaban posición de ponerse exquisitos con los interesados que les llegasen. Quizás, así aprenderían de una vez a rematar sus propios entuertos como la mismísima Naga mandaba.

Entonces… Solo nos quedaría tratar esas condiciones que mencionabas antes.
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