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[Campaña de Conquista] Vamos, mis valientes, que Plegia pagará nuestro honor como debe ser [Priv. Skjörd]

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[Campaña de Conquista] Vamos, mis valientes, que Plegia pagará nuestro honor como debe ser [Priv. Skjörd]

Mensaje por Shuten Douji el Vie Dic 07, 2018 5:52 pm

La luz deslumbrante cegó sus ojos por unos momentos. Los entrecerró, sus oscuros orbes de pupila rasgada no toleraban la agresión lumínica a la que estaba siendo sometida. Oscuridad, de golpe, aliviando sus ojos, su mente, su cuerpo pálido y casi frío. Y... de nuevo... Volvió la visión. Un amplio campo de cultivo de arroz se extendía ante ella, como un oleaje verde los brotes de arroz se agitaban al son de una leve brisa. El aroma a humedad y a frescor lo percibía claramente. Incluso sus dedos creyeron sentir el casi aterciopelado tacto de la hierba bajo los mismos como si estuviera allí. Pero Shuten sabía la verdad de aquello... Eso no era real. No estaba en su patria. No estaba en los campos de arroz tan característicos de Hoshido, no estaba en aquellos años. Eso era un sueño. Y aun así, una suave sonrisa iluminó su rostro, con un efímero sentimiento de añoranza brillando en sus orbes de tonalidad índigo.

”Los sueños deben ser apreciados sin juzgar, sin criticar... son misteriosos y efímeros, aun cuando puedan durar una eternidad en nuestro onírico mundo.”


Sus ojos se abrieron. Ahí, fue cuando supo que ahora sí estaba en la realidad. La penumbra causada por el compartimento donde dormía era conocida, al igual que el olor a humedad salada, a madera y a diferentes provisiones mezclado con otros aromas más vulgares pero perfectamente reconocibles. Sí... estaba despierta. Estaba en un barco. Y estaba de camino a una guerra.

Se incorporó de un pequeño saltito y se aseguró el kimono más por simpleza que por otra cosa, pues menos le podía importar a ella que se abriera aquella prenda. La máscara la dejó, siendo extraño tras tanto tiempo portándola a todas partes que ahora no le fuera necesaria. Y eso, en parte, le dejaba un extraño sabor agridulce. Quizás la idea del anonimato que le otorgaba esa grotesca máscara de hannya le había acabado por agradar. Pero a la vez, quería dejarla. Quería mostrar su rostro, quería ver directamente. Oh, sin duda quería ver, observar y sonreír con mordacidad y misterio y que todos la vieran. Que vieran lo que era, que la temieran, que supieran su lugar. A veces, deseaba aquello. Y en ese momento se cumpliría.

El sonido de unos nudillos golpeando la puerta de su camarote hizo que volteara y diera permiso a pasar a quien fuera que estaba allí. Cuando accedió el hombre que parecía ser, por lo que había descubierto anteriormente, uno de los segundos al mando de aquella tropa, fue que supo que estaba allí solo para dar órdenes debido a que ya se visualizaba tierra. Las órdenes fueron sencillas: - Avisad a los hombres, sir, y que vayan preparando sus armas y ánimos. Vos y la mía persona no desean atrasos, ¿verdad? - Apreciaba la inquietud del hombre, de la misma forma veía cómo se estaba esforzando por mirar al suelo y no alzar la mirada hacia su rostro. Más bien hacia sus cuernos. Y no podía culparle, que era lo más gracioso del asunto. Sonrió, mostrando unos afilados colmillitos en el proceso antes de bostezar, cubriendo en un delicado gesto su boca con una de sus manos. A su vez, aquel hombre asintió y con permiso salió de allí.

Ahí fue cuando, con expresión aburrida, la manakete se acercó a una pequeña mesita que tenía el camarote y, viendo algunas piezas de fruta, decidió tomar una pequeña manzana de intenso color granate, no tardando en propinarle un pequeño muerdo. Los incisivos hicieron su trabajo, y pronto su boca quedó invadida por el dulce y ligeramente ácido jugo de la manzana. No era exactamente la comida que se hubiera esperado, pero tampoco se quejaba, ya que... era consciente que se dirigían a una batalla. Pronto, muy pronto... Podría apreciar otros sabores más 'acordes' a lo que la sangrienta manakete estaba acostumbrada.

Y con eso en mente, siguió mordisqueando la manzana con cierta gula, pero un sonoro jaleo pronto se hizo presente incluso desde donde estaba la laguz situada. Sabiendo que no era normal que tal estruendo llegara a sus oídos de esa forma, apuró lo que quedaba de la pieza de fruta y salió del camarote con intención de ascender a la cubierta del barco.

La luz, igual que en el suelo, la atacó nada más salió al exterior, pero no tardó en habituarse y, de nuevo, las miradas se posaron sobre ella. Ignorándolas, fue directa hacia el destino que estaba produciendo el ruido y, con una misteriosa calma alzó su exótica y armoniosa voz para hacerse oír. - ¿Ocurre alguna cosa, señores? Shuten gustaría saber el motivo de tal algarabía
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- NOHR (HOSHIDO) -

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Manakete

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Vulnerary [3]
Tomo de Ruina [1]
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Re: [Campaña de Conquista] Vamos, mis valientes, que Plegia pagará nuestro honor como debe ser [Priv. Skjörd]

Mensaje por Skjöld Heilfsson el Dom Dic 09, 2018 10:49 pm

Intenso era el rumor del oleaje que, de forma continua, llegaba a mis oídos, sacudiendo enteramente la superficie añil del infinito mar que mecía la embarcación en la que me encontraba camino de Manster, el siguiente territorio que, de forma casi poética, se vería ensombrecido por el aleteo de los Cuervos, preparados para traer la guerra a la nación regida por las frías garras de los muertos, como era su deber. Pronto retumbarían los tambores, tomaríamos aire, sacaríamos armas y, tras mi bramido triunfante y ansioso, comenzaría aquello para lo que habíamos nacido: el éxtasis liberador de la batalla. No podía imaginar siquiera una liberación mayor que la que se avecinaba conforme avanzábamos a bordo de la ostentosa galera plegiana que, propiedad de nuestro patrón, nos transportaba de camino a la gloria de futuros baños de sangre y polvo.


Me encontraba en estribor, como se había convertido en costumbre durante la travesía, creando amuletos cercano a la borda sumido en la absorbente soledad de mis propios pensamientos, apartado del bullicio de los marineros que, a voces, realizaban sus tareas en cubierta, siendo ruidosos sobremanera, llegando a acallar el constante golpeo de las olas en la quilla del barco que, de todas formas, empezaba a tornarse lejano debido a mi creciente aislamiento conforme me hundía pesadamente en las tinieblas de mis recuerdos.

Primero, la asfixiante oscuridad, siendo todavía consciente de que me era arrebatado el aliento y que, indefenso, no podría recuperarlo por mí mismo, despojado de mi voz, empequeñecido en las poderosas redes de lo supraterrenal que, escondido en la primitiva esencia de mi ser, tomaba forma durante los momentos de descanso. Así fueron los instantes previos a la que fue la primera visión desde que puse un solo pie en la madera crujiente de aquella nao, pues casi pareciera que los misteriosos y ferales espíritus que me atormentaban desde joven me habían abandonado a mi suerte tras tanto tiempo siguiendo sus designios. No era así. La negrura que me recubría enteramente se fue disipando, escapando de mi desnudo cuerpo casi como si de un espeso líquido se tratase, diluyéndose rápidamente sin dejar mancha alguna, desapareciendo abruptamente de mi piel sin dejar rastro de su paso, ni siquiera en aquella superficie fría que recibió el atronador impacto de mi cuerpo tras caer de lo que parecía ser una altura considerable. Desprovisto de mis pieles, cuernos y cualquiera de mis abalorios, me hallaba solo y maltrecho tal y como mi madre me trajo al mundo poco antes de dar su último suspiro, aquejado de una gélida sensación que, casi literalmente, me arrancaba la piel a tiras. Mi vista, nublada, se mecía violentamente, haciéndome casi perder el equilibrio, aunque ni yo mismo recordara haberme puesto en pie por mis propios medios. En una extensa y grisácea planicie estaba yo, plantado en medio de esta, tratando de caminar descalzo mientras el mareo me instaba a regurgitar mis propias y sanguinolentas entrañas sobre la lisa superficie que me sostenía a duras penas, a la par que mi interior se veía sacudido de arriba a abajo por una extraña sensación familiar, similar al mordisco de un hurón en el cuello de una liebre. Podía oler el almizcle aroma de las hierbas que ingería cada noche, entre estupores alcohólicos,  así como ver, de forma velada, la siniestra sonrisa del hombre que me había pagado a cambio de unir mi hacha a su ejército, oyendo su melosa voz recorrer mis oídos que zumbaban como un avispero. La imagen del monarca, ensombrecido, daba vueltas a mi alrededor, riendo, mientras estallaban dolorosamente mis sienes, a la par que un intenso desgarro surcaba mi rodilla derecha, obligándome entonces a arrodillarme, sintiendo entonces el inconfundible tacto de la piel quemada bajo mi cuerpo. Traté de gritar, mas no salía voz alguna de mi garganta, sino un gutural quejido, a la vez que veía mis propias manos tirando de una fina hebra de carne...


El repentino crujido del ligamento de oso al que daba forma quebrándose me sacó de mis pensamientos. Observé absorto las dos partes que, blanquecinas y endurecidas por el paso del tiempo, se habían roto en perfecta proporción a mis mano. Las anudé entonces, uniéndolas con el resto de la obra: unos colgajos del mismo material de los que pendían partes de las zarpas de su dueño, así como una pequeña runa tallada en madera que lucía algo chamuscada. Lo sostuve en la palma de mi mano unos instantes, mirándolo fijamente, tratando de desenmarañar el enigma que suponía el resto de la visión que rondaba en mi cabeza. Mas el movimiento en cubierta me distrajo de aquello, a la vez que un conocido canto se elevaba en el centro de esta.

Diez de mis fieles Cuervos, con Sigbjörn en el centro, se encontraban arrodillados, entonando con fuerza y poderío, mientras se dedicaban a remendar laboriosamente el azabache estandarte que nos definía como compañía, aquel que, como un compañero más, nos seguía a todas partes, luciendo un cuervo que graznaba con su pico abierto de par en par, ominoso como poco. Lo cosían cantando, como dictaba nuestra tradición, bordando en el proceso a su vez imágenes de nuestras hazañas e historia símbolo de fuerza al igual que mis cuernos. Aquel que viera extenderse en el cielo nuestra enseña, sabría a qué atenerse. Escondería sus bienes y su vida pues hambrientos de guerra y sedientos de victoria nos abalanzaríamos sobre ellos. No pude evitar sentir cierto orgullo mientras guardaba en silencio el funesto amuleto junto a los huesos de mis presas recientes, útiles cuando llegara el momento.

Los marineros ante semejante espectáculo parecían curiosos, apartándose de mis hombres y tratando de ver qué bordaban en la tela, sin saber que eso mismo podría hacer que no durmieran tranquilos durante el resto del viaje. Mas no eran ellos los que atraerían mi atención. Una pequeña silueta salida de los camarotes se dirigió rauda a los costureros. No podía distinguir sus facciones, mas no podía tratarse sino de una niña ataviada con extraños ropajes, la cual parecía tratar de hacerse oír en medio de los cánticos.De repente, vislumbré a duras penas algo que me hizo caer de bruces en la grotesca visión de nuevo. La forma de dos protuberancias que juraría haber visto en la joven que se acercaba a mis Cuervos.

Sin pensarlo, gruñí en mi puesto y me dirigí al centro de la cubierta, apartando de forma violenta a un par de marineros que me bloqueaban el paso, casi llegando a golpearles. Llegué a situarme a unos pasos a su derecha, pudiendo ver, alterado, cómo se confirmaba lo que había visto. La mujer de rostro infantil portaba dos cuernos en medio de su frente, que se alzaban hacia el cielo, mientras parecía observar al mundo con una retorcida e inquietante voracidad que hizo que me estremeciera por completo. Sentí el arrebato de preguntar a voz en grito las cuestiones que me asaltaban por dentro, mientras recordaba un consejo que sonaba a trola salido del pico de Hogr.

"Vigila al verdadero astado, mortal, y no a aquel que vive pegado a tu mente"

La observé confuso unos instantes, durante los cuales los cantos cesaron, pues mis hombres me habían visto acercarme y parecían extrañados, sin saber si contestar a la mujer o si prepararse para recibir una orden. Por mi parte, oía susurros en mi cabeza a los que ignoré, carraspeando con fuerza para llamar la atención de la astada de la que, según el córvido, debía guardarme.
Afiliación :
- Mitgard -

Clase :
Fighter

Cargo :
Mercenario

Autoridad :
-

Inventario :
Hacha de bronce [2]
Vulnerary [3]
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