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[Campaña de Conquista]Plegia danzando entre Cuervos[Priv. Skjöld]

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Mensaje por Vincent el Vie Dic 07, 2018 5:02 pm

Manster estaba infestado. Era una casa en la que si levantabas un trapo del suelo o movías algo del lugar aparecía un insecto, en este caso un emergido. Después tenían la poca decencia no esperar su llegada, ellos mismos se movían sin importarles el que su mera presencia fuera una molestia para la comunidad. Deberían haber militarizado el país para poder combatirlo. Si se iban a enfrentar a una amenaza de tan gran escala, Manster no supo manejarlo de la manera más óptima por decirlo de forma educada. Plegia era un ejemplo de eficiencia, por muy cuestionable que fuera su moral. Ylisse… si no fuera por sus custodios o por los mercenarios, ¿quién los protege? No todos deseaban unirse al ejército, se les criaba con una falsa libertad inculcada por una monarquía que sostenía la paz, la bondad como bandera. Si no se adaptaban al mundo que los rodeaban serían aplastados, al igual que la tierra que pisaba el rubio en ese mismo momento.

Habiendo aportado su grano de arena en la conquista de varias ciudades, era el turno del tan famoso camino que atravesaba el país por completo. Todavía el sol se negaba a levantarse después de su nocturno letargo, las nubes aparentemente inmóviles junto a una pequeña corriente de aire no lo suficientemente fuerte ni para mover un mechón de cabello rubio. Sus flechas no tendrían una desviación aplicada. Ataviado de un jubón marrón, camisa blanca, pantalones, botas y una capa oscura, se adentraba entre las montañas donde seguramente los emergidos podrían haberse escondido gracias también a los árboles y las cuevas, aunque no eran tan vergonzosos como para eso. Les gustaba desfilar por los caminos haciendo gala de su poder. No es que tuvieran personalidad, eso sí. No tuvo que andar demasiado para encontrar un grupo de infantería liderada por un hombre corpulento con unos cuernos en la frente. ¿Debía aclarar que Gangrel no tenía reparos en pedir apoyo hasta a las personas más peculiares? Que él lo era, no se iba a engañar.

—Supongo que el no haberme encontrado ningún emergido en todo lo que llevo de camino ha sido cosa de tu grupo... Gracias, Skjöld, caballeros—Vincent observó el ambiente que lo rodeaba. No es que hubiera tantos árboles, sino que las montañas se hacían sombra unas a otras. Recobecos, salientes donde podría coger una buena posición… Aun así, el camino estaba sumamente limpio. Había hasta signos de carros no recientes, pero sí de por lo menos hacía un día. Si usabas esa ruta debías asumir que ibas hacia delante o hacia atrás. Si tenías el valor de escalar, abandonabas la carga que tenías contigo. El rubio supuso que el...líder de los mercenarios debía haberlo notado asímismo. No sería un grupo novato a fin de cuentas, ¿o sí? Lo que no le agradaba al plegiano sin lugar a dudas era el escaso espacio que tenían para moverse. ¿Cuán de ancho era ese sitio? ¿Siete Skjölds? Ocho máximo.

—¿Ha mandado algún explorador para que reconozca terreno?—preguntó. Muchos temerían a que una persona como aquel líder mercenario tribal les partiera el cráneo en dos, mas confiaba en su agilidad lo suficiente para alejarse de unas grandes manos como las suyas. Arqueros, soldados, luchadores, caballeros… Si ese hombre no confiaba en la magia, no se esforzaba en ocultarlo. Traía puramente eso, infantería. Con magos oscuros de su lado, una misión así sería de lo más sencilla.
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Mensaje por Skjöld Heilfsson1 el Vie Dic 07, 2018 6:27 pm

Música:


Graznaba el cuervo desde las altas y nudosas ramas de la arboleda que, haciendo reflejo de la devastada Manster, yacían retorcidos, grisáceos y moribundos. El marcado paso de oso, satisfecho, abandonaba mis oídos, no para siempre, pero sí por el momento como, si ya satisfecho el filo de mi hacha con un fresco bocado de la sangre espesa y oscura de los emergidos, se fuera a hibernar durante un fugaz invierno. Me pasé el dorso de la diestra por mis labios, llenos de espuma rosácea, mezcla de saliva y sangre. Mi enmarañada y salvaje barba lucía enredada, salpicada de hojas, salitre, polvo y, ahora, restos del paso de aquellos desgraciados por la devastadora contundencia de mi arma. El calor se alejaba de mis mejillas lentamente a la vez que sentía la embriagadora sensación de calma y dolor de mis músculos tras mi furia desmedida y primitiva, encarnación de mi verdadera esencia. Moví mi rostro a ambos lados, chocando con ello los cuernos que, a modo de amuleto, llevaba atados a la frente, junto con trofeos de caza y combate que se sumaban más y más desde que saliera de Dandr. Los Cuervos me observaban, silenciosos tras la escaramuza y el canto breve que la había acompañado. Los hombres, armados con escudos, hachas o lanzas y sus enseres de caza, mostraban el mismo y delatador aliento que les unía a mí, su líder indiscutible.

A mis pies, destrozados por el hacha que llevaba sujeta en la zurda de forma vehemente, se encontraban los cadáveres de cinco emergidos que, formando parte de una discreta avanzadilla, parecían andar buscándonos. Ilusos. Antes muertos que emboscados los Cuervos, dictaban nuestras leyes. El crujir de sus cráneos, el tirón previo de los tendones al ser desgarrados, la placentera sensación de atravesar entrañas con el filo de mi arma y el satisfactorio sonido del retumbar de sus cuerpos contra el suelo apenas me habían bastado para poder considerar aquello un banal juego de niños. Sigbjörn, mi segundo al mando, armado con su característica lanza, cuya punta casaba de lleno con sus cabello canos, me lanzaba una mirada expectante, para que decidiera qué hacer con sus corruptos cuerpos. Escupí al suelo, gruñendo justo después, apartándome de esa escoria que detestaba con todas mis fuerzas. No hizo falta más indicación, pues dio órdenes de cubrirlos con trozos de corteza de enebro y, tras enrollarlos en mantas, dejarlos allí mismo, como siempre les vociferaba.


Tras el rito, marchamos a retaguardia, buscando al joven plegiano que, de cabellos como el sol, nos seguía como fuerza aliada del rey Gangrel, aquel al que yo llamaba "Colmillo de hurón" cuando hablaba con Sigbjörn. Apenas recordaba el nombre del cachorro del monarca, al cual apenas había dirigido palabra en el trayecto, siendo uno de los asignados a la misión que me habían encomendado en aquella conquista: despejar el camino de esas malditas aberraciones. Al menos aquel siniestro personaje decía que pagaría bien. O probaría la furia de Nöht.

Las montañas mantenían encerradas bajo su atenta mirada el sombrío paraje en el que se encontraban, pues llamarlo bosque sería una ofensa. Mis hombres, batidores de primera, observaban la tierra a nuestros pies, buscando rastros de los emergidos mientras íbamos a reunirnos con los demás, tratando de descubrir en qué maldita y apestosa madriguera se habrían metido entre tanta gruta, galería y agujero que salpicaba el terreno, como si de conejeras se trataran. Uno de ellos se paró ante un trozo de tierra que lucía hundido ante mis ojos. Marcas de carreta, muy limpias, desde luego. Bufé, amasando con la diestra algo de polvo del suelo y, como si me invadiera el espíritu del animal que llevaba por capa, la olisqueé.

"Muerta. No hay vida en este lugar". Pude oír el desagrado de Pryam en mi mente.

Me levanté, coincidiendo con la llegada del zagal que, a paso ligero, nos había alcanzado. Parecía un lobezno curioso por como se movía, mas tenía la mirada atenta de la hembra que cuida de los suyos. Tras su aparición, mis hombres le observaban, esperando no tener que decirle que se callara. Me conocían bien. Se dirigió a mí con naturalidad, cosa que me agradaba. Los formalismos son para los corderos, no para el cazador. Le miré de arriba a abajo con mis pequeños ojos, buscando en él algo que ni yo mismo sabría decir, a la vez que creía ver que. con su arco a la espalda, parecía más hombre que antes.

-No necesito tus "gracias", plegiano-le respondí tajante. -Hemos dado buena cuenta de una pequeña avanzada más adelante mientras explorábamos. Frágiles, pero aún así parecían buscarnos-remarqué la palabra de forma que casi parecía un gruñido.

Hice un gesto con la cabeza dirigiéndome a él, a la vez que me llevaba la mano al cinto, sacando un pequeño trozo de colmillo de oso que usaba para marcar el terreno. Agachándome de repente, tracé en el terreno blando con fuerza una runa que usábamos para marcar el camino. Una pequeña flecha hacia arriba, símbolo de la cercana victoria. Le miré sonriente tras dibujarla, mientras se me erizaba la barba, aún manchada de sangre.

-No hay presas por aquí, plegiano. Los pájaros callan, los zorros no pasan. El rastro es de los muertos. Carretas, botas. Más adelante parece que, en algún lugar, se reúnen. Dos de los míos están en su busca. Sígueme y podrás contarle a tu rey cómo suenan las hazañas que vivirás a mi lado.  

Ladeé la cabeza como si oyera algo que los demás no, guardando el colmillo de nuevo. Susurros en mis oídos, exclusivos a mi persona. Se estaba gestando.
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Mensaje por Vincent el Lun Dic 10, 2018 5:12 pm

Observaba al corpulento hombre marcar el camino con un colmillo, dibujando una flecha hacia arriba. Lo que el rubio era incapaz de descifrar era el significado, pues inmediatamente después de haber terminado, el bárbaro le sonreía como un animal salvaje que acababa de traerle una presa muerta a su amo. No obstante, el plegiano era incapaz de encontrarle el mismo entusiasmo a una flecha. A lo mejor era un inculto por no comprender su cultura, la estudiaría con más detenimiento llegados a ese punto. Sino sería capaz de ofender a ese mastodonte de tres metros y que le partieran la cabeza en dos.

—Mientras le cuente la parte en que purgamos el camino de emergidos, creo que eso será suficiente hazaña para él—.

No era por ofender al gran Gangrel de Plegia, mas no era una persona tan compleja como todos personas. Deseaba Manster, no le importaba tanto los detalles del cómo. No le contaría si había hecho tales piruetas, su ardua batalla con el enemigo, el sonido del metal quebrantando los huesos emergidos, la punta de la flecha atravesando la arteria carótida. No, no se inmiscuiría en los detalles. Sería un proceso mucho más rápido. “Hemos conseguido purgar el camino. No hemos tenido mayores dificultades”. Eso era lo único que deseaba oír. Si estuviera muy aburrido ya sonsacaría a su sirviente más detalles, mas ese era un resumen de lo más fidedigno.

—Te seguiré pues, Skjöld—afirmó, dando vida a la marcha. Eran ciertas las palabras del líder de los Cuervos. Ni un solo pájaro se atrevía a piar esa mañana, lo que era sumamente extraño. El arquero no hacía sino mirar de un lado hacia otro, buscando alguna anormalidad entre la piedra, unos ojos inyectados en sangre que le sirvieran de diana. No tardó en darse cuenta que no era muy bienvenido entre la fila de los norteños, quienes lo observaban cual extraño al que debían vigilar por si se atrevía a morder el cuello de su líder.

—¿Qué significa lo que has dibujado en el camino?—se permitió aquella pregunta nacida de pura curiosidad. A lo mejor se ganaba en vez de miradas suspicaces unas risas ajenas por su desconocimiento.
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Mensaje por Skjöld Heilfsson1 el Dom Dic 16, 2018 12:47 am

Me levanté mientras las palabras del arquero plegiano llegaban a mis oídos, más sin llegar a profundizar del todo en ellos, pues otras voces más tentadoras debatían desde la oscuridad de mi interior para hacerse con mi atención absoluta, cruzando desde lisonjas melosas y siseantes hasta gruñidos roncos y embrutecedores, como el sonido de un cuerno de caza ajado llamando a la barbarie, en una discusión que, para mí, no era sino la mayor prueba de que yo podía inequívocamente establecer un puente entre los espíritus y mi propia existencia, aun estando ésta ligada a mi carne mortal. Resoplé ya de pie, mirando desde arriba al muchacho leonado que hacía las veces de lacayo y agente. Por su tono, parecía conocer los gustos de aquel al que servía, ese pérfido y traicionero ser que, ceñido de oro en la frente, no era sino un depredador que se nutría a veces de presa y otras , cuando no quedaba más remedio, de carroña. Y, si no me fallaba el olfato, no erraba el tiro. Su rey no buscaba florituras, detalle curioso en alguien de su calaña, pues los hubo menos laureados que trataban de darse aires de poder ante mi persona, aunque en concreto éste era más perverso que todos ellos, y desde luego, más hambriento. Sin embargo, aquel frente a mí en este momento era más un misterio que otra cosa. ¿Ocultaba su aspecto delicado una aberración jamás vista? Si sus ojos estaban tan llenos de vida, observándome con agudeza, ¿debía andarme con cuidado ante ellos? Cazador, de otros como tú has de temer, decían en Dandr y, desde luego, no mentían.

Callé, moviéndome hasta quedar de espaldas a él, sin pisar la runa recién inscrita, intentando fijarme con la vista en los recovecos de la senda en la que nos encontrábamos, mientras los hombres se hacían a los lados, buscando el rastro de los emergidos, tratando de no arriesgarse a despertar mi ira fijándose en la conversación que tenía con el zagal. En campaña, jamás había descanso, ni para ellos ni para mí. Esa era parte de la carga que soportábamos.

Los árboles seguían mudos, pues ni viento soplaba para mecer sus ramas deformes, detalle que me turbaba aún más que el hecho de que mi interlocutor parecía poseer el mismo fuego que nuestros emergidos en uno de sus ojos, hecho que a mí, de alma inquieta, no se me había pasado por alto y que, lejos de ser algo sin importancia, no sabía de qué forma interpretar. Mal presagio, susurrarían mis hombres. Mas mal rayo les parta, pues el graznido me decía cuando le miraba directamente que, lejos de ser algo nefasto, me riera de la fuerza del sol rojo que caía en su pupila.

Por culpa de estos pensamientos, apenas me moví cuando me dirigió la palabra de nuevo, diciendo primero que me seguiría, con educación, y posteriormente preguntando qué era lo que había escrito en el suelo.

Gruñí, algo nervioso por el ambiente, pues sentía que, en un cambio de viento, algo podría pasar en cualquier momento.

-Victoria, plegiano-dije, con la voz grave y desgarrada. -Llamo a la gloria que nos dará su muerte al acabar el trabajo. Me giré, plantándole cara de nuevo. -Buena fortuna para los míos-sonreí levemente-buena puntería para tu ar...

De repente, mi pelo se erizó, a la par que mi rostro exhibía una extraña mueca de desagrado y tensión. Eché mano al hacha mientras podía ver cómo Sigbjörn se movía intranquilo ante mis gestos. Algo rondaba entre los riscos. No podía verlo, pero sí olerlo a mi manera. Miré al saetero tratando de hacerle llegar mi presentimiento y me dispuse a encontrar al malnacido que despertaba ese sentimiento en mí. Muerto o vivo, pagaría por ello.
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Mensaje por Vincent el Miér Dic 19, 2018 9:45 pm

Gloria. La que les condujera a la victoria, cuanto más sangre negra recorriera las armas del ejército mejor. El rubio nuevamente observó la runa que el bárbaro había dejado escrita en el camino, intentando recordarla. ¿Qué clase de cultura poseería ese hombre? Bueno, la misma palabra lo defenía, barbárica. Se veía incapaz de ingresar en un grupo semejante al que manejaba Skjöld, el cual parecía poseer una costumbres salvajes y un gusto predilecto por la sangre. Él por el contrario nada más… vivía para ver un nuevo día, quizás para descubrir lo que sucedía con su propio país o con el resto de los continentes. Jamás se había planteado un motivo, un deseo por el cual mantenerse en pie de guerra.

Los gestos del moreno no hicieron sino alarmar al resto del grupo, Vincent sencillamente tomando el arco entre sus manos. Una rata entre los riscos, queriendo darle un vistazo al enemigo para preparar la emboscada. Era una criatura sucia a la que no debían permitir escurrirse entre las rocas. Fue un desliz, la emoción del depredador al oler una presa dentro de su territorio. Mantenía el joven saetero la tranquilidad de un paseo por la montaña, avanzando hacia la derecha, sacando una flecha del carcaj. Luego se limitó a avanzar hacia delante, tensando la cuerda de su arco conforme avanzaba por el camino, haciendo una señal al grupo para que continuaran la marcha como si nada estuviera pasando. Su mirada por lo contrario era la de un felino que sabía lo que estaba cazando. Ni siquiera el parpadear de un ser humano para humedecer los ojos.

El silbido de la flecha cortando el aire fue lo único que llegaron a oír antes de la caída de un cuerpo entre los riscos, el cual a trompicones finalmente cayó hacia el camino.

Era un espía emergido, sin ninguna pieza de armadura para evitar ser escuchado. No obstante, el lado izquierdo del camino era mejor para esconderse, siendo menos empinado y con más salientes. Pero si quería seguirlos debía avanzar junto a ellos, o por lo menos dejarlos pasar para tenerlos por delante. Tuvo un descuido lamentablemente que fue aprovechado.

Vincent bajó el arco una vez vio que había cumplido con su tarea, oteando la lejanía pues observó algo que se acercaba.

—A juzgar por su aspecto creo que es uno de tus hombres Skjöld—se giró hacia el imponente hombre—Y está herido por lo que veo—se hizo a un lado del camino para dejar que el líder del batallón en cuestión se ocupara de esos asuntos. Había que tener en cuenta que habían sido dos los que habían partido, no uno...
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Mensaje por Skjöld Heilfsson1 el Jue Dic 20, 2018 1:50 pm

Tras asir el hacha y mirar al plegiano, no tardó en actuar, veloz como un gamo. Un paso preciso, un movimiento certero, el crujir del arco, el silbido de la saeta. Apenas había sentido cómo había echado mano al arco para soltar un disparo tan mortal como malicioso dirigido a la empedrada superficie cercana a nosotros. De cachorro a fiera. El flechero, en un alarde de poderío y técnica, había dado con el enemigo, que caía despeñado con uno de sus venablos en el pescuezo, quebrándose sus malogrados huesos en el trayecto cual ave ensartada por diestro cazador. Le miré de reojo, sintiendo respeto por él y su maña. Si era igual de mortífero en batalla que en campiña, era merecedor de estar a nuestro lado. De vuelta al emergido, uno de los Cuervos se acercó presto a hundirle el cráneo con un hacha, fuera a levantarse aquella escoria impura. El acto mortal ejecutado por el servidor de Plegia se me antojaba como deliciosa música para mis oídos, rematada por el sonido contundente del golpe en tierra. El oso empezaba a escarbar mi conciencia, instándome a buscar el frenesí del enfrentamiento. Su gruñido alentador me tentaba y agradaba, pidiéndome que cediera a mis impulsos y me lanzara a la vanguardia rugiendo para despedazarlos con mis  propias zarpas, deleitándome con la vista de sus sucias entrañas esparcidas por el camino. Mi respiración se aceleró y profundizó ante la propuesta, mas la acallé gruñendo de mala gana. No era el momento, y menos cuando oía a Hogr graznar sobre mi cabeza, ladino como de costumbre, el maldito y emplumado ser.

-Observa cómo el sol carmesí apaga las falsas vidas, Skjöld. En su mirada se oculta la daga del hermano, tan traicionera como afilada.

Dirigí mi vista a él mientras bajaba el arco. -Plumas, teñidas de sangre, carbonizadas al viento.

Mi mente, llena de augurios fatales, era ajena al muchacho, el cual oteó el horizonte y pasó a hablarme, sacándome de la ensoñación que me producía el sangriento iris, que casi deseaba arrancar de su cara para atesorar su belleza.

Un hombre joven apenas barbado, vestido de telas sencillas se acercaba a trompicones con la mano en el costado, el cual sangraba visiblemente, soltando maldiciones y esputos por sus labios, llegando a caer justo a mis pies, casi desfalleciendo, mas sin soltar una pequeña hoja manchada de sangre clara que llevaba en la zurda. Neyr. Así se llamaba uno de los exploradores, que había marchado al frente con su hermano para reconocer el terreno, y ahora volvía con el rabo entre las piernas.

-Preparaos-ordené a los Cuervos, que echaron mano a las armas nada más oírme, poniéndose a ambos lados del camino listos para el combate. -Y tú, habla. ¿Qué diablos ha pasado?-pregunté amenazador, apretando el hacha.

-¡N-nos emboscaron más adelante, señor! ¡Eirik ha caído contra ellos!-pudo pronunciar antes de soltar una tos sangrienta y quejumbrosa.

Iba a dar orden de avanzar, mas en ese momento, pude verlo con claridad. El enemigo se acercaba rondándonos desde el frente, siguiendo a la presa que huía, en dirección al hogar. Simple, pero ingenioso para un hatajo de abominaciones. La ira ante el poco ingenio de uno de los míos, que vivíamos para la guerra, era poca comparada con el asco que me daba un presentimiento me acechaba por detrás, venido de las palabras del córvido. La sangre me llegaba a las mejillas, Mis pulmones pedían a gritos más aire y podía sentir crujir la madera del asta de mi hacha, maltratada por mi mano, apretada con furia.

-¡¡Se acercan, Cuervos!!- rugí de mala manera. ¡¡¡Que se os oiga cantar, maldita sea, y que a nadie se le ocurra caer ante esos debiluchos!!! Me dirigí a Nyer, cogiéndole de la ropa y apartándolo de mí con brutalidad. -Mantente con vida, maltejido cobarde, o me encargaré de que no encuentres descanso, por la zarpa.

Enarbolé el hacha, preparándome para el encuentro con los emergidos, mientras notaba cómo la sangre me hervía, pues el ansia de la muerte venidera me podía. El rugido sonaba en mi mente. Nöht me amparaba. Hágase su voluntad. Y ojalá el plegiano mereciera lo que me insinuaba Hogr.
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Mensaje por Vincent el Miér Dic 26, 2018 9:27 pm

Era un explorador que antes que morir había traído la amenaza a su grupo. No era muy inteligente que digamos, pero de eso se encargaría Sköld en su momento. El rubio se limitó a subirse entre las rocas, los salientes que se habían formado naturalmente siglo a siglo en Manster. Una disimulada sonrisa apareció en el rostro de la muerte plegiana, arco en mano, flechas preparadas. Los Cuervos eran cazadores en busca de presas lo suficientemente fuertes como para desafiarles, mas sabiendo que eran eso, “presas” que caerían finalmente en sus manos y por las que cobrarían, continuando sus viajes por los continentes.

Lo primero fue silencio. Abrumador, imponente. Recordaba lo que había dicho el bárbaro la primera vez que habían cruzado palabras.

Los pájaros callan, los zorros no pasan. Ni siquiera el viento soplaba, solo el aliento enfurecido de los bravos guerreros en busca de la sangre emergida que se les había prometido. Pero tras unos cuantos segundos de espera todos lo notarían, el suelo bajo ellos temblando ligeramente a un ritmo unísino, a los pasos de un ejército que no era el suyo. A lo lejos, entre los muros de piedra y árboles, una marea negra hizo aparición paulatinamente, ojos carmesí que traían consigo una presencia reconocible: Malicia, muerte, indiferencia. Los había visto demasiadas veces como para no saberlo. La cuerda se tensó, los Cuervos ya tenían su objetivo.

La batalla estalló sin dar ninguna señal de inicio.

El ejército enemigo estaba mayormente compuesto por soldados, magos, guerreros y arqueros. Ya sabía de lo que tenía que encargarse, por supuesto.

Su primera flecha aterrizó en el cráneo de uno de los magos entre la multitud, negro semejante al carbón. La cosa es que la montaña que los comandaba no se metiera en la línea de fuego, he de ahí que prefiriera una línea de tiro más diagonal. Sino a lo mejor acababan con un oso colgado en la pared... Era mejor no pensar esas cosas, ¿verdad? Sí, traían la mala fortuna. Los pocos arqueros que intentaban responder a sus tiros malgastaban sus flechas y encima acababan con una flecha ellos mismos, habiéndole dado a Vincent munición. Intentar acertar entre las rocas en medio de tanto jaleo no era fácil, y si hacían amago de subir eso se arreglaba fácilmente. La gente de los Cuervos también se daban cuenta.

Todos juntos en una calle estrecha sin escape. Qué lamentable destino para los emergidos el hacer de dique.
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Mensaje por Skjöld Heilfsson1 el Jue Dic 27, 2018 12:10 am

Vacío. Durante unos instantes, hasta mi mente se vio exenta de todo sonido, fría y solitaria como la tumba de un guerrero anónimo, pues ni siquiera aquellos seres a los que llamaba dioses, alojados en lo más profundo de mi subconsciente, se atrevieron a pronunciar palabra. La penumbra que arrojaba sobre nosotros el terreno se veía acrecentada por el ambiente que, de forma paulatina, dejaba más que claro que se trataba de la calma antes de la tormenta. El fugaz intervalo entre el relámpago que cae sobre tu cabeza en una noche de ira celestial y el desgarrador trueno que lo sigue, capaz de arrancarte el alma con su poderoso ímpetu. Apreté el hacha con fuerza, sintiendo cómo la ausencia de todo ruido se alojaba en mi pecho, que excitado por lo que estaba por venir, tronaba con fuerza rítmicamente, llamándome a la batalla. Pude oír entonces cómo mis Cuervos avanzaban tras de mí, poniéndose en mis flancos, sacando acero y preparando voces. Mi rostro se tensó, mientras rechinaba los dientes de forma atroz, oyendo mi pulso aumentar su ritmo, martilleando mis tímpanos cual tambores de guerra. Me erguí, oteando en agonía lo que se encontraba al frente, deseando que aparecieran los emergidos, tan solo para poder arrancarles su malograda vida con mis propias manos si era necesario. Al igual que la comida o el agua, yo necesitaba el combate para subsistir, pues gracias al frenesí de la matanza podía yo, insignificante ante los dioses, cumplir sus designios, a la vez que saciar mi sed. Muerte, gloria. Cenizas. Esa es la vida a la que me entregaba gustoso.

Sigbjörn anduvo presto lanza en mano a la vanguardia, donde realizó dos rápidos gestos, y los demás se pusieron en posición. Alzando escudos, se apiñaban en fila, a escasa distancia, guardándose entre ellos, madera con madera, hombre a hombre, armas en ristre. "Las alas de unos, el escudo de otros. Nuestros picos, su muerte", era una de nuestras consignas, que resumía bastante cómo nos desempeñábamos en nuestra labor ritual. Agrupados como un muro, seguros tras los escudos, nos alzábamos gloriosos, entre cantos , abriéndonos paso usando la fuerza nuestros brazos y no las promesas de gobernantes insulsos. Podía ver cómo se ajustaban los yelmos, se sacaban hachas, se hacían gestos de hermandad entre ellos. Nadie caía durante la formación. Unión o muerte. Tras los escuderos, podía verse a Sigbjörn, que junto a otros lanceros, se preparaban para la acometida que vendría, que iría acompañada de sus afiladas puntas que, tras el muro, parecerían surgidas de la misma nada. Los arqueros esperarían tras todo, buscando el disparo fácil cuando se dispersaran, pues en estas tierras una flecha perdida podría matar a uno de los tuyos.

En el centro de dos muros dispuestos a ambos lados, aguardaba a ver al enemigo, sabedor de que, nada más iniciase la contienda, todos se alejarían de mí si apreciaban sus vidas, pues amigo o enemigo, mi hacha les buscaría entre tajos y reveses.  Una risa estridente rompió el silencio, justo cuando el suelo empezó a temblar y las oscuras figuras empezaban a marchar hacia nosotros, guardadas entre árboles y roca. Sigbjörn se agarraba a su arma mientras como un maníaco soltaba carcajadas que, de estridentes que eran, graznidos parecían. Un buen augurio. Vi cómo se acercaban a nosotros, con su andar casi ausente, con sus tropas armadas con lanzas y hachas, salpicados con arqueros. Y cómo no, portadores de los elementos. Mi mueca de asco no era nada comparado con lo que se cocía en mi mente, pues oso y lobo hacían acto de presencia, entre aullidos y gruñidos hoscos.

-Portadores. Sea tan corrupto su destino cómo sus sucias artimañas. ¡¡Corra su sangre!!-demandaba Nöht rotundo.

-Esgrimen fuego, rayo y frío, olvidando que son prestados. Haz tuyos sus gaznates, hijo de hombre-sugería Pryam, hambriento.

Mas no era dueño ya siquiera de mi propio cuerpo, pues apenas los veía, la sangre me ardía en las venas, mientras mi vista se nublaba. Mordí mis labios, haciéndolos sangrar, alzando la cabeza a la par que se acercaban a la carga.

-¡¡¡¡¡AAAAAAAAAAAAAARRRRRRRRGHH!!!!!-rugí, furibundo, dando inicio a nuestra acometida.

Esa fue la señal de que me comenzaba la batalla por nuestra parte, seguida de las voces graves de mis hombres alzando cantos funestos en honor a la sangría.

Cargamos mientras los venablos del plegiano sobrevolaban nuestras cabezas, impactando de lleno en el enemigo, que caía diezmado por los disparos mortales salidos de su arco. Llegamos frente a ellos, sonando golpes secos que iban en sucesión, fruto de que mis hombres, estampaban sus escudos en el rostro mortuorio de esas criaturas, para luego dejar que sus armas hablaran por ellos. Los tajos que mis hombres les propinaban acompañados de las estocadas de las lanzas empezaban a mellar las fuerzas de la primera línea de combate en los flancos, mientras que yo...me hallaba en el centro.

Vociferando, llevé mi cuerpo frente a uno de los primeros, armado con una lanza, que trató de ensartarme a la primera de cambio. Mas no iba a dejarme matar, desde luego. Un paso rápido a un lado y un impacto cargado de ira en su cráneo con mi hacha, que hizo que su cuerpo temblara antes de quedarse inmóvil, como debía estar. Su sangre espesa y oscura me salpicó de lleno, cerrando el círculo. Frenético, busqué al siguiente, al que directamente estampé mi arma en su pecho, quebrándole las costillas y el torso por completo. Cada machada que lanzaba contra esos cadáveres andantes me daba un placer sublime que me empujaba a buscar más, rugiente y desenfrenado. La sangre corría por mis cuernos, y la espuma llenaba mi boca. Dos se acercaron a mí, lanzas en mano, tratando de acorralarme. Descargué mi hacha sobre el cuello de uno, mientras que el otro me alcanzó a dar en la cadera, haciéndome gritar de dolor, a la par que la punta de acero de su arma atravesaba mi carne. Me giré, totalmente enloquecido, y le di muerte aplastando el filo de mi arma contra su cráneo, impulsando el golpe a dos manos. Los borbotones de sangre que emanaban de su cadáver no se comparaban a la sangre que lucía mi cuerpo, esta vez mía. Oía a Nöht rugir satisfecho, aun con la herida en mi cuerpo. No era nada. Saqué la lanza, avanzando entre la locura que me rodeaba, arrastrándome a su delirante y orgiástica festividad sangrienta. No podía negarme a ella.

Mientras, en retaguardia, mis arqueros buscaban posición junto al flechero plegiano, preparados para dar salvas. Hoy, Manster tendría muertos en su suelo.
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Mensaje por Vincent el Mar Ene 01, 2019 9:44 am

Vincent no se equivocaba al llamarlos bárbaros.

Todo pasó a convertirse en una encarnizada batalla en la que quien asestara el hachazo con más fuerza salía venciendo, no importaba si recibías otro en su lugar. Veía al líder alzarse entre la marabunta con ansia de sangre, violencia. ¿Gloria? No sabía si una persona como él tenía objetivos de tal calibre. Parecía demasiado básico. A lo mejor he de ahí que las espectativas del rubio no estuvieran tan altas a la hora de tratar con él. Pero eso no significaba que lo dejara morir. Tensó la cuerda del arco nuevamente, apuntando a Skjöld. Sus dedos acariciaron las plumas de su arma, procediendo a soltar la saeta. Ésta voló por el campo de batalla, rozando la nuca del bárbaro cual brisa de primavera para a continuación extinguir la vida de un soldado que se encontraba a su lado. El entretenimiento en el campo de batalla no era adecuado, debía estar atento.

Hablando de atención, pudo sentir a alguien a su lado.

Instintivamente saltó hacia un lado, esquivando una espada que tenía como objetivo su pecho, aunque había acabado rebotando contra las rocas por la fuerza con la que el emergido la había usado. Aprovechó para desequilibrar totalmente al enemigo con una patada en la rodilla, el soldado de ojos carmesí dándose de lleno contra uno de los grandes pedruscos de las montañas. Sin dejarlo ahí el joven arquero lo remató de un disparo en el cuello. No era sangre, sino lodo contaminado haciéndose pasar por ésta.

Hacía bien en no verlos como humanos de por sí. Eran muñecos, cadáveres vacíos por los que no debía sentir nada. Si no eras capaz de ensartarlos, de defenderte por la creencia de que una vez hubo alguien o por la más mínima posibilidad de que quizás haya alguien dentro de esa armadura, habías perdido la guerra y la vida de una manera estúpida.

Los arqueros lograron reducir el grosor del ejército emergido considerablemente, todos a una. La lluvia de saetas intimidó a la armada enemiga, incapaces de defenderse salvo por su armadura y los escudos que no podían usar debido a su enzarzada lucha con los Cuervos.

No tenían escapatoria.
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Mensaje por Skjöld Heilfsson1 el Jue Ene 03, 2019 11:21 pm

Jadeaba, desencadenado sobre los inertes despojos de mis enemigos, desgarrados por el hambre de mi hacha, implacable e insaciable, furibunda y frenética, como la ira que me inundaba conforme avanzaba en la marea de muertos abominables que trataba, en vano de superar las imparables fuerzas de los Cuervos que, sumidos en la locura más exquisita, alzaban sus cánticos con voces rotas sobre los emergidos a los que masacraban. La sangre negruzca resbalaba ya por mis hombros, cayendo por mis brazos y torso, y la piel de oso que me tapaba mostrabas enormes manchas carmesíes. El hedor almizcle de la muerte se empezaba a alzar a mi alrededor, despertando un violento arranque que me hacía sacudirme de arriba a abajo, mientras recuperaba el aliento. Mis heridas ardían, como si de un incendio se trataran, mas no importaba. Apenas se distinguía mi sangre de la de ellos en mi cuerpo, vibrante por la matanza, encaprichado del salvaje placer que sentía desmembrando al enemigo, demostrando mi poder bestial, alimentando a la fiera polar que rugía en mi cabeza, exigiendo más. Mis ojos se movían enloquecidos, buscando en un instante a mi siguiente víctima.

Saqué del cráneo resquebrajado de un cadáver mi arma y, rugiendo totalmente entregado a mis pasiones, me aventuré al frente, en pos de una formación de escudos que empezaban a alzar, tratando de bloquear mi avance frente a mí, soltando todo el aire que me quedaba en los pulmones, erizándose mi barba y soltando espumarajos espesos por mi boca, que de abierta que estaba casi podía notar mi mandíbula desencajarse. Oía a mis Cuervos correr tras de mí, pues el flanco izquierdo ya había caído, y se sumaban a la acometida de su líder, totalmente fuera de sí. Algunos reían entre estrofa y estrofa, sumidos en la sangría, nuestro terreno. Alzaban sus armas a mi servicio, dejándome espacio para que cargara a romper la muralla, para luego ellos recoger las sobras.

Mi mirada, estrecha y centrada, se fijaba en la figura enclenque y tapada con túnicas polvorientas de un maldito portador que, tras los escudos, comenzaba a trazar sus asquerosas artimañas y maquinaciones, símbolo de corrupción y arma de cobardes. Su mera existencia me hacía temblar iracundo.

-¡¡Arráncale la cabeza!!-bramó Nöht, encolerizado, pues las saetas del plegiano nos habían arrebatado nuestra anterior presa.

-Acállalo. No quiero ni verlo-oí a Pryam gruñir molesto.

Descontrolado, enarbolé el hacha por encima de mi cabeza, oyendo cómo las flechas silbaban sobre mí, cayendo en los desgraciados a los que me disponía a destrozar y centrándose en las líneas de retaguardia, debilitando la integridad el muro de madera que, para mí, no era más que aire. En este estado, la cólera se imponía sobre la lógica y el deseo de vivir, instándome a acabar cuanto antes con el enemigo a abatir, aunque saliera herido o muerto en el proceso. No sentía dolor, sólo ansia. Necesitaba oír sus huesos crujir, sentir su sangre bañándome por completo, sus rostros desvaneciéndose sanguinolentos bajo mi filo, expirando su último aliento conforme mi vociferante ataque llegara a ellos, malditos abortos de la naturaleza.  La línea de escudos parecía haberse hecho más endeble con la salva, y eso estaba dispuesto a aprovecharlo. Llegando frente a ellos, descargué todo mi brío en una machada dirigida a la primera cabeza que vi saliendo de la formación, notando cómo el impacto atravesaba el hierro del mismo y lo resquebrajaba, abriendo su cráneo y sus sesos, esparciéndolos mientras bajaba el hacha por el suelo y la superficie del arma. La escena me hizo estallar en risotadas, conforme aprovechaba la situación para apartar vehemente de una patada el cuerpo agónico del ser, abriendo un hueco, mientras las espadas se abalanzaban sobre mí. Mi risa, descarnada por los rugidos, no se detuvo mientras me apartaba dando un paso hacia atrás, bloqueando con el asta del hacha uno de los filos, mas uno de ellos me impactó con fuerza en un muslo, rasgando mi piel. Lacerado, sentía mi pierna escocer, reclamando venganza. Como un animal acorralado, bramé lanzando un tajo a la pierna del emergido, cercenándola de rodilla para abajo, para posteriormente rematarlo en tierra con un enorme topetazo en el cuello, que explotó, salpicando su sangre y su tráquea por el lugar, a la vez que mis Cuervos llegaban para cubrirme con sus escudos a ambos lados, como si de unas alas protectoras se tratasen.

Sonreí malicioso, viendo tajos y cuchilladas, dando un paso, con la pierna medio dormida, por ahora. Necesitaría coserla y vendarla tras la refriega. Pero lo que merecía mi atención en aquel momento era el desgarbado magufo que, haciendo gestos, parecía hablarme, lanzando conjuras. Escupí al suelo frente a mí una mezcla entre esputo y sangre, que no se vería en un tiempo. Sus ojos carmesíes me observaban, con una expresión cercana a la extrañeza. Mi mueca se tensó, convirtiéndose en el reflejo de mi deseo: el de arrancarle el gañote de un sólo y único golpe, para luego arrancarle los ojos y dárselo a los cuervos. Mi pecho subía y bajaba ante la oportunidad brindada. Susurros en mi corazón, acelerado y latiente, me instaban a sublimar mi capricho, mientras la asquerosa criatura, fija en mi persona, se preparaba para esgrimir su ruinoso poder, en medio del caos.

Un caos que llamaba a la barbarie.
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Mensaje por Vincent el Vie Ene 04, 2019 6:04 pm

Tripas, sesos… Por ello no le agradaban las peleas cuerpo a cuerpo, siempre acababan como unos salvajes en busca de algo que comer. Además, que Skjöld, el líder de la panda de mercenarios que habían contratado, no hiciera sino reirse como el loco que parecía ser, no hacía sino desagradar aún más al arquero, quien veía el grueso ya habiendo perdido más de la mitad de sus hombres, ¿tres cuartos? Los Cuervos comenzaban a superarles en número, el estrecho hueco entre los riscos sin ser una ruta viable de escape para los seres oscuros que se habían atrevido a atacarlos con tan poca vergüenza. Su salida hacia atrás se había visto cortada por otros cuervos que se habían colado entre las filas enemigas, ya tan solo les quedaba luchar para salir con vida, lo que por supuesto no harían.

La sangre había pintado el camino de rojo oscuro, prácticamente negro. La hierba había perdido su verde en comparación al campo de batalla, las armas, los cuerpos acumulándose bajo los pies de unos mercenarios que deseaban más que derramar. Vincent se deslizó por las rocas, cogiendo dos flechas directamente. Tensó nuevamente la cuerda de su arco, ambas saetas volando velozmente a través. Una de ellas atravesó la parte del cráneo derecho de uno de los soldados emergidos. La otra acabó en el ojo de uno de los guerreros, el cual no pudo sino echarse hacia atrás, buscando con las manos el astil. Uno de los Cuervos aprovechó y lo remató con el hacha.

Los emergidos fueron consumidos por la voracidad de Plegia, convirtiéndose en partes separadas por el camino de Manster. Se bajó el arquero de las rocas de un salto, paseándose por lo que ya era un cementerio. Recogió tantas flechas como su carcaj podía llevar, y a continuación se unió a la tarea de apartar los cadáveres del camino para un mejor tránsito, ya que quemarlos no estaba permitido al parecer con esas personas... Con el arco ya a su espalda, a veces lanza los brazos o las piernas que habían quedado del enemigo a un lado junto a los cuerpos que aún quedaban de una pieza. Una flecha era sumamente más limpio que todo lo que habían dejado ahí, un estropicio sin duda. Intestinos… ¿Qué le pasaba a la gente con la violencia? Podían servir para alimentar a los perros… O no, a ver si cogían algo raro. Los puso junto a lo demás.

Lo que le llamaba la atención al muchacho era el juicio que le esperaba al traidor de los Cuervos. Si dejaban a sus enemigos así, ¿a los traidores de qué forma se les castigaba? A veces se le escapaba la mirada al hombre separado del grupo, con una expresión que revelaba lo poco preparado que estaba para lo que Skjöld tendría preparado. Vincent se mantendría al margen de un grupo externo. No le concernía, y si se ponían en su contra, estaba solo. Mejor ser precavido. Además, no le importaba la suerte de ese palurdo.
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Mensaje por Skjöld Heilfsson1 el Sáb Ene 12, 2019 11:12 am

Punzante era la mirada rojiza del engendro plantado frente a mí, que en mantos polvorientos y ajados se refugiaba de mi furibunda presencia, desencadenada por el retumbar grave de los ecos del combate, ya agonizantes, al igual que nuestros enemigos y la poca humanidad que guardaba en mi interior en esos instantes. Despojado de la razón, me alzaba sobre los malogrados cadáveres de las bestias que decían ser lobos de los vivos, cercenados por mi salvaje arranque, desprovistos de rostro o alguna dignidad, pues desperdigados a mi paso, prueba eran de mi poder entre charcos de negra sangre. La mía hervía en mis venas, empujándome a oír la atronadora marcha de mi pulso, eclipsando por momentos todo ruido que no fuera necesario para la supervivencia mientras, bajo mi dura piel sangrante, me dejaba llevar por los oscuros instintos que mis patrones alababan, perdido entre bestias, nacido para ellas, y por ello, enloquecido guerrero. Entre cuervos, andaba el cazador, listo para rematar la batida, rito de unos y azote de unos cuantos, pues entre cantos vigorizadores y el refugio de sus alas sombrías, me hallaba, salvaje, agarrando el asta de mi arma, entre espumarajos de rabia, tripas y rugidos ensordecedores. Di un paso al frente, rodeado de muerte, dispersada por el suelo, aplastando la garganta de un cadáver anónimo, sintiendo bajo mis botas el peso de la matanza, que lentamente llegaba a su fin, llevada por las estrofas graves de los míos a su inevitable ocaso. La vibrante sensación de poderío que me embargaba me hacía sentir enorme, colosal entre los despojos de aquellos repugnantes seres, acercándome inmisericorde al último de ellos, mi presa más odiada. Portador ceniciento, lleno de susurros infames, ladrón despechado de la negra noche. Veía reflejos danzantes en sus ojos carmesíes, llameantes y llenos malicia, que se clavaban en mí, que traían a mí imágenes fatales.

Hambre. Nieve cayendo sobre mi cuerpo, desnudo por completo, helando mis maltrechos huesos al alba de un nuevo día. Enmarañada y húmeda, mi barba al viento, mientras la enorme figura del oso rey de las montañas, fiera alba entre oscuros recovecos, se plantaba ante mí rugiente. Gritos, golpes y mordiscos. Mi triunfo, con mis solas zarpas.

-Mi piel lo implora. ¡¡Mata al Portador!!-ordenaba Nöht, sumido en la cólera que me azotaba el alma.

Mis ojos se movían inquietos en mis cuencas, dando la impresión de querer salir de ellos en breve, llevados por la inhumana ira que sentía frente a aquel ser. Enarbolé el hacha, cargándola con ímpetu, dando otro paso al frente, atento a las maquinaciones del rastrero hechicero que, blasfemo para mí, alzaba su mano huesuda y pútrida, apuntándome con un fino y demacrado índice. De sus labios surgían palabras inconexas y desconocidas, augurio nefasto, que llenaban su boca infecta de lo que me parecían amenazas vanas. Sin embargo, los efectos de sus maltejidos conjuros no se hicieron esperar. Del suelo surgieron sinuosas y sombrías formas, que en breve, a menos de un pie de mí, comenzaron a ascender peligrosamente, fruto de la maligna magia del emergido, buscando mi garganta. En un instante. la penumbra subió, alcanzando mi piel, inmovilizándome con su tacto, gélido, mortuorio y tentado. El tacto ardía, dejando mi piel en carne viva, mientras mi cuerpo se sacudía, temblando frenéticamente. Me quedé clavado al suelo, vociferando de puro dolor, sintiendo cómo mi alma y mi cuerpo se separaban, desmenuzados por las siniestras formas que me aprisionaban, bajo los designios del emergido conjurador. Iluso. Lancé macabras risas, mientras los gruñidos hoscos me llenaban los oídos, regurgitando sangre a borbotones por mis labios y, enloquecido del todo, di un par de pasos al frente, situándome frente al emergido. Aun con las sombras rodeándome, me planté delante suya, hacha en mano, descargándola sin piedad sobre su cuello, mientras gritaba, destrozándome la garganta. Y mientras mi filo entraba en el gaznate de la criatura, estalló en oscura sangre, cayendo descabezado al suelo, como un muñeco de trapo, eliminando además las sombras que me hostigaban. Sonreí, maliciosamente, babeando sangre.

Cuando regresé en mí, la batalla había terminado. Mis hombres apartaban a los emergidos del camino raudos, mientras yo me hallaba frente al cadáver del portador, destrozado a hachazos su inerte cadáver, aunque yo no lo recordara. Mi arma era prueba de esto, pues clavada en su cráneo abierto se encontraba, casi mellada de la brutalidad de las machadas. Carraspeé, girándome y observando el lugar, destrozado por la contienda. No vi bajas en mis Cuervos, y Sigbjörn, al mando de los míos, celebraba la victoria bebiendo de una de sus botas de hidromiel, entre carcajadas y gestos a los guerreros. Los cantos, ya en silencio, aún resonaban en mi cabeza, embotada por el frenesí vivido. Sangre hasta en mi paladar, sudor en todo mi cuerpo. Plumas cayendo sobre mi rostro...

Recordé entonces lo ocurrido antes del combate, y se me erizó la barba y mi cuerpo se tensó, irguiéndome apresuradamente, sacando mi hacha de la sanguinolenta masa que una vez fue la cabeza del portador. Silencio durante unos segundos, suficiente para que pudiera oír en mi interior los ladinos graznidos de Hogr, instándome a que le escuchara.

-Sangre clara, atisbo de traición-enunció estridente, sacándome de mis casillas.

Respiré profundamente, cogiendo aire para gritar una orden.

-¡¡Neeeeeeeyr!! ¡¡Traedme a Neyr!!

El mismo Sigbjörn, acompañado de dos hombres, arrastró el cuerpo tembloroso del joven cazador que había traído a los muertos hasta nosotros. Apretando su mano contra su costado herido, se negaba aún a soltar la daga que portaba, férreamente agarrada. Le observé con asco, sopesando en mi mente aquello que sospechaba, y que mi instinto voceaba.

-Levantadle-dije dirigiéndome a los hombres, casi gruñendo. -Buscad el cadáver de su hermano más adelante, y cargadlo hasta aquí. Y que alguien traiga mis maltejidas hierbas. Ahora-ordené tajante, fulminando a los hombres que traía Sigbjörn con la mirada.

Ya en pie el muchacho, los batidores partieron raudos, en busca del otro explorador, mientras yo, inamovible, clavaba mis pequeños ojos en su rostro, como un lobo sopesando si merecía la pena comerse a este animal enclenque y herido. Sin embargo, en lo que pensaba era en una ejecución, dada la situación. Mis reglas eran absolutas, y el castigo, ineludible. Esa era mi voluntad.

-"Antes muertos que emboscados". Esa es la forma de vivir de los Cuervos. Y este es tu castigo-dije, mostrándole mi hacha, repleta de muerte.

Pude ver cómo su rostro se deformaba, tratando de pedir clemencia con una mueca desesperada, mas ni siquiera podía entenderle. Elevé mi arma sobre su cabeza, dejándola caer contundente, dando un golpe seco. Apenas sentí el golpe, embotado por las heridas sufridas como estaba, mas no era sino el momento de demostrar mi autoridad, implacable ante su estupidez. Ni siquiera intentó apartarse, herido y perdido como estaba, y no pudo quejarse cuando el filo de mi arma, inmisericorde, destrozaba su cráneo, convirtiéndolo en una amalgama de sesos carmesíes desperdigados por el camino en cuanto su cuerpo ya sin vida tocó el suelo, de forma grotesca. Jadeé cansado, frente a su figura, recibiendo de Sigbjörn una bota de hidromiel, de la que bebí ansioso. Y con el dulzor de la bebida recorriendo mi garganta, y mi cuerpo dolorido y destrozado por una batalla más, decidí realizar un acto simbólico, impulsado por mis trastocados sentidos.

-¡¡Plegiano!!-llamé, sin siquiera saber si me escucharía. -¡Que venga el plegiano!-pedí a Sigbjörn, tambaleándome.


Última edición por Skjöld Heilfsson el Lun Ene 14, 2019 5:43 pm, editado 1 vez
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Mensaje por Vincent el Dom Ene 13, 2019 5:29 pm

Era ver un espectáculo en el que no tenías ni voz ni voto, violento, grotesco. La mole que hacía de líder de Los Cuervos estaba herida de pies a cabeza, sangrando sin conocer los límites de la cantidad de sangre que un humano tenía en su cuerpo. Vincent, rodeado de cuerpo inertes que no volverían a levantarse, empezaba a pensar que Skjöld se uniría a ellos, siendo una piedra del camino que debían apartar con urgencia para que así el arquero continuara con su camino hacia el siguiente destino que le aguardaba. Era un animal que no sentía dolor, seguía sus instintos sin importar el coste. ¿Qué sería a ojos -los que también tenían un muy mal aspecto- del luchador? No hizo sino apartar la mirada para seguir con la tarea, pero por supuesto, nada lo iba a dejar apartar cadáveres tranquilo, que era una simple tarea de la que no se quejaba.

Lo vio desde la lejanía, cómo tiraban del explorador que trajo la plaga hasta el grupo. Su cara era de puro terror. Sabía a lo que se enfrentaba, temblanco cual hoja de otoño recién caída del árbol, su expresión encogida en una mueca horrorizada, sus labios sin poder articular ni una sola palabra. No le dio tiempo claro está; el hacha fue más rápida que su cerebro. El crujido del hueso partiendo el cráneo, dejando que todo se desparramara por el suelo en cuanto el cuerpo cayó en éste haciendo un sordo sonido sobre la tierra. Los bárbaros no eran capaces de mantener una muerte limpia, debían cómo no, ensuciar el camino, la ropa, el cuerpo, el arma, todo. Era carne sin hacer que devorarían carroñeros, curiosa ironía teniendo en cuenta el nombre de aquel grupo de mercenarios. No era asco por las tripas… era la falta de significado.

—Aquí—exclamó mientras se hacía paso entre los trozos de emergidos que se acumulaban en montones a los lados del camino. Ser parte de la ejecución pública sobraba, era cosa de los mercenarios y sus agraciadas costumbres. Los hombres del bárbaro líder no tuvieron que moverse para traerlo hasta el corrillo que se había formado para ver la exhibición. Conforme avanzaba los demás se apartaban a su paso, dejando un huevo al lado de la morena montaña sangrienta, el hombre del hacha. Sí, ese era un buen sobrenombre, El hombre del hacha. Su mirada bicolor se posó en el rostro perturbado del luchador.

—¿Qué necesitas de mí, Skjöld?—preguntó Vincent de buena manera, sin demostrar ni superioridad ni inferioridad. Mantenía los brazos caídos y los puños enguantados cerrados.
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[Campaña de Conquista]Plegia danzando entre Cuervos[Priv. Skjöld] Empty Re: [Campaña de Conquista]Plegia danzando entre Cuervos[Priv. Skjöld]

Mensaje por Skjöld Heilfsson1 el Sáb Ene 19, 2019 3:26 pm

Jadeé intensamente, mientras el calor abandonaba mi cuerpo rápidamente, notando entonces los estragos de la batalla en mi piel mortal, ajada y cuarteada por el devenir de una vida sangrienta, acosado por la violencia que, nacida en mi interior, salía a la luz, quebrando todo aquello que tocaba. La punta de una lanza había dado en mi cadera, abriendo mi carne, así como numerosos cortes y laceraciones surcaban mi torso, algunas grietas cerradas ya por el paso de los años, grisáceas unas, granates otras. Sangrantes, las heridas no eran sino marcas que debía portar, como guerrero, orgulloso de mi oficio y lo que trae consigo. Honor en los restos de mil batallas, que ahora adornaban mi cuerpo como trofeos, símbolos de supervivencia, arrojo y poder. Cada combate al que me lanzaba traía consigo más cicatrices, prueba de mi pericia y mi desempeño, como si de un animal anciano me tratara. Hostigado por los cazadores, Nöht portaba los recuerdos de las batidas y embestidas a las que se había entregado, al igual que yo a los ritos de caza y guerra. Ansiando ser como el gran oso, me encomendaba a él, buscando su furia primigenia y desenfrenada, que me bendecía con la capacidad de no sentir dolor en medio del caos, ni perder el brío por mucho que me cayera encima. Y ahora, tocaba lamerse las heridas agazapado, y recuperarme de esta escaramuza.

Los pasos de los Cuervos alrededor de mi posición sonaban sordos, como si de repente me viera privado de mis oídos, que sólo podían oír los latidos de mi propio corazón y los susurros de mi mente, que empezaba a poblarse de nuevo tras la marcha rauda del oso en dirección a su cueva,dejándome solo y quebrado. Me mantenía en pie gracias al orgullo, viendo como manaba mi propia sangre de los tajos y estocadas que mi cuerpo aguantaba de forma poco elegante. Bajo mi pecho, la hoja de una espada había hecho una diagonal perfecta en dirección a mi vientre, que aunque de poca profundidad sangraba bastante. Notaba cómo mi cuerpo se enfriaba bruscamente en las zonas donde mi piel se había abierto, y en breve comenzarían los sudores. El mundo empezaba a dar vueltas a mi alrededor, mas los graznidos victoriosos de Hogr me encadenaban aún a la consciencia, recordándome aquello que debía hacer con el plegiano del ojo carmesí.

Miré a mi alrededor, sintiendo que algo se acercaba, viendo que Sigbjörn, moviéndose silencioso como siempre, me traía la bolsa donde guardaba las hierbas que usaba para mis ritos y sanaciones, al igual que traía al matasanos de la compañía a que me cosiera y mirara las heridas. Los observé en silencio, sintiendo cómo las alas del córvido me abrazaban en un delirio suave y cálido, apartándome de ellos, al menos mentalmente, pues mi cuerpo dolorido y maltrecho seguía firme, agarrado al hacha que hace nada mordió fatalmente a uno de los nuestros, destinado al exilio. Mientras me tendía la bolsa, la figura esbelta del saetero de Plegia, que con su mirada llena de ruina se plantaba frente a nosotros. Oí su voz, mostrando una cortesía que me parecía insulsa mientras pedía explicaciones. Mis ojos se sentían pesados, al igual que mis brazos bañados de rojo, y mi garganta estaba ausente, como si estuviera decapitado, enmudecido por la barbarie que me había invadido momentos antes. Eché mano al saco, buscando concretamente unas raíces que bañaba en licor de hierbas durante varias lunas, buscando mezclar sus propiedades curativas. Las cogí y me las metí en la boca con fruición, masticándolas ruidosamente, a la par que sentía su nudosa textura entre mis dientes, machacando la corteza de las mismas. Mi paladar se vio envuelto por una pasta agria que me llenaba la boca, dándome fuerzas y embriagándome, atándome al ahora. Escupí al suelo la asquerosa plasta, para luego comenzar a hablar.

-Has luchado bien, plegiano-dije sonriendo de forma macabra. -Tus flechas sonaban como cantos mortales para esos bastardos. Sí...-añadí, medio ido. Mis ojos se estrecharon, buscando algo que no parecía entender ni yo mismo en el rostro del cachorro de Plegia. -¿Cómo era tu nombre?-pregunté, buscando entre zarpazos en la bolsa, sacando al poco un pequeño objeto grisáceo.

Abrí mi mano derecha, mostrándole lo que había cogido. En mi palma, se encontraba la petrificada y fría pata de un cuervo, que conservaba aún sus garras,  presente de Hogr en una cacería por los bosques de Mitgard, poco tiempo después de formar los Cuervos. Me había ordenado guardarla, mas jamás llevarla, a diferencia de las plumas azabaches que portaba atadas a la piel de oso, como amuleto contra la oscuridad de las noches sin luna. Quebrada, me recordaba el aciago destino que aguardaba a todos aquellos que fueran débiles, a la par que era un símbolo de destreza y suerte, aunque en un sentido más...retorcido. Fortuna en la desgracia, penumbras cuando haya luz. Así era Hogr, esquivo y complicado.

-Tómalo. A partir de hoy, es tuyo. Danzarín entre tinieblas-susurré con voz ronca, poniéndolo en su mano casi a la fuerza, y quedándome entonces sumido en el silencio, mirando a los árboles sobre nosotros, casi como si estuviera esculpido en piedra, oyendo cómo se acercaba mi siguiente deber, al que atendería tras oír la respuesta del arquero.

Mis dos hombres volvían con el cadáver del muchacho, callados como tumbas, aunque por las miradas que compartían podía verse que sabían lo que yo intuía. Arrastraron el cuerpo hasta nosotros, y entonces se marcharon con la cabeza gacha. Boca abajo el muchacho, mostraba una puñalada en la parte naja de la espalda, llena de sangre clara que ya apenas caía. Dando un gruñido, le di la vuelta con cuidado, viendo su rostro sanguinolento torcido por las heridas, mas sin soltar una hachuela que llevaba en la diestra, ensangrentada también. Había muerto como un guerrero, traicionado por su propio hermano. Arranqué de mi piel de oso unas plumas, y con lentitud, las puse en el pecho del explorador, un Cuervo más allá de la muerte. Esta noche, se celebraría su funeral, con todos los honores, pues había caído como todo un hombre, y no merecía menos. Le miré respetuoso a los ojos, sintiendo orgullo y a su vez, cierto pesar extraño.

-¡¡Cuervos!!-grité, con la garganta rota. -Esta noche un camarada volará sobre estos árboles. Despidámosle como merece.

Desde mis espaldas, llegaron las ovaciones de los hombres, que ya sabían el destino del batidor que yacía a mis pies. Me giré, dolorido y embotado por las raíces, queriendo sentarme a recuperarme como era debido, mirando al plegiano una última vez.

-Por esta noche, puedes unirte a nosotros, Flecha Negra-musité, antes de volver donde los míos, saco al hombro y cojeando.
Afiliación :
- Mitgard -

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Mercenario

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Mensaje por Vincent el Mar Ene 22, 2019 2:59 pm

Habiéndose críado en casas nobles, lo que hizo Skjöld se podía llamar perfectamente una falta de educación. Escucharlo masticar, la saliva y la pasta mezclándose en su boca era sino un sonido chirriante para sus oídos. Lo peor es que luego la escupió sin decoro alguno, mas no expresó su desagrado delante de los bárbaros que lo acompañaban. Si quería parecer uno de los suyos debía permanecer inamovible por sus desagradables costumbres. Su expresión era de parsimonia, de nula emoción por lo que veía, mas el moreno de tantas heridas estaba eufórico, aunque no estaba tan en sus cabales como para ser consciente ni de quién era él. Si lo pensaba mejor, el rubio se daría cuenta de que realmente nunca había dicho su nombre y de que en la cabeza del líder de los Cuervos era sencillamente “Plegiano”. Sus ojos eran de alguien que había consumido demasiado opio para razonar o siquiera hablar.

—Vincent—respondió manteniendo una posición firme junto al cuervo—No tan aterrador como las flechas que tanto te apasionan he de admitir, pero así podrás llamarme siempre que desees verme. Hay demasiados plegianos que podrían acudir en tu llamada—torció sus labios en una curvatura ladina, sin disimularla. Quizás si dejaban el tiempo pasar no habría tantos plegianos a los que vocear, desapareciendo de la faz de la tierra y convirtiéndonos en uno con el implacable desierto que era su hogar. Posiblemente más de uno estaría más tranquilo con eso en mente. No le darían tal satisfacción a los continentes por el momento, menos con Gangrel al mando. Serían la plaga que los demás creían que eran.

Cuando le pusieron en su mano algo de tacto extraño, Vincent por un momento se quedó sin palabras. ¿Qué era? Cuando apartó Skjöld la suya, lo vio, mas mantuvo la sonrisa que le caracterizaba. Era una pata de cuervo, claro que sí. Porque si ese hombre no hacía cosas repugnantes no era capaz de vivir. Que él había torturado a personas, sus acciones podían ser deleznables, pero tenías modales. Aun así… una pata de cuervo no era para tanto. Estaba disecado y muerto, no se movería. Pero si pensaba en lo que sería una cacería de ese hombre, todo terminaba en un baño de sangre en el que se rociaba a sí mismo con ella y reía cual demente más feliz que una perdiz. Aceptaba tus reglas, Skjöld, tu filosofía. Respetaría sus costumbres.

Se llevó la mano al corazón con la pata.

—Muchas gracias, Skjöld. La guardaré—le aseguré, lo que intentaría cumplir. Si continuaba cruzándoselo era lo más seguro para él.

Finalmente apareció el hermano a quien en un principio se creía haber sido víctima de los emergidos, mas su cadáver nos contaba otra historia, la de alguien que le apuñaló por la espalda para darle tiempo a escapar. A su propio hermano, nada más ni nada menos. En ese instante, por unos segundos, no lo pudo controlar. Fue una expresión de total hastío, asco y desprecio. Por lo menos Vincent se separó de su hermano antes de llegar a un punto así; su hermano seguramente tendría una buena vida, una buena pareja, y Grima le hubiera dado la oportunidad de conseguir la libertad de elección. El rubio acabaría en el fango, así estaba dictado, mas no le importaba. Estuvo ausente por unos momentos mas Skjöld lo sacó de su ensimismamiento.

Mantuvo un breve silencio, recomponiendo una sonrisa a medias.

—Sea así entonces, Skjöld—.

Arco a las espaldas, cadáveres recogidos, los Cuervos y el plegiano pasarían la noche juntos en compañía, velando por los muertos y festejando una victoria más. Vincent dormiría tranquilo esa noche. Que el más estúpido se atreviera a acercarse a ellos.
Afiliación :
- PLEGIA -

Clase :
Archer

Cargo :
Sirviente

Autoridad :

Inventario :
Vulnerary [3]
Arco de bronce [3]
.
.
.
.

Support :
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Mensaje por Eliwood el Sáb Feb 09, 2019 9:42 pm

Tema cerrado.

Skjold ha gastado un uso de su hacha de bronce.
Vincent ha gastado un uso de su arco de bronce.

Ambos obtienen 80G y +2 EXP.

Gracias al incremento de experiencia, Vincent obtiene un nuevo skill de la rama Archer:

[Campaña de Conquista]Plegia danzando entre Cuervos[Priv. Skjöld] Camuflaje Camuflaje - Permite al arquero utilizar alguna cualidad del terreno para ocultarse, sea colinas nevadas, montañas, hierbas, arbustos, muros o trincheras; desde allí puede disparar sin recibir contraataques. Mientras permanezca en su camuflaje no será notado por la extensión de tiempo que desee, sin embargo, desde el momento en que lance su primer disparo sí podrá ser detectado.

¡Felicitaciones!
Afiliación :
- LYCIA -

Clase :
Great Lord

Cargo :
Marqués de Pherae

Autoridad :
★ ★ ★

Inventario :
Vulnerary [1]
espada de acero [5]
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