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Mensaje por Gangrel el Mar Dic 04, 2018 10:33 am


Nohr era un reino oscuro. Y bien lo sabía el monarca plegiano. No se sentía a gusto en ese lugar, siendo partidario del oro y el equilibrio entre una estética cargada y barroca y la sencillez. Las calles de su reino, a pesar de tener emergidos, estaban organizadas, limpias, no había delincuencia y todos sonreían (la mayoría por obligación social) o hablaban. En Nohr, en cambio, todo era diferente. Digamos que a pesar de admirar el modelo absolutista de Garon, sabía que él no debía aspirar a ello. La nación plegiana era famosa no por sus territorios, sino por su riqueza y su armada. Por ello, las ciudades eran grandes y la gente no temía. No como ahí. No vio ni una sola alma hasta su llegada a Krakenburg. Y no es que fuera con demasiada escolta, solamente dos mirmidones y un escuadrón de caballeros wyvern que vigilaban desde el cielo y eran casi imperceptibles al ojo humano que no estaba atento.

Pero sabía, como buen criminal que fue, que posiblemente la vida estaba en el subsuelo o las cloacas, no en las calles. Pensar en la situación de aquel poderoso pero podrido reino le hacía sonreír. Su ejército era fuerte, y precisamente, estaba ahí para pedir ayuda a Garon y reclamarle que este devolviera todo lo que Plegia había hecho para ellos. Que no era poco. Y tal vez a ofrecer una alianza matrimonial entre Morgan y Xander, pero eso era otro tema que se le estaba ocurriendo mientras caminaba y todavía debía perfilar mucho antes de presentarlo ante el más poderoso monarca de Akaneia, incluso por encima de él.

Llegó al palacio. Y tras las formalidades innecesariamente complejas con los generales nohrios que ya conocía de memoria, se dirigiría directamente a la sala del trono del rey Garon. Pero por el camino algo se encontraría que haría variar su ruta.

Una capilla, a Grima, dios oscuro y padre de toda la creación. Sabía que podía excusarse, pues había llegado con una brutal antelación simplemente para tener más tiempo para que sus embajadores hicieran los trámites correspondientes con los dignatarios de la nación nohria. Y sintiendo aquel fervor hacia su señor que tanto podía cegarle, decidió invertir el tiempo y aclarar sus ideas ahí antes de iniciar un largo y tendido debate. Sabía que tras sus rezos, la fortaleza de los argumentos que defendía acababa yendo en aumento, y casi como si se tratara de una iluminación, su ya de sí maquiavélico ser acababa trabajando con todavía más precisión.

Así pues, entró a la majestuosa habitación consagrada a Anankos (que venía a ser la misma entidad que Grima como bien todos sabían) y se colocaría en la última fila para orar. Y retiró la corona de su cabeza. Y la colocaría con solemnidad frente a él mientras se inclinaba poco a poco, uniendo las dos manos y cerrando los ojos. Sabía que había alguien más en la sala. Pero poco le importaba. Todos sabían que en la casa del dios oscuro nadie tenía derecho a interrumpir al rey. Absolutamente nadie. Pues en los pocos momentos que podía dedicar al rezo, ese hombre se convertía en alguien piadoso y moral, al menos dentro de la filosofía grimante. Pero aun así, no le importaría lo más mínimo ejecutar a cualquier desgraciado que osara interrumpirle, fuera cual fuera su cargo nobiliario.

Ni tan siquiera se molestó en analizar con quién estaba compartiendo oración. Solo Grima y la oscuridad importaban en aquella sala. Así pues, empezó con una silenciosa plegaria que le fue enseñada por su amado padre adoptivo. Sabía de todas formas que no podía costearse tardar demasiado, pues la puntualidad era algo totalmente necesario a su parecer.

Pero tal y como era de esperar teniendo en cuenta su adverso porvenir, algo alteraría su plan. Uno de sus consejeros entraría poco a poco, colocándose de rodillas a su lado. Tras cinco minutos en completo silencio, decidiría hablarle.

-Los consejeros nohrios me han informan… El rey Garon se encuentra ocupado y no podrá reunirse con vos. Hasta el momento en el que se vuelva a encontrar disponible, podéis descansar… ¿Deseáis que diga algo?

Gangrel movió la mano. Simplemente, no le importaba demasiado. Ya conocía a ese hombre y sabía que lo mejor no era interrumpirle. Pues a pesar de las fuertes telarañas que él poseía, Garon también había forjado poderosas redes… Mucho más poderosas. Tal vez no fueran doradas y ricas como las de Plegia, pero sí más extensas y brutales. Aun así, también sabía que la riqueza plegiana era necesaria para Nohr. Ellos eran un reino muerto que ganó poder de sus conquistas, mas con las arcas desgastadas por tanta guerra. Mientras tanto, el dinero en Plegia era algo que sobraba, al menos para el estado. Las políticas de austeridad y los exigentes impuestos que impuso el rey enriquecerían mucho al reino, y ahora, tras tanto tiempo, había decidido usar parte de sus recursos para ir a por Manster, y eso era lo que le llevaba ahí justamente. Pedir tropas a Garon a cambio de más apoyo en Mitgard del tipo económico. Por lo tanto, al necesitarse tanto ambas naciones, sabía que eso no era ningún tipo de falta de respeto.

El consejero movió la cabeza al ver que el rey le daba permiso para partir sin decir nada. Y una vez este salió por la puerta, Gangrel decidiría que había llegado la hora de finalizar la plegaria que le había mantenido ocupado. Se levantó lentamente para acercarse a aquella silueta femenina que había visto que se encontraba también en la capilla. La princesa Elise.

-Su majestad –declaró mientras volvía a colocarse sobre la cabeza su corona, con una indiferencia y frialdad que chocaba con lo que cualquiera podía haber escuchado de él- Siempre es un placer encontrar a alguien de la realeza por estos lares. ¿Qué estáis haciendo en la capilla? ¿Orabais a nuestro sacro dragón caído?
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Mensaje por Elise Nohr el Miér Dic 05, 2018 6:25 pm

-Anankos nuestro que sobrevuelas los cielos,
glorificado sea tu nombre;
venga a nosotros tu aliento;
hágase tu voluntad,
así en Akaneia como en todos los reinos.
El fuego purificador de cada día dánosle hoy,
y perdona nuestras blasfemias,
así como nosotros castigamos a quien te ofende.
No nos dejes caer en la complacencia
y líbranos de Naga.
Alabado seas
.


De rodillas, sentada frente al altar del dragón oscuro en la capilla del castillo Krakenburg, se encontraba la princesa Elise rezando en voz baja. Vestida con su habitual vestido negro, se aseguraba que no se arrugase ni que las faldas se manchasen al tocar el suelo, para luego dirigir sus plegarias al dios nohrio con las palmas de sus manos juntas a la altura de su boca.

Uno podría pensar que la juguetona y traviesa Elise encontraría aburrido el rezar en la capilla. Que preferiría estar haciendo otra cosa como jugar o corretear por el castillo. Pero lo cierto, es que le gustaba hacerlo.

En primer lugar, porque servía de descanso a las horas de estudio aburridísimo a la que estaba siendo sometida prácticamente todos los días. Rezar era fácil, simplemente había que recitar las mismas palabras una y otra vez. Nada que ver con memorizar discursos, textos larguísimos llenas de palabras raras que no entendía y fechas muy pasadas.

Y en segundo lugar, porque no se sentía sola. En el castillo siempre se encontraba sola, a menos que estuviese con sus hermanos. Los profesores no la hacían caso, salvo para ordenarla que estudiase e hiciese los deberes. Los soldados trataban de ignorarla, sabiendo que no les estaba permitido intimar con la princesa. Lo mismo podía decirse de los sirvientes. La mayoría del tiempo, Elise no tenía a nadie con quien hablar, mucho menos jugar.

Pero no era así en la capilla. La capilla era donde podía hablar con su querido amigo Anankos. Sí, debía rezarle y ponerse de rodillas y tal, pero era alguien que no se molestaba en escuchar a la princesa. Era algo callado, había que reconocérselo. Y bastante quietecito, jamás se movía del altar en el que estaba representado. Sin embargo, eso no le importaba a Elise. Anankos era su amigo, y como amigo que era, la princesa estaba dispuesto a perdonarle algún que otro defectillo.

-Hoy he sido buena, Anankos. No he hecho ninguna trastada. Hasta he hecho los deberes. Y me he comido las verduras ¿A que estás orgulloso de mí? Me merezco una recompensa. Reconozco que sigo muy aburrida ¿Crees que podré salir del castillo pronto? No tiene por qué ser a escondidas. Me encantaría dar un paseo con Camilla por la ciudad y comprar cositas juntas. Un vestido más colorido estaría bien, aunque el negro es bonito ¿tú que piensas?

La voz de la princesa era baja, como un murmullo. Así le habían enseñado como debía rezar, y la princesa mantenía ese tono cuando pasaba a una conversación más coloquial. Centrada en su conversación, apenas se fijó que alguien más había entrado hacía rato en la capilla. También la habían enseñado que era de muy mala educación molestar o interrumpir a alguien cuando estaba rezando.

Sin embargo, cuando la princesa hubo terminado, fue el hombre el que se dirigió a ella. A Elise le extrañó no reconocer a simple vista quien era la persona que se acercaba a ella con tanta confianza. La princesa conocía de vista prácticamente a todo el mundo en el castillo, por lo que infirió inmediatamente que se trataba de alguien de fuera. No era ni de lejos la primera vez que Elise veía a un extraño en el castillo, pero sí que era la primera vez que dejaban a alguien de fuera del castillo a solas con la princesa. Además, no parecía ser un hombre ordinario. La corona que se acababa de poner en la cabeza era indicativo de ello. Sólo su padre llevaba una semejante, y solo la portaba en ocasiones especiales ¿sería ese hombre también un rey?

-¡Sí, estaba rezando!-reconoció la princesa con una sonrisa bastante alegre en su rostro, casi como si estuviera reconociendo haber hecho una travesura.-Nuestro querido Anankos se siente muy solo, me gusta rezarle para hacerle compañía y así hacerle feliz contándole mis cosas ¿Vos habéis venido también a rezar? ¡Seguro que eso le pone muy contento! Incluso podemos rezar juntos de nuevo y luego pensar a qué juego podemos jugar con él.-y aquí dio un par de saltitos y palmadas para acentuar la felicidad que sentía la princesa.

Aquella situación era idónea para la princesa. Sin ningún mentor o miembro del castillo que la obligase a comportarse o mantenerse en silencio, la princesa podía permitirse ser ella misma y actuar con plena naturalidad. Como el ser puro e inocente que es ella.

-No recuerdo haberos visto antes, así que imagino que acabáis de llegar. Si es así ¡Bienvenido al castillo Krakenburg!-y sin previo aviso, se abalanzó sobre aquel hombre con las brazos extendidas para hacerle un efusivo y afectuoso abrazo. Normalmente, si no estuviera sola, no daría tal muestra de afecto, ya que no le era permitido. Pero como ahora no había nadie… Cuando la princesa estuvo satisfecha, retrocedió unos pasos y elevó la cabeza para mirar al rey a la cara, todavía sonriendo.-Soy la princesa Elise, la quinta hija del Rey Garon.-se presentó la princesa con una reverencia, olvidando que el hombre ya la había reconocido.-¿Y usted quien es?-preguntó directamente, reconociendo que no tenía ni idea de quien era la persona que tenía enfrente.
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Mensaje por Gangrel el Jue Dic 06, 2018 12:03 pm

Recordaba a la princesa Elise. No por haberla conocido, pero todos los nacimientos de nobles eran celebrados, mucho más si eran de alguien tan importante como lo era su camarada, el rey Garon. Por supuesto, había estado muchas veces anteriormente en Krakenburg, aunque la gran mayoría de ellas fueron tan discretas que solo Garon y sus generales se enteraron, por lo tanto, podía identificar perfectamente a los miembros de la familia real, del más mayor al más joven. A diferencia de Plegia, aquel negro reino sí poseía algo que él deseaba… Descendencia que podría ocupar el trono.

Y tal vez esa descendencia era hasta demasiado cariñosa con supuestos desconocidos. Habían dos cosas que nunca le habían dado a Gangrel. La primera de ellas, un heredero. La segunda, un abrazo. Y ahora le habían dado lo segundo sin ningún tipo de consentimiento. Francamente, ahora sabía mejor que nunca que aquello no era de su agrado. Simplemente, apartaría un poco a la princesa en cuanto pudo, sin mostrar un ápice de sentimientos en lo que durase aquel acto. En ocasiones normales, todos sabían que un mero roce sin consentimiento al monarca acabaría con la muerte instantánea. Pero no creía poder ejecutar a una mujer tan importante… De todas formas, veía aquello completamente innecesario.

-¿Jugar… Con Anankos? ¿Nuestro dios? –tal blasfemia le hizo arquear una ceja ligeramente con fingida frialdad, aunque en el fondo no le gustaba nada aquello. ¿Qué le habrían contado a la joven sobre el padre Grima?- …Sea como sea, su majestad… Bueno es ver tal fidelidad hacia el Dragón Caído

Pero lo que no sabía la princesa es que se encontraba ante uno de los reyes más poderosos del mundo, el único que sin expulsar a los emergidos se había librado del problema y también el único por el cual no corría sangre noble por las venas, sino que llegó al poder con el apoyo del pueblo. Y ahí estaba ella, tratándole como si se tratara de un niño más. Teniendo en cuenta que era más mayor que Xander. Le resultaba un poco gracioso, no lo podía negar, pero aun así, la etiqueta siempre debía estar presente. No iba a indignarse ni a criticarla ante Garon, pero… Le resultaba entre curioso e inédito.

El rey Gangrel acariciaría la cabellera de la pequeña como una especie de muestra de afecto, intentando no quedar del todo mal ante ella. Según recordaba, tenía unos trece años. A esa edad, Gangrel estaba maldiciendo en tabernas a la monarquía anterior mientras todos los borrachos le aplaudían por aquellas verdades como puños que soltaba. Y pasaba hambre. Estaba literalmente famélico, delgado como un palillo. Y en cambio, por lo que podía ver en ella, no veía constancia de que esta conociera de oratoria y… Bueno, era bella, pero eso significaba que más que seguro comía las tres o cuatro comidas diarias con todo lujo.

-Princesa. Soy el Rey Gangrel de Plegia –se presentó haciendo una ligera reverencia, siempre mirando a los ojos de la joven- Habéis crecido mucho desde la última vez que vine… Pero creo que nunca hemos llegado a entablar conversación. Siempre he estado ocupado con vuestro padre –que era al fin y al cabo lo único que le importaba en aquel palacio. Nada más- Pero veo que hoy deberé estar por aquí un rato antes de reunirme con vuestro padre…

Su presentación fue de todo menos correcta, y lo sabía. Tenía entendido que había un protocolo en concreto para hablar con las princesas nohrias, pero ya había visto que en ese caso en concreto no sería menester seguirlo. También era cierto que su gran cargo haría que fuera ella quien debiera ceñirse al protocolo en caso de encontrarse con un rey, pero… Lo dejaría pasar. Al menos la pequeña podría disfrutar de una infancia, no quería mancharle demasiado esa etapa porque sabía que en cuanto tuviera dieciséis, Garon la acabaría casando o la enviaría al frente. Conocía perfectamente al rey de Nohr, y sabía que era mucho más violento que él.

-De todas formas… Tengo un poco de tiempo libre que aprovechar. –declaró mientras se sentaba en uno de los bancos de la capilla cercanos, mirando todavía a la princesa- ¿Qué le estabais pidiendo a Grima? –ya podía imaginarse que nada digno de mención como pedir más prosperidad para las tierras o fertilidad. Pero desde pequeños los niños necesitaban pedir ayuda a una figura intangible pero infinitamente sabia como lo era el padre de la oscuridad. Y hasta la muerte, y tal vez más allá, en la ultratumba, las personas seguían implorando al dios verdadero de la oscuridad por más poder o salud- Si puedo preguntar, por supuesto, me gustaría saberlo… Al fin y al cabo, lo que pasa dentro de esta sala no sale de ella… Es el único lugar donde podemos agradecer al padre Grima todo lo hecho por nosotros

Miró al frente por unos segundos, a la silueta del padre dragón de la oscuridad que se encontraba ahí. La solemnidad que este daba a la sala contrastaba con la alegría que parecía contagiar la fémina y la indiferencia absoluta del rey. De todas formas… Siempre era bueno tener buenas relaciones con todos los miembros de la realeza nohria.

-¿Qué tal se encuentran vuestros hermanos?
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Mensaje por Elise Nohr el Mar Dic 18, 2018 2:40 pm

Elise estaba acostumbrada a que no le correspondiesen al abrazo. Cuando intentaba abrazar a un soldado del castillo, lo máximo que lograba como respuesta era una incómoda indiferencia. Sin embargo, cuando aquel hombre no respondió, la princesa no pudo evitar sentir un poco de pena. Esperaba que las personas que venían de fuera del castillo fuesen más amigables y cariñosos. Pero por lo visto no siempre era el caso.

De hecho, Elise notó el gesto de sorpresa cuando le propuso a ese hombre extranjero jugar con Anankos. Era como si no entendiese lo que le estaba diciendo. La princesa soltó un suspiro. Menos mal que estaba ella para aclarar las cosas.

-¡Pues claro que hay que jugar con nuestro dios! ¿Te has parado a pensar siquiera por un segundo lo aburrido que es ser un dios? Volando solo por el cielo, sin compañía alguna, teniendo que hacer frente siempre a la malvada bruja de Naga… Nadie con quien hablar, nadie con quien reír, nadie con quien divertirse… Solo luchando, siempre solo ¡¡Es tristísimo!! Me pongo super tristona cada vez que me lo imagino.-no mentía, un par de lágrimas empezaban a emerger de sus ojos, mientras se apretaba el corazón emocionada y compungida.  

Sin embargo, cuando el hombre extranjero acarició la cabeza de la princesa, ésta se tranquilizó y hasta esbozó una sonrisa como un Sol radiante. Y de ahí a quedarse con la boca abierta cuando la identidad del visitante le fue revelada.

¡Era un rey! El rey de Plegia, en concreto. Aquella era la primera vez, fuera de actos oficiales, en que estaba presente con un miembro de la realeza que no era de su propia familia. Mucho menos con un rey. Y mucho menos a solas. La princesa no sabía cómo reaccionar, así que tras unos segundos de silencio… dijo lo primero que se le pasó por la cabeza.

-Guau…  ¡Sois un rey! ¡Increíble! No os parecéis en nada a mi padre.-a ojos de la princesa, así lo era. Gangrel era delgado, joven y apuesto, aunque ni de lejos tan guapo como su hermano Xander. Mientras que su padre era ya viejo, de cuerpo mucho más robusto. La piel del rey de Plegia era morena, la de su padre era gris, como el pelo canoso de su barba. La voz de ambos era distinta, siendo la de Gangrel más aguda y la de Garon bastante más grave. Gangrel era un poco más bajito. Incluso sus vestimentas eran muy diferentes. Lo único que parecían tener en común era usar corona, y el diseño de ambas era distinto también. Además…-Vos parecéis mucho más simpático que mi papá… ¡Oh! ¡No digáis que he dicho eso de él! ¡Por favor! Padre es terrorífico cuando se enfada…

Elise pasó a taparse la boca en cuanto se dio cuenta de que había metido por completo la pata. Había hablado sin pensar, como de costumbre, y había dicho algo que si llegaba a oídos de su padre, la metería en un muy buen lío. Sus piernas empezaron a temblar. No se calmó hasta que el rey se sentó en uno de los asientos de la capilla y le preguntó acerca de lo que le había pedido al Dragón Oscuro.

-Oh, no le he pedido nada. Casi nunca lo hago.-respondió la princesa aliviada, pensando que el peligro ya había pasado, y sin aprender nada, volviendo a decir lo primero que pensaba.-Cuando rezo a Anankos, le cuento que tal ha ido mi día, si he estudiado mucho, si he jugado, si he sacado a pasear a Azuquito ¡Oh, “Azúcar Moreno” es mi poni! Luego si quieres te lo enseño, seguro que seréis muy buenos amigos. A lo que iba, no suelo pedirle nada porque me imagino que Anankos ya tiene suficiente trabajo con su eterna batalla contra la malvada Naga como para encima tener que soportar nuestras quejas. Por eso prefiero animarle contándole cosas bonitas para entretenerle y que se sienta mejor… Solo algunas veces confieso que pido que vigile a mis hermanos cuando están fuera, para que no les pase nada malo.

Elise volvió a poner una cara triste mientras miraba al suelo, pensando en sus hermanos. Hacía tanto que no los veía. No ayudó que la siguiente pregunta del rey fuera precisamente sobre ellos. Así era Elise, capaz de cambiar de estado de ánimo, del enfado a la sonrisa y de la felicidad a la tristeza en cuestión de segundos, como solo una niña era capaz de hacerlo.

-Mis hermanos están bien. Al menos, eso creo. Están siempre fuera, muy ocupados.  Casi nunca tienen tiempo para estar conmigo… los echo tantísimo de menos…-nuevamente, un par de lágrimas volvieron a salir de las cuencas oculares de la dulce princesa.-Pensé que cuando terminasen con Hoshido y Grannvale podrían tomarse un descanso. Pero no, siguen erre que erre y yo asustadísima. Sé que son muy fuertes y absolutamente nadie en el mundo puede con ellos, pero no puedo evitar preocuparme. Ojalá vuelvan pronto.

La princesa se sentó justo al lado del rey, y levantó la cabeza para ver la estatua de Anankos. Fue entonces, al cruzar su mirada con la de su querido amigo, que entendió que no era momento para estar triste. El rey de Plegia no había venido a oír sus lamentos, no podía ser tan egoísta con el pobre hombre… Un momento… ¿Plegia?

-Oh, es cierto ¡Ahora me acuerdo!-el ánimo de la princesa volvió a cambiar súbitamente, mientras volvía a exhibir una preciosa sonrisa, lágrimas desaparecidas de su cara como si nunca hubieran existido.-No hace mucho también tuvimos un invitado de Plegia. Se trataba de un sacerdote muy majo, su nombre es Marc ¡Me lo pasé tan bien con él! ¡Jugamos mucho en el cuarto de invitados que le dejamos, fue muy divertido! ¿Conoce a Marc, Majestad? ¡Si quiere, podemos jugar también como hice con él! ¡Ya verás cuanto nos reimos!
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Mensaje por Gangrel el Jue Dic 20, 2018 2:57 pm

Una joven infantil y que todavía no había sido capaz de abrir los ojos ante la realidad. Justo como las harpías cortesanas de palacio decían. No es que le importara lo que estas decían, pero estaban en su salón del trono y algo escuchaba. Y hasta algunas decían cosas interesantes que podían ser utilizadas, como la situación amorosa del príncipe Xander o lo que opinaban de su única concubina. Pero de lo que no cabía duda es que estas acertaban cuando describían como una niña a Elise. ¿La iba a criticar por su carácter? No. Envidia le hubiera dado poder ser a la edad de la princesa como ella. Pero sin abrazos. Eso era algo que verdaderamente hubiera preferido no tener que aguantar en su vida. De todas formas, escuchó la respuesta de la joven sobre lo que concernía a rezar a Grima.

Era hasta gracioso imaginarse al ser más poderoso de la historia jugando como si se tratara de un niño. Blasfemia pura y dura, pero cómico. De todas formas, Gangrel agradecería cada día la labor de este al proteger a los pueblos de Nohr y Plegia del pecado dracomante aunque no jugase como la joven hacía. Pero… ¿Por qué la joven se había puesto a llorar? ¿Tal vez por el fervor religioso que comportaba la situación? Gangrel no lo comprendía. Y tampoco comprendió cómo demonios pasó a estar sonriente solo con una caricia en el pelo. ¿Pero qué demonios estaba pasando ahí?

De estar siempre indiferente y rodeado de seres carentes de sentimiento a aquello, el contraste era tal que ni sabía qué decir exactamente. Solo siguió acariciando el pelo de la fémina por unos segundos escuchando lo que esta seguía diciendo sin interrumpirla. Verdaderamente, era una metralleta verbal. Miedo le daba imaginarse algún día debatiendo contra alguien con aquel nivel de expresión oral, aunque fuera para algo tan trivial. Y de la misma forma, él también temía lo que podría pasar con ella si Garon se enteraba de lo que acababa de decir. Hasta alguien tan poderoso como él respetaba e inclinaba la cabeza al ver al rey de Nohr pasar. Era fuerte, no solo por su poder militar, también por el poder físico que este poseía. Todos sabían que se trataba del monarca más brutalmente poderoso de todo el mundo, tanto que hasta las palabras de Gangrel, las cuales eran como venenosas dagas para cualquiera, menos daño hacían que un golpe de hacha de aquel poderoso hombre. No quería imaginarse cómo podía ser Garon enfadado, pero ya se imaginaba que ni se contendría contra una niña.

-…No os preocupéis, princesa… Vuestro padre no sabrá de lo que opináis de mi persona –le dijo para aliviarla, mientras veía como esta se sentaba a su lado. Apoyó las manos contra sus propias piernas y las entrelazaría, curvando un poco la espalda no para empezar a rezar, sino para descansar un poco esta- Mas deberíais tener cuidado cuando digáis este tipo de cosas

Suspiró. Y ahora qué demonios era Azúcar Moreno. Si algo había aprendido Gangrel es que era inútil ponerle un nombre a un caballo, pues estos tenían todas las de morir en la guerra. Absolutamente siempre. Por suerte, parecía que la infantil mente de la joven había decidido desvirtuar y pasar a hablar de lo que esta pedía a Anankos, es decir, al padre Grima. Bien era cierto que el buen dios ya hacía suficiente como para escuchar las quejas de los habitantes de la tierra, pero hasta Gangrel necesitaba aquel desahogo. La unión sacra que había entre la mente y el dragón era algo que podía relajarle y humanizarle unos pocos minutos que duraba cada plegaria antes de volver a tomar la corona, colocarla en su cabeza y tener que soportar el más importante de los pesos, que era sin duda alguna el de poseer las obligaciones de un rey.

-Me alegra saber que la familia real nohria sigue bien. Es un alivio. Ver que mis más poderosos aliados siguen tan fuertes como siempre me alivia y calma –y es que si Xander caía, los grimantes perderían uno de sus más poderosos pilares. Y solo con Garon, Gangrel y Pelleas, aquella religión no se sostendría. Aun odiando y envidiando el inmenso poder del arma de ese maldito, sabía que era importante. Y parecía que la princesa también necesitaba a sus hermanos más que al oro- No os preocupéis, princesa, volverán. Y cuando lo hagan, lo harán como héroes…

O como cadáveres. Pero eso no era lo que a nadie le beneficiaría, y lo último que la joven querría. No quería volver a verla llorar más que nada porque… Si Garon aparecía en esa situación, posiblemente ordenaría un castigo ejemplar al otro monarca, y eso produciría una guerra entre el reino plegiano más rico y el más grande que no acabaría bien ni para uno ni el otro.

Y ahora… Marc. Ese maldito mequetrefe con más poder que casi toda la iglesia plegiana junta. Un sumo inquisidor que formaba parte del poder judicial plegiano y según decían, era uno de los hijos de Grima.

-Oh… Sí, evidentemente le conozco… –demasiado bien. Y no sabía decir si para bien o para mal. Era inteligente, sí, y mucho, también religioso (obviamente) y un buen plegiano, pero también era el que no había dado ni un palmo de tierra al reino- …¿Pero de verdad queréis jugar conmigo, princesa? Nunca he podido hacerlo… A duras penas tuve infancia como para saber qué hacen los niños
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Mensaje por Elise Nohr el Lun Dic 24, 2018 5:21 pm

Nunca antes Elise había conocido a un rey, a excepción de su propio padre. Por lo que no tenía forma de compararle salvo que con el temible rey Garon. Y efectivamente, Gangrel le caía mejor que su padre. No es que su padre le cayese mal. Es solo que le daba miedo. Mucho miedo. En unos momentos podía mantener una calma sombría, para luego volverse hecho una furia, para insultar, maldecir y dar una serie de órdenes que la princesa no lograba comprender, pero que por la cara del resto del personal del castillo, no debían ser nada agradables. Y luego se reía, pero no una risa normal, alegre y jovial. Sino una que le ponía a la princesa los pelos de punta. Una risa con la que tenía pesadillas por las noches. Nunca había podido jugar con su padre. Nunca pudo entender como su madre le prefería a él antes que a ella.

Pero no volvió a sacar el tema. El rey de Plegia tenía razón, no debió haber hablado así de su padre. Menos mal que Gangrel era bueno y decidió mantener el secreto. Elise suspiró aliviada. Y pasó a sonreír ampliamente cuando el rey vaticinó que sus hermanos regresarían como los héroes que son.

-Tenéis toda la razón ¡No hay nadie más fuerte que mis hermanos!-gritó Elise muy orgullosa mientras se levantaba del asiento y saltaba encima del banco (algo prohibido, pues son para asentar las posaderas), golpeándose al pecho y mirando con brillos en los ojos al monarca plegiano.-¡Mi hermano Xander es super fuerte! Una vez logré escaquearme y verle entrenar. Estaba entrenando con otros soldados y él solo los venció a todos, aunque le atacaban en grupo y él tenía una mano atada a la espalda ¡Fue increíble! ¡Y mis otros hermanos son increíbles! ¡Camilla es capaz de volar con su wyvern muy alto, hasta donde se pierde la vista, mas que un pegaso o wyvern normal! ¡Y su manejo con el hacha es asombroso! ¡Mi hermano Leo es listísimo! ¡Le preguntas cualquier cosa y sabe la respuesta, por muy rebuscada que sea! ¡Es genial! ¡Y mi querida Corrin tiene los pies tan duros que es capaz de caminar desnuda por el castillo como si fuera en sandalias! ¡¿No son los mejores hermanos del mundo mundial?!-ni que decir tiene que Elise adoraba a todos sus hermanos y le encantaba hablar de cada uno de ellos.

La conversación giró entonces acerca de qué podían jugar el rey y la princesa. Elise parpadeó un par de ocasiones preguntándose si había oído bien, cuando Gangrel mencionó que nunca había jugado cuando era niño. Tras un par de segundos para asimilarlo, la cara de la princesita nohria se puso triste de nuevo.

-¡Lo siento tantísimo! ¡No es justo! ¡Los niños deberían poder jugar todo lo que quisiesen! Una infancia sin jugar… es como si no se hubiese sido niño nunca ¡No puede ser! ¡Eso es muy malo! ¡Y muy muy muy triste!-exclamó la princesa golpeando la bancada de la capilla con sus puñitos, como para dar énfasis a sus palabras. Volvió a levantar su mirada otra vez, esta vez llena de renovada determinación.-¡Está bien! ¡Vamos a recuperar todo el tiempo perdido! ¡Vamos a jugar tantísimo como para compensar el tiempo que no jugasteis de niño! ¡Ya veréis lo super bien que lo vamos a pasar!

Dicho esto, se hizo el silencio. La princesa necesitaba pensar en qué podía jugar con el rey. No podía ser cualquier cosa, tenía que ser algo que divirtiese muchísimo a su Alteza. Después de todo, iba a ser su PRIMER juego. Elise no recordaba que fue lo primero a lo que jugó, pero imaginó que en el caso del rey, sí que debía ser importante qué era lo primero a lo que jugaba. Sin embargo ¿qué podría gustarle jugar al plegiano? La bombilla se encendió en la cabeza de la princesa.

-¿Y si jugamos a los disfraces? ¡No nos llevará mucho tiempo, y es muy divertido! Detrás del altar de la capilla hay un armario con hábitos de sacerdote ¡Podemos probárnoslos y ver qué tal nos queda! A mí me vendrán grandes, pero creo que a vos os irá como un guante ¡Ya veréis como nos reimos!-dijo mientras corrió en dirección al armario mencionado.

La idea se le ocurrió porque fue a lo que “jugó” con el único plegiano, aparte del rey, al que ha conocido. Imaginándose que venían del mismo sitio, supuso que les gustaría al mismo tiempo. Fue pensando en ese otro amigo lo que hizo detenerse a mitad de camino y volverse en dirección al rey.

-Por cierto, si alguna vez volvéis a ver a Marc, decidle que Elise le manda muchos saludos. Que el tiempo que pasamos juntos a solas en su cuarto es inolvidable para mí y que le echo mucho de menos.-y volvió a girarse ya para no detenerse mientras iba en busca de los hábitos de sacerdote. Y que comenzase el juego.
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Mensaje por Gangrel el Lun Dic 31, 2018 3:02 pm

Comprendía por completo lo que la pequeña pensaba de su padre. A todos les daba miedo el grandioso rey de Nohr, hasta a él. Tal vez Garon era el único mortal que alguna vez había hecho al plegiano recular en sus palabras por puro temor. Un hombre tan absurdamente poderoso como un semi-dios, capaz de destrozar el suelo con el mero impacto de su hacha y con un poder físico prácticamente inalcanzable.

De todas formas, mejor era dejar el tema ahí aparcado. El mero hecho de pensar en aquel hombre ponía los pelos de punta a cualquiera. Escuchó las descripciones de la realeza nohria. Algo no le cuadraba. ¿Cómo demonios eran tan poderosos en comparación a los reyes que anteriormente hubo en Plegia y poseían sangre noble? Él pudo matarlos. Y sabía que no podría hacer lo mismo contra alguien del poder de Xander, por ejemplo. Quizás y por lo que tenía entendido sí con Camilla o la menor de todos, pero eso no quitaba que fueran seres de poder casi deífico. ¿Eran acaso los verdaderos descendientes del dragón caído? Aquello era algo que atormentaba a Gangrel. Y mientras la niña seguía hablando, la mente del rey seguía intentando encontrar la respuesta a aquello.

¿Y qué fue lo que hizo al rey volver al mundo de la vigía y abandonar el flujo alocado de ideas que era su mente? Bien. Ver que la niña estaba de pie repentinamente sobre el banco. Primero de todo. ¿Cuándo había hecho eso? Y más importante. ¿En qué parte del protocolo cabía que un príncipe o princesa pudiera hacer eso? Tal vez era la intimidad lo que permitía a la pequeña tener tantas confianzas con él, y también aquella pose de indiferencia que había decidido tomar el rey respecto a la personalidad de la joven. No le gustaba reprimir a los niños. Eran como un reflejo de aquello que faltaba en el mundo: la pureza. De todas formas, no pudo evitar sonreír ligeramente ante las palabras de la princesa. Los niños y los juegos… Bien. Se notaba que ella no salía demasiado de Krakenburg.

-Bueno, su majestad… Desgraciadamente, es una situación que se repite. La gente pasa hambre, no hay tiempo para que los jóvenes posean algo tan valioso como lo es la infancia, mucho más en el momento en el que yo nací, donde mi reino se encontraba en decadencia –suspiró. Fueron malos tiempos. Le costó levantar el país después de la guerra que le permitió llegar al poder y poder enderezar la situación, y cuando lo hizo, no fue precisamente con paz y democracia. Nunca tuvo tiempo para jugar. Siempre en activo, siempre llamado a la revolución y robando para poder sobrevivir- Vos habéis sido afortunada al haber nacido en este lugar, mas no todos los jóvenes de su edad pueden decir lo mismo por desgracia, ya sean hoshidanos, nohrios, plegianos, ylissenses o feroxíes. Ergo no es necesario que os pongáis triste por lo que pasé de niño

Y ahora… ¿De verdad la pequeña quería jugar? Porque Gangrel, francamente, no era partidario de aquello, más que nada por una razón lógica: era totalmente frío, como un pivote. Si se pusieran a jugar, además de no poder entender exactamente qué hacían, posiblemente sería un momento más incómodo que otra cosa. Mas tampoco quería ofender a la princesa nohria, pues sabía que tal descortesía no sería bien valorada por parte de nadie. Debía buscar una solución a aquello que no acabara con él disfrazado de sacerdote ni con la pequeña rubia llorando por ello. Cualquier excusa era buena para que su ya de sí frágil popularidad se desvaneciera. Las malas lenguas eran invasoras de prácticamente todas las bocas y las cortesanas eran víboras a la espera de una presa a la que devorar con sus rumores.

Aun así, algo detuvo de nuevo al rey. Mientras se levantaba para intentar detener a la princesa, escuchó aquel comentario respecto a Marc. El sumo maestro inquisidor de Plegia, Nohr, y cualquier país grimante… No, no, Elise era muy joven para que su comentario tuviera algún tipo de doble sentido. Pero aun así, aquel comentario daría al rey una interesante idea para afianzar los vínculos entre Nohr y Plegia. Y mucho tenía que ver con lo que también quería empujar con Morgan y Xander.

-Doy mi palabra como monarca de Plegia y futuro emperador de Manster de que así lo haré, princesa. Sin embargo… –carraspeó. Intentó acercarse a ella mientras lo hacía. Sí, una situación peliaguda…- No me refería a jugar a algo así, mi princesa. Lamento deciros que me es imposible gozar del privilegio de divertirme de tales formas estando al borde de una gran conquista para mi pueblo y en un lugar como este. Debéis comprender, que si me vieran disfrazado de sacerdote o de cualquier cosa, mi figura se vería seriamente ensuciada. Pero eso no significa que no podamos pasar el tiempo juntos, princesa… Qué os parecería, por ejemplo… –recordó en aquel momento una de sus aficiones cuando era adolescente. Tal vez a la propia Elise le gustara también. Era un juego simple, y que no comportaba demasiados problemas- ¿Qué os parece si salimos a afuera y jugamos al tiro al blanco, princesa? Es una divertida forma de entrenar sin aburrirse y también una magnífica forma de pasar el tiempo ejercitando el cuerpo. O podemos hacer una carrera a caballo… ¡O las dos cosas a la vez! O… –recordó ahora uno de los juegos que mejor se le daban. Y es que cuando era pequeño, no lo hacía para entretenerse… Sino para sobrevivir- Sí jugué a un juego una vez. ¿Qué os parece el escondite?
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Mensaje por Elise Nohr el Lun Ene 07, 2019 3:10 pm

A Elise le entristecía mucho la idea de niños hambrientos que no tenían tiempo para poder jugar. Tampoco era una completa ignorante en el tema, en contra de lo que pudiera parecer. Las veces que se había escapado del castillo, la princesa había podido ver lo que la pobreza podía hacer en un niño. De hecho, muchas de las veces que se escapaba, se disfrazaba de florista y vendía flores. Y lo que ganaba lo regalaba a un orfanato que se hacía cargo de niños sin hogar.

Elise sabía que era una privilegiada, que tenía mucho más que otros niños en el mundo. Cosa que le daba mucha penita, ella creía que todos los niños deberían poder comer y jugar y disfrutar de la vida. Lo que le sorprendió bastante es que el propio rey Gangrel tuvo una infancia como la de esos niños pobres. Si Elise era una privilegiada, era porque ella misma era de la realeza ¿cómo es que el rey de Plegia no había tenido un pasado como el suyo, lleno de lujos y riquezas?

La princesa no lo entendía, pero tampoco insistió más. Aquello debía de ser muy triste de recordar para el rey plegiano, y no quería causarle molestias haciéndole recordar cosas tan dramáticas. En vez de eso, seguiría con el plan de compensarle jugando lo que no pudo jugar en su infancia, o al menos una parte de la misma.

Lo que no se imaginaba es que fuese tan difícil decidir a qué jugar. Elise había propuesto jugar a los disfraces, pero el rey Gangrel no parecía dispuesto a cambiar sus atuendos. Aparentemente, eso podía “ensuciar su figura”. La princesa no entendía aquel mensaje, ya que la ropa con la que se iban a disfrazar estaba completamente limpia y no había riesgo de mancharse con ella puesta.

Y antes de que Elise pudiese protestar, el príncipe le propuso un par de juegos. Sin embargo, ninguno de ellos le terminaban de convencer a ella.

-No sé jugar a tirar el plato. No soy como mis hermanos, no sé usar armas a distancia.-reconoció con la cabeza agachada. Sabía lo que era, pues lo había visto mientras observaba a sus hermanos entrenando con los soldados. Pero ella no había recibido aún ningún tipo de adiestramiento de lucha, y no sabía cómo usar ni un arco, ni dagas, ni nada que se pudiese arrojar.-Y tampoco puedo hacer una carrera. Como te he dicho, Azuquito es poco más de un poni. Aunque ya puede correr, sus patas son demasiado cortas para hacer frente a otro caballo. Perdería seguro, y eso le deprimiría al pobre.

A Elise no le gustaba rechazar las ideas de Gangrel. Después de todo, la idea de jugar era suya, y por eso la dolía poner pegas. Pero si querían jugar a algo, debía ser una cosa en que pudieran divertirse los dos. Y para eso tiene que ser un juego justo. La siguiente sugerencia logró sacar una amplia sonrisa en la princesa, pero también negó con la cabeza.

-¡Adoro el escondite! ¡Me parece un juego fenomenal! Pero tampoco sería justo jugar a ello. Soy demasiado buena.-dijo golpeándose en el pecho con orgullo.-Conozco el castillo como las herraduras de Azuquito ¡Lo sé todo del mismo! Y entre eso suma los mejores escondites. Algunas raras veces en que consigo un compañero de juego, muchas veces me escondo y no me descubren hasta que es la hora de cenar ¡Tan buena soy! Por eso no nos vale, tiene que ser un juego en que ambos podamos competir y que tengamos las mismas posibilidades de ganar ¡así será realmente divertido!

A Elise nunca se le pasó por la cabeza que ella ganaba siempre porque las personas que “jugaban” con ella nunca se molestaban de verdad en buscarla. Para la propia princesa, ella era toda una pro del escondite, la mejor en el castillo y posiblemente en toda Nohr. Elise se sentía muy orgullosa de sus habilidades, pero por desgracia aquello no servía para darle un desafío justo que hiciese el juego divertido para ambos.

Pero Elise lo entendía. Si tenía que elegir un juego, debía ser ella, ya que ella era la que conocía de juegos. Estuvo pensativa un rato con el puño apretando bajo su barbilla, concentrándose como raras veces se concentraba en la vida. Hasta que por fin, la inspiración volvió a iluminarla. Chasqueó los dedos con alegría y volvió su mirada hacia el rey.

-¿Y qué tal si jugamos a saltar a la comba? Es un juego en el que podemos hacer ejercicio. Se te ve un hombre fuerte y atlético, eso puede igualar mi experiencia y hacerlo interesante para ambos. Podemos salir afuera, y hacerlo en el patio del castillo, si te interesa.  Hay varias cuerdas en el armario, que sirven de repuesto para las cortinas ¡Podemos usarlas! ¡Ya verás! ¡Será super divertido!-y como había hecho con los disfraces, se lanzó directa hacia el mismo armario de antes, sin esperar la respuesta del rey, como si fuera ya impensable que fuese a rechistar otra vez.
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Mensaje por Gangrel el Lun Ene 14, 2019 3:12 pm

¿Y por qué Gangrel, quien normalmente era un ser frío y totalmente apático estaba siendo mínimamente considerado con la princesa? Tal vez por cortesía, tal vez por alguna otra razón. En cualquier caso, difíciles eran de analizar las acciones del rey de dorada armadura, tan inescrutables como el mensaje que guarda un documento en blanco. Por un lado, el rey comprendía y aceptaba el protocolo que debía tener con los otros miembros de la realeza, por otro… En el fondo la dicharachera pequeña era digna de ser escuchada. La inocencia de sus palabras parecían recordar al rey la existencia de algo que a veces olvidaba que existía: la compasión al prójimo. Tal vez si algún día quería volver a escribir un tratado sobre filosofía solicitaría poder hablar con ella. Una perspectiva más pura de la vida era, si bien en el terreno militar innecesaria, útil para poder ver las cosas con más claridad.

-Oh… ¿Jamás habéis empuñado un arma, princesa? Bendita por la dicha habéis sido. Espero que jamás tenga que cambiar eso. Mejor dejadme a mí y a vuestros hermanos el combatir y dedicaos a lo que hacéis ahora. Mas no os preocupéis, no os obligaré a nada –se encogió de hombros al escuchar hablar del caballo. Su montura personal, un corcel blanco de raza pura y adiestrado para ser suficientemente fuerte como para atropellar a una persona y seguir la marcha tan tranquilo, había aprendido desde que era un poni a correr. Fue elegido y adiestrado para proteger al rey. Quizá la princesa no quisiera lo mismo para su montura, pues le había puesto hasta un nombre, pero Gangrel se extrañó ligeramente al escuchar de una montura perteneciente a la realeza tan bien cuidada y poco preparada para la batalla- Y bien… Vuestro corcel ya crecerá, es solo cuestión de esperar

El escondite… Al escuchar la reacción de la joven, el rey no pudo evitar arquear una ceja y lanzar una breve risa. Él había estado aprendiendo a sobrevivir a base de correr y esconderse toda la vida. Cuando tenía quince años, ya sabía ocultarse y camuflarse entre la propia gente para poder pasear al lado de un guarda que le había perseguido y que este no se percatara de quién era. Si por algo había funcionado su golpe de estado contra el antiguo gobierno fue porque sabía ocultarse y seguir siendo el rostro visible a su vez. Posiblemente, si ambos jugasen, la joven tardaría horas en darse cuenta de dónde había estado el rey todo el tiempo, y eso pasaría justo cuando él decidiera moverse.

Así pues, cedería y dejaría a la contraria elegir otro juego. No podía evitar sonreír al escucharla hablar de tener ambos posibilidades de ganar. Aunque el rey era muy reacio a eso cuando estaba en la guerra (si ambos contendientes tenían las mismas tropas… Más que divertido sería un peligro), sí que era cierto que como adulto debía darle un poco de ventaja a la pequeña, pues en cualquier disciplina física o intelectual ganaría por algo tan simple llamado empirismo (lo que él no sabía es que de poco servía su ingenio y fuerza en cualquier juego de niños, eso sí).

-Está bien, princesa. Creo que… Saltar a la comba es algo bastante acorde para ambos. Sería divertido. Obviamente, os voy a pedir discrección. No quiero que se me recuerde con otros títulos más ofensivos del que ya tengo

Obviamente, se refería a lo tremendamente jugoso que sería para las pérfidas y casi sibilinas cortesanas de todos los palacios saber que el rey de Plegia podía llegar a sentir algo, aunque fuera mínimo. Y es que sabía que perder reputación era lo último que se podía permitir teniendo en cuenta el retrato social que tenía dibujado: el de un rey loco y poco cuerdo que podría matar a su pueblo si lo quería. Si llegaba a los oídos de los disidentes un dato tan extraño como lo era que se le había visto jugando con una niña en una zona tan apartada y consagrada al padre Grima, tendría que lidiar con muchos problemas.

-Sea pues… ¿Cómo se juega exactamente a eso? ¿Hay algún tipo de objetivo, princesa? ¿O es solo saltar… En una comba? ¿No hay ninguna intención a parte? ¿Ni normas? Deberéis disculparme, pero no he sido muy instruido en esas disciplinas…
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Mensaje por Elise Nohr el Vie Ene 18, 2019 7:29 pm

Para Elise fue todo un alivio ver como el rey Gangrel aceptaba las razones por las cual no podían jugar a los juegos que él proponía. La princesa temía que el rey plegiano pudiera enfadarse con ella por no querer jugar a lo que él quería, cuando había sido ella la que había insistido en que jugasen los dos. Pero afortunadamente, el rey resultó ser bastante comprensivo con Elise. Realmente no se parecía en nada a su padre.

Y se le alegró mucho el corazón cuando esta vez el rey no puso pega alguna a la propuesta que le hacía, la de jugar a saltar a la comba. Lo único que le pidió a cambio es que no le dijese a nadie que iban a jugar a ello en la capilla.

-Está bien. Prometo guardaros el secreto, no se lo diré a nadie.-y volvió a pararse para girarse y acercarse al rey para cogerle una mano y estrechar su dedo meñique con el suyo, sin pedirle permiso ni nada, como gesto de que iba a cumplir la promesa.-Lo que sí, sería bueno que enseñaseis a jugar a la comba a vuestros súbditos en Plegia que no lo conozcan ¡Se divertirán también mucho y serán más felices!

Obviamente, para la princesa, juegos igual a alegría y alegría igual a felicidad. Todos serían mucho más felices si jugaran más, y por tanto, quería no solo jugar ella, sino que todos jugasen. De ser ella reina, haría que todos los días fuesen festivos y hubiesen juegos para que todos pudieran estar siempre divirtiéndose.

Elise se dirigió al armario, y esta vez no se detuvo. Tuvo que rebuscar un poco entre túnicas, relicarios y algunos otros objetos sacros de la capilla, pero al final encontró lo que buscaba. Dos largas cuerdas, que había guardadas de reserva para las cortinas que tapaban los ventanales de la sala sagrada. Lo cierto es que con el poco Sol que entra en la capilla, debido a encontrarse dentro del castillo un poco enterrado, las grandes cortinas de terciopelo no tenían más función que decorar la sala.  

Elise cogió las dos cuerdas y le entregó una al rey, lo suficientemente enrollada para que no fuese arrastrando por el suelo.

-Es un poco más gruesa y larga de lo normal para jugar a la comba, pero servirá. Como sois grande y fuerte, no creo que tengais ningún problema.-la princesa lanzó un guiño al rey y entonces se alejó unos pasos, para ganar la suficiente distancia como para no tropezar con él al saltar, o con ninguno de los bancos u objetos sagrados de la capilla.

Fue entonces cuando el rey decidió interrogar a la princesa con respecto a la finalidad del juego, o si había normas en el mismo. Elise lo miró confundida un momento, pues jamás antes le había preguntado nadie por cual es la finalidad de saltar a la comba.  

-Mmmm… es mejor que se lo enseñe.-La princesa tomó aire un segundo, sujetando un trozo de la cuerda en cada mano y… saltó a la comba. Dos veces seguidas. Fue solo un par de segundos, en los que el sonido de la cuerda golpeando el suelo retumbó por toda la capilla. Habían sido dos saltos precisos, saltando con los dos pies al mismo tiempo, manteniendo una cómoda distancia con la cuerda cuando esta golpeaba el suelo. La princesa lanzó una mirada orgullosa al rey.-¿Ha visto? Esto es saltar a la comba ¿A qué es divertido? Se trata de saltar, saltar mucho y de muchas formas.

Elise volvió a dar unos cuantos saltos más. Sin embargo, en los dos últimos saltos cruzó los brazos y aun así logró hacerlo a la perfección. Volvió a mirar al rey con una inmensa sonrisa en su cara, como si aquello fuese uno de los mejores momentos de su vida.

-Podemos hacer diversos concursos, como ver quien aguanta más o quien hace los saltos más originales. Como saltar a la pata coja o con los ojos cerrados ¡Es genial! ¡Adelante, probad, probad!-ordenó ansiosa la princesa, deseosa de compartir con el rey la felicidad tan simple que en aquel momento estaba sintiendo.
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Mensaje por Gangrel el Dom Ene 20, 2019 3:05 pm

El rey de Plegia comenzó a reír. Y no era la risa maléfica tan característica de su persona, no. Era una risa corriente, como la que tendría un ser humano corriente. Era puramente adorable, como si todo aquello que pasaba en el mundo no afectara a la pequeña. En un mundo tan oscuro y putrefacto como en el que estaban condenados a vivir, era hasta insólito encontrarse con alguien así. Elise era capaz de producir (aunque muy escasamente) una sonrisa en el monarca que pocos más podían hacer. Quizá, tan acostumbrado como estaba a solo encontrarse con respuestas tajantes y cortas, le era extraño encontrarse con alguien así. Y no precisamente en el sentido negativo, que solía acabar con quien producía una sensación inusual en Gangrel. Todo lo contrario.

Y por ello, no dudó ni un segundo en entregar uno de los mayores honores que podía darle a una persona ajena a su reino: tocarla, acariciando su cabello con un extraño sucedáneo de cariño (lo cual era extraño y era lo máximo que podía dar a alguien debido a su total carencia de empatía) que si alguno de sus consejeros viera posiblemente acabaría pellizcándose para ver si aquello se trataba de algún tipo de mala arte.

-Sería bello poder prometeros que mi jurisdicción llegara a tal magnitud como para poder enseñar a todos los niños de mi país a jugar, princesa, mas no puedo prometeros nada –declaró el rey recuperando la seriedad por unos segundos- Pero lo intentaré

Aunque más que seguro acabaría olvidando aquella idea al cabo de unos días o convirtiéndola en alguna forma muy oscura de tortura a sus disidentes. Para Gangrel, disciplina comportaba tranquilidad al pueblo. El hecho de pensar diferente en Plegia estaba muy castigado. Y era más que seguro decir que aquella inocente idea de la princesa podría ser corrompida por el muerto corazón del rey.

De todas formas, dejemos eso para el futuro. Lo que le hacía más gracia era ver que la princesa procediera a enseñarle las normas de aquel juego. Miró por unos segundos la cuerda que le tendió la fémina, y es que si bien por instinto podía deducir (y más o menos, siendo francos todavía tenía dudas) cual era el procedimiento a seguir, todavía necesitaba saber si existía alguna regla a acatar.

Pero no. Algo muy inesperado para el rey fue ver que efectivamente, aquello consistía en tal y como decía el nombre, saltar a la comba. Miró un par de veces cómo la princesa saltaba, moviendo la cabeza de arriba abajo sincronizándose con el cuerpo de la joven mientras arqueaba una ceja al ver que esta conseguía hacer lo mismo con los brazos cruzados. Impresionante.

-No está mal, princesa. Parece… Divertido, sí –no es que intentara ser sarcástico con aquellas palabras. Es que simplemente no entendía en qué parte un ejercicio que algunos militares utilizaban para entrenar había pasado a ser un juego. Y mucho más importante, le parecía inusual que una niña criada en las más altas cunas se entretuviese con algo tan simple- He de decir que… No sé si podré imitar ese nivel de maestría en el salto a la comba. Pero lo intentaré, princesa

Pero… Es que en la arrogante persona del rey se veía capaz de poder ganar a la princesa a pesar de no haber jugado ni una sola vez a algo en su vida a excepción de los clásicos… “Juegos de nobles” como lo eran la caza de animales o las carreras ecuestres. Por ello, tomó la cuerda con una sonrisa de oreja a oreja, mirando a los ojos de Elise con fanfarronería.

Y tras unos segundos, Gangrel intentaría dar un salto. Y tal y como era de esperar en una persona que lleva armadura (por muy ligera que fuera), una capa y no había hecho eso en su vida, tropezó con la cuerda y cayó al suelo, chocando contra este con tanta fuerza que la corona que normalmente ni se movía de su cabeza (hasta dormía colocándola a un lado de la cama para tenerla cerca) se caería e iría dando vueltas hacia un banco cercano.

Gangrel iría levantándose poco a poco. Tal humillación a la figura del plegiano solía estar penada con… ¿La muerte? Pues obviamente. Prácticamente todo en Plegia estaba condenado con la cabeza del delincuente separada de su cuerpo por un fuerte golpe de hacha, mucho más si era algo cercano al rey, y normalmente él ya estaría gritando y desenvainando su daga personal para intentar acabar con la vida del causante de aquello.

Pero no. Por primera vez en tal vez décadas, Gangrel se reiría de su propio error.

-¡Pues va a resultar que no es tan fácil como parece dar un saltito! ¡JAJAJAJA! –aquella risa seguiría por unos diez segundos- Vais a tener que enseñarme vos a hacerlo por lo que veo, princesa… Y acercadme la corona, por favor, Elise
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Mensaje por Elise Nohr el Vie Feb 01, 2019 2:27 pm

Cuando el rey de Plegia acarició el cabello de la princesa, este soltó un “¡Yay!” muy alegre desde lo más profundo de su corazón. No estaba acostumbrada a que se lo acariciasen, las únicas personas que lo hacían eran sus propios hermanos cuando tenían tiempo libre, cosa que era cada vez más rara. Sentir una muestra de afecto por alguien que acababa de conocer era una señal más de que ese hombre que tenía delante era una muy buena persona y un futuro gran amigo.

Y más se alegró al escuchar el compromiso del rey Gangrel de enseñar a sus súbditos a jugar a la comba, o de al menos intentarlo. Elise se sentía muy orgullosa de si misma, y feliz por el pueblo plegiano que iba a poder disfrutar de un nuevo juego que posiblemente no conocían. La idea de hacer feliz a otras personas hacía muy feliz a la princesa.

Llegó el momento de enseñar al rey a jugar a la comba. La princesa contempló, satisfecha y complacida que su Majestad había observado con su debida atención todos los movimientos realizados en el salto de la princesa. Parecía vacilar, como si no estuviese muy seguro de si sería capaz de repetir lo que había realizado la princesa. Elise no dudó en animarle con una amplia sonrisa.

-¡Adelante! ¡No tengáis miedo! El truco está en no pensar y saltar. Dejaos llevar ¡Veréis que divertido!-exclamó la princesa muy alegremente, repitiendo otro salto más para demostrar que realmente aquello no tenía ninguna dificultad.

Al final, el rey lo intentó. Cogió la cuerda y llevó a cabo un salto sencillo, como el que había realizado la princesa Elise… o al menos eso era lo que la princesa se esperaba que iba a pasar. El resultado fue completamente distinto. El rey Gangrel  tropezó con la cuerda y cayó al suelo, generando un estruendo capaz que volvió a inundar la capilla.

La princesa, que hasta hacía unos instantes sonreía divertida hacia el rey, se acercó corriendo al mismo con gesto de preocupación en su rostro, intentando ayudarle a que se levantara.

-¿Estáis bien? ¿Os habéis hecho daño? Si hace falta, puedo ir a buscar mi vara y os sano de inmediato.

Afortunadamente, no parecía estar mal. De hecho, logró levantarse antes siquiera de que Elise llegara a él y empezó a reír divertido. Cuando comprobó que efectivamente no había sufrido daño alguno, la princesa también echó unas cuantas carcajadas con el rey.

-¡Por supuesto! ¡Aquí tenéis!-respondió Elise recogiendo la corona que se le había caído al rey y entregándosela en mano.-No debéis preocuparos por la caída. Yo también era patosa y tropecé la primera vez que lo intenté. Al menos eso creo… Fue hace ya tanto tiempo…

Elise no mentía. Por supuesto que las primeras veces se había tropezado y caído. Pero fue cuando tenía cuatro años, normal que tuviese problemas para acordarse. La princesa pensó que un hombre fuerte como Gangrel no tendría problemas para saltar a la comba aun sin experiencia, ya que no era una niña pequeña como fue (y en cierto modo, sigue siendo) Elise. Pero ahora la princesa podía comprobar que la realidad era bien distinta.

Por un momento, aquello entristeció a la princesa. Elise había sugerido el juego porque pensaba que ambos estarían en igualdad de condiciones, o que estas serían similares. El rey contaba con un cuerpo atlético, mientras que la princesa contaba con su experiencia. Pero no, a pesar del físico del rey plegiano, la experiencia seguía siendo una ventaja considerable.

La tristeza de Elise pronto cambió en determinación. Ahora el objetivo no era competir, era enseñarle al rey para que él pudiera disfrutar del juego, y poder enseñárselo a sus súbditos. Elise dedicó otra gran sonrisa al monarca plegiano.

-No pasa nada, Alteza. Os enseñaré las veces que haga falta hasta que sepáis hacerlo.-exclamó la princesa con decisión, volviendo a coger su cuerda en ambas manos con fuerza. E inmediatamente empezó a saltar a la comba delante del rey.-Es cuestión de ritmo. Brazos y piernas tienen que… ¿cordi… codri… coordinarse, se dice? Vamos, que tienen que moverse a la vez. Es como una canción, como una melodía. Respirar a tiempo ayuda ¡Vuélvalo a probar! ¡Seguro que esta vez os sale mejor!-animó la princesa, sin dejar de saltar a la comba, como tratando de mostrar al rey que aquello era mucho más fácil de lo que en un principio se había imaginado, y que no podía rendirse solo porque el primer intento había fallado.
Afiliación :
- NOHR -

Clase :
Cleric

Cargo :
Princesa de Nohr

Autoridad :
★ ★ ★ ★

Inventario :
Báculo de Heal [2]
Vulnerary [3]
.
.
.
.

Support :
None.

Especialización :
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Experiencia :
[SOCIAL] Friends on the Other Side [Priv. Elise] YvwSTdF

Gold :
2472


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