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[SOCIAL] Blood is a beautiful gift [Priv. Shuten]

Mensaje por Gangrel el Mar Nov 27, 2018 3:57 pm


La corona es algo que en toda cabeza acaba pesando más que el mismo cielo. Aquel que sentado se encontrara en el trono acababa perdiendo todo ápice de humanidad, da igual que fuera plegiano, ylissense, nohrio… Siempre el resultado era el mismo. Aquel que en su juventud tenía el honor de recibir el derecho de dirigir a la nación acababa perdiendo el sabio ceño con el que llegó. Y Gangrel lo sabía perfectamente. Pero aun así, nada le quitaría de su preciado lugar en aquella putrefacta sociedad. ¿Por qué? Muy sencillo. Porque él era el rayo más fulgurante de la tormenta, el pagano más profano y también la más brillante llama del sol. Y como tal, debía cumplir todos y cada uno de los deberes de un rey a la perfección.

Y ahí estaba. Sentado en el trono de oro puro y terciopelo rojo que se encontraba en el centro del gran salón desde donde Plegia era dirigida, ataviado con su armadura dorada y acompañado de cerca por generales y sacerdotes, con sus respectivos harenes y demás métodos de ocio rodeándoles. Ya había finalizado una de las reuniones matutinas que solían llevar a cabo, así pues, todos tenían derecho a descansar mientras Gangrel simplemente mantenía la mirada perdida, frente al gran portón negro que separaba aquella sala del resto del palacio, y sin importarle lo más mínimo las bailarinas ligeras de ropa que amenizaban y provocaban los ánimos de sus más fieles generales o los sacrificios y rituales que los hechiceros llevaban a cabo.

-¡Mi señor! –un caballero de armadura dorada entraría en la sala. Por las distinciones que llevaba, estaba claro que se trataba de un miembro de la guardia real del mismísimo Gangrel. Se inclinaría con solemnidad cuando se encontraba a escasos pasos del monarca mientras desenvainaba el arma, una espada que clavaría en el suelo- El Sumo Inquisidor Marc ha traído a la capital una manakete, a la cual se le acusa de arrasar con templos repletos de grimantes… ¿Qué procedimiento desea llevar a cabo vuestra sabia persona?

Él sabía que no era sabio. Sabía que si fuera por ese soldado, no habrían más palabras que un mero “idiota” hacia él. Pero no le importaba. El silencio inundaría la sala. Los bailes cesaron. Las palabras eran completamente innecesarias hasta que el rey no dijera lo contrario. Y también estaban prohibidas, pero eso era un tema a parte. Lo que verdaderamente importaba en ese momento era el veredicto de aquel maquiavélico señor del más oscuro de los reinos. Al fin y al cabo, todos conocían la pena por interrumpirle.

-Traedla ante mí. No permito que intentéis dañarla lo más mínimo hasta que no haya llegado aquí. Y pase lo que pase, tratadla como si fuera una invitada de palacio más. Cualquier tipo de desobediencia a estas órdenes, sea por parte de quien sea, debe ser penada con la pena capital

El soldado se levantaría, asintiendo con la cabeza mientras se alejaba, siempre mirando al frente para no dar la espalda al monarca. Pues todos sabemos, evidentemente, que tal acto no podría salir recompensado ni impune. Y por supuesto, conociendo el protocolo, todos los generales y sacerdotes se levantarían, despejando la sala mientras entraban los miembros del servicio para limpiarla. Cuando Gangrel se unía con alguien, todo debía estar impoluto.

Y mucho más si se trataba de una visita que él mismo calificaba de oficial, pues últimamente estas tenían lugar muy a menudo… Y había un motivo muy digno para ello, el cual todos conocían perfectamente, o al menos, podían deducir de qué se trataba. Cuando el rey tenía planes, lo primero que hacía era convocar audiencias a diestro y siniestro, como en ese momento, y además, aislaba a los estrategas para que intentaran adivinar solos qué tenía maquinado, solamente como una forma de comprobar su eficacia.

La sala poseía ventanas de gran tamaño que podían cubrirse con persianas de color púrpura que daban al lugar un aura solemne y elegante que difícilmente podía ser rota. Y cuando no estaban siendo tapadas, toda la luz acababa centrándose en un punto en concreto, y este era el trono del monarca. Y si a esto añadimos la brillante armadura que ya de sí llevaba, cuando se encontraba sentado parecía la mismísima encarnación del sol en la tierra. Y esa imagen solía utilizar para intimidar a quienes entraran, darse a sí una máscara de poder que ya de sí solía llevar…

Y ese día, las persianas serían abiertas. Y el rey se encontraba sentado en su trono, devolviendo toda la luz que la armadura recibía (y ya de paso, con la vista acostumbrada a tal fulgor, podía mantener los ojos bastante abiertos incluso recibiendo la luz de una manera tan abrupta) meditando sobre lo que su oscuro reino debía hacer en los próximos movimientos en aquel divertido juego que era para él la guerra.

Y tras una hora de espera en completo silencio, la puerta se abriría.

Y ahí estaba él, totalmente indiferente, mientras se levantaba extendiendo las manos a los lados con una ferviente sonrisa que podría tacharse de macabra, saludando como podía a la nueva visitante del palacio.

-Vuestras hazañas han llegado a mis oídos, bella dama. Atacar templos repletos de grimantes y salir impune es algo digno de investigar. Por ello, os doy la bienvenida. ¿Con qué nombre debo dirigirme a mí a vos?
Afiliación :
- PLEGIA -

Clase :
Thief

Cargo :
Rey de Plegia

Autoridad :
★ ★ ★ ★ ★

Inventario :
Dagas de bronce [2]
Vulnerary [3]
Dagas de bronce [2]
.
-
-

Support :
None.

Especialización :

Experiencia :

Gold :
1586


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