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[Entrenamiento] Preocupado por una hoja, no pude ver el árbol [Priv. Gerhard von Salz]

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Mensaje por Alm el Miér Nov 21, 2018 9:36 am

A pesar de que la estancia en Shindu fue de las más cortas que había hecho el grupo, a Alm se le había hecho eterna. Iluso de él, que pensaba que sus heridas sanarían en un par de días y más iluso fue todavía al pensar que en todos los territorios a los que viajaban había emergidos que derrotar. —Los caballeros estaban antes que los emergidos, Alm—le había dicho su general cuando le escuchó resoplar aburrido. "Pues claro que estaban antes. Apenas han pasado tres años desde su primera aparición" pensó, frunciendo el ceño y esforzándose para no exteriorizar su mal humor.

Tres años. Tres años desde que dejó su aldea. Tres años desde que Mycen se llevó a Celica. Tres años sin tener noticias de ellos. Alzó la mirada al cielo ¿estaría bien? ¿y si los emergidos habían dado con ella? o ¿y si les habían encontrado las personas que les estaban buscando? Agitó la cabeza y trató de dispersar aquellos tristes pensamiento. "No, no es tan fácil derrotar al abuelo y Celica también sabe manejar la espada."

Los días de calma y reposo finalmente llegaron a su fin. Levantaron el campamento y se movieron hacia el continente vecino. Un jinete les había dado el aviso de que se había avistado a un gran grupo de emergidos por las tierras de Sacae y aunque el país contaba con su propia armada, no estaba de más tener un poco de ayuda del vecino, sobre todo teniendo en cuenta la buena relación que mantenían ambos continentes.

El viaje fue bastante largo, pues tuvieron que dar un rodeo hasta pasar la frontera. Un barco habría sido más rápido, pero los carros con las provisiones para el campamento y los caballos que llevaban la mayoría de los soldados eran demasiado numerosos como para ir en un solo barco. Y dos ya se les saldría del presupuesto. Por tanto, tardaron seis días en llegar ahí, sin descansar y cuando finalmente llegaron al anochecer del sexto día, a una de las planicies abiertas, la idea de montar el campamento ahí fue demasiado tentadora.

Alm ayudó a construir el redil para dejar a los caballos y también echó una mano a los jinetes para cepillar a las monturas que tan bien les habían llevado hasta allí. Miró curioso el camino de hierba seca y arbustos muertos que se dibujaba a lo lejos. Los emergidos no perdonaban ni a la propia naturaleza, al parecer.

Cuando ya habían dispuesto todo, el jefe de la cuadrilla les reunió y empezó a repartir las tareas. Alm quería participar en la misión de reconocimiento y miró con atención, rogando para que le dejasen hacer algo. Su herida en el hombro estaba más que curada, apenas la sentía ya. Sin embargo; una vez más, le hicieron quedarse en el campamento.

Te prometo que a la próxima, te dejaré participar —le había dicho el general, quizás sintiéndose un poco mal al ver la cara de decepción del chico. Revolvió su cabello, como solía hacerle para intentar animarlo, pero Alm se apartó y puso la excusa de ir a buscar algo de leña.

No iba a discutir. Era lo suficiente maduro como para no montar un berrinche, además, si se comportaba así, jamás le verían como a un adulto. Caminó por la oscura planicie y entonces cayó en la cuenta de que no había ni un solo árbol. Quizás no había sido tan buena idea ofrecerse voluntario para ir a por leña...

Siguió caminando, atento y apuntando con un pequeño farol a algunas zonas del camino en las que había arbustos. Las hojas secas y ramitas también le servían. Fue entonces, cuando divisó más luces, relativamente cerca y no pudo evitar acercarse con curiosidad.

¿Sería un poblado? ¿Una guarnición? sea lo que fuere, estaba convencido de que había personas. Hasta donde él sabía, los emergidos no necesitaban la luz para ver en la oscuridad ¿verdad? De todas formas, llevaba la espada consigo.

¿Hola? Perdón, estaba buscando leña y me llamó la atención la luz —dijo en voz alta, mientras se acercaba más. No quería pillar a nadie de imprevisto y que se pensase que iba con malas intenciones.
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Mensaje por Gerhard von Salz el Vie Nov 23, 2018 2:03 am

Música para el post:




Profundo y misterioso era el firmamento que se extendía sobre nuestras cabezas aquella plácida noche en la que, exhaustos tras las vicisitudes de la jornada, habíamos decidido plantar campamento bajo el amparo silencioso, lejano y brillante de las estrellas que, como guardianes imperturbables de las llanuras de Sacae, extendían su manto delicado y atento sobre la vastedad de las planicies, recordando casi a la mirada enternecida del aya ante una indefensa criatura que necesitara su presencia para dormir plácidamente en su cuna. Con los astros como testigos, mi discreta compañía se reunía cansada alrededor de la lumbre, abastecida por nuestras escasas reservas de leña, mientras, entre cuchicheos y coloquios alegres que surgían de la alegría de encontrarse al fin a tan pocos días de camino de sus hogares, trataban de asar unas descuidadas liebres cazadas el día anterior. Corría el vino con discreción, a sorbos suaves en sus humildes cuencos de madera, esperando a que las llamas de la fogata terminaran de preparar a aquellas pobres bestias que serían hoy nuestra cena, por desgracia para ellas.

Ajeno a los asuntos de la comida me hallaba acariciando a Duermevela, mi pobre y fiel yegua, que tantos varapalos se había llevado por culpa de su amo, alejado de mis hombres y del fuego del campamento, el cual perfilaba alargadas sombras que, de forma confusa, retaban a la oculta faceta de la imaginación infantil que pervive en todos nosotros, señalando asustados cualquier silueta que, de una u otra forma, pudiera perturbar nuestro espíritu, pues monstruos, pérfidos hados o seres del averno jamás dejaban de existir a nuestros ojos muy en el fondo. Desafortunadamente, no todo eran cuentos de viejas y, muy a nuestro pesar, todos los hombres de esta compañía nos habíamos enfrentado a esos seres que, galopando entre la vida y la muerte, llevan al hombre ante la más frenética y aterradora de las tinieblas: las que nacen del propio interior ante el miedo a lo desconocido.

Algo en mi interior me había hecho abandonar el calor de los míos y del fuego en pos de buscar la serenidad que transmitían nuestras bestias, bañadas por la luz de la luna y los astros. Me descubrí a mí mismo embobado cual zagal observando el cielo nocturno que entrañaba formas y significados que yo jamás alcanzaría a comprender, diminuto ante estas cuestiones que algunos juraban que dictaban nuestro destino y contaban una historia más vetusta que el más remoto de los escritos. Alguien muy especial para mí en cierta ocasión similar a esta me contó fábulas que decían que, en el brillo lejano de cada una de las estrellas reposaba el alma de un ser puro, que aguardaba pacientemente que los suyos se unieran a él. Que velaban por nosotros, desde la inmensidad de las alturas, emitiendo aquella luz para que, aun con el mundo en tinieblas, pudiésemos encontrar el camino. Sentí una profunda tristeza a la vez que mi garganta se tornaba seca y mi corazón se sentía atravesado por la acerina y fría fuerza de la melancolía, mientras mi mente se zambullía de lleno en los recuerdos.

"Si aquello era cierto, madre...", pensé, elevando mi añoranza y pensamientos a la vez que trataba de sonreír, llevando mi mano al corazón, "...¿veláis por nosotros aún?". Pedí a la Santa en silencio que hiciera llegar aquellas palabras escritas en mi mente. Cerré los ojos, calmado, respirando a continuación profundamente antes de volver a abrirlos a la majestuosidad del paisaje que se extendía ante mí, casi como si de una ensoñación se tratara.

No buscaba respuesta a aquellas plegarias. A veces, uno necesita esos pequeños momentos en los que creer que, de alguna forma, hay momento para estos altos que, más que descansar el cuerpo, reposan el alma. En aquel instante, sólo ajustaba cuentas con mis quimeras y demonios internos, en la soledad de los campos de Sacae.

Enfrascado estaba en mis cavilaciones cuando, de repente, pude oír movimiento a mis espaldas. Me giré, llegando a ver desde mi posición la silueta de alguien acercarse a mis hombres, de los cuales algunos se habían puesto de pie para recibir al extraño, de forma totalmente pacífica. Apenas distinguía la forma del visitante, por lo que anduve rápidamente en dirección al campamento, con el corazón algo más manso.

Entre las luces anaranjadas vislumbré a un joven que, de porte castrense, se presentó siendo educado, detalle que los demás notaron pues no vi un sola mueca contrariada ante su presencia. No parecía ser de estas tierras, mas no alcancé a ver nada que mostrara afiliación alguna.

-Acercaos, joven-dije con voz seria a la vez que alzaba la diestra y me acercaba más, dando a entender a mis hombres que no veía problema alguno. -Es obligación nuestra ofrecer comida y calor en la lumbre a todo aquel que lo necesite, faltaría más. Leña incluida-añadí con una sonrisa amable, pues algo en el joven de vista me generaba simpatía.

Me llevé la mano al cinto y agarré una bota de vino medio llena, ofreciéndola a modo de acercamiento. Miré rápidamente a su alrededor, por si veía acompañantes del joven, mas quedándome con las ganas, al menos por ahora. No debía tener malas intenciones, pues ningún mastuerzo se anunciaría antes de una emboscada y menos aún contra hombres armados como nosotros.

-Mi nombre es Gerhard, por cierto-dije, sosteniendo la bota.
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Mensaje por Alm el Jue Dic 06, 2018 9:34 am

Su intuición lo le había fallado y al parecer el grupo no era peligroso. Sonrió con educación y se acercó a la persona que le había invitado, persona que supuso que era el jefe de aquel pelotón. Intentó descubrir algún blasón o armadura que pudiese reconocer, para indagar sobre la afiliación de aquel grupo, pero su conocimiento sobre política no era muy extenso y sólo pudo concluir que no eran de aquellas tierras, por lo que quizás se encontraban en las misma situación.

Muchas gracias, Gerhard, sois muy amables —respondió y aceptó la bota de vino que le ofrecía. —Yo soy Alm, un placer.

Bebió un pequeño trago, pues aún no se acostumbraba al sabor fuerte del alcohol, pero habría sido muy descortés por su parte rechazar el ofrecimiento y si quería ser un caballero respetado, tenía que llevar al día las normas de cortesía. Devolvió la bota y se acercó hacia donde estaba el fuego, observando al resto de hombres que acompañaban a Gerhard, con la luz anaranjada de la lumbre. Su grupo era quizás más grande, aunque tal vez hubiese más hombres lejos de la luz y no pudiese verlos.

¿También habéis venido a ayudar con los emergidos? —preguntó curioso, pensando que si Sacae había pedido tantos refuerzos, el ejército enemigo debería ser realmente aterrador. Recordó el último enfrentamiento que tuvo contra los emergidos, un grupo bastante reducido y lo complicado que le resultó alzarse con la victoria. Con un ejército grande... no quería pensar cómo podría salir de esa.

Mi grupo y yo venimos de Valentia —explicó y señaló a su espalda, como si quisiera indicar dónde estaban. —No me han dejado ir con los demás a reconocer el lugar y como me aburría en el campamento, he decidido dar una vuelta con la excusa de ir a busca leña —comentó y agachó la mirada un poco decepcionado —Pero, parece que soy inútil incluso para eso. En este sitio, no hay ni un maldito árbol...

Si ya le trataban como a un mocoso, podía imaginar las risas de los demás cuando regresase con las manos vacías. O peor aún, si ese grupo le prestaba leña y le preguntaban de dónde la había sacado, tendría que reconocer que le habían echado una mano. Y una vez más, le mirarían por encima del hombro y le darían unas palmaditas en la cabeza. —¡Agh! ¡Estoy harto! —exclamó de pronto, dejándose llevar por sus emociones —¿Por qué la gente me infravalora? Todos hemos sido niños alguna vez, ¿verdad? —miró al mayor, como si él pudiese tener la respuesta.

"¿Qué demonios haces, Alm? Les vas a estropear la velada. Pide la leña y vete"; se reprendió mentalmente y soltó un suspiro —Perdón... me dejé llevar... ¿Habéis cogido la leña de aquí o ya la teníais?
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Mensaje por Gerhard von Salz el Mar Dic 11, 2018 4:58 pm

Miré de arriba a abajo a nuestro joven huésped, llegado de las sombras de la noche, ataviado con coraza, notando agradecimiento real en sus gestos ante nuestra bienvenida, calurosa como mínimo, pues mis hombres se acercaban curiosos para acogerle tras mi beneplácito. Los hombres de Bern seremos duros como el hierro e implacables en el combate, mas jamás dejamos a un lado las buenas formas ante un zagal en medio de una noche de campaña. Al menos no bajo mi estandarte, mientras me quedara aliento. No pude evitar sonreír paternalmente mientras le oía darnos las gracias y cogía de mis manos la bota de vino y se presentaba propiamente, dando un sorbo más bien escueto. Algo en aquel chiquillo, que ya era soldado por lo que deduje, traía a mi cabeza imágenes que, aunque lejanas, me eran familiares. No sabría decir si se trataba de los resquicios de melancolía que me atravesaron durante mi velada con las bestias, o si, sin que me diera cuenta, había mutado con el paso del tiempo a aquello que mi venerable padre, desde la experiencia, llamaba "un perro viejo y nostálgico".

Tras devolverme el vino, se dirigió en solitario hacia el fuego, mientras los míos hacían hueco para él y podía ver cómo algunos, tratando de que no les viera, echaban mano de la cena para agasajarle como era debido, hecho que, aunque no me pasó inadvertido, ignoré sonriente, pues en el fondo les entendía. Hacía demasiadas lunas que no nos cruzábamos con nadie. O más bien, hacía demasiado que dábamos con alguien que, además de poseer brillo humano en los ojos y la gracia de la vida, no trataba degollarnos mientras dormíamos. Un pequeño alivio y alto en el camino que agradecía sobremanera, para qué negarlo. El ceño serio de los guerreros se tornaba amable, reflejo quizá de la añoranza que, en el fondo, todos sentíamos en noches como aquella.

Me acerqué dos pasos al fuego antes de contestar a la pregunta que pronunció Alm, llegando a la conclusión de que, aunque no de manera exacta, nuestra situación debía ser demasiado parecida.

-Podría decirse que sí-respondí, matizando acto seguido. -Pertenecemos al ejército de Bern, muchacho, aunque venimos de explorar en la fría Ilia. Planeamos acabar con los emergidos en esa nación para ayudar a su pueblo.

Parecía que las sorpresas no venían solas. Alm venía de Valentia, una tierra desconocida para mí, pues no había estado allí antes, aunque no distaba mucho de Elibe. Apenas poseía noticia alguna de la situación que había más allá de Elibe, pues los problemas ya se amontonaban alrededor de nuestras fronteras. Quise saber más y darle una conversación apropiada, por lo que anduve la distancia que nos separaba y me puse a su lado, mientras observaba los reflejos que las llamas creaban en su armadura, de tonos azulados y acabados, a mis ojos, exquisitos,

Fue entonces cuando empezó a hablarnos de sus circunstancias y de por qué se encontraba en esta zona. Guardé un respetuoso silencio, al igual que la mayoría de los soldados, incluso aquel que, diligentemente, se encontraba ya a punto de ofrecer algo de carne al valentiano. Conforme hablaba, sentí cómo una pequeña sensación de tristeza anidaba en mi estómago, fruto de la impotencia y la decepción que destilaba el timbre en la voz del joven, a la par que mi mente, que parecía encontrarse algo dispersa aquella noche, traía a mi mente algunos recuerdos salpicados. Yo conocía de buena mano lo que era que te miraran por encima del hombro. Nacido como primogénito, debía llegar a alcanzar la gloria que había caracterizado a mi padre toda su vida, que brillaba en todo, y cuyas expectativas, ocultas por las miradas de desdén de mis semejantes, pesaban como una montaña en mis pequeños hombros. Giró su rostro hacia mí, como si buscara respuestas. Por un momento, no veía a Alm, sino una faz que, de forma casual, podía verse en los cuadros de mi mansión...

Apenas pude oír las disculpas, perdido como estaba en mi mente. Mas yo, Gerhard von Salz, no dejaría las cosas así, no señor.

-Así es. Todos hemos sido niños, Alm-dije, poniéndole la mano en el hombro, aunque eso fuera un gesto demasiado cercano, quizá. -Y supimos lo que era ser como vos, desde luego-aparté mi mano de su hombro para luego hablarle con confianza, irguiéndome. -Y por eso mismo, os daré un consejo: no sintáis esa congoja, por la Santa, si no es para usarla en pos de alcanzar vuestro crecimiento. La fuerza y el valor nacen del corazón pequeño y humilde, después de todo- concluí atusándome el bigote.

De reojo, pude ver como Walt no podía contener la risa, pues se imaginaba lo que venía.

-No veo a un mozo de cuadra aquí entre nosotros, Alm, sino a un valeroso guerrero. Y por ello mismo, os propondré algo, si lo queréis. No hay leña más allá de la que traemos con nosotros, y que resulta que nos sobra. Mas no será gratis, no- dije de forma teatral, señalándole. -Noto algo en vos que me da brío, y para descubrirlo, os reto a un duelo amistoso. Será el filo de vuestro acero quien hable de valía, Alm, luchador de Valentia. ¿Qué me decís?

No sabía si podría ayudarle. Tampoco si eso era lo correcto. Pero, de alguna forma, mis emociones hablaban por mí, y no pensaba acallarlas.
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Mensaje por Alm el Miér Dic 26, 2018 8:16 am

Escuchó con atención las palabras del mayor y a su mente vino un recuerdo similar, hace años, cuando vivía con su abuelo en la aldea. Sus palabras no eran tan amables, quizás por la diferente relación, pero el consejo seguía siendo el mismo. Él quería usar su fuerza para ayudar a los demás, en especial a aquellos que no hubiesen tenido la oportunidad de ser entrenados en el arte de la espada o que no pudiesen empuñar cualquier otro arma para defenderse. También, quería hacerse fuerte para proteger a su amiga, aunque ella ya era bastante fuerte como para apañárselas sola. Tal vez, lo que quería demostrarle era que él también podía llegar a ser como esos caballeros épicos de las historias.

Ojalá todos tuviesen esa misma visión —respondió en un murmullo, volviendo a enfurruñarse al recordar las palabras de su capitán. En la próxima campaña, le demostraría que valía igual, o más, que cualquiera de sus hombres.

Fue entonces, cuando la propuesta de Gerhard disipó su momento de berrinche y le miró con cierta sorpresa. No era muy común que alguien que luchaba por otro país se ofreciese a entrenar con un posible contrincante. Quién sabe, la vida daba muchas vueltas, en cualquier momento se podían torcer las tornas y terminarse la época de prosperidad en Senay. De ser así, aunque su grupo no era belicoso, siempre acudirían a ofrecer apoyo a su país, tampoco eran unos traidores. Observó el montón de leña, la excusa para que ambos se batiesen en duelo y luego imaginó la posibilidad de regresar al campamento triunfante y con una aventura más que contar. ¡A la porra la diplomacia! ¡Aceptaría ese desafío!

¡Buena idea, Gerhard! Como suele decirse, quien algo quiere algo le cuesta, ¿verdad? —sonrió animado y se alejó del fuego, hacia una zona donde estaba más despejada. Lanzó una rápida mirada a los hombres que rodeaban a ambos y sintió un poco de congoja. No estaba acostumbrado a combatir con público, aunque no dijo nada pues no quería parecer un cobarde.

Su rival era bastante grande, si se comparaba con la complexión de Alm, pero ese no era motivo para que se achantase. Había derrotado emergidos de un tamaño similar y su estrategia de moverse rápido, hasta ahora le había funcionado contra grandes y pequeños. Desenvainó la espada con su mano izquierda y adquirió una posición de defensa, con el filo en diagonal, protegiendo la mayor parte de su cuerpo de una posible estacada de enfrente. —Ya que estoy en tu terreno y tú has propuesto el duelo, te dejo hacer el primer movimiento.

Sería una falta de respeto atacar sin previo aviso, aunque ambos hubiesen acordado aquel enfrentamiento. Por lo menos, esperaría a que el contrario sacase su espada. No era muy heroico el atacar a alguien desarmado. Además, quería ver primero cómo se movía, tomaría en cuenta los consejos de su capitán y estudiaría al contrincante antes de atacar a lo loco.
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Mensaje por Gerhard von Salz el Lun Ene 07, 2019 9:00 pm

Esperé en solemne silencio a que el joven se decidiera en cuanto al reto que, de forma tan repentina, le había lanzado, en pos de mejorar sus ánimos, mermados sin duda por el desaire que, evidentemente, parecía traer tanta congoja al corazón del mozo y soldado de Valentia. Su faz, aun de rasgos aniñados, reflejaba en sus expresiones la pureza y bondad de su alma, más valiosas a mis ojos cansados que la destreza con la espada, y aun así, sorprendentemente, podía encontrar yo una determinación que, moradora de su mirada, yacía la profundidad de la misma, con el arrojo propio de todo un caballero. Deseaba probar su brío, a la par que su valor, aunque tuviera que ser en un duelo amistoso alrededor de la misma fogata que, con sus llamas danzarinas, bañaba de luces y sombras engañosas a partes iguales el rostro de aquel guerrero comprometido que, sin siquiera saberlo, transportaba mi memoria a mis propias mocedades. Conocía el sentimiento que albergaba Alm, y por ello mismo, debía proponerle este reto, aunque pudiera saberle a poco. Veía en él, además de cierta faceta de mi juventud, a un batallador que, aunque no experimentado, no se encontraba en su primera incursión.

Murmuró, casi refunfuñando, dándome a entender que no todos sus acompañantes compartían mi punto de vista. No pude evitar sentir algo de pena por él, pues la situación sin duda lo ameritaba. Mis hombres, desde sus puestos en el campamento, acechaban harto curiosos, como podía intuir por sus miradas, fijas ahora en Alm, a la espera de una respuesta que, con suerte, les traería algo de entretenimiento, como poco. Mientras esperaba, me atusé el bigote, calmado, pensando nostálgico en lo que recordaba viéndole.Demasiados recuerdos cruzaban mi mente en esos instantes, traídos sin duda por el resquicio de mi melancólica reflexión a la luz de las estrellas aquella noche, como para enumerarlos todos. Pude ver cómo miraba a la leña, pensativo, sopesando las opciones. Sonreí entonces, oliéndome la respuesta, mirando entonces a Walt que, habiendo parado de reír, asintió con la cabeza, entendiendo el mensaje a la primera.

Alzó la voz entonces el noble Alm, dejando clara su afirmación acompañándola de la energía que la juventud brinda al corazón risueño, siempre dispuesto a probarse, lanzado. Mi sonrisa se ensanchó sobremanera al oír su respuesta, a la par que mis hombres, a coro, daban buena cuenta de su agrado con una ovación sincera. Desde luego, aquel enfrentamiento despertaba calidez en los soldados de Bern, hartos de ver muerte y desolación en las frías tierras de Ilia. Necesitaban un recordatorio de que, en parte, el mundo seguía siendo el mismo lugar lleno de buenos sentimientos y momentos. La chispa en nuestros corazones aún no se había apagado y, viendo a la tropa, debía agradecer a Alm por ello, desde luego.

-Me place vuestra respuesta, Alm-dije, dando una palmada de aprobación, seguida del mismo gesto por parte de los guerreros.

Desabroché el manto que llevaba para ocultarme del frío, y con un gesto sencillo, se lo tendí a uno de mis abanderados. Mientras, se acercó a mí Walt, ya con mi espada en mano, dándomela con un gesto respetuoso. La así con firmeza, dando las gracias con la cabeza, y sin desenvainar aún, seguí a Alm hasta una zona más despejada, en la que nada interfiriera. Planeaba que fueran unos mandoblazos tranquilos si podía ser, pues no me placía regresar herido en un duelo amistoso de mis campañas, por lo que mantendría cuidado de no hacerle tampoco daño a nuestro invitado, faltaría menos. Aunque no pensaba dejarme ganar, por la gloria de la Santa.

Le observé ya armado, frente a él, sosteniendo la espada en diagonal con su mano izquierda, en una guardia a mi parecer estable, incluso para no poseer un escudo. Desde luego, no era un zagal indefenso, pues la postura, firme, denotaba su entrenamiento, aun mas arduo que el de los demás al tratarse de un zurdo, pues los maestros de esgrima carecían de tacto hacia ellos.

Oí sus palabras respetuosas, dignas de todo un señor, y procedí a desenvainar lentamente, poniendo la espada a la diestra.

-Vuestras palabras os ennoblecen, desde luego, no esperaba menos de vos-dije, sonriendo a la par que me posicionaba espada al frente, con la guardia en diagonal algo más alta que la suya, espaciando mis piernas. -Os insto a que seáis inmisericorde, pues yo lo seré. No pienso dejar que me pongáis en evidencia frente a mis subordinados-bromeé, tratando de romper la tensión.

Mirándole, sabía de buena tinta que sería más ágil que yo, eso por descontado, y que eso sería fatal, pues llevaría ventaja, por lo que tenía que compensar con astucia y precisión, amén de con la fuerza de todo un general. Di un paso lateral a la izquierda, leve pero marcado, preparando la táctica. Planeé esperar unos segundos, para poner a prueba su paciencia, y para poder hacerme a la idea de que requeriría de más esfuerzo por mi parte pelear con Alm, al cual jamás subestimaría por su juventud.
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Mensaje por Alm el Mar Feb 05, 2019 9:24 am

Relajó un poco la postura, al menos cuando el mayor mencionó las palabras antes de que diese inicio el duelo. —Por supuesto, en una batalla real no hay piedad, siempre es bueno sacar lo máximo para aprender —respondió animado, pensando que aquel sería sin duda un buen entrenamiento. Alguna vez había luchado con sus compañeros, pero ya conocía sus estilos y el tener un nuevo rival era bastante refrescante. No era alguien que se le diese muy bien la estrategia, pero si ya conocía los movimientos ajenos, era fácil anticiparse. Ahora, todo sería nuevo y gracias a ellos, podría divertirse mientras descubría el estilo de Gerhard.

Volvió a su posición de defensa, siguiendo con los ojos el movimiento del contrario, esperando su ataque. Se giró un poco por si le venía por la derecha y así poder frenar su golpe, pero aquel ritmo pausado le hacía desconfiar. Había aprendido en sus propias carnes que no había que subestimar la agilidad del enemigo, aunque pareciese grande y que la armadura no jugase a su favor, si te pillaba con la guardia baja, cualquier movimiento rápido podía ser efectivo.

"No te impacientes, tarde o temprano tendrá que acercarse" se decía mentalmente, intentando aplacar su nerviosismo. Sin embargo, por mucho que quiso convencerse, terminó adelantándose. Aún quedaba una distancia bastante grande como para que las espadas se encontrasen, pero no pudo esperar más y terminó por lanzarse, como solía hacer casi siempre. Se escudó en la idea de que si el otro hubiese tenido intención de atacar, lo hubiese hecho ya. El tiempo también era crucial en una batalla.

Corrió hacia delante, sosteniendo la espada con ambas manos para asegurarse de que no se le resbalaba de los dedos. Se había adelantado, su ataque había sido demasiado simple, al haber ido de manera tan directa, el contrario podía esquivarle sin mucho esfuerzo, apenas tendría que desplazar el cuerpo hacia un lado.

Se dio cuenta de su error cuando estuvo demasiado cerca y quiso rectificar, también demasiado tarde. Se detuvo en el sitio e hizo un giro tan brusco que casi tropieza con sus propios pies. Por suerte, pudo salvar ese error con un par de saltos y antes de darse tiempo para asimilar, decidió atacar por esa diagonal, la derecha. No estaba muy orgulloso de aquel movimiento, pero al menos se lo había puesto un poco más complicado porque si se defendía, podría aprovechar el otro flanco para contraatacar y si le atacaba, lograría colocarle donde quería.
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Vulnearary [2]
Vulnerary [1]
Espada de bronce [2]
.
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.

Support :
None.

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Mensaje por Gerhard von Salz el Sáb Feb 16, 2019 10:31 pm

Asentí viendo cómo el rostro del muchacho parecía relajarse levemente ante mis palabras, que buscaban precisamente romper un poco la tensión que podía producir entre nosotros el duelo venidero, donde esperaba no sólo calentar los músculos y los ánimos, sino motivar a mis hombres y, sobre todo, al mismo caballero de brillante y azul armadura. El tono de voz de Alm me generaba una simpatía bastante palpable, similar a la que puede generar un pupilo entregado a su labor, y desde luego, parecía saber más de lo que podía parecer a simple vista, pues ante mi petición respondió como sólo un aguerrido guerrero lo haría, ganándome completamente. Sin embargo, debía prestar atención al combate, desde luego, o sino acabaría por salir escaldado de este lance en el que, aunque de forma distendida, me jugaba parte de la honra.

Estreché mi vista, observando su posición defensiva conforme pasaba el tiempo, en unos instantes que, agónicos, se antojaban horas, y con razón. La tensión  del momento me subía por el estómago y me llegaba a la garganta, pues aunque duelo amistoso no dejaba de ser emocionante, por mucho que se tratara de una refriega en la que nos apostábamos la leña. Moví instintivamente los pies cambiando el peso de punto, tratando de buscar la comodidad idónea para la embestida que esperaba del joven, tratando de impacientarlo con mi reposada posición, digna de una estatua del castillo de Bern, sin dejar de vigilar la hoja del rival, que se mantenía firme frente a mí, agarrada con fuerza y sin mostrar ni un atisbo de intimidación, justo como esperaba. El mozo tenía madera, pues no veía hueco claro por donde atacar si no caía en la treta y debía acercarme, amén de que la estilizada figura que tenía y su espada, que no parecía ser muy pesada pese a ser una bastarda, me sugería que sería ágil cual felino. Interesante, cuanto menos.

Miré a su rostro, que parecía pensativo, decidiendo qué hacer, cuando de repente y sin previo aviso, se lanzó hacia el frente, como si cargara en una acometida en medio de una batalla, dando un paso rápido que mostraba que sabía moverse con esa armadura puesta de forma eficiente. Corriendo, se acercaba a mi posición, asiendo su acero con ambas manos, atacando de una manera simple pero rotunda, dándome a entender que, en ese momento, había cedido a la presión de la espera y se había impacientado. Juventud, divino tesoro. Cuán bien comprendía los bríos y cabriolas de la mocedad, que de tanto vigor pareciera que se nos saliera del cuerpo. Sonreí levemente, mientras me preparaba para esquivarle con sencillez, simplemente moviéndome para ponerme lejos del alcance de su espada, que peligrosamente venía a mi encuentro.

Sin embargo, no contaba conque vería una centella de colores azulados de repente rectificar a poca distancia de mí, plantándose para luego girar, rectificando la trayectoria. De repente, di un paso hacia atrás, buscando la distancia sin dejar de plantar guardia, asiendo la espada a dos manos, para verme de repente en la tesitura de que, sin demasiado esfuerzo por su parte, se había tornado en un saltimbanqui bastante hábil, pues en un par de botes se posicionó de nuevo, fintándome sobremanera y lanzando un ataque por la diagonal derecha, rápido y sencillo, acompañado de los vítores y palmadas de los soldados ante semejante espectáculo. Sorprendido, no pude evitar sentir enorme e intensa emoción, viendo cómo aquel chico se esforzaba por derrotarme en combate, dándolo todo. Y por ello yo no haría menos.

Valiéndome de mi posición, y viendo su espada venir a duras penas, decidí enfrentarle de la manera más contundente que sabía, tal y como había perfeccionado en tantos campos de batalla y entrenamientos desde que mi padre me mostrara el  movimiento que realizaba, usando la cadera y el espinazo para dar fuerza a un mandoble al que, gracias a un pequeño pivote, le di fuerza de impacto, dirigiendo la parte central de mi espada a la parte alta de la suya en un golpe más que en un bloqueo, buscando echarla hacia atrás y que le costara recuperarse de esa posición, mientras acercaba mi cuerpo de forma que, aunque lo hiciera, tuviera que vérselas con la falta de espacio para maniobrar entre nosotros, aprovechando asimismo la diferencia de tamaño existente entre los dos. De funcionar el truco de zorro viejo, debería echarse atrás o fintarme de nuevo, a no ser que me sorprendiera con otro de sus extravagantes e increíbles saltos, que no parecían ser nada fáciles de hacer. No era la mejor técnica de la que disponía, pero si deseaba ver la esgrima que podía ofrecerme este encuentro y de la que también podría aprender, bienvenida era.
Afiliación :
- BERN -

Clase :
General

Cargo :
Heraldo

Autoridad :
★ ★

Inventario :
Espada de bronce [1]
Vulnerary [3]
Espada de bronce [2]
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Mensaje por Alm el Miér Mar 13, 2019 8:39 am

Parecía que el mayor había optado por enfrentar directamente su ataque. Tal fue la fuerza del impacto que el metal de ambas espadas rugió al chocar, llenando momentáneamente el terreno de aquel duelo improvisado. No sólo fue el choque, el empuje del contrario al avanzar aumentaba aquella fuerza y aunque Alm sostenía la espada con ambas manos, sentía como poco a poco su cuerpo se iba echando hacia abajo. Retroceder sería la opción más sabia, pero al mismo tiempo, era lo que el otro quería.

Frunció el ceño, negándose a caer tan rápido en su juego. En cabezonería no le ganaba nadie y era capaz de morder el suelo con tal de no dar su brazo a torcer. Apretó fuerte los dientes, intentando reunir todas sus fuerzas y apartar la pesada espada que impedía avanzar a su propia arma. Logró estirar un poco las piernas y volver a incorporarse, pero la fuerza de Gerhard era bastante superior y sospechaba que su resistencia también sería igual de tenaz.

Cuando su mirada se fijó en la contraria, una sombra de un recuerdo pasó por su mente. ¡Por Mila! Aquella expresión y en cierto modo esa parte de su estilo, le recordó muchísimo a su abuelo. Si bien, Gerhard era mucho más joven, tenía el mismo aire de guerrero experimentado que el anciano caballero. Estaba claro que los años en batalla pesaban mucho más que los reales. Si su intuición era correcta, tendría que espabilar o terminaría perdiendo y regresando al campamento con las manos vergonzosamente vacías.

Ngh... —lanzó una pequeña protesta, al ver que las fuerzas le abandonaban de nuevo. Sus brazos comenzaban a temblar por la tensión y otra vez, su adversario había ganado terreno. No podía aguantar mucho más, tenía que retroceder pero después ¿qué haría? ya había comprobado que enfrentar directamente al general no era algo efectivo. Terminó hincando una rodilla en el suelo y al agachar la mirada, tuvo una idea. Era una maniobra un poco arriesgada, pero ¿funcionaría?

Volvió a mirar al contrario, unos escasos segundos y dejó de hacer fuerza con la espada. Rápidamente, se hizo a un lado al tiempo que se agachaba y rodó por su costado izquierdo. Escuchó un zumbido procedente del filo de la espada del mayor, de haber tardado un poco más, seguro que se habría llevado un buen corte en la oreja o peor aún, en el ojo.

Se separó lo justo para sentirse de nuevo con confianza y al levantarse, se tambaleó un poco por el ligero mareo de dar tantas vueltas. Agitó la cabeza y movió la zurda para asir con fuerza la espada. "Tengo que buscar una manera de ponerle a mi altura" pensó, volviendo a su posición defensiva antes de correr de nuevo hacia él y repitiendo la maniobra, dando un salto, esta vez hacia el otro lado. Si no podía enfrentarse directamente, jugaría al desgaste.
Afiliación :
- SENAY -

Clase :
Mercenary

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