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Mensaje por Gangrel el Miér Nov 14, 2018 11:04 am


-Sí, efectivamente, la pena de muerte es delito capital y ningún hijo de Grima debería merecer semejante castigo

Estamos en las ruinas óseas, donde el palacio desde donde se controla la vida de aquella nación se encuentra, ese día, abarrotado de civiles cualesquiera. ¿Y cuál era el motivo de tal acumulación de personas? Sencillo. En el centro de toda aquella multitud, un elegante ser con el pelo alocado del mismo color de la sangre estaba acompañado por un hombre encadenado y arrodillado, el cual se mantenía mirando el suelo con resignación e indiferencia. Sabía perfectamente que ese día sería el último en el que el sol iluminaría su cara.

-Es antinatural pensar que un grimante tiene derecho a quitarle la vida a otro. Y es que efectivamente, lo es –era el hombre de cabello carmesí quien hablaba, con tal severidad y de una forma tan solemne que hasta los que se encontraban en las últimas filas notaban su pelo erizarse cuando sus palabras comenzaban a propagarse por el lugar- ¡Pero sobre los individuos siempre se encuentra la patria! ¡Y traicionar de tal forma a nuestra nación equivale a apuñalar a todos y cada uno de los seres de Plegia por la espalda!

Era Gangrel. Supremo gobernador de las tierras plegianas. Sus ojos parecían ser dos puertas a un apasionado mar de llamas, pues en ellos saltaban las chispas de la emoción más pura. Tal vez era cierto que se habían reunido ahí por algo tan lúgubre como el más innecesario acto para hacer cumplir la ley, pero las elaboradas y fingidas emociones del monarca parecían hacer que el resto siguieran lo que él quería, como si se trataran de meros títeres sin opinión… Pues prácticamente eran eso.  

-…No hay posibilidad de redimir tales delitos. Este ser, el cual no merece tener nombre, pues eso está reservado a los seres sociales que no intentarían destruir al estado, ha cometido uno de los más severos delitos –un prolongado silencio. El rostro de Gangrel se tornaría más serio mientras apuntaba incriminatoriamente. Todos repitieron el proceso, con un frenesí causado más por el temor a ser ellos algún día quienes se encontraba de rodillas, con gritos que romperían por completo lo que se debería esperar en una ejecución- ¡Así pues, pueblo de Plegia, decidme vosotros cual es la pena por intentar fortalecer a las naciones dracomantes!

¡LA MUERTE!” se escucharía al unísono salir desde diversas gargantas, mientras el monarca abría los brazos con una sonrisa para exclamarlo también, para luego chasquear los dedos, haciendo que un soldado totalmente vestido con armadura negra avanzara de entre las filas del público, con una desorbitada hacha que sería la pluma que escribiría el punto final de la vida del reo.

El arma precipitaría de forma horizontal con la intención de partir por la mitad al sujeto, no por el cuello, como sería de esperar. Todos volverían a callar ante la sangrienta solemnidad del acto, e incluso Gangrel, el cual normalmente mantenía una sonrisa de oreja a oreja en su rostro, tomó una faz seria y oscura. Y como si ahí no hubiera pasado nada, las gentes volverían a sus monótonas vidas, pues ese era su deber si de verdad no querían que la próxima ejecución que el rey de brillante cabello oficiara fuera la suya.

Pero… Ahí estaba todavía Gangrel, el cual se había sentado a escasos metros del cadáver rebanado, con las piernas entrelazadas y los ojos completamente cerrados, como si estuviera en plena sesión de meditación. Pero la oscura y pérfida mente del bellaco no era precisamente igual a la del resto de humanos, así pues, lo que estaba pasando por su mente era de todo menos sentimientos de culpa por lo que acababa de autorizar.

Porque eso no le daría beneficio alguno a la nación plegiana. Su deber no era mirar atrás. Eso se lo dejaba a los sabios y filósofos de la corte, los cuales eran mucho más capaces de lo que él sería jamás. Por lo que había llegado a su puesto era por otra cosa, y esta era la pulida táctica militar que podía llegar a desarrollar, y por supuesto, por la infalible oratoria que podía tumbar hasta al más sabio venerable ylissense.

-Que Grima se apiade de ti –diría mientras se levantaba lentamente, por supuesto, dirigiéndose al pobre muerto- Pues en este mundo, los reyes no tenemos potestad para expiar pecados

Y tras aquellas palabras, como si hubieran leído su mente (y tal vez porque ya conocían el procedimiento) dos soldados retirarían y limpiarían la escena con suma velocidad, para luego ser acompañados por dos mayordomos, que en total silencio, dejarían en el lugar un par de sillas de púrpura aterciopelado y una pequeña mesa, colocando con bastante velocidad un montón de hojas y la pluma que usaba el monarca para escribir (una larga y rojiza que acababa recortada para no dificultar la escritura) con un tintero.

Gangrel suspiró con lentitud. Llegaba la hora de empezar el verdadero trámite que volvería fuerte a Plegia. Tomaría asiento con total tranquilidad, mojando en el negro líquido la punta de su querida pluma mientras alzaba una mano para que uno de los dos mayordomos se acercara.

-Llamad ahora mismo a Morgan, el avatar de Grima. Quiero una audiencia con ella para debatir del más importante de los menesteres, nuestra nación. Y no tardéis

El árido páramo que rodeaba las ruinas óseas era la pura muestra de la tranquilidad más reveladora que nadie se podía imaginar. Las arenas reflejaban la luz del sol, y esta iba hacia la brillante armadura del monarca, el cual en esos momentos, a la espera de la llegada de la fémina de menor edad y en el lugar donde se encontraba (estratégicamente colocado) parecía ser quien emanaba la luz, brillante como un rayo de tormenta y solemne como el mismo astro rey.

Y es que en eso mismo quería convertir su reinado. En el sol de Plegia.
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Mensaje por Morgan el Lun Dic 10, 2018 1:00 am

Nada había más plegiano que un sacrificio público o dos a pleno día, atrayendo la presencia reunida de cientos de magos y brujas, que cruzaban el paisaje destellante bajo inclemente sol desértico para entretener la vista y afianzar la fidelidad presenciándolo. Interrumpiendo momentáneamente sus quehaceres y ocupaciones, los más fieles atendían sin falta a cada uno de tan nacionales asuntos. Otros, desde luego, en sus reclusiones en los distintos internados mágicos o militares, o en demasía enfrascados en la mejora de sus doctrinas, se quedaban al margen y sin presenciar con sus propios ojos la ocasión, mas no había alma alguna que no se enterase. Y si bien Morgan profesaba la más sincera devoción a su hogar, a la orden clerical y al sacerdote que la cuidaba como padre, había presenciado suficientes de tales muestras como para saber que tanto no le entretenían, que difícilmente podían agradarle siquiera. Además, desde que había vuelto a casa, hacía cosa de unos veinte días, no era siquiera la primera ejecución que tomaba lugar; no se perdía de nada novedoso.

Prefería los banquetes post-combate, o mejor aún, las marchas sobre frontera alteana o ylissea donde podía practicar algunas técnicas de emboscada mientras honraban al señor oscuro y todo eso, o hasta las ceremonias de misa. Como le permitieran ser ejecutora de honor en alguna ocasión la cosa tomaría otro cariz, se lo había dicho ya en tono encaprichado al rey alguna vez, pero sin ello pasaba de apresentarse. En su lugar, se había adelantado una buena cantidad de páginas en un texto sobre el arte de la espada y la ética samurai que había levantado de Chon'Sin en el último viaje, y hasta le había sobrado tiempo para almorzar con su hermano antes de ponerse al entrenamiento diario. Una estratega debía exceler en combate directo también, a solas no mejoraría. En eso había estado, metida en una práctica de combate con un destacamento del ejército cuando habían enviado a por ella, apareciendo el sirviente con la petición de su presencia ante el mismo rey plegiano. Por supuesto, la joven estratega había accedido de inmediato, retirándose para partir con el mandadero tal y como estaba: con las correas de la espada sujetas al arnés de cuero de la cintura, limpiando el arma con un paño cualquiera, con la chaqueta de estratega al hombro y el resto de la ropa un poco desarreglada por el proceso del entrenamiento, el cabello llegado a atar en una coleta diminuta, pero desordenado, pues con su largo mediano resultaba inevitable que numerosos mechones permanecieran junto a su rostro. En total, no muy compuesta y arreglada, y con uno de los brazos hasta salpicado de sangre desde la mano hasta el codo, de un instante en que los duelos de entrenamiento habían cobrado intensidad. Pero que no fuera dicho que dejaba a su rey esperándola.

Sin embargo, como siempre, se sentía ella radiante, poniendo la más segura y campante sonrisa en su rostro y guardando ya la espada en su funda. Le agradaba ser requerida, aún si no supiese con qué motivo. Toda instancia en que se sintiese importante le era buena. Además, quien era su rey, pese a todas sus torceduras de carácter y de ideas, le era alguien agradable y a menudo inmensamente gracioso, por lo que un rato en su compañía no le parecía nada mal. Había sido buen tiempo desde que se había dado la ocasión. En liviano humor cruzó el tramo que la separaba del palacio, andando entre la multitud que se esparcía por los serpenteantes caminos que salían de la ciudad y alcanzaban las inmensas ruinas óseas. Al entrar, no sintió necesidad de explicarse a los guardias, considerándose de sobrada importancia para ello, y avanzó inimpedida hasta el gran salón en que le habían indicado que era esperada. Empujó ella misma las puertas, acelerando el paso a través de la amplia estancia.

- Me dijeron que querías ver a tu favorita, así que vine. Dije "anda, cómo me deben extrañar en el palacio, mejor que nadie siga sufriendo", dejé el entrenamiento hasta ahí mismo y todo, derecho para acá. - Fue diciendo alegremente en el camino, desde el primer momento en que atisbaba a Gangrel. Desde luego que la parte de la "favorita" acababa de agregarla por su cuenta, de inventarla, no con ulterior motivo sino sólo por lo que consideraba natural; el lío sería si acaso alguien la contradijera en esas cosas. Al alcanzarle se detuvo ante el hombre, muy corta de altura en comparación y lejos de igualar su aspecto casi de galas. No vestía faldas como para sujetarse al hacer una inclinación cortés, pero sostuvo con los dedos el borde de los largos bolsillos de portar libros que pendían del arnés en su cintura, y cruzando los tobillos un momento realizó una pintoresca y animada inclinación, enderezándose enseguida de regreso. Le saludaba debidamente al menos - ¡Bueno, señor Gangrel! ¿Cómo le va al mejor rey semi-teocrático oscuro? ¿Cómo estuvo la ejecución? - Su forma de dirigirse a él era, claro, una de cierta confianza. Apoyando la muñeca sobre el mango de su espada para que esta y la funda se mantuvieran horizontales a su espalda, sin estorbar en el camino, tomó los pasos restantes para cerrar la distancia. No necesitaba una invitación formal para sentarse, si había dos sillas debía ser que una era para ella, pero veía con qué clase de ánimos o a qué clase de asunto era recibida antes que nada.
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Mensaje por Gangrel el Lun Dic 10, 2018 10:57 am

-…Las ejecuciones son una aberración la cual me gustaría poder prohibir… Mas si queremos que la ley se cumpla, ahí deben estar. No lo olvides nunca, Morgan. Bajo mi corona solo se tolerarán las condenas capitales más necesarias y pragmáticas

Eso sería lo más parecido a un saludo que daría. Gangrel era de todo menos alegre cuando se encontraba en el interior de su palacio. Ese era el lugar donde las leyes debían ser aplicadas y promulgadas, no un circo. Por eso mismo, la música en el interior de ese lugar estaba prohibida a excepción de a las horas de comer o si el mismo rey tenía algo que celebrar. Los gritos, tampoco estaban bien vistos, y eso de chasquear los dedos era un privilegio que solo correspondía al rey de Plegia, y utilizaba para llamar a los mayordomos cuando quería pedirles algo. Por eso mismo, la entrada de Morgan no produciría en el rey más que una leve arcada completamente carente de sentimiento. Por mucho que el pueblo pudiera decir, Gangrel era mucho más cuerdo de lo que contaban en las tabernas. Tal vez estaba tan cuerdo que se volvió loco, o tal vez fueran ellos los locos en un reino completamente castigado con desiertos y pantanos en toda su extensión. Pensar en todo eso, añadiéndole el tema que ahora le traía de cabeza, hacía que el rey no estuviera precisamente de buen humor en ese momento.

El rey comenzaría a dibujar sobre el papel el relieve aproximado de Akaneia, y curiosamente, detallando bastante bien los relieves de cada país y siendo tremendamente preciso en lo que delimitar los países respectaba. Un improvisado mapa que serviría para ilustrar perfectamente lo que quería explicar aquel monarca a la joven estratega.

-Sea como sea –aquellas palabras serían lanzadas sin ánimo alguno, con una indiferencia total y absoluta, con la cual solía hablar al resto de diplomáticos del reino- Mis embajadores me han informado de tus actuaciones en nombre de la corona de Nohr –iba diciendo todas aquellas paulatinamente, mientras el rey apretaba ligeramente las uñas en la pluma, incapaz de controlar el rencor que guardaba hacia este reino. ¿El por qué? ¿En serio te lo estás preguntando? Estamos hablando de Gangrel. Por muy calmado que parezca, puede mandar tu ejecución solamente por estornudar mientras él habla- Espléndidas. Pero a ver si las aplicamos más en nombre de la bandera plegiana para la próxima –y es que una de las cosas que verdaderamente ponía de verdadero mal humor al rey era que una de las mejores guerreras de Plegia, la cual era crucial también dentro de la iglesia del reino, fuera siempre a luchar en nombre de Nohr. –…Te recuerdo cuál es el lugar donde se encuentran los restos de nuestro amado padre benefactor –señalaría en ese preciso instante a la estructura que tenían detrás de ellos, las Ruinas Óseas, dentro de las cuales se encontraba el verdadero y único palacio real de Plegia. No es que estuviera enfadada con ella (todo lo contrario, en el interior del rey… Existía un diminuto atisbo de orgullo que cualquiera que le conociera podría detectar en su tono de habla). Y además, la joven era de suma importancia en uno de los planes del rey, el cual consistía en simplemente desposarla con el príncipe nohrio y forzar así a su padre a una unión aduanera con la cual obtener libre circulación de productos y personas, lo cual verdaderamente beneficiaría a ambas naciones- Y ahora, por favor… Tomemos algo

Chasqueó los dedos. Uno de los mayordomos se acercaría de nuevo a él, y de nuevo, tal y como marcaba aquel extraño e indescifrable protocolo, había acertado por completo con lo que tenía que llevar. Dos tazas con una tetera repleta de aquella bebida que podría considerarse como la preferida del rey. El té. Tras rellenarlas con suma rapidez, dejando la tetera a un lado más cercano a Morgan que a Gangrel (de nuevo, como marcaba el protocolo), daría una larga reverencia antes de alejarse.

-Cuando era joven, me dio por plantearme qué demonios es la guerra –comentó, mientras tomaba por el asa su respectiva taza, mirando el humillo que salía de ella con tranquilidad- Y llegué a la conclusión de que solamente se trata del flujo entre la tesis y la antítesis que forman una nueva síntesis entre las mismas. Eso conlleva al conflicto. Y los ganadores del conflicto siempre serán los encargados de escribir el nuevo mundo que se forma tras una guerra. Y esto pasa cada segundo. Nunca te bañarás dos veces en el mismo río, nunca verás la misma cosa porque una vez parpadees ya habrá cambiado… Pero encontré algo que nunca variaba, y si leíste mi libro cuando estudiabas en las academias, sabrás que se trata de la oscuridad, que controla el cambio y el flujo de la guerra, y solo el sabio puede encontrar la forma de controlar. El único sabio que yo he visto poder hacerlo fue Grima todopoderoso. Y nunca he visto una tesis que se podría tachar completamente de inequívoca. Todas son en parte correctas menos las que por desgracia conocemos de la “purísima” diosa Naga. –el rey daría un pequeño sorbo al té. Seguía caliente, y francamente, alrededor suyo el calor del desierto estaba presente. Pero tan acostumbrado como estaba, esto le pareció agradable- Sin embargo, aquí estamos. –señaló al mapa- Rodeados de ylissenses al este, y de Alteanos por el norte y oeste, todos ellos países dracomantes. No solo eso, Regna Ferox también es ahora de Altea, y nuestro aliado más cercano, hasta hace poco, también estaba rodeado de sucios dracomantes. ¿Qué pasaría si estos seres tan puros decidieran atacarnos, Morgan? Nuestra armada es la mejor de todo el continente, nuestras tierras son ricas en oro y nuestra población es innombrablemente alta… Pero nos falta lo más necesario –otro sorbo. Y este fue dado a propósito de volver todavía más lentas sus palabras- Campos para cultivar. Morgan, tú que supuestamente eres la mejor estratega de este reino, dime por qué demonios no conquistamos Regna Ferox, que podría habernos hecho rodear a Altea e Ylisse. Dime por qué Nohr es tan rico y pleno mientras aquí hay hambre. Dime qué es lo que debemos hacer y te diré cuál es la verdadera respuesta.
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Mensaje por Morgan el Dom Ene 27, 2019 7:10 pm

Asintió con la cabeza en conformidad, aunque el descuidado timbre del "¡mmhm!" que apenas emitía sugería que no era mucho de su interés aprender los métodos de la corona. Le parecía bien, claro, pero las ejecuciones seguían estando, y la dicotomía entre la intención y los hechos era una limitación que no le atraía para nada, un peso que no querría sostener. Las sutilezas sociales y los actos necesarios eran algo que dejaba a su gemelo, mucho más paciente y empático que ella, además de ducho en lo protocolar. Por su parte, encargarse de que los combates que se le asignaban se ganaran le era perfecto y suficiente. De la misma forma, la versión del rey Gangrel que se oía en público y la que vivía puertas adentro se le hacían irreconciliablemente diferentes, siendo la primera la que más permitía y fomentaba diversión, y la segunda una que en verdad hacía falta relajar, buscarle de regreso el disfrute y la risa. Era clara la elección respecto a cual de ambas era más su estilo, cual prefería. Sin desear apagar su jovial semblante y su buen humor ante aquel cambio, aquel Gangrel que se volvía un voz de la responsabilidad y el opresivo peso de la política cuando lo veía en privado, optó tercamente por seguirle tratando como siempre. No perdió su sonrisa, ni mostró apesadumbrarse en el transcurso de sus palabras.

Entre tanto se ubicó en el asiento que le correspondía, y encaramándose un poco, doblando una de las piernas bajó sí para quedar algo más alta, pudo observar lo que el hombre mayor comenzaba a dibujar. Daba a entender suficientemente bien qué clase de plática era la que tendrían. Imaginaba que lo que oía era sólo un prefacio, que su rey aún no llegaba a lo que en verdad destinaba a decirle, mas hizo nota mental, con profunda satisfacción, del calificativo "espléndido" dirigido a su persona y sus logros, y a la mención de los huesos del dragón oscuro, albergados en Plegia, no se contuvo de reaccionar. Su vista pasó también a ellos, buscando para revisar si desde allí se conseguía una perspectiva hacia la cabeza del esqueleto gigantesco o no. - Ohh sí, ¿como dejar de lado a papá? Le sienta bien tomar sol a esta hora. Cada día se le ve mejor. Descuida, que no me lo olvido. - Dijo, moviendo la mano hacia el fósil como si lo saludara. Nunca se le habían ocultados los hechos, que su verdadero padre no era otro sino el dios Grima, el mismo que allí fuera yacía, mientras que el sacerdote que la había criado no era más que uno adoptivo. Lo sabía, no dejaba de reconocerlo. Pero, si se lo preguntaban, necesitaría que llegara el día en que aquellos huesos se levantaran, le dieran un saco de regalos de cumpleaños atrasados y la trataran como su más querida antes de darse por contenta. Como fuera, había asuntos que tratar y había té, que aunque le diera calor sólo de pensarlo, dejado templar le vendría fantástico.

- ¡Gracias! - Se apresuró a despedir de esa forma al sirviente quien, en todo caso, no pareció prestarle gran atención, sólo realizando su reverencia usual antes de irse. Igualmente la joven se enfocó cuidadosamente tanto en lo que la pluma había terminado de poner en el papel, como en el punto al que llegaban las palabras de su anfitrión. Tomando su taza, no hizo más que permanecer soplando la superficie del líquido mientras oía a qué iba todo. Su mirada violeta, deambulante sobre el papel, se alzó considerablemente fija al oír el término "mejor estratega", contemplando si acaso el chico llamado Robin y la muchacha llamada Daraen estaban dentro de la comparativa, quedando de una buena vez bajo ella, o si sólo estaban fuera por su condición de perdidos. No obstante, ella misma se rehusaba a ahondar en ello. Sólo escuchó las preguntas del monarca, apuntadas a Regna Ferox, sin demorar su respuesta.

- ¿Pues con qué recursos, hombre? Regna Ferox está grande. 3 veces nosotros. Como lo mires, no nos alcanzaba el ejército, menos contra la plata y la gente de Altea. Me supongo que es por eso que nadie lo puso sobre la mesa tampoco. - Dijo, hablando desde lo que sabía mas con cierto aire contento, pues esa clase de enfoque y de asunto le entretenía bastante. En esa ambición de poseer, que ningún general plegiano había tenido en su momento, Gangrel sí le había sonado como el Rey Loco en público. Mejor. No sabía con certeza qué quería, qué pensaba, pero sí podía informarle en retrospectiva sobre todo ese asunto de las tierras feroxis, de los cambios en el mapa. - Peeeero... hay otra cosa con eso. - Comenzó, apoyando el dedo índice y medio sobre la masa de Regna Ferox en el mapa. - ¡Y esto es novedad! Te juro que Marc está redactando el informe, viene grueso, pero te explico en términos generales, porque cambia el panorama... -

Debía sintetizar las operaciones del último tiempo. Presentaba cierta dificultad, pues por un lado era pésima explicándose para otras personas, tan sólo sabía tomar apuntes para su propio entendimiento y carecía de paciencia, pero haría el intento y esperaría que el mayor le siguiera, cuanto menos superficialmente. Arrugando el entrecejo un poco y mirando con la cabeza ladeada el mapa, comenzó primero con lentitud. - Ya se sabe que hay como... una canilla libre de emergidos. Donde mueran unos miles, igual al rato aparecen otros. Mantienen número. Cuando los derrotan en un lugar, como mucho migran. Algo que probamos yo y mi hermano con el ejército de Nohr, que tenía armados como para disponer, fue chequear si se podía, ehhh... dar un empujón a esa migración, ¿captas? Ellos se metieron a dar un vistazo a Regna Ferox, y desde el otro lado también, desde Etruria. Yo probé en Ylisse a acarrearme algunos; desviarles la ruta una y otra vez, a ver si llegaban donde queríamos yyy... sí. - Tocó los países nombrados, y desde estos, moviendo los dedos como en una pantomima de caminar, trazó el simplificado paseo de los emergidos, a un punto común, un país rodeado de todos los anteriores. Ya más metida en su ritmo, la joven prosiguió. - Se les hizo llegar a todos a Hoshido. O sea, el menos seguro de esta gente de Naga, el más tumbable. Los emergidos que Altea echaba de Regna Ferox, los que migraban de Ylisse y los que se iban por mar desde Etruria libre, toooodos se encaminaron en fila a Hoshido, ¡y plaf! Todo lo que pelearon aquellos nos trabajó a favor. ¡En otras palabras, se hizo guerra contra Hoshido y se ganó sin meter un sólo hombre a pelear ahí! Ha-ha, tesis de estrategia confirmada. Tener un ejército no muy grande da más o menos lo mismo si la pelea la pueden hacer aquellos otros. - Expresó, apoyando el codo al borde de la mesa y, a su vez, su mentón sobra la palma de su mano, contenta consigo misma. Era un país Nagaista menos, el inicio de la unión entre grimleales y, en realidad más importante que todo eso, su verdadera prioridad, una buena victoria para ella y una ampliación de lo que era capaz de hacer. Aquella era la verdadera historia de lo que acababa de suceder con todos aquellos reinos. - Eso es lo que anduvimos haciendo nosotros con todo el asunto de Regna Ferox y blah, al menos. -
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Mensaje por Gangrel el Lun Ene 28, 2019 10:53 am

El jugar con lo de los recursos era algo que no gustaba al pragmático rey. Bien sabía que históricamente habían naciones diminutas capaces de destruir imperios si sus estrategas eran inteligentes. ¿Un ataque frontal? Pues no. Deberían cambiar y usar la guerra relámpago. De todas formas, por aquel entonces el rey no tenía forma de respaldar sus argumentos en aquel debate, pues todavía no había iniciado las campañas en Manster. Por eso mismo, por su falta de argumentos más allá de cosas tan lógicas como que si ellos ni podían cómo lo harían los alteanos, que eran la mitad de su reino, o que por qué no se pidió ayuda a Nohr, dejó el tema a un lado. Habían cosas mucho más importantes a las que prestar atención.

Si Morgan sería como un autor modernista en aquella conversación, Gangrel era claramente representante de la generación del 98. Veía las cosas mucho más oscuras y pesimistas, intentaba hacer dejar claro que no estaban ganando ni de lejos. Escuchar las palabras de la joven no le relajaba lo más mínimo. Ver el trato con el que esta se dirigía a él, menos. No le molestaba, todo lo contrario, era hasta agradable ver que su autoridad no era capaz de aterrarla, lo cual la volvía una buena estratega pues el nerviosismo no debería afectar a sus cálculos. Suspiró, tomando la taza de té con cuidado y soplando sobre ella antes de dar un pequeño sorbo. Sí, hacía un calor abrasador, pero qué más daba. Gangrel estaba acostumbrado a cosas mucho peores, y es que como rey había hecho más de un acto propagandístico en el que se había visto obligado a comer platos tan picantes y simplemente ardientes que pondrían de rodillas al más poderoso guerrero de Plegia. Un té un poco caliente no era nada.

-…Sea como sea, Morgan. Puedo permitir y tolerar que me trates como un igual, que al fin y al cabo lo soy. Pero por favor, un poco más de respeto al padre Grima. –declaró mientras dejaba con calma la taza de té donde estaba, mirando el humo que salía de este, saliendo hacia el cielo. Un espectáculo efímero, pero que una mente tan desordenada como la de Gangrel utilizaba como una forma de concentrarse en lo que estaba haciendo- Él ha hecho mucho para ser tratado de otra forma que no sea la de dios

Y es que para Gangrel insultar al Dragón Caído era un tema crítico. Lo respetaba más que nada, pues había sido un sacerdote del mismo el que le salvó la vida de pequeño. Y eso, a ojos del rey, significaba que aquel dragón había decidido ser piadoso con alguien tan minúsculo como lo era él de joven. Por eso mismo Plegia era una teocracia. Por eso mismo la iglesia tenía el poder que tenía. Pero ese tema tampoco los reunía ahí en ese momento. Lo dejaría para otro día, posiblemente hablaría con Marc, el inquisidor.

Ahora, quería escuchar ese informa sobre algo que la joven decía que cambiaría el transcurso y la forma de ver las cosas en el campo de batalla. Bueno. Eso sí podía ser interesante… Pero el pesimismo de Gangrel no iba a cambiar. Sabía perfectamente que parte de ser un buen rey era estar visualizando el peor de los escenarios constantemente, para tenerlo en cuenta y ser la voz de la razón que supuestamente no poseía como rey loco. Escuchó mientras aprovechaba para dar otro sorbo al té.

Y un grave error, porque al escuchar lo que dijo la joven, tuvo que girarse rápidamente para no escupirle el caliente líquido en el rostro. Normalmente, Gangrel lo tenía todo pensado, siempre estaba un paso por delante de cualquiera de sus estrategas, los cuales a veces ni sabían cómo demonios el rey había podido saber cuáles eran las formas correctas de desplegar a sus tropas. Esa vez, estaba totalmente desarmado intelectualmente hablando ante lo que dijo la joven.

Eso era un cambio muy grande a sus planes. Un nuevo panorama se abría. Un panorama en el que el humano, la estadística más difícil de tocar, se volvía más débil que otros pensamientos. ¿Y qué hizo Gangrel para festejar el recibimiento de aquella increíble nueva noticia? Levantarse rápidamente, empezando a caminar de lado a otro del desértico jardín mientras intentaba pensar qué hacer en ese momento. Y al final, decidió que lo más lógico y natural no era más que alejarse un poco más, dirigiéndose a los huesos del dragón que más cerca tenía para quedarse frente a ellos en silencio, dando la espalda a Morgan. Primero, empezó haciendo aparecer en su rostro una sonrisa.

Las cosas iban a cambiar mucho.

Y luego, súbitamente, aparecieron las risas. Una risa macabra. Una risa que parecía traer la muerte y el miedo a quienes la escuchaban, y es que no parecía humana. Como si un demonio se apoderase del cuerpo del monarca mientras duraba aquello, y es que hasta su gesticulación cambiaba, extendiendo los brazos al cielo mientras aumentaba la sonoridad de sus estridentes carcajadas. Se podía notar que temblaba. Extraño, pues parecía corresponderse más a los que haría una persona que llegaba al éxtasis que los convencionales temblores, causados por el cansancio o el temor. Para Gangrel, aquello era algo simplemente perfecto. Contaba con el apoyo más poderoso del imperio más poderoso. Los emergidos. Las risas cesaron repentinamente. Los brazos del rey cayeron de nuevo como si nunca hubieran estado alzados, y su rostro volvió a la completa indiferencia.

Volvió a girarse. Y su brazo volvió a alzarse diagonalmente hacia el cielo, haciendo el saludo a la romana protocolario del ejército. Había pasado del escepticismo a aquel extraño estado de felicidad.

-¡MUAJAJAJAJA! –sus risas volvieron a aparecer nuevamente, aunque esta vez se expandirían por menos tiempo, unos escasos segundos- Haber empezado por ahí, Morgan. ¡Así me gustan las cosas! –el rey volvería a su asiento todavía con una tenue sonrisa en su rostro, rascándose la perilla mientras pensaba cómo seguir hablando y retomar la seriedad anterior- Hay que aprovechar este recurso. Escúchame bien. Cedo temporalmente a la iglesia y más concretamente a TU persona una cien barcos de la armada plegiana, la más grande y fuerte del continente, para que repitas la operación nuevamente. Sindhu, Ylisse, Regna Ferox, Senay, Kilvas, Durban… Me da igual lo que tumbes mientras derrumbes algo… ¡Pero haberme hablado de esto antes! Los trámites a papel van lentos, prefiero las palabras a un escrito de tu hermano con doscientas páginas de información que al final voy a acabar leyendo en diagonal. ¡Eres mi preferida de los dos, sin duda! ¡Mi preferida he dicho! Y yo que pensaba echarte con una patada del palacio… –cerró la boca por unos minutos, mirándose las manos. Estaban temblando, tanto que ni era capaz de coger la pluma correctamente. Tuvo que tomar aire antes de seguir hablando- Dame más información sobre esa “alianza” con los emergidos, por favor. Y céntrate en eso, en la alianza con los emergidos. Me importa muy poco qué pintara o dejase de pintar Nohr en el asunto. Solo cuéntame detalles, las formas con las que se empujó el tráfico. ¡Y rápido, antes de que me de otro ataque de risa!
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Mensaje por Morgan el Dom Mar 31, 2019 7:36 pm

Respetar a papá. Lo entendía, más o menos, al menos en la parte teórica del asunto, pero cuando papá dejaba tantas carencias que suplir, era inevitable que los sentimientos de Morgan se volcaran por doquier. Podía respetar a papá Grima, estaba bien, asintió en señal de que lo haría con un alargado "síiiii" para complementar, pero el mismo Gangrel, por ejemplo, era un hombre de carne y hueso que al menos le podía decir, verbalmente y en el acto, que hiciera eso. El otro, nada. Más le servía el sacerdote, que al menos estaba ahí para darle palmadas en la cabeza. Más le llamaba la atención aquel Robin que se suponía que fuera Grima encarnado, en otras palabras, algo como papá en alma, pero vivo. Tenía un sentimiento más claro hacia todos aquellos hombres que representaban autoridades en su vida, que hacia los huesos y el concepto religioso. Pero ni tenía tanta claridad sentimental como para notar lo que le sucedía con esas cosas, ni lo habría expresado; sólo estaba ese innato empuje hacia aquellos que eran sus mayores.

Concluido lo que tenía para reportar, su atención fue llamada con rapidez por los gestos del rey, a quien por el rabillo del ojo había visto ponerse en pie como de a salto. Todavía con los codos apoyados en la mesa, la joven levantó la cabeza de los trazos en el mapa y se quedó siguiendo con la vista la figura que deambulaba de acá para allá. Solían serle ilegibles sus humores y esa vez no era excepción, dejándola parpadeando y dudando en si preguntarle en qué había pensado. Eso sí, el cambio repentino e impetuoso parecía prometer algo divertido. Resolvió aguardar un poco más, apoyando el mentón sobre una de sus manos y mirando los hombros de Gangrel comenzar a sacudirse un poco en risa. A fin de cuenta se permitió contagiar un poco de antemano, soltando una breve y aguda risilla propia desde su lugar, cubierta luego al llevarse la taza de té ya entibiado a los labios.

Tan de súbito como había empezado, el hombre dejó de reír. Morgan, quien ya estaba considerando echarse la chaqueta encima como una capa para salir de la sombra e ir a por él, no llegó a hacer más que bajar su taza y sacar los brazos de adentro de sus mangas, antes de que el mismo gobernante comenzara a volver tan aprisa como había partido, la cause de su alegraía saliendo al fin de sus labios. Igualmente se acomodó la chaqueta, capucha levantada para que el viento no le estorbara tanto el cabello y cubierta para cuando tuviera que andar bajo el sol, y con un golpecito de palma abierta en la mesa celebró.

- ¡Ha! ¡Que sí, que deberías apreciarme, hombre! No en todos lados hay una como yo, o sea... - Dijo, satisfecha pero reprochando con un casual apuntar del dedo los cuestionables comentarios del mayor sobre llamarla y echarla. Sí que era ambivalente y extraño a veces, pero si reconocía sus talentos, eso estaría bien. Riendo por toda la situación y el cambio tan amplio de ánimos, agregó: - A cambio, no le diré a Marc que no es el favorito. - Aunque su hermano, por seguro, no estaba en todas las carreras imaginarias que estaba ella por ganar en favoritismo y en competencias internas, desafortunadamente hecho un blanco automático al que Morgan tenía que mantener subyugado para estarse en paz. Era probable que él no le importase llevar cuenta porque no estaba compitiendo en nada, pero Morgan sí mantenía celosamente el estado de sus puntajes en la vida. Retomando enfoque en las cosas en que en verdad debería estar concentrándose, recapituló, pensativa.

- ¿Qué es eso de los barcos, oye? ¿No se están abasteciendo así como para viajar, el ejército? Ya me parecía... - Comentó. Últimamente el ejército parecía estar más activo, se habían empezado a mover recursos desde y hacia sus barcos, que Morgan no había siquiera visto desde que se habían acomodado tras la extraña paz con los emergidos. Desde ese punto, poco movimiento había tenido el ejército en sí, de forma independiente. No siempre se enteraba de los asuntos militares, pues no siempre le incumbían, pero aquello estaba bastante a la vista. Se imaginaba que el rey hablaba en impulso, pero debía ser por algo que mencionaba barcos. Como fuera, tenía información que darle todavía. - ¡Bueno! A ver cómo es la cosa. Pero calma, que te me emocionas. - Rió, estirando la mano para darle una palmada sobre el dorso de la ajena, que temblaba en tensión. A esos detalles sí podía decir que estaba acostumbrada. Respiró hondo, tamborileó los dedos sobre la mesa si acaso para llamar su propia atención de regreso a la misma y prosiguió. Ahora tenía la atención sobre su persona y era momento de aprovecharla. No había forma de disimular el tinte satisfecho que eso ponía en su sonrisa y el brillo motivado en sus ojos.

- Lo que se necesita para guiar donde será la próxima invasión emergida grande, de las que arrasan, es correrlos un poco de los países alrededor. Sólo un poco, y van solos. Digamos... ¿quieres que sea Regna Ferox el siguiente en irse abajo, por ejemplo? Que alguien expulse algunos de Jehanna, aunque sea ahuyentarlos lo suficiente como para que muevan el traste, lo mismo desde Chon'Sin y, ehh, Thracia, y así. Convergen sin falta en Regna Ferox y puff, lo mismo para cualquier otro caso. - Explicó, apuntando con el dedo cada cosa y teniendo que entornar la vista para leer algunas de las nomenclaturas de reinos. Su razonamiento funcionaba bien, pero sus problemas de memoria eran otro asunto y los nombres, así como los de las personas también, se le iban fácilmente cuando no eran de suma importancia. - Haciéndolo así Altea se podría también, en teoría, pero es difícil, porque no estamos en posición en que queramos pelear con nuestros emergidos para ahuyentarlos... - Se pasó la mano por el cabello, rascándose un poco la nuca. - También está la cosa de qué hacer después con cualquier sitio así de infestado de ellos. En sí estoy intentando controlarlos de forma más directa, pero hasta acá, lo que sabemos es esto. -
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Mensaje por Gangrel el Mar Abr 02, 2019 2:44 pm

Entonces… Ella también se había dado cuenta. Iba a resultar que más allá de esa pequeña de mente supuestamente más difusa que la tinta en un papel mojado, tenía una capacidad de percepción mucho mayor que muchos altos mandos del clero. Pero ya analizaría exactamente lo que conllevaba eso más tarde. Ahora estaba demasiado ocupado con una tarea de la máxima importancia para la nación. Una que podía anteponerse a todos sus otros deberes como monarca. ¿Y queréis saber cuál era? Pues obviamente…

Saltar sobre la silla con tanta intensidad y de una forma tan potente que en cualquier momento podría romperse, con una sonrisa en su rostro más parecida a la de un niño con un juguete nuevo que a la de un adulto. Si cualquiera de sus más fieles compañeros de batalla le hubiera visto de esa forma, posiblemente no hubiera dado crédito. ¡Pero qué más daba! ¡Tal noticia merecía una celebración digna! Y no había mejor forma que cargarse una silla de máxima calidad a base de golpes con su realísimo e imperial trasero. Además, parecía que la contraria también se mostraba optimista, lo que todavía contagiaba y emocionaba más al rey.

-¡Maravilloso, maravilloso! –decía sin razón alguna moviendo sus brazos de lado a lado, sin ningún tipo de coherencia con lo que contextualizaba la situación. Pero era cierto. Cien barcos era una cifra exagerada hasta para él- …Mph, cierto, cierto, ese proyecto secreto del que técnicamente no te debería estar hablando… Vamos a fingir que no sabes que los barcos se están movilizando pero aun así reduzco la recompensa a uno, ¿te parece bien? Ya sabes, porque yo tengo que imaginarme que mi servicio de inteligencia es diligente y no quiero tampoco empezar a cortar cabezas a diestro y siniestro –lo decía con tanta naturalidad que hasta asustaba. Sí. Era cierto, sus barcos estaban preparándose para cierta… “Sorpresa” que tenían preparada para los manstereños, también era cierto que había hecho lo imposible porque esto no saliera de las más altas esferas del ejército y que su último deseo es que esto llegara a los oídos de nadie. Más que nada, porque… ¿Y si la noticia llegaba a Altea, y este, en su condición de reino dracomante más poderoso de Akaneia, decidía conquistarlos antes? No lo podía permitir. Aunque para ello tuviera que hacer que rodaran cabezas- Y de esto ni una palabra a nadie… Y me plantearé regalarte también alguna de estas cosas que tanto os gustan a los jóvenes de hoy en día, como un virreinato. Sí, creo que un virreinato estaría bien.

Carraspeó. Poco a poco, volvía a recuperar su relativa cordura. Bien era cierto que en otro estallido podría perderla, sin embargo, debería intentar mantener ese estado cuanto más tiempo mejor. Así pues, con la intención de relajarse, volvería a dirigir la mirada al mapa, ignorando ese “diminuto” detalle que fue la palmadita en el hombro de la fémina (ya iban tres mujeres en lo que iba de año: la princesa Elise, Sarah, y Morgan. Más que en toda su vida) para observar con fría y analítica concentración los lugares que iba señalando.

Regna Ferox. No, demasiado grande. Altea… Mejor no. Como tocara ese reino, posiblemente, adelantaba en demasía una guerra mundial. Debería buscar otro objetivo más “simple” para su ejército. Algún reino pequeño, o en vital zona estratégica. Ya lo pensaría más adelante, pero podría ser… Thracia. Esa sería una buenísima zona de pruebas para los proyectos de ese dúo macabro, portador de desdicha para sus enemigos y una inigualable maldad. Ni siquiera tenían que mostrarlo: con solo mirar a esa fémina se percataba la extraña malicia que esta ocultaba en un manto de adorable y fingida juventud. Y esa oscuridad que nacía de su alma y tal vez su propio padre les había cedido… Era motivo más que suficiente como para hacer que Gangrel supiera que podía confiar en las decisiones de la fémina. Pero antes tendría que transmitirle las suyas propias.

-…Muy bien, Morgan. Escúchame. Lo que te diré a continuación debe ser totalmente secreto. Antes de seguir esta conversación, he de asegurarme que no dirás absolutamente nada a nadie, ni siquiera a tu sombra. ¿Nos queda claro? Seguro que sí, te veo valiente pero tampoco tanto como para –movió sus dedos sobre la mesa con nerviosismo, pero no el mismo que hacía segundos atrás. Era un movimiento de verdadera y pura preocupación. No quería contárselo a nadie. Pero debía. Todo fuera porque ese plan funcionara a la perfección. Además, sabía cómo era esa muchacha. Tal vez se olvidase a los diez minutos si conseguía distraerla posteriormente- …Digamos que esos lugares que ya has mencionado… Tienen su interés… Hacia mi persona. A ver si lo comprendes. Jehanna, Thracia… Son zonas que nos permitirían rodear en cierta forma a Ylisse y Altea, lo cual sería imposible de otra forma porque… Bueno, la toma de Regna Ferox les ha sido extremadamente útil –suspiró. Si él lo hubiera hecho antes, ahora mismo posiblemente estaría en las frías estepas de esa tierra festejándolo por todo lo alto, no ahí, con ese brutal y abrasador calor que si no fuera por su ya acostumbrada persona le hubiera hecho sufrir en demasía- Son el reino de mayor tamaño, y temo que sus ansias imperialistas les hagan poner sus ojos en nosotros. Tenemos un ejército eficiente, y los mejores estrategas del mundo conocido –le dedicó una cálida y enorgullecida mirada- Pero la cantidad supera a la calidad, más bien la destruye. Es una verdad tristemente cierta. Si quisiéramos… Defendernos, por decirlo de alguna forma, debemos tener bases en todos lados. En cada continente. Que la corona pueda resistir más allá de su hogar. Respecto a los emergidos… Pax Plegiana, querida. Que ese periodo se mantenga por todo mi reinado al menos con la marea gris es algo totalmente necesario. Podemos atacarles, pero con una condición: no pueden comunicarse. Si les atacamos, que sea un golpe, sin hacer cosquillas. Un golpe seco y directo. ¿Estamos de acuerdo? Si tenemos que atacar a un emergido, que sea de la forma más brutal y letal posible, pero también silenciosa.

Se calló por unos segundos, mirando el mapa. En él, su imaginación trazaba miles de líneas, movimientos de tropas a futuro para expandirse, entre ellos, su futuro gran ataque a Manster. Debía pensarlo todo milimétricamente. No podía permitirse ni un solo fallo.

Repentinamente, acarició la cabellera de la joven, sin mediar palabra, para luego volver a su cavilación unos segundos.

-Tú y tu hermano deberéis encargaros de la defensa del reino. Pero no solo eso. Quiero que se construya la mayor red de comunicaciones del mundo. Que llegue de Nohr a Daein, tener mensajeros y embajadores en todo país mínimamente fascista o semi-grimante. Y él estará al cargo de ella. Es inteligente y maquiavélico. Para ti… Reservaré lo divertido. Así pues, querida. ¿Quieres que te cuente en mayor detalle mi plan a futuro, o prefieres esperar y verlo con tus propios ojos?
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Mensaje por Morgan el Lun Jun 17, 2019 6:30 pm

Vaya escena para ver. La voz del rey al otro lado de la mesita hacía eco hacia al interior del salón. Morgan había tenido ocasión de conocer y trabajar con otros altos mandos, miembros de realeza extranjera y grandes generales, de momento contados en Daein, Nohr y Renais, y si bien una reunión con Gangrel era en extremo particular en contraste con todas las demás, podía aseverar que era entre todas en la que más se reía. De hecho, en las demás apenas había podido reír, mientras allí, en aquel mismo momento, comenzaba a hacerlo otra vez. Estaba escuchando y se le iban aclarando las perspectivas, esperaba que no se malentendiera esa atención y comprensión, pero era que había cosas irremediablemente graciosas y ella era incapaz de mantener rostro de piedra.

- ¡¿Qué idea es esa de los “jóvenes de hoy en día”, hombre?! - Dijo entre risas, su voz agudizada por efecto de lo mismo. Principalmente, eso era lo gracioso. Vaya forma de hacerse sonar puesto en años, que Gangrel lo estaba, le llevaba bastantes, pero aún así. Además, dudaba la estratega que muchos jóvenes en el mundo estuvieran pensando en virreinatos propios para sus primeras experiencias en administración de tierras. Aunque ese punto daba en qué pensar también. No estaba segura de qué clase de tierras o en qué posición pensaba el rey en darle, pero prefería lo del barco, en realidad. Echando cuan buenamente podía el pequeño acceso de risa, respiró hondo y respondió. - ¡Sólo con los recursos para hacer y usar estoy bien, gracias! No estoy lista para pararme en algún sitio, todavía hay mucho que estudiar e investigar por ahí, ¿sabes? - Lentamente recobró un tono parejo, si bien no del todo serio. Cierto era, en todo caso, que no se veía a sí misma deteniéndose o tomando responsabilidad por un lugar, cuando todavía cultivaba sus estudios estratégicos y su técnica de combate personal. - Pero, por lo demás, sé guardar secretos. Tranquilo. -

Menos mal que había cosas serias que tratar, cosas que forzaban a aterrizar y pensar lento, pues de lo contrario, ciertamente no sería Morgan quien calmara los ánimos, ni quien buscara bajar la exaltación del rey. En ese sentido, menos mal. En el pequeño espacio de silencio suspiró, echando con la exhalación sus ánimos para poder volver a volcarse en los mapas y lo que se discutía sobre ellos. Gangrel quería comentar algo de elevada importancia y de acorde secretismo. Los ojos violeta de la joven se alzaron con serio interés, mas una nota de inquietud también por aquella condición, la de no comentarlo ni con su sombra. Sombra tenía, se llamaba Marc y difícilmente era un individuo aparte, aunque claro, si algo tenía que ser perdido en el olvido, la mejor forma era decírselo a ella sin que pudiera remitirlo a él para que lo conservara. Era un poco extraño, pero asintió lentamente.

Tardó un tanto en comprender a qué iba el asunto; más que nada, porque no había pensado en Plegia “interesándose en zonas” hasta ese momento. Pero claro, para defenderse de sus enemigos nagaístas tenían que ser igual o más grandes que ellos, o cuanto menos estar posicionados estratégicamente, tenía sentido. Ser paranoicos con esas cosas no le hacía mal a nadie. Reaccionó con claro agrado al halago metido en medio, un endulzamiento efectivo, y escuchó aún más atenta, apoyando su mentón sobre su mano derecha. - Hecho, estamos de acuerdo. Las pruebas complicadas, las de tratar con más emergidos para chequear asuntos de comportamiento y reacción, fuera de casa. Si quiero ver algo puntual y rápido con uno a mano, aislo al conejillo de indias. - Concordó fácilmente. Era importante mantener aquella paz con las criaturas y hasta el momento no le había molestado moverse a tierras que no le importaran para hacer sus pruebas, tendría cuidado de seguir así. No quería meter la pata con la seguridad del reino. - Pero eso de las tierras alrededor de… -

Las preguntas que iba a formular fueron interrumpidas por el movimiento de la mano del mayor, que repentinamente pasó por su corta melena negra. No sacaba la vista de los mapas, pero en definitiva ese gesto que le daba podía calificarse como caricia. La invadió la impresión inexplicable de que había hecho algo bueno en especial, aunque nada precisa respecto a qué. Se enderezó por completo en su asiento, destellando de orgullo que no creía injustificado. Claro, no había perdido perspectiva de los asuntos discutidos y a la brevedad retomó; que pusieran encargados de la defensa local tenía un significado claro.

- ¡Vas a ir hasta ahí en persona..:! ¡Huh! - Dijo, sorprendida. Una cosa era mandar un batallón explorador, o de ayuda, o de captura de un objetivo o ciertos bienes particulares, otra cosa era que el rey se moviera. Había otro nombre para eso. Era un interés bastante importante el que tenía que tener en Jugdral o quién supiera donde más. - No, no, cuéntame todo. ¿Exactamente qué tan interesado estás en esas posiciones, eh? ¿Cuales exactamente? Lo otro se puede poner en marcha, seguro, pero no me pongas suspenso justo en eso. - Apoyó los dos codos en la mesa, cada mano sujetándose el antebrazo opuesto. Lo bueno era que la cosa se agrandaba bastante e incluía también a su gemelo ahora.
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Mensaje por Gangrel el Dom Jun 23, 2019 4:52 pm

De las guerras, del hambre, de la muerte, había aprendido muchas cosas. La primera de ellas, es que era imposible morir si te reías ante ellas. Y por eso mismo, solo por si acaso, era mejor no parar de reír una vez se empezaba. Esa era la idea de Gangrel al respecto. De Gangrel, ese hombre que si bien era el primero en imponer como ley el silencio absoluto en palacio, era el primero en pasársela por lugares innombrables cuando le apetecía. Como ese. Y es que simplemente, no podía ser más idóneo todo. Si seguía por esa línea, podría contar su plan a alguien más (lo cual no beneficiaba en nada, pero es que le gustaba fardar) y llevarlo a cabo con el mismo secretismo que en ese momento.

-Investigar… ¡Qué bonita palabra! No podría ser más apropiada con los intereses de Plegia… Y ya sabes que todas tus investigaciones van a ser cubiertas con el dinero de la corona, si es que así lo requirieses –acotó el rey, parando de reír por unos segundos… Y luego seguir haciéndolo como si nada- Pero en fin. Más te vale saber guardar secretos. Confío en ti

Pero para hablar y hacer que todo se entendiera mejor, necesitaría un mapa del mundo completo. Y si bien se conocía a la perfección el litoral plegiano, el del resto de estados era algo más… Complicado. Así que no tuvo más opción que chasquear un par de veces los dedos, haciendo así que un mayordomo apareciera ya con un mapa global en las manos, que extendió por la mesa en la que ambos estaban. Y es que los mayordomos de Gangrel debían anticiparse a todo, por eso mismo, en cuanto vieron a Morgan por ahí, posiblemente prepararon posibles utensilios para trazar una estrategia. En cuanto el mapa estaba bien desplegado, se le entregó al rey su pluma personal, pintada en rojo y ligeramente recortada para ser más cómoda y equilibrada, lo que producía que los trazos que esta dibujaba fueran terriblemente afilados y violentos. Junto a ella, un pequeño tintero rojo con tinta del mismo color, la favorita del rey. Se pondría manos a la obra con esa explicación en ese mismo instante.

-Si me prometes que vas a estar callada, hablaré. Así pues, pequeña… Veamos. Supongo que hablarte de cómo organizar la red de comunicación no te resultará ni la mitad de placentero que esto, así que… No te voy a mentir: a mí tampoco. ¡Por eso se lo dejaremos a Marc y nos quedaremos con lo que me parece divertido a mí! –dijo para luego proferir una larga carcajada, mientras comenzaba a mojar la punta de la pluma en tinta. En cuanto estuvo lo suficientemente húmeda, colocó con cuidado esta sobre Manster, comenzándola a rodear con un simple círculo- Esto es Manster, como bien debes saber. Una tierra rica en absolutamente todo lo que se necesita: fertilidad y bosques. Y muy pobre en algo que aquí sobra y ahí falta: seres vivos que los puedan explotar. Un lugar virgen que nos dará sustento para mil años. Y una vez nuestras tropas la hayan tomado… –comenzó a dibujar una serie de líneas rojas, apuntando todas ellas hacia Thracia- Los emergidos irán hacia ahí. Pero piénsalo… La amiga Nohr nos protegerá por arriba si fuera necesario y de verdad tanto tuviéramos que recular, y en el sur, las escasas tropas de ese reino deberían hacer frente a una amenaza sin precedentes: todos los emergidos de Manster irían hacía ahí. Y la tomaríamos si cayera. Con esto hecho… Para entrar en Jugdral desde el sur, sí o sí deberías pisar terreno plegiano. Mientras tanto… –ahora empezó a señalar el continente de Magvel, y concretamente, dibujó una exclamación sobre Carcino- Mi meta ideológica. Aniquilaremos esa vieja república y la convertiremos en un estado como el mío. Y luego… Iremos a por Jehanna, un desierto que si bien, en primera vista, no tiene demasiado que ofrecer… Mira esto –comenzó a dibujar un rectángulo entre los puntos que eran de posesión hipotéticamente plegiana en ese mapa: Carcino se conectaba con Jehanna, Jehanna con Thracia, Thracia con Manster y luego de nuevo Manster tocaba a Carcino. Se formaba así un rectángulo completamente asegurado de territorios indiscutiblemente plegianos. ¿Y qué significaba eso? Pues un estratega lo vería. Que para pasar por esos mares, se debería hacer frente a Plegia. Y sin su permiso, sería imposible atracar en puerto seguro- ¡Pero no solo esto! Observa, pues hay más. El centro del mapa… Sería nuestro. Y eso significa que en un hipotético caso de, supongamos, Durban hacia Plegia… Les sería imposible pasar las tropas por la vía rápida: tendrían que ir por debajo de Sindhu, y eso es molesto y nos daría demasiado tiempo para defendernos. Así pues, una ofensiva de Occidente hacia Plegia sería imposible. ¡PUM! Tras de eso, bastaría con amenazar suficiente a Sindhu para que nos diera un tratado según el cual nadie pudiera cruzar por su estrecho sur… Y ya. Inexpugnable. La mitad oriental del mapa estaría literalmente encerrada en territorio nohrio-plegiano. Ellos por el norte, nosotros por el sur y el centro. Pequeños territorios que marcarían la diferencia. ¡Pero basta de hablar yo! ¿Qué opinas tú de mi pequeño plan, Morgan?

Pongámonos técnicos (?:
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Hipotética realidad imaginada por Gangrel: el punto rojo marcado grande es Manster, el primer territorio a conquistar. La línea que rompe el mapa representa el bloque naval que podría realizar Plegia contra los países occidentales al controlar Magvel, las líneas negras pequeñas en Thracia representan un supuesto avance emergido para después apropiarse de ella. El cuadrado Thracia-Manster-Carcino-Jehanna representar una zona marítima totalmente Plegiana y las líneas rosas países grimantes. Déjale en su fantasía al pobre (?
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Mensaje por Morgan el Jue Jul 18, 2019 9:43 pm

Desde luego entendía cuando un cierto contexto requería preferentemente silencio, también cuando en serio era mejor callarse la boca. Y claro, cuando había algo por aprender, algo definitivamente en su rama de interés por tratarse de estrategia completamente real y planes tangibles, consideraba en definitiva mejor hacerlo. Asintiendo enérgicamente, levantó los codos unos momentos para que el mapa pudiera ser extendido por toda la mesa, para enseguida volver a apoyarlos, retomando la misma exacta postura. Si algo escapó de sus labios en ese entonces, fue sólo un involuntario “¡eea!” celebratorio cuando el rey declaró que la parte de poca acción iría a su gemelo y por tanto podía saltarse de aquella explicación, acompañado de un guiño y un gestito de apuntar en reconocimiento con el dedo índice. La estratega no tenía mucha idea de la edad de Gangrel, ni siquiera un número relativo, ni la década realmente, pero le parecía que no se entendía con jóvenes tan mal como se daba crédito.

Igualmente, su silencio se volvió enseguida hermético, cuando lo pesado del asunto comenzó. Lo cierto era que sabía poco y nada de Magvel; probablemente hubiese sabido más nombres y características de lugares antes de la amnesia, pero a usos y efectos era igual, nada venía a su mente al respecto en ese momento. De todos modos, atender a la explicación actual era suficiente para comprender lo que se decía. Pasándose una mano tras el cuello, se quedó con la vista gacha en el mapa a medida que el hombre dibujaba en rojo y más rojo, perdiendo la sonrisa a favor de una expresión concentrada. Lo que anticipaba de los movimientos emergidos era correcto, parecía haber entendido bien sus comportamientos. La ventaja de esos puntos se hacía clara también. Últimamente iba en aumento la cantidad de países que sucumbía por completo bajo las criaturas, los que podía alguien ambicioso pensar en tomar para mejor uso, pero esos en particular tenían sus convincentes puntos a favor. Y comparativamente a otros más grandes o mejor cuidados, podía llamárseles conquistas poco problemáticas. Sólo albergaba dudas de poder presionar a Sindhu a nada, algo había oído de habitantes manakete o preciosas reinas manakete por ahí que le olía a demasiada dedicación a Naga como para poder siquiera tocar la puerta, pero todo eso era secundario.

Aún cuando se le dio la palabra, tardó unos momentos en reaccionar, dando repaso a lo que veía. Tras ellos alzó la vista a cuenta nueva al rostro del mayor, apoyando el mentón sobre una de sus manos y sonriendo de medio lado, con gusto. - El cercado de puertos suena tan divertido. Todo el asunto es difícil de lograr, sigue siendo un montón de terreno que cubrir, ¡pero cómo quedaría de grimleal todo esto! - Dijo, pasando la mano sobre el área derecha del mapa, el Este del mundo. Sus dedos pronto cayeron de regreso a la superficie, uñas cortas tamborileando no por casualidad sobre un lugar particular. Gangrel habría nombrado un reino naval como ejemplo, mero ejemplo realmente, y si de ejemplos iban ella tenía otro para considerar, si bien bastante menos hipotético. - Aparte, de acuerdo, digamos que estalla más la cosa con Altea para ese entonces. Hombre, estarían tan rodeados… no podrían moverse para hacer prácticamente nada. - Comentó. El reino isleño estaría todavía unido a Ylisse, sí, y tendría su provincia, pero estaría cercado por todos lados de grimleales, a excepción del flanco de Valentia, donde no habría más que emergidos y tierra muerta. Un conveniente estado final para las cosas. Le gustaba la idea de que así quedara.

- Bueno, ¡así que por esto es que tenemos que quedarnos en Plegia! - Recapituló finalmente, enderezándose en su sitio. No era que hubiera mucho que hacer, los emergidos constituían sus defensas y así continuaría siendo mientras el ejército no estaba presente; se los podía organizar un poco, mas no comandar per se. Pero estarían ella y Marc ahí, igualmente. Su dedo índice dio un par de golpecitos sobre su mentón, con aire contemplativo y alegre. - Suena bien, suena bien. Querré echarme una vuelta por ahí en su momento-- ah, pero primero, bah, ahora, tendría que arreglar unas cosas con Marc. - Recordó. Tenía algunos asuntos suyos que seguir atendiendo, pero siempre podrían alternarse, arreglar en alguna forma. Además, el recuerdo del joven que era su calco en versión masculina le traía a la mente algo más, que agregó en voz baja enseguida. - Decía él, hace poco, algo de que venía “la gran noche”, o algo así iba a pasar. Me pregunto si… - Musitó. Todo era muy ominoso, y repentinamente todo mundo tenía planes trascendentales. Extraño asunto. Igualmente carecía de sensibilidad para lo abstracto y en mayor parte de superstición, por lo que acabó por encogerse de hombros, volviendo su atención y su semblante alegre una vez más al monarca. - Bueno, en fin. ¿Cuando partes, hm? Seguro será largo y extrañarás casa. Te alcanzaré un recuerdo antes, uno de esos amuletos o una bolsita con arena, o una funda para daga, capaz. Algo así. -

Spoiler:
Sshh que estuvo lindo e ilustrativo el mapa xDDD
Btw, último post tuyo y último mío pa' terminar? Lamento que este fuera tanto más lento que el otro!
Afiliación :
- PLEGIA -

Clase :
Grandmaster | Wyvern Rider

Cargo :
Estratega | Figura Sagrada (religión de Grima)

Autoridad :
★ ★ ★

Inventario :
Espada de plata [1]
Concoction [3]
Levin Sword [3]
Siegfried [4]
Espada de acero [4]
.

Support :
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Especialización :
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Experiencia :
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Gold :
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