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[Campaña de liberación] A dire situation [Priv. Gerhard]

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[Campaña de liberación] A dire situation [Priv. Gerhard]

Mensaje por Zephiel el Lun Nov 05, 2018 1:00 pm

Cuando el informante hizo su camino a través de los pasillos del castillo de Bern, escoltado por los guardias que protegían su interior, habría deseado no ser él quien informaba a su rey de una noticia tan alarmante. Las montañas, infranqueables a ojos del reino y sus habitantes, las cuales el escudo de su interior, habían sido atacadas. Y aún peor, pues no había sido una pequeña avanzada o una advertencia que pudieran prever, sino un asalto súbito e implacable, venido desde el cielo, el cual quienes habitaban la fortaleza no pudieron contener a tiempo. Habían apuntado específicamente a uno de los puestos más vulnerables de la frontera, pues aquel lugar aún estaba en proceso de reconstrucción, y sus habitantes recién se hacían camino a levantar los escombros para erguir allí un nuevo hogar.

Por suerte, los ciudadanos fueron resguardados casi en su totalidad fuera de los muros, y las bajas uniformadas lograron repeler al enemigo lo suficiente como para obtener detalles concretos sobre este último. El mismo había atacado por aire, pero también por tierra, suponiendo así que los emergidos habían estado preparando una emboscada desde hace días, o más. Aquellas criaturas eran capaces de sobrevivir sin atender necesidades humanas básicas, por lo que aquel ataque podría haber estado gestándose de hace semanas, a la espera del momento propicio de ejecutar un asalto.

Por supuesto, todo este acontecimiento vulneraba peligrosamente al reino de Bern, por tratarse de un ataque directo, pero más que eso, una amenaza que podría extenderse rápidamente si no la detenían antes de tiempo. Por lo tanto, la respuesta de Zephiel no se hizo esperar, pues no había vacilar en su decisión. Contrarrestarían el ataque de cualquier manera que fuera necesaria, y de esta forma retomarían el fuerte puesto en peligro, reforzando su presencia en las fronteras.  

Eso sí, el como llevarían a cabo esta empresa era un tema que requería discusión. Por lo tanto, no habiendo pasado medio día desde la noticia, Zephiel convocó a sus generales y demás subordinados alrededor del mapa de Bern. Buscando convencerse de alguna de sus opiniones y pensando además una propia, el monarca se vio interesado por la propuesta de su heraldo, Gerhard von Salz. En lo posible deseaba enfrentar el menor número de bajas posibles, por lo que una táctica de distracción podría terminar dando una resolución más favorable que un ataque directo o una emboscada. Teniendo esto en cuenta, Zephiel reunió su idea con los consejos de sus demás generales, quienes afirmaron que una buena táctica sería usar el sigilo sobre monturas aladas. Los wyvern tenían mayor posibilidad de pasar desapercibidos en la oportunidad de que no tuvieran que volar, pudiendo escalar por donde los caballos no podrían entre las rocas. Estos, a pie, servirían de distracción, pues atacarían un fortín cercano a las barracas conquistadas, todo con el motivo de atraer a las fuerzas enemigas hacia ese punto. Entonces el resultado dependería de a qué nivel pudiera caer el enemigo en la trampa; si enviaría gran parte de sus fuerzas hacia la distracción o si siquiera caería en ella. Si nada de esto resultaba, una retirada sería adecuada. De lo que estaban seguros era que los emergidos no los perseguirían si intentaban huir, pues su única ventaja estratégica era el lugar que habían tomado para ellos. Hasta donde sabían sus números no superaban de ninguna forma al grueso del ejército, por lo que dependían casi enteramente de su táctica.

Firme en su convicción, Zephiel ordenó partir tan pronto fuera posible. Los suministros fueron rápidamente recolectados, y los soldados escogidos con cautela, sin nunca sustraer tanto como para abandonar la capital desprotegida. Al amanecer del tercer día de haber sido alertados, el ejército de Bern emprendió camino a su objetivo, proyectando un viaje en el cual llegarían a su destino al atardecer.

Se abrieron camino entonces a las montañas del noreste, las cuales no eran empinadas, pero sí colosales. Pronto fueron testigos de la imagen de ambas construcciones a contraluz del sol. Allí era donde residían los invasores, y por lo tanto, donde debían prepararse. Zephiel, sobre su wyvern, alzo la voz a sus subordinados:

 - Lideraré el camino hacia el asentamiento principal, y esperaré la señal indicada. -reiteró su papel en aquella estratagema, esperando que de la misma forma su heraldo confirmara sus acciones.
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Re: [Campaña de liberación] A dire situation [Priv. Gerhard]

Mensaje por Gerhard von Salz el Lun Nov 05, 2018 4:28 pm

Negras nubes se aproximaban funestas sobre mi amada tierra, aquella a la que juré servir como descendiente de mi linaje, hombre, guerrero y siervo, por honra y sobre todo por el sentimiento cálido que su solo nombre despertaba en mi interior. Bern era otra vez blanco de la plaga, que aunque despojada ya del dulce soplo de la vida, se negaba a abandonar este mundo sin llevarnos antes a la perdición a todos aquellos que seguíamos con vida, guiados por los misteriosos designios de una fuerza que a nosotros se nos antojaba desconocida. Sin previo aviso, el enemigo se había valido de monturas aladas para abalanzarse sin reservas sobre una de nuestras ciudadelas, llevándose asimismo el control del pequeño fortín de suministros supeditado a la misma, generando algunas bajas, cuyas almas seguro se habían reunido con la Luz, pues valientemente habían comprado tiempo para que los civiles huyeran y para que nos llegaran mensajeros con las malas nuevas.

Ni corto ni perezoso, nuestro señor Zephiel, hijo de Desmond y rey de Bern, había llamado a consejo de guerra a sus oficiales de mayor confianza, entre los que se encontraba un servidor, Gerhard von Salz, alférez y heraldo real por la gracia de su majestad, para tratar la crisis a la mayor brevedad posible. Sin perder el tiempo con formalidades, los consejeros y generales lanzaban sus bravatas y posibles órdenes, mas ninguna parecía ser del agrado del monarca, el cual me figuraba que trataba de rebanarse los sesos tratando de dar con la respuesta. Y así, alcé la voz, dando a conocer la táctica que yo, en frente de aquel mapa y vestido de gala y no para la guerra, ideé, buscando servir a mi país y a su gente.

Mi señor pareció harto complacido con aquella estrategia, por lo que, sin demora, dio orden de partir al frente. Tras el tiempo necesario para reunir a los hombres y la logística previa a la campaña militar, comenzamos a movernos, pasando a adoptar la marcha pertinente. Apenas nos plantamos allí tres días después del aviso, pues no estábamos dispuestos a que las abyectas aberraciones que conformaban el grueso del ejército enemigo pusieran un pie más allá de aquellos lares.

Decididos a retomar la posición y expulsar al invasor, detuvimos la marcha, situados ya entre las escarpadas cimas de las montañas de Bern, las cuales, majestuosas mas despiadadas, dibujaban sombras enormes a ambos lados de nuestra formación súbitamente frenada por orden de su majestad. Frente a nosotros podíamos ver la silueta del fortín y la ciudadela, ensombrecidas al menos a mis ojos, que sabía que se encontraban mancilladas por el toque de los emergidos. La furia me invadió al pensar en los anteriores ataques de estas bestias sin alma, que ni hambre, dolor, miedo ni amor sienten por nada ni nadie, apretando con fuerza las riendas de mi fiel yegua grisácea, Duermevela, que me había transportado a duras penas por el amasijo de senderos de montaña, pasos rocosos y acantilados que nos habíamos encontrado a nuestro paso.

El fortín parecía lejano, situado en alto, controlando todas las zonas circundantes, mas sin ser esa su verdadera función, la cual era servir de almacén a la ciudadela situada más abajo. De muros consistentes, no demasiado altos aunque de piedra, planta rectangular, y poseyendo una torre vigía provista de una campana de bronce puro, casi parecía una pequeña fortaleza, o al menos un puesto de mando. Mas cierto detalle revelaba sin duda que no era un edificio adaptado a la defensa, pues sus entradas, una situada en la muralla norte y otra en su contraria, eran resguardadas por puertas de madera, no rejas de metal con mecanismo. Ahí estaba la falla que aprovecharía para conquistarlo sin demasiadas bajas ni tardar días en un asedio. Ese era mi objetivo.

Fui a observar la ciudadela, mas fui de repente interrumpido por la grave voz de nuestro monarca, dando la orden de prepararse.

Situado yo a su lado, ya ataviado con toda la armazón que me recubría cual segunda y acerina piel, y pertrechado, asentí con rotundidad, tras lo que giré mi cabeza para responderle.

-Mi señor, por nuestra parte, ascenderemos en dirección a la muralla sur, como habíamos pactado-expuse de manera clara, pasando a mesarme el bigote observando mi destino. -¡Hombres de Bern, preparad las armas y el poste, partimos de inmediato!-bramé dirigiéndome a mis tropas de infantería, los cuales, armados con lanzas, espadas y habiendo arqueros entre ellos, empezaron a ponerse en formación mientras otros preparaban el ariete que nos habíamos traído de la capital, un enorme poste de madera remachado en hierro que necesitaba de diez hombres para ser usado.

Cuando los preparativos fueron completados, realicé una reverencia con la cabeza a mi rey, y pasé a vanguardia, llevando a los míos camino al fortín, mientras oraba en silencio por la seguridad de todos aquellos hombres que, de forma voluntaria, se habían mostrado decididos a hacer de cebo en la distracción. No podía fallarles, pasara lo que pasara.

Marchamos en formación rectangular, a paso ligero, llevando con nosotros dos enseñas al viento, como dictaba la tradición, siendo la primera la de Bern y la segunda la perteneciente a mi linaje, mostrando el escudo de mi familia, siendo este de fondo oro, partido, y mostrando dos jabalíes que no se miran y una maza dorada en el centro. Pasamos a situarnos a poca distancia de la muralla meridional, viendo cómo algunos emergidos situados en las estrechas almenas se movían de un lado a otro, como si nos hubieran visto, obviamente. A una señal de mi diestra, sonaron los tambores de guerra, mientras la marcha proseguía, retumbando en nuestros corazones aquel ritmo enérgico y firme que nos introducía a todos los presentes en el frenesí salvaje y desgarrador de la batalla, subiendo nuestra sangre a la cabeza y dándonos valor donde sólo vemos penuria, volviéndonos guerreros sin par. Así son los hombres de Bern, y así se lo íbamos hacer saber, mediante el combate que se libraría en breve.

-¡Arqueros preparados!-vociferé dando órdenes, oyendo el crujir de la madera al tensarse la cuerda. -¡Armas en ristre, soldados! ¡Recordad las órdenes y el entrenamiento, pero aún más a vuestras familias!

Agarré el cuerno de guerra que usaba para dar comienzo a las batallas con firmeza, alzándolo cerca de mi rostro.

-¡¡Ni monstruos, ni tinieblas!!-rugí citando un lema de la lucha contra los emergidos.

-¡¡¡Sólo Beeeeeeeern!!!-gritamos los hombres del rey, todos al unísono, dispuestos a perder la vida en aquel mismo paso.

Y mientras avanzábamos, dando comienzo a la contienda, soplé dos veces de forma larga el cuerno, dando la señal al rey de que todo había comenzado.

Muerte o liberación.


El escudo de los von Salz:
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Re: [Campaña de liberación] A dire situation [Priv. Gerhard]

Mensaje por Zephiel el Dom Nov 11, 2018 11:16 pm

La estrategia que se llevaría a cabo sería en toda regla una apuesta, una que ponía en juego no solo la vida de al menos un centenar de hombres, sino las fronteras mismas del reino, y con ello la estabilidad de su interior, que apenas se reconstruía sobre sus cimientos y temía nuevamente el arrastre inclemente de aquel ejército sin vida, el cual los aquejaba ya desde hace años. Un descuido; dejar que el tiempo pasara a sus anchas, cualquier nimiedad podía ser la que traería el peligro a su pueblo, y así su desdicha. Zephiel era consciente de esto, y por lo mismo debía de poner su entera confianza en lo que a su alrededor ocurría, sobre todo en quien entonces daría el primer paso para poder comenzar aquella estrategia. Observando la marcha de quienes asaltarían el torreón cercano, Zephiel sintió gran e inmensa seguridad, y podría decirse que incluso orgullo al contemplar la recuperación de su ejército en todo su esplendor. Este no era sino el mejor reflejo de sus esfuerzos, y si así correspondía, si así dictaba el destino de aquella nación, saldrían victoriosos ese día, y el corazón de Bern salvaría sano una vez más.

Inspiró una sola vez, desligando su mirada de aquel grupo, el cual marchaba junto con el arma de asedio, para dirigirla entonces a quienes a él lo acompañarían. Eran jinetes adiestrados y feroces, los más hábiles que podrían encontrarse de entre quienes surcaban los cielos a lomos de un wyvern. Acostumbrados estos últimos al trato silencioso de su rey, tan solo bastó para ellos que este último asintiera para ponerse en marcha, ajenos al grito de guerra de aquellos otros hombres, que osaban atraer la atención de su enemigo. Zephiel por supuesto compartía la presteza en el vuelo de sus acompañantes, y sería quien lideraría el camino, pues en él depositaban gran y enorme confianza.

Los wyvern, criaturas orgullosas, de un tamaño considerable y nativas de las escarpadas alturas montañosas, podían moverse con una facilidad de la que pocas otras criaturas eran capaces. Usando sus cuatro patas, pegados al suelo y replegadas sus alas, se movilizaron no en línea recta, sino dispares, rodeando todo lo posible el asentamiento perdido a manos de los emergidos. Siempre y cuando mantuvieran su distancia y se cubrieran tras las rocas no serían vistos, mas era una tarea difícil teniendo en cuenta que el fuerte y sus vigías se encontraban a mayor altura, por lo que debían recurrir al agarre vertical de las bestias a la piedra, característico de ellas, para poder ocultarse. Era una maniobra peligrosa, la cual sería aún más difícil si las sillas de los jinetes no hubieran estado preparadas para sostenerlos en ese ángulo, pues si dependían solo se su fuerza para sujetarse a los lomos de los reptiles, probablemente hubieran caído. En fin, así quienes seguían a Zephiel lograron encerrar a la ciudad en una circunferencia invisible, quizá muy dispersa, pero pudiendo ignorar este detalle siendo que podían elevarse con rapidez y así llegar al objetivo. Puestos en sus posiciones, tan solo quedaba esperar la señal del primer escuadrón, el cuerno que les permitía avanzar, o les advertiría de retroceder. Entonces , entre ellos solo guardaban el más profundo silencio, cuidadosos de no mover siquiera un músculo, y precavidos de mantener a sus bestias controladas.
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Re: [Campaña de liberación] A dire situation [Priv. Gerhard]

Mensaje por Gerhard von Salz el Lun Nov 12, 2018 11:22 pm

Música, si la queréis:


Silbaban amenazantes las saetas que caían a mansalva sobrevolando nuestra formación, oscureciendo el cielo con la trayectoria perniciosa, pues ávidas de nuestra sangre se precipitaban a escasos metros de nuestra vanguardia, donde marchaban amenazadores aquellos valientes que, sin tener un ápice de siquiera de miedo, elevaban sus escudos para proteger la integridad de las demás tropas, en un muro de acero, sudor, ideales y, sobre todo, estoicismo. Yo mismo me encontraba en el centro de aquella tapia protectora, pues había bajado de mi yegua instándola a retroceder a continuación, elevando con orgullo el escudo de hierro en tarja que, labrado y endurecido por el paso de los años, portaba la misma figura que, majestuosa, ondeaba al viento sobre nosotros, transportando el rugido de los jabalíes al inicio de la que sería una cruenta batalla. Caían las salvas como si de un diluvio se tratara, quebrándose al contacto, componiendo macabro ritmo al chocar contra el frente, sin causar bajas de momento. Notaba zumbar mis oídos ante el desagradable sonido, a la vez que sentía cómo la respiración se me cortaba durante el silbido previo a la caída, implorando a Santa Elimine que, por su gracia infinita, mis buenos hombres no cayeran ante las acometidas de los arqueros enemigos. Apretaba el paso siendo yo el conductor de dicha táctica, avanzando la formación paso a paso, tratando de absorber las flechas que, incansables, nos llovían desde las almenas del fortín, para que no cayeran en los que transportaban el ariete que nos permitiría sitiar el lugar.

"Necesitamos acercarnos más", pensé levantando la vista, con el brazo izquierdo en alto para protegerme la cabeza y el cuerpo, a la vez que obstaculizaba la vista del oponente. Tras nosotros andaban pesadamente los hombres del poste, y en hilera aún más atrás, nuestros arqueros, que esperaban ansiosos la señal para disparar, como así revelaban sus manos nerviosas y la vista en alto, susurrando suponía yo a la Santa que les diera precisión en sus disparos.

Los emergidos, por su parte, salían a las almenas haciéndonos sufrir mientras avanzábamos con sus fatales disparos, todos al unísono, guiados por uno al que apenas distinguía que les daba la señal para que dispararan, demostrando ser organizados, profesionales y raudos en su cometido, pues apenas nos dejaban respiro entre salvas, siendo yo el primero al que el brazo le ardía horrores por los golpes absorbidos con este mientras trataba de llevar a los míos a la victoria. Suspiré algo frustrado tras oír el crujido de los arcos enemigos, pisando con la diestra firmemente el terreno, afianzándome en este mientras vociferaba presa del calor que me provocaba la escaramuza.

-¡Aguantad, hijos de Bern! ¡Una vez más!

Levanté el escudo, formando un muro mientras todos los demás lo levantaban tras de mí, bloqueando las punzadas que buscaban nuestros cuerpos. Mas la guerra no es perfecta, y menos lo fue mi movimiento, pues en un descuido una flecha pasó rozando mi escudo a destiempo, pasando a una pulgada de mi rostro desnudo, pues carecía de yelmo, cortando mi pómulo derecho en una molesta franja de la que empezaba a gotera sangre, mientras sentía arder mi mejilla y el corazón se me aceleraba oprimiendo mi pecho oculto tras la pesada coraza que portaba. Fue en ese mismo instante en el que pude, mientras el fuego inundaba mi rostro encendido cómo, al fin, nos situábamos a una distancia perfecta para el inicio del asedio, vislumbrando entonces el portón de forma clara y la forma de los soldados enemigos en las murallas aledañas.

-¡¡Arquerooos!! ¡Disparad, voto a brío!-grité con toda la fuerza de la que disponían mis pulmones.

Oí crujir los arcos a la vez que notaba la euforia recorrer a mis hombres, pues detrás de mí no sólo los arqueros se movilizaban, pues las tropas de asedio asían el poste con vehemencia, pasando a pegarse a nosotros rápidamente, mientras yo, alzando mi acero por encima de mi cabeza, movía a las tropas defensoras alrededor del ariete, protegiéndolo en férreo abrazo.

-¡¡Gloria a Beeern!!-pude escuchar a la vez que los arcos escupían la primera salva de flechas que, hambrientas de carne emergida, nos sobrevolaron en ángulo alto, alcanzando las almenas con contundencia.

Alcé el rostro riendo ampliamente, casi como si de un rugido se tratara. pues, repentinamente, sentía la batalla tornarse a nuestro favor. Esos bastardos caían pesadamente de os muros ante la lluvia de proyectiles, pues no poseían escudos vivientes como nosotros para paliar las bajas. Mas no iban a rendirse, eso estaba claro. La presión aumentaba conforme acortábamos distancias, provocando que, frente a mis ojos, uno de los soldados de mi compañía, a mi derecha, cayera abatido por un par de flechas caídas de forma malévola sobre los huecos de su coraza en la zona del cuello. Mientras él perecía a mi lado, estupefacto pude ver como, mientras sus ojos perdían lentamente el brillo de la vida a la vez que la sangre brotaba tímidamente resbalando por la parte alta de la pechera, sus labios se movían susurrando moribundos un nombre, perdido en el fragor de la batalla. Mas, aunque sus labios dijeran una cosa, su mirada, aunque se le escapara la vida entre los dedos, iba dirigida a mí, y decía otra bien distinta: "Ganad por mí".

Rugí como sólo una bestia en plena acometida lo hubiera hecho, enarbolando mi espada frente a las puertas, llegando al punto en el que, apartándome, daba ánimos al ariete, dirigiendo una mirada furibunda a la par que mi rostro se descomponía en salvaje grito y sudor.

-¡¡QUE CAIGAN LAS PUERTAS!!

-¡¡¡AAAAAAAARGH!!!-bramamos unidos en un solo ser como si, de forma acertada, no fuéramos hombres, sino jabalíes en plena carga que, frenéticos, daban fin a la batida que les acosaba.

Y en medio del incesante caos que se agolpaba frente a los muros, destacó un enorme golpe, como si de un mazazo se tratase, seguido del crujir de la madera, el temblor de las almenas y el chirriar de las bisagras que, estridentes, anunciaban el clamor que luego se produciría. La puerta había caído.
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Re: [Campaña de liberación] A dire situation [Priv. Gerhard]

Mensaje por Zephiel el Lun Nov 26, 2018 8:45 am

Los vigías, que dentro de la ciudad observaban desde la altura de sus torres, pronto se vieron alertados por la conmoción que acaecía al fortín cercano, sin duda ya comunicando a todos los otros alrededor del inminente ataque de Bern.  Por supuesto, a pesar de que desde un principio fuera su objetivo lograrlo, la gran alerta que nació de ellos no sería ventajosa para el monarca, quien aún esperaba la oportunidad de avanzar hacia dentro de la ciudad, aguardando el momento propicio junto a los otros jinetes en que las fuerzas enemigas se desplazaran fuera de esta. Los wyvern se mostraban debidamente inquietos, pues cualquier mala maniobra o ruido innecesario era capaz de llamar la atención hacia ellos, poniendo en peligro la manera en que se sostenían a la roca y, con ello, sus vidas.

Realmente, una flecha no era más peligrosa para un wyvern que para un caballo. Sin embargo, cualquier cosa capaz de hacerles daño e interrumpir su vuelo, o en este caso, desequilibrar su agarre del borde de la montaña, podía significar caer hacia el vacío,  y así terminar la vida tanto del animal como de su jinete con menos esfuerzo a intentar enfrentarlos directamente. Era de saber que un wyvern es menos grácil en el vuelo que un pegaso, por ejemplo, y fácilmente los primeros pueden verse desequilibrados si no poseen una superficie de la cual impulsarse o sostenerse de vez en cuando.

Por eso, temiendo permanecer en el mismo lugar sin refrescar su posición, y sin poder actuar más que esperando, Zephiel interrumpió aquella táctica para así llamar a movilizarse hacia la retaguardia de la ciudad, la cual estaba junto al borde del risco, de tal forma que podrían escalar por el muro una vez el ataque del primer escuadrón hubiera concluido y así emboscar el interior de la ciudad más rápida y fàcilmente. Moverse era una maniobra muy peligrosa, pero los beneficios tácticos que traería hacerlo lo justificaban.

Sin embargo, la situación no pudo sino complicarse, pues incluso desde esta distancia fue posible oír la caída de las puertas frente al arma de asedio. Zephiel no pudo evitar sonreír al saber que habían tenido éxito, mas sus ojos no se distrajeron tanto como para descuidar la reacción de los vigías, los cuales vociferaron entre ellos en aquel idioma incomprensible, alertando a sus iguales. Entonces, las puertas de la ciudad también se habían abierto, o al menos eso podía oír. Era un hecho que también se movilizaban, pero en el caso de los emergidos, debían estar ya agolpando fuerzas para contraatacar la invasión lejana. La ciudad, por supuesto, debía estar colmada igual que un nido de ratones por sus enemigos. Podía ser que, al enfrentarse a ellos, su heraldo no tuviera más opción que anunciar una retirada. Esto dependía enteramente de cómo defendieran el fuerte que estaban a punto de reclamar, y qué tan rápido actuaran sus jinetes y él mismo para atacar y así dividir las fuerzas emergidas.

El rey, una vez estando detrás de las fortificaciones, ordenó que sus bestias comenzaran a trepar la roca, igual como lo haría un insecto, de forma silenciosa e inaparente. Se movían lento; los wyvern, por supuesto, hacían un esfuerzo que no podría traducirse en la batalla. Incluso su montura, una amenazante criatura de escamas cyan, y una corpulencia suficiente como para cargar con su jinete y arma, emitía quejidos disconformes al tener que aferrarse a los bloques de piedra del muro. La consecuencia de esto era que, una vez dentro, deberían dejar a las bestias a sus anchas a pos de luchar a pie, si es que no sobreexplotaban la fuerza de un par de ellos para que se elevaran y acabaran con la vida de los arqueros vigías. Aparte de eso, las criaturas tenían la habilidad de luchar como bestias desatadas lado a lado de sus guerreros, sin embargo preferían conservarlos para el transporte, pues una criatura alada caída en el fragor de la batalla era tan de lamentar como la muerte misma de un soldado, sino peor, al menos en la consciencia del ejército de Bern.

Era entonces solo un juego de espera, el cual culminaría una vez oyera la señal del cuerno, la cual esperaba con unas ansias inabarcables.
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Re: [Campaña de liberación] A dire situation [Priv. Gerhard]

Mensaje por Gerhard von Salz el Lun Nov 26, 2018 8:34 pm

El ensordecedor crujido de la puerta al caer al suelo resonó con fuerza en las inmediaciones del fortín, haciendo que mi interior se estremeciera de pura emoción ante lo que significaba el comienzo de la verdadera batalla. Sentí cómo mi interior era sacudido por una fuerte sensación de vigor, acentuada por los gritos y vítores de mis hombres que, eufóricos, veían caer el portón ante el contundente arrojo de sus compañeros. El polvo se alzó durante unos instantes, cegándonos en el éxtasis previo al choque de aceros y voluntades, ansiosos por entrar en batalla, hambrientos como lobos de la sangre del enemigo en aquella toma que ponía en juego lo que más amábamos. Levanté la cabeza, irguiéndome a la vanguardia de las tropas, espada en mano y con el escudo en ristre, dando dos pasos largos.Entrecerrando los ojos, me preparé para comandarlos en la siguiente acometida, la que daría por decidido el resultado de esta temeraria maniobra. Mi brazo izquierdo temblaba horrores debido al esfuerzo de cargar el escudo ante semejantes y maliciosas salvas, y la garganta estaba seca de tanto bramar órdenes a destajo, mas sólo se trataban de detalles sin importancia. Sin tiempo para remilgos, la primera línea avanzó dejándome en el centro de una fila que, alzando los escudos, formábamos un muro férreo que a la par que protección nos ofrecía la inhumana fuerza de un ariete en acometida. Como me temía, pude ver entre la polvareda el motivo por el que, en aquel momento, las almenas habían perdido a todos los arqueros enemigos. Ni siquiera pude permitirme el lujo de maldecir en voz alta mi suerte, pues antes de que me diera tiempo a recomponer el resuello, ya podía ver que, en un ejercicio de táctica encomiable, un destacamento enemigo nos aguardaba tras el umbral vacío, en el patio, enarbolando picas en ristre, preparados para ensartarnos nada más nos acercásemos. Aquella fila nos esperaba como un erizo, silenciosa toda ella, llevando los seres que la componían antiguos petos y corazas, yelmos desgastados y jubones maltrechos por el inexorable paso del tiempo, contrastando el decadente y añejo panorama con el fuego rojizo que, de manera casi enfermiza, brillaba en las cuencas de aquellas bestias invasoras.

Tragué saliva e inhalé profundamente, mientras, en mi mente rogaba con todas mis fuerzas que se me diera el brío necesario para atravesar aquella formación y a los que hubiera tras ella antes de que los refuerzos enemigos llegaran. Apreté mi espada susurrando rezos, mientras podía oír cómo mis hombres recitaban salmos y plegarias, deseando que, en su gracia salvadora, Elimine les dejara volver a casa tras esta empresa. Un simple ruego, lleno de esperanza, que algunos no podrían ver cumplido. Llevé mi espada al escudo, golpeándolo con fuerza repetidas veces, haciéndolo sonar cual tambor de guerra, instando a mis hombres a seguirme en la carga que se avecinaba.

-¡Escudos al frente! ¡Arriiiiiba!-ordené gritando a pleno pulmón.

Podía ver cómo el enemigo se preparaba a su forma para el ataque mientras mis hombres alzaban sus escudos frente a ellos, señal inequívoca de que comenzaba la carga, dando un paso sincronizado al frente, buscando cerrarnos todavía más la longitud de la carga, queriendo debilitar la misma con astucia. Enfoqué mi vista entonces en la retaguardia enemiga, protegida por los piqueros, donde, sin atisbo de duda, vislumbré lo que parecía ser un oficial entre los emergidos, a juzgar por los plumajes de su penacho y el estandarte que, de heráldica desconocida para mí, le definía con su blasón.

-¡Arqueros y hombres en la retaguardia!-empecé a gritar-A la entrada al fortín ¡alzaos sobre las almenas, y haced sonar la campana!

-¡¡Sí, señor!!-oí satisfecho detrás de mí.

Levanté mi espada sobre mi cabeza y haciendo un marcado tajo al frente, di un paso hacia delante, dando comienzo a la acometida que nos introduciría de lleno en medio de los emergidos.

-¡Cargaaaaaaaaaaaad!

Los pasos y gritos de mis soldados empezaron a resonar con fuerza en mis oídos, pues a la zaga seguían mis pasos acorazados, alcanzándome en plena carrera, acortando la distancia entre los dos bandos. Alcé la espada con vehemencia, mientras todo mi cuerpo se revolvía intensamente fruto de la presión y violencia a la que nos sometíamos en aquel choque a la desesperada contra la formación de picas. Puse mi escudo enfrente de mí con firmeza, mientras poco a poco los pasos de mis aliados y el tintineo de las armaduras y armas eran eclipsados por el latir de mi corazón, que apagaba incluso el rugido feroz que salía a borbotones de mi propia garganta. Caímos cual martillo sobre ellos, quebrando picas ante nuestro avance vertiginoso, haciendo añicos la estrategia usando la más pura brutalidad, chocando nuestros cuerpos custodiados con acero contra las armas enemigas buscando romperlas. El caos de aquella vorágine que es la guerra pronto se vio sumido en las tinieblas, pues mi conciencia, alterada por la batalla, pasó a desaparecer en el momento justo del choque pues, mientras mi escudo quebraba por la mitad la pica del emergido que tenía enfrente, apartando la punta de la misma, y yo adelantaba mi acero en una estocada buscando atravesar su muerto rostro, abrazaba yo al furor salvaje del combate, hundiendo por un tiempo uno de los rasgos que más definen al ser humano: la piedad.
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Re: [Campaña de liberación] A dire situation [Priv. Gerhard]

Mensaje por Zephiel el Dom Dic 16, 2018 5:29 pm

Un murmullo surgió por detrás de sí, la voz de uno de sus jinetes, la cual apenas se le hizo audible.

- Al menos, deberíamos debilitarlos... ahora que abandonan. La señal, puede que no puedan darla...

Zephiel no contesto a esta falta de fe, por no distraerse en una opinión sin fruto, pero también por no hallar una verdadera respuesta a su insinuación. Entonces se encontraban literalmente en una encrucijada, por lo que toda opción parecía posible, incluso si no lo era en miras de su plan. ¿Qué haría? La distracción estaba tardando más de lo normal. Los otros no se comunicaban ni advertían de su éxito o derrota, ¿Qué sucedía? Zephiel deseaba todo menos actuar irracionalmente ante la crisis, careciendo aún de la señal que buscaba. Sería un despropósito a su plan, a estar ya allí, en posición. Su heraldo... ¿Había realmente planeado una buena estrategia, debería de haber confiado en su juicio?

Mirando hacia arriba, el grupo dio cuenta de que el vigía bajo el cual esperaban abandonaba rápidamente su posición. Quizás podía ser la oportunidad perfecta para movilizarse, pero ¿Y si era lo contrario? ¿Y si en verdad los habían visto ya y no se habían percatado de ello? Si así era, debían de matar al vigía antes de que advirtiera lo que ocurría a los demás. La estrategia pendía de un hilo, al no poder saber ellos lo que realmente ocurría lejos de aquellas rocas.

Zephiel no dudó y trepó con su wyvern por la piedra, elevándose en vuelo brevemente y tan solo un poco, confiando en que no lo notarían, así yendo en persecución del emergido. Zephiel hizo a su montura caber como fuera entre las aberturas de la torre, así alcanzando el wyvern a atrapar con sus fauces al enemigo, dando espacio a Zephiel para desenvainar su espada y acabarlo en ese mismo instante. Si no se hubiera movido así de rápido para eliminarlo, no hubieran llegado mucho más lejos, detenidos y vulnerables al ataque de los arqueros. Zephiel era quizás pragmático y eficiente, pero entonces, pendiendo su sigilo de un hilo, incluso llegaba a envidiar la oportunidad de enfrentar al enemigo directamente tan como lo hacía el otro escuadrón, allá en el fortín lejano.

Si ya estaba dentro, debía de minimizar la posibilidad de que los descubrieran lo máximo posible, por lo que se aproximó al exterior, viendo a los demás jinetes sostenidos de forma vertical al muro, y los incitó a penetrar dentro de ellos. Si escalaban y descansaban a nivel de suelo ya dentro del asentamiento, podrían esconderse entre las edificaciones y los destrozos que allí habían, pudiendo permitirse así un punto más estratégico para iniciar el ataque cuando la señal viniera finalmente a ellos. Sus soldados obedecieron sin rechistar pues sus bestias estaban ya cansadas de afirmarse a la roca, probablemente sin poder sostenerse por mucho más tiempo. Entraron igual que su rey, sin dejarse ver ni oír, aprovechando el desinterés del enemigo, quien se encontraba absorto en agolpar fuerzas para contraatacar a [i]los invasores[i], comenzando a emprender ya camino en dirección los hombres de Bern que intentaban reclamar el fuerte.

Zephiel descendió también, concentrado como nunca antes de que sus movimientos fueran pocos, silenciosos y eficientes. Su wyvern descendió en rápido picado, minimizando el estruendo de su caída al agarrarse a la pared de la torre antes de tocar el suelo, permitiendo a Zephiel bajar con cuidado para reunirse con los otros. Una vez allí era su deber reafirmar la convicción de sus hombres con sus palabras, siendo que ya estaban sumergidos de lleno en el territorio enemigo.

- Esta no es sino el momento que más requiere de nuestro esfuerzo, aguardar aquí, apropiarnos, si es posible, de todo el espacio que nuestros enemigos no ven. Los wyvern, el mío incuso, son testimonio de que viviremos. No dejen que las bestias caigan en batalla. -terminó por decir, ganándose la mirada seria y decidida de sus súbditos. Ahora estaban todavía más cerca de retomar la ciudad de las garras de aquellos demonios.
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Re: [Campaña de liberación] A dire situation [Priv. Gerhard]

Mensaje por Gerhard von Salz el Sáb Dic 29, 2018 1:15 am

Caía el sudor por mi rostro, enrojecido y manchado por el polvo levantado tras el choque de pelotones a las mismas puertas del fortín, fluyendo como un reguero que bañaba mi armadura, otrora brillante y ahora impura pues, teñida de la sangre espesa y ennegrecida de los enemigos, jamás conservaría la grandeza de antaño. Jadeante, aprovechaba un mero instante de paz en medio de la refriega para coger aire, mientras mis hombres, valerosos y entregados, empujaban a los muertos al interior, buscando ganar la plaza velozmente. Habíamos pivotado la formación prestos, en pos de poder controlar desde fuera la posición del enemigo que, si habíamos conseguido nuestro objetivo, se hallaría preparándose para venir al rescate de la posición comprometida. Habíamos sufrido algunas bajas, como era de esperar, pero la destreza de los abanderados de Bern no era algo que se pudiera subestimar, por el amor de la Santa pues, en menos de lo previsto, la batalla se estaba tornando a nuestro favor. El chocar del acero llegaba  a mis oídos, mezclado con el vociferante lamento de los hombres y bestias combatientes que, en medio de aquel caos, se batían a muerte, desesperados cada cual con su causa, si es que las abominaciones armadas poseían una como tal. Aquellos seres habían empezado a replegarse, buscando cobijo en las almenas, que se hallaban ya devastadas por el efecto de las salvas que, diestramente, nuestros saeteros hacían caer sobre ellos con una gracia que, en este momento, se me antojaba salvadora. Este era el momento. Si avanzaba raudo, introduciendo al grueso completo de la tropa, podía realizar el movimiento que, por fin, pondría en marcha al férreo y poderoso monarca, dándonos así la verdadera y absoluta victoria y, al menos a su Majestad, una hazaña más en los libros de historia, por la fuerza de su brazo.

Alcé mi acero algo ajado por los tajos y cuchilladas propinados, y lo dirigí hacia el interior de los muros, señalando con contundencia.

-¡¡Ahora!! ¡¡A resguardo!! ¡¡A resguaaardo!!-ordené a los arqueros y hombres que no formaban parte de la carga inicial. -¡¡¡Al interior!!! ¡Tomad la fortaleza!

La reacción no se hizo esperar. Veloces cual gamos, echaron los arcos al hombro y echaron a correr, camino al interior de la plaza de armas, deseando apoyar a los hombres que, en aquel momento, luchaban con arrojo por todos nosotros. Me uní ansioso a la carga, liderando la acometida escudo en mano, buscando arrasar con todo aquel incauto enemigo que se me cruzara, pues no había tiempo que perder. En la plaza de armas, parecía ganado el asalto. Los cadáveres emergidos se hallaban dispersos por el suelo, rebanados o travesados sus cuerpos, machacados por la marcha que, impetuosa, les había pasado por encima. Busqué con la vista rápidamente al entrar la manera de subir a las almenas, hallando una escalera de piedra que, por suerte, en aquel momento no se hallaba bloqueada por el duelo que se daba en la otra escalinata, pues los emergidos que habían retrocedido trataban de formar un muro de escudos, sin demasiado éxito a juzgar por los sonoros mandoblazos que, ni cortos ni perezosos, soltaban algunos de los nuestros, reventando soleras como quien aplasta uvas.

Aprovechando la distracción, subimos a las almenas como pudimos, ya con el resuello fuera, pues la coraza me pesaba horrores, al igual que el escudo, ya que mi brazo izquierdo, que había visto tiempos mejores, se hallaba ya en las últimas, de tanto revés desafortunado que habían tratado de propinarme. Ya con los pies puestos en el duro suelo de sillares y en lo alto de las almenas, pude ver cómo se las gastaban aquellos abyectos guerreros que, por lo visto, habían tenido a bien atrincherarse en la posición que más deseaba de aquella empeñada localización: la campana de alerta. Y a fe mía, una de cal y una de arena me daban en ese momento. El malnacido oficial que vislumbré entre los piqueros no había vuelto a la muerte, por desgracia, pues, en medio del choque,se había escurrido para dar más órdenes a los suyos, o lo que hicieran entre ellos esos malditos. Y frente a nosotros se encontraba tamaño y retorcido monstruo, protegido por una decena de soldaduchos de pocamonta que parecían estar muy dispuestos en defender la posición y en hacer sonar la campana a las bravas. Era parte del plan, desde luego, pero si era demasiado pronto...puede que acabáramos todos degollados antes de que nos diéramos cuenta.

-Maldito sea el penacho del muerto-exclamé, lanzando conjuras. -¡¡A mí las flechas, señores!! ¡Cúbranme a mi señal!

Quise ser más rápido pero, de forma funesta, la campana fue tañida, de forma grave y cruel, pues su sonido, lejos de ser algo armonioso, en aquel momento era como la última nota discordante de una marcha fúnebre. Miré una vez en dirección a la ciudadela, donde, para mi sorpresa, empezaba a haber movimiento, pues, si no me engañaban mis cansados ojos, las puertas se abrían y los emergidos en marea marchaban como alma que lleva el diablo camino arriba, desesperados.
Envainé la espada y, en un gesto rápido, mientras los muertos se daban cuenta de nuestra presencia, saqué del cinto el bello y ornamentado cuerno que, en prenda, me había otorgado el monarca, tan inmaculado y regio como su misma figura. Lo llevé  a mis labios y, con todas las fuerzas que me quedaban, lo hice sonar, dando un bramido largo y solemne, mientras lo alzaba al cielo. Y tras esa, la segunda tonada, más grave que la primera, señal inequívoca de que era el momento de que el rey se alzara sobre ellos, en su máximo esplendor. Tras guardar el cuerno, desenvainé, oyendo las arengas de mis soldados que, en el otro lado, parecían haber abierto una brecha en el tapón formado en la escalera.

-¡Adelante, hijos de Bern! ¡Rodarán sus cabezas por la gloria de los nuestros!-grité, escudo en alto mientras las flechas silbaban sobre mi cabeza y mi corazón, encogido, dedicaba una plegaria silenciosa a aquellos por los que, en aquel momento, actuábamos de cebo.
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Re: [Campaña de liberación] A dire situation [Priv. Gerhard]

Mensaje por Zephiel el Miér Ene 09, 2019 11:41 pm

Primero las campanas, las cuales en verdad no imaginaba oír, ni antes ni después, ni nunca. Zephiel llegó a creer que el peligro se estrechaba contra él al no oír de sus súbditos los bramidos del cuerno, el cual le advertiría de comenzar ya su ataque. Sin embargo, entonces encontrando ya una gran dificultad en aquella hazaña, fue que aquel rugido se le hizo presente. Y luego, por segunda vez. En esa ocasión pareció el tronar de una bestia enorme y lejana, y por un momento Zephiel tuvo la intención de mirar a los cielos, siendo parado solo por su razón. No debía de distraerse, pues era el momento de atacar, y sus jinetes también lo sabían. El monarca indicó rápidamente la maniobra que utilizarían: subir a las alturas y atacar por sorpresa a quienes, en la peor de las situaciones, podrían castigarlos desde esa posición con saetas, o alertando de su presencia antes de tiempo. Los wyvern se separaron por entre las venas de la ciudad, y con gran coordinación, escalaron hacia los tejados como víboras hambrientas, otros, a las torres, atrapando a los vigías, quienes ya no podrían advertir a las defensas que los abandonaban de lo que ocurría.

Zephiel, yendo sobre su propia montura, buscó la torre vigía que portaba, igual que en el fuerte lejano, una campana, y descendió del animal una vez pudo subir. El emergido, quien aguardaba en su posición, no sospechó el inminente asalto, y por lo mismo no fue capaz de tronar aquel enorme cuenco de metal a tiempo. Zephiel cargó contra él con la fuerza de una roca, atropellándolo y haciéndolo caer al suelo, lugar donde pisó su pecho y alzó su espada, atravesándole la cabeza a dejar caer su filo. La campana se hallaba entonces en su completa posesión, manchada de la sangre de la criatura a la que había acabado de matar. Y con la cuerda de la misma en mano, afinó la vista hacia las tropas enemigas, las cuales entonces caminaban hacia el fortín lejano, ignorantes del silencioso asalto que los soldados de Bern habían llevado a cabo a sus espaldas. El rey sabía que debía esperar para alertarles de su presencia, conociendo que ponía en peligro la vida de aquellos soldados, de su heraldo entre ellos. Sin embargo, así debía ser, pues sus jinetes tenían antes primero órdenes de eliminar hasta el último emergido que aún navegara los pasajes de aquel asentamiento. Y una vez acabaran al enemigo desde dentro, podrían apropiarse de los muros como debían, y así dejar a las tropas emergidas sin ninguna protección.

Zephiel esperaba. Mantenía el oído atento, observaba sus alrededores. Escuchaba los gritos de combate, el chocar de lanzas contra cuerpos, las embestidas de las bestias. Hubo un momento en que notó a sus jinetes reunirse en pos de combatir a un número par de emergidos, los últimos que ofrecían resistencia a aquella invasión, sin poder escapar, siendo que les habían acorralado lejos de las puertas y cualquier otra vía de escape. No quedaba mucho tiempo, eso sí, para que el monstruoso refuerzo emergido chocara de lleno contra los allí puestos soldados de Bern. Zephiel no tenía otra opción, pues una vez lejos, no los confundiría ni los incitaría a regresar. El rey sostuvo con aún más fuerza aquella cuerda y, puestos sus ojos sobre la superficie platina de aquella campana, usó todo el poder de su brazo para tronar la señal de alarma, la cual chocó como un alarido pavoroso, tal como debía ser. Y continuó llamando al enemigo con un aire cada vez más desesperado, confiando en transmitir la más suplicante urgencia.

Y entonces, ocurrió lo que quería. Los monstruos inhumanos detuvieron su andar, su atención dividida entre el fortín, del cual claramente podían adivinar una acalorado combate, y la aparente tranquilidad de los muros en su retaguardia. Zephiel estaba seguro de que los emergidos no podían traicionarse a sí mismos, simplemente no eran capaces. Estaba seguro de que todos y cada uno de ellos pensaba como una unidad, como un grupo inseparable, y por lo mismo el tronar de su campana solo podía significar dos cosas. O estaban siendo invadidos y habían logrado alertar a tiempo, o una fuerza distinta a ellos se había apoderado de la alarma. Fuera cual fuera la situación, no cabía duda de que los necesitaban allí para recuperar el fuerte, no había margen de error en esa lógica. Sin embargo, si no avanzaban, el combate más vivo caería en favor de Bern. Por eso no hubo movimiento, quizás un leve e instintivo retroceso, pero no más. Habían caído en la trampa.

Zephiel dejó de sonar la campana, la cual ya había clamado suficiente, y prefirió dirigir su atención hacia dentro del asentamiento, lugar donde sus soldados combatían aún. Frunció el ceño al afirmarse hacia los bordes, pues notó a uno de sus jinetes muertos en la tierra, y junto a él, su bestia moribunda, la cual probablemente ya no tenía manera de ser salvada. Zephiel, alertado por esta realidad, buscó inmediatamente a su montura con la vista, hallándola reposando contra un tejado cercano, aún así alertada por el combate que se desarrollaba. Los demás wyvern de Bern volaban en lo alto, controlados por sus jinetes, aprovechando así la habilidad del vuelo para superar a los enemigos en tierra. Si aparecía un arquero iban inmediatamente por él primero, sin embargo ya viéndose una casualidad en aquella arriesgada maniobra. Viendo esto, el monarca no estaba seguro de sí unirse a ellos en el vuelo o combatir de otra forma, temiendo verdaderamente que el gran número de tropas en el exterior regresara en ese preciso momento.
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