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[Campaña de liberación] A dire situation [Priv. Gerhard]

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Mensaje por Zephiel el Lun Nov 05, 2018 1:00 pm

Cuando el informante hizo su camino a través de los pasillos del castillo de Bern, escoltado por los guardias que protegían su interior, habría deseado no ser él quien informaba a su rey de una noticia tan alarmante. Las montañas, infranqueables a ojos del reino y sus habitantes, las cuales el escudo de su interior, habían sido atacadas. Y aún peor, pues no había sido una pequeña avanzada o una advertencia que pudieran prever, sino un asalto súbito e implacable, venido desde el cielo, el cual quienes habitaban la fortaleza no pudieron contener a tiempo. Habían apuntado específicamente a uno de los puestos más vulnerables de la frontera, pues aquel lugar aún estaba en proceso de reconstrucción, y sus habitantes recién se hacían camino a levantar los escombros para erguir allí un nuevo hogar.

Por suerte, los ciudadanos fueron resguardados casi en su totalidad fuera de los muros, y las bajas uniformadas lograron repeler al enemigo lo suficiente como para obtener detalles concretos sobre este último. El mismo había atacado por aire, pero también por tierra, suponiendo así que los emergidos habían estado preparando una emboscada desde hace días, o más. Aquellas criaturas eran capaces de sobrevivir sin atender necesidades humanas básicas, por lo que aquel ataque podría haber estado gestándose de hace semanas, a la espera del momento propicio de ejecutar un asalto.

Por supuesto, todo este acontecimiento vulneraba peligrosamente al reino de Bern, por tratarse de un ataque directo, pero más que eso, una amenaza que podría extenderse rápidamente si no la detenían antes de tiempo. Por lo tanto, la respuesta de Zephiel no se hizo esperar, pues no había vacilar en su decisión. Contrarrestarían el ataque de cualquier manera que fuera necesaria, y de esta forma retomarían el fuerte puesto en peligro, reforzando su presencia en las fronteras.  

Eso sí, el como llevarían a cabo esta empresa era un tema que requería discusión. Por lo tanto, no habiendo pasado medio día desde la noticia, Zephiel convocó a sus generales y demás subordinados alrededor del mapa de Bern. Buscando convencerse de alguna de sus opiniones y pensando además una propia, el monarca se vio interesado por la propuesta de su heraldo, Gerhard von Salz. En lo posible deseaba enfrentar el menor número de bajas posibles, por lo que una táctica de distracción podría terminar dando una resolución más favorable que un ataque directo o una emboscada. Teniendo esto en cuenta, Zephiel reunió su idea con los consejos de sus demás generales, quienes afirmaron que una buena táctica sería usar el sigilo sobre monturas aladas. Los wyvern tenían mayor posibilidad de pasar desapercibidos en la oportunidad de que no tuvieran que volar, pudiendo escalar por donde los caballos no podrían entre las rocas. Estos, a pie, servirían de distracción, pues atacarían un fortín cercano a las barracas conquistadas, todo con el motivo de atraer a las fuerzas enemigas hacia ese punto. Entonces el resultado dependería de a qué nivel pudiera caer el enemigo en la trampa; si enviaría gran parte de sus fuerzas hacia la distracción o si siquiera caería en ella. Si nada de esto resultaba, una retirada sería adecuada. De lo que estaban seguros era que los emergidos no los perseguirían si intentaban huir, pues su única ventaja estratégica era el lugar que habían tomado para ellos. Hasta donde sabían sus números no superaban de ninguna forma al grueso del ejército, por lo que dependían casi enteramente de su táctica.

Firme en su convicción, Zephiel ordenó partir tan pronto fuera posible. Los suministros fueron rápidamente recolectados, y los soldados escogidos con cautela, sin nunca sustraer tanto como para abandonar la capital desprotegida. Al amanecer del tercer día de haber sido alertados, el ejército de Bern emprendió camino a su objetivo, proyectando un viaje en el cual llegarían a su destino al atardecer.

Se abrieron camino entonces a las montañas del noreste, las cuales no eran empinadas, pero sí colosales. Pronto fueron testigos de la imagen de ambas construcciones a contraluz del sol. Allí era donde residían los invasores, y por lo tanto, donde debían prepararse. Zephiel, sobre su wyvern, alzo la voz a sus subordinados:

 - Lideraré el camino hacia el asentamiento principal, y esperaré la señal indicada. -reiteró su papel en aquella estratagema, esperando que de la misma forma su heraldo confirmara sus acciones.
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Mensaje por Invitado el Lun Nov 05, 2018 4:28 pm

Negras nubes se aproximaban funestas sobre mi amada tierra, aquella a la que juré servir como descendiente de mi linaje, hombre, guerrero y siervo, por honra y sobre todo por el sentimiento cálido que su solo nombre despertaba en mi interior. Bern era otra vez blanco de la plaga, que aunque despojada ya del dulce soplo de la vida, se negaba a abandonar este mundo sin llevarnos antes a la perdición a todos aquellos que seguíamos con vida, guiados por los misteriosos designios de una fuerza que a nosotros se nos antojaba desconocida. Sin previo aviso, el enemigo se había valido de monturas aladas para abalanzarse sin reservas sobre una de nuestras ciudadelas, llevándose asimismo el control del pequeño fortín de suministros supeditado a la misma, generando algunas bajas, cuyas almas seguro se habían reunido con la Luz, pues valientemente habían comprado tiempo para que los civiles huyeran y para que nos llegaran mensajeros con las malas nuevas.

Ni corto ni perezoso, nuestro señor Zephiel, hijo de Desmond y rey de Bern, había llamado a consejo de guerra a sus oficiales de mayor confianza, entre los que se encontraba un servidor, Gerhard von Salz, alférez y heraldo real por la gracia de su majestad, para tratar la crisis a la mayor brevedad posible. Sin perder el tiempo con formalidades, los consejeros y generales lanzaban sus bravatas y posibles órdenes, mas ninguna parecía ser del agrado del monarca, el cual me figuraba que trataba de rebanarse los sesos tratando de dar con la respuesta. Y así, alcé la voz, dando a conocer la táctica que yo, en frente de aquel mapa y vestido de gala y no para la guerra, ideé, buscando servir a mi país y a su gente.

Mi señor pareció harto complacido con aquella estrategia, por lo que, sin demora, dio orden de partir al frente. Tras el tiempo necesario para reunir a los hombres y la logística previa a la campaña militar, comenzamos a movernos, pasando a adoptar la marcha pertinente. Apenas nos plantamos allí tres días después del aviso, pues no estábamos dispuestos a que las abyectas aberraciones que conformaban el grueso del ejército enemigo pusieran un pie más allá de aquellos lares.

Decididos a retomar la posición y expulsar al invasor, detuvimos la marcha, situados ya entre las escarpadas cimas de las montañas de Bern, las cuales, majestuosas mas despiadadas, dibujaban sombras enormes a ambos lados de nuestra formación súbitamente frenada por orden de su majestad. Frente a nosotros podíamos ver la silueta del fortín y la ciudadela, ensombrecidas al menos a mis ojos, que sabía que se encontraban mancilladas por el toque de los emergidos. La furia me invadió al pensar en los anteriores ataques de estas bestias sin alma, que ni hambre, dolor, miedo ni amor sienten por nada ni nadie, apretando con fuerza las riendas de mi fiel yegua grisácea, Duermevela, que me había transportado a duras penas por el amasijo de senderos de montaña, pasos rocosos y acantilados que nos habíamos encontrado a nuestro paso.

El fortín parecía lejano, situado en alto, controlando todas las zonas circundantes, mas sin ser esa su verdadera función, la cual era servir de almacén a la ciudadela situada más abajo. De muros consistentes, no demasiado altos aunque de piedra, planta rectangular, y poseyendo una torre vigía provista de una campana de bronce puro, casi parecía una pequeña fortaleza, o al menos un puesto de mando. Mas cierto detalle revelaba sin duda que no era un edificio adaptado a la defensa, pues sus entradas, una situada en la muralla norte y otra en su contraria, eran resguardadas por puertas de madera, no rejas de metal con mecanismo. Ahí estaba la falla que aprovecharía para conquistarlo sin demasiadas bajas ni tardar días en un asedio. Ese era mi objetivo.

Fui a observar la ciudadela, mas fui de repente interrumpido por la grave voz de nuestro monarca, dando la orden de prepararse.

Situado yo a su lado, ya ataviado con toda la armazón que me recubría cual segunda y acerina piel, y pertrechado, asentí con rotundidad, tras lo que giré mi cabeza para responderle.

-Mi señor, por nuestra parte, ascenderemos en dirección a la muralla sur, como habíamos pactado-expuse de manera clara, pasando a mesarme el bigote observando mi destino. -¡Hombres de Bern, preparad las armas y el poste, partimos de inmediato!-bramé dirigiéndome a mis tropas de infantería, los cuales, armados con lanzas, espadas y habiendo arqueros entre ellos, empezaron a ponerse en formación mientras otros preparaban el ariete que nos habíamos traído de la capital, un enorme poste de madera remachado en hierro que necesitaba de diez hombres para ser usado.

Cuando los preparativos fueron completados, realicé una reverencia con la cabeza a mi rey, y pasé a vanguardia, llevando a los míos camino al fortín, mientras oraba en silencio por la seguridad de todos aquellos hombres que, de forma voluntaria, se habían mostrado decididos a hacer de cebo en la distracción. No podía fallarles, pasara lo que pasara.

Marchamos en formación rectangular, a paso ligero, llevando con nosotros dos enseñas al viento, como dictaba la tradición, siendo la primera la de Bern y la segunda la perteneciente a mi linaje, mostrando el escudo de mi familia, siendo este de fondo oro, partido, y mostrando dos jabalíes que no se miran y una maza dorada en el centro. Pasamos a situarnos a poca distancia de la muralla meridional, viendo cómo algunos emergidos situados en las estrechas almenas se movían de un lado a otro, como si nos hubieran visto, obviamente. A una señal de mi diestra, sonaron los tambores de guerra, mientras la marcha proseguía, retumbando en nuestros corazones aquel ritmo enérgico y firme que nos introducía a todos los presentes en el frenesí salvaje y desgarrador de la batalla, subiendo nuestra sangre a la cabeza y dándonos valor donde sólo vemos penuria, volviéndonos guerreros sin par. Así son los hombres de Bern, y así se lo íbamos hacer saber, mediante el combate que se libraría en breve.

-¡Arqueros preparados!-vociferé dando órdenes, oyendo el crujir de la madera al tensarse la cuerda. -¡Armas en ristre, soldados! ¡Recordad las órdenes y el entrenamiento, pero aún más a vuestras familias!

Agarré el cuerno de guerra que usaba para dar comienzo a las batallas con firmeza, alzándolo cerca de mi rostro.

-¡¡Ni monstruos, ni tinieblas!!-rugí citando un lema de la lucha contra los emergidos.

-¡¡¡Sólo Beeeeeeeern!!!-gritamos los hombres del rey, todos al unísono, dispuestos a perder la vida en aquel mismo paso.

Y mientras avanzábamos, dando comienzo a la contienda, soplé dos veces de forma larga el cuerno, dando la señal al rey de que todo había comenzado.

Muerte o liberación.


El escudo de los von Salz:
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Mensaje por Zephiel el Dom Nov 11, 2018 11:16 pm

La estrategia que se llevaría a cabo sería en toda regla una apuesta, una que ponía en juego no solo la vida de al menos un centenar de hombres, sino las fronteras mismas del reino, y con ello la estabilidad de su interior, que apenas se reconstruía sobre sus cimientos y temía nuevamente el arrastre inclemente de aquel ejército sin vida, el cual los aquejaba ya desde hace años. Un descuido; dejar que el tiempo pasara a sus anchas, cualquier nimiedad podía ser la que traería el peligro a su pueblo, y así su desdicha. Zephiel era consciente de esto, y por lo mismo debía de poner su entera confianza en lo que a su alrededor ocurría, sobre todo en quien entonces daría el primer paso para poder comenzar aquella estrategia. Observando la marcha de quienes asaltarían el torreón cercano, Zephiel sintió gran e inmensa seguridad, y podría decirse que incluso orgullo al contemplar la recuperación de su ejército en todo su esplendor. Este no era sino el mejor reflejo de sus esfuerzos, y si así correspondía, si así dictaba el destino de aquella nación, saldrían victoriosos ese día, y el corazón de Bern salvaría sano una vez más.

Inspiró una sola vez, desligando su mirada de aquel grupo, el cual marchaba junto con el arma de asedio, para dirigirla entonces a quienes a él lo acompañarían. Eran jinetes adiestrados y feroces, los más hábiles que podrían encontrarse de entre quienes surcaban los cielos a lomos de un wyvern. Acostumbrados estos últimos al trato silencioso de su rey, tan solo bastó para ellos que este último asintiera para ponerse en marcha, ajenos al grito de guerra de aquellos otros hombres, que osaban atraer la atención de su enemigo. Zephiel por supuesto compartía la presteza en el vuelo de sus acompañantes, y sería quien lideraría el camino, pues en él depositaban gran y enorme confianza.

Los wyvern, criaturas orgullosas, de un tamaño considerable y nativas de las escarpadas alturas montañosas, podían moverse con una facilidad de la que pocas otras criaturas eran capaces. Usando sus cuatro patas, pegados al suelo y replegadas sus alas, se movilizaron no en línea recta, sino dispares, rodeando todo lo posible el asentamiento perdido a manos de los emergidos. Siempre y cuando mantuvieran su distancia y se cubrieran tras las rocas no serían vistos, mas era una tarea difícil teniendo en cuenta que el fuerte y sus vigías se encontraban a mayor altura, por lo que debían recurrir al agarre vertical de las bestias a la piedra, característico de ellas, para poder ocultarse. Era una maniobra peligrosa, la cual sería aún más difícil si las sillas de los jinetes no hubieran estado preparadas para sostenerlos en ese ángulo, pues si dependían solo se su fuerza para sujetarse a los lomos de los reptiles, probablemente hubieran caído. En fin, así quienes seguían a Zephiel lograron encerrar a la ciudad en una circunferencia invisible, quizá muy dispersa, pero pudiendo ignorar este detalle siendo que podían elevarse con rapidez y así llegar al objetivo. Puestos en sus posiciones, tan solo quedaba esperar la señal del primer escuadrón, el cuerno que les permitía avanzar, o les advertiría de retroceder. Entonces , entre ellos solo guardaban el más profundo silencio, cuidadosos de no mover siquiera un músculo, y precavidos de mantener a sus bestias controladas.
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Mensaje por Invitado el Lun Nov 12, 2018 11:22 pm

Música, si la queréis:


Silbaban amenazantes las saetas que caían a mansalva sobrevolando nuestra formación, oscureciendo el cielo con la trayectoria perniciosa, pues ávidas de nuestra sangre se precipitaban a escasos metros de nuestra vanguardia, donde marchaban amenazadores aquellos valientes que, sin tener un ápice de siquiera de miedo, elevaban sus escudos para proteger la integridad de las demás tropas, en un muro de acero, sudor, ideales y, sobre todo, estoicismo. Yo mismo me encontraba en el centro de aquella tapia protectora, pues había bajado de mi yegua instándola a retroceder a continuación, elevando con orgullo el escudo de hierro en tarja que, labrado y endurecido por el paso de los años, portaba la misma figura que, majestuosa, ondeaba al viento sobre nosotros, transportando el rugido de los jabalíes al inicio de la que sería una cruenta batalla. Caían las salvas como si de un diluvio se tratara, quebrándose al contacto, componiendo macabro ritmo al chocar contra el frente, sin causar bajas de momento. Notaba zumbar mis oídos ante el desagradable sonido, a la vez que sentía cómo la respiración se me cortaba durante el silbido previo a la caída, implorando a Santa Elimine que, por su gracia infinita, mis buenos hombres no cayeran ante las acometidas de los arqueros enemigos. Apretaba el paso siendo yo el conductor de dicha táctica, avanzando la formación paso a paso, tratando de absorber las flechas que, incansables, nos llovían desde las almenas del fortín, para que no cayeran en los que transportaban el ariete que nos permitiría sitiar el lugar.

"Necesitamos acercarnos más", pensé levantando la vista, con el brazo izquierdo en alto para protegerme la cabeza y el cuerpo, a la vez que obstaculizaba la vista del oponente. Tras nosotros andaban pesadamente los hombres del poste, y en hilera aún más atrás, nuestros arqueros, que esperaban ansiosos la señal para disparar, como así revelaban sus manos nerviosas y la vista en alto, susurrando suponía yo a la Santa que les diera precisión en sus disparos.

Los emergidos, por su parte, salían a las almenas haciéndonos sufrir mientras avanzábamos con sus fatales disparos, todos al unísono, guiados por uno al que apenas distinguía que les daba la señal para que dispararan, demostrando ser organizados, profesionales y raudos en su cometido, pues apenas nos dejaban respiro entre salvas, siendo yo el primero al que el brazo le ardía horrores por los golpes absorbidos con este mientras trataba de llevar a los míos a la victoria. Suspiré algo frustrado tras oír el crujido de los arcos enemigos, pisando con la diestra firmemente el terreno, afianzándome en este mientras vociferaba presa del calor que me provocaba la escaramuza.

-¡Aguantad, hijos de Bern! ¡Una vez más!

Levanté el escudo, formando un muro mientras todos los demás lo levantaban tras de mí, bloqueando las punzadas que buscaban nuestros cuerpos. Mas la guerra no es perfecta, y menos lo fue mi movimiento, pues en un descuido una flecha pasó rozando mi escudo a destiempo, pasando a una pulgada de mi rostro desnudo, pues carecía de yelmo, cortando mi pómulo derecho en una molesta franja de la que empezaba a gotera sangre, mientras sentía arder mi mejilla y el corazón se me aceleraba oprimiendo mi pecho oculto tras la pesada coraza que portaba. Fue en ese mismo instante en el que pude, mientras el fuego inundaba mi rostro encendido cómo, al fin, nos situábamos a una distancia perfecta para el inicio del asedio, vislumbrando entonces el portón de forma clara y la forma de los soldados enemigos en las murallas aledañas.

-¡¡Arquerooos!! ¡Disparad, voto a brío!-grité con toda la fuerza de la que disponían mis pulmones.

Oí crujir los arcos a la vez que notaba la euforia recorrer a mis hombres, pues detrás de mí no sólo los arqueros se movilizaban, pues las tropas de asedio asían el poste con vehemencia, pasando a pegarse a nosotros rápidamente, mientras yo, alzando mi acero por encima de mi cabeza, movía a las tropas defensoras alrededor del ariete, protegiéndolo en férreo abrazo.

-¡¡Gloria a Beeern!!-pude escuchar a la vez que los arcos escupían la primera salva de flechas que, hambrientas de carne emergida, nos sobrevolaron en ángulo alto, alcanzando las almenas con contundencia.

Alcé el rostro riendo ampliamente, casi como si de un rugido se tratara. pues, repentinamente, sentía la batalla tornarse a nuestro favor. Esos bastardos caían pesadamente de os muros ante la lluvia de proyectiles, pues no poseían escudos vivientes como nosotros para paliar las bajas. Mas no iban a rendirse, eso estaba claro. La presión aumentaba conforme acortábamos distancias, provocando que, frente a mis ojos, uno de los soldados de mi compañía, a mi derecha, cayera abatido por un par de flechas caídas de forma malévola sobre los huecos de su coraza en la zona del cuello. Mientras él perecía a mi lado, estupefacto pude ver como, mientras sus ojos perdían lentamente el brillo de la vida a la vez que la sangre brotaba tímidamente resbalando por la parte alta de la pechera, sus labios se movían susurrando moribundos un nombre, perdido en el fragor de la batalla. Mas, aunque sus labios dijeran una cosa, su mirada, aunque se le escapara la vida entre los dedos, iba dirigida a mí, y decía otra bien distinta: "Ganad por mí".

Rugí como sólo una bestia en plena acometida lo hubiera hecho, enarbolando mi espada frente a las puertas, llegando al punto en el que, apartándome, daba ánimos al ariete, dirigiendo una mirada furibunda a la par que mi rostro se descomponía en salvaje grito y sudor.

-¡¡QUE CAIGAN LAS PUERTAS!!

-¡¡¡AAAAAAAARGH!!!-bramamos unidos en un solo ser como si, de forma acertada, no fuéramos hombres, sino jabalíes en plena carga que, frenéticos, daban fin a la batida que les acosaba.

Y en medio del incesante caos que se agolpaba frente a los muros, destacó un enorme golpe, como si de un mazazo se tratase, seguido del crujir de la madera, el temblor de las almenas y el chirriar de las bisagras que, estridentes, anunciaban el clamor que luego se produciría. La puerta había caído.
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Mensaje por Zephiel el Lun Nov 26, 2018 8:45 am

Los vigías, que dentro de la ciudad observaban desde la altura de sus torres, pronto se vieron alertados por la conmoción que acaecía al fortín cercano, sin duda ya comunicando a todos los otros alrededor del inminente ataque de Bern.  Por supuesto, a pesar de que desde un principio fuera su objetivo lograrlo, la gran alerta que nació de ellos no sería ventajosa para el monarca, quien aún esperaba la oportunidad de avanzar hacia dentro de la ciudad, aguardando el momento propicio junto a los otros jinetes en que las fuerzas enemigas se desplazaran fuera de esta. Los wyvern se mostraban debidamente inquietos, pues cualquier mala maniobra o ruido innecesario era capaz de llamar la atención hacia ellos, poniendo en peligro la manera en que se sostenían a la roca y, con ello, sus vidas.

Realmente, una flecha no era más peligrosa para un wyvern que para un caballo. Sin embargo, cualquier cosa capaz de hacerles daño e interrumpir su vuelo, o en este caso, desequilibrar su agarre del borde de la montaña, podía significar caer hacia el vacío,  y así terminar la vida tanto del animal como de su jinete con menos esfuerzo a intentar enfrentarlos directamente. Era de saber que un wyvern es menos grácil en el vuelo que un pegaso, por ejemplo, y fácilmente los primeros pueden verse desequilibrados si no poseen una superficie de la cual impulsarse o sostenerse de vez en cuando.

Por eso, temiendo permanecer en el mismo lugar sin refrescar su posición, y sin poder actuar más que esperando, Zephiel interrumpió aquella táctica para así llamar a movilizarse hacia la retaguardia de la ciudad, la cual estaba junto al borde del risco, de tal forma que podrían escalar por el muro una vez el ataque del primer escuadrón hubiera concluido y así emboscar el interior de la ciudad más rápida y fàcilmente. Moverse era una maniobra muy peligrosa, pero los beneficios tácticos que traería hacerlo lo justificaban.

Sin embargo, la situación no pudo sino complicarse, pues incluso desde esta distancia fue posible oír la caída de las puertas frente al arma de asedio. Zephiel no pudo evitar sonreír al saber que habían tenido éxito, mas sus ojos no se distrajeron tanto como para descuidar la reacción de los vigías, los cuales vociferaron entre ellos en aquel idioma incomprensible, alertando a sus iguales. Entonces, las puertas de la ciudad también se habían abierto, o al menos eso podía oír. Era un hecho que también se movilizaban, pero en el caso de los emergidos, debían estar ya agolpando fuerzas para contraatacar la invasión lejana. La ciudad, por supuesto, debía estar colmada igual que un nido de ratones por sus enemigos. Podía ser que, al enfrentarse a ellos, su heraldo no tuviera más opción que anunciar una retirada. Esto dependía enteramente de cómo defendieran el fuerte que estaban a punto de reclamar, y qué tan rápido actuaran sus jinetes y él mismo para atacar y así dividir las fuerzas emergidas.

El rey, una vez estando detrás de las fortificaciones, ordenó que sus bestias comenzaran a trepar la roca, igual como lo haría un insecto, de forma silenciosa e inaparente. Se movían lento; los wyvern, por supuesto, hacían un esfuerzo que no podría traducirse en la batalla. Incluso su montura, una amenazante criatura de escamas cyan, y una corpulencia suficiente como para cargar con su jinete y arma, emitía quejidos disconformes al tener que aferrarse a los bloques de piedra del muro. La consecuencia de esto era que, una vez dentro, deberían dejar a las bestias a sus anchas a pos de luchar a pie, si es que no sobreexplotaban la fuerza de un par de ellos para que se elevaran y acabaran con la vida de los arqueros vigías. Aparte de eso, las criaturas tenían la habilidad de luchar como bestias desatadas lado a lado de sus guerreros, sin embargo preferían conservarlos para el transporte, pues una criatura alada caída en el fragor de la batalla era tan de lamentar como la muerte misma de un soldado, sino peor, al menos en la consciencia del ejército de Bern.

Era entonces solo un juego de espera, el cual culminaría una vez oyera la señal del cuerno, la cual esperaba con unas ansias inabarcables.
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Mensaje por Invitado el Lun Nov 26, 2018 8:34 pm

El ensordecedor crujido de la puerta al caer al suelo resonó con fuerza en las inmediaciones del fortín, haciendo que mi interior se estremeciera de pura emoción ante lo que significaba el comienzo de la verdadera batalla. Sentí cómo mi interior era sacudido por una fuerte sensación de vigor, acentuada por los gritos y vítores de mis hombres que, eufóricos, veían caer el portón ante el contundente arrojo de sus compañeros. El polvo se alzó durante unos instantes, cegándonos en el éxtasis previo al choque de aceros y voluntades, ansiosos por entrar en batalla, hambrientos como lobos de la sangre del enemigo en aquella toma que ponía en juego lo que más amábamos. Levanté la cabeza, irguiéndome a la vanguardia de las tropas, espada en mano y con el escudo en ristre, dando dos pasos largos.Entrecerrando los ojos, me preparé para comandarlos en la siguiente acometida, la que daría por decidido el resultado de esta temeraria maniobra. Mi brazo izquierdo temblaba horrores debido al esfuerzo de cargar el escudo ante semejantes y maliciosas salvas, y la garganta estaba seca de tanto bramar órdenes a destajo, mas sólo se trataban de detalles sin importancia. Sin tiempo para remilgos, la primera línea avanzó dejándome en el centro de una fila que, alzando los escudos, formábamos un muro férreo que a la par que protección nos ofrecía la inhumana fuerza de un ariete en acometida. Como me temía, pude ver entre la polvareda el motivo por el que, en aquel momento, las almenas habían perdido a todos los arqueros enemigos. Ni siquiera pude permitirme el lujo de maldecir en voz alta mi suerte, pues antes de que me diera tiempo a recomponer el resuello, ya podía ver que, en un ejercicio de táctica encomiable, un destacamento enemigo nos aguardaba tras el umbral vacío, en el patio, enarbolando picas en ristre, preparados para ensartarnos nada más nos acercásemos. Aquella fila nos esperaba como un erizo, silenciosa toda ella, llevando los seres que la componían antiguos petos y corazas, yelmos desgastados y jubones maltrechos por el inexorable paso del tiempo, contrastando el decadente y añejo panorama con el fuego rojizo que, de manera casi enfermiza, brillaba en las cuencas de aquellas bestias invasoras.

Tragué saliva e inhalé profundamente, mientras, en mi mente rogaba con todas mis fuerzas que se me diera el brío necesario para atravesar aquella formación y a los que hubiera tras ella antes de que los refuerzos enemigos llegaran. Apreté mi espada susurrando rezos, mientras podía oír cómo mis hombres recitaban salmos y plegarias, deseando que, en su gracia salvadora, Elimine les dejara volver a casa tras esta empresa. Un simple ruego, lleno de esperanza, que algunos no podrían ver cumplido. Llevé mi espada al escudo, golpeándolo con fuerza repetidas veces, haciéndolo sonar cual tambor de guerra, instando a mis hombres a seguirme en la carga que se avecinaba.

-¡Escudos al frente! ¡Arriiiiiba!-ordené gritando a pleno pulmón.

Podía ver cómo el enemigo se preparaba a su forma para el ataque mientras mis hombres alzaban sus escudos frente a ellos, señal inequívoca de que comenzaba la carga, dando un paso sincronizado al frente, buscando cerrarnos todavía más la longitud de la carga, queriendo debilitar la misma con astucia. Enfoqué mi vista entonces en la retaguardia enemiga, protegida por los piqueros, donde, sin atisbo de duda, vislumbré lo que parecía ser un oficial entre los emergidos, a juzgar por los plumajes de su penacho y el estandarte que, de heráldica desconocida para mí, le definía con su blasón.

-¡Arqueros y hombres en la retaguardia!-empecé a gritar-A la entrada al fortín ¡alzaos sobre las almenas, y haced sonar la campana!

-¡¡Sí, señor!!-oí satisfecho detrás de mí.

Levanté mi espada sobre mi cabeza y haciendo un marcado tajo al frente, di un paso hacia delante, dando comienzo a la acometida que nos introduciría de lleno en medio de los emergidos.

-¡Cargaaaaaaaaaaaad!

Los pasos y gritos de mis soldados empezaron a resonar con fuerza en mis oídos, pues a la zaga seguían mis pasos acorazados, alcanzándome en plena carrera, acortando la distancia entre los dos bandos. Alcé la espada con vehemencia, mientras todo mi cuerpo se revolvía intensamente fruto de la presión y violencia a la que nos sometíamos en aquel choque a la desesperada contra la formación de picas. Puse mi escudo enfrente de mí con firmeza, mientras poco a poco los pasos de mis aliados y el tintineo de las armaduras y armas eran eclipsados por el latir de mi corazón, que apagaba incluso el rugido feroz que salía a borbotones de mi propia garganta. Caímos cual martillo sobre ellos, quebrando picas ante nuestro avance vertiginoso, haciendo añicos la estrategia usando la más pura brutalidad, chocando nuestros cuerpos custodiados con acero contra las armas enemigas buscando romperlas. El caos de aquella vorágine que es la guerra pronto se vio sumido en las tinieblas, pues mi conciencia, alterada por la batalla, pasó a desaparecer en el momento justo del choque pues, mientras mi escudo quebraba por la mitad la pica del emergido que tenía enfrente, apartando la punta de la misma, y yo adelantaba mi acero en una estocada buscando atravesar su muerto rostro, abrazaba yo al furor salvaje del combate, hundiendo por un tiempo uno de los rasgos que más definen al ser humano: la piedad.
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Mensaje por Zephiel el Dom Dic 16, 2018 5:29 pm

Un murmullo surgió por detrás de sí, la voz de uno de sus jinetes, la cual apenas se le hizo audible.

- Al menos, deberíamos debilitarlos... ahora que abandonan. La señal, puede que no puedan darla...

Zephiel no contesto a esta falta de fe, por no distraerse en una opinión sin fruto, pero también por no hallar una verdadera respuesta a su insinuación. Entonces se encontraban literalmente en una encrucijada, por lo que toda opción parecía posible, incluso si no lo era en miras de su plan. ¿Qué haría? La distracción estaba tardando más de lo normal. Los otros no se comunicaban ni advertían de su éxito o derrota, ¿Qué sucedía? Zephiel deseaba todo menos actuar irracionalmente ante la crisis, careciendo aún de la señal que buscaba. Sería un despropósito a su plan, a estar ya allí, en posición. Su heraldo... ¿Había realmente planeado una buena estrategia, debería de haber confiado en su juicio?

Mirando hacia arriba, el grupo dio cuenta de que el vigía bajo el cual esperaban abandonaba rápidamente su posición. Quizás podía ser la oportunidad perfecta para movilizarse, pero ¿Y si era lo contrario? ¿Y si en verdad los habían visto ya y no se habían percatado de ello? Si así era, debían de matar al vigía antes de que advirtiera lo que ocurría a los demás. La estrategia pendía de un hilo, al no poder saber ellos lo que realmente ocurría lejos de aquellas rocas.

Zephiel no dudó y trepó con su wyvern por la piedra, elevándose en vuelo brevemente y tan solo un poco, confiando en que no lo notarían, así yendo en persecución del emergido. Zephiel hizo a su montura caber como fuera entre las aberturas de la torre, así alcanzando el wyvern a atrapar con sus fauces al enemigo, dando espacio a Zephiel para desenvainar su espada y acabarlo en ese mismo instante. Si no se hubiera movido así de rápido para eliminarlo, no hubieran llegado mucho más lejos, detenidos y vulnerables al ataque de los arqueros. Zephiel era quizás pragmático y eficiente, pero entonces, pendiendo su sigilo de un hilo, incluso llegaba a envidiar la oportunidad de enfrentar al enemigo directamente tan como lo hacía el otro escuadrón, allá en el fortín lejano.

Si ya estaba dentro, debía de minimizar la posibilidad de que los descubrieran lo máximo posible, por lo que se aproximó al exterior, viendo a los demás jinetes sostenidos de forma vertical al muro, y los incitó a penetrar dentro de ellos. Si escalaban y descansaban a nivel de suelo ya dentro del asentamiento, podrían esconderse entre las edificaciones y los destrozos que allí habían, pudiendo permitirse así un punto más estratégico para iniciar el ataque cuando la señal viniera finalmente a ellos. Sus soldados obedecieron sin rechistar pues sus bestias estaban ya cansadas de afirmarse a la roca, probablemente sin poder sostenerse por mucho más tiempo. Entraron igual que su rey, sin dejarse ver ni oír, aprovechando el desinterés del enemigo, quien se encontraba absorto en agolpar fuerzas para contraatacar a [i]los invasores[i], comenzando a emprender ya camino en dirección los hombres de Bern que intentaban reclamar el fuerte.

Zephiel descendió también, concentrado como nunca antes de que sus movimientos fueran pocos, silenciosos y eficientes. Su wyvern descendió en rápido picado, minimizando el estruendo de su caída al agarrarse a la pared de la torre antes de tocar el suelo, permitiendo a Zephiel bajar con cuidado para reunirse con los otros. Una vez allí era su deber reafirmar la convicción de sus hombres con sus palabras, siendo que ya estaban sumergidos de lleno en el territorio enemigo.

- Esta no es sino el momento que más requiere de nuestro esfuerzo, aguardar aquí, apropiarnos, si es posible, de todo el espacio que nuestros enemigos no ven. Los wyvern, el mío incuso, son testimonio de que viviremos. No dejen que las bestias caigan en batalla. -terminó por decir, ganándose la mirada seria y decidida de sus súbditos. Ahora estaban todavía más cerca de retomar la ciudad de las garras de aquellos demonios.
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Mensaje por Invitado el Sáb Dic 29, 2018 1:15 am

Caía el sudor por mi rostro, enrojecido y manchado por el polvo levantado tras el choque de pelotones a las mismas puertas del fortín, fluyendo como un reguero que bañaba mi armadura, otrora brillante y ahora impura pues, teñida de la sangre espesa y ennegrecida de los enemigos, jamás conservaría la grandeza de antaño. Jadeante, aprovechaba un mero instante de paz en medio de la refriega para coger aire, mientras mis hombres, valerosos y entregados, empujaban a los muertos al interior, buscando ganar la plaza velozmente. Habíamos pivotado la formación prestos, en pos de poder controlar desde fuera la posición del enemigo que, si habíamos conseguido nuestro objetivo, se hallaría preparándose para venir al rescate de la posición comprometida. Habíamos sufrido algunas bajas, como era de esperar, pero la destreza de los abanderados de Bern no era algo que se pudiera subestimar, por el amor de la Santa pues, en menos de lo previsto, la batalla se estaba tornando a nuestro favor. El chocar del acero llegaba  a mis oídos, mezclado con el vociferante lamento de los hombres y bestias combatientes que, en medio de aquel caos, se batían a muerte, desesperados cada cual con su causa, si es que las abominaciones armadas poseían una como tal. Aquellos seres habían empezado a replegarse, buscando cobijo en las almenas, que se hallaban ya devastadas por el efecto de las salvas que, diestramente, nuestros saeteros hacían caer sobre ellos con una gracia que, en este momento, se me antojaba salvadora. Este era el momento. Si avanzaba raudo, introduciendo al grueso completo de la tropa, podía realizar el movimiento que, por fin, pondría en marcha al férreo y poderoso monarca, dándonos así la verdadera y absoluta victoria y, al menos a su Majestad, una hazaña más en los libros de historia, por la fuerza de su brazo.

Alcé mi acero algo ajado por los tajos y cuchilladas propinados, y lo dirigí hacia el interior de los muros, señalando con contundencia.

-¡¡Ahora!! ¡¡A resguardo!! ¡¡A resguaaardo!!-ordené a los arqueros y hombres que no formaban parte de la carga inicial. -¡¡¡Al interior!!! ¡Tomad la fortaleza!

La reacción no se hizo esperar. Veloces cual gamos, echaron los arcos al hombro y echaron a correr, camino al interior de la plaza de armas, deseando apoyar a los hombres que, en aquel momento, luchaban con arrojo por todos nosotros. Me uní ansioso a la carga, liderando la acometida escudo en mano, buscando arrasar con todo aquel incauto enemigo que se me cruzara, pues no había tiempo que perder. En la plaza de armas, parecía ganado el asalto. Los cadáveres emergidos se hallaban dispersos por el suelo, rebanados o travesados sus cuerpos, machacados por la marcha que, impetuosa, les había pasado por encima. Busqué con la vista rápidamente al entrar la manera de subir a las almenas, hallando una escalera de piedra que, por suerte, en aquel momento no se hallaba bloqueada por el duelo que se daba en la otra escalinata, pues los emergidos que habían retrocedido trataban de formar un muro de escudos, sin demasiado éxito a juzgar por los sonoros mandoblazos que, ni cortos ni perezosos, soltaban algunos de los nuestros, reventando soleras como quien aplasta uvas.

Aprovechando la distracción, subimos a las almenas como pudimos, ya con el resuello fuera, pues la coraza me pesaba horrores, al igual que el escudo, ya que mi brazo izquierdo, que había visto tiempos mejores, se hallaba ya en las últimas, de tanto revés desafortunado que habían tratado de propinarme. Ya con los pies puestos en el duro suelo de sillares y en lo alto de las almenas, pude ver cómo se las gastaban aquellos abyectos guerreros que, por lo visto, habían tenido a bien atrincherarse en la posición que más deseaba de aquella empeñada localización: la campana de alerta. Y a fe mía, una de cal y una de arena me daban en ese momento. El malnacido oficial que vislumbré entre los piqueros no había vuelto a la muerte, por desgracia, pues, en medio del choque,se había escurrido para dar más órdenes a los suyos, o lo que hicieran entre ellos esos malditos. Y frente a nosotros se encontraba tamaño y retorcido monstruo, protegido por una decena de soldaduchos de pocamonta que parecían estar muy dispuestos en defender la posición y en hacer sonar la campana a las bravas. Era parte del plan, desde luego, pero si era demasiado pronto...puede que acabáramos todos degollados antes de que nos diéramos cuenta.

-Maldito sea el penacho del muerto-exclamé, lanzando conjuras. -¡¡A mí las flechas, señores!! ¡Cúbranme a mi señal!

Quise ser más rápido pero, de forma funesta, la campana fue tañida, de forma grave y cruel, pues su sonido, lejos de ser algo armonioso, en aquel momento era como la última nota discordante de una marcha fúnebre. Miré una vez en dirección a la ciudadela, donde, para mi sorpresa, empezaba a haber movimiento, pues, si no me engañaban mis cansados ojos, las puertas se abrían y los emergidos en marea marchaban como alma que lleva el diablo camino arriba, desesperados.
Envainé la espada y, en un gesto rápido, mientras los muertos se daban cuenta de nuestra presencia, saqué del cinto el bello y ornamentado cuerno que, en prenda, me había otorgado el monarca, tan inmaculado y regio como su misma figura. Lo llevé  a mis labios y, con todas las fuerzas que me quedaban, lo hice sonar, dando un bramido largo y solemne, mientras lo alzaba al cielo. Y tras esa, la segunda tonada, más grave que la primera, señal inequívoca de que era el momento de que el rey se alzara sobre ellos, en su máximo esplendor. Tras guardar el cuerno, desenvainé, oyendo las arengas de mis soldados que, en el otro lado, parecían haber abierto una brecha en el tapón formado en la escalera.

-¡Adelante, hijos de Bern! ¡Rodarán sus cabezas por la gloria de los nuestros!-grité, escudo en alto mientras las flechas silbaban sobre mi cabeza y mi corazón, encogido, dedicaba una plegaria silenciosa a aquellos por los que, en aquel momento, actuábamos de cebo.
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Mensaje por Zephiel el Miér Ene 09, 2019 11:41 pm

Primero las campanas, las cuales en verdad no imaginaba oír, ni antes ni después, ni nunca. Zephiel llegó a creer que el peligro se estrechaba contra él al no oír de sus súbditos los bramidos del cuerno, el cual le advertiría de comenzar ya su ataque. Sin embargo, entonces encontrando ya una gran dificultad en aquella hazaña, fue que aquel rugido se le hizo presente. Y luego, por segunda vez. En esa ocasión pareció el tronar de una bestia enorme y lejana, y por un momento Zephiel tuvo la intención de mirar a los cielos, siendo parado solo por su razón. No debía de distraerse, pues era el momento de atacar, y sus jinetes también lo sabían. El monarca indicó rápidamente la maniobra que utilizarían: subir a las alturas y atacar por sorpresa a quienes, en la peor de las situaciones, podrían castigarlos desde esa posición con saetas, o alertando de su presencia antes de tiempo. Los wyvern se separaron por entre las venas de la ciudad, y con gran coordinación, escalaron hacia los tejados como víboras hambrientas, otros, a las torres, atrapando a los vigías, quienes ya no podrían advertir a las defensas que los abandonaban de lo que ocurría.

Zephiel, yendo sobre su propia montura, buscó la torre vigía que portaba, igual que en el fuerte lejano, una campana, y descendió del animal una vez pudo subir. El emergido, quien aguardaba en su posición, no sospechó el inminente asalto, y por lo mismo no fue capaz de tronar aquel enorme cuenco de metal a tiempo. Zephiel cargó contra él con la fuerza de una roca, atropellándolo y haciéndolo caer al suelo, lugar donde pisó su pecho y alzó su espada, atravesándole la cabeza a dejar caer su filo. La campana se hallaba entonces en su completa posesión, manchada de la sangre de la criatura a la que había acabado de matar. Y con la cuerda de la misma en mano, afinó la vista hacia las tropas enemigas, las cuales entonces caminaban hacia el fortín lejano, ignorantes del silencioso asalto que los soldados de Bern habían llevado a cabo a sus espaldas. El rey sabía que debía esperar para alertarles de su presencia, conociendo que ponía en peligro la vida de aquellos soldados, de su heraldo entre ellos. Sin embargo, así debía ser, pues sus jinetes tenían antes primero órdenes de eliminar hasta el último emergido que aún navegara los pasajes de aquel asentamiento. Y una vez acabaran al enemigo desde dentro, podrían apropiarse de los muros como debían, y así dejar a las tropas emergidas sin ninguna protección.

Zephiel esperaba. Mantenía el oído atento, observaba sus alrededores. Escuchaba los gritos de combate, el chocar de lanzas contra cuerpos, las embestidas de las bestias. Hubo un momento en que notó a sus jinetes reunirse en pos de combatir a un número par de emergidos, los últimos que ofrecían resistencia a aquella invasión, sin poder escapar, siendo que les habían acorralado lejos de las puertas y cualquier otra vía de escape. No quedaba mucho tiempo, eso sí, para que el monstruoso refuerzo emergido chocara de lleno contra los allí puestos soldados de Bern. Zephiel no tenía otra opción, pues una vez lejos, no los confundiría ni los incitaría a regresar. El rey sostuvo con aún más fuerza aquella cuerda y, puestos sus ojos sobre la superficie platina de aquella campana, usó todo el poder de su brazo para tronar la señal de alarma, la cual chocó como un alarido pavoroso, tal como debía ser. Y continuó llamando al enemigo con un aire cada vez más desesperado, confiando en transmitir la más suplicante urgencia.

Y entonces, ocurrió lo que quería. Los monstruos inhumanos detuvieron su andar, su atención dividida entre el fortín, del cual claramente podían adivinar una acalorado combate, y la aparente tranquilidad de los muros en su retaguardia. Zephiel estaba seguro de que los emergidos no podían traicionarse a sí mismos, simplemente no eran capaces. Estaba seguro de que todos y cada uno de ellos pensaba como una unidad, como un grupo inseparable, y por lo mismo el tronar de su campana solo podía significar dos cosas. O estaban siendo invadidos y habían logrado alertar a tiempo, o una fuerza distinta a ellos se había apoderado de la alarma. Fuera cual fuera la situación, no cabía duda de que los necesitaban allí para recuperar el fuerte, no había margen de error en esa lógica. Sin embargo, si no avanzaban, el combate más vivo caería en favor de Bern. Por eso no hubo movimiento, quizás un leve e instintivo retroceso, pero no más. Habían caído en la trampa.

Zephiel dejó de sonar la campana, la cual ya había clamado suficiente, y prefirió dirigir su atención hacia dentro del asentamiento, lugar donde sus soldados combatían aún. Frunció el ceño al afirmarse hacia los bordes, pues notó a uno de sus jinetes muertos en la tierra, y junto a él, su bestia moribunda, la cual probablemente ya no tenía manera de ser salvada. Zephiel, alertado por esta realidad, buscó inmediatamente a su montura con la vista, hallándola reposando contra un tejado cercano, aún así alertada por el combate que se desarrollaba. Los demás wyvern de Bern volaban en lo alto, controlados por sus jinetes, aprovechando así la habilidad del vuelo para superar a los enemigos en tierra. Si aparecía un arquero iban inmediatamente por él primero, sin embargo ya viéndose una casualidad en aquella arriesgada maniobra. Viendo esto, el monarca no estaba seguro de sí unirse a ellos en el vuelo o combatir de otra forma, temiendo verdaderamente que el gran número de tropas en el exterior regresara en ese preciso momento.
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Mensaje por Invitado el Jue Ene 24, 2019 7:48 pm

Mirando al frente podía ver la línea defensiva formada en torno al vil instrumento que, tañido a destiempo, nos había obligado a acelerar la siguiente fase del plan, haciendo que yo llamara a las huestes de mi bienamado rey para que se lanzaran contra el usurpador que había irrumpido en nuestras tierras, trayendo inestabilidad de nuevo para los habitantes de las mismas. El muro frente a mí constaba de tropas de infantería rodeando al emergido coronado con plumas, conjugados en una especie de bosque de lanzas a medio formar, pues no pasaban de la docena, ya heridos y dispersos, mientras éste parecía darles órdenes tras hacer sonar la campana, atrincherados en torno a esta, siendo a mis ojos los últimos supervivientes de la maniobra que habíamos realizado, primera parte de la operación. Volaron saetas sobre mí, en dirección al enemigo, mientras me hallaba comandando en vanguardia a un grupo de hombres dirigido a romper la formación, escudos en alto y vociferantes, cubiertos de acero y sudor, recortando la distancia aprovechando la distracción menuda que causaban los venablos fatales. Cayeron sobre ellos, perforando a los pobres diablos que no esperaban la salva dirigida a sus cabezas, cayendo furiosos dardos como ira celestial en sus rostros mortecinos, clavándose con inquina donde podían, tratando de buscar el frío tacto de su carne, sonando entonces crujidos en sus cuerpos, fruto del éxito y la precisión de los arquero. Mas había subestimado la entereza de sus cuerpos desprovistos de humanidad y dolor, por lo que en semejante acto ofensivo apenas dos cayeron, aguantando la hilera de lanzas que pasaron a apuntar con vehemencia hacia nuestros cuerpos, protegidos a medias por los petos y escudos que portábamos.

El choque entre las fuerzas no se hizo esperar, conmigo a la cabeza, notando cómo mi brazo izquierdo se contraía tras el hierro recorriéndome un dolor que, como una aguja, se clavaba desde mi muñeca hasta mi codo, propagándose luego raudo por el flexo y llegando hasta el hombro, temblando entonces por la presión que ejercía el asta crujiente del emergido que tenía enfrente, tratando de alejarme como podía, quebrándose tras la acometida, dando un enérgico paso al frente junto a mis hombres, los cuales igual de cansados que yo trataban de tomar de una vez la posición. Faltándome el resuello, empujé al emergido que portaba media lanza en sus manos, mientras uno de los otros, que había conseguido zafarse de uno de mis compañeros alojándole su pica en la faz, salpicando sangre por doquier, sacaba una daga y se lanzaba sobre mí ansioso. Traté de plantar batalla con un revés, mas la rodilla derecha me falló, trastabillando con un sonoro tintineo metálico, estando a punto de perder el equilibrio, abalanzándose sobre mí el bellaco enemigo, cuchillo en mano, abrazándome firme para luego clavarme su acero donde el peto se une a la cintura, dejando un pequeño hueco en el costado, haciéndome gritar de puro dolor. Se oscurecía el mundo a mi alrededor, forcejeando como podía por no caer, abrazado a la vil criatura, perdiendo asimismo la conciencia de lo que ocurría a mi alrededor, encerrado entre placas de armadura y jadeos incontrolados, notando cómo la vida se me escapaba entre los huecos y correas de mis protecciones, sangrando como estaba y sintiendo frío en mis huesos. Agarrado a él, usé el escudo para propinarle un gran golpe en el rostro con el canto mientras usaba mis piernas para alejarme, resultando en varios golpes dado el frenesí, en los que notaba el crujir de su cráneo y la sangre salir salpicada con cada uno de ellos, tornando su faz en una masa espesa. Ya libre, destiné mi espada hambrienta a su cuello con un tajo rápido y brutal que lo despojó de la falsa vida que tenía, cayendo de bruces cual muñeco.

Sudando como un cerdo y acalorado tras haberle matado, levanté la cabeza para ver que mis hombres terminaban de despachar a los últimos de la línea, acercándose entonces a tomar la campana rápidamente. Moviéndome con cuidado, pude ver que junto a esta se hallaba el cadáver del oficial emergido, ensartado su rostro por una flecha al igual que su cuello, apoyado en la campana y con la cabeza descubierta, estando su yelmo emplumado tirado a un suelo junto a su espada. Acercándome, mis hombres se reunieron en torno a mí, habiendo caído en combate sólo dos de ellos en un ejercicio de destreza admirable. Sabía que mi herida sangrante, aunque leve, era molesta y podía ser un serio problema si no tenía cuidado con que se infectara. Por ahora, dolía al moverme y al respirar, pero con cuidados podría evitar que me quedara una herida duradera, o eso esperaba. Miré a las almenas con la vista cansada, destrozado por el ataque, mientras los soldados tomaban las posiciones preparándose.

Y en ese momento, oí campanadas desde la fortaleza más abajo, objetivo del rey Zephiel en esta táctica. Durante unos segundos, creí que mis oídos me jugaban una mala pasada, mas la realidad era fue chocante tras oírlas de nuevo alzarse entre las colinas, llenando mi pecho de pura esperanza. Había empezado. Bajo las lomas, los refuerzos emergidos se hallaban en medio de las murallas de las dos estructuras, encontrándose un pelotón subiendo a nuestra posición y otra parte del grueso del ejército todavía abajo, moviéndose en ,lo que parecía un leve retroceso. El cepo se había cerrado.

-¡Soldados de Bern!-grité desde la altura que me daba la muralla. -Haceos fuertes en esta posición. ¡Arqueros a las almenas! ¡Lanzas y escudos a las puertas! ¡¡Que sean testigos de lo que es chocarse contra una montaña!!-proclamé para luego dirigirme a paso rápido envainando mi acero para dirigirme a la muralla más cercana a las lomas para comandar las salvas.

Ahora sólo quedaba resistir y acabar con los muertos, si la Santa nos daba su beneplácito.
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Mensaje por Zephiel el Miér Abr 03, 2019 9:28 pm

Así había empezado. La campana había alterado el curso de la batalla de una manera garrafal, dividiendo el número de enemigos en dos partes, el mayor número en dirección a la torre anteriormente atacada, y un escuadrón de menor tamaño concentrado en descubrir el por qué de aquel llamado de alerta. Por supuesto, como se trataba de una fortaleza altamente defendida, probablemente esperaban no encontrar mayor resistencia, o al contrario, que esta ya hubiera sido aniquilada cuando llegaran.

Y era cierto, Zephiel tan solo podía confiar en las defensas suministradas por la ciudad, al menos de momento, pues no podía enfrentarlos cara a cara. La lucha de sus jinetes aún se mantenía en el interior de los muros, lo que hacía peligrar aquella estrategia con creces. Había descifrado, por supuesto, el número que retrocedía el cual, aunque menos que los enemigos que avanzaban hacia el otro fuerte, aún así podían suponer un gran peligro si no se encontraban debidamente preparados. Y para no ser tomado en desventaja, debía descender y luchar junto con los otros, acabar con los emergidos restantes tan pronto fuera posible, para así concluir con aquella batalla y dar paso a la siguiente. Al menos las puertas se encontraban debidamente cerradas, por lo que podían confiar en el aislamiento y en que el enemigo carecía de las herramientas necesarias para tirar el gran portón abajo.

Habían caído ya algunos de sus soldados, y el resto sobrevolaba en lo alto, llamando la atención probablemente del enemigo. Por eso, cuando Zephiel llamó a su wyvern y montó en él, no se elevó como los otros, sino que descendió, haciendo señal de que lo hicieran también, para dejar así en incógnito a quienes los habían podido avistar. Allí los esperaban los guardias, quienes aún daban monumental batalla a las enormes bestias. Sin embargo, habían quedado arrinconados, espalda contra espalda al verse rodeados por todos los jinetes que habían descendido.

-...¡Destruyan a esta escoria! -exclamó Zephiel, aterrizando junto con ellos y desenfundando su espada hacia el frente, un grito que fue seguido por los otros, incluso por las criaturas que montaban.

Los jinetes aprovecharon su situación para elevarse apenas sobre sus cabezas y arremeter de esa forma, apenas pudiendo ser alcanzados al tener como ventaja el largo de sus armas. Así como un ave ataca y parece inalcanzable, así ellos se organizaron para acosar a los emergidos continuamente, de forma que si algo salía dañado, eran solo las patas o colas de las bestias, las cuales aún en vuelo tenían una resistencia al dolor increíble, tal como era la raza de las montañas que se criaba en Bern, y de la cual gran orgullo tenía la nación. Zephiel, sin poder manejarse en el aire como ellos, descendió de la criatura y observó, cerrando el camino al enemigo por si decidía alejarse, cosa que intentaron. Así como insectos al fuego, los emergidos se dirigieron al enemigo que se les presentaba en frente, quien con ama en mano avanzó implacable hacia ellos. Uno a uno, clavó su filo en los puntos más blandos de sus cuerpos, cayendo derrotados como hojas otoñales en charcos de sangre.

Así, podían llamarse victoriosos de aquella batalla, pero no sería suficiente para resistir por completo el ataque. A continuación, a pesar del exhaustamiento y de tener a la vista los cadáveres frescos tanto de los suyos como del enemigo, prepararon su siguiente movimiento, el de la defensa. Algo que tomaron en cuenta fueron las armas balísticas apostadas en lo alto de los muros, las cuales podían servirles de ayuda, a pesar de que fueran utilizadas principalmente para llevar otros jinetes abajo. Zephiel ordenó que se dirigieran allí y esperaran a que los emergidos se acercaran, sin alcanzar a revelarse, pero esperando. Una vez estuvieran a una distancia ideal, dispararían. Sus hombres subieron las escaleras dispuestas hacia lo alto del muro para no ser descubiertos, y una vez allí, esperaron lo que pareció una eternidad. Por su parte, Zephiel escaló con su bestia por el lado ciego de la torre que había utilizado para sonar la campana, y esperó allí para dar la señal.

Y por fin, llegó el momento, cuando ya podía hasta identificar sus rostros demoníacos entre la multitud que formaban. Por supuesto, volvió a tronar la campana, pero ésta vez para dar inicio al ataque. Los jinetes se apoderaron de las ballestas y dispararon hacia la masa de enemigos, aquella saetas enormes acabando con varios a la vez, como un torrente de agua ahoga a una colonia de hormigas. El enemigo, por supuesto, se alteró sobremanera, ya que se encontraba súbitamente acorralado. ¿Cómo contraatacarían? La única opción visible era cargar contra las mismas puertas, las cuales, no en perfectas condiciones, igualmente cederían. Sin embargo, una vez no pudieran disparar, los hombres de Bern podían lanzar rocas hacia ellos, las cuales se encontraban en el mismo muro y podían servir como mortales proyectiles. Realmente, aquello parecía entonces una exterminación.
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Mensaje por Invitado el Mar Abr 23, 2019 4:26 pm

Enfrentado me hallaba al siniestro paisaje que se cernía sobre nosotros en lo más alto de las murallas de aquella plaza fuerte, aún con la faz descompuesta por mi desventura con aquel degollado bastardo que yacía a no muchos pasos de mi persona, cayendo un reguero de mi sangre por uno de mis costados, motivo de la debilidad y sudores que me asaltaban igual de inmisericordes que aquella cabalgata voraz que amenazaba la integridad de los hombres a mi mando en aquella escaramuza suicida en nombre de todo lo que era justo y la seguridad de mi adorada patria. Veían mis ojos exhaustos y carentes de la fogosidad del comienzo de la batalla cómo se movían raudos y precisos colina arriba, formando una marabunta malaventurada que, grisácea, estaba compuesta de la frialdad del acero, el rechinar del cuero curtido y la maldad que se alojaba en sus ojos, brillantes faros que no dejaban ninguna duda de la naturaleza perniciosa y corrupta de los seres que, empuñando picas y armas largas, subían a por nuestras almas. Tosí, notando la garganta y el paladar secos, destrozadas tras el arranque que me había dado, oyendo cómo a mis lados el tronar de los pasos del enemigo se fundía con las carreras apresuradas de mis hombres, los cuales circulaban por la fortaleza, preparando las defensas para aguantar semejante testarazo que se nos venía encima, apostándose los flecheros en línea sobre los escasos torreones y desplegándose en línea en las murallas, con los carcaj llenos de saetas arrebatadas al enemigo, mientras la infantería se colaba como podía cubriendo a malas los huecos que habíamos dejado en la fortificación, ya fuera junto a los arqueros o en la puerta que habíamos quebrado para hacer nuestra entrada. Con el gaznate desgarrado, traté de pensar por encima del olor a polvo y sangre que se colaba por mis fosas nasales, agarrándome a mi experiencia como si se tratara de un clavo ardiendo, imponiendo en aquel instante mi mente al terror que asolaba nuestras tierras y que se materializaba en la compaña armada que nos enfrentaría en aquel día aciago.

Pese a la maniobra que había realizado nuestro monarca, nos encontrábamos en una clara desventaja, pues no había sido un gran grueso del ejército enemigo el que se había desplazado para defender la posición que habían ganado desde las alturas a lomos de las draconianas monturas, lo cual nos obligaba a defendernos de la manera más contundente que pudiéramos, que en este caso era encerrarnos aprovechando la ventaja que nos daba la cercanía a los cielos, conjugada con nuestros conocimientos del terreno y de táctica en mi caso, motivo por el cual había posicionado a los soldados de aquella forma, mientras un par de pelotones tapaban el agujero que habíamos dejado, sin más material que el que el arrasado fortín nos podía ofrecer, más bien escaso. Tragué saliva, pensando atropelladamente el cómo salir de aquella situación, estrechando mi mirada en los flancos enemigos, los cuales a mis ojos eran algo irregulares dada la partición que acababan de sufrir, y cayendo en algo que, aunque no podía constatar del todo, nos daba esperanzas en esta refriega.

-¡¡Arrimad los arcos a la siniestra!!- ordené con un golpe de voz, tratando que los hombres a mis lados me escuchasen y pasasen la petición a sus compañeros. -¡Ese flanco es débil!- anuncié insuflando ánimo a las tropas conforme me movía en dirección a la primera línea de defensa, en aquel momento el muro en el que se encontraban apostados los tiradores, con cierta dificultad debido a mi falta de fuerzas y la herida la cual empezaba a no sentir lentamente, ignorando el dolor y molestia de la misma a base de pura voluntad. La boca empezaba a saberme pastosa, y aunque no daba aún por gastadas mis mermados bríos, sabía que no estaba muy por la labor de aguantar un asedio que pudiera durar días, y en el cual saldríamos derrotados, dada la infinita capacidad de lucha que tenían los malditos emergidos. Me planté junto a mis subordinados en un instante, notando cómo la tensión crecía en sus corazones oprimidos por el frenesí de la batalla, desesperados en un intento de parecer férreos e indestructibles, como aquella corona a la que defenderíamos hasta el último aliento, pues nuestro destino estaba ligado al de la misma Bern. -¡¡A mi señal, disparad salvas, como si la vida os fuera en ello!!- vociferé con la voz ronca, tratando de que vieran la urgencia de la situación en mi tono de voz.

No recibí siquiera respuesta de ellos, pues no hacían falta palabras para que yo supiera que estaban entregados totalmente al ejercicio de hacer de esta una victoria que marcara el inicio de una auténtica convulsión que acabara con la destrucción de los hasta entonces tercos enemigos. Sólo quedaba esperar a que llegaran a estar lo suficientemente cerca como para poder arrasar con al menos cuantos pudiéramos en aquellas ráfagas, para luego dar caza a los que quedaran para sitiar los muros de mala manera, pues el detalle que se hacía palpable además de la fragmentación de sus filas era la ausencia de escalinatas y demás enseres para un asedio fructífero, valiéndose sólo de su superioridad numérica, temeraria acción que sería su perdición de ser ese el designio de la Santa. Sin embargo, las tornas cambiarían a nuestro favor rápidamente, casi como si se tratara del deseo de los cielos sobre nuestras cabezas y de la tierra de Bern, pues un silbido estridente rompió las nubes para dar con un trueno que hizo temblar ensordecedor todo lo que veíamos frente a nosotros en una nube de polvo y tierra salpicada de enemigos que volaban en todas direcciones, rompiendo aún más la formación que nos atormentaba.

¡¡Bendito fuera el monarca por su acción!! ¡Había accionado las balistas de la ciudadela para quebrarles de una vez por todas! Un rugido triunfal recorrió a mis sorprendidos hombres, mientras mi boca se abría de par en par acompañada por mis ojos, dando un paso atrás de pura sorpresa que me asaltaba, sin palabras con las que reaccionar mientras la furia de la ciudadela tomada por sus verdaderos dueños arrasaba al enemigo sin piedad. Mas no era momento para ello, por lo que en un gesto enérgico de mi diestra, saqué el acero para arengar a los saeteros confusos, dando señal de que debíamos seguir con nuestra labor.

-¡¿A qué esperáis, holgazanes?! ¡Ahora es nuestra oportunidad! ¡¡Disparad!! ¡¡¡Disparad!!!- voceé cual pregonero instando a un ataque que, sorprendentemente, no tardó en llegar, pues el crujido de los arcos fue el prólogo para la que sería la primera salva de flechas que caía sobre los desperdigados enemigos que, aunque en nuestra cercanía habían sido menos afectados, parecían descabezados por el cambio de situación tan grande que se había dado, cayendo a decenas bajo nuestros ataques, a la par que otros no cejaban en su empeño de atacar. Gracias al rey, nos encontrábamos a un paso más de la victoria, por mucho que se empecinaran en acercarse para darnos muerte.

Mas para cuando llegaran, les estaríamos esperando, preparados para mostrarles cómo de caro vendíamos el pellejo por estos lares.
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[Campaña de liberación] A dire situation [Priv. Gerhard] Empty Re: [Campaña de liberación] A dire situation [Priv. Gerhard]

Mensaje por Zephiel el Jue Jun 06, 2019 3:26 am

Un proyectil bien apuntado auxilió a sus aliados sobremanera allá, en la distancia,     aprovechando que entonces se oponían con enorme ventaja al ataque. Con los ojos puestos en el extenso panorama que los separaba, Zephiel podía, por fin, ver frente a sí la victoria. La batalla se había ejecutado casi tan limpia como el corte de una navaja, si es que entonces el enemigo perdía por fin su temple y se dejaba vencer como la escoria que era. Sonriente, dióse la vuelta y palpó la cabeza de su wyvern, el cual entonces se arrimaba a las aberturas de aquella torre con sus cuatro patas. Verdaderamente sentía orgullo por aquella raza de bestias, una estima que había ganado a lo largo de los años, sin embargo nunca dejando de ser la relación entre una montura y su dueño, sin el tipo de cercanía que habría de tener un verdadero jinete para con su animal.

Los emergidos asediaban las puertas sin resultado, estancando sus hachas, espadas y cuerpos contra la madera, no logrando sacar de esta más que retazos por los que apenas si podían meter sus brazos. Una a una las piedras comenzaron a caer desde lo alto sobre ellos, golpeándolos en su mayoría, quebrando a unos cuantos como ramas endebles y llevándolos a los suelos. Sus cuerpos comenzaban a estancarse contra la puerta como un amasijo de sangre y carne incoherente, el único tipo de muerte que aquellos monstruos se merecían. Tal era la disposición de aquellas criaturas que nunca cruzó por sus mentes emprender la huída, dejándose caer uno tras de otro sin dificultad. Finalmente habría quedado menos de una veintena intentando atacar las puertas, una nimiedad la cual Zephiel instruyó exterminar desde los aires tal como habían hecho en el interior. Mientras tanto las ballestas seguían contrarrestando el ataque lejano, brindando una necesaria ayuda a quienes combatían allá el ejército más denso y peligroso. En el peor de los casos los proyectiles podían convertirse en fuego aliado, pero aquel era un precio justo a pagar siendo que entonces diezmaban los números de los emergidos en decenas. No sería ni la primera ni la última vez que Bern emprendía esos sacrificios.

Tras la férrea defensa de aquellas puertas, el último de aquellos monstruos se descompuso ante la carga de sus armas, librándose, finalmente del ataque. Las ballestas, por su parte, no tenían  ya rastro del enemigo al cual atacar, lo que hacía creer al rey, testigo de aquella táctica, que la resistencia de su heraldo había dado resultado. Observando esto con detenimiento, no pudo sino determinar que al menos de aquel lado la batalla había concluído. Y suspiró, y se preocupó de envainar su arma y contar a los hombres que aún bajo su mando quedaban de pie. Cada cual observaba a su alrededor en pleno agotamiento, sucios de pies a cabeza de tierra y sangre. El aire helado de la montaña no era sino un abrigo para ellos, una señal de que la calma se había por fin establecido. Y entonces se hicieron aparentes las cicatrices que habían cruzado por esa ciudad tras su invasión. Los cuerpos aún presentes de sus habitantes a plena vista, sus pertenencias y provisiones puestas a la intemperie. Verdaderamente no era sino un cementerio al que ya varios se habían unido. Una masacre.

-¿Es ya nuestra la ciudad? -se oyó comentar en voces llenas de duda. La inseguridad era aparente, incluso en tal singular silencio.

Zephiel no podía desaprovechar la oportunidad para reafirmar sus voces.    Les reunió rápidamente y tan solo con sus palabras, sin necesitar alzarla más de lo necesario, habló.

-Cualquiera de esas alimañas esperaría a la noche para emboscarnos. Sin embargo, si ya desaprovecharon el mejor momento para atacarnos, la que fuera nuestra mayor desventaja durante el combate, significa que no se encuentran ni reunidos ni presentes aquí. Hemos ganado, soldados de Bern. Hoy podrán descansar sin pésame. -concluyó, entrecerrando los ojos ante sus propias palabras. No era tan inocente como para creer que sería así de simple, pero debía de convencerlos. Permanecerían para descansar lo suficiente, sin embargo no descartaría la idea de que hubieran muchas más ratas rondando las cercanías y esperando su oportunidad para contraatacar. Era la noción de quien nunca bajaba su guardia.

Habiéndose ya separado cada uno para constatar sus propias heridas, el monarca se vio distraído por un ruido a sus espaldas, el estruendo de tejas y palos quebradizos cayendo uno sobre otro. El causante de esto era uno de sus jinetes, un joven en comparación a los otros, y que entonces investigaba una pila de escombros. Notando los ojos del monarca sobre sí se vio rápidamente intimidado, y sin embargo consiguió reunir el coraje dentro de sí para entregarle algunas palabras.

-Rey Zephiel… mire esto. Echaron abajo la bandera de Bern como si fuera una camisa rota. -le advirtió, tirando de entre los escombros aquel trozo de tela sucio y rasgado,  ya ni rojo ni dorado. Apenas eran discernibles el wyvern y su lanza, separados por un rasgado hecho de pura fuerza bruta. Los restos de aquella bandera se encontraban a los pies del cual antes habría sido un pequeño cuartel totalmente llevado a los suelos. Si se afinaba la vista, podía distinguirse de entre el carmesí de la tela manchas de sangre, provenientes de quienes habían dado su vida por defenderla.

El jinete logró arrancarla de su prisión sin dañarla mucho más, aunque ya poco podía hacérsele.-  Miserables. ¿En serio saben lo que significa? Bueno, supongo que sí, ya que llevan también sus estandartes y eso… -se quedó un segundo quieto, para después dar la vuelta hacia su rey. Agachó la cabeza y levantó sus manos con la bandera, cediéndole lo que había rescatado.  

Zephiel, no esperando aquel gesto, resopló y dejó entrever una media sonrisa de interés, aceptando aquel ofrecimiento. El monarca observó con una ceja alzada, pues jamás había imaginado de ninguna forma que los emergidos pudieran dirigir hacia ellos un ataque efectivamente moral, tan sutil como aquel. Su silencio no significaba indiferencia, pues pronto miró a su alrededor, aumentando la curiosidad de quien se encontraba frente a sí. Sin soltar la bandera, el rey miró a su wyvern, el cual se encontraba a una modesta distancia de su dueño, y le llamó con un simple gesto de mano. Una vez se acercó, lo rodeó hasta poder alcanzar su lomo.

Entonces, sus pensamientos afloraron. “Es extraño. En el fragor de la batalla he acabado por ignorar cualquier simbolismo, cualquier sensibilidad que me distraiga del filo de mi arma. Y sin embargo, aquí me encuentro…”    

Zephiel acarició algo de su piel escamada, colmada del calor del sol, y después, de imprevisto, levantó su espada y rasgó el adorno que ocupaba por debajo la silla de su wyvern, donde el ícono de Bern se mostraba orgulloso y vibrante. No era una bandera, pero sin duda era grande, lo suficientemente reconocible como para que quien surcara alrededor de las montañas en vuelo diera cuenta de su ondear. La observó con ojos entrecerrados, sosteniéndola tan solo con un par de dedos. Incluso bajo su temple frío e inanimado, un rastro de inspiración colmó su corazón por un segundo. Así era que, bajo la intención de conservar lo suyo, había logrado arrebatar de aquellos monstruos lo que habían robado. Y Bern, Bern lo había logrado

“Realmente, los humanos necesitamos de las cosas más insignificantes.”

Zephiel no agotó su tiempo, y sosteniendo aún ambas telas, se elevó hacia lo alto de la torre, desde la cual anteriormente había vigilado el curso de la batalla, y descendió en su techo. Cuidando su equilibrio, se arrodilló con una sola pierna, y separó ambas telas.  Primero ató aquella bandera perdida, la que habían destruído, y que estaba tan agotada que ya no podía sino dejarse caer. Después sostuvo su pequeña invención, y levantándola hizo un nudo rápido y firme sobre la misma asta. Ambas estaban presentes, y cada una simbolizaba algo propio. La derrota, la resistencia, la victoria… Todo aquello que significaba Bern en tiempos de guerra.  El viento las ondeó tranquilamente hacia el norte, donde la lucha ajena de su contraparte llegaba también a su fin.

Zephiel observó tranquilo y en calma hacia el horizonte, una nube de vapor escapando de sus labios mientras cerraba sus ojos, los cuales ardían, más se mantenían despiertos como dos orbes de fuego eternos. Imaginaba reunirse con su heraldo esa misma noche para platicar junto a él los pormenores de aquel combate, igual como sobre quienes habían fallecido en el nombre de su reino. Quedándose entonces con aquella vista en su retina, buscó una última vez a su wyvern para descender allá donde sus soldados, quienes aún se esforzaban por sostener sus espíritus tras el combate. Al menos entonces tenían una razón por la cual mirar a los cielos.
Zephiel
Zephiel
Afiliación :
- BERN -

Clase :
Great Knight

Cargo :
Rey de Bern

Autoridad :
★ ★ ★ ★ ★

Inventario :
Espada de bronce [2]
espada de bronce [2]
Eckesachs [3]
Concoction [3]
Llave Maestra [1]
DragonStone [1]

Support :
Khigu [Campaña de liberación] A dire situation [Priv. Gerhard] JEIjc1v
Sissi [Campaña de liberación] A dire situation [Priv. Gerhard] JEIjc1v

Especialización :
[Campaña de liberación] A dire situation [Priv. Gerhard] Espada-4

Experiencia :
[Campaña de liberación] A dire situation [Priv. Gerhard] XONGImw

Gold :
632


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Mensaje por Eliwood el Vie Jul 05, 2019 10:36 pm

Tema cerrado. 80G a cada participante.

Gerhard ha gastado un uso de su espada de bronce.
Zephiel ha gastado un uso de su espada de bronce.

Ambos obtienen +2 EXP.
Eliwood
Eliwood
Afiliación :
- LYCIA -

Clase :
Great Lord

Cargo :
Marqués de Pherae

Autoridad :
★ ★ ★

Inventario :
Vulnerary [1]
espada de acero [5]
.
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Support :
Marth [Campaña de liberación] A dire situation [Priv. Gerhard] Iwzg0SR
Lyndis [Campaña de liberación] A dire situation [Priv. Gerhard] JEIjc1v
Nils [Campaña de liberación] A dire situation [Priv. Gerhard] JEIjc1v
Izaya [Campaña de liberación] A dire situation [Priv. Gerhard] JEIjc1v

Especialización :
[Campaña de liberación] A dire situation [Priv. Gerhard] Espada%202

Experiencia :
[Campaña de liberación] A dire situation [Priv. Gerhard] Iu4Yxy1

Gold :
588


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