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[Campaña de Conquista] Devolviendo favores [Jill-Yuuko]

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Mensaje por Yuuko el Vie Nov 02, 2018 3:45 pm

La reina de las Islas de Durban no podía evitar que cierta nostalgia,cierto sentimiento de familiaridad ante las acciones que estaba a punto de realizar. Y aun a pesar de lo conocido,de lo familiar, estaba plenamente  consciente de la diferencia entras las circunstancias que su mente comparaba.La conquista de la isla laguz de Kilvas por parte de las Islas de Durban, y la conquista de la teocracia de Begnion por parte de Daein.

Cuando la reina tomo la decisión de invadir su país vecino ,aquel que había sucumbido a los emergidos y cuyo gobierno había desaparecido,lo hizo por un cumulo de razones, de motivos. El principal motivo fue por el bien de los suyos. Se encontraba en proceso de liberar su propio reino de esos seres,tener una isla tan cercana a la propia completamente tomada por los emergidos le resultaba un peligro inminente.Un riesgo que no estaba dispuesta a correr tras los esfuerzos que en ese momento suponía poner a salvo a su pueblo. Otra parte de ella sentía cierta tristeza,ante la caza máxima de cuervos,ante la posibilidad de la extinción de toda una especie. Pero esa era su parte bondadosa,la parte compasiva de su ser que no podía permitirse el sacar a la luz siempre que lo desease. La parte de su personalidad que solo podía saciar si no interfería con sus intenciones o si coincidía con sus planes. En esta ocasión, el salvar a los cuervos coincidía con su idea,con sus propósitos,así que podía considerarse como una de las razones. Mas no eran las únicas. No cuando Phoenics fue tomada por completo y se convirtió en país emergido. en ese mismo instante decidió,con renovada determinación,que no permitiría que los emergidos tomasen otra país bajo su bandera. Que no permitiría que Kilvas cayese en tal desgracia. Si los cuervos eran tan negligentes como para permitirlo tomaría esa tierra como suya y seria ella ,bajo su bandera y su gente,quien lo impidiese.

Alejaría el peligro de sus islas. Impediría que el enemigo tomase un territorio nuevo. Expendiria sus territorio,sus recursos,su poder... y daría un uso adecuado de los mismos.

Esos habían sido sus motivos, cambiando sutilmente,renovándose a medida que sus campañas avanzaban y la situación del mundo a su alrededor cambiaba. Motivos que nadie necesitaba porque saber, que no necesitaba compartir. No mientras no afectase al bienestar de su pueblo,no mientras supiesen que lo hacían por ellos.  

Y de la misma manera ella no necesitaba conocer los motivos de Daein para el movimiento que había decidió emprender,no necesitaba saber detalladamente el porque había decidido conquistar a su vecino. Si tenían un motivo simple,complejo.Si era por bondad,por venganza,una demostración de fuerza... no importaba. No era asunto suyo. Le bastaba con saber que a sus ojos aquella conquista traería beneficio tanto para Daein como para el pueblo llano de Begnion. Eso,si se lograba conquistar...

La mujer sonrió. No tenia dudas. Begnion iba a ser conquistado tarde o temprano. Con ayuda de las islas o sin la suya, no dudaba de ello. Y aun así ,a pesar de no ser necesario,ofrecería su ayuda.

Era diferente. Sus motivos eran diferentes. Las circunstancias eran diferentes. En su caso había sido un cumulo de islas intentando invadir otra. Teniendo que moverse siempre por mar abierto,batallando en múltiples ocasiones en los navíos. Teniendo que llevar muchas campañas a cabo antes de poder formar alguna base desde la que operar en la isla de los cuervos. Era Pelleas,Daein,quien había ofrecido su mano como ayuda. En ese caso las batallas,la conquista, se llevaría a cabo por tierra. Intentando conquistar el país cuya frontera era la tierra y no el mar,como ellos acostumbraban. Otro movimiento,otro terreno,otras circunstancias... Era Durban quien tendía su ayuda en aquella ocasión, era Yuuko quien se presentaba a la batalla con sus hombres.

Era diferente,y aun así el sentimiento era el mismo. El deseo,o mas bien la necesidad creada por su posición social,de tomar la tierra vecina. El odio hacia los gobernantes que habían abandonado a su pueblo ante el peligro,la irresponsabilidad y egoísmo de aquellos que eran su contraparte en aquellas tierras extranjeras. Yuuko no era capaz de imaginar el dolor de ver sus tierras sucumbidas,y esperaba no hacerlo jamas.Pero si entendía el dolor de ver a su pueblo herido, la lucha constante por sobrevivir. Ya fuese contra piratas o emergidos. Y conociendo el sentimiento a sus ojos el abandonar a su pueblo era impensable.

El gobierno de Kilvas había abandonado a los suyos a sus suerte al caer.Incluso ahora,tomado y fuera de peligro, no había habido noticias del rey cuervo ni sus hombres,ni siquiera sabia si esta vivo o muerto.Poco importaba, el sentimiento de rencor y odio que con el paso de los meses había comenzando a desarrollar por el rey cuervo no iba a cambiar estuviese el mismo vivo o muerto. A pesar de que nunca mostraría dicho odio ni con actos ni con palabras. A pesar de que era suyo y no tenia porque compartirlo. Mismo sentimiento que comenzaba a desarrollar por los altos cargos de Begnion. Habian abandona a su pueblo,habían dejado a los suyos morir,todo atrás por el bien propio. No merecen perdón,respeto,poder ni privilegios.

Un sentimiento que no hacia mas que alimentar su sensación de familiaridad,de nostalgia ante la situación. Que aumentaba el deseo de que Daein cumpliese sus objetivos, de que Begnion pasase a estar bajo su bandera, así como su sentamiento de ayudar,de formar parte personalmente.

Kilvas ahora estaba bajo la bandera de Durban. Begnion pronto estaría bajo la de Daein.

Aun así,a pesar de desear ayudar,la reina estaba limitada. Su estancia en Daein no podía ser eterna,tendría que volver a su patria mas temprano que tarde. Tampoco podía involucrar a Pelleas en todos sus pasos,los deberes del príncipe y sus responsabilidades para con su pueblo no podían quedar en pausa durante toda su estancia. Sabiendo eso ofreció la ayuda y la de sus hombres, se presentaron voluntarios ,para formar parte de un pequeño escuadrón de soldados de Daein que pretendían emprender un ataque contra una de las bases de Begnion ubicada en las cercanías de la frontera con Daein. Era uno de los lugares mas cercanos,donde menos distancia debía recorrer y por ello menos tiempo dedicarían a ello. Era uno de los escuadrones mas pequeños, lógico,emplearían mas hombres y fuerzas de ataque en incursiones mas adentradas en el territorio enemigo. El permanecer cerca de la frontera les daba la opción de retirarse a su patria a sanar heridas y abastecerse,la opción de pedir refuerzos y que acudiesen a tiempo. Cuanto mas se adentrase uno en territorio enemigo mas se dificultaban dichas acciones, o mas tiempo se emplearían en las mismas.

Así pues informo al príncipe de sus intenciones,asegurando de que seria prudente y no debería preocuparse por su bienestar. Acompaño a las tropas hasta la frontera. Se llevo consigo a parte de sus hombres,no fue sola. Iba acompañada de uno de sus generales y de magos de alto nivel. De gran poder. Su ejercito no se formaba únicamente por usuarios de la magia. Pero esa lo que los caracterizaba,su principal poder tanto defensivo como ofensivo,junto con sus navíos. No podía demostrar la fuerza de sus barcos en tierra firme,pero si iba a demostrar porque eran conocidos como un país de magos. Mostrarían su poder con orgullo.

Todos sus soldados iban ataviados con el uniforme de las Islas,con su bandera. Aun así,a pesar de la demostración a través de sus ropajes de que no pertenecían al ejercito daenita, la reina les había ordenado, que a no ser que ella diese alguna orden en especifico, estarían bajo ordenes del ejercito de Daein. Eran invitados,una mano amiga,una leve ayuda. Obedecerían ordenes e intenciones ajenas,buscarían el bien de Daein.

-Nuestra presencia en el campo de batalla no cambiara el resultado de la misma,pero si que puede ayudaros a cumplir vuestros objetivos en menos tiempo del esperado. Por ello,espero que no os resulte un inconveniente que mis hombres y yo os acompañemos en vuestra misión de hoy. Como muestra de amistad y hermandad entre nuestras naciones nos complace el ayudar a Daein a cumplir con sus objetivos.De la misma manera es un honor el luchar junto con guerreros tan fuertes y experimentados como los daenitas... quedamos a vuestro servicio...

La reina se presento ante quien lideraría el ataque,hablo con voz firme.Autoritaria. Elevada para que todos los soldados la escuchasen. Quería dejar claras dos cosas con sus palabras,aunque fuese de manera sutil. Por un lado que no subestimaba al ejercito de Daein,que sabia que su ayuda no seria necesaria,pero que aun así la ofrecían. No quería que entendiesen su ayuda como muestra de que los consideraba débiles. Nadas mas lejos de la realidad. Por otra parte mostraba también ,de forma mas sutil,que ayudarían deseasen los otros o no. Lo había dicho para que no pudiesen negar su ayuda.

La mujer pronuncio todo con sus ojos rojos clavados en el líder de la misión. Con una suave sonrisa en sus labios. Al contrario de sus hombres ella no portaba uniforme alguno.Si que iba como siempre,con un atuendo nuevo. Habia elegido un vestido color negro, pues en la firma de la alianza había acudido con ropajes de dicho color y así seria mas fácil para los otros distinguirla. Era un vestido que dejaba todo su escote expuesto,su blanca piel a la vista.Al igual que una de sus piernas expuesta al tener un corte en uno de sus laterales.Se apreciaba que el interior del vestido era de color morado,a través de los bordes del mismo. Tambien tenia un dibujo de una mariposa, del mismo color que la tela interior,en su cadera.Unos guantes negros cubrían sus manos hasta el codo.Unos zapatos negros de tacón de aguja,dándole aun mas altura. En su cuello varios collares de perlas, bien ceñidos a su piel mediante nudos pero dejando aun así caer hilos de perlas. Otra mariposa morada sobre las mismas. El dibujo de la mariposa se repetía en su tomo de magia,envuelto en tela morada con el animal en color negro bordado sobre el mismo. Colgaba mediante un trozo de tela de su cadera. Su cabello completamente suelto,casi hasta rozar el suelo.

Dio un rápido vistosa a su alrededor,al resto de soldados daenitas. Les sonrió. Con confianza, con suavidad.

Desvió su mirada a sus hombres,asintieron al ver a su reina.

-Por nuestra parte estamos listos... cuantos ustedes deseen....


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Mensaje por Jill el Dom Nov 04, 2018 5:51 pm

Jill trataba de dar una imagen de seriedad y calma por fuera, pero por dentro estaba completamente nerviosa. Estaba un poco asustada, pero al mismo tiempo, muy entusiasmada ¡Aquella era la oportunidad que tanto tiempo había esperado!

Soldado Nº 4 del séptimo Escuadrón Wyvern del 442º Regimiento de Conquista del Ejército de Daein. Ese era el puesto al que había sido enviada Jill para servir a su patria en combate, junto con su siempre leal amiga Diotima. La soldado más joven de todo el escuadrón, iba a poder demostrar que tenía el puesto más que merecido luchando cara a cara nuevamente contra los Emergidos. Pero esta vez, con una novedad: lo iba a hacer fuera de su reino.

Era la primera vez que salía de Daein en toda su vida. Había sido criada en Talrega y su entrenamiento militar había sido en Nevassa. Jamás le habían encomendado una misión fuera de su reino, ni ninguna otra razón la había hecho marchar fuera de sus fronteras. Hasta ahora. Por primera vez, saldría de su reino. Se sentía como si diera un paso adelante en su vida, como cuando pasó su primera noche fuera de casa o cuando entró en el ejército.

Tampoco es que fuese un gran paso. Su primer objetivo era asegurar una tomar un fuerte Emergido en las montañas, no muy lejos de la frontera. El objetivo era retomar esa base y utilizarla como base de Daein para llevar a cabo la invasión por todo el territorio. Una misión sencilla, y en cierto modo, cerca de casa. El único problema es que se trataba de Begnion.

Su padre era originario de Begnion. Aunque se casó y le tuvo a ella en Daein, al principio su hacha estuvo al servicio del imperio de Begnion. La propia Jill sabía poco de aquella época de la vida de su padre, pues éste parecía que no gustaba hablar del tema, por mucho que le preguntase. Pero solo el hecho de ser originario de Begnion le trajo bastantes problemas a su padre.

Las relaciones entre Daein y Begnion siempre fueron problemáticas, desde el momento en que Daein logró independizarse del Imperio y establecerse como su propio reino. Las disputas entre ambas naciones han sido siempre tirantes y aunque no hubo una guerra directa, sí que ha habido escaramuzas y disputas fronterizas. Los Daenitas no suelen confiar en la gente de Begnion y viceversa. Y es por ello que su padre lo pasó bastante mal no solo cuando llegó a Daein, sino cuando se alistó a su ejército. Su habilidad le llevó a general, y aun así, muchos todavía le miraban por encima del hombro por haber nacido y servido previamente en el Imperio. Veinte años y todavía se escuchaban murmullos de desprecio y desaprobación.

Jill no sufría ese prejuicio con la misma intensidad que su padre, por el hecho de ser nativa de Daein. Pero también había rumores contra ella, por ser hija de quien es. A pesar de las batallas que ya había librado contra los Emergidos, había quien la consideraba una enchufada o una niña de papá.

Por eso estaba tan emocionada ¡Por fin iba a poder demostrar que era una soldado leal, luchando por conquistar el imperio de donde su padre provenía! Callaría así todas las bocas que habían estado hablando mal de su padre y ella. Demostraría de lo que estaba hecha, y nadie volvería a hablar sobre sus espaldas.

Aunque había otra razón por la que se sentía emocionada, y a la vez tensa y nerviosa… justo a escasos metros enfrente de ella.

En posición de firmes, junto con otros soldados del escuadrón wyvern al que pertenecía y con Diotima a su espalda, Jill observaba a la reina de las Islas de Durban en todo su esplendor.

Era la primera vez en la vida de Jill que veía una reina. Una simple soldado como ella jamás tenía el lujo de relacionarse con alguien de un status tan superior, por muy hija de general que fuese. Eran dos mundos completamente distintos, el de un simple peón de guerra en el campo de batalla y el de alguien que carga con el peso de todo un reino. Pero allí estaba ella, la reina Yuuko, prestándose a luchar junto con una división de las Islas, como si fuera una más en aquel ejército.

Jill no tenía palabras. Obviamente no tenía permitido hablar, pero aunque pudiese hacerlo, no sabría qué decir. La soldado sabía de la existencia de las Islas de Durban, y sabía de la alianza con Daein pero tampoco estaba al corriente de mucho más. Para ella, la diplomacia no tenía interés, ella era una mujer que estaba entrenada y vivía para el combate, pero se sentía fuera del agua con todo lo demás que no fuera eso o el cuidado de wyverns. Jill solo sabía que el acuerdo alcanzado era importante para ambos reinos y sentía que cualquier cosa que hiciese o dijese delante de la reina podría poner en peligro tan importante alianza al dejar en mal lugar al reino de Daein.

Aparte, se sentía intimidada ante la reina de Durban. Intimidada y cautivada al mismo tiempo. Su cuerpo parecía frágil, tan pálido y cubierto por una tela negra que parecía más propio de una plañidera que de una monarca, y nada apropiada para el clima frío del reino de Daein. Sin embargo, algo había en su actitud, en sus poses y en su mirada que trasmitía Grandeza. Nobleza. Poder. Autoridad. Respeto. Gloria.

La reina Yuuko representaba todo un universo que Jill no podía atreverse ni a soñar.

-Será un honor servir a vuestro lado, Alteza.-respondió el comandante ante las palabras de la reina. No dijo más, seguramente porque él tampoco sabía que decir. A Jill le alivió un poco saber que ella no era la única que se sentía tan tensa e indecisa. Probablemente todos se sentían así.

Jill se mantenía inmóvil en posición de firmes, incapaz de hablar, decir o pensar, su mirada puesta en la reina, cuando ésta daba instrucciones a sus propios hombres. Fue entonces cuando un ruido llegó por encima de sus cabezas. No era más que el tercer escuadrón wyvern, que había faltado a la recepción de la reina para hacer una misión de reconocimiento y regresaba a informar. Podía ver a los rojos wyverns del tercer escuadrón sobrevolando la base en círculos concéntricos mientras se acercaban a la zona de aterrizaje. Vio uno de ellos, el más cercano, poner una cara que había visto a Diotima cientos de veces antes de contraer un poco su cuerpo.

Jill sabía lo que aquello significaba. Bajó la cabeza y vio a la reina justo enfrente. El rostro de la soldado se congeló un segundo. Pero enseguida reaccionó y actuó impulsada por el miedo y la desesperación.

-¡¡¡Alteza, cuidado!!!-gritó como una posesa mientras abandonaba su posición y corría a toda velocidad hacia la reina, para empujarla con fuerza lo más lejos posible.

Justo a tiempo. Un montón de boñiga de wyvern cayó justo donde estaba antes la reina Yuuko… y ahora se encontraba Jill, llenando de excrementos el pelo y la armadura roja de la soldado daenita.

Jill se quedó quieta un par de segundos, procesando en su cabeza lo que había pasado… y lo que había hecho. Y después soltó un alarido de terror que llenó toda la base.

-¡¡Lo siento, lo siento, lo siento muchísimo!!-gritó Jill, llena de caquitas de wyvern, mientras se ponía de rodillas y apoyaba la cabeza en el suelo en señal de pleno arrepentimiento hacia la reina.-¡No quería empujaros, os lo prometo muchísimo! ¡Es solo que vi al wyvern a punto de defecar y tenía que hacer algo! ¡Ha sido un accidente! ¡Si os he profanado de alguna manera, os pido mil disculpas! ¡Os pagaré con lo que sea! ¡Todo mi dinero! ¡Mi casa! ¡Si queréis cortarme las manos, adelante! ¡Por favor, solo olvidad que esto ha pasado! ¡No rompáis la alianza, ha sido todo sin querer!

A Jill no le preocupaba tanto su propio futuro inmediato como que la alianza entre Daein y Durban pudiera verse alterada por aquel incidente. Si aquello ocurría, ya no habría forma alguna de probar su lealtad hacia Daein y ganar el prestigio que su padre merecía.

Qué bonito comienzo para tan apasionada conquista. Un conflicto diplomático, que hacía ver su futuro, y su presente, lleno de mierda.
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Mensaje por Yuuko el Miér Mayo 01, 2019 4:48 pm

Yuuko se limito a asentir levemente con la cabeza ante las palabras del comandante,indicando así que sus palabras habían sido escuchadas. Lo cierto es que sentía cierta... decepción. Habia acudido a ese lugar como apoyo,sin intención alguna de ser un estorbo para los soldados que formaban parte de aquella misión,sin intención alguna de interponerse y tomar el mando. En primer lugar porque eran los invitados. La conquista no estaba siendo llevada por Durban si no por Daein, y como tal debían ser ellos quien tomasen la iniciativa, la batalla debía ser llevada a su modo. En segundo lugar porque seria imprudente por su parte, presuntuoso,el dar ordenes a un escuadrón formado por jinetes wyvern. No tenia ni los conocimientos ni la experiencia necesaria para comandar a ese tipo de escuadrón,ni siquiera para luchar junto a ellos la verdad fuese dicha. En Durban carecían de caballería o monturas aladas. Su país se conformaba por mas mar que tierra,sus enemigos acudían por mar y por lo tanto era lógico que gran parte de las batallas fuesen llevadas a cabo en aquel lugar. Si acomodaban los barcos para que los mismos pudiesen transportar caballos, o para que los wyverns y pegasos aterrizaran en ellos para poder descansar, apenas abría sitio para los soldados,las armas y los víveres. En el caso de su patria ese tipo de tropas eran innecesarias y acarreaban mas desventajas que beneficios.

Así pues seria la primera vez que tanto ella como sus magos luchasen junto a esas criaturas y aquellos que las montaban, de echo se había percatado de que alguno de sus hombres lanzaba miradas furtivas a las criaturas, con curiosidad. Con algo de admiración. En esas circunstancias las instrucciones de la reina habían sido escasas. Dejar que Daein tomase la iniciativa,ceñirse a su plan. Sin saber si el ejercito Daenita estaba acostumbrado o no a luchar junto a magos ,pues también podría ser que fuesen tan ignorantes e inexpertos como ellos en lo que a luchar con sus nuevos aliados se refería, se había adelantado dando ordenes. Se mantendrían atrás, cuidarían las espaldas de sus aliados con sus ataques a distancia. Se centraría en lanzar su magia al frente,intentando que la misma no alcanzase el aire y importunar o alterar así a quienes luchaban desde las alturas. Habia ordenado solo a media docena de sus hombres mas experimentados y habilidosos que vigilasen los cielos y lanzasen su magia a aquel lugar si alguno de los jinetes requería de asistencia,pero que fuesen prudentes en esas acciones para no ser un incordio mutuamente. Les había ordenado parar si aquellas acciones perjudicaban al escuadrón y la misión.

Habia previsto el no tener instrucciones u ordenes por parte de los daenitas. Ya fuese por no querer ordenar a sus nuevos aliados, por no saber que ordenes y labores encomendarles, o simplemente porque estaban tan acostumbrados a sus rutinas que no se habían percato de que había quienes no conocían las mismas. Lo entendía,ella misma no había tenido que dar instrucciones a los suyos,sabiendo sus soldados el que y como hacerlo tras tantas batallas libradas. La mujer lo había tenido en cuenta, y lo sabia. Y aun así no puedo evitar sentir cierta decepción al no recibir ni una palabra, ni una sola explicación mas haya de cual era el objetivo de la misión.

Aunque en esos momentos sus sentimientos no importaban.Los mismos no cambiaban nada. Iba a luchar con la misma determinación, iba a demostrar de que eran capaces sus hombres. Pues si de algo estaba orgullosa la reina era de sus islas,de sus mares,de sus ciudadanos y de su magia.

La monarca fue sacada de sus pensamientos cuando un grito a sus espaldas llamo su atención, sabiendo al estar acostumbrada a dicho titulo que se dirigía a ella. Antes de que pudiese girarse por completo ante la advertencia algo la empujo, haciendo que diese un par de pasos hacia adelante gracias a la fuerza con la que había sido empujada y trastabillase un poco. No tardo mucho en recuperar el equilibrio y detener aquellos involuntarios pasos. Llevaba años caminando con zapatos de tacón incluso en terrenos donde no era nada recomendable usar un  calzado con tan poca estabilidad. Tenia practica manteniendo el equilibrio y una pose elegante en tales circunstancias por lo que recuperar la postura tras ser empujada no fue mayor problema.

Nada mas detenerse se giro confundida. Sus ojos captaron a sus hombres,con los tomos abiertos en sus brazos,habiendo sacado los mismos por pura inercia tras el grito, y la confusión apoderándose de sus rostros. Aunque la reina no presto mayor atención a ellos,no con la imagen que tenia frente a ella. La de una joven soldado ocupando el lugar que ella misma había ocupado instantes atrás, con su cuerpo cubierto de arriba abajo de... oh... Por ello el grito. La reina casi se reprendió a si misma. Habia tenido en cuenta que no estaban acostumbrados a compartir campo de batalla con animales,pero ni por un momento se había acordado de eso... de que eran animales y que no entendían de protocolos ni de saber estar,que no se les podía pedir que esperasen a estar en el lugar apropiado para realizar un acto tan natural como era el aliviarse. En el caso de los caballos los mismos llenaban el suelo de heces,haciendo que los soldados de infantería se manchasen los zapatos, parte de las piernas como mucho si la cantidad era abundante. Pero en el caso de criaturas voladoras... suponía que aquello era lo habitual, que había sido descuidada a imprudente por no planteárselo siquiera. Aunque aun dentro de dicha normalidad que le cayese a uno encima de lleno debía de ser ...desafortunado cuanto menos...

La voz ajena, llena de terror e histeria , le saco a la reina de sus pensamientos. Si no estuviese tan acostumbrada a mantener sus expresiones faciales controladas en publico se habría permitido alzar la ceja,ligeramente confundida. Se estaba disculpando por haberla salvado de tal desafortunado evento? De verdad creía que se había ofendido de alguna manera tras ese acto? Empujar a un rey,acercarse de esa manera siquiera, no era apropiado. Pero entre las dos opciones que se presentaban era la adecuada.Ademas también se podía culpar a los propios compañeros de la daenita,por no detenerla a tiempo,a los soldados de la isla por no impedir que se le acercase... Hablando de ellos,pudo observar a varios de sus hombres mirando hacia un lado y mordiendo sus labios evitando reírse de las circunstancias. De la pobre mujer cuya circunstancia vista desde el exterior resultaba divertida, de la pobre que se disculpaba cuando ellos sabían que su reina no se enfadaría con ella por ello.

Soltó un leve suspiro,al menos estaban siendo educados y conteniendo la risa.

-Silencio... en pie...

Ordeno con voz firme pero autoritaria.Esperando que la soldado cumpliese con las ordenes. Mientras la monarca busco con la mirada a uno de sus hombres, uno que tenia un tomo de viento abierto entre sus manos. Lo llamo con un gesto de su mano,de manera silenciosa. Se detuvo frente a su reina, Yuuko señalo a la mujer frente a ellos,cubierta de mierda. Lo miro unos instantes ,unos segundos tras los cuales el hombre entendió la orden silenciosa.

-Con delicadeza por favor...

Pidió la monarca. El soldado a su lado conjuro un hechizo, una leve corriente de aire,sin mucha fuerza,que dirigió contra Jill. Haciendo que la mayor parte de la suciedad que cubría a la mujer se despegase de su cuerpo. No fue suficiente para limpiarla por completo,aun quedaban respetos en su cabello y parte de sus ropajes, restos que deberían ser limpiados con agua o algún pañuelo. Pero eso era mejor que nada.

-No tienes porque disculparte. Tus acciones no fueron apropiadas, pero dentro de las dos opciones que en esos momentos viste que poseías tomaste aquella que mas me beneficiaba a mi,aunque te perjudicase a ti y te pusieran en una situación tan... desafortunada y problemática... en mas de un sentido... Siendo así,no tengo motivos para enfadarme contigo y guardarte rencor,si no mas bien agradecerte... Se que tus intenciones eran buenas,no tienes que compensar nada ni pagar nada... Pero dejando eso de lado... De verdad crees que la unión entre nuestras patrias es tan débil que un simple accidente ,que no estaba en manos de nadie evitar, puede ponerlo en riesgo? Si algo tan mínimo pudiera romperlo ni siquiera merecería la pena aliarse desde el inicio. No... Aquello que nos une es mucho mas fuerte. Es algo creado tras conocer ambas naciones,tras forjar un vinculo de confianza entre ambas familias reales, y tras meditar en profundidad las desventajas que la unión pudiese suponer, tras examinar a conciencia como beneficiarnos mutuamente... Y por eso no debes preocuparte de que una acción tuya rompa nada, pues va mucho mas allá...

Se giro hacia el comandante daenita,dirigiéndose esta vez hacia el.

-La joven tiene tiempo de ir a cambiarse de ropa antes de comenzar la misión? Después de lo que ha hecho no me gustaría que tuviese que luchar en esas condiciones. Aunque si no tenemos tiempo para ello seria inevitable...

Volvió a dirigir su mirada a la soldado,antes de esperar una respuesta del comandante

-Cual es tu nombre?
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Reina de las Islas de Durban

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Mensaje por Jill el Vie Mayo 03, 2019 6:32 am

Desesperación. Pura desesperación. De rodillas, con lágrimas a punto de salírsele de los ojos, Jill sentía toda su vida desfallecer. En solo un segundo, lo había estropeado todo. Sus sueños de gloria y reconocimiento para ella y para su padre se habían convertido en una horrible pesadilla.

La soldado escuchó a la reina mandándola callar. Y así hizo, de forma completamente automática. Se levantó como un resorte y se puso en posición de firmes, indiferente a todo lo que la rodeaba salvo la imponente presencia de la regente de Durbán en frente de ella. Ignoraba las miradas de sus compañeros, el susurro del viento o el gruñir de los wyverns recién llegados, y el olor a caquitas que rodeaba todo su cuerpo. Solo existía ella, simple y vulgar soldado de Daein, y Yuuko, la gran reina de las islas de Durbán, a la que Jill había osado profanar empujándola de forma tan salvaje.

La reina llamó a uno de sus magos. Le dio un par de órdenes que Jill no pudo escuchar. No hacía falta. La soldado se imaginaba perfectamente lo que estaba pasando.

Ese mago la iba a ejecutar por el crimen de asaltar a la reina. Era lo obvio. Probablemente un hechizo de fuego que la convirtiese en cenizas, aprovechándose del “combustible fósil” que la rodeaba por entero para acelerar el proceso.

Jill se quedó quieta, en silencio, sin siquiera atreverse a respirar. Aceptaba la condena. Aunque su vida fuera a ser sacrificada, si servía para mantener la alianza entre Daein y Durbán, acogía la decisión sin vacilar. Lo único que se lamentaba por dentro era haber fallado de tal manera a su padre. Solo podía esperar que el incidente le salpicase lo menos posible.

La soldado miró de frente hacia el mago, que iba a ejecutarla. El hombre, con profesionalidad abrió su tomo y empezó a conjurar. Era el fin.

O no. Porque no era fuego lo que fue convocado. Era viento. Y no el viento cortante que había aprendido a temer cuando estaba a lomos de Diotima. Era como una brisa gentil. Lo suficientemente suave como para no empujarla o derribarla. Pero lo suficientemente fuerte para hacer volar la mayoría de heces que rodeaban la armadura y cabello de la soldado pelirroja. Jill se quedó con los ojos abiertos, totalmente asombrada por lo ocurrido ¿La estaba… limpiando?

Jill escuchó entonces las palabras de la reina. Como por un lado la decía que no debía sentirse culpable por lo que había hecho, ya que había actuado en beneficio de la reina en contra de su propio interés y eso era algo de agradecer, no lo contrario. Y también escuchó como la regañaba por atreverse a pensar siquiera que una acción tan simple como aquella podía echar abajo toda una alianza negociada y forjada durante tanto tiempo. Las mejillas de la soldado se pusieron de color rojo intenso como su cabello, mientras bajaba su cabeza avergonzada.

-Os pido mil disculpas por mi infinita ignorancia, Alteza. Soy una simple soldado y soy completamente ajena a temas que por mi rango no me compete conocer. Lamento honestamente el ridículo que he hecho ante vuestros ojos con mi grito y mis palabras.-Jill no mentía. Para ella, la diplomacia era un arte del cual no sabía prácticamente nada. No sabía cuánto costaba forjar una alianza, y tampoco cuánto costaba romperla. Era por eso que tenía tanto miedo que una simple y tonta acción como la de empujar a la reina para salvarla de una lluvia de caquitas de wyvern fuese capaz de estropearlo todo.

Pero afortunadamente, no era el caso. El alivio recorrió por completo a Jill. No solo la alianza no estaba en peligro, sino que la reina no estaba enfadada con ella, e iba a poder conservar su pellejo. Iba a poder seguir peleando por su patria. La reina solicitó al comandante nuevas ropas para la soldado.

-No hay problema, Alteza. Queda poco tiempo, pero el suficiente para que la soldado se pueda cambiar.-respondió el comandante, antes de dirigirse hacia varios de sus hombres.-Preparad un barreño de agua y toalla para la jinete wyver y llevádselo a su tienda de campaña.-y dicho esto se dirigió directamente a Jill.-Tienes 15 minutos para limpiarte y volver soldado. Vuelve inmediatamente hayas terminado y colócate en tu puesto.

-¡A sus órdenes, comandante!-dijo y empezó a caminar corriendo… aunque se detuvo a los dos pasos cuando la reina preguntó por su nombre. Jill se quedó paralizada y sorprendida ¿Para qué querría la reina el nombre de una simple soldado como ella? La mujer pelirroja volvió a ponerse en posición de firmes saludando con su mano diestra en la frente a la reina mientras respondía a su pregunta.-¡Jill, Fizzart, soldado número 4 del 442º Regimiento de Conquista del Ejército de Daein! ¡A su servicio, Majestad!

Acto seguido se fue corriendo a su tienda de campaña. No tenía mucho tiempo así que procedió a cambiarse con soltura. Sabía que aquello no eran condiciones normales. Si no fuera por la petición de la reina, Jill perfectamente se habría visto obligada a luchar en aquel sucio estado. Tampoco es que la afectase sobremanera, el hechizo de viento le había quitado lo esencial y estaba perfectamente acostumbrada a ese olor después de tanto tiempo conviviendo con Diotima. Pero ante la reina Yuuko quería estar lo más presentable posible.

Un minuto para llegar a su tienda. Cinco minutos para quitarse la ropa. Dos para zambullir su cabeza en la cantina de agua preparada y quitarse rastros de heces en el pelo. Uno para secársela. Cinco para volverse a colocar otra muda limpia, armadura de color rojo incluida. Y un minuto para volver y colocarse en posición de firmes justo donde estaba antes. El comandante lanzó una mirada furtiva a Jill, pero enseguida volvió su atención a la reina. Aparentemente estaban discutiendo su plan de acción.

-Según el informe del tercer escuadrón, el frente sur es el menos vigilado. Lógico porque es el contrario a sus fronteras. Nos dividiremos en dos grupos. Infantería causará un poco de ruido por el norte, distrayendo la atención del enemigo. Mientras los wyverns rodearemos el fuerte y atacaremos por sorpresa desde el lado opuesto. Nuestro plan, si os place, es que vuestros magos y vos os unáis a la ofensiva desde el sur. Nuestros propios jinetes wyverns pueden cargaros para facilitar vuestra movilidad en territorio enemigo. Quemad las torretas para que no puedan usar a sus arqueros y arrasad con todo, pero con cuidado de no causar demasiados daños. Recordad que queremos utilizar el fuerte como nuestra propia base ¿Qué os parece?-había cierto deje de orgullo en la voz del comandante, como si estuviese satisfecho del plan presentado. Jill debía reconocer que aunque un poco simple, era efectivo. Y en aquellas circunstancias, podía funcionar. Solo faltaba que la reina le diese el visto bueno y ponerse en marcha cuanto antes.
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Mensaje por Yuuko el Jue Mayo 09, 2019 4:02 pm

Si el comandante daenita acepto la petición de la reina para complacer a la misma o porque realmente podía permitirse el cumplirla Yuuko nunca lo sabría, y tampoco importaba. Lo importante era que la joven de cabellos rojizos no tendría que comenzar su misión sucia e incomoda,algo que sin duda alguna empeoraría su rendimiento aunque fuese de manera leve. Las batallas eran delicadas e impredecibles hasta cierto punto. Eran sucias, eran dolorosas,eran eternas... Si un soldado era herido debía seguir luchando o abrirse paso entre aliados y enemigos para buscar ayuda. Si se manchaba de tierra y sangre tendría que continuar ignorando la sensación del barro y la tierra seca,de la costra que dejaban sobre la piel de uno,de los ropajes bajo las armaduras que se pegaban y entorpecían los movimientos. Si su mente no estaba en condiciones optimas, si no confiaba en si mismo,si estaba incomodo, aquello tendría consecuencias en la batalla. No estaría tan concentrado como debería, tomaría peores decisiones o no seria capaz de tomarlas en absoluto, la velocidad de reacción disminuiría... Habia tanto que podía fallar,tantos factores a tener en cuenta... Yuuko intentaba acudir a la batalla con sus hombres seguros de si mismos,descansados, preparados en cuerpo y mente para la misión que les esperaba... A veces era fácil,a veces difícil. En ocasiones era suficiente con un plan bien meditado que era compartido con sus tropas, con una discurso que subiese su moral.Era suficiente con tener las armas y armaduras adecuadas, era suficiente con tenerlos bien alimentados y descansados.... En este caso limpiar a la jinete puede que no la dejase en sus condiciones mas optimas, pues con lo nerviosa que se veía dudaba que dichos nervios fuesen a solucionarse con un simple cambio de ropa, pero sabia que ayudaría. Que eliminaría en parte aquello que le podía jugar en contra a la mujer. Era lógico que ejecutase tal petición. Después de todo le gustaba que sus hombres estuviesen bien preparados para la misión,para la batalla de la que esperaba que saliesen con vida... y Daein ahora era su aliado, su hermano... sus hombres no pertenecían a la reina de las Islas de Durban, pero hasta donde pudiese permitírselo los cuidaría y protegería como si lo fuesen.

Ademas la mujer había captado su interés. Se había dado cuenta de lo que estaba por caer sobre la reina cuando nadie mas se había percatado, ni siquiera su comandante, y había actuado acorde a ello a pesar de las consecuencias que creía que eso acarrearía a su persona. No había tardado en disculparse,en asumir las consecuencias de sus acciones aunque eso significase el fin para ella y para todo aquello que había construido hasta la fecha. La monarca saco varias conclusiones con ello. Era una mujer muy observadora y consciente de su entorno, sacaba conclusiones con rapidez y reaccionaba a ellas de forma eficiente. No tenia problemas en disculparse ni en asumir sus propios errores,por mas que en esa ocasión no estuviese equivocada. Mucha gente se negaba a ver su error, se creían perfectos ,su orgullo no permitía hacerles ver sus fallos ni disculparse ante nada. El orgullo no era malo, incluso Yuuko era consciente de que ella era hasta cierto punto orgullosa. Orgullosa de sus islas,de sus ciudadanos,de sus soldados,de sus magos,de sus barcos... Pero en ocasiones el orgullo cruzaba una fina linea, imperceptible, difusa, un punto en el que el orgullo se interponía en las acciones y decisiones de uno,impidiéndole hacer juicios de forma adecuada. La jinete wyvern estaba lejos de esa linea, tenia la humildad suficiente para ver que no era perfecta. Y sobretodo, había demostrado que era capaz de sacrificarse por el bien de su nación, había demostrado el amor a su patria y lo lejos que estaba dispuesta a llegar por dicho amor. Un sentimiento que la reina tenia en muy alta estima, pues ella también lo compartía.

Todas aquellas características en lo que no era mas que un soldado raso, otro hombre mas en las largas filas del ejercito daenita. Lo cual hacia a la mujer mas interesante a los ojos de la reina. Siendo así,como no iba a preguntar por su nombre?

La reina siguió a Jill con la mirada unos instantes antes de pasear la misma por sus hombres.El mago de viento había vuelto a su posición y al parecer se habían calmado lo suficiente como para no tener que contener las risas sobre la situación que acababa de ocurrir. Aunque aun seguía habiendo alguno de los suyos que lanzaban miradas furtivas a los wyverns presentes.No los podía culpar ,después de todo esas criaturas no eran comunes en las islas. Las ultimas ocasiones en las que se habías visto alguno de esos seres alados en alguna de las islas había sido cuando los mercenarios habían acudido a la llamada de las campañas pagadas.

El comandante carraspeo ligeramente, llamando la atención de la monarca con ese gesto. Yuuko dirigió su mirada al hombre y le sonrió suavemente, un leve asentamiento de cabeza le indico que podía tomar la palabras. El hombre tardo un poco en hacerlo, dubitativo,no era un soldado de Durban y como tal no estaba acostumbrado a los comandos silenciosos de la reina. Comenzó a explicar el territorio en el que se adentraría, dando algunas indicaciones de la geografía que rodeaba al fuerte y de como se podía llegar al mismo de manera segunda. Describiendo la edificación de la mejor manera posible,para que se hicieran una idea de donde iban a luchar ese día. Yuuko llamo a sus hombres,pidiéndoles que se acercasen con un simple gesto. Seguían detrás de la mujer,pero mas cercanos al comandante, asegurándose de que escuchaban cada una de las palabras del hombre. Continuo contando la labor que le había sido asignada al tercer escuadro,el cual había ido en una misión de exploración, y los informes que habían recibido de ellos. La reina entendió entonces que la falta de explicaciones hasta el momento se debía a que estaban a la espera de dichos informes, o bien para elaborar un plan a través de ello o para modificar lo ya planeado de antemano.

La mujer escucho el plan con atención,evaluando los pros y contras del mismo. La infantería tendría que causar un gran alboroto para poder servir de distracción de forma adecuada. Pues contando la fortaleza con torretas y teniendo en cuenta el tamaño de los wyverns... a un escuadro formado por esos seres se les tenia que ver llegar,mas aun desde esa altura. Pero el ejercito daenita se especializaba en ese tipo de jinetes,así que no dudaba de que contaban con velocidad y cierto sigilo para poder elaborar un ataque sorpresa de forma adecuada,si no dudaba mucho que el comandante mismo lo hubiese sugerido. Otro de los puntos a tener en cuenta era el que ella y sus soldados serian trasladados por esos seres. No tendrían que montar sobre ellos pero eso no omitía el echo de que ninguno había volado con anterioridad. La mitad de los presentes ni siquiera había montado sobre un caballo. Los había en las islas,eran el medio que se solía usar para trasladarse entre aquellas de gran tamaño, pero aun así los barcos seguían siendo el medio de transporte mas utilizado. La reina misma era una excelente jinete, y aun así tenia ciertas dudas sobre como se adaptaría a volar sobre esas criaturas. Después de todo no era lo mismo el suave pelaje de un corcel que las escamas sobre las que se ponía la silla de montar de esas criaturas.... Ciertas dudas que no se permitiría expresar en voz alta, ni expresar mediante gestos. Debía mostrarse segura por los suyos. Los ciudadanos de Durban pertenencia al mar y no al aire pero no era ese uno de los motivos de la alianza? El complementarse mutuamente? Si tenían que hacerlo lo harían, con seguridad pero con prudencia. Demostrarían de lo que eran capaces...

La mujer acabo asintiendo al plan. Los inconvenientes seguían estando , pero la mayoría de los planes los tenían, era muy raro elaborar alguno que no contase con alguna especie de traba. Y ya había dicho con anterioridad que dejarían que Daein asumiese el control de la misión. Una misión basada en un plan en apariencia simple. Y quizás por esa simpleza resultase efectivo.

-No os preocupéis por eso. Sabemos controlar los daños, de otra manera nos seria imposible luchar en mar abierto sin comprometer nuestras propias naves...

La mujer sonrió levemente ante la advertencia de que no destruyesen demasiado la edificación. Habian conseguido conquistar Kilvas sin destruir las torres de vigilias de las islas.No tenia duda de que podrían con ello.

-Si eso es todo por nuestra parte podemos comenzar.... Supongo que lo mas adecuado seria que vos asignaseis cual de vuestros hombres se encargaran de transportar a los míos, después de todo sois vos quien mejor conocéis a vuestros jinetes. Aunque si me gustaría hacer un par de peticiones al respecto,si no es molestia.

Clavo sus ojos sobre el hombre, observándolo atentamente para ver las reacciones ante sus peticiones.

-Me gustaría que vos no transportaseis a ninguno de los nuestros, pues no quisiera añadir mas carga a vuestra persona teniendo en cuenta la responsabilidad que conlleva liderar a todos estos soldados. Por mas capaces que seáis de ello prefiero no pediros demasiado. También me gustaría que fuese la soldado Jill Fizzart quien se encargue de llevarme a mi, siempre y cuando no tuvierais otra misión en mente para vuestro jinete...

Sonrió con suavidad,consciente de que Jill había vuelto a su posición,pues mientras meditaba el plan observaba de reojo a los suyos para ver si expresaban mediante gestos cierta disconformidad ante el mismo. Habia sido así como la vio llegar, aunque en ningún momento le había dirigido directamente la mirada,ni siquiera en esos instantes.
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Mensaje por Jill el Jue Mayo 16, 2019 3:20 pm

Jill observó atentamente la reacción, no solo de la reina, sino también de sus propios hombres, ante el plan que había puesto delante el comandante para tomar el fuerte de Begnion. La reina mantenía la calma y seguridad, como cabía de esperar de alguien de su altura, muy superior al resto de mortales ahí reunidos. Pero los demás siervos de Durbán eran meros hombres, y la mayoría no habían montado jamás en un wyvern. Quizás ni siquiera habían visto a uno en su vida hasta ahora. Lo podía notar en la mirada de nerviosismo y titubeos, cuando no directamente cuchicheos que se lanzaban los magos entre ellos en cuanto el comandante comentó que serían llevados por los jinetes wyvern.

Algunos de sus propios hombres también notaron el nerviosismo de los magos, y no pudieron evitar soltar una o dos carcajadas. Jill le dio un codazo en el costado a uno para que se contuviera y empezase a actuar de manera profesional ¡Así no era la forma de actuar de un verdadero soldado de Daein! Pero además, podía entender perfectamente a los magos. Ella también estaría preocupada y nerviosa si tuviera que luchar en condiciones completamente distintas a las que luchaba normalmente. Por ejemplo, ella nunca había luchado en un barco, algo que los isleños seguro que habían hecho en miles de ocasiones. Por mucho que trabajase y entrenase, era imposible estar preparado para todo.

Y entonces llegó la sorpresa. Jill se quedó en blanco unos segundos, como si no fuese capaz de pensar en absolutamente nada. En cuanto pudo empezar a reaccionar, la siguiente fase fue de negación. No, era imposible. Seguro que había oído mal. Era absurdo que la gran reina de Durbán se rebajase a viajar con una soldado de tan bajo calibre como ella. Era una alucinación. Un delirio provocado por sus ansias de grandeza y de gloria ¡Jill, compórtate! Estás en el ejército ¡Deja de soñar despierta!

-¿Viajar… con la soldado Fizzart? Esto… Supongo… No, no creo que haya inconveniente alguno. Lo podemos arreglar, no hay problema.-las palabras de un también asombrado comandante fueron el pinchazo en la mejilla que Jill necesitaba para darse cuenta de que no estaba soñando, ni teniendo una alucinación o ningún delirio. Aquello era real. La reina había pedido que en el ataque al fuerte fuese con ella.

El interior de Jill era una tormenta de emociones contrarias y contradictorias: Alegría y pavor, orgullo y humildad. De tener un espejo delante de sí, vería un rostro con la boca abierta y los ojos saltones. No salió de su estado hasta que el comandante se dirigió explícitamente hacia ella.

-¿Has oído, soldado Fizzart? Su Alteza, la reina Yuuko, ha decidido que viajará contigo. Trátala con el más absoluto respeto. Y ante todo, mantenla a salvo. Viajaréis cerca de mí, no quiero perderos de vista ¿Ha quedado claro?
-¡Sí, Señor! ¡A sus órdenes, mi comandante!-respondió con otro saludo marcial Jill, obligada por el comandante a salir del estado de shock en que se encontraba.

Dicho esto, el comandante dio una serie de instrucciones hacia el resto de sus hombres y fue a preparar su propio wyvern. No se olvidó de llevar consigo también la bandera daenita que debía ondear en el tejado del fuerte, una vez fuese limpiado de Emergidos. La señal de que la conquista de Begnion daba comienzo. Por un segundo Jill ansió ser ella la que llevara la bandera. Pero enseguida se quitó esa ridícula idea de la cabeza ¡Iba a llevar a la mismísima reina de Durbán a la batalla! ¡¿Es que acaso no era honor suficiente que se atrevía a soñar todavía con más?!

Jill se dirigió hacia la reina, e inmediatamente la saludó de manera marcial. Sus piernas temblaban, aunque no tanto como cuando pensó que iba a morir por haberse atrevido a empujarla. Obviamente, no era esa la situación ya, pero seguía estando tremendamente nerviosa. Después de todo, jamás antes había recibido una solicitud directa por parte de una reina.

--¡Jill, Fizzart, soldado número 4 del 442º Regimiento de Conquista del Ejército de Daein! ¡A su servicio, Majestad!-repitió sin darse cuenta las mismas palabras con las que se presentó ante ella antes de marcharse a limpiarse, cuando su nombre le fue preguntado.-Es para mí todo un honor llevarla al campo de batalla ¡Haré todo lo que me pida! ¡No dude en solicitarme cualquier cosa, por pequeña que sea! Si tiene hambre puedo darle provisiones de mi mochila. No es mucho, y seguro que está acostumbrada a mil manjares mejores, pero ayudan a matar el hambre. También tengo agua por si tiene sed. Puedo ayudarle a arreglarle la ropa si se arruga demasiado durante el viaje ¿Quiere que le limpie los zapatos? No lo he hecho nunca pero puedo intentarlo…

La situación de éxtasis le llegaba involuntariamente a Jill a sobredramatizarlo todo de manera paranoica, como si cualquier error pudiera estropear la alianza, pese a que la misma reina ya había asegurado antes que era imposible que por una cosa trivial pasase tal cosa. Pero había otra razón por lo que Jill actuaba de esa manera. La soldado de veras deseaba servir a la reina Yuuko en todo lo que estuviera en su mano. Porque ella representaba todo lo que una mujer podía aspirar. Era una reina, una de verdad. Con el porte, la responsabilidad, la sabiduría, la amabilidad, la dureza y la exquisitez que tal rango comportaba. Jill no podía evitarlo. Apenas la conocía. Pero ya la idolatraba. Solo el propio rey de Daein estaba por encima de ella a estas alturas.

Solo cuando Jill se hubo calmado un poco, ésta pudo ir a las cuestiones que de verdad importaban para la misión. La soldado guió a la reina hacia Diotima, la wyvern verde de Jill, un espécimen raro incluso en el ejército de Daein, donde la mayoría son de color rojo o marrón.

-Alteza, os presento a mi amiga, Diotima. Diotima, ella es la reina de Durbán ¡Trátala incluso mejor que a mí! ¡Ha quedado claro!-la wyvern soltó un bufido suave como resignándose, mientras desplegaba las alas para que las dos mujeres pudieran subir encima.-La misión va a empezar enseguida. Volaremos bastante bajo, para entre la penumbra de la noche y la copa de los árboles no poder ser vistos. Los Emergidos son criaturas extrañas, pero sabemos que su visión no es mejor que la de un humano normal. Por supuesto, usted volará detrás de mí ¿Ha montado alguna vez en wyvern, Alteza? Si no, le puedo dar unos rápidos consejos para que pueda ir con total seguridad.

Jill no pudo evitar que se le viniera a la cabeza el momento en que le tuvo que explicar las mismas normas de “pasajero” de Diotima a cierto herbolario, no hacía muchos días de aquello. El destino había hecho que la escena se repitiese, solo que (y sin desmerecer para nada a su querido amigo Dantalian al que tanto le apreciaba y debía) la persona a la que tocaba enseñar era alguien de un enorme estatus social. Alguien a quien no esperaba tener que explicarle o enseñar nada, debido a lo separado que estaban ambos mundos.

A pesar de todo, una pequeña parte de ella todavía se seguía preguntando si todo aquello no era un sueño.
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