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[Campaña de Conquista] Devolviendo favores [Jill-Yuuko]

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Mensaje por Yuuko el Vie Nov 02, 2018 3:45 pm

La reina de las Islas de Durban no podía evitar que cierta nostalgia,cierto sentimiento de familiaridad ante las acciones que estaba a punto de realizar. Y aun a pesar de lo conocido,de lo familiar, estaba plenamente  consciente de la diferencia entras las circunstancias que su mente comparaba.La conquista de la isla laguz de Kilvas por parte de las Islas de Durban, y la conquista de la teocracia de Begnion por parte de Daein.

Cuando la reina tomo la decisión de invadir su país vecino ,aquel que había sucumbido a los emergidos y cuyo gobierno había desaparecido,lo hizo por un cumulo de razones, de motivos. El principal motivo fue por el bien de los suyos. Se encontraba en proceso de liberar su propio reino de esos seres,tener una isla tan cercana a la propia completamente tomada por los emergidos le resultaba un peligro inminente.Un riesgo que no estaba dispuesta a correr tras los esfuerzos que en ese momento suponía poner a salvo a su pueblo. Otra parte de ella sentía cierta tristeza,ante la caza máxima de cuervos,ante la posibilidad de la extinción de toda una especie. Pero esa era su parte bondadosa,la parte compasiva de su ser que no podía permitirse el sacar a la luz siempre que lo desease. La parte de su personalidad que solo podía saciar si no interfería con sus intenciones o si coincidía con sus planes. En esta ocasión, el salvar a los cuervos coincidía con su idea,con sus propósitos,así que podía considerarse como una de las razones. Mas no eran las únicas. No cuando Phoenics fue tomada por completo y se convirtió en país emergido. en ese mismo instante decidió,con renovada determinación,que no permitiría que los emergidos tomasen otra país bajo su bandera. Que no permitiría que Kilvas cayese en tal desgracia. Si los cuervos eran tan negligentes como para permitirlo tomaría esa tierra como suya y seria ella ,bajo su bandera y su gente,quien lo impidiese.

Alejaría el peligro de sus islas. Impediría que el enemigo tomase un territorio nuevo. Expendiria sus territorio,sus recursos,su poder... y daría un uso adecuado de los mismos.

Esos habían sido sus motivos, cambiando sutilmente,renovándose a medida que sus campañas avanzaban y la situación del mundo a su alrededor cambiaba. Motivos que nadie necesitaba porque saber, que no necesitaba compartir. No mientras no afectase al bienestar de su pueblo,no mientras supiesen que lo hacían por ellos.  

Y de la misma manera ella no necesitaba conocer los motivos de Daein para el movimiento que había decidió emprender,no necesitaba saber detalladamente el porque había decidido conquistar a su vecino. Si tenían un motivo simple,complejo.Si era por bondad,por venganza,una demostración de fuerza... no importaba. No era asunto suyo. Le bastaba con saber que a sus ojos aquella conquista traería beneficio tanto para Daein como para el pueblo llano de Begnion. Eso,si se lograba conquistar...

La mujer sonrió. No tenia dudas. Begnion iba a ser conquistado tarde o temprano. Con ayuda de las islas o sin la suya, no dudaba de ello. Y aun así ,a pesar de no ser necesario,ofrecería su ayuda.

Era diferente. Sus motivos eran diferentes. Las circunstancias eran diferentes. En su caso había sido un cumulo de islas intentando invadir otra. Teniendo que moverse siempre por mar abierto,batallando en múltiples ocasiones en los navíos. Teniendo que llevar muchas campañas a cabo antes de poder formar alguna base desde la que operar en la isla de los cuervos. Era Pelleas,Daein,quien había ofrecido su mano como ayuda. En ese caso las batallas,la conquista, se llevaría a cabo por tierra. Intentando conquistar el país cuya frontera era la tierra y no el mar,como ellos acostumbraban. Otro movimiento,otro terreno,otras circunstancias... Era Durban quien tendía su ayuda en aquella ocasión, era Yuuko quien se presentaba a la batalla con sus hombres.

Era diferente,y aun así el sentimiento era el mismo. El deseo,o mas bien la necesidad creada por su posición social,de tomar la tierra vecina. El odio hacia los gobernantes que habían abandonado a su pueblo ante el peligro,la irresponsabilidad y egoísmo de aquellos que eran su contraparte en aquellas tierras extranjeras. Yuuko no era capaz de imaginar el dolor de ver sus tierras sucumbidas,y esperaba no hacerlo jamas.Pero si entendía el dolor de ver a su pueblo herido, la lucha constante por sobrevivir. Ya fuese contra piratas o emergidos. Y conociendo el sentimiento a sus ojos el abandonar a su pueblo era impensable.

El gobierno de Kilvas había abandonado a los suyos a sus suerte al caer.Incluso ahora,tomado y fuera de peligro, no había habido noticias del rey cuervo ni sus hombres,ni siquiera sabia si esta vivo o muerto.Poco importaba, el sentimiento de rencor y odio que con el paso de los meses había comenzando a desarrollar por el rey cuervo no iba a cambiar estuviese el mismo vivo o muerto. A pesar de que nunca mostraría dicho odio ni con actos ni con palabras. A pesar de que era suyo y no tenia porque compartirlo. Mismo sentimiento que comenzaba a desarrollar por los altos cargos de Begnion. Habian abandona a su pueblo,habían dejado a los suyos morir,todo atrás por el bien propio. No merecen perdón,respeto,poder ni privilegios.

Un sentimiento que no hacia mas que alimentar su sensación de familiaridad,de nostalgia ante la situación. Que aumentaba el deseo de que Daein cumpliese sus objetivos, de que Begnion pasase a estar bajo su bandera, así como su sentamiento de ayudar,de formar parte personalmente.

Kilvas ahora estaba bajo la bandera de Durban. Begnion pronto estaría bajo la de Daein.

Aun así,a pesar de desear ayudar,la reina estaba limitada. Su estancia en Daein no podía ser eterna,tendría que volver a su patria mas temprano que tarde. Tampoco podía involucrar a Pelleas en todos sus pasos,los deberes del príncipe y sus responsabilidades para con su pueblo no podían quedar en pausa durante toda su estancia. Sabiendo eso ofreció la ayuda y la de sus hombres, se presentaron voluntarios ,para formar parte de un pequeño escuadrón de soldados de Daein que pretendían emprender un ataque contra una de las bases de Begnion ubicada en las cercanías de la frontera con Daein. Era uno de los lugares mas cercanos,donde menos distancia debía recorrer y por ello menos tiempo dedicarían a ello. Era uno de los escuadrones mas pequeños, lógico,emplearían mas hombres y fuerzas de ataque en incursiones mas adentradas en el territorio enemigo. El permanecer cerca de la frontera les daba la opción de retirarse a su patria a sanar heridas y abastecerse,la opción de pedir refuerzos y que acudiesen a tiempo. Cuanto mas se adentrase uno en territorio enemigo mas se dificultaban dichas acciones, o mas tiempo se emplearían en las mismas.

Así pues informo al príncipe de sus intenciones,asegurando de que seria prudente y no debería preocuparse por su bienestar. Acompaño a las tropas hasta la frontera. Se llevo consigo a parte de sus hombres,no fue sola. Iba acompañada de uno de sus generales y de magos de alto nivel. De gran poder. Su ejercito no se formaba únicamente por usuarios de la magia. Pero esa lo que los caracterizaba,su principal poder tanto defensivo como ofensivo,junto con sus navíos. No podía demostrar la fuerza de sus barcos en tierra firme,pero si iba a demostrar porque eran conocidos como un país de magos. Mostrarían su poder con orgullo.

Todos sus soldados iban ataviados con el uniforme de las Islas,con su bandera. Aun así,a pesar de la demostración a través de sus ropajes de que no pertenecían al ejercito daenita, la reina les había ordenado, que a no ser que ella diese alguna orden en especifico, estarían bajo ordenes del ejercito de Daein. Eran invitados,una mano amiga,una leve ayuda. Obedecerían ordenes e intenciones ajenas,buscarían el bien de Daein.

-Nuestra presencia en el campo de batalla no cambiara el resultado de la misma,pero si que puede ayudaros a cumplir vuestros objetivos en menos tiempo del esperado. Por ello,espero que no os resulte un inconveniente que mis hombres y yo os acompañemos en vuestra misión de hoy. Como muestra de amistad y hermandad entre nuestras naciones nos complace el ayudar a Daein a cumplir con sus objetivos.De la misma manera es un honor el luchar junto con guerreros tan fuertes y experimentados como los daenitas... quedamos a vuestro servicio...

La reina se presento ante quien lideraría el ataque,hablo con voz firme.Autoritaria. Elevada para que todos los soldados la escuchasen. Quería dejar claras dos cosas con sus palabras,aunque fuese de manera sutil. Por un lado que no subestimaba al ejercito de Daein,que sabia que su ayuda no seria necesaria,pero que aun así la ofrecían. No quería que entendiesen su ayuda como muestra de que los consideraba débiles. Nadas mas lejos de la realidad. Por otra parte mostraba también ,de forma mas sutil,que ayudarían deseasen los otros o no. Lo había dicho para que no pudiesen negar su ayuda.

La mujer pronuncio todo con sus ojos rojos clavados en el líder de la misión. Con una suave sonrisa en sus labios. Al contrario de sus hombres ella no portaba uniforme alguno.Si que iba como siempre,con un atuendo nuevo. Habia elegido un vestido color negro, pues en la firma de la alianza había acudido con ropajes de dicho color y así seria mas fácil para los otros distinguirla. Era un vestido que dejaba todo su escote expuesto,su blanca piel a la vista.Al igual que una de sus piernas expuesta al tener un corte en uno de sus laterales.Se apreciaba que el interior del vestido era de color morado,a través de los bordes del mismo. Tambien tenia un dibujo de una mariposa, del mismo color que la tela interior,en su cadera.Unos guantes negros cubrían sus manos hasta el codo.Unos zapatos negros de tacón de aguja,dándole aun mas altura. En su cuello varios collares de perlas, bien ceñidos a su piel mediante nudos pero dejando aun así caer hilos de perlas. Otra mariposa morada sobre las mismas. El dibujo de la mariposa se repetía en su tomo de magia,envuelto en tela morada con el animal en color negro bordado sobre el mismo. Colgaba mediante un trozo de tela de su cadera. Su cabello completamente suelto,casi hasta rozar el suelo.

Dio un rápido vistosa a su alrededor,al resto de soldados daenitas. Les sonrió. Con confianza, con suavidad.

Desvió su mirada a sus hombres,asintieron al ver a su reina.

-Por nuestra parte estamos listos... cuantos ustedes deseen....


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Mensaje por Jill el Dom Nov 04, 2018 5:51 pm

Jill trataba de dar una imagen de seriedad y calma por fuera, pero por dentro estaba completamente nerviosa. Estaba un poco asustada, pero al mismo tiempo, muy entusiasmada ¡Aquella era la oportunidad que tanto tiempo había esperado!

Soldado Nº 4 del séptimo Escuadrón Wyvern del 442º Regimiento de Conquista del Ejército de Daein. Ese era el puesto al que había sido enviada Jill para servir a su patria en combate, junto con su siempre leal amiga Diotima. La soldado más joven de todo el escuadrón, iba a poder demostrar que tenía el puesto más que merecido luchando cara a cara nuevamente contra los Emergidos. Pero esta vez, con una novedad: lo iba a hacer fuera de su reino.

Era la primera vez que salía de Daein en toda su vida. Había sido criada en Talrega y su entrenamiento militar había sido en Nevassa. Jamás le habían encomendado una misión fuera de su reino, ni ninguna otra razón la había hecho marchar fuera de sus fronteras. Hasta ahora. Por primera vez, saldría de su reino. Se sentía como si diera un paso adelante en su vida, como cuando pasó su primera noche fuera de casa o cuando entró en el ejército.

Tampoco es que fuese un gran paso. Su primer objetivo era asegurar una tomar un fuerte Emergido en las montañas, no muy lejos de la frontera. El objetivo era retomar esa base y utilizarla como base de Daein para llevar a cabo la invasión por todo el territorio. Una misión sencilla, y en cierto modo, cerca de casa. El único problema es que se trataba de Begnion.

Su padre era originario de Begnion. Aunque se casó y le tuvo a ella en Daein, al principio su hacha estuvo al servicio del imperio de Begnion. La propia Jill sabía poco de aquella época de la vida de su padre, pues éste parecía que no gustaba hablar del tema, por mucho que le preguntase. Pero solo el hecho de ser originario de Begnion le trajo bastantes problemas a su padre.

Las relaciones entre Daein y Begnion siempre fueron problemáticas, desde el momento en que Daein logró independizarse del Imperio y establecerse como su propio reino. Las disputas entre ambas naciones han sido siempre tirantes y aunque no hubo una guerra directa, sí que ha habido escaramuzas y disputas fronterizas. Los Daenitas no suelen confiar en la gente de Begnion y viceversa. Y es por ello que su padre lo pasó bastante mal no solo cuando llegó a Daein, sino cuando se alistó a su ejército. Su habilidad le llevó a general, y aun así, muchos todavía le miraban por encima del hombro por haber nacido y servido previamente en el Imperio. Veinte años y todavía se escuchaban murmullos de desprecio y desaprobación.

Jill no sufría ese prejuicio con la misma intensidad que su padre, por el hecho de ser nativa de Daein. Pero también había rumores contra ella, por ser hija de quien es. A pesar de las batallas que ya había librado contra los Emergidos, había quien la consideraba una enchufada o una niña de papá.

Por eso estaba tan emocionada ¡Por fin iba a poder demostrar que era una soldado leal, luchando por conquistar el imperio de donde su padre provenía! Callaría así todas las bocas que habían estado hablando mal de su padre y ella. Demostraría de lo que estaba hecha, y nadie volvería a hablar sobre sus espaldas.

Aunque había otra razón por la que se sentía emocionada, y a la vez tensa y nerviosa… justo a escasos metros enfrente de ella.

En posición de firmes, junto con otros soldados del escuadrón wyvern al que pertenecía y con Diotima a su espalda, Jill observaba a la reina de las Islas de Durban en todo su esplendor.

Era la primera vez en la vida de Jill que veía una reina. Una simple soldado como ella jamás tenía el lujo de relacionarse con alguien de un status tan superior, por muy hija de general que fuese. Eran dos mundos completamente distintos, el de un simple peón de guerra en el campo de batalla y el de alguien que carga con el peso de todo un reino. Pero allí estaba ella, la reina Yuuko, prestándose a luchar junto con una división de las Islas, como si fuera una más en aquel ejército.

Jill no tenía palabras. Obviamente no tenía permitido hablar, pero aunque pudiese hacerlo, no sabría qué decir. La soldado sabía de la existencia de las Islas de Durban, y sabía de la alianza con Daein pero tampoco estaba al corriente de mucho más. Para ella, la diplomacia no tenía interés, ella era una mujer que estaba entrenada y vivía para el combate, pero se sentía fuera del agua con todo lo demás que no fuera eso o el cuidado de wyverns. Jill solo sabía que el acuerdo alcanzado era importante para ambos reinos y sentía que cualquier cosa que hiciese o dijese delante de la reina podría poner en peligro tan importante alianza al dejar en mal lugar al reino de Daein.

Aparte, se sentía intimidada ante la reina de Durban. Intimidada y cautivada al mismo tiempo. Su cuerpo parecía frágil, tan pálido y cubierto por una tela negra que parecía más propio de una plañidera que de una monarca, y nada apropiada para el clima frío del reino de Daein. Sin embargo, algo había en su actitud, en sus poses y en su mirada que trasmitía Grandeza. Nobleza. Poder. Autoridad. Respeto. Gloria.

La reina Yuuko representaba todo un universo que Jill no podía atreverse ni a soñar.

-Será un honor servir a vuestro lado, Alteza.-respondió el comandante ante las palabras de la reina. No dijo más, seguramente porque él tampoco sabía que decir. A Jill le alivió un poco saber que ella no era la única que se sentía tan tensa e indecisa. Probablemente todos se sentían así.

Jill se mantenía inmóvil en posición de firmes, incapaz de hablar, decir o pensar, su mirada puesta en la reina, cuando ésta daba instrucciones a sus propios hombres. Fue entonces cuando un ruido llegó por encima de sus cabezas. No era más que el tercer escuadrón wyvern, que había faltado a la recepción de la reina para hacer una misión de reconocimiento y regresaba a informar. Podía ver a los rojos wyverns del tercer escuadrón sobrevolando la base en círculos concéntricos mientras se acercaban a la zona de aterrizaje. Vio uno de ellos, el más cercano, poner una cara que había visto a Diotima cientos de veces antes de contraer un poco su cuerpo.

Jill sabía lo que aquello significaba. Bajó la cabeza y vio a la reina justo enfrente. El rostro de la soldado se congeló un segundo. Pero enseguida reaccionó y actuó impulsada por el miedo y la desesperación.

-¡¡¡Alteza, cuidado!!!-gritó como una posesa mientras abandonaba su posición y corría a toda velocidad hacia la reina, para empujarla con fuerza lo más lejos posible.

Justo a tiempo. Un montón de boñiga de wyvern cayó justo donde estaba antes la reina Yuuko… y ahora se encontraba Jill, llenando de excrementos el pelo y la armadura roja de la soldado daenita.

Jill se quedó quieta un par de segundos, procesando en su cabeza lo que había pasado… y lo que había hecho. Y después soltó un alarido de terror que llenó toda la base.

-¡¡Lo siento, lo siento, lo siento muchísimo!!-gritó Jill, llena de caquitas de wyvern, mientras se ponía de rodillas y apoyaba la cabeza en el suelo en señal de pleno arrepentimiento hacia la reina.-¡No quería empujaros, os lo prometo muchísimo! ¡Es solo que vi al wyvern a punto de defecar y tenía que hacer algo! ¡Ha sido un accidente! ¡Si os he profanado de alguna manera, os pido mil disculpas! ¡Os pagaré con lo que sea! ¡Todo mi dinero! ¡Mi casa! ¡Si queréis cortarme las manos, adelante! ¡Por favor, solo olvidad que esto ha pasado! ¡No rompáis la alianza, ha sido todo sin querer!

A Jill no le preocupaba tanto su propio futuro inmediato como que la alianza entre Daein y Durban pudiera verse alterada por aquel incidente. Si aquello ocurría, ya no habría forma alguna de probar su lealtad hacia Daein y ganar el prestigio que su padre merecía.

Qué bonito comienzo para tan apasionada conquista. Un conflicto diplomático, que hacía ver su futuro, y su presente, lleno de mierda.
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Mensaje por Yuuko el Miér Mayo 01, 2019 4:48 pm

Yuuko se limito a asentir levemente con la cabeza ante las palabras del comandante,indicando así que sus palabras habían sido escuchadas. Lo cierto es que sentía cierta... decepción. Habia acudido a ese lugar como apoyo,sin intención alguna de ser un estorbo para los soldados que formaban parte de aquella misión,sin intención alguna de interponerse y tomar el mando. En primer lugar porque eran los invitados. La conquista no estaba siendo llevada por Durban si no por Daein, y como tal debían ser ellos quien tomasen la iniciativa, la batalla debía ser llevada a su modo. En segundo lugar porque seria imprudente por su parte, presuntuoso,el dar ordenes a un escuadrón formado por jinetes wyvern. No tenia ni los conocimientos ni la experiencia necesaria para comandar a ese tipo de escuadrón,ni siquiera para luchar junto a ellos la verdad fuese dicha. En Durban carecían de caballería o monturas aladas. Su país se conformaba por mas mar que tierra,sus enemigos acudían por mar y por lo tanto era lógico que gran parte de las batallas fuesen llevadas a cabo en aquel lugar. Si acomodaban los barcos para que los mismos pudiesen transportar caballos, o para que los wyverns y pegasos aterrizaran en ellos para poder descansar, apenas abría sitio para los soldados,las armas y los víveres. En el caso de su patria ese tipo de tropas eran innecesarias y acarreaban mas desventajas que beneficios.

Así pues seria la primera vez que tanto ella como sus magos luchasen junto a esas criaturas y aquellos que las montaban, de echo se había percatado de que alguno de sus hombres lanzaba miradas furtivas a las criaturas, con curiosidad. Con algo de admiración. En esas circunstancias las instrucciones de la reina habían sido escasas. Dejar que Daein tomase la iniciativa,ceñirse a su plan. Sin saber si el ejercito Daenita estaba acostumbrado o no a luchar junto a magos ,pues también podría ser que fuesen tan ignorantes e inexpertos como ellos en lo que a luchar con sus nuevos aliados se refería, se había adelantado dando ordenes. Se mantendrían atrás, cuidarían las espaldas de sus aliados con sus ataques a distancia. Se centraría en lanzar su magia al frente,intentando que la misma no alcanzase el aire y importunar o alterar así a quienes luchaban desde las alturas. Habia ordenado solo a media docena de sus hombres mas experimentados y habilidosos que vigilasen los cielos y lanzasen su magia a aquel lugar si alguno de los jinetes requería de asistencia,pero que fuesen prudentes en esas acciones para no ser un incordio mutuamente. Les había ordenado parar si aquellas acciones perjudicaban al escuadrón y la misión.

Habia previsto el no tener instrucciones u ordenes por parte de los daenitas. Ya fuese por no querer ordenar a sus nuevos aliados, por no saber que ordenes y labores encomendarles, o simplemente porque estaban tan acostumbrados a sus rutinas que no se habían percato de que había quienes no conocían las mismas. Lo entendía,ella misma no había tenido que dar instrucciones a los suyos,sabiendo sus soldados el que y como hacerlo tras tantas batallas libradas. La mujer lo había tenido en cuenta, y lo sabia. Y aun así no puedo evitar sentir cierta decepción al no recibir ni una palabra, ni una sola explicación mas haya de cual era el objetivo de la misión.

Aunque en esos momentos sus sentimientos no importaban.Los mismos no cambiaban nada. Iba a luchar con la misma determinación, iba a demostrar de que eran capaces sus hombres. Pues si de algo estaba orgullosa la reina era de sus islas,de sus mares,de sus ciudadanos y de su magia.

La monarca fue sacada de sus pensamientos cuando un grito a sus espaldas llamo su atención, sabiendo al estar acostumbrada a dicho titulo que se dirigía a ella. Antes de que pudiese girarse por completo ante la advertencia algo la empujo, haciendo que diese un par de pasos hacia adelante gracias a la fuerza con la que había sido empujada y trastabillase un poco. No tardo mucho en recuperar el equilibrio y detener aquellos involuntarios pasos. Llevaba años caminando con zapatos de tacón incluso en terrenos donde no era nada recomendable usar un  calzado con tan poca estabilidad. Tenia practica manteniendo el equilibrio y una pose elegante en tales circunstancias por lo que recuperar la postura tras ser empujada no fue mayor problema.

Nada mas detenerse se giro confundida. Sus ojos captaron a sus hombres,con los tomos abiertos en sus brazos,habiendo sacado los mismos por pura inercia tras el grito, y la confusión apoderándose de sus rostros. Aunque la reina no presto mayor atención a ellos,no con la imagen que tenia frente a ella. La de una joven soldado ocupando el lugar que ella misma había ocupado instantes atrás, con su cuerpo cubierto de arriba abajo de... oh... Por ello el grito. La reina casi se reprendió a si misma. Habia tenido en cuenta que no estaban acostumbrados a compartir campo de batalla con animales,pero ni por un momento se había acordado de eso... de que eran animales y que no entendían de protocolos ni de saber estar,que no se les podía pedir que esperasen a estar en el lugar apropiado para realizar un acto tan natural como era el aliviarse. En el caso de los caballos los mismos llenaban el suelo de heces,haciendo que los soldados de infantería se manchasen los zapatos, parte de las piernas como mucho si la cantidad era abundante. Pero en el caso de criaturas voladoras... suponía que aquello era lo habitual, que había sido descuidada a imprudente por no planteárselo siquiera. Aunque aun dentro de dicha normalidad que le cayese a uno encima de lleno debía de ser ...desafortunado cuanto menos...

La voz ajena, llena de terror e histeria , le saco a la reina de sus pensamientos. Si no estuviese tan acostumbrada a mantener sus expresiones faciales controladas en publico se habría permitido alzar la ceja,ligeramente confundida. Se estaba disculpando por haberla salvado de tal desafortunado evento? De verdad creía que se había ofendido de alguna manera tras ese acto? Empujar a un rey,acercarse de esa manera siquiera, no era apropiado. Pero entre las dos opciones que se presentaban era la adecuada.Ademas también se podía culpar a los propios compañeros de la daenita,por no detenerla a tiempo,a los soldados de la isla por no impedir que se le acercase... Hablando de ellos,pudo observar a varios de sus hombres mirando hacia un lado y mordiendo sus labios evitando reírse de las circunstancias. De la pobre mujer cuya circunstancia vista desde el exterior resultaba divertida, de la pobre que se disculpaba cuando ellos sabían que su reina no se enfadaría con ella por ello.

Soltó un leve suspiro,al menos estaban siendo educados y conteniendo la risa.

-Silencio... en pie...

Ordeno con voz firme pero autoritaria.Esperando que la soldado cumpliese con las ordenes. Mientras la monarca busco con la mirada a uno de sus hombres, uno que tenia un tomo de viento abierto entre sus manos. Lo llamo con un gesto de su mano,de manera silenciosa. Se detuvo frente a su reina, Yuuko señalo a la mujer frente a ellos,cubierta de mierda. Lo miro unos instantes ,unos segundos tras los cuales el hombre entendió la orden silenciosa.

-Con delicadeza por favor...

Pidió la monarca. El soldado a su lado conjuro un hechizo, una leve corriente de aire,sin mucha fuerza,que dirigió contra Jill. Haciendo que la mayor parte de la suciedad que cubría a la mujer se despegase de su cuerpo. No fue suficiente para limpiarla por completo,aun quedaban respetos en su cabello y parte de sus ropajes, restos que deberían ser limpiados con agua o algún pañuelo. Pero eso era mejor que nada.

-No tienes porque disculparte. Tus acciones no fueron apropiadas, pero dentro de las dos opciones que en esos momentos viste que poseías tomaste aquella que mas me beneficiaba a mi,aunque te perjudicase a ti y te pusieran en una situación tan... desafortunada y problemática... en mas de un sentido... Siendo así,no tengo motivos para enfadarme contigo y guardarte rencor,si no mas bien agradecerte... Se que tus intenciones eran buenas,no tienes que compensar nada ni pagar nada... Pero dejando eso de lado... De verdad crees que la unión entre nuestras patrias es tan débil que un simple accidente ,que no estaba en manos de nadie evitar, puede ponerlo en riesgo? Si algo tan mínimo pudiera romperlo ni siquiera merecería la pena aliarse desde el inicio. No... Aquello que nos une es mucho mas fuerte. Es algo creado tras conocer ambas naciones,tras forjar un vinculo de confianza entre ambas familias reales, y tras meditar en profundidad las desventajas que la unión pudiese suponer, tras examinar a conciencia como beneficiarnos mutuamente... Y por eso no debes preocuparte de que una acción tuya rompa nada, pues va mucho mas allá...

Se giro hacia el comandante daenita,dirigiéndose esta vez hacia el.

-La joven tiene tiempo de ir a cambiarse de ropa antes de comenzar la misión? Después de lo que ha hecho no me gustaría que tuviese que luchar en esas condiciones. Aunque si no tenemos tiempo para ello seria inevitable...

Volvió a dirigir su mirada a la soldado,antes de esperar una respuesta del comandante

-Cual es tu nombre?
Yuuko
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Mensaje por Jill el Vie Mayo 03, 2019 6:32 am

Desesperación. Pura desesperación. De rodillas, con lágrimas a punto de salírsele de los ojos, Jill sentía toda su vida desfallecer. En solo un segundo, lo había estropeado todo. Sus sueños de gloria y reconocimiento para ella y para su padre se habían convertido en una horrible pesadilla.

La soldado escuchó a la reina mandándola callar. Y así hizo, de forma completamente automática. Se levantó como un resorte y se puso en posición de firmes, indiferente a todo lo que la rodeaba salvo la imponente presencia de la regente de Durbán en frente de ella. Ignoraba las miradas de sus compañeros, el susurro del viento o el gruñir de los wyverns recién llegados, y el olor a caquitas que rodeaba todo su cuerpo. Solo existía ella, simple y vulgar soldado de Daein, y Yuuko, la gran reina de las islas de Durbán, a la que Jill había osado profanar empujándola de forma tan salvaje.

La reina llamó a uno de sus magos. Le dio un par de órdenes que Jill no pudo escuchar. No hacía falta. La soldado se imaginaba perfectamente lo que estaba pasando.

Ese mago la iba a ejecutar por el crimen de asaltar a la reina. Era lo obvio. Probablemente un hechizo de fuego que la convirtiese en cenizas, aprovechándose del “combustible fósil” que la rodeaba por entero para acelerar el proceso.

Jill se quedó quieta, en silencio, sin siquiera atreverse a respirar. Aceptaba la condena. Aunque su vida fuera a ser sacrificada, si servía para mantener la alianza entre Daein y Durbán, acogía la decisión sin vacilar. Lo único que se lamentaba por dentro era haber fallado de tal manera a su padre. Solo podía esperar que el incidente le salpicase lo menos posible.

La soldado miró de frente hacia el mago, que iba a ejecutarla. El hombre, con profesionalidad abrió su tomo y empezó a conjurar. Era el fin.

O no. Porque no era fuego lo que fue convocado. Era viento. Y no el viento cortante que había aprendido a temer cuando estaba a lomos de Diotima. Era como una brisa gentil. Lo suficientemente suave como para no empujarla o derribarla. Pero lo suficientemente fuerte para hacer volar la mayoría de heces que rodeaban la armadura y cabello de la soldado pelirroja. Jill se quedó con los ojos abiertos, totalmente asombrada por lo ocurrido ¿La estaba… limpiando?

Jill escuchó entonces las palabras de la reina. Como por un lado la decía que no debía sentirse culpable por lo que había hecho, ya que había actuado en beneficio de la reina en contra de su propio interés y eso era algo de agradecer, no lo contrario. Y también escuchó como la regañaba por atreverse a pensar siquiera que una acción tan simple como aquella podía echar abajo toda una alianza negociada y forjada durante tanto tiempo. Las mejillas de la soldado se pusieron de color rojo intenso como su cabello, mientras bajaba su cabeza avergonzada.

-Os pido mil disculpas por mi infinita ignorancia, Alteza. Soy una simple soldado y soy completamente ajena a temas que por mi rango no me compete conocer. Lamento honestamente el ridículo que he hecho ante vuestros ojos con mi grito y mis palabras.-Jill no mentía. Para ella, la diplomacia era un arte del cual no sabía prácticamente nada. No sabía cuánto costaba forjar una alianza, y tampoco cuánto costaba romperla. Era por eso que tenía tanto miedo que una simple y tonta acción como la de empujar a la reina para salvarla de una lluvia de caquitas de wyvern fuese capaz de estropearlo todo.

Pero afortunadamente, no era el caso. El alivio recorrió por completo a Jill. No solo la alianza no estaba en peligro, sino que la reina no estaba enfadada con ella, e iba a poder conservar su pellejo. Iba a poder seguir peleando por su patria. La reina solicitó al comandante nuevas ropas para la soldado.

-No hay problema, Alteza. Queda poco tiempo, pero el suficiente para que la soldado se pueda cambiar.-respondió el comandante, antes de dirigirse hacia varios de sus hombres.-Preparad un barreño de agua y toalla para la jinete wyver y llevádselo a su tienda de campaña.-y dicho esto se dirigió directamente a Jill.-Tienes 15 minutos para limpiarte y volver soldado. Vuelve inmediatamente hayas terminado y colócate en tu puesto.

-¡A sus órdenes, comandante!-dijo y empezó a caminar corriendo… aunque se detuvo a los dos pasos cuando la reina preguntó por su nombre. Jill se quedó paralizada y sorprendida ¿Para qué querría la reina el nombre de una simple soldado como ella? La mujer pelirroja volvió a ponerse en posición de firmes saludando con su mano diestra en la frente a la reina mientras respondía a su pregunta.-¡Jill, Fizzart, soldado número 4 del 442º Regimiento de Conquista del Ejército de Daein! ¡A su servicio, Majestad!

Acto seguido se fue corriendo a su tienda de campaña. No tenía mucho tiempo así que procedió a cambiarse con soltura. Sabía que aquello no eran condiciones normales. Si no fuera por la petición de la reina, Jill perfectamente se habría visto obligada a luchar en aquel sucio estado. Tampoco es que la afectase sobremanera, el hechizo de viento le había quitado lo esencial y estaba perfectamente acostumbrada a ese olor después de tanto tiempo conviviendo con Diotima. Pero ante la reina Yuuko quería estar lo más presentable posible.

Un minuto para llegar a su tienda. Cinco minutos para quitarse la ropa. Dos para zambullir su cabeza en la cantina de agua preparada y quitarse rastros de heces en el pelo. Uno para secársela. Cinco para volverse a colocar otra muda limpia, armadura de color rojo incluida. Y un minuto para volver y colocarse en posición de firmes justo donde estaba antes. El comandante lanzó una mirada furtiva a Jill, pero enseguida volvió su atención a la reina. Aparentemente estaban discutiendo su plan de acción.

-Según el informe del tercer escuadrón, el frente sur es el menos vigilado. Lógico porque es el contrario a sus fronteras. Nos dividiremos en dos grupos. Infantería causará un poco de ruido por el norte, distrayendo la atención del enemigo. Mientras los wyverns rodearemos el fuerte y atacaremos por sorpresa desde el lado opuesto. Nuestro plan, si os place, es que vuestros magos y vos os unáis a la ofensiva desde el sur. Nuestros propios jinetes wyverns pueden cargaros para facilitar vuestra movilidad en territorio enemigo. Quemad las torretas para que no puedan usar a sus arqueros y arrasad con todo, pero con cuidado de no causar demasiados daños. Recordad que queremos utilizar el fuerte como nuestra propia base ¿Qué os parece?-había cierto deje de orgullo en la voz del comandante, como si estuviese satisfecho del plan presentado. Jill debía reconocer que aunque un poco simple, era efectivo. Y en aquellas circunstancias, podía funcionar. Solo faltaba que la reina le diese el visto bueno y ponerse en marcha cuanto antes.
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Mensaje por Yuuko el Jue Mayo 09, 2019 4:02 pm

Si el comandante daenita acepto la petición de la reina para complacer a la misma o porque realmente podía permitirse el cumplirla Yuuko nunca lo sabría, y tampoco importaba. Lo importante era que la joven de cabellos rojizos no tendría que comenzar su misión sucia e incomoda,algo que sin duda alguna empeoraría su rendimiento aunque fuese de manera leve. Las batallas eran delicadas e impredecibles hasta cierto punto. Eran sucias, eran dolorosas,eran eternas... Si un soldado era herido debía seguir luchando o abrirse paso entre aliados y enemigos para buscar ayuda. Si se manchaba de tierra y sangre tendría que continuar ignorando la sensación del barro y la tierra seca,de la costra que dejaban sobre la piel de uno,de los ropajes bajo las armaduras que se pegaban y entorpecían los movimientos. Si su mente no estaba en condiciones optimas, si no confiaba en si mismo,si estaba incomodo, aquello tendría consecuencias en la batalla. No estaría tan concentrado como debería, tomaría peores decisiones o no seria capaz de tomarlas en absoluto, la velocidad de reacción disminuiría... Habia tanto que podía fallar,tantos factores a tener en cuenta... Yuuko intentaba acudir a la batalla con sus hombres seguros de si mismos,descansados, preparados en cuerpo y mente para la misión que les esperaba... A veces era fácil,a veces difícil. En ocasiones era suficiente con un plan bien meditado que era compartido con sus tropas, con una discurso que subiese su moral.Era suficiente con tener las armas y armaduras adecuadas, era suficiente con tenerlos bien alimentados y descansados.... En este caso limpiar a la jinete puede que no la dejase en sus condiciones mas optimas, pues con lo nerviosa que se veía dudaba que dichos nervios fuesen a solucionarse con un simple cambio de ropa, pero sabia que ayudaría. Que eliminaría en parte aquello que le podía jugar en contra a la mujer. Era lógico que ejecutase tal petición. Después de todo le gustaba que sus hombres estuviesen bien preparados para la misión,para la batalla de la que esperaba que saliesen con vida... y Daein ahora era su aliado, su hermano... sus hombres no pertenecían a la reina de las Islas de Durban, pero hasta donde pudiese permitírselo los cuidaría y protegería como si lo fuesen.

Ademas la mujer había captado su interés. Se había dado cuenta de lo que estaba por caer sobre la reina cuando nadie mas se había percatado, ni siquiera su comandante, y había actuado acorde a ello a pesar de las consecuencias que creía que eso acarrearía a su persona. No había tardado en disculparse,en asumir las consecuencias de sus acciones aunque eso significase el fin para ella y para todo aquello que había construido hasta la fecha. La monarca saco varias conclusiones con ello. Era una mujer muy observadora y consciente de su entorno, sacaba conclusiones con rapidez y reaccionaba a ellas de forma eficiente. No tenia problemas en disculparse ni en asumir sus propios errores,por mas que en esa ocasión no estuviese equivocada. Mucha gente se negaba a ver su error, se creían perfectos ,su orgullo no permitía hacerles ver sus fallos ni disculparse ante nada. El orgullo no era malo, incluso Yuuko era consciente de que ella era hasta cierto punto orgullosa. Orgullosa de sus islas,de sus ciudadanos,de sus soldados,de sus magos,de sus barcos... Pero en ocasiones el orgullo cruzaba una fina linea, imperceptible, difusa, un punto en el que el orgullo se interponía en las acciones y decisiones de uno,impidiéndole hacer juicios de forma adecuada. La jinete wyvern estaba lejos de esa linea, tenia la humildad suficiente para ver que no era perfecta. Y sobretodo, había demostrado que era capaz de sacrificarse por el bien de su nación, había demostrado el amor a su patria y lo lejos que estaba dispuesta a llegar por dicho amor. Un sentimiento que la reina tenia en muy alta estima, pues ella también lo compartía.

Todas aquellas características en lo que no era mas que un soldado raso, otro hombre mas en las largas filas del ejercito daenita. Lo cual hacia a la mujer mas interesante a los ojos de la reina. Siendo así,como no iba a preguntar por su nombre?

La reina siguió a Jill con la mirada unos instantes antes de pasear la misma por sus hombres.El mago de viento había vuelto a su posición y al parecer se habían calmado lo suficiente como para no tener que contener las risas sobre la situación que acababa de ocurrir. Aunque aun seguía habiendo alguno de los suyos que lanzaban miradas furtivas a los wyverns presentes.No los podía culpar ,después de todo esas criaturas no eran comunes en las islas. Las ultimas ocasiones en las que se habías visto alguno de esos seres alados en alguna de las islas había sido cuando los mercenarios habían acudido a la llamada de las campañas pagadas.

El comandante carraspeo ligeramente, llamando la atención de la monarca con ese gesto. Yuuko dirigió su mirada al hombre y le sonrió suavemente, un leve asentamiento de cabeza le indico que podía tomar la palabras. El hombre tardo un poco en hacerlo, dubitativo,no era un soldado de Durban y como tal no estaba acostumbrado a los comandos silenciosos de la reina. Comenzó a explicar el territorio en el que se adentraría, dando algunas indicaciones de la geografía que rodeaba al fuerte y de como se podía llegar al mismo de manera segunda. Describiendo la edificación de la mejor manera posible,para que se hicieran una idea de donde iban a luchar ese día. Yuuko llamo a sus hombres,pidiéndoles que se acercasen con un simple gesto. Seguían detrás de la mujer,pero mas cercanos al comandante, asegurándose de que escuchaban cada una de las palabras del hombre. Continuo contando la labor que le había sido asignada al tercer escuadro,el cual había ido en una misión de exploración, y los informes que habían recibido de ellos. La reina entendió entonces que la falta de explicaciones hasta el momento se debía a que estaban a la espera de dichos informes, o bien para elaborar un plan a través de ello o para modificar lo ya planeado de antemano.

La mujer escucho el plan con atención,evaluando los pros y contras del mismo. La infantería tendría que causar un gran alboroto para poder servir de distracción de forma adecuada. Pues contando la fortaleza con torretas y teniendo en cuenta el tamaño de los wyverns... a un escuadro formado por esos seres se les tenia que ver llegar,mas aun desde esa altura. Pero el ejercito daenita se especializaba en ese tipo de jinetes,así que no dudaba de que contaban con velocidad y cierto sigilo para poder elaborar un ataque sorpresa de forma adecuada,si no dudaba mucho que el comandante mismo lo hubiese sugerido. Otro de los puntos a tener en cuenta era el que ella y sus soldados serian trasladados por esos seres. No tendrían que montar sobre ellos pero eso no omitía el echo de que ninguno había volado con anterioridad. La mitad de los presentes ni siquiera había montado sobre un caballo. Los había en las islas,eran el medio que se solía usar para trasladarse entre aquellas de gran tamaño, pero aun así los barcos seguían siendo el medio de transporte mas utilizado. La reina misma era una excelente jinete, y aun así tenia ciertas dudas sobre como se adaptaría a volar sobre esas criaturas. Después de todo no era lo mismo el suave pelaje de un corcel que las escamas sobre las que se ponía la silla de montar de esas criaturas.... Ciertas dudas que no se permitiría expresar en voz alta, ni expresar mediante gestos. Debía mostrarse segura por los suyos. Los ciudadanos de Durban pertenencia al mar y no al aire pero no era ese uno de los motivos de la alianza? El complementarse mutuamente? Si tenían que hacerlo lo harían, con seguridad pero con prudencia. Demostrarían de lo que eran capaces...

La mujer acabo asintiendo al plan. Los inconvenientes seguían estando , pero la mayoría de los planes los tenían, era muy raro elaborar alguno que no contase con alguna especie de traba. Y ya había dicho con anterioridad que dejarían que Daein asumiese el control de la misión. Una misión basada en un plan en apariencia simple. Y quizás por esa simpleza resultase efectivo.

-No os preocupéis por eso. Sabemos controlar los daños, de otra manera nos seria imposible luchar en mar abierto sin comprometer nuestras propias naves...

La mujer sonrió levemente ante la advertencia de que no destruyesen demasiado la edificación. Habian conseguido conquistar Kilvas sin destruir las torres de vigilias de las islas.No tenia duda de que podrían con ello.

-Si eso es todo por nuestra parte podemos comenzar.... Supongo que lo mas adecuado seria que vos asignaseis cual de vuestros hombres se encargaran de transportar a los míos, después de todo sois vos quien mejor conocéis a vuestros jinetes. Aunque si me gustaría hacer un par de peticiones al respecto,si no es molestia.

Clavo sus ojos sobre el hombre, observándolo atentamente para ver las reacciones ante sus peticiones.

-Me gustaría que vos no transportaseis a ninguno de los nuestros, pues no quisiera añadir mas carga a vuestra persona teniendo en cuenta la responsabilidad que conlleva liderar a todos estos soldados. Por mas capaces que seáis de ello prefiero no pediros demasiado. También me gustaría que fuese la soldado Jill Fizzart quien se encargue de llevarme a mi, siempre y cuando no tuvierais otra misión en mente para vuestro jinete...

Sonrió con suavidad,consciente de que Jill había vuelto a su posición,pues mientras meditaba el plan observaba de reojo a los suyos para ver si expresaban mediante gestos cierta disconformidad ante el mismo. Habia sido así como la vio llegar, aunque en ningún momento le había dirigido directamente la mirada,ni siquiera en esos instantes.
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Mensaje por Jill el Jue Mayo 16, 2019 3:20 pm

Jill observó atentamente la reacción, no solo de la reina, sino también de sus propios hombres, ante el plan que había puesto delante el comandante para tomar el fuerte de Begnion. La reina mantenía la calma y seguridad, como cabía de esperar de alguien de su altura, muy superior al resto de mortales ahí reunidos. Pero los demás siervos de Durbán eran meros hombres, y la mayoría no habían montado jamás en un wyvern. Quizás ni siquiera habían visto a uno en su vida hasta ahora. Lo podía notar en la mirada de nerviosismo y titubeos, cuando no directamente cuchicheos que se lanzaban los magos entre ellos en cuanto el comandante comentó que serían llevados por los jinetes wyvern.

Algunos de sus propios hombres también notaron el nerviosismo de los magos, y no pudieron evitar soltar una o dos carcajadas. Jill le dio un codazo en el costado a uno para que se contuviera y empezase a actuar de manera profesional ¡Así no era la forma de actuar de un verdadero soldado de Daein! Pero además, podía entender perfectamente a los magos. Ella también estaría preocupada y nerviosa si tuviera que luchar en condiciones completamente distintas a las que luchaba normalmente. Por ejemplo, ella nunca había luchado en un barco, algo que los isleños seguro que habían hecho en miles de ocasiones. Por mucho que trabajase y entrenase, era imposible estar preparado para todo.

Y entonces llegó la sorpresa. Jill se quedó en blanco unos segundos, como si no fuese capaz de pensar en absolutamente nada. En cuanto pudo empezar a reaccionar, la siguiente fase fue de negación. No, era imposible. Seguro que había oído mal. Era absurdo que la gran reina de Durbán se rebajase a viajar con una soldado de tan bajo calibre como ella. Era una alucinación. Un delirio provocado por sus ansias de grandeza y de gloria ¡Jill, compórtate! Estás en el ejército ¡Deja de soñar despierta!

-¿Viajar… con la soldado Fizzart? Esto… Supongo… No, no creo que haya inconveniente alguno. Lo podemos arreglar, no hay problema.-las palabras de un también asombrado comandante fueron el pinchazo en la mejilla que Jill necesitaba para darse cuenta de que no estaba soñando, ni teniendo una alucinación o ningún delirio. Aquello era real. La reina había pedido que en el ataque al fuerte fuese con ella.

El interior de Jill era una tormenta de emociones contrarias y contradictorias: Alegría y pavor, orgullo y humildad. De tener un espejo delante de sí, vería un rostro con la boca abierta y los ojos saltones. No salió de su estado hasta que el comandante se dirigió explícitamente hacia ella.

-¿Has oído, soldado Fizzart? Su Alteza, la reina Yuuko, ha decidido que viajará contigo. Trátala con el más absoluto respeto. Y ante todo, mantenla a salvo. Viajaréis cerca de mí, no quiero perderos de vista ¿Ha quedado claro?
-¡Sí, Señor! ¡A sus órdenes, mi comandante!-respondió con otro saludo marcial Jill, obligada por el comandante a salir del estado de shock en que se encontraba.

Dicho esto, el comandante dio una serie de instrucciones hacia el resto de sus hombres y fue a preparar su propio wyvern. No se olvidó de llevar consigo también la bandera daenita que debía ondear en el tejado del fuerte, una vez fuese limpiado de Emergidos. La señal de que la conquista de Begnion daba comienzo. Por un segundo Jill ansió ser ella la que llevara la bandera. Pero enseguida se quitó esa ridícula idea de la cabeza ¡Iba a llevar a la mismísima reina de Durbán a la batalla! ¡¿Es que acaso no era honor suficiente que se atrevía a soñar todavía con más?!

Jill se dirigió hacia la reina, e inmediatamente la saludó de manera marcial. Sus piernas temblaban, aunque no tanto como cuando pensó que iba a morir por haberse atrevido a empujarla. Obviamente, no era esa la situación ya, pero seguía estando tremendamente nerviosa. Después de todo, jamás antes había recibido una solicitud directa por parte de una reina.

--¡Jill, Fizzart, soldado número 4 del 442º Regimiento de Conquista del Ejército de Daein! ¡A su servicio, Majestad!-repitió sin darse cuenta las mismas palabras con las que se presentó ante ella antes de marcharse a limpiarse, cuando su nombre le fue preguntado.-Es para mí todo un honor llevarla al campo de batalla ¡Haré todo lo que me pida! ¡No dude en solicitarme cualquier cosa, por pequeña que sea! Si tiene hambre puedo darle provisiones de mi mochila. No es mucho, y seguro que está acostumbrada a mil manjares mejores, pero ayudan a matar el hambre. También tengo agua por si tiene sed. Puedo ayudarle a arreglarle la ropa si se arruga demasiado durante el viaje ¿Quiere que le limpie los zapatos? No lo he hecho nunca pero puedo intentarlo…

La situación de éxtasis le llegaba involuntariamente a Jill a sobredramatizarlo todo de manera paranoica, como si cualquier error pudiera estropear la alianza, pese a que la misma reina ya había asegurado antes que era imposible que por una cosa trivial pasase tal cosa. Pero había otra razón por lo que Jill actuaba de esa manera. La soldado de veras deseaba servir a la reina Yuuko en todo lo que estuviera en su mano. Porque ella representaba todo lo que una mujer podía aspirar. Era una reina, una de verdad. Con el porte, la responsabilidad, la sabiduría, la amabilidad, la dureza y la exquisitez que tal rango comportaba. Jill no podía evitarlo. Apenas la conocía. Pero ya la idolatraba. Solo el propio rey de Daein estaba por encima de ella a estas alturas.

Solo cuando Jill se hubo calmado un poco, ésta pudo ir a las cuestiones que de verdad importaban para la misión. La soldado guió a la reina hacia Diotima, la wyvern verde de Jill, un espécimen raro incluso en el ejército de Daein, donde la mayoría son de color rojo o marrón.

-Alteza, os presento a mi amiga, Diotima. Diotima, ella es la reina de Durbán ¡Trátala incluso mejor que a mí! ¡Ha quedado claro!-la wyvern soltó un bufido suave como resignándose, mientras desplegaba las alas para que las dos mujeres pudieran subir encima.-La misión va a empezar enseguida. Volaremos bastante bajo, para entre la penumbra de la noche y la copa de los árboles no poder ser vistos. Los Emergidos son criaturas extrañas, pero sabemos que su visión no es mejor que la de un humano normal. Por supuesto, usted volará detrás de mí ¿Ha montado alguna vez en wyvern, Alteza? Si no, le puedo dar unos rápidos consejos para que pueda ir con total seguridad.

Jill no pudo evitar que se le viniera a la cabeza el momento en que le tuvo que explicar las mismas normas de “pasajero” de Diotima a cierto herbolario, no hacía muchos días de aquello. El destino había hecho que la escena se repitiese, solo que (y sin desmerecer para nada a su querido amigo Dantalian al que tanto le apreciaba y debía) la persona a la que tocaba enseñar era alguien de un enorme estatus social. Alguien a quien no esperaba tener que explicarle o enseñar nada, debido a lo separado que estaban ambos mundos.

A pesar de todo, una pequeña parte de ella todavía se seguía preguntando si todo aquello no era un sueño.
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Mensaje por Yuuko el Lun Mayo 20, 2019 6:55 pm

La reina sabia que su petición seria tomada con cierta sorpresa e incredulidad por parte del comandante daenita. Sabia lo inusual de ello, pues otros en sus circunstancias habría pedido expresamente viajar con aquel de mayor rango ,aquel que lideraba el grupo y que seguramente ostentaría dicho puesto por ser el mas fuerte y experimentado entre todos los presentes. La opción mas segura. Pero la reina no opto por ello,si no que se decidió por un soldado común y corriente, el único cuyo nombre conocía en esos momentos. Una petición a ojos externos aleatoria, vista como un capricho por algunos. Y en parte lo era, pero no era todo. La reina solo dejaba que su curiosidad y sus caprichos fuesen cumplidos si las circunstancias se lo permitían, y en aquel caso se lo permitían. La monarca rara vez tomaba decisiones aleatorias, casi nunca daba ordenes o hacia peticiones sin un motivo detrás, sin una razón por mas que fuese ella misma la única que la viese. Sus hombres lo sabían, porque llevaban años a su servicio. Porque habían comprobado en carne propia a lo que llevaban las decisiones de la reina. Por ello no se sorprendieron, ni se inmutaron ante su petición, a diferencia del resto de soldados que lanzaban miradas confusas y nada discretas a la mujer de cabellos rojizos. A diferencia del comandante a quien le costo mas de lo usual retomar la palabra y dirigirse a ella por mas que hubiese aceptado su decisión, petición que Yuuko sabia que aceptaría pues no tenia motivos para negarse.

Eligió a Jill para dejar al comandante libre, pues no les convenía atar al mejor hombre teniéndolo de mensajero, no cuando los suyos y ella misma no sabían montar en esas criaturas y aquello haría que la misión pudiese complicarse y parte de sus fuerzas no fuesen capaces de luchar. Eligió a Jill porque hasta el momento era la única que había demostrado tener reflejos y capacidad de decisión rápidos, porque era mas consciente de su entorno de lo que la propia mujer creería. Porque era la única que había llamado su atención lo suficiente como para desear elegir ella su transporte y no dejar que le asignasen uno.

Sonrió suavemente al hombre, ignorando por respeto su expresión de sorpresa. Giro su cuerpo levemente para encarar a la mujer cuando su comandante se dirigió directamente a ella, dejando le claro las "condiciones" en las que debía trabajar. Le dedico la misma sonrisa a ella, elevando la comisura de sus labios algo mas, conteniendo la risa que deseaba salir de sus labios pero no lo haría. Leal, inocente, ingenua... las expresiones de su rostro resultaban adorables.

Los hombres comenzaron a moverse y la reina se dirigió a los suyos. Las instrucciones habían sido dadas de antemano, por lo que no debía dedicarles muchas palabras. Les hablo con firmeza,con autoridad... y con una voz suave que solo alcanzase a los suyos. Les ordeno ser prudentes y cuidadosos, pero sin que el miedo por lo desconocido los superase. Les dedico palabras de animo, les dijo con total fe y con convicción que sabia que serian capaces de llevar a cabo la misión, pues de otra manera no los hubiera llevado con ella a tal viaje. Y también les dijo que si tras probar el montar en esas criaturas se veían incapaces de volar,incapaces de mantenerse en el aire y luchar desde allí ,que se quedasen en tierra. No deseaba molestias en el campo de batalla,no deseaba muertes innecesarias, menos siendo sus hombres. Su orgullo y alegría. Les quiso hacer entender con pocas palabras que no era una decisión cobarde, si no una sabia,el saber cual era el limite de uno y cuando identificar que era lo que mas beneficiaba al curso de la batalla. Si su presencia o la falta de la misma.

Cuando dijo todo lo que deseaba decir se despidió de ellos y los ordeno acudir con el comandante, para que le asignasen a cada uno un compañero daenita. Una misión que al parecer uniría a los ciudadanos de ambos reinos mas de lo esperado, pues compartirían no solo objetivo si no montura. Una vez se despidió volvió a enfocar su atención en la que seria su guía en aquel viaje, la mujer que se había acercado a su lado y la saludaba como era propio en los soldados de aquellas tierras.

La mujer clavo su mirada rojiza en la mujer de cabellos de dicho color. La sonrisa en sus labios continuaba,controlada, educada. Si la hubiese dejado partir se encontraría riéndose , no de Jill si no de la situación en si . La examino de arriba abajo mientras esperaba a que sus palabras finalizasen.

-No te preocupes por nada ,de momento. Tanto mis hombres como yo hemos venido preparados para entrar en batalla en cualquier instantes, no hay nada que necesitemos... Aunque se agradece el entusiasmo y la energía no es necesario...

Su rostro se suavizo,con ello su sonrisa, tomando un toque de ternura.

-Intenta relajarte un poco, aunque en estas circunstancias lo entendería si resultase en posible... Pero intenta hacerlo recordando mis palabras. No tomo decisiones aleatorias ni precipitadas. Si te e elegido a ti sobre el resto es por algún motivo... Se que lo harás bien...

No era una orden,ni un consejo. Solo algo que esperaba que le sirviera a la mujer. Si tuvo efecto inmediato o no no lo podría saber . Solo supo que al ser guiada hacia el wyvern de la soldado, de un color que destacaba entre los demás, la mujer parecía mas calmada... El entusiasmo y la energía prevalecían,pero sus palabras,su interacción,parecía mas natural . Mas fluido. La reina observo con sumo cuidado como se refería a su montura y como le hablaba de forma directa,como la misma respondía a las palabras de su jinete. Observo con curiosidad analítica los movimientos del wyvern, su tamaño,su silla,el lugar que debía tomar...

-Un placer conocerte Diotima,espero que mi peso no te suponga un problema a la hora de volar...

Escucho atentamente la explicación de Jill sobre como volarían,y el porque de ello. Un buen plan, con el añadido de que al no separarse excesivamente del suelo sus hombres estarían algo mas tranquilos. Solo despego la mirada del animal y la dirigió a la daenita una vez mas ante las preguntas ajenas.

-Me temo que no he tenido ese placer , por lo cual agradecería enormemente los consejos que puedas ofrecerme. Así como la ayuda a la hora de subir sobre vuestra amiga de forma que ni la dañe ni la incomode.
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Mensaje por Jill el Mar Mayo 21, 2019 1:20 pm

Jill ya había superado la fase en la que se creía que todo era un sueño. Pero no por ello dejaba todo aquello de tener un aura de irrealidad ¿Cómo entender sino que una simple soldado como ella, una simple hormiga, pudiera estar al lado de la misma reina de Durbán, un gigante en comparación? No sabía cómo debía proceder ante ella, como debía tratarla, hablarla, respirar a su lado siquiera.

Por eso, cuando la reina Yuuko le comentó que no necesitaba nada después de ofrecerle limpiarle hasta los zapatos, Jill se levantó con la cara completamente roja de vergüenza ante el propio espectáculo que estaba dando.

-Me disculpo otra vez, Alteza. Es lógico que esté totalmente preparada, tendría que haberlo pensado antes de antemano. Alguien de su porte, su entereza y su altura debe estar lista para cualquier eventualidad.-no eran halagos vacíos. Jill realmente creía en lo que decía. Para Jill, la reina de Durbán era algo por encima de cualquier ser humano. Y era un problema, pues realmente no sabía cómo debía tratarla.

Las palabras que Yuuko escogió para tratar de tranquilizar a la soldado solo lograron confundirla aún más. Según ella, había una razón por la que había sido escogida. Pero Jill no era capaz de imaginarse cual podía ser esa razón ni aunque le dieran un millón de años para intentarlo. No era tan lista.

Así que lo más que podía hacer era seguir las órdenes que la habían encomendado. Comprendiese o no los motivos por los que la reina de Durbán la había escogido, ella cumpliría con su deber y la guiaría al campo de batalla. Empezando por llevarla hacia donde estaba su querida amiga Diotima.

Ante su querida wyvern, la reina Yuuko volvió a mostrar que no era una persona corriente sino alguien muy superior. La mayoría de las personas que apenas suelen entrar en contacto con un wyvern los temen y se sienten nerviosos en su presencia. Aquello era cierto incluso para los propios hombres de la reina. Jill podía ver desde su posición a más de uno vacilar ante la imponente presencia de los dracónicos animales. Pero no la reina. Ella pasó a saludar a Diotima con total tranquilidad, como si estuviese saludando a un inocente poni.

La wyvern respondió a la reina con un simple rugido antes de volver la atención en su jinete. Esa era la diferencia entre Diotima y Jill. La primera no hacía distinciones entre los humanos. Para la wyvern, todos aquellos que no fueran Jill le importaban lo más mínimo, a excepción del padre de Jill que la crio y de cierto herbolario que le salvó la vida. La soldado tendría que aleccionar a su amiga para que aprendiese a tratar mejor a la realeza, pero por desgracia no había tiempo. La misión iba a dar comienzo y todavía quedaba enseñar a montar a la reina.

-Alteza. Lo primero de todo cuando esté montada es moverse lo menos posible. La ataré las piernas y la cintura para evitar que pueda caerse ante algún movimiento brusco en la batalla, pero si permanece inmóvil no tiene por qué pasar nada. Diotima es extraordinariamente fuerte, y capaz de llevar a dos personas humanas sin problemas. Está entrenada para ello y no dejará que nos caigamos. Le aconsejo que si va a participar directamente en la batalla, tenga ya a mano el libro que va a usar, pues no vamos a tener tiempo de parar a sacarlo de ninguna parte.

No era la primera vez que Jill daba estas instrucciones. De hecho, recientemente tuvo que hacerlo. Aunque era la primera vez que lo hacía ante una reina. El hecho de “instruir” en algo a una reina añadía a la soldado un mayor surrealismo a la situación pero siguió tratando de actuar con la mayor profesionalidad.

-¡Diotima, baja un poco más para que la reina pueda subirse!-le dijo a su querida amiga, la cual no tardó en obedecer siguiendo las instrucciones de su ama y amiga.-Alteza, permitidme ayudaros a subir.-Jill ayudó a la reina Yuuko a montar sobre su querida Diotima y la ató usando las riendas como le había dicho, asegurando que no se soltasen las cuerdas.-Espero que no le aprieten demasiado, Alteza. Pero es necesario para mantener su seguridad.

Tras comprobar que la reina estaba bien colocada sobre Diotima, Jill recogió su lanza y se aseguró que todo estuviese en orden y no se dejaba nada. Se montó ella también a lomos de su compañera, justo delante de la reina. Pudo ver como el resto de su Escuadrón también se montaban en sus respectivos wyverns, algunos con magos de Durban. Mas no fue hasta que el capitán levantó la bandera que los wyverns no alzaron el vuelo para dar comienzo a la misión.

No solo el Escuadrón wyvern se puso en movimiento. También lo hizo la infantería, un grupo bastante numeroso de lanceros, espadachines, luchadores y arqueros que se encargarían de atacar el frente de manera directa, para distraer la atención de los Emergidos. Partieron todos a la vez, pero sus caminos eran distintos. Los wyverns tenían que hacer un largo rodeo después de todo para poder alcanzar la parte sur del fuerte sin ser detectados por los Emergidos.

-¿Va todo bien atrás, Alteza? Cualquier incomodidad que sienta, no dude en avisarme y trataré de ayudarla en todo lo que pueda.-sabía de gente que en sus primeros vuelos se mareaba, como quien monta en un barco. Aunque volando bajo las probabilidades eran pocas, con la reina no quería ningún riesgo.

Gritos y choque de metales empezaron a sonar desde la distancia. El combate había dado comienzo, justo al ponerse el Sol, como estaba previsto. El comandante volvió a ondear la bandera, esta vez para señalar que era el momento de pasar a la carga. Aprovechando la oscuridad y volando por las copas de los árboles, lo suficientemente despacio para que los magos que se habían quedado en tierra no los perdieran de vista y pudieran alcanzarlos.

Y por fin llegaron al fuerte. Por la noche no se podía apreciar del todo bien, pero era un fuerte bastante imponente, con muros de más de diez metros de altura, piedra sólida y varias torretas a cubierto. Había varias antorchas encendidas, pero poco más, ya que el grueso de los Emergidos estaba haciendo frente al lado norte, donde estaba la infantería. El comandante levantó la bandera por tercera vez. Aquella era la señal ¡Era el momento del ataque!

-Alteza, si va a participar y usar magia ¡¡Ahora es el momento!!-le dijo Jill a su regia pasajera, por si acaso no había visto al comandante usar la bandera. El combate daba comienzo.
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Mensaje por Yuuko el Lun Mayo 27, 2019 4:15 pm

El nerviosismo y el entusiasmo que llevaban caracterizando a la soldado durante el breve periodo de tiempo en el que se conocían fue dejado de lado, para dar paso a instrucciones claras y simples. Una muestra de la confianza que tenia en lo que estaba diciendo,en sus habilidades como jinete. No seria la primera vez en la que debía de llevar a alguien consigo ,por la rapidez con la que había comenzado a explicarle a la reina y por lo claro que tenia todo cuanto le contaba. Instrucciones lógicas. Moverse lo menos posible, atar en puntos claves a aquel que no esta acostumbrado a montar para evitar así el riesgo de caídas, una medida de seguridad quizás inapropiada de aplicar a alguien se la posición de la monarca,pero efectiva. Y precisamente por ello no diría nada y se limitaría a seguir dichas instrucciones.

La participación de la monarca en la batalla aun no estaba clara. Siempre acudía al campo de batalla con sus tomos, como en aquel momento donde el grimorio colgaba de su cintura, pero no siempre acababa usando el mismo. Tenia fuerza suficiente para protegerse a si misma y a los suyos, pero su papel era el de líder no el de de guerrero. Se centraba en controlar la situación de la batalla, en dar ordenes a los suyos, movilizar sus tropas. Y cuando la situación la requería ,entonces dejaba escapar su magia para cumplir con su objetivo... Pero en aquellos momentos la situación era distinta. No era su deber el liderar,si no que debía seguir el plan echo por otro. Así que suponía que si,que el uso de su magia era necesario en esos momentos donde deseaba demostrar a sus aliados la fuerza de las islas,el poder de sus magos. La fuerza de su reina... Debían demostrar lo que valían y observar al mismo tiempo las fuerzas del famoso ejercito daenita. Aunque para alguien acostumbrada a observar el campo de batalla aquello no seria una tarea que se le dificultase.

En cuanto el animal obedeció las ordenes de la soldado y bajo un poco la reina le ofreció su mano a Jill, para que la misma le ayudase a subir al animal. Era consciente de que sus ropajes no eran los mas adecuados para montar. Eran telas finas ,lo suficiente como para que la reina notase a través de ella la silla de cuero en la que estaba tomando asiento, las escamas de la criatura rozando su piel en aquellos puntos en los que el cuero no separaba su cuerpo del del wyvern. Incluso había zonas de sus piernas que ni siquiera estaban cubiertas,haciendo que el contacto fuese directo. Habia montado de aquella manera,con vestidos aun mas aparatosos y llenos de capas y capas de tela que se desperdigaban en todas direcciones, pero había sido a caballo. Con el cuerpo cálido del animal y su suave pelaje bajo su cuerpo,no el frió y las escamas ligeramente afiladas,cuyas uniones podía notar mientras acomodaba su postura y su cuerpo. Aun así la reina no replico, ni siquiera cuando le ataron con la cuerda como le indicaron. La incomodidad era inevitable siendo la primera vez que montaba y mas aun con el atuendo elegido. Y era preferente la mas que posible quemadura o raspón que la cuerda le produciría en su casi blanca piel, fruto del roce y de lo fuerte que habían amarrado la misma.Era preferente aquello a correr el riesgo de poder caerse desde el aire . Por ello no dijo nada y se limito a dejar que Jill hiciera aquello que debía. Sonriendole suavemente en el proceso,recogiendo ligeramente su vestido para que tuviera mas facilidad a la hora de atarla,dejando caer después las telas una vez su cuerpo había estado bien asegurado. Y mientras Jill daba un vistazo asegurándose de que todo estaba correcto la monarca tomo el grimorio que colgaba de su cintura y lo acomodo en su regazo, abriendo el mismo y posando una mano sobre el tomo para dejar abierta la pagina elegida,aquella que correspondía al hechizo. Su mirada se desvió hacia los suyos,observando como algunos ya habían montado y otros tanto se encontraba en proceso de ello. Notaba su nerviosismo,la manera en la que se aferraban a las sillas o al soldado que los guiaría,la manera en la que abrazaban el tomo contra su pecho. Algunos desviaron su mirada a la monarca mientras esperaban sentados a que el wyvern sobre el que estaban alzase el vuelo.  La reina les dedicaba un asentamiento de cabeza, indicándoles que todo estaría bien. Les sonreía,orgullosa al ver que ninguno de los suyos había tomado la decisión de quedarse en tierra por mas que la misma les fuese ofrecida.

Aunque no sabia de que se sorprendía. Después de todo no había llevado a muchos soldados consigo,pero se había asegurado de llevar a los mejores.

En cuanto noto el movimiento su mano libre se movió por inercia ,sujetándose a la cintura de la soldado de cabellos rojizos. Se había asegurado de estar bien posicionada, sentada de manera correcta y estable. Entre ello y las cuerdas que sujetaban su cuerpo debía de ser suficiente para tener un viaje seguro. Y aun así el mantener la mano en aquella posición,aunque no hiciese nada, le daba cierta seguridad. Un tanto ilógico,pero al mismo tiempo desde un punto de vista humano el aferrarse a aquella que le guiaría,a aquella que mas experiencia tenia sobrevolando los cielos, era totalmente lógico.

-No te preocupes. Si veo la necesidad de decirte algo lo haré, no soy la clase de persona que se calla las cosas que deben ser dichas... Espero que mi mano no os importune...

Respondió a la pregunta de la mujer,de manera un tanto distraída, pues su visión y su atención estaban en el entorno. En el paisaje bajo sus pies, en la maravillosa vista que bajo ella se desplegaba,en la infantería que se movía y marchaba hacia el objetivo de su misión,siguiendo otro camino. En el cielo que frente a ellos se abría, azul y puro, manchado con el resto de jinetes. Se enfoco en sus soldados, nerviosos,asustados,maravillados ante la nueva experiencia... Se centraba en intentar encontrar con la mirada el fuerte que tomarían,en que el mismo apareciese en su campo de visión. Tan concentrada en todo lo que le rodeaba que su mente ni siquiera consideraba la opción de marearse, tan maravillada con la vista bajo sus pies que apenas procesaba que se encontraba volando. Con la tierra y el mar tan lejanos a ella,con el riesgo de caer y morir por ello tan cercano...

La luz se fue apagando gradualmente, el día dando paso a la noche. De forma tan natural que los ojos de la mujer les dieron tiempo a acostumbrarse. Su visión no era especialmente buena en la oscuridad,solo ligeramente superior a la media humana tras tantos años manipulando aquel elemento, por lo que noto el cambio. Seguí viendo lo que le rodeaba de manera próxima,pero los detalles se perdían, lo lejano se dejaba tragar por la oscuridad. El sonido de la infantería ,los gritos y el metal chocando entre si,llegaron a ella mucho antes que la imagen del fuerte que había que tomar. Pero no lamentaba su falta de visión, al fin y al cabo era el precio a pagar para que el plan saliera adelante. Para poder acercarse desde el aire sin ser visto y efectuar el ataque sorpresa que les permitiese apoderarse de la fortaleza con la mayor rapidez y el menor numero de bajas posibles.

La edificación entro en su campo de visión cuando se acercaron lo suficientemente a la misma.Las torretas no le eran desconocidas,en cierta manera le recordaban a las torres de vigía de Kilvas. Alturas y formas similares, el mismo propósito aunque en distinta ubicación. La fortaleza, imponente, de piedra maciza, hubiese sido una visión nueva si no llevasen días en Daein,admirando el paisaje y las estructuras tan distintas a las de su propia tierra. Habia luz en las murales,en las torres,pero no había vigilancia. Los soldados muertos que la ocupaban estaban con su atención centrada en la infantería que los atacaba.Como debía ser. La reina observo como la señal era dada. Observo como los suyos la miraban,esperando la aprobación de su reina. Escucho la voz de Jill indicándole que era el momento de atacar. Lo sabia pero aun así...Alzo la mano,pidiéndoles esperar

-Aun no es el momento... La mayoría de nuestras magias son demasiado llamativas en este ambiente, el fuego y los truenos se aprecian demasiado bien en la oscuridad... Revelaremos nuestra posición demasiado rápido... Es mejor esperar al momento adecuado...

El momento adecuado. Cuando los jinetes ya se hubieran lanzado contra el emergido. Cuando el ataque fuese directo,fuese una sorpresa,cuando ya supieran que estaban allí y no tuviesen tiempo de reaccionar,cuando no importase revelar que estaban atacando pues ya lo sabrían. Entonces y solo entonces... solo debían esperar un poco mas... Observo como los wyvern aumentaban su velocidad,en especial aquellos que no cargaban magos consigo. Desvió su mirada a las antorchas. Un poco mas de oscuridad les permitiría acercarse mas sin ser vistos. Y Jill se había acercado lo suficiente a los muros como para que estuviesen a su alcanza.

La monarca comenzó a mover sus labios en silencio,recitando aquel hechizo que tan bien conocía. Las palabras del tomo comenzaron a arremolinarse en la mano que tenia sobre sus paginas,siendo absorbidas por la misma hasta que no quedo nada. La reina alzo esa mano,el tomo se cerro al no tener nada que lo sujetase. Señalo al muro,donde entre la oscuridad de la noche una sombra mas oscura se hizo presente. Una sombra que seguía el recorrido que la mujer de ojos rojos y cabello negro trazaba con su dedo.Trepando por la piedra, subiendo por la antorcha hasta cubrir con la oscuridad de la maga el fuego que lo coronaba. La reina cerro la mano en un puño,atrapando así la luz. Abrió la palma,soltando la oscuridad, dejando tras de si la antorcha consumida. No había requerido tanta energía,tanto oscuridad como la que necesitaba para derribar a un ser vivo,a un objeto de mayor tamaño. Aun quedaban resto de magia,que siguió guiando ,repitiendo el proceso y acabando con las tres antorchas mas cercanas entre ellas. Hasta que se desvaneció por completo. Ampliando el manto que cubría a los wyverns y sus jinetes.

Volvió su mano al tomo,lo volvió a abrir, no en la pagina que había usado con anterioridad,pues estaban en blanco.Si no en la siguiente. Volvió a colocar la mano sobre sus paginas. Un poco mas y les daría a los suyos la orden de atacar...
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Mensaje por Jill el Lun Mayo 27, 2019 7:12 pm

-No… No me importuna para nada Alteza. De hecho, iba a deciros que podías sujetaros en mí si eso os hacía sentir mejor…-respondió Jill cuando la reina le comentó deseando que su mano no la molestase.

Era cierto, no la molestaba. Jill estaba acostumbrada a aquella reacción cuando llevaba pasajeros, especialmente si nunca antes habían volado sobre ningún animal alado. Pero la pasajera que tenía detrás no era cualquiera ¡Era la mismísima Reina Yuuko de Durbán! Solo el hecho de que la reina necesitase apoyarse en ella elevaba el nivel de excitación de la soldado, aumentando por un lado su orgullo y por otro haciendo que sus mejillas se ruborizasen con fuerza. Menos mal que su alteza, estando justo detrás de ella, no podía ver el rostro de Jill en aquel momento.

Sin embargo, cuando empezó a escuchar el ruido de la batalla, con la infantería cumpliendo su parte en la misión, Jill dejó de lado todo pensamiento pueril y se centró en su misión, como soldado que era. Era el momento de cumplir con la misión, era el momento de darlo todo, era el momento de luchar.

O al menos eso creía, cuando el comandante levantó la bandera dando la señal para iniciar el combate. Jill mismo le avisó a la reina que había llegado el momento de actuar. Pero la reina solicitó esperar. Le comentó que la magia que usaban sus magos y ella era demasiado llamativa y que por tanto utilizarla al principio solo supondría acabar antes con el efecto sorpresa que el ejército daenita se había procurado con el ataque de infantería. Jill se mordió el labio, quería atacar cuanto antes como se le había ordenado, pero al mismo tiempo no podía cuestionar la lógica solida de la reina. No en vano, para ser reina, además de muchísimas otras cosas, había que saber utilizar la cabeza.

Eso no significaba que la reina se fuese a quedar de brazos cruzados. Todo lo contrario, Su Alteza empezó a recitar páginas de su grimorio, o eso supuso que hacía Jill, teniendo en cuenta que no tenía ojos a sus espaldas. Pero tenía oídos, y podía escuchar las palabras que pronunciaba. Palabras de un lenguaje antiguo, palabras que no entendía su significado en lo más mínimo. Pero que eran palabras que le resultaban sumamente familiares. Pues eran palabras muy parecidas a las que usara en su momento el herbolario Dantalian cuando tuvieron la oportunidad de luchar juntos en un par de ocasiones. Aparentemente, la magia de Durbán y la magia que se enseñaba en la escuela de Pelleas no era muy diferente. Claro que jamás se atrevería a decir aquello en voz alta. Solo demostraría lo inmensamente ignorante que es en el tema de la magia.

Hablando de magia, el hechizo de la reina no tardó en hacer efecto. A Jill le costaba verlo, como a la mayoría de los jinetes wyverns. Los magos, en cambio, parecían más acostumbrados. El caso es que si uno se esforzaba bien, podía contemplar como una sombra, como una enorme hebra puramente negra, que escaló el muro del fortín hasta llegar a una de las antorchas… y la apagó sin más. No solo eso, sino que siguió moviéndose hasta apagar otras dos más, dejando la zona sur del fortín en la completa oscuridad. Por algo lo llaman magia oscura…

-Realmente sois increíble, Alteza ¡Ahora podremos acercarnos mucho más antes de ser vistos! ¡No sabrán de nosotros hasta que nuestros wyverns les estén mordiendo el cul…! Oh, no quería decir palabras tan inapropiadas delante de usted, Alteza. Mis disculpas.

Jill volvió a sentirse avergonzada por la forma que había hablado a la reina, producto de la excitación que le provocaba la batalla. Sin embargo, enseguida se concentró, en cuanto el comandante volvió a enarbolar la bandera una segunda vez. Era la señal de avanzar ¡Y comenzar el combate!

Gracias a la oscuridad, los wyverns pudieron sobrevolar el muro sur del fortín sin ser descubiertos. Lo que se podía contemplar tras traspasar aquella muralla llenó de orgullo a todo daenita. La infantería se suponía que simplemente tenía que cumplir un papel de cebo y distracción. Sin embargo, tal era la fuerza, destreza y organización del ejército de Daein, que aquellas tropas habían logrado romper con el portal principal y lejos de limitarse a asediar desde fuera, estaban haciendo serios intentos por penetrar en la fortaleza. Los Emergidos apenas eran capaces de contener el avance de la infantería.

-Alteza, si cargamos ahora, atraparemos a los Emergidos en dos flancos. No tendrán escapatoria, estarán a nuestra merced ¡Vayamos a por ellos!

La petición no era solo de la soldado. El propio Comandante ladeó la bandera para señalar el grueso principal de los Emergidos que se concentraba en la puerta principal. La señal era obvia ¡Había que atacar!

Aunque no lo hicieron todos. Como estaba planeado un grupo de wyverns se movió alrededor de la muralla, para poder hacer frente a cualquier Emergido que pudiese estar escondido. Nada podía ser peor para un wyvern que el ataque sorpresa de un arquero o de un mago de viento.

Sin embargo, ni el comandante ni ella iban a formar parte de ese grupo. Iban a atacar al grueso principal, apelotonado en patio. Lanceros, jinetes, espadachines, magos… había hasta sacerdotes Emergidos. Todos juntos concentrados, tratando de evitar por todos los medios que la infantería entrase. Sin darse cuenta ninguno de ellos de quienes se estaban acercado por detrás.

-Alteza, muéstreme lo llamativo que puede ser el fuego y los truenos.-comentó Jill con cierta sonrisa sádica, mientras Diotima cargaba a toda velocidad.-¡¡POR DAEIN!!

No era la única. Un enorme grupo de wyverns cargaban, con el Comandante a la cabeza. Todos con sus armas preparadas para luchar, Jill incluida. Lanza en mano, estaba lista para ensartársela al primer Emergido que tuviese la mala fortuna de ponerse delante de Diotima. El combate iba a comenzar. Aunque previniendo el resultado, mejor podía llamársele directamente carnicería. Acababa de empezar su parte, y ya se sentía que iba a ganar.
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Mensaje por Yuuko el Lun Jun 03, 2019 6:07 pm

La reina se permitió,aun en las circunstancias en las que se encontraban,soltar una breve y ligera risa ante las palabras ajenas. Ante el entusiasmo con el que era dicha aquella expresión tan inapropiada,aunque lo cierto fuese que a Yuuko poco le importaba en esos momento el lenguaje utilizado. Ante el echo de que Jill se interrumpiese a si misma.

-No te preocupes. Se que tu única intención con ese lenguaje no era mas que darle fuerza a tu mensaje... Y tienes razón. Vamos a por ellos... Se arrepentirán de acercarse tanto a la frontera de Daein...

Hablo en un tono de voz mas bajo de lo que había estado usando hasta el momento. Pues ya habían traspasado la muralla que limitaba el fortín. Estaba segura de que con el sonido de la batalla a sus pies los emergidos no les escucharían por mas que gritasen, no desde esa posición. Aun así nunca estaba de mas el ser algo precavidos.

La mirada de la mujer se poso a sus pies. Donde los hombres no se habían limitado a actuar como señuelo,si no que habían cargado con toda su fuerza hasta hacerse paso hacia el fortín. Observo las armas empleadas, los movimientos usados,la formación. Sabia que su presencia y la de sus magos no seria necesaria,de echo si la batalla seguía aquel camino la mitad de los jinetes wyverns presentes en el aire no serian necesarios para acabar con la misión de forma satisfactoria. Pero que su presencia no fuese necesaria no significaba que no fuesen a actuar, que no fuesen a ayudar a que todo aquello acabase antes de que los enemigos se percatasen de que estaba ocurriendo a su alrededor. Era una oportunidad. Para observar la fuerza ajena, tal y como estaba haciendo en aquellos momentos. Para mostrar su fuerza, tal y como en esos momentos harían...

En cuanto los wyverns que los rodeaban se lanzaron a la carga , la reina alzo la mano y la descendió con velocidad,antes de posar la misma sobre la cadera de la mujer,sosteniéndose mejor ante el repentino aumento de velocidad de Diotimia. Sus magos lo habían visto aun en la oscuridad, pues estaban acostumbrados a la misma.Pues habían estado con sus ojos posados sobre la reina,esperando las instrucciones de la misma. Y como muestra de que habían recibido la orden varios truenos descendieron sobre el grueso de las fuerzas enemigas,partiendo el oscuro cielo nocturno a su paso. El viento acompaño a los truenos,arremolinándose alrededor de ellos en unos ataques perfectamente combinados. Lanzando por los aires partes de armaduras enemigas,así como aquellas armas que las manos emergidas no habían conseguido sujetar con propiedad. Los emergidos habían sido electrocutado, quedando algunos derribados por el impacto directo,incluso quedamos,otros paralizados al ser alcanzados de manera mas parcial. El viento les había producido cortes,los había empujado unos contra otros haciéndolos caer de forma caótica,acumulándose cuerpo sobre cuerpo. Algún ser incluso se vio a si mismo separado del suelo de manera breve. Los ojos entrenados de la reina observaron como hilos de oscuridad serpenteaban entre los pies del enemigo,siendo captados solo por aquellos conocedores de las artes arcanas,aquellos acostumbrados a la misma y a captar cualquier rastro de oscuridad en el ambiente. Y por ultimo el fuego. El fuego que no había sido dirigido a las torretas, vacías al haber descendido los soldados que las ocupaban a defender el fuerte de la infantería. Si no que los pilares de llamas, las perfectas esferas de fuego ,habían sido dirigidas a la parte trasera de la formación enemiga,aquella que sus aliados aun no alcanzaban. Aquel lugar que aun no había sido atacado, pues los wyvern no los habían alcanzado cuando la magia fue lanzada,y durante unos momentos les había ofrecido la libertad de ser tan destructivos como deseasen. Fuego que iluminaba aun mas el ambiente

Y mientras la magia,hermosa,poderosa, familiar, se hacia presente a su alrededor, los hechizos lanzados sin apenas pausas, los ojos de la reina observaban todo lo que ocurría en el lugar. No era necesario por el momento que hiciese presente su oscuridad, ni las maldiciones que tomaban forma con ella. Así que controlaba a los suyos,observando como alguno tardaba mas de lo habitual en conjurar su magia por la situación en la que se encontraban,por la montura sobre la que no estaban acostumbrados a luchar. Notaba el nerviosismo de otros,palpable en la fuerza con la que sujetaban sus grimorios,como si temieran que se fuesen a caer. Cambios sutiles y bien disimulados, perceptibles solo por aquellos que los conocían y que habían luchado juntos en demasiadas ocasiones.

La reina sonrió, complacida ante la imagen que se mostraba ante ella, desviando su atención de los magos a los wyverns,ahora que sabia que los suyos estaban bajo control,que por el momento no requerían de instrucciones.

Su voz sonó con cierto orgullo,con muchísima seguridad.

-Que te parece la magia de Las Islas de Durban ?
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Mensaje por Jill el Mar Jun 04, 2019 1:34 pm

Esta vez, la reina Yuuko no hizo nada. Al menos nada directamente con su propia magia.

En vez de eso, siguiendo el ejemplo de su comandante, empezó a dar órdenes a sus magos a través de sus brazos. O al menos eso es lo que sintió Jill quien desde su posición no podía ver lo que hacía la reina, pero sí que podía notar como sus manos se separaban de su cadera para volver a ponerlas fijas en el mismo sitio al cabo de unos segundos.

Y entonces comenzó el espectáculo.

Lo que había pedido la Jill, lo tuvo por cuadriplicado. Fuego, truenos y hasta viento por doquier, se abalanzaron contra las hordas enemigas por la retaguardia, pillándolas a todos ellos desprevenidos y sin capacidad de reacción.

Estaban atrapados, literalmente. Por delante, la infantería daenita luchaba con más ahínco por abrirse paso, ahora que eran conscientes ellos también de que los refuerzos habían llegado. Por detrás, los magos de Durbán quemaban, electrocutaban y hacían saltar por los aires a decenas de Emergidos, creando una situación de caos que ni aquellas imperturbables criaturas eran capaces de dominar.

Algunos intentaron escapar, salir de la zona de la hecatombe, metiéndose dentro del edificio para protegerse. Antes de que pudieran hacerlo, eran pillados por los jinetes wyverns que con sus lanzas los mataban bien muertos. Jill misma se unió a la caza, acabando con un par de espadachines ilusos que creían tener algún mínimo de escapatoria.

-Es impresionante. Realmente impresionante.-respondió Jill a la última pregunta de la reina cuando pudo tomarse un respiro, en apariencia con la batalla ya ganada.-Es decir… Daein es famosa por su magia arcana y a veces luchamos con hechiceros a nuestro lado… Pero el uso de la magia elemental de vuestros súbditos es fácilmente comparable. Su poder destructivo es asombroso. Claro que no soy una experta en magia, mis palabras no sirven de mucho pero… Realmente podéis estar orgullosa del poder de vuestra gente. Ay no, perdón otra vez por mi presunción ¿Quién soy yo para deciros qué es en lo que debéis estar orgullosa y qué no?

Un grito acabó cortando la conversación. Tras la masacre, única forma de describir la batalla cuando los wyverns y los magos entraron en acción, solo un Emergido quedó con vida justo en el centro de la hecatombe. Rodeado de armaduras quemadas, armas rotas y cadáveres de sus compatriotas, un único Emergido se mantenía en pie, gruñendo y expulsando por su boca palabras inteligibles.

No era un Emergido cualquiera. Dos metros de altura, muy musculoso. Larga cabellera grisácea. Apenas llevaba armadura, no parecía necesitarla. Estaba cubierto de ceniza y tenía algunas quemaduras, pero por lo general, parecía que solo había recibido heridas superficiales. Portaba un hacha enorme, casi tan grande como su cabeza. Y no paraba de gritar.

Si aquello hubiera ocurrido hace un par de semanas, Jill hubiese pensado que ese Emergido se estaba limitando a rugir como una bestia salvaje, o peor aún, como un sub-humano. Pero tras el experimento con Dantalian había descubierto que los Emergidos tenían un lenguaje. Además, tienen su jerarquía, muy similar a la de los humanos. Aunque Jill no entendía las palabras que decía el Emergido, bien pudo imaginarse que estaba llamando a sus compañeros en armas a levantarse y seguir luchando. Como si eso fuese a ser posible…

Fue entonces cuando el comandante levantó la bandera e hizo una señal que todos los jinetes pudieron reconocer. Empezaron a sobrevolar el fuerte, volando en círculos, dejando a solas a aquel Emergido. Jill siguió también las órdenes, explicando a la reina su significado.

-El Emergido del patio es con toda probabilidad el comandante en jefe del fuerte. Nuestro comandante le va a dar el honor de morir a sus manos en combate singular. No quiere que interfiramos, hasta que uno de los dos esté muerto.

La batalla estaba ganada, pero eso no significaba que todo hubiera acabado. El sueño de todo guerrero daenita es el de alcanzar la gloria, uno de los valores más elevados de su cultura. Y no hay mayor gloria en una batalla que la de derribar al comandante enemigo. Por eso, en situaciones controladas como aquella, si el jefe de los enemigos había sobrevivido, se le permitía al comandante desafiar a dicho jefe en un combate uno a uno. La única excepción era con los sub-humanos, obvios. Semejantes detestables criaturas no tenían derecho a una muerte tan honorable.

El comandante clavó la bandera en el suelo, todavía montado en su montura, y sacó su lanza, dispuesto a luchar. El Emergido se dio rápidamente cuenta de las intenciones del comandante, pero no lo atacó a ciegas, sino que le miró desafiante, con el hacha en sus manos. Se notaba que no era un Emergido cualquiera. Ambos midieron sus distancias caminando de lado haciendo un círculo. Aunque siendo estrictos, era el wyvern del comandante el que caminaba. Para los jinetes wyverns, animal y dueño forman una sola entidad en combate, por lo que no se consideraba hacer trampas ni se consideraba al Emergido en inferioridad numérica.

Ambos se lanzaron al ataque en cuanto dieron una vuelta completa, como si estuviesen completamente coordinados. Las grandes zancadas del Emergido eran perfectamente equivalentes a las patas de un wyvern. El hacha del enemigo se estrelló contra la lanza del comandante y el ruido del acero llenó todo el fuerte.

Fue el primero de muchos golpes. Ambos contendientes estaban muy igualados. A pesar de lo pesada que era el hacha, el Emergido la movía con gran soltura y velocidad, como si no pesara más que un simple estoque. De los dos, era claramente más fuerte. Pero el comandanta era más rápido. Aunque no era capaz de desviar del todo los ataques de su rival, el comandante era capaz de hacerle varias estocadas al enemigo en respuesta. En varios minutos, ambos guerreros mostraban heridas nuevas por las que no paraban de manar sangre por varias partes de su cuerpo. Y sin embargo, ninguno de los dos parecía estar a punto de ceder.

Todos los soldados de Daein contemplaban el combate con el corazón en un puño. Normalmente el comandante solía resolver aquella contienda rápidamente, pero aquel enemigo estaba demostrando ser más duro que la inmensa mayoría de Emergidos contra los que habían luchado. Y sin embargo, el comandante… sonreía. Jill lo podía ver, y lo entendía. Había encontrado a alguien a la altura de su wyvern y de su lanza. Alguien merecedor de ser derribado. En cuanto ganase, circularía por todo el campamento historias de cómo había acabado con ese gigante. Esa historia circularía por otros campamentos, quizás llegaría hasta la capital. La gloria estaba al alcance de su man…

Un destello plateado. Como polvo de estrella en una noche sin luna. El brillo de la punta de una flecha, directa hacia el abdomen del comandante. Centrado en la batalla, el comandante no pudo hacer nada para evitar recibir el disparo, que penetró por un costado, seguramente llegando hasta sus intestinos. Cayó de la montura.

El caos se cernió durante un segundo, pero un grupo de soldados descubrió al responsable. Se trataba de un Emergido que había logrado escabullirse entre el caos de la batalla y que había permanecido escondido, dentro de un barril de suministros, hasta que tuvo la oportunidad para atacar, defendiendo a su comandante. No era el único, había un par más que también se abalanzaban contra el comandante caído. Jill creyó que empezaba a entender todo. Cuando el Emergido jefe gritaba, no lo hacía para llamar a sus compañeros muertos, lo hacía a los que todavía estaban vivos, para que permaneciesen escondidos hasta llegado el momento.

Ni que decir tiene que todos los jinetes wyverns y resto de soldados se movieron de inmediato en cuanto vieron lo que estaba pasando. El duelo había acabado, había que salvar el comandante. Un par de jinetes wyverns se fueron a por el Emergido arquero escondido y lo destrozaron sin piedad. Lo mismo pasó con todos los otros Emergidos que se lanzaban contra el comandante. Aunque todavía quedaba uno.

El Emergido jefe comenzó a caminar en dirección al comandante. Sin su wyvern, sin su lanza, gravemente herido, estaba completamente indefenso. El Emergido levantó su hacha para acabar con el comandante de un solo golpe.

-¡¡¡MALDITO TRAIDOR COBARDE!!!-Y lo habría hecho de no ser porque Jill apareció por detrás, montada en Diotima, y le clavó por detrás la lanza en el pecho. Lo más profundo que pudo, con toda la fuerza y rabia que pudo, hasta llegar a partir la lanza por la mitad.

Fue la primera, pero no la única. A su lado aparecieron más jinetes, que también clavaron sus lanzas contra el Emergido. Flechas de sus propios arqueros se clavaron en su piel. Los magos de Durban volvieron a usar su magia. Toda la furia del ejército de Daein, combinado con el de las Islas de Durban, acabaron convirtiendo aquel gigante en un amasijo de carne sin vida.

En cuanto estuvo muerto, Jill bajó enseguida de Diotima y corrió hacia el comandante.

-¡Un sanador! ¡Traed de inmediato un sanador!-gritaba la soldado a todo volumen mientras se acercaba al comandante. No era la única. Gritos exigiendo exactamente lo mismo se repetían por el fuerte.
-Bah… Exagerados… Esto no… es nada…-El comandante tosió varias veces, mientras sangre salía a borbotones de la herida del abdomen. Estaba claro que aquello era grave, pero aun así su orgullo daenita no le permitía actuar de otra manera.-Soldado Fizzart… vuelves a ser… la primera… Siempre eres… la primera… *cough* *pugh*-Un clérigo se colocó a su lado y empezó a usar su bastón de sanación en él. Otro soldado utilizó un trapo para taponar la herida. Jill también intentó taponarla pero el comandante sujetó su brazo antes de que pudiera hacer nada.-Olvídate de mí… La batalla no ha terminado… No hasta que… la bandera… hondee en lo más… alto del fuerte…

Jill le costó entender las palabras. No solo por lo que le costaba al comandante pronunciarlas, sino por el significado de las mismas. Aquello no podía ser real.

-Comandante… Soy solo una soldado. No debería ser yo quien alzase la bandera. Ese honor es demasiado alto para mí.-los soldados que estaban atendiendo al comandante no decían nada, pero muy posiblemente pensaban lo mismo, tras los gestos de sorpresa y sospecha en sus caras. Llevar la bandera estaba reservada al rango más alto, y Jill era solo una soldado.
-Hoy has demostrado… ser digna… de guiar… a la reina… Comparado con eso… la bandera no es nada… *cough* *cough*-el clérigo le susurró al comandante que era mejor que se mantuviese en silencio, pero el comandante le ignoró por completo.-Una vez… luché a las órdenes… de tu padre… Dirán lo que quieran… pero fue el mejor… general… que he conocido… Y me honra saber… que su hija… sigue sus pasos…

Aquellas palabras fueron como un relámpago directo a su corazón. Si no rompió a llorar fue de puro milagro. Jamás hubiera esperado oír semejantes palabras de su comandante. Un reconocimiento tan sincero hacia su amado padre… Por fin empezaba a sentir que había algo de justicia en este mundo.

-Soldado Fizzart… Coge la bandera… e ízala en lo… más alto del fuerte… Es una orden… -y empezó  a toser de nuevo, todavía con más fuerza.
-A sus órdenes, mi comandante.-hizo un saludo marcial y se dio la vuelta, para luego dirigirse hacia donde el comandante había dejado la bandera. No giró la cabeza, pero deseaba desde lo más profundo que el comandante pudiera salvar su vida.

Jill cogió la bandera con las dos manos, con temor reverencial. La bandera de su patria. La bandera de su hogar. No era perfecto, su padre y ella habían sufrido mucho viviendo allí. Pero al mismo tiempo, habían sido felices los dos juntos, pues al igual que había gente que los miraba con recelo por el origen extranjero de su padre, otros les respetaban y admiraban como acababa de demostrar el comandante. Y es que en Daein, no importa de donde vienes o quien es tu padre, sino tus hechos y la gloria que alcanzas con ellos. Y eso era lo que representaba esa bandera. No importa la sangre, sino tus acciones. La fuerza, el valor, el orgullo. Todo eso está por encima de los lazos nobiliarios o estamentales. Jill no podía estar más de acuerdo con esa filosofía y quería que esa cultura pudiera expandirse por todo el mundo. Jill se dirigió hacia Diotima, donde todavía estaba la reina.

-Espero que me disculpe, Alteza. Pero todavía tengo una orden que cumplir.-Con la bandera en una mano, se subió con soltura sobre Diotima y cogió las riendas con la otra, para volar alto, bien alto, hasta la torreta más alta del fuerte.

Allí arriba hondeaba en un mástil una bandera de Begnion. Parecía ser que los Emergidos no se habían molestado en cambiarla. Normal, que ella supiera, los Emergidos no tienen su propia bandera sino que siempre luchan con la bandera de otros. Jill descendió de su montura, quitó la bandera de Begnion y colocó en su lugar la de Daein, para alzarla bien visible a todos aquellos que levantasen la mirada.

Aquello era un simple gesto. Pero también una señal fundamental. Por primera vez en la historia, Daein reclamaba como suyo un fortín dentro del territorio del Sacro Imperio de Begnion. La Conquista daba comienzo.

-¡¡¡LARGA VIDA A DAEIN!!!-gritó Jill con todas sus fuerzas desde allí arriba. Y pudo escuchar como los soldados que se encontraban ahí abajo repetían a coro sus mismas palabras.

OFF:
Espero que el post sea de tu agrado. Lamento si me ha salido demasiado largo, pero quería cumplir bien el requisito de la bandera. Con este post, doy por cerrado por mi parte la campaña, pero si quieres, puedes hacer un post de cierre antes de mandarlo a cerrar. Un inmenso honor haber roleado contigo ¡¡Nos leemos!!
Jill
Jill
Afiliación :
- DAEIN -

Clase :
Wyvern Rider

Cargo :
Soldado (Ejército de Daein)

Autoridad :

Inventario :
Vulnerary [2]
Lanza de Bronce [2]
.
.
.
.

Support :
Yuuko [Campaña de Conquista] Devolviendo favores [Jill-Yuuko] JEIjc1v

Especialización :
[Campaña de Conquista] Devolviendo favores [Jill-Yuuko] Lanza-1

Experiencia :
[Campaña de Conquista] Devolviendo favores [Jill-Yuuko] B1dswCL

Gold :
1892


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Mensaje por Yuuko el Miér Jun 26, 2019 7:02 pm

Los magos de Durban no eran los únicos que se unieron a la batalla. Los jinetes sobre los que se encontraban también lo hicieron,lanzándose contra aquellos enemigos que intentaban huir de la trampa en la que la infantería y la magia les habían capturado, intentando huir de la muerte... sin conseguirlo. Pues los jinetes desde el aire lo veían todo,lo controlaban todo, y los interceptaban y acababan con ellos antes de que pudiesen lograr su objetivo. Aunque dicha accion tuviese un precio. Yuuko tuvo que cerrar temporalmente su grimorio y sujetarse con algo mas de fuerza a Jill cada vez que la misma descendía al ataque. Pues la velocidad de Diotimia era mayor,la fuerza empleada también, y para quien no estaba acostumbrado a ese tipo de criatura y ese tipo de movimientos la inercia,el instinto de supervivencia, le instaba a aumentar su sujeción. La reina no fue la única, varios de sus hombres si bien no cerraron sus libros si que detenían sus ataques cuando los wyverns sobre los que montaban se lanzaban al ataque,por el mismo motivo que la monarca. Para sostenerse mejor al jinete que los llevaba.

-Un rey debería estar orgulloso de sus hombres siempre... Un país con un ejercito y unos soldados de los que no se puede sentir y orgullo es síntoma de que algo falla... De que los soldados no aman al país, de que el líder no es el adecuado, de que la tierra esta condenada y todos los que habitan en ella sufren por ello... No es nuestro caso... Estoy orgullosa de todos mis ciudadanos. Y se bien que Daein esta orgulloso de su ejercito... y con motivo para ello...

Las mujeres se vieron interrumpidas por un grito. Un grito al que la monarca no presto mayor atención al ver de que se trataba. El grito de ira ,de frustración o de desesperación del único emergido en pie. Del único superviviente que se alzaba entre tanto cuerpo inerte y armadura destrozada. Un ultimo enemigo que no podía suponerles problemas a tal cantidad de soldados allí presentes, uno que no tardaría en caer. No después de todos los que ya habían caído.

Pero al parecer el fin de ese emergido no estaba tan próximo como Yuuko creía, pues tanto ellas como el resto de jinetes alzaron el vuelo alejándose de el. Los soldados de infantería también tomaron distancia. Una acción ilógica a ojos de la reina, carente de sentido hasta que Jill se molesto en explicárselo.

-Ya veo...

La reina dirigió una mirada a sus hombres, muchos de los cuales se hallaban confundidos ante la aparente retirada estando tan cerca de su objetivo. Yuuko movió de nuevo los brazos , indicando que cesasen los ataques, no fuese la magia a derribar al ser antes de que el comandante daenita llegase a el. Yuuko no compartía el sentimiento de los daenistas en ese aspecto. Entendía el honor, ella también poseía del mismo. Entendía que podía ser una debilidad, algo que impulsase a realizar actos carentes de sentido o que le perjudicasen a uno. Entendía que era una fortaleza, pues era la fuerza y energías necesarias para avanzar cuando no se puede dar ni un paso mas. Y entendía que para cada quien era distinto. La reina y sus magos no entendería que honor había en combatir uno a uno con el líder de los emergidos, cuando no se sabia si los mismos tenían honor o necesitaban del mismo,cuando la batalla ya estaba ganada. Era exponerse a un riesgo innecesario cuando se tenia a tantos hombres bajo su mando... Pero no expresaría sus palabras en voz alta,porque para los daenitas parecía importante. Y por ello lo respetaría. Y por eso si ellos no deseaban que interfirieran no lo harían, motivo por el cual pidió un alto al fuego a los suyos.

Sabia que de impactar algún hechizo sobre el ser las relaciones entre naciones no se resentirían, pero habría rencor entre los soldados daenitas y los de Durban. La confianza tardaría en restablecerse, los malentendidos serian mas probables a suceder y la situación seria tensa... un mal fácil de evitar...

Así que se limito a observar la batalla en silencio, intentando aprender como se desenvolvían los jinetes de ese país. Las habilidades de ambos eran asombrosas, y la batalla estaba claro que no tenia un ganador definido. Ambos sangraban, ambos habían sido heridos, y Yuuko no podía evitar pensar que hubiese sido tan fácil evitar aquellas heridas,aquel peligro, por mas satisfacción que el mismo produciría... Habria sido fácil,pero no lo era. Todo por honor. Un honor que tal y como imaginaba los emergidos mostraron no tener. No cuando atacaron al comandante a traición, rompiendo por completo aquel baile de golpes que se había formado entre el hombre y el emergido. No cuando de la nada surgió esa flecha que con una facilidad difícil de creer tras aquella muestra de fuerza y habilidad,consiguió derribarlo.

Habian sido descuidados,demasiado confiados con la situación. Después de todo deberían haberlo visto venir. Habian sido ellos los que habían invadido la base enemiga. Base que ellos conocían mejor, base en la que ellos sabían como esconderse, ventaja que habían aprovechado. La reina volvió a alzar  y descender el brazo, y la magia volvió a unirse a aquellos jinetes que se abalanzaron sin piedad contra aquellos enemigos traicioneros que habían intentando acabar con su comandante. No dudaron mucho.

Ellas no fueron contra ellos, Jill reacciono con mas rapidez que sus compañeros. No se distrajo con aquellos traicioneros seres escondidos, no dejo que la imagen de su comandante herido llamase su atención al completo. Si no que vio venir el ataque que se avecinaba sobre su superior. Lo vio venir y lo impidió,lanzándose ella contra ese ser, acabando con el líder emergido. No con premeditación, si no con ira por aquel acto deshonroso,con la necesidad de proteger a su comandante. Y junto con el ataque de Jill,el primero en llegar,la primera en reaccionar, llegaron los demás. Y ocurrió lo que tenia que haber ocurrido desde el principio. El enemigo fue abatido con facilidad con los ataques combinados de todos,con toda la fuerza de ambas patrias.

El honor era tan impredecible...

Yuuko no descendió cuando Jill lo hizo. Si no que se mantuvo en su lugar,con la vista clavaba en el comandante herido,en los hombres que se reunían a su alrededor. En el clérigo que llegaba para asistirlo. En esos momentos no había lugar para los soldados de Durban, no era su comandante, no era su orgullo y su patria las heridas con aquellas acciones. Su deber era esperar y mostrar respeto. Por eso tanto ella como sus hombres mantuvieron la distancia,en silencio. Algunos bajaron de los wyverns en los que habían montado,sabiendo que ya no tenia sentido permanecer sobre el mismo. Otros cerraron sus tomos.Yuuko espero desde aquel lugar,pues Diotimia le confería cierta altura bastante conveniente para observarlo todo. Algo que al parecer no molesto a la jinete de wyvern. Pues cuando volvió,con una nueva misión siéndole encomendada,se monto de nuevo sobre su montura sin pedirle a la reina que descendiera de la misma. Tampoco le pidió que le acompañara,simplemente la llevo consigo. Y Yuuko se dejo llevar,en silencio.

La reina descendió cuando llegaron a la torreta, después de Jill. Se acerco a los bordes de la misma,observando la vista inferior, las consecuencias de la batalla,mientras Jill cumplía su misión. Cambiar la bandera que hondeaba en el fuerte por la de Daein. Se giro ante el grito de la mujer, observando esta vez al trozo de tela recién colocado. Lo observo unos instantes antes de bajar su mirada a Jill. Le sonrió.

-Buen trabajo... Larga vida a Daein, ahora nuestro hermano...

Dijo la reina, no en voz alta,no en un grito. Solo para ella. Para Jill. Para la bandera que hondeaba sobre sus cabezas.
Yuuko
Yuuko
Afiliación :
- DURBAN -

Clase :
Sorcerer

Cargo :
Reina de las Islas de Durban

Autoridad :
★ ★ ★ ★ ★

Inventario :
Vulnerary [3]
Tónico de res. [1]
Tónico de def [1]
Tomo de Worm [5]
.
.

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Pelleas [Campaña de Conquista] Devolviendo favores [Jill-Yuuko] JEIjc1v
Jill [Campaña de Conquista] Devolviendo favores [Jill-Yuuko] JEIjc1v

Especialización :
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Experiencia :
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Mensaje por Eliwood el Vie Jul 05, 2019 12:20 am

Tema cerrado. 80G a cada participante.

Jill ha gastado un uso de su lanza de bronce.
Yuuko ha gastado un uso de su tomo de Worm.

Ambas obtienen +2 EXP.
Eliwood
Eliwood
Afiliación :
- LYCIA -

Clase :
Great Lord

Cargo :
Marqués de Pherae

Autoridad :
★ ★ ★

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Vulnerary [1]
espada de acero [5]
.
.
.
.

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Marth [Campaña de Conquista] Devolviendo favores [Jill-Yuuko] Iwzg0SR
Lyndis [Campaña de Conquista] Devolviendo favores [Jill-Yuuko] JEIjc1v
Nils [Campaña de Conquista] Devolviendo favores [Jill-Yuuko] JEIjc1v
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Especialización :
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Experiencia :
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