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[Campaña de conquista] Las Bestias de Gaddos [Privado | Roxanne]

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[Campaña de conquista] Las Bestias de Gaddos [Privado | Roxanne]

Mensaje por Pelleas el Dom Oct 28, 2018 11:07 pm

Daein marchaba y, por tanto, sus magos arcanos y aprendices lo hacían también. La patria se contaba libre, el príncipe que sabía tan poco sobre regir contra lo que había amasado de conocimiento mágico se desplazaba de su torre a las tierras en que se posaban las miras del reino conquistador ahora, decidido a hacerse de utilidad, de servicio a los severos ojos de su Majestad, y aquellos de sus todavía escasos discípulos que lo deseaban acudían a su vez. Después de todo, los emergidos se habían vuelto los principales blancos de práctica de magia oscura y maldiciones, en reinos menos afortunados era precisamente donde habrían de hallar más.

Pero en lo que a Begnion respectaba, si bien la marcha allí se tornaba pertinente por cuanto hacerse con el gran territorio era el más largo deseo del rey de Daein, Pelleas tenía sus motivos de carácter más personal para viajar. Más aún, para separarse del primer acampamento puesto apenas en la frontera y adelantarse por sí mismo en aquella provincia del norte de la gran teocracia. Había algo que buscaba con imperiosa urgencia, con un nivel de resolución poco característico de su persona: apenas el día anterior había oído a los tenientes hablar de bestias subhumanas correteando por la provincia, aparentemente huídas de Gallia. No más que un par, tres como mucho, dispersas y no en su mejor estado según juzgaban. No obstante, representaban una señal de alarma preocupante e imposible de ignorar o postergar en la mente del joven príncipe. Cada encuentro que había tenido con tales criaturas durante sus viajes no hacía menos que confirmarle su naturaleza grotesca, a sus ojos, menos que humana, en definitiva peligrosa para todo pueblo civilizado, tal como dijeran los cuentos con que asustaban a los pequeños en su patria o klos partidarios de la cacería que hacían piel de cualquier lobo que bajara de Hatari. Convencido de todo ello, no podía menos que temer por la posibilidad de que tales bestias hiciesen acto de presencia contra sus compatriotas, las personas a quienes apuntaba a proteger. Él, por otro lado, había debido ya enfrentarse a ellos de improviso en terrenos como aquel, estimaba que sabía lidiar y que podría encargarse antes, si su número y estado era como lo describían. Preguntando y pidiendo para informarse del asunto, Pelleas pidió un caballo en que movilizarse y no fue sino al día siguiente que se puso ya en camino.

Lo reportado citaba las decadentes villas de senadores y aristócratas, ya largamente abandonadas. Aquel oscuro par de años bajo el acecho de los emergidos las había dejado vacías, ya saqueadas de los valores que se hubieran quedado atrás, utilizadas de refugio o hechas campamento de paso, mas a fin de cuentas en pie y casi sin deterioro. La del duque de la región de Gaddos, en particular, parecía seguir plácidamente en pie, por fuera imperturbada, si acaso sólo con su muy cuidado jardín excedido de vegetación ahora. Si por la zona había alguna criatura viva, Pelleas imaginaba que podría rondar aquel sitio. Era el único techo medianamente cercano bajo el que guarecerse, y uno nada incómodo. Se apeó del caballo y lo llevó consigo por las riendas al pasar el muro exterior, bajo y decorativo en lugar de protectivo. Sobre la ropa portaba capa de viaje amplia, negra y con la capucha puesta sobre el rostro, obscureciendo sus facciones. Anduvo lento y sin gran ruido por el camino de la entrada, aproximándose al edificio principal.

A su izquierda se hallaba una casa mucho más pequeña, de madera, con las ventanas fuera de los marcos y la pintura saltada por los ciclos de humedad y calor, que debía haber sido el habitáculo de la servidumbre en su momento. Del interior oscuro se dejó oír un ruido ínfimo, leve, difícil de identificar. Acto seguido una flecha salió disparada de una de las ventanas, rozando la capa del viajero para terminar clavándose de improviso en una de las patas del caballo. El animal se agitó de inmediato, relinchando desesperado, halando de sus riendas hasta que Pelleas no pudo sostenerlas correctamente y el caballo se le escapó, corriendo por el inmenso patio para perderse entre los arbustos florales excesivamente crecidos. El daeinita volvió la vista a la casa, mas no pudo encontrar ya la posición de su atacante, que asumía ser un emergido rezagado. Estaba expuesto. Tenía un tomo de magia consigo, nunca soltaba cuanto menos alguno, pero en el tiempo que le tomara a él conjurar podía recibir mucho más que una flecha. Aprisa terminó la distancia que le separaba de la entrada a la mansión principal, protegiéndose tras la puerta y llevándose el tomo mágico a la altura del pecho. En un murmullo conjuró, la negrura derramándose fuera del libro en hebras pesadas que se dejaban caer a la altura del suelo y desde allí se movían, como una sombra corpórea, a por el blanco distante.
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Re: [Campaña de conquista] Las Bestias de Gaddos [Privado | Roxanne]

Mensaje por Roxanne el Dom Nov 04, 2018 10:04 pm

Se sentía incómodo el viejo ambiente de familiaridad del continente de Tellius, aquello hacía que los instintos de Roxanne se mantuviesen lo más alerta posible, incluso le costaba poder mantener la cabeza embotada pese a las cantidades de ron que había estado bebiendo luego de haber robado un par de botellas de una taberna de la última ciudad de habitantes beorcs que había visitado en este poco tiempo. Era un lujo volver e intentar que no la reconociera ningún amigo de su padre o del resto de la familia real de su viejo hogar en Gallia, sería crear una esperanza en vano y la leona no quería que aquello sucediese. Conocía de primera mano lo que era tener el anhelo de algo y que, de la noche a la mañana, aquello se derrumbase al darse cuenta de que jamás sucedería. Era cuestión de tiempo, siempre seria así y no cambiarían las leyes de la probabilidad y el azar de la nada, es más, seguirían igual de latentes que antes y sería un caos primigenio en todo su esplendor.

Comenzaba a tener sus propios debates mentales. ¿Debería volver? ¿Debería intentar llevar a la gloria a los pocos que quedaban de su gente? ¿Estaba lista para tomar el trono y dirigir su pueblo al completo, liberar y reconquistar Gallia o mejor se quedaba con su vida actual? Hiciera lo que hiciera, tendría la espada en el cuello, solamente le tocaba actuar y que sea lo que los muchos dioses de los cinco continentes que existían en la actualidad y siguieran en pie quisieran. Debía mantener la nostalgia lo más escondida posible, intentar algo diferente simplemente sería más problemas de los que deberían haber y no era la idea el andar con la cara larga en una ciudad que no conocía de mucho. ¿Cómo había llegado ahí? Se metió en un barril por muy apretada que pudiese estar y se fue en un barco hasta el puerto más cercano, escapándose antes de que siquiera intentasen atraparla y se dedicó a caminar hasta llegar a una villa cercana. Orejas y cola cubiertas con un pañuelo y entre la ropa respectivamente, capucha para intentar cubrirse lo mejor posible al momento de arrebatarle con discreción las bolsas de monedas de oro al primer ricachón que viese y le diese algunas pocas monedas, lo suficiente para comprar un buen plato de comida, a algún mendigo que lo necesitase realmente.

El asunto fue cuando llegó a la villa siguiente. Desierta, no había ni un alma y el silencio era lo suficiente como para ponerla nerviosa, intentando que aquello no se notase pese a las capas de ropa que ocultaba su figura delgada, a simple vista tan parecida a la de una doncella cualquiera. Le gustaría haber nacido en algún otro lado tal vez, puede que no estaría tan curtida por las circunstancias, pero, sí que no le hubiese costado tanto el integrarse a la vida diaria de los humanos normales. Cuando se es un laguz fiera, muchas veces se valora más el calor y la fuerza bruta en vez de cosas más refinada como los modales o la prudencia, cosas a las que se obligó a optar por sus propios límites y los que le habían impuesto. “Una leona tan débil no sobrevivirá sola”. Admirad, aquella misma idiota que lo había dicho fue la primera a la que Roxanne había visto ahogándose con su sangre cuando los emergidos le cortaron la garganta.

Vaya manera de darse cuenta de que la soledad podía ser aterradora, cosa de la que Roxanne intentaba ocultarse y esquivar desde que tenía uso de razón -otra cosa es que raramente le hiciera caso-. Un olor conocido llegó a sus fosas nasales. Algo que podía identificar como un caballo y miedo, miedo humano que intentaba ser oculto bajo capas de entereza y decisión, como si tuviera mucho más peso sobre sus hombros de lo que le gustaría tener, de lo que se sentía capaz de sostener. También detectó el olor rancio de la magia arcana, aquella rama por la que sus hermanastros sentían tanta afinidad y fascinación, su cerebro lo clasificaba como algo conocido y que, si no cometía alguna estupidez, no era peligroso en absoluto. Aprovechándose de sus sentidos y costumbre de ir en silencio, se aproximó lo suficiente como para observarle y logró esquivar con éxito a un soldado que intentaba ir a por su cabeza. Y huyó con la cola entre las patas, como un vil animalejo, y corrió en dirección del olor a azúcar quemada que llegaba a borbotones a su sensible nariz.

¡Hey, una mano!—. Si no servía ver a una chica rubia y pañuelo en la cabeza con pintas de ser una viajera solitaria que llegaba corriendo a todo lo que podía y a un soldado de ojos rojos tras ella con espada en mano para motivar un poquito a la compasión del alma humana entonces no sabía qué podía funcionar para que le salvaran el trasero. No iba a tener la fuerza suficiente como para transformarse y tampoco quería asustarle bajo ningún motivo. ¿Para qué se fugaba si luego tendría que correr por su vida como siempre lo hacía? Así no valía la pena tener esa bolsa de monedas enganchada al cinturón.
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Re: [Campaña de conquista] Las Bestias de Gaddos [Privado | Roxanne]

Mensaje por Pelleas el Jue Nov 29, 2018 12:09 am

Tenía a la oscuridad ya en movimiento, esparciéndose por el suelo empedrado cada vez más lejos del punto de origen para arrastrarse hacia su blanco, siguiendo el comando de atraparlo y atacar, cuando el enfoque del hechicero titubeó repentina y bruscamente. En primera instancia por oír una voz normal, humana, una seña de algo vivo presente por allí, que por seguro no querría lastimar. No tuvo más opción que apresurarse a asomar medio cuerpo fuera de su punto de resguardo para constatar, no sin varios parpadeos, que lo que veía en verdad estaba allí. Había una chica joven corriendo por la propiedad, todavía sana y salva, cubierta por una capucha de viaje. Y luego de eso, estaba la presencia del emergido justo tras ella, tan pronto a darle alcance que ya tenía las manos en el mango de la espada en postura para blandir. No obstante, y pese a todo posible intento, la magia arcana no era dócil al control y una vez puesta a atacar, resultaba casi imposible frenarla o siquiera cambiar su objetivo; su hechizo ya se había metido en la casucha de la servidumbre y se revolvía entre las sombras atrapando a su blanco anterior, de tal modo que Pelleas no tenía forma de utilizarlo para ayudar a la mujer. Las estelas negras que quedaban en su proximidad le movían las páginas del tomo en una dirección o la otra, le revolvían un tanto el cabello ya poco ordenado, pero podría pasar hasta lo peor antes de que él llegara a conjurar otro hechizo. Sin poder reaccionar velozmente ni ser muy adepto en eso de pensar rápido, por un momento no hizo más que quedarse pasmado.

- ¿A-Ah? Pero cómo-- qué-- - Balbuceó. Debió pasar un segundo más antes de que se empujara a sí mismo debidamente a moverse, a hacer algo fuera de apoyarse para todo en la magia, cerrando una de las hojas de la puerta y sosteniendo la otra abierta para la escapada de la joven. - ¡Pa-pase aquí! ¡Rápido! - Indicó, lejos de sonar autoritario ni mucho menos, sino hasta más asustado que ella. Su capucha había caído de su cabeza hacía rato y sus ojos delataban la agitación. Ver al espadachín tan cerca de lo que asumía ser una civil desarmada le crispaba los nervios, hacía terribles los instantes transcurridos hasta que ella efectivamente cruzó el umbral y él pudo, o intentó, terminar de cerrar la entrada. Empujó con el hombro tan fuertemente como pudo, pero el emergido hizo lo propio también desde el otro lado, intentando meterse. Y Pelleas podía ser alto como un poste, no lejos de los dos metros de altura, pero su fortaleza no resultaba nada prodigiosa. Se reacomodó, continuó empujando apoyándose con todo el costado del cuerpo para hacerlo, consiguiendo mantener a raya los intentos del contrario, mas no así cerrarle la puerta de una vez. Supo de inmediato que debería de hacer más que eso.

Volvió la mirada aprisa en dirección a la mujer. Suponía que debía venir de allí mismo, de la periferia de Begnion, aunque no hubiera forma de imaginarse qué hacía en tal zona o cómo alguien que presumiblemente no luchaba se había mantenido a salvo hasta ese punto. Tampoco era algo en que pudiese pensar demasiado en ese instante. Le preocupaba tan sólo la alta posibilidad de que le hubiese visto hacer magia negra, y si no, que fuera a presenciarla a continuación. No era de lo más visto, conocido o tranquilizador, pero era lo único que poseía. Tragó saliva y apretó su agarre en torno al grueso tomo.

- Este... no se exalte por esto, por favor. No se trata de nada, sólo, eh... - Quiso explicarse por adelantado pero, como a menudo le ocurría en instancias importantes, como también cuando se dirigía a un miembro del género opuesto, las palabras no terminaban de salir y a medida que iba hablando se hacían cada vez más leves en volumen, hasta que desistió de terminar la oración. - Si me ayuda a... - Musitó en cambio, mirando la puerta que sostenía, que se remecía un poco con el empuje de un lado y del otro. Cualquier pizca de fuerza adicional allí le serviría, le ayudaría a concentrarse en conjurar. Acto seguido comenzó con ello, pese a lo pésimo que había sido su intento de avisar. Sosteniendo el tomo contra sí recitó ya en voz alta los pasajes conocidos, generando una nueva extensión de sombras, livianas y móviles como humo negruzco.
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Re: [Campaña de conquista] Las Bestias de Gaddos [Privado | Roxanne]

Mensaje por Roxanne el Lun Dic 03, 2018 10:31 pm

Dando la vuelta en una esquina, las suelas de sus gastadas botas de cuero café derraparon en el suelo polvoriento y casi la hicieron caer, mas, el haber cambiado el balance de sus brazos y el peso de su cuerpo la salvaron en parte de delatar su cola -algo le decía que sería malo que la viera alguien-, no perdiendo demasiado pie y pudiendo recuperar bastante rápido la distancia con el soldado emergido. Le hubiese gustado conocer el tener los conocimientos para manipular algún arma fuera de sus garras y colmillos, pero, tenía que trabajar con lo que tenía a la mano, si éso incluía a alguien que le cubriese las espaldas, mejor que mejor. A lo lejos, podía ver las estelas negras como vides que se expandían desde la ubicación por la que el mago oscuro se delataba, no pudiendo evitar que el brillo del alivio alumbrase sus ojos rosáceos, apurando todo lo posible su carrera. —"Que adorable"—. Y debía de reorganizar sus prioridades, no era el momento de pensar estupideces como ésa por mucha veracidad que tuvieran mientras escuchaba los pasos ligeramente torpes del joven hechicero, el cual abría el resquicio de una puerta.

Atravesó el umbral como una saeta, obedeciendo por reflejo la orden entre comillas, deslizándose y cayendo de trasero al suelo cuando quiso detenerse antes de ayudar en la tarea de evitar que el emergido ingresara al lugar, empujando con el hombro y usando más fuerza bruta que el contrario para terminar de cerrar la puerta al fin en cuanto vio que su salvador tenía dificultades. Afianzó los pies y aplicó fuerza contra cada golpe que recibía el pobre trozo de madera aunque estuviera intentando recuperar el aire; apenas y se había dado cuenta que había respirado bastante mal en su huida y ahora sería un pequeño problema. Ligero, casi desechable. —Hazlo—. Replicó jadeante, teniendo una idea de lo que intentaba decir el mago mientras la falsa rubia seguía en su tarea de otorgarle la mayor cantidad de tiempo posible, apretando los dientes y echando maldiciones mentalmente. —No es mi primera vez, hazlo—. El tono que caracterizaba a una pequeña broma y una insinuación bastante subida de tono había salido solo a través de sus labios ligeramente agrietados por culpa de los diferentes factores del clima como un ronroneo en voz baja, como una provocación.

Y el olor a azúcar quemado regresó a su nariz, calmándola y haciéndole tomar grandes bocanadas de aquel aroma que le era sinónimo de tranquilidad pese a su naturaleza, alentándola a mantener la calma que al contrario le hacía falta a todas luces, queriendo transmitírsela con la mirada, un brillo que confiaba en que todo saldría bien y no habrían mayores preocupaciones. Y los zarcillos de oscuridad se expandían y avanzaban a su objetivo, sombras danzarinas que buscaban cumplir una orden sencilla dada por su correspondiente conjuro, dicho en voz alta y clara por el portador del grimorio, avanzando a través de la rendija que la puerta dejaba a sus pies, llegaba hasta el emergido y, durante unos breves instantes en el que los golpes y envistes aumentaron, se detuvieron de golpe. La nada a través de sus oídos se sentía extraña, sintiéndose casi un consuelo el sentir el palpitar acelerado de su pulso y un embotamiento que le hacía parpadear con algo de lentitud.

Dioses benditos, creí que no la contábamos—. La rubia lanzó una sonora carcajada que buscaba calmar su corazón desbocado y, despacio, con parsimonia, se deslizó apoyada en la puerta hasta llegar al suelo, abrazando sus rodillas y apoyando la cabeza sobre sus brazos durante un breve momento, intentando detectar de manera discreta si había alguien más aparte de ellos en la pequeña casucha con pintas de ser de alguien de la servidumbre. No era lo mejor, pero, serviría mientras daban un respiro por muy pequeño que fuese. Levantó la cabeza para mirar al varón a la cara, con una de sus sonrisas más amigables y radiantes, guardándose para sí misma el pensamiento de que le dolería el cuello si seguía viéndole desde esa posición si consideraba la diferencia de alturas y, aún así, dándole bastante igual. —Gracias por salvarme el pellejo ahí atrás—. Solamente alguien como Roxanne se sentaría con las piernas cruzadas con emergidos tras su espalda y empezaría a platicar como si aquello fuese un almuerzo al aire libre. De manera distraída, se ajustó los guantes sin dedos que estaba usando y revisó que tuviera aún la bolsa de monedas bien amarrada a su cinturón, aún ocultando su cola bajo su ropa y las orejas bajo el amplio y bien sujeto pañuelo en su cabeza. Al menos, por ahora podían darse el lujo de relajarse o éso esperaba la leona. —De casualidad, ¿quién eres tú?—. Definitivamente era una chica única en su tipo si era capaz de preguntar éso ladeando la cabeza y con inocencia, con más alcohol en la sangre del que debería mejor dicho.
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