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La Suerte Hoy, y lo que Toque Mañana [Privado | Hrist]

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Mensaje por Pelleas el Dom Oct 28, 2018 1:16 pm

Las heridas de la arena estaban ya sanas, completamente ausentes del cuerpo que las había sufrido, como si nada le hubiera ocurrido en primera instancia. Ni siquiera quedaban cicatrices, demostrando a ojos del extranjero que los sanadores que Altea disponía para facilitar su espectáculo eran admirables, en verdad. No obstante, como siempre resultaba de la medicina y las sanaciones dependientes de magia, era inevitable que el agotamiento y una cierta molestia aferrada a los músculos perdurasen incluso después de un tratamiento perfecto, apesadumbrando al doliente; era ese límite que todavía existía, el umbral de lo humano que dictaminaba hasta donde podían forzarse los guerreros incluso teniendo sanadores a sus espaldas. Pelleas, aunque hubiera revisado al mudar de ropa y se viera libre de todo daño, se hallaba atravesando plenamente ese valle de cansancio y pesadez todavía. El residuo fantasmal de un golpe de hacha contra el antebrazo le hacía no querer utilizarlo demasiado, la misma sensación distante y nada tangible en una de sus piernas le hacía caminar lento aunque no hiciera falta tener cuidado. En sí, lo único que necesitaba para dejar atrás hasta los residuales era un poco de descanso, un tiempo quieto en su alcoba de posada y estaría por completo repuesto. Era sólo que tampoco podía descansar.

Había triunfado también ese día, en el gran torneo, pero la victoria le había sabido amarga y no le dejaba la conciencia en paz. Para comenzar no había gozado en absoluto de enfrentarse a alguien que conocía fuera de ese sitio, usar su magia, cuyos efectos tan bien sabía, en alguien a quien no querría causar daño ni dolor. Sin embargo, lo que más empeoraba las cosas, a su parecer, había sido el final del encuentro: con su oponente inconsciente no había podido ni disculparse de la forma debida, ni dar voz a la pregunta que resquemaba en fuero interno, la de qué opinión guardaría esa persona hacia él ahora. Temía irracionalmente a ello. La jinete wyvern no era su amiga per se, más bien caía en aquella categoría en que tenía el príncipe a la mayoría de sus conocidos, un respeto y agrado distantes sin atrevimiento a aproximarse, expresado a través de algún reconocimiento desde su posición de príncipe y ya; desde lo cual era de inferirse que, en el caso en que ella pasara a detestarle, nada cambiaría demasiado, especialmente ahora que los viejos asuntos de Hrist en Daein parecían haber terminado, pero seguía siendo una idea que hacía trizas sus nervios y lo tenía carcomido de ansiedad.

Algo tenía que hacer. Aunque no quisiera incordiarla y ni siquiera hubiera pasado mucho tiempo desde el encuentro, lo que menos podía hacer el mago era quedarse quieto, dejando las cosas de ese modo. Debía disculparse. El cómo estaba todo menos claro en sus ideas, mas la resolución estaba allí, empujándolo de inmediato a salir en su búsqueda. Vestido ya no en sus túnicas usuales, amplias y dotadas de pesadas piezas metálicas y decoraciones que aludían a lo arcano, sino en ropa mucho más simple y liviana, apenas una túnica corta de cuello firmemente ajustado y pantalones claros, casi irreconocible, se dispuso a recorrer las posadas cercanas a la arena. Gracias al espectáculo local casi todas ellas se hallaban colmadas, desde las más costosas y regias hasta las más humildes, mas especial movimiento se apreciaba en las que abrían sus puertas hasta horas tardías, prestando sus cocinas y salones principales como taberna. En estas comenzó Pelleas a preguntar por la dama, si acaso no se alojara allí o cuanto menos se le hubiese visto. Algunos dependientes le reconocieron de los encuentros de aquella tarde y le informaron sin problemas de cuanto hubieran visto o sabido, otros le tomaron por un mero admirador y se limitaron a darle vagas indicaciones tras rostros entretenidos, pues claro, tendía a tartamudear y no lucía como el tipo más seguro en la provincia, por lo que algo de gracia causaba. Finalmente supo que la joven había entrado en una de las tabernas, simplemente la más grande tras la arena, y allí partió.

El barullo característico de las celebraciones nocturnas aún no comenzaba, quizás porque apenas acababa de caer el sol. No obstante el local se llenaba ya y los comensales se reunían en grupos grandes, hablando a viva voz de sus apuestas y demases. Pelleas deambuló un tanto por el interior, su cabeza sobresaliendo sobre muchas de las demás al otear el entorno en busca de una cabellera rubio pálido. A fin de cuentas acabó por encontrarla, no de lejos, sino por detenerse casi que en frente de ella, en directa línea de visión. En ese mismo momento pensó, como si fuera lo más importante sobre la faz de la tierra, que el perdón sería imposible de conseguir si no ofrecía bebida a la mujer; por algo estaba en una taberna, naturalmente. No supo articular aquel impulso y, tan sólo entreabriendo los labios como para decir algo, se giró a la brevedad hacia la barra. Ni siquiera se había fijado en si ella no tenía ya bebida a mano. Simplemente pidió dos jarras de ron dorado y al minuto reapareció, dando un tímido paso más cerca que antes, lo suficiente como para ponerle la jarra en la mesa, carraspeando. - ¿Pu... Puedo? -
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Mensaje por Hrist el Dom Dic 09, 2018 6:52 pm

Hrist había despertado aquella tarde en la enfermería del Gran Coliseo de Regna Ferox exhausta, aturdida, y con el cuerpo pesado. Los sanadores del torneo la habían dejado físicamente como si nada hubiese sucedido: no había rastro alguno de herida en su antebrazo derecho, justo donde –algo le decía que era lo más probable- la magia arcana del príncipe de Daein hizo que ella misma sufriese su propio ataque. Otro asunto era que, por dentro, estuviese del todo recuperada. La sensación de fatiga era extrema. Era capaz de mantenerse en pie, pero el mero hecho de caminar, ni que fuese despacio, hacía que la cabeza le diese vueltas y más vueltas. A los pocos pasos que daba, empezaba a agotarse, a escapársele la fuerza con cada bocanada de aire. Era una sensación extraña. Se sentía agotada, casi al borde del desmayo, y sin embargo, a la vez flotaba en una nube. Como si su cuerpo fuese incapaz de experimentar dolor. Por más que intentase cerrar los puños con fuerza, lo único que lograba era eso, cerrarlos. Más allá de eso, no respondían. Las piernas, igual. Había necesitado ayuda de los sanadores para lograr levantarse de la camilla.

Fuera le esperaba Logi, adormecido por obra de aquellos sofisticados bastones que sólo los sanadores más experimentados usaban. Hrist les indicó que se retirasen antes de dejar de usar aquella magia somnífera. Lo primero que tenía que ver el wyvern al despertar era a su jinete. De lo contrario, se arriesgaban a enfrentarse a su ira ellos solos.

-¿Qué tal, Logi? –dijo con un hilo de voz. –Vaya viaje nos han dado, ¿eh? –bromeó como pudo, acariciándole sin fuerzas el hocico en el suelo. Le costaba trabajo incluso sonreír.

El animal se arrastraba a trompicones, lento, abriendo los ojos paulatinamente, las pupilas verticales todavía dilatadas. Soltó un gemido lastimero, confuso.

-Ya está, ya está… -suspiró. El wyvern se había sacudido bruscamente, pero sólo había conseguido golpearse la cabeza contra la pared. –Ya estoy aquí, tranquilo…

Se acercó al animal y le sujetó la enorme cabeza con escamas, abrazándola contra su vientre. Logi soltó un bufido largo y cansado, y se fue incorporando poco a poco. Cuando Hrist juzgó que estaba mínimamente operativo, se lo llevó con paso lento por las calles de Regna Ferox.

-Buff… -resopló. –No sé si llegaremos... a la posada... antes de que uno de los dos se caiga redondo... Me parece que habrá que... conformarse... con lo que haya más cerca…

Entonces sus ojos dieron con una enorme taberna, a pocos edificios de distancia del Gran Coliseo. Tiró de Logi como pudo y lo dejó descansando en uno de los establos para monturas. El animal ni siquiera rechistó.

Una vez cruzó el umbral de la entrada, un cóctel de olor a cerveza, vino, gritos de euforia y rabia, luz tenue, y calidez de lugar abarrotado le abofetearon el alma, el rostro, y todo el cuerpo. Durante unos incómodos instantes, en los que se planteó cómo había llegado a aquél punto en su vida, meditó si era lo correcto entrar ahí. “Una de dos” pensó. “O recupero el aliento aquí… O llego a rastras a la posada”. Logi seguro que votaría por lo primero. “Pues nada, a buscar un rincón donde padecer en silencio”.

Pasó entre el gentío, intentando llamar la atención lo menos posible. Por suerte, la gente parecía muy ocupada discutiendo los combates anteriores, tanto que ni se daban cuenta de que una mujer con cara de haber recibido una paliza se escurría a sus espaldas. Entre el murmullo, le llegaron a los oídos cuchicheos varios. Uno de ellos le heló la sangre y la dejó clavada allí mismo. Había oído un nombre: Xander.

“Espera, no han dicho que fuese su Alteza Xander, el príncipe de Nohr…”

Tragó saliva, y siguió en su búsqueda de una superficie donde reposar su castigado trasero. Siguió dando vueltas a lo que acababa de oír mientras se sentaba en una solitaria mesa, en un rincón alejado de la barra. Hundió la cara entre los brazos, sintiendo el frío de la madera en sus mejillas. “Mierda, tendría que haber pedido antes algo en la barra”, se quejó para sus adentros. “Da igual, ya se acercará el tabernero a servir a las otras mesas…”.

Se apoyó en los codos como pudo, con aquel nombre resonando en su cabeza. Había visto el combate del tal Xander, desde la lejanía de las gradas. Iba a caballo, y portaba una enorme espada que ni por asomo era una simple espada de plata. Aquello parecía algo más elaborado, algo que no había visto en las modestas armerías donde ella se abastecía de hachas largas. Nunca había visto en persona al príncipe heredero de su país natal. Sólo sabía que se llamaba Xander, que tenía el pelo rubio, y que era el primogénito de Su Majestad el Rey Garon. Así que no sabía si había la más mínima, diminuta, minúscula posibilidad, de que aquel Xander fuese el príncipe nohrio. Decían también las malas lenguas que era atractivo, pero Hrist no consideraba muy fidedignas las declaraciones de mujercitas anonadadas ante el poderío de un título nobiliario, una armadura cara, y un corcel oscuro a juego. Así que decidió no tener en cuenta ese último rumor.
Lo que realmente le ponía la piel de gallina era la posibilidad de haber estado, en las gradas, a unos cuantos metros de distancia del hombre que había despojado de sus tierras al noble para el que trabajó durante sus días en Grannvale. Aún tenía pesadillas sobre soldados de Grannvale acorralándola a la hora del desayuno, coreando el perturbador himno de “espía nohria, espía nohria…”. Pero, pensándolo bien, podía estar más que tranquila, tampoco era que el príncipe Xander fuese a enterarse de chorradas así, ni era asunto suyo si mercenarios de su tierra estaban a sueldo de los pobres desgraciados cuyas tierras se le habían metido entre ceja y ceja. Pensó, pues, que eran las ventajas de ser una Don Nadie, y que estaba dándole demasiadas vueltas a algo sin importancia. Quizás era un efecto secundario de los ataques de magia arcana...

-¿Mmmmh? –medio gimió.

Alguien se había dirigido a ella. Giró torpemente la cara para ver quién le hablaba. Quizás el tabernero venía a decirle que, o consumía algo, o se largaba. Vio unos zapatos, pulidos y elegantes. Por encima había unos pantalones claros… No se acababan nunca, qué piernas más largas debía de tener… una túnica de cuello estrecho… Qué elegante para ser un tabernero. El cabello oscuro, ondulado…

-…

Hrist sólo atinó a boquear al aire, con los ojos agotados pero abiertos como platos. Se quedó en blanco, de piedra, sin saber qué decirle al Hombre de la Esquiva Mirada y la Espesa Cabellera Ondulada.
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Mensaje por Pelleas el Lun Feb 04, 2019 12:25 am

Los segundos pasaban. Hrist se tomaba su tiempo hasta en el acto de mirarlo, de abajo hacia arriba, y la falta de una reacción rápida sólo colaboraba a ahondar las inquietudes del mago. Pensó, otra vez tarde, que se había puesto a buscarla demasiado pronto, que lo que había hecho allí era interrumpirle el descanso, que ella tenía mejores cosas que hacer que oírlo. Así fueran dormitar en la mesa o darse una borrachera para dormir más profundo a la noche. Sus dedos se tensaron contra las jarras y se sintió encoger en su sitio. Le había preguntado, había hecho el esfuerzo verbal de consultar primero si podía hacer cualquier cosa, estar allí, pero sin respuesta clara la joven mujer le quedaba mirando y bien podría haberlo congelado allí como estaba, con ese mero gesto.

Los segundos continuaban transcurriendo. Era posible que ambos se hallaran en un estado más o menos similar, pero siempre eran los demás los que parecían más temibles a un corazón intimidado como el del príncipe y no habría supuesto que la sorprendía demasiado. Comprendía, sin embargo, que en esa instancia le tocaba atreverse a dar la primera palabra, antes de abrumarse a sí mismo con lo que corría por su propia cabeza. Tendría que dar un paso, cualquier paso. Aunque bajara la vista a la madera sin barnizar de la mesa, se obligó a respirar y con movimientos lentos, como si evitara presentarse como una amenaza ante un potencial enemigo, terminó de apoyar una de las jarras de bebida en la superficie, acercándola en un desliz cuidadoso hacia la muchacha. Era una primera y mínima ofrenda de paz. Algo más incongruente que cualquier otra cosa musitó al darla, pero aquel sonido fue tragado por el ruido en ascenso del local comenzando a llenarse a su alrededor. Aún en un rincón relativamente apartado, tendría que alzar su volumen si pretendía tener una conversación real. Dio otro pausado respiro para reunir su coraje.

- Esto... ¡he venido a disculparme! - Anunció entonces, finalmente en voz clara. No cometería el atrevimiento de sentarse a la mesa ni de poner su propia bebida como en disposición de quedarse, no obstante, tras una inicial y prolongada inclinación de la cabeza, sí se decidió cuanto menos a verla al rostro, si acaso para reafirmar la sinceridad de sus palabras. - Lamento lo que ocurrió hoy. Con toda mi alma, lo lamento. Nunca he debido atacar a un aliado anteriormente, pero sé que le causé grandes malestares a usted y a su compañero, así que... - Dijo, girando ociosamente entre las manos la jarra que sostenía. Conocía cuan desagradable era la experiencia de ser atacado con magia oscura, había tenido su justa parte de accidentes así como de sesiones prácticas en sus estudios. Sin dudas, las heridas sufridas por él en el enfrentamiento habían sido también estremecedoras y profundas, un hacha bien puesta y respaldada con el ímpetu de un vuelo de wyvern jamás resultaban en daño superficial; mas en su caso había llevado recompensa a cambio, en la forma de su avance a la próxima ronda. Resultaba aparente que no eran iguales condiciones. Nuevamente agachó la cabeza en una inclinación más breve, menos profunda, de reiteración. - Me disculpo. Aunque me viera sin opción, creo que no es excusa y, por lo tanto... me disculpo. Valoré mucho su ayuda en el pasado y se le recuerda en Daein, no quisiera que piense de otro modo... -

A fin de cuentas, esa era su principal preocupación: que la joven percibiera una suerte de menosprecio de parte del príncipe en los sucesos del día. Pero estaba ya todo dicho. Terminaba su especie de pequeño discurso, el daeinita se enderezó a cuenta nueva, y con un carraspeo hizo intentar de concluir. - Y yo, ahora, bueno... si usted prefiere... - Pero terminó por cerrar la boca, simplemente. De esos balbuceos sueltos, era claro que no saldría nada más concreto, pues sin tener respuesta de ella que llevarse en calma no se atrevería a dar media vuelta.

Spoiler:
Lamento la demoraaaa!! Fin de año y Enero fueron horriblemente complicados
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Mensaje por Hrist el Dom Feb 10, 2019 5:07 pm

Por El Eterno… ¡Era el príncipe Pelleas! ¿Era una alucinación? ¿La magia arcana que aún se resistía a evaporarse de su cuerpo le hacía ver visiones? No, no, parecía que no. Iba con ropa distinta, pero parecía él.

–¿D-Disculparse? –atinó a preguntar con un hilo de voz, aún pestañeando como una boba. Se puso en pie torpemente, con las piernas temblando todavía.

¡Pero es que alguien de la realeza extranjera le estaba hablando a ella! ¡Directamente! Volvió a fijarse en lo bien vestido que iba el príncipe Pelleas… Y en la patética estampa que debía de ofrecer ella. “Ay, Mamá… El príncipe de Daein me habla en persona… ¡Y yo con estos pelos!”. Quería que la tierra la –tragase.

–¡No, no! ¡Por favor…! ¡… Príncipe! –Argh ¿Cómo había que dirigirse a la realeza de un país que no era el propio?– E-Era un d-duelo… Uno tenía que ganar y otro t-tenía que p-perder…

Oh, no. Le temblaba la voz tanto como las piernas. Sentía que iba a desplomarse en el suelo en cualquier momento. Qué mala imagen estaba dando de Nohr. Hrist se preguntaba, muy en su interior, si el príncipe Pelleas creería que todas las nohrias eran igual de bobas y torpes a la hora de conversar.

–Soy y-yo la que tiene que disculparse. –Sin saber a dónde mirar, entrelazó las manos con gesto nervioso, sin atreverse a mirarle a la cara. Oh, por Grima… Cómo le ardían las orejas…– Claramente no estaba a la altura, n-no tengo su nivel, no… No pude ofrecerle un reto acorde con…

Iba a decir “acorde con su categoría”, pero sentía que ya se había degradado de sobra. Era algo que saltaba a la vista. Una insulsa jinete de wyvern contra un mago osc… mago arcano de categoría, que seguramente habría recibido una preparación exquisita y sin escatimar recursos en nada, acostumbrado, muy probablemente, a batirse contra individuos muchísimo más duros de roer que ella, que en aquellos momentos tenía ganas de llorar si tenía que permanecer mucho tiempo más de pie.

Al cabo de unos segundos (¿o fueron horas?), Hrist cayó en la cuenta de que el Hombre de la Esquiva Mirada y la Espesa Cabellera Ondulada llevaba un par de jarras en las manos. Qué metedura de pata… No, un momento, a lo mejor sólo se había pasado a eso, a ser un poco cortés con una plebeya anónima de un país lejano pero que se dejó caer por Daein para verse inmersa en una batalla contra emergidos. No podía, ser, no, las bebidas debían ser para otro, debía de haber quedado con alguien para hablar de Cosas Importantes de las que sólo los reyes y los príncipes herederos al trono hablaban con otros reyes y príncipes herederos al trono.

–Ah… Eh… –Tenía que reaccionar. Tenía que reaccionar… –¿Le ap-petece sentarse?... N-No se quede ahí de pie, por favor… –Idiota. Qué idiota era. –T-tome asiento, póngase… cómodo, por favor…

“Qué idiota soy”. Qué idiota se sentía y cuánto le dolía todo el cuerpo.
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Mensaje por Pelleas el Lun Mar 04, 2019 9:59 pm

Desde su punto de vista, el que Hrist se pusiera en pie era más una mala señal que cualquier otra cosa. Por seguro iba a irse enfadada, ofendida por la interrupción de su tiempo privado y personal, y bien que tendría la razón de su lado en ello. Desde luego, el hecho de que ella también titubeaba, que tenía el rostro enrojecido y que tartamudeaba tanto o más que él mismo pasaba completamente por sobre su cabeza, pese a lo obvio que debería de ser; un carácter amedrentado y poco confianzudo como el suyo, nuevamente, percibía siempre a los demás como más seguros, más desenvueltos. Sus palabras le parecían mucho más firmes, a la vez que dignas de gran preocupación.

- Um, pero, este, ¡n-no es que se trate de eso...! - Intentó, aunque sin suficiente ímpetu como para verdaderamente imponerse a las palabras ajenas. A fin de cuentas, no se trataba de más que dos jóvenes tartamudeando, por ratos una o el otro más prevalecientemente. Al oír que no había sido un "reto acorde", a cuenta nueva el mago intentó expresar su discrepancia, estirando una mano a medio camino para posarla quizás en el brazo ajeno, como mucho, mas sin llegar siquiera a eso. A la brevedad la bajó y sólo respondió, con cuanta convicción pudo. - Para nada, no es... ¡l-lo ha hecho muy bien! Ni siquiera yo, quien he nacido en un reino de wyverns y jinetes, sabría montar así... - Intentó reír por aquella circunstancia, aunque lo poco que salió, sonó a sus oídos como la más incómoda forma de expresión jamás surgida de su propia boca. Desistió enseguida y calló.

El silencio que siguió por ambas partes, aún con todo el trasfondo de la taberna, bien pudo haberlo ahogado. No sabía si estaba peor con Hrist no mirándolo, o si habría sido aún más vergonzoso para él si en efecto tuviera que sostenerle la vista. Debía considerarse tremendamente afortunado de que, después de todo y en lugar de darle pie a retirarse, la mujer fuese quien tuviera las agallas de instarlo a permanecer. Aún con lo mesurada que había sido esa invitación, le retiraba un considerable peso de los hombros. Asintió con la cabeza y al moverse para tomar asiento, lentamente, como si evitase sobresaltar a alguien que más probablemente fuese él mismo, agregó: - Si se queda un momento... sólo, um, lo suficiente para que pueda... - Expresarse con claridad para con ella. Hablar como dos seres humanos debían poderse hablar. A fin de cuentas, tomó asiento en la silla más próxima, apenas en la esquina de la mesa. Por vez primera notó que ella tampoco parecía del todo segura, que tenía los dedos entrelazados nerviosamente a la altura del torso, pero era información con la que verdaderamente no sabía qué hacer. Suponía que ayudaba saber que su primera reacción para con él no era furia.

En cuanto a Pelleas, nada de su comportamiento era adecuadamente principesco, desde lo poco grácil que era en aceptar las cortesías de la joven, hasta su forma de llevarse a sí mismo en público. De buenos modales, pero no exactamente lo que se esperaría de un heredero a trono. El hecho era que tal cargo resultaba para él una prenda nueva, pesada y poco cómoda de cargar puesta que otrora ni siquiera reclamaba, de allí sus dificultades en sobrellevarla. No sólo no había vivido en el palacio ni había sabido quién era su padre durante la mayoría de su vida, sino que, luego de ser puesto junto al rey Ashnard como único hijo legítimo, habían pasado años hasta que se le reconociera como heredero; todo debido a juzgársele inadecuado y ponérsele en un área gris, hasta recientemente. Bastante tiempo y bastantes vicisitudes le había costado demostrarse a base de magia cuando su progenitor siempre había buscado en él fortaleza física e imponencia natural. Hacia demasiado poco tiempo que se le presentaba y saludaba como príncipe en lugar de permítersele fundirse entre becarios y sabios, como para que se acostumbrase todavía a todo eso. Ciertamente no terminaba de llegar a la talla. Exhaló, recordándose que aquello no era un discurso público ni mucho menos, sino sólo hablarle a una persona, una sola persona, que hasta entonces no había sido nada menos que amable. Habiendo asumido por completo que se entendía que la otra jarra era para ella, tomó la suya y empinó algunos tragos para serenarse antes de comenzar.

- Es sólo que... quisiera que sepa que no olvidé la ayuda que prestó en Daein. Una de nuestras jinetes, Fizzart, este, Jill Fizzart, ha reportado muy favorablemente sobre usted... - Dijo. Y a medida que hablaba, que veía ya traspuesta esa barrera, seguir se tornaba más fácil. - No soy muy bueno remitiendo mis palabras... o hablando con los soldados. En realidad, no es que haya liderado a nadie jamás, todavía... sin embargo, sé quienes han prestado servicio. Verdaderamente es usted una excelente jinete. - Esbozó una pequeña sonrisa. Daein había visto días oscuros, y si las cosas finalmente mejoraban, era gracias al esfuerzo conjunto y la ayuda conseguida; las tropas, la gente recientemente entrenada, los mercenarios, el auxilio de los aliados con quienes Pelleas había tomado contacto en sus viajes. Entre todo, Hrist había resaltado a su conocimiento por cuan bien encajaba entre las tropas regulares del ejército, una jinete wyvern era lo mejor recibido en el reino y lo mejor acoplado a sus tácticas de guerra usuales, tornándola memorable para quienes habían estado a su lado. Había habido quienes asumían que se quedaría. El mago la miró de soslayo, procediendo con sinceridad. - Y me avergonzaría mucho que pensara que no tenía gratitud ni consideración hacia usted, atacándola y a su compañero tan libremente... c-cuando sí le estamos, y estoy, muy agradecido. Esperar que vea con buenos ojos a la gente de Daein ahora... sería demasiado esperar, ¿no es así? -

Un poco más de ron era menester. Se llevó la jarra de regreso a la boca, si acaso sólo para parar allí y no agolparse a decir más. Sus preocupaciones podían ser quizás excesivas, pero era de esa forma que se cocinaban siempre en su cabeza, y si no las atendía, podían empeorar. Tras una pequeña pausa y un carraspeo ante el ardor del alcohol, familiar y nada desagradable, agregó. - Usted... ¿se encuentra bien? - Una pregunta algo redundante, a su propio parecer, pues sabía el daño que había incurrido tanto como que la habían sanado. Pero la había sentido como una pregunta de necesario interés. Recordando otro detalle, parpadeó algunas veces. - ¡Su wyvern...! ¿Su wyvern se encuentra bien? ¿Donde se halla? -
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