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La Suerte Hoy, y lo que Toque Mañana [Privado | Hrist]

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La Suerte Hoy, y lo que Toque Mañana [Privado | Hrist]

Mensaje por Pelleas el Dom Oct 28, 2018 1:16 pm

Las heridas de la arena estaban ya sanas, completamente ausentes del cuerpo que las había sufrido, como si nada le hubiera ocurrido en primera instancia. Ni siquiera quedaban cicatrices, demostrando a ojos del extranjero que los sanadores que Altea disponía para facilitar su espectáculo eran admirables, en verdad. No obstante, como siempre resultaba de la medicina y las sanaciones dependientes de magia, era inevitable que el agotamiento y una cierta molestia aferrada a los músculos perdurasen incluso después de un tratamiento perfecto, apesadumbrando al doliente; era ese límite que todavía existía, el umbral de lo humano que dictaminaba hasta donde podían forzarse los guerreros incluso teniendo sanadores a sus espaldas. Pelleas, aunque hubiera revisado al mudar de ropa y se viera libre de todo daño, se hallaba atravesando plenamente ese valle de cansancio y pesadez todavía. El residuo fantasmal de un golpe de hacha contra el antebrazo le hacía no querer utilizarlo demasiado, la misma sensación distante y nada tangible en una de sus piernas le hacía caminar lento aunque no hiciera falta tener cuidado. En sí, lo único que necesitaba para dejar atrás hasta los residuales era un poco de descanso, un tiempo quieto en su alcoba de posada y estaría por completo repuesto. Era sólo que tampoco podía descansar.

Había triunfado también ese día, en el gran torneo, pero la victoria le había sabido amarga y no le dejaba la conciencia en paz. Para comenzar no había gozado en absoluto de enfrentarse a alguien que conocía fuera de ese sitio, usar su magia, cuyos efectos tan bien sabía, en alguien a quien no querría causar daño ni dolor. Sin embargo, lo que más empeoraba las cosas, a su parecer, había sido el final del encuentro: con su oponente inconsciente no había podido ni disculparse de la forma debida, ni dar voz a la pregunta que resquemaba en fuero interno, la de qué opinión guardaría esa persona hacia él ahora. Temía irracionalmente a ello. La jinete wyvern no era su amiga per se, más bien caía en aquella categoría en que tenía el príncipe a la mayoría de sus conocidos, un respeto y agrado distantes sin atrevimiento a aproximarse, expresado a través de algún reconocimiento desde su posición de príncipe y ya; desde lo cual era de inferirse que, en el caso en que ella pasara a detestarle, nada cambiaría demasiado, especialmente ahora que los viejos asuntos de Hrist en Daein parecían haber terminado, pero seguía siendo una idea que hacía trizas sus nervios y lo tenía carcomido de ansiedad.

Algo tenía que hacer. Aunque no quisiera incordiarla y ni siquiera hubiera pasado mucho tiempo desde el encuentro, lo que menos podía hacer el mago era quedarse quieto, dejando las cosas de ese modo. Debía disculparse. El cómo estaba todo menos claro en sus ideas, mas la resolución estaba allí, empujándolo de inmediato a salir en su búsqueda. Vestido ya no en sus túnicas usuales, amplias y dotadas de pesadas piezas metálicas y decoraciones que aludían a lo arcano, sino en ropa mucho más simple y liviana, apenas una túnica corta de cuello firmemente ajustado y pantalones claros, casi irreconocible, se dispuso a recorrer las posadas cercanas a la arena. Gracias al espectáculo local casi todas ellas se hallaban colmadas, desde las más costosas y regias hasta las más humildes, mas especial movimiento se apreciaba en las que abrían sus puertas hasta horas tardías, prestando sus cocinas y salones principales como taberna. En estas comenzó Pelleas a preguntar por la dama, si acaso no se alojara allí o cuanto menos se le hubiese visto. Algunos dependientes le reconocieron de los encuentros de aquella tarde y le informaron sin problemas de cuanto hubieran visto o sabido, otros le tomaron por un mero admirador y se limitaron a darle vagas indicaciones tras rostros entretenidos, pues claro, tendía a tartamudear y no lucía como el tipo más seguro en la provincia, por lo que algo de gracia causaba. Finalmente supo que la joven había entrado en una de las tabernas, simplemente la más grande tras la arena, y allí partió.

El barullo característico de las celebraciones nocturnas aún no comenzaba, quizás porque apenas acababa de caer el sol. No obstante el local se llenaba ya y los comensales se reunían en grupos grandes, hablando a viva voz de sus apuestas y demases. Pelleas deambuló un tanto por el interior, su cabeza sobresaliendo sobre muchas de las demás al otear el entorno en busca de una cabellera rubio pálido. A fin de cuentas acabó por encontrarla, no de lejos, sino por detenerse casi que en frente de ella, en directa línea de visión. En ese mismo momento pensó, como si fuera lo más importante sobre la faz de la tierra, que el perdón sería imposible de conseguir si no ofrecía bebida a la mujer; por algo estaba en una taberna, naturalmente. No supo articular aquel impulso y, tan sólo entreabriendo los labios como para decir algo, se giró a la brevedad hacia la barra. Ni siquiera se había fijado en si ella no tenía ya bebida a mano. Simplemente pidió dos jarras de ron dorado y al minuto reapareció, dando un tímido paso más cerca que antes, lo suficiente como para ponerle la jarra en la mesa, carraspeando. - ¿Pu... Puedo? -
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Re: La Suerte Hoy, y lo que Toque Mañana [Privado | Hrist]

Mensaje por Hrist el Dom Dic 09, 2018 6:52 pm

Hrist había despertado aquella tarde en la enfermería del Gran Coliseo de Regna Ferox exhausta, aturdida, y con el cuerpo pesado. Los sanadores del torneo la habían dejado físicamente como si nada hubiese sucedido: no había rastro alguno de herida en su antebrazo derecho, justo donde –algo le decía que era lo más probable- la magia arcana del príncipe de Daein hizo que ella misma sufriese su propio ataque. Otro asunto era que, por dentro, estuviese del todo recuperada. La sensación de fatiga era extrema. Era capaz de mantenerse en pie, pero el mero hecho de caminar, ni que fuese despacio, hacía que la cabeza le diese vueltas y más vueltas. A los pocos pasos que daba, empezaba a agotarse, a escapársele la fuerza con cada bocanada de aire. Era una sensación extraña. Se sentía agotada, casi al borde del desmayo, y sin embargo, a la vez flotaba en una nube. Como si su cuerpo fuese incapaz de experimentar dolor. Por más que intentase cerrar los puños con fuerza, lo único que lograba era eso, cerrarlos. Más allá de eso, no respondían. Las piernas, igual. Había necesitado ayuda de los sanadores para lograr levantarse de la camilla.

Fuera le esperaba Logi, adormecido por obra de aquellos sofisticados bastones que sólo los sanadores más experimentados usaban. Hrist les indicó que se retirasen antes de dejar de usar aquella magia somnífera. Lo primero que tenía que ver el wyvern al despertar era a su jinete. De lo contrario, se arriesgaban a enfrentarse a su ira ellos solos.

-¿Qué tal, Logi? –dijo con un hilo de voz. –Vaya viaje nos han dado, ¿eh? –bromeó como pudo, acariciándole sin fuerzas el hocico en el suelo. Le costaba trabajo incluso sonreír.

El animal se arrastraba a trompicones, lento, abriendo los ojos paulatinamente, las pupilas verticales todavía dilatadas. Soltó un gemido lastimero, confuso.

-Ya está, ya está… -suspiró. El wyvern se había sacudido bruscamente, pero sólo había conseguido golpearse la cabeza contra la pared. –Ya estoy aquí, tranquilo…

Se acercó al animal y le sujetó la enorme cabeza con escamas, abrazándola contra su vientre. Logi soltó un bufido largo y cansado, y se fue incorporando poco a poco. Cuando Hrist juzgó que estaba mínimamente operativo, se lo llevó con paso lento por las calles de Regna Ferox.

-Buff… -resopló. –No sé si llegaremos... a la posada... antes de que uno de los dos se caiga redondo... Me parece que habrá que... conformarse... con lo que haya más cerca…

Entonces sus ojos dieron con una enorme taberna, a pocos edificios de distancia del Gran Coliseo. Tiró de Logi como pudo y lo dejó descansando en uno de los establos para monturas. El animal ni siquiera rechistó.

Una vez cruzó el umbral de la entrada, un cóctel de olor a cerveza, vino, gritos de euforia y rabia, luz tenue, y calidez de lugar abarrotado le abofetearon el alma, el rostro, y todo el cuerpo. Durante unos incómodos instantes, en los que se planteó cómo había llegado a aquél punto en su vida, meditó si era lo correcto entrar ahí. “Una de dos” pensó. “O recupero el aliento aquí… O llego a rastras a la posada”. Logi seguro que votaría por lo primero. “Pues nada, a buscar un rincón donde padecer en silencio”.

Pasó entre el gentío, intentando llamar la atención lo menos posible. Por suerte, la gente parecía muy ocupada discutiendo los combates anteriores, tanto que ni se daban cuenta de que una mujer con cara de haber recibido una paliza se escurría a sus espaldas. Entre el murmullo, le llegaron a los oídos cuchicheos varios. Uno de ellos le heló la sangre y la dejó clavada allí mismo. Había oído un nombre: Xander.

“Espera, no han dicho que fuese su Alteza Xander, el príncipe de Nohr…”

Tragó saliva, y siguió en su búsqueda de una superficie donde reposar su castigado trasero. Siguió dando vueltas a lo que acababa de oír mientras se sentaba en una solitaria mesa, en un rincón alejado de la barra. Hundió la cara entre los brazos, sintiendo el frío de la madera en sus mejillas. “Mierda, tendría que haber pedido antes algo en la barra”, se quejó para sus adentros. “Da igual, ya se acercará el tabernero a servir a las otras mesas…”.

Se apoyó en los codos como pudo, con aquel nombre resonando en su cabeza. Había visto el combate del tal Xander, desde la lejanía de las gradas. Iba a caballo, y portaba una enorme espada que ni por asomo era una simple espada de plata. Aquello parecía algo más elaborado, algo que no había visto en las modestas armerías donde ella se abastecía de hachas largas. Nunca había visto en persona al príncipe heredero de su país natal. Sólo sabía que se llamaba Xander, que tenía el pelo rubio, y que era el primogénito de Su Majestad el Rey Garon. Así que no sabía si había la más mínima, diminuta, minúscula posibilidad, de que aquel Xander fuese el príncipe nohrio. Decían también las malas lenguas que era atractivo, pero Hrist no consideraba muy fidedignas las declaraciones de mujercitas anonadadas ante el poderío de un título nobiliario, una armadura cara, y un corcel oscuro a juego. Así que decidió no tener en cuenta ese último rumor.
Lo que realmente le ponía la piel de gallina era la posibilidad de haber estado, en las gradas, a unos cuantos metros de distancia del hombre que había despojado de sus tierras al noble para el que trabajó durante sus días en Grannvale. Aún tenía pesadillas sobre soldados de Grannvale acorralándola a la hora del desayuno, coreando el perturbador himno de “espía nohria, espía nohria…”. Pero, pensándolo bien, podía estar más que tranquila, tampoco era que el príncipe Xander fuese a enterarse de chorradas así, ni era asunto suyo si mercenarios de su tierra estaban a sueldo de los pobres desgraciados cuyas tierras se le habían metido entre ceja y ceja. Pensó, pues, que eran las ventajas de ser una Don Nadie, y que estaba dándole demasiadas vueltas a algo sin importancia. Quizás era un efecto secundario de los ataques de magia arcana...

-¿Mmmmh? –medio gimió.

Alguien se había dirigido a ella. Giró torpemente la cara para ver quién le hablaba. Quizás el tabernero venía a decirle que, o consumía algo, o se largaba. Vio unos zapatos, pulidos y elegantes. Por encima había unos pantalones claros… No se acababan nunca, qué piernas más largas debía de tener… una túnica de cuello estrecho… Qué elegante para ser un tabernero. El cabello oscuro, ondulado…

-…

Hrist sólo atinó a boquear al aire, con los ojos agotados pero abiertos como platos. Se quedó en blanco, de piedra, sin saber qué decirle al Hombre de la Esquiva Mirada y la Espesa Cabellera Ondulada.
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