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Mensaje por Invitado el Jue Oct 18, 2018 6:11 pm

La temperatura habia comenzado a bajar en las noches cuando mas al norte se dirigian, ya teniendo Grannvale asegurado bajo su bandera, incluso con los problemas que estaba teniendo con la religión y mucha más resistencia de la que habia esperado, ni siquiera con Hoshido habían tenido tantos problemas. Sin embargo eran la clase de problemas de los que podian presindir de su presencia mientras dejase gente de confianza y ordenes claras en las ciudades permitiendole moverse hacia el norte en la ambiciosa campaña de seguir extendiendo su territorio en nombre del dragon oscuro.

Ya las tierras que pisaba no eran territorio de Naga si no que de otra entidad, Forseti, conocía poco y por lo que le habian hecho entender no era un dragón si no mas bien un humano que se habia hecho dios del hielo, o mas bien otra criatura de apariencia humana, incluso un espíritu de la tormenta. Y el frio que comenzaba a sentir le hizo recordar y lamentar no haber escuchado con mayor atencion las palabras de los eruditos que intentaban instruírlo en religión de otros paises. No tenia nada contra aquel dios pero al parecer este si tenia algo contra ellos por apagarles el fuego en las noches con ventiscas nevadas y dificultarles la entrada al territorio. Era la tercera noche que viajaban hacia el bosque donde loa arboles cortarian un poco mejor el viento y creian poder manejarse mejor por caminos y puntos naturales de referencia, incluso dejando ellos marcas de espada en los arboles para guiarse.

Habian enviado exploradores al frente pero estos no habian regresado aún, sin embargo pensaron que eran ellos cuando escuchandon el sonido de galope pero no, un caballo completamente blanco y con alas se acercó con desconfianza y nerviosismo al campamento de los norianos. Ante la sorpresa, lo más natural para los hombres fue intentar cazarlo, pero al notar que el animal no huía asustado si no que solo se alejaba y regresaba pareció obvio que solo quería ser seguido. Quizás su dueño estaba en apuros, pero no tenía montura ni nada que indicase que fuese de alguien. Junto con unos pocos hombres el principe preparó su caballo y comenzaron a seguir al pegaso que al ver que habia captado como deseaba la atencion de los soldados comenzó a avanzar mas rapido entre el bosque. No tardaron en salir a un area mas despejada donde el animal tomó vuelo y siguió en el aire siempre dando vueltas para no adelantarse mas que los soldados y se quedó rondando sobre una zona que llegaron a ver una pelea, al parecer de emergidos atacando un campamento. Ahora comentedían, el pegaso había ido por ayuda.
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Mensaje por Alice Schuberg el Lun Nov 12, 2018 6:14 pm

La caída de Grannvale había sido el precedente de lo que acontecería en el resto de Jugdral con el paso de las semanas. O al menos, esa fue la predicción que tuvo la familia Schuberg cuando las nefastas noticias del reino vecino se filtraron en la tierra protegida -supuestamente- por la deidad Forseti. Por ello, se movieron a su segundo domicilio en Mitgard para mantenerse alejados antes de que la corrupción del centro del continente se extendiera, pues ya era sabido que el patrón de expansión de los emergidos apuntaba a que invadirían reinos vecinos tarde o temprano. Cuando Alice se recuperó lo suficiente de sus heridas, no se demoró ni un sólo día en volver al ejército de Silesse. Si luchaba en el primer frente, lograría retrasar el avance de los emergidos hacia el oeste, ganaría tiempo para su familia, el país, y el condado autónomo en el que vivía. Su idea fue ingenua en todos los aspectos, pues, la cantidad de emergidos que invadieron el país fue demasiado para que su contención se realizara de manera exitosa. Daba igual cuanto esfuerzo depositaron en la frontera, pues regimientos enteros se filtraron entre el amplio frente de batalla que duró los primeros días de invasión. Con la caída de los soldados, la inferioridad numérica se hizo definitiva. Las rutas de abastecimiento fueron arrebatadas, incluso e espacio aéreo, donde no podían permitirse enviar un solo mensajero. Se vieron obligados a refugiarse en los castillos, incomunicados, y defenderse de los asedios que sucedían de tanto en cuanto.

Sólo quedaba un castillo en pie, sin embargo, no hubo forma para los supervivientes de saber que se habían quedado solos. Por extensión, la creencia de que Mitgard aún era un país seguro -dentro de lo posible- también era una ilusión voluble. No imaginó que los emergidos podrían acceder a la inhóspita isla desde la región oeste de Grannvale. Aquello era lo único que la convencía de seguir combatiendo en Silesse.

La situación se mantuvo así hasta que, eventualmente, una actividad inusual pudo apreciarse desde el horizonte que proporcionaba el fuerte fronterizo. La zona limítrofe con Grannvale parecía haberse estabilizado, contrariando los reportes que se realizaron antes de que el caos se apoderara de todo el país. Las dudas surgían: Quiénes, cómo, cuándo o cuántos; así como si estarían dispuestos de ayudarlos ahora que habían controlado la frontera... Tan pronto como notaron un descenso de emergidos en las inmediaciones, se ordenó al escuadrón de pegaso que volaran en busca de ayuda. Un remanente de lo que antes fue, entonces sólo quedaban pocas docenas. Su número decrecía en cada misión de rescate, escaramuza y reconocimiento -que dejaron de hacerse por tal motivo-. El riesgo de abandonar el castillo era alto, pues numerosas patrullas de wyvern y pegasos emergidos bloqueaban el espacio aéreo, y nada aseguraba que las jinetes de Silesse cubrirían los pocos kilómetros que separaban el castillo de la frontera.

Y de tal modo ocurrió cuando el escaso grupo de seis -aunque considerable en base a los pocos efectivos que seguían operativos- salió de la seguridad de la fortificación hacia la frontera de Grannvale. No pasó ni un minuto cuando las avistaron desde tierra, y sendos wyverns se abalanzaron rápidamente para darlas caza. De ese modo, la mitad cayó por flechas y jabalinas lanzadas desde el aire. En medio de la frenética batalla aérea, en un intento por atravesar el bloqueo, una cuarta jinete fue presa de las fauces de un wyvern y solo el pegaso logró cruzar. Demasiado tarde para dar media vuelta, pero igualmente peligroso el combatir a los dragones en mitad del cielo, la única baza de las jinetes supervivientes era la de llevar la pelea a tierra -más bien nieve-, lo más cerca de la frontera que pudieran. Esperando una ayuda que quizá no llegara nunca, o demasiado tarde.
Afiliación :
- SILESSE -

Clase :
Falcon Knight

Cargo :
Soldado (Ejército de Silesse)

Autoridad :

Inventario :
Lanza de bronce [2]
Tónico de res. [1]
Tónico de def [1]
Esp. de bronce [2]
Lanza de madera [1]
Llave maestra [2]

Support :
None.

Especialización :
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Experiencia :
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Gold :
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Mensaje por Invitado el Lun Ene 07, 2019 2:34 pm

El poder llegar a entender mejor lo que ocurría y que el tiempo era valioso, los caballos emprendieron galope por sobre la nevada. Cada paso de los animales apartaba la nieve a su paso levantando pesadas nubes que lentamente volvían al piso. Resaltando por su manto negro y armaduras del mismo color, los jinetes parecían sombras entre la blancura del paisaje, el golpe de los caballos contra el piso retumbando y el jadeo de los animales haciendo bocanadas de condensación a su andar. Los soldados enseguida tomaron formación de cuña, siendo el primero el principe con el caballo más grande y ya su lanza con la punta al frente. Eran solo cinco, pero en una pelea avanzada podía ser la diferencia el caer soldados frescos y descansados.

Los emergidos eran fácilmente reconocibles con sus miradas rojas que ibana a juego con el manto de nieve teñido de sangre, se veía el rastro de la pelea extendido por varios metros detrás, la avanzada estaba siendo dura y costosa como se veían en los cuerpos tirados en la nieve. Los soldados norhios alzaron su voz de batalla al estar cerca y con una primera pasada impactaron contra los emergidos a pie que no tenían aún tiempo de reaccionar, espadas y lanzas hirieron de gravedad a varios e incluso tomaron la vida de unos pocos, dando la necesitada ventaja que las tropas atacadas necesitaban.

No había tiempo para ver quienes eran, cuando había emergidos de por medio hasta los enemigos se hacían una pausa en fuego para combatir el mal común y eso era lo que hacía el principe de rubia cabellera. Con su lanza apuntando al piso lasacudió para quitar el trozo de tela y carne desgarrada que había quedado enganchada en la unta serrada, miró a la persona más cercana que tenía, una mujer de cabello largo y rubio y levantó enseguida su voz - ¡Reúne a tus compañeros! ¡Resguarda a los heridos! ¡Aún quedan dos wyverns en el aire y varios vivos que rematar! - pasando tanto tiempo en las tierras nevadas habia tomado el acento del pais que mezclado con el suyo propio le destacaba como evidente extranjero. No se detuvo mucho tiempo que con el acercar de uno de sus compañeros jinetes volvío a espuelar su caballo para volver a correr hacia el claro donde podrían atraer a los wyverns al piso.

No la abia reconocido aun y tampoco la recordaba tan fielmente por solo un encuentro meses atrás en el campo de batalla, si se tomaba el tiempo seguro que los recuerdos vendrían de inmediato pero por el momento solo siguió prestando su ayuda esperando que los afectados reaccionaran rapido y tomasen el control de la situación.

Uno de los wyverns comenzó a bajar y el principe con la ayuda de su compañero se separaron para que tuviera que escoger a uno a cual atacar pero estando aún suficientemente cerca aprovechaon la baja altura del animal para, mientras el caballero bloqueaba el ataque del jinete wyvern, el principe hudiese la lanza en el costado del animal. El impulso del wyvern arrancó a Xander de su montura y resquebrajó su lanza que resvaló por sobre las escamas hasta finalmente encontrar espacio entre estas y hundirse casi medio metro en su interior. - ¡¡Lo tengo!! - gritó a su compañero que saltaba de su caballo para subierse al wyvern y pelear cuerpo a cuerpo con el emergido encima. La táctica era sencilla pero sumamente riesgosa, solo la practica y el conocimiento era lo que empujaria a estos hombres a actuar tan desabelladamente, pero los nohrios tenian ambas cosas, utilizando wyverns ellos mismos en sus filas sabían sus puntos débiles así que lo que parecía solo una astilla en tan grande animal, se vio que era un punto clave cuando este intentó volver a levantar vuelo pero su ala no respondió de manera correcta y cayó de costado con un grito lastimero.
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Mensaje por Alice Schuberg el Lun Mar 25, 2019 3:52 pm

Alice y la compañera se precipitaron en un descenso de sesenta grados hacia el suelo mientras el wyvern era espoleado por su jinete para alcanzarlas, aún con el cuerpo de la otra mujer entre sus fauces. Tras un rugido y sendos intentos de atrapar el trasero de los pegasos, se le escapó el premio que tenía entre sus dientes en una dantesca y mortal caída de más de veinte metros. Y otras tres habían caído en medio de las filas enemigas, no había forma de saber si estaban defendiéndose de ellos o ni siquiera sobrevivieron al aterrizaje. Y con todo esto, la única pareja que seguía ilesa no podía permitirse pensar ni compadecerse del destino de sus compañeras, pues su vida aún dependía de como se defendían del jinete de wyvern, por lo menos se alejaron de la mayor parte de las tropas terrestres enemigas.

No hubo ni un segundo de tregua cuando las patas de los equinos pisaron la mullida nieve, pues, las desordenadas tropas de la retaguardia se dispusieron a rodear a las dos jinetes de pegaso. Por dudosa fortuna ninguna flecha fue lanzada para evitar dañar por error al wyvern, mucho más grande que los pegasos y que aterrizó casi en el mismo instante. De forma torpe y desmesurada, la fuerza del draco golpeó la tundra levantando una gran cantidad de nieve a su alrededor y hundió sus garras en el terreno tras fallar en su intento por atrapar a una de las jinetes. Alice sintió un pálpito de alivio de no sentir dolor en ese momento, el cual se derritió en el incendio de la tensión y el miedo de estar rodeada de enemigos. Porque los números no estaban a su favor, ni mucho menos, mas la contínua exposición en ese escenario había conseguido que normalizara todos esos horribles sentimientos. Su corazón latía con furia y bravura mientras su mente evaluaba cual era la mejor forma de salir de ahí. Quizá si abatían rápido al wyvern y despegaban antes de que llegaran los demás dragones tenían una oportunidad de salvarse. Con esa idea en mente, un solo cruce de miradas con la otra jinete fue suficiente para coordinarse. Una acabaría con el jinete de wyvern, la otra mantendría a raya a los refuerzos terrestres en la retaguardia.

Alice se enfrentó al oponente grande, enorme, tanto que aseguraba que ningún soldado de a pie se interpondría entre ella y su agresor. El peso del wyvern no podía compensarlo con solo dos patas e hicieron sus movimientos torpes, lo que ayudó a predecir cuales serían sus acciones. Tras varios amagos y fintas a las mordidas, su jinete se dispuso a intervenir personalmente en el combate. La larga alarbarda sí suponía una amenaza y empujaba la balanza a una sutil ventaja mientras su montura mantuviera al pegaso fuera de la corta distancia. Las blandidas fueron lentas pero peligrosas, lo que obligaba a Alice a esquivar antes de ejecutar cualquier contraataque, el cual era poco fructífero para la amenaza a la que estaba expuesta. En el mejor de los casos su lanza atravesó unos centímetros la piel del dragón cuando éste protegió a su jinete, retrocediendo un par de pasos mientras emitía un gruñido lastimero. Chasqueó la lengua por la frustración que suponía no poder ejecutar el plan de acción con la rapidez que precisaba si querían escapar de las filas enemigas. Los soldados se les acumulaban en la retaguardia mientras que los refuerzos aéreos avanzaban a su posición.

Alice tuvo un par de segundos para mirar atrás, comprobar cómo estaba su compañera. A sus pies yacían algunos emergidos, pero, jinete y pegaso estaban heridos de la misma forma. Su respiración era pesada e intranquila, su temple se contagió de la misma angustia. - Aún no... ¡Aguanta! - Animó, con un deje de desesperación, al ver desde la lejanía una amalgama de sombras aproximándose a su posición. - Están viniendo de la frontera, nos han visto... - Susurró, deseando que estuviera en lo cierto, aunque su actitud desconfianda no quisiera dar nada por sentado. Las dos hicieron acopio de voluntad y se lanzaron con energías renovadas a sus respectivos frentes, manteniendo su atención los más que podían en su precaria situación.

El último lance de la joven Schuberg, se aseguró de que le arrebataría la iniciativa por completo al jinete de wyvern. Sin importar que la alabarda la alcanzase, ella hizo lo mismo para hender su arma de asta en el hombro diestro del contrario. El acero emergido laceró la parte alta del brazo, del cual empezó a el característico fluido rojizo. Una herida superficial si la comparaba con otras tantas que había recibido en los últimos meses. No se concentró en el dolor ni el entumecimiento, pues la carga de los extranjeros estaba a punto de producirse. Se llevó la mano sana a la parte de la herida, mientras tomaba una posición defensiva para no chocar accidentalmente con el arrollamiento de las tropas aliadas. También avisó a su compañera. - ¡A cubierto!

Un torrente de caballos y espadas pasó por ambos lados de la jinete, llevándose una buena porción de la formación emergida. Aunque no fueran demasiados, eran lo suficientemente capaces como para destruir el orden de las filas enemigas y dar algo de espacio a las dos jinetes. El resto aguardaban en un rango de doscientos metros de distancia, aunque era muy difícil divisarlas desde tierra. Aun desorientada por el cambio abrupto de los acontecimientos y el dolor de su propia carne, Alice pudo entender las directrices que le había dado el desconocido. Sin embargo, no podía ejecutarlas mientras los wyverns estuvieran en el cielo. - ¡Cuatro cayeron entre sus filas! - Anunció, antes de buscar a aquella que cayó de las fauces del primer wyvern. Dejó que los extranjeros controlaran la situación por unos segundos mientras ella corría a socorrerla. Cuando la encontró semienterrada, su rostro denotó que su vida pendía de un hilo. Su armadura pectoral había sido destrozada por los dientes del wyvern. La sangre brotaba de todas las puñaladas tiñendo la nieve de rojo. - No te mueras, por favor. Resiste... - No tenía manos suficientes para taponar sus heridas. - Lo siento, lo siento... Yo... No puedo... - Lamentaba, sollozando, presionando lo más que podía las hemorragias más graves que podía detectar.
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