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[Campaña de conquista] El fin del Pacto (Priv. Seraphiel)

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[Campaña de conquista] El fin del Pacto (Priv. Seraphiel)

Mensaje por Naesala el Mar Sep 18, 2018 9:01 am

Spoiler:
Campaña de conquista en nombre de Daein.

Si su querido y difunto tío, el antiguo Rey de los cuervos, levantase cabeza y pudiese presenciar lo que había acaecido a aquellos que le condenaron a él y a su pueblo, sin duda se estaría regocijando en su nicho. De todas formas, el viejo cuervo ya habría pasado por demasiadas desgracias para lo que habían sido sus últimos años. Mucho daño en tan poco tiempo tenía que haber dejado secuelas importantes. Incluso alguien tan escéptico como Naesala, quien prefería ni pensar por asomo en lo que hubiese después de la muerte, tenía sus dudas de que su tío pudiese descansar en paz allá donde estuviese. Poco se podía hacer por él que no fuese aprovechar aquella oportunidad de oro... No, una incluso más valiosa que todo el oro que pudiese amasar entre sus manos. Así que, tras recibir las últimas noticias que circulaban por todo Tellius, no veía mejor momento para tomar cartas en el asunto.

Begnion había caído. Pasto de esos Emergidos que arrasaban con lo que tuviesen delante. Y, por lo visto, el sacro país que tanto se enorgullecía de su resistencia… no era tan resistente, después de todo. Ironías del destino. Ahora, las calles de Sienne estaban plagadas hasta decir basta de beorcs de ojos carmesíes, las iglesias que tanto adoraban sus habitantes profanadas, y el palacio real despojado de todo rastro de majestuosidad y transformado en una base improvisada para los invasores. Incluso con todas las riquezas del clero desprotegidas y al alcance de cualquiera, que bien podrían llegar sencillamente a ascender a cinco veces el valor de las viejas arcas de Kilvas, ni siquiera valía la pena intentar un saqueo. Solo un necio con deseos suicidas se atrevería a poner un pie en la capital y pretender durar allí más de diez minutos. O quizás los daenitas, a los que seguro que les estaría sabiendo a poco el apropiamiento de Crimea y no tendrían reparos en ir a por el mayor de los trofeos. Fuera como fuese, que Daein se dedicase a mandar a sus tropas al matadero, literalmente, era la menor de sus preocupaciones. Y por fortuna, lo que él andaba buscando no se hallaba en Sienne.

Usando los campos y la maleza de los cotos privados de la zona a su favor, tres siluetas cubiertas por largas capas negras avanzaban con celeridad, confiando en que los bosques y el manto de la noche les ocultaría durante su trayecto. Tal y como cabría esperar, la villas y mansiones de los pesos pesados del senado habían sido abordadas por los Emergidos, pero a una escala mucho menor del hervidero que era Sienne en esos momentos. A fin de cuentas, allí ya no debería quedar nadie a quien empalar con una lanza, puesto que las primeras en abandonar el barco cuando se hundía siempre eran las ratas. Y según lo que contaban sus exploradores y fuentes de fiar, los senadores, casi como si hubiesen previsto la catástrofe avecinándose, huyeron antes de que la invasión Emergida los cogiese de lleno. La verdad es que no sabía si reír o llorar; era una lástima que esa panda de hienas hubiesen escapado de la muerte de una forma tan descarada.

Lo que Naesala tenía claro como el agua es que, de momento, ninguno de ellos volvería por esos lares en mucho, mucho tiempo. Ni tampoco los guardias y escribas a su cargo. Y lo más importante, si es que no fue mal informado, era que el senado salió de Begnion con el equipaje justo y necesario. Por lo que todavía quedarían unas cuantas de sus pertenencias abandonadas a su suerte. Con un poco de suerte, la que justamente le traía hasta allí y por la que valía la pena una incursión.

Finalmente, el trío de encapuchados se escurrió por unos viñedos hasta llegar a un edificio que contaría con dos plantas a lo sumo por la disposición de las ventanas. De todas las villas que se habrían cruzado por su trayecto, sin duda sería la menos destacable de todas. Una estructura poco ornamentada, y demasiado pequeña y plana para tratarse de una de las mansiones de lujo que servían de alojamiento a los señores senadores. No, como mucho debía de tratarse de algún estudio personal en el que llevar a cabo papeleo y utilizarlo como archivo para documentos. Sobre todo, de los cuales que no interesaba que se conociese su existencia y convenía mantener bajo llave. Tras asegurarse de que no había nadie cerca de la propiedad que pudiese detectarles, uno de los encapuchados se separó del grupo y avanzó unos pocos pasos hasta tener el edificio a un buen ángulo de vista. Se levantó un poco la capucha para que no le estorbase y escudriñó con ojos metódicos la estructura: la puerta principal, las ventanas, el posible número de habitaciones que albergaría en su interior…

La primera regla para un buen saqueo era conocerse el terreno. Siempre concienciado de las mejores rutas de acceso, y las posibles salidas para cuando se huyese con el botín. Al menos, eran las pautas que Naesala siempre seguía si es que quería mantener el pellejo y el plumaje intactos. —¿Es este el lugar que te dijo? —A la pregunta del Rey Cuervo, uno de sus compañeros se adelantó para quedar a su lado y estudiar el inmueble. Cinco segundos después, asintió un par de veces con la cabeza, gesto más que suficiente para que Naesala contuviese el aliento mientras trataba de que su expresión neutra no se desfigurase. Habían llegado hasta su objetivo. Meneó la cabeza para que sus dos compañeros le acompañasen y avanzaron hacia el estudio con el mismo sigilo del que estaban haciendo gala durante toda la noche.
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Re: [Campaña de conquista] El fin del Pacto (Priv. Seraphiel)

Mensaje por Seraphiel el Sáb Sep 29, 2018 11:48 am

Quizás había sido incauto ante sus elecciones, se había dejado llevar por el deseo y el espíritu aventurero como muchas otras veces hacía, movido por una curiosidad palpable que siempre había tenido sinónimo de problemas. Su madre se habría asustado, o alegrado de saber que su retoño era más parecido a ella que a una garza hecha y derecha, pero nadie estaba con vida como para quejarse o elogiarlo. En realidad tampoco era motivo de preocupación en aquél preciso instante: cuando se estaba acercando más a casa que nunca en más de dos décadas.

Si bien de Sindhu no había partido en solitario, por el camino quedó solo él, nuevamente el culpable era solo sus ganas de hacer las cosas por cuenta propia. La idea de que Begnion y sus gobernantes estaban en semejante situación penosa: con sus imponentes casas abandonadas y bajo asedio enemigo, con ellos muertos o desaparecidos, Seraphiel no podía sino centrar su atención en una de las instalaciones humanas, allí donde había escuchado por unos y otros, que mantenían sus documentos más importantes. Sabía por su Reina y su trabajo en la corte que en muchas ocasiones aquellos trozos de papel no guardaban solo información secundaria, sino que también informes y órdenes firmados por los más altos mandos.

¿Qué tal entonces... Si en medio de la estratégica retirada hubiesen olvidado algo que a él, como garza, le podría interesar? El motivo de la decisión de incendiar Serenes... De matar a los suyos... Dudaba a esas alturas que fuesen solo caprichos beorcs. Habían sido traicionados, cierto ¿pero por cuál motivo en realidad? Aprovechando la soledad del lugar y la falta de seres vivos viviendo en él, voló hasta que logró colarse por una de las ventanas y desde entonces, se dedicó a vagar en silencio por los enormes pasillos del lugar, buscando a ciegas algún documento que pudiese interesarle a él o en su defecto a uno de sus más cercanos conocidos.

Tocó con los nudillos a una de las puertas entreabiertas por mera cortesía más que por necesidad de ser cortés. Seguidamente entró, en silencio y cuidando con donde apoyaba los pies. Tuvo que entrecerrar los ojos para acostumbrarse a la oscuridad de la habitación y el susurrar detrás de un escritorio, como de hojas moverse frenéticas le hicieron fruncir el entrecejo y cuidar su avance. Sentía la oscuridad de los emergidos con demasiada insistencia y que aquella habitación y sus libros estuviese todo patas arriba, no era como si ayudase a que se relajara en lo absoluto. Rozó con la la yema de los dedos las estanterías repletas de polvo y con cuidado se acercó al lugar de donde el susurro emergía.

Como supuso: entre las sombras un ser de tez grisácea hurgaba entre papeles y papeles, como si estuviese buscando con desesperación algo, o como si estuviese entretenido leyendo. Tentado a preguntar aún sabiendo qué era, necesitó ver sus ojos rojos cual sangre fresca para entrar en si. Retrocedió a la par que el emergido se incorporaba con un rugido de desdén. Se acercó a él, con movimientos lentos, dormidos. En valía de la sorpresa Sera retrocedió hasta que sus alas golpearon contra una de las estanterías y levantó el polvo de las mismas. Aquello fue el detonante de lo demás: el emergido se abalanzó sobre su presa y lo único que la garza logró hacer fue entonar Lamento. El emergido paró, como congelado y cayó de rodillas ante él, a escasos centímetros de posar sus manos sobre el cuello del de dorada cabellera y alas.

Su melodía resonó unos pocos momentos más antes de callar y respirar algo tembloroso y sorprendido. Se enderezó, miró el ser con cierta pena y esperó que, de haber más, no se viesen atraídos por su canción. Quizás era momento de darse prisa y salir de allí antes de que más se acercaran como aquél ser.
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Re: [Campaña de conquista] El fin del Pacto (Priv. Seraphiel)

Mensaje por Naesala el Dom Nov 11, 2018 2:04 pm

A la que uno de sus preciados “Alas Negras” pudo poner en jaque el cerrojo de uno de los ventanales de la planta baja, ambos acompañantes no se hicieron de rogar para colarse por este en la mansión. Naesala poco tardó en seguirles y, de un ágil salto, se adentró en lo que se asemejaba a la boca de una bestia de lo negro que se apreciaba su interior. También por ese fuerte olor a cerrado que se podía respirar, la verdad. Pero en comparación a otros agujeros mugrientos en los que se había metido, aquello era más bien un lujo que una molestia.

Una vez dentro, echó mano a la capucha de su manto y se descubrió la cabeza para poder apreciar mejor el lugar en cuestión: un amplio recibidor con baldosas de liso mármol se dejaba entrever por la escasa luz que la luna arrojaba desde las ventas, con una enorme escalinata en el centro que se estrechaba según ascendía hasta el primer piso, y la escasa decoración de unas vasijas con un color tan horroroso que deberían considerarse una afrenta contra el buen gusto. Hasta se agradecía que apenas hubiese visibilidad.

A simple vista, tenía allí todas las particularidades de un inmueble que se abandonó hace tiempo. Incluso arriesgaría a suponer que con antelación de sobra ante la llegada de los Emergidos. Pero si el rey se había ganado a pulso el título de Maestro Saqueador entre los de su pueblo, no era por obviar los pequeños detalles que incitaban a tomar precauciones. Y la primera complicidad que halló fue… el polvo. Sí, había mucho polvo, lo cual era de lo más normal en un edificio desatendido desde hacía semanas. Sin embargo, lo que sí le escamaba era que miles y miles de motas minúsculas danzaban en el aire, pudiéndose ver a la perfección en las zonas con luz.

Lo que indicaba que alguien o algo lo había estado removiendo todo antes de que ellos llegasen.

Mientras tantos, los otros dos cuervos que acompañaban a Naesala se adentraron aún más en el recibidor en busca de cualquier otro signo que delatase a allanadores que se les hubiesen adelantado. Ambos fieles vasallos del rey, quien confiaba plenamente en sus cualidades para la faena: un muchacho con la cabellera recogida en una coleta, vigía experimentado en recabar información del terreno; la otra, una cuerva con buena mano para desbaratar cerrojos y otros tantos mecanismos beorc. La única pega que les encontraba era que tenían la mala costumbre de ponerse a discutir por trivialidades. A todas horas.

¿Estás seguro de que ese humano no nos está tomando el pelo? Todo esto me sigue dando muy mala espina —farfulló en voz baja la mujer, haciéndole gestos a su compañero para enfatizar su intranquilidad.

¡Ya te he dicho que está todo bajo control! ¿Quieres dejar ya el tema, pesada? —le chistó el otro en un susurro, enervado—. Total, el tipejo seguirá bajo custodia hasta que regresemos, y tampoco es que tuviese motivos para mentir después de que esos nobles podridos lo hubiesen dejado en la estacada.

Tampoco para decirnos la verdad, y que lo único que pretendía era ganar tiempo como fuese. Aunque pobre de él como no salgamos vivos de esta…

Ah, sí. El beorc que les dio el chivatazo del archivo clandestino del Senado. Un viejo escriba que estuvo sirviéndoles, y que logró alcanzar la frontera de Begnion, Ashera sabe cómo, cuando sus líderes lo abandonaron en su huida. No sabría si llamarlo suerte o infortunio, pues el desgraciado se topó con sus exploradores en un estado casi moribundo. Según lo que le contaron, le costó poco tragarse su orgullo de beorc, arrastrarse y rogarles auxilio a una panda de esos sucios “subhumanos”. Digno espectáculo donde los hubiese, y él se lo perdió. Pero si estos optaron por no dejar que se pudriese allí mismo, fue porque no le faltó tiempo en confesar que tenía información muy valiosa para su señor.

Acompañado por el propio Naesala como espectador e interventor en caso de verlo necesario, el mismo vigía que lo trajo ante su señor y que le acompañaba en esos momentos durante su incursión nocturna, sometió al escriba a un interrogatorio hasta que consiguió sonsacarle lo que el Senado llevaba escondiendo de ojos ajenos desde hacía décadas. Las joyas y el oro perdían lustre en comparación al valor que contendrían todos los documentos, archivos y contratos secretos que habría acumulados en aquel almacén clandestino.

Y si se hablaba de contratos, cabía la posibilidad de que las hienas del Senado hubiesen ocultado allí uno en particular que estaba firmado con la sangre de cientos de cuervos.

El mero hecho de recordarlo hacía que la marca de su antebrazo izquierdo quemase. No en un sentido literal, pero lo justo para que Naesala se llevase la mano a este y apretase con inquina. Como amante incondicional del oro y todo lo que reluciese como tal, las apuestas eran de sus entretenimientos preferidos, pero solo cuando estaba absolutamente seguro de que las ganaría. Aquella infiltración le suponía una apuesta en la que se jugaba todo su ser y en la que, por primera vez en muchos años, estaba asumiendo un riesgo potencial.

Una vez se recompuso y adoptó su habitual porte sereno, se encaminó hacia sus vasallos para cortarles su cháchara entre cuchicheos y darles las indicaciones pertinentes para proceder a partir de ese punto. Pero antes de que pudiese pronunciarse, el eco distorsionado de una voz le cortó la concentración y arrastró sus ojos hacia arriba, de donde parecía provenir. Una voz suave y prístina, entonando lo que parecía un cantico, reverberó en el recibidor. Hecho lo bastante curioso y extraño para que los otros dos cuervos callasen e imitasen a su rey con sendos rostros de perplejidad. Sin embargo, lo más acongojante no era que alguien estuviese cantando en una mansión desierta, si no la melodía en sí. Porque la buena memoria de Naesala recordaba de forma cuasi-mecánica haber escuchado esos acordes y hacía mucho tiempo.

Galdrar —sentenció en un suspiro que parecía haber sido arrancado de su garganta. Sus dos vasallos se giraron hacia este al escucharle, incrédulos, y después intercambiaron miradas entre ellos. El Rey Cuervo pronto salió de su estupor y alzó su brazo para dar una orden a su séquito, apuntando a la gran escalinata—. Al piso superior. Y los ojos bien abiertos, mis Alas Negras; si os encontráis con uno de esos demonios separado del grupo, las garras directas al gaznate. —Se suponía que los Emergidos eran tan silentes como una piedra, pero lo mejor sería prevenir que llamasen a los refuerzos por cualquier medio.

El explorador cuervo se tomó aquello como permiso para adelantarse y despejarles el camino a su señor y a su otra compañera. Replegó las alas para que su cuerpo emitiese un leve tintineo de luz y ascendió al piso superior con su forma de ave ya adoptada. Toda precaución que pudiese ahorrar tiempo en una posible pelea era necesaria. Por no mencionar que el tiempo es oro, y cualquiera sabía cuánto les gustaba el oro a los cuervos.

Para Sera:
Puedes interpretar para tu siguiente post que Naesala y los suyos llegan al estudio en el que se encuentra Seraphiel y que el explorador se deshace del emergido. Perdona que no lo haya añadido, pero es que el post me habría quedado demasiado denso y largo >_<
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Re: [Campaña de conquista] El fin del Pacto (Priv. Seraphiel)

Mensaje por Seraphiel el Jue Nov 22, 2018 6:50 pm

Giró sobre sus propios talones, removió sus alas como quién acababa de ser atrapado en un embrollo y se apresuró a salir por la única puerta disponible, la ventana, a pesar de que sabía volar, no era para nada una buena opción, demasiado pequeña y con vista a un árbol demasiado cercano como para facilitarle la cosa. Su única forma de escaparse, pues, no eran más que las escaleras para volver a la entrada e intentar alejarse lo antes posible. Probablemente pero, conociéndose, se pararía en alguna biblioteca, o en alguna otra habitación lo suficientemente llamativa como para despertar su curiosidad. Entonces ¿dónde terminaría el cuidado y la atención? Seraphiel en ocasiones no parecía tener de ello.

Pero fue algo más allá de aquella puerta que le olió a peligro, no de forma literal, pero algo en el ambiente gritaba que tuviese atención. Fue por ello que paró de golpe y, de aquella forma se encontró frente a frente con lo que reconoció como un cuervo. Estático lo observó, hasta pudo jurar que la reacción fue mutua. Los cuervos, ávidos por el oro, por las cosas brillantes, unos ladrones natos se atrevería a decir, pero probablemente de hacerlo se ganaría su desacuerdo. ¿Hacía cuanto no veía uno? Lo último que había sabido de su tierra natal, Kilvas, era que había terminado en manos de la reina de Durban y muy a pesar de que se lamentó no saber más de sus hermanos alados, con el tiempo los problemas y las preocupaciones le mantuvieron alejado de tales pensamientos.

Las circunstancias le hicieron estar a punto de pronunciar palabra si no fuese porque el gruñido detrás de su espalda le erizó las plumas y el vello del cuerpo. Tragó en seco, se echó hacia un lado de un rápido movimiento y casi se escondió detrás del otro: de todas formas su cuerpo mucho mayor al de un cuervo usual le podía casi servir de escondite, pero, hacía tiempo que había dejado la idea de esconderse detrás de los demás. Quizás podría volver a entonar un Galdr, pero no serviría de mucho a tales alturas, por lo que, en una muda señal, le dejó al otro ocuparse de la situación— Yo... Soy algo inútil cuando se trata de esto... —Susurró en bajo, medio apenado ante la idea— Deberías poder... —Calló de golpe ¿qué decirle? ¿qué debería ser capaz de hacerlo por si mismo? Eso sonaría feo. Y sobretodo... ¿Qué le haría? Lo veía capaz de levantar sus garras y acabar con el enemigo, tal y como Thoth hacía.

Le dio la espalda casi en automático, en desacuerdo con la idea de presenciar tal escena— No me iré —Esperó que el otro fuese capaz de escucharlo, por ello levantó levemente su voz, dulce, con un tono de seriedad suave en el mismo, casi de preocupación— me aseguraré de que no hayan más —Encontrado la excusa perfecta giró por su derecha. Plegó nuevamente sus alas doradas y avanzó apresurado y con pasos silenciosos hacia lo que recordaba ser la dirección en la que se encontraban las escaleras. No mentía, allí se quedaría, por si aquél cuervo necesitara luego de alguna de sus canciones para recuperarse, pero, a tales alturas, ya no estaba tan dispuesto a jugar con su propia salud, ya de por si decaída por el viaje, por el cambio, que si bien era vagamente conocido, seguía siendo un cambio.

Confió en que probablemente también valdría la parte de asegurar la vía libre y de encontrar alguien, o algo, hacer lo que pudiese para deshacerse de ellos, o contar nuevamente con el auxilio del cuervo. Entonces frenó de nuevo, apoyó una mano en la barra que lo alejaba del primer piso y miró en dirección a las escaleras: allí, otras dos personas que reconoció de la misma raza que el primer inesperado visitador, subían, probablemente siguiendo al otro. Entreabrió sus labios, incapaz de pronunciar palabra, en valía de una peculiar mezcla entre emoción y tristeza, entre nerviosismo y relajación. Al menos, hasta que más allá, hacia la entrada del edificio, vislumbró otras dos siluetas grisáceas, la luz que se filtraba desde la puerta no podía ayudar demasiado, pero habría jurado que lo que sostenían entre manos era un arco— ¡Tengan cuidado! —Solo entonces el nudo en su garganta desapareció, levantando la voz por encima de la quietud.
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Re: [Campaña de conquista] El fin del Pacto (Priv. Seraphiel)

Mensaje por Naesala el Dom Feb 10, 2019 1:12 pm

Para cuando Naesala y la otra laguz cuervo habían ascendido la mitad de los escalones, un agudo graznido y sonidos de refriega ya reverberaban desde el primer piso. Al parecer, su vasallo había tardado poco en encontrarse con cualquier presencia indeseable que les pudiese entorpecer la misión. Y no sería la única en la mansión. Esas alimañas de ojos rojos siempre se movían en grupo, y el Rey Cuervo ya acontecía que pronto tendrían a unos cuantos más pisándoles los talones en cuanto reparasen en su presencia. Para bien o para mal, les tocaba cambiar su plan de infiltración por la vieja táctica del pillaje rápido y sin tapujos.

Pero el título de Maestro Saqueador también lo ostentaba no solo por fijarse en los pequeños detalles, si no en preverlos. Sus maquinaciones ya habían elaborado cierta opción en caso de tener que poner pies en polvorosa antes de tiempo, y sacar provecho de cualquier forma.

Entonces, su vista captó una figura oculta por las penumbras, la cual se asomaba desde la baranda del piso de arriba. Su primera reacción nada más verla fue la de tensar los músculos de las alas, preparado para ensuciarse las manos si fuese necesario. Sin embargo, el peligro se disipó al distinguir lo que se asemejaban a otro par de alas que sobresalían de la sombra. No fue el único que pensó que se trataba de su otro fiel vasallo, pues la chica se adelantó con urgencia, subiendo los escalones a trompicones, para exigirle las pertinentes explicaciones y comenzar otro de los cuantiosos rifirrafes que se traían entre ellos por lo que fuese. Sin embargo, se quedó de piedra y con las palabras en la boca nada más alcanzar el último peldaño.

Naesala también se llevó la tremenda sorpresa al alcanzarla, frunciendo el ceño como quien veía a un fantasma aparecérsele. Aunque un poco fantasmagórico sí que parecía, pues todos esos años había creído que, salvo Reyson y su comatoso padre, ya no quedaba rastro alguno de ellos tras la barbarie a manos del pueblo de Begnion. Pero allí lo tenía: largos cabellos dorados, finos rostros faciales, y un plumón amarillento que no recordaba haber visto desde hacía décadas. Si no hubiese sido por el dichoso Galdrar que escuchó antes, habría dado por hecho que la presión del momento estaba jugando con su juicio.

Ashera bendita. Un miembro de la tribu garza… —se le escapó a la chica cuervo en un susurro acongojado, incrédula de lo que sus ojos presenciaban.

Por otro lado, Naesala estaba controlando mejor su desconcierto, nada más que observando con un semblante intrigado a aquel superviviente de la catástrofe de Serenes. Aunque ello no quitaba que por su cabeza comenzase a aflorar un torrente de preguntas, poniendo a prueba su insana curiosidad en un momento que no resultaba el más propicio. “¿De dónde había salido tras cuantiosos años?” y “¿Qué diantres hacía rondando por la vieja mansión del senado de Begnion?” eran de las que más le estaban tentando, siendo francos. Aunque ninguna de estas le punzaba tanto el pecho, ni le resultaba la más lógica de todas: ¿Había más afortunados como él?

Molesto por rememorar algo que se suponía que ya estaba superado desde hacía tiempo, desechó sus pensamientos y volvió a centrarse en lo importante, en el laguz garza que tenía justo delante. En ninguno más. Sin embargo, el susodicho decidió romper el silencio con una suerte de advertencia que voceó, alentando al Rey Cuervo a voltearse y llevarse la agria sorpresa de que tenían compañía. Una escueta mueca de hastío le torció los labios al avistar los pares de ojos rojos a los pies de la entrada principal, sin obviar tampoco los arcos que empuñaban y ya estaban tensando. Debía de ser demasiado pedir que por una vez no tuviesen que cruzarse con esos beorcs “coléricos” en sus incursiones.

Naesala dio un escueto silbido y giró la cabeza hacia el pasillo que comunicaba al interior de la vivienda. Una orden sencilla y práctica que su vasalla captó de inmediato, corriendo hacia el pasillo para resguardarse. Acto seguido, el propio rey se tomó la molestia de coger de la muñeca al hombre garza, y llevárselo consigo de un leve tirón. Sabía de antemano que los de su tribu eran increíblemente ligeros, y que no le costaría apenas esfuerzo. Tampoco es que tuviese tiempo para formalidades y pedirle que le acompañase cuando trataban de practicar puntería con ellos.

La primera saeta voló a los instantes de que los tres se pusieron a cubierto. Las paredes servirían para protegerles de los proyectiles, pero no era una medida que les sirviese por mucho. Sería cuestión de tiempo que los arqueros optasen por subir las escaleras para seguirles, o incluso recurrir a más de los suyos para acorralarles. Fuera como fuese, Naesala llegó a la conclusión de que iban a tener que actuar rápido si pretendía salir de allí con lo que venían buscando desde un principio, además de que ninguno de ellos acabase ensartado en el acero de los Emergidos.

Medidas drásticas a situaciones drásticas, ¿no?

Cambio de planes, mi Ala Negra. ¿Tienes todo lo que te pedí que trajeras por si se daba la ocasión? —Naesala señaló con la barbilla la bolsa que su vasalla llevaba colgada al hombro. Esta afirmó con un cabeceo dubitativo—. Bien. Entonces ya sabes lo que hay que hacer.

Pero, mi señor, ¿estáis seguro de…?

Naesala la interrumpió alzando la mano, componiendo una expresión cansada con la que quería decirle que entendía sus dudas. La mujer debía de ser consciente de con qué había estado cargando desde el principio. Y la verdad, es que daba que pensar que su rey hubiese considerado tal posibilidad.

Quería evitar esto desde un principio, pero… —Se encogió de hombros, resignado—. Ahora, lo que voy a necesitar es que te reúnas con tu compañero y lo preparéis todo. Yo me haré cargo de ganaros un poco de tiempo.

A la chica se le veía perfectamente en la cara que quería decir algo al respecto. Mas sólo se limitó a inclinar la cabeza y obedecer. Naesala la vio marcharse pasillo adentro, dirigiéndose a la salita en la que debía estar su otro vasallo. Lo único que restaba era encargarse de que nadie les molestaba mientras llevaban a cabo su misión, a lo que sus orbes rodaron hacia su nueva compañía y esbozó una pícara sonrisa. ¿No decían los beorc algo sobre “hacer limonada si la vida te daba limones”?

¿Eras tú quien estaba cantando el Galdrar antes, camarada? —preguntó. Sus ojos centellearon ante la oportunidad que se le acababa de presentar delante de sus narices. Después de tantos años sin sentir aquel poder en sus propias carnes—. Entonces, hazme el favor de satisfacer mi curiosidad: ¿Cuántos de estos indeseables podría quitarnos de encima si lo volvieses a entonar?
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Re: [Campaña de conquista] El fin del Pacto (Priv. Seraphiel)

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