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[Misión] Thabes [Kagura, Izaya, Daraen]

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Mensaje por Narrador el Mar Sep 11, 2018 12:50 am

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[Misión] Thabes [Kagura, Izaya, Daraen] UwR9Z9G

Las ruinas de la ciudad de Thabes descansan en un extremo poco fértil, ahora más bien abandonado del gran territorio de Regna Ferox. De sus edificaciones queda poco, aunque los cimientos de piedra en su gran mayoría perduran, dando a notar una construcción avanzada para su presumida antiguedad y capacidades arquitectónicas muy buenas. De hecho, hay restos de otra clase de edificios que se han vuelto difíciles de discernir, pero que parecen molinos de agua o de viento según los lugares donde se posicionan. Otra clase de escombros pueden verse por doquier, insinuando construcciones complejas con sistemas desconocidos, pero nada que fuera torpemente hecho; lo que sea que había, era bien creado.

La fatua presencia de emergidos puede notarse desde lejos, viéndose sus figuras moverse por doquier, buscando en los restos de Thabes hasta aglomerarse en torno a una estructura de mármol con aspecto de memorial mortuario, aunque erosionada a punto irreconocible con el tiempo. Aunque son pocos, los emergidos muestran intenciones específicas, echando a derribar a punta de martillos el memorial.

[El equipo puede tomarse 1 ó 2 turnos completos de rolear a sus anchas para ingresar al área mostrada.
El plazo para el post de cada jugador es de 14 días desde el último post en el tema, que en caso de no cumplirse conllevará a saltarse su turno o retirarle de misión según el caso.]


Última edición por Narrador el Jue Ene 17, 2019 9:00 pm, editado 1 vez
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Mensaje por Kagura el Lun Sep 24, 2018 2:59 pm

Una misteriosa figura femenina, envuelta en una larga capa de color marrón, cruzó fugazmente el espacio que separaba un frondoso arbusto del tronco de un árbol caído. Sus pasos sigilosos apenas hacían ruido al pisar la hierba seca del suelo, mientras que su silueta quedaba totalmente oculta detrás del escondrijo improvisado. Conteniendo la respiración, esperó unos segundos antes de asomar su caballera pelirroja a través del leño. Sonrió con expresión triunfante al comprobar que los emergidos que merodeaban en los alrededores parecían no haberse percatado de su presencia todavía, y sus grandes ojos de un color azul intenso se posaron de inmediato en los edificios que la esperaban al otro lado de un puente. La madera podrida sugería que la estructura era tan antigua como lo parecía, pero no veía otra manera de cruzar y de llegar hasta las ruinas de lo que debió de ser algún día Thabes. Unas ruinas que, por lo que podía discernir desde su escondite, estaban plagadas de aún más emergidos. No eran muchos, pero suficientes como para ponerla en un aprieto si llegaban a descubrirla. La mayoría se concentraba alrededor de una construcción de mármol que destacaba sobre los demás edificios maltratados por el paso del tiempo. Debían de estar buscando algo valioso. Quizá un documento que, de arrebatárselo a los emergidos, le sirviese para ganar el reconocimiento del príncipe Leon. Pero para llegar hasta el tesoro no le quedaba más alternativa que luchar. La muchacha frunció el ceño con disgusto. En el pasado quizá se hubiese alegrado de tener que hacer uso de la violencia y del conflicto para cumplir con sus misiones, pero la Kagura que había sido en aquel entonces había muerto junto con su clan hacía mucho. Ahora vagaba sola por un mundo tan vasto que a menudo se le hacía abrumador. Dependía únicamente de sí misma y de las habilidades que había desarrollado bajo la tutela de sus maestros para sobrevivir. El fracaso equivalía a la muerte, y Kagura no estaba dispuesta a sucumbir.

Deslizó su espalda apoyada sobre el tronco de madera hasta quedar sentada en el suelo, y extrajo de su morral de cuero todo lo que había preparado para la expedición: una decena de dagas de acero, tan afiladas como el filo de una espada, cuyas empuñaduras contaban con un trenzado similar al de las katanas de Hoshido, junto con unos cuantos frascos de medicina mágica para sanar potenciales heridas. Quizá a ojos ajenos era poco, pero una kunoichi no necesitaba llevar mucho más de todos modos. Era mejor viajar ligera para desplazarse con velocidad. Al menos eso era lo que solían repetirle constantemente sus mentores cuando todavía estaban con vida.

Maestro Kage. Maestra Okoi… —murmuró en un tono de voz tan tenue que casi pareció un suspiro largo y profundo—. No os decepcionaré.

Sin prisa pero sin pausa, empezó a tomar sus armas y a esconderlas en el interior del vestido hoshidano rojo que llevaba bajo la capa de color pardo. Como era costumbre en sus preparativos de combate, utilizaba complejos sistemas de cuerdas para atar las dagas a su piel o a la tela de sus prendas. Se trataba de un meticuloso ritual que llevaba a cabo antes de cada batalla, fuesen sus oponentes emergidos o no. La mayoría de sus rivales tendían a bajar la guardia debido a su apariencia jovial e inofensiva, sin sospechar siquiera del engaño hasta que ya era demasiado tarde.

Asomándose de vez en cuando para asegurarse de que los emergidos no habían notado su presencia todavía, Kagura continúo preparándose para la inminente batalla con extraordinaria calma. Echaba en falta su querido parasol azulado, que cuando no la resguardaba de los dañinos rayos del sol, le servía como arma improvisada en combate. Pero no había ni terminado de guardar las medicinas cuando su agudo sentido del oído captó unos pasos en la lejanía. Parecían acercarse a su escondite por lo que, con sumo cuidado de no alertar al intruso, la muchacha de cabello pelirrojo se agazapó en la maleza y se arrastró hasta llegar a ocultarse detrás de un árbol cercano cuyo tronco estaba intacto. Kagura dejó atrás su morral con el resto de sus pertenencias adrede, con la intención de que fuera quien fuese el desconocido, se distrajese al descubrirlas y cayese en la emboscada improvisada que ella le había preparado.
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Mensaje por Izaya Orihara el Lun Oct 08, 2018 12:44 pm

Izaya miró con cierta diversión la bolsa que había en el suelo. Cualquier persona se habría acercado a ver qué había en su interior, pero no un estratega, y mucho menos uno acostumbrado a tender trampas y engañar a la gente con cebos físicos y mentales. Si hubiera estado medio escondida o enterrada bajo un arbusto, la situación habría sido diferente, pero en ese caso las pertenencias estaban en mitad del suelo yermo, a la vista de cualquiera que justo pasara por allí y colocadas de tal manera que despertaban curiosidad e incluso avaricia en quién las mirase. Estaban en buen estado. La tela no estaba raída por el tiempo ni desteñida por el sol o la lluvia, de modo que hacía poco que habían sido dejadas allí. Se aventuraba a decir que poco antes de llegar él. Era como una trampa para ratones, como un gusano atravesado en un anzuelo, como un trozo de carne encima de un agujero cubierto por follaje: una maquinación sencilla pero efectiva. Sin embargo, él no se dejaría engañar con  tanta facilidad. Podía ver la farsa incluso desde lejos, a varios metros aún  de la bolsa. No tuvo necesidad de acercarse más para llegar a distintas conclusiones.

Para empezar, ¿qué hacían esas pertenencias tiradas? Teniendo en cuenta la situación del mundo, era impensable que hubieran sido abandonadas por algún local que estuviera huyendo de los emergidos que cada vez eran más comunes en Regna Ferox, por mucho que las autoridades dijeran lo contrario. Por su parte, los emergidos no dejaban nada de importancia a su espalda, y no usaban esa clase de técnicas de emboscadas. Los laguz eran bestias, no tenían necesidad de recurrir a ningún tipo de trucos para atacar y salir victoriosos a base de fuerza bruta. No. Quien fuera quién hubiera dejado el morral tirado era un ser humano, y uno que sabía sobre supervivencia en un entorno hostil. Además, debía de haberle escuchado llegar y que le había dado tiempo a colocar su cebo y esconderse, y eso quería decir que era habilidoso y se podía mover con sigilo. A su mente vinieron las imágenes de un ladrón y un arquero, aunque Izaya esperaba que fuera lo primero y no lo último, contra un arquero no podría defenderse ni siquiera echando a correr.

Así, lo único que le quedaba hacer era usar sus dotes de convicción para no morir antes de terminar su trabajo, pero incluso después no tenía intención de dejar ese mundo. Alzó las manos que antes había mantenido en los bolsillos de su abrigo oscuro, y mostró las palmas en actitud conciliadora. Su postura era falsamente tranquila, aunque en realidad estaba con todos los sentidos alerta en caso de sufrir un ataque sorpresa. Sus ojos rojos no perdían de vista la vegetación, y podía sentir el peso de sus cuchillas en los antebrazos, un suave movimiento hacia abajo las haría caer para poder usarlas de necesitarlo. Sin embargo, con su sonrisa despreocupada y aspecto pasivo, Izaya parecía un simple viajero inofensivo. Podría haber fingido estar perdido, pero ¿qué tenía eso de diversión? Además, sería bueno ganar aliados para investigar, gente con poca cabeza que le hiciera caso a él y que le sirvieran a la hora de enfrentarse a los emergidos que podía ver por el rabillo del ojo, allá donde debía de estar las ruinas de Thabes.

- Sé que estás ahí, te he visto. – mintió con tal maestría que no se le movió un pelo de la cabellera negra. Sus palabras de falsa sinceridad salieron de sus labios como el veneno más dulce. – No creo que sea bueno atacar a un intelectual pobre como yo. Mira, no llevo nada de valor encima. Seguro que hay más cosas de importancia en esa bolsa, que, por cierto, no deberías dejar desatendida no vaya a ser que alguna alimaña se lo lleve. ¡Saben los dioses que no sería la primera vez que lo veo! Y además, ¿una pelea estando tan cerca de Thabes? Atraería a demasiados enemigos hasta aquí. Seríamos minoría, y si me matas o me incapacitas pues la proporción será incluso peor. Pero no puedo decidir por ti. Puedes salir de tu esconderte y escuchar mi proposición de trabajar juntos, o puedes hacer lo que quieras conmigo con las consecuencias que eso vaya a traer. – y sonrió de oreja a oreja, en lo más mínimo preocupado por lo que sucedería. Alguien que se esconde no era por definición alguien fuerte, sus palabras seguro que tenían cierto efecto. Y si no se aceptaba su propuesta, bueno, siempre podía usar a algún estúpido de carnaza. Pero hasta un idiota debía de saber que lo mejor en ese escenario era contar con personas capacitadas para salir con vida de allí.

Porque Izaya no se engañaba, en Thabes no quedaba nadie, solo emergidos. El haber encontrado a otras personas significaba que estaban interesados en los secretos de la ciudad, quizás eran espías y estrategas de otros países del mundo que se habían enterado de la existencia de Katrina de Thabes y su famoso diario. Recuperar las hojas del libro ahora era lo más importante para muchas personas, pues querría decir dominancia sobre los emergidos y obtener mayor poder a través del conocimiento. Era cuestión de tiempo que le mandasen a esa clase de trabajo, así que él mismo se había ofrecido a investigar la situación y analizar las ruinas de la antigua ciudad feroxí. Lo que había podido averiguar antes de ir, era todo de lo más curioso e interesante, la arqueología no estaba entre sus habilidades, pero creía tener buen ojo para saber qué sería importante al verlo. Ahora solo debía convencer a su interlocutor de que lo mejor era trabajar juntos por el bien de sobrevivir.
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Mensaje por Kagura el Mar Oct 23, 2018 6:09 pm

Con la espalda pegada a la madera del tronco del árbol tras el que se ocultaba, la muchacha de cabellos pelirrojos y ojos azules intentó contener su respiración tapándose la boca y la nariz con la mano. Se encontraba en territorio enemigo, a varias millas del poblado feroxí más cercano, por lo que sabía que tenía que tener cuidado a partir de ese momento. Desde su escondite podía percibir cierto titubeo en el andar del desconocido, que pareció detenerse frente a la trampa improvisada al descubrirla entre la maleza del lugar. El morral abandonado podría no albergar bienes de demasiado valor, pues su tela era en apariencia austera y su contenido también. Tan solo había dejado atrás un par de dagas de bronce con el filo algo estropeado por el uso, dos pequeños frascos de cristal en los que guardaba tónicos mágicos y un trozo de pan por si le entraba el hambre durante la misión. Pero Kagura sabía de la naturaleza codiciosa de los "extranjeros". Aunque sus pertenencias no fuesen tan importantes, intuía que la curiosidad de un viajero errante le llevaría a agacharse para revisar qué había dentro de la bolsa de cuero. Solo entonces, cuando este bajase la guardia, saldría de detrás del árbol para atacarle por la espalda y dejarlo completamente indefenso con alguna de sus técnicas. Sin embargo, y debido a que por desgracia desde su escondite no podía alcanzar a distinguir los rasgos del intruso sin arriesgarse a ser descubierta, tampoco podía descartar la posibilidad de estar enfrentándose a un emergido.

Durante la caída del reino de Hoshido había aprendido que algunos grupos de emergidos solían organizarse como un ejército bien estructurado. Enviaban unidades pequeñas a reconocer el terreno, y si encontraban amenazas en el camino, avisaban a otras unidades más capaces para eliminarla de inmediato. Kagura se creía capaz de enfrentarse y eliminar desde las sombras a diez de ellos si las condiciones le eran favorables, ya que contaba con la suficiente destreza como para desplazarse sobre la hierba seca haciendo el mínimo ruido. No obstante, un descuido muy tonto era suficiente para acabar teniendo encima a un entero batallón de emergidos, y la muchacha hoshidana no tenía precisamente la intención de salir de huyendo de las ruinas de Thabes con las manos vacías. Esa era la razón por la que, mientras escuchaba los pasos ajenos acercándose a su morral, tragaba saliva ante la incertidumbre de no saber si su pequeña triquiñuela había resultado efectiva.

Podía notar cómo su corazón empezaba a latirle deprisa producto de un nerviosismo que la tentaba a actuar con imprudencia de un momento a otro. Habían transcurrido ya unos segundos, pero el dueño de las pisadas misteriosas no se movía. “¡Venga! ¡Venga! Seas emergido o no, pica el anzuelo de una vez y dame la espalda…”, pensaba Kagura con impaciencia, siendo ese el instante en el que recordó que por desgracia preparar emboscadas no era su mayor fuerte. Se trataba de una disciplina importante dentro del amplio abanico de habilidades que una buena ninja debía dominar, pero que por su desinterés en la materia jamás había asimilado en buenas condiciones. Antaño sus mentores la regañaban constantemente por su tendencia a vestir con ropas de colores llamativos, o de escoger el enfrentamiento directo para solventar sus problemas en lugar de la discreción. Resultaba irónico que recién ahora, cuando su familia ya no estaba allí para enseñarle, intentase seguir los pasos de sus maestros para convertirse en una kunoichi hecha y derecha. Era la última superviviente de su clan, y sentía que ese camino era el único que podía tomar para honrar su memoria.

Pero nada la había preparado para que sus temores se hiciesen realidad de una forma tan repentina. Una voz varonil tan calmada que resultaba intimidante la sacó de su ensimismamiento. —¡E-eek! —fue el único grito ahogado que llegó a articular aturdida por la sorpresa. Cuatro palabras. Bastó con que el desconocido pronunciase las cuatro infames palabras que todo ninja temía oír alguna vez en su vida para que Kagura diese un respingo. “Sé que estás ahí”. Su rostro palideció, a la vez que su cuerpo empezaba a temblar violentamente al darse cuenta de quién era el gato y quién el ratón.

¡No, no me has visto! —le gritó como respuesta desde su escondite. Pero el joven siguió insistiendo con una retahíla de frases enrevesadas que le costó entender. Parecía como si quisiera dejar claro que no pretendía hacerle daño. La muchacha no estaba dispuesta a confiar gratuitamente en un extraño, pero no era tan cabezota como para no reconocer que la idea de trabajar en equipo era tentadora. Se mantuvo en silencio durante varios minutos sin decir nada más, sopesando si aceptar o no la propuesta de aquel que esperaba su decisión a escasos metros del árbol detrás del que se escondía. Por un lado, era consciente de que aceptar la ayuda de alguien a quien no conocía de nada podía ser arriesgado. ¡Podían salir mal tantas cosas! Pero por el otro, había visto cuántos emergidos merodeaban por los alrededores de las ruinas de Thabes. Enfrentarse a todos ella sola podía ser complicado, por lo que si el otro joven era diestro en combate quizá pudiese serle de utilidad durante su misión.

¡Está bien! ¡Trabajemos juntos! —dijo al cabo de un rato en un tono de voz decidido, saliendo de su escondite y mostrándose ante el extraño. Sus grandes ojos azules se posaron enseguida sobre el muchacho sonriente con curiosidad, pero perdieron interés igual de rápido al no encontrar en él a un caballero de brillante armadura o a un guerrero de formidable fortaleza. Aquel que sería su compañero no era más que un extranjero escuálido con pinta de no haber trabajado nunca en su vida. Ni cicatrices a la vista. Ni piel morena y gruesa como la de aquellos que solían trabajar en los vastos campos de arroz de Hoshido.

Pero hay dos condiciones… —le espetó de repente mientras alzaba su dedo índice y corazón a escasos centímetros del rostro del desconocido—. La primera es que me llames “jefa” o “líder” siempre que te quieras dirigir a mí cuando estemos ahí abajo, ya que llegué yo aquí antes que tú. Y la segunda es que todo lo que encontremos de valor me lo quedo yo. ¿Hay trato?

Sin esperar a una respuesta, se encaminó decidida hacia su morral y extrajo de su interior los dos tónicos que guardaba, que bebió a continuación para garantizar el éxito de la incursión en Thabes. A pesar del encontronazo inicial tan espontáneo e inesperado, Kagura no temía al recién llegado. Procuraba actuar con naturalidad como era costumbre en ella, pero tampoco le quitaba el ojo de encima. Si resultaba ser un ladrón o un farsante con malas intenciones, no le daría tiempo a hacer nada que la perjudicase antes de rebanarle el cuello con sus dagas.

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Mensaje por Daraen el Jue Nov 01, 2018 3:54 pm

Un lugar ahora en ruinas, la estratega se encontraba cerca de tales áreas donde correspondería Thabes que lamentablemente ya no era nada y tomado por los emergidos, la forma que llego a estar cerca de ahí fue cuidadosamente planeada aunque no dudó en quedarse en algún escondite de ruinas mientras pensaba como pasar entre ellos, ni siquiera sabía bien si más gente estaba en este lugar que no fueran esas cosas. A soledad de todo era realmente arriesgado adentrarse ahí y más si no tuviera algún compañero para al menos echarle una mano.

Antes de tener presencia en las cercanías a Thabes, ya había pasado por muchas cosas e incluso el tema de que provenía , la chica de aquel suceso en Chon’sin le había hablado de un lugar llamado Plegía pero a pesar de todo lo dicho o al menos lo que pudo conectar ,seguía sintiéndose insegura y sin creérselo bien, era como si algo le llegara un golpe al pecho o inclusive a la cabeza en saber que viene de un lugar así pero necesitaba más información, más pruebas, recordar de mejor manera como terminó en esos lugares aunque si no llegar a saber lo ultimo es preferible saber lo que hizo antes de eso, aquellas cosas esa mejor no tomar el tema o más de ello por el momento.


A medida que avanzaba por el lugar buscaba hacerse una idea de cada rincón viendo si hay donde sacar provecho o no en un viaje hasta aquí, realmente si llegara a toparse con algún enemigo, pelear no sería una opción adecuada y terminaría por devolverse para volver en otra ocasión, ella siempre lo recuerda, pelear solo nunca es adecuado para una batalla por ende entre sus estrategias procura que al menos cada soldado tenga un acompañante. Tras detenerse en un lugar sintió voces a lo lejos siendo estos algo nítidos , avanzó escabulléndose en el área (o intentándolo) para ver de mejor manera si eran personas como ella o emergidos aunque lo ultimo era imposible, apenas hablaban. El viento no era impedimento para intentar oir lo que decían y ya mas cercano vio dos siluetas , la de una chica y un chico principalmente entablando una conversación, seguramente parecían tener un trato o algo, a lo mejor.. ¿trabajar juntos? Era factible si lo fuera, además de encontrar lo que había rumoreado por ahí, si era cierto seguramente vería alguna de esas paginas de ese diario.

¡Personas! — Soltó en felicidad debido a su presencia inesperable  aunque se cubrió la boca rápidamente porque… bueno, malas impresiones. Se escondió un momento de reacción pero de todas formas ya llamó la atención de el par que se encontraba ahí, lo único que quedaba era acercarse. — Disculpen mi..ahm…exclamación— saliendo de su lugar algo apenada pero procuró mantener la compostura en lo posible — De verdad no esperaba ver gente por aquí, quería identificar el terreno para ver como estaba en cuanto a emergidos — agregó — Oí desde donde me encontraba que trabajarían juntos contra esas cosas, mientras más personas estén dispuestas a pelear juntos,  las probabilidades de que haya un triunfo aumentan mucho. Me uniré a ustedes para la situación, si no tienen algún problema con ello – Realmente no era la intención tirarse de cabeza sola contra todos esos emergidos pero con solo dar un reconocimiento del lugar podría irse y traer refuerzos pero con la presencia de estas personas, era mucho más seguro si es ir hacia la pelea mientras avanzan. Daraen esperaba que no hubiera inconvenientes, de todas formas si tuviera que estar de apoyo lo haría con tal de ayudarlos.


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Primero, debido a la  larga ausencia del tercer integrante , izaya y kagura me permitieron ocupar el cupo ~
Segundo, Perdón por lo corto que me ha salido Uu

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Mensaje por Izaya Orihara el Jue Nov 15, 2018 2:36 pm

Izaya hubiera estallado en carcajadas de no ser porque temía que la muchacha se lo tomara como un acto de burla, cosa que habría sido acertada. No sería optimo acabar con una aliada antes de entrar en batalla. Por tanto, se limitó a sonreír aún más lisonjero, sus labios curvados de manera peligrosa de una oreja a oreja. No sé inmutó en ningún momento por sus exclamaciones, que en un principio habían negado la verdad de su trampa, descubriéndose de forma irremediable, y que más tarde confirmaron que sí que podían trabajar juntos. Casi que dejaba claro que le estaba haciendo un favor al informante al acceder a su idea, como si tuviera muchas otras opciones cuando era obvio que moriría si iba sola a la ciudad en ruinas. Ahora que la tenía enfrente podía evaluarla mejor con sus ojos analíticos, aunque no podría decir que le sorprendiera. Había ido tachando varios tipos de profesiones que no podrían haber actuado de la manera en la que la chica lo había hecho. Aquellas personas de carácter noble no emboscarían a un posible aliado, pero era obvio que a Thabes no mandarían a un soldado o a un caballero. No. A Thabes enviarían a personas como a él o a la chica, diestros en otras áreas que ella aún tenía que demostrar.

Para ser una ninja, o kunoichi como distinguían a las mujeres del mismo oficio, no es que se le diera muy bien el arte de la discreción y la elegancia del asesinato. Izaya había estado en Hoshido varias veces, había conocido a su gente y había tratado en innumerables ocasiones con clientes de allí, entre ellos a clanes de ninjas y samuráis. La chica que tenía enfrente no le había transmitido la misma sensación que otros de su mismo oficio, por lo que se preguntó si acaso en Chon’Sin existían ninjas y ella era de allí. Sin embargo, también existía la posibilidad de que efectivamente fuera de Hoshido, como indicaba ese estilo de cabello y las ropas que había podido ver cuando se le acercó con imposiciones. Quizás, solo era mala en su trabajo, cosa que sucedía más a menudo de lo que la gente quería creer. O quizás es que él era demasiado listo, algo que, por el contrario, no era una novedad. Fuera como fuera, le vendría bien una aliada que le fuera útil en batalla, ya fuera porque era buena guerrera o una distracción perfecta, así que con una sonrisa y buen humor, contestó:

– Puedo llamarte como tú desees. – agarró con suavidad la mano de la kunoichi. Tan gentil que no tendría problema en deshacerse del agarre, pero antes de que nada sucediera le besó con caballerosidad el dorso. Aunque me gustaría saber también cómo te llamas, si es posible. Aún no estamos ahí abajo y me gustaría poner un nombre a tan dulce rostro. Yo soy Izaya Orihara. Un placer. – En realidad no creía que fuera a llamarla “jefa” o “líder” nunca, a no ser que fuera con sarcasmo, pues nadie se había ganado esa calificación por parte del informante. Pero eso la chica no lo sabía. Ella se separó de él y fue a buscar sus cosas. Izaya se acercó tranquilamente.  – No tengo problema en que te quedes con el oro o las piedras preciosas mientras me permitas quedarme con cualquier cosa escrita: pergaminos, papel, papiros, ya sabes, lo que pueda tener valor académico para escribir mi libro de arqueología. – se encogió de hombros, como si no tuviera la mayor importancia. Se haría pasar por un letrado, alguien más interesado por la historia de Thabes que en su relación con los emergidos.

Entonces, una nueva exclamación hizo que el estratega dirigiera la mirada rojiza hacia un lado y la posara sobre la recién llegada. Una mujer joven se estaba acercando a ellos en actitud pacífica. Izaya alzó las cejas. Nada más ver a la extraña le vino una única palabra a la cabeza: Plegia. Hasta en la más plena oscuridad podría reconocer esa ropa que llevaba, tan típica de los estrategas del país del dragón caído. Era el mismo que llevaba su querida florecilla, Morgan, y el que él se había comprado hacía tiempo cuando visitaba la capital bajo la recomendación de una amiga. Esos ojos hilados a ambos lados de las mangas no engañaban a nadie, y menos al informante que había trabajado incontables veces en Plegia, hasta el punto de tener una casa allí. Su rostro se iluminó. La situación se había vuelto mucho más interesante de repente, con dos mujeres de supuestas creencias diferentes luchando en el mismo bando. Grima y Naga, la eterna rivalidad. No podía esperar a dejar caer algún comentario en el momento idóneo. Ya indagaría sobre los motivos que habían llevado a ambas a internarse en lo salvaje. Por ahora, deberían moverse.

Sonrió a la recién llegada. – ¡Por supuesto! Cuantos más seamos, mejor. Además, creo que con tus habilidades serás una gran adhesión al grupo, ¿No crees? Por cierto, yo soy Izaya. – dependiendo de los enemigos que encontraran, deberían usar un tipo de estrategia u otra, pero tener a una maga entre sus filas era algo que siempre debía celebrarse. Se aclaró un poco la garganta y comenzó a caminar hacia el puente de madera, tomando cuidado de que ambas mujeres le siguieran y no se fueran por otro camino que no era. Pausado, sacó varios frascos de los bolsillos internos de su abrigo y bebió el contenido de dos tónicos, pues toda precaución era poca. Al ir al frente, tuvo mayor campo de visibilidad de lo que sucedía en la ciudad en ruinas. Thabes era solo un despojo de lo que podría haber sido con anterioridad, un hueso de una antigua gran civilización. Ahora era carroña que los emergidos rapiñaban sin compasión. Izaya los observó desde el puente, tratando de analizar al máximo posible con sus ojos de estratega. Tengo una buena sensación.

OFF:
Los 3 avanzan por el puente. Izaya se toma los dos tónicos que le ha pasado Zephiel aquí y usa su skill Análisis sobre el terreno.
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Mensaje por Narrador el Vie Nov 16, 2018 1:57 pm

Pueden atisbarse prontamente los emergidos, sumidos en su trabajo de derribar el monumento de aspecto similar a los memoriales construidos sobre tumbas. Están algo lejos, pero el terreno hasta ahí está despejado. El estratega puede ver con claridad al par de Fighters realizando el trabajo pesado con martillos de bronce, que seguramente podrían usar de armas para defenderse al igual que si fuesen hachas de bronce. Junto a ellos, curioseando lo que va siendo de la estructura, hay una simple clériga de traje humilde con un báculo de Heal.

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Mensaje por Kagura el Sáb Dic 01, 2018 9:42 am

El gesto inesperado del hombre escuálido la tomó por sorpresa, por lo que no tuvo tiempo a apartar su mano antes de que los labios del recién llegado se posasen sobre el dorso de su mano. A pesar de los muchos viajes que había realizado a lo ancho y largo del mundo entero, Kagura seguía sin acostumbrarse a la supuesta caballerosidad occidental que tan distante era del protocolo hoshidano. Esa manía de besar la piel ajena se le antojaba desagradable y un poco invasiva, por lo que no dudó en esbozar una expresión de profundo desagrado. El joven que decía llamarse Izaya Orihara tenía un nombre oriundo de las tierras del dragón del Alba, pero no se comportaba como alguien criado allí. Aun así, la muchacha de cabello pelirrojo soportó el beso con una mueca que dejaba entrever su enorme incomodidad. Principalmente porque temía quedarse sin esbirro si empezaba a proferir una secuencia ininterrumpida de gritos e improperios. Tan solo se limitó a articular un gruñido molesto, deseando que aquella incómoda situación acabase cuanto antes. Más le valía al tal Izaya sentirse agradecido de que tuviese tanta paciencia con los de su calaña. En otras circunstancias se habría tomado la molestia de agarrar suave, educada y sutilmente su muñeca, para después retorcérsela con una llave marcial hasta que el contrario terminase llorando una disculpa apropiada. Quizá una reacción semejante pudiese tildarse de exagerada, pero, aunque el joven de sonrisa taimada parecía inofensivo, a Kagura no le gustaba en absoluto su mirada. Después de todo, una kunoichi aprendía a confiar en la intuición y en los instintos para llevar a cabo sus misiones, y algo le decía que Izaya Orihara no la estaba tomando en serio. “¡Qué novedad!”, pensaba de manera sarcástica mientras se separaba de él para ir en busca de sus cosas. Estaba acostumbrada a que la subestimasen por su apariencia infantil. Podía comprender que una muchacha tan bajita y con unos brazos tan delgados no transmitiese sensación de peligro alguno, sobre todo cuando su condición de “marcada” la hacía parecer algo más joven de lo que era en realidad. Pero intentar demostrar constantemente su valía se terminaba por convertir en una tarea agotadora.

Mientras bebía los brebajes que tenía preparados para la expedición, casi podía notar cómo a sus espaldas Izaya la seguía juzgando con la mirada. El joven declaró que no tenía problemas en cederle bienes materiales, a lo que Kagura sonrió satisfecha. Todo el oro que pudiesen encontrar sería automáticamente de su propiedad, aunque, a decir verdad, dudaba que quedase algo sin saquear en las ruinas de Thabes. La antigua ciudad llevaba tanto tiempo abandonada, que seguramente más de un millar de aventureros ya la habían visitado antes que ellos. No obstante, Izaya no tardó mucho en poner su propia condición. Debía de ser alguna especie de erudito. De esos intelectuales que preferían pasar la mitad de su vida encerrados en un estudio o en una biblioteca. La kunoichi sintió ganas de expresar la lástima que sentía por él, pero se limitó a contestarle con una respuesta afirmativa.

Está bien. Puedes quedarte con todas esas cosas que has dicho —mencionó en un tono de voz tranquilo y que parecía sincero. No obstante, existía gran discordancia entre lo que decía y lo que pretendía hacer en realidad. ¡Por supuesto que no iba a cederle nada en absoluto al arqueólogo extranjero! En cuanto Izaya se despistase, le robaría todo pergamino o reliquia que hubiese osado quedarse para sí mismo. Como única heredera del extinto clan Yato, Kagura sabía que cualquier dato adicional acerca de la naturaleza de los emergidos valía mucho más que cualquier baratija de oro y plata. Podría vender después la información al mejor postor, ¡y se colmaría de todas las riquezas que anhelaba en un abrir y cerrar de ojos! No volvería a pasar hambre y frío. De eso estaba convencida. ¡Y tampoco podía olvidarse del trato con el príncipe Leon! El honor del samurái era diferente del honor del ninja. En aras de cumplir sus objetivos, Kagura no temía disponer de su nuevo aliado a su antojo, para después traicionarlo en el último momento. Al final, los resultados eran lo único que importaba.

Ah, y que sepas que me llamo Kagura —murmuró tras incorporarse y volver a estar frente a Izaya. El joven era como una o dos cabezas más alto que ella—. ¿Me has oído bien? KA-GU-RA. No voy a repetirlo dos veces, así que no te atrevas a pronunciar mi nombre mal, Izaka.

Sin decir nada más, abrió el broche que mantenía unida la capa marrón a la altura de su cuello, y dejó que la gruesa tela se deslizase sobre su cuerpo antes de caer suavemente al suelo. Una oportuna brisa refrescante llegó desde el océano cercano, y meció sus cabellos anaranjados mientras la kunoichi quedaba solo vestida con su atuendo hoshidano de color rojo. Kagura posó entonces su mirada sobre las ruinas que había colina abajo, y empezó a caminar en dirección a un puente que tendrían que atravesar. Se movía con cuidado, intentando hacer el mínimo ruido, y con la esperanza de que Izaya hiciese lo mismo. Pero tan centrada estaba en esos menesteres, que no notó siquiera la llegada de una tercera persona. Ante la exclamación de la desconocida, Kagura dio un respingo y soltó un nuevo grito ahogado. Fue casi como un acto reflejo, pero enseguida se dio media vuelta para encarar a la estratega, y la fulminó con la mirada a la vez que posaba su dedo índice sobre los labios.

¡¡Shhhhhh!! —siseó con la intención de que bajase el tono de voz. Si hacían mucho ruido, podían terminar alertando a los emergidos que invadían las ruinas de Thabes antes de que trazasen un plan. No tuvo tiempo de analizar a la recién llegada, o de preguntarle siquiera su nombre. La joven expuso una petición que el propio Izaya contestó en ese mismo instante, ofreciéndole un hueco en el equipo.

¡Eh! ¡Tú! ¡Izaka! ¿No habíamos quedado en que YO era la jefa? ¡Un esbirro no puede decidir esas cosas sin preguntárselas a la jefa primero! —protestó propinándole un fuerte golpe en el brazo—. ¡Arg, está bien! Puedes venir con nosotros, chica albina. Pero intenta no entorpecernos.

Kagura empezaba a impacientarse. Necesitaba algo de acción. Volvió a mirar en dirección a las ruinas que esperaban al ecléctico grupo más allá, y esbozó una sonrisa siniestra al distinguir de cerca el número de enemigos.

¿Conque solo hay una sacerdotisa y dos tipos raros con hacha…? —murmuró en un tono de voz que pudieron oír claramente sus aliados.

¡Esto es fácil! —fue lo último que exclamó antes de que nadie pudiese detenerla. Avanzó a la carrera a través de la extensa planicie plagada de hierba seca. Gracias al influjo de los tónicos, sus pasos eran mucho más enérgicos que de costumbre, haciendo bastante ruido y levantando algo de tierra conforme la acercaban a su destino. La kunoichi no tardó en llamar la atención de los tres emergidos que trataban de derribar el misterioso monumento erigido en la lejanía, pero Kagura no estaba dispuesta a dejarles reaccionar. Echó sus brazos hacia atrás, y con un leve movimiento de muñeca, hizo aparecer tres dagas de acero en cada una de sus manos. Sujetaba las empuñaduras entre sus dedos, mientras su mirada buscaba la oportunidad perfecta para atacar. No fue hasta que la distancia entre los emergidos y ella era de unos escasos metros de distancia, que la muchacha pelirroja detuvo de manera abrupta la carrera, y usó la fuerza del frenado para arrojar los seis cuchillos contra una única oponente: la clérigo que parecía liderar a los otros dos guerreros. No quiso detenerse ahí. Todavía no. Aprovechó para utilizar una última daga, que lanzó con gran puntería al emergido con hacha más cercano. Pero el filo del arma no estaba destinado a infligir daño, sino a hundirse levemente en un punto crítico del brazo ajeno, de manera que dañase un nervio en concreto que le obligase a soltar el arma.

A Kagura le quedaban tan solo tres dagas de acero, pero su puntería y destreza con ellas no debían ser tomadas a la ligera.

Acción:
1. Kagura avanza hasta colocarse frente al emergido (hacha) del medio.
2. Kagura ataca en diagonal a la clérigo con Dagas de acero.
3. Kagura utiliza la habilidad Desarmar contra el emergido que tiene delante.
Afiliación :
- NOHR (HOSHIDO) -

Clase :
Ninja

Cargo :
Kunoichi

Autoridad :

Inventario :
Vunerary [3]
Dagas de acero [2]
llave maestra [2]
Kunais de bronce [2]
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Mensaje por Izaya Orihara el Lun Dic 17, 2018 7:55 am

Cuando Kagura le pegó el golpe en el brazo, Izaya se llevó una mano al lugar para aliviar el escozor. –¡Auch! – exclamó de forma teatral, y sonrió de oreja a oreja como delatando que en realidad la acción no le había hecho ningún daño. No se molestó tampoco por sus gritos, ni por la incorrecta pronunciación de su nombre, pero no pudo evitar añadir en todo cantarino y amable: Si tanto problema tienes para pronunciar mi nombre, puedes llamarme Iza, son tres letras, seguro que hasta tú puedes hacerlo. – Oh, pero la kunoichi ya se había alejado de ellos y avanzaba con pasos firmes y seguros hacia los enemigos. No era algo que Izaya no hubiera ya contemplado, apenas unos minutos con ella le habían dado toda la información básica que necesitaba de su carácter: fuerte, pasional, impulsivo; así que simplemente se volvió hacia la recién llegada estratega y le hizo una ligera reverencia con el brazo por delante, invitándola a avanzar con él. – ¿Vamos?

Después, corrió tras ambas mujeres. Aunque había sufrido varias heridas de gravedad en Bern, eso ya había quedado atrás y volvía a disfrutar de su agilidad y velocidad usuales. Había podido recuperarse gracias a los horribles brebajes de aquel mago oscuro que no ejercía la magia arcana y a los milagrosos besos de la preciosa Semiramis. Después, había viajado por el norte de Elibe, luego Magvel, hasta acabar en Akaneia de nuevo, alertado por el descubrimiento del cuaderno de Katrina de Thabes. Era obvio que todas las naciones del mundo enviarían a sus mejores hombres y mujeres a la caza de mayor información donde fuera que creyeran que podían encontrar más pistas. Él lo sabía bien, que quién salía vencedor muchas veces no era el más fuerte, sino el que sabía cómo debía usar esa fuerza. Es decir, el conocimiento era poder, y cuanto más conocimiento más poderoso uno podía ser. Investigar el origen del cuaderno era un punto clave, y por eso Izaya estaba allí, en el centro de la cuestión.  

Había oído rumores, pero Thabes no estaba tan mal de cómo la esperaba. Aún quedaban edificios derruidos pero en pie. Podría sacar mucho en claro de aquellas ruinas, y tenía claro que no sería amable ni generoso en compartir lo que aprendiera. Aunque pudiera dar esa sensación, el estratega sabía que era el ser más mezquino y ruin de los tres. Había visto la mirada de la kunoichi y había escuchado su afirmación de que podría quedarse con lo que pedía. Menuda mentira más barata. Había usado la tranquilidad como si eso fuera sinónimo de sinceridad, pero para un mentiroso tan hábil como Izaya, aquellas palabras habían resultado muy falsas. Sin embargo, había asentido complacido, porque él nunca perdería en esa clase de juegos. El haberse aliado con ambas mujeres no significaba que confiara en ellas, no lo hacía, por eso iba en la retaguardia, pero confiaba en sí mismo y en su capacidad para explotar todos los recursos a su alcance. Si lo necesitaba, las usaría para su provecho  y no se sentiría mal después. Esa era la ley de vida, y el estratega aún no tenía ganas de morir.

Mientras se acercaban, aprovechó para mirar la espalda de las dos. Entrecerró los ojos y sonrió un poco. Estaba seguro de que podía pasárselo en grande si jugaba sus cartas con inteligencia. Al fin y al cabo, no todos los días se aliaban personas tan diferentes como todos ellos: un estratega de Ilia, una estratega de supuesta Plegia, y una kunoichi de Hoshido. O Nohr, ya no sabría muy bien qué decir al respecto sobre el país conquistado. De lo que sí estaba seguro era de que se lo iba a pasar en grande. Pero, por el momento, debía concentrarse en los emergidos que cada vez estaban más cerca. Decidió auxiliar con la clérigo, pues podría convertirse si lo deseaba en el enemigo más terrible si lograba sanar a sus compañeros. Con una afilada daga en la mano derecha, maniobró la muñeca para poder lanzarla desde lejos y que su ataque fuera una continuación del de Kagura. Se detuvo frente a su enemiga con un derrape de sus botas negras en el suelo arenoso y seco, que levantó un humo tupido, y esperó a ver qué sucedía con la sacerdotisa, si acaso necesitaba un último golpe de gracia o si ya había caído muerta. Metió la mano en sus bolsillos para sacar un nuevo arma del abrigo negro y preguntó en voz alta, sin temor a que le escucharan los enemigos:

–¿Y qué hacen unas mujeres como vosotras en un sitio como este? Habría pensado que estaríais más ocupadas con vuestras cosas en casa. – miró primero a Kagura. –Ya sabes, por eso de que Nohr ahora ha conquistado Hoshido, ¿no tenéis ningún tipo de milicia rebelde? Eso es decepcionante. Y tú, –Se volvió hacia Daraen. –¿Te ha mandado tu rey aquí, acaso? No es que me sorprenda del todo, pero teniendo en cuenta lo que anda moviéndose en el sur de Akaneia, no sé si es prudente mandar a una estratega tan lejos, a territorio enemigo ni más ni menos. – Había sido directo, porque creía poder saber más de las dos en base a sus reacciones que a sus palabras. El lenguaje corporal era una maravillosa herramienta de deducción. Les sonrió, de forma tan inocente y falsa que no pudo evitar una leve risa que no era nada amigable. ¿No sería maravilloso que ambas se pelearan por algún tipo de conflicto religioso y político, además? No podía esperar a verlo.

Off:
Izaya se coloca delante de la sacerdotisa y la ataca con una daga de bronce.
Afiliación :
- ILIA -

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Grandmaster

Cargo :
Informante

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Kunais de acero [3]
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Mensaje por Daraen el Mar Dic 18, 2018 5:25 pm

Un gusto Izaya, mi nombre es Daraen— Dando una sonrisa leve, tranquila finalmente y aliviada, la cantidad de personas era mayor ahora, al menos si trabajaban juntos seguramente todo salga bien y si el peligro se acercaba, la oportunidad de salir victorioso era mucho mayor aunque… aquella chica peli-naranja parecía estar en desacuerdo con el “liderazgo” que estaba dando el chico en esos momentos, la relación entre ambos a simple vista no parecía ser del nada… ¿buena? y eso no evitó que estratega los mirará algo extrañada mientras sucedía esa “pequeña discusión” , podría sentirse incomoda y a la vez tipo “esto no es momento de discutir” aunque sin lograr decir algo a tiempo cuando la otra chica que dirigió ciertas palabras de aprobación desconforme hacia su persona, la interrupción del contrario masculino puso un fin la situación adelantándose un poco a avanzar por la zona.
Daraen suspiró ante la situación —Entorpecer a alguien nunca es lo mejor en ningún lado y eso lo sé . No es algo que haría , ni mucho menos con lo que nos vamos a enfrentar en algún momento— respondía a la chica lo más razonable posible, tranquila ante todo mientras daban pasos por el gran lugar llamado Thabes.

Siendo sinceros, haberse encontrado en esta situación era algo inesperado aunque no debía rechazar su idea en ayudarlos sabiendo las circunstancias de la zona, no había vuelta atrás y debía mantenerse con ellos por todo la estadía en ese lugar.
De a poco la albina sentía un “aire raro” cada vez que avanzaba ,debido a esa desconfianza del ambiente sacó de un bolso su tomo de magia trueno sin evitarlo y tras los pasos que daban a lo lejos sombras se veían en un instante que con el tiempo de avance eran cada vez mas nítidos . Tras verse mejor no pudo evitar decir a lo que se enfrentaban — Emergidos…— frunció el ceño dispuesta a prepararse, estudiar lo que primeramente se enfrentar y planear rápido antes de lanzar un ataque e inclusive, antes que sean vistos.

“¡Esto es fácil!"

¡Hey, espera! —exclamó exaltada, Daraen vio como la chica de ropajes asiáticos comenzaba a correr al ataque hacia los emergidos presentes ,esa forma de lanzarse a la batalla sin poder tener mísera idea de qué hacer o al menos de las probabilidades hizo que quedara pasmada en su lugar, la reacción dee Izaya fue la misma que la otra, sin nada que mas hacer comenzó a ir a apoyar en ataque, la estratega mantuvo la compostura en lo posible y corrió hacia los enemigos. Aprovechando sus ataques a distancia y lo que había hecho la peli-naranja tras su primer ataque al clérigo, Daraen se colocó detrás de ella comenzando a abrir el libro y dando la palabras de su conjuro mientras alzaba su mano libre, círculos con runas y símbolos que comenzaron a aparecer mientras lanzaba el ataque mágico hasta finalmente dar un ataque de trueno hacia el emergido desarmado.


Viendo cuan sería los resultados, oyó la voz del chico que los acompañaba comenzando a dirigirse primeramente a la ninja y luego a la estratega… aunque lo que salía en su boca claramente eran cosas del ahora:


“¿Te ha mandado tu rey aquí, acaso? No es que me sorprenda del todo, pero teniendo en cuenta lo que anda moviéndose en el sur de Akaneia, no sé si es prudente mandar a una estratega tan lejos, a territorio enemigo ni más ni menos”



¿eh? ¿El rey? — Intentabas asociar un poco las cosas, la situación no era favorable en estos momentos ni mas para dar una charla , parece que el estratega contrario se lo tomaba para relajo pero su sonrisa no era amigable que digamos. Sirviendo como estratega de Ylisse, referirse a “rey” chocaba mucho para ella, sabe que La Venerable es quien reina en ese lugar, no alguien de aspecto masculino porque claramente ella era una mujer, esto hizo que se sintiera confusa y mas cuando hablaba “de territorio enemigo” pero aun así no podía asumir nada, ni deducir demasiado, preferente preguntar, saldar dudas — Lo siento pero no entiendo a que te refieres con todo eso— respondió confundida y a la vez algo desconfiada debido a las palabras de Izaya tan repentinas.

Accion:

Daraen  avanza colocándose detrás de Kagura y ataca al emergido desarmado con su tomo trueno
Afiliación :
- YLISSE -

Clase :
Tactician

Cargo :
Estratega | Ex-figura religiosa

Autoridad :
-

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Tomo de Trueno [1]
Vulnerary [3]
hacha larga de bronce [2]
Tomo de Viento [2]
Tomo de Light [4]
.

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Mensaje por Narrador el Dom Dic 23, 2018 7:53 pm

En la primeta acometida, ya cae muerta la clériga, quedando su cuerpo mal acostado sobre las ruinas del memorial. A su vez, ya que la ninja consigue volarle de la mano su hacha a uno de los emergidos, este recibe de lleno un ataque mágico, aunque no suficiente para matar a un hombre de su contextura todavía. Este se mueve inmediatamente a recuperar su arma.

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Pero recuperar un arma toma un segundo o dos y muchas cosas pueden ocurrir en este intervalo. Entre tanto su compañero, el otro luchador, se adelanta para atrapar a quien ve mejor blanco, la ninja cuyas dagas no le proveerían defensa contra un arma pesada como la suya. Blandiendo el gran martillo, da un golpe contundente y duro justo en el estómago de la mujer. El efecto del tónico de defensa se gasta.

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Recuento de HP:

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Mensaje por Kagura el Mar Ene 08, 2019 3:39 pm

¡Je, je, je…! ¡Contemplad lo que una kunoichi sabe hacer! —Kagura dejó escapar una risilla pícara a la vez que sonreía con gran satisfacción ante el resultado de sus acciones. En un abrir y cerrar de ojos, había conseguido derribar a la sacerdotisa y desarmar a uno de sus compinches. Esperaba que esa pequeña demostración de destreza bastase para cerrarle la boca al hombre escuálido que tanto osaba buscarle las cosquillas, pero algo en el fondo le decía que no era buena idea tener tan altas expectativas. En cambio, quizá sí que despertase cierto interés en la otra estrega de cabello albino. Las historias sobre la letalidad de los shinobi hoshidanos eran bien conocidas, pero la inmensa mayoría estaban fundamentadas sobre habladurías de escasa credibilidad. Durante las guerras akaneas previas al descubrimiento de los continentes, cuando fallecía un general enemigo en circunstancias inusuales, solían desatarse todo tipo de rumores acerca de la intervención de los ninjas del reino de Hoshido. Se les temía y respetaba a partes iguales, y el aura de misticismo que envolvía sus leyendas hacía que incluso hubiese quienes les atribuían la posesión de poderes mágicos. Nada más lejos de la realidad. Pues la mayoría de las artes ninja, a pesar de ser variadas y complejas, se aprendían con muchos años de sudor, sangre y esfuerzo. Requerían dedicación física y psicológica extrema, y no simples trucos de magia de augur hoshidano. Por ese motivo, tanto Izaya como la otra estratega al menos debían de sentirse afortunados de poder presenciar ninjutsu de cerca, aunque el de Kagura fuese básico y bastante rudimentario todavía.

La estratega supo aprovechar la apertura en la formación enemiga para avanzar y dirigir un ataque de magia de trueno contra uno de los emergidos, e Izaya ya había hecho lo propio antes para rematar a la clérigo malherida por la muchacha pelirroja. A Kagura no le caían bien ninguno de los dos: no recordaba que la estratega albina les hubiese dicho su nombre todavía, así que no podía confiar en ella; y aquel hombre escuálido y de cabello negro no cejaba en su empeño de irritarla, además de que tenía cierta tendencia a sonreír demasiado, como si no temiese perder la vida en el campo de batalla. Pero aún así pensó que sería buena idea voltear su rostro hacia atrás un instante para felicitarles por el trabajo en equipo. Al menos, hasta que Izaya volvió a abrir la boca y empezó a decir una serie de cosas que no la dejaron indiferente. ¿Qué diantres era todo eso de una milicia rebelde? ¡¡Decir todo eso de la conquista de Hoshido por parte de Nohr era meter el dedo en la llaga!! ¿Acaso quería pelea?

Su rostro empezó a enrojecerse de pura rabia, delatando en el peor momento que lo que se le estaba pasando por la cabeza era machacarle. Machacarle con tanta fuerza como al arroz de mochi durante la ceremonia del mochitsuki. Tampoco pudo evitar que su expresión de ira se tornase en una de profundo desagrado al oír el consiguiente comentario sobre la estratega de cabello blanco. No faltaba más que atar cabos para sospechar que debía de proceder de Plegia, Altea o Ylisse. Los nohrios casi siempre viajaban montados encima de caballos, además de que eran demasiado orgullosos como para no llevar ropas o distintivos que delatasen su reino de origen; los feroxíes eran más de tener la piel bronceada y los músculos bien tonificados, y estaba muy segura de que aquella túnica de tonos morados que la joven vestía no era de costura hoshidana. Tras descartar dos naciones de sus hipótesis apresuradas, le quedaban esas tres primeras en la mano. Pero los ylissense no tenían “rey”, sino una especie de reina por lo que había oído, y Altea no se ubicaba exactamente en el “sur” del continente.

Tú… ¿es que acaso eres de Plegia? —le preguntó inquisitiva a la estratega sin reparar en que uno de los emergidos restantes se había movido, alzando su arma para descargarla contra su estómago. No tuvo tiempo de gritar o de manifestar sorpresa. Perder por un momento la noción de que se encontraban en mitad de una batalla terminó saliendo caro, pues su cuerpo liviano salió disparado uno o dos metros más allá de donde se encontraba, y debido a la orientación del ataque, Kagura terminó tropezando contra Izaya.

Auch… auch… eso ha dolido un poco…—se quejó mientras se incorporaba algo adolorida. El tónico que se había tomado antes de entrar en territorio enemigo le había servido para atenuar al máximo los daños sufridos, por lo que el golpe del martillo se había sentido más como un empujón muy fuerte que como un ataque realmente peligroso. Pero no tardó más que unos escasos segundos en volver a la carga. Sin molestarse en asegurarse de que el joven de pelo negro estuviese bien tras caer sobre él, se lanzó contra el emergido que la había atacado con furia inusitada. Le quedaban tres dagas así que, tras hacer aparecer una daga en su mano, ejecutó un corte tan rápido contra la garganta del emergido que apenas se pudo ver. Aprovechó la arremetida para arrancarle una pequeña bolsita de tela que colgaba sobre el cinturón del luchador, a modo de compensación por el susto de antes. Esperaba que contuviese algo de oro, pero también estaba abierta a la posibilidad de que esos emergidos fuesen más pobres que el hambre, y que en la bolsa no hubiese nada.

Acción:
1. Kagura ataca al emergido de su derecha.
2. Kagura utiliza la habilidad Hurto contra el emergido que ha atacado antes.
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Mensaje por Izaya Orihara el Sáb Ene 26, 2019 9:32 am

Las malas energías que rodeaban a su extraño grupo de batalla le produjo una felicidad malsana y cruel. ¡Eso sí que era divertido! Sabía que no era lo más óptimo que su equipo se fragmentase, pero no podía evitar jugar con las dos mujeres. Daraen y la kunoichi que le había dicho que debía referirse a ella como jefa, algo que ya debía de haberse dado cuenta de que no pasaría. Era demasiado fácil enfadarla, ni siquiera tenía que esforzarse demasiado para ello. En cambio, la otra estratega era diferente, parecía querer jugar a la inocencia cuando Izaya sabía que en Plegia se aplastaban tales inclinaciones a base de sangre y sacrificios. En todos sus años yendo y viniendo de la nación oscura, no había hallado a nadie que pudiera ser considerado una criatura suave, inofensiva o cándida. Esa clase de personas no existían allí, él lo sabía bien. Pero esa pretensión le interesó. Quizás Daraen lo hacía por no ganarse la enemistad de ambos, quizás porque era una espía y no quería que esto se supiera. Si era esto último, estaba haciendo un trabajo bastante penoso al no haberse quitado esa chaqueta que conocía tan bien y que él mismo poseía, aunque con cambios que él mismo había hecho modificar para que la prenda fuera más con su personalidad.

¡Claro que es de Plegia! ¿Acaso no ves su abrigo con esos ojos de Grim..? – Izaya comenzó a decir, pero no pudo terminar la frase porque Kagura se le cayó encima como un peso muerto. Si tantas ganas tenía de apuñalarse contra sus dagas podría haberlo pedido, nunca decía que no a esa clase de juegos. De no ser porque el informante era rápido con las manos, pudo cambiar la dirección de la hoja antes de que la kunoichi chocara contra él, aunque aun así el afilado acero hizo un corte que solamente penetró la ropa de la espalda de ella. Mejor eso que la piel, supuso el estratega con una sonrisa. Aunque se había caído al suelo, esto apenas duró unos segundos. Ágil y contorneándose como una serpiente, se puso de pie de un salto y decidió cambiar de armas a algo un poco más efectivo contra dos luchadores que portaban hachas. Se guardó las cuchillas en los bolsillos internos de su abrigo negro, y en su lugar sacó unos kunais de acero, ligeros letales y bellas creaciones que provenían de Hoshido y que incluso llevaban la distintiva marca de una de las familias feudales. Había sido un regalo tras un trabajo bien hecho, y suponía que era un buen momento para usarlos. Su nombre estaba grabado nítidamente en uno de los costados, aunque no podía apreciarse con la mano de Izaya empuñando el arma.

Pero no solo eran una herramienta afilada, el simple tacto con su superficie sería suficiente como para envenenar la piel que tocase en caso de poder entrar en contacto con la corriente sanguínea. Había preparado los kunais unas horas antes, por si acaso debía necesitarlos en Thabes. Era un hombre que pensaba bastante adelante en el futuro, y se alegraba de poder darles uso por primera vez. Probó a maniobrarlos con los dedos, haciéndolos girar por el hueco redondo del final. Los kunais se movieron tal y como Izaya quería, con una maestría que indicaba que no era la primera vez que estaba en contacto con un arma así y que alguien debía de haberle enseñado con anterioridad. Sin demorarse mucho más, entró en batalla. Aunque antes no pudo evitar añadir: lucháis bien juntas para ser enemigas de religión e intereses. – se burló con falsa honestidad y admiración. En realidad no le estaban impresionando demasiado. Había visto mucho mejores ninjas en Hoshido, había trabajado para ellos, y respecto a la plegiana, debía decir que magia arcana habría sido mucho más interesante de ver.

Pero no se podía pedir demasiado para un grupo formado de la nada. A las malas, podría sacrificarlas para huir o esconderse, aunque por ahora le convenía que se mantuvieran con vida porque no era tan inconsciente como para pensar que él podría vencer a dos emergidos con hacha solo. Se rio de forma oscura desde su lugar y visualizó al emergido que había recibido el ataque mágico. Viendo que aún seguía desarmado pero que esto sería así durante muy poco tiempo más, decidió atacarle a él aprovechando que aún podría haber cierta debilidad en su defensa. Puesto que con la falta de competencia de Kagura se había echado un poco hacia atrás, usó la distancia a su favor para entrar en escena de una manera llamativa y teatral. Corrió hacia el enemigo y cuando casi llegaba a chocarse con él, se dejó caer al suelo con las piernas por delante para que la tracción lo impulsara por la tierra en un movimiento rotativo. Desde ahí bajo, levantó el kunai envenenado para atacar lo que tuvo delante durante unos segundos: las partes bajas del emergido. Le trató de apuñalar con fuerza en la parte baja del vientre, donde sabía que la mayoría de la gente no se protegía. El movimiento de su cuerpo en la arena levantó una nube de polvo a su paso, así que en un primer instante no pudo estar seguro de si había surtido efecto su ofensiva.

Off:
Izaya se mueve frente al emergido de arriba y le ataca con sus Kunais de acero + gota de veneno.
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Mensaje por Daraen el Dom Feb 03, 2019 5:12 pm

La situación había salido a pedir de boca, uno de los enemigos había caído , solo quedaba uno levemente dañado y el restante que en este momento estaba evitando que la peli-naranja fuera a escaparse, desde la perspectiva de la albina no parecía ser buena idea que alguien con tal arma en mano se enfrente cuerpo a cuerpo con un enemigo macizo a esa distancia, mas si aquella chica ninja tenía a la estratega y al otro chico rodeándole por atrás.Oh vaya.

Las preguntas del moreno más Daraen contestándole provocó la llamada de atención de la chica hoshidiana, realmente había oído del tema que estaban hablando , aunque en una situación así le costaba pensar adecuadamente incluso recordar de la misma manera.

“Tú… ¿es que acaso eres de Plegia?”

¡¿Eh?! — Aquel nombre le fue hablado por la chica de cabelleras negras que se cruzó en Chon’sin, otra vez lo oía y sentía como su cuerpo le recorría un escalofrío ¿Realmente era de ahí? — Y-yo…

“¡Claro que es de Plegia! ¿Acaso no ves su abrigo con esos ojos de Grim..? “

Antes que el chico pudiese terminar la frase interrumpiendo a la peli-blanca, el ninja en ese momento había sufrido daño por uno de los enemigos, a su suerte había sido retenida por el mismo que estuvo a punto de completar aquella frase — ¿Se encuentran bien? — pregunto rápidamente al ver la escena que había provocado al enemigo, a su suerte dio mejor postura desde su posición cuando el par recobró la postura, la conversación estaba siendo algo incomoda pero debía concentrarse , solo concentrarse.

La maniobra fue algo extraña, viendo como la chica atacaba a quien la golpeo y hurtando al que estaba alineada con Daraen no parecía ser un buen plan, o al menos fue distraído por Izaya quien dirigió su ataque a él pero antes del suceso:

“lucháis bien juntas para ser enemigas de religión e intereses.”

Cuando solo necesitaba unos segundos concentrarse oír aquellas palabras la hizo molestarse un poco, pero a la vez sentirse como si en verdad era una enemiga de ellos. Era una simple persona que estaba ayudando a tierras aliadas, si, aliadas debido a que hasta ahora estaba siendo parte de los custodios de Ylisse gracias al príncipe y a pesar de ir de apoco haciendo lo posible por asociar las cosas, aparecía gente sabiendo del tema.
Sacudiendo la cabeza para despabilarse, conjuró su hechizo invocando un rayo al que se encontraba a su diagonal haciendo lo posible para llamar su atención, por más que estuvieran los otros distraídos con uno no pueden dejar al otro a sus anchas, la estratega esperaba que eso haya sido suficiente para que la cosa no se dificultara en algún momento.

Después que polvo hiciera presencia su mente de un momento surgió unas cuantas palabras — Yo no soy alguien malo… — como un murmuro no muy claro si los externos llegaban a sentirlo.

¿Era cierto que era de Plegia? ¿Totalmente cierto? Sus ropas podían decir mucho, pero parece que sus alrededores lo aseguraban ¿Si fuera llamativo las ropas no deberían haberlo sabido los de Ylisse? Seguramente desde ahora tendría miedo que llegaran a saberlo e inclusive si fuera de golpe haciéndose una idea de las consecuencias, su mente pasaba unas palabras que simplemente decían “Ylisse y Plegia son enemigos” seguramente escuchado por ahí o de un libro, pero realmente es lo que pasaba ahora. Daraen se dio un golpe con el libro de magia de forma para concentrarse la situación y poner la mente en la batalla,  mantener la compostura. << Esto nunca pasó antes en alguna batalla... >> Pensó frustrada.

Accion:

Daraen ataca con su tomo trueno al  enemigo que está a la derecha de kagura
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Tomo de Viento [2]
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Mensaje por Narrador el Dom Feb 10, 2019 11:22 pm

[A continuación las tiradas de dado. Primero la del ataque de Kagura, segundo la de Izaya, tercero por Daraen.]
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Mensaje por Narrador el Dom Feb 10, 2019 11:22 pm

El miembro 'Narrador' ha efectuado la acción siguiente: Lanzada de dados


#1 '- tipo + nivel' :
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Mensaje por Narrador el Miér Feb 13, 2019 1:47 pm

Los ataques se combinan de una forma precisa e impecable. Todos los proyectiles aciertan casi al mismo tiempo, y cuando uno de los enemigos parece quedar con vida, una descarga mágica termina con él.

Todos los emergidos del área han sido derrotados. Kagura ha logrado robar 60 Gold, sin contar los 220 Gold que caen del último enemigo en una bolsa.

[Misión] Thabes [Kagura, Izaya, Daraen] 8o1euJO

MODO MAPA FINALIZADO

En cuanto al monumento que estaban derribando, no hay mucho que hacer. El daño ya es irreparable, no puede distinguirse nada. Algunos restos dan a entender que habría habido una estatua de una mujer, pues hay partes muy distintivas regadas, como una mano y algún trozo de rostro con facciones femeninas y cabello largo, pero el resto es escombros.

Sin embargo, justamente bajo los escombros, algo yace asomándose apenas. Algunas piezas de cuero tratado enrolladas como si fueran pergamino, de modo que se preservan increíblemente enteras, utilizadas precisamente como papel y conteniendo ciertos escritos, desde luego que en idioma antiguo aunque con una versión más pequeña debajo, puesta en idioma actual de forma algo rudimentaria y con letras algo extrañas, poco practicadas. Además de ellos, un Tomo de Light [4] grueso y de tapa excepcionalmente hermosa parecía semi enterrado en el sitio.

TEXTO:

En honor a Kaltrina de Thabes (953 - ). Primera mestra estratega, reinventora de la guerra, consejera de reyes y sabia en todas las artes.

Revolucionaria en el campo de la estrategia cuyos escritos serán guias indudables para futuras generaciones, como ha quedado plasmado en todos los tratados estratégicos reformulados y reescritos bajo su conocimiento.

Creadora de incontables artefactos de asedio y defensa que salvaron a la ciudad, tales como la balista, el ariete, el refuerzo mágico en las catapultas y los materiales explosivos al contacto.

Quien ha logrado dominar todas las doctrinas mágicas en total profundidad, única sabia conocida en la historia en iniciarse la magia de luz y oscuridad sin morir consumida por los elementos opuestos.

Pionera en recorrer el mundo, primera persona en haber pisado cada país conocido recolectando conocimiento de tierras lejanas para ponerlo a dispoción de los sabios.

Valorada por varios reyes por su sabiduría, que solicitaban para escuchar consejo. Altamente querida aquí, en su ciudad natal, como persona destacada y cariñosa inmortalizada en este memorial.

[El tema aún puede ser utilizado para terminar de rolear, abrir cofres, repartir items, desarrollar en torno al material proveído, etc. La misión se considera ya lograda y el descubrimiento se considera válido.]
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Mensaje por Kagura el Mar Abr 02, 2019 11:28 am

La arremetida final contra los emergidos resultó ser rápida y certera. A pesar de que daba la impresión de que Izaya estaba más interesado en marearla con comentarios extraños en lugar de centrarse en pelear, y de que la estratega parecía incluso más confundida que ella, Kagura apreciaba que en el último momento hubiesen conseguido ponerse de acuerdo para derrotar hasta el último de los enemigos, aunque fuese solo por accidente. Todo había sucedido tan deprisa que le costaba ordenar los acontecimientos en su mente, pero eso no fue impedimento para que la muchacha pelirroja se diese la vuelta con una sonrisa radiante, y agitase frente a sus compañeros la bolsa de monedas que acababa de arrebatarle al emergido del martillo. El interior de la tela de arpillera tintineaba generosamente, delatando que la kunoichi había tenido suerte al robarle el dinero a su oponente. A lo sumo, aquella pequeña fortuna metálica le serviría para tener algo que comer cada día durante un mes, por lo que se permitió el lujo de celebrarlo sin reparar en que su vestido hoshidano se hallaba parcialmente rasgado, dejando al descubierto parte de la pálida piel de su espalda y de su costado derecho. La culpa era de Izaya, pues en el momento en el que ambos habían chocado instantes atrás, y a pesar de que su veloz maniobra evitó que la hoja de su cuchillo atravesase la carne ajena, no había sido lo bastante rápido como para evitar destrozar su exótico atavío hoshidano. No obstante, Kagura estaba demasiado ocupada saboreando la victoria como para preocuparse por nimiedades como aquella.

¡Sí, señor! ¡Hemos ganado! —exclamó feliz antes de lanzarse sobre Daraen y abrazarla de manera espontánea e inesperada, sobre todo si se tenía en cuenta que instantes atrás Izaya había puntualizado que, si la estratega de cabellos plateados resultaba proceder de Plegia como así lo parecía, debían de ser entonces enemigas naturales por las diferencias entre sus respectivas culturas. Pero a pesar de que a Kagura le intrigaba la procedencia de la otra joven, no podía importarle menos el rey al que sirviese o a la deidad a la que venerase. Una no podía escoger sus raíces después de todo, por lo que la muchacha pelirroja valoraba más el hecho de que hubiesen luchado codo con codo en lugar de preocuparse por disputas religiosas. Por otro lado, la kunoichi procuró ignorar a Izaya todo lo posible sin atreverse a dirigirle siquiera la mirada. Era una mala persona y además le caía mal.

¡Je! Parece que al final no has estorbado, chica albina —le felicitó a su manera antes de soltarla, algo más calmada, y acercarse al emergido que ésta había derribado con un rayo. Impidiendo que nadie más pudiese hacerlo, se agachó y recogió rápidamente la otra bolsa de dinero que yacía a los pies del monstruo derrotado. Doble botín, y todo para ella solita. ¡Con tantas monedas de oro ya tenía suficiente dinero como para no pasar hambre durante al menos cinco meses! Una sonrisa bobalicona y glotona se dibujó en su rostro a medida que imágenes de inmensos banquetes imaginarios ocupaban sus pensamientos, olvidando completamente que la razón por la que había decidido viajar a Thabes en primer lugar era para obtener información. No notó el pergamino de cuero de vital importancia semienterrado entre los escombros hasta que fue demasiado tarde, y unas manos ajenas se apoderaron de él para su disgusto y sorpresa.

¡Eh, tú! ¡Quita tus asquerosas zarpas de ese pergamino!

Acción:
1. Kagura recoge los 220 Gold que suelta el último emergido.
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- NOHR (HOSHIDO) -

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Kunoichi

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Dagas de acero [2]
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Kunais de bronce [2]
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Mensaje por Izaya Orihara el Jue Abr 04, 2019 5:31 pm

Izaya había calculado que, si tenían suerte y sus ataques combinados surtían efecto, podrían acabar con los emergidos en breves. Y, efectivamente, no pasaron apenas segundos que tal predicción se hizo realidad. Su cuchilla entró en la carne desprotegida del emergido, muy cerca de las partes nobles o en las partes nobles incluso, Izaya no podía saberlo con la ropa del emergido aún encima. Y no iba a desnudar a una criatura tan inferior a sus estándares estéticos. Así que, tuviera la intimidad cortada o no, el informante se sintió satisfecho de su trabajo. Una daga bien clavada podía ser letal, y mucho más con el veneno que le había echado antes. Al ponerse en pie, el enemigo cayó al suelo de bruces, por lo que tuvo que apartarse de un pequeño salto para que no le aplastara. Bajo el emergido, comenzó a formarse un charco de sangre que Izaya no animaría a tocar, pues el veneno que había empleado en su arma se transmitía por flujo sanguíneo, e incluso aquella sangre perdida debía estar corrompida y ser mortal. Con una sonrisa de satisfacción, se giró hacia Daraen y Kagura.

Sus compañeras habían hecho lo propio con sus habilidades. Cada una había aportado maña y precisión a la batalla y gracias a ello habían podido terminar con sus adversarios más rápido de lo que al principio Izaya creía. Podría haberse unido a los cantos de victoria con las dos mujeres, pero tonterías de ese estilo no iban con él. Mientras sus inesperadas compañeras se abrazaban y celebraban el triunfo, el informante se apresuró a mirar la zona que antes había llamado la atención de los emergidos. Ahí, semienterrados en la arena, encontró varias cosas que se apresuró a recoger. Primero, guardó sin poder mirar su contenido un pergamino de cuero enrollado. Lo escondió en su abrigo a escondidas de Daraen y Kagura, pues no tenía ningún interés en compartir lo que allí podría encontrar. Primero de todo, un informante nunca daba información gratis, y él había sido quién primero se había hecho con el objeto, así que suyo era. Y segundo, no creía que alguien como la kunoichi pudiera entender asuntos relevantes que seguro que contenía el pergamino. Y sobre Daraen, Izaya no se fiaba de alguien de Plegia que se consideraba buena persona. Esa mujer era extraña y él haría bien en no juntarse con gente así. Se había labrado una buena reputación en el país oscuro como para que se viera amenazada por una cualquiera.

Además de los papeles enrollados, Izaya tomó en sus manos un trozo de la estatua, lo que debía equivaler al rostro de una mujer. La piedra había sido rota de tal manera que el pedazo era pequeño pero aún tenía una forma distintiva. Y no pesaba. Izaya lo guardó en un macuto que llevaba al cinto, escondido bajo el abrigo. Después, tomó el libro de magia de luz y lo observó con muy poco interés. No sabía qué pordía hacer ahí un tomo de artes mágicas, pero poco le importaba. Cuando Kagura le habló, el estratega se giró con un movimiento teatral y le sonrió. –No sé de qué pergamino me hablas –canturreó. Y entonces les tiró el tomo de magia a la cara con muy poco cuidado. Que lo atrapasen o no era cosa suya. Además, ¿no había sido la plegiana quién se había golpeado aposta la cara con su propio libro? Ahora podía darse con dos. –¿No era este el trato, Cazurra? Yo me llevo los papeles y tú puedes quedarte con eso. Además, dudo que sepas leer –añadió, porque obviamente no podía marcharse sin infringir algún tipo de retórica ofensiva e intelectual en sus compañeras. Después, miró a Daraen mientras se alejaba hacia atrás, con pasos largos y seguros. No temía tropezarse.

–Y respecto a ti… Bueno, digamos que no me fio de la gente que dice que no es mala. Todos los humanos son pecadores y terribles y mezquinos. Esa clase de mentiras me dan la risa, y he de decir que un poco de urticaria también –bromeó porque era verdad: le hacían gracia que las personas pensaran de forma tan alta de sí mismas cuando, en realidad, seguramente no eran tan diferentes a los demás. Seguro que esa mujer también mentía y engañaba y odiaba y había matado, como todos ellos. Vivían en un mundo de supervivencia, y eso era lo que debían hacer si querían seguir vivos. Y no había maldad o bondad en nada. Y esa era la gran mentira, creer que podían etiquetarse como si los dioses existieran, como si la moralidad existiera. Izaya se creía por encima de todo ello, y eso se mostraba en su voz altiva y su sonrisa cortante y sarcástica. –¡Hasta luegi, chicas! –alzó una mano en un falso gesto amistoso, y después salió corriendo certero y rápido hacia el puente.

Tenía mucho que leer y analizar en cuanto llegara a terreno seguro. Solo pensar en su descubrimiento hacía que Izaya sonriera, hasta el punto de creer estallar en carcajadas. Pero no lo hizo; no se desvió de su objetivo; no se paró a mirar atrás. Cada segundo era oro si quería separarse de las dos mujeres, que bien podrían querer vengarse de él. Así que se escabulló como una serpiente entre la maleza del bosque y allí, se perdió de vista.
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Mensaje por Daraen el Dom Abr 14, 2019 7:45 pm

A pesar de esos pequeños detalles, la batalla contra los emergidos ha sido un total éxito , Daraen podía sentirse satisfecha  y aliviada sabiendo que nadie del grupo salió herido, sin embargo , aún mantenía ese miedo sobre la visión que tenían ambos  hacia ella. Saber que era de Plegia la hacía sentirse incomoda e incluso varios pensamientos pasaron por su cabeza en las cuales Ylisse era incluida, ella no era mala, no quería sentirse como la mala aquí.

De un momento a otro, la pelirroja salto de felicidad abrazando a la chica estratega, que a su suerte, aquel gesto de celebración logró distraerla momentáneamente de sus pensamientos , las buenas vibras desbordaban ahora que no pudo evitar sonreír feliz para que al menos la tensión de hace un momento se le quitara. — ¡Buen trabajo! — soltó cuando había sonrisas en el ambiente mientras le correspondía el abrazo de a poco. Daraen tenía en cuenta que cada uno ha hecho lo mejor de si , sus habilidades fueron perspicaces, inesperadas y a pesar de todo triunfaron, claramente la victoria era algo para celebrar y más por ver a tolos ilesos, aunque también por el botín que se hayan ganado.


“¡Je! Parece que al final no has estorbado, chica albina”


<< ¡EH! ¡Si nunca quise estorbar a nadie ni menos en estos momentos! >> pensó en sus adentros viendo como la chica la soltaba, la idea era trabajar juntos y derrotar a los emergidos pero nunca quería ser eso, pero en fin, las cosas están mejor ahora.

De apoco pudo admirar un pequeño conflicto entre la chica que la abrazó y el pelinegro, no entendía por qué, seguramente se conocían desde antes debido a sus comportamientos pero qué más da, la atención de la albina fue llamada por aquel pergamino que estaban peleándose, atractivo a la vista pero ya estaba en otras manos, tentador echar un vistazo pero cuando Izaya lanzo algo al aire, sea lo que fuera Daraen salió de su foco y lo atrapó por solo reacción. Un libro de magia peculiar se podía apreciar en la portada, la estratega lo miró detenidamente dándose se cuenta el hechizo que implicaba el libro, interesante para ella pero posiblemente no para su aprendizaje ya que, estando consiente, aquel elemento mágico iban para sacerdotes avanzados, lo mantuvo en sus manos planeando que hacer con aquel libro hasta que izaya le dirigió la palabra:

“Y respecto a ti… Bueno, digamos que no me fio de la gente que dice que no es mala. Todos los humanos son pecadores y terribles y mezquinos. Esa clase de mentiras me dan la risa, y he de decir que un poco de urticaria también “

¿Q-Qué? —dijo muy bajo e inaudible, esta persona parecía seguir consiente de que  la procedencia de Daraen, por más que lo había dicho en tono de broma le daba cierta desconfianza  e incluso podía sentir  un leve escalofrío que abrazó el libro que tenía en sus manos. No sabía cómo sentirse, era un estado que no estaba segura si comenzar a enojarse o sentirse bastante deprimida pero aun en presencia de la pelirroja  no podía demostrar que lo que dijo Izaya le había afectado. — Bueno… Seguramente también debo irme yendo, un gusto en conocerte — dirigiéndose a  la ninja  que posiblemente seguía enojada con la escapada del pelinegro— puedo acompañarte a un lugar seguro si no te molesta, y  ahí nos separamos— sonriente y de forma amable en lo posible.

Daraen estaba segura que al volver a Ylisse iría a darse un gran descanso de todo hasta mañana, muchas cosas habrían en su cabeza en ese momento  y lo peor de todo que no puede hablarlo con nadie así manteniendo todo el tema a sus interiores esperando que nadie de Ylisse supiera o se diera cuenta Que era de Plegia o lo que esas personas le hablaron. ¿Realmente era así? La albina no quería creérselo a pesar que más de una persona se lo haya dicho.
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