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[Social] El heraldo de Skuld [Arngeir, Alice]

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Mensaje por Alice Schuberg el Dom Sep 09, 2018 12:54 pm

La desolación de Mitgard había llegado sin que Alice pudiera hacer nada para detenerla, pues quedó enfrascada en la defensa de Silesse hasta que las tropas de Norh se abrieron paso a través del país. Las fuerzas emergidas se habían dividido en dos grandes frentes y, oh, tal era su fuerza que consiguieron hacer caer las dos naciones al mismo tiempo. Nadie lo vio venir, y de haberlo hecho, no contaron con la fuerza suficiente para defenderse. El Jarl había muerto en combate, así como su séquito, y con él la coordinación de la resistencia quedó aplastada. Toda la isla cayó, y los emergidos tuvieron una agresividad fuera de lo común en las tierras conquistadas. Sitiaron a los lugareños desde mar y tierra, ese fue el principal motivo por el que Alice no tuvo noticias de su familia en ningún momento. Alice lo entendió cuando llegó a la costa oeste de la última de las islas menores de Silesse.  Aún a kilómetros de distancia, las columnas de humo se vislumbraban como un aviso a los foráneos de que no había nada que encontrar ahí, excepto la destrucción y la muerte.

El escenario era suficientemente preocupante como para ignorar los claros signos de peligro. Toda su familia aún estaba en el país, posiblemente ayudando a la milicia a contener el avance emergido, en el mismo pueblo donde los dejó una vez descubrieron que no había sitio para ellos a donde huir. Renais había vuelto a caer, y su familia cercana de Illia estaban en paradero desconocido una vez abandonaron el país, si es que lo lograron. Sin lugar a donde ir, al única opción sería la de defenderse, mas Alice sabía que ellos no serían capaces de aguantar un asalto directo de los emergidos. Y ellos avanzaron demasiado rápido. El tiempo se agotaba para ellos, y con esto la ansiedad de la jinete de pegaso por ir a rescatarlos. Lo único que le quedaba estaba en peligro.

Para su desgracia, avanzar por su cuenta no era posible con tanta presencia emergida en la zona y tuvo que resignarse a actuar con las tropas de Norh, una vez más. Xander tomó una avanzada al castillo de Asgard para tomar la capital y fortalecer su posición, mientras, Alice guiaría un destacamento de Norh en la costa sur de Nilfheim para establecer una ruta de abastecimiento en el oeste de la isla. Unificando el castillo de Asgard, la ciudad de Mitgard y el templo de Forseti, los emergidos perderían el control de las posiciones más relevantes de la isla y sólo sería cuestión de tiempo que fueran expulsados de Mitgard. Sin embargo, las motivaciones de la guerrera Schuberg se reducían a llegar cuanto antes al pueblo donde estaba su familia, a mitad de camino entre el templo de Forseti y el castillo de Asgard.

Cuando las tropas de Norh desembarcaron en la costa, Alice decidió ir rumbo al norte para buscar supervivientes mientras los soldados levantaban el puesto de avanzada. Acompañada de dos jinetes de wyvern, se valieron de la movilidad aérea que le aportaban sus monturas para llegar hasta la localización del templo, situado en lo alto del cordón montañoso central de Nilfheim. Subir hasta ese lugar era difícil, no sólo por el coste ascender la montaña, si no por la dificultad de orientarse por esos senderos. No era fácil de encontrar incluso desde el aire, más no era la primera vez que Alice visitaba el enclave religioso, por lo que el grupo llegó hasta la base sin mayores complicaciones.

Contempló la entrada principal, con una mezcla de angustia y alivio al descubrir que la estructura permanecía tal y como la dejó la última vez que estuvo en ese lugar. No había rastro de pisadas en la nieve, otro indicador importante que anunciaba que no había habido actividad fuera del templo durante horas. No parecía que los emergidos hubieran encontrado aquél lugar, pero la ausencia total de personas tampoco era un buen aliciente para la búsqueda que estaba encabezando. Tras dar indicaciones a los wyverns para que vigilaran el perímetro, ella entró sola en el templo. Al entrar, lo único que pudo experimentar fue un escalofriante vacío en la sala principal del altar. Lo que fue un lugar de acogía y refugio para los peregrinos se hallaba completamente diáfano y silencioso, la gran acústica de la bóveda relució con el eco de cada paso de Alice, que se encaminó hacia el sagrario. Se detuvo a pocos metros de llegar, y con ella, el eco de sus pasos metalizados también quedo enmudecido, dando lugar a un ambiente perfecto para la introspección. Estaba ella sola, enfrentándose en soledad al sagrario que completaba la imagen del altar en el fondo.

Como elemento central, una gran estatua de Forseti, ideada para que los creyentes se arrodillaran y ofrecieran sus plegarias. Ella misma se inclinó sobre el mármol incontables veces en el pasado, mas entonces solo podía permanecer de pie, encarando la efigie desde la distancia con un aire notable de nostalgia. Cierto desencanto se trazó en sus ojos, que complementaban un rostro serio y triste al mismo tiempo. Empleó muchas horas, muchas oraciones, para que la providencia en la guerra les sonriera desde que los emergidos llegaron a la tierra, pero lo único que consiguió con ello fueron desgracias. Forseti no le había escuchado, en el mejor de los casos, pues el resto de opciones se antojaban insoportablemente crueles. Desde lo que pasó en Regna Ferox, ella sintió como si la deidad la hubiera abandonado. Podía asumir esa carga. Sin embargo, el mismo mal fario acabó llegando hasta las tierras que él protegía, o se suponía que hacía. Se sentía como si fuera incapaz de protegerlos, o que los estuviera ignorando a propósito. Como si nunca hubiera existido. Alice siguió contemplando la estatua durante segundos, dudando si debía pedir ayuda por última vez para que la ayudara a encontrar a su familia.
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Mensaje por Arngeir el Miér Sep 12, 2018 12:25 pm

Frío. ¿Hasta qué punto podía un ser humano sentir frío? Un frío que llegaba hasta el alma, destrozando cualquier hálito de luz y calor en la esencia de la persona. Frío... Oh, los Mitgardienses sabían perfectamente lidiar con el frío exterior, con aquel que atacaba su cuerpo. ¿Pero... sabían luchar contra el frío de la desolación? Arngeir podía verlo. El 'frío' en los ojos de los supervivientes de aquel Ragnarok impuesto por el Sino hacia ellos. El 'frío' y el intento por no caer desamparados ante el mismo.

Y él... ¿También estaba congelándose? Sin duda sus ánimos iban perdiéndose comos los copos de nieve sobre sus gélidos iguales. Uno a uno, poco a poco, se iba desvaneciendo su fortaleza. Pero reacio a aquello, seguía esforzándose. Aún estaba vivos. Aún podían seguir intentándolo.

Ese día, se había tomado el atrevimiento de salir fuera, al crudo exterior en busca de algo que poder llevar a los subterráneos de las minas donde la gran parte de la población superviviente de Mitgard malvivía con desesperación. Las provisiones de comida eran pobres, y eso el Hersir lo sabía bien. Lo único que podía hacer en esos momentos era tomar las riendas de la temeridad y atreverse a salir al exterior a pesar del peligro que ello conllevaba. Aprovechando las salidas exteriores de las minas que quedaban lejanas al templo, cubierto con una densa capa blanca, cubrió sus rojizos cabellos con la capucha de piel y, camuflándose con el níveo paisaje, avanzó con el mayor sigilo posible.

Presas... Conocía todos los trucos necesarios para poder acechar a una presa. La vida se había encargado de enseñarle por obligación a ello. Recordaba muy bien los motivos por los que aprendió a cazar. Y, de nuevo, la vida le mostraba las pruebas que tenía que realizar para seguir adelante. De nuevo tenía que recurrir a esos 'trucos', a esa vida.

Huellas marcadas en la nieve. Recientes, sin estar emborronadas por los copos que caían, lentos pero sin descanso. Estaba cerca... El silencio acompañado de la brisa fue roto por un claro crujido. Uno que Arngeir captó perfectamente. Su rostro se alzó, sus orbes agudos y filosos de color dorado rastrearon a su alrededor en busca de algún cambio que pudiera haberse realizado en el paisaje. Un mínimo cambio... Un leve susurro que el bosque pudiera chivarle en la ladera de la montaña. Ah... Ahí estaba.

Su mirada se entrecerró, grabando en su retina el leve movimiento de uno de los árboles más cercanos. Un ejemplar joven, pero ya suficiente alto para ser visible. Podría ser culpa de un ciervo al frotar su cornamenta contra el tronco, las pisadas indicaban ese tipo de especie... Todo encajaba... Sería suyo, podría aprovecharse muy bien una presa de tamaño medio/grande, aunque... no serviría para mucho más que para un par de días apurando mucho. Y aún así... ¿Qué otra opción tenía? Bajo la densa capa asomó el arco firmemente sujeto por la mano izquierda del general, mientras la derecha tanteaba en el carcaj en busca de una flecha. Poco a poco, amortiguando en un lento paso el crujido de la nieve bajo sus gruesas botas, se fue acercando hacia el árbol que ya solo se agitaba por la inercia que había tenido anteriormente. Ahí estaba... El pelaje pardo grisáceo del robusto ciervo se veía entremezclado con el blanco de la nieve y los tonos oscuros de los troncos de los árboles. Aprovechó la situación del viento que iba a su favor para acomodarse cerca de un árbol. Su posición era correcta, en el punto ciego del mamífero.

Su aguda mirada se clavó como si fuera la mismísima flecha en el cuello del animal, sabiendo el lugar donde atinar. El arco se alzó, la flecha ocupó su lugar debido. La cuerda tomando la tensión como de un efectivo tendón se tratase. Respiración lenta, desapareció unos instantes en el pecho del pelirrojo mientras su concentración aumentaba en busca de un certero disparo. No tenía más oportunidades. E incluso de tenerlas, era preferente pensar que no se tenían.

Silencio. La cuerda se tensó más. Sus ojos dorados como el oro pulido se entrecerraron. Era suyo.

Pero de golpe un nuevo ruido causó que todo se volatilizara. Y de volar iba el asunto, porque el sonido era sin lugar a dudas aire. Como el sonido de unas grandes alas batiendo una guerra contra el viento para anteponerse al mismo. Ah... un ruido igual había escuchado cuando aquellos dos abismales dragones habían estado peleando durante la guerra civil de Mitgard. Inquieto ante lo que aquello podía conllevar, cubrió más su rostro con aquella nívea capucha, retirando tanto el arco como la flecha de la vista, y esperó a que el sonido se alejara. Para cuando volvió a mirar, el ciervo ya no estaba allí. Y ahora, quien se sentía la presa era él. Presa del terror que implicaba la dirección que el sonido revelaba. Se dirigían hacia el templo.

Apresurado, ignorando el sigilo por el bien de ganar velocidad, apremió el paso a volver hacia las entradas secundarias de las minas para poder acudir rápido hacia el templo de Forseti. Por lo más divino de su Dios, que no les ocurriera nada a esas gentes...

Cuando llegó a las minas, la gente ya estaba advirtiendo del sonido que se estaba produciendo desde el interior del templo. Habían accedido al altar... Con el frío aún invadiendo sus extremidades, fue hacia las entradas ocultas que daban acceso a las salas secundarias del templo, donde los guardias estaban puestos junto a las entradas en una clara emboscada en caso de producirse. Y ahí, el eco de los pasos metálicos sobre la piedra se escuchó. Alto y claro, en un calmo paso. Eso era extraño...

Casi perpendiculares al altar estaban los accesos a las salas secundarias. Y ahí, en el lado derecho, se posicionó al amparo de la oscuridad Arngeir. De nuevo, el arco fue alzado, la flecha posicionada, y la cuerda siendo tensada con un suave rumor. La figura desconocida se hizo parcialmente visible. Y sin dudar en su tiro, la flecha se lanzó, rauda y precisa, hacia la figura de claros cabellos, la única dentro del templo. Pero no llegó a atinar, y no era tampoco su objetivo, si no advertir. La flecha pasó a escasos milímetros de la cabeza de la joven.

Por lo que habían logrado ver de las reacciones de los emergidos, el mero aviso hacía que reaccionaran violentamente y se apresuraran a atacar. Si esa persona no reaccionaba así, podía indicar que no era parte de aquellas extrañas tropas. - Haznos saber tu procedencia y el porqué estás aquí. De lo contrario... - Segundo factor que habían planeado utilizar: habían comprobado ya con la experiencia que los emergidos no entablaban ningún tipo de conversación. Y aunque por ahora en el templo no habían tenido ningún tipo de percance, no se podía saber a ciencia cierta el porqué. Y el estado de alarma estaba siempre activado. Junto al aviso realizado por la grave voz del Hersir, el nuevo sonido de la cuerda al ser tensado se hizo presente, mucho más fuerte y con una nueva flecha posicionada. Los guardias, por el contrario, tenían sus armas en las manos, preparados para atacar en el momento que fuera preciso.

Ese día, podía ser un día que estableciera un cambio en la situación de Mitgard. Un cambio grande, notorio. Pero, en el presente, todo estaba aún por suceder.
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Mensaje por Alice Schuberg el Lun Sep 24, 2018 7:33 pm

El silencio de la capilla sólo era enturbiado por el lejano susurro del viento de la montaña golpeando el portón de la entrada. El aire era capaz de entrar a través las rendijas que separaban la madera del suelo y su vibración se materializaba en un silbido frío y débil que recordaba a la menor de la familia Schuberg la crudeza de la intemperie que le esperaba cuando abandonara el lugar de culto. No podía decir que fuera inesperado, y tampoco insoportable, después de tantos años volando a alturas similares en Silesse y Mitgard ya estaba más que acostumbrada a aquellas inclemencias. No obstante, la ausencia de respuestas sobre la situación del país y su familia conseguía arrancarle temblores más fuertes que caerse en un lago helado. No haber encontrado ni un alma en su camino hacia el templo le había dado una esperanza de que encontraría a alguien dentro, mas había quedado erróneamente aplastada por el claro abandono de la gran sala y sus exteriores. No había rastro de calor más allá de la mejora en la sensación térmica por resguardarse del viento. A parte de eso, nada.

Lo que Alice no sabía era la existencia de túneles secretos que conectaban el templo con la base de la montaña, un recurso que la resistencia mitgardiana había aprovechado a la perfección para engañar a cualquiera que pudiera acceder por la supuesta única entrada, incluso pillaron desprevenida una ciudadana de su misma nación. La oscuridad camufló el entornar de la puerta mientras que el viento del exterior hizo lo propio con los sigilosos movimientos de las cámaras laterales. Para mayor inconveniencia de la que sería emboscada, la poca luz que entraba desde el exterior provenía de una cristalera dispuesta a iluminar una pequeña zona, donde el altar era nuevamente el elemento central. Aquella entrada leve de luz hacía que fuera imposible distinguir nada que se alejara de ese punto, además, el reflejo que daba su propio cuerpo y armadura la hacían completamente visible para aquellos que acechaban en las sombras.

Cuando la inquina de Alice hacia la estatua de Forseti estaba a punto de incendiarse, la aparición de un proyectil no previsto provocó que sus dudas trascendentales quedaran relegadas a un segundo plano. Con su mirada aún centrada en la contemplación de la estatua a la deidad del viento, pudo distinguir en el extremo izquierdo de su campo visual cómo un proyectil se cruzó de izquierda a derecha sin que ella pudiera prevenirse de tan peligrosa trayectoria. Antes de que siquiera empezara a retroceder el extremo puntiagudo y metálico pasó rozando su mejilla derecha, la ráfaga de aire que siguió a la saeta golpeó su pómulo y agitó violentamente su largo mechón dorado, que cerca estuvo de quedar cercenado. La reacción de la jinete de pegaso llegó con un ligero retardo en forma de una profunda inspiración de sobresalto y con su instinto obligado a retroceder un paso con cada pierna. En menos de un segundo había recuperado el aliento y sin mediar palabra desenfundó la espada, cortando un silencio que aún estaba recuperándose del eco que produjo el golpeo de la flecha contra la pared de piedra del templo.

Las dos salas secundarias del templo estaban dispuestas de forma simétrica y dibujando un ángulo de ciento veinte grados equilibrado con respecto al pasillo principal. Alice, como no, encaró con su arma ya empuñada la habitación que quedaba a su izquierda, aquella de donde la flecha había procedido, amparada por las sombras. La supuesta agresión había sido convenientemente imprecisa, demasiado en realidad, que dejaba claro de el hombre que entonces exigía explicaciones a la Schuberg sólo sería un enemigo si Alice le daba motivos para ello. El desconocimiento sobre accesos secretos al templo seguía patente, por lo que ella sólo pudo deducir que eran un pequeño grupo que llevaba escondido en las recámaras durante varios días a juzgar por lo impoluto de la entrada. Quien los dirigía, como mínimo, era lo suficientemente inteligente como para hacer pasar a todo el mundo desapercibido, y una integridad considerable teniendo en cuenta las circunstancias del encuentro. Si por él fuera, ella habría caído inerte con una flecha atravesando su cabeza; sin embargo, tan sólo inquiría mientras preparaba un nuevo tiro, el cordel de su arco emitía un inconfundible sonido al tensarse.

- No tengo tiempo para esto. - Respondió con una seriedad inmutable, aún a riego de llevarse un flechazo por la negativa. Pensó en esa posibilidad por un instante, y en cómo su dudosa suerte la separaba de las garras de la muerte, dejando el amargo consuelo que otorgaba el dolor incisivo de las heridas tras cada combate. No podía imaginar una muerte más compasiva que aquella que ni siquiera vería venir, pero temía suficiente las consecuencias para con su familia como para que no la deseara. Acallando la transitoria congoja del inicio, empezó a alejarse del altar en dirección al acceso de la recámara izquierda, siguiendo un patrón de pasos similar al que tuvo a su llegada, pero esa vez enarbolando su espada con su brazo semi-extendido, de forma paralela a su tronco. A medida que se alejó de la tenue luz, sus ojos empezaron a adaptar su espectro visible y comenzó a distinguir una multitud de figuras en la penumbra. Más de las que esperaba en un principio, pero, la idea de un pequeño grupo de refugiados aún era posible.

Esperaba una segunda advertencia, o algo peor, mas no llegó ninguna represalia por su negatividad pasiva. Supuso que sólo necesitaban confirmar que no era una emergido, o el simple acto de acercarse lo tomaron como un gesto de darse a conocer, fuera como fuera, a ella le interesaba no enredarse con distancias prudenciales y palabrería innecesaria. A medida que las distancias se acortaban, ella podía distinguir más detalles de los que esperaban al otro lado, tales como altura, ropa, y la silueta de las armas que ahora mismo sostenían. Pero lo que más información le dio, más recuerdos despertó, fueron los colores. Rojo, tan intenso como la sangre arterial o el hierro comenzando a fraguarse en una forja, hizo que rememorara precisamente sus primeras vivencias de Mitgard. Recordaba el doloroso contraste de temperatura con respecto a Renais, tan intenso y cortante era el frío que no pudo evitar acercarse a la herrería que había en su pueblo. El calor infernal de las ascuas se volvía agradable a una distancia prudencial, y desde ese mismo lugar -privilegiado- se quedaron grabadas la imagen que ahora se presentaba tantos años después. Sus labios se separaron por la impresión de encontrar una cara conocida, y después se cerraron con la impotencia de haber desvelado un vago sentimiento.

- Sabes perfectamente por qué estoy aquí, Arngeir. - Añadió cortantemente tras el silencio. A fin de cuentas, su trato fue poco más que circunstancial aún cuando vivieron en el mismo pueblo. Él a los meses dejo de trabajar en la herrería y desapareció, mientras que Alice se alistó como jinete de pegaso poco después. Aparte de un nombre que a duras penas recordó, él era un desconocido a sus ojos, y recordar su rostro sólo suponía un atisbo de esperanza de encontrar a su familia, combinado con la frustración de que no llegaran a ser ellos los que esperaban al otro lado de la puerta. De todos modos, sus padres sólo tenían conocimiento de esgrima, nunca los imaginarían tirando con arco, menos apuntando a su propia hija.

Siguió acercándose, con pasos mas cortos pero rápidos cada vez, hasta plantarse cara a cara con el “hijo del herrero”. La barrera física también fue rota en cuanto empujó el hombro derecho de Arngeir con su mano para hacerse un hueco y pasar sin mediar ninguna otra palabra. La situación habría explotado de no ser por que ella previamente había enfundado la espada cuando reconoció a su general. Sin saber cómo reaccionar, se hicieron a un lado y la dejaron pasar, aún cuando había apartado con cierta brusquedad a su superior.
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Mensaje por Arngeir el Miér Oct 10, 2018 4:42 pm

Lo ideal hubiera sido el poder proveer de mayor espacio y comodidad a los sobrevivientes de todo aquello dentro del templo, y de hecho, eso hubiera sido esperable viendo las proporciones de la edificación y todas las posibilidades que les otorgaba. Pero... a la vez, con aquello, quedaban expuestos. Muy expuestos. Por eso, el Hersir había preferido sacrificar la comodidad de sus 'protegidos' por un plus de seguridad al dejar el templo en un estado de abandono vital como aparentaba ser y, al parecer, había logrado su objetivo: pillar desprevenidos a aquellos que pudieran entrar en las instalaciones del edificio de piedra como era el caso de la fémina que, advertida por aquel proyectil, estaba ahora en posición de defensa por claro motivo.

Pero el escucharla hablar fue un alivio tanto para él como para los guardias. Eran pautas sencillas, pero útiles con respecto a cómo actuar frente a una figura desconocida en una situación de riesgo como aquella acontecida por esa banda de monstruos que habían sido los culpables de todas las penas de Mitgard. No permitirían que de nuevo fueran a masacrarlos. Los bosques aún mostraban la crudeza de aquella injusta guerra, con los cuerpos colgando de gruesas ramas como si de advertencias congeladas por el gélido clima se trataran. Era cruel, ver cómo los cuerpos no desaparecían si no que se conservaban con una capa de escarcha... Pero no tenían muchas ocasiones de permitirse liberarlos y darles un digno funeral o como mínimo una sepultura para que los ávidos cuervos y carroñeros no atacaran las partes más débiles de los cuerpos.

Por ese alivio sentido, fue que no respondió a aquella tosca respuesta que la joven les estaba dirigiendo, simplemente hizo descender su arco, y más cuando pudo reconocer ya nítidas las facciones de la fémina ataviada con una lustra armadura. Reconocía a aquella chica... Sí, la conocía de algo, su memoria le hacía dudar en ese momento hasta que su aguda mirada captó también la sorpresa en los gestos faciales de la de cabellos dorados, y escuchar su nombre ser pronunciado por la voz de ella confirmó que sí era conocida para Arngeir. Y ahí, también, fue cuando fugaces imágenes pasaron por delante de sus ojos. Recordaba a una muchacha, de grandes ojos azules como el cielo que pocas veces se veía libre en las Tierras del Norte, y que aprovechaba el fuerte calor de la fragua para entibiar su cuerpo. Una extranjera... Una muchachita procedente de más allá del océano. Los recuerdos de la infancia de Arngeir no eran malos, pero... Esa etapa fue importante, ya que fue cuando decidió tomar las riendas de su destino para encaminarlo a un nuevo cauce diferente al que el oficio de su familia le dirigía. La recordaba, mas no por tener un gran contacto, pero sí por las circunstancias que fueron posteriores, pocos meses después. Pues las noticias en un pueblo volaban como cenizas frente a un vendaval, y supo también de oídas que ella se había ido, mas la familia Schuberg seguía allí. Y habían seguido teniendo un cordial trato mientras comerciaban, de ahí que ambas familias se conocieran. Pero Arngeir había tomado la espada por el bien de sus gentes... O eso había pensado que haría. Descubrió que no era todo tan sencillo, que todo estaba lleno de matices que enturbiaban esa idealizada verdad. A base de sangre y calamidad.

Los dorados orbes del Hersir se abrieron sutilmente más cuando dichos recuerdos fueron cruzando fugazmente su mente, pero ante ese golpe sobre su hombro, simplemente soltó una ligera irrisión y dio un paso atrás para dejarla pasar, cerrando sus ojos con resignación acompañada por una pequeña sonrisa. Podía percibir el desconcierto de los guardias que lo acompañaban, pero sabía que no saltarían al ataque así como así, a pesar de las circunstancias. - Veo que el tiempo te ha curtido más de lo que cabría esperar, Alice - Afirmó mientras guardaba la nueva flecha de vuelta a su carcaj y, con ello, acomodaba también el arco en un soporte destinado al mismo en su carcaj. - Ahora ya no tiemblas y lloriqueas - Añadió con cierto tono burlesco, aunque no tardó en realizar un ademán con su mano para indicar que estaba bromeando, quitándole importancia a esa mordaz broma y, sonriendo con un matiz más apacible, le indicó que se detuviera un momento tras posar su mano derecha en el hombro de Alice. - Antes de nada... ¿No crees que deberías hacer pasar a tus compañeros? Dentro del templo tendrán al menos alivio del aire y la nieve. Como has visto, no hay nadie en el templo, por lo que no pasa nada porque lo usen. - Claro, era consciente de que había venido acompañada. Él los había divisado, sabía que sola no había venido, y también le parecía importante que ella lo supiera. Que su respuesta de dónde estaban el resto fuera ambigua era otro tema diferente. Por supuesto que sabía a qué había venido, pero de la misma manera que ella no tenía tiempo para eso, el pelirrojo no podía permitirse acelerar las cosas tal y como estaban. No disponían de las provisiones y de los hombres necesarios para ello. Y era bien consciente, muy a su pesar... Pues Arngeir también tenía su preocupación a flor de piel de continuo. Pues parte de su familia estaba perdida... Y ese retazo de angustia podía apreciarse en sus ojos. Pena que los mantuviera aún cerrados, herméticos.
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Mensaje por Alice Schuberg el Lun Nov 19, 2018 5:43 pm

Por un instante, su mente quiso ignorar la información que podía deducir sobre el interior de la sala y albergar una esperanza de encontrar algo más en su interior. A pesar de que podía verse que la misma penumbra del salón principal también se colaba a través de la puerta entornada, Alice se encaminó decidida una vez había salvado el inconveniente obstáculo con nombre propio, el cual se tomó la libertad de ofrecer un comentario que se clavó en ella como un puñal en su espalda. Más que por la crueldad de sus palabras, la veracidad de las mismas: Él la conoció tangencialmente, cuando su cambio repentino de ambientes la sobrecogía más que herirla y se podía tomar la libertad de autocompadecerse por condiciones tan adversas. Bueno, en realidad no dejó de hacerlo, mas la vida le mostró una faceta aún más cruel que la anterior, sin tiempo suficiente para que se repusiera de las heridas abiertas entre los golpes. Necesitaba que, por una vez después semanas de infierno en Silesse, encontrara signos de esperanza, mas el mismo vacío que halló en la costa lo encontró en la diáfana sala lateral. Y para colmo, estaba él, malgastando su energía en palabras banales y bromas de dudoso divertimento. No se giró por completo para encararlo, sólo lo suficiente para clavarle una mirada con su ojo sano, dudando si debía ceder a su rabia y responderle de alguna forma.

El momento se desvaneció con el ademán del pelirrojo con su brazo. Pudo diferenciar cierta amabilidad en sus facciones una vez finalizó con su burla, pero no le dio la importancia, volvió su vista al frente intentando entender qué era lo que estaba haciendo el grupo de soldados allí. No podía ver provisión alguna, tampoco signos de que hubieran levantado un campamento, lo que despertó dudas de donde tenían todo, que a su vez culminaba en la incongruencia de preparar una emboscada desde una sala sin vía de escape. Nada llegaba a cobrar sentido, y la presente oscuridad tampoco ayudaba a sacar ideas en claro. En esa vorágine de preguntas sin respuesta llegó el acercamiento de Arngeir. Su cuerpo se tensó, como si inconscientemente esperara malas noticias con aquél contacto en su hombro, el movimiento del brazo en alza amenazaba con recuperar su espacio vital pero finalmente quedó en un amago. Lo escuchó, el pobre ofrecimiento le resultó insatisfactorio, pues su único objetivo era el de ganar unos minutos antes de tratar el asunto importante. - Ellos no son mis compañeros. - Sentenció cortante y inusual frialdad. - No son importantes. No vamos a quedarnos aquí, menos sabiendo que no hay nada.

El contacto finalizó por si sólo cuando se dispuso a dar media vuelta, con la desilusión de no haber hallado lo que más ansiaba, una decepción que empujaba aún más su preocupación y que se filtraba a través de un rostro compungido por la ansiedad de la incógnita. Dirigió su vista al rostro del hombre, hallando más frustración por no poder enfrentar sus orbes dorados con su mirada manchada. Dedujo indisposición aún cuando no pasó ni un segundo de aquél momento, inspiró hasta que sus pulmones no pudieron más, mas la congoja no desaparecía. - Pues bien, empiezo yo. - Espetó, seguido de un suspiro intranquilo. - Ha venido ayuda desde Silesse, nos dirigimos a la capital. - Su explicación quedó impersonal, con el objetivo de no perder tiempo en detalles que no importaban entonces. Lo primordial había quedado claro: Refuerzos y objetivo. Alice esperó la primera reacción de Arngeir, pues el pueblo de ambos y sus respectivas familias estaba a mitad de camino. Analizó cada detalle para poder sacar en claro qué había ocurrido en Mitgard, de forma no verbal, mas llevaría su interrogante al plano sonoro. - Donde está todo el mundo, Arngeir. Silesse ha pasado por un infierno con los emergidos, los ha retenido. La mayor parte de sus tropas se quedaron en el país. ¿Como es que no hay defensas en la costa? ¿Qué demonios ha pasado aquí?

Su tono de voz iba agravándose desde el miedo hasta la rabia, pasando por todos los estados intermedios. Sus brazos se mantuvieron tensos y pegados al costado, con las manos en un puño, esperando con evidente impaciencia una respuesta.
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Mensaje por Arngeir el Mar Feb 12, 2019 7:53 pm

Percibió ese gesto casi por inercia de apartarse de la joven, alzando su brazo pero, a la vez, fue consciente de que se detuvo. La actitud arisca, tajante... Era como un animal herido. Y al parecer más de un sentido, pues las palabras que intentaban crear una barrera fueron suficiente para que el propio pelirrojo retrocediera un paso mientras seguía observando con aire crítico a la joven en busca de información adyacente a lo que pudiera estar pronunciando. Así que... no son importantes. No se quedarían si no encontraba lo que iba buscando.

No era difícil imaginar el objetivo al menos de ella, pero a la vez seguía predominando la precaria situación y, por ello, él tampoco podía permitirse dar un paso en falso. Necesitaba saber en la misma medida que ella parecía necesitar también saber. Y por eso era que mantenía silencio, un denso silencio que no se rompió de ninguna manera hasta que las preguntas resonaron con un suave eco en la sala, percibiendo como un irónico alivio lo referente al apoyo que al parecer Silesse estaba dándoles ahora. Y aun así... No podía culparlos. No podía decir nada en contra. No habían tenido ocasión siquiera de poder pedir ayuda... ¿Qué demonios había pasado...? Una leve curvatura de los labios del pelirrojo fue la reacción a aquello. Una inquieta sonrisa, casi hecha por acto de defensa, se plasmó en sus facciones antes de suspirar ligeramente, pasando a cruzarse de brazos y girando lentamente hacia lo que parecía ser la nada, pero de nada tenía muy poco, pues bien sabía a dónde se dirigía: a una amplia piel de oso curtida y marcada por diversos trazos y escritos colgada de la pared.

- Se nota que no has recorrido los bosques... - Murmuró. Esa mención hizo que los dos guardias también recularan un par de pasos, desviando sus rostros contraídos en sendas muecas de angustia. Incluso uno de ellos dejó escapar un pequeño gruñido que no era más que un agónico quejido ante el recuerdo de todo lo que había ocurrido. Y Arngeir no podía culparlos de ninguna forma. Él mismo estaba manteniendo su temple a duras penas en ese momento solo por la idea de tener que explicarlo, y por ello rememorarlo. Extendió su mano, soltando una de las zarpas de aquella piel curtida pero que mantenía sus garras intactas. Y a medida que lo retiraba, una suave luz, cálida, indicante de fuego, fue asomando dejando ver la entrada a un hueco de tamaño medio, suficiente para que una persona pudiera pasar agachándose un poco, que rápidamente se hundía en la tierra con una brusca bajada solo salvable por los toscos escalones que poseía.

- Ahí están - Le informó, indicando con un único gesto de su mentón hacia dónde se refería. - Los pocos que han sobrevivido y hemos encontrado por ahora están aquí, en las minas... - Su voz, aunque en primera instancia pareciera serena, tenía un ligero temblor en el trasfondo de la misma. Y ahí, alzó su rostro para dirigirlo hacia la joven Schuberg, entornando su mirada al apreciar la amalgama de sentimientos que la turbaban. Lo entendía... Lo comprendía perfectamente. - ¿Podéis ir a buscar hombres para un pequeño grupo de caza? - Podía parecer inesperada esa orden camuflada en pregunta, pero tenía mucho más sentido del que pudiera parecer, aun cuando ambos hombres miraron con consternación al Hersir. - No tenemos muchas provisiones, y parece ser que esta noche podría haber tormenta... Aprovechemos las pocas horas de luz y que están despejados los alrededores. - Solo esas palabras hicieron que ambos hombres se pusieran rápido en situación y, tras asentir con firmeza, colarse por aquel tosco agujero, desapareciendo rápidamente por el mismo debido a la angulosa inclinación de descenso que poseía.

- No están aquí - Unos segundos de silencio fueron suficientes para romper el hilo de la conversación, y la seriedad con la que fueron pronunciadas esas tres palabras era casi palpable. Giró un poco sobre sus talones para encarar la figura de la fémina, mirándola fijamente durante esos momentos. - Aunque me encantaría decirte que están aquí, seguros y resguardados del frío y del enemigo, no es así. Pero al menos puedo decirte que siguen apareciendo supervivientes, y que no hemos encontrado sus cadáveres por el bosque. Eso es mayor consuelo del que te puedes pensar en este momento... - Ahí desvió su rostro, entrecerrando sus orbes con su ceño ligeramente fruncido. Sus dedos se cerraron con fuerza sobre el contorno de su brazo al estar cruzado de brazos como un mudo gesto de contención. Ella no era la única que había perdido seres queridos en aquello... Y aun así, confiaba en sus propias palabras, en ese 'consuelo' que le estaba dedicando también a la jinete de pegaso.

Pero prosiguió, ahora que había empezado no iba a dejar cosas en el limbo: - No estábamos preparados para una guerra así... Después del Golpe de Estado, no estábamos en nuestro mejor momento para recibir a unos enemigos como lo son esos... seres. Sitiaron todos los puntos portuarios, destrozaron los puertos y embarques... No había manera de salir de la isla sin ir a un suicidio seguro. Y encima... Los bosques... - Cerró sus ojos con fuerza, tensándose su mandíbula. - ...Esos desgraciados... Los han usado como despensa... Cuelgan los cuerpos de las ramas...

Tomó aire, como si eso fuera un llamado a invocar de nuevo el temple que había estado intentando mantener durante ese tiempo nefasto. Y ahí, volvió a abrir sus ojos. La veta dorada quedó sutilmente iluminada por el cálido fulgor que procedía del hueco de la pared que dirigía hacia las minas. - Pero sabemos que siguen habiendo pequeñas resistencias en algunas aldeas y pueblos. Supervivientes que han llegado hasta aquí nos lo confirman, pero... No tenemos suficientes combatientes como para hacer una expedición a las aldeas sin ser emboscados. Por eso no hemos podido ir... aún... - Remarcó a conciencia ese 'aún', como un aviso al futuro.
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Mensaje por Alice Schuberg el Jue Mayo 02, 2019 12:45 pm

El acto de Arngeir manteniendo un dudoso temple con el que demoraría la respuesta que exigió la jinete de pegaso encendió la mecha de su paciencia. Aún con toda la angustia, el hombre de cabello bermejo estaba aproximándose a un límite peligroso en el que las buenas formas de la mujer se tornarían en una agresividad que él nunca había visto. Alice estaba dispuesta a arrancarle la información si fuera necesario, por cualquier medio, para al menos tener una primera impresión de qué había pasado en Mitgard, a qué se estaban enfrentando. Mientras hacía lo posible para no exteriorizar su enojo, Arngeir logró vocalizar sus impresiones. Un comentario inútil y trivial, como había sido su conversación desde el inicio, pero hubo algo que llamó la atención de la soldado. Se acercó a un mantón de cuero colgado del muro de piedra, ella siguió sus pasos con un deje de duda y confusión, dejando un sutil aumento de la distancia entre ellos. La piel estaba opacando un zulo que llevaba hacia el interior de la montaña, de la cual llegaba la luz remanente del túnel, que arrebató la penumbra a la sala en la que se encontraban. Los pocos segundos de inspección del camino subterráneo le llevaron a la conclusión de que no era lo suficientemente sofisticado para tratarse de un pasadizo secreto del templo, pero tampoco parecía un escondite improvisado. La sorpresa y la duda se arraigaron y la dejaron sin palabras por unos segundos, hasta que el Hersir dio más información de a donde llevaba el pasadizo.

Necesito unos instantes adicionales para asimilar aquella amalgama de sentimientos ¿Por qué no había empezado por ahí? Parecía que el herrero del pueblo estaba quedándose con ella, haciéndola sufrir innecesariamente, mientras le ocultaba el escondite de los supervivientes. Pero no. Aunque deseara haberlo imaginado, Arngeir le había dado información desalentadora en su última frase. “Los pocos que han sobrevivido” Fue como si las palabras se arremolinaran en el corazón y se lo aplastaran, provocando un suspiro de lamento que fue incapaz de contener. No hizo ni dijo nada, solo se quedo inmóvil, con una mueca de preocupación y frustración, mientras el hombre daba algunas indicaciones a sus soldados. Estos desaparecieron al mismo instante que entraron en el agujero. Entonces, sin ni siquiera mirarla, le arrojó una realidad que rompió su compostura. Ya era difícil para ella aguantar la situación como para que le arrojaran esas tres palabras a traición, la impresión de aquella confesión se agravó por la frialdad con la que la hizo. Hizo el amago de dar un paso hacia atrás y acabó tambaleándose por el vértigo, alejándose más de lo que necesitaba y provocando una sucesión de cuatro pasos metálicos que resonaron en las cámaras diáfanas.

Si su intención era la de aturdirla, lo había conseguido. El Hersir aprovechó el silencio de la mujer y siguió dando más detalles de lo que había ocurrido. Alice lo había interpelado para que lo explicada, pero el mero hecho de ver sus facciones era suficiente para saber lo que diría. Todo lo demás eran detalles que debía saber aunque no lo deseara. Si todo su cuerpo le temblaba del disgusto desde que sabía que sus padres estaban desaparecidos, la realidad que plasmó Argeir dio el empujón final para romper el llanto de la dama de cabello dorado. Unas lágrimas de desesperación, pero mudas. Cuerpos colgados de arboles por todo el bosque, visualizar aquella imagen le arrebató el poco color que tenía su piel albina. Alice se pegó el puño derecho a su armadura, a la altura del esternón, con el fin de calmar la agitación de su pecho. Necesitó unos instantes para calmar su respiración, mientras la otra parte terminaba de hablar, dando un tinte de esperanza a la horrible situación en la que se encontraban. - Ya veo... Eso es... Horrible. - Respondió con la voz tomada, mientras secaba los surcos de lágrimas de su mejilla izquierda. - Eso es todo lo que necesitaba. Ahora se a qué nos enfrentamos. - Declaró, rehuyendo la mirada de aquellos iris rojizos, mirando de reojo el acceso a la cámara central del templo. Si todo lo que había dicho era cierto, debía apresurar cuanto antes el avance hacia la capital de Mitgard. Pero tenía que hacer algo antes. - Hemos asegurado la costa más próxima a Silesse, estamos montando un campamento base allí para acoger a los supervivientes. Informaré al resto, con algo de suerte, esta será vuestra última noche en aislamiento. Aseguraremos una vía segura entre el templo y la costa para que podáis reubicaros. Después, será decisión de cada uno: Esperar, luchar, o emigrar a otra tierra... - Divagó, con la mirada perdida en ninguna parte. Su familia era lo único que la retenía allí. Después, no sabría exactamente que hacer, le daba igual a donde ir siempre que fuera con ellos.

- Arngeir, voy a ir a buscarlos. Al pueblo. Tu mismo lo dijiste, aún aparecen supervivientes en el bosque, ¿verdad? Ya sea allí o a mitad de camino, liberaré cada villa que nos separa, aseguraré cada camino, peinaré el bosque entero si hace falta. No voy a descansar hasta encontrarlos, aún no es demasiado tarde.
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Mensaje por Arngeir el Jue Jul 11, 2019 8:05 am

La voz rota de la fémina de áureos cabellos hizo que la mirara unos instantes. No con pena, si no con empatía. Sabía bien qué estaba sintiendo, comprendía su angustia, el peso en sus hombros y pecho que le robaba el aliento. Lo entendía tan bien... Porque a él le ocurría lo mismo. Y si se cubría de una armadura fría era solo para poder tolerarlo. ¿Cómo si no iba a decir todo aquello sin recordar todo el horror que supuso aquello si no lo 'mataba'? No quería ser cruel, no era para nada su intención. Pero tampoco quería camuflar la verdad. De igual manera que a él las circunstancias no le habían ocultado nada.

Pero la vaga intención de esperanza que había intentado poner, forzándose también al creérsela, fue reforzada por las palabras de ella. ¿Habían logrado tomar una costa? Eso era una noticia inesperada, aliviadora y angustiosa a la vez. Porque... sabía que mucha gente había aprovechado el comercio aún existente antes de la desastre para huir de Mitgard antes de que cualquier posible salida hubiera sido cerrada. Pero también bien sabía que todos los que se habían quedado en las frías Tierras del Norte eran gente nativa de las mismas. Tontos pero fieles a su patria... Eso había sido su condena. Él también estaba en esa condena. Se había quedado... Incapaz de abandonarlos, incapaz de ceder aun sabiendo que tenían las de perder. Aún sabiendo claramente que eso podía ser su final, literalmente. Y no era por intentos... Sin nadie que liderada a los sobrevivientes, sin tropas que poder mover... No quedaba otra que exponerse. - ¿Habéis logrado asegurar una costa entera? Pero... ¿de cuantos activos disponéis? - La pregunta tenía más sentido de lo que pudiera parecer, pues era consciente de que esas zonas estaban repletas de emergidos dispuestos a no dejar entrar ni salir. Una ayuda podía ser buena... Pero lograr montar un campamento base en la costa era una especie de milagro. Y ahí, la sorpresa del pelirrojo se hizo presente mientras daba un paso al frente, hacia ella. Una grata sorpresa en una amalgama de malos sucesos.

Pero se detuvo, volviendo los pies a tierra cuando escuchó lo que pretendía ella. Esa declaración de intenciones, clara y desesperada. Tanto que sonaba a un temerario ataque, a un ataque suicida. Y con eso mismo, emociones encontradas se cruzaron. Porque por una parte, su corazón le decía que sí, que se abalanzara. Él también había dejado atrás a su familia... Sus hermanos pequeños... su querida madre... Eran responsabilidad suya ahora que nadie quedaba, que su respetado padre y su hermano mayor no estaban con ellos... Los había intentado cuidar, mantener. Para que todo quedara tirado por la borda con aquel asedio de los emergidos.

Respiró hondo. Necesitaba recuperar la calma. Una que hacía mucho que no sentía realmente.

- Siguen apareciendo supervivientes, pero... - ¿Pero qué? Era obvio lo que quería indicar con aquello: estaba arriesgando mucho con aquello. Sonaban tan fuertes esas palabras que casi parecían un espejismo. Quizás fuera porque él estaba siendo pragmático al respecto, porque sabía lo que había kilómetros más adelante. Alzó su mano enguantada para retirar los rojos cabellos hacia atrás en un gesto por inercia, ladeando un tanto su rostro con resignación. Iba a dar igual lo que dijera... Peor. ¿Cómo iba a convencerla de lo contrario cuando él mismo estaba deseando correr al pueblo? - ¿Cuál es tu plan entonces? Con respecto a llegar hasta el pueblo. ¿Dispones de suficientes soldados para poder ir? Movilidad veo que tenéis, tal y como habéis llegado hasta el templo.
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