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Mensaje por Khigu el Jue Ago 30, 2018 1:32 am

La corriente de frío que recorrió el valle no inmutó el ánimo y las ganas ardientes de pelear de la mujer de cabello níveo. Allí seguían, a veces ella gruñendo a medida que peleaba, si bien era porque aquel hechicero no dejaba de jugar con su cabeza, o porque de aquella manera aguantaba el dolor de sus heridas aún abiertas.

- ¡Cazo de todo, sí! Desde las escamas más duras de sacar, hasta sus escondidas vesículas. ¡No hay criatura que se me resista! -comentó orgullosa, se había acostumbrado tanto a pelear contra animales salvajes, bestias enormes, que tan sólo mencionarlo era como una manera más de sentir lo fuerte que era. Y eso le gustaba.

Pero enseguida se le había borrado la sonrisa. - Oh... no. -negó, algo desanimada. Importante ella... já.- Eeen absoluto. -Al menos, en su tribu, eso funcionaba de distinta manera. - ¿Uh? -preguntarle... ¿a ella? - Cada tribu nómada es diferente. -era la respuesta corta, él había generalizado y ella no podía contestar por toda Sacae. Aún así, le seguía extrañando que no sintiese alguna clase de rechazo por ella, aún si por lo general, era una nómada, cuanto menos.

Pero había conocido ya a otra nómada... así que supuso entonces que si no se mostraba molesto hablando de ello, entonces definitivamente no tendría nada en contra de ellos. Ese "juicio" externo era tal vez lo que unía a todos los nómadas de Sacae. Extraño, por su parte. Gente tan "refinada" como los magos solían ser los primeros que echaban peste sobre ellos. - Bueno, a los nómadas normalmente no nos gusta dar información a extraños. -cosa que era normal, teniendo en cuenta el trato que les daban.
Pero, ya que era una de esas poquísimas personas que tanta curiosidad sentían por ella, de esas que contaba con una misma mano, tal vez hiciera una excepción con él... Además, ¡él le había enseñado cosas a cambio!

Bueno, antes de eso, tendrían que acabar con los emergidos que quedaban. - Por cierto; recuerda mi nombre, a secas. Ni señorita. Ni dama. A ver si te queda claro, PIMPOLLO. -replicó con un gruñido, aunque de buen humor. Pero detalles como aquellos le hacían recordar al habla que usaba con el hombre que había conocido en aquellas tierras. Cierto era que se había acostumbrado a él, al final. Pero después de lo que había pasado, sólo las escuchaba como bromas, pues sabía que jamás otra persona la iba a tratar igual. Incluso, veces como esa, le entraba la melancolía, aún si no quería. Además, no conocía de nada al hechicero, de hecho... ni sabía su nombre aún.

- ¿¿AH?? ¡Ni lo sueñes, no soy una "protectora"! -...Sea como funcione eso. Dar la vida por alguien... no era algo que estuviese en su mente, ni en sus ideales. Si moría, era por débil, así que ¿qué punto tenía proteger a alguien de aquel modo? De otra manera también era estúpido, por mucho que ella hubiera muerto en lugar de Guzman... nada cambiaría.
Luchar. Luchar era lo que funcionaba. Y Khigu luchaba por la supervivencia, por la búsqueda interminable de ser más fuerte. Luchaba por sí misma, y si eso quizás implicara luchar "por" una persona... Sólo una jovencita peliverde se le venía a la cabeza. Sólo le quedaba ella, su mejor amiga de siempre. Lyn.

- ¡¡Hmpf!! Cobardes. -Ciertamente, en otra ocasión los hubiese perseguido hasta que no quedase ni uno con vida, pero entonces fue cuando su vista se comenzó a nublar, y justo sus rodillas se desplomaban contra el piso. Su respiración agitada entonces fue notoria, en el silente campo de batalla, el vapor cálido que salía de su boca se hacía de ver debido al clima gélido.
Ademas, su prioridad eran los de Regna Ferox. De esos ya tendría tiempo de rematarlos otro día, si tenían ellos la mala suerte de encontrársela de nuevo.

- Egh... -Buscó con su mano en el bolsito de atrás uno de sus potecitos curativos.  No le gustaba la idea pero era mejor que andar buscando a las curanderas, que seguramente estarían aún más lejos de lo que pensaba. Se desangraba, había usado su amplia estamina hasta el último momento. No le gustaba mostrarse de rodillas en aquella nieve, pero debía hacerlo. Ella no se curaba como ese hombre.

De hecho, su idea no sonaba tan a broma como su vocecilla. Tenia razón. En cuanto se cerrara aquellas heridas superficiales, seguiría por el camino en el que aquellos emergidos habían huido. Entonces, de nuevo en la "tranquilidad" del ambiente, miró al pelimorado.

- Heheh... Oye... hechicero, dime tu nombre. -exclamó, casi como una orden- ¡No muchos han permanecido ilesos más de cinco minutos a mi lado!

Significando aquello, claro, a que eran derrotados por la fuerza bruta de la cazadora.
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Mensaje por Sindri el Vie Ago 31, 2018 3:30 pm

La batalla acabó cuando los Emergidos estuvieron fuera de vista y Sindri se cercioró que no era algún tipo de retirada fingida. Los Emergidos habían usado todo tipo de tácticas militares en el pasado, por lo que esperar una técnica de confusión tan vieja como el mundo no era nada descabellado... pero por suerte el enemigo se batía en sincera retirada y el hechicero pudo cerrar el libro sin temor una vez los enemigos no eran más que puntitos negros en la distancia, contrastando con las blancas llanuras.

Era el momento de abandonar las costumbres barbáricas del combate y dedicarse al noble arte de la conversación pacífica. Seguramente. Quizá. Tal vez.

La mujer parecía extremadamente orgullosa de sus dotes de cazadora, lo que no fue ninguna sorpresa. O tal vez porque era cazadora no se extrañó de su orgullo. Una de las dos. O tal vez las dos – ¡Impresionante, Dama Khigu! Seguro que unos meros Emergidos no fueron nada comparados con esas presas con “escamas duras de sacar”. – mencionó con expresión algo neutra mientras guardaba distraídamente el grimorio en su bolsa. El uso de tanta energía para la regeneración le había dejado el cuerpo cansado y el frío que le entraba por el corte de su ropaje comenzaba a calar en sus huesos de mala manera. No es que hubiera perdido el aire distendido y despreocupado, pero un hastío teñía ligeramente sus palabras y sus gestos – Yo acabé con un wyvern una vez, ¿sabe? Un wyvern bastante grande con su jinete incluido. Más grande que los que uno puede encontrar normalmente. – cazar, él, no cazaba, pero bien que abatir un enorme lagarto con su jinete en las montañas de Bern debía contar para algo, ¿no? Acabar con una criatura grande y peligros que podía dar problemas incluso a caballeros del reino. Pero incluso una liebre en un bosque podía arruinar el día de un caballero con mala vista, ¿cierto? Quizá a la mujer no le impresionaba en absoluto, pero Sindri quería continuar un poco la conversación.

Tras escuchar los pedacitos de información que le había regalado la damisela llamada Khigu, el bibliotecario no pudo reprimir un leve encogimiento de hombros – Sí, me temo que esas dos características de los nómadas impiden un estudio académico de las tribus de Sacae. Lengua, costumbres, creencias, tradiciones… cada tribu es un mundo. De hecho, lo poco que sé con certeza es que no hay dos tribus de Sacae iguales. – no era exageración alguna, los ciudadanos de Sacae estaban muy fragmentados en tribus que no solían tener contacto prolongado entre ellas. Aunque los nómadas solían sentirse más ligados a su tribu que a su país por su modo de vida, por lo que no estaba seguro que considerarlos “ciudadanos de Sacae” fuera muy buena idea – Y, como usted bien dice, además son reacios a proporcionar cualquier tipo de información a gente fuera de su tribu. Por lo que la escasa información que tengo sobre alguna es, cuanto menos, contradictoria y poco fiable. – quizá debía ser él el que tomara la iniciativa y comenzara a hacer un compendio sobre todas las tribus nómadas de Sacae. No es que tuviera mucho que hacer hoy en día, precisamente, por lo que pasear sin rumbo por las planicies de los nómadas tampoco sonaba muy mal plan.

La conversación cambió de tema bruscamente con un gruñido gutural cortesía de una mujer a la que no le gustaban los accesorios en absoluto. El muchacho no pudo hacer más que ladear la cabeza y sonreír, cerrando los ojos momentáneamente – Me temo que eso no es posible, señorita. – su voz era suave y tenía el mismo tono que uno emplearía en una disculpa, pero tras las apariencias había algo más. Acero tras un pañuelo de seda. Una férrea determinación a no dar su brazo a torcer, reforzada por siglos y siglos de… y entonces, una lámpara de aceite se encendió sobre su cabeza – ¿Cómo se lo tomaría usted si yo le pidiera que dejase de llevar a cabo una tradición de su tribu porque me molesta? ¿Accedería de buen grado a mi petición con una sonrisa y rebajando la cabeza?técnicamente, si uno lo veía desde una óptica muy especial y entrecerraba los ojos un poco después de haber consumido una botella entera de bebida espirituosa, podría considerarse que la maraña de reglas y normas de la corte eran una tradición. Una tradición no escrita que se pasaba de padres a hijos y para las que había severas repercusiones sociales esperando los que las rompiesen – Puedo poner lo que quiera delante de su nombre: “Cazadora Khigu” o “Guerrera Khigu” o “Reina de mi vida y de mi corazón Khigu”… ¡Se lo aseguro, lo que usted quiera! Mas no me está permitido pronunciar su nombre a solas. Sería harto irrespetuoso que alguien como yo no vistiera el nombre de los demás con un título, ¿sabe? Especialmente de alguien tan poderosa como usted. – no creyó oportuno citar de memoria la retahíla de reglas que te obligaban a aprender compendios enteros de modales y de honoríficos sólo para poder sostener una conversación de cinco minutos.

De nuevo aquella contestación, que había ocurrido una y otra vez durante el transcurso de la batalla. Que ella no protegía. Que ella no cuidaba de nadie. Que ella no necesitaba ayuda de ninguna otra persona. Interesante, muy interesante. Aquel individualismo era una cualidad muy particular y atractiva, una que despertó el interés de Sindri al momento. Pero necesitaba saber más – ¿Tiene algo en contra de ofrecer protección al prójimo, acaso? Es usted una guerrera formidable y más que capaz en el campo de batalla, por lo que no veo a qué puede venir ese rechazo tan vehemente a ofrecer ayuda a los demás. – no es que él fuera nadie para hablar sobre ello: el hechicero también consideraba la idea de ayudar a los demás sin ton ni son como algo negativo. Quitar un desafío, uno a ser superado con esfuerzo y dedicación, no era más que robar la fuerza y el progreso que la otra persona podría haber conseguido al superarlo. Pero intuía que quizá la mujer no lo vería así – No es un reproche ni ninguna crítica, créame. Simple y llana curiosidad. Mucha gente no siente la llamada del altruismo y del sacrificio, pero usted parece estar en contra de luchar por otros. – o eso le pareció entender a Sindri. Podía estar equivocado. Podía haberlo entendido mal. Pero, sea lo que fuere, ayudaba de nuevo a seguir con la conversación.

Y un momento de silencio se aposentó en el lugar. Un silencio pesado y sepulcral. Incómodo, incluso. Un instante para reflexionar e interiorizar lo ocurrido. Eso era algo muy profundo y filosófico, sí, pero lo único que Sindri podía pensar en este momento era en el frío que tenía. Inspiró. Cerró los ojos. Levantó el brazo y comenzó a trazar en el aire, dejando un reguero de crepitante energía mágica. Las runas bailaron en el aire unos instantes antes de estallar en docenas y docenas de chispitas juguetonas, que se dirigieron al hombro de Sindri. La maldición comenzó a animar las hebras del corte de su ropaje, que se estiraron antinaturalmente y se iluminaron con un fulgor apagado y discreto. Como si una modista apañada hubiera enhebrado aguja e hilo, el tejido comenzó a unirse entre sí de forma rápida y pulcra, primero los lugares menos afectados y, de ahí, trabajó hacia el centro del corte. En un abrir y cerrar de ojos, los ropajes del muchacho quedaron tan indemnes de heridas como lo estaba su hombro.

Una vez no tuvo que invertir más esfuerzo en la maldición, Sindri se dio cuenta que la cazadora no se encontraba en plenas condiciones. No se había desplomado completamente, pero su posición hacía pensar que no estaba así por gusto y el hecho que estaba bebiendo algo que no parecía tener muy buen sabor no hacía mucho más que confirmar sus sospechas. Se acercó con preocupación a la guerrera de Sacae mientras se sacaba el broche de su capa… él había sido la causa de sus heridas, al fin y al cabo – No considere esto como piedad, sino como una disculpa. Y si no quiere disculpas, entiéndalo como algo que le ayudará a estar de caza antes. Otra de mis tradiciones. Por favor, no la desprestigie. – y tras aquellas palabras suaves y diplomáticas, dejó caer con sumo cuidado su capa por encima de los hombros de la señorita Khigu. Quizá no era la capa más bonita del mundo, pero era una pieza de abrigo hecha en Ilia, lo que quería decir que estaba hecha para aguantar incluso los inviernos más fríos de aquella tierra. ¿Que no la quería y acababa en el suelo? No sucedía nada, nadie tenía la obligación de aceptar lo que no quería. Pero él tenía el deber de ofrecer su ayuda.

¿Mi nombre? – preguntó con suma sorpresa, como si fuera algo que no esperaba oír en absoluto. Bien que ella se había presentado (a su manera), pero no creía que tuviera la más mínima curiosidad por alguien como él... más bien que querría saber lo menos posible para olvidarlo cuanto antes. Respiró hondo, dejando que el gélido viento de Ilia entrara en sus pulmones – Mi nombre es Sindri. Hechicero Sindri, si necesita un título. – dio un par de pasos mientras decía eso, apartándose así de la mujer no fuera que le molestara que estuviera cerca de ella durante demasiado tiempo. Dejar espacio vital a las damas era también era uno de los deberes de un noble – Y le aseguro que yo puedo aguantar mucho, mucho, mucho más de cinco minutos… – mencionó con alegría juguetona mientras se daba un par de golpecitos en el lugar donde el hachazo no era más que un recuerdo. Los Magos Arcanos no tenían la fama en el mundo mágico de tener la mayor resistencia por mera casualidad.
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Mensaje por Khigu el Vie Sep 28, 2018 8:52 pm

¡Claro que no tenían comparación!... al menos a las bestias se les podía respetar; los animales no iban llevándose lo preciado de los demás, o al menos no "porque sí". Mientras que los emergidos no lo hacían por la supervivencia, eran una plaga mas inteligentes de lo que parecían, y si tenían otros motivos lo desconocía.

Lo miro curiosa, esa mención había llamado su interés. ¿Un wyvern? Qué casualidad... ¿Lo habría agotado con aquella magia tan rara suya? Aunque, al fin y al cabo, por muy grande que fuera... Por lo que decía, el suyo era uno domesticado, de montura. Aunque estuvieran entrenados para las guerras, seguían siendo mas previsibles y acostumbrados a la presencia de  humanos que los wyverns salvajes, como el que logró cazar ella en su gran prueba. Mas, no por eso le negaría un halago, sólo que... Significa que ella era mas fuerte, a su propio juicio. - ¿Oh, sí? No vi nunca uno en estos páramos. Extraño incluso si dices que son tan grandes... -lo miró una vez mas de arriba a abajo, como buscando algo- ¿Y no te quedaste nada de premio, de recuerdo?... ¿o sólo aprovechaste su carne? -sonrió- Hablo del wyvern, claro. -añadió con picaresca. Que algunos llegaran a pensaran que comía carne humana era de las pocas cosas que le divertía cuando intentaban burlarse de ella.

- Pero eso está bien, ¿no? Quiere decir que siempre habrá cosas nuevas que descubrir. -añadió, tras ver que el hechicero parecía ligeramente decepcionado con lo poco que sabía sobre Sacae. - Yo... -comenzó, al principio  un poco dudosa- Puedo enseñarte algunas cosas, aunque sean sin importancia... -Tal vez sería lo mas justo, con él había aprendido mas sobre los pegasos de Ilia, y le caía bien, al fin y al cabo.
En aquel corto tiempo le hizo bastar para darse cuenta que el pelimorado no era como los demás. Quién lo iba a decir, viniendo de un mag... hechicero. - Y si me apetece, claro. Mientras tomamos un respiro, pareces necesitarlo. -Aclaró, al fin y al cabo, era a lo que se había parado ella en medio de aquel valle. Y con más razón ahora que estaba desangrada, la poción que había tomado tardaría lo suyo en ir haciendo efecto. Eso también le recordó que no había acabado su cecina, y aún tenía bastante hambre.

- Aún así... ¿Por qué dices lo de contradictoria y poco fiable? -extrañada, conocía que la mayoría de los sacae, incluidos la tribu de Lyn, eran gente que no mentía. Nunca.
Sin embargo en su tribu, no era algo tan impuesto. Algunos la seguían y otros no. Al ser miembros independientes y responsables de sus propios actos cada uno sabría las consecuencias de sus mentiras o verdades.
Aparte, decía que sólo había conocido a una nómada más, por lo que ¿qué tanta información tendría como para juzgar aquello?



Bufó. No dejaría de llamarla señorita o dama, ¿verdad? Tendría que tratar de ignorarlo, entonces.
¿Y cómo que si accedería a su petición? ni hablar, eso sí que no. - NO, ¡ni en sueños! -pero... eso era por su propia personalidad, más que por sus costumbres- Me refiero, no me comportaría así... Bueno, según cómo  me lo planteas, ¡puede que lo haga más, si te molesta tanto! -sonrió- ... O, depende, -añadió, cambiando su tono de voz a uno más serio- si me convences de que es algo que no tiene sentido ni para  mí misma, efectivamente, puede que deje de hacerlo. No todas las tradiciones son de mi agrado, al fin y al cabo... Y a veces, las normas están para romperlas. -dijo partiendo uno de los cachos de cecina.
Puede que no lo pareciera, viendo la pasión por la lucha de la mujer, pero Khigu mostraba ser también alguien sociable cuando encontraba a aquella "clase" de personas. Le encantaba charlar y charlar... aprender cosas nuevas, nuevos puntos de vista. Si le gustaban bien, claro está.
Y de hecho, una de las cosas que más le ponía de mal humor sobre alguien es cuando no se inmutaban a responder una misera palabra.

Como el cabeza de paja.
Suspiró.

De pronto, sacándole de un golpe de sus pensamientos, lo escuchó. "Reina de mi vida y de mi corazón" abrió los ojos y lo miró tan rápido como pudo- E-ehh... ¿¿EH?? -el tono de sus mejillas ayudaba a camuflar las costras rojizas de estas.
Eso... Eso sí que no lo había esperado, y al darse cuenta de que había dejado caer el trozo de carne a la nieve volvió a apartar la mirada y recogerlo de la nieve. - ¡¡DEJA DE BURLARTE DE MI!! -refunfuñó. Empezaba a no tener gracia- ... Gue..rrera, guerrera suena bien. Sí, poderosa. -añadió como si quisiera ignorar lo anterior, asintiendo con prisa la cabeza, aunque continuaba ofuscada, su mirada parecía centrada en sus propias manos.
¿Por que había dicho algo así? Ya era la segunda vez que tonteaba con esos asuntos pero antes al menos no habían sido unas palabras tan... ¿directas? ¿comprometedoras? Se rascó los pelos de su cabeza, frustrada, y luego la agitó, negando para sí.
"No hables como él, no hables como él, no aquí, no así..." ¿Pensaba? ¿Murmuraba en voz inaudible?
Además, ¿cómo iba a... Si acababa de conocerla? Y ella era...
No, el tipo no sabía lo que decía. El frío estaría dañando su cerebro tan ejercitado, ¡seguro! O era el efecto de la magia tan rara, había escuchado que a veces volvía locos a sus usuarios, ¿sería verdad?

Pero ahora que había procesado sus palabras con tranquilidad... ¿"No se le tiene permitido"? Hablaba como si estuviera bajo las órdenes de alguien. Levantó una ceja, pero decidió no comentar nada al respecto, no aún. Tampoco eran sus asuntos, aunque sí que cambiaba la opinión que tenía sobre él.


- Sencillo, ¡uno tiene que ganarse la vida si quiere vivir! Si necesita que le cuiden y le ayuden no va a poder sobrevivir en este mundo, menos en los tiempos que corren... además de ser una carga para los demás. -Eso era... Cuando uno no era igual que los demás, o lo suficientemente fuerte... Siempre lo dejaban atrás.
Era sentido común, no culparía a nadie de ello.

Pero, luchar por otros; se estaba confundiendo. - ... Yo puedo ofrecer mi fuerza para complementar, como mucho, pero no es que sea mi mayor pasión luchar junto a alguien... -se podía entender a través de su tono que había algo detrás de aquellas palabras- Más bien, tiro hacia luchar CONTRA alguien. ¡Me gusta retar mi propia fuerza, por mi cuenta! Y sin duda, no soy ninguna niñera para andar pendiente de los asuntos de otros. -se encogió de hombros, como si aquella respuesta suya fuese lo más normal del mundo.

En silencio, vio como el otro formaba otro "conjuro" solamente para unir las telas rasgadas de su ropa. Y entonces, una capa cubrió su espalda, miró enfurruñada al tipo, pero antes de que pudiera quejarse, él habló. - Hm. -¿Lo consideraría entonces... un premio? ¿Se lo había ganado, como el cuerno?- ¿La has cosido tú? -preguntó. Decía que era una tradición suya, y la aparentemente sincera insistencia del joven fue suficiente para que finalmente Khigu la aceptara sin rechistar. No es como si la necesitara especialmente, pero ahora era suya, supuso. Aunque... no entendiera el motivo que le había llevado al hechicero a hacer aquel gesto con alguien como ella. ¿Disculpas? ¿A qué se referiría?

Se quedó pensativa mientras palpaba la  tela con sus dedos.
Una capa, sobre las gélidas tierras de Ilia, un corte en el pecho, un tipo extraño y charlatán...
Miró al suelo y mantuvo el silencio.



- Sindri. -repitió asintiendo con la cabeza, no necesitaba títulos. Para ella, su nombre ya era su título.

- Ajá... -¿eso era un reto? ¿La estaba retando? ¡¡Porque sonaba a reto!! - Ya veremos cuánto eres capaz de aguantar... Entonces, ¿vas a quedarte aquí conmigo? -preguntó, divertida- Aunque a este ritmo te mueres antes de frío. ¿Tienes con la capa de repuesto que me dijiste o vas a ponerte a pensar en esas... cosas que te dan calor?
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Mensaje por Sindri el Miér Oct 03, 2018 7:50 pm

Fue en Bern, hábitat natural de los wyvern. A esos animales de sangre fría no les gustan mucho las temperaturas de Ilia, por lo que tratan de evitar este país como la plaga. – compartió algo de sabiduría Sindri mientras se frotaba sus hombros ahora desprovistos de capa. Los únicos animales que podían vivir cómodamente en Ilia eran aquellos que estaban provistos de una gruesa piel que los aislaba del frío, como por ejemplo los peludos lobos que asolaban los maltrechos bosques del país. Otra opción es que los animales hubieran desarrollado durante generaciones una resistencia indómita al aire frío incluso en los lugares más inhabitables, como los pegasos. Nadie entendía exactamente porqué los pegasos no morían de hipotermia en las cumbres borrascosas de Ilia, pero los mayores expertos aventuraban que su metabolismo quemaba tanta energía al volar que protegía su cuerpo de las bajas temperaturas. Pero sólo era una teoría – ¿Para qué quiero yo un recuerdo del wyvern? ¿O del Emergido que iba encima del wyvern? No necesito un recordatorio físico para saber que los vencí. – aseguró con voz curiosa pero con un cariz ligeramente negativo. ¡Lo que le faltaba! Ir recogiendo trofeos de todos los que derrotaba y portarlos en su persona. Claro que los hechiceros legendarios lo hacían, pero ellos portaban armaduras con pinchos para montar las cabezas (y eventuales calaveras) de sus enemigos y también plétora de seguidores/esclavos para portar sus trofeos. Sindri no tenía ninguno de los dos – Y estaba un poco ocupado para ponerme cocinar al buen wyvern o al buen Emergido en plena batalla. Oiga, que todo puede ser y la clave para congraciarse con los Emergidos sea una barbacoa amistosa… – trató de imaginarse la escena de un encuentro amistoso entre Emergidos y humanos, pero la experiencia pronto le reprochó que seguramente eso no es factible. Sonrió con picardía, pero, antes de decir con una voz melosa y cantarina – ¡Oh, y yo que le iba a preguntar si sabía cómo cocinar bien las costillitas de Emergido! A mí siempre me quedan duras y sin sabor…
 
La conversación continuó hacia el tema de los nómadas, donde encontró la primera sorpresa de la velada. No pudo ocultar una expresión asombrada tras oír que la mujer estaba dispuesta a darle información sobre los nómadas de Sacae… ¡Un testimonio de primera mano! ¡Uno que vale su peso en oro! – No hay conocimiento sin importancia o innecesario, señorita. Todo tiene su lugar en este mundo de un modo u otro. Aceptaré de buen grado tooooooodo lo que esté dispuesto a contarme. – mencionó con alegría mientras consideraba la oferta de tomarse un respiro. No parecía que los enemigos tuvieran mucha intención de volver y, siendo Ilia, dudaba que hubiera nada vivo a un kilómetro a la redonda. Pero ningún Hechicero ha llegado a serlo (y/o ha durado más de dos minutos en su puesto) confiando en los demás, en el Destino y en su sombra. Mantener un ojo bien abierto no le iba a hacer ningún mal. Pero quizá alguien se podía ganar un mal de ojo – ¡Y no puedo expresarle mi gratitud por la información que desee compartir, no crea! Si quiere algún tipo de recompensa, no se corte en pedirla. Ante el vicio de pedir de más está la virtud de no dar, ahuhuhu~ – nadie hacía algo a cambio de nada en este mundo, al fin y al cabo. No es que el estudioso de Ilia llevara muchos tesoros encima, pero sí una bolsita repleta del metal amarillo. Si unas monedas le servían para compensar la molestia, Sindri estaba dispuesto a pagar un buen precio por un relato fidedigno – Un descansito suena maravilloso. ¿Le parece bien que acampemos aquí, entonces? – sin esperar respuesta, el muchacho comenzó a caminar levantando muy poco los pies, dejando pequeños surcos a su paso.

Mientras escuchaba la pregunta de la mujer relativa a la veracidad y la fiabilidad de lo que sabía, Sindri continuó caminando durante un ratito en círculos y otras cenefas, concentrado en cómo explicarlo de una manera amena – Hay multitud de libros sobre Sacae en la Gran Biblioteca de Ilia, pero muy pocos sobre las distintas tribus nómadas. Y por si fuera poco, hay pasajes de dichos libros que directamente se contradicen entre sí: unos dicen que cierta tribu es relativamente pacífica y abierta con los extraños, pero en otro libro dicen que no, que cuando se acercó el escritor los miembros de la tribu comenzaron a dispararle flechas sin mediar palabra. – cuando el bibliotecario notaba que su pie chocaba con algo pétreo, se agachaba prontamente y recogía la piedrecita en cuestión, sosteniéndola bien en alto y a contraluz. Una vez la había mirado durante unos segundos, o bien la dejaba donde estaba por ser muy pequeña (o muy grande) o la portaba consigo mientras seguía caminando. Poco a poco fue aguantando más y más piedras a la vez – Y, claro, ¿Cómo sabemos quién dice la verdad y quién no? Pues tratamos de contrastar esa información con el resto de libros sobre los nómadas de Sacae. Pero incluso con este sistema hay ciertas cosas que se nos escapan… – una vez portó una veintena de pequeñas piedrecitas en sus brazos, Sindri se encaminó hacia donde estaba la mujer con cuidado. Si dejaba caer alguna se tendría que agachar… y seguramente si lo intentaba las demás acabarían en el suelo igual – Obviamente uno puede decir “pues id a Sacae a comprobarlo”. Pero la mayoría de bibliotecarios rayan los setenta años, por lo que no están para muchos trotes.

Una vez llegó donde la mujer estaba aposentada, el muchacho comenzó a trazar un círculo con las piedrecitas, hasta que escuchó la respuesta de la mujer sobre lo que opinaba de las tradiciones milenarias. Iba a responder, pero el estallido avergonzado de la mujer lo tomó de sopetón, tanto que dejó caer algunas rocas que portaba por pura sorpresa. Nunca se hubiera esperado – ¡Hahahahaha! ¡Ahahaha! – rio cristalinamente, una risa sincera desde el pecho, divertido ante lo que acababa de presenciar. Tuvo que esperar unos momentos para contestar, mientras se aserenaba y dejaba que el aire volviera a sus pulmones – Permítame confesarle que es usted la primera mujer con las que funcionan mis mortales y bien afiladas armas de seducción. A veces olvido cuán galante, atractivo y conquistador llego a ser si me empeño… – tras esa frase que no pudo acabar sin estallar en una breve risita, el Hechicero trató de poner una cara interesante de seductor confiado que no estaría muy lejos de un Don Juan Casanova. Pero se le daba tan mal que parecía que le acababa de llegar de pronto la resaca de dos barriles de aguamiel e iba a vomitar en breve – Las demás veces que lo he intentado han sido… aburridas. Miradas gélidas. Rictus de asco. Casi se rompen el cuello tratando de mirarme por encima del hombro. Cada vez que lo recuerdo me entran ganas de llorar. – confesó humorísticamente el muchacho, tratando de dar a la situación un cariz lúdico y distendido, como en una conversación de taberna. Al fin y al cabo se le daba bien representar ese papel y era en el que se sentía más cómodo.

¿Cree que esto es una broma, Guerrera Khigu? – recogió como pudo las piedrecitas y siguió creando el círculo con las piedrecitas, tal y como estipulaba la guía de supervivencia que llevaba en su zurrón. Sólo se incorporó una vez la figura geométrica lució perfecta en el suelo – Es una verdad universal que los fuertes abren el paso y los débiles los siguen. ¿No es acaso usted fuerte? No será ninguna sorpresa para usted tener seguidores, entonces. Seguidores, admiradores… tampoco hay tanta diferencia. Pura semántica. – divagó sin mucho rumbo mientras buscaba con la vista algo por el suelo que poner dentro del círculo. Ramas. Madera. Algo que prenda. ¿En Ilia? Buen chiste, desde luego. Se acercó a una masa de nieve y la golpeó tentativamente con el pie para encontrar de mala gana algún tipo de pedrusco ahí – Y, la verdad, se ha ganado mi respeto con sus razones para no ofrecer su ayuda a los demás. Conquistar en solitario las dificultades y solucionar los problemas que la vida impone es lo que ofrece las mayores recompensas. ¿Pero si ayudamos a los demás sin pensárselo dos veces? ¿Si les robamos la posibilidad de luchar? No les hacemos un favor, simplemente les quitamos la oportunidad de mejorarse. Cada uno debe llevar a cuestas su propia carga. – un discurso bien estructurado y conciso era la prerrogativa de aquellos que no estaban tratando de arrancar un matorral desenterrado de otra pilla de nieve. Un matorral especialmente empeñado en no acabar sus días como pasto de las llamas, todo sea dicho de paso.

Pero la constancia dio buenos resultados cuando la masa de raíces y hojas malnutridas salió de la tierra congelada con tal violencia que Sindri casi se cae de espaldas. Pero era algo. Algo que podía quemarse con la suficiente persuasión – ¿Hm? No, no. Yo no sé coser. La compré en el pueblecito en el que vivía con el sueldo de bibliotecario, en la tienda al lado del zapatero, delante de la herrería. No es la capa más bonita del mundo, pero siendo de Ilia no hay mejor protección ante el frío. – mencionó distraídamente, casi extrañado por esa pregunta. ¿Acaso tenía pinta de modista de alguna clase? Los nobles no cosían. Las nobles sí cosían, pero solían ser cosas como bordados o tapices, pero ya estaban los sastres de la corte para hacer los vestidos – Naturalmente, Guerrera Khigu, me quedaré aquí con usted durante un rato hasta que decida echarme. La gente suele cansarse de mi presencia rápidamente, ¿sabe usted? Me pregunto cuánto tardará usted. – aventuró con un dedo juguetón encima de sus labios y un guiño descarado. Tras eso se dejó la masa indeterminada vegetal en el centro del círculo y sacó yesca y pedernal de su zurrón, debidamente envueltos en una tela seca. Chas. Chas. Chas – Digamos que estoy intentando algo para usted y para mí. Pero no tiene que preocuparse por este pobre Hechicero, llevo viviendo en Ilia durante años y años… este frío no es nada para mí. – Chas. Chas. Chas. ¡Achís!

Quizá tendría que comenzar a pensar en sopitas y atardeceres en las playas de Etruria al fin y al cabo… – Bueno, quizá sea algo. Pero un algo muy pequeño. – dejó a un lado los instrumentos incapaces de siquiera crear una chispa en aquel páramo congelado y apuntó con el dedo índice la fría maraña de vegetación. Tras unos segundos hubo un pequeño estallido púrpura en el centro de lo que quedaba de matorral y unas llamas confundidas y tímidas comenzaron a asomar sus lindas cabecitas. Un hilito de fragante humo comenzó a subir hacia el cielo encapotado. Una pequeña hoguera portátil. ¿Se habría ganado su insignia de explorador? ¿Contaba una Maldición de Combustión?
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Mensaje por Khigu el Dom Oct 28, 2018 9:08 pm

La amargura y la rabia se exponían claramente en su rostro, de tan solo recordar ese lugar. Apenas había pasado algo más de un ciclo lunar pero aún tenía reciente los sucesos, por supuesto. - Ah, ya. Bern... -se acarició la mejilla donde tenía aquella herida, que llegaba hasta por su nariz; aún destacaba aunque estuviera a medio cicatrizar.- Sí, por lo general no suelen verse wyverns fuera de allí. Aunque la verdad es que a mi me gusta más pasear por aquí...

Pero entonces cayó en la cuenta de algo. - ¡...! -Miro hacia Sindri, algo extrañada, pero sin decir nada. Los emergidos que andaba buscando... El líder había escapado ayudado de un jinete wyvern hacía el norte. Aunque ahora que pensaba, ellos provenían de Regna Ferox... Volvió a bajar la mirada, descartando cualquier idea. Conocía que Regna Ferox, allá en el continente de Akaneia, solía tener también un clima bastante parecido a Ilia, sobretodo en el invierno. O así había sido hace dos años. Si los emergidos venían de allí, pudiera ser que su wyvern no le molestase el andar por esos fríos paramos, por lo que no tendría la ventaja que ella creía.

- ¿Cómo? -exclamó, no podía creer lo que había dicho- ¡Yo tampoco llevo de todos los inútiles a los que he vencido! Pero... Grrr... -silenció sin más, no tenía ganas de andar discutiendo por eso, ahora que había logrado llevarse más o menos bien con él.
Se sentía ligeramente insultada, ofendida desde luego. Su cuerno había sido su premio, ¡su símbolo de fortaleza! Su muestra de que había vencido a tal bestia al cumplir 16 años y superar la prueba de supervivencia, convirtiéndola en un miembro fuerte. Era su orgullo y su razón. Quizás una de las costumbres que le agradaban de su tribu. Aquel cuerno significaba el rompimiento de todo aquello que habían prejuzgado sobre ella.
Suspiró. ¿Y ni siquiera es que había aprovechado la carne? Qué desperdicio... Esperaba que al menos la naturaleza pudiera haberse encargado de ello.
Levantó una ceja, poniendo una muesca de asco. ¿Que acaso había comido emergido? Ella había probado cosas inusuales debido a que era la clave de la supervivencia, pero... ¡eso tenía que ser tóxico cuanto mínimo! Así estaba. Pero al menos, era un tipo divertido; no le iba a rechazar por aquello.

- Tú me has enseñado cosas sobre los pegasos. ¿No? Veo justo el intercambio, no necesito ningún tipo de recompensa. -respondió mientras jugueteaba con la tela entre sus dedos- Como te comenté antes, no traeré monedas encima... pero eso no quiere decir que las necesite. ¡Sé conseguirme mis propios recursos! -Obviamente, no consideraba el saber, el conocimiento, las historias... como un recurso de supervivencia o de lucha. Le daban curiosidad, le gustaba aprender cosas nuevas, por eso era una de las pocas cosas que la salvaje aceptaba recibir de los demás; siendo tan escasas las oportunidades de escucharlas, tan escasa la gente dispuesta a ello.

No pudo evitar echar a reír, ¡ya entendía el por qué decía lo de contradictorio! ¿Por qué escribirían sobre algo que esta continuamente cambiando? Mas, si el hechicero era tan apasionado a recopilar esa información en sus libros, no lo culpaba. - Entiendo las ansias del saber. -Aunque de que Khigu seguía tremendamente extrañada por encontrar a alguien que quisiera saber de ella, no había duda.- Pero cada tribu es diferente, cada persona es... -aparto la mirada por un momento- diferente. No todos tratan a todos como a iguales. No sienten la misma opinión que con los suyos.

- Así que no se sabe, no se trata de verdades. ¡Se trata de hechos! En mi opinión creo que también hay cosas que sólo puedes entender experimentándolas, que leyéndolas. ¿Cómo podrías enseñar cómo huele el océano si no es subido a un barco?... -comentó, una sonrisilla nostálgica se dibujo en sus labios, y al darse cuenta carraspeó.- Bueno. Era un ejemplo. Sólo un ejemplo. -aclaró, mientras veía al pelimorado recoger las piedras para la fogata, parecía saber qué andaba haciendo.

- Los nómadas vienen y van, estamos en constante movimiento. Como el viento. A veces mas fuerte, a veces mas leve. De un lado, y hacia el otro. Las estaciones cambian, guiando sus campamentos. -hizo una pausa- Si tú te dedicas a eso, puedes hacerlo, eres joven. ¡Viajar te enseña muchas más cosas de lo que buscas!


Todo iba bien hasta que se le había ocurrido mencionar aquello, ¡por supuesto!
- ¡Pero qu-! ¿¡De que te ries!? -Gritó, de nuevo con el ceño fruncido. Entonces unas palabras volvieron a su cabeza "¿Por qué tienes que buscar pelea recurrentemente?" "¡Y ahí vas de vuelta queriendo resolver todo a golpes!", y un tic en el ojo se mostraba a pedida de sus palabras.- G-gh ghhh..... -apretó el puño. Ese idiota... Realmente era como ÉL. ¿La primera mujer? ¿¡Dotes de seducción!? SE-DUC-CIÓN. ¿¡Galante!? Estaba tan furiosa que no podía controlar su rojez en la cara pero también sus ganas de tirarle una de aquellas piedrecitas a la cara. ¡Por no decir la misma roca en la que estaba sentada! - Basta... -musitó. No paraba, en aquel momento era como si el mismísimo Guzman se hubiera reencarnado en ese hechicero flacucho. Todo lo que decía, de qué manera lo decía. Le dolía, le dolía el pecho bastante, y no era el corte.

Era por eso que se enfadaba. Por eso y porque escuchaba su risita y el tono de broma que andaba utilizando. Se levantó, ya era suficiente. No permitiría que la engañase y que lo único que hiciera fuera burlarse de ella, ahora que estaba siendo "amable" con él. Infló el pecho y dio un paso en dirección contraria al vivaracho hombre pero entonces se detuvo.
¿No era una broma?

- ¿Eso es cierto? -se volvió a girar hacia él, interesada. "Los débiles seguían a los fuertes." Pero hasta ahora para ella sólo era que los débiles se quedaban atrás.
Y aún por esas, significaría que ella no sería fuerte, porque siempre seguía los pasos de algo... Incluso hacía años había seguido los pasos de alguien, a pesar de que ella en ese entonces se consideraba más fuerte que él.
Pero, si lo que seguía ahora era la búsqueda de su propia fuerza, ¿eso la convertía en débil o fuerte?

A ella, sin embargo... No la seguía nadie. Se había acostumbrado tanto a la individualidad, o a que fueran los otros quienes se iban sin dar explicaciones sin más; que nunca se había planteado si había alguien que la siguiera a ella. Hasta entonces, no creía que fuese algo malo, pero... Ahora, por sus palabras, estaba confusa.

Supuso, que formaba parte de la maldición con la que había nacido.- No necesito... a nadie. -repitió, en voz baja. Era lo que ella creía, era lo que ella había aprendido, era el camino que ella seguía. Lo había dicho antes, ¿cierto? No era soledad, era independencia. Seguir o ser seguido, lo mismo era.
Se había acostumbrado todos aquellos años a ello. Pero entonces, ¿por qué? ¿Por qué bajo el significado de Sindri, aquello tenía un ligero tinte... negativo? ¿Seguiría siendo el efecto del lugar, del clima?

Miró al matorral seco que intentaba arrancar Sindri. ¿Le respetaba? Abrió los ojos entonces, pues no había conocido a alguien que compartiera aquella manera de pensar tan cercana a sus morales. Algunos se parecían en base, pero ni uno había entendido tanto aquellas razones. Aunque lo de ella fuera más por uno mismo que por la cuenta ajena. - Si deseas verlo de esa manera, supongo que adelante.

Silencio. "La gente suele cansarse de mi presencia.", cerró los ojos un par de segundos y volvió a sentarse. Cierto era que el bromear con la seducción no había sido la mejor idea del flacucho, pero si lo miraba desde cierto punto de vista, no era su culpa, ¿no? Hasta eso tenía que admitir, dentro de sí. Si de algo estaba cansada, no sería exactamente de su presencia.
- Puedes quedarte conmigo el rato que quieras, supongo. -respondio, sincera. Si era bien que su actitud le molestaba, pero a la vez le agradaba. Era extraño.- Peeeero lo dicho, ¡no voy a cuidar de tí! -Él podía solito, se lo había demostrado.

Aunque ella tendría luego que continuar su búsqueda, sabía que en algún momento sus caminos se tendrían que separar. Porque, por mucho que hubiera dicho lo anterior... Sindri no planeaba seguirle, ¿cierto? De hecho, ¿a dónde es que viajaba antes de toparse con ella?

Años y años... se preguntaba ahora qué edad tendría. No parecía ser muy mayor que ella, aunque era alto, su rostro era juvenil pero no tanto. - Dime una cosa, Sindri. ¿Estás realmente perdido? Me dijiste que no estabas en la mejor situación del mundo. -Eso le recordó a lo que había mencionado además al principio- ¿Es cierto que has perdido tu hogar aquí?

Pero no pudo mantener la seriedad al verlo estornudar. - Pf-.. -Sonrió de lado, aguantándose la pequeña risita. ¡Y era él quien juzgaba el ropaje de la nómada!

Hasta ahora había estado quieta, observando como Sindri se las apañaba creando la fogata. Por supuesto, no iba a ayudarlo.
Aplaudió por conseguir una llamita con su magia. Está bien, lo admitía, ¡eso podría ser conveniente a veces! Pero le había gustado más la cara de concentración que había tenido cuando lo intentaba con el yesquero.

- Lo ideal hubiera sido una caverna... para que el aire frío no dificultara el consumo de las llamas. Pero por esta zona no hay muchas. Aún así, tengo que decir que tu fogata tiene un aprobado... "raspadito". -rió.
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Mensaje por Sindri el Dom Nov 04, 2018 6:00 pm

Tiene sentido, ¿verdad? Uno sólo puede enorgullecerse de haber vencido rivales poderosos o talentosos. ¿Qué valor tiene derrotar a gente sin talento o sin poder? Es el orden natral de las cosas. Sería como sentir orgullo por el hecho que el sol salga por el horizonte cada mañana. – divagó el muchacho ladeando la cabeza ligeramente, no del todo extrañado de la hostilidad de la mujer. Quizá para los nómadas el botín de la caza tenía mucha más importancia que para un oriundo de Lycia como él. En su lugar natal, un cazador simplemente tenía el oficio de llevar a vender al mercado la carne que cazaba en los bosques permitidos por el marqués… al fin y al cabo, nadie quiere que los nobles se mueran de hambre por quedarse sin cabezas de jabalí en vinagre, ¿cierto? Especialmente los nobles. Tal vez para un cazador de Sacae tenía importancia decorarse con recordatorios de sus presas más particulares… – Además, no tengo ni la más remota idea de cómo serrar partes de animales para que queden estéticamente presentables. Ya sabe usted, como su cuerno. Las acabaría rompiendo, o cortando mal, o quién sabe qué… aunque debo reconocer que un casco hecho con el cráneo intacto de un wyvern suena tentador. – cráneos, pinchos, runas oscuras, negro y más negro eran unos pocos ejemplos de la moda que llevaban los Hechiceros de prestigio. Sí, esos con legiones de esclavos para llevarles lo que ellos no querían portar. Y, claro, todo el mundo quería ser como ellos en cierta manera, por lo que todo usuario de las Artes Arcanas siempre trataba de dar al cante con su buen gusto a la hora de vestir. Eso sí, buen gusto no siempre implicaba buen juicio – Pero creo que me quedaría demasiado grande y no me dejaría ver lo que tengo delante, ¿no cree usted? – con un gesto divertido, se puso los dedos índice en la frente y los movió horizontalmente, resiguiendo así su cabeza, casi como queriéndole mostrar la diferencia de tamaño.

Pues poderoso caballero es Don Dinero. Le permite a uno costearse un techo sobre la cabeza durante una noche y una comida decente sin tener que invertir mucho más que unas moneditas. Si más no, es bien útil. – todo lo que evitara que Sindri durmiera al raso comiendo comida seca, fría y/o salada era algo completamente bienvenido. No es tampoco que el Hechicero necesitara mucho para vivir, y siempre había gente suficientemente estúpida en los caminos para intentar matarle. Gente estúpida y no muy rica, todo sea de paso. Claro que si fueran ricos, no tendrían que estar salteando los caminos… ya tendrían los recolectores de impuestos para que lo hicieran por ellos. Pero los muertos no necesitaban dinero, por lo que cuando le decían al bibliotecario lo de “la bolsa o la vida” pronto comprendían que ahí había habido un malentendido – Cada persona es diferente, sí, eso es un hecho indiscutible, pero todos los humanos participamos activa y pasivamente en la cultura del lugar que habitamos. Por ejemplo… – ¿Qué podía poner de ejemplo? No quería decir Sacae porque conocía más bien poco de ese lugar y quedaría como un necio ignorante. La mujer parecía conocer algo de Bern, juzgando por su comentario anterior, por lo que… – Bern es un país estoico y militarista, eso lo sabemos todos, pero… ¿Son todos los ciudadanos de Bern así? Seguramente no. Pero todos los que viven en ese país viven, participan y respiran de una serie de costumbres, creencias y modos de ver la vida únicos del lugar. Es esa cultura la que me interesa documentar. – si tuviera que escribir sobre las experiencias de cada uno de los nómadas de Sacae no acabaría ni empleando toda su vida en tal cometido. Pero escribir sobre las tribus, plasmar en el papel el conocimiento que desearan compartir con él, eso parecía más factible.

¿Oh? ¿Cree que no puedo aprender a qué huele el mar sin pisar una de esas malditas trampas del Abismo que se bambolean a cada ola? Suena a un desafío. – mostró una sonrisa juguetona mientras comenzaba a revolver de nuevo su zurrón, en busca de sus fieles utensilios de escritura. Unos especialmente resistentes para poder soportar los vaivenes de los viajes del Hechicero – ¿Y si alguien entrevistara un marinero que lleva décadas curtido en el mar? ¿Si esa persona expresara con todo lujo de detalles todos y cada uno de los matices del olor a mar? El mar en calma, el mar embravecido, el mar tormentoso, el mar silencioso cuando el peligro aguarda, el mar cerca del lugar de desembarque, el mar tras estar durante meses en tierra… – sacó una recia plancha de madera oscura, posiblemente de roble viejo de Ilia, tan larga como su antebrazo y con el ancho de un palmo. Un trozo de madera lleno de golpes y hendiduras… pero sorprendentemente lisa en su mayoría, perfecta para usarse como apoyo al escribir. Alguien con buenos ojos podría apreciar una multitud de manchas secas de diferentes tipos de tinta, algunas más oscuras, otras más claras, unas de trazo fina y otras que acusaban a gotas caídas de la pluma a traición – Si yo le repitiera exactamente sus palabras… ¿Consideraría que cómo huele el océano? – era una pregunta que no tenía una respuesta correcta, obviamente estaba repleta de subjetividad. ¿Qué cuenta como “saber” y qué no? ¿La experiencia de un marinero oliendo el mar sería exactamente igual que la suya? Mas no esperaba una respuesta verdadera, sólo quería conocer mejor la psique de aquella misteriosa guerrera.

Ah, y hablando de todo un poco.

Aquella faceta tan fogosa de la mujer le era sumamente atractiva. Aquellos gritos, aquellos movimientos tan cargados de intenciones, aquel… inflamiento en las… partes inferiores del tórax, ese retumbante paso que amenazaba sin requerir más de ella aún en dirección contraria. Sí, toda la postura corporal indicaba sin duda alguna que podía partirle el dos en espinazo sin requerirle mucha más fuerza de la que usaba para un golpe de hacha. Un poder avasallador. Mucha gente se escondería o saldría huyendo ante tal espectáculo, pero tener miedo era la prerrogativa de aquellos que no eran como él. Sindri simplemente se quedó quieto como una gárgola, mirando. Miraba como un hambriento ante un banquete de siete platos con las carnes más selectas y suculentas jamás conocidas por el hombre. Como alguien que había pasado tres semanas en el desierto sin agua y veía delante de él un oasis tan claro que no podía siquiera ver su propio reflejo. ¡Tal brío! ¡Tal poder! Verdaderamente no podía sino celebrar estar ahí ahora, aunque sentía un pinchacito de pena que todo terminara tan rápido. Mas, de pronto, para sorpresa y alegría del muchacho, la Guerrera conocida como Khigu giró 180 grados con una pregunta.

Tan cierto como que estamos en Ilia, Guerrera Khigu. ¿No es lo más normal del mundo? – empleó un tono algo confundido, casi como si lo que había dicho momentos atrás fuera algo tan evidente que no admitía ningún tipo de reproche o aclaración. ¿No lo había tildado de verdad universal, incluso? – Su manera de actuar, individualista y confiada en sus habilidades, me lleva a pensar que usted es fuerte. Los débiles se unen entre ellos para hacer causa común contra aquellos que son fuertes y tienen talento. Casi como un cesto lleno de cangrejos. – una analogía muy útil que había aprendido gracias a los pescadores que vendían sus productos en el mercado de Ilia. Este país no tenía muchos recursos naturales, pero se decía que no había mejor pescado y marisco que el que se pescaba entre las escarpadas rocas de los acantilados de este país nevado – ¡Por no decir que alguien capaz de diezmar un grupo de Emergidos sola con un hacha se ha ganado bien este apelativo! – la mujer había necesitado que “no necesitaba a nadie” en un tono de voz bajo. Muy bajo. Pero Sindri era bibliotecario, por lo que se había entrenado para aquello. Y lo único que el Hechicero pudo hacer ante eso fue cruzar ligeramente los brazos sobre su estómago y asentir enérgicamente antes de recalcar – ¡Y eso también es un símbolo de fuerza! Jamás hay que confiar en otros para compensar por nuestras debilidades y flaquezas. Al fin y al cabo, habrá momentos en los que no nos puedan ayudar, ¿sí? De hecho, siempre estamos solos cuando más lo necesitamos… – descruzó los brazos y levantó las palmas de sus manos hacia el cielo, negando con la cabeza mientras lo hacía, vistiendo su cara con una sonrisa entretenida – Por lo que sí, la respeto. Su actitud hacia la vida es total y absolutamente laudable. No sé si el respeto de alguien como yo le vale mucho, pero no tengo motivos para no decir la verdad. – y dejó el tema ahí, al viento gélido típico de Ilia.

Acepto con infinita humildad su magna y misericordiosa oferta, Guerrera Khigu. – mencionó dramáticamente mientras le dedicaba una complicadísima y enrevesada cadena de acciones que conformaron finalmente una reverencia. Una vez se incorporó, Sindri se dirigió alegremente poco a poco hacia la fogata que había creado, sentándose en una piedra a la vera de las llamas. Verdaderamente consideraría una ofensa que la mujer creyera que necesitaba de protección ajena tras haberle demostrado sus habilidades en el combate anterior – ¿Hm? ¿Le interesa saber sobre mí? Me parece que la decepcionaré nuevamente. No soy nadie del que valga la pena saber nada. – mencionó automáticamente, casi como si fuera una respuesta ensayada. Mas… ella se había ofrecido a contarle cosas sobre los nómadas, por lo que sería un despropósito no contestar a unas pocas preguntas él – Veamos… ¿Qué me ha preguntado? ¿Si he perdido mi hogar aquí? La respuesta es no. Ilia nunca fue mi hogar, simplemente era el lugar donde pasé los últimos… ¿Qué? ¿Cuatro? ¿Cinco años? Es una pena su caída, pero realmente no hay nada que me ate aquí. O a ninguna parte. – se encogió de hombros con una expresión neutra en su cara. Lo que más le anclaba a Ilia era la Gran Biblioteca de Ilia, y ahora que no podía entrar sin tener que luchar… – ¿Si estoy perdido? Sí, supongo que es una manera de verlo. Muy apta, incluso. No sé hacia donde avanzo, ni hacia donde avanzar… simplemente lo hago. – observó directamente el fuego durante unos momentos con una mirada vacía, casi como si estuviera hablando para sí mismo. Como si estuviera repasando algo mentalmente en voz alta. Pero tras unos segundos movió la cabeza bruscamente y una sonrisa vistió su cara nuevamente – ¿Alguna recomendación sobre dónde puedo ir? Estoy abierto a sugerencias.

¡Hah! ¡Humor y todo! Al parecer era capaz de hacerla reír, lo que era una muy grata sorpresa – ¡Una caverna! ¡Una caverna! ¿No prefiere la Pequeña Princesita Pegaso Khigu que haga un palacio de nieve para ella sola? ¿Con establos llenos de ponis para darles de comer? ¿Con armarios llenos de ropita rosa y frú-frú con lacitos? ¿Tomamos el té de media tarde ahora, milady? – y tras eso, rio de nuevo, esta vez cristalinamente como si realmente la situación le hiciera verdadera gracia. Chasqueando los dedos y dedicándole más energía mágica a la maldición, las llamas se acrecentaron notablemente hasta transformarse en una bastante notable hoguera. Todo fuera para que no pasaran frío. O, al menos, que él no lo pasara – A ver… ¿Por dónde íbamos…? – una vez sentado y entrado en calor, el bibliotecario siguió rebuscando en su zurrón y sacó tres objetos. Un trozo de papiro resistente y medianamente vacío de escritura, una pluma de cisne cortada y un pequeño tintero de cristal, que dejó en su rodilla tras destaparlo.

¡Bueno, Guerrera Khigu! ¡Estoy listo! Cuénteme lo que considere necesario sobre su tribu y yo lo escribiré sin dudarlo para que quede para la posteridad. ¡No tenga reparos en hablar rápido, soy un buen escriba! – jugueteó con la pluma en su mano mientras decía eso, trazando algunas letras en el aire a modo de calentamiento – ¡Todo lo que quiera! Creencias, jerarquía, división de trabajo, rituales de cortejo, maneras de tratar con los extranjeros, si tienen algo que difiere mucho de tribus cercanas, rituales de cortejo, artesanía y alfarería típica, historias y cuentos populares, rituales de cortejo – y con una sonrisa y unos ojitos que los niños usaban para que mamá les diera otra galletita, Sindri se dispuso a esperar las respuestas de la nómada.
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Mensaje por Khigu el Lun Nov 12, 2018 5:31 pm

Razón tenía. Pero seguía molesta porque hubiera dado a entender que haber acabado con un wyvern tras un viaje de meses sola y cargar de vuelta el cadáver hasta su tribu cuando tenia esa edad... No significaba nada, cuando ese era, tal y como mencionaba él, el motivo de su orgullo.

- ¡Oh! Los huesos de un wyvern son resistentes, como sus escamas, duros de romper e incluso talar, pero a su vez son ligeros. Es lo que les permite ser unas fieras voladoras. -¿le interesaba acaso aquello? Ella no es que fuera muy buena con la tala, pero recordaba hacerse sus propias armas funcionales a base de piedra, cuero y madera. - ¡¡Hahaha!! Sí, son grandes, al fin y al cabo son criaturas que pueden arrancarte la tuya con sus fauces. Pero aparte de eso, debido a su fisionomía, no creo que un cráneo de wyvern pueda protegerte mucha cabeza... Y si lo hacen son muy incómodas de sujetar. -pausó- Son bonitas, sí, pero pienso que serían más utiles como hombreras. Hmmm... -gesticulaba con las manos imitando la forma de una cabeza de wyvern mientras miraba hacia la cabeza y hombros de Sindri, quien parecía imaginárselo también.
Mas, si quería uno, tenía que ganárselo, y enseñárselo en frente de sus propios ojos. Podía acabar con emergidos, y según él había acabado con un wyvern... Pero, delante de ella, ¿sería capaz de vencer a una bestia con su magia? ¿De demostrárselo?


Un techo y una comida, eh... ¡Huh, no es como si se fuese a morir por no tener aquello que podía conseguir de forma 'gratuita' en la naturaleza! Pero en fin, así era el estilo de vida de los tan llamados "civilizados", o al menos así es como se referían a ellos mismos. Era obvio que Sindri no se iba a librar de aquella definición, por muy simpático que fuera, habría cosas que no entendería de ellos.
Rodó los ojos, pues "por ejemplo" en su cultura ella participaba... como la oveja blanca en un rebaño de negras. Participaba como la maldita. Qué si no.
Entonces, de nuevo aquella mención. - ... - le clavó de nuevo otra mirada malhumorada, apretando sus puños de manera que sus nudillos resonaron. ¿Por qué había hablado de nuevo sobre Bern, y aquello precisamente?

"Salvaje".

Un rey, un jefe ... Representaba a su grupo, a su territorio. Todo lo que decía él, lo decía el pueblo.
"Una SALVAJE de Sacae".

Sí sabía que no todos los de Bern eran así, había tenido un par de encuentros con ellos. Pero eso, como decía Sindri, no les quitaba la responsabilidad de formar parte de un mismo pensamiento. Salvaje... - ¿Esa cultura te interesa? ¿La arrogante cultura del prejuicio, de la altanería, de la humillación? Huh. -Se tapó la mejilla con la mano, de forma inconsciente. ¿Acaso él sabía...?


"Trampas del abismo"... Tal y como le sonaba aquello, parecía que a él no le gustaban los barcos. Bueno, realmente a ella tampoco. Hacía años que no se había atrevido a volver a pisar uno. Un idiota pensaría que se trataba de miedo, mas no era así. Rió y decidió olvidarse del tema, prefirió centrarse en la parte que a él TAMBIÉN le gustaban los desafíos, por lo que ya había podido ver unas cuantas veces en su encuentro. ¡Eso sería interesante!

Agarró una poca nieve entre sus dedos y comenzó a juguetear con ella hasta que se derritiera. - Aunque entrevistes a un mismísimo sireno... -suspiró pesadamente- ¡Sigue sin ser lo mismo que experimentarlo tu por tu cuenta! Como acabo de decir, cada persona tiene una opinión diferente, no todos sienten lo mismo. Como cuand... -no quería entrar en detalle, o recordar al pirata, así que carraspeó- Ehh... ¡además! Íbamos a hablar de Sac-...

"Si yo le repitiera sus palabras" aquella interrupción hizo que abriera los ojos ligeramente, pero los mantuvo clavados en la nieve. ¿Las... palabras de... quién?

Todo aquello... ¿Qué quería decir? ¿A qué venía? ¡Ya había dicho que era tan sólo un ejemplo! ¿Por qué no dejaba de dar en el clavo con todo? A este paso seguiría convencida de que los hechiceros eran adivinos, dijera lo que dijera.
Notaba golpes en su pecho, al ritmo de las olas del mar cuando recogían y volvían a descargarse contra las rocas. Aquello podía tener demasiados significados, muchos más cuando andaba comportándose como lo hacía. Ya lo había considerado por un segundo, pero no podría ir en serio, ¿¿verdad?? ¡Incluso para alguien tan ingenuo como ella, quien creía cualquier rumor! Aquello simplemente era... Imposible, ¿cierto? La reencarnación.

Por suerte, rápido logró recuperar su compostura. - Considero... Que sólo hablas como él. -pausó, para devolver la vista hacia Sindri- No eres él. -Pero no dejaba de ser interesante, a su manera.


- ¡Heh! ¡Por supuesto que soy fuerte! -no cabía duda de lo orgullosa que estaba de ello, bastaba con ver cómo repetía una y otra vez aquellas expresiones corporales, flexionando aquí y allá, aún debajo de la capa del sabelotodo- Aunque tú también te has llevado algunos por delante. -sumado a que viajaba solo, no solía ver magos que se atrevieran a atacar tan de cerca al peligro como lo había hecho él. Claro que, por otro lado tenía ese extraño poder auto curativo... Pero incluso así, ya le resultaba mas valiente que muchos. - ¡Quizás algun día debamos de competir en serio a ver quién que carga a más de esos engendros! Aunqueee... ya es obvia la respuesta, como hoy. Hehe. -Confiaba que el chico era..."fuerte", sí. ¡Pero ella mucho mas! Se dio una palmadita en el pecho. Inmediatamente cerró uno de sus ojos, soltando por su boca algo parecido a una tos de haberse aguantado la risa. Auch, sí, era cierto... aunque el vulnerary hubiera hecho efecto, ahí seguía la "pequeña" herida.

¿Hmm? Así que no él tenía motivos para mentir.... Pero eso no significaba que no lo pudiera hacer. La mentira podría formar parte de un juego, y aquello no contaría como un "motivo". Pero decidió tomárselo en serio, por una vez.  - ... Es muy valioso, tu respeto. -tanto como lo era una amistad- "Mucho". -asintió. Quizás más de lo que creía.
Sonrió, esta vez era una sonrisa sincera, calmada, incluso para alguien que de pronto desconfiaba por impulsos.


Echó a reír, inevitablemente. - ¿Nadie? ¿Y te crees que yo sí? Oh, -le interrumpió antes de que soltara otra de sus perlas- no hace falta que respondas de nuevo con lo que crees que soy una... -puso una breve mueca de asco- princesa ni nada de eso. -Era raro encontrar a alguien que no se le hiciera familiar aquel detalle, como ella. El no estar acostumbrado a que alguien se interesara por uno. Pero ahora estaba segura de algo.
- Me interesas, Sindri. -aclaró, con un rostro serio- Si no fuera así no te habría preguntado. Y las preguntas existen para saciar la curiosidad y el interés. -suspiró, ahora en un tono mas relajado- ¡Pensaba que lo sabías, cerebrito! -se golpeó la frente con el dedo, imitándolo. - No existe nada que decepcionar en alguien que no crea ideales sobre otras personas.

Oh, así que a eso se refería antes con lo de no tener ningún hogar, a pesar de haber vivido unos pocos años ahí, parecía que no lo consideraba como tal. Supuso que era bueno que no estuviera atado a ningún lugar. ¡Era libre, podía ir a donde quisiese! Simplemente avanzaba... - ¡Eso no suena a estar perdido a mi parecer! -Era la primera vez en lo que llevaba con él que se fijó en un cambio en la expresión del rostro del pelimorado. - Tampoco hay que saberlo. -respondió, creyendo saber que tal vez se refería a algo mas allá de un simple y literal desvío en su camino geográfico, o esa era la impresión que le había dado.

- Hm, ¿hacia dónde? -se rascó la barbilla- Cualquier sitio que no hayas pisado, que desconozcas. -era una respuesta muy obvia, y muy abierta, pero certera. Nuevos lugares, tuvieran nombre o no...  - Quizás te parezca arriesgado, pero a la vez es una apuesta segura. -Estaba bien no saber nada, no conocer nada, porque eso solo significaba aprender, y cada cosa aportaría a la vida de cada uno, evitando lo cotidiano. - Avanzando, aún "simplemente", uno nunca se aburre. -le guiñó un ojo después de haber encogido sus hombros.


- ... -entrecerró los ojos, mientras una de sus cejas elevaba poniendo a prueba su paciencia- ...... "Frú-qué"?... -"Lo mato, ¡te juro que le doy un cabezazo y me lo cargo!" pensaba Khigu, ¡otra vez burlándose!... pero al final, no pudo esconder la risilla de entre sus labios. - ... ¡¡¡AAAAAHJ!!! ¡¡Está bien!! -si lo que quería era jugar, le seguiría el juego. Tomar el té, eso le recordaba a... Sí, quería probar una cosa. Carraspeó para preparar su voz. - Si le parece al noble muchachito, ¡podríamos habernos sentado a tomar el té junto a los emergiditos! Como personas civilizadas. Es una pena que hayan huido, sí señor... Ehh... -su cara enrojeció al darse cuenta de lo que andaba haciendo. Definitivamente aquello no le quedaba, ya lo había intentado una vez. - Nah, ¡prefiero ser el diablo que aguarda en la mazmorra para torturar a aquellos ingenuos que creen que pueden vencerme! -se puso a ondear la capa como si fueran unas alas de demonio, o algo así. Para terminar riendo de nuevo con Sindri.


Al final, comenzando a entrar en calor, ya estaban de vuelta al tema principal, como había prometido contar. Aunque...

- Rituales de c-... -murmuró, no había pasado que lo había repetido varias veces. Soltó un resoplido... ¿Por cuál de todo eso empezaría?

- Ah, cierto, hablando de lo de antes, de cazar... -por ejemplo- Verás, a veces en mi tribu lo hacemos también solo para medir nuestra fuerza y competir. Sí que es cierto que están los días de caza de alimentos, otro de pieles, provisiones y materiales en general. Pero... -no podía faltar la esencia de los cazadores y no tan cazadores, de los Khirin- como ya te he comentado, acostumbramos a ganarnos las cosas por nuestra propia cuenta. Si necesitamos algo, ¡nos buscamos la vida para conseguirlo! La independencia es vital. Si no sabes valerte por ti mismo sin molestar a los demás, mejor no vivas. -asintió, repitiendo aquellas palabras nuevamente, aclarando lo que para ella era un modo de pensar bastante normal, aunque por fuera pudieran sonar a unas palabras crueles. Por suerte, ya había podido comprobar que el hechicero la admiraba por ello.

- De hecho, cada primera noche de luna llena, tenemos una tradición de hacer un torneo entre la gente con cuerno de la tribu, ¡los más fuertes! El más fuerte de todos es el jefe, pero desde que yo recuerdo, nadie ha podido vencer al jefe Khima... -Ni mucho menos ella, quien aunque orgullosa formaba parte de los más fuertes, aún le quedaba bastante para conseguir derrotar a la élite de hombres que habían por debajo de Khima. Pero decidió omitir aquello. - Para el ritual, desde por la mañana arreglamos el campamento, decorando a los caballos con paja y flores, recogiendo material para la fogata, al rededor de la cual danzamos al ritmo de los tambores, nada más el sol se oculte. Y después de los cánticos es que viene dicha pelea. -Khigu se apartó la capa para enseñarle varios de sus abalorios, entre los cuales destacaban sus pendientes, su collar, su colgante con tres colmillos de lobo, su cinturón...- ¡Todo esto son símbolos de victoria en el torneo de cada mes! -explicaba emocionada- Pero, ¿ves estos colmillos? Los consideramos mini cuernos, se obsequian a los pocos que consiguen llegar a las últimas rondas. ¡JE JE!

Esos colmillos representaban los últimos cuatro meses a los que había podido presentarse. Por haber estado en Bern, y ahora de viaje, hacía realmente tiempo que no le pillaba de paso justo en luna llena. Y sí, sólo guardaba tres, debido a que el cuarto colmillo se lo había regalado a un gran amigo, al branded Naruga, como muestra de apreciación por entrenar con él... ¡¡Muchos meses habían pasado desde entonces!!



OFF:
¡Perdón por lo largo!
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Reaver

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Cazadora

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Hacha corta [6]
Sello Maestro
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Mensaje por Sindri el Lun Nov 19, 2018 8:30 pm

El muchacho hizo una mueca cómica cuando la buena mujer le sugirió emplear los cráneos de los wyvern como hombrera, como si acabara de reparar en algo importante que podía habérsele pasado por alto en un primer momento – Con lo mucho que muevo los brazos, eso suena una manera perfecta de clavarme los cuernos de la calavera unas veinte veces al día. – vale, sí, “para presumir hay que sufrir”, pero eso no implicaba que tuviera que pasar de lado por cada puerta y chocar contra el mobiliario todo el día entero. Un Hechicero debía comandar respeto y vestir bien, eso era algo que todo Mago Arcano sabía, pero lo que provocaba terror entre el vulgo solía hacer reír a los mayores practicantes del Arte… y viceversa. Unas vestimentas negras repletas de todo tipo de pinchos, estacas y calaveras podían hacer que un campesino huyeras despavorido de ti para encerrarse en su hogar, pero otro Hechicero seguramente te espete que no tienes ni idea de moda. Por otro lado, un traje caro bordado con runas y unos pocos accesorios de alta calidad haría pensar a un Hechicero que ciertamente eras alguien a quién no convenía buscarle las cosquillas… pero para cualquier otra persona no serías más que un noble adinerado con mal sentido de la moda y demasiado tiempo en sus manos – Sin embargo, si alguna vez necesito consejos de moda para renovar mi armario, espero que esté allí para ayudarme. – mencionó con una pequeña sonrisa. Seguro que podría aportar valiosos comentarios… o al menos divertidas ocurrencias relativas a las fauces de los wyvern y su cabeza.

Me temo que tendrá que ser más precisa. Muchísimas culturas en este mundo se basan en la altanería, los prejuicios y la humillación del prójimo. – comentó el muchacho con desfachatez aguantando una mirada iracunda de la mujer de Sacae con unos ojos plácidos y serenos. Parecía tensa, hubiera lo que hubiera en Bern no le hacía ni la más mínima pizca de gracia. ¿Qué había en Bern? ¿Wyverns? ¿No le gustaban los wyverns? ¿Rocas? ¿Mal humor? ¿Gente taciturna? ¿Más rocas? ¿Qué podía haber en ese lugar del mundo que sacara tal genio en la mujer? Seguramente nunca lo sabría, por lo que prefirió apagar una hoguera antes que se transformara en un incendio forestal – Bern, Etruria, Lycia e Ilia ya las conozco mucho. En la Gran Biblioteca de Ilia pude encontrar suficientes tomos sobre la historia de cada país como para tocar el techo si los pongo unos encima de otros… pero, como ya le dije, casi nada de Sacae. – se encogió de hombros brevemente, mostrando que Bern realmente no le interesaba mucho. Podía ser un país muy interesante si podías conseguir según qué crónicas, pero la mayoría de tomos que podían encontrarse eran sobre temas militares, guerras, batallas campales y otros choques de ejércitos. No es que hubiera nada malo en ello, pero en la variedad está el gusto.

Hmm… – el Hechicero miró fijamente a la mujer en el mismo momento que le mencionó a él. Sí, la respuesta de la mujer a la cuestión había sido muy didáctica e interesante, pero el Hechicero no pudo sino fijarse en que acababan de compararle con alguien de una manera muy oblicua. Y, al parecer, había salido perdiendo en esa comparación, a juzgar por la manera en que lo había planteado. Así que sólo hablaba como él, pero no era él. ¿No era más que un imitador barato de él? Tras darle un par de vueltas en su cabeza, Sindri consideró que merecía algún tipo de alabanza, puesto que estaba copiando a él… ¡Sin saber quién era él! Era el momento de investigar – ¿Prefiere que sea él, Guerrera Khigu? No me importa ser él si eso le hace feliz. Eso sí, deberá describirme un poco cómo es él puesto que yo no sé quién es él. – mencionó suavemente Sindri con una sonrisa indescifrable, de esas que debes practicar durante horas delante del espejo para que no muestren nada que no quieras mostrar. O para que muestren tantas cosas que puedes esconder fácilmente lo que estás sintiendo en aquel momento – Si le soy sincero, no hay nadie en estos momentos que quiera ser menos que Sindri. ¿Quién querría ser Sindri? Yo no, desde luego. – y lo único que le podría haber delatado sus intenciones fue un brillito fugaz en los ojos. Si es que tenía algunas intenciones escondidas, claro. Quizá estaban a plena luz del día… pero eran difíciles de ver en un páramo nevado.

La mujer volvió a hablar bien de ella misma de una manera bastante altanera, pero a Sindri ya le gustaba que hiciera eso. No es que no le importara, directamente le resultaba muy grato poder admirar de primera mano su determinación, convicción y alta estima que tenía de sí misma. No buscaba palabras enrevesadas o recargadas de dobles sentidos ni escondía sus gestas tras una falsa modestia, simplemente decía las cosas como eran. Un soplo de aire fresco si lo comparamos con la mayoría de gente que Sindri había conocido en las cortes de Lycia y con las que había tenido que convivir día sí y día también – No creo que eso sea necesario, Guerrera Khigu, estoy completamente seguro que ganaría usted. – alzó las manos levemente y le mostró las palmas extendidas, como si fuera el símbolo universal de la rendición. Seguramente gracias a la ayuda de la Oscuridad y de su arsenal de maldiciones podría resultar un rival más que digno para las habilidades bélicas de la hachera… pero si se le ocurría decir eso quizá la mujer se lo tomaba como un reto y decretaba el inicio del reto. Y el bibliotecario estaba cansado de caminar todo el día, por lo mencionar la pelea anterior en la que estuvo quieto y movió los brazos durante minutos. ¡Minutos sin fin! – Aunque aprecio su reconocimiento y que me considere contra alguien que vale la pena competir. – cerró los ojos momentáneamente e hizo un gesto con la cabeza, una especie de pequeña reverencia de agradecimiento. Muchos guerreros consideraban que la magia era estrictamente inferior a enarbolar trozos de metal afilados y, por lo tanto, que los magos (y, por extensión, los Magos Arcanos) simplemente no eran rivales para ellos. Obviamente el poder para doblegar las fuerzas de la naturaleza para que sirvieran al mago y la capacidad de trascender el espacio físico eran chiquilladas si los comparamos con “corta con la espada” o “pincha con la lanza”.

Sin embargo, no pudo hacer otra cosa que reír ante las palabras de la mujer. No una risa como una carcajada, no, sino una risa extrañamente comedida. Una risa que no transmitía alegría alguna, una risa casi tan congelada en el tiempo como el lugar en el que estaban. Una risa melancólica con dejes de tristeza por doquier, como la de aquél que es recordado de lo que perdió y no volverá a tener. Oh, eso era simplemente un ejemplo. Las risas y las sonrisas eran como una segunda piel para el Hechicero, algo a lo que podía recurrir cuando no tenía otra cosa. Pero el tiempo apremiaba, por lo que muchacho movió la cabeza ligeramente de izquierda a derecha antes de decir con voz grave – ¡Sólo en el fin del mundo! ¡Sólo en un lugar como éste alguien podría interesarse por Sindri! – habló en un tono diplomático y autodesprectivo, casi como si no creyera realmente que llegó el día en que despertaría el interés de nadie. Pero quería dejar claro que no se estaba riendo de ella, el centro de la broma era él y sólo él – Permítame felicitarla por ser la primera persona que se interesa por mí en… toda mi vida, la verdad. Le daría un premio por ello, mas me temo que lo único que tengo por aquí son unos pocos libros polvorientos. Pero si los quiere… – movió su zurrón con buen humor fingido para, de pronto, mirar al cielo cómicamente con una expresión que gritaba a los cuatro vientos “estoy pensando” – Un segundo. ¿Cree que no soy capaz de decepcionar a alguien sin ideales sobre los demás? Suena a un reto que seguro que puedo superar…

Me temo que tan perdido está el que no sabe dónde está como el que no sabe dónde ir… – mencionó suavemente Sindri con una sonrisa repleta de comprensión. Las ideas de la mujer eran muy etéreas, el muchacho esperaba alguna zona o país en concreto, pero eso no restaba ningún mérito a su calidad – Es más o menos lo que he ido haciendo desde la caída de Ilia. Deambular sin rumbo, con los oídos abiertos a los nuevos rumores… ¿Que hay algo nuevo e interesante en algún lugar? Pues dirijámonos ahí. Las islas de Durban, Kilvas, Phoenicis, Goldoa, Sindhu… siempre hay algo entretenido que documentar. – enumeró mientras levantaba un dedo por cada lugar que le venía a la mente en aquel momento sin ningún tipo de orden o preferencia. Había viajado bastante y había visto mucho dependiendo con quién le comparases, pero seguro que existía gente que había recorrido mucho más que él – Pero… siempre está ahí, ¿sabe? La tentación de anclarse a un lugar y rehacer una vida nueva. Una vida desde cero. Espero que no me malinterprete, pero la vida de nómada no es exactamente lo mío. No tengo nada en contra de ese tipo de vida, pero… no sé… no me acostumbro. – suspiró algo sonoramente mientras daba vueltas en sus dedos con la pluma de cisne de manera distraída, para acabar con el tema con un tono algo alicaído y pesimista – Pero los Hechiceros (o los Magos Arcanos) difícilmente pueden vivir pacíficamente en ninguna comunidad, al menos vivir bien. No hay una luz al final del camino para nosotros. Así que no elegí la vida en la carretera… ella me eligió a mí.

Pero el mal humor se le pasó de repente cuando la mujer hizo gala de un muy agudo sentido del humor, que por mucho que se intentó resistir acabó arrancando una carcajada cristalina del muchacho, quién tuvo que llevarse las manos a la panza por el hartón de reír. Tanto que tuvo que agarrar el tintero, no fuera a caérsele por encima… no es que las manchas de tinta salieran fácilmente de la ropa. Tenía experiencia en eso. Trató de articular palabra un par de veces, intentos que se frustraron por la falta de aire en sus pulmones; tuvo que esperar a respirar bien antes de decir – ¡Qué miedo! ¡Qué miedo! ¡No quisiera desafiarla yo, no, no! – poca era la gente que le seguía el juego, por lo que rara vez se preparaba para que le siguieran por aquellos derroteros. Una grata sorpresa, desde luego, que provocó que los ánimos del muchacho subieran como la espuma de una buena cerveza. No pudo evitar quedársela mirando en silencio durante unos instantes con ojos serenos, algo extraño en el Hechicero, quién hacía jurar y perjurar a los que le conocían que era incapaz de callarse incluso debajo del agua.

Al menos hasta el momento que la mujer decidió que era el momento de comenzar su explicación. Cogido por sorpresa nuevamente, Sindri movió rápidamente los brazos, recolocando todos sus utensilios a toda prisa, no fuera a perderse siquiera una palabra de la explicación. Por suerte sus dotes de escriba no se habían apolillado demasiado durante sus viajes y, si bien las tres primeras líneas las escribió mucho más lento de lo normal, a partir de entonces la escritura surgió como la seda. Concentrado como estaba en crear una escritura rápida y legible a la vez, algo que nunca es fácil, Sindri no interrumpió ni una sola vez a la guerrera de Sacae. Dejó que la pluma resiguiera el resistente papiro mientras fabricaba una crónica de la tribu de Sacae, primero sobre la importancia de la caza (enfatizando el sistema de caza-recolección) y del individualismo esperado de los cazadores. Luego plasmó en el lienzo la particular tradición narrada por la mujer, subrayando en un margen el más que flagrante parecido con los inicios de los coliseos en Lycia, e hizo especial hincapié en guardar para la posteridad el nombre de la persona imbatible. Más o menos. No estaba seguro de cómo escribirlo. Si bien aceptó la proposición de la mujer de ver sus trofeos de batalla, no pudo dedicarles mucho tiempo y tuvo que volver rápidamente a sus documentos, no fuera a olvidarse de alguna palabra. Y así estuvo varios minutos sin mediar palabra, enfrascado totalmente en su cometido didáctico que seguro que las generaciones futuras le iban a agradecer como se lo merecía, con el único sonido de la pluma bailando en el papel y del repiqueteo de cristal cuando se le acababa la tinta.

¡Muy bien! ¡Muy bien! ¡Un millón de gracias por su comentario, Guerrera Khigu! Créame cuando le digo que toda la información que me dé está a salvo conmigo. – mencionó poco a poco cuando sólo quedaba plantar el primer punto y final del papel. Poco a poco se incorporó y estiró los brazos al cielo, dejando que unas pocas gotas de tinta cayeran juguetonamente a la blanca nieve – Una pena que se guarde celosamente los secretos de los rituales de cortejo de su tribu. Y yo que iba a inmortalizarlos para siempre jamás para que nadie se olvidara jamás de ellos. Pero no se preocupe, respeto su decisión, no es algo que se pueda contar al tuntún. – señaló a su interlocutora con la parte que no era roma de la pluma y la movió animadamente, casi como si quisiera hacerle cosquillas a distancia. Su tono dejaba entrever que estaba bromeando, aunque desde una perspectiva puramente antropológica era una información muy valiosa – ¿Qué más? ¿Qué más…? Si comienzo a pedir información sin ton ni son no acabaremos nunca y dudo que usted quiera dedicar una noche entera a mi investigación. ¿Platos típicos de su tribu? Siempre se aprende mucho de la gastronomía… ¿Otras fiestas típicas? ¿Metalurgia y productos textiles propios de la tribu? Hm… – se perdió en los típicos y tópicos temas, tratando de dar en una invisible diana de lo que querría leer alguien en un libro así. No sería para pasar un buen rato, este tipo de libros no era el que te llevabas a la cama para leer antes de dormir… a los pocos lectores lo que les interesaba es que la información fuera veraz. Información veraz… aquellas dos palabras le dibujaron una idea en la mente. Una idea algo alocada – ¿Por qué no me cuenta algo sobre usted en particular, Guerrera Khigu? Estoy seguro que un lector confiará más en este escrito si conoce algo más sobre usted, la fuente de todo conocimiento. – una propuesta algo deshonesta, no podía negarlo en absoluto. Pero… ¿Información de primera mano sobre un miembro de una tribu de Sacae? ¡A ver cuál era el escritor que podía jactarse de poder tener eso!
Afiliación :
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Clase :
Sorcerer | Priest

Cargo :
Bibliotecario (Gran Biblioteca de Ilia)

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Inventario :
Vulnerary [3]
Tomo de Worm [1]
Tomo de Archfire [1]
Tomo de Nosferatu [4]
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Mensaje por Khigu el Vie Nov 23, 2018 10:31 pm

Rió ante su comentario de que si movía los hombros se pincharía con los cráneos. - Ohh, perdona, pensaba que no ejercitabas los brazos~
Ladeó visiblemente la cabeza, mientras echaba una descarada mirada a sus partes bajas. - ¿Ahora quieres vestir como yo? -Imitó la forma de hablar del pelimorado momentos antes, dando además un par de palmaditas a sus cuadriceps. De moda no sabría, ¡pero no habría mejor consejera de ropas prácticas que ella!

Oh, claro. Que muchas culturas eran así lo sabía de sobra. ¡Por eso es que veía extraño en encontrar personas como él! Pero ciertamente Bern... Ese reino y Sacae jamás habían conciliado muy bien entre ellos. Pero ella tenía un motivo más concreto, era todo culpa de su líder, Zephiel.

Enmudeció, de nuevo ante las extrañas palabras del hechicero, incluso hubiera dado un paso hacia atrás si no estuviera sentada. En cambio, una variedad de expresiones desfilaron por su rostro. Desde una mirada triste con las mejillas sonrosadas hasta una pálida mueca de horror nauseabundo al imaginar. - No... -se le escapó del castigo del silencio que eran sus labios cerrados. Apartó la mirada y tragó saliva.
- ¡Es decir! Me... -respondió una vez la calma había vuelto, como si nada de lo anterior hubiera pasado. - Me refería a lo que ya dije, ¡¡que tienes que experimentar las cosas tu mismo!! -carraspeó y asintió con la cabeza, en conclusión. Sí, definitivamente sólo le estaba dando demasiadas vueltas, sólo era casualidad, un malentendido.
Además, una mención extra le había llamado la atención, por lo que le miró, extrañada.
- Pues... ¡Tú eres quien tú decidas ser! No importa lo que los demás quieran o no que seas. Eres tú mismo, nada más. -se encogió de hombros, no terminando de comprender por qué había soltado aquello. Por supuesto, ¡Sindri es Sindri!, o al menos, eso le había dicho, él se había presentado así, él le había pedido que le llamase así. Pero ahora "Sindri" decía no quería ser Sindri, así que, ¿quién era él? Sindri o no; le gustaba su compañía.

Sonrió. - ¿Verdad? Es extraño, este lugar. -Él y ella quizás se parecían más de lo que alguien podría ver en primer lugar, de dos personas que eran contrarias en casi todos los aspectos.
- ¿Libros? Eeeeehh... No creo que sea lo mío. -cuando una describía que sabía leer, significaba palabras sueltas, títulos, carteles... aunque no escribirlas, sabía reconocer letras. Pero de ahí a ponerse a leer una novela o cualquier cosa escrita en uno de aquellos tomos... ¡Era impensable! Seguro le explotaría la cabeza antes de buscarle el sentido común. - ¡Ya tengo esto! -mostró la capa, ondeándola con un brazo. Casi como tomándolo poco a poco como un premio de verdad.
- Hasta ahora vas perdiendo bastante contra mí~ -¿Un reto sobre eso? ¿En serio? Mas no pudo evitar reír, le gustaba aquella manera de tomarse las cosas.

La chica supuso que el hechicero y ella diferían en los conceptos sobre estar perdido, o a su parecer, en que si aquello era bueno o malo. Naruga se había perdido en su camino, pero sabía a dónde quería ir, así que ella le había ayudado a pesar de que no conocía su continente. Perdido... significaba haber perdido algo. Fuera su su camino (cosa que podía solucionarse), o fuera su...
Una gélida brisa atravesó por debajo de su capa. Habiendo perdido la razón de su viaje, se encontraba sin motivos por los que avanzar, sin ganas de volver de donde había salido... Sí, ahora creía entender en qué situación se encontraba Sindri.
Pero ella se había dado cuenta, de su libertad, de que seguir hacia delante aún sin rumbo era mucho mejor que estar quieto, que perder el tiempo. Que tenía que seguir viendo cosas nuevas, que tenía que ser más fuerte, que tenía que seguir creciendo. Aunque a pesar de todo, volviera una y otra vez al mismo lugar. - Bueno, entonces, ¿qué buscas? ¿Qué deseas encontrar? -Quizás si le dijera podría recomendarle algún lugar. Aunque parecía que él ya había viajado mucho, y dudaba que ella conociera sitios para los más "sabios".
Khigu encogió los hombros una vez más, sin ofenderse ante la vida nómada que ella llevaba, pero aún así... ¿Anclarse? ¿Por qué querría? ¿Que diversión aportaba aquello? ¿Qué emoción? ¿No se aburriría de vivir siempre en el mismo lugar viendo las mismas cosas? ¿No que quería redactar todo lo que aprendía en sus libros? ¡Para eso tenia que viajar! ¡En cada viaje comenzaba una nueva vida! ¿Qué había de malo en aquello?
Pero algo más llamó su atención que andar cuestionando el "sedentarismo" del muchacho.
- ¿Hmm? ¿Es... -¿era posible que...?- porque los hechiceros están... llenos de maldiciones? -o algo así. Eso era lo más que había escuchado sobre aquella rama de magos, nada más, ni siquiera sabía por qué se llamaban así o los motivos. - Porque entonces no eres muy diferente a mí. -murmuró.
Y sin embargo, lo era. Hasta ahora había quedado claro que el pelimorado era como la antítesis de la guerrera. En todo; bueno, casi todo. Lo básico. Lo superficial.
Pero sí, a la vez compartían ciertos rasgos (no físicos) que no solía encontrar en otras personas.

Ante la insistencia sobre el tema de los "rituales de cortejo", ella no pudo evitar cruzarse de brazos. - N-no tengo ni idea, ¿vale?... -pausó, para darse cuenta de que aquello atraería de nuevo alguna burla de Sindri, seguramente- ¡¡NO ME MALINTERPRETES!! Sólo quiero decir que no presto atención a los idiotas de mi tribu respecto a eso. ¡No son la gran cosa! -Y tampoco es que nadie de allí hubiera intentado cortejarla, ¡eso era una locura! ¡Impensable! Todos le tenían asco. Y por muy fuertes las personas con cuerno que fueran, tampoco es como si le interesaran de vuelta a Khigu como para eso. Podría decirse que lo único que sabía Khigu era actuar tal y como había visto que los "extranjeros" hacían. Claro que ninguno de ellos iba en serio tampoco, pero era divertido hacerlo ella y verle la cara de miedo a todo el mundo. ¿Y si lo intentaba con Sindri?... No, no, ¡seguramente se lo tomaría en serio! Él no reaccionaría igual y ya se lo había demostrado al él INTENTARLO antes que ella. Si es que realmente no terminaba siendo otra broma.

- Platos... uhm... Lo que a cada uno le de por cazar. Peces, conejos, aves, jabalíes, osos, lobos, wyverns... No usamos especias pero hay gente que le gusta acompañarlo con trigo, maíz u otras plantas a la hora de asarlo. ¡Aunque a mi gusto la carne cruda también tiene su punto si es fresca! -mordisqueó más su cecina, en vista de que de sólo recordar la comida su estómago seguía rugiendo y ella babeando. ¡Cómo deseaba tener algo más consistente que aquello al que pegarle un buen bocado! - Uff, bueno, qué más... -tomó su chaleco, el cual había tirado antes (y que hasta ahora sólo la capa de Sindri era lo que cubría la prenda de su pecho) y se lo alcanzó a él- Piel, pelaje, y tripas para coser. En mi caso son de piel de wvern y pelaje de lobo. Mira, toca, es calentito por dentro y resistente por fuera. -señaló- Si has estado en Sacae supongo que es lo primero que habrás notado, sin embargo, que es distinta a la forma de vestir de la mayoría de tribus. Esto es debido a que nos movemos por otras rutas y tenemos un estilo de vida diferente. Somos más de vida con animales, menos de planicies, y... más fuertes. Por eso necesitamos prendas que se adapten al movimiento físico y a diferentes terrenos y climas. Tampoco usamos mucho más estampados o "abalorios" que lo que ya te comenté. Aún si algunos llevan telas más ligeras siguen permitiendo el sentir la naturaleza en nuestra piel oscura.

- ¿¿Yo?? -se señaló, con un pequeño brillo en su mirada. Claro que en aquel caso no le importaba hablar de sí misma, pero... ¿Qué valor tendría aquello?- ¿Por qué? -miró a Sindri con unos ojos realmente confusos- ... Incluso si no entiendo mucho sobre libros creo que cualquiera que lea eso terminaría por pensar que son mentiras de alguien que no soporta a los de su tribu y su tribu no la soporta. ¡"Información" inútil! Sólo que no son mentiras. -se señaló a sí misma- Ya te lo he dicho, soy lo contrario a alguien importante. Si normalmente los nómadas somos despreciados entre los demás, ¡imagina a alguien que es considerada repugnante dentro de su tribu! -rió.
- Pero en fin, aquí estás tú... -murmuró- Así que, ¿qué quieres saber que no te haya dicho ya?
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Mensaje por Sindri el Jue Nov 29, 2018 2:00 pm

¿Y cómo cree que alcanzo los libros de las estanterías de la Gran Biblioteca de Ilia, Guerrera Khigu? – mencionó Sindri con voz entretenida mientas hacía el típico movimiento de “sacar libro de la estantería más alta que hay porque obviamente no había otro sitio donde podía estar en esta condenada biblioteca” que todos los bibliotecarios habían patentado a través de las eras – Siempre podría hacerlos flotar con una maldición y que ellos vinieran hacia mí con otra. Mas me temo que hoy por hoy los pasillos de la Gran Biblioteca de Ilia están llenos de seres que no necesitan de mis servicios, incluso después de ofrecérselos, por lo que… – la Gran Biblioteca de Ilia era, por decirlo así, la única prioridad que tenía en Ilia. Durante las últimas semanas había aprovechado para hacer diversas incursiones al edificio para tratar de salvar cualquier tomo que hubiera quedado allí. Bueno, decía salvar, pero sólo quería asegurarse que los libros más antiguos y delicados estuvieran debidamente cuidados. No conocía mucho las artes de conservación y preservación de grimorios de los Emergidos, debían tenerlas, eso sí, puesto que había oído hablar de magos Emergidos y todo usuario de cualquier arte mágica sabe bien que un tomo mal cuidado es como una espada sin filo – Ah, bueno, verá usted, esto es una estrategia avanzada de combate. Si le soy sincero, cualquier persona que se enfrenta a mí suele subestimarme. Normal, soy alguien flacucho y que no impongo nada de respeto. No es una queja, ¿eh? En fin, ahora imagine que ese alguien se enfrenta a mí vistiendo como usted, mostrando una piel blanca como la nieve y sin músculos. ¡Estoy seguro que mi oponente se moriría de la risa! Y eso me evitaría tener que ensuciarme las manos yo. – dio un par de golpecitos en la sien con el dedo índice, haciendo eco de sendos gestos de un pasado cercano – ¡Lo tengo todo pensado! ¡Todito!

La multitud de emociones que surcaron la cara de la nómada cuál caballo percherón atraviesa las llanuras al galope fue extremadamente divertida de ver. La tristeza no mucho, no había nada divertido en la tristeza salvo que su prima schadenfreude estuviera casualmente de visita. El terror… había algo en él que provocaba miedo en la nómada de Sacae, lo que lo tomó bastante por sorpresa. El sonrojo en las mejillas y el trastabilleo en las palabras fueron algo adorable de ver, eso sí, pero se abstuvo de comentarlo ya que le gustaba tener todos los dientes dentro de su boca – Es su respuesta, que es lo que quería yo. No se preocupe, no continuaré con el tema ni preguntaré por él si es lo que usted quiere. Respetar los deseos de una dama es primordial, ahuhuhu~ – no podía evitar sentir curiosidad por él, alguien que había marcado a la mujer a juzgar por todo lo que pudo ver hasta el momento. Había un cierto hálito de secretismo y misterio sobre la escena que no era capaz de ignorar. Pero se figuró que la mujer no soltaría prenda fácilmente por las prisas que tuvo a cambiar drásticamente de tema. Oh, vaya, tal vez en otra ocasión.

Oh, ahí sí que discrepo con usted total y absolutamente. No somos quiénes nosotros queremos ser, sino los que debemos ser por una razón propia o ajena. Dudo mucho que incluso tengamos la más mínima palabra al respecto. – negó con la cabeza lenta y gravemente. Deber. Una palabra muy importante y poderosa. Sobre cada uno recaía un deber, una obligación de ser y comportarse de una manera determinada, que no podíamos olvidar bajo ningún concepto. Para un noble, ese deber era respetar la sangre que corría por sus venas y actuar con diligencia por el bien de la dinastía. Un deber cuyos ecos resonaban incluso después de haber fracasado totalmente en su cometido… – Además, ya le he dicho que no deseo ser Sindri, preferiría ser alguien con una vida más entretenida o divertida. Si podemos decidir quién somos… ¿Por qué debería seguir siendo Sindri? – razonó el muchacho con una sonrisita empleando la misma lógica de la cazadora de las llanuras. Era un tema de charla muy etéreo, uno que normalmente no salía a relucir en las conversaciones por razones obvias, pero la mujer supo adaptarse muy bien a la divagación del Hechicero. ¿Hasta dónde podría estirar esta rama de la conversación?

La cálida sonrisa de la mujer iluminó el lugar mientras le contaba que ella también consideraba Ilia como un lugar extraño. Era lo más normal del mundo, Sindri había visitado en una ocasión las planicies de Sacae y él también las había encontrado harto raras… el color amarillo y el marrón imperaban contrastando con el verde de Lycia y el blanco de Ilia. ¿Vacías? Vacías era un buen apelativo: mientras que el paisaje de Lycia tenía bosques y montañas y tras cada ventisca Ilia vestía un paisaje nuevo, todo en Sacae le parecía desconcertantemente similar. Él no sería capaz de orientarse de día por esas llanuras sin fin, desde luego. La Guerrera Khigu no parecía muy ávida a la lectura, cosa que no le sorprendió tampoco. Si ella consideraba que la manera de aprender o entender algo era experimentándolo uno mismo entonces los libros no tenían mucho valor. Era conocimiento ajeno escrito por personas desconocidas, leer sería una pérdida de tiempo cuando podías estar experimentándolo tú mismo, ¿no es así? Sí, sí, cada vez lo veía todo más claro, qué muchachita más particular.

No busco nada. No deseo nada. – respondió al momento Sindri con una voz absolutamente neutra, vacía de cualquier vacilación o duda. No se había dado ni un par de segundos para considerarlo, simplemente había dicho lo primero que le había venido a la cabeza. Y, ahora que lo pensaba, quizá tendría que haber maquillado la verdad. Oh, bueno, nunca era tarde para un poco de colorete… – Lo que quiero decir es que no busco nada en particular ni hay nada que desee en especial. No tengo sueños, no tengo esperanzas. Especialmente esperanza. Simplemente me dejo llevar por el camino hasta que algo divertido o entretenido sucede. – eso estaba bastante mejor, incluso el muchacho asintió levemente, como si se estuviera dando la razón a sí mismo. Había gente con sueños, había gente con metas, había gente que se movía para conseguir algo. Sindri no era uno de ellos. Sabía su lugar en el mundo y lo que les deparaba el futuro para la gente como él, así que simplemente trataba de amasar todo el entretenimiento que podía antes que llegara su hora – Supongo que puede decir que busco algo que buscar… ¡O que deseo saber qué desear! – mencionó con perfecta fingida jovialidad, como si lo que acababa de decir fuera completamente normal. Al Hechicero no le gustaba mentir, era mucho más divertido retorcer las palabras para dar a entender algo técnicamente cierto, aunque no se consideraba alguien sincero. Sin embargo alguno, sincerarse de vez en cuando era bueno para la salud y no consideraba lo que había dicho como una información tan importante como para no compartir bajo petición.

Tras escuchar la pregunta sobre la naturaleza de los Hechiceros, Sindri notó la garganta extremadamente seca y poco preparada para ningún tipo de explicación por lo que, ni corto ni perezoso, abrió su zurrón y comenzó a rebuscar en él. Unos momentos después estiró de una especie de correa gastada y con un sonoro “¡Plop!” sacó un pellejo de vino oscuro y vetusto medio vacío que retumbó en el aire unos segundos antes de caer en su falda. Acto seguido quitó el tapón de cera y se llevó el odre justo encima de los labios, dejando que cayera un líquido burdeos intenso en su boca. Vino. Vino añejo. Vino añejo y peleón de Lycia. Uno de sus mayores tesoros en aquel mundo – Muuuuuuuuuuucho mejor. – y, como buen compañero al lado del fuego, se lo tendió a la señorita por si quería un sorbo. En Ilia era imposible hacer crecer nada y el poco trigo que se podía adquirir iba destinado a hacer pan, por lo que uno podía olvidarse de beber cerveza regularmente. ¡Y el vino! Imposible de conseguir ahí, especialmente ahora que las caravanas habían sido interrumpidas por los ataques Emergidos. Por lo que durante los cinco largos años que Sindri vivió en Ilia sólo tuvo la insípida compañía del aguamiel. Una bebida que, ciertamente, no estaba mal… pero cansaba a cualquiera con su dulzor si era lo único que podía beberse – A ver, qué dijo usted… ¿Si los Hechiceros están llenos de maldiciones? Suena como si nos estuviera comparando con manzanos o perales. Maldiciones maduras listas para ser cosechadas. – y tras decir eso estalló en una breve carcajada, como si su mal chiste verdaderamente le hubiera hecho gracia.

No se deje llevar por las preconcepciones o las habladurías de ignorantes supersticiosos. Una maldición es, muy resumidamente, el poder de dar vida a los sueños, ni más ni menos. Si lo que se crea es un sueño placentero o una pesadilla… bueno, eso depende mucho de la víctima. – tampoco iba a divagar durante horas sobre qué y qué no era una maldición y sus distintas características por lo que optó por copiar la primera charla que tuvo con su maestra, la Sabia Oscura Sigyn. Posó las manos sobre sus rodillas y las frotó levemente, tratando de sacarles el frío antes de continuar tras un leve suspiro – Si escuchara lo que dicen los ignorantes de Altea y de Ylisse o los elitistas mentecatos que son los Magos de Ánima… para ellos los Hechiceros no somos más que unos insensatos que emplean poderes que no entienden. Villanos que desgarran a placer las almas y las mentes de los inocentes. Malvados que se aprovechan de la gente de poca voluntad. ¿Y sabe una cosa? Los peores de nosotros son exactamente eso. – de nuevo, mentir no era un vicio en el que Sindri cayera. Además, prevenir a la mujer de la existencia de Hechiceros de baja moral le parecía un deber cívico inexcusable. Movió un poco la mano, como disipando aquella ocurrencia – ¿Pero los mejores de entre nosotros? ¿Los mejores de los mejores? Inspiraciones vivas. Conozco Hechiceros que han ayudado a almas gemelas separadas por millas de distancia a encontrarse y vivir felices para siempre jamás, salvándolas de una existencia solitaria. Sé de otros de nosotros que han alargado un poco más la vida de los ancianos para que puedan decir adiós a sus seres queridos antes de fallecer… ¡Qué pronto la gente olvida cuando tiene miedo! – pero no había tristeza ni melancolía en sus palabras. Sólo una categórica afirmación: “El mundo es así y ya, no hay que darle más vueltas”. No era su lugar ir haciendo proselitismo allá por donde iba, pero si podía convencer a un alma para que pensara por sí misma en aquel tema, eso que ganaba – Hoy en día nadie quiere un Mago Arcano de vecino. Ni siquiera otro Mago Arcano. Especialmente otro Mago Arcano. Así que o bien te cubres en dinero o en nobleza para que toleren tu presencia, o bien no te asientas en ningún lugar por mucho tiempo para evitar rumores y pueblerinos con horcas, antorchas y demasiado tiempo libre en sus manos. – lugares como Plegia o Nohr eran demasiado bonitos para ser ciertos, por lo que suponía que había una lista tan larga de “pero” que necesitaría una semana entera para leerla.

¿Usted también tiene problemas con alguna maldición? Quizá pueda ayudarle. Sé que no lo parezco, pero soy bastante habilidoso tejiendo maleficios. – mencionó en respuesta al oblicuo comentario que ella estaba llena de maldiciones… o algo “no muy diferente”. Pero pronto ese tema de conversación dio paso a uno nuevo y distinto y el muchacho, como empujado por unas olas invisibles, se dejó llevar – Oh vaya, yo creí que estaría usted muy solicitada en su tribu. Ya sabe, filas y filas de pretendientes para conseguir su mano… – comentó con una sonrisita de soslayo y unos ojos pícaros llevándose la parte suave de la pluma a los labios. Así que a la buena mujer no le interesaban esos temas… pero los conocía suficientemente para poder afirmar que “no eran gran cosa”. Interesante. Muy, muy interesante – Tocará emplear el cortejo a la usanza de Lycia, pues. Espero que no le disgusten las piedras brillantes de colores y las baladas azucaradas con rimas forzadas. Ahuhuhu~ – y, puesto que parecía que la mujer iba a compartir con él su sabiduría una vez más, Sindri dejó algo implícito en el aire y se dispuso a seguir escribiendo.

Con una mueca de desagrado final anotó todos los alimentos que la mujer detalló, y tanto le desagradó su último apunte que no pudo sino levantar los ojos de su trabajo y decir – Por favor, ni se le ocurra volver a comer carne cruda. ¿Sabe la cantidad de parásitos y enf…? – se le ocurrió que a la mujer quizá no le importaba eso o consideraría que las enfermedades son cosas que les ocurren a los demás. Quizá un cambio de estrategia esta vez… – La carne cocinada da mucha más fuerza y energía que la carne cruda. Si cocina la carne, será mucho más fuerte que si la come meramente cruda. – había quién decía que en la dieta de la lejana tierra de Hoshido había platos de carne y pescado sin cocinar. ¿Pero cómo es posible tolerar eso? Llevamos cocinando la comida con la ayuda del fuego desde que el mundo era mundo y ahora para innovar querían dar un paso atrás. Tras el parón, el Hechicero pasó página y continuó redactando diligentemente el tipo de vestimenta empleada en Sacae. Él mismo había podido ver varios ejemplos de ropa tradicional sacaína durante su visita al país del sureste de Elibe, pero no estaba de más apuntar las particularidades de su tribu… su tribu… su… tribu. Vaya, tendría que haber preguntado antes una cosa muy importante… – Um… ¿Guerrera Khigu? ¿Me podría decir el nombre de su tribu, por favor? – “La Tribu Sin Nombre” sonaba al título de un libro de aventuras trepidante e interesante… pero seguramente no haría un buen libro de información veraz y fiable. ¿Quién tomaría en serio un tomo repleto de información si el escritor no era siquiera capaz de darles el nombre de dicha tribu?

No, le estaba preguntando a la hoguera, ¿sabe usted? Me interesa saber la historia de las ramitas que está consumiendo. – respondió juguetonamente cuando la mujer se sorprendió por su pregunta – Usted, sí, claro. ¿Por qué no? No creo que en este mundo exista la “información inútil”, simplemente “información con usos muy concretos”. – pero la mujer se resistía todavía a soltar prenda, por lo que el bibliotecario hizo una mueca dramática de enfado e hinchó cómicamente los carrillos antes de decirle mientras la miraba fijamente – ¡Pues si no quiere contármelo, me lo inventaré! ¡Todo el mundo que lea mi libro conocerá de la Princesa Khigu de Sacae! ¡Una guerrera que va a la batalla con un vestido rosa de lacitos, con la cabellera más bonita del reino ondeando tras de sí! ¡Una princesa que monta en un carro rosa y blanco tirado por seis ponis multicolores! – movió la pluma acusatoriamente mientras decía todo eso con voz grave y digna, casi como si estuviera amenazándola con que la historia la recordase vestida de esta guisa. No duró mucho, el frío en su garganta hizo que comenzara a carraspear, por lo que tardó unos momentos en poder con su voz normal – No sé qué decirle. ¿Me interesa saber sobre usted y ello saciaría mi curiosidad? Esa es mi razón por preguntar. Pero no voy a ser insistente, muchos tenemos razones de peso para no querer hablar de nuestro pasado. – consideró algunas opciones en su mente antes de decir con voz diplomática y alegre tras descartar la mayoría – ¿Por qué no me cuenta alguna curiosidad de su tribu? ¿Algo que haya visto ahí pero no en ningún otro lugar? Seguro que usted ha viajado y ha visto mucho mundo.
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Mensaje por Khigu el Sáb Dic 29, 2018 4:28 pm

Ya veía... Así que a Sindri también le había afectado la despreciable actitud que tenían los emergidos de destrozar y llevarse todo aquello que era preciado para uno. La gran biblioteca de Ilia, ¿eh? Era fácil y rápido aclarar que ella nunca había pisado aquél lugar, pero ciertamente la había llegado a ver de lejos en su paso, en alguna que otra ocasión, y sí... Perfectamente el adjetivo de "gran" le venía como anillo al dedo. ¡Aquel edificio era enorme!

- Eso no puedo saberlo hasta verlo con mis propios ojos, sería interesante verte en taparrabos, no lo niego~ -sonrió maliciosamente. ¡Imagina alguien como él en paños menores! ¿En qué clase de cultura se les ocurriría vestir a los magos oscuros con ropajes insinuantes? - Pero, ¿estás seguro que no te morirías tú antes de frío?

"Dama... dama..." Gruñó de nuevo por lo bajo.

Le tiró una bolita de nieve a la cabeza. - ¡HEY! ¡Nadie más que nosotros tiene derecho a declarar lo que somos o dejamos de ser!
Supiró. Era inutil convencerlo, seguía teniendo todas las características de alguien que se regía por las normas de la sociedad, una persona de ciudad, un civilizado, un mago "inteligente" que no conocía mas allá de sus libros. Hasta ahora la única conclusión a la que había llegado Khigu era: tenían miedo de ser libres, del descontrol en su tan preciado régimen.

- ¡Pues haz de tu vida una entretenida y divertida y elige un nombre que te guste más! Eres tú quien la vive, al fin y al cabo. -se encogió de hombros.
Claro que desde la perspectiva de una nómada salvaje aquello era sencillo, y más viniendo de alguien tan atrevida y lanzada como ella, a la que poco o nada le importaba el deber que mandaran los demás. - ¿Acaso ser hechicero no es algo que te gusta ser, entonces? -a juzgar hasta ahora por la personalidad y las palabras del chico, era lo que pensaba. - ¿O quieres que te escoja un nombre yo acaso? Heheh. -bromeó traviesa. - Aunque, si tanto te importa la opinión de los demás... si te digo la verdad, para mí ya eres alguien divertido y entretenido. -Se sinceró, puesto que no perdía nada ya por decirlo. Así le parecía, y ya que no solía conocer a personas así... ¿Por qué no? Luchar, comer y hablar eran sus cosas favoritas. Y normalmente sólo podía optar por las dos primeras para que fuesen realmente hábitos.

- ¿Eh? Ah... -vaya, aquello si era extraño. Por un momento había creído que Sindri tendría mil y un motivos de querer buscar y encontrar cosas nuevas. Pero había respondido tan rápido y secamente que le dejó sin nada a lo que reaccionar o añadir, incluso a alguien como ella.
Solamente se rascó la mejilla sana, pensativa. Seguía opinando que entonces lo que le quedaba sería seguir hacia delante, sin más. Uh, quizás... ¿Había mencionado algo que no debía?
¿Esperanzas? ¿De qué? O más bien... ¿en qué contexto? Quizás a esas alturas de la conversación es cuando realmente cayó en la cuenta de lo extraño que era él. Por lo que, se le quedó mirando en silencio directamente a los ojos. Con sus párpados relajados pero aún así su mirada era... invasiva, quería entender más allá de sus palabras. Un rojo intenso intentaba atravesarlo, pero que finalmente terminó cortando ese contacto al cerrar sus ojos y sonreír un poco. - Está bien, eso me vale. -¿por eso quería saber tanto? Recopilar tanta información en sus libros?- Saber, hm. Y... -desvió el rostro unos segundos en dirección hacia donde habían huido los emergidos- ¿te has divertido hoy? -puede que el otro no viera la relación de aquella pregunta repentina, pero era algo más que la albina quería saber sobre él.

Vio que se había llevado una bebida a la boca y ella no pudo evitar más que preguntar antes incluso de que se lo ofreciera. - ¡Eh! ¿qué es eso? -al agarrarlo se lo acercó a la nariz. Un fuerte olor a vino inundó sus fosas nasales. Sin duda olía a uva y a alcohol, pero apenas y contadas veces había probado aquel brebaje, más típico de la clase "refinada". - Oh, ya sé. -A ver a qué clase de aguachirri sabía ese en concreto. Y bueno, no vendría mal tomar un poco de alcohol en aquel helado páramo para calentar un poco el cuerpo. Bebió entonces, directamente de la apertura, pegando la boca sin ningún reparo o modales. Era sin duda dulce al menos para el paladar de Khigu, y con un fuerte sabor a uva, perfectamente diferente a todos los demás... Para casi de inmediato medio escupirlo de la risa al escuchar la comparación de Sindri, ¡tenía que admitir que aquella broma sí que no se la había esperado! Aunque más que seguir carcajeando tuvo que darse un par de golpecitos encima de la zona del pecho.

Miró sorprendida a Sindri por lo que le revelaba. - ¿¿En serio?? Oh... Ya veo. -ahora, todo tenía sentido. Sus pesadillas recurrentes. Aunque... Ciertamente no habían estado presentes desde su infancia, ¡pero si lo decía un mismísimo hechicero tenía que ser cierto! Ahora comprendía, al fin. - Y... -quería preguntarle si eso se veía afectado a su apariencia, pero no se atrevía a hablar de aquel tema en particular, pues le ponía de mal humor y no quería arruinar el ambiente, no ahora. Quería escucharlo con atención, su explicación. Aquello, era bastante interesante, aunque la perspectiva del bien y el mal era confusa para ella, así como los conceptos de sus palabras.

La muerte... ¡La muerte! ¡Jugaban con la muerte! Eso hizo que la postura de la chica se rectificara, escuchándole con más atención.
Era cierto... Sindri no era Guzman, no. Ni ninguna clase de reencarnación. Aquello...era estúpido. Era como cuando ella intentó apoyar a Lyn en la mayor tragedia de su vida. Khigu no podía remplazar a su familia. Nadie podía remplazar a los muertos. Ni podía hacer nada para haberlo evitado.
Muerto, porque si Guzman hubiera realmente sobrevivido a su viaje, habría vuelto a por ella... ¡Se lo habría prometido en aquella carta! Pero los muertos no regresan. De ninguna manera. Lo único que podrían quedar eran las cenizas, los recuerdos.

Pero el miedo... ¡infundir miedo era la mejor sensación del mundo! Khigu hasta ahora no había tenido idea de qué era exactamente lo que diferenciaba a los hechiceros del resto de usuarios de magia. Así que la magia "arcana", como había mencionado antes, se trataba de aquello. Khigu no era la más lista del lugar pero algo podría suponer, que eso tenía que ver con que su oscura magia fuera diferente, en forma y efectos. Diferente... pero interesante, poderosa. Era un mundo mas basto de lo que jamas habría podido imaginar. - Umhh, lo tendré en cuenta, Sindri. - Estaba genuínamente sorprendida y tan metida en lo que le había contado que no se dio cuenta del tinte de su ofrecimiento- ¡Digo! No necesito ayuda, claro. -jugueteó con un mechón de su pelo.

Estaba bien. Por mucho que su maldición fuera lo que más odiaba... Había aprendido a vivir con ello, a partir de ello, a haberlo transformado en el motivo de su fortaleza. Dejarlo ir sería bastante confuso... Por mucho que en su interior siguiera con el resquemor de no haber nacido con aquel cabello de color carbón, con aquellos ojos marrones tan característicos del resto de su tribu.

- ¿Mi... mano? -pregunto confundida, mirándose la suya propia por delante y por detrás, ¿a qué se refería?- ¡Más bien quieren mi cabeza! -rió.
Y... ¿piedras brillantes? No pilló qué tenía que ver eso en la conversación. - ¿Las bala-qué? Bueno, la verdad no he estado mucho por las tabernas de Lycia para comprobar eso, pero suena un poco raro... -comentó pensativa, pero ignorante y sin ninguna idea de lo que quisiera realmente decir tras eso Sindri. Simplemente supuso que estaría comparando aquellos... "rituales", aunque con unos términos bastante raros. - Es decir, no voy a juzgar los fetiches de nadie. -levantó una ceja.

Oh, sabía que iba a quejarse de aquello. Estampó las palmas de sus manos contra sus rodillas, echando su cabeza hacia delante. - ESTÁ RICA. Y es una carne tierna y jugosa... ¡No tiene nada de malo! ¿Qué ibas a decir, eh?- estaba claro que Sindri no había probado un buen muslo de pollo crudo. Ahhh... ¡Su boca se derretía nada mas recordar la explosión de texturas mezcladas con un tinte de sangre que quedara en el hueso de éstos! - Hmpf. Eso lo sé. Pero, ¿acaso tú no comes esos... Bollitos dulces, se llaman? Esos panecillos que se amasan dejando un agujero en medio y les meten no se qué potingues dentro... ¡No me digas a mí que eso sea muy nutritivo tampoco! Pero seguro te los comes aún así porque están ricos. -sonrió con picaría. Era algo que había aprendido en sus visitas a las ciudades mas llenas de gente civilizada, al fin y al cabo, la comida era lo que uno siempre probaba.

- Khirin. -aclaró. Su tribu se llamaba como la "diosa" a la que sólo ellos rendían culto. Pero después pensó que seguramente Sindri no lo supiera escribir correctamente. Realmente no tenían escritura en su tribu, todo se basaba en ligeros cambios en la pronunciación y aspiración al hablar. Así que se levantó y se acercó hacia el, mirando a lo que había apuntado, agachándose a su lado. - Mmmh... -Ya que ella no sabia escribir, pero sí reconocer caracteres por sus viajes, fue buscando con un rostro concentrado entre sus apuntes aquellas las letras por separado que con el paso de los años había aprendido que era como se podría transcribir las palabras de su tribu. Y señaló aquellas seis por orden, haciendo una pausa notoria en la mitad- KHI, RIN... Así. -asintió, mientras seguía comprobando el texto- ¡Ah! El nombre del jefe Khima tiene estos caracteres, a ver... M... A. Sí, creo que es de esta manera. -continuó señalizando, y tras eso, se volvió a sentar en su roca.

Pero todo rostro pacífico desapareció alzando el puño, en cuanto le tomó el pelo de nuevo, pero se reservó las ganas de responderle, a cambio, sólo gruñó, con un leve pero inevitable tinte en sus mejillas. - ... -"La cabellera más bonita", decía... ¡Todo lo que soltaba eran idioteces! - ¡¡Hey!! ¡Eso jamás! ¡Ni en tus ridículos cuentos obligaría a los ponis a hacer eso! ¡¡Nunca!! -exclamó, mas ofendida de lo normal, su cara había cambiado. Para ella era claro que tratar así a los 'caballos en miniatura' era impensable, dijese lo que dijese. Podía tolerar sus bromas pero no aquella. ¿A quién se le ocurría burlarse de los animales divinos?

Suspiró resignada, aunque aún seguía medio molesta. Además, parecía que no había entendido que finalmente le había dado el 'permiso' de preguntarle por ella. No comentaría nada acerca de ello a pesar de que en su rostro se notaba una cara de decepción infantil... o algo así. - Pues... Vivimos en armonía con los sagrados caballos, tenemos la piel oscura, algunos usamos el lenguaje de nuestros ancestros... Aunque bueno, eso hasta hace poco pensé que era único. Es decir, nuestro lenguaje sí, pero no el hecho de que sea el único que exista... ¿Creo que los emergidos hablan otro idioma antiguo también? -se encogió de hombros, no dándole mucha importancia. Además, eso lo había sacado de conclusión en el encuentro que había tenido con el noble arquero Virion y su antipática sirvienta, Ram, que, ¡vaya! también era usuaria de magia, pero no como la de Sindri, si no la normal que siempre veía... ¿De Ánima, le había dicho? - No sé, al menos en los lugares a los que he viajado parece que no es algo usual estas cosas que te digo. -o quizás eran secretas, a juzgar por la reacción que había tenido dicho arquero con los extraños mapas.

¿Qué quedaba de "extraño" en su tribu? - Y... yo, supongo. -añadió murmurando, y rodó los ojos.
Pero era cierto. Aunque se hubiese topado con personas de cabello blanco, estas no parecían tener el mismo tono o directamente sus ojos eran de otro color, nadie que hubiera visto en sus 21 años compartía la mismas exactas características que ella, por lo que definitivamente tendría que tratarse de una maldición.
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[Social] All that remains is pure white ash. [Priv. Sindri] Empty Re: [Social] All that remains is pure white ash. [Priv. Sindri]

Mensaje por Sindri el Jue Ene 03, 2019 7:10 pm

Ahuhuhu~ ¿Usted también desea unas risas fáciles? No la culpo. ¡No la culpo! La vida es demasiado corta como para andar con cosas serias todo el día, eso es lo que siempre digo. ¿Quiere reírse de algo? ¡Hágalo! ¿Quiere reírse de mí? ¡Hágalo! La vida es una comedia, un chiste… ¡Una broma! – Sindri alzó los brazos de buen humor, casi como si estuviera alentando a la nómada de Sacae a que continuase un poco con la chanza. ¡Cuán feliz estaba de haber encontrado alguien con sentido del humor! En sus viajes había conocido a un buen número de personas… y parecía que el sentido del humor era uno de los que más brillaban por su ausencia entre ellos, seguido de cerca por el sentido común. ¿Tanto costaba reír? No, sonreír era fácil, tenías que mover muchos menos músculos que para poner un ceño fruncido. Pero no, todo el mundo parecía tener una cara de pocos amigos las veinticuatro horas del día – Claro que no siempre es una buena broma o un chiste que haga gracia. Por eso es nuestro deber como espectadores encontrarle dicha gracia. – mencionó quedamente con tono distendido. La vida ya era demasiado aburrida y triste de por sí como para vestirla de negro más y más… pero parecía que la mayoría de gente prefería ser tan gris como los cielos de Ilia antes de una ventisca. Así bien recaía sobre los hombros de los pocos seguidores del buen rollito alegrar un poco el ambiente – Ah, ¿No le dije que tenía todo pensado, Guerrera Khigu? Así bajarán la guardia aún más. ¡Si me ven tiritando y medio muerto de frío me verán patético! Bueno, más patético de lo normal, quiero decir. – el hecho que de veras le interesara verlo de esa guisa se le antojó especialmente entretenido. Supuso que los nómadas de Sacae debían tener un cuerpo musculoso y entornado casi a la perfección por el arduo trabajo del día a día, nada comparable a sus endebles músculos que no veían mucha más acción que el caminar de un lugar a otro o portar libros en sus brazos. Veía como algo normal que le vieran como alguien endeble y debilucho, pero el ser subestimado era un arma más del arsenal de un Hechicero.

Pero la sonrisita de suficiencia se le borró cuando algo redondo, esponjoso y, lo peor, frío impactó contra su cabeza de una manera totalmente inesperada. El muchacho sacudió la cabeza con fuerza para sacarse todos los trocitos de nieve que pudieran quedarle en el pelo y le dedicó una mirada a la guerrera de Sacae. Una mirada confusa en un primer momento que, tras unos segundos en los que Sindri analizó la situación, se volvió más afable e incluso bromista. No fue extraño que dijera a continuación con una voz al borde de la risa – ¡Eh! ¿Que pretende teñirme el pelo de blanco como el suyo? ¡Pues no le va a funcionar! – se pasó una mano por su cabellera púrpura para asegurarse que no estaba mojada… ¡Lo último que le faltaba era pillar un resfriado por una bola de nieve! Y es que en Ilia cualquier cosa podía acabar en una pulmonía de las molestas… – Si hubiera salido más a mi madre tendría el pelo tan blanco como usted… ¡O quizá más! Pero no, estos ojos y este color de pelo son de la abuelita Amélie. ¡Ay! ¡Hace tanto tiempo que no veo a mi abuelita…! – de madre peliblanca y padre rubio nacieron tres hijos con colores de cabello distintos. Sus dos hermanas se parecían más al padre con unas hermosísimas cabelleras rubias con tintes platinos mientras que Sindri… Sindri era otra historia. Una historia muy larga que no vale la pena explicar ahora.

¡Es lo que intento, Guerrera Khigu! Pero uno no puede simplemente crear diversión de la nada. Así. Ya sabe. ¡PUF! ¡Diversión! ¡Entretenimiento! ¡Buen rollito! ¡Paz y amor! – hizo un movimiento en el aire con las manos como si estuviera tejiendo un conjuro moviendo los dedos a diestro y siniestro. No mentía en absoluto, el Hechicero viajaba día y noche de aquí para allá y sólo se quedaba en un lugar concreto si había promesas que algo interesante iba a suceder. Algo que pudiera saciar su curiosidad aunque fuera unos pocos días. Ferias, festivales, luchas, peleas, torneos, eventos de toda clase, buenos o malos, lugares repletos de historia que investigar e investigar… cualquier cosa le valía, el bibliotecario no era quisquilloso con estas cosas – ¿Si me gusta ser Hechicero? Pues… – ¿Cómo contestabas esa pregunta? ¿Si a Sindri le gustaba tener en la punta de sus dedos un poder inimaginable capaz de Revolucionar el Mundo a placer a cambio de una muerte pronta y cruel? ¿Si por cada acción sobrehumana que era capaz de enarbolar Sindri notaba el gélido aliento de la Parca más cerca? Era una pregunta que todos los practicantes de las Artes Arcanas se hacían día a día – Digamos… que no puedo ser otra cosa que Hechicero, por lo que es irrelevante si me gusta o no. Ninguna otra cosa en este mundo se me da bien. Ninguna. ¡En serio! Me temo que nací sin talento alguno. Sin. Talento. Alguno. – no había tristeza en su voz, Sindri había tenido varios años para asumir e interiorizar esa verdad. Mas no pudo evitar emplear un tono algo alicaído y construir las frases de manera extraña, casi como si su lengua tropezara consigo misma. Como si hubiera eludido el tema últimamente y no pudiera hablar con la soltura. Algo así.

Su expresión cambió prontamente cuando la sacaína se ofreció a darle un nuevo nombre. Interesante. Muy interesante. Alzó una ceja de manera inquisitiva durante unos instantes, antes de caer en la cuenta de algo – Ahuhuhu~ Sería usted la tercera mujer que me da un nombre, pues. No me quejo en absoluto, atesoro tales nombres como si fueran lo más preciado de este mundo. – sonrió crípticamente mientras se llevaba el dedo índice a los labios, mostrando a su reducida audiencia que lo que acababa de contar era un secreto de alguna clase. Un secreto envuelto en un lazo rojo – Y… ¿De veras cree eso? ¡Vaya! ¡Muchísimas gracias, Guerrera Khigu! Me consideran muchas cosas allá por donde voy, normalmente “molesto”, “impertinente” y “candidato a ganarse una paliza”. ¿Divertido y entretenido? Eso es nuevo. – el muchacho habló con voz emocionada mientras vestía una gran y radiante sonrisa de autosatisfacción. Acompañó tal cara alegre con unas pequeñas palmas de jolgorio mostrando así cuán feliz estaba de recibir unos halagos. ¡No era normal! ¡No era nada normal! Por ello Sindri había aprendido a apreciar las pocas veces que a alguien se le ocurría la extraña idea de decir algo bueno sobre él. Claro que podía estar mintiendo para ser amable. ¿Qué le dijo la señorita Lyn hace tiempo en Sacae? ¿“Los nómadas de Sacae nunca mienten”? ¿Se permitirían las mentirijillas piadosas por algún casual? Misterios de la vida y la ciencia. Pero fuera verdad o mentira, a nadie le amarga un dulce y prefirió dejar de pensar en los “y si…” y disfrutar del momento. Bueno, salvo que el dulce fuera de manzana verde, claro.

Y entonces, tras unos instantes de palabras cortadas, se hizo el silencio en aquel claro níveo. Ni siquiera el ulular del viento parecía querer distraerles de lo que estuviera sucediendo allí, fuera lo que fuera.  Sindri aguantó la mirada con dos ojos púrpuras extrañamente serenos y tranquilos, como dos lagos en calma. Se preguntó qué estaba buscando la Guerrera Khigu y es que podía ver claro como un día sin nubes que le estaba dedicando unos grandes ojos repletos de curiosidad – Cuidado, Guerrera Khigu. Cuando usted mira largo tiempo a un Abismo, el Abismo también mira dentro de usted. – casi tarareó tras sostener los espejos del alma de la nómada de Sacae durante un ratito para reír discretamente a continuación. Había quién sostenía que los Hechiceros más experimentados eran capaces de tejer silenciosas maldiciones para leer los pensamientos ajenos y que, por eso, todos los Magos Arcanos debían aprender como escudar sus pensamientos en cualquier momento. ¡Paparruchas! ¡Tonterías supersticiosas! No por el hecho que no existieran tales maldiciones, claro que existían, sino porque los únicos pensamientos que les importaban a los Hechiceros eran los suyos propios.

La mujer le había planteado una pregunta muy interesante. ¿Se había divertido Sindri durante el tiempo que había pasado ahí? Ponderó unos momentos la pregunta mientras se rascaba suavemente el mentón para decir con voz decidida – Sí, la verdad es que ha sido un día muy divertido en Ilia. He podido luchar contra Emergidos, hacer un poco de ejercicio y conocer a alguien muy interesante. ¡Por no decir que he tenido ocasión de aprender algo nuevo sobre Sacae! Un muy buen día, sí. – uno de los mejores días que había tenido en una buena temporada. Aunque últimamente su día a día se había basado en hacer incursiones en la Gran Biblioteca de Ilia y sacar algunos tomos antes que volvieran los Emergidos, por lo que… – No soy alguien especialmente bélico, lucho cuando debo y poco más. No es pacifismo ni nada por el estilo, simplemente no me gusta esforzarme cuando hay otras opciones que derrochan menos energía. – estiró un poco las extremidades hacia la hoguera con la vana esperanza de calentarlas un poco. En su corazón Sindri seguía siendo un noble comodón acostumbrado a hacer el mínimo esfuerzo posible en todo y él lo sabía. Por eso la noble tarea del bibliotecario resonaba bien con él: sólo necesitabas saber leer y escribir y tu día podía resumirse en estar sentado en un sillón hasta que alguien requiriera algo de ti – Pero admito que verla luchar ha sido un espectáculo, sí, sí. Poder. Fuerza. Valor. Suficiente para haberme alentado a unirme a la refriega yo también. – sentenció con decisión mientras asentía con la cabeza para darle más énfasis a sus palabras.

La mujer pareció no desprestigiar el alcohol, seguramente tenía un paladar refinado y distinguido como el suyo. ¡Ah, las maravillas del vino a pocas cosas eran comparadas! Sobretodo cuando hacía años que no probabas nada de un viñedo ni aunque fuera de esos pequeños y mal cuidados del norte. No hizo ademán de querer retirarle la bebida, los aspirantes a sommeliers debían apoyarse los unos a los otros. Además, el hecho de ser escuchado sin interrupciones, sin malas caras y sin tratar de discutirle algo de lo que tenía extensos conocimientos era un soplo de aire nuevo. Un aire dulce, del que llenaba los pulmones con gracia y salero. Sentía casi como si sus explicaciones fueran… apreciadas. ¡En serio! ¡Apreciadas! Se lo sacó de la cabeza con el mismo brío que le había llegado, seguramente simplemente había aburrido tanto a la pobre señorita de Sacae que se había dormido con los ojos abiertos. El bibliotecario Menelaus era capaz de hacerlo, lo que le solía ganarse unos despertares muy agitados de gente enfadada porque no le estaba haciendo ningún caso. El buen bibliotecario Menelaus… siempre tenía algún dulce que compartir con Sindri y fue él quien le enseñó el Prohibido Arte de Escribir a Doble Cara sin que la tinta pasara al otro lado. Qué tiempos…

Nadie la necesita, Guerrera Khigu. Nadie la necesita. – meneó la cabeza de un lado hacia otro con mirada ausente, como si fuera una respuesta que daba usualmente. Dicho estado anímico se le pasó al momento cuando la mujer contestó a su chanza de la manera más impredecible posible. ¡Manos por cabezas! ¡Tabernas de Lycia! ¡Fetiches! Poco más pudo hacer que ahogar una risita tras su mano enguantado, extremadamente feliz de haber sacado aquel tema de conversación. Una mina de diversión, eso era lo que era la sacaína. Una mina. Pero, como en toda mina que se preciase, siempre habría un poco de carbón – Espero que no esté comparando los deliciosos bollitos de nata con… una pieza sanguinolenta y sin cocinar de venado o algo así. No son lo mismo ni de lejos. – hizo aspavientos dramáticos de estar ofendido, como si hubieran atacado algo preciado para él. Realmente Sindri no tenía muchas manías con la comida, siempre y cuando los ingredientes fueran de primerísima calidad; la cocinaran los mejores cocineros del país,;no mezclaran sabores; que las salsas estuvieran calientes salvo aquellas que se servían en las ensaladas; que los dulces fueran esponjosos; que los quesos fueran tiernos; que no hubiera aguamiel a cincuenta kilómetros a la redonda y, claro, que le apeteciera comer lo que tenía en el plato – ¡Permítame decirle que los bollitos son, al menos quinientas veces más sanos que comer carne sin cocinar. ¡Le aseguro yo que el pan amasado y cocido a fuego no tiene parásitos! ¡Ni enfermedades! – salvo el ergotismo, y esa podías evitarla no comiendo pan oscuro – ¿Qué le cuesta cocinar la carne aunque sea media hora? ¿O cuarenta y cinco minutos? Total, puede aprovechar para buscar hierbecitas y plantas silvestres para darle algo más de sabor y un acompañamiento. ¿Es por hacer hogueras? ¡Si incluso yo puedo hacer hogueras!

Bien, Kirrin. Escribir Qirinh era fácil. Primero ponías una c de “caballo”. Luego una y de “yegua”. Luego una r de “Rocinante”. Luego una… – ¡Argh! – mencionó al oír una voz femenina demasiado cerca. Quiso cambiar de posición, pero tenía el tintero en la rodilla y el papiro apoyado en falso por lo que no tuvo oportunidad de hacer más que un respingo pasajero. La paranoia típica de los Hechiceros se mezcló con el hecho de sentirse especialmente descolocado al tener una mujer tan cerca de él en actitud no ofensiva. Es decir, cuando la gente estaba enfadada con él, disgustada, le gritaba, le quería golpear, le lanzaba cosas… eso era lo normal, sabía cómo actuar e incluso disfrutaba dentro de lo que cabía representando tal papel. Además, años y años de estudio entre libros no daban pistas sobre qué hacer cuando una mujer se te acercaba tanto, eso era tarea del padre cuando el hijo llegaba a una cierta edad. Mas no era una opción para Sindri ahora por ahora… – ¿Eh? ¿Eeeh…? ¿Es…ta…? ¿Y… esta? S-sí, muy bien, muy… bien. Ya lo veo… – trató de ahuecarse un poco para dar el máximo espacio personal a la mujer sin que ello dificultara su escritura. Lo que era bastante difícil cuando era el brazo de la señorita el que se acercaba a ti, todo sea dicho de paso. Pero, de un modo u otro, lo consiguió dentro de lo que cabía.

¿Por qué no? Los ponis son más fuertes de lo que aparentan. De hecho estoy más que seguro que podrían tirar de una cuadriga o un carro con suficientes zanahorias de por medio. – teorizó alguien que no tenía ni la más mínima idea del mundo equino más allá de “les gustan las hortalizas” – Los ponis son criaturas misteriosas, Guerrera Khigu. En las ferias de mi ciudad natal a veces aparecía una famosa ventriloquista con un poni del color de la canela con la crin dorada como el oro. La famosísima y maravillosa poni cuentacuentos… ¡Juana Manzana! Una poni que se subía al escenario y contaba maravillosas fábulas a los niños que se portan bien. – omitió esta vez el detalle de la miel, no fuera a ofenderla que le dieran tal producto a un equino que merecía reverencias – Luego de la función podías darle un terroncito de azúcar o un trocito de manzana confitada. Era una poni muy amable y agradable, no daba coces y se dejaba peinar la crin. No como otros equinos más grandes. – eso último lo mencionó con exasperación puesto que tenía miríadas de recuerdos asociados con los caballos más grandes, esos que se usaban para ir a la batalla, y con los pegasos. Los primeros en Lycia, los segundos en Ilia – Madre siempre quiso que aprendiera equitación. Una más que noble ocupación seguro, pero a mí personalmente nunca se me dio bien montar a caballo. Me caí tantas veces de la silla de montar que creo que mis costillas son inmunes a cualquier impacto a día de hoy… y ni decir que trato de dar amplio espacio a cualquier equino más alto que yo. – y tras sincerarse y contar una anécdota del pasado que podía hacerle gracia o no, el Hechicero se dispuso a continuar sus apuntes sobre la tribu Khirin de Sacae.

Idioma Antiguo. Algunos Magos de Ánima suelen emplearlo para usar sus hechizos. Yo, personalmente, no lo necesito. – contestó Sindri sin sacar la mirada del papel, absorto en escribir cada palabra que salía de boca de la hachera con buena letra. Vale, con letra mínimamente legible. Caballos como parte importante de su sociedad… piel oscura… lenguaje propio… seguramente oral, no escrito, en Sacae se apreciaba mucho el conocimiento oral y, además, los nómadas solían viajar lo más ligeros posibles. Eso tenía sentido – ¿Y… usted? – por la manera que lo había dicho parecía que había mucho más detrás de aquellas palabras, esa no era la voz normal que la nómada de Sacae había empleado durante toda la velada. Extraño. Muy extraño – ¿A qué se refiere, Guerrera Khigu? ¿Qué me puede contar sobre usted? ¿Qué es lo que le hace tan especial? A parte de la fuerza y el vigor que puedo ver yo a simple vista, ahuhuhu~ – preguntó levantando la mirada del papel y mirando a los ojos rojos de la mujer tal y como ella había hecho momentos antes. Trató de adornar las preguntas con una sonrisa amigable cien veces ensayada y con algo de humor, pero ni siquiera así pudo esconder la curiosidad que tenía de conocer tales respuestas.
Afiliación :
- ILIA -

Clase :
Sorcerer | Priest

Cargo :
Bibliotecario (Gran Biblioteca de Ilia)

Autoridad :

Inventario :
Vulnerary [3]
Tomo de Worm [1]
Tomo de Archfire [1]
Tomo de Nosferatu [4]
.
.

Support :
Lyndis [Social] All that remains is pure white ash. [Priv. Sindri] JEIjc1v
Khigu [Social] All that remains is pure white ash. [Priv. Sindri] JEIjc1v

Especialización :
[Social] All that remains is pure white ash. [Priv. Sindri] Tomo-4[Social] All that remains is pure white ash. [Priv. Sindri] Staff-1

Experiencia :
[Social] All that remains is pure white ash. [Priv. Sindri] YvwSTdF

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[Social] All that remains is pure white ash. [Priv. Sindri] Empty Re: [Social] All that remains is pure white ash. [Priv. Sindri]

Mensaje por Khigu el Miér Ene 09, 2019 10:39 pm

Tal vez estuviese bromeando con el hechicero- ¿Oh? Yo no lo decía de broma~... -pero, ¿que fuera interesante imaginarle sin ropa? ¡Eso no iba a negarlo!
La vida era un chiste, ¿eh? Khigu supuso que a veces era mejor tomarse las cosas así, justo como decía. Sí, su vida era una broma, ¡al fin y al cabo la gran mayoría de los que conocía le tomaban el pelo!
- Hahaha, ¡supongo que tienes razón! -no iba a negarle aquello, en realidad cuando alguien tiritaba de verdad lo mas normal era pensar aquello. ¿Por que no se abrigaba si sabía que iba a pasar frío?

- ¡...! GRRRÑÑÑÑHHH  -le volvió a tirar otra bolita, con mas fuerza- ¡Claro que no! ¡Como si el pelo se pudiera teñir! -Hah, si hubiera sido de ese modo...
Pero la mirada molesta se convirtio al segundo en una interesada. - ¿¿Eh?? ¿Tu madre también era...? -¿como ella? ¿O le estaba tomando el pelo de nuevo?
Si él y su abuela eran iguales, eso significaba que podría haber una... posibilidad. Ya que no era la primera vez que había visto cabellera blanquecina, pero normalmente siempre era hereditario, como un color de pelo normal, casos en los que en la familia de aquellas personas compartían los mismos atributos físicos. Ellos nunca sabrían el horror que ella sentía.

Era cuanto menos gracioso lo que soltaba, decía que no podía crear diversión de la nada y sin embargo ella lo estaba pasando bien con él. - ¿Ah, no? Pensé que un hechicero como tú podría hacerlo "mágicamente". -sonrió.
Talento... ¿qué era el talento? Lo escuchaba mucho cuando viajaba fuera, pero simplemente no comprendía el concepto de aquello. Por cómo lo comparaba Sindri, parecía que era parecido a no dársele bien el hacer algo, pero era extraño incluso dentro del contexto, porque muchas veces parecía como si los demás lo trataran de algo exterior que te venía o no por "arte de magia", independientemente de que hubieras practicado para ello, o no te interesara mejorar. Sí, siempre suponía que era como cuando pensaban que ella no podría ser fuerte simplemente por su apariencia, o por su maldición... pero lo era, ¡por el esfuerzo que había trabajado durante años!

- ¿¿Oh?? ¿No que las mujeres no te hacían caso? ¿¿Hmm?? -comentó con una voz burlona, pero interesada. Pero... - Si tanto los atesoras, ¿cómo es que... -sólo usaba uno? ¿Y por qué entonces 'no quería ser Sindri'? Eso pasó por su cabeza, mas el gesto del pelimorado bastó para responderle antes de tiempo. - Hm. Bueno, tampoco es asunto mío. -murmuró en un tono neutro, sí era cierto que sentía curiosidad por él, pero también comprendía que, realmente, eso poco o nada era relevante.

- Claro, siempre digo lo que pienso. -siempre y cuando no le avergonzara demasiado, aunque incluso aquello lo ocultaría en su idioma- ¿Por qué debería mentir? -no le decía que no a las mentiras ocasionales, pero, dependerían del motivo por el que vinieran.

- ¿Eh? ¡No le tengo miedo al abismo! ¡¡No tengo miedo a nada!! -Y, ¿cuántas veces se había terminado tirando sin pensarlo mucho por barrancos aparentemente infinitos? Apenas solo recordaba algunas ocasiones especiales. La mitad de sus cicatrices era por lo temeraria en estos casos, más que por haberse dejado herir por otros.

- Jeh. ¿Ves que el ejercicio no es malo? -como tampoco lo era aprender a sentarse y escuchar. - Sin esfuerzo, no hay recompensa. -y eso incluía, cualquier tipo de recompensa. Monetaria, en especia... O incluso mental. El hacerse mas fuerte, el poder quedarse satisfecho con lo que uno hacia, la sensación del orgullo...
Orgullo, una sonrisa de orgullo iluminó el rostro de la mujer al escuchar los halagos de él. Por otra parte, se sentía extraño, sobretodo la ultima parte. ¿Era por lo que había dicho antes, de seguirla y todo eso? Era... Ciertamente una nueva experiencia para ella. Afectar de manera positiva en alguien como para hacerle cambiar de parecer, romper su rutina. Era tan complicado de procesar aún, pero sus palabras se habían grabado en su cabeza.

- ¡Huh! Para gustos, colores. -le sacó la lengua, picada. ¿Quién necesitaba esos bollitos? Puro pan seco azucarado y relleno de aquella consistencia pastosa, ¡¡¡demasiado empalagoso!!!
- ¿Parásitos? ¿ENFERMEDADES? ¿¡Que me estás diciendo!? ¡Más bien si te comes tú eso y te la pasas sentado en la biblioteca te vas a poner como un cerdo de granja cebado! -gesticuló, hinchando los mofletes. Así estaban los nobles, todo el día engullendo esos postrecitos de "alta clase" poco naturales, sin moverse de sus sillas. Aunque debió escoger otro animal, el cerdo sí tenía buen sabor... - Y, antes de que me malentiendas, -por supuesto, ella no se dejaba guiar por la apariencia de alguien, ¡pero él era quien estaba hablando de nutrición! - ¡Me refiero a que no te aportan energía! ¡¡Cero músculo!! Yo estoy completamente sana, ¿que no viste mi fuerza? -Sí, no era delgada, de hecho su constitución era muchísimo más ancha que el resto de las mujeres. Pero era pura fibra. - Porque bien que te quedaste mirándome la retaguardia... -Notar las miradas de la gente hacia su cuerpo se había convertido en una costumbre. Pero... oh, un momento. Enmudeció en cuanto se dio cuenta  de sus propias palabras, como ni siquiera lo hubiera pensado. ¿No entraba eso dentro de juzgarla? ¿Sólo era un cocinero repipi o algo así? ¿No le había dado asco? Todo se había puesto tan confuso en pocos segundos que prefirió seguir con el tema original. - Ehhh, de todas formas, ¡ya te dije que éso sólo lo como por el sabor! Tú preguntas, yo respondo. ¡¡Claro que sé asar la carne!! -gruñó- De todas formas, a ver, ¿acaso qué clase de carne cruda has probado tú para decir eso? Y, ¿no eras tú el de la carne de emergido? ¿¿Eeeh??


- ¡No es eso! -sí sabía que eran fuertes, no eran como crías de caballo, como solía confundir la gente. Sino otra subespecie diferente. - Me... No me gusta ese trato a los equinos. -le horrorizaba, en el sentido de que le parecía un disparate que la gente hiciera aquello a unos animales tan sagrados. La misma mala cara había puesto anteriormente cuando había escuchado el termino de que los pegasos "servían" a las caballeras aladas.
- ¿Ventriloquista? Una poni que... ¿¿¿qué??? ¿¡Que habla!? ¿¿¿Cómo??? -exclamó sobresaltada, aquello era NUEVO.

- ¡También hay personas que dan coces y se comportan horrible! ¡Cada uno tiene una personalidad!
No le gustaba que la gente montara los caballos - Mejor olvídalo, para eso es el animal quien te tiene que elegir primero a ti, depositar su confianza en ti. Conocerlo a fondo, establecer un gran vínculo entre los dos... -así había pasado entre la diosa Khirin escogiendo a Hanon para montarla. También su amiga Lyn, era la única que había sido afín con aquella cría de yegua que le habían dado los de su tribu, ¡la había llamado Madelyn! ¿Cómo estarían ellas?
Y aunque la misma Khigu se llevara bien con los caballos de su tribu, no pensaría jamás en ser una CARGA pesada, ni mucho menos sentirse con la dignidad de montar a tan preciado animal. - "Noble ocupación"... Pfff. -resopló- Al final, quien ose montar a uno sin saber esto, solo provocará daño al caballo y a sí mismo. -muchos de aquellos caballos eran rescatados, ya viejos o heridos tras las batallas que le daban estos "caballeros"... ¿Por qué dejarían que su sagrado compañero sufriera de aquella manera? ¿Qué había de noble en aquello? Hablaban mucho de honor pero a cuentas practicas nunca lo demostraban... ¡¡Tenían que luchar a su lado!! Complementarse el uno al otro... - Pero está bien darles el espacio que necesitan. ¡Son criaturas respetablemente fuertes!

Oh, ya veía, eso explicaba lo de Ram. Aunque no era como si hubiera escuchado a otro mago igual. Pero, seguía escamándole la cuestión de que ¿cualquier? emergido, fuera usuario o no de magia, lo hablara, al parecer...

Eso... ¿es lo que veía él de ella a simple vista? No pudo evitar sonreír un poco, de lado. Empezaba a acostumbrarse, extrañamente, a sus halagos.

Entonces, se puso a pensar, realmente... ¿Especial? Huh, lo que le hacía "especial"...Por alguna razón, comenzó a ver la nieve, no como nieve, si no como cenizas. De cuando todo había ardido allí con tanta pasión que solo quedaba aquellos restos, en Ilia.
Luego, volvió a levantar la vista para encontrarse con sus ojos, eran alargados, afilados. Le gustaba mucho la forma que tenían, siempre había sentido afín hacia ese tipo de ojos, no sabía por qué. - ¿Mmm...? ¿Cómo era? "Si miras a un caballo directamente a los ojos, este se molestará contigo"~... -rió, antes de volver a cambiar el tono de voz a uno mucho más serio. - Antes dime algo, Sindri. -¿Cambiaría el tema? Justo cuando había soltado ya algo, era cierto que dudaba una y otra vez, pero no creía que pudiese tratar el tema con buen humor, al fin y al cabo.- Has dicho que tu madre tenía el pelo blanco... -le devolvió la curiosa mirada.

- No, más bien, tu... desesperación. Sí, eso me servirá. -murmuró, pero añadiéndolo a la conversación. Y entonces, lo señaló.- Eso te hace especial. Una vez me dijeron que uno se molestaba por creer que eso que te hace especial es... malo. -hizo una pausa- Y sigo opinando que es malo. Quizás no veas a nadie igual que tú, incluso dentro de tu misma familia. -Fuera obvio o no para el otro, Khigu ya estaba hablando de sí misma- Pero, por la misma razón, si de verdad es algo que no puedes evitar, saca provecho de eso y conviértelo en tu punto fuerte. Y si aún así te persigue, no lo ignores, sólo mastícalo, tritúralo, dentro de ti. Eres y serás distinto, pero incluso así... -comenzó a titubear, algo dudosa- Pu... puede que encuentres a alguien a quien no le molesta tu... maldición, tu presencia, tu asp... -Sí, sí... está bien. Ella NO [i]necesitaba[/] a nadie para vivir. Era independiente. Pero también se sentía solitario. A pesar de vivir en una tribu, no había sido hasta que había conocido a Lyn, cuando se había dado cuenta de la soledad que hasta entonces había cargado a su espalda. Y Lyn era de las pocas excepciones, contadas con perfectamente una mano.
Soledad e independencia... No eran lo mismo, pero jamás lo reconocería, pues hasta ella tendía a confundir ambos conceptos.
- Yo. -continuó, finalmente. - Lo peculiar de mi tribu...  -suspiró resignada- Pero eso puedes ahorrártelo en escribir, no creo que les haga mucha gracia. Mis rasgos... incluso de ellos soy distinta.

- Antes te he comentado que tienen tez morena, a modo distintivo del resto de Sacae. Puedes ver que la mía no es mucho más distinta. Pero en cambio, ellos tienen el cabello negro como el carbón. -tomó de nuevo otra bola de nieve entre sus manos- Y por si fuera poco, sus ojos no imitan al color del de los emergidos. -bajó los párpados- El color de la tierra, de la canela, de las castañas... es lo que ellos poseen.

- Así que, dentro de mi tribu, de Sacae, de Elibe... De todos los lugares a los que he visitado, no encuentro a nadie con mi maldición. ¿Contento? -refunfuñó. Sin embargo, ¿por qué le había resultado tan fácil hablar sobre aquello con el "extraño", finalmente? Malhumorada y todo, pero no se había sentido en ningún momento, obligada.



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Siento tardar y si ha quedado un poco raro, el pc se me reinició solo mientras escribía y perdí más de la mitad del contenido original ^^U
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[Social] All that remains is pure white ash. [Priv. Sindri] Empty Re: [Social] All that remains is pure white ash. [Priv. Sindri]

Mensaje por Sindri el Lun Ene 14, 2019 8:00 pm

Sí, sí, claro, claro… – canturreó el Hechicero distendidamente siguiéndole la broma a la mujer. Ni siquiera la miró cuando decía eso, simplemente agarró una ramita cercana, la rompió en dos con la mano y la lanzó al fuego con suavidad pensando qué decir a continuación – Tan bonito y tanto que ver, ¿verdad que sí? Se notan a la legua mis marcados y magníficos músculos entornados. Maravilla natural, todos lo dicen. Sí, sí. Colas para ver mi cuerpo esculpido cuál estatua de mármol. ¡Colas le digo! – comentó el muchacho con la misma cantinela que empleaba un maestro de circo anunciando el próximo acto que iba a suceder en la carpa. ¡Ja! ¡Como si Sindri hubiera nacido ayer! Por favor, si incluso la misma mujer lo había tildado de canijo con tan sólo echarle una ojeada, tan evidente era. No es que estuviera en desacuerdo con ella; todo lo contrario, le daba la razón absolutamente: el bibliotecario hacía gala de una constitución lánguida y nervuda muy alejada del tono muscular de aquellos que trabajaban sol a sol físicamente, como por ejemplo los héroes de brillante armadura y melena rubia al viento que hacían las delicias en cualquier corte por las que pasaban. Ya se había convencido que no había mucho que hacer y tampoco se iba a poner a ejercitarse como un descosido a estas alturas de la vida… además mentirse a uno mismo era una cosa muy fea.

Si le divierte lanzar bolitas de nieve… ¿Que podría lanzarlas lejos de mis apuntes, por favor? No sé si lo sabe, pero el agua y la nieve no le sientan muy bien al papel… – nuevamente el muchacho no pudo esquivar la esfera repleta de agua congelada (eso requeriría esfuerzo), pero al menos pudo evitar que los trocitos de nieve impactaran contra sus preciados apuntes con un movimiento circular del brazo. Que tampoco podemos tirar la casa por la ventana e ir comprando ese papiro a prueba de todo tipo de agua tan famoso de Etruria. Eso era para los escribas de los nobles que tenían que aguantar las manchas de vino y de grasa de sus patrones – ¿Cómo que “no es posible teñir el pelo”? ¿De dónde ha sacado eso? ¡Claro que es posible! Y, además, es bien sencillo. Mire, haga una infusión de manzanilla cada noche y lávese el pelo con ella, en una semana o dos tendrá un cabello tan rubio como si fuera oro. – Sindri miró extrañamente a la mujer, vistiendo cada palabra con un tono incrédulo. Él había trabajado durante años en una troupe ambulante con todo tipo de actores, músicos, payasos y artistas… y muchos de ellos teñían su cabello de colores extraños y deslumbrantes para llamar más la atención de la audiencia. ¿Le estaba tendiendo una trampa dialéctica de alguna clase? ¿Era una prueba de su conocimiento? Se suponía que las mujeres lo sabían todo sobre cuidado capilar – Y si yo quisiera parecerme a usted sólo debería aplicarme agua con cal cada día y tendría el pelo blanco en nada de tiempo. ¿Lo ve? Fácil. – un mero tinte de cabello no era nada del otro mundo comparado con las pócimas que su maestra le había obligado a hacer durante su aprendizaje como Mago Arcano. Es decir, es simplemente poner los ingredientes, hervirlos bien, mezclarlos, drenarlos y guardar el líquido en un recipiente. Durante un tiempo Sindri se preguntó si podía vivir como un boticario en algún pueblecito perdido pero el hecho que existía gente capaz de sanar lo que fuera con un bastón mágico se le antojaba como competencia desleal para su negocio.

Hubo una pregunta en el aire sobre su madre y, como buen niño de mamá que era, Sindri se puso a la defensiva ante cualquier acusación o broma que pudiera ser continuada. Sí, la vida era una broma, pero cualquier tipo de chistes que implicaran a la madre de alguien era un golpe tan bajo que sólo podía alcanzar los tobillos. Pero nunca llegó, la mujer se contentó en sólo iniciar la cuestión para dejarla antes de cambiar súbitamente de tema – Bueno, sí, digamos que puedo maldecir un pueblo entero para obligarles a cantar una canción conmigo. Una de esas típicas de taberna con dobles, triples y cuádruples sentidos en cada verso que hacen enrojecer a las damiselas de las cortes cuando las escuchan. O canciones de las que cantan los trovadores de vez en cuando. No es nada realmente difícil, pero… ¿Sabe usted que la gente no aprecia impromptus con coreografías no ensayadas? Suelen decir cosas como “brujo” o “magia negra” o “¡A por él! ¡Coged las antorchas y las horcas!”… y entonces tengo que correr. No me gusta correr. Menuda panda de desagradecidos… – y tras unos momentos de reflexión, el muchacho rio queda y brevemente, como si acabara de recordar algo entretenido de, oh, digamos hace dos semanas. A continuación, con la voz de alguien cuya madre fue muy insistente que tomara clases de canto además de música instrumental, entonó dulcemente – Ya llega el panadero co-mo siem-pre, su mismo pan viene a vendeeeeeer~

Sindri vio con una sonrisita el interés que el tema de su nombre había suscitado, pero como había marcado con su gesto, eso era un secreto. A veces se preguntaba porque seguir con la charada y no volver a asumir su antigua identidad. Es decir, ya habían pasado… ¿Qué? ¿Siete años? ¿Quizá ocho? Seguramente todo el mundo que lo hubiera conocido ya lo daría por muerto y no es que Ryerde tuviera problemas con la sucesión del trono, sus hermanas eran más que capaces de asumir el puesto de su padre cuando… lo inevitable suceda. Pero cada vez que lo pensaba decidía seguir siendo Sindri y dejar que el noble yaciera en el olvido, el lugar que le correspondía. Quizá como castigo. Quizá por vergüenza. No es que mereciera nada mejor, ni él ni Sindri – Ah, eso sí que no lo sé. ¿Porque quiere mentir? ¿Porque le apetece? ¿Porque le ayuda a conseguir lo que quiere? Hay tantas razones para mentir como personas. – se encogió levemente de hombros. Las personas mentían, eso era una verdad monumental, y las razones… bueno, lo divertido de estar ante una mentira era tanto descubrir la verdad como encontrar la razón de haber mentido. Al menos desde el punto de vista de Sindri – Mas, ¿Cómo es la frase? ¿“Los nómadas de Sacae nunca mienten”? ¿“La gente de Sacae nunca miente”? Nunca la llegué a aprender del todo… – sonrió pícaramente mientras recordaba como si fuera ayer el encuentro con la nómada Lyn de Sacae en Bulgar. ¿Cuánto hará de eso? La última vez que vio a la señorita Lyn fue cuando ella y el clérigo Luzrov Rulay se dirigían hacia Caelin, uno de los países de la Liga de Lycia, tan y tan cerca de Ryerde…

Ah, pero el miedo siempre es posible cuando uno tiene esperanza. Es natural. Es humano. ¿Está diciendo que la Guerrera Khigu no tiene esperanza, como servidor de usted? Ahuhuhu~ Qué descubrimiento más interesante. – se llevó un dedo a los labios con una sonrisa ladina satisfecho y los ojos entornados. El miedo y la esperanza siempre iban ligados de la mano… o más bien la falta de esperanza y la falta de miedo eran almas gemelas. Si nada importa… ¿De qué vas a tener miedo? ¿Qué te va a provocar dolor? Obviamente “miedo” y “dolor” en sus sentidos más etéreos, claro que puedes asustarte y si te golpeas el dedo con un martillo vas a soltar una palabra malsonante – ¿Qué le parece entonces si usted y yo tenemos una romántica cita por los parajes de la Desesperación? Podemos pasear por las bellísimas Calles de la Amargura, por ejemplo. – mientras decía eso Sindri movía los brazos en aspavientos alegres y despreocupados, una actitud que contrastaba con el tema sombrío y demacrado que salía de sus labios. Tampoco estaba muy pertinente la perenne sonrisa del muchacho que parecía decidido a programar tal evento – Luego podemos alquilar un bote de esos que tienen forma de cisne y navegar un ratito por el Lago de la Melancolía, que dicen que es bellísimo en esta época del año. Y, para acabarlo de rematar, podemos merendar a los pies del Monte Pathos, que seguro que tiene algunas mesas y lugares donde sentarnos y charlar un poco más. – movió entonces el dedo índice de la mano derecha negativamente de izquierda a derecha, casi parecía que estaba escarmentado a alguien – Pero seré yo quién traiga los bocadillos y otros aperitivos. Por ejemplo, bollitos de crema. ¡Si se lo dejo a usted quizá encuentro que me trae un trozo crudo de carne de oso o algo así! – y eso sería todo lo que diría sobre los hábitos alimentarios de la mujer guiñando un ojo. Hm… pero faltaba algo – Bollitos que son miles y miles y miles y miles de veces mejores, más ricos, más buenos, más deliciosos y más sanos que la carne cruda.ahora sí había dicho todo lo que tenía que decir.

Es que su retaguardia… es algo digno de ver en esta vida, aunque sea sólo una vez. Es decir, haber colaborado en su protección es algo que merece mucho la pena. – ¿Para qué negar lo evidente? En la pelea que había precedido esta charla tan amena la tarea de Sindri había sido cuidar la espalda de la mujer ante ataques por sorpresa de los Emergidos. ¿Acaso puedes encargarte de cuidar algo con los ojos cerrados? No, claro que no, debías poner los cinco sentidos y la máxima atención humana posible – Quiero decir, usted no puede ver su propia retaguardia así que… considere esto como Sindri informándole sobre el estado de su retaguardia. – la palabra “retaguardia” seguía siendo inherentemente divertida, pero el Hechicero se encontraba visiblemente incómodo hablando de ella. Casi como si tuviera dos instintos contradictorios, uno el de hablar lo máximo posible sobre cualquier cosa y hacer chistes y el otro una vocecita en su cabecita dictándole que debía ser cortés con las mujeres y nunca, jamás de los jamases incluso aludir a su retaguardia. Hehehehe, “retaguardia” – Y no se podrá quejar… ¡Su retaguardia está intacta! He hecho mi trabajo diligentemente. ¿O me equivoco? – desvarió un poco, tratando de cortar el tema de sopetón, como llegando a un consenso entre ambas partes. Un chiste malo y dejar de hablar de retaguardias por el momento.

Y, tras escuchar su opinión sobre los caballos, Sindri no pudo evitar hacer un pequeño mohín de concentración y acariciar su mejilla con la parte suave de la pluma – ¿Sólo caballos? Y ponis, claro. ¿Pero pegasos también? ¿Unicornios? ¿Alicornios, unicornios con alas? ¿Caballitos de mar? Son caballos al menos en nombre, aunque yo nunca he visto uno. ¿Caballas? ¿Y los hipogrifos? Ya sabe usted, las crías de grifos y caballos, con cabeza y patas delanteras de halcón y cuartos traseros de caballo. ¿Indrik? ¿Shadhavar? ¿Burros? ¿Mulas? – trató de interrogar cual ballesta de repetición con una ceja alzada mientras pensaba en todos los caballos de los cuentos que su madre le contaba cuando era niño, algo que le costó algo de esfuerzo gracias a la desbordante memoria e imaginación de dicha mujer. Él prefería, por mucho, los cuentos de unicornios, pero en la variedad está el gusto – No establezco vínculos con nada ni nadie, mucho menos si ese algo es sobornable con hortalizas, así que es posible que no contara con la confianza del animalito. Yo a él no sé, pero él a mí me hizo daño. Eh, para qué quiero piernas si no para caminar. – se había resignado largo tiempo atrás a que seguramente sería un viandante por el resto de su vida a no ser que encontrara algún wyvern de un color bonito. Dudaba que ningún caballo se le acercara por voluntad propia para “depositarle su confianza” y los pegasos odian a los hombres, por lo que… – En cuanto a los equinos, yo respeto a los ponis y a los unicornios. Y ya. – si Sindri tuviera un unicornio de montura sería la envidia de todos los Hechiceros. Pero a ver cómo se viste con él para combinar con un caballito blanco con cuerno incorporado de serie.

¿Y qué hará ese caballo en cuestión, hm? ¿Cocearme? ¿Tirarme de la silla? – preguntó con fingida inocencia mirándola con unos ojos grandes y curiosos, como dos estanques en calma a medianoche. En cierto modo le hizo gracia que sustituyera el Abismo con los caballos teniendo en cuenta que Sindri respetaba tanto esa amalgama inefable de Oscuridad tanto como la mujer parecía ser partidaria de los equinos. Pero no era su turno de hablar, no, no, por lo que restó en silencio mientras la mujer preguntó sobre… ¿Su madre? ¿De nuevo? Pero entonces comenzó a hablar sobre… ¿Lo que nos hace especiales? ¿Y si ser especial es bueno o malo? El muchacho ladeó la cabeza ligeramente con aire extremadamente confundido, como si no acabara de atar todos los cabos que le estaban presentando. ¿Usa lo que te hace especial para fortalecerte? ¿Era eso lo que trataba de decirle? No era una idea novedosa, pero sí algo muy importante de interiorizar. Lástima que Sindri detestara con todas sus fuerzas lo que lo diferenciaba de los otros nobles de Lycia… o quizá los demás nobles del mundo. No podía sino preguntarse durante las grises horas de la noche qué era lo que había hecho mal o porqué había nacido sin lo que le merecía por virtud de la sangre que corría en sus venas. Suspiró quedamente mientras aguardaba expectante que la mujer relatase la verdadera naturaleza de lo que ella llamaba su maldición, incluso dejando de escribir tal y como le fue pedido de una manera algo rotunda y rocambolesca.

Y casi no podía dar crédito a lo que oía, por lo que Sindri se quedó en silencio durante un rato después que la mujer terminara de hablar. Casi como si esperase que eso fuera alguna introducción de alguna clase y ahora comenzaría a relatarle algo que podía considerarse como una maldición. Pero no obtuvo una conclusión. Es decir… ¿Todo era una cuestión de aspecto? ¿De color de cabello y de color de ojos? Claro que existían maldiciones para eso, soñar con un color de pelo distinto era una de las cosas más normales de este mundo, pero la mujer parecía profundamente infeliz por alguna razón. Mas… ¿El color de pelo importaba tanto? ¿Y el color de ojos también? No eran más que nimias características que podían ser cambiadas fácilmente. Maquillaje, brebajes, pócimas, magia. Incluso él, si la mujer se lo pidiera, podría pensar en algo para cambiarle el color de ojos o conformarle un tinte de pelo si no quiere siquiera que se teja una maldición cerca de ella. Todo le parecía tan y tan extraño…

Claro que… ser diferente dolía.

Eso Sindri lo sabía bien. Eso que podía comprenderlo bien. Quizá no a un nivel tan físico como el aspecto sino a un nivel más… etéreo. No, esa no era la palabra. Pero ahora mismo no la encontraba, por lo que tendría que bastar. Haber nacido sin algo que todos los demás a tu alrededor tenían. Tener que vivir con la desgracia de ver como los demás sí y tú no. Algo que, por tu sangre, tú también deberías tener y te había sido negado. Sin razón. Sin explicación. Sin compensación. Y sabía lo que era querer con toda tu alma querer ser igual, o al menos semejante a los que te rodeaban. A los que eran como tú. Proscrito. Solo. Avergonzado. El bibliotecario no pudo sino dibujar una sonrisa suave y comprensiva a la luz de las llamas, un gesto casi… dulce, incluso. Quizá no podía entenderlo, pero podía empatizar con la mujer de Sacae a cierto nivel. Y tal vez el muchacho podía ofrecer algo de ánimo a la mujer con una información que guardaba dentro de él bajo siete candados y siete llaves.

Mi madre… – y entonces su voz, modulada siempre a la perfección para cada situación, se quebró por completo. Como si la garganta se le hubiera secado de palabras. No esperó que esto fuera a ser tan difícil, pero traicionar estaba en su naturaleza igual que en la de un escorpión por lo que no pudo evitar sabotearse a sí mismo. Hacía tanto y tanto que no hablaba de su familia… alusiones sí, claro que a veces hablaba de esto y de aquello, meras menciones que nadie se paraba a pensar ni siquiera por medio segundo. Ni siquiera él. Especialmente él. Mas se forzó a tragar saliva inútilmente antes de empezar desde el principio con tristes tintes titubeantes – Mi... madre también tiene el cabello blanco. Una cabellera blanca como la nieve, larga como la noche y suave como la seda más preciada. Cuando era pequeño, permitía que yo se la peinase cada noche antes de irme a dormir. – trató de sólo abrir el baúl de los recuerdos lo suficiente para sacar un detalle o dos. Pero la memoria era un arcón, y como buen baúl siempre ocurría que lo que sacabas no lo podías volver a poner dentro con facilidad. Simplemente no cabía. Y ni por asomo se te ocurría cómo lo conseguiste antes – Y sus ojos… son rojos. Grandes y rojos. Como dos rubíes al amanecer. Todavía recuerdo la mirada amable de mi madre… – mencionó con una voz quebrada que a cada palabra era más y más como un susurro. La última mirada que su madre le dedicó, grabada a fuego en su mente, no podía ser más diferente a aquella. Quería recordar los ojos dulces y cariñosos de su madre y no aquella mezcla de miedo y temor, de no saber a quién estaba mirando, de…

No pudo mantener su mirada al frente y la desvió a la hoguera que tenía delante de él, como si… como si pudiera encontrar algo de absolución en las llamas, tal y como deseaba – Le agradezco el detalle, Guerrera Khigu. Sepa que aprecio de veras que haya compartido esto conmigo. Supongo que podría decir que sí, estoy satisfecho que haya respondido a mi pregunta. Gracias. – mencionó con voz vacía mientras esbozaba una tentativa sonrisa de la misma forma que alguien reconstruía un jarrón que había lanzado sin querer al suelo y se había roto en miles de pedazos.
Afiliación :
- ILIA -

Clase :
Sorcerer | Priest

Cargo :
Bibliotecario (Gran Biblioteca de Ilia)

Autoridad :

Inventario :
Vulnerary [3]
Tomo de Worm [1]
Tomo de Archfire [1]
Tomo de Nosferatu [4]
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Mensaje por Khigu el Mar Feb 05, 2019 9:20 pm

Khigu apretó los labios, ¡de verdad que parecía que él tuviera algo en contra de los músculos y del ejercicio físico! Pero, era un usuario de magia, una vez más... Era de esperar. Tampoco le molestaba tanto ya.

Si la nieve no le sentaba bien al papel, ¿cómo es que a los magos les encantaba visitar la biblioteca de allí? Era irónico. - ¡Jeh! ¡Pues no las esquives! -está bien, tenia que admitir que la puntería de la mujer no era buena, jamás se había planteado el arco, como muchos de los cazadores nómadas, porque le gustaba sentir su arma como una extensión más de su cuerpo, le gustaba sentir el peso de ésta, la fuerza con la que chocaba contra el cuerpo ajeno de su presa... Hasta hacía muy poco solía incluso subestimar bastante todo aquello que atacara de lejos. Era decir, seguía opinando que era una forma bastante cobarde de luchar, pero, ¿poderosa? Sí, eso no negaba que pudiera serlo.

¿Lavarlo...con infusión? ¿Que acaso era un chaman? ....pero...eso se podía, entonces? Por muy evidentemente estúpido que pudiera sonar, Khigu seguía siendo bastante ingenua en cuanto a información que desconocía y con la que no podía tener nada con lo que contrastar, por lo que lo creyó a la primera. ¡SÍ, probaría un día! Aunque ese color no fuera el suyo. - ¿Rubia? Hah. Casi que mejor me quedo como estoy, el cabello dorado es para gente antipática. -se cruzó de brazos. Le molestaría si él hiciera aquello "sólo porque sí", sólo porque él podía cambiárselo, sólo porque no le había tocado tenerlo así, igual que aun miraba con envidia a la gente que aun así lo tenía por simple genética. No eran diferentes del resto.

- ¡¡Pfff...!! -echó a reír inmediatamente en cuanto le contaba aquello. ¡Era como cuando ella aprovechaba de pequeña para tirarle abono a la cara a la gente! Nadie de su tribu se lo tomaba bien, a pesar de que eso fueran los excrementos de los SAGRADOS caballos... ¡Pero ellos se lo buscaban! Era lo único que la hacia reír en aquel entonces, sí. - La gente no tiene sentido del humor, definitivamente. -miró con una sonrisa.

- Sacae hanon utala. Saka teg te'hanon. -tras eso soltó una risita traviesa por el pequeño trabalenguas que formaba aquella palabra con el nombre de su tierra. Sin decir lo que significaba, pues supuso que lo obviaría por el contexto. - Sí, hay varias versiones de lo mismo.  
("Sacae dice la verdad. La vida no miente.")

- ¿Esperanza? No tengo que esperar nada así que no espero, yo me lanzo, sigo hacia delante pase lo que pase. La victoria me la gano yo misma. Lo que tengo es seguridad. Con la seguridad, no necesito el miedo, sólo... provocarlo en otros~ -¡aquella charla realmente se le hacía divertida! ¡Si, eso era!... al menos hasta que volvió a mencionar aquella palabra. - Rom... ro-romant.... Tú y... Ehhhhh..... ¿Eh? -alzó una ceja. CREÍA que había parado con sus bromas... ¡de ese tipo!
¿De qué lugares hablaba, encima? Era decir, no le importaba ver lugares nuevos... por muy nombres como esos tuviera. Pero llamar aquello una cita era... demasiado... ¿Cómo decirlo?
Y seguía. Botes con forma de... ¿cisne? ¿Qué era eso?
Se posó unos dedos en la frente, aquello le SUPERABA, a ella, a Khigu. De verdad que hacía muchos años que no encontraba a un tipo así de... Insistente en sus ¡TOMADURAS DE PELO! Porque eso eran.  Si, seguro había visto que le molestaba y por eso lo hacía, ¡quizás lo acabara de conocer pero ya sabía como era! - ¿"Monte Pha-... ¿Dónde... -murmuraba- Oye de verdad me da curiosidad pero... - No había necesidad de llamarlo cita ROMÁNTICA! Sin duda no sabia lo que decía.
Hasta que al menos entonces, de nuevo se metió con la comida y lo olvidó. - Tch, grrr... ¡¡OYE, IDIOTA!! ¡Sigue apuntando, que se te congela el cerebro con tanto azúcar! -exclamó enrabietada.

- No necesito ver lo que está a mis espaldas porque YO soy la depredadora, ¡¡que te quede claro!! -le señaló con un dedo.

Asentía y asentía, incluso a los unicornios y alicornios que no había visto en su vida pero que creía fervientemente en ellos. Pero entonces... - Caballos... ¿¿de mar?? -con la cara mas confusa del mundo atendió a Sindri. - Ooh... -¡ahora se moría de ganas por ver uno! ¿Cómo serian? Y todas esas razas que pronunciaba, que desconocía... Salvo los burros, que sí los conocía pero se consideraban un animal completamente diferente, no tan sagrado como los caballos.
No pudo evitar sonreír. El fallo que tenia mucha gente era pensar que los caballos no podían hacer daño. Que no eran fuertes.

Y, ¿qué podría hacerle ese caballo en concreto? Bueno, se le ocurrían muchas cosas ahora que sabía la verdadera naturaleza del hechicero. - Ahhh... tendrás que experimentarlo~ -Dejó caer finalmente, para terminar de explicar.

Y finalmente, el silencio. Una extraña expresión se formo en el rostro de él. Mas que extraña... era decir, no era inusual ver una sonrisa en sus labios. Pero no entendía como es que ver aquella en concreto le provocaba... tranquilidad. Y esa tranquilidad se le hizo notar en el cuerpo, de pronto sintió el frió, quizás al relajar los músculos por ese momento. Intentó lo más discreta posible cobijarse un poco más en la capa, sin ser precisamente consciente de las mejillas coloradas que portaba entonces.

En cuanto él comenzó a contar sobre su madre, ella mantuvo el silencio, atenta. Lentamente sus ojos se fueron abriendo, a medida que la describía, no sólo tratando de imaginarse esas escenas en su mente. Al acabar entonces, quedó sin palabras. Parpadeó incluso un par de veces, sus labios cerrados, su vista en dirección fija hacia Sindri, y a la vez perdida.

Sí. Lo era. Su madre... ¡La madre de Sindri había nacido como ella!

Se dio la vuelta sobre la roca, desviando la cabeza un momento para luego volver a mirarle, o intentarlo.
Rubíes. Rubíes... Tenían que ser rubíes. Pero ahora esa comparación no importaba.
Sentía como si el cielo le pesara encima, le oprimiera todo su cuerpo, que incluso con su fuerza no era capaz de levantar.
No, mas bien, ella... Era débil, en ese único sentido.

Presión, presión en su pecho, presión en su cabeza. No solamente descubrir a alguien con la misma maldición, por fin... Aunque no lo hubiera visto, aunque ella misma no creyera en nada que no ve, si no que... Era complicado. De verdad. Ni siquiera palabra alguna escapaba de dentro de su boca, más que la respiración que formaba pequeños halos de vapor.

¿Qué era aquello, pues? No conocía ese sentimiento. ¿Incomodidad, podría ser?

Y Sindri, él... Para Khigu era extraño sentir un aprecio como aquel por sus padres. Era decir, no los odiaba, pero... No tenía más lazos que los de sangre, si acaso sólo se relacionaba un poco más con su padre. Debido a que su tribu era de aquella manera tan independiente, ella no podía comprenderlo. Pero sí sabía, del cariño hacia alguien, a pesar de lo distinta que fuera esa persona. Tanto fuera, como por dentro; tanto de uno mismo, como de los demás..

Por eso, quizás, y solo quizás, podría entender al hechicero. Puede que se hubiera equivocado con él, quien ahora le agradecía... ¿por qué? ¿Por contarle ella su... maldición? Pero ¿por qué daría las gracias alguien por aquello?

Sus labios al fin esbozaron una sonrisa, casi que inconscientemente.
Estaba... Aliviada, realmente.

¿Por que había nacido así? Se había preguntado muchísimas veces, allá cuando su mente y cuerpo eran mas inmaduros, más limitados. ¿Por qué todos los de la tribu eran así, incluso sus padres, y ella no? Khifi y Khida eran realmente sus padres, ¿...verdad? De otra forma, la hubieran tirado por ahí, no había necesidad de incluir en la tribu a alguien que no era de su sangre.
Pero a pesar de todo, a pesar de que poco le importara, siempre era como una pequeña espinilla, diminuta, minúscula, de esa que ni la veías por estar debajo de tu pie... pero que seguía ahí, clavada, la notabas perfectamente.
Y es que mucho castigaba a la gente de pelo blanco que había conocido, por el simple hecho de que eso era algo genético, no ninguna maldición... pero en el fondo, esa espina, le hizo preguntarse -aunque no lo quisiera; escuchar sus propios pensamientos...- si de verdad era una Khirin, alguien con derecho a adorar a los caballos. Incluso si tuviera descendientes, cosa que ni le interesaba pero ahí quedaba la duda, no nacerían con aquellos atributos... ¿No?

Volvió a levantar la mirada hacia el pelimorado, a él, a sus ojos.
Efectivamente, ¡no había forma en la que pudieras adivinar que su madre poseyera aquellos colores tan diferentes a los de él! Sin embargo, era su madre.
Y lo mas importante, él... parecía sentir afecto por ella, a pesar de todo.

¿Por qué, si no conocía el aprecio familiar, era capaz de empatizar de una volcada manera con la situación?

- ... Gra...... Gracias. -Aquellas palabras que apenas usaba, podía confiar incluso perfectamente en que no las había usado en años, con Lyn no sólo siendo la ultima persona, sino la única viva que las había escuchado.
Si, ahora sí lo entendía, el por qué él se lo había agradecido.

Se levantó lentamente, sin dejar de mirarlo. - Tu madre debe ser una de ellas, para tí. -murmuró.
Una de esas personas que Khigu consideraba "raras", únicas, especiales.
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Reaver

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Sello Maestro
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Mensaje por Sindri el Dom Feb 17, 2019 10:30 pm

¿Antipática? No sé yo si llegaría a tales extremos… – mencionó el muchacho con aires meditabundos mientras alzaba la mirada al cielo, como tratando de pensar en el pasado. En personas que conoció durante su viaje con el cabello dorado… lo que, honestamente, le costó bastante. Su gesto cambió a uno mucho más concentrado al darse cuenta que, realmente, no había encontrado mucha gente rubia… ¡Incluso había visto más gente peliverde que rubia! Qué cosa más extraña, cualquier persona pensaría que hay más gente rubia que peliverde en este mundo. Quizá era una moda de alguna clase. Pero no pudo pararse a pensar ni a ponderar tal pensamiento, puesto que era necesario continuar con la conversación – ¿Inflexible? ¿Seria? ¿Excesivamente taciturna? ¿Reservada hasta decir basta? Creo que eso podría definir bien a las dos mujeres rubias con las que he tenido el honor de encontrarme durante mis peripecias. Ambas en islas, de hecho. Poco dadas a hablar. Poco dadas a sonreír. Poco dadas a emplear la cara para nada más que fruncir el ceño. – una mujer de Ylisse y una mujer de Nohr. Una ylissense y una nohria. Las dos usaban hachas, una de ellas era una Custodia de Ylisse, la otra persona era una mercenaria de Nohr. Una tenía un wyvern que devoraba galletas, la otra… no. Creía recordar que había un caballo en la escena en Phoenicis. ¿Quizá era suyo? Quizás. Quizás – Pero puedo decir que conmigo fueron amables. Relativamente. Relativamente amables si lo comparamos con lo que me encuentro día tras día. – se comportaron con cortesía estándar y no hicieron ningún comentario negativo sobre su magia, eso era suficiente para que alguien le cayera bien a Sindri. Vale, es necesario apuntar que tampoco hicieron tantos comentarios y, a veces, incluso le parecía al Hechicero que él les estaba estirando de la lengua para que soltaran un par de palabras.

Tras presenciar la reacción de la mujer ante su historia, una reacción harto difícil de ver en estos días tan aciagos, el bibliotecario no pudo sino compartir un poco su risa de buen humor. ¡Bien que no había sido ella la que había sido perseguida por una panda de villanos desagradecidos y sordos a las artes mayores! Mas… seguramente cualquier persona se lo pensaría dos veces antes de buscarle las cosquillas a la cazadora de Sacae por muchas razones que tuviera de hacerlo – Especialmente la gente rubia, ¿verdad? – mencionó Sindri jocosamente guiñándole un ojo, tratando de atar este tema al anterior – Pero sí, parece que el sentido del humor es el segundo sentido más difícil de encontrar del mundo, justo después del sentido común. Y mire que hace falta esforzarse para estar serio y aburrido durante todo el día… – ¡Siempre había algo divertido que hacer! Quizá hacía falta buscarlo un poquitín, sí, pero uno nunca estaba tan lejos de una taberna o una posada en la que estaba sucediendo algo entretenido. Pero no, había tanta y tanta gente que creía que era necesario poner cara de circunstancias las veinticuatro horas del día porque eran “personas maduras” o “no había nada de lo que reírse” o “el estoicismo está totaaaaaaaaaaaaaaaaaaalmente de moda” – No es que tengamos una vida tan larga como para quedarnos sentados todo el día o dedicarla a tareas nimias que no nos aportan nada. Así uno se vuelve gris y fofo. Y aburrido. El mundo real tiene muchos colores, cada día podemos descubrir uno incluso e irnos a dormir habiendo hecho algo nuevo. Pero los cínicos y los “realistas” (¡Bah! Como si ellos supieran lo que es real) sólo ven el gris. Y el marrón. Y, si tienen un día bueno, el verde vómito. – movió la mano delante de su cara como si estuviera espantando moscas, dejando ver que estaba completamente en contra de ese modo de ver la vida. Ya había bastantes desgracias en el día a día como para rechazar una dulce y jugosa manzana sólo por ser roja y brillante a la luz del día.

Vaya, qué lenguaje más… colorido. Sí, esa es una buena palabra. Jamás había escuchado nada igual y eso que visité Sacae en una ocasión. – dijo con aires dubitativos y una expresión sorprendida tras escuchar una serie de sílabas que no conformaban ninguna palabra conocida. Bueno, una sí, Sacae. Pero el resto… no pudo sino suponer su significado, pero nunca acababa de confiar en traducciones contextuales de ninguna clase. Las siguientes palabras le sacaron de cualquier tipo de duda, por lo que las agradeció profusamente con un movimiento de cabeza. De hecho, trató de transcribirlas como pudo, con resultados fonéticos sin par, pero más que seguramente con tantas faltas de ortografía como serían posibles – ¡Qué mujercita tan particular! Usted, y sólo usted, ha sido capaz de romper el círculo vicioso de esperanza y desesperación en el que está atrapado el mundo entero. La Rueda, algunos le llaman. Le felicito. ¡De veras! Incluso creo que yo tendría que aprender un poco de usted. Ahuhuhu~ – comentó de excelente humor mientras continuaba su sarta de garabatos en el papel a un buen ritmo. Estaba siendo completamente honesto, era admirable que caminara hacia el futuro con tanta decisión y sin temor alguna por lo que sucederá mañana. En cierto modo había trascendido la esperanza en su sentido más genérico: no necesitaba esperar que algo sucediera si simplemente ella se aseguraba que sucediera. Interesante. Muy interesante. El muchacho le dedicó una mirada atenta y rebosante de intriga cuando pudo despegar los ojos del papel – Ahahaha, no es la primera vez que han criticado mi forma de pensar, pero al menos usted ha sido mucho más tierna. Uno aprecia desmedidamente que endulce de tal manera sus opiniones para evitar que me ofenda. No sé qué decirle, me deja un buen regusto de boca. – y le dedicó una nueva sonrisa traviesa del que sabía de pleno corazón que acababa de hacer tres juegos de palabras tan malos, tan malos, tan malos que quedarían descalificados del concurso del peor chiste del año por hacer trampas.

Rio quedamente tras su mano enguantada mientras escuchaba cómo la mujer se autodefinía. No era una risa ofensiva, sino más bien una entretenida… ¡Bien pocas veces había visto alguien que se ponía tanto por las nubes de una forma tan positiva! Seguramente de otra persona las autoalabanzas le parecerían de mal gusto e incluso irritantes. Pero había algo realmente hechizante respecto la férrea seguridad en sí misma que tenía la guerrera – Oooooh, tengo delante de mí una terrible y magnífica superpredadora. Una verdadera cazadora alfa. Terrorífico~ – enarboló la pluma con destreza adquirida durante años de manchas de tinta para señalarla en un gesto distendido. Como si quisiera hacerle cosquillas a distancia en el dedo que le estaba señalando – Los depredadores deberían también cuidarse sus espaldas, creo yo. Nunca se sabe qué hay acechando entre las sombras… e incluso algo tan nimio como una arañita pequeñita puede ser mortal de necesidad. Tenga ojos en todas partes, Guerrera Khigu. Especialmente en las sombras. – se tocó suavemente la nuca con la parte más suave de la pluma, ahora sí consiguiendo hacer cosquillas a alguien. Casi como si le estuviera mostrando los mejores lugares para obtener mutaciones de esas que te hacen crecer ojos extras. ¡Especialmente útiles para leer dos libros a la vez! – La desconfianza es una virtud, al fin y al cabo. Alguna gente creería que esto es paranoia, pero le puedo asegurar que no lo es. No, no. ¡En absoluto! Los paranoicos creen que todo el mundo está en contra suya. Los Hechiceros lo sabemos. – los mejores en su oficio no eran necesariamente los que podían tejer los mayores hechizos o realizar las más temibles maldiciones sino los que, al final del día, seguían con vida. Y por mucha apariencia de invencibilidad que los mayores maestros de las Artes Arcanas quisieran dar, un cuchillo por la espalda acababa con ellos del mismo modo que segaría la vida de un vulgar campesino.

El silencio entonces cayó pesadamente sobre la escena, como una nevada típica de Ilia que cambiaba a placer el paisaje. Las expresiones faciales de la mujer cambiaron de vez en cuando, algo que pudo ver bien puesto que la estaba observando con mucho detenimiento desde que se giró hacia él. Oh, por… razones. Sí. Eso. Necesitaba concentrarse en algo. Primero mostró sorpresa, mas parecía no mirarle a él sino al espacio infinito que tenía detrás. No se lo tuvo en cuenta, seguramente el paisaje de Ilia era algo más interesante de contemplar que su persona. Era blanquito y, si le ponías algo de imaginación, la nieve a lo lejos parecía nubes blanquitas y apacibles. Y luego, paulatinamente, esbozó una hermosa sonrisa por alguna razón que no llegó a comprender bien. Pero era una sonrisa muy bonita, por lo que no le dio muchas vueltas al respecto y se contentó con observarla todo lo que pudo antes que se desvaneciera. Mas las primeras palabras de la mujer tras el largo silencio hicieron que, momentáneamente, ladeara la cabeza y entornara los ojos con una clara expresión de confusión. Como si creyera haber oído mal algo y estuviera sopesando qué exactamente podría haber querido decir la nómada de Sacae. ¿Acababa de decir lo que creía que acaba de decir? Tampoco había tantas palabras que se parecieran y Sindri confiaba mucho en su sentido del oído como para haber malentendido dos meras palabras… ¿no?

Uhm… ehm… de… ¿Nada? – balbuceó poco a poco con tintes de voz incrédula cuando pudo forzarse a contestar algo, aunque fuera por pura cortesía. No estaba acostumbrado a que nadie fuera cortés con él, y mucho menos que le mostraran esa misteriosa y legendaria cosa llamada “agradecimiento”. Se permitió unos momentos para reconfigurar su cara en una sonrisa y pensar algo divertido que decir puesto que se había quedado completamente en blanco. Algo bastante adecuado teniendo en cuenta donde estaba, quizá en otro momento hubiera reído tal broma – Vaya, vaya, al final podré hacer una señorita de usted. Una verdadera dama de la corte. Una damisela educada y cortés~ – mencionó lentamente con una voz afable, dejando ver que era una broma amistosa de alguna clase. Pero, nuevamente, la mujer mencionó a su madre y, automáticamente, el hombre se puso mentalmente a la defensiva mientras observaba a la mujer con detenimiento y algo de suspicacia. Que su madre era una de “ellas”. ¿A qué se refería con “una de ellas”? ¿Quién eran “ellas”? Misterios. Misterios misteriosos. Medio cerró los ojos mientras trataba de escudriñar el rostro de la mujer en búsqueda de sorpresas.

Oh, bueno, ya que había hablado un poco de su madre no había nada de malo en hablar un poco más de ella. Inspiró y expiró unas pocas veces para tratar de zambullirse nuevamente en el lago de los recuerdos. Y, como todo buen lago, las aguas nunca estaban tan frías como cuando metías el pie la primera vez – ¿Mi madre? Mi madre es… una joya de mujer, permítame decírselo. Inteligente, diligente, eh… capaz y bella, aunque servidor de usted no heredó nada de eso. Mas tras la delicada seda oculta una voluntad y una determinación tan férrea que podría intimidar a toros embravecidos sin ningún tipo de problema, ¿sí? Ya sabe usted. – hinchó el pecho en muestra de orgullo mientras enaltecía un miembro de su dinastía directa, como cualquier noble que valiera la pena haría. Además, la sonrisa de suficiencia que vistió servía para esconder la incomodidad que sentía al hablar sobre su familia. Esconder, eso se le daba bien. Todo sea dicho de paso, no era ningún secreto para nadie del castillo de Ryerde que Sindri era un niñito de mamá que la seguía a todas partes cuándo podía y estaba muy unido con ella. Y con sus hermanas también. Es lo que tiene que papá esté todo el día ocupado gobernando y arreglando papeleo – Y antes que lo pregunte, no, mi madre no está maldita. Salvo que considere que tener algo como yo de hijo es una maldición, claro. – de nuevo volvió a señalar juguetonamente a la mujer con la pluma, como si la esgrimiera suavemente contra algo invisible, mientras se encogía levemente de hombros. Él empleaba la definición técnica de maldición, pero cada uno era libre de emplear la que prefiriera.
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Mensaje por Khigu el Sáb Abr 20, 2019 1:12 am

Asintió a cada descripción de las mujeres rubias de las que hablaba. ¡Claro que habían excepciones!, si no, se estaría rigiendo por el juicio que ella misma odiaba, pero es que aquellos adjetivos también se ajustaban al menos, a la del ultimo rubio que conoció. Por supuesto que, si íbamos mucho más atrás, el realmente culpable de su tirria a tal color de cabello era el rey de Bern. Pero por los demás... Sólo se limitaban a eso, personas calladas y demasiado secas para su gusto. Secas como la paja, rubios como la paja. Parecía un símil perfecto.
"Amabilidad... Já." Pensaba Khigu mientras jugueteaba con el mango de su hacha, clavada en la nieve. ¿Qué era ser amable, exactamente? ¿Ayudar? ¿Subestimar de una forma oculta? Claro que ni Salkhi ni Zephiel podrían definirse como personas "amables", en cualquiera de los sentidos. Si se dejaba guiar por una definición ajena, esa amabilidad podría ser, quizás, la de las clérigas, Luzrov y Mulitia. Era complicado, así que desconociendo el significado para Sindri, quiso alimentar su curiosidad. - ¿Y qué es lo que te encuentras día a día?

- ¡Exacto! ¡Es como si no hubieran conocido un enfrentamiento realmente duro para ellos; que piensan que todo lo que les rodea es demasiado fuerte para manejarlo! -rió- Por eso no pueden relajar su rostro ni un segundo para reír. -gesticuló una expresión exagerada de seriedad, poniendo rectos sus labios ayudándose con los dedos y frunciendo el ceño. - Pero cuando uno es fuerte y sabe que puede superar cualquier obstáculo, como yo, por ejemplo, ¡tengo varias formas de divertirme! -Algunas bastante diferente al sentido del tema actual, orientadas a una conversación más nocturna, más de taberna de callejón oscuro en un ambiente candente. Pero no era el momento de mencionar aquello o seguro el hechicero comenzaría de nuevo con sus bromas disfrazadas de picaría.

Colores... Vaya, le pareció una forma curiosa de describirlo. - Es el lenguaje ancestral Khirin. Pero es lo único que no puedo enseñarte aún. -negó con la cabeza- Mejor dicho, no debes aprenderlo. -apenas ni a Lyn le había enseñado muchas más palabras, ya que era algo que sólo algunos miembros de la tribu sabían hablarlo y se les tenia permitido. Aunque eso no impedía que ella lo utilizase para hablar con otras personas... mientras no le entendiesen palabra a palabra. Por eso era algo que usaba para sus pensamientos en voz alta, para ocultar lo que más pudor le causaba sin tener que mentir. Y también para expresiones como aquella, o motes divertidos que nadie más que los que lo hablaban lo entendían.

¿Que había roto una rueda? No terminaba de comprender las palabras de Sindri pero algo en su tono de voz le decía que aquello no era malo, que lo sorprendía de manera positiva... ¿Realmente ella tenía ese efecto en él? Quizás era el pensar en aquello que no podía concentrarse bien en comprender al hechicero. Por mucho que quisiera. - Grrr... ¿que yo qué?... ¡Oye, si tienes hambre vete a comer bollitos! O mejor, ¡¡toma!! -le tiró otra de sus cecinas.
¿¿Tierna?? Qué... ¿Qué era ser tierna? ¡Sus músculos eran duros y fuertes! Y además, ¡ella no había endulzado sus palabras!... o lo que fuera eso. ¡Claro! - ¡Eres tú el que está diciendo esas empalagosidades!

- Hmpf. ¿No decías que los que seguían a los más fuertes era por admirarlos?~ -sonrió- No me importa que me acompañe una arañita, imagino que ella sí tendrá los suficientes ojos como para huir de mi bocado. -sacó el hacha de la nieve con las dos manos y la miró, viendo como del frío se le quedaba pegado un poco de hielo en su hierro. Procedió a colocarse de lado a limpiarla con uno de sus guantes, dándole media espalda a Sindri- ¿Y tú? ¿Tienes los ojos puestos en tu sombra? -con el acero del hacha, elevada, podía ver el reflejo de lo que tenía parcialmente detrás de ella; la cara ajena. - ¿O utilizas las sombras para ver, como si fueran tus propios ojos? -bajó el arma, entonces, y volver a girarse hacia él, aún sentada. - No sé si me estás subestimando, pero la verdad es que yo estoy acostumbrada a eso, a que estén en contra. No por nada digo que "cazo de todo". -y ahí dejó ir al silencio.

Señorita, dama... De nuevo. - ¿Ehh? Ah, nononono. Éso sí que no. ¡Otra vez no! -"Otra vez", se calló. No tenía que haber soltado esa palabra, seguro sabiendo como era el joven, sabría que aquello ya había pasado una vez. Al fin y al cabo eso era lo que implicaba el uso de esas palabras... Sí, tampoco había que ser muy listo. Aunque... ¿igual y no le daría importancia? Sí, y si no... Ya se le ocurriría alguna otra forma de evadirlo. Como darle un golpe en su cabeza.
Nadie tenía que saber aquello. ¡Era lo único que aún a día de hoy se avergonzaba! No volvería a pasar por aquella ridícula situación, además que Sindri no tenía realmente motivos para engañar a otros con la presencia de la albina en un traje de esos... ¡Claro! Sindri lo había mencionado antes, el vestido rosa con frufrú. Si preguntaba de nuevo, tiraría por ahí. ¡Já, toma esa, empollón! Khigu tal vez no fuese tan 'intelectual" como el usuario de magia, ¡pero eso no significaba que fuera una simple idiota!

Por suerte, éste siguió hablándole de su madre. Khigu, por su parte, volvió a atenderle; su voz sonaba pasional, orgullosa, podía ver un lado nuevo del misterioso hombre sólo por aquella instancia. "¿Una joya?" Pensó, sin querer interrumpirle. Pero eso que decía que no lo había heredado, no estaba segura. Él era inteligente, capaz y... Bueno, no sabía ni si quiera el significado del resto.
Hmmm... sonaba como alguien digno contra el que luchar. - Definitivamente, ella es especial para ti. -se le había escapado, mas lo dejó pasar, asintiendo con la cabeza.

Algo más llamó su atención. Decía... él decía que no estaba maldita, su madre, por ende... Khigu entreabrió los labios ligeramente. - No iba a... Tú no... Eh... Uhm... -Balbuceó. ¿Qué es lo que quería decir ella, concretamente? Muchas cosas a la vez pero también mucha confusión, después de todo lo que le había tocado vivir. Para cuando se dio cuenta, sus pupilas estaban siguiendo el movimiento de la pluma, quizás, por no saber a dónde dirigir su mirada. Era irónico, que por un momento se sintiera así, perdida. - Cómo... ¿Cómo explicarías lo mío? -preguntó, su voz era tranquila, incluso con un tono de inocencia- Pareces saber más que yo... Sobre eso. -una mueca de disconformidad se mostró durante un par de segundos, evidenciando lo poco que le gustaba admitir aquello, pero no dejó de mirar seriamente al pelimorado.

Claro que, estaba en sus manos creerle o no, a fin de cuentas, Sindri era casi un desconocido, podría perfectamente haber estado mintiéndole desde el principio. Pero como bien había aclarado ella misma; tampoco tenía nada que perder. Confiaba en sí misma en caso de que todo fuera un engaño. Amargo sería si se diese el caso, aún así.
Bastante amargo. Porque el buen rato no se lo negaba nadie. Fuera falso o no... Fueran sus conocimientos un puro cuento, de esos que tanto mencionaba. Aunque fuera un mentiroso, o ni supiera qué pretendía... pero un hecho irrefutable es que había pasado el rato con ella. Bastante más que cualquier otro que había intentado aguantarlo. Era decir, ¿en compañía de una salv... de ella?
Por eso, podía permitirse todo lo que había pasado. Asegurándose a sí misma que era cierto.
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Mensaje por Sindri el Lun Abr 29, 2019 8:45 pm

Una caterva de catetos intoxicados por supersticiones e ignorancia, eso es lo que me encuentro día a día. – asintió con vehemencia el Hechicero mientras se cruzaba de brazos, como si estuviera realmente satisfecho con la descripción que acababa de relatar a la sacaína. Realmente no había mejor manera de definir el tipo de personas con las que tenía que lidiar día tras día que una multitud de gente que creía saber mejor que él los poderes con los que trataba a diario. Que si la Magia Arcana es malvada. Que si sólo las personas de dudosa moral empleaban las Artes Arcanas. Que si su cuñado le dijo que un Mago Arcano atacó el pueblo dos quilómetros más allá y todo el mundo estaba asustado. Que si su magia era delito y si podían acompañarle a la pira de fuego más cercana para proceder con la quema de brujas semanal. ¡Menudo engorro! – Usted es cazadora, ¿sí? Ahora imagine que viene alguien que no ha pisado fuera de su ciudad en su vida y comienza a sermonearle sobre lo que debe cazar y lo que no. Cómo cazar y cómo no cazar. – su voz tomó un cariz más agudo, la típica voz que ponías cuando querías imitar a alguien de forma insultante. Todo el mundo conoce esa voz. Todo el mundo ha utilizado en algún momento de su vida esa voz. Sí, esa voz. No hace falta explicar más – “¿No caza con lanza? Pues lo hace mal, los verdaderos cazadores usan lanza. ¿Que dice que caza lobos? Los lobos no se cazan, me lo dijo mi abuelo y él, siendo carpintero, sabe mucho de esto”. – abría y cerraba su mano libre como queriendo simular la bocaza del sujeto abriéndose y cerrándose mientras soltaba la retahíla de preguntitas que amenazaban con acabar con los nervios del que las escucha. Si Sindri tuviera nervios, claro está.

Ah, la diversión. Brilla por su ausencia en estos aciagos días, me temo. – había un cierto tono de morriña en sus palabras. No era una tristeza inconmensurable ni nada por el estilo, simplemente era aquel sentimiento del que una vez tuvo y ahora se encuentra sin ello – ¿Sabe lo difícil que es encontrar algo de teatro últimamente? En todos los lugares por los que he viajado, no simplemente por Elibe. Al parecer, ante la amenaza de los Emergidos los primeros lugares públicos en ser cerrados son los teatros y los liceos… – incluso en Etruria, según había escuchado, se había hecho un alto en todo tipo de obras de teatro y creaciones musicales. ¡Qué oportunidad perdida! Podría haber nacido un nuevo tipo de tragedias en las que se narraba la desesperación que provocaban en las masas la aparición del nuevo enemigo y la plaga de tristeza que asolaba sus corazones. Pero no, habían decidido simplemente cerrar todo a cal y canto e irse a casita. Quizá en las cortes de los reyes haya todavía actividad artística, pero a ver cómo se las monta para entrar ahí… – Y, bueno, ¿Los artistas ambulantes? Me parece que han decidido dejar de deambular por el mundo. Los actores, juglares y demás no suelen ser muy duchos para protegerse de máquinas de matar enlatadas en armaduras, ¿sabe usted? – con la excepción, claro está, de la troupe a la que pertenecía su maestra en las Artes Arcanas, la Sabia Oscura Sigyn. No podía evitar sentir una profunda pena y tristeza por los Emergidos que tuvieran la mala suerte de cruzársela en su camino…

No comparto la opinión que exista “el conocimiento prohibido”. Si algo existe, entonces merece ser estudiado le pese a quién le pese. – siendo completamente sinceros con el lector, Sindri haría cualquier cosa en este mundo para ver si era posible hacerla por muy estúpida que pudiera parecer. Si existiera en alguna cueva oscura y recóndita del mundo un enorme botón rojo y a su lado una señal con las palabras “BOTÓN QUE PROVOCA EL FIN DEL MUNDO. NO TOCAR.” la pintura roja de éstas no tendría tiempo de secarse antes que el dedo del pelimorado se acercara peligrosamente al interruptor – Sin embargo los idiomas no son uno de mis ámbitos de investigación. Conocí varios bibliotecarios que se desvivían por hacer compendios y compendios de lenguajes pocos empleados e incluso no hablados a día de hoy, pero… – mostró el típico gesto de “esto no va conmigo”, una amalgama de negación con la cabeza y un medio encogimiento de hombros. De hecho, Sindri ni se había interesado por el Lenguaje Antiguo que empleaban muchos Magos de Ánima… pero en ese caso concreto era difícil de determinar si no lo hacía porque no quería, porque era mucho esfuerzo o porque esperaba encontrar un diccionario algún día.

La mujer, ni corta ni perezosa, le lanzó algo a la cabeza. Algo que no parecía nieve y que, de hecho, parecía apetitoso en aquellos días que sólo había raciones de esas que parecían cartón piedra que comer. Y, claro, ya que le interesaba hizo gala de los reflejos de un malabarista aprendiz al que se le habían caído demasiadas naranjas en los pies durante años, alcanzó al instante el delicioso trozo de comida que le acababan de lanzar. Tras acercárselo a la nariz y considerar que, sí, huele como algo de cecina en buen estado debe oler se lo llevó a la boca – ¿Me pretende comprar con regalos? Me temo que le costará un poco más que un trozo de carne seco~ – realmente ni se le pasó por la cabeza que aquel trozo de comida estuviera envenenado ni nada por el estilo. Más que nada porque estaba completamente enfrascado en intentar arrancar un trozo… ¡Por las barbas de Athos! ¿Cuán dura puede estar una cecina? Incluso cuando pudo partir un pedazo sintió que se iba a dejar los dientes – No me veo capacitado para negar ninguna de sus afirmaciones, Guerrera Khigu. Especialmente la primera, en estos tiempos que corren no vale la pena confiar en nadie… ni siquiera en tu propia sombra. – quizá esa frase tomaba un cariz más literal cuando se hablaba de un practicante de Magia Arcana. El muchacho observó con atención como la mujer de Sacae parecía absorta en su arma antes de continuar – Creo fervientemente que no vale la pena confiar en otros humanos. No, miento. No vale la pena confiar en los humanos…. ni siquiera yo me fío de mí mismo. La traición es ley de vida, al fin y al cabo. – no había tristeza ninguna en sus palabras. Ni resquemor. Ni ningún tipo de sentimiento negativo. Habló como si le estuviera contando a la mujer que el sol salía por el este o que podías adivinar la frescura de un pescado mirándole sus ojos. Para él no eran más que hechos evidentes – Bien. Guarde sabiamente la animosidad que le provoca un mundo en contra. Deje que le de fuerzas para los días que están por venir. Sólo en perpetuo conflicto podemos verdaderamente mejorar. – una vida sin conflicto era una vida estancada, eso bien lo sabía.

No pudo sino alzar una ceja repleta de curiosidad cuando la Guerrera Khigu confesó… ¿Haber sido una dama de la corte…? ¿O una señorita en general? Huh. Esta respuesta sí que no se la esperaba en absoluto – Supongo… ¿Que en Sacae hay el equivalente a una corte real? – una voz extremadamente dubitativa siguiendo una “suposición” que sólo podría llamarse así por alguien con una desbordante imaginación… y que potencialmente no haya visto a nadie suponer nada en toda su vida. Verdaderamente, aquello lo había dicho para pinchar un poco a la cazadora, pero esta respuesta lo había dejado descolocado totalmente. Trató de imaginarse a la sacaína en Lycia, tomando una taza de té con las damas de la corte de Ryerde en uno de los numerosos jardines del castillo, todos cuidados por su padre, un amante de la jardinería donde los haya. Aquellos vestidos tan rococós y aquella manera de actuar tan refinada… las risas comedidas y los últimos cotilleos de Lycia… – ¿Eh? ¿Qué? ¡Oh! Sí, sí. ¿Para qué hijo no le es importante su madre? – por suerte la mujer volvió a hablar porque el muchacho estaba comenzando a devanarse los sesos para poder entender cómo la Guerrera Khigu podría estar de dama en una corte. De forma correcta con los cánones de la tradición, claro, puesto que se le antojaban numerosas cosas que podían suceder cuando una cazadora vestida ligeramente entraba en una fiesta de la alta sociedad arrastrando un hacha casi tan grande como ella. Todas ellas caóticas. Todas ellas divertidas.

¿Explicar el qué? ¿Su color de cabello? – nuevamente el Hechicero no entendía a lo que se refería con “lo suyo”, sólo pudo inferir un poco de manera tentativa con la información proporcionada. Se permitió unos momentos de silencio y asueto para pensar bien cómo explicarlo… al fin y al cabo, tampoco nadie tenía tan claro porqué alguien nace con el color de pelo que nace más allá de “porque mamá/su abuela/la tía segunda lo tenía así también” – Si fuera una maldición, entonces todos los peliblancos estarían malditos, ¿sí? Y mi madre era peliblanca, pero puedo asegurarle que no tenía ningún tipo de maldición encima. Y no he conocido muchos peliblancos, pero puedo asegurarle que ellos tampoco tenían ninguna maldición encima. Al menos ninguna relativa al color de cabello. – trató de hacer memoria, pero la única otra persona (aparte de su madre) que le venía a la mente con aquel color tan particular era el clérigo Luzrov Rulay y no parecía maldito en absoluto. Un clérigo de Elimine maldito, ahí habría cierta ironía – Simplemente es el color de pelo con el que nació. ¿Se preguntó por qué yo tengo éste? – se llevó el dedo índice de su mano libre al pelo y, ya que estaba ahí, comenzó a jugar distraídamente con un mechón – ¿Se pregunta por el color de cabello de la gente que encuentra? ¿Por qué el rubio es rubio? ¿Por qué la pelirroja con tirabuzones tiene el color del fuego en su pelo? – cada persona era un mundo al fin y al cabo. Y, todo sea dicho de paso, le interesaba mucho saber si había más características que la gente de Sacae consideraba “maldiciones” a sus ojos. No todos los días tenía la oportunidad de aprender sobre las costumbres (y supersticiones) de Sacae – Y si tanto le disgusta su color de cabello… ¿Le interesaría tener el mío? No me costaría nada hacer un intercambio de color con una maldición más que simple. ¿Quién sabe? Quizá el blanco me siente mejor y todo. – y no lo decía por decir, las maldiciones de cambio cromático eran de las primeras que se enseñaban a los aprendices de Mago Arcano. Obviamente que las pócimas y ungüentos con el mismo fin existían, pero los que aprendían los caminos de la Magia Arcana no estaban ahí para ponerse delantales y hacer algo parecido a una sopita con olor raro, no, estaban ahí para hacer magia. Una maldición básica, sí, pero extremadamente útil para todo tipo de situaciones… por ejemplo asegurarte una semana de comida vendiendo a algún crédulo un trozo de oro que hace cinco minutos era hierro medio oxidado por un muy, muy, muy buen precio.
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