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[Social] All that remains is pure white ash. [Priv. Sindri]

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[Social] All that remains is pure white ash. [Priv. Sindri]

Mensaje por Khigu el Jue Ago 30, 2018 1:32 am

La corriente de frío que recorrió el valle no inmutó el ánimo y las ganas ardientes de pelear de la mujer de cabello níveo. Allí seguían, a veces ella gruñendo a medida que peleaba, si bien era porque aquel hechicero no dejaba de jugar con su cabeza, o porque de aquella manera aguantaba el dolor de sus heridas aún abiertas.

- ¡Cazo de todo, sí! Desde las escamas más duras de sacar, hasta sus escondidas vesículas. ¡No hay criatura que se me resista! -comentó orgullosa, se había acostumbrado tanto a pelear contra animales salvajes, bestias enormes, que tan sólo mencionarlo era como una manera más de sentir lo fuerte que era. Y eso le gustaba.

Pero enseguida se le había borrado la sonrisa. - Oh... no. -negó, algo desanimada. Importante ella... já.- Eeen absoluto. -Al menos, en su tribu, eso funcionaba de distinta manera. - ¿Uh? -preguntarle... ¿a ella? - Cada tribu nómada es diferente. -era la respuesta corta, él había generalizado y ella no podía contestar por toda Sacae. Aún así, le seguía extrañando que no sintiese alguna clase de rechazo por ella, aún si por lo general, era una nómada, cuanto menos.

Pero había conocido ya a otra nómada... así que supuso entonces que si no se mostraba molesto hablando de ello, entonces definitivamente no tendría nada en contra de ellos. Ese "juicio" externo era tal vez lo que unía a todos los nómadas de Sacae. Extraño, por su parte. Gente tan "refinada" como los magos solían ser los primeros que echaban peste sobre ellos. - Bueno, a los nómadas normalmente no nos gusta dar información a extraños. -cosa que era normal, teniendo en cuenta el trato que les daban.
Pero, ya que era una de esas poquísimas personas que tanta curiosidad sentían por ella, de esas que contaba con una misma mano, tal vez hiciera una excepción con él... Además, ¡él le había enseñado cosas a cambio!

Bueno, antes de eso, tendrían que acabar con los emergidos que quedaban. - Por cierto; recuerda mi nombre, a secas. Ni señorita. Ni dama. A ver si te queda claro, PIMPOLLO. -replicó con un gruñido, aunque de buen humor. Pero detalles como aquellos le hacían recordar al habla que usaba con el hombre que había conocido en aquellas tierras. Cierto era que se había acostumbrado a él, al final. Pero después de lo que había pasado, sólo las escuchaba como bromas, pues sabía que jamás otra persona la iba a tratar igual. Incluso, veces como esa, le entraba la melancolía, aún si no quería. Además, no conocía de nada al hechicero, de hecho... ni sabía su nombre aún.

- ¿¿AH?? ¡Ni lo sueñes, no soy una "protectora"! -...Sea como funcione eso. Dar la vida por alguien... no era algo que estuviese en su mente, ni en sus ideales. Si moría, era por débil, así que ¿qué punto tenía proteger a alguien de aquel modo? De otra manera también era estúpido, por mucho que ella hubiera muerto en lugar de Guzman... nada cambiaría.
Luchar. Luchar era lo que funcionaba. Y Khigu luchaba por la supervivencia, por la búsqueda interminable de ser más fuerte. Luchaba por sí misma, y si eso quizás implicara luchar "por" una persona... Sólo una jovencita peliverde se le venía a la cabeza. Sólo le quedaba ella, su mejor amiga de siempre. Lyn.

- ¡¡Hmpf!! Cobardes. -Ciertamente, en otra ocasión los hubiese perseguido hasta que no quedase ni uno con vida, pero entonces fue cuando su vista se comenzó a nublar, y justo sus rodillas se desplomaban contra el piso. Su respiración agitada entonces fue notoria, en el silente campo de batalla, el vapor cálido que salía de su boca se hacía de ver debido al clima gélido.
Ademas, su prioridad eran los de Regna Ferox. De esos ya tendría tiempo de rematarlos otro día, si tenían ellos la mala suerte de encontrársela de nuevo.

- Egh... -Buscó con su mano en el bolsito de atrás uno de sus potecitos curativos.  No le gustaba la idea pero era mejor que andar buscando a las curanderas, que seguramente estarían aún más lejos de lo que pensaba. Se desangraba, había usado su amplia estamina hasta el último momento. No le gustaba mostrarse de rodillas en aquella nieve, pero debía hacerlo. Ella no se curaba como ese hombre.

De hecho, su idea no sonaba tan a broma como su vocecilla. Tenia razón. En cuanto se cerrara aquellas heridas superficiales, seguiría por el camino en el que aquellos emergidos habían huido. Entonces, de nuevo en la "tranquilidad" del ambiente, miró al pelimorado.

- Heheh... Oye... hechicero, dime tu nombre. -exclamó, casi como una orden- ¡No muchos han permanecido ilesos más de cinco minutos a mi lado!

Significando aquello, claro, a que eran derrotados por la fuerza bruta de la cazadora.
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Re: [Social] All that remains is pure white ash. [Priv. Sindri]

Mensaje por Sindri el Vie Ago 31, 2018 3:30 pm

La batalla acabó cuando los Emergidos estuvieron fuera de vista y Sindri se cercioró que no era algún tipo de retirada fingida. Los Emergidos habían usado todo tipo de tácticas militares en el pasado, por lo que esperar una técnica de confusión tan vieja como el mundo no era nada descabellado... pero por suerte el enemigo se batía en sincera retirada y el hechicero pudo cerrar el libro sin temor una vez los enemigos no eran más que puntitos negros en la distancia, contrastando con las blancas llanuras.

Era el momento de abandonar las costumbres barbáricas del combate y dedicarse al noble arte de la conversación pacífica. Seguramente. Quizá. Tal vez.

La mujer parecía extremadamente orgullosa de sus dotes de cazadora, lo que no fue ninguna sorpresa. O tal vez porque era cazadora no se extrañó de su orgullo. Una de las dos. O tal vez las dos – ¡Impresionante, Dama Khigu! Seguro que unos meros Emergidos no fueron nada comparados con esas presas con “escamas duras de sacar”. – mencionó con expresión algo neutra mientras guardaba distraídamente el grimorio en su bolsa. El uso de tanta energía para la regeneración le había dejado el cuerpo cansado y el frío que le entraba por el corte de su ropaje comenzaba a calar en sus huesos de mala manera. No es que hubiera perdido el aire distendido y despreocupado, pero un hastío teñía ligeramente sus palabras y sus gestos – Yo acabé con un wyvern una vez, ¿sabe? Un wyvern bastante grande con su jinete incluido. Más grande que los que uno puede encontrar normalmente. – cazar, él, no cazaba, pero bien que abatir un enorme lagarto con su jinete en las montañas de Bern debía contar para algo, ¿no? Acabar con una criatura grande y peligros que podía dar problemas incluso a caballeros del reino. Pero incluso una liebre en un bosque podía arruinar el día de un caballero con mala vista, ¿cierto? Quizá a la mujer no le impresionaba en absoluto, pero Sindri quería continuar un poco la conversación.

Tras escuchar los pedacitos de información que le había regalado la damisela llamada Khigu, el bibliotecario no pudo reprimir un leve encogimiento de hombros – Sí, me temo que esas dos características de los nómadas impiden un estudio académico de las tribus de Sacae. Lengua, costumbres, creencias, tradiciones… cada tribu es un mundo. De hecho, lo poco que sé con certeza es que no hay dos tribus de Sacae iguales. – no era exageración alguna, los ciudadanos de Sacae estaban muy fragmentados en tribus que no solían tener contacto prolongado entre ellas. Aunque los nómadas solían sentirse más ligados a su tribu que a su país por su modo de vida, por lo que no estaba seguro que considerarlos “ciudadanos de Sacae” fuera muy buena idea – Y, como usted bien dice, además son reacios a proporcionar cualquier tipo de información a gente fuera de su tribu. Por lo que la escasa información que tengo sobre alguna es, cuanto menos, contradictoria y poco fiable. – quizá debía ser él el que tomara la iniciativa y comenzara a hacer un compendio sobre todas las tribus nómadas de Sacae. No es que tuviera mucho que hacer hoy en día, precisamente, por lo que pasear sin rumbo por las planicies de los nómadas tampoco sonaba muy mal plan.

La conversación cambió de tema bruscamente con un gruñido gutural cortesía de una mujer a la que no le gustaban los accesorios en absoluto. El muchacho no pudo hacer más que ladear la cabeza y sonreír, cerrando los ojos momentáneamente – Me temo que eso no es posible, señorita. – su voz era suave y tenía el mismo tono que uno emplearía en una disculpa, pero tras las apariencias había algo más. Acero tras un pañuelo de seda. Una férrea determinación a no dar su brazo a torcer, reforzada por siglos y siglos de… y entonces, una lámpara de aceite se encendió sobre su cabeza – ¿Cómo se lo tomaría usted si yo le pidiera que dejase de llevar a cabo una tradición de su tribu porque me molesta? ¿Accedería de buen grado a mi petición con una sonrisa y rebajando la cabeza?técnicamente, si uno lo veía desde una óptica muy especial y entrecerraba los ojos un poco después de haber consumido una botella entera de bebida espirituosa, podría considerarse que la maraña de reglas y normas de la corte eran una tradición. Una tradición no escrita que se pasaba de padres a hijos y para las que había severas repercusiones sociales esperando los que las rompiesen – Puedo poner lo que quiera delante de su nombre: “Cazadora Khigu” o “Guerrera Khigu” o “Reina de mi vida y de mi corazón Khigu”… ¡Se lo aseguro, lo que usted quiera! Mas no me está permitido pronunciar su nombre a solas. Sería harto irrespetuoso que alguien como yo no vistiera el nombre de los demás con un título, ¿sabe? Especialmente de alguien tan poderosa como usted. – no creyó oportuno citar de memoria la retahíla de reglas que te obligaban a aprender compendios enteros de modales y de honoríficos sólo para poder sostener una conversación de cinco minutos.

De nuevo aquella contestación, que había ocurrido una y otra vez durante el transcurso de la batalla. Que ella no protegía. Que ella no cuidaba de nadie. Que ella no necesitaba ayuda de ninguna otra persona. Interesante, muy interesante. Aquel individualismo era una cualidad muy particular y atractiva, una que despertó el interés de Sindri al momento. Pero necesitaba saber más – ¿Tiene algo en contra de ofrecer protección al prójimo, acaso? Es usted una guerrera formidable y más que capaz en el campo de batalla, por lo que no veo a qué puede venir ese rechazo tan vehemente a ofrecer ayuda a los demás. – no es que él fuera nadie para hablar sobre ello: el hechicero también consideraba la idea de ayudar a los demás sin ton ni son como algo negativo. Quitar un desafío, uno a ser superado con esfuerzo y dedicación, no era más que robar la fuerza y el progreso que la otra persona podría haber conseguido al superarlo. Pero intuía que quizá la mujer no lo vería así – No es un reproche ni ninguna crítica, créame. Simple y llana curiosidad. Mucha gente no siente la llamada del altruismo y del sacrificio, pero usted parece estar en contra de luchar por otros. – o eso le pareció entender a Sindri. Podía estar equivocado. Podía haberlo entendido mal. Pero, sea lo que fuere, ayudaba de nuevo a seguir con la conversación.

Y un momento de silencio se aposentó en el lugar. Un silencio pesado y sepulcral. Incómodo, incluso. Un instante para reflexionar e interiorizar lo ocurrido. Eso era algo muy profundo y filosófico, sí, pero lo único que Sindri podía pensar en este momento era en el frío que tenía. Inspiró. Cerró los ojos. Levantó el brazo y comenzó a trazar en el aire, dejando un reguero de crepitante energía mágica. Las runas bailaron en el aire unos instantes antes de estallar en docenas y docenas de chispitas juguetonas, que se dirigieron al hombro de Sindri. La maldición comenzó a animar las hebras del corte de su ropaje, que se estiraron antinaturalmente y se iluminaron con un fulgor apagado y discreto. Como si una modista apañada hubiera enhebrado aguja e hilo, el tejido comenzó a unirse entre sí de forma rápida y pulcra, primero los lugares menos afectados y, de ahí, trabajó hacia el centro del corte. En un abrir y cerrar de ojos, los ropajes del muchacho quedaron tan indemnes de heridas como lo estaba su hombro.

Una vez no tuvo que invertir más esfuerzo en la maldición, Sindri se dio cuenta que la cazadora no se encontraba en plenas condiciones. No se había desplomado completamente, pero su posición hacía pensar que no estaba así por gusto y el hecho que estaba bebiendo algo que no parecía tener muy buen sabor no hacía mucho más que confirmar sus sospechas. Se acercó con preocupación a la guerrera de Sacae mientras se sacaba el broche de su capa… él había sido la causa de sus heridas, al fin y al cabo – No considere esto como piedad, sino como una disculpa. Y si no quiere disculpas, entiéndalo como algo que le ayudará a estar de caza antes. Otra de mis tradiciones. Por favor, no la desprestigie. – y tras aquellas palabras suaves y diplomáticas, dejó caer con sumo cuidado su capa por encima de los hombros de la señorita Khigu. Quizá no era la capa más bonita del mundo, pero era una pieza de abrigo hecha en Ilia, lo que quería decir que estaba hecha para aguantar incluso los inviernos más fríos de aquella tierra. ¿Que no la quería y acababa en el suelo? No sucedía nada, nadie tenía la obligación de aceptar lo que no quería. Pero él tenía el deber de ofrecer su ayuda.

¿Mi nombre? – preguntó con suma sorpresa, como si fuera algo que no esperaba oír en absoluto. Bien que ella se había presentado (a su manera), pero no creía que tuviera la más mínima curiosidad por alguien como él... más bien que querría saber lo menos posible para olvidarlo cuanto antes. Respiró hondo, dejando que el gélido viento de Ilia entrara en sus pulmones – Mi nombre es Sindri. Hechicero Sindri, si necesita un título. – dio un par de pasos mientras decía eso, apartándose así de la mujer no fuera que le molestara que estuviera cerca de ella durante demasiado tiempo. Dejar espacio vital a las damas era también era uno de los deberes de un noble – Y le aseguro que yo puedo aguantar mucho, mucho, mucho más de cinco minutos… – mencionó con alegría juguetona mientras se daba un par de golpecitos en el lugar donde el hachazo no era más que un recuerdo. Los Magos Arcanos no tenían la fama en el mundo mágico de tener la mayor resistencia por mera casualidad.
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Re: [Social] All that remains is pure white ash. [Priv. Sindri]

Mensaje por Khigu el Vie Sep 28, 2018 8:52 pm

¡Claro que no tenían comparación!... al menos a las bestias se les podía respetar; los animales no iban llevándose lo preciado de los demás, o al menos no "porque sí". Mientras que los emergidos no lo hacían por la supervivencia, eran una plaga mas inteligentes de lo que parecían, y si tenían otros motivos lo desconocía.

Lo miro curiosa, esa mención había llamado su interés. ¿Un wyvern? Qué casualidad... ¿Lo habría agotado con aquella magia tan rara suya? Aunque, al fin y al cabo, por muy grande que fuera... Por lo que decía, el suyo era uno domesticado, de montura. Aunque estuvieran entrenados para las guerras, seguían siendo mas previsibles y acostumbrados a la presencia de  humanos que los wyverns salvajes, como el que logró cazar ella en su gran prueba. Mas, no por eso le negaría un halago, sólo que... Significa que ella era mas fuerte, a su propio juicio. - ¿Oh, sí? No vi nunca uno en estos páramos. Extraño incluso si dices que son tan grandes... -lo miró una vez mas de arriba a abajo, como buscando algo- ¿Y no te quedaste nada de premio, de recuerdo?... ¿o sólo aprovechaste su carne? -sonrió- Hablo del wyvern, claro. -añadió con picaresca. Que algunos llegaran a pensaran que comía carne humana era de las pocas cosas que le divertía cuando intentaban burlarse de ella.

- Pero eso está bien, ¿no? Quiere decir que siempre habrá cosas nuevas que descubrir. -añadió, tras ver que el hechicero parecía ligeramente decepcionado con lo poco que sabía sobre Sacae. - Yo... -comenzó, al principio  un poco dudosa- Puedo enseñarte algunas cosas, aunque sean sin importancia... -Tal vez sería lo mas justo, con él había aprendido mas sobre los pegasos de Ilia, y le caía bien, al fin y al cabo.
En aquel corto tiempo le hizo bastar para darse cuenta que el pelimorado no era como los demás. Quién lo iba a decir, viniendo de un mag... hechicero. - Y si me apetece, claro. Mientras tomamos un respiro, pareces necesitarlo. -Aclaró, al fin y al cabo, era a lo que se había parado ella en medio de aquel valle. Y con más razón ahora que estaba desangrada, la poción que había tomado tardaría lo suyo en ir haciendo efecto. Eso también le recordó que no había acabado su cecina, y aún tenía bastante hambre.

- Aún así... ¿Por qué dices lo de contradictoria y poco fiable? -extrañada, conocía que la mayoría de los sacae, incluidos la tribu de Lyn, eran gente que no mentía. Nunca.
Sin embargo en su tribu, no era algo tan impuesto. Algunos la seguían y otros no. Al ser miembros independientes y responsables de sus propios actos cada uno sabría las consecuencias de sus mentiras o verdades.
Aparte, decía que sólo había conocido a una nómada más, por lo que ¿qué tanta información tendría como para juzgar aquello?



Bufó. No dejaría de llamarla señorita o dama, ¿verdad? Tendría que tratar de ignorarlo, entonces.
¿Y cómo que si accedería a su petición? ni hablar, eso sí que no. - NO, ¡ni en sueños! -pero... eso era por su propia personalidad, más que por sus costumbres- Me refiero, no me comportaría así... Bueno, según cómo  me lo planteas, ¡puede que lo haga más, si te molesta tanto! -sonrió- ... O, depende, -añadió, cambiando su tono de voz a uno más serio- si me convences de que es algo que no tiene sentido ni para  mí misma, efectivamente, puede que deje de hacerlo. No todas las tradiciones son de mi agrado, al fin y al cabo... Y a veces, las normas están para romperlas. -dijo partiendo uno de los cachos de cecina.
Puede que no lo pareciera, viendo la pasión por la lucha de la mujer, pero Khigu mostraba ser también alguien sociable cuando encontraba a aquella "clase" de personas. Le encantaba charlar y charlar... aprender cosas nuevas, nuevos puntos de vista. Si le gustaban bien, claro está.
Y de hecho, una de las cosas que más le ponía de mal humor sobre alguien es cuando no se inmutaban a responder una misera palabra.

Como el cabeza de paja.
Suspiró.

De pronto, sacándole de un golpe de sus pensamientos, lo escuchó. "Reina de mi vida y de mi corazón" abrió los ojos y lo miró tan rápido como pudo- E-ehh... ¿¿EH?? -el tono de sus mejillas ayudaba a camuflar las costras rojizas de estas.
Eso... Eso sí que no lo había esperado, y al darse cuenta de que había dejado caer el trozo de carne a la nieve volvió a apartar la mirada y recogerlo de la nieve. - ¡¡DEJA DE BURLARTE DE MI!! -refunfuñó. Empezaba a no tener gracia- ... Gue..rrera, guerrera suena bien. Sí, poderosa. -añadió como si quisiera ignorar lo anterior, asintiendo con prisa la cabeza, aunque continuaba ofuscada, su mirada parecía centrada en sus propias manos.
¿Por que había dicho algo así? Ya era la segunda vez que tonteaba con esos asuntos pero antes al menos no habían sido unas palabras tan... ¿directas? ¿comprometedoras? Se rascó los pelos de su cabeza, frustrada, y luego la agitó, negando para sí.
"No hables como él, no hables como él, no aquí, no así..." ¿Pensaba? ¿Murmuraba en voz inaudible?
Además, ¿cómo iba a... Si acababa de conocerla? Y ella era...
No, el tipo no sabía lo que decía. El frío estaría dañando su cerebro tan ejercitado, ¡seguro! O era el efecto de la magia tan rara, había escuchado que a veces volvía locos a sus usuarios, ¿sería verdad?

Pero ahora que había procesado sus palabras con tranquilidad... ¿"No se le tiene permitido"? Hablaba como si estuviera bajo las órdenes de alguien. Levantó una ceja, pero decidió no comentar nada al respecto, no aún. Tampoco eran sus asuntos, aunque sí que cambiaba la opinión que tenía sobre él.


- Sencillo, ¡uno tiene que ganarse la vida si quiere vivir! Si necesita que le cuiden y le ayuden no va a poder sobrevivir en este mundo, menos en los tiempos que corren... además de ser una carga para los demás. -Eso era... Cuando uno no era igual que los demás, o lo suficientemente fuerte... Siempre lo dejaban atrás.
Era sentido común, no culparía a nadie de ello.

Pero, luchar por otros; se estaba confundiendo. - ... Yo puedo ofrecer mi fuerza para complementar, como mucho, pero no es que sea mi mayor pasión luchar junto a alguien... -se podía entender a través de su tono que había algo detrás de aquellas palabras- Más bien, tiro hacia luchar CONTRA alguien. ¡Me gusta retar mi propia fuerza, por mi cuenta! Y sin duda, no soy ninguna niñera para andar pendiente de los asuntos de otros. -se encogió de hombros, como si aquella respuesta suya fuese lo más normal del mundo.

En silencio, vio como el otro formaba otro "conjuro" solamente para unir las telas rasgadas de su ropa. Y entonces, una capa cubrió su espalda, miró enfurruñada al tipo, pero antes de que pudiera quejarse, él habló. - Hm. -¿Lo consideraría entonces... un premio? ¿Se lo había ganado, como el cuerno?- ¿La has cosido tú? -preguntó. Decía que era una tradición suya, y la aparentemente sincera insistencia del joven fue suficiente para que finalmente Khigu la aceptara sin rechistar. No es como si la necesitara especialmente, pero ahora era suya, supuso. Aunque... no entendiera el motivo que le había llevado al hechicero a hacer aquel gesto con alguien como ella. ¿Disculpas? ¿A qué se referiría?

Se quedó pensativa mientras palpaba la  tela con sus dedos.
Una capa, sobre las gélidas tierras de Ilia, un corte en el pecho, un tipo extraño y charlatán...
Miró al suelo y mantuvo el silencio.



- Sindri. -repitió asintiendo con la cabeza, no necesitaba títulos. Para ella, su nombre ya era su título.

- Ajá... -¿eso era un reto? ¿La estaba retando? ¡¡Porque sonaba a reto!! - Ya veremos cuánto eres capaz de aguantar... Entonces, ¿vas a quedarte aquí conmigo? -preguntó, divertida- Aunque a este ritmo te mueres antes de frío. ¿Tienes con la capa de repuesto que me dijiste o vas a ponerte a pensar en esas... cosas que te dan calor?
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Re: [Social] All that remains is pure white ash. [Priv. Sindri]

Mensaje por Sindri el Miér Oct 03, 2018 7:50 pm

Fue en Bern, hábitat natural de los wyvern. A esos animales de sangre fría no les gustan mucho las temperaturas de Ilia, por lo que tratan de evitar este país como la plaga. – compartió algo de sabiduría Sindri mientras se frotaba sus hombros ahora desprovistos de capa. Los únicos animales que podían vivir cómodamente en Ilia eran aquellos que estaban provistos de una gruesa piel que los aislaba del frío, como por ejemplo los peludos lobos que asolaban los maltrechos bosques del país. Otra opción es que los animales hubieran desarrollado durante generaciones una resistencia indómita al aire frío incluso en los lugares más inhabitables, como los pegasos. Nadie entendía exactamente porqué los pegasos no morían de hipotermia en las cumbres borrascosas de Ilia, pero los mayores expertos aventuraban que su metabolismo quemaba tanta energía al volar que protegía su cuerpo de las bajas temperaturas. Pero sólo era una teoría – ¿Para qué quiero yo un recuerdo del wyvern? ¿O del Emergido que iba encima del wyvern? No necesito un recordatorio físico para saber que los vencí. – aseguró con voz curiosa pero con un cariz ligeramente negativo. ¡Lo que le faltaba! Ir recogiendo trofeos de todos los que derrotaba y portarlos en su persona. Claro que los hechiceros legendarios lo hacían, pero ellos portaban armaduras con pinchos para montar las cabezas (y eventuales calaveras) de sus enemigos y también plétora de seguidores/esclavos para portar sus trofeos. Sindri no tenía ninguno de los dos – Y estaba un poco ocupado para ponerme cocinar al buen wyvern o al buen Emergido en plena batalla. Oiga, que todo puede ser y la clave para congraciarse con los Emergidos sea una barbacoa amistosa… – trató de imaginarse la escena de un encuentro amistoso entre Emergidos y humanos, pero la experiencia pronto le reprochó que seguramente eso no es factible. Sonrió con picardía, pero, antes de decir con una voz melosa y cantarina – ¡Oh, y yo que le iba a preguntar si sabía cómo cocinar bien las costillitas de Emergido! A mí siempre me quedan duras y sin sabor…
 
La conversación continuó hacia el tema de los nómadas, donde encontró la primera sorpresa de la velada. No pudo ocultar una expresión asombrada tras oír que la mujer estaba dispuesta a darle información sobre los nómadas de Sacae… ¡Un testimonio de primera mano! ¡Uno que vale su peso en oro! – No hay conocimiento sin importancia o innecesario, señorita. Todo tiene su lugar en este mundo de un modo u otro. Aceptaré de buen grado tooooooodo lo que esté dispuesto a contarme. – mencionó con alegría mientras consideraba la oferta de tomarse un respiro. No parecía que los enemigos tuvieran mucha intención de volver y, siendo Ilia, dudaba que hubiera nada vivo a un kilómetro a la redonda. Pero ningún Hechicero ha llegado a serlo (y/o ha durado más de dos minutos en su puesto) confiando en los demás, en el Destino y en su sombra. Mantener un ojo bien abierto no le iba a hacer ningún mal. Pero quizá alguien se podía ganar un mal de ojo – ¡Y no puedo expresarle mi gratitud por la información que desee compartir, no crea! Si quiere algún tipo de recompensa, no se corte en pedirla. Ante el vicio de pedir de más está la virtud de no dar, ahuhuhu~ – nadie hacía algo a cambio de nada en este mundo, al fin y al cabo. No es que el estudioso de Ilia llevara muchos tesoros encima, pero sí una bolsita repleta del metal amarillo. Si unas monedas le servían para compensar la molestia, Sindri estaba dispuesto a pagar un buen precio por un relato fidedigno – Un descansito suena maravilloso. ¿Le parece bien que acampemos aquí, entonces? – sin esperar respuesta, el muchacho comenzó a caminar levantando muy poco los pies, dejando pequeños surcos a su paso.

Mientras escuchaba la pregunta de la mujer relativa a la veracidad y la fiabilidad de lo que sabía, Sindri continuó caminando durante un ratito en círculos y otras cenefas, concentrado en cómo explicarlo de una manera amena – Hay multitud de libros sobre Sacae en la Gran Biblioteca de Ilia, pero muy pocos sobre las distintas tribus nómadas. Y por si fuera poco, hay pasajes de dichos libros que directamente se contradicen entre sí: unos dicen que cierta tribu es relativamente pacífica y abierta con los extraños, pero en otro libro dicen que no, que cuando se acercó el escritor los miembros de la tribu comenzaron a dispararle flechas sin mediar palabra. – cuando el bibliotecario notaba que su pie chocaba con algo pétreo, se agachaba prontamente y recogía la piedrecita en cuestión, sosteniéndola bien en alto y a contraluz. Una vez la había mirado durante unos segundos, o bien la dejaba donde estaba por ser muy pequeña (o muy grande) o la portaba consigo mientras seguía caminando. Poco a poco fue aguantando más y más piedras a la vez – Y, claro, ¿Cómo sabemos quién dice la verdad y quién no? Pues tratamos de contrastar esa información con el resto de libros sobre los nómadas de Sacae. Pero incluso con este sistema hay ciertas cosas que se nos escapan… – una vez portó una veintena de pequeñas piedrecitas en sus brazos, Sindri se encaminó hacia donde estaba la mujer con cuidado. Si dejaba caer alguna se tendría que agachar… y seguramente si lo intentaba las demás acabarían en el suelo igual – Obviamente uno puede decir “pues id a Sacae a comprobarlo”. Pero la mayoría de bibliotecarios rayan los setenta años, por lo que no están para muchos trotes.

Una vez llegó donde la mujer estaba aposentada, el muchacho comenzó a trazar un círculo con las piedrecitas, hasta que escuchó la respuesta de la mujer sobre lo que opinaba de las tradiciones milenarias. Iba a responder, pero el estallido avergonzado de la mujer lo tomó de sopetón, tanto que dejó caer algunas rocas que portaba por pura sorpresa. Nunca se hubiera esperado – ¡Hahahahaha! ¡Ahahaha! – rio cristalinamente, una risa sincera desde el pecho, divertido ante lo que acababa de presenciar. Tuvo que esperar unos momentos para contestar, mientras se aserenaba y dejaba que el aire volviera a sus pulmones – Permítame confesarle que es usted la primera mujer con las que funcionan mis mortales y bien afiladas armas de seducción. A veces olvido cuán galante, atractivo y conquistador llego a ser si me empeño… – tras esa frase que no pudo acabar sin estallar en una breve risita, el Hechicero trató de poner una cara interesante de seductor confiado que no estaría muy lejos de un Don Juan Casanova. Pero se le daba tan mal que parecía que le acababa de llegar de pronto la resaca de dos barriles de aguamiel e iba a vomitar en breve – Las demás veces que lo he intentado han sido… aburridas. Miradas gélidas. Rictus de asco. Casi se rompen el cuello tratando de mirarme por encima del hombro. Cada vez que lo recuerdo me entran ganas de llorar. – confesó humorísticamente el muchacho, tratando de dar a la situación un cariz lúdico y distendido, como en una conversación de taberna. Al fin y al cabo se le daba bien representar ese papel y era en el que se sentía más cómodo.

¿Cree que esto es una broma, Guerrera Khigu? – recogió como pudo las piedrecitas y siguió creando el círculo con las piedrecitas, tal y como estipulaba la guía de supervivencia que llevaba en su zurrón. Sólo se incorporó una vez la figura geométrica lució perfecta en el suelo – Es una verdad universal que los fuertes abren el paso y los débiles los siguen. ¿No es acaso usted fuerte? No será ninguna sorpresa para usted tener seguidores, entonces. Seguidores, admiradores… tampoco hay tanta diferencia. Pura semántica. – divagó sin mucho rumbo mientras buscaba con la vista algo por el suelo que poner dentro del círculo. Ramas. Madera. Algo que prenda. ¿En Ilia? Buen chiste, desde luego. Se acercó a una masa de nieve y la golpeó tentativamente con el pie para encontrar de mala gana algún tipo de pedrusco ahí – Y, la verdad, se ha ganado mi respeto con sus razones para no ofrecer su ayuda a los demás. Conquistar en solitario las dificultades y solucionar los problemas que la vida impone es lo que ofrece las mayores recompensas. ¿Pero si ayudamos a los demás sin pensárselo dos veces? ¿Si les robamos la posibilidad de luchar? No les hacemos un favor, simplemente les quitamos la oportunidad de mejorarse. Cada uno debe llevar a cuestas su propia carga. – un discurso bien estructurado y conciso era la prerrogativa de aquellos que no estaban tratando de arrancar un matorral desenterrado de otra pilla de nieve. Un matorral especialmente empeñado en no acabar sus días como pasto de las llamas, todo sea dicho de paso.

Pero la constancia dio buenos resultados cuando la masa de raíces y hojas malnutridas salió de la tierra congelada con tal violencia que Sindri casi se cae de espaldas. Pero era algo. Algo que podía quemarse con la suficiente persuasión – ¿Hm? No, no. Yo no sé coser. La compré en el pueblecito en el que vivía con el sueldo de bibliotecario, en la tienda al lado del zapatero, delante de la herrería. No es la capa más bonita del mundo, pero siendo de Ilia no hay mejor protección ante el frío. – mencionó distraídamente, casi extrañado por esa pregunta. ¿Acaso tenía pinta de modista de alguna clase? Los nobles no cosían. Las nobles sí cosían, pero solían ser cosas como bordados o tapices, pero ya estaban los sastres de la corte para hacer los vestidos – Naturalmente, Guerrera Khigu, me quedaré aquí con usted durante un rato hasta que decida echarme. La gente suele cansarse de mi presencia rápidamente, ¿sabe usted? Me pregunto cuánto tardará usted. – aventuró con un dedo juguetón encima de sus labios y un guiño descarado. Tras eso se dejó la masa indeterminada vegetal en el centro del círculo y sacó yesca y pedernal de su zurrón, debidamente envueltos en una tela seca. Chas. Chas. Chas – Digamos que estoy intentando algo para usted y para mí. Pero no tiene que preocuparse por este pobre Hechicero, llevo viviendo en Ilia durante años y años… este frío no es nada para mí. – Chas. Chas. Chas. ¡Achís!

Quizá tendría que comenzar a pensar en sopitas y atardeceres en las playas de Etruria al fin y al cabo… – Bueno, quizá sea algo. Pero un algo muy pequeño. – dejó a un lado los instrumentos incapaces de siquiera crear una chispa en aquel páramo congelado y apuntó con el dedo índice la fría maraña de vegetación. Tras unos segundos hubo un pequeño estallido púrpura en el centro de lo que quedaba de matorral y unas llamas confundidas y tímidas comenzaron a asomar sus lindas cabecitas. Un hilito de fragante humo comenzó a subir hacia el cielo encapotado. Una pequeña hoguera portátil. ¿Se habría ganado su insignia de explorador? ¿Contaba una Maldición de Combustión?
Afiliación :
- ILIA -

Clase :
Sorcerer

Cargo :
Bibliotecario (Gran Biblioteca de Ilia)

Autoridad :

Inventario :
Vulnerary [3]
Tomo de Worm [2]
Tomo de Archfire [5]
Tomo de Nosferatu [4]
.
.

Support :
Lyndis

Especialización :

Experiencia :

Gold :
1788


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