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[Entrenamiento] Bailando con sombras [Priv. Sindri]

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[Entrenamiento] Bailando con sombras [Priv. Sindri]

Mensaje por Alanna el Mar Ago 07, 2018 12:48 pm

El cargo que le encomendaron las autoridades alteanas no era muy diferente de lo que podría pedírsele a un guardia de la localidad. No es que hubiese mucha ciencia detrás de la faena que era ponerse a patrullar unas pocas avenidas en la colonia de Regna Ferox. Rudimentario, sí, pero al menos, más ameno de lo que se esperaba. En pleno auge del torneo que organizaba Altea, era lo más normal del mundo lidiar con unas calles atestadas de tenderetes, jolgorio y, bueno… de los típicos “excesos” que tenía la gente en época de fiestas. Mantener el orden entre borrachos y camorristas para que no se partiesen los dientes entre ellos no era la vocación que más le entusiasmase a Alanna, pero tampoco podía pedirle peras al olmo. Ella estaba allí nada más que como un refuerzo extra para que los guardias tuviesen su merecido respiro y de paso, se encargasen de asuntos de mayor importancia. En fin, tampoco tenía pinta de que se le fuese a complicar la faena con el percal: tan solo había que mirar en derredor y comprobar que no había esquina alguna desprovista de un vigilante que velase por el orden. Altea no había escatimado en lo más mínimo para traer seguridad a las vías públicas mientras durase el torneo, lo que convertía la labor de la Custodia allí en algo casi banal.

Pero al menos, sería un trabajo ameno con el que mantenerse entretenida y que le permitiese despegarse de otras preocupaciones referentes al torneo, ¿no? Pues craso error.

Alanna suspiró largo y tendido, con una pierna cruzada sobre la otra y su mejilla izquierda reposando en la palma de su diestra. Una genuina expresión que entremezclaba el cansancio y la apatía le daba a forma a su rostro, acentuándosele más cada vez que necesitaba reacomodarse en aquel viejo barril que le estaba sirviendo como asiento improvisado. Restaban apenas unos minutos para el cambio de turno y que su sustituto llegase, del cual ya estaba deseosa de que apareciese ya y se pudiese largar a otro sitio. Dónde, no lo sabía con certeza. Tal vez a su habitación de la posada reservada a los soldados ylissenses, o incluso a la afueras de la ciudad. Como fuese, le valía cualquier otro lugar en el que no volviese a escuchar acerca del endemoniado torneo, porque ya estaba harta.

Enfrascarse en su tarea de patrullera no le había servido de nada, pues allá donde fuese, en cualquier plaza o taberna a rebosar de gente, la comidilla del día siempre eran los combates que tan entretenido tenía a su público. Y no hacían más que recordarle su bochornoso fracaso en la Arena días anteriores. ¿Exageraciones? Quizás, si no fuesen porque ese día, mientras patrullaba, hubo quienes la reconocieron. Así fue como tenía contados a seis transeúntes que, tras reparar en ella, la señalaron con un disimulo que brillaba por su ausencia y se refirieron a ella como “la chica que se tropezó de forma tan graciosa en el torneo”. Cabía mencionar que sólo dos de los seis eran chiquillos que no tendrían ni los diez años cumplidos. Los demás bien que podrían pasar por sus padres.

Pues bien, habían conseguido que su derrota en la primera ronda del torneo pasase a ser la menor de sus preocupaciones. Había perdido, sí. Y lo más probable, es que para cuando regresase a Ylisse, se encontraría a un príncipe Chrom decepcionado con la aprendiza en la que tantas esperanzas y esfuerzo había depositado. Con ello asumido, de nada servía hacer más leña del árbol caído. Pero lo que no estaba dispuesta a consentir, era que una panda de ignorantes bien acomodados en sus asientos de las gradas la tomasen por una bufona de circo y se deleitasen con su desdicha. Con la sangre hirviéndole de ira, antes prefería mantenerse alejada de toda persona que sacar a relucir lo peor de ella con cualquiera. Lo que incluía a todos esos civiles maleducados que hablaban a sus espaldas, a sus compañeros de la milicia ylissense, y a otros conocidos como… Ay, dioses. Eugeo. A él justamente le prometió poco antes de que las fases preliminares comenzasen, que se reunirían después de los resultados de la primera ronda para ponerse al día. Pero dado que sus emociones en esos momentos eran de todo menos estables, la única opción que le quedaba era aferrarse a la excusa del trabajo para posponer su encuentro. Una, y otra vez. Porque, sinceramente, no se veía capaz de contenerse por mucho más tiempo mientras su destinación en Regna Ferox perdurase.
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Re: [Entrenamiento] Bailando con sombras [Priv. Sindri]

Mensaje por Sindri el Jue Ago 09, 2018 8:09 pm

Al parecer, usar Magia de Ánima sí tenía algunas ventajas si la comparabas con la Magia Arcana.

Por ejemplo, cuando Sindri recorrió las calles de Regna Ferox buscando algo entretenido que hacer, la gente que le reconoció del combate no salió huyendo despavorida con sólo verlo. No es que la gente le reconociera allá donde fuera… de hecho, sólo diez personas en total le miraron con ojos críticos, pero ninguna de ellas se puso a cuchichear con otra en un tono alarmado. De hecho, parecían… ¿Amigables? ¿Entusiasmados? Quizá no eran palabras exactas, pero al menos no parecían llenos de hostilidad y malicia. Discernir un mago de ánima de un estudiante de las Artes Arcanas era relativamente fácil si uno usaba los Poderes Más Oscuros y el otro invocaba vientos de la nada, pero mucha gente olvidaba que los Magos Arcanos podían emplear Tomos de Magia de Ánima si lo consideraban oportuno. Así pues, incluso un Hechicero podía hacerse pasar por lo que no era simplemente lanzando llamaradas desde su libro de conjuros. Y el público prefería por mucho los “valientes y siempre leales” Magos de Ánima que los “viles y cobardes” Magos Arcanos. Y, bueno, el muchacho no podía negar que disfrutaba con la poca fama que tenía ahora. Buena fama, para variar. Sabía que no duraría mucho, por lo que se dispuso a aprovechar todo el tiempo que tenía.

Durante su pequeño paseo para estirar las piernas tuvo la oportunidad de descubrir Regna Ferox o, más correctamente, el Regna Ferox que Altea había sometido a su voluntad empleando métodos cuestionables. Sí, las calles podían estar llenas de animación, gente gritando y personas pasándolo bien aprovechando las fiestas, pero Sindri no pudo sino observar una cantidad alarmantemente alta de guardias con las insignias del país conquistador… casi podía decirse que hubiera uno de ellos en cada encrucijada. Las personas con armadura con cara de pocos amigos y hostilidad mal contenida o, en otras palabras, los guardias de las ciudades eran el primer tipo de persona que un Mago Arcano aprendía a identificar si quería evitar acabar en una oubliette durante el resto de sus cortas y miserables vidas por “ser un brujo” o “práctica de la Magia Negra”. A continuación aprendías técnicas de disimulo, de aparentar inocencia, de dar esquinazo y de correr a toda velocidad por callejones inmundos llenos de lodo y cosas que eran mejor no pensar. Obviamente, la mejor amiga del Mago Arcano era la discreción y si alguien tenía razones para sospechar de ti, entonces es que estabas haciendo un muy, muy, muy mal trabajo. Pero ser precavido nunca se ha visto como un defecto, ¿cierto?

Uno podría pensar que un Hechicero no tendría nada que temer a un puñado de ex-campesinos con aires de grandeza embutidos en trajes de hojalata mal ajustados, pero los hábitos eran difíciles de romper. Además, ¿No era lo natural mirar a ambos lados de la calle antes de pasar para asegurarte no chocar contra un carruaje? Asegurarse que no había ningún peligro era lo más normal del mundo. Cada vez que entraba en una nueva calle sus ojos iban primero a las personas más vigilantes, las que no tenían las miradas posadas en nadie en concreto y la movían erráticamente como si buscaran algo sin mucho énfasis. Una vez localizadas todas esas personas, Sindri se fundía en el ambiente para evadir cualquier intento de identificarle y, si no había ningún camino completamente seguro, simplemente trataba de pasar lo más desapercibido posible. Una vez sumido en unas metafóricas sombras, el muchacho se dedicó a mirar escaparates, discutir el precio de un bonito zurrón nuevo a un comerciante que le quería hacer pagar tres veces lo que valía y comprar la comida más rara que le entraba por los ojos hasta el punto de gastar más de lo que le hubiera costado dicho zurrón. Había mucho tiempo por delante y, realmente, el único objetivo que tenía el muchacho era no aburrirse.

Sin embargo, justo antes de cambiar de calle, miró en derredor con cautela y hubo una figura en la que clavó sus ojos momentáneamente, pero reconoció enseguida sin tener que pensar mucho. Una figura muy conocida con un atuendo que resaltaba ante la multitud de civiles. Sentada en un barril con una expresión bastante exasperada. No sabía si estaba haciendo alguna misión como Custodio o, simplemente, se había cansado de caminar y se había sentado en el asiento más próximo que había encontrado, pero la señorita Alanna se encontraba ahora mismo al otro lado de la calle. Sintió un pinchacito de culpa mientras se daba la vuelta de forma instintiva, volviendo por donde había venido. La Custodia Alanna, que tenía una razón de peso para continuar en el Gran Torneo de Regna Ferox, ya no podía seguir compitiendo mientras que él, que estaba ahí por diversión e investigación, había pasado a la siguiente fase. En cierto modo eso no le había acabado de sentar bien y le había obligado a hacerse unas pocas preguntas incómodas a sí mismo, por lo que no podía evitar sentirse incómodo cada vez que pensaba en ello. Le gustaría charlar con ella, quizá disculparse ante lo sucedido, pero no sabía bien, bien, cómo hacerlo con tacto y buenas formas.

Volviendo por el camino andado, reparó que una de las tiendecitas que había ahí era un tenderete de bebidas frías. Usar hielo para tales cosas podía ser normal para la gente que vivía en lugares muy acalorados (¿Que de dónde sacaban el hielo? De la montaña más próxima, claro) pero en un lugar tan gélido como Ilia, lo último que querías frío era tu bebida. Había zumos de colores variopintos hechos con frutas extrañas, una bebida que el Hechicero aseguraría que es 95% hielo picado y… oh, no tenían café, lástima. Lo que sí tenían era un té de un color muy apetecible que te servían con un poco de hielo, unas rodajas muy cucas de limón y un par de hojas de menta. Sí, incluso a esa distancia Sindri podía asegurar sin duda alguna que eso era menta – Sí, dos pocillitas de té, por favor. – pidió el muchacho a la alegre vendedora y, tras un festival de hielo brillante roto en pequeños trocitos y rodajas amarillas que surcaban por los aires, Sindri se alejó de la tienda con dos simples pocillos de barro llenos de té helado. Sabía lo que hacer. Ya lo habló antes con la amable Custodia y… bueno, parecía lo más apropiado, teniendo en cuenta lo que había sucedido en la arena del torneo.

Ah, pero no iba a volver por el mismo camino, no. Sindri dio la vuelta a la manzana y entró a la calle por el otro extremo caminando con extremo sigilo, pero a buen paso, como era menester de los que llevaban botas de buena calidad. Tras cerciorarse que la señorita Alanna seguía en el lugar, se acercó a ella con una sonrisa radiante y llena de confianza que, en realidad, no poseía. Hubiera tratado de llamar su atención con algún movimiento pero, con las manos ocupados, hubiera acabado con algún transeúnte bañado con un delicioso y frío té – ¿Me es permitido ofrecerle un ligero y delicioso refrigerio a mi Custodia preferida? Ahuhuhu~ – mencionó con una voz repleta de buen humor una vez estuvo lo bastante cerca de la mujer de Ylisse. Acompañó tales palabras acercándole poco a poco la tacita de barro llena de té mientras la movía suavemente y dejaba que el hielo repiqueteara juguetonamente contra las paredes del improvisado vaso.

No le haría falta romper el hielo para comenzar una conversación con la Custodia Alanna… ¡Ya lo había hecho la vendedora de té por él!
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Re: [Entrenamiento] Bailando con sombras [Priv. Sindri]

Mensaje por Alanna el Jue Ago 23, 2018 4:22 pm

Había esperas que se hacían insufribles de lo mucho que se deseaba que acabasen. Pero Alanna nunca hubiese pensado llegar hasta tal punto de impaciencia y hastío, que ya había empezado a contar mentalmente el tiempo que su sustituto se estaba retrasando. Por cada minuto que sumaba, más crecían sus ganas de saltar del barril, arrearle una patada por cada uno que había estado perdiendo ahí sentada, y de mandar al cuerno a Altea, a Regna Ferox, y a su circo del ridículo con el que pretendían ganarse el favor de un atajo de nobles empedernidos. Si por ella fuese, todos y cada uno de ellos podían meterse el maldito torneo por una zona tan inmunda y zafia que, en condiciones normales, jamás se lo hubiese planteado siquiera. Y ya de paso, si tantas ansias tenían de ver la arena, que fuesen ellos los que se bajasen de sus cómodas gradas, quedasen por debajo del nivel de decenas de espectadores hambrientos de acción, y se revolcasen en la tierra por un miserable puñado de aplausos. A fin de cuentas, la mayoría de ellos tenían toda la pinta de estar allí por compromisos, cuestiones de negocios… Y estaba segura de que ya tendrían experiencia en arrastrarse para obtener cualquier beneficio de segundos. Como el atajo de alimañas rastreras que eran en verdad.

Justo cuando pensó que ya había sido suficiente desquite mental con los organizadores del evento y aquellos que se estaban haciendo de oro a su costa, trató de redireccionar una vez más su frustración hacia quien se suponía que debía estar patrullando en su lugar. Todo un ejemplo de diligencia y compromiso el que estaba dando la guardia alteano, sí señor. Como si se lo estuviese viendo venir, seguro que el tipo en cuestión se estaría entreteniendo con cualquiera de los incontables tenderetes que ofertaban baratijas, con alguno de los espectáculos callejeros… O peor, perdiendo el tiempo en una taberna de mala muerte con el resto de su escuadrón. En cuanto tuviese mejor temple y más tiempo, pensaba tratar muy seriamente con Eugeo el meter en cintura a unos cuantos de sus compañeros.

Mientras, se había perdido tanto en sus pensamientos para amenizar la espera, que ni se había percatado del sonido de unas pisadas por la empedrada acequia que podía sentirse a sus espaldas. Abstraerse del mundo exterior era una mala costumbre le ocurría muy a menudo cuando tenía la cabeza aturullada en sus propias preocupaciones. Pero bueno, si los pasos no fueron alerta suficiente, lo que sí la arrancó de su fuero interno fue aquella risita estrafalaria a sus espaldas que le erizó los pelos del cogote. Alanna ahogó un ridículo gritito y pegó un bote del barril para caer de pie al suelo. Para su desgracia, una vez se volteó a una velocidad relampagueante para encarar al gracioso de turno, el susto que llevaba encima no hizo más que agravarse y bajarle como un peso muerto al estómago.

La cara de la muchacha se puso más blanca que una sábana al reconocer los mechones purpúreos, y también esa expresión exageradamente dicharachera. De todas las personas posibles que podían cruzársele durante su turno, y tenía que ser justo él. Nada más y nada menos que el ilustrísimo mago del oportunismo y la charlatanería. Bueno, y entre otras cualidades, también de la hechicería oscura. —¡¿D-don Sindri?! —tartajeó como quien acababa de ver a un espectro aparecérsele en mitad de un mal sueño. Habría sido lo ideal, ¿no? Despertarse en su reconfortante y mullida cama de Ylisse. Asustada al principio, pero sintiendo poco a poco un reconfortante alivio al descubrir que todo aquello de un torneo celebrado en Regna Ferox, su ansiedad a niveles astronómicos, el bochorno… Había sido una pesadilla.

Por desgracia, Sindri era tan real como el frío que notó en las yemas de los dedos al tocar lo que este le estaba tendiendo. De lo desconcertada que estaba, Alanna no pudo evitar estirar el brazo por instinto al encontrársela en frente de sus narices, titubeante, y aferrar lo que parecía una tacita de barro. Una vez fue un poquito más consciente de sus actos, parpadeó y bajó la vista hacía el líquido de color ocre en el que flotaban y danzaban unos pedacitos de hielo y unas pocas hojas de menta.

«Oh…», su mente soltó un chasquido al recuperar cierto recuerdo al que no le dio apenas importancia desde un principio. Pero, en fin, solo alguien tan puntillista y extravagante como Sindri sería capaz de cumplir con la inocente promesa de compartir unas palabras con una copa de por medio. Todo ello propuesto momentos antes de que se viesen las caras en una marea de caos, gritos y fuego mágico. Visto así, eso sí que parecía más un sueño de lo quimérico que sonaba. Pero siéndolo o no, Alanna tragó espesa saliva al saber perfectamente lo que venía buscando el brujo desde un principio con aquella taza de té frío. Por muy condescendientes que fuesen sus intenciones, la Custodia no estaba, ni de lejos, preparada para mantener el talante delante de Sindri y su lengua desbocada. Es más, tampoco es que estuviese preparada para encontronazos con nadie si había estado dándoles esquinazo a sus conocidos todo este tiempo como una cobarde. Pero a diferencia de gente como Corrin o Eugeo, Sindri era un caso más… violento. Porque, vamos, ¿cómo guardar la compostura delante de la persona que se bañó en gloría, mientras que ella se hundía en la más abismal vergüenza? Y todo ello recordándose que él no tenía la culpa de nada, y que posiblemente fuese el único de los presentes en la arena que la trató con un mínimo de respeto.

Por desgracia, quedarse muda y sujetando una tacita de té en mitad de la calle cual pánfila no haría que sus problemas “oscuros” se esfumasen como si nada. Tenía que pensar algo, y rápido. Antes de que Sindri tomase la iniciativa, porque entonces no habría deidad alguna en este mundo que la ayudase a soportar su charlatanería —Esto… Buenos días, don Sindri. ¿Necesitabais algo? —«¡No, no, no! ¡Pedazo de boba! ¡No le des pie a lanzarse!», se mordió la lengua al darse cuenta de su catastrófico error al elegir las palabras. Su fábrica de maquinaciones trabajó a una velocidad demencial para sacar algo con lo que corregirse mientras forzaba una tenue sonrisa—. Quiero decir… Ahora mismo me cogéis un poco atareada con la faena de patrullar las calles.
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Re: [Entrenamiento] Bailando con sombras [Priv. Sindri]

Mensaje por Sindri el Dom Ago 26, 2018 12:05 pm

Ante la reacción de la mujer, Sindri no pudo más que vestir una sonrisa cordial pese a que realmente no le apetecía. ¿Pero acaso no era aquel el trabajo de las sonrisas? ¿Ocultar y esconder? Una sonrisa era una máscara que te permitía separarte de lo que estaba ocurriendo y, simplemente, dejarte llevar por cualquier evento social fuera cual fuera. Así que el hechicero demostró al mundo que no le importaba lo que estaba sucediendo en aquel momento.

La Custodia Alanna parecía casi asustada por su aparición, algo totalmente normal teniendo en cuenta que se había esforzado para ser lo más sigiloso posible. Claro que no había conjurado ninguna maldición para ayudarse, pero cualquier bibliotecario que se preciara había aprendido a caminar de una manera muy particular. Caminar sin dejar huella. Caminar sin que tus pisadas repiqueteen. No es buena señal que sean los demás los que tengan que decir al bibliotecario que desean silencio… – ¡Bu! ¡Sorpresa! – el muchacho continuó la broma con algo de humor esperando rebajar la tensión de la situación. Tensión que podía ver claramente y que podría cortarse sin problema alguno con el hacha de la Custodia sin ningún problema. O eso le parecía al estudiante de las Artes Arcanas – Menuda reacción, señorita. ¿Esperaba a alguien? ¿Un monstruo quizá? ¿A plena luz del día? – levantó los brazos ligeramente y entrecerró las manos, haciendo el efecto como el de unas temibles y terribles garras de lobo feroz. Un acompañamiento más que aceptable para su sonrisa lupina.

Se quedó con ganas de añadir “Rawr rawr” y hacerse pasar por un monstruo aterrador que entró a escena para sembrar el pánico y el caos. Aunque, bien mirado, como Hechicero podría ser tildado de uno, ¿no es así? Los alteanos creían que la Magia Arcana era algo maligno y sus practicantes totalmente corruptos por el poder así que, en aquel momento, él no era mucho más que un malvado en ciernes. Qué sabría Altea sobre Magia Arcana. Obviamente que no le trataban así por ahora, lo único que había demostrado en el torneo era un dominio de las artes mágicas de Ánima, pero era sólo cuestión de tiempo. ¿Y para la gente de Ylisse qué era él? Era una pregunta que le rondaba por la cabeza desde hacía algún tiempo, concretamente desde que comenzó a estudiar un poco más las culturas de Akaneia. Quizá para la Custodia Alanna él no era más que un hereje poseedor de una anatema, alguien que no merecía más que un millar de cadenas y remar en una galera durante el resto de sus días. Podía ser. Podía ser.

¿Don? ¿Don? ¡No he hecho nada para ser tratado así de bien! Sindri. Sólo Sindri. Sin títulos honoríficos de ninguna clase, por favor. – respondió defensivamente el muchacho, dando un pasito hacia atrás y moviendo las manos todavía alzadas de un lado hacia otro al compás de una negación aparentemente nerviosa – Y ya veo, ya, que usted está aquí en pleno trabajo. ¡Defensora del orden y de la ley, nada menos! Algo extremadamente importante durante estas festividades tan concurridas. – se llevó los brazos detrás y dio una pequeña vuelta en redondo, mirando así en derredor todo aquello que la mujer controlaba con la mirada. No parecía que tuviera mucho trabajo, pero eso no es algo que le fuera a decir… – ¡Ningún disturbio, por lo que veo! Es un placer comprobar que cumple con su cometido diligentemente, Custodia Alanna. Un trabajo excelente. – charla banal, su favorita de entre todas. No se decía nada en particular, pero le permitía hablar un poco más y poner en orden su cabeza para contestar la primera pregunta que le había hecho la señorita.

Señaló la jarrita que tenía la hachera en la mano con la suya propia, casi como si fuera un brindis a distancia improvisado – Sólo venía a cumplir una promesa. ¿Promesa? Más bien ocurrencia. Sí, ocurrencia. – bebió un sorbo de su propia taza, no fuera a creer la Custodia Alanna que el Malvado Hechicero le había traído algo envenenado por pura malicia maliciosa de su corazón renegrido. Un té de buena calidad, desde luego, amargo y ácido en su justa medida… aunque Sindri no pudo sino desear que le hubieran echado un poco más de azúcar o miel – No deseo molestarla, nada más lejos de la realidad. Y entiendo que sea una persona non grata aquí y ahora, así que trataré de no malgastar su tiempo más allá de lo estrictamente necesario. – con la garganta menos seca las palabras salían con más facilidad, o al menos eso notó el muchacho. Bajó la cabeza durante unos instantes para acompañar sus palabras anteriores, como queriendo disculparse por su incursión en aquel lugar de tal manera.

Con fingida alegría, Sindri dio un par de pasos saltarines hacia atrás, casi como si simbolizase que después de lo que iba a decir se iba a ir para no volver jamás. Dejar algo de espacio también es signo de respeto, por lo que consideró que tampoco estaba de más – ¿Se me permite preguntarle cómo se encuentra, Custodia Alanna? – disparó la pregunta que llevaba en la recámara desde que terminó el combate y la guerrera abandonó la arena antes de poder hablar debidamente con ella. Podía parecer una pregunta estúpida, insulsa y redundante… y en muchos aspectos lo era, eso era innegable. Pero Sindri había sido criado en una corte noble con todos los valores que eso implica, por lo que sentía que tenía el deber de preguntarlo. Y, con una simple respuesta, la Custodia podría librarse de él… ¡Menuda ganga!
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Re: [Entrenamiento] Bailando con sombras [Priv. Sindri]

Mensaje por Alanna el Lun Oct 08, 2018 1:49 pm

Siguiendo por detrás a la literatura, el teatro era otra de las clases de arte que Alanna tenía en muy buena estima y con las que gustaba deleitarse desde que era una chiquilla. Una de las principales razones de ello era que, pese a su animadversión por acompañar a su vieja familia en eventos sociales, no le importaba hacerlo mientras tuviese un escenario delante. Allí, le resultaba muy fácil eludirse de las críticas destructivas de su madre y hermanas, teniendo tan solo que dejarse llevar por la magia de los actores al interpretar una historia cualquiera. Era como leer un libro, pero sin necesidad de recurrir apenas a la imaginación para visualizar las escenas.

Algo le decía que Sindri también debía de tener empatía por el teatro. O más bien, pasión. Había personas a las que les gustaba sobreactuar, y luego estaba él. Gesticulando con confianza como si todo lo que le rodease fuese su propio escenario en el que pudiese desenvolverse, y sin la menor preocupación en lo que pudiesen pensar quienes tuviese a su alrededor. Tan solo había que verlo levantando los brazos en un intento de parecer amenazante cual… chiquillo. ¿Se lo parecía, o aquella situación ya lo había vivido antes? —Para seros franca, esperaba que no se me acercasen por la espalda y a hurtadillas —contestó a su pregunta con una pizca de rezongo. Dioses, ¿tan complicado le sería comportarse con un mínimo de seriedad delante de los demás? ¿O tal vez no estuviese errada en pensar que Sindri consideraba el mundo como su teatro personal? Quien sabe, quizás en otra vida hubiese sido un actor nato, en vez de entregarse a la hechicería oscura.

Cualidades tenía, porque Alanna estaba teniendo serias dificultades para discernir si sus extravagantes comentarios con los que hacía alusión a su trabajo estaban cargados o no de sorna. Lo cierto es que le molestaba más la incertidumbre de no saberlo que llegar a pensar que el brujo estuviese siendo sarcástico con ella. Fuera como fuese, no quiso darle demasiadas vueltas tratándose de quien era, y se limitó a mostrarse indiferente mientras tenía la mirada clavada en la tacita de té y la meneaba. —Tampoco es algo por lo que merezca tantos halagos. Gran parte del mérito de que las calles sean seguras para todos es del ejército alteano —argumentó, levantando la mirada del contenido de la taza y encogiéndose de hombros. Le estaba siendo sincera cuando le decía que Altea se había encargado fervientemente de que no quedase ni un solo rincón de Regna Ferox sin vigilia. Quizás hasta el punto de rallar la obsesión. Viéndolo así, encontraba hasta normal que Sindri pudiese señalarle que no estaba haciendo gran cosa en su puesto. A saber si el ejército alteano la tenía allí de bulto porque no sabían qué hacer con ella. Con lo que ya había visto en su corta estancia, no le extrañaría.

Sin embargo, la parsimonia se le cortó de cuajo cuando ya se empezaba a plantear la posibilidad de darle aunque fuera un sorbo a la taza de té, deteniéndose justo antes de que sus labios llegasen a rozarla. Todo porque a Sindri no se le ocurrió otra cosa que dejar caer de una forma nada sutil que en esos momentos no era bien recibido. Alanna no pudo evitar enarcar una ceja, molesta por esa acusación a traición. ¡Habrase visto! ¿De verdad le iba a jugar la carta de la culpabilidad? ¿Así, sin más? Vale que tuviese razón en un detalle. Vale que fuese cierto que no fuese el mejor momento para que ellos dos coincidiesen en un mismo punto. Pero el tono de ese “persona non grata” no le había hecho ni pizca de gracia. Como si aparte del escabroso asunto de su combate en el torneo, también estuviese insinuando alguna clase de connotación oculta. O que lo mismo, estaba tan irascible con todo lo que le había ocurrido que le estaba sacando pegas a todo. ¡Por eso no quería ver ni juntarse con nadie!

Entonces, casi como si hubiese intuido los peligros de haber estado jugando con una fiera hambrienta y se distanciase de ella unos pasitos, el brujo le formuló la pregunta de cortesía por excelencia; esa que se le podría asemejar en esos momentos a un hueso de pollo atorado en la garganta. Le preguntaba que cómo se encontraba. Exactamente, ¿qué debía responder a eso ella? ¿Que se encontraba harto indignada con la imagen de incompetente que le había puesto el público de la arena? ¿Que estaba sumamente decepcionada con el gobierno alteano por dedicar más tiempo a montar espectáculos que a solucionar problemas más graves? ¿O tal vez que deseaba con todas sus ganas estar en cualquier otro lugar? Por mucho que quisiese ser sincera con él, era incapaz de hallar una respuesta en la que no acabase desquiciándose hasta el punto de ponerse a chillar como una energúmena y desquitarse a patadas con lo primero que tuviese en frente.

Por eso tenía que mentir. De la forma más vil y cobarde posible. Era eso o usar a Sindri como chivo expiatorio para descargar su frustración. Alanna bajó un poco la cabeza, mojándose los labios antes de paladear un aire que le supo a rancio y musitó: —Pues yo…

¡Vaya, vaya, vaya! ¡Pero si es la Custodia más famosa del coliseo! ¿Aprovechando un alto para tomarse un tentempié antes de tu próximo revolcón por el suelo?

Aquella voz estridente y llena de arrogancia hizo que Alanna se voltease con una mezcla de desconcierto e inquina, topándose de bruces con el responsable en cuestión. Un hombre joven bastante delgado, de nariz puntiaguda y con una desagradable sonrisa altanera cruzándole el rostro. Ese porte arrogante con el que se le presentó ya lo había visto en otras ocasiones, lo suficiente para saber la procedencia del tipejo. Pero ante la duda, solo había que fijarse en esa casaca roja recargada con bordados dorados que vestía para darse cuenta de que se trataría del típico noble consentido. Y a sus espaldas, le seguían de cerca otros dos individuos, conversando y lanzándole miradas fugaces a la Custodia entre risitas, que también serían de la misma calaña que el otro por la similitud con sus ropajes.

Ahora resultaba que no solo la gente se reía a sus espaldas, sino que también acudían a ella para hacerlo delante de su cara. Maravilloso. Alanna desconocía del todo si aquellos tres estaban allí porque tenían algo en contra de los Custodios y buscaban herir a quienes tuviesen relación con ellos, si provenían de otro país como Nohr y venían a mofarse por las diferencias en principios y creencias… o si simple y llanamente no eran más que un atajo de malcriados que querían divertirse a costa de otros. —... ¿Hay algún problema? Ahora mismo estoy ocupada atendiendo a este caballero—. Tan solo se limitó a devolverle al cabecilla del trío una mirada gélida y no dedicarle más tiempo del necesario, a ver si así captaban el mensaje y desaparecían de su vista.

Ocupada. Claro —dijo el noble entre dientes por una risa mal disimulada—. Pero ahora que lo dices, señorita Custodia, a mis hermanos y a mí sí que nos había surgido un “problemilla” mientras discutíamos acerca de los últimos enfrentamientos que se han disputado en el coliseo. Y, claro, nos preguntábamos si todos los guerreros y soldados de Ylisse sois tan ineptos como los representantes que habéis venido al torneo.

El semblante de Alanna, quien trataba de mantenerse por todos los medios en sus cabales para no satisfacer a ese impertinente, se desfiguró de sopetón al fruncir tantísimo el ceño. De pronto, sintió que una erupción de rabia y asco se acababa de desatar en sus entrañas —O como mucho, a ver si nos puedes aclarar si es solo una cualidad innata que los Custodios poseéis, ya sabes. Como ese fantoche de melena azulada que se puso a coquetear con su contrincante. Menudo elemento estaba hecho. —El hombre hizo gestos despectivos con la mano mientras ponía los ojos en blanco—. ¿Lo de llevar un ramo de flores en el carcaj viene estipulado en vuestro reglamento? ¿O es por si os funcionan las galanterías con algún criminal? ¡Y hablando de flores! —Pegó un saltito y se puso a chasquear los dedos, como si quisiese recordar que tenía en la punta de la lengua— ¿Qué otro ylissense se había puesto en ridículo con ellas en su combate? Quién, quién…

La jinete pegaso de las coletas, hermano —puntualizó uno de sus acompañantes, alzando el dedo índice.

¡Claro! ¡Eso era! ¡La niñata de los cubos con los que casi le abre la cabeza a uno de los espectadores! Menos mal que nosotros nos encontrábamos en nuestros asientos personales, lejos de las gradas por las que esa donnadie se puso a revolotear con su animal. Aunque, ¿sabes?, es una verdadera lástima. —Se llevó la mano al mentón, meneando la cabeza en un gesto forzado de estar pensando. Entonces, una mueca cruel le curvó los labios hacia arriba—. Porque si hubiese usado uno de esos cubos como arma, quizás hubiese tenido alguna posibilidad de ganar. —Tanto el tipo, como sus dos hermanos, estallaron en ruidosas carcajadas con las que se les saltaban los lagrimones y que les obligaron a sujetarse el estómago con ambas manos—. ¡Ooooh, dioses! ¡Hoy estoy que ardo…!

Y poco antes de terminar la frase, una masa de líquido anaranjado voló hacia el rostro del noble y le salpicó en un espectáculo de pedacitos de hielo y hojas de menta. Las risas cesaron de inmediato a la que el “splash” se escuchó perfectamente, secundado por un silencio sepulcral. El noble empapado, al cual le caían chorretones por las puntas del pelo y de la nariz, hizo un amago de soltar una exclamación a la par que revisaba con la mandíbula desencajada que su casaca tampoco se había librado del remojón, ahora poblada por manchas alargadas y amarronadas. Sus dos hermanos tampoco fueron menos en mostrarse sorprendidos, pero salvando que sus expresiones reflejaban más pavor que escándalo por el tizne blanco que adoptaron.

Mientras, Alanna seguía sosteniendo en su diestra la tacita que antes contenía el té que arrojó sobre la cara de joven, todavía inclinada hacia abajo y con el brazo ligeramente extendido. Su semblante se mostraba neutro, casi pétreo. El cual quebró segundos después para llevarse la otra mano al rostro y fingir descarada sorpresa. —Oh. Que lo de que estabais que ardíais no lo decíais de forma literal. Vaaaaaya. Que descuido por mi parte. Supongo que los ylissenses también somos unos ineptos a la hora de interpretar…

Una mano que se abalanzó sobre el cuello de su ropa le cortó de sopetón, cerrándose en un puño sobre este y tirando hacia arriba. Alanna apretó los labios en un gesto incómodo cuando el muchacho noble, encolerizado cual bestia desbocada, le acercó su rostro lívido y empapado y la zarandeó con violencia. —Te crees muy graciosa, desgracia de plebeya insurrecta. ¿Tienes idea de con quien estás tratando? ¿Acaso tienes la menor idea de lo que podría haceros a ti y a esa escoria inmunda que tienes por país? Me bastaría con chasquear los dedos para que todos vosotros cayeseis en la ruina y fueseis pasto de esas hienas nohrias —espetó con asco y escupió hacia un lado—. Con razón Padre dice que Akaneia está plagada de retrógrados y bestias peores que los subhumanos.

Desconocía quien sería su padre y qué eran esos “subhumanos” de los que hablaba. Pero de lo que si estaba segura Alanna era que sus amenazas estaban tan huecas como el interior de su cabeza. Se había criado tanto tiempo entre bailes y eventos sociales de la nobleza que se conocía de sobras las insensateces que se inventaban los prepotentes que tenían por hijos muchas familias para infundir miedo y salirse con la suya. Pero eso era lo de menos. Lo único en lo que la muchacha podía centrarse eran en esos cinco segundos de cortesía que le estaba otorgando al otro para retractarse y marcharse por donde había venido. Los cuales acabarían desperdiciados y ella estaría en pleno derecho a responder por desacato a la autoridad y a reducirle en el acto.

Tan solo cinco segundos.
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Re: [Entrenamiento] Bailando con sombras [Priv. Sindri]

Mensaje por Sindri el Vie Oct 19, 2018 7:00 pm

A Sindri le gustaban los gatos.

Todos los gatos. Bueno, esos gatos sin pelo tan raros no. Ni esos mininos que parecía que les habías golpeado la cara con un ladrillo y se les había arrugado el hocico. A Sindri le gustaban la mayoría de los gatos. Nunca había podido tener uno en la biblioteca y, la verdad, dudaba que la vida en la carretera sin lugar que llamar hogar fuera adecuada para tener mascotas. Pero… ¿Acaso no era típico y tópico que los brujos y las brujas tuvieran un gatito de familiar? Ya sabéis, un típico gato negro ágil y audaz que se aposentara en el hombro mientras se hacían pócimas en calderos burbujeantes de peltre. Un gato, como un Mago Arcano, siempre juzgaba todos los que se encontraba con una mirada curiosa y en completo silencio para atacar los nervios de cualquier persona. Quizá esta última parte no lo había interiorizado bien Sindri… lo de estar en silencio, claro, era más que capaz de hacer que la gente se subiera por las paredes tras cinco minutos de conocerle. Había algo mágico y hechizante en los lindos mininos del mismo modo que había algo felino en los estudiantes de las Artes Arcanas… y no era exactamente la habilidad de escupir bolas de pelo. Todavía.

Pues bien, ahora Sindri se sentía como un gato jugueteando con un ratón en cierto modo. No es que hubiera mucha diferencia entre él y la Custodia, de hecho, ella tenía una posición de poder sobre él. Ella era la defensora de la paz y guardia de Regna Ferox y podía ordenarle y detenerle a placer mientras que él no era más que un ciudadano honesto y modélico que paseaba con libertad por las calles de la ciudad. ¿No sería todo esto una jugarreta de su subconsciente para hacerle pensar en gatitos haciendo cosas divertidas otra vez? Es decir, ella parecía muy incómoda hablando de este tema, casi como un ratón acorralado… pero absolutamente nada le impedía irse más que las férreas cadenas de las convenciones sociales. ¿Y él? ¿Que era un cazador de alguna clase? ¿Que estaba buscando una presa? Pues no, simplemente había ido hasta ahí en busca de respuestas, algo más que normal en él, y no tenía más razón que cumplir un deber estipulado por las normas de la decencia. Entonces… ¿Por qué había pensado en gatos? ¿Por qué? ¿Por qué?

Por suerte un evento le salvó de las garras (y los bigotes) de su imaginación dispuesta a recordar todos los felinos que había visto durante el mes pasado. De la nada habían aparecido tres figuras que gritaban a los cuatro vientos “soy noble y quiero hacérselo saber a todo el mundo” tanto con sus palabras como con sus gestos. ¡Y los ropajes, claro! Sólo un noble tendría el dinero para derrocharlo indecentemente en una ropa tan despampanante y con tan mal gusto. Y sólo un noble se movería con la arrogancia de alguien que parece sufrir con la mera presencia de gente de sangre roja ante su augusta persona. Oh, sí, sí, Sindri los conocía bien, había tenido la ocasión y el dudoso honor de encontrarse con todos los tipos de nobles habidos y por haber en su infancia y adolescencia en la corte. Se atrevió a aventurar que, seguramente, aquel joven sería un noble de Altea, teniendo en cuenta su manera de hablar y actuar en plena Regna Ferox. Pero podía equivocarse, claro, la heráldica de Akaneia no era su especialidad. Además, este buen hombre traía consigo los dos típicos sicofantes que se agarran a los nobles de hinchada personalidad (y patrimonio). Tres joyitas engarzadas, vamos. ¿A qué vendrán? ¿Para qué necesitarán la guardia de la ciudad?

Ah. Claro. Unas risas fáciles. Eso era lo que estaban buscando. Si bien desaprobaba por completo esa conducta, una muy extendida entre la nobleza muy a su pesar, no pudo sino ofenderse en lo más hondo de su ser. ¡Se habían acordado de la persona que perdió el combate, pero no de la que venció! ¡No le habían dedicado ni una sola palabra! Bien que no estaba en la naturaleza de los aristócratas el felicitar a los (aparentes) plebeyos que habían hecho algo correctamente, pero aún así podría haberse dignado al menos un gesto con la cabeza. O algo. Pero no, fue raudo y veloz a por la yugular de la Custodia, quien no parecía exactamente extasiada de oír tal monólogo del noble aunque aguantaba bien la compostura.

Hasta que el fantoche mencionó el hecho que ninguno de los representantes de Ylisse pasó de la primera ronda del Torneo de Regna Ferox. Ouch, un golpe bajo donde los haya – Eso me recuerda… ¿Es muy aceptada entre ustedes la estrategia del Custodio peliazul? Ya sabe, tratar de distraer a sus enemigos con halagos y declaraciones de intenciones para impedir que luchen a pleno rendimiento en la batalla siguiente. Parece una estrategia muy… poco ortodoxa. – cualquier conversación que se produjera alrededor del Hechicero se convertía prontamente en una conversación de Sindri, esa era un hecho determinante de la naturaleza que muchos bibliotecarios habían tenido que aprender a las malas – No es algo que vaya en contra de las normas, pero… no sé. Trucos mentales y tal. Ya sabe usted. Esa clase de cosas… – no creyó conveniente decir nada en contra de los Custodios, suficiente tenía ya con el otro pinchando. Quizá ni era el momento adecuado para preguntar eso, pero un inciso podía distraer a los nobles durante unos momentos y suavizar la situación.

Sobre la actuación de la otra Custodia, la jinete de pegaso, no tenía mucho que decir por lo que guardó un estricto silencio. Personalmente, el detalle de las flores a cargo de la Custodia le pareció muy entretenido y él incluso había tratado de coger algunas al vuelo, sin mucha suerte. Pero eran hortensias, al fin y al cabo, por lo que si quería algunas, sólo tenía que dar un garbeo por los campos cercanos a la ciudad. El hecho que se le escapara el cubo de las manos fue una verdadera pena que empañó un poco la entrada triunfal… pero, como bien había apuntado el maleducado noble, no hizo daño a nadie. Bien está lo que bien acaba. Aunque nada pudo prepararle para lo que iba a ocurrir a continuación, por lo que Sindri simplemente disfrutó de un espectáculo único en su especie.

¡Ahahahahahaha! ¡Ahahahahaha! – el muchacho se dobló hacia adelante tan largo como era, agarrándose la panza mientras le sobrevenía un ataque de risa. ¡Era perfecto! ¡Un espectáculo perfecto! ¡Un noble de esos que nadie quería en su corte había sido bajado de su pedestal con un golpe de efecto! ¡Y de té! Si Sindri supiera que eso iba a suceder hubiera comprado dos jarras más de té. ¡Qué dice dos! ¡Cinco! ¡Diez! ¡Tantas como sus brazos pudieran portar! – ¿Ha rminado usted ya, buen señor? Considero que a su discurso le falta un hervor y debería haberse quedado un rato más en el puchero. Parece que quería dejarnos helados con su oratoria y dialéctica, pero me temo que le hemos calado antes de tiempo. – sonrió pícaramente entornando los ojos y se llevó el dedo índice a los labios, reprimiendo las ansias de volver a reír. Realmente la Custodia Alanna era una caja de sorpresas… ni se le habría pasado por la cabeza que una mujer tan disciplinada como ella hubiera dado un baño de humildad a un miembro de la nobleza, por mucho que se lo merecieran.

¿Oh? ¿Pero que es esto? ¿A parte de ladrar tiene colmillos? Al parecer enfermó el día que la institutriz tenía que explicarle que un caballero no debía tocar una señorita bajo ningún concepto. Bueno, quizá de noble sólo tenía la sangre, no es que pareciera tener la gracia, distinción y savoir faire que caracterizaba a los que, como él, tenían sangre azul – Venga, venga. No hace falta ponerse así. ¿No cree que estamos olvidando todos una cosa muy, muy importante? ¿Algo absolutamente vital? Hagamos un poco de memoria, por favor… – levantó las manos con las palmas hacia adelante como queriendo poner paz a la situación. No hizo ademán alguno, sin embargo, de tratar de ayudar a la Custodia con el problemita de manera directa… había luchado contra ella y si había mostrado tal valentía contra el fuego mágico no había nada que pudiera hacer el pomposo joven para amedrentarla – Más allá de la política, que es importante, sí, claro, claro. Pero hay un detallito chiquitito que es necesario considerar. – e inspiró.

Al momento, la temperatura del ambiente pareció bajar en picado varios grados puesto que un sudario de escalofríos se aposentó sobre los hombros de todos los presentes. Algo fundamentalmente equivocado se apoderó del ambiente y comenzó a saltar de sombra en sombra con la gracia de una bailarina y el sigilo de un depredador. Una conmoción. Una sensación desagradable. ¿Miedo? ¿Pavor? ¿Mal Augurio? Maneras de describirlo, pero cada persona lo sentía a su manera, pero la Oscuridad se adentraba en los corazones y afloraba los miedos y las inquietudes tan fácilmente como uno podía apagar una vela. Sí, incluso en los corazones de aquellos nobles que no parecían tenerlo – Yo estaba primero. – y les dedicó una gran sonrisa con los ojos cerrados. Una de esas sonrisas radiantes y grandotas, de las que se dan desde lo más hondo del alma. De esas en las que uno enseña los colmillos sin querer. Tal vez.
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Re: [Entrenamiento] Bailando con sombras [Priv. Sindri]

Mensaje por Alanna el Miér Dic 05, 2018 7:35 pm

Cinco segundos de cortesía.

¿Por qué cinco segundos? Alanna no es que lo tuviese muy claro, la verdad. Lo más probable es que sus modales de alta alcurnia la traicionasen de nuevo, y había pensado en ello como un mero y ultimísimo acto de educación con aquel noble de tres al cuarto. Sí, le acaba de bajar de su pedestal tirándole el contenido de una taza de té bien frío, tampoco es que estuviese ya en posición de alardear de talante y buenas formas. Pero tampoco se podría calificar de ultraje mayor empapar a alguien. Sobre todo, si ese alguien venía buscando las cosquillas con puyas tan afiladas como navajas, tan solo por estar en un peldaño más del escalafón social y creerse que se le permitiría todo.  

Pero si él quería pensar así, bienvenido fuese. Porque ella se limitaría a su labor y le enseñaría lo que ocurría cuando alguien se pasaba de listo con un guardia u agente de la autoridad. Oh, sí, incluso ya lo tenía maquinado paso por paso en su mente. No podía aguardar ni un momento más a coger el brazo con el que ese energúmeno tironeaba del cuello de su camisa, y retorcérselo en una rápida efectiva llave. Una técnica de defensa personal por cortesía del Décimo Escuadrón Pegaso ylissense. Y después, lo arrojaría contra el suelo y le haría tragar una a una todas las sandeces e injurias dirigidas hacia su persona y país.

¿Una práctica excesiva? Puede. En una situación normal, podría haberle bastado con darle un escarmiento rápido y dejar que se marchase nada más que con el orgullo herido. Pero no era una situación normal. Se sentía frustrada, apaleada y ninguneada por quienes movían y apoyaban la nueva atracción de feria que se había montado Altea para promocionar sus recién adquiridas tierras. Y lo único que le faltaba es que un noble con la lengua demasiado suelta viniese a amargarle aún más la existencia.

Pero justo cuando le quedaba un segundo, tan solo un segundo, para exigir retribución y justicia… alguien tuvo que entrometerse. Para ser franca consigo misma, no le sorprendía en absoluto que Sindri, la antítesis del oportunismo personificada, tuviese tanto descaro para meterse de lleno en situaciones en donde no se le había llamado. Aunque sí que le mosqueaba hasta cierto punto. No por el hecho de que el brujo tratase de interceder para mantener la paz entre ese truhan y ella, como el supuesto caballero que se hacía llamar. Si no porque Sindri debía tener alguna clase de obcecación para ser chinchorrero en todo, incluso para ponerse a dialogar con quien obviamente no atendería a razones.

El joven noble, frunciendo el ceño en señal de molestia y enfado porque le interrumpiesen, ladeó con lentitud para cabeza para mirar al otro con sumo desprecio. Mientras, la pobre Alanna entornó los ojos y resolló entre dientes de suplicio. Quería morirse, allí y ahora.

Aquí el único detalle que hay a considerar es tu constante irrelevancia en mi presencia —escupió, arrastrando las sílabas—. Así que haznos un favor a mí y a mis hermanos, y desaparece de mi vista antes de que… que…

La lengua se le trabó. De pronto, fue como si toda esa prepotencia de la estuvo haciendo gala antes, se marchitó, sin ninguna explicación. A aquel energúmeno le empezaron a temblar los labios a cada intento de articular cualquier palabra, incluso se le podía discernir en sus contraídas pupilas el reflejo de lo que se creía pavor. Alanna, que ya notaba su ropa resbalarse del cada vez más débil agarre del joven, expresó su desconcierto en una mueca y se quedó observándolo de hito en hito. ¿Qué había pasado? ¿Qué era lo que le estaba…?

Entonces, lo sintió. Extendiéndose a pasos agigantados desde su piel, hasta su tuétano. De pronto, fue como si el corazón se le congelase de súbito.

La Custodia exhaló una larga y pesada bocanada de aire que, de no ser porque sería prácticamente imposible, se hubiese solidificado nada más salir de su garganta. Algo estaba ocurriendo. Algo muy, muy virulento y horrorosamente desagradable que cargaba el aire que respiraba. O quizás no fuese solo cosa del aire, porque podía hasta sentirlo, rozándole los hombros y la nuca hasta el punto de ponerle los pelos como escarpia. Y aun con todo aquello, no sabía por qué, pero tenía la extrañísima certeza de que fuese lo que fuese aquello, tan solo se limitaba a arrastrarse por avanzar e ignorarla. Como si ella fuese un estorbo en medio de su camino.

De pronto, lo comprendió. Ella no era su objetivo; tan solo le bastó verlo en los rostros horripilados de los tres nobles, con los orbes desorbitados de haber visto a un ser de pesadilla. Aunque en aquella estrecha avenida no hubiese nada similar a la vista. Tan solo ella. Y Sindri. El mismo que curvaba los labios en una enorme y placentera sonrisa, tan despreocupado como cuando lo conoció en la remota isla de Tellius. Mientras que esos tres clavaban sus ojos en él y se retorcían poco a poco en amasijos de pavor y angustia, como quien estuviese en presencia de la mismísima Parca. Uno dos, tres pasos hacia atrás… y se voltearon cuales relámpagos para huir despavoridos. Un espectáculo hilarante el presenciar al cabecilla del trío empujando a sus hermanos sin contemplación y abriéndose paso. “Sálvese quien pueda y a la familia que le partiese un rayo”.

Y después, precedió un sepulcral silencio. Para la conmocionada Alanna, allí acababan de ocurrir una serie de acontecimientos que la mente humana difícilmente podía digerir, y mucho menos comprender. Aunque una cosa estaba clara, y era que la “presencia” maliciosa se había esfumado, justo después de que esos nobles corriesen y se perdiesen calle abajo. Ya sin nada que la turbase, su mente comenzó a funcionar de forma racional de nuevo y agrupar conceptos, uno por uno. Primero pensó en… eso que había notado hasta en sus entrañas. ¿Qué era? ¿De dónde había salido? Preguntas que la llevaron a mirar a la figura purpúrea con la que se había quedado a solas. Por lo que empezó a pensar en Sindri como el maestro de la magia que era. En el brujo que era. E irremediablemente pasó a pensar en la Magia Oscura. La aguja retórica de su imaginación se puso a tricotar ese hilo de ideas hasta que una posible respuesta a las dos preguntas de antes se formó.

Cabía decir que la suposición le sentó cual peso plomo en el estómago, para después retorcérselo de angustia.

Fuera como fuese, no impidió que Alanna se cargase de indignación y avanzase a trompicones hasta plantarse en frente de Sindri. Si las miradas matasen, la que le dedicó al muchacho bien que podría haberlo hecho estallar en llamas.

¡Por el primer Venerable! Eso… ¡Eso ha sido obra vuestra, ¿verdad?! ¿Se puede saber qué demonios habéis…?  —Antes de proseguir con la pregunta y seguir señalándole con el índice, se mordió la lengua con saña y cerró la boca con resquemor. Porque, ¿de verdad quería hacer esa pregunta? ¿De verdad quería darle a Sindri rienda suelta para que la avasallase con un sinfín de intrínsecos procesos y terminología detrás de lo que conllevaba aterrorizar a tres desgraciados sin mover ni un solo músculo? Y lo más importante, ¿de verdad quería saberlo?—. Es igual, olvidadlo. —masculló, frunciendo el ceño.

Así haría ella, por el momento. Pero eso no significaba que ahí había acabado la cosa. La sangre le seguía hirviendo, y por cada grado que ascendía, más y más cerca estaba de abrir el cofre de las inmundicias que tanto quería guardar bajo llave. Porque ya no podía más.

Aun así, no teníais ningún derecho en entrometeros. En primer lugar, porque esto no era menester de ningún civil; somos los guardias y centinelas los que cargamos con la labor de atender los altercados que sucedan en las calles. Y en segundo, era mi problema. MI problema. —Se llevó la mano al pecho con efusividad, y cierto cabreo—. Así que haréis bien en grabaros en la cabeza que puedo encargarme perfectamente de una panda de nobles energúmenos y malcriados que no habrán movido ni un solo dedo en su vida, ni tendrán la menor idea de lo que es ganarse la vida y dejarse la piel en ello. —Hizo una breve pausa, en la que apretó las mandíbulas con tanta fuerza que dolía seguir conteniéndose—. Ni mucho menos sabrán lo que se siente al haber sido pisoteada, infravalorada y ridiculizada por cientos de personas. Y todo por una nación que prefiere jugar a los gladiadores antes que tratar de arreglar los desastres que el resto nos tenemos que tragar.

Y calló. Las manos le seguían temblando de la impotencia, el aire de su pecho se había vuelto como unas cinco veces más denso y pesado, y poco o nada podía hacer al respecto. Pero bueno, ese era el resultado que consiguió. Después de haber hecho lo inhumano para evitarlo en la medida de lo posible, había acabado estallando y soltándolo todo. ¿Y sabéis que era lo peor de todo? Que la ola se la terminó comiendo una persona que no tenía culpa de nada.

Alanna cerró los ojos, maldiciéndose mil y un veces. Por imbécil.

Ahora ya sabéis como me encuentro.
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Re: [Entrenamiento] Bailando con sombras [Priv. Sindri]

Mensaje por Sindri el Lun Dic 10, 2018 3:45 pm

Ah, pocos placeres había en este mundo como que la gente huyera de ti. Y aquí viene la pregunta de si es mejor ser amado o ser temido. Podría responderse que deberíamos querer ser tanto amado como temido, pero ya que el miedo y el amor no pueden existir juntos, si debemos escoger entre ambos, es más seguro ser temido. Sindri tenía muy buena memoria y recordaba haber leído eso en algún libro de la Gran Biblioteca de Ilia a altas horas de la madrugada. ¿Quién lo había escrito? Tenía el nombre en la punta de la lengua, pero cuán maquiavélico debía ser para pensar así. Sin embargo alguno, ver escurrirse de miedo primero a los innobles vástagos y luego al vulgo fue algo que llevó al Hechicero a hinchar el pecho de puro orgullo. Un truco nimio de Mago Arcano, uno de los primeros que aprendías en la profesión, pero también uno de los más útiles que había. La existencia en este mundo era aleatoria y planear a largo tiempo era una pérdida de tiempo, pero siempre podías contar con que alguien en algún lugar tendría algún que otro miedo. Y si tiene miedo, entonces podías aprovecharte de ese terror para tu beneficio. ¡Ay, si lo viera ahora su maestra! ¡Había crecido hasta pensar como un Hechicero de verdad!

Ante tal espectáculo, Sindri se dedeicó a decir adiós con la mano a los tres fugitivos y a sonreír a los campesinos y burgueses muertos de hambre que se escurrían por las esquinas para evadir el mal fario que causaban las habilidades del muchacho. Sólo entonces, tras girar en derredor y asegurarse que nadie salvo la Custodia quedaba en toda la calle dejó de canalizar la Oscuridad y se plantó a una distancia prudencial de ella para observar qué tal se encontraba. Ella, a diferencia de él, no se encontraba de buen humor. En absoluto. Cada paso retumbaba con furia comedida perfectamente destilada y sus ojos podían bien ser dagas hacia su yugular. ¡Ay, la mujer sabía cómo hacer para que se sintiese como en casa! El instinto casi homicida (por ahora) contra su persona era algo conocido y que nunca podía faltar en sus viajes, como si le dieran una mullida manta en una fría noche de invierno. Y ahí estaba la mujer conocida Alanna hecha una furia, una agente de la ley, un baluarte del orden y Custodia protectora del débil. Tanto orden, tanta ley, tantas cosas aburridas y sin cambios… ¿Qué tal si introducimos algo de caos en ese mundo?

Inspiró hondo y vistió su cara con una sonrisa adorable y azucaradamente inocente, como la de un niño pequeño que trataba de convencer que no había sido él quién había roto el carísimo jarrón jugando a la pelota, no, no. Había sido el viento – ¿Yo? Oh, qué cosas dice, Custodia Alanna. ¿Cómo podría yo de entre toooooooodas las persoooonaaaaaaas que había aquí hacer esto? – decir que su voz era empalagosa hasta decir basta era como decir que había un poco de arena en el desierto. Cada palabra estaba recubierta de una melosidad viscosa y acaramelada que amenazaba con rezumar y llenar las orejas ajenas con miel de milflores – Quizá fueron mis bromas punzantes e hirientes las que hicieron que los tres malandrines salieran por patas. Ya sabe usted, para los nobles la peor herida es la del orgullo. – dio un paso atrás mientras levantaba las manos, mostrándole cuán inocente era del “crimen”. Cerró los ojos y esbozó una sonrisa conciliadora con aires de preocupación perfectamente fingidos. Sindri no conocía mucho la preocupación, aunque era siempre interesante verla hacer su magia en las demás personas. Si tiene solución, ¿Por qué preocuparse? Se puede solucionar, hagámoslo y ya. Si no tiene solución, ¿Por qué preocuparse? No se puede solucionar, a otra cosa, mariposa – ¿Y las demás personas? Bueno, quizá todas recordaron que dejaron algo en el horno y no querían que se les quemase. U olvidaron sacar al perro de paseo. ¿Quién sabe? La gente es rara. – mencionó con aires distendidos, ofreciendo posibilidades tan remotas que a nadie se le pasarían por la cabeza. Bueno, tal vez sí a alguien tratando de coser una broma como podía – Estoy seguro que una avezada y audaz agente atenta a la acción como usted no me acusará de nada sin pruebas fehacientes, ¿No es así? – semi-canturreó mientras cruzaba los brazos detrás de la espalda con la suficiente habilidad como para no derramar ninguna gota del vaso que estaba sosteniendo.

Y a continuación, cuando explotó la mujer y comenzó a cantarle las cuarenta, el muchacho aguantó ladeando la cabeza levemente, como si fuera un cachorrito que no entendía de lo que le estaba echando en cara. Pero quedarse callado por mucho tiempo no entraba en sus planes, por lo que al primer soplo aprovechó a decir con voz entretenida – ¿Me está pidiendo que confíe en los guardias de las ciudades? ¿De veras? Es decir, supongo que tengo que aceptar su autoridad… pero ahí termina todo en lo que a mí respecta. – se encogió de hombros. Quizá la mujer estaba aspirando a aleccionarle sobre los deberes cívicos del buen ciudadano, pero sus lecciones no habían hecho más que caer en saco roto. Sindri sabía bien que lo único que debía dar a los guardias y otros agentes de la autoridad era distancia – Soy un Hechicero, un usuario de las Artes Arcanas, por si no lo había notado. Eso me cuelga un cartelito de “culpable” en la mayoría de lugares a los que viajo, especialmente lugares como Altea e Ylisse. El hecho que haya cometido un delito es irrisorio, en muchas baronías y ducados la Magia Arcana es un delito. – movió el vaso dejando que el hielo entrechocara entre sí. ¡Cling, cling! ¡Cling, cling! ¡Llamada a la atención! ¡Llamada al orden! Todo aprendiz de Magia Arcana hacía bien en aprender la lección que aquellos que, si bien no había amigos en la profesión, fuera de ella había cosas peores. Muchas veces no era más que una treta para convencerte que era más seguro darle la espalda a otro Mago Arcano que a otro y así clavarte un cuchillo más fácilmente. ¿La opción correcta? No confiar en nadie y pegar tu espalda a la pared más cercana – ¿Sabe dónde solemos acabar? En la hoguera. ¿Sabe lo que no es agradable? Que a uno le quemen vivo. ¿Sabe lo que es un engorro? Sacar manchas de hollín de mi ropa. ¿Sabe quién tiene una reluciente placa de cobre, una armadura vieja y está al servicio y a paga del barón, duque o rey que quiere vernos calentitos? – suspiró levemente, como si estuviera explicando algo que era imposible de cambiar. Bueno, de hecho, lo era. ¿Por qué preocuparse pues? – No es nada personal, créame, sólo cubro mis espaldas. Es lo que hacemos todos, ¿verdad? De todas las formas de morir, la hoguera no me hace mucha gracia. Tampoco el cadalso… pero a la gente le gusta un espectáculo, por lo que no me lo reservarían. – y entonces con la alegría nada característica de alguien que estaba hablando de la muerte, le guiñó un ojo con una sonrisa cómplice.

Ah, que era su situación. Mil perdones, estoy seguro que el hecho que una guardia de la ciudad perteneciente a Ylisse participara en un… ¿Cómo lo ha llamado? ¿Altercado? Con un noble de Altea es algo sumamente normal en el día a día de sus dos países. Seguro que no tendría consecuencias. No señor. – espetó con una voz empapada en sarcasmo mientras miraba al cielo brevemente, con una expresión distendida en su cara, como si hubiera encontrado una nube con una forma interesante – ¿Cree que lo he hecho por usted? Soy muchas cosas… pero altruista no es una de ellas, créame en eso si debe creerme sólo una cosa. Lo hice por mí. El noble me estaba molestando a mí. Yo quería una respuesta y ese hombrecito se interponía en mi camino. – imitó el gesto de la mujer en cierta manera, señalándose a sí mismo cada vez que era necesario recalcar su persona. Quiso continuar la charla por esos derroteros un poco más, pero algo sucedió que hizo que se replanteara su estrategia de pies a cabeza.

Ah, ahí estaba, la respuesta que quería y buscaba. Al parecer no era el hecho de perder en sí lo que no le gustaba a la Custodia Alanna sino la injuria de haber perdido un combate ante un público mordaz y poco compasivo. Sindri sonrió ante aquellas palabras, pero no con una sonrisa oportunista o de mofa sino comprensiva y, casi casi, paternalista. Se mantuvo en silencio unos instantes mientras las palabras reposaban en el aire antes de decir lenta y pausadamente – Mejor fuera que dentro, ¿no cree? Eso decía siempre mi padre. – el Marqués de Ryerde era un hombre afable y poco riguroso para según qué asuntos y un muy buen padre en opinión de Sindri. Pero pensar en su familia no le era algo muy grato, por lo que cambió de tema rápidamente – Me temo que eso es intrínseco en este tipo de entretenimientos entre el común de la gente popular. Nosotros no somos más que divertimentos pasajeros con los que distraerse del día a día. Hoy usted es el blanco de estas bromas, pero mañana, cuando los combates hayan finalizado, quizá soy yo. Seguramente sea yo. Mas… ¿A quién le importa lo que la plebe piense? ¿O los “nobles” que mañana quieran chinchar a otros? Ambos sabemos que no durarían ni dos segundos en la Arena contra nosotros. – se cruzó de brazos levemente, dejando de nuevo que el claro “dring, dring” del hielo repiquetease juguetonamente. Trató de apelar a una especie de compañerismo de gladiadores experimentados, a ver si eso funcionaba para que se sintiera mejor. La gente se sentía mejor si se entendían los unos con los otros, ¿verdad?

Y, bueno, sí, Altea ha metido un poco la pata con todo este tinglado. Los torneos son algo muy, muy, muy, muy, muy serio para Regna Ferox, ¿sabe usted? ¡Claro que sí! Son los vecinos de Ylisse al fin y al cabo. – tampoco estaba ahí para dar lecciones de historia a alguien que sabía infinidad más sobre el continente que él. Sindri no había hecho más que un poco de investigación sobre las culturas de Regna Ferox y Altea, más que nada para evitar faux pas sociales que podían evitarse con una lectura ligera – De hecho incluso leí que el “monarca” de Regna Ferox era determinado por el resultado de un torneo. ¿Y qué ha hecho el conquistador que ha quitado toda autonomía al reino? Prohibir los duelos y los torneos típicos y tópicos de Regna Ferox, permitiendo sólo unos pocos que Altea considera “aceptables”. – seguramente un burócrata elegía al azar dos o tres peticiones de duelo y las aprobaba para tratar de mantener a los feroxíes medianamente contentos. Obviamente lo único que consiguió eso es que los que tenían cuentas pendientes buscaran otros subterfugios fuera de la ley para solucionarlos, con previsibles consecuencias – ¿Y ahora? ¡Bam! ¡Torneo en Regna Ferox! Hecho por Altea, financiado por Altea y aprobado por Altea. A la manera de Altea. – bebió un poco de su té frío mareado con una serenidad del que sabía que no había nadie que pudiera haber escuchado sus palabras salvo la Custodia – Da que pensar, ¿cierto?

Tras un par de silenciosos tragos más, Sindri usó su mano libre para abrir su zurrón y sacar de él un reloj de arena. Un reloj de arena hecho de ébano, ni más ni menos, con una arena clara y plateada que relucía a la luz del sol. Una arena que caía como una cascada brillante, posándose en la parte inferior del cristal soplado, que ahora mismo tenía mucha más cantidad de arena que la superior. El muchacho echó un vistazo al objeto antes de decir – Bueno, Custodia Alanna, creo que le he quitado ya demasiado de su valioso tiempo. Le agradezco infinidad que haya compartido conmigo como se encuentra… ¡De veras! Y lamento haber sido el catalizador de esta situación. – seguramente la mujer quería que se largara de su vista lo antes posible, por lo que Sindri se despidió con una sonrisa. Era el momento de hacer mutis por el foro y salir de escena para buscar algo entretenido que hacer hasta la hora de cenar.
Afiliación :
- ILIA -

Clase :
Sorcerer

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Bibliotecario (Gran Biblioteca de Ilia)

Autoridad :

Inventario :
Vulnerary [3]
Tomo de Worm [2]
Tomo de Archfire [3]
Tomo de Nosferatu [4]
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Lyndis
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Experiencia :

Gold :
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Re: [Entrenamiento] Bailando con sombras [Priv. Sindri]

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