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[Entrenamiento] Bailando con sombras [Priv. Sindri]

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[Entrenamiento] Bailando con sombras [Priv. Sindri]

Mensaje por Alanna el Mar Ago 07, 2018 12:48 pm

El cargo que le encomendaron las autoridades alteanas no era muy diferente de lo que podría pedírsele a un guardia de la localidad. No es que hubiese mucha ciencia detrás de la faena que era ponerse a patrullar unas pocas avenidas en la colonia de Regna Ferox. Rudimentario, sí, pero al menos, más ameno de lo que se esperaba. En pleno auge del torneo que organizaba Altea, era lo más normal del mundo lidiar con unas calles atestadas de tenderetes, jolgorio y, bueno… de los típicos “excesos” que tenía la gente en época de fiestas. Mantener el orden entre borrachos y camorristas para que no se partiesen los dientes entre ellos no era la vocación que más le entusiasmase a Alanna, pero tampoco podía pedirle peras al olmo. Ella estaba allí nada más que como un refuerzo extra para que los guardias tuviesen su merecido respiro y de paso, se encargasen de asuntos de mayor importancia. En fin, tampoco tenía pinta de que se le fuese a complicar la faena con el percal: tan solo había que mirar en derredor y comprobar que no había esquina alguna desprovista de un vigilante que velase por el orden. Altea no había escatimado en lo más mínimo para traer seguridad a las vías públicas mientras durase el torneo, lo que convertía la labor de la Custodia allí en algo casi banal.

Pero al menos, sería un trabajo ameno con el que mantenerse entretenida y que le permitiese despegarse de otras preocupaciones referentes al torneo, ¿no? Pues craso error.

Alanna suspiró largo y tendido, con una pierna cruzada sobre la otra y su mejilla izquierda reposando en la palma de su diestra. Una genuina expresión que entremezclaba el cansancio y la apatía le daba a forma a su rostro, acentuándosele más cada vez que necesitaba reacomodarse en aquel viejo barril que le estaba sirviendo como asiento improvisado. Restaban apenas unos minutos para el cambio de turno y que su sustituto llegase, del cual ya estaba deseosa de que apareciese ya y se pudiese largar a otro sitio. Dónde, no lo sabía con certeza. Tal vez a su habitación de la posada reservada a los soldados ylissenses, o incluso a la afueras de la ciudad. Como fuese, le valía cualquier otro lugar en el que no volviese a escuchar acerca del endemoniado torneo, porque ya estaba harta.

Enfrascarse en su tarea de patrullera no le había servido de nada, pues allá donde fuese, en cualquier plaza o taberna a rebosar de gente, la comidilla del día siempre eran los combates que tan entretenido tenía a su público. Y no hacían más que recordarle su bochornoso fracaso en la Arena días anteriores. ¿Exageraciones? Quizás, si no fuesen porque ese día, mientras patrullaba, hubo quienes la reconocieron. Así fue como tenía contados a seis transeúntes que, tras reparar en ella, la señalaron con un disimulo que brillaba por su ausencia y se refirieron a ella como “la chica que se tropezó de forma tan graciosa en el torneo”. Cabía mencionar que sólo dos de los seis eran chiquillos que no tendrían ni los diez años cumplidos. Los demás bien que podrían pasar por sus padres.

Pues bien, habían conseguido que su derrota en la primera ronda del torneo pasase a ser la menor de sus preocupaciones. Había perdido, sí. Y lo más probable, es que para cuando regresase a Ylisse, se encontraría a un príncipe Chrom decepcionado con la aprendiza en la que tantas esperanzas y esfuerzo había depositado. Con ello asumido, de nada servía hacer más leña del árbol caído. Pero lo que no estaba dispuesta a consentir, era que una panda de ignorantes bien acomodados en sus asientos de las gradas la tomasen por una bufona de circo y se deleitasen con su desdicha. Con la sangre hirviéndole de ira, antes prefería mantenerse alejada de toda persona que sacar a relucir lo peor de ella con cualquiera. Lo que incluía a todos esos civiles maleducados que hablaban a sus espaldas, a sus compañeros de la milicia ylissense, y a otros conocidos como… Ay, dioses. Eugeo. A él justamente le prometió poco antes de que las fases preliminares comenzasen, que se reunirían después de los resultados de la primera ronda para ponerse al día. Pero dado que sus emociones en esos momentos eran de todo menos estables, la única opción que le quedaba era aferrarse a la excusa del trabajo para posponer su encuentro. Una, y otra vez. Porque, sinceramente, no se veía capaz de contenerse por mucho más tiempo mientras su destinación en Regna Ferox perdurase.
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- YLISSE -

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Hero

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Mercenaria

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Hacha de bronce [1]
Hacha de Acero [3]
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Re: [Entrenamiento] Bailando con sombras [Priv. Sindri]

Mensaje por Sindri el Jue Ago 09, 2018 8:09 pm

Al parecer, usar Magia de Ánima sí tenía algunas ventajas si la comparabas con la Magia Arcana.

Por ejemplo, cuando Sindri recorrió las calles de Regna Ferox buscando algo entretenido que hacer, la gente que le reconoció del combate no salió huyendo despavorida con sólo verlo. No es que la gente le reconociera allá donde fuera… de hecho, sólo diez personas en total le miraron con ojos críticos, pero ninguna de ellas se puso a cuchichear con otra en un tono alarmado. De hecho, parecían… ¿Amigables? ¿Entusiasmados? Quizá no eran palabras exactas, pero al menos no parecían llenos de hostilidad y malicia. Discernir un mago de ánima de un estudiante de las Artes Arcanas era relativamente fácil si uno usaba los Poderes Más Oscuros y el otro invocaba vientos de la nada, pero mucha gente olvidaba que los Magos Arcanos podían emplear Tomos de Magia de Ánima si lo consideraban oportuno. Así pues, incluso un Hechicero podía hacerse pasar por lo que no era simplemente lanzando llamaradas desde su libro de conjuros. Y el público prefería por mucho los “valientes y siempre leales” Magos de Ánima que los “viles y cobardes” Magos Arcanos. Y, bueno, el muchacho no podía negar que disfrutaba con la poca fama que tenía ahora. Buena fama, para variar. Sabía que no duraría mucho, por lo que se dispuso a aprovechar todo el tiempo que tenía.

Durante su pequeño paseo para estirar las piernas tuvo la oportunidad de descubrir Regna Ferox o, más correctamente, el Regna Ferox que Altea había sometido a su voluntad empleando métodos cuestionables. Sí, las calles podían estar llenas de animación, gente gritando y personas pasándolo bien aprovechando las fiestas, pero Sindri no pudo sino observar una cantidad alarmantemente alta de guardias con las insignias del país conquistador… casi podía decirse que hubiera uno de ellos en cada encrucijada. Las personas con armadura con cara de pocos amigos y hostilidad mal contenida o, en otras palabras, los guardias de las ciudades eran el primer tipo de persona que un Mago Arcano aprendía a identificar si quería evitar acabar en una oubliette durante el resto de sus cortas y miserables vidas por “ser un brujo” o “práctica de la Magia Negra”. A continuación aprendías técnicas de disimulo, de aparentar inocencia, de dar esquinazo y de correr a toda velocidad por callejones inmundos llenos de lodo y cosas que eran mejor no pensar. Obviamente, la mejor amiga del Mago Arcano era la discreción y si alguien tenía razones para sospechar de ti, entonces es que estabas haciendo un muy, muy, muy mal trabajo. Pero ser precavido nunca se ha visto como un defecto, ¿cierto?

Uno podría pensar que un Hechicero no tendría nada que temer a un puñado de ex-campesinos con aires de grandeza embutidos en trajes de hojalata mal ajustados, pero los hábitos eran difíciles de romper. Además, ¿No era lo natural mirar a ambos lados de la calle antes de pasar para asegurarte no chocar contra un carruaje? Asegurarse que no había ningún peligro era lo más normal del mundo. Cada vez que entraba en una nueva calle sus ojos iban primero a las personas más vigilantes, las que no tenían las miradas posadas en nadie en concreto y la movían erráticamente como si buscaran algo sin mucho énfasis. Una vez localizadas todas esas personas, Sindri se fundía en el ambiente para evadir cualquier intento de identificarle y, si no había ningún camino completamente seguro, simplemente trataba de pasar lo más desapercibido posible. Una vez sumido en unas metafóricas sombras, el muchacho se dedicó a mirar escaparates, discutir el precio de un bonito zurrón nuevo a un comerciante que le quería hacer pagar tres veces lo que valía y comprar la comida más rara que le entraba por los ojos hasta el punto de gastar más de lo que le hubiera costado dicho zurrón. Había mucho tiempo por delante y, realmente, el único objetivo que tenía el muchacho era no aburrirse.

Sin embargo, justo antes de cambiar de calle, miró en derredor con cautela y hubo una figura en la que clavó sus ojos momentáneamente, pero reconoció enseguida sin tener que pensar mucho. Una figura muy conocida con un atuendo que resaltaba ante la multitud de civiles. Sentada en un barril con una expresión bastante exasperada. No sabía si estaba haciendo alguna misión como Custodio o, simplemente, se había cansado de caminar y se había sentado en el asiento más próximo que había encontrado, pero la señorita Alanna se encontraba ahora mismo al otro lado de la calle. Sintió un pinchacito de culpa mientras se daba la vuelta de forma instintiva, volviendo por donde había venido. La Custodia Alanna, que tenía una razón de peso para continuar en el Gran Torneo de Regna Ferox, ya no podía seguir compitiendo mientras que él, que estaba ahí por diversión e investigación, había pasado a la siguiente fase. En cierto modo eso no le había acabado de sentar bien y le había obligado a hacerse unas pocas preguntas incómodas a sí mismo, por lo que no podía evitar sentirse incómodo cada vez que pensaba en ello. Le gustaría charlar con ella, quizá disculparse ante lo sucedido, pero no sabía bien, bien, cómo hacerlo con tacto y buenas formas.

Volviendo por el camino andado, reparó que una de las tiendecitas que había ahí era un tenderete de bebidas frías. Usar hielo para tales cosas podía ser normal para la gente que vivía en lugares muy acalorados (¿Que de dónde sacaban el hielo? De la montaña más próxima, claro) pero en un lugar tan gélido como Ilia, lo último que querías frío era tu bebida. Había zumos de colores variopintos hechos con frutas extrañas, una bebida que el Hechicero aseguraría que es 95% hielo picado y… oh, no tenían café, lástima. Lo que sí tenían era un té de un color muy apetecible que te servían con un poco de hielo, unas rodajas muy cucas de limón y un par de hojas de menta. Sí, incluso a esa distancia Sindri podía asegurar sin duda alguna que eso era menta – Sí, dos pocillitas de té, por favor. – pidió el muchacho a la alegre vendedora y, tras un festival de hielo brillante roto en pequeños trocitos y rodajas amarillas que surcaban por los aires, Sindri se alejó de la tienda con dos simples pocillos de barro llenos de té helado. Sabía lo que hacer. Ya lo habló antes con la amable Custodia y… bueno, parecía lo más apropiado, teniendo en cuenta lo que había sucedido en la arena del torneo.

Ah, pero no iba a volver por el mismo camino, no. Sindri dio la vuelta a la manzana y entró a la calle por el otro extremo caminando con extremo sigilo, pero a buen paso, como era menester de los que llevaban botas de buena calidad. Tras cerciorarse que la señorita Alanna seguía en el lugar, se acercó a ella con una sonrisa radiante y llena de confianza que, en realidad, no poseía. Hubiera tratado de llamar su atención con algún movimiento pero, con las manos ocupados, hubiera acabado con algún transeúnte bañado con un delicioso y frío té – ¿Me es permitido ofrecerle un ligero y delicioso refrigerio a mi Custodia preferida? Ahuhuhu~ – mencionó con una voz repleta de buen humor una vez estuvo lo bastante cerca de la mujer de Ylisse. Acompañó tales palabras acercándole poco a poco la tacita de barro llena de té mientras la movía suavemente y dejaba que el hielo repiqueteara juguetonamente contra las paredes del improvisado vaso.

No le haría falta romper el hielo para comenzar una conversación con la Custodia Alanna… ¡Ya lo había hecho la vendedora de té por él!
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