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[Campaña de Liberación] Sheperds' Watch [Alanna]

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[Campaña de Liberación] Sheperds' Watch [Alanna]

Mensaje por Cormack el Jue Ago 02, 2018 11:25 pm

Las montañas viven y lloran,
aunque no pienses que sea así.
Sollozan al ver nuestro mundo,
sin justicia, con suelos carmesí.

¿Qué será de aquellos buscadores del cambio?

Habían transcurrido ya varios días desde el viaje que empezó Cormack Lumberjack, leñador de un humilde pueblo afín al campo y a la ganadería, a las arduas labores que no remuneran más que unas pocas monedas de oro con el paso del tiempo, el esfuerzo, e incontables gotas de sudor derrochadas no por burocracia o verdadero sentido de la ambición, sino por un ferviente deseo de superarse a uno mismo, solventar las dudas e inseguridades arando las fértiles tierras y demacrando todo árbol hasta no dejar más que un plano tocón como remanente de la madera, y sobrevivir: asegurar la supervivencia de uno en este vasto terreno mortal que es el mundo, las praderas de Ylisse siendo hogar de incontables aldeanos y campesinos que trabajan en su vida diaria.

Tal vida le fue suficiente al leñador protagonista por cuestión de años enteros, años de juventud y tranquilidad empleadas no inicialmente en las artes de la segur y la hachuela, sino la vida y obra cotidiana de un granjero, o un agricultor, conocedor de los cultivos y sembrador de las futuras cosechas. No dejó de ser una existencia tranquila hasta el momento en que se decidió superar de una vez por todas, abandonando toda muestra de tierra en sus dedos para empuñar algo más fuerte que una guadaña, más demandante que la siembra: el hacha, un potente filo diseñado no para atravesar la carne natural de algún ser vivo, sino la dureza y resiliencia del pino y el fresno, el tronco de una existencia madura y fuerte para representar un desafío tanto para nuevos leñadores como para los veteranos, mismos como August Lumberjack.

Pero nunca había imaginado Cormack que tal decisión personal le abriría tantas puertas y tantas opciones, el detonante siendo aquella infame noche con los Emergidos, fuerzas de semblante desconocido que marchaban bajo símbolos de otros continentes, ajenos a su enorme Akaneia y la todavía mayor Tellius. Hasta la fecha, él sigue sin saber qué significan los símbolos bajo los cuales cruzan vados y montañas los grupos de maléficos soldados de la oscuridad, pero tan sólo sabe una cosa: dedicaría el resto de su vida para combatirlos, enfrentar los males de Ylisse, y tratar de hacer de su país un lugar mejor.

Lo que le movía era algo más que hambre de dinero y poder; una consciencia que, pese a su estación y su real pobreza, tenía un fundamento noble, y era el de hacer algo. Cimentar su camino a través de los bellos campos de su amada patria y forjar la propia leyenda de su vida. Dejar huella. Aquella misión que mueve a tantos jóvenes hoy en día y que, lastimosamente, trae consigo mismos un mortal y violento desenlace para quienes no fueron tan fuertes, quienes fueron tan ingenuos, o quienes demostraron tal valentía que cruzó esa fina línea entre lo susodicho, y la estupidez. Cormack comenzó a ver cómo era el mundo, uno tan violento y despiadado que referenciaba la misma ley de la jungla. Después de todo, los más poderosos son quienes logran sobrevivir. Y él, de alguna manera, había demostrado tener cierto poder para situarse como alguien valiente, fuerte, y ciertamente terco.

Su travesía ya le había presentado una pequeña clase de misión alterna, algo que, bien, podría tomar, o dejar atrás en su camino, la tutela personal haciéndole saber que no podía ignorar los llamados de ayuda y piedad de tan sólo pobres y vencidos campesinos de una aldea aledaña. Esa osadía le atrajo como la polilla hacia la flama, siendo tan tenaz y suicida como para gustar enfrentar a un pequeño grupo de truhanes, hombres que abandonaron toda moral y hallan placer en el saqueo y el sufrimiento de aquellos inocentes. Cormack había trascendido de la inocencia a la culpabilidad, de la ignorancia a la justicia, y de un hombre sano a uno con ciertas heridas en su cuerpo, así como de lo desconocido, al objetivo de un asesino. Y hoy, un día después de haber vivido un encuentro con quien sería un embajador entre el mundo de los vivos y el de los muertos, comenzó a observar las heridas de su cuerpo.

Un tajo diagonal que atravesaba el pecho, acompañando al corte horizontal que le habían dejado los bandidos de aquel entonces. El leñador aposentó sobre una piedra cerca del camino por el cual seguía, uno que mantenía la promesa de llevarlo pronto hacia la Casa de Ylisse. Era un descanso breve, habiendo removido ya las coberturas de cuero que, ya ligeramente desgastadas —eso ignorando las notables separaciones que daban lugar a sus heridas—, le permitieron dar un respiro. Ardían y dolían, pues no era inmortal, sino un humano más entre los miles que podrían estar caminando en esos campos por el momento. ¿Qué pensaría alguien racional sobre las heridas recibidas, el peso de la mortalidad y el dolor, y el hecho de haber causado renombre en un clan de ladrones y piratas, tal como para llamar sobre sí la labor de un asesino?

Owch… ¡genial! —, expresó con un enorme sentimiento de orgullo y una casi detestable falta de preocupación por la situación. Las heridas eran insignia de una evolución, así como la pubertad: ya no era el mismo niño leñador de su aldea, sino que, ahora, era un verdadero luchador de su nación, aún si Ylisse todavía no reconocía sus esfuerzos. Alas, era su fantasía y deseo. Cumplía con lo querido, y se sentía feliz por ello.

De su pequeño inventario improvisado, extrajo una pequeña cantimplora hecha con cuero y todavía con un poco de agua. No era alguien sin sabiduría respecto al cuidado propio, especialmente ahí, en los prados de Ylisse, casi en medio de la nada, donde nadie respondería a su llamado y nadie le salvaría de aquel extraño mercenario, esperando que no volviese a aparecer. De su reserva, vertió gotas y leves chorros sobre sus heridas, lavándolas y evitando mantuvieran la tierra del aire mismo y los restos de la naturaleza, ésta lo suficientemente impiadosa con viajeros heridos y transeúntes amenazados, Cormack englobando ambos grupos. Y, pese a ello, se rehusó a usar más de sus preciadas reservas, como sus Vulnerary, aguas aparentemente milagrosas que lograrían encargarse de sus cortadas en un santiamén. Pero él lo soportaría. Probablemente.

Entrelazó sus dedos, palmas afueras y estirándose con el son de huesos acomodados y escandalosos, unas flexiones más de sus bíceps antes de volver a vestir su pobre armadura de cuero y piel, y volver a emprender su caminata. La Casa se veía todavía lejana, pero no se permitiría detenerse. Sabía que su padre le observaba desde algún lado, donde sea que estuviese, pero se perdonaría si llegara a decepcionarlo con un acto de debilidad, una mala decisión, o haciendo caso omiso al llamado de ayuda de entre los inocentes. — Phew… todavía falta un largo camino… —, se comentaba a sí mismo, como si alguien más estuviese al pendiente de su trayecto. Bufó, la diestra aferrando el agarre del palo con sus pertenencias amarradas, y la zurda suavizando el empuñe de su hacha en su espalda. Lo último se retractó, su vista obsequiándole el paisaje de una escolta peculiar, esbozando armaduras embelesadas con la medalla de su patria. La Casa permanecía lejos, pero sus pies dejaron de responder ante su llamado, órdenes inconscientes cuales magnetos haciendo de su marcha una orientada no hacia el objetivo original, sino hacia aquel grupo desconocido.

Cormack no lo sabía, pero estaba a punto de presenciar para sí un encuentro que podría cambiar el transcurso de su vida para siempre.


Última edición por Cormack el Dom Sep 23, 2018 8:52 pm, editado 2 veces
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Re: [Campaña de Liberación] Sheperds' Watch [Alanna]

Mensaje por Alanna el Miér Sep 05, 2018 1:19 pm

Fue un día como aquel en el que Alanna comenzaba a recordar con nostalgia tiempos pasados, aquellos en los que marcaban un antes y un después del rumbo que había tomado su vida en los últimos años. Y menudo rumbo. Era echar la mirada atrás al pasado y pensar con un extraño escepticismo que había acabado en una especie de novela fantástica. No exactamente en una de esas donde los sueños se cumplían por arte de magia si creías en ella, pero quizás sí una que llegaba a un punto más realista en el que el esfuerzo daba sus frutos. En fin, seguro que eso es lo que pensaría la mayoría si les contase que una muchacha de alta alcurnia renegó de los designios que le tenían preparada su familia, escapó de su hogar, y consiguió subsistir como mercenaria a sueldo durante dos años. Para ella, lo más increíble de todo es que la historia todavía siguiese avanzando y añadiendo nuevos capítulos, cada cual más inverosímil que el anterior.

De jovencita noble a mercenaria. Y de mercenaria a miembro de los Custodios. Pensándolo en frío, podría ponerle un alto en cualquier momento a ese periplo de maravilla en el que se había convertido su vida, y hacer real el cuento si lo plasmaba todo en un libro. Con lo fantasioso que sería y todos esos momentos personales a obviar que no creía apropiados para trascribir en tinta, tendría que acabar siendo una obra de literatura infantil.

Y ahora, otro capítulo más se le añadía a la lista. En donde se veía obligada a abandonar las comodidades que le pudiese ofrecer su posición de novata entre los Custodios, y pasar a ser una miembro oficial. Con todas las de la ley y sus consiguientes repercusiones: arrojarse a la batalla y luchar con todo lo que tuviese para salvaguardar el país. Tal vez, aun fuese demasiado pronto para darle mayores responsabilidades que las que ya tenía. Incluso ella misma lo pensaba así para el poco tiempo que había estado bajo la tutela del príncipe Chrom. Pero el reino de Ylisse se estaba topando con unas nuevas circunstancias, para nada gratas, que urgían a su gobierno a tomar medidas inmediatas. Desde hacía unas pocas semanas, la actividad de los Emergidos en el país, la cual se creía ya controlada, les sorprendió con un crecimiento inusual que desató un estado de alerta en las ciudades y pueblos que bordeaban la capital. Una vez más, el ejército de pesadilla volvía a alzarse con esa fuerza destructiva que lo caracterizaba. Muchos fueron los que pusieron el grito en el cielo, exacerbados al verse de nuevo envueltos en una lucha que comprometía la seguridad del estado y de centenares de vidas inocentes.

Sim embargo, tampoco eran escasos aquellos que todavía conservaban la fe y que creían que si ya se pudo poner en jaque una vez a esos demonios de cuencas carmesíes, repetir la gesta una segunda no sería ni mucho menos imposible. Así lo creía el príncipe y comandante de los Custodios. Y, por ende, Alanna también. Podía resultar frustrante volver a tener a los Emergidos rondando de nuevo por Ylisse, pero esta vez sería distinto. Conocía sus estratagemas. Había probado lo que era enfrentarse a sus batallones. Y ahora, ella no era la humilde mercenaria que se había enfrentado nada más que a bandidos y no sabía en donde se estaba metiendo. Era una Custodia, y ya no volvería a temer a esos monstruos.

Aunque eso era más fácil pensarlo que ponerlo en práctica. Aquella mañana, por las vastas colinas que descansaban a los pies de la ciudad de Ylistol podía verse un tropel conjuntado con soldados de infantería y sus correspondientes unidades montadas que los acompañaban. La marcha según iban desfilando colina abajo la iba marcando una sonata formada con el repiqueteo metálico de las piezas de armadura, el lento trote de los cascos de los caballos, y las fuertes pisadas de más de dos decenas de botas rasgando la hierba bajo sus suelas. Era todo tan armónico que hacía olvidar que, en cualquier momento, tendrían su encuentro con uno de los batallones Emergidos que habían avistado acercándose a las proximidades de la ciudad. Eso, sin embargo, no era suficiente para disuadir a una anhelante Alanna que había decidido salirse de su posición inicial en el escuadrón. Sus pasos marcaban un ritmo más acelerado que el de los soldados, quienes no podían evitar dedicarle sendas miradas de extrañeza cuando la veían acercarse y ponerse a rondar a su alrededor. Sus ojos analíticos, viajando por cada uno de los hombres, y sus constantes asentimientos de satisfacción para sí misma eran lo único que recibían de su parte poco antes de que se alejase y repitiese el mismo procedimiento con otra fila de soldados.

Alanna cargaba con unas ansias en su pecho que apenas podía con ellas. Lo único que conseguía mantenerlas a raya de una forma eficaz era hacer lo que creía que todos esperaban de ella. Aunque, tal vez, se estuviese excediendo más de la cuenta en su labor como una de las responsables del batallón, al estar dedicándose a revisar por última vez que todos y cada uno de los soldados estuviesen armados y listos para la lucha. El otro Custodio que la acompañaba, a quien conocía de haber tenido como instructor en un par de salidas de reconocimiento, ya le había aconsejado que no hiciese más excesos de la cuenta. Que no había necesidad alguna para que se sintiese como si la estuviesen evaluando y que tratase de serenarse. Por desgracia, los nervios de la “primera vez” acabaron superándola y a la menor oportunidad que tuvo, se convirtió en la sombra del ejército.

Si había algo que la Custodia llevaba mal desde su infancia, producto de haberse criado con una familia de nobles elitistas, era el sentirse presionada y juzgada por cualquier labor mínimamente importante que se le encomendaba.
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Re: [Campaña de Liberación] Sheperds' Watch [Alanna]

Mensaje por Cormack el Dom Sep 23, 2018 9:13 pm

Y tal poderosa necesidad, costumbre o simple gusto, aquélla de superar las expectativas del grupo ante el cual uno es afín e, incluso, se podría considerar como igual, no era algo que llegase a manifestarse en el leñador. Él es alguien expreso, sin lugar a duda, pero el hacerse con tales regalías de prestigio y reconocimiento, ante su jurisdicción, eran mejores para verdaderos militantes o hasta burócratas que buscasen un poder más allá del de los músculos. Cormack era un hombre simple. Ciertamente ingenuo, probablemente algo estúpido, pero con objetivos simples y comunes entre mercenarios o los más novedosos e inocentes reclutas en cada fuerza armada: dinero, dinero, y dinero. ¿Para qué? Eso ya iba para cada uno de ellos.

Cada mano se mantuvo con su respectivo rol. Una resguardando los únicos mementos físicos que tendría de su hogar, la otra cuidando al mismo dueño, planicies y montes tan carentes de obstáculos siendo igual de peligrosos para cualquier asedio imprevisto, por lo que tener la guardia en alto era mucho más que una simple necesidad. Después de todo, había tenido ya la suerte de sufrir una emboscada con sede en la venganza de unos bandidos, atacado por un hombre adepto en las artes del elemento sorpresa, Einar. Las heridas que permanecían en su cuerpo y pecho no eran más que prueba de ello, dejando a un lado la todavía presente cicatriz entre sus pectorales, concebida por una obra de imprudencia y descuido, con una fuerte dosis de heroísmo solidario, y tal vez un poco de renombre. No como héroe, no como vigilante, sino simplemente como aquel que logró combatir contra un grupo de truhanes y salió con vida.

El siguiente capítulo de su historia no tardaría mucho en desenvolverse, los pasos acelerados del leñador yendo ya no hacia la Casa, la cual se alzaba a lo lejos como si se tratase de un espejismo, ansiando la llegada de un desesperado viajero.

¿Era la Casa? ¿Era la Puerta? Si algo era, era una incógnita para el hombre, quien no distinguía Ylistol del resto de estancias hechas por la mano humana. Tanto tiempo tras las murallas de su pueblo no hicieron bien para ubicarse, sabiendo que, bien, podría perderse en cualquier momento, y terminar dando vueltas en las planicies sobre las cuales tenía cero enseñanzas académicas. Tenía la fortuna de poder hablar, poder contar, y albergar los conocimientos morales y agricultores que no toda escuela podría brindarle, pero la geografía era, por lo menos, un tema alienígena para el pueblerino. En su zurda, tenía la herramienta de su vida, y con la que se ha ganado el derecho de permanecer así por varios años. Con una oportunidad más a lo lejos, hacia donde abalanzaban sus pies con cada paso hundido sobre la hierba y la tierra, planeaba cada vez más fuerte las palabras con las que expresaría su utilidad para la nación, y un derecho de remuneración.

Entre el verdor de los campos destacaba todavía un argénteo de las placas, el acero de las armas alzadas y las botas que proseguían en un son sin fin a la vista, un ojo esforzado capaz de ver que las praderas se mantenían firmes y extensivas incluso por allá, hacia donde avanzaba el escuadrón. No era una marcha acelerada, sino una imponente, rítmica, programada y estudiada con la minuciosidad que debe mantener un verdadero soldado de Ylisse, mucho más uno de los mismísimos Custodios. Pese a ello, para Cormack, todos se veían iguales, tal vez unos más protegidos que los otros, o dejando a la suerte la posición de la jerarquía. Si acaso, su mente catalogaría a las unidades montadas como las superiores en el escuadrón, aún si no estaban puestas en la vanguardia del órgano militar frente a sus ojos. Pausó por unos segundos, preparado para una cuesta abajo sobre la cual cruzó con mayor cuidado, sin ánimo de resbalarse y poner en riesgo las pertenencias sobre su hombro.

Pronto llegaría a la periferia del grupo, consciente de que éstos tenían su guardia en alto. Él es desafiante de momentos, pero por nada en el mundo desearía entablar combate con los mismos guerreros con quienes acudiría en búsqueda de una oportunidad para sus habilidades. La zurda se despegó de su hacha, la diestra permaneciente sobre su maleta improvisada, y orbes de tono marrón esperando al momento en que alguien, por azares del destino y el poder de la paranoia, se diese cuenta de su presencia y, asimismo, avisase una pausa por un mísero viajero desconocido.

Su propio espíritu se mantiene encendido con cierta esperanza, la idea de que, posiblemente, ellos pudiesen escuchar su llamado y permitirle combatir por la nación. En lo que arribaba, la zurda del hombre se alzó hasta los cielos, alejada de la empuñadura y anhelando fuese suficiente señal de paz. — ¡Oigan! ¡Aquí! —, exclamó el aldeano, dispuesto a llamar la guardia de los Custodios hacia su posición. — ¡Necesito unirme a ustedes! ¡Necesito luchar por Ylisse! —, y conseguir dinero. Tal vez era implícito, y el segundo motivo más importante de su sorpresivo deseo de integrarse a las filas. Claro, era posible que el escuadrón se detuviese para escuchar al hombre, tal vez burlarse de él por un acto de ingenuidad, inocencia y suponer que, por llamarles, tendría ganado su lugar en las fuerzas armadas.

Pero, ¿qué pasaría si ese pequeño momento de distracción fuese usado en son de ventaja?
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