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[Campaña de Liberación] Sheperds' Watch [Alanna]

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[Campaña de Liberación] Sheperds' Watch [Alanna]

Mensaje por Cormack el Jue Ago 02, 2018 11:25 pm

Las montañas viven y lloran,
aunque no pienses que sea así.
Sollozan al ver nuestro mundo,
sin justicia, con suelos carmesí.

¿Qué será de aquellos buscadores del cambio?

Habían transcurrido ya varios días desde el viaje que empezó Cormack Lumberjack, leñador de un humilde pueblo afín al campo y a la ganadería, a las arduas labores que no remuneran más que unas pocas monedas de oro con el paso del tiempo, el esfuerzo, e incontables gotas de sudor derrochadas no por burocracia o verdadero sentido de la ambición, sino por un ferviente deseo de superarse a uno mismo, solventar las dudas e inseguridades arando las fértiles tierras y demacrando todo árbol hasta no dejar más que un plano tocón como remanente de la madera, y sobrevivir: asegurar la supervivencia de uno en este vasto terreno mortal que es el mundo, las praderas de Ylisse siendo hogar de incontables aldeanos y campesinos que trabajan en su vida diaria.

Tal vida le fue suficiente al leñador protagonista por cuestión de años enteros, años de juventud y tranquilidad empleadas no inicialmente en las artes de la segur y la hachuela, sino la vida y obra cotidiana de un granjero, o un agricultor, conocedor de los cultivos y sembrador de las futuras cosechas. No dejó de ser una existencia tranquila hasta el momento en que se decidió superar de una vez por todas, abandonando toda muestra de tierra en sus dedos para empuñar algo más fuerte que una guadaña, más demandante que la siembra: el hacha, un potente filo diseñado no para atravesar la carne natural de algún ser vivo, sino la dureza y resiliencia del pino y el fresno, el tronco de una existencia madura y fuerte para representar un desafío tanto para nuevos leñadores como para los veteranos, mismos como August Lumberjack.

Pero nunca había imaginado Cormack que tal decisión personal le abriría tantas puertas y tantas opciones, el detonante siendo aquella infame noche con los Emergidos, fuerzas de semblante desconocido que marchaban bajo símbolos de otros continentes, ajenos a su enorme Akaneia y la todavía mayor Tellius. Hasta la fecha, él sigue sin saber qué significan los símbolos bajo los cuales cruzan vados y montañas los grupos de maléficos soldados de la oscuridad, pero tan sólo sabe una cosa: dedicaría el resto de su vida para combatirlos, enfrentar los males de Ylisse, y tratar de hacer de su país un lugar mejor.

Lo que le movía era algo más que hambre de dinero y poder; una consciencia que, pese a su estación y su real pobreza, tenía un fundamento noble, y era el de hacer algo. Cimentar su camino a través de los bellos campos de su amada patria y forjar la propia leyenda de su vida. Dejar huella. Aquella misión que mueve a tantos jóvenes hoy en día y que, lastimosamente, trae consigo mismos un mortal y violento desenlace para quienes no fueron tan fuertes, quienes fueron tan ingenuos, o quienes demostraron tal valentía que cruzó esa fina línea entre lo susodicho, y la estupidez. Cormack comenzó a ver cómo era el mundo, uno tan violento y despiadado que referenciaba la misma ley de la jungla. Después de todo, los más poderosos son quienes logran sobrevivir. Y él, de alguna manera, había demostrado tener cierto poder para situarse como alguien valiente, fuerte, y ciertamente terco.

Su travesía ya le había presentado una pequeña clase de misión alterna, algo que, bien, podría tomar, o dejar atrás en su camino, la tutela personal haciéndole saber que no podía ignorar los llamados de ayuda y piedad de tan sólo pobres y vencidos campesinos de una aldea aledaña. Esa osadía le atrajo como la polilla hacia la flama, siendo tan tenaz y suicida como para gustar enfrentar a un pequeño grupo de truhanes, hombres que abandonaron toda moral y hallan placer en el saqueo y el sufrimiento de aquellos inocentes. Cormack había trascendido de la inocencia a la culpabilidad, de la ignorancia a la justicia, y de un hombre sano a uno con ciertas heridas en su cuerpo, así como de lo desconocido, al objetivo de un asesino. Y hoy, un día después de haber vivido un encuentro con quien sería un embajador entre el mundo de los vivos y el de los muertos, comenzó a observar las heridas de su cuerpo.

Un tajo diagonal que atravesaba el pecho, acompañando al corte horizontal que le habían dejado los bandidos de aquel entonces. El leñador aposentó sobre una piedra cerca del camino por el cual seguía, uno que mantenía la promesa de llevarlo pronto hacia la Casa de Ylisse. Era un descanso breve, habiendo removido ya las coberturas de cuero que, ya ligeramente desgastadas —eso ignorando las notables separaciones que daban lugar a sus heridas—, le permitieron dar un respiro. Ardían y dolían, pues no era inmortal, sino un humano más entre los miles que podrían estar caminando en esos campos por el momento. ¿Qué pensaría alguien racional sobre las heridas recibidas, el peso de la mortalidad y el dolor, y el hecho de haber causado renombre en un clan de ladrones y piratas, tal como para llamar sobre sí la labor de un asesino?

Owch… ¡genial! —, expresó con un enorme sentimiento de orgullo y una casi detestable falta de preocupación por la situación. Las heridas eran insignia de una evolución, así como la pubertad: ya no era el mismo niño leñador de su aldea, sino que, ahora, era un verdadero luchador de su nación, aún si Ylisse todavía no reconocía sus esfuerzos. Alas, era su fantasía y deseo. Cumplía con lo querido, y se sentía feliz por ello.

De su pequeño inventario improvisado, extrajo una pequeña cantimplora hecha con cuero y todavía con un poco de agua. No era alguien sin sabiduría respecto al cuidado propio, especialmente ahí, en los prados de Ylisse, casi en medio de la nada, donde nadie respondería a su llamado y nadie le salvaría de aquel extraño mercenario, esperando que no volviese a aparecer. De su reserva, vertió gotas y leves chorros sobre sus heridas, lavándolas y evitando mantuvieran la tierra del aire mismo y los restos de la naturaleza, ésta lo suficientemente impiadosa con viajeros heridos y transeúntes amenazados, Cormack englobando ambos grupos. Y, pese a ello, se rehusó a usar más de sus preciadas reservas, como sus Vulnerary, aguas aparentemente milagrosas que lograrían encargarse de sus cortadas en un santiamén. Pero él lo soportaría. Probablemente.

Entrelazó sus dedos, palmas afueras y estirándose con el son de huesos acomodados y escandalosos, unas flexiones más de sus bíceps antes de volver a vestir su pobre armadura de cuero y piel, y volver a emprender su caminata. La Casa se veía todavía lejana, pero no se permitiría detenerse. Sabía que su padre le observaba desde algún lado, donde sea que estuviese, pero se perdonaría si llegara a decepcionarlo con un acto de debilidad, una mala decisión, o haciendo caso omiso al llamado de ayuda de entre los inocentes. — Phew… todavía falta un largo camino… —, se comentaba a sí mismo, como si alguien más estuviese al pendiente de su trayecto. Bufó, la diestra aferrando el agarre del palo con sus pertenencias amarradas, y la zurda suavizando el empuñe de su hacha en su espalda. Lo último se retractó, su vista obsequiándole el paisaje de una escolta peculiar, esbozando armaduras embelesadas con la medalla de su patria. La Casa permanecía lejos, pero sus pies dejaron de responder ante su llamado, órdenes inconscientes cuales magnetos haciendo de su marcha una orientada no hacia el objetivo original, sino hacia aquel grupo desconocido.

Cormack no lo sabía, pero estaba a punto de presenciar para sí un encuentro que podría cambiar el transcurso de su vida para siempre.


Última edición por Cormack el Dom Sep 23, 2018 8:52 pm, editado 2 veces
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Re: [Campaña de Liberación] Sheperds' Watch [Alanna]

Mensaje por Alanna el Miér Sep 05, 2018 1:19 pm

Fue un día como aquel en el que Alanna comenzaba a recordar con nostalgia tiempos pasados, aquellos en los que marcaban un antes y un después del rumbo que había tomado su vida en los últimos años. Y menudo rumbo. Era echar la mirada atrás al pasado y pensar con un extraño escepticismo que había acabado en una especie de novela fantástica. No exactamente en una de esas donde los sueños se cumplían por arte de magia si creías en ella, pero quizás sí una que llegaba a un punto más realista en el que el esfuerzo daba sus frutos. En fin, seguro que eso es lo que pensaría la mayoría si les contase que una muchacha de alta alcurnia renegó de los designios que le tenían preparada su familia, escapó de su hogar, y consiguió subsistir como mercenaria a sueldo durante dos años. Para ella, lo más increíble de todo es que la historia todavía siguiese avanzando y añadiendo nuevos capítulos, cada cual más inverosímil que el anterior.

De jovencita noble a mercenaria. Y de mercenaria a miembro de los Custodios. Pensándolo en frío, podría ponerle un alto en cualquier momento a ese periplo de maravilla en el que se había convertido su vida, y hacer real el cuento si lo plasmaba todo en un libro. Con lo fantasioso que sería y todos esos momentos personales a obviar que no creía apropiados para trascribir en tinta, tendría que acabar siendo una obra de literatura infantil.

Y ahora, otro capítulo más se le añadía a la lista. En donde se veía obligada a abandonar las comodidades que le pudiese ofrecer su posición de novata entre los Custodios, y pasar a ser una miembro oficial. Con todas las de la ley y sus consiguientes repercusiones: arrojarse a la batalla y luchar con todo lo que tuviese para salvaguardar el país. Tal vez, aun fuese demasiado pronto para darle mayores responsabilidades que las que ya tenía. Incluso ella misma lo pensaba así para el poco tiempo que había estado bajo la tutela del príncipe Chrom. Pero el reino de Ylisse se estaba topando con unas nuevas circunstancias, para nada gratas, que urgían a su gobierno a tomar medidas inmediatas. Desde hacía unas pocas semanas, la actividad de los Emergidos en el país, la cual se creía ya controlada, les sorprendió con un crecimiento inusual que desató un estado de alerta en las ciudades y pueblos que bordeaban la capital. Una vez más, el ejército de pesadilla volvía a alzarse con esa fuerza destructiva que lo caracterizaba. Muchos fueron los que pusieron el grito en el cielo, exacerbados al verse de nuevo envueltos en una lucha que comprometía la seguridad del estado y de centenares de vidas inocentes.

Sim embargo, tampoco eran escasos aquellos que todavía conservaban la fe y que creían que si ya se pudo poner en jaque una vez a esos demonios de cuencas carmesíes, repetir la gesta una segunda no sería ni mucho menos imposible. Así lo creía el príncipe y comandante de los Custodios. Y, por ende, Alanna también. Podía resultar frustrante volver a tener a los Emergidos rondando de nuevo por Ylisse, pero esta vez sería distinto. Conocía sus estratagemas. Había probado lo que era enfrentarse a sus batallones. Y ahora, ella no era la humilde mercenaria que se había enfrentado nada más que a bandidos y no sabía en donde se estaba metiendo. Era una Custodia, y ya no volvería a temer a esos monstruos.

Aunque eso era más fácil pensarlo que ponerlo en práctica. Aquella mañana, por las vastas colinas que descansaban a los pies de la ciudad de Ylistol podía verse un tropel conjuntado con soldados de infantería y sus correspondientes unidades montadas que los acompañaban. La marcha según iban desfilando colina abajo la iba marcando una sonata formada con el repiqueteo metálico de las piezas de armadura, el lento trote de los cascos de los caballos, y las fuertes pisadas de más de dos decenas de botas rasgando la hierba bajo sus suelas. Era todo tan armónico que hacía olvidar que, en cualquier momento, tendrían su encuentro con uno de los batallones Emergidos que habían avistado acercándose a las proximidades de la ciudad. Eso, sin embargo, no era suficiente para disuadir a una anhelante Alanna que había decidido salirse de su posición inicial en el escuadrón. Sus pasos marcaban un ritmo más acelerado que el de los soldados, quienes no podían evitar dedicarle sendas miradas de extrañeza cuando la veían acercarse y ponerse a rondar a su alrededor. Sus ojos analíticos, viajando por cada uno de los hombres, y sus constantes asentimientos de satisfacción para sí misma eran lo único que recibían de su parte poco antes de que se alejase y repitiese el mismo procedimiento con otra fila de soldados.

Alanna cargaba con unas ansias en su pecho que apenas podía con ellas. Lo único que conseguía mantenerlas a raya de una forma eficaz era hacer lo que creía que todos esperaban de ella. Aunque, tal vez, se estuviese excediendo más de la cuenta en su labor como una de las responsables del batallón, al estar dedicándose a revisar por última vez que todos y cada uno de los soldados estuviesen armados y listos para la lucha. El otro Custodio que la acompañaba, a quien conocía de haber tenido como instructor en un par de salidas de reconocimiento, ya le había aconsejado que no hiciese más excesos de la cuenta. Que no había necesidad alguna para que se sintiese como si la estuviesen evaluando y que tratase de serenarse. Por desgracia, los nervios de la “primera vez” acabaron superándola y a la menor oportunidad que tuvo, se convirtió en la sombra del ejército.

Si había algo que la Custodia llevaba mal desde su infancia, producto de haberse criado con una familia de nobles elitistas, era el sentirse presionada y juzgada por cualquier labor mínimamente importante que se le encomendaba.
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Re: [Campaña de Liberación] Sheperds' Watch [Alanna]

Mensaje por Cormack el Dom Sep 23, 2018 9:13 pm

Y tal poderosa necesidad, costumbre o simple gusto, aquélla de superar las expectativas del grupo ante el cual uno es afín e, incluso, se podría considerar como igual, no era algo que llegase a manifestarse en el leñador. Él es alguien expreso, sin lugar a duda, pero el hacerse con tales regalías de prestigio y reconocimiento, ante su jurisdicción, eran mejores para verdaderos militantes o hasta burócratas que buscasen un poder más allá del de los músculos. Cormack era un hombre simple. Ciertamente ingenuo, probablemente algo estúpido, pero con objetivos simples y comunes entre mercenarios o los más novedosos e inocentes reclutas en cada fuerza armada: dinero, dinero, y dinero. ¿Para qué? Eso ya iba para cada uno de ellos.

Cada mano se mantuvo con su respectivo rol. Una resguardando los únicos mementos físicos que tendría de su hogar, la otra cuidando al mismo dueño, planicies y montes tan carentes de obstáculos siendo igual de peligrosos para cualquier asedio imprevisto, por lo que tener la guardia en alto era mucho más que una simple necesidad. Después de todo, había tenido ya la suerte de sufrir una emboscada con sede en la venganza de unos bandidos, atacado por un hombre adepto en las artes del elemento sorpresa, Einar. Las heridas que permanecían en su cuerpo y pecho no eran más que prueba de ello, dejando a un lado la todavía presente cicatriz entre sus pectorales, concebida por una obra de imprudencia y descuido, con una fuerte dosis de heroísmo solidario, y tal vez un poco de renombre. No como héroe, no como vigilante, sino simplemente como aquel que logró combatir contra un grupo de truhanes y salió con vida.

El siguiente capítulo de su historia no tardaría mucho en desenvolverse, los pasos acelerados del leñador yendo ya no hacia la Casa, la cual se alzaba a lo lejos como si se tratase de un espejismo, ansiando la llegada de un desesperado viajero.

¿Era la Casa? ¿Era la Puerta? Si algo era, era una incógnita para el hombre, quien no distinguía Ylistol del resto de estancias hechas por la mano humana. Tanto tiempo tras las murallas de su pueblo no hicieron bien para ubicarse, sabiendo que, bien, podría perderse en cualquier momento, y terminar dando vueltas en las planicies sobre las cuales tenía cero enseñanzas académicas. Tenía la fortuna de poder hablar, poder contar, y albergar los conocimientos morales y agricultores que no toda escuela podría brindarle, pero la geografía era, por lo menos, un tema alienígena para el pueblerino. En su zurda, tenía la herramienta de su vida, y con la que se ha ganado el derecho de permanecer así por varios años. Con una oportunidad más a lo lejos, hacia donde abalanzaban sus pies con cada paso hundido sobre la hierba y la tierra, planeaba cada vez más fuerte las palabras con las que expresaría su utilidad para la nación, y un derecho de remuneración.

Entre el verdor de los campos destacaba todavía un argénteo de las placas, el acero de las armas alzadas y las botas que proseguían en un son sin fin a la vista, un ojo esforzado capaz de ver que las praderas se mantenían firmes y extensivas incluso por allá, hacia donde avanzaba el escuadrón. No era una marcha acelerada, sino una imponente, rítmica, programada y estudiada con la minuciosidad que debe mantener un verdadero soldado de Ylisse, mucho más uno de los mismísimos Custodios. Pese a ello, para Cormack, todos se veían iguales, tal vez unos más protegidos que los otros, o dejando a la suerte la posición de la jerarquía. Si acaso, su mente catalogaría a las unidades montadas como las superiores en el escuadrón, aún si no estaban puestas en la vanguardia del órgano militar frente a sus ojos. Pausó por unos segundos, preparado para una cuesta abajo sobre la cual cruzó con mayor cuidado, sin ánimo de resbalarse y poner en riesgo las pertenencias sobre su hombro.

Pronto llegaría a la periferia del grupo, consciente de que éstos tenían su guardia en alto. Él es desafiante de momentos, pero por nada en el mundo desearía entablar combate con los mismos guerreros con quienes acudiría en búsqueda de una oportunidad para sus habilidades. La zurda se despegó de su hacha, la diestra permaneciente sobre su maleta improvisada, y orbes de tono marrón esperando al momento en que alguien, por azares del destino y el poder de la paranoia, se diese cuenta de su presencia y, asimismo, avisase una pausa por un mísero viajero desconocido.

Su propio espíritu se mantiene encendido con cierta esperanza, la idea de que, posiblemente, ellos pudiesen escuchar su llamado y permitirle combatir por la nación. En lo que arribaba, la zurda del hombre se alzó hasta los cielos, alejada de la empuñadura y anhelando fuese suficiente señal de paz. — ¡Oigan! ¡Aquí! —, exclamó el aldeano, dispuesto a llamar la guardia de los Custodios hacia su posición. — ¡Necesito unirme a ustedes! ¡Necesito luchar por Ylisse! —, y conseguir dinero. Tal vez era implícito, y el segundo motivo más importante de su sorpresivo deseo de integrarse a las filas. Claro, era posible que el escuadrón se detuviese para escuchar al hombre, tal vez burlarse de él por un acto de ingenuidad, inocencia y suponer que, por llamarles, tendría ganado su lugar en las fuerzas armadas.

Pero, ¿qué pasaría si ese pequeño momento de distracción fuese usado en son de ventaja?
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Re: [Campaña de Liberación] Sheperds' Watch [Alanna]

Mensaje por Alanna el Vie Nov 30, 2018 1:23 pm

Trabajar bajo ingentes toneladas de presión era lo peor del mundo, no lo iba a negar. Ya no era tan solo porque los nervios la tensasen hasta el punto de parecer una ramita a punto de quebrarse, lo cual ya era una sensación de por sí horrible. La lucha contra ese monstruo traicionero y vil al que llamaban “estrés” podía resultar ardua, y no era nada raro caer en sus tretas, con las cuales creaba más ansiedad y vergüenza de las que alimentarse. ¿Cómo? Muy fácil. Bastaba con pensar que se tenía todo bajo control, y cometer cualquier error por un despiste.

Así pues, Alanna desfilaba a toda prisa entre las filas del pelotón ylissense como si un par de destreros estuviesen tirando de ella. De tanto tiempo habiéndose impuesto semejante marcha, ya ni siquiera frenaba cuando necesitaba girar o esquivar a cualquier miliciano que se le cruzase. No tenía tiempo para tomárselo con calma. Tenía presente que en cualquier momento podría aparecérseles el escuadrón Emergido de detrás de una colina o foresta, y a partir de entonces ya no se podría dar marcha atrás. Por lo que era imperativo (para alguien que andaba cuasi desquiciada) revisar que todas las tropas estuviesen a punto. Y por todas, se refería a todas.

¿Pero qué pasaba cuando se estaba tan obcecada en una tarea? Pues que se pasaban por alto ciertos detalles. Como llevar un orden estipulado a la hora de revisar cada fila de soldados.

Alanna pronto descubrió el craso error de no haber estado siquiera siguiendo una línea recta al plantarse ante el decimonoveno grupo de los que llevaba. Nada más dirigirles la mirada a los soldados, sus piernas la frenaron de seguir adelante en un momento de desconcierto. Se paró como unos cinco segundos hasta darse cuenta de que algo no le cuadraba con los rostros de aquellos hombres. Y no eran esas caras de alucinados que esbozaban, la cual habían puesto casi todos los que se toparon con la chica husmeándoles.

Pasaba que a ese grupo ya lo había revisado antes. Hacía apenas un minuto.

Eh… —La boca de la Custodia se mantuvo entreabierta, periodo en el que su fábrica de ideas elaboraba a toda velocidad una excusa para disimular su desorientación—. Solo venía a comprobar si recordabais la formación a seguir si el enemigo optaba por un ataque frontal. ¿Todo claro? Bien, bien. Me quedo más tranquila. Seguid con la buena labor.

La retahíla de palabras le salió sin apenas pausas, y con una rapidez endiablada para no dar margen a los otros para contestar. Fue lo único que se le ocurrió para salir del paso. Luego, giró sobre sus talones y se alejó de allí, fingiendo diligencia en sus pasos como si se tratase de un mero procedimiento protocolario. Si acabó siendo o no una actuación convincente, apenas le importó, pues el único pensamiento que rondaba la mente de la Custodia era el de querer morirse de la vergüenza y encoger el cuerpo en una bolita. Una cosa. Solo tenía una maldita cosa de la que encargarse, y era no hacer el ridículo.

Tenía presente que las responsabilidades de una Custodia iban a ser muy distintas de cualquier encargo pasado que tuvo que afrontar como mercenaria. Pero, dioses, no se esperaba que ambos cargos resultasen ser mundos tan dispares. Y lo frustrante que era encontrarse un muro tras otro en su periplo para adaptarse. Para bien o para mal, se estaba dando cuenta que su antiguo oficio pudo haberla preparado para toda clase de menesteres… que la concerniesen únicamente a ella. La historia cambiaba una barbaridad si tenía que añadirle el hecho de que ahora, era responsable de un grupo de hombres que marchaban a la batalla. Una cosa era preocuparse de su propia seguridad, la cual ya aprendió hace tiempo en qué momentos ponerla en riesgo, y otra muy distinta era trabajar con la de personas ajenas a las que apenas les había visto la cara. La idea en si la tenía aterrada.

Disculpe… ¿Señorita Alanna?

Una voz que más bien parecía un susurro la increpó a sus espaldas. La Custodia parpadeó un par de veces para despejarse de sus tribulaciones y se volteó, topándose con un joven soldado que rondaría su edad. El muchacho traía consigo una expresión de incertidumbre, o de no saber qué calificativo era el correcto para dirigirse a la chica. Como fuese, carraspeó para seguir hablando con un tono cargado de nervios.

Era para informar que en las filas delanteras nos hemos encontrado con un… imprevisto. —¿Imprevisto? Alanna frunció el ceño e inclinó un poquito el cuerpo hacia adelante, a lo que el otro se apresuró a aclararle—. N-no se tratan de los Emergidos. Un civil que venía del río se nos apareció haciendo señas y pidiendo que le dejásemos luchar junto al batallón.

No sonaría tan preocupante como que una avanzada Emergida hiciese acto de presencia. Pero no dejaba de ser problemático, sobre todo para Alanna. Y sobre todo si la palabra “civil” se entremezclaba en una lucha encarnizada contra esos demonios de ojos rojos. La joven viró la mirada hacia donde la tenía puesta el mensajero, y las alarmas se le saltaron al encontrar en la lejanía al individuo en cuestión, haciendo aspavientos e interrumpiendo la marcha del destacamento. Bendita Naga, ¿por qué tenía que estar ocurriéndole de todo? Justo ese día.

Está bien, yo me haré cargo. Volved con vuestros compañeros y decidles que reanuden la marcha.

Sí, mejor volviese a poner en movimiento a las filas, antes de que su otro compañero veterano se cerciorase de que algo no iba como debía. El cargo de Custodia no solo estaba para dar ejemplo a los demás, también para solventar cualquier contratiempo con el que se topasen sus compañeros. Y se suponía que debía ser capaz de solventarlos, por la confianza que depositaron en ella para estar allí.

De un buen bote en la hierba se propulsó para esprintar colina abajo, directa hacia la figura desconocida que se hallaba justo al lado de las tropas. Según se acercó, fue frenando e indagando en aquel hombre que le llamó la atención más de lo esperado: protectores de cuero que habrían visto tiempos mejores, y una simple hacha colgando de su cinto como guinda del pastel. Alanna no había experimentado una regresión a sus inicios como combatiente tan aguda y tan dichosamente exacta como aquella. Bueno… exacta si pasaba por alto la notoria constitución del pelirrojo.

Mercenario, seguro. O uno de los tantos cazarrecompensas que aprovechaban la mínima oportunidad para sacar unas monedas de donde fuese.

¡Permiso, por favor! ¡Permiso! —solicitó, colándose entré el hombre y el resto de soldados para ganarse la atención del primero. Y de paso, usar la misma estratagema que con los milicianos de antes para evitarse interrupciones innecesarias—. ¿Podría hablar con vos un momento? ¿Sí? ¡Estupendo! Entonces no demoremos más a estos buenos hombres con su labor.

Así pues, el resto de soldados interpretaron por sus palabras que el individuo ya no era de su preocupación y siguieron adelante. Alanna echó un último vistazo por encima del hombro para comprobar que así era, y retornó una mirada de toques más severos a su reciente e inoportuno invitado. Por mucho que alegase querer “luchar por Ylisse”, había que dejar las cosas bien claras. Y es que ella no iba a consentir que absolutamente nadie ajeno al ejército tomase riesgos innecesarios. De ninguna manera.

No es mi intención ser descortés con vos, pero… No sé si os habréis dado cuenta de que estos hombres a los que habéis increpado tan a la ligera están llevando a cabo una operación muy delicada, por no decir peligrosa —alegó, cruzándose de hombros—. ¿Puedo saber la necesidad que teníais de interrumpir la labor de estas personas?

Spoiler:
Lo primero de todo: pido disculpas por haberme demorado tanto con el post. Admito que no tengo excusa y que se me ha ido el santo al cielo. Procuraré que esto no me vuelva a pasar ><
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Re: [Campaña de Liberación] Sheperds' Watch [Alanna]

Mensaje por Cormack el Jue Ene 10, 2019 10:02 pm

Pese a lo irreverente que sonaría asumir que las planicies permanecían con paz, con el rugir de una marcha incesante y coordinada, se podía notar que un sonido en particular sonaba demasiado fuera de lugar, para nada afín al espíritu de lealtad y apego a la profesión que, a plena vista, demostraban todos y cada uno de los soldados en aquel escuadrón, desde la caminata de la infantería hasta el galope controlado y bien disciplinado de los corceles. Entre el rítmico son del acero con la hierba y la tierra, resaltaban los gritos de un hombre sin mucha calidad en lo que respecta a la prudencia, siquiera al respeto de la labor de unos soldados. Y bien, se podría justificar si éste fuese realmente un civil en busca de ayuda, pero no. Era un mero viajero armado añorando lo que muchos considerarían un serio problema.

De por sí, las palabrerías del leñador eran algo que no sonaría bien en boca de alguien que buscase un trabajo formal, haciendo de su presencia algo más parecido a un mero tarado con altos espíritus sobre sí mismo y sus capacidades. Cormack, desafortunadamente, entraba en esa descripción cual dedo a un anillo bien formado, un anillo de juvenil anticipación y carencia de temor, un bruto en esencia y un osado con el ánimo de poner su fuerza y experiencia en pro de su propia y única nación conocida. Y, claro, también por el dinero, la existencia de su familia siendo ese potente impulso que le ayudó a avistar al escuadrón, así como forjar el valor suficiente para ir directamente a con ellos, aún si podría ser un intento fútil.

Y aún con la zurda alzada, no titubeó a la hora de hacerse paso por las maravillas de la naturaleza que yacían entre él y la tropa, un riachuelo de porte adorable con cauces débiles pero persistentes, y la levedad de montículos de tierra que adornaban esos campos, restando la monotonía que sería una verdadera planicie. Tropezó con uno de esos susodichos montículos, sin embargo, su vista vigilando únicamente a los argénteos y sin cuidado alguno por lo que estuviese en el suelo, pero logró mantenerse a pie, su mano levantada tambaleando de un lado a otro. — ¡Aquí! ¡Aguarden! —, exclamaba el hombre de tez marrón, discerniendo especialmente por una carencia de armadura propia, por lo menos armadura resiliente, las hebras de cuero luciendo como si pudiesen desprenderse en cuestión de un par de batallas más.

¡Una oportunidad! —, reafirmó con la esperanza de poder ser aceptado de alguna manera, notándose que no tenía ni la menor idea de cómo funcionaba realmente el concepto de tener un empleo en un entorno que no fuese como su humilde cuna. Siquiera, cómo era el conseguir un puesto en las milicias de la nación. Pero, después de todo, hasta los Custodios eran un tema de relevancia allá en su aldea natal, donde avistar a las tropas era algo que, con suerte, llegaba a ocurrir una vez cada luna azul. Y una verdadera lástima, pues no era un lugar exento de los ataques de los Emergidos. Pese a su carencia de prudencia, fue capaz de notar que sus llamados provocaban pequeños disturbios en la tropa, pequeños sectores de la marcha aligerando el paso con un atisbo de titubeo, a la par que los cascos giraban de un compañero a otro, cuestionándose respecto al civil, lo que deberían hacer, o lo que indicaría el capitán de su pequeña legión.

La marcha era fuerte, imponente, pero ciertamente no veloz, y el paso acelerado de Cormack acribillaba los grupos de pasto por los cuales pisoteaba en su carrera, huellas distintivas que pertenecían a suelas de calidad un tanto deplorable. Ya en la periferia, dejó de desgañitarse, habiendo llegado con alguno de los grupos del escuadrón que yacía más hacia la retaguardia de la tropa. Éstos prosiguieron en su camino, serenos en apariencia pero serios en semblante, sabiendo que caminaban rumbo al peligro mismo. Eran soldados de Ylisse, y cargaban con ese temor en sus hombros, forzándose a tragarlo y no dejar que alentase su paso. El leñador no era parte de ese temor, sin embargo, pero vaya que era una terrible distracción para ellos. Con fortuna, no sería un detrimento para la moral. En cuanto éste rodeaba el puñado de militares por un flanco, buscaba comunicarse con ellos.

¡Hey! ¿A dónde van? ¿Puedo acompañarlos? —, preguntaba a un sector.
¿Qué tal? Err, ¿todo bien?, — cuestionó, con cierta curiosidad respecto a las emociones que sentían. Naturalmente, no hubo respuesta alguna, no más que miradas de extrañeza y cierto estremecimiento por sus actos.

La sonrisa del leñador perdió intensidad, conforme progresaba esa marcha, orbes marrones dirigiéndose hacia donde seguía la corriente de guerreros, y un suspiro deslizándose de entre sus labios. ¿Realmente era esa la forma en que debía pedir una oportunidad para unirse a ellos? Así, se tornaba evidente la falta de educación del hombre, educación en una miríada de sentidos. No sabía cómo funcionaban los grupos de milicia, su mentalidad juvenil haciéndole pensar que los poblados hacían algo tan simple como probar a los individuos más fuertes, cerciorarse de los mejores entre éstos, y darles un pase para ser la vanguardia del pueblo. Y, claro, tal tontera podría aplicarse para un mero pueblo, ¿pero con los Custodios? Si, para él, se les podría considerar la mismísima élite de Ylisse.

Restregó la zurda sobre sus propias coberturas de cuero, limpiándose un poco del sudor que secretó por esa ligera tensión y, más que nada, la sensación de que causó una vergüenza. Pero no tenía el ánimo de rendirse, y esa intención se vio alumbrada por la presencia de una figura diferente entre los hombres que caminaban, notable por un color claro y fácil de distinguir entre las distintas sombras de gris y plateado que formaban esa ola de cascos. Era alguien sin casco, saliendo de entre los soldados como una persona enviada específicamente para hacerse cargo de esa pequeña… situación imprevista. Eventualmente, se reveló cual rostro femenino, una mujer integrante de los Custodios. Claro, Cormack alzó una ceja en sorpresa, sabiendo que era bastante raro ver a una mujer entre la milicia. Por lo menos, desde lo poco que se le inculcó en su desarrollo.

Si ella podría ser su boleto de entrada a las fuerzas de Ylisse, tendría que elaborar un buen visto para ella. Pero no iba a ser fácil, la primera pregunta de ella instantáneamente replicada por la locutora misma, su rojiza ceja arqueándose con mayor intensidad, así como mostró una mueca de confusión. Visible, terrible confusión. — ¿Qué? Pero… —, buscó excusarse, pero lo dejó una vez que ella le instó a dejar al grupo en paz, la rubia tomando un poco de distancia más para permitir a la milicia seguir con lo suyo. Otro suspiro, Cormack cada vez más intrigado por la delegación de órdenes; pues, nunca habría esperado ver que, aparentemente, esa mujer era quien comandaba al grupo. Al menos, así pareció.

Sería demasiado desconfiado mantener su zurda sobre la hachuela, por lo que ésta permaneció sobre su propia cadera, vista fija sobre la damisela. Era linda, sin lugar a dudas, pero su enfoque principal era la manera de entrar en la milicia. ¡Y claro!, se debe empezar con cortesía. — ¡Hey! Me llamo-- —, pero detuvo su presentación una vez que ella lo miró de nuevo. Esta vez, con mayor seriedad, ojos que parecían penetrar directo hasta su espíritu. Llevaba años sin sentir eso, el regaño de una fémina. El susto se notó en su propio semblante, dientes cerrados y ojos abiertos con sorpresa, retrocediendo un mísero paso. — Cormack… —.

Pese a ello, se dispuso a escucharla con el mejor oído posible. Era una mujer a cargo de la tropa, probablemente sería una mandamás entre ellos, alguien con jerarquía, así como fue su padre para su aldea. Pero mientras más hablaba ella, más se podía notar una diferencia de acento, propinando que su ceja lograse levantarse unos pocos centímetros más, lenta y sutilmente. ¿Era así como hablaba gente de la capital? ¿Gente ajeno al entorno tan rural como el suyo? ¿Era esa la lengua refinada? Si era así, si ella era así, debía admitir que se halló sorprendido. Se sentía bajo la mirilla de la reprimenda, pero no había motivo real por el cual sentirse avergonzado, ¿verdad? Después de todo, sus anhelos de luchar por Ylisse eran tan genuinos como la manufactura de sus ropajes: manual, hecho con ayuda de sus hermanos.

Alistado de valor una vez más, despejó su garganta con un par de sonidos roncos y ahogados, reafirmando el porte con su zurda sobre el cuero un tanto deshilachado. — Lo siento, ¡me llamo Cormack! Soy un leñador que viene de un pueblo un poco alejado, sí —, fue lo primero que llegó a su mente. Debía desbordar cierto heroísmo en su figura, al menos algo que lograse denotar que no es un mero leñador. Así, infló un poco el pecho, tratando de invocar un poco de ese “heroísmo” que notaron los pueblerinos que ayudó hace unos pocos días.

Viajé hasta la capital, porque quiero luchar por Ylisse, compañera. Por mi familia, más que nada.

Spoiler:
Heh, ahora yo me tardé. Tuve un serio bloqueo, pero ahora creo que ya lo superé un poquito. ¡No te preocupes por la tardanza! Y, espero que te agrade el post. o7 Cualquier cosa acá ando.
Afiliación :
- YLISSE -

Clase :
Fighter

Cargo :
Leñador

Inventario :
Hacha de bronce [2]
Vulnerary [3]
baculo de heal [1]
-
-
-

Support :
None.

Especialización :

Experiencia :

Gold :
636


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