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[Entrenamiento] El Cruce de Tantos Caminos [Privado | Cormack]

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Mensaje por Morgan el Dom Jul 29, 2018 4:08 pm

Ya bordenado la gran puerta de Ylisse, en el límite septentrional del reino, Morgan calculaba que le quedaba esa y dos noches más de viaje, como mucho. Medio día más o medio día menos, dependiendo de cómo siguiera. Por la puerta no quería pasar ni aunque su vida dependiera de ello, no le apetecía explicar qué hacía una plegiana allí ni el curso de su viaje a casa, motivo por el cual se mantenía en paralelo y a la búsqueda de la primera posada que hubiera por fuera para hospedarse. De todos modos, el camino principal que se adentraba por el pasaje y seguía hasta el corazón del reino no le servía de nada a ella, quien sólo seguiría al Este hasta que el benevolente clima y abundantes plantíos dieran paso a las laderas de roca y los desiertos de la patria vecina. Un descanso en una cama de verdad ahora que había caído la noche, un último empuje de dos noches más y ya estaría de regreso en la ciudad capital de Plegia, a saludar a su hermano y a brazos de papá, que por seguro debían ambos extrañarla locamente.

De cualquier modo, había que reconocerlo, eran todo menos bobos los comerciantes y propietarios que se habían asentado murallas afuera. Las caravanas paraban, algunos viajeros se veían obligados a estar allí por días para comparecer por su situación y motivos de entrada a Ylisse, una gruesa fila de espera tendía a acumularse ahora que el reino era declarado a salvo de los emergidos; saltaba a la vista que de todo eso se beneficiaban, y buenamente. Morgan arribaba a oportuna hora para ver las caravanas y grupos de viajeros guardarse por la noche, separarse para acampar o moverse hacia el pequeño asentamiento a poca distancia, donde tentaban los establecimientos iluminados, su aroma a carnes asadas al aire libre, sus barriles de cerveza o jarras de vino caliente y, por sobre todo, la gran posada dominando la escena. Sonriendo ampliamente se encaminó allí la joven estratega, nada helada dentro de su holgada ropa y gruesa chaqueta pero sí con el estómago rugiendo ya, rogando un cambio de ritmo de la comida empacada y agua sola. Siguió las luces, la música que emanaba desde el interior de la posada. Afuera ató al caballo que traía prestado, se adelantó ya a pagarse la jarra más grande de cerveza que existiera disponible e ingresó al centro de todo el bullicio.

De no tener brazos fuertes, como tenía, no habría podido en una mano con la gruesa jarra de bebida que llevaba, tan llena que la espuma se derramaba de la cima y le mojaba un poco el dorso de los dedos. Empinó un par de tragos para evitar más derramamiento a medida que entraba al local, esquivando viajeros, comensales y borrachos de cara enrojecida, envueltos todos en una atmósfera sin dudas alegre. Parecía todavía celebrarse ahí mismo, en la posada de la frontera Norte, la liberación de Ylisse declarada hace ya semanas. Gustosa del cambio de aires, bastante bueno en comparación a la soledad del viaje y el hablarse sola o a su caballo, la joven de desordenada melena oscura se sumó sin timidez; abordó a una mesa que jugaba naipes y discutía a viva voz de si había o no emergidos y emergidas apuestos o bonitas, o si estaban todos tan fuera de lo humano que sólo podían tener rasgos incómodos de mirar. - ¡Los hay, los hay! Hace dos semanas, en Hoshido... ¡permiso! Dejen que les cuento... - Intercedió ella al sentarse.

Pidió de cenar, y mientras llenaba su estómago de patatas asadas y muy extrañada manteca echó a comentar, como tanto le gustaba hacer, sobre sus últimos encuentros en los caminos. Desde luego omitía la mayoría de detalles, la guerra de la que volvía y exactamente qué había hecho o se disponía a hacer, pero de emergidos y de percances podía decir mucho. De alguna forma, considerándose ahora tierra segura la de Ylisse, el tema no era ya uno de comentarse con sombría desesperanza, sino en un curioso humor triunfal. El cambio le causaba más que un poco de gracia. Igualmente mantuvo el pensamiento al margen y se enfrascó tan sólo en la diversión del momento, platicando, bebiendo y tonteando a medida que la mesa pasaba de naipes a otros juegos, proponiendo finalmente, con una ronda de aplauso entre los presentes, una competencia de pulsadas para medir fuerzas con todos los que se jactaban de haber vencido decenas de emergidos. Mucha plática, pocas pruebas, concordaban los allegados a ese costado del lugar. Allí quedaba ella, empequeñecida por su corta altura y juventud, pero insistente en que también le tomaran desafío. Después de todo, juraba por su padre que había estado en más batallas de las que se acordaba.
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Mensaje por Cormack1 el Lun Ago 13, 2018 1:41 am

Grande el mundo donde vive uno,
cuna de sorpresas y novedades;
uno nunca dejará de conocer o ver,
ni ocultándose de las verdades.

Pues, de ser así, ¿qué sería de la aventura?

¡Hyah!
¡Hah!

No eran verdaderos alaridos de guerra, ni gritos progenie de intermisión bélica; era el esfuerzo de un hombre que luchaba contra sí mismo o contra el aire frente a él, una búsqueda constante e incesante de poder y entrenamiento personal, un fortalecimiento que pueda hacerle digno no únicamente de combatir por sí mismo, o por sus allegados, sino por su pueblo y por Ylisse en general.

Sí, muchos decían que Ylisse se podría declarar ya libre de Emergidos, que el dominio de la civilización sobre su adorada patria era algo tan seguro como el filo vencido de su preciada hacha, pero Cormack era muy necio para muchos tópicos. ¿Creer que los Emergidos ya no volverían a atacar su aldea o su país? Ni de chiste osaría denominarse a salvo de tales ataques, o suponer que su familia, todavía residente en su aldea madre, podría vivir y perdurar por los años venideros sin riesgo alguno de esas oleadas de maléficos, nefastos oponentes. Desde la primera vez que combatió contra ellos lo sabía: ojos vacíos, miradas sin emoción alguna. No era más que la insignia de una fuerza que no se detendría en su camino, que no osaría detener la imponente marcha que, antaño, se desplegó impromptu sobre las tierras de aquel país, aquel continente e, inclusive, aquel mundo. Pues, ¿qué sería de ellos si los Emergidos regresasen de la nada? Uno nunca podría estar seguro.

Y, como tal, Cormack practicaba con su hacha, un filo demacrado por los combates que sabía no podría durar mucho tiempo más. Tal vez ni podría volver a usarse en combate sin una afilada considerable o, de plano, sin que debiese conseguir otra arma para emplear. La Puerta yacía en la cercanía, así como el lugar donde podría ser acreedor de una nueva herramienta de trabajo, una nueva compañera en el combate. ¿Cuál era el problema? El dinero, por supuesto. Saber que no tenía suficiente dinero era algo que canalizaba cierta fuerza en sus ataques, pero no como un método de furia, ni un berrinche contra el aire mismo que le hacía una burla mental, una mofa para incitarlo a proseguir con su entrenamiento. Era una clase de motivación para desarrollarse con sus músculos y, así, poder enfrentar bandidos uno contra uno sin la necesidad de su hacha. Después de todo, sus “bebés” tenían que mantenerse sanos. Pasados unos minutos de hachazos hacia la nada, se agachó para dejar su compañera sobre la hierba del suelo, demacrada por el tiempo y el uso, añorando un buen descanso.

Un poco de presión de palma a nudillo y nudillo a palma, junto con una sonrisa dedicada hacia sí mismo, hurgando en sus pensamientos para sacar a relucir aquello que le motivaba. — Estupendo, vamos a imaginar… un bandido, sí —, fue lo que se murmulló de manera personal. Cerró sus ojos por unos segundos, antes de esforzarse por cometer lo dicho: la imagen de uno de aquellos bandidos que combatió saliendo de su aldea, uno gordo, feo como la madera quemada, con una sonrisa afín a la malicia y una putrefacta sensación de acoso perceptible desde su mirada. La carcajada de uno de ellos es algo que no olvidaría, una sonora risa evocada por el acto de heroísmo suicida de Cormack. Después de todo, él se ofreció para rescatar al niño secuestrado —y, sin saberlo, otros niños raptados y víctimas del terrorismo y el afán por el dinero—, siendo él mismo contra un grupo de malosos. Al menos, combatía por su cuenta en un inicio, pero…

¡Hah! —, un grito poderoso acompañado de un derechazo directo hacia donde yacería la imagen del truhán. Su imaginación no era suficiente para estructurar y detallar la satisfactoria imagen del canalla cediendo ante la fuerza de tan fuerte impacto, dientes volando por la presión de sus nudillos y, eventualmente, el oponente cayendo inconsciente posterior al golpe. Prosiguió, introduciendo al combate su puño izquierdo, nacido desde la altura de su bazo y elevado hasta la posición del mentón ajeno, un gancho con la fuerza de un dragón ascendente que amenazó al pirata y lo levantó del mismo suelo. Era una grata imaginación, tal vez algo infantil, pero se sentía tan satisfecho practicando y jugando con el poder de sus músculos que algo quebrantó la imagen mental de los enemigos, y era el visaje de un Sol cayendo dormido, pereciendo con lentitud y cediendo su lugar a la Luna. Era hora de regresar a la Puerta.

Las caravanas entraban, los viajeros residían; Cormack era ciertamente indiferente a la multitud de desconocidos que entraban y salían de los muros del lugar, pero algo no era capaz de ignorar, y era lo concurrido que era la ciudad. Bien, podría avistar una población que ya superaba a aquélla que, antaño, veía en su aldea. Tal vez el doble, y eso, simplemente con lo que alcanzaba a ver. ¿Qué sería de aquellos en la armería? ¿Quienes reposan en los hogares? ¿Los que descansan plácidamente de su día a día, para levantarse por la mañana y seguir con su travesía? O bien, ¿quienes entraban y salían felices de la grata posada, iluminada como el mismo Sol que osó retirarse ya? Ninguna palabra cruzó hacia los oídos del hombre, pero él juraba que algo o alguien susurraba en su oído, de manera constante, palabras sobre la posada y lo bueno que sería entrar por una bebida. Eso, si el dinero le alcanzaba para algún buen trago, siquiera. Su hachuela quedó de vuelta en su espalda baja, así como su pequeña mochila improvisada, el palo con un considerable trozo de tela atado y albergando los pocos bienes con los que subsistía; era un hombre preparado hasta donde podía y hasta donde su clase social le permitía, pero vaya, que no era raro encontrar aldeanos como él en la vecindad. No era mala idea adentrarse.

OST:

El bullicio no era una mala señal, sino un sonido agradable ante los oídos del leñador en su viaje. El suave aroma a alcohol o, incluso, el sudor de los transeúntes, no era algo que le haría sentir incómodo, sino que reforzaba su estima y su carisma, pues no hay mejor manera de hacerle sentir en casa que un buen grupo de personas unidas por una causa: la alegría del alcohol. Bebían, jugaban, se desafiaban en varios duelos de cartas, vencidas, o juegos improvisados, pero todo bajo el ánimo de la libertad. Ahora, ¿por qué estarían bebiendo tantas personas en un día como hoy? Se preguntaba una de las cejas arqueadas del Lumberjack, cuestiones cegadas por ese irrevocable e incorregible miedo ante lo ideático que era. “Libres de Emergidos”, o “Ylisse libre”, palabras claves que desembocaban en lo que trajo tal moral a tal lugar. Pero vaya, que Cormack odiaba a los aguafiestas y romper con la emoción del ambiente; no dudó en integrarse, agarre firme sobre sus pertenencias cual mango de una arma preciada, antes de hacerse con uno de los tarros de cerveza, perteneciente a un feligrés de la bebida que, complacido, decidió darse una siesta sobre la barra. ¡Seguro no le molestaría dejarle su bebida a alguien como Cormack!

Y, así, el visitante trató de ser uno con el bullicio de aquellos felices por una noticia que todavía no considerada hecha y derecha, pero celebraba de todas formas. ¿Por qué celebraba algo en lo que no creía todavía? Por saber que se cumplirá, y porque hará lo posible para que sea así.

Con que Ylisse liberada, ¿eh? ¡Pues brindo por ello! ¡Salud!
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Mensaje por Morgan el Miér Sep 05, 2018 12:32 pm

Morgan no era la mejor juzgando carácter, ni dándose cuenta de qué clase de personaje era cada cara nueva, pero en un ambiente como aquel cada uno era un amigo. No hacía falta tener muy claro con quién lidiaba para compartir la mesa, escuchar las anécdotas, cuestionarlas donde fueran demasiado gloriosas, jugar a lo que surgiera, enseñarse a la rápida las canciones locales o reír sobre cualquier trivialidad. Había tantos ylisseos como extranjeros, algunos de los reinos vecinos y otros de insospechados rincones del mundo; la comitiva era variopinta pero la celebración era la misma. A todos les alegraba, en ese preciso instante, con el mundo estando como estaba y todo, verse al menos por esa noche en un sitio donde se pudiera seguir viviendo. Imaginaba que para eso viajaban tan lejos algunos. Desde luego, la plegiana no necesitaba decir mucho de ella ni estresarse al respecto, ni inquietud le sobrevenía por esa postura suya, sólo disfrutando lo que había al haberlo. Y no hacía falta nada más que eso, para que los ánimos se mantuvieran altos y todo lo demás quedara de la puerta hacia afuera.

Se chupó el aceite de la comida de los dedos, se los secó a la rápida en el pantalón y con insistencia se unió a las rondas de pulsadas. Por frente le pusieron a un muchacho de alrededor de su edad, tempranos veinte acaso, pero ni guerrero ni de trabajo pesado, sino mozo nada más, sólo por embromarla. Le tumbó la mano apenas les indicaron empezar, y entre las quejas y las risas de los viajeros debió ponerse a defender su logro, del que no le daban crédito fácilmente. Bajo la ropa holgada que vestía, ropa de hombre inclusive y de uno más grande de lo que era ella, toda bolsuda sobre sus hombros, no quedaba mucha credibilidad para la fuerza que sí que tenía. Pero arremangándose e insistiendo Morgan se puso a pedir otro contrincante, para demostrarse a cuenta nueva. Escuchó a uno más o menos sobrio, al hombre de contextura de leñador por ahí entre el grupo, y dándole algunos toques en el brazo le buscó la atención.

- ¡A ver tú, tú ven a la mesa! ¡Para que vean que no hice trampa! - Le dijo enseguida, intentando agarrarle alguna esquina de la ropa para enfatizar con algún tirón. Se conducía con confianza, cualquiera allí era parte del ambiente festivo, cualquiera podía ser otro de esos amigos de ocasión y por tanto darle el gusto por el momento. No era como si en otros contextos no hiciera lo mismo, en todo caso: ver que los demás le dieran en el antojo. Le apuntó al hombre el otro extremo de mesa y puso ya su brazo en postura para pulsada, con el codo bien apoyado, asumiendo que no había necesidad de explicarse más. El resto, en todo caso, se encargaban de insistirle más y más al leñador ylisseo, así fuera sólo por diversión, que hiciera la pulsada con la extranjera de una vez.

Morgan le dio un trago grande a su cerveza antes de dejarla de lado, lejos de acabada, pero para tener la otra mano libre para afirmarse. Puso la vista con más insistencia en el contrincante aleatorio que agarrado, al que había abordado más que nada por ver un brazo grueso. Con la mirada violeta atenta y medidora, le echó un repaso, como si acaso entreviera sus cualidades. Le habló con jovial soltura. - A ver, miente como un campeón, amigo. ¿A cuantos emergidos dices que has matado tú? - Pidió, ya sonriendo. Era la temática que habían estado discutiendo, la que se lograba discutir con esa ligereza ahora que el peligro parecía cosa lejana, y una forma de probar al sujeto.
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Mensaje por Cormack1 el Dom Sep 23, 2018 9:51 pm

Harto gusto inolvidable que es el poder consumir alcohol de manera tranquila, sin más problemas arrinconándose en sus hombros y haciendo de la alegría algo tan lejano. Con sus dedos, era capaz de contar las veces que ha tenido la oportunidad de beber como tal, de introducirse al embriague y disfrutar de ello no simplemente con la congénere, familia o amigos, sino con gente desconocida que tomaba y celebraba con un único objetivo: disfrutar. Olvidarse de “los emergidos”, de “la esposa”, del clásico “los asesinos que me andan buscando” o incluso el “se me murió el compañero y tuve que reiniciar”, y toda gama de excusas que dejaron a los dormidos dormidos en las mesas; ya era cuestión de no preocuparse por las nimiedades de la vida o aquello que desgastase al más ajetreado de los transeúntes. Ahora, era un momento de reposar, un pequeño corte que separaba la cruenta programación de la vida de esto, un siempre añorado descanso.

Seguro, había repetido que Ylisse estaba liberada, sin saber que tal cosa yacía todavía alejada de una realidad tan gustosa como esa, pero él mismo sabía que, con todos y cada uno de los esfuerzos de los seres vivientes en su querida nación, tal objetivo podría cumplirse tarde o temprano. Y no simplemente alejarlos de Ylisse, sino de Akaneia en general. Brindaba por eso: por el espíritu que los mantenía en alto, vivientes y coleando, impulsándolos a seguir luchando en su día a día por sí mismos, por su familia, por sus amigos, por su ciudad, su nación, su continente, su mundo. Él estaba empeñado en ser uno más de esos, unidos por tal causa en común. Por ello, bebía y brindaba. Y por el gusto de la cerveza, claro.

El show que eran las vencidas llamaba su atención con cierto entretenimiento. Sus músculos eran visibles gracias a la falta de mangas por arremangar. Más gracioso fue ver al mozo de tez clara y físico común, instantáneamente destruido por la niña que, pese a tener una apariencia adorable y juvenil, bebía tanto o más que los demás viejos lobos de tierra y mar en rededor, guerreros empedernidos o aldeanos desahogados que soltaron las carcajadas al presenciar tal victoria tan notable. Pese a esa abrumadora derrota, el muchacho se levantó de su silla envuelto en las risas y el gusto. Lo tomó como algo diferente a demostrar quien era el mejor, sino como era en realidad: una broma, un juego, un motivo por el cual sonreír entre los presentes. Y la niña no tuvo suficiente, voraz por más victorias y entretenimiento, y atrajo ante sus aposentos temporales al mismo leñador que bebía y reía.

Éste la miró con una sonrisa curiosa, una ceja arqueada, suponiendo que todo eso no era más que puro chiste. ¿Cómo una niña como ella tendría las agallas y la fuerza de vencer a un leñador en las vencidas? Agitó su bebida con la zurda, la mano que la sostenía, mientras respondía con gracia. — Ay, ¡por favor! ¡Las vencidas son deporte en mi pueblo! —, mencionó en un intento por no ahogarse mucho con la bebida. Los cercanos comenzaron a incitarle para que, de una vez por todas, tomase el asiento frente a ella y aceptase tal desafío. O, qué, ¿era una gallina? De ninguna manera que permitiría eso y, siguiendo el ritmo y la corriente del juego, se abrió paso entre el pequeño espacio que rodeaba la mesa y las sillas, un espacio liberado por los interesados, un respeto dado para quienes entraran en esa tradición.

Como hizo la niña, echó un buen trago de cerveza, un poco de combustible para él y su ser, y la dejó en la otra esquina de la mesa, sus pertenencias recargadas sobre sus piernas y aseguradas por su zurda, ahora libre. La derecha alistó el codo sobre la madera de la mesa, ambos fuertes y firmes, y miró a la extranjera con una sonrisa imbuida tanto con gusto y gracia, como con cierto ego. Después de todo, entre leñadores, acostumbraban a jugar con vencidas para ver quiénes eran los más fuertes. Sólo nunca pudo vencer a su padre, August, el indiscutible leñador maestro de esa pequeña aldea. — Pfft, ¿emergidos? ¡Todos son mi desayuno! ¡Y no imaginas cuántos han caído ante estos músculos, nena! —, contestó finalmente, la sonrisa ampliada con el ánimo de hacerse reconocer como alguien fuerte. Y sí, ha logrado vencer a una buena cantidad de emergidos en su vida, desde los asedios a su pueblo, pero la exageración era parte del entretenimiento, una página arrancada de la dramaturgia que hacía de esa experiencia mucho más memorable.

Sostuvo la mano ajena con la fuerza necesaria, empuñándola para demostrar quién era el verdadero guerrero. Y, así, en cuestión de segundos, comenzaría la pulsada entre Morgan y Cormack. Y él, como si nada, supuso que su fuerza era débil. Un par de ojos abiertos cuales platos señalarían que, en realidad, sí estaba equivocado, y todo tan sólo empezando. Pero por supuesto, no osaría dejarse vencer, no en el nombre de sus bíceps.
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Mensaje por Morgan el Dom Sep 30, 2018 2:35 pm

No había tomado mucho convencimiento para que tuviera a su contrincante, pues al contrario, lo que sería asunto de verdadero esfuerzo allí dentro sería ponerse en la tesitura de la amarga persona que se negara a participar, más que cualquier otra cosa. Y tal persona no sería el sujeto que había elegido, al parecer. Aceptaba con gracia e irradiaba confianza, aunque podían haber decenas de motivos laterales para eso, como la borrachera incipiente o la misma imagen de la joven con que le insistían que compitiera. Morgan sólo lo esperó, segura de lo que hacía y con el mentón en alto. No dudaba que el hombre se hubiera ido a pulsadas con decenas de otros, era natural que quién tenía los brazos para ello los usara y a jactarse con toda justicia, pero ella tenía su propio entrenamiento de su lado en que confiar. A diferencia de algunos sujetos con los que venía hablando y bromeando, había estado en campos de batalla reales, demasiados en el último tiempo, había blandido su espada por matar o morir más de una vez y jamás cesaba de tener motivos para continuar haciéndolo; si no era un día en un cierto sitio, sería al siguiente, en el próximo camino, que otra vez estaría luchando. Plegia tenía asuntos por todo el continente y ella contribuía en llevarlos a cabo con sus propias manos. Conocía la resistencia de su cuerpo en una situación de presión y la fuerza de sus brazos.

No obstante, era un hecho que se estaba excediendo. Quizás se tratara de nada más que el ambiente, quizás el orgullo henchido por acabar de azotarle el brazo a la mesa a otro muchacho, o el ego enfadado porque se le cuestionara, pero estaba apuntando cuatro escalones más arriba pasando de tal hombre a tal otro. Era un salto demasiado pronunciado en contrincantes. Viendo cuan volcado se mostraba al desafío, ella correspondió quitándose de los hombros la gran chaqueta de estratega, que dejó caer así mismo en el respaldo de la silla; al quedar en las prendas más livianas debajo, de mangas cortas, mostraba la definición poco delicada de ambos brazos, mas con suerte de la mitad de tamaño que los ajenos. Sólo estaba siendo terca. Más aún con lo poco que se creía esa respuesta exagerada y a la vez totalmente imprecisa, aunque por seguro entretenida para los presentes.

- ¡Le digo que me mienta, y en serio va y lo hace! - Morgan rió a su vez. No era nada importante, por lejos no valía la pena insistir por una respuesta más real, cuando en sí se trataba más de la jovialidad del momento que de ser todos justos. No obstante y en el mismo ánimo, mientras volvía a plantar el brazo en la mesa, no se contuvo de comentar. - Eso dices ahora, ¿eh? Ya te quisiera ver el día de mañana, cuando se den otra vuelta por acá, en frente de uno. ¡Ya te quisiera ver! - Dijo. Algo tenía de poco agradable el pensamiento, el ser la única que augurase un retorno de las criaturas cuando todos intentaban por lo pronto sólo pensar en esa descanso y paz tan duramente ganados, pero con todo, pasaba tan disimulada la intención que nadie le estaba recriminando decir algo así. Sólo oían la broma y reían. No obstante, ella lo consideraba, y acompañaba esa agridulce idea con una sonrisa mordaz dirigida a su oponente de pulsadas. Que interpretara él lo que quisiera.

De todos modos, Morgan se estaba tomando la libertad de medirlo mejor ahora que podía. Quizás se catalogase aquello como husmear, mas en su trabajo lo calificaba ella misma como analizar. Su padre, estratega como ella, le había enseñado a identificar a sus oponentes y lo ejercitaba cada vez que podía, como un desafío para sí misma. El equipaje de Cormack, aunque no pudiera verlo en detalle al tenerlo bajo el borde de la mesa, le decía que no había estado moviéndose y combatiendo tanto como otros. El tipo de musculatura, el corte del cuerpo lo tachaban de usuario de hachas al instante, lo habría identificado aunque hubiera entrado con seis arcos a la espalda. Cuando le tomó la mano para comenzar, le echó una mirada rápida a sus dedos y antebrazo, lugares en que luchadores como él se llenarían primero de cicatrices en guerra. Alzó la vista de regreso y habló en una voz un poco más baja, esta vez verdaderamente para comentar entre ellos. - Ya... alguno habrás matado, creo. Pero no has estado en guerra con ellos, ni con gente de por sí, te falta para eso. No tienes pinta de haber sido soldado. - No le parecía ni por lejos la clase de persona que había estado matando otros seres humanos tampoco, por seguro.

Pero era suficiente de eso y hora de comenzar. Morgan tensó el brazo en preparación, para que el primer empuje no la tomase desprevenida, y cuando les indicaron cuatro comensales distintos que empezaran, todos a destiempo, echó de inmediato a intentar tumbarlo. Le satisfacía de sobremanera ver que le daba más lucha de la que esperaban de ella, reivindicarse en cierta forma, pero a medida que forecejeaba, que apretaba los dientes y se tensaba desde el estómago hasta las extremidades para intentar más, comenzó a caer en cuenta de que no estaba pudiendo hacerlo. Frustrada, ahogó en su garganta una suerte de gruñido semi agudo. Tenía los nudillos blancos de apretar la mano ajena y empujaba con todo de sí, pero lo estaba viendo ya: no era capaz de bajarle el brazo y estaba cansándose. No iba a ganar.

click meee (?):

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Con tan sólo una cuidadosa mirada a su entorno, el estratega es capaz de deducir la información completa del sitio, la cantidad y tipos de enemigos (clase, nivel, arma, número, refuerzos). De utilizarse sobre un sólo enemigo en lugar del campo de batalla, pueden deducirse sus skills, inventario y nivel sin necesidad de iniciar combate para verlos.
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Mensaje por Cormack1 el Sáb Nov 10, 2018 11:28 pm

En la ansiosa espera por lo que sería una finalmente tensa y agradable fuente de entretenimiento para un público tan despreocupado y animoso a la vez, Cormack hacía lo posible para mantener una guardia firme. No sobre su brazo, en particular, sino por las pertenencias que permanecían en su pobre improvisación de viajero, pues eran lo único que tenía para sí, y lo único con lo que podría contar en los días venideros. Pertenencias, recursos, indumentaria extra y artículos que le recordarían el gusto de su misma aldea; no llegaría a verlos pronto, por lo que esos objetos eran lo único que poseía. Y de ninguna manera permitiría que alguien lograse robar lo poco que tenía bajo su palma. ”Sobre mi cadáver”, diría él.

Y sí, eventualmente, sus ojos terminaron abriéndose cuales platos, después de todo, pero no por los motivos que él anticipaba. No era en realidad el hecho de que ella, una mujer, estaba venciendo a la congénere fiestera que permanecía disfrutando de la bebida y la alegría, sino que la revelada tez de sus brazos, pese a ser blanca y tersa como la de una mujer hecha y derecha, no lucía con la fragilidad expresa por otras señoritas. No era muy difícil darse cuenta que ella no era una aldeana, ni una común y corriente; y vaya, que el sexismo no entraba en los ideales o pensamientos del hombre, pero siendo alguien que rara vez salía de su pueblo, tenía una perspectiva pobre sobre la variedad. Y he aquí, una verdadera guerrera, con un toque femenino.

Entre carcajada y palabrería de emoción desde bocas ajenas, era difícil no escuchar la voz de aquella invicta, siguiendo el juego posterior al alarde del leñador. Cormack, ya ansiando poder probar la fuerza que tanto se presumía de la niña, pudo escuchar entre las risas algo que, momentáneamente, cruzó por su mente. Y lo hizo cual viajero atrapado en un vado, cruel y pegajoso, haciendo tanto ruido como fuese posible. Tal vez, era el efecto del alcohol, pero no podía reaccionar con totalidad a esa importante mención. Tal vez, era bajo lo mismo que estaban todos los demás, tan libres que no temían ante la profecía del día siguiente, aquella de una nueva visita de parte de los Emergidos. Y su sonrisa llegó a cortarse por un segundo, pero el ambiente le hizo olvidar eso con rapidez tal que terminó ignorándolo. Como un teléfono descompuesto, fue procesado como un desafío: el día de mañana se levantaría temprano, entrenaría duro, y haría frente a una oleada más de Emergidos, como en los viejos tiempos.

Como un verdadero y musculoso guerrero, lo que podría ser un peligroso augurio pasó a través de sus neuronas sin atención alguna, propagando no más que un desafío más para su día a día. — ¡Ya lo verás, niña! ¡Estos músculos no son por nada! —, fue su respuesta a tan acelerada propuesta. Esperó al momento en que ella empezara la contienda, en que ella tomase con firmeza su mano y no dudase en tratar de derribarlo. En el que ella, después de mirarle fijamente por varios segundos, como si tratase de deducir algún misterio relacionado con su vestimenta, las cicatrices variadas, o el porqué su “mochila” era tan pobre, detalle que a él no le molestaba en lo absoluto, pues vaya, ¿qué tendría de malo que una señorita estuviese mirándole? Había algo para disfrutar en ello.

Hubo un leve acercamiento cuando tal empuñe se aseguró de una vez por todas, donde el mundo alrededor pareciera ralentizarse con el poder de un enfoque preciso. Ella era su contrincante, pero asimismo, era su objetivo principal, y ante lo que más brindaba su atención. Y sus palabras, pese a ser ciertamente reales, llegaron un poco profundo al orgullo del leñador, éste dejando la tensión sobre su mente recaer un tanto sobre su mandíbula, y otro tanto sobre las venas que resaltarían sobre lo bajo de su muñeca, así como los tendones saltando por la fuerza impuesta. Él no era un soldado, pero juraría ante cualquiera que su fuerza ha sido brindada no solamente para la tala de árboles, sino por el bien de otras personas. Ante Emergidos como humanos por igual.

No soy un soldado, pero he hecho lo posible por mi gente —, fue una respuesta modesta, seria, y empedernida en demostrar que no era un simple viajero. No tenía motivos reales por los cuales demostrarle a ella que su hoja bronceada ha perforado armaduras malignas y canallas por cuenta del luchador, quien en riesgo ha puesto su vida. Pero ese fragmento de su espíritu ansiaba, por alguna razón, demostrar que realmente ostentaba valía por lo que ha hecho en pro de los suyos y de los inocentes. Por lo menos, los aldeanos de su pueblo natal, y los niños que rescató junto a Zeta. Comenzó la contienda, de una vez por todas, y podía sentir los esfuerzos de la rival, la fuerza que buscó convocar desde el resto de su cuerpo, su intento por resistir más ante la empuñadura contraria.

Él sonrió, gustoso de ver que era una mujer fuerte, pero ya sabía que la victoria estaba en su alcance. Los labios se distanciaron para mostrar más su sonrisa, la muñeca tensándose más con el fuerzo que él impuso sobre las pulsadas. — ¡Hey! Eres fuerte, eso… ¡eso no lo puedo negar! —, comentó en última instancia, antes de comenzar a bajar la mano contraria, acercándose a la victoria. Y bien, que su vista podría enfocarse sobre la contienda entre sus manos, o la piel descubierta de la niña, particularmente lo que pudiese hallar bajo su clavícula, pero mantuvo esa reñida y rival mirada sobre el rostro ajeno, interesado en lo que evocaría tales palabras sobre la guerra. En sus experiencias con los Emergidos, y lo que ha sido de su vida en contra de esta poderosa plaga.

¡Anda! ¡Imagina que soy un emergido! —, fue la mejor idea que tuvo. No tan eficiente, pero esperaba invocar más de esa fuerza física, si era posible para ella. No quería que la contienda terminase tan temprano.
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Mensaje por Morgan el Dom Dic 09, 2018 6:35 pm

No era buena tomándose en serio las cosas, ni se prestaba siquiera a intentarlo usualmente. Ante los principios firmes o momentos solemnes de otras personas su respuesta usual era sacar algún chiste, reír como para restarles gravedad y empecinarse en desviar las cosas lejos de enfoques que la aburrieran. No era como si el leñador hubiera llegado hasta aquel nivel per se, ni que se pudiera formar mucha idea ella de qué decirle, pero sí había tenido un momento de extraña seriedad, de repente y tan sólo por breves segundos, al mencionar aquello de "su gente". Naturalmente que le había sentado raro, escapaba de su entendimiento rápido o su imaginación. En cualquier modo, Morgan se convenció de que no habría de ser importante el por qué se ponía así, qué vena de honor o de orgullo trascendental tuviera que hubiera hecho muestra de presencia justo entonces. Rodó los ojos; era preferible seguir tonteando, seguir riendo, y aquello dejarlo así nada más.

Ahora tenía una pulsada que ganar. En principio de socarrona sonrisa, dejaba la mirada clavada con asumida soberbia en la ajena, hasta con los párpados relajadamente bajos, como si el esfuerzo no le moviera un sólo cabello. No obstante, a medida que había comenzado a notar su incapacidad de dominar en fuerzas, poco a poco se desvaneció el precoz gesto triunfal. Las palabras de ánimo de su contrincante hasta le sonaban a insulto encubierto. Frunciendo las cejas y aplicándose con cada vez más ahínco, reunió cuantas fuerzas podía en la tensión del brazo, pero no bastaba. No movía demasiado bajo al otro. Al contrario, perdía terreno, y el brazo le temblaba ya por la fuerza que inútilmente descargaba. Las próximas palabras de su contrincante fueron una provocación ya para nada velada, sino directa, un desafío, y ante ello la plegiana no fue capaz de mantenerse ni impertérrita ni callada.

- ¡No me invites a meter mi espada en el asunto, amigote! ¡Que lo hago! - Gritó de regreso, molesta. Pero en efecto, sí, podía recordar más de una ocasión en que un emergido llegara a arrinconarla, en que el asunto fuera o sacar fuerzas de alguna forma, o aceptar la muerte, y desde luego que lo último no lo había dejado suceder todavía. Enardecida tomó la misma actitud corporal que tomaba en esos momentos. Se escuchó el pisoteo de su bota, dando una única y pesada vez contra el suelo con brusquedad suficiente como para remecer las cucharillas y demás sobre la mesa contigua; en una postura firme se acomodaba para resistir, los ojos oscuros casi que chispeando tercamente. Gruñó, empujó, intentó con todas sus fuerzas, como si se quitara de encima a un sujeto que le tuviera ya el hacha en la garganta. No obstante, su brazo continuó bajando. Sintió la madera de la mesa en sus nudillos, y al instante, como si no quisiera ni terminar de apoyar la mano, sólo se soltó, saltando del asiento. Igualmente el ganador había quedado claro, lo habían visto los demás, que aplaudían y celebraban al vencedor. - ¡UGH! ¡Fanfarrón! - Se quejó ella entre eso, agitando los puños indignada, aunque no le había ni dicho nada el sujeto aún, y hasta podía decirse que era ella misma la que había estado fanfarroneando antes de tiempo. Lo que más dolía de toda pérdida era el orgullo, siempre el orgullo. No quería imaginar lo que diría su padre de ella de saber que perdía contiendas triviales, o peor aún, que erraba en calcular y ponía desafíos sin tener la victoria preparada.

- ¡Como sea! Si hubiera hecho como decías, no llegaba a durar tanto la cosa. Tuviste suerta en esa. - Dijo. Agarraba la espada, desde luego enfundada, y la apoyaba de punta en la silla que había estado ocupando. Era una pésima perdedora y no pasaba disimulado el hecho de que se quedaba enfadada, recogiendo también su chaqueta, como para salir. Pese a no haber tenido la fuerza de brazo para ganar esa contienda, seguía con las energías en alto, quizás inclusive más al ser impulsadas por el orgullo herido. Le hizo un amplio gesto con la mano al leñador para que se parase. - Pero no se acaba así, no señor. Dame una segunda ronda en alguna otra cosa y vas a ver, ¡vamos vamos! - Por supuesto que no quería quedarse sentada bebiendo allí mismo donde había perdido, como si nada; quería revancha y revancha hasta poner las cosas en orden, es decir, con ella por encima. No estaba segura ni en qué, pero si nada se le ocurría, el viejo y confiable duelo en modalidad "todo vale" tendría que ser.
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Mensaje por Cormack1 el Lun Dic 10, 2018 9:59 pm

Y no era sorpresa que los ánimos lanzados por el mismo rival sonasen como un insulto oculto cual oveja negra, en afán de hacerle sentir bien, cuando parecía más una burla. Eso parecía, pero Cormack podría asegurar que no lo hacía con tales intenciones: después de todo, ¿de qué sirve la fuerza si no se puede medir? Y no hay mayor gusto que compararse ante seres así o más poderosos, seres que pudiesen revertir esa ventaja y hacerle morder el polvo después de una aparente batalla ganada. Si ganar es importante, pero fortalecerse y aprender es lo que también ama ver en un buen combate. Un poco de progreso más, y una sana rivalidad que los lleve hasta límites que nunca habría imaginado.

Ese mensaje de la niña pareció haber sido imbuido con algo más que un espíritu rival. Fueron palabras de molestia, posiblemente ira. Él no sabía si fue por presumido, o por la mención de un mal como los Emergidos, algo de lo que debían olvidarse en un entorno de entretenimiento como aquel, gustoso y vistoso por ver quién relucía el espíritu más reñido y competitivo, amenizado con los sutiles pero frecuentes sonidos de tarros chocando uno contra otro, y tragos habituales del divino néctar de la alegría, cauces desembocando en un mar donde toda pena se ahogaba, por lo menos por unas horas. Y un poco antes de unos dolores de cabeza, pero normalmente valiendo la pena todo lo ocurrido. La humanidad residente en ese público apostaba tanto para la niña como para el leñador, pero notaban cómo el enfrentamiento se veía tan… disparejo.

Cormack reconocía esa sensación, afín al temblor que emanaba de la mano ajena, nudillos casi rebotando con una intención de resistir y no ceder. Cormack frunció su ceño, pero siempre sonriente, disfrutando la ráfaga abrupta que la niña tuvo que invocar para hacer frente a su mano. Fue todo un honor, así como algo divertido, pero decidió hacerse de una vez con esa victoria que tanto acariciaba su palma y oídos. Como una ola ascendente, la multitud liberaba sonidos de emoción que subían de tono e intensidad, a la par que la mano blanquecina bajaba ante la fuerza bruta del hombre. Las expresiones de la joven, de alguna manera, hacían que la situación fuese todavía más emocionante, pues no era por hacerla molestar, sino por los sentimientos que evocaban de ella. Era lo que hacía de ese enfrentamiento algo valioso, y real, más que nada. Al final, la multitud retumbó con gritos de emoción cuando esos blancos nudillos tocaron la madera, y el leñador alzó su mano libre con un merecido éxito.

Finalmente soltó la mano de la rival, ésta llevada hacia su propio tarro, inerte sobre la mesa, y finalmente dándole un buen trago. Pese a la diferencia entre la fuerza de sus brazos, no cabía duda de que necesitaba uno o dos grandes tragos para hacerse de vuelta con un poco de esa vivaz energía. Las voces permanecieron animando esa fonda, y varias se silenciaron ante el sonido de la funda golpeando sobre la madera del asiento ajeno, los orbes marrones volviendo hacia la figura de la joven. Ante esa muestra de espectadores que se calló, varios otros comenzaron a seguir el ejemplo, hasta que la voz del orgullo se hizo notar con mayor demasía ante otras voces. Y Cormack, todavía esbozando una sonrisa cual presumido, mantuvo su mirada sobre ese semblante de enfado y desafío, pues no era nada más ni nada menos que un reto hacia él. Y vaya, ¿qué sería del ganador de esas pulsadas si osaba rechazar el deseo de su rival? La mano que sostuvo el tarro fue movida una vez más, el ganador llevándose consigo lo último de su bebida hasta que ésta se vació, dejándola caer una vez más con un golpe en seco sobre la rechinante madera. — ¡Eres una niña ruda! Me gusta tu espíritu. —, contestó con interés, confiado y sin saber de lo que ella verdaderamente era capaz. Se levantó de su silla, asegurándose de traer consigo sus pertenencias y su hacha envainada tras su espalda baja.

El embriague ya había comenzado con su acción dentro de su organismo, pero sus sentidos, un poco aletargados, eran viva y justa prueba de que ese gran tarro de cerveza no era poca cosa. Espalda firme y erguida, Cormack mantuvo su mirada sobre la niña. Ahora, ¿en qué podrían poner a prueba sus habilidades? La primera y única idea que llegó a su cabeza, la más obvia, fue prontamente descartada en una ráfaga de ego inflado, una que, bajo el alcohol, ya no temía presentar ante Morgan. — Muy bien, niña, pero… ¿segura que quieres hacerlo? ¿No crees que te vas a lastimar? —, replicó contra el desafío con un tono de burla. Claro, lo más peligroso que podría decir en una fonda, pero ante sus ojos ella seguía siendo una jovencita. Probablemente frágil, que no se valga por su cuenta en un verdadero campo de batalla o, como ella dijo, en una guerra. Ni él mismo sabía si osaba decir tales barbaridades por hacerse sentir superior, o si realmente añoraba una buena medición con ella. Pero esa sonrisa permanecía.

La zurda bajó hasta su propia cadera, donde se asomaba el borde de su hacha. — ¡Adelante! Si quieres, ¡vámonos afuera!
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Mensaje por Morgan el Vie Ene 18, 2019 7:35 pm

A partir de allí, podía pasar una de dos cosas: o que el tipo que le había ganado la vencida se negara a seguir entreteniéndola, en cuyo caso estaría enfadada pero sin más opción sino irse a bajarse los humos, o que siguiera dándole cuerda, en cuyo caso era indistinguible hasta donde fuera a llegar. Por el bien de su orgullo y sin miramientos hacia lo demás, Morgan esperaba por la segunda. Siguió cada movimiento del hombre con la mirada, esperando ese solo gesto decisivo. Lo que este dijo, no sin antes terminar de beber, aún sin asegurar mucho le pareció suficiente afirmativa, lo cual significaba que seguían en competencia. Todavía lo podía derribar y salvar cara. Sonrió con la competitividad pintada en el rostro. - ¡Ha! Ya tendrás más que alabar que eso, ya verás. - Le respondió; donde normalmente cualquier cumplido le venía bien y la alegraba sobremanera, estaba en el nivel de irritación en que con eso no bastaba. Exigiría un reconocimiento mayor que sólo un "niña ruda" antes de que la noche terminara.

Lo mejor era que ningún nivel al que se caldearan los ánimos habría de lucir mal o arruinar la atmósfera festiva. Por más que, en algún otro contexto, se habría visto como demasiado agresiva esa postura de Cormack, parándose ante ella como si quisiera echarle sombra o remarcar la diferencia en alturas y desafiándola, en ese momento no era gran cosa. Todo se volvía parte de la diversión. Los hombres reían y vitoreaban, a media parte no tomándose en serio todo ese tonteo de los contrincantes, a media parte urgiéndolos a que compitieran en otra cosa, pues entretenían. Irguiéndose más firmemente a su vez, Morgan no dudó en encararlo con aplomo, riendo cuando sugirió que podría salir lastimada y manteniendo su terreno. Lo dudaba altamente. Y aunque así fuera, aún tenía algunas dosis de concoction y un par de elixirs de los que podía disponer, por lo que las heridas no eran que temer. Menos aún cuando había aprendido ya que, fuera de Plegia, otros guerreros no entrenaban en los crueles métodos de la herida real y el combate grave, a muerte; la falta de costumbre y la renuencia a apuestas altas le habían dado ventaja en sus entrenamientos con amigos en Nohr, podía volver a pasar allí. Una práctica de combate podía salir bien.

Ya haciéndose a la idea, se tomó un momento de más para repasar al sujeto, en el mismo analítico modo que al apenas verle. Redundante intento, quizás, pero había algo más que llamaba su atención ahora, y que podía modificar sus expectativas del leñador: cuan intensa era la presencia del alcohol en su aliento en ese momento. Todo el sitio olía a cerveza y licores, sin dudas, pero aquel y otros detalles traicionaban a su vista que Cormack podía estar más del ladro ebrio que del sobrio a esa hora, y aquello podía jugarle a favor. Tenía ya la sospecha de que el hombre no era ni un soldado, ni alguien altamente entrenado o largamente experimentado aún; sumar ese elemento pintaba un panorama favorable. Bajó la vista a su mano cuando esta se movió, sin chocar contra el mango del hacha ni fallar torpemente, sino que moviéndose al parecer aún con precisión. No estaba del todo mal, pero podía ser que no estuviera del todo bien tampoco. La comprensión de sus posibilidades brilló ambiciosa en su mirada. Tras aquellos silenciosos y pensativos instantes, la estratega se volvió hacia la puerta de salida con un leve salto en el primer paso, enérgica y algo complacida, replicando tras de sí de buena gana. - ¡Genial! Lo resolvemos afuera. - Gesticuló con la mano para que su oponente la siguiera. Desde luego, algunos de los comensales no tardaron en sumarse también, deseosos de atestiguar lo que venía.

A las afueras de la posada se dirigieron. Sin necesidad de que fuera dicho nada más, por inercia todo se dispuso como para un duelo: un círculo de espectadores dispersos, dejando un espacio considerable en medio para los contrincantes, una de frente al otro. No obstante, y para la molestia de la plegiana, cuando acomodaba su espada a su lado escuchó jocosos reproches de parte de con quienes había estado platicando, que como si hubiese sido sólo un descuido le hicieron dejar su espada y pusieron en sus manos una muy distinta. Una espada con un filo tan gastado que seguramente golpeaba más de lo que cortaba, ciega y menos peligrosa. Lo más razonable, desde el punto de vista general, para un mero entrenamiento. La joven torció los labios en mueca, pero no dijo mucho al respecto. Aún con un arma como esa, estaría bien, a fin de cuentas. Tomando postura ante Cormack, con el arma portada en la zurda y las rodillas ya algo flexionadas, supuso que faltaban sólo los finos detalles.

- ¿Cómo quieres hacerlo, grandulón? ¿El primero en sacar sangre? ¿Al primero en caer inconsciente? ¿Al primer golpe? ¿El primer derribo al suelo? - Su sonrisa creció un tanto a la última sugerencia, que ya había hecho reír otra vez a su público, de imaginar a una mujer tan menuda como ella derribando a uno como aquel. Era casi lo mismo que las vencidas, a primera vista, pero se sentía confiada en que la realidad no era tal. Colmada de ansias, con los brazos más que inquietos y muriendo por hacer lo necesario para recuperar su orgullo, instó. - Tú habla y ya vamos. Como si tu vida dependiera de ello, ¿eh? Como si ya hubieran llegado los emergidos de vuelta, a darle con todo. -
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Mensaje por Cormack1 el Vie Abr 12, 2019 2:15 am

Le daría una segunda oportunidad a la mujer no por complacer al público, tan espectador como chismoso, tan sorprendido como conteniendo una variedad de emociones, sino que se regocijaba en el dulce placer que es hallar a alguna persona que puede dar un desafío. Más, sabiendo que mujeres como ella eran escasas, su pueblo nunca albergando a una dama capaz de hacer algo que sobrepasara las labores de la ganadería o el cultivo. Y era mucho más que una experiencia para añadir a su repertorio de anécdotas e historias, era casi un capítulo más en lo que es su historia, el cómo logró descubrir que el género opuesto puede tener ese mérito de la fuerza y el respeto. Tan sólo ansiaba poder verla en un combate de verdad, defendiendo sus espaldas por su cuenta y haciendo de los Emergidos un blanco más a derribar.

El dueto de entretenimiento de aquella noche salió de la posada, el ring improvisado hecho con la ayuda del público y un círculo imaginario, sobre el cual cada uno tomaba un extremo, mirándose cuales rivales. La zurda, cuyos dedos acariciaban amenamente la madera de su arma, esperó solamente unos instantes antes de que la tomara, deslizándola con suavidad de su cadera para desenfundarla… y, después, dejarla caer sobre el suelo. Una señal que podría ser recibida como la intención de una prueba sin riesgo de heridas graves, o una burla ante la contrincante, como si el leñador supusiera que no habría necesidad alguna de recurrir a su herramienta. De una forma u otra, su verdadera arma, bien, podrían ser sus músculos mismos, contornos torneados y una fuerza que se entrenó frente a los árboles más viejos de su región natal, esculpido como alguien poderoso. Sin embargo, la fuerza era lo único que tenía, posiblemente, y era algo que no llegaría a tomar en cuenta, mucho menos bajo el efecto del embriague. Una vez caída su hacha, embarró su brazo izquierdo en su rostro, más que nada sobre sus labios, quitando cuales restos de cerveza y sudor pudiesen haber, todo antes de hablar.

Vamos a ponerlo simple, si me derribas, tú ganas. Si yo te derribo, yo gano. Simple, rápido, y sin mucho dolor, ¿no crees? —, fue la propuesta del leñador, una mueca con cierto ego dándole la idea a la niña. Después de todo, no podían demorarse tanto planeando el enfrentamiento, pues, ¿qué tan entretenido sería su “duelo” si el gusto por la lucha esperaba? Desarmado, el fornido se irguió una vez más, brazos estirados hacia los lados y haciendo leves movimientos giratorios, estirando los tejidos de sus hombros con el fin de prepararse. Sabía que la niña tenía cierta fuerza, pero, ¿sería capaz de superar la suya? Aquí, la clave no era simplemente ser el más grande y poderoso, sino pensar. Y con Cormack, pensar no era la mejor idea posible. Una vez más, el alcohol no es algo que le dé la ventaja en tal caso.

Con brazos alzados y un gruñido liberado para sí mismo, giró ahora su cuello, la cabeza orbitando en círculos pequeños para finalizar esa muestra de su —claramente exagerada— preparación, y tomó postura, piernas separadas por un metro y los brazos hacia los lados, una postura afín a la de un oso, preparado para intimidar al oponente y hacerle saber que ese territorio era suyo. ”Como si ya hubieran llegado los emergidos de vuelta”, decía ella, pero no se atrevía a esforzarse a tal nivel, por unos momentos subestimando a la joven que le hizo dudar. No obstante, estaba preparado para lo que sea que ella hiciera, probablemente. Las piernas tambaleaban un poco, pero no fue suficiente para detenerlo y evitar su afanado y alegre grito:

¡Vamos, niña, dame tu mejor golpe!
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Mensaje por Morgan el Miér Mayo 29, 2019 6:13 pm

El tipo estaba dejando su hacha, bien, pero no estaba tomando alguna otra cosa en reemplazo, ni un hacha más gastada ni un mísero palo de escoba que usar en el duelo. Ni para fingir que se la tomaba en serio. Interpretando eso de la peor forma posible, Morgan lo tomó a ofensa personal. Nadie parecía verlo de ese modo, nadie se quejaba ni le mandaba a que estuviera armado para igualar a la plegiana, pero para ella sí eran ventajas irritantes que le insinuaban una posición inferior. Chasqueando la lengua, no demoró en clavar de punta al suelo la maldita espada roma que le habían dado, dispuesta a dejarla justo ahí. Nada de armas para nadie, entonces. Probablemente le mirasen raro, pero ya estaba, ahora sólo le importaba la persona a la que tenía que poner en su lugar.

- Hecho. - Dijo con simpleza, en acuerdo a las condiciones propuestas. El tipo estaba muy seguro de sí mismo, eso podía verlo con claridad, un factor inexistente en un emergido pero que usualmente servía al enfrentarse a una persona real y viva. No se esperaría mucho de su parte. El que le dejara lanzar el primer golpe, o más bien que la esperara con postura de quien va a aguantar una embestida, le decía lo mismo también; nadie preocupado dejaba al otro tener el primer movimiento. Con toda razón Morgan tenía que bajar sus humos en ese momento, prestar atención esas cosas y pelear inteligente, eso era lo que su padre le recomendaría hacer en un caso así. Su carácter, su competitividad y su orgullo ofendido querían ir con todo menos calma, pero tenía que mantener la cabeza sobre los hombros.

No sabría decir si estaba cumpliendo con eso, porque apenas el hombre la instó, partió como una flecha fuera del arco, impaciente y sin querer darle espacio de reacción. No obstante, en atacar no fue descuidada. Un solo izquierdazo rápido, sólo para hacerle cambiar la postura, mover los brazos del camino. De inmediato, el movimiento real: un golpe de la diestra hacia la garganta, pues para Morgan usar una mano o la otra era indiferente, acompañado de un intento de barrerle la estabilidad de los pies al meter el suyo tras el ajeno. Su brazo era la mitad del ajeno en grosor, mas igualmente duro, notoriamente definido en contraste a la forma general de su físico. Un puñetazo suyo no era ninguna caricia. No obstante, en lo que más se apoyaba era en la velocidad de sus actos, en que la sorpresa de una cosa no diera tiempo a defenderse del resto, y así, con suerte, el golpe en la garganta fuera el que realmente lo echara hacia atrás, para que el traspié lo hiciera caer. Porque sus pies, sus pies eran lo que había parecido menos firme de todo. Lo que llamaban “elemento sorpresa” era una tarjeta de un sólo uso, a quienes la jugaban más les valía haberse encargado de su oponente en la primera ronda ofensiva. En la opinión de la plegiana, en realidad todo tenía que hacerse en la primera ofensiva, pero eso eran detalles de metodología que no venían al caso. - Abajo, grandote. - Se susurró con impaciencia.

Sus espectadores soltaron un par de "uuh"s y "aah"s, pues para pelea de borrachos envalentonados, no venía nada mal. Y era que decir que Morgan tenía experiencia peleando con personas más grandes sería una total obviedad. Parada bien recta con suerte medía metro y sesenta, era un hecho que la mayoría del mundo le quedaba grande, mas también era verdad que le había tocado enfrentarse a personas particularmente fornidas, del talle de Cormack. Desarmada también, por infortunio, porque cosas imprevistas siempre terminaban apareciendo. La última vez, que había sido con un emergido, la habían agarrado de la cabeza, levantado entera y zarandeado tan duro que le había sido directamente arrancado un manojo de pelo, cosa que le tenía ardiendo el cuero cabelludo todavía. Había aprendido esas lecciones, ahora tenía más claras sus formas de lidiar. A esa en particular le llamaría "técnica contra inebriados de peso mediano a mayor".
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Mensaje por Eliwood el Dom Ago 25, 2019 4:50 pm

Tema cerrado. 80G a Morgan.

Morgan obtiene +2 EXP.

Gracias al incremento de experiencia, Morgan obtiene un nuevo skill de la rama Wyvern Rider:

[Entrenamiento] El Cruce de Tantos Caminos [Privado | Cormack] Salvador Salvador - Permite al jinete aprovechar su rápida movilización sobre wyvern, además del espacio extra sobre este, para retirar a otra unidad del campo de batalla. Una vez que esté con el jinete, al protegido no se le podrán dirigir ataques ni atención enemiga, pasando a ser indetectable, a la vez que se le considerará oculto en caso de tener un límite de espacio o necesitar ingresar a un sitio.
Afiliación :
- LYCIA -

Clase :
Great Lord

Cargo :
Marqués de Pherae

Autoridad :
★ ★ ★

Inventario :
Vulnerary [1]
espada de acero [5]
.
.
.
.

Support :
Marth [Entrenamiento] El Cruce de Tantos Caminos [Privado | Cormack] Iwzg0SR
Lyndis [Entrenamiento] El Cruce de Tantos Caminos [Privado | Cormack] JEIjc1v
Nils [Entrenamiento] El Cruce de Tantos Caminos [Privado | Cormack] JEIjc1v
Izaya [Entrenamiento] El Cruce de Tantos Caminos [Privado | Cormack] JEIjc1v

Especialización :
[Entrenamiento] El Cruce de Tantos Caminos [Privado | Cormack] Espada%202

Experiencia :
[Entrenamiento] El Cruce de Tantos Caminos [Privado | Cormack] Iu4Yxy1

Gold :
435


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