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[Social] Gran reserva [Priv. Roquentín]

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[Social] Gran reserva [Priv. Roquentín]

Mensaje por Hrist el Vie Jul 20, 2018 3:49 pm

El duelo contra el príncipe Pelleas de Daein había acabado, como era de esperar, con la derrota de Hrist. Había despertado en la enfermería, donde le contaron los sanadores que hubo que usar un báculo para adormecer a Logi, que no había permitido que nadie se acercase a ella tras verla caer. Tras hacerla volver en sí, y atenderle el corte en el antebrazo derecho y la hemorragia de la nariz, poca faena más les quedaba por hacer con ella. La advirtieron que la fatiga le duraría aún unos cuantos días, por lo que debía olvidarse de hacer esfuerzos fuertes hasta no estar recuperada del todo. Además, le recomendaron comer algo dulce durante el día para, porque según ellos, le ayudaría a recuperar energía antes. No distaba mucho de lo que Mamá le contaba: que los dulces eran un chute rápido de adrenalina, si bien duraba poco.

Pero llamarlo fatiga era quedarse corto. El simple hecho de levantarse de la cama era una tarea titánica para Hrist. Y vestirse se le hacía un mundo. No es que estuviese muy cansada, es que estaba agotada, exhausta. No sólo le faltaba fuerza, también tenía unas agujetas espantosas. Todo reposo que hacía no era suficiente. Le costaba tanto hacer nada que ni siquiera tenía ánimos para hacerse un moño. Coger el cepillo y acercárselo a la melena rubia era pedirle peras al olmo. Y mucho menos para calzarse su atuendo de jinete de wyvern. De repente, encajar y desencajar el gorjal, ponerse el body, los pantalones de montar… ponerse en el orden correcto las coderas y el guantelete… Por Grima, qué suplicio. Le dolía la cabeza sólo de recordar qué pieza iba primero. Pese a que en el brazo derecho sólo quedaba un poco de dolor si forzaba mucho el músculo, tampoco tenía fuerzas para ir cargando con el hacha larga.

-Brfffft… -hizo, escapándosele la fuerza con cada soplido. –Estoy hecha un guiñapo… eugh… mamá… me duele todo…

Era lo que tenía ir por libre: sólo se tenía a ella sola, y a Logi. Y éste difícilmente le podría sujetar la ropa sin hacerla pedazos con sus dientes. Por otro lado, el wyvern no parecía acusar tanto los efectos de la magia del príncipe. A lo mejor los wyvern, pese a no estar hechos para resistir la magia, tenían mucha más salud que los humanos y se podían permitir perder más de ésta antes de desfallecer. O quizás el último ataque había sido más fuerte y por eso acabó con Hrist mordiendo, literalmente, el polvo de la arena.

Tras oír un par de veces a Logi gemir lánguidamente a través de la ventana, Hrist se obligó a sí misma a levantarse, cuál muerto viviente saliendo de su tumba. Dedicó sus buenos minutos a alcanzar la ropa en la cómoda, a los pies de la cama. Luego, tras atinar a atarse el corsé, tocaba vestirse con algo. Armándose de valor, se resignó a alcanzar sus ropas de calle, lo que solía llevar cuando no iba en “modo mercenaria”: su fiel vestido por encima de los tobillos, el corpiño, y el echarpe. Al acabar de calzarse las botas, estaba convencida de que le faltaría el aliento el resto del día.
Se acercó poco a poco al tocador para hacerse con el cepillo, y se peinó como pudo. Le hubiese gustado hacerse dos trenzas, pero separarse el pelo por la mitad y luego en mechones estaba, por el momento, muy por encima de sus posibilidades. Así que se contentó con poder atarse su querida pañoleta en la cabeza, al estilo campesino de las afueras de Windmire, con tal de que le quedase un poco ordenado y recogido. Se miró unos instantes al espejo. Dejando de lado su rostro agotado y la postura que indicaba que le costaba mantenerse en pie, por lo demás parecía otra joven más de las que caminaban por las calles de Regna Ferox.

Bajó a darle el desayuno a Logi, que tras desperezarse y estirar las alas, la saludó con un golpe de cabeza en el vientre que la hizo caer al suelo de culo.

-Logi, cielo, estoy para el arrastre… -le comentó con una sonrisa forzada. El contacto con el frío suelo le regaló un buen dolor en el trasero. –Vuelvo a la posada a tomar algo, a ver si espabilo un poco…

Agarrándose al morro del wyvern, se levantó despacito, con las piernas temblando. Le acarició suavemente el morro, agradeciéndole la ayuda. Se estuvo unos cuantos minutos abrazada a él. Era tan agradable apoyarse en algo firme…

-Estoy aquí al lado, así que ya sabes… -le dijo, arrastrando las sílabas con esfuerzo. –Pórtate bien.

Logi profirió un gruñido suave, y la vio alejarse fuera de los establos. Hrist entró de nuevo en la posada, y viendo que todas las malditas mesas estaban ya llenas a esas horas, caminó poco a poco hasta la barra, donde se apoyó con los codos cruzados y le pidió al posadero algo para beber. El posadero la reconoció al instante, pese a haberla visto sólo vestida de jinete de wyvern, y viendo el estado en que estaba, le ofreció un sitio en uno de los extremos de la barra, donde se oía un poco menos el jolgorio del resto de clientes. Hrist apoyó su cara en ambas manos, esperando lo que había encargado.  

Le trajo la bebida, una generosa jarra de hidromiel. La acompañaría con sus queridas galletas de miel, que llevaba siempre encima, del mismo tipo que ofreció a Sindri en Kilvas. Pero al levantar la jarra, algo fallaba. Le faltaba fuerza. El bíceps se le quejaba, no podía levantar tanto peso como antes, y el pulso le temblaba como si fuese una niña que había visto un fantasma. Le pareció notar que alguien ocupaba el taburete que había a su lado, pero estaba demasiado concentrada en sujetar bien la jarra con ambas manos, intentando reducir el temblor de su pulso. Por fin, logró acercar la jarra a sus labios y dar un placentero sorbo. Respiró hondo tras dejar la jarra en la barra, y se le ocurrió echar un vistazo al tendido. Fue al dirigir su mirada hacia su lado derecho, que sus ojos aterrizaron en cierto atuendo verde que le sonaba de algo. Tardó unos segundos en procesar esa información y en identificar al individuo.  

Don Resaca acababa de honrarla con su presencia.
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Re: [Social] Gran reserva [Priv. Roquentín]

Mensaje por Roquentin el Lun Ago 06, 2018 6:36 pm

He ganado. Desconozco los detalles que me llevaron a acabar victorioso en tan esperpéntico duelo pero la verdad es que no me preocupan en exceso y simplemente me limito a asimilarlo ya que la alegría de tan inesperado desenlace me permite sobrellevar el pesado dolor que ejerce sobre mí las diversas heridas fruto de una batalla encarnizada de orgullos (aunque desde fuera seguramente se asemejaría a una actuación de un bufón). Intento convencer a la enfermera de que me dé alguna hierba tranquilizante, sin embargo no parece convencida por mis argumentos y me exhorta a irme del local para atender a gente que lo necesita más que yo.

Mi cuerpo me pesa, sin embargo me veo capaz de caminar debido al vigor que me confiere la victoria y no hay mejor celebración para una victoria que ir a beber hasta caer al suelo en alguna tasca cercana, el ver mi deseo tan cerca me motiva y me hace aligerar el paso. Camino por callejones bulliciosos, sin embargo no presto atención al mundo que me rodea ya que el interés que me suscita es más pequeño que ni siquiera parece existir, en realidad el Creador podría haberse ahorrado todas estas variables innecesarias en mi vida y simplemente crear un pasillo recto y vacío de una cama a una despensa con alcohol, la vida sería mucho más fácil. O bueno, podría haberse ahorrado mi mísera existencia, que tampoco estaría mal...

Calculando cuanto me quedaba de vida según el alcohol que consumía, una fuerte risa me saca de mis cavilaciones y me conecta de nuevo con el mundo real, el pasillo blanco infinito que había creado se desvanece y a mi alrededor aparecen barriles, redes, humanos y hasta un gato; sin embargo entre todos estos objetos no interesantes destaca el foco de aquella risa: un hombre obeso, calvo y con la barriga manchada de dios sabe qué, cráneo braquicéfalo y un cuello que parece funcionar por resorte y que sigue un movimiento mecánico que no parece cesar, pupilas grandes que al fijarme en ellas durante en unos minutos me sumerjo en un mundo negro, a su lado una caja de hongos que parecen el causante de todo aquel delirio. Había oído anteriormente sobre la existencia de tales alimentos, sin embargo hasta ahora no me habían suscitado interés, sin embargo aquel ser de sebo me ha seducido, con la seguridad por las nubes tras el combate decido coger la caja y salir corriendo, sin embargo no parece necesario gastar tanta energía ya que el hombre sigue quieto profiriendo fuertes gritos de vez en cuando. Me como todo el contenido de la caja y la tiro al suelo, ahora solo quedaba esperar a que sus efectos se hagan visibles, pero para antes de que eso pase veo conveniente pedir indicaciones para la taberna más cercana ya que no sé cómo me comportaré después de sumergirme en aquel prometido mundo de locura.

A pesar de que aquel señor me ha asegurado que no está muy lejos, llevo media hora caminando y no llego, camino, camino, camino, camino, un pie, ahora el otro, vuelta a empezar como un reloj... Visión borrosa... Una fuerte palmada de un soldado me devuelve al mundo real, no sé lo que me está ladrando pero más gente clava su indiscreta mirada en mí, ¿por qué? Al ver que estaba en una plaza circular dibujo mi trayectoria en la mente y llego a la hipótesis de que llevo andando en círculos un buen rato, avergonzado ligeramente me desvío sin soltar palabra y rezo por acabar en aquella tasca.

Intento rememorar y seguir las indicaciones que me dio el señor atacado por destellos de color, voces desconocidas y molestos rugidos de wyvern -a pesar de que no hay wyverns cerca-, siendo víctima del prejuicio social al ver como las madres exhortan a que sus hijos aparten su mirada de mí. Finalmente llego a la tierra prometida, abro la puerta con gran ímpetu y recobrando el amor propio despojado por el hastío que me produce vivir, me siento en la barra no sin antes tropezarme con bastante gente, sin embargo, ¡ningún altercado grave juas, juas, juas!

El señor de la barra parece darse cuenta de mi estado pero no le da importancia, no seré el primer colgado que aparece en ese estado por allí -Deme néctar de los dioses con urgencia, ¡por favor!- le pido así mi bebida confiando en su criterio para que decida él que es el néctar de los dioses a lo que me responde con una mirada que implora la muerte. Finalmente me trae cerveza, sin embargo me doy cuenta de que la petición fue por inercia, ya que en realidad no tengo ganas de beber, aun así contemplo aquel vaso que quiere enseñarme cosas bonitas, ¡está bailando para mí! Maldición, nunca nadie ha hecho algo tan bonito por mí, ¿verdad que sería un crimen bebérsela?

En aquel momento giro mi mirada a la izquierda y percibo como unos ojos se clavan en mí -Siento una presencia...- digo cómicamente, posteriormente me doy cuenta de que yo a aquella mujer la conozco, sin embargo las sensaciones que me transmiten son nuevas -¿Qué tal chica del wyvern? ¿Qué te ha traído a tierras tan lejanas? ¿La gloria? ¿El amor? ¿O quizá el torneo? ¡Oh gran torneo del que no sé cómo he salido victorioso de la primera ronda.- dije mientras me reía sin ninguna razón, el poder social que me confería esta cosa era... Demasiado grande, puedo ordenar mis pensamientos pero la parte de mi conciencia que maneja el habla parece haberse independizado completamente. Me hace cosquillas mi pelo.
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Re: [Social] Gran reserva [Priv. Roquentín]

Mensaje por Hrist el Sáb Ago 11, 2018 7:31 pm

Hrist parpadeó unos instantes, boquiabierta. Sus ojos fatigados intentaban encajar lo que creían ver, y lo que sus confusos oídos escuchaban. ¿Qué estaba sucediendo? Aquél no era el mago arisco y huraño que recordaba de su estancia en Begnion. ¡Tampoco apestaba a alcohol! ¿Quién era él y que había hecho con el auténtico Don Resaca? Sin ninguna duda, aquello tenía que ser algún sueño extraño, producto del agotamiento agudo tras el combate. Tenía que ser eso. Luego despertaría en la enfermería. Seguro. Pero antes de despertar, como le sucedía en todos los sueños extraños que tenía, pasaría algo bizarro e incomprensible: a lo mejor Don Resaca se quitaría el sombrero teatralmente, su pelo castaño se habría vuelto morado, y una desquiciante risita (“Ahuhuhu~”) resonaría en toda la taberna.

Clavó la mirada en él. Aunque con el sombrero puesto apenas lograba verle los ojos ensombrecidos por el ala de éste. Ah… El sombrero… la fruta prohibida para Logi. Le costaba trabajo apartar la vista de la pluma amarilla que lo coronaba. No la recordaba tan llamativa.

-H-Hola, Señor Mago. –atinó a decir, con un hilo de voz, tras despegar los ojos de la pluma.

“Chica del wyvern”. Qué honor. La había ascendido de categoría. ¡Ya no era “tú”! Ahora era… la “chica del wyvern”. En ese caso, si él la llamaba así en su cara, sabiendo su nombre (porque tenía que saberlo, otra cosa era que no le resultase tan interesante para recordarlo… pero algo le decía que del de Mulitia sí que se acordaba), ella podía llamarlo “Señor Mago”. Y con más razón, porque el joven no le dijo en ningún momento su nombre. Ni antes, ni durante, ni después del trabajillo en Begnion. Ay… En qué situaciones la ponía Anankos… Necesitaba un trago.
Volvió a asir la jarra de hidromiel con ambas manos, escuchando a Don Resaca. La punzada de dolor en el brazo derecho al levantarla le hizo empequeñecer los ojos y fruncir los labios fugazmente, pero no se quejó. Tras dar un merecido sorbo, se relamió los labios lentamente para no desaprovechar ni una gota, y deshizo todo el esfuerzo para dejarla de nuevo en la mesa sin que se le escapase de las manos. De todos los días en que podía cruzarse con semejante individuo, tenía que ser cuando se le caían las cosas de las manos.  

-Pffft… -como no logró ahogar la risa tonta que le escapó, se tapó la boca. Apoyada en la barra, cogió una galleta, se la acercó a la boca, y le dio un mordisco desganado. -Bueno, “lejanas”… -gesticuló el entrecomillado con una mano no muy firme. –En realidad, Regna Ferox me cae mucho más cerca de casa que Begnion. –le contestó, antes de dar otro bocadito a la galleta. –Pero no, poca gloria le espera a una humilde mercenaria del montón como yo en un país como éste… -le respondió con un suspiro, cerrando los ojos con resignación. Viendo las pegas que le habían puesto para entrar por ser nohria, lo mismo se encontraba con alguna ley que le impidiese cobrar recompensas por trabajos de alta remuneración. O una restricción que impidiese a cualquier nohrio realizar más de determinado número de encargos.

-Hahaha… el amor, dice… -se rio lentamente, muy bajito, con la fuerza escapándosele con cada “Ha”.

Se quedó unos instantes en silencio, con la cara apoyada en una mano. Era un tema que siempre acababa colándosele en los pensamientos. Y no le apetecía ponerse a pensar en ello. No cuando le costaba trabajo no tumbarse en el suelo, hacerse un ovillo, dar las buenas noches y taparse con su capa de viaje. Era una asignatura pendiente, y no tenía ni fuerzas ni ganas de reflexionar sobre ello. No en aquel momento, ni con aquellas pintas.  

-¿Y a ti? ¿Eso es que a ti sí te trae el amor a Regna Ferox? –quiso saber, pasándose las manos por la cara para espabilarse un poco.

¿Habría llegado hasta Regna Ferox buscando impresionar a alguna chica? ¿Huyendo de algún matrimonio concertado que no era de su agrado? ¿Perseguido por el padre de alguna jovencita casta y pura (o eso creería el padre) a la que le habría robado la “honra” en alguna sórdida taberna? Naaaaah… Apenas le había visto una vez, pero la intuición le decía que su amor verdadero eran las bebidas espirituosas. Lo imaginaba cantándoles baladas al anochecer y durmiendo junto a las botellas vacías hasta el amanecer. Con sumo cuidado, para no romperlas en mil pedazos mientras se daba la vuelta.  

-¿El torneo? –los ojos se le abrieron de repente. -¿Tú también has participado en la primera ronda? - Se lo quedó mirando, esperando su respuesta.

Por primera vez, sintió curiosidad sincera y genuina. ¿Qué podía haber atraído a un individuo como él a un evento de aquel calibre? Quizás se había metido en un embrollo gordo y necesitaba la pasta del premio para salir del aprieto. Arrufó un poco las cejas al pensar que podría haberse enfrentado a él, y no a Pelleas de Daein, en la primera ronda. ¿Hubiese acabado igual?

-Enhorabuena. –Acertó a felicitarle, con los párpados medio caídos. –Por lo menos a ti te ha ido bien…

Por el rabillo del ojo le pareció percibir a un par de clientes señalándola con más o menos disimulo, pero hablaban demasiado bajo como para saber qué decían. ¿Podía ser que la hubiesen reconocido, y que se estuviesen riendo de ella por la estrepitosa caída que sufrió en el combate? Bien pensado… ¿Habría hecho mucho el ridículo antes de caer derrotada al suelo? No recordaba mucho al respecto, sólo un remolino de imágenes borrosas y sonidos vagos… Puso los ojos en blanco durante unos instantes. Era mejor ignorar los supuestos cuchicheos.

Aunque, puestos a pensar en los combates… Si en vez de tocarle con el mismísimo príncipe Pelleas, su oponente hubiese sido, por ejemplo, Don Zifar, la cosa hubiese estado mucho más igualada. Pero prefería enfrentarse a un rival correcto y educado como el príncipe… en vez de a un mago malhumorado con resaca que daba puñetazos a las puertas, o a un jinete de wyvern cerca de la jubilación que se lanzase al aire gritando “¡TÉCNICA IGNOTA DE LA CABALLERÍA DE CARCINO!” y se fustigase innumerables veces si fallaba.

Borró inmediatamente esas dos últimas imágenes de su mente con una rápida sacudida de cabeza, antes de que fuese demasiado tarde.  

-Lo siento, he tenido días mejores. –Se disculpó por inercia, casi tapándose media cara con la mano en la que apoyó el rostro. Miró unos instantes sus galletas, y volvió a mirarle. -¿Te apetece? –hizo, acercándole una galleta de miel, con la mejor sonrisa conciliadora que el cansancio le permitía poner. –Te debe de haber ido muy bien si sales tan fresco y feliz… ¿Contra quién peleaste?

A diferencia de ella, que tenía la herida del brazo derecho cicatrizando todavía, y con algún que otro moratón en el cuerpo oculto por la ropa, a él no le veía ni un rasguño. Ni parecía estar hecho polvo. ¿Se habría enfrentado a otro mago? También estaba la remota, remotísima posibilidad, de que se hubiese enfrentado a alguien bebido o con resaca. O mejor, que ambos fuesen con una cogorza del quince. ¡Un duelo de borrachos, a ver quién veía más doble o triple al otro! O que los dos tuviesen resaca. ¡Duelo de resacas! ¡¿A quién le estallaría antes la cabeza con el griterío del público?! Lo mismo soltaron las armas y se liaron a botellazo limpio hasta que uno de los dos cayó…

-Vaya, me perdí tu combate. –comentó, centrando su mirada en él de nuevo.–¿Cuándo fue? Me debió pillar estando todavía en la enfermería…  

O mientras estaba molida, estirada miserablemente en la cama de su habitación en la posada, maldiciéndose a sí misma por no tener poderes mágicos que le permitiesen cambiarse de ropa sin moverse, o sufriendo en silencio dolores musculares y articulares, cada vez que tenía que levantarse de la cama.

-Supongo que para la siguiente ronda estaré mejor… Iré a verte pelear. –dejó caer sonriendo, cogiendo otra galleta de miel.

¿Don Resaca en acción? Eso tenía que verlo. Y desde las gradas, mucho mejor. Le contaría a Logi los detalles a la salida del combate. Como decía el abuelo, “el jinete y el wyvern que marujean unidos, permanecen unidos”.
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