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[Social] Línea recta [Priv. Lucius]

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[Social] Línea recta [Priv. Lucius]

Mensaje por Zephiel el Lun Jul 16, 2018 7:35 pm

Eran aquellos tiempos de levantamiento, sudor y esfuerzo. Desde la capital a la amplitud de Bern, la esperanza de sus habitantes se sostenía sobre el grosor de un hilo. El temor de nuevos ataques reinaba en la memoria de los sobrevivientes, y sin embargo, no había quien se rindiera ante el camino que se les erguía delante, por muy empinado que fuera. Sobre todo Zephiel, quien entregaba todo de sí en manejar los avances de su reino, de cada camino en el mapa, cada villa y pueblo que aún se tuviera en pie, incluso si su visión del futuro se mantenía tan solo por el deber y el más puro instinto de supervivencia. Y por eso mismo, no retrocedió al conocer que su presencia era requerida en uno de tantos asentamientos sobrevivientes de la guerra.

Aquella ciudad había sido de gran utilidad durante la resistencia militar de Bern. Más fortificada que muchos otros asentamientos, cercana a un río y con gran amplitud de visión, era considerada de gran importancia estratégica por el monarca. Y por esa misma razón, al encargar los trabajos de reconstrucción a sus subordinados, dio especial énfasis a reforzar las defensas del pueblo por sobre todas las cosas, incluso sobre reploblar los hogares y reestablecer su economía. Aquellas cosas, por supuesto, no tenían utilidad alguna si los emergidos volvían a apropiarse del lugar, un plan de acción geométrico y metálico que, hasta ahora, daba sus frutos.

Para comprobar los avances de aquel proyecto, y aprovechando que debía de trasladarse a otro asentamiento que requería su presencia, Zephiel viajó hasta aquella ciudad en persona, acompañado de un bien cerrado séquito de guardias. Como siempre, prefirió la vía aérea por sobre el trayecto a pie, llegando a destino el mismo día de partir, durante el atardecer. Desde su perspectiva aérea  podía fácilmente adivinar el progreso de los trabajos, notando que por fin los muros dejaban de estar derrumbados y derruidos por el clima y la violencia.  En la plaza de la ciudad se erguía un modesto asentamiento con tiendas varias, elementos de construcción, y una corriente continua de trabajadores yendo y viniendo por las calles y a sus lugares de descanso. Era una organización digna de aprecio, pero incluso si podía estudiarla de antemano, debía de consultar a sus subordinados sobre los detalles que le concernían. Descendió sin intentar de ninguna manera esconder su presencia, atrayendo los ojos de los presentes de inmediato, quienes hicieron espacio a su alrededor e intentaron continuar trabajando ante la tentativa de distraerse ante tan imponente visita. El rey descendió con calma, esperando a que sus guardias se reunieran y ataran a las bestias a sus respectivos lugares, para así encontrarse con el hombre a cargo de sus órdenes.

 - Capitán. ¿Cuáles han sido los sucesos? -preguntó mecánicamente el rey, quien de pronto fijó los ojos en el lugar de donde había provenido aquel hombre. Parecía ser una tienda nueva, y desde allí podía escuchar murmullos, varios. Podía imaginar de qué se trataba; eran rezos de los trabajadores, y sin duda no pasaban desapercibidos a sus oídos.

 - Mi rey. -respondió el hombre con una justa reverencia.- hemos logrados reafirmar los muros con éxito. Puedo predecir que en menos de una semana el proyecto habrá acabado en su totalidad. Respecto a la moral de los hombres... ha sido difícil mantenerla a pie, no voy a negarlo. Si en la capital se sostenían de sus familiares y de nuestro himno para llevar a cabo las reconstrucciones, en este sitio se hace patente la ausencia de estas cosas. Recién comprobaba, eso sí, este lugar detrás mío. -señaló brevemente por su espalda, aunque Zephiel, habiéndolo mirado ya, no se molestó en hacerlo una segunda vez.- lo armaron los trabajadores esta mañana  para rezar a Santa Elimine. Una particularidad, pero es ahora que me doy cuenta de lo mucho que hacía falta en sus mentes. Necesitan variar del trabajo, sin duda.

 - Puedo notarlo. -respondió Zephiel. Su desinterés era patente, pues, como siempre, prefería ignorar aquellas actividades.- Después de reparar los muros, espero ver que se comience la reconstrucción de los caminos. Y si es posible, han de terminar de demoler los edificios que ya no se tienen en pie. -ordenó Zephiel, tan solo confirmando lo obvio. Acto seguido pensaba investigar por su cuenta las defensas recién establecidas, lo que no le llevaría demasiado tiempo. Su capitán, sin embargo, llamó su atención una última vez.

 - ¿Y la capilla, mi rey? Las peticiones que he recibido de reconstruirla no dejan de llegar.
 
 - Demasiado ornamentada. El costo de reconstruirla no compensa su utilidad. -Zephiel la conocía. Había convivido allí suficiente tiempo en el pasado como para saber de qué hablaba.- Han de demolerla también. La prioridad es volver a levantar las torres. Las viviendas y la capilla corresponden a quienes deban repoblar la ciudad. -dictó friamente. Eran sus palabras definitivas, eficientes como habrían de esperarse del rey de Bern. No cabía duda de que este último funcionaba sobre todo por una lógica militar, necesaria, por supuesto, en tiempos de guerra. Y ante aquella corriente de pensamiento no valía la pena negarse, por lo que su capitán asintió a sus órdenes sin interceder nuevamente, separándose de su camino.

Zephiel por su parte se separó de la mayoría de sus guardias, dejando que solo un par lo acompañara mientras recorría el asentamiento. Pensaba marcharse antes del anochecer, por lo que se preocupaba de recolectar cuanta información necesitara en el menor tiempo posible. Era fácilmente visible por los trabajadores, pero ninguno tenía el valor de mantener la vista en el monarca más de un segundo, a pesar de que este probablemente nunca devolvería la mirada.  

Zephiel, por su parte, se preocupaba de recordar las defensas y escaramuzas que se habían desarrollado dentro de esos muros. También recordaba el encuentro que había llevado a cabo durante sus defensas para la ciudad, y como había quedado en su memoria incluso a pesar de su brevedad. Parecía no estar atento a nada más que sus pensamientos.
Afiliación :
- BERN -

Clase :
Marshal

Cargo :
Rey de Bern

Autoridad :
★ ★ ★ ★ ★

Inventario :
Espada de bronce [2]
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Experiencia :

Gold :
1962


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Re: [Social] Línea recta [Priv. Lucius]

Mensaje por Lucius el Vie Ago 24, 2018 1:22 pm

En lo referente a las ponencias más devotas de toda Elibe, la respuesta de los feligreses era tan obvia como de clara era el agua. No cabía duda alguna que de todas las naciones, Etruria era la predominante por ser la cuna de la religión en el continente tal y como la conocían actualmente, amén del hogar de aquella que una vez fue heroína y pasó a ser Santa. No obstante, de no tenerse en cuenta al sacro reino, y de tener que elegir a un segundo que lo sucediese en cuestión de devoción por la Santa, la mayoría daría su voto a la nación militarizada de Bern. Reino centralizado en su imponente ejército, sí, pero también con una gran aceptación hacia la Santa entre sus ciudadanos. Por supuesto, la religión tomó un papel mucho más importante allí desde los tiempos en los que el antiguo rey Desmond contrajo matrimonio con uno de los miembros de la realeza etruriana. Incluso el pueblo de Bern confiaba en que el hijo que surgió de la unión de los dos gobernantes, ahora actual monarca del país, no dejaría que las enseñanzas de la Santa quedasen relegadas a un plano menor.

Para Lucius, Bern era un destino que tarde o temprano debía visitar para proseguir con su formación y labor. Quizás, de no haber sido por su contacto con la casa Cornwell años atrás, su peregrinaje le hubiese llevado mucho antes hasta allí. Pero eso ya no importaba. Siendo que Lord Raymond seguía en mitad de su viaje hacia las tierras de Durban para ejercer allí como espada a sueldo, no veía razón alguna para quedarse quieto mientras esperaba. Como devoto de la Santa, era su deber dirigirse hacia aquellos lugares más vulnerables. Y tras su reciente resurgimiento contra los Emergidos, Bern era la mejor de las opciones que tenía a su disposición.

Tal como imaginaba nada más llegar, el país se hallaba en una situación demasiado sensible pese a salir victorioso. Demasiadas heridas frescas que sanar, demasiados ciudadanos que necesitaban algo en lo que apoyarse. Obvio que el rey sería una figura muy influyente y necesaria para ello, pero nunca era suficiente. Lucius lo sabía muy bien. De modo que su primera parada fue la capital, en donde pudo quedarse con una primera imagen de la situación general del reino: enormes pales apilados en las murallas y un tropel de carromatos cargando con material para las reconstrucciones eran el pan de cada día. No obstante, podía percibirse en la gente ese brillo esperanzador en sus rostros al contar con la seguridad de que los cimientos de su hogar se erigirían tal y como eran antaño.

La situación en la capital era buena, pero… ¿Cómo era en las ciudades y pueblos de la periferia? Era aquello lo que tenía más en vilo al monje, sobre todo tras escuchar los testimonios de aquellos en la capital que alegaban tener familiares allí que trabajaban día y noche en las reconstrucciones. Sin embargo, fue justo en aquella pequeña ciudadela a la que llegó de madrugada donde se llevó una curiosa y grata sorpresa. Puede que la antigua capilla del lugar hubiese quedado en un estado deplorable tras los ataques de los Emergidos, pero ello no desanimó a unos fervientes trabajadores para erigir en su lugar un pequeño asentamiento en una de las tiendas del campamento. Sencillo y para nada ostentoso, pero más que suficiente para cumplir con su cometido.

Un par de horas después tras haber sido recibido muy gustosamente cuando los obreros se enteraron de que era un siervo de la Santa, escuchar sus peticiones y trasladarles los deseos de sus seres queridos e la capital, Lucius reposaba en el interior de la improvisada capilla, sentado en un taburete y observaba plácidamente a los trabajadores expugnar su fatiga espiritual. Dando cuenta de que uno de los hombres se le acercaba por un costado haciéndole gestos con el brazo, hizo acopio de unas pocas fuerzas para levantarse de su asiento. A este paso, tendría que mejorar su resistencia si no quería caer rendido en mitad de sus peregrinajes.

Ah, hermano. Buenos días. Espero que haya podido descansar un poco. Me sabe mal que lo hayamos tenido de un lado para otro, y eso que aquí disponemos con un espacio muy pequeño. —Rió el hombre, pasándose una mano por la nuca—. En fin, ya sabe que cualquier cosa que necesite, díganoslo de inmediato. Es lo menos que podemos hacer después de haberse molestado en traernos noticias de nuestras familias en la capital.

Lucius abrió un poco la boca, abrumado, y alzó una mano en un gesto modesto para quitarle importancia. —Oh, no os preocupéis por mí, por favor. Solo cumplía con mi cometido. Me basta con saber que los trabajadores de por aquí tienen la conciencia tranquila. Debe de ser muy duro estar tanto tiempo separados de sus seres queridos. —Sintió una punzada de añoranza con esas últimas palabras, tratando de disimularlo meneando la cabeza. Él también tenía familia en el otro extremo de Elibe por la que padecía y se preocupaba según pasaban los días. Lo único que podía hacer era rezarle a la Santa Elimine para que velase por su seguridad y volviese sano y salvo. Aunque conociendo a Lord Raymond, iban a hacer falta muchas plegarias para que su temeridad no le jugase una mala pasada.

Entonces, un ruidoso tumulto de voces que provenía de afuera comenzó a escucharse. El hombre con el que estaba hablando Lucius enarcó una ceja y miró por encima del hombro hacia la salida de la tienda. Le hizo un gesto al monje para que aguardase y, acto seguido, atravesó las dos hojas de la tienda para salir. Consternado, Lucius no pudo evitar sentir una mezcla de curiosidad y preocupación por cómo las voces iban ganando volumen y disgusto en sus tonos. Al final, imitó al obrero y se dirigió a la plaza para encontrarse con una concentración de operarios que discutían entre ellos con sendos rostros de decepción, y otros tantos de indignación. El joven feligrés encontró al hombre de antes no muy lejos de allí y se acercó hasta este con aires acongojados. —¿Ha ocurrido algo?

Al hombre, al girarse y dar cuenta de que era Lucius quien le preguntaba, compuso una expresión con la que parecía que se le hubiese atragantado un hueso en la garganta. Se tomó unos pocos segundos para serenarse y confesarle: —Es la capilla, hermano. Nos han dado órdenes de demoler lo que queda de ella y priorizar los accesos a las fortificaciones.

Lucius abrió los ojos de par en par, atónito por semejante revelación. Pero… ¿Cómo era aquello posible? ¿Tan desesperados estaban los altos cargos por mantener la seguridad en las calles que tenían que llegar a esas medidas? ¡Inconcebible! Ni siquiera cuando Etruria pasó por una época de decadencia años atrás se planteó el derribar ni una sola de las casas de la Santa. No, no. Esto ya no solo era por su devoción. Allí en Bern se necesitaban más que nunca todas las figuras posibles a las que el pueblo pudiese acogerse en momentos de debilidad. Si se arrasaba con ellas, ¿qué otra cosa les quedaba a aquellas pobres personas?

Por favor… —Lucius alzó la voz, pese a que le salió un timbre inseguro. De ninguna manera se le hubiese ocurrido lo que estaba a punto de hacer si hubiese sido en cualquier otra situación. Su naturaleza se lo hubiese impedido. Pero cuando se trataba de asuntos de fe —sobre todo si era la fe de otros—, incluso él era capaz de atravesar el muro psicológico que había de por medio—. Llevadme hasta vuestro capataz, por favor. O a quien hubiese dado la orden. Trataré… de hablar con él y hacerle entrar en razón.

Santa Emiline… Ojalá no estuviese cometiendo una insensatez.
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