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[Entrenamiento] La buhíta que se vistió de medianoche [Privado; Ram de Montmorency]

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[Entrenamiento] La buhíta que se vistió de medianoche [Privado; Ram de Montmorency]

Mensaje por Sindri el Mar Jun 26, 2018 7:36 pm

Las gradas de la Arena de Regna Ferox eran un mundo aparte. Verdaderamente era una experiencia maravillosa, pero difícil de describir para los que no estaban allí. Al principio no parecía gran cosa, simplemente una amalgama de gente sentada en diversos óvalos, uno por cada piso, esperando que comenzara el combate en cuestión. La gente hablaba, chillaba, saltaba o estaba en silencio concentrada, pero a toda la muchedumbre la unía un solo sentimiento. Todos los allí presentes estaban hambrientos. Famélicos. Hambre de conflicto. De sangre. Oh sí, desde el primer momento que se abrían los dos enormes portones a cada lado la audiencia entraba en una especie de trance que duraba hasta que el árbitro marcaba el final del combate. ¿Y qué sucedía durante todo este tiempo? La gente elegía un favorito. Elegía quizá a quién no apoyar. Y se volcaba en ello. Cada movimiento, cada ataque, cada envite. La muchedumbre vitoreaba, abucheaba, se sorprendía o se indignaba. Nunca todos al mismo tiempo, pero no importaba lo más mínimo. Los cánticos, los gritos, los aullidos, todo se volvía una cacofonía imposible de separar en el estadio. La voz de la multitud. La voz de la audiencia. La única voz que se hacía escuchar.

Obviamente esa era la teoría, pero Sindri era muy reacio a hablar cuando sabía del cierto que nadie iba a escucharle, por lo que estaba pulcramente sentadito en su lugar comiendo un trozo de empanada de carne mientras observaba el combate a punto de terminar. Había quién opinaba que el hecho que un participante del torneo observara luchas ajenas podía ser algo extremadamente poco deportivo: a fin de cuentas, estabas adquiriendo información antes de tiempo sobre tus posibles rivales. Pero no estaba prohibido. De hecho, nadie le dijo nada cuando compró la entrada, cuando se sentó en la grada, cuando comenzó el primer combate ni en el momento de comprar su almuerzo. Además, el combate de Sindri era uno de los últimos del día siguiente… ¿Qué podía hacer sino? La ciudad estaba completamente vacía en aquellos momentos, el único centro de atención era el coliseo. Las posadas estaban cerradas, las tiendas habían colgado el cartelito de “volvemos en cinco minutos”… incluso los carteristas estaban haciendo el agosto entre las multitudes despreocupadas de turistas.

Lo único entretenido que había ahora era ese panem et circenses proporcionado por Altea.

¡Y tan interesante que era este combate! Dos enmascarados batiéndose en duelo usando nombres falsos, uno de ellos empleando Magia de Ánima y el otro una espada común y corriente. ¿Que cómo sabía que eran falsos? Primero, porque nadie hacía el paripé de ir con una máscara en un lugar donde la visión era especialmente necesaria daría su verdadero nombre para que fuera gritado a los cuatro vientos. Y, más importante, segundo… porque conocía la identidad de uno de los participantes.

¿Harpier? ¡Pero si era la sirvienta Candela de Ilia! Ram Amelia Isabella de Montmorency, podías haber cambiado tus galas por otras, incluso ataviándote con una imponente capa, pero seguías vistiendo de blanco y negro como una doncella. Tu rostro podría estar bajo una máscara de aspecto aviar, pero tu cabello con una tonalidad rosada tan particular te delataba incluso a tanta altura. Y las palabras se las llevaba el viento, pero aquel idioma… Sindri lo había oído antes, si bien no entendía ni una sola palabra. De hecho, había sido amenazado de manera semejante en el pasado, en la Gran Biblioteca de Ilia, por lo que la inflexión y los sonidos se le habían quedado grabados en la mente por su propia seguridad. El hecho que su arma predilecta fuera la Magia de Ánima no hizo más que confirmar sus casi certezas sobre la identidad... aunque en cierto modo le extrañó de sobremanera el hecho que fuera magia de viento y no la magia de fuego que casi quema la Gran Biblioteca de Ilia. De hecho, una parte de lo que le llevó a emplear un grimorio de Archfire de entre los tres elementos que los espíritus de la Magia de Ánima ponían a disposición de sus usuarios fue la memoria de cuán efectiva fue ella peleando contra los Emergidos que se colaron en el edificio en busca de la Zona Restringida.

Ilia.

El muchacho se levantó de su asiento en cuanto el combate terminó. El trance había terminado y el público comenzaba a despertar. Algunos hicieron como él y comenzaron la larga procesión hasta llegar fuera del estadio, o tal vez hasta el lugar con comida más cercana. Otros, en cambio, se quedaron donde estaban y comenzaron a comentar lo que les gustó del combate entre los enmascarados mientras esperaban impacientemente que el próximo enfrentamiento. Recorriendo el camino inverso de la manera contraria a la que llegó y molestando el máximo número de gente posible, Sindri llegó a los túneles que comunicaban al vestíbulo. La luz y el sonido se apagaron a la vez de manera casi mágica, lo que dio un respiro momentáneo al hechicero cansado ya de tantas voces y gritos. Resiguió juguetonamente con la mano la pared ladrillosa del hogar de los combates mientras caminaba tan rápido como la multitud le dejaba hacia la salida.

Ilia.

Una vez abandonó Ilia tras algunas incursiones en su Gran Biblioteca, puesto que había tanto y tanto conocimiento que no podía dejarse en manos de los Emergidos, no había vuelto a pensar mucho en ella. No por sentimentalismo o por suprimir voluntariamente los pensamientos, no. Simplemente, no había tenido ninguna razón para hacerlo. Pero ahora que había visto a la señorita Ram Amelia Isabella de Montmorency no pudo evitar hacerse algunas preguntas. ¿Habría estado ella en Ilia cuando la gran invasión de los Emergidos sucedió? ¿O, como él, se salvó por estar fuera de las fronteras del país glacial? ¿Tendría interés en las nuevas que traía de su país de residencia o le sería indiferente esa información? ¿Querría volver en algún momento a reclamar el reino o había encontrado su nuevo hogar en otro lugar? Esas y más cuestiones rondaban su cabeza mientras salía del coliseo y comenzaba su caminata hasta encontrar la puerta que buscaba bajo la luz del tardío atardecer.

Sabía bien que los participantes entraban y salían por puertas especiales, él mismo las usó durante los combates preliminares del torneo. Si Ram de Montmorency había salido por aquella puerta, el laaaaaaargo túnel la conduciría hasta la puerta de salida que estaba justo aquí. Sí, sí, esta. La grandota de madera con dos enormes aldabas con cabezas de animales. Al menos por la que salió Sindri… ¿O fue la puerta contraria? Daba igual, era una puerta como esa. Exactamente igual. Por lo que Sindri, ni corto ni perezoso, se cruzó de brazos y se apoyó contra la pared que estaba justamente al lado del enorme portón, dispuesto a esperar todo el rato que fuera necesario para saludarla. Era un decir, claro, no es que fuera a esperar toda la noche allí ni nada.

A ver cuánto tarda la señorita Ulula en salir… – mencionó mientras se arropaba con la capa y se tapaba la cabeza con la capucha. Si el asunto iba de misterio y de identidades secretas, Sindri también podía jugar a eso. Con nombres en clave y ropa que los hacía irreconocibles entre la multitud. Sin embargo, mientras pasaban lentamente los minutos Sindri se dio cuenta que el túnel también tenía muchos otros pasillos accesorios que la doncella podía haber tomado para salir de ahí. Además, había posibilidades también que hubiera decidido quedarse a ver el siguiente combate del día, por lo que habría subido hasta las gradas.

Ahora que se puso a pensarlo con detenimiento, quizá esto no había sido la mejor idea del mundo…
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Re: [Entrenamiento] La buhíta que se vistió de medianoche [Privado; Ram de Montmorency]

Mensaje por Ram de Montmorency el Sáb Ago 04, 2018 11:05 pm

Qué absurdo… —masculló con contrariedad a la vez que transitaba a lo largo de un oscuro e interminable túnel de piedra. Tal y como había hecho antes de su enfrentamiento contra el otro enmascarado, el ruido de sus pasos volvía a retumbar en las paredes del lugar, devolviéndole un eco corto y seco que enfatizaba la soledad de aquellos antiguos pasadizos ubicados bajo el coliseo de Regna Ferox. En aquel primer momento se había sentido algo abrumada ante la expectativa de estar presente delante de tantos espectadores, pese a que el gesto adusto de su rostro, parcialmente oculto tras la máscara de madera blanca, no había dejado siquiera entrever una pizca de su nerviosismo. Pero ahora, tras el desafortunado desenlace de su combate en el torneo, los pasillos del sótano de la construcción permanecían vacíos y desprovistos de su bullicio diurno. El público se había retirado a sus hogares antes de que anocheciese, al igual que la mayor parte del personal encargado de velar por la correcta organización el evento. Así que dejándose guiar únicamente por el tenue fulgor de las antorchas, Ram se limitaba a cavilar sobre su humillante derrota ante el espadachín llamado Anri.

A pesar del rechazo que sentía hacia Altea, no le quedaba otra alternativa que aceptar a regañadientes que el otro enmascarado merecía ser el vencedor. No porque admirase la destreza de su esgrima, o la firme compostura que este supo mantener en la batalla. Sino porque simple y llanamente, la había dejado fuera de combate en un abrir y cerrar de ojos. La enorme ira que sintió poco después de despertar en la enfermería estuvo dirigida solo hacia sí misma; en su incapacidad para sobreponerse ante un rival que, en principio, se había encontrado en desventaja frente a la versatilidad de su magia. Los fracasos se seguían acumulando, y le pesaban en su conciencia hasta el punto de hacerla dudar de su propia competencia. ¿Para qué querría el amo Virion a alguien tan inútil como ella? Más que una fuente de alivio estaba siendo un auténtico lastre para él. Rememoraba con vergüenza el pequeño incidente en la audiencia real concedida por la reina de Durban, y se culpaba también por no haber protegido apropiadamente a su señor durante la emboscada de emergidos en Sacae. Pero la lista de fracasos, derivados de sus malas decisiones, se remontaba incluso desde muy atrás. “Padre… Rem…”. Pensar en los nombres de quienes habían sido sus seres más queridos la llenaba de un sentimiento de amarga desazón y de culpa, pero olvidarlos sería una falta de respeto a su memoria. Tenía que hacerse responsable de sus errores. Enfrentar su pasado. Ése era el único motivo detrás de la absurda pantomima de disfraces y máscaras. Ocultar su identidad no era en absoluto un acto cobarde para que no la reconocieran, sino más bien todo lo contrario. La capa negra ondeaba tras sus botas marrones, mientras que su rostro permanecía aún escondido tras la máscara aviar que recordaba a los rasgos de un búho.

Si todo salía tal y como lo había planeado, aquella noche sería memorable.

Hoy enmendaré mis faltas —murmuró con convicción a la vez que aferraba contra su cuerpo el ajado grimorio que había empleado en su último enfrentamiento. Se trataba de un viejo tomo de magia de viento, cuya encuadernación no era muy diferente de la de su manuscrito de fuego. La tapa era bastante sólida, y estaba forrada con cuero teñido de un tono esmeralda. Detalles en dorado adornaban la cubierta y el lomo a modo de florituras, otorgando al volumen  una apariencia poco humilde, casi aristocrática, mientras que sus centenares de páginas desgastadas estaban escritas en un idioma olvidado. Hacía ya un tiempo que su anterior propietaria ya no estaba entre los vivos, pero Ram no se sentía con fuerzas de desecharlo como si fuese una basura. Lo trataba como tesoro y memento, y estaba decidida a encargarse de que sus verdaderos enemigos entendiesen lo que simbolizaba.

Su tendencia a distraerse con sus propios pensamientos no había cambiado en absoluto después de tanto tiempo. Por ese motivo no reparó en el amistoso saludo que le dirigieron los guardias que resguardan la salida del coliseo, y que supieron reconocerla como la participante Harpier gracias a su extravagante atuendo. La brisa nocturna se coló en el interior del túnel en cuanto las grandes puertas de madera se abrieron con un sonoro chirrido, y la maga de ánima cruzó el umbral antes de que los pesados portones se cerrasen detrás de ella. Entonces se detuvo para inspirar aire, que expulsó poco después en forma de un profundo suspiro. Creyéndose a solas consigo misma, se dispuso a contemplar la luna creciente que alumbraba el firmamento. Mas el sonido de una capa ondeante que no era la suya la alertó de que estaba en presencia de otro individuo. “¡No puede ser! ¡¿Tan pronto?!”, pensó mientras se daba la vuelta con brusquedad y abría el libro de magia por una página al azar, dispuesta a invocar cualquier potente ráfaga de viento que le ayudase a cumplir con su cometido. Pero la esbelta figura que esperaba apoyada sobre la pared, aunque sospechosa, resultaba también extrañamente familiar. Podría cubrir su cabeza con una capucha, pero su rostro estaba al descubierto, y por ese motivo la sirvienta de cabellos rosados supo reconocer a alguien que jamás hubiese esperado volver a ver. Tras unos segundos inmóvil y en silencio, decidió cerrar su el tomo de magia y adoptar una postura más relajada.

Habéis escogido una noche especialmente peligrosa para salir a pasear —dijo en un tono de voz suave e inesperadamente amable. Ram se quitó la capucha y la máscara con una parsimonia inusual, para que así el otro joven pudiese verle el rostro sin que hubiese madera tallada de por medio—. Me alegro de volver a veros, Sindri.

Durante su primer y último encuentro, había tardado apenas unos minutos en olvidar el nombre de aquel mago oscuro hacia el que guardaba una mezcla de rencor y admiración a partes iguales. “Al fin y al cabo”, se había dicho a sí misma en aquel entonces, “una mente tan brillante y ocupada como la mía tiende a desprenderse de la información innecesaria”. Pero tras la conclusión de aquella pequeña excursión a la Zona Restringida de la biblioteca, había descubierto que sencillamente no podía olvidarse otra vez del nombre del misterioso hechicero. Se trataba de la segunda persona ante la cual se había mostrado tal como era en realidad, sin máscaras ni entresijos que sirviesen para perpetuar su impecable imagen de sirvienta sin emociones. Por esa razón, y también debido a que en el fondo agradecía compañía durante aquella noche, se permitió dedicarle una breve sonrisa nostálgica. Ram sabía que su relación con Sindri bien podría tildarse de compleja y contradictoria. Habían sido aliados capaces de cubrirse las espaldas mutuamente, pero también fervientes enemigos. Los hechos le permitían confiar hasta cierto punto en él, pero a su vez no creía prudente fiarse de alguien que se postraba ante la oscuridad. Pero, ante todo, Sindri era para ella un muro que debía de derribar algún día para demostrarse a sí misma su propia fuerza.

Y bien, ¿queréis algo de mí?
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Re: [Entrenamiento] La buhíta que se vistió de medianoche [Privado; Ram de Montmorency]

Mensaje por Sindri el Dom Ago 05, 2018 8:06 pm

Primero de todo, cualquier persona que hubiera visto el respingo que dio la señorita Harpier cuando notó su presencia y cómo adquirió una postura de combate en milésimas de segundo coincidiría que fue absolutamente a-do-ra-ble. Al menos la primera parte, la mayoría de gente prefería no ser amenazada con un libro de magia si podía evitarlo, pero el Hechicero continuó apoyado en la pared con lo que parecía una tranquilidad absoluta. Si tan sólo hubiera trastabillado ligeramente o hubiera tartamudeado un poco ya sería algo digno de inmortalizar en una obra de arte… pero la sirvienta se recuperó demasiado bien para eso – ¿De nuevo? Hay hábitos son difíciles de abandonar, por lo que veo. – y tras decir eso, rio suavemente durante unos instantes, como si todo no fuera más que una broma de alguna clase. No era la primera vez que Sindri se había encontrado a merced de un hechizo cortesía de Ram Amelia Isabella de Montmorency, pero tuvo que reconocer que esta situación se arregló mucho más rápidamente que la anterior. Quizá ya no le consideraba “peligroso”. Quizá veía con buenos ojos ahora la Magia Arcana. Quizá se arrepentía de lo que sucedió en Ilia. O quizá se despertaría en su cama del castillo de Ryerde y se alegraría que sus últimos años sólo habían sido una terrible pesadilla.

Tras unos momentos de tensión aguada la mujer se quitó el disfraz y la máscara, momento en el que Sindri aprovechó para dedicarle una cortés reverencia. Claro que la mujer había tratado de matarlo en el pasado, pero aquello no era ninguna excusa para olvidar sus modales ante una dama de la alta sociedad. Sólo entonces se quitó él la capucha, correspondiendo el gesto de la Maga de Ánima, y se pasó la mano por el pelo unas pocas veces antes de decir – ¿Peligrosa? Tiene usted toda la razón del mundo, pero en mi opinión la noche es uno de los mejores momentos del día para dar un paseo. Hace más frío, hay mucha menos gente por la calle, se pueden ver las estrellas… ¿Qué más puede pedírsele? – los estudiantes de las Artes Arcanas se veían naturalmente atraídos hacia la noche, o eso le dijo su maestra años y años atrás. También era muy cierto que ciertas maldiciones agradecían una capa de discreción y de oscuridad y que muchos rituales requerían obligatoriamente la luz de la luna ya fuera luna llena o media luna – Aunque… ¿Quizá lo que usted quiere decir es que es una noche “especialmente peligrosa” porque he salido yo a dar una vuelta? – mencionó con una sonrisa socarrona. Estaba tomándole un poco el pelo, claramente no había manera de coger esa frase con ese sentido, pero a cualquier Hechicero le gustaba pensar que aquello que más miedo daba en la noche era él. O ella, si era una Hechicera.

¿De veras? ¿No me engaña? ¿Seguro que se alegra que esté aquí? – preguntó repetidamente el muchacho ladeando la cabeza levemente con cada interrogante. Le hacía cierta gracia como lo había planteado: la Ram de Montmorency que conoció en la Gran Biblioteca de Ilia jamás asociaría su presencia con algo positivo. Pero con su sonrisa y su tono jocoso trató de dejar claro que no hacía más que una chanza – Me alegro yo también mucho de verla, Ram Amelia Isabella de Montmorency. Es un verdadero gozo verla sana y salva teniendo en cuenta lo que ocurrió en Ilia… – se refería, claro, a la conquista del país septentrional de Elibe por los Emergidos. La sirvienta de pelo rosa era la primera persona de Ilia que veía con vida, por lo que quizá otros se habían salvado y habían conseguido refugio en otros países. Sindri no era alguien que tuviera esperanza, pero era un alivio ver una cara conocida después de tanto y tanto tiempo.

Pero entonces, cuando la mujer preguntó si quería algo de ella el Hechicero hinchó los carrillos e hizo unos dramáticos y exagerados pucheros. Separándose de su querida pared, Sindri dio unos pasos hacia la señorita pelirrosa mientras ponía sus brazos tras su espalda de forma extremadamente teatral, dejando que su nueva capa ondeara al viento. Cuando estuvo un poco cerca de la mujer (dejando siempre la distancia que se esperaba de un caballero) se arqueó hacia adelante aprovechando que le sacaba unos treinta centímetros – ¡Qué mala es usted con sus fans, señorita Harpier! Yo sóóóóólo queríííííííía un autóóóóógrafo de mi gladiadora favorita del Torneo de Regna Ferox. – el muchacho empleó un tono compungido fingido con tintes de estar ofendido. Ya sabéis, esa voz quejica que arrastra las vocales para tratar de dar un poco más de fuerza a su argumento. La voz que hacías cuando imitabas a una persona y querías dejarla en ridículo. Esa voz – Y aquí me ha tenido, hora tras hora esperándola. Nada me iba a denegar el verla de nuevo: ni el calor, ni el sol, ni el viento huracanado, ni la nieve, ni la lluvia, ni… – hizo aspavientos bruscos y rígidos con los brazos a cada palabra, como un actor novel con sueños y esperanzas al que le han dicho que hay un cazatalentos entre la audiencia. Claro está, no hacía tanto que había acabado el combate y no había llovido ni nevado y la brisita que corría por el lugar era una muy, muy rica que se agradecía muchísimo.

Inspirando hondo y volviendo a una posición neutral, el Hechicero cambió a un tono que una persona normal y corriente usaría… si esa persona fuera Sindri, claro. Adornó su sonrisa con una cara que había perdido en el furor teatral anterior, como para enfatizar lo que iba a decir a continuación – Ahora en serio, quería felicitarla por la gran muestra de la Magia de Viento que nos ha ofrecido hace un rato. ¡El viento es un elemento mucho más versátil de lo que creía! Aunque, claro, yo pensé que usted usaría Magia de Fuego para el combate… – casi hizo un mohín con la última frase. ¡Mira que le había conseguido encontrar un Tomo de Archfire que usar! ¡Y en honor suyo, ni más ni menos! De hecho, esta iba a ser una de las pocas veces que tenía pensado usar Magia de Ánima… sólo necesitabas no llevar contigo un tomo elemental para que te tocaran todos los Magos de Luz del mundo entero – Todo sea dicho de paso… si usted me ofrece un autógrafo lo aceptaré de buen gusto. Pero de Ram de Montmorency o, si no está, de Candela, si es posible. Ahuhuhu~ – dijo con una sonrisa ladina y unos ojos entornados mientras daba un par de pasos hacia atrás con algo de humor y le daba algo de espacio. Quizá cierto nombre le evocaba malos recuerdos y, en caso que así fuera, era bueno poner un poquito de tierra de por medio.
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Re: [Entrenamiento] La buhíta que se vistió de medianoche [Privado; Ram de Montmorency]

Mensaje por Ram de Montmorency el Jue Ago 16, 2018 9:01 pm

El mundo había cambiado mucho desde el pequeño incidente en la Gran Biblioteca. Algunos reinos se encontraban bajo el dominio de los infames emergidos, a la vez que otros se estaban erigiendo sobre las ruinas de antiguos imperios caídos en decadencia. Aquellas naciones que se negaban a adaptarse a los nuevos cambios se veían inexorablemente conducidas a sucumbir ante el yugo de los misteriosos invasores. Tal había sido el destino de Ilia, cuyos parajes nevados permanecían sumidos en un inquietante silencio, mientras que sus pequeñas aldeas se encontraban abandonadas por culpa de una amenaza que nadie podía comprender aún en su totalidad. Ram Amelia Isabella de Montmorency mentiría si dijese que no sentía preocupación por los habitantes de aquellas lejanas tierras que le habían dado cobijo y dignidad. En Ylisse no había sido más que la hija huérfana de un donnadie fallecido en circunstancias aparentemente naturales. Pero en Ilia, había pasado a convertirse en Ram, criada y maga con talento al servicio del sabio Kato. Todo cuanto tenía en la actualidad se lo debía en gran parte a la inhóspita nación mercenaria de Elibe, y por ese motivo le costaba abandonar la sensación de que en aras de dedicarse a cuidar de quien era su nuevo amo, estaba en realidad traicionándose a sí misma. La joven de cabellos rosados se consideraba feroxí por derecho de nacimiento, pero también sentía que su corazón pertenecería para siempre a Ilia.

Quizá esa fuera la razón por la que la presencia de Sindri la tranquilizaba en parte, pese a tratarse de un mago oscuro. Las noticias procedentes de la nación helada eran tan escasas y contradictorias, que no había tenido modo de averiguar si su antiguo amo y sus demás criados se encontraban bien. Tampoco sabía si los humildes habitantes de la aldea que utilizó de refugio antes de conocer al señor Virion habían sobrevivido o no. Tanto esmero en aprender a ignorar sus inquietudes delante de reinas y legiones de emergidos resultaron ser fútiles, y al descubrir que al menos una de las personas que la vinculaba a su pasado estaba sana y salva la llenaba de una amarga alegría.

Sindri reaccionó a su hostilidad inicial con uno de sus típicos comentarios despreocupados. “Hábitos difíciles de abandonar…”, repitió para sus adentros en el momento que cerraba su tomo de magia. Tenía que darle la razón en ese aspecto. Apuntar con un grimorio al bibliotecario bien corría el riesgo de convertirse en una especie de ritual para saludarle. Sentía que su antigua personalidad, extremadamente racional y arisca, aprobaría la sugerencia de ir un paso más allá e intentar atacarle con compactas corrientes de viento. Pero era evidente que ella había cambiado. No podía negar que el hecho de estar al servicio de su nuevo señor había acabado por influenciarla hasta cierto punto, pero ese no era el único artífice del cambio. Fuera de la manera que fuese, ya no seguía viendo en Sindri un peligro del que cuidarse. Una amenaza a la que neutralizar por el mero hecho de estar al servicio de un poder que no comprendía, y que detestaba desde lo más profundo de su alma. Nada era lo mismo, y el reencuentro con el mago oscuro le servía para darse cuenta de lo mucho que había madurado en tan poco tiempo.

Sindri tenía cierta tendencia a tomar sus palabras y a tergiversarlas a placer, otorgándoles un nuevo significado acorde a sus intereses. Esa era una característica que la sirvienta recordó ni bien el hechicero empezó responder su advertencia acerca de lo que acaecería aquella noche. Pero dar tantos rodeos sobre un mismo concepto no era algo solo propio de Sindri. Podía considerarse una especie de juego entre los magos más experimentados. Aquellos con el intelecto suficiente como para dedicar sus vidas al estudio de la magia, solían encontrar cierto regocijo en los juegos de palabras y acertijos. Al igual que el fuerte presumía de músculos ante el débil, el listo presumía de inteligencia ante el tonto. Era una mala costumbre de la que ella era también practicante, pero de un modo mucho más sutil que su extravagante interlocutor. Por esa razón, desprovista de su rencor irracional hacia la Oscuridad, podía ver a través de los comentarios despreocupados de Sindri, y sabía que éste entendía a lo que ella se estaba refiriendo. Prefirió no malgastar saliva en responderle por el momento, y esperó a que este le revelase sus verdaderas intenciones.

Pero nada la había preparado para la respuesta teatral que vino después. Aún con su semblante gélido fue incapaz de reprimir la gran impresión que sintió al ver el inesperado comportamiento del bibliotecario. Tanto drama. Tantos pucheros. Sintió algo de temor al ver una reacción tan exagerada en el otro muchacho, creyéndole totalmente poseído por la Oscuridad a la que rendía pleitesía. Ram retrocedió titubeante varios pasos con expresión tensa hasta quedar de espaldas contra el tronco de un árbol seco. Eso era algo nuevo. “¿Qué mosca le ha picado de repente?” se preguntó mientras deslizaba con disimulo sus dedos sobre el lomo de su libro de magia, preparada para responder con firmeza y violencia. Le haría recobrar el sentido a golpes si llegaba a hacer falta.

Deteneos —le ordenó entonces en un tono de voz que reflejaba su incomodidad. Volteaba su rostro ruborizado hacia un lado y hacia el otro para asegurarse de que nadie había escuchado toda esa sarta de tonterías. Le resultaba bochornoso ser objeto de tanta adulación extremadamente absurda. Por fortuna, Sindri recuperó su compostura habitual tan rápido como la había perdido. El hechicero la felicitó por su anterior combate en el coliseo de Regna Ferox, pero añadió algo decepcionado que habría deseado volver a ver su magia de fuego en acción.

La magia de fuego es demasiado inestable y difícil de controlar. Las llamas residuales pueden expandirse y causar estragos si no se tiene cuidado. De hecho, algunos de sus practicantes temen cometer un descuido y acabar consumidos por ellas algún día —explicó de manera académica y fingiendo que la actuación anterior de Sindri nunca había ocurrido—. Así que creí que utilizar el elemento del viento, que es más preciso, me permitiría combatir sin restricciones y sin hacer daño al público por accidente.

A medida que hablaba, Ram fue separándose del tronco del árbol. Se amparaba bajo sus explicaciones para intentar ocultar que se había sentido algo intimidada instantes atrás. Pero aun así existía verdad en lo que estaba diciendo. En lo referente a la magia de fuego, se consideraba toda una experta, por lo que conocía de antemano sus virtudes y defectos. Pero había otro motivo que la había incentivado a escoger el viento como elemento en su enfrentamiento contra Anri. Un motivo que prefería no revelarle al mago oscuro, que en esos momentos seguía empeñado en pedirle un autógrafo a ella, o a Candela…

Por vuestro bien. Os aconsejo que me llaméis por mi nombre —respondió tajante. A la hora de poner apodos molestos, Sindri parecía ser todo un genio, y Ram tenía la impresión de que su advertencia no bastaría para disuadirle de seguir bromeando con el nombre de Candela, y ahora con el de Harpier.

En todo caso, me temo que nuestro breve reencuentro ha llegado a su fin —dijo poco después—. Hay algo importante de lo que debo ocuparme esta noche.
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Re: [Entrenamiento] La buhíta que se vistió de medianoche [Privado; Ram de Montmorency]

Mensaje por Sindri el Lun Ago 20, 2018 11:00 am

Mármol y fuego.

Eso fue lo que Sindri pensó mientras vestía una sonrisa cortés y escuchaba las palabras que Ram de Montmorency se dignó a dedicarle a pesar del extremo y atávico desagrado que sentía por él. No es tampoco que eso le llevara muchísimo tiempo a la sirvienta, que seguía tan lacónica y tan poco dado a la charla informal como en una biblioteca de Ilia infestada de Emergidos. ¿Qué había en la red? Una orden, una clase didáctica de Magia de Ánima tan concentrada que podría hundirse en un lago, una amenaza sin velo y una despedida tan seca como el clima de Sacae en pleno verano. ¡Menuda pesca del día! Incluso los gatos arrabaleros del puerto, altivos y engreídos como son, sentirían pena por él al verle volver con aquello. Otra cosa no pero quedaba patente que, aunque quizá no lo consideraba peligroso, sí debía considerarle poco más que una frívola molestia a la que no valía la pena dedicar ni dos minutos de su áureo tiempo. ¡Ya se sentía como en casa! Echaba de menos el frío de Ilia y, mira tú por donde, lo había encontrado en la actitud de la doncella.

¿Por donde iba? Ah, sí. Mármol y fuego.

Mármol porque la expresión de la muchacha no pudo sino hacerle recordar aquellas estatuas de las cortes de Lycia hechas con tal blanco material. Bellas y hermosas, nadie podía negar eso, pero también portaban para el resto de la posteridad una expresión congelada en el tiempo. Aunque, ahora que lo pensaba bien, incluso los mayores escultores de Elibe trabajando sin descanso durante diez años tendrían problemas para esculpir una cara tan inexpresiva como la que la mujer recompuso de los pedacitos rotos anteriormente. ¿Inexpresiva? ¿O era simplemente que Sindri era incapaz de reconocer esa expresión? Esos ojos, especialmente. Verdaderamente esa mirada sería capaz de encandilar a artistas durante siglos y siglos… si no los destrozara primero y los condujera por la senda de la amargura. Una férrea y determinada mirada, en opinión del muchacho. Sostener esa mirada se le asemejaba a querer empujar una cascada hacia arriba con sus manos desnudas.

Fuego porque sus mejillas se encendieron durante unos instantes, dando algo de color a aquellos suaves pómulos de alabastro. Sus ojos también rompieron filas por unos meros instantes, casi como si tuvieran pánico que algún público hubiera acudido a ver la magistral interpretación del hechicero. Sindri encontró realmente enternecedor eso, casi como si hubiera vuelto a la Zona Prohibida de la Gran Biblioteca de Ilia para ver a Ram Amelia Isabella de Montmorency quitarse la máscara. No la máscara de Harpier que había llevado durante el combate, sino la máscara que sabía que estaba llevando en aquellos momentos. La victoria era pequeña, pero la tomó, como un gato que ignoraba que el ratoncito había pasado para poder jugar un ratito más. Pero recordaría aquellas mejillas rosadas, oh, cuánto las recordaría. Un recuerdo para la posteridad.

Sonrió lupinamente y esperó con paciencia que la mujer se cerciorara que nadie los estaba mirando en aquellos momentos… la única persona ahí que parecía tener prisa era la sirvienta del hogar al fin y al cabo. ¿Él? Él podía pasarse la tarde y la noche entera en aquel ligar sin muchas repercusiones – ¡Qué modesta, señorita de Montmorency! ¡Cualquiera diría que no le gustan los halagos por merecidos que sean! Pero no puede pedirme que no la felicite por un combate tan interesante. ¡Estaba ahí yo, a primera fila, animándola! ¿Que me oyó entre el gentío? – preguntó arqueándose de nuevo un poquito hacia delante. Claro que no había dicho absolutamente nada mientras observaba el combate, demasiado trabajo tenía en ver bien lo que estaba ocurriendo… pero ella no tenía por qué saber eso, ¿cierto? – Pero supongo que honraré su petición atendiendo al pasado que nos une. No quisiera tampoco abochornarla recordándole cuán magnífica, fantástica y maravillosa es usted. – le guiñó el ojo y se llevó el dedo índice de su mano derecho a los labios, como queriendo decir “este es nuestro secreto”.

Ahora tenía que contestar algo sobre la Magia de Ánima, pero existía un pequeño, minúsculo e ínfimo problema… ¡Él no sabía casi nada de magia elemental! Es decir, sabía lo básico: el Triángulo de las Armas, los hechizos, la teoría, como conjurar, como moldear… pero nunca había profundizado más. ¿Alguien le podía culpar? Tenía acceso al mayor poder que ha conocido este mundo, ¿Por qué debería conformarse con juguetitos coloridos para niños? – Una magia capaz de consumir a su usuario si no la controla bien… tal vez soy más afín a la magia de fuego que a las demás Magias de Ánima por esa razón. Familiaridad. – se llevó la mano al mentón y elevó la mirada al cielo mientras se perdía en sus pensamientos. Había hablado con un tono más bajo de voz y parecía que estaba hablando consigo mismo más que respondiendo a la maga de ánima con cofia de sirvienta – Pero no sé yo si la calificaría como “difícil de controlar”. Simplemente es cuestión de mostrar tu autoridad ante las llamas y someterlas a su voluntad. Ya sabe. Además, en un entorno bélico seguro que es mucho más efectiva porque es inestable y caprichosa. – para él era fácil decirlo. Imaginad que en un circo os hacen entrenar de domador de animales en una jaula con una silla y un látigo y cada día hacen entrar a un león enorme con unos colmillos afilados y aserrados. Un león azabache que ruge, que salta, que patalea y que impone. Un animal que podría acabar con el domador de un zarpazo, pero sólo juega contigo y te da coba, esperando un momento para llevarte al otro mundo. Pero aprendes a tratar con él. Aprendes a defenderte de él, a convencerle que haga algún truco que otro, que se siente en la silla, por ejemplo. Pero siempre con el conocimiento que es un depredador y estás a su completa merced.

Bien, ahora imaginad que un día se abre la puerta de la jaula y en vez de entrar el león entra un gatito anaranjado.

¡Hablando de Magia de Fuego! Quizá tengo aquí algo que le interese dedicarme… – comenzó a excavar teatralmente en su viejo zurrón, pero sabía perfectamente donde había dejado lo que estaba buscando. Un libro rojo al lado de un libro negro, ambos dos en perfectas condiciones y guardados de forma que no sufrirían ni el más mínimo desperfecto en su transporte – ¡Aquí está! – y, con parsimonia, agarró con cuidado el grimorio y lo sacó de la bolsa tratando de ser lo más dramático posible. Los últimos rayos de sol del día cayeron suavemente sobre las portadas del grueso grimorio carmesí cuando el hechicero se lo tendió a la mujer para que lo viera mejor: un Tomo de Archfire nuevecito. Uno de los catalizadores de hechizos de Magia de Ánima más poderosos y avanzados que se conocen – ¿Quiere una pluma, señorita? Si puede ser, me gustaría que la dedicatoria sea algo como “Para mi mayor fan, Sindri” o “Para Sindri, gracias por apoyarme durante todos estos años” o “Sindri, espero que sigas apoyándome en el futuro” o… – incluso el muchacho que desdeñaba la Magia de Ánima debía reconocer que ese Tomo de Archfire era impresionante. ¡Y bien debía serlo teniendo en cuenta lo que le costó encontrarlo! Una cubierta de piel de buena calidad teñida de un color rojo intenso que era suave, pero firme, al tacto. Una serie de decoraciones doradas en las esquinas del libro combinaban a la perfección con el dibujo de una chispa amarilla, o quizá de una estrella, en el centro. Y el interior… ¡Oh el interior! Páginas de una inmensa calidad escritas con cuidado con tinta ni muy espesa, ni muy aguada – Seguro que eso me ayuda en mis combates venideros en la Arena de Regna Ferox. – mencionó con una sorprendente tranquilidad y falta de énfasis. Pero para un oído experto había dejado caer dos datos importantes como quién no quiere la cosa: que lucharía en el Gran Torneo de Regna Ferox y que tenía planeado emplear el Tomo de Archfire. Estaba perfectamente seguro que la doncella podría leer entre unas líneas perfectamente premeditadas.

Ram Amelia Isabella de Montmorency, me temo que tildar de breve este reencuentro es ser demasiado generosa. Yo tenía planeada una charla larga y tendida donde nos contaríamos las últimas noticias y anécdotas de nuestros viajes… – la engañó descaradamente. Cualquiera que conociera a Ram de Montmorency durante unos pocos minutos sabría que haría falta un nivel de persuasión y carisma inhumano para que le contara lo que había desayunado. Casi, casi se necesitaría algo de chantaje. Sí, seguramente necesitaría algo de gran calibre, que la hiciera sonrojar para… un segundo. De pronto, una lámpara de aceite se encendió sobre su cabeza – Oh, bueno, si tiene que irse, supongo que no puedo impedírselo. Peeeero como usted bien apuntó, esta es una noche especialmente peligrosa, por lo que es mi deber cívico acompañar a una damisela y asegurarme que no le ocurre nada. – técnicamente, su deber como Hechicero era ser la persona mala que se ocultaba en las sombras. Detalles. Minucias. Cosas sin importancia – Obviamente, usted está en pleno derecho de negarse. ¡Faltaría más! Pero, si lo hiciera, tengo un discursito que la convencerá sin dudas. Aunque, visto lo visto, usted es difícil de convencer… – miró al suelo unos instantes con un gesto contrariado en su cara, fingiendo estar descorazonado. Expresión que cambió al momento, cuando levantó la mirada hasta los ojos de la muchacha, ladeó la cabeza y dijo con voz triunfal, como si hubiera caído en la cuenta de algo – ¡Oh! Entonces sólo tendré que hacerlo en una voz extremadamente alta para que sea escuchado bien y toda la calle pueda oírme. Quizá alguien me ayude a convencerla~ – y, tras decir eso, se llevó la mano al pecho e hinchó los pulmones de aire. En sus tiempos como aprendiz en una troupe jamás le dejaron hacer roles importantes en las funciones teatrales. “Sobreactuaba demasiado”, le decían. Pues bien, a veces un mal actor era capaz de atraer mucha más atención que uno bueno.
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Re: [Entrenamiento] La buhíta que se vistió de medianoche [Privado; Ram de Montmorency]

Mensaje por Ram de Montmorency Ayer a las 6:26 am

Parecía que el tiempo había hecho que la sirvienta de cabellos rosados olvidase algunas de las facetas que caracterizaban la personalidad excéntrica de Sindri, si es que esta podía ser tildada de alguna manera. Su primer encuentro en la Gran Biblioteca de Ilia había resultado fugaz, pero suficiente para dejarle grabada en la memoria esa carcajada tan siniestra como molesta, o esos enrevesados comentarios que amenazaban con volverse interminables si no eran interrumpidos bruscamente. Pero por otro lado apenas recordaba algo acerca de su tendencia a la teatralidad excesiva. Tampoco de su deformado sentido de la elocuencia. Por ese motivo no había sido demasiado difícil sorprenderla instantes atrás, cuando el mago oscuro puso todo su empeño en fingir que era su más ferviente admirador. La respuesta emocional de la joven pareció satisfacer con creces las expectativas del hechicero, que por fortuna decidió hacer caso de su petición desesperada para detener semejante espectáculo innecesario. Al menos durante los instantes que dedicó la maga a asegurarse de que no había nadie en los alrededores escuchándolos. Tan acostumbrada a servir a otros en silencio y a pasar desapercibida, Ram detestaba convertirse en el centro de atención de repente. Mas ese no parecía ser el caso de Sindri, quien se comportaba como si disfrutase acaparando las miradas de todo el mundo.

Máscara y sonrisas.

Todo cuanto era el hechicero podía resumirse en esas dos palabras. Máscara porque no hacía falta conocer demasiado a Sindri para darse cuenta de que se sentía cómodo actuando. A través de comentarios inocentes y de ademanes inofensivos, ofrecía a los demás la falsa ilusión de no ser más que un bibliotecario manso y tranquilo, pese a que la realidad resultaba ser muy distinta. Ram todavía recordaba cómo había sido inicialmente engañada por sus apariencias largo tiempo atrás, descubriendo por mera casualidad que aquel ratón de biblioteca canijo y cansino era en verdad un mago oscuro. “O más bien arcano, si me rindiese ante las inoportunas correcciones de mi interlocutor tan ilustrado en la materia”, se decía para sus adentros siempre que pensaba en el término. A Sindri parecía resultarle sencillo además de grato interpretar papeles. Hasta ahora le había demostrado que, en función de las circunstancias, sabía adoptar el rol de intelectual pedante, de ciudadano preocupado por el bienestar del mobiliario de la Gran Biblioteca o más recientemente, el de admirador aterrador. Pero Ram Amelia Isabella de Montmorency sabía que todo eso no eran más que tonterías. Puro alivio cómico y amargos sarcasmos que estaba acostumbrado a utilizar para salir indemne de cualquier situación que le fuese socialmente adversa. Estaba convencida de que había algo más detrás de toda esa maraña de complejas actuaciones. Incluso para alguien tan dedicada a analizar el comportamiento de otros como lo era ella, el mago oscuro resultaba para Ram tan insondable como el propio amo al que servía en la actualidad. ¿Quién era Sindri en realidad? ¿Cuáles eran las verdaderas intenciones que motivaban sus acciones? La sirvienta feroxí tenía la convicción de que entre las máscaras del bibliotecario y las suyas, tenían suficientes para organizar un baile de mascarada.

Sonrisas porque eran aquello con lo que decoraba su rostro siempre que tenía ocasión. Las utilizaba para coronar la mayoría de las palabras que su boca pronunciaba despreocupada. Otras veces las acompañaba también de inquietantes y profundas carcajadas. Pero siempre aprovechaba la ocasión para aportarles un matiz característico, a menudo irónico. Como si estuviese burlándose del Destino constantemente. Pero no hacía falta que su rostro esbozase el gesto para dejar patente la siniestra alegría con la que se tomaba los devenires de la vida y de la muerte. Podía notarse en cómo hablaba, en cómo se movía… Reflejaba un bienestar etéreo y poco natural, que contrastaba en demasía con lo que supuestamente alguien entregado a las artes oscuras debía representar, y eso quedaba patente en cómo seguía insistiendo en felicitarle por lo acontecido en su combate contra Anri, el misterioso enmascarado que portaba el nombre de un antiguo héroe alteano.

Pero Ram supo aguantar la nueva cascada de halagos ininterrumpidos sin vacilar lo más mínimo. Ya estaba acostumbrada a que el amo Virion la colmase de alabanzas similares, por lo que supo ignorar lo que consideraba simples palabras vacías. Era evidente que Sindri buscaba molestarla de nuevo, seguramente con la esperanza de verla perder la compostura una vez más. Debía de encontrar cierto placer enfermizo en propiciar que su gélido rostro, la mayor parte del tiempo imperturbable, se deformase reflejando esas molestas emociones que ella prefería reprimir. Pero la sirvienta ni siquiera titubeó al ver al otro mago guiñándole un ojo y posando su dedo índice sobre los labios, y solo le dirigió como respuesta una mirada tan fría que podía compararse a la de un cadáver.

En cambio, sí que captó su atención la respuesta del hechicero a su explicación del funcionamiento de la magia de fuego. Aunque consideró casi blasfemo que la contradijese aludiendo que él no la calificaría de difícil de controlar. No respondió debido a que veía innecesario que volviesen a iniciar una discusión acerca de la magia. Era evidente que las fuerzas arcanas se caracterizaban por ser mucho más volátiles y peligrosas que las de ánima, pero subestimar los riesgos que podía conllevar el empleo de la última solía ser el final de muchos magos imprudentes. “Solo un mago oscuro cabezota pensaría así” se dijo mientras terminaba de escuchar el razonamiento de Sindri. Mostrar autoridad ante las llamas. Someterlas como si fuesen poca cosa. Todo eso era un sinsentido que denotaba la falta de respeto del bibliotecario hacia los elementos de la naturaleza. Podía funcionar en lo esencial, eso sí, pero los misterios de la magia de ánima eran muchos, y con esa actitud un mago jamás sería capaz de sacarle el máximo partido a un grimorio ígneo. No, los poderes que las magas como ella controlaban se regían por otras reglas bien distintas y a la vez poco definidas. De tener que explicarse en términos sencillos, Ram habría afirmado que todo conjuro exigía un pequeño precio a cambio. Dicho pago suponía que, por un momento, la voluntad del fuego llegaba a alinearse con la suya propia, permitiéndole moldear el elemento a su entero antojo. La sirvienta creía con fervor que esta era la filosofía que largo tiempo atrás, durante la invasión a la Gran Biblioteca de Ilia, le había permitido utilizar el limitado poder de un simple tomo de práctica para abatir a un emergido. Pero suponía que Sindri no creería en argumentos tan débilmente fundamentados, y por esa razón prefirió seguir guardando silencio. Al menos hasta que este le mostró el volumen que tenía en su poder.

Un tomo de Archfire —dijo en voz neutra al reconocer la lujosa portada carmesí, a pesar de que sus ojos la contradecían al brillar con gran interés. Esos libros de magia eran costosos y muy difíciles de conseguir. En otras condiciones se lo hubiese arrancado de las manos para poder examinarlo con el debido detenimiento. Habría hojeado sus páginas vorazmente en busca de ideas para mejorar la efectividad de su propio manuscrito, quizá incluso aceptando la nueva proposición del hechicero de firmarle una dedicatoria como agradecimiento por habérselo mostrado. Pero no aquella noche.

Entiendo. En ese caso pediré permiso a mi señor para acudir a animaros. Espero que el Destino sepa sonreíros más que a mí en el torneo —respondió tras comprender lo que el mago oscuro quería dejarla intuir, dedicándole también una sonrisa breve pero sincera. Pero por mucho que desease quedarse a conversar acerca de tiempos pasados, el tiempo la apremiaba a despedirse. No sabía por cuanto más iba a poder seguir ahí frente al hechicero, fingiendo que no ocurría nada de nada, y por eso insistía tanto en que la dejase ir. Mas sus palabras resultaron ser inútiles de nuevo, y Sindri, después de presumir de que aún se acordaba de su nombre completo, la amenazó con volver a retomar el espectáculo de antes si no le dejaba acompañarla. “No se atreverá…” pensó al principio, reacia a tragarse toda aquella farsa convencida de que no era más que un chantaje sin futuro. Sin embargo, verle hinchando los pulmones con la intención de hacer justo lo que había prometido fue todo lo que necesitó para convencerse de que iba en serio.

Eso es trampa —le increpó molesta y con una expresión que delataba su enorme incomodidad—. Haced pues lo que queráis. Pero que conste que os he advertido del peligro.

Con esas duras palabras Ram quiso dar a entender que aceptaba su compañía a regañadientes, aunque en lo más profundo de sus pensamientos agradeciese tenerlo cerca para lo que estaba a punto de hacer. Sin aguardar una respuesta por parte del mago oscuro, la sirvienta empezó a caminar a través de las estrechas y frías calles de Regna Ferox. Posaba de vez en cuando su mirada en los edificios que conformaban el mosaico de la capital, advirtiendo que algunos aún se encontraban en proceso de reconstrucción tras la liberación del reino por parte de Altea. Grandes andamios y soportes de madera sostenían las modestas estructuras de arquitectura feroxí, pero sobre ellas ya no había obreros trabajando. Incluso las principales avenidas permanecían vacías y carentes del bullicio diurno, y de no ser por el fulgor de las antorchas que alumbraban los caminos, no habría sido difícil creer que la ciudad estaba muerta. Ni siquiera se veían guardias patrullando por los alrededores. Podía palparse algo realmente extraño en el ambiente, pero el rostro de la sirvienta seguía tan imperturbable como si no se hubiese dado cuenta de que algo no iba bien.

Aún estáis a tiempo de daros la vuelta —le advirtió por última vez con la inútil esperanza de disuadir a Sindri de continuar—. Si aun así seguís empeñado en seguirme, permitid que me tome el capricho de contaros un cuento.
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Re: [Entrenamiento] La buhíta que se vistió de medianoche [Privado; Ram de Montmorency]

Mensaje por Sindri Ayer a las 7:48 pm

¡Ouch! ¡Quema! ¡Quema! Una mirada tan gélida tenía la capacidad de quemar al tacto, como el hielo de las montañas de Ilia. Unos ojos tan llenos de desdén y de desprecio que, al verlos, todo lo que quiso hacer Sindri es arrancar a llorar con berridos y gritos desconsolados. Tal vez. Hubiera sido entretenido, ¿no es así? Quizá no para la muchachita, pero sí para la audiencia. Al hechicero se le ocurrió que la mujercita tenía que aprender que sus acciones tenían consecuencias y que uno no podía ir lanzando miradas que podían contar como armas letales en siete países distintos. Pero no, no se sentía especialmente triste ahora, por lo que simplemente se contentó con mantener aquella mirada con sus ojos. Unos ojos rebosantes de positividad y entusiasmo chocaron de frente contra aquellas masas de hielo rosa acompañados de una sonrisa. No ofrecía ninguna resistencia puesto que en ningún caso sería capaz de detenerla. Tan sólo la aceptaba de manera amigable. O eso quería hacer, los ojos y las miradas, los espejos del alma, eran una ciencia inexacta y no podía sino intentar o pretender. El resultado estaba ya fuera de sus manos.

Para acompañar unos ojos que podrían causar ellos solos la extinción de los dragones de Elibe, la doncella eligió un silencio avasallador durante la mayoría de su conversación. “Conversación”. “Monólogo con un espontáneo esporádico”, más bien. Era un silencio que cortaba como un cuchillo y era capaz él solo de apagar el espíritu de cualquier persona. Un silencio experto, en opinión de Sindri… pero por desgracia para Ram de Montmorency, el muchacho era un bibliotecario de corazón y había pasado cuatro años en un lugar donde incluso los murmullos eran razón de queja. También estaba acostumbrado a ser ignorado, despreciado y, en general, dejado de lado sin miramiento alguno por lo que el desinterés de la mujer tampoco consiguió hacer mucha mella en él. Un público difícil, eso era todo. Un público sumamente complicado. Pero una audiencia sin acceso a tomates ni a hortalizas que lanzarle a la cabeza. Tampoco es que pudiera ver a una mujer tan digna y educada como Ram de Montmorency agacharse, coger munición del suelo y dedicarle unos abucheos. Eso son sentimientos y todo el mundo sabe que ella no tiene de eso.

¡Qué señorita tan lista! Es un Tomo de Archfire, sí, adquirido por servidor de usted de cara a un potencial combate en la Arena. Estos últimos tiempos han proliferado los Magos de Luz y podría ser un problema si sólo trajera Magia Arcana a los combates. No un gran problema, claro, pero sí uno que es buena idea evitar. – escaldado había quedado ya de su entrenamiento con el clérigo Luzrov tanto tiempo atrás. Ver que tus hechizos construidos con toda la habilidad que disponías eran tragados por una masa de Luz que los absorbía y los reducía a la nada. ¿Se habría sentido así alguna vez la Maga de Ánima al ver la Magia Arcana en acción? Si era el caso, podía simpatizar con ella. Verdaderamente, fue una experiencia que le había abierto los ojos y le hizo entender que limitarse a una sola rama de magia no era más que una debilidad autoimpuesta por su ceguera y su orgullo – Podría haber conseguido un Tomo de Archthunder, por ejemplo, pero me hacía ilusión ir conjuntado con usted... otra vez será, supongo. – mencionó Sindri con un tono algo alicaído, deprimido y decepcionado. Unas palabras que enmascaraban que había advertido aquel brillito en los ojos de la muchacha al ver el catalizador mágico. Aunque no merecía darse tampoco una palmadita en la espalda, cualquier grietecita en aquellos lagos glaciares era fácil de apreciar por pequeña que sea.

Una Ram Amelia Isabella de Montmorency sonriendo era un regalo celestial que bien podría estar precedido de un redoble de tambores y un tronar de trompetas típica de cuándo la realeza hacía acto de presencia en algún lugar. No duró mucho más que unos meros instantes, quizá la muchachita no estaba acostumbrada a sonreír y se le cansaba la cara, pero iluminó hermosamente su ya linda faz de manera notable – ¡Menudo honor! ¡Ram de Montmorency viene a ver mi combate! Si la veo entre el público ya me aseguraré que me den un coscorrón bien fuerte. ¡Seguro que eso le hace gracia! – bromeó mientras pensaba en quién debía ser su señor. Es decir, era una sirvienta, claro que debía haber alguien que la hubiera contratado. ¡No llevaría el uniforme por puro gusto! Con muchas preguntas en su cabeza, continuó diciendo – Quizá incluso utilice este grimorio en su honor, ¿Qué le parece la idea? Tal vez el Destino sí le sonríe mañana y acabo mis días… ¿Cómo dijo usted? ¿Consumido por las llamas? Ahuhuhu~ – una muerte ignominiosa para un Hechicero, el ver su vida acabar por un conjuro de Magia de Ánima. Pero un final que haría muy feliz a más de uno y de dos. ¿Qué podía decir Sindri? Realmente lo haría todo por su público.

Pero fueron las palabras llenas de reproche de la mujer las que arrancaron una diáfana carcajada por su parte, una muy espontánea y sin dobles sentidos detrás. Una risa clara y sin malicia, sino repleta de buen humor concentrado. Simplemente le había hecho mucha gracia la manera como Ram de Montmorency había expresado su reconocimiento de derrota – ¿Trampa? Querida, le recuerdo que soy un Malvado Mago Arc- Oscuro, en caso que lo haya olvidado. ¿Esperaba usted menos de algo tan rastrero y detestable? ¿De algo tan zafio y ruin? Ahuhuhu~ – levantó las palmas hacia el cielo un momento y negó con la cabeza, cerrando los ojos mientras lo hacía con una expresión pícara en su cara. Realmente el desdén y el disgusto de Ram de Montmorency por los Magos Arcanos le ofrecían al muchacho un pozo sin fondo de bromas y chistes que hacer. Y no querría que fuera de ninguna otra forma – ¡Vamos, pues! ¡El peligro nos aguarda en la noche y la oscuridad! – anunció a un mundo que lo ignoró por completo antes de comenzar a seguir a la silenciosa doncella con paso seguro, pero distendido. Sería un faux pas tremendo alcanzarla o, todavía peor, caminar a su lado sin permiso expreso de la señorita. ¡Imaginad las habladurías! ¡El qué dirán!

Mientras caminaba, el muchacho aprovechó para llenarse sus pulmones con el fresco aire de la noche. ¿Acaso existía un momento más mágico del día? Sin pensárselo dos veces alzó la vista al cielo y comenzó a admirar las estrellas centelleantes que había por encima de él, aunque recordaba bajar la vista el suelo alguna vez para asegurarse que la doncella no le había dado esquinazo aprovechando que estaba distraído. Trataba de pensar algún tema de conversación que pudiera gustarle a Ram de Montmorency… pero pronto eso se convirtió en una tarea verdaderamente hercúlea. Podría preguntarle de nuevo sobre la magia de fuego o sobre el Tomo de Archfire que había guardado de nuevo en el zurrón. Quizá podía preguntarle sobre su nuevo señor. No, no, no, eso jamás iba a funcionar. Conocía la maga de ánima lo suficiente para saber que aquello seguramente serían palabras lanzadas al vacío o contestadas con una única mirada penetrante de desprecio. Necesitaba algo mejor.

¿Hm? ¿Qué? ¿He oído bien? – sus pensamientos se vieron interrumpidos por la última cosa que hubiera esperado: una conversación con Ram de Montmorency. Y no una conversación cualquiera… sino una que prometía una gran parte de interacción de su parte. ¿Le estaba intentando tomar el pelo? ¿Era alguna triquiñuela suya? ¿Se estaría vengando por las bromas anteriores? ¿Acaso le habían hecho el cambiazo mientras observaba la luna y le habían dejado otra sirvienta pelirrosa? No pudo ocultar una expresión de genuina sorpresa en su cara – ¿Un cuento, señorita de Montmorency? ¿Es hora de irse a dormir? ¿De la leche caliente y las galletitas? ¿Me arropará y me dará un besito de buenas noches después para tener dulces sueños? – si bien trató de bromear con el tema y sonar juguetón con sus palabras no pudo reprimir un tono de voz algo incrédulo y escéptico. ¿Alguien podía culparle, acaso? Alguien que hubiera conocido a Ram de Montmorency durante más de cinco minutos, quería decir. Arqueó la ceja, intrigado por la situación, y centró toda su atención en la personita que tenía delante – No se preocupe en absoluto, seré un buen nene y no la interrumpiré en absoluto. ¡Poca gente puede jactarse de eso! Pero espero que su historia tenga princesitas, no hay mejores cuentos que aquellos que tienen princesas. Y unicornios. Princesas unicornio. – y, tras decir aquello, se sumió en un silencio sepulcral. Un silencio completamente distinto del que empleaba la señorita Ram Amelia Isabella de Montmorency.

El silencio universal que profesaban los alumnos cuando la maestra más estricta estaba dando clase.
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