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[Entrenamiento] La buhíta que se vistió de medianoche [Privado; Ram de Montmorency]

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[Entrenamiento] La buhíta que se vistió de medianoche [Privado; Ram de Montmorency]

Mensaje por Sindri el Mar Jun 26, 2018 7:36 pm

Las gradas de la Arena de Regna Ferox eran un mundo aparte. Verdaderamente era una experiencia maravillosa, pero difícil de describir para los que no estaban allí. Al principio no parecía gran cosa, simplemente una amalgama de gente sentada en diversos óvalos, uno por cada piso, esperando que comenzara el combate en cuestión. La gente hablaba, chillaba, saltaba o estaba en silencio concentrada, pero a toda la muchedumbre la unía un solo sentimiento. Todos los allí presentes estaban hambrientos. Famélicos. Hambre de conflicto. De sangre. Oh sí, desde el primer momento que se abrían los dos enormes portones a cada lado la audiencia entraba en una especie de trance que duraba hasta que el árbitro marcaba el final del combate. ¿Y qué sucedía durante todo este tiempo? La gente elegía un favorito. Elegía quizá a quién no apoyar. Y se volcaba en ello. Cada movimiento, cada ataque, cada envite. La muchedumbre vitoreaba, abucheaba, se sorprendía o se indignaba. Nunca todos al mismo tiempo, pero no importaba lo más mínimo. Los cánticos, los gritos, los aullidos, todo se volvía una cacofonía imposible de separar en el estadio. La voz de la multitud. La voz de la audiencia. La única voz que se hacía escuchar.

Obviamente esa era la teoría, pero Sindri era muy reacio a hablar cuando sabía del cierto que nadie iba a escucharle, por lo que estaba pulcramente sentadito en su lugar comiendo un trozo de empanada de carne mientras observaba el combate a punto de terminar. Había quién opinaba que el hecho que un participante del torneo observara luchas ajenas podía ser algo extremadamente poco deportivo: a fin de cuentas, estabas adquiriendo información antes de tiempo sobre tus posibles rivales. Pero no estaba prohibido. De hecho, nadie le dijo nada cuando compró la entrada, cuando se sentó en la grada, cuando comenzó el primer combate ni en el momento de comprar su almuerzo. Además, el combate de Sindri era uno de los últimos del día siguiente… ¿Qué podía hacer sino? La ciudad estaba completamente vacía en aquellos momentos, el único centro de atención era el coliseo. Las posadas estaban cerradas, las tiendas habían colgado el cartelito de “volvemos en cinco minutos”… incluso los carteristas estaban haciendo el agosto entre las multitudes despreocupadas de turistas.

Lo único entretenido que había ahora era ese panem et circenses proporcionado por Altea.

¡Y tan interesante que era este combate! Dos enmascarados batiéndose en duelo usando nombres falsos, uno de ellos empleando Magia de Ánima y el otro una espada común y corriente. ¿Que cómo sabía que eran falsos? Primero, porque nadie hacía el paripé de ir con una máscara en un lugar donde la visión era especialmente necesaria daría su verdadero nombre para que fuera gritado a los cuatro vientos. Y, más importante, segundo… porque conocía la identidad de uno de los participantes.

¿Harpier? ¡Pero si era la sirvienta Candela de Ilia! Ram Amelia Isabella de Montmorency, podías haber cambiado tus galas por otras, incluso ataviándote con una imponente capa, pero seguías vistiendo de blanco y negro como una doncella. Tu rostro podría estar bajo una máscara de aspecto aviar, pero tu cabello con una tonalidad rosada tan particular te delataba incluso a tanta altura. Y las palabras se las llevaba el viento, pero aquel idioma… Sindri lo había oído antes, si bien no entendía ni una sola palabra. De hecho, había sido amenazado de manera semejante en el pasado, en la Gran Biblioteca de Ilia, por lo que la inflexión y los sonidos se le habían quedado grabados en la mente por su propia seguridad. El hecho que su arma predilecta fuera la Magia de Ánima no hizo más que confirmar sus casi certezas sobre la identidad... aunque en cierto modo le extrañó de sobremanera el hecho que fuera magia de viento y no la magia de fuego que casi quema la Gran Biblioteca de Ilia. De hecho, una parte de lo que le llevó a emplear un grimorio de Archfire de entre los tres elementos que los espíritus de la Magia de Ánima ponían a disposición de sus usuarios fue la memoria de cuán efectiva fue ella peleando contra los Emergidos que se colaron en el edificio en busca de la Zona Restringida.

Ilia.

El muchacho se levantó de su asiento en cuanto el combate terminó. El trance había terminado y el público comenzaba a despertar. Algunos hicieron como él y comenzaron la larga procesión hasta llegar fuera del estadio, o tal vez hasta el lugar con comida más cercana. Otros, en cambio, se quedaron donde estaban y comenzaron a comentar lo que les gustó del combate entre los enmascarados mientras esperaban impacientemente que el próximo enfrentamiento. Recorriendo el camino inverso de la manera contraria a la que llegó y molestando el máximo número de gente posible, Sindri llegó a los túneles que comunicaban al vestíbulo. La luz y el sonido se apagaron a la vez de manera casi mágica, lo que dio un respiro momentáneo al hechicero cansado ya de tantas voces y gritos. Resiguió juguetonamente con la mano la pared ladrillosa del hogar de los combates mientras caminaba tan rápido como la multitud le dejaba hacia la salida.

Ilia.

Una vez abandonó Ilia tras algunas incursiones en su Gran Biblioteca, puesto que había tanto y tanto conocimiento que no podía dejarse en manos de los Emergidos, no había vuelto a pensar mucho en ella. No por sentimentalismo o por suprimir voluntariamente los pensamientos, no. Simplemente, no había tenido ninguna razón para hacerlo. Pero ahora que había visto a la señorita Ram Amelia Isabella de Montmorency no pudo evitar hacerse algunas preguntas. ¿Habría estado ella en Ilia cuando la gran invasión de los Emergidos sucedió? ¿O, como él, se salvó por estar fuera de las fronteras del país glacial? ¿Tendría interés en las nuevas que traía de su país de residencia o le sería indiferente esa información? ¿Querría volver en algún momento a reclamar el reino o había encontrado su nuevo hogar en otro lugar? Esas y más cuestiones rondaban su cabeza mientras salía del coliseo y comenzaba su caminata hasta encontrar la puerta que buscaba bajo la luz del tardío atardecer.

Sabía bien que los participantes entraban y salían por puertas especiales, él mismo las usó durante los combates preliminares del torneo. Si Ram de Montmorency había salido por aquella puerta, el laaaaaaargo túnel la conduciría hasta la puerta de salida que estaba justo aquí. Sí, sí, esta. La grandota de madera con dos enormes aldabas con cabezas de animales. Al menos por la que salió Sindri… ¿O fue la puerta contraria? Daba igual, era una puerta como esa. Exactamente igual. Por lo que Sindri, ni corto ni perezoso, se cruzó de brazos y se apoyó contra la pared que estaba justamente al lado del enorme portón, dispuesto a esperar todo el rato que fuera necesario para saludarla. Era un decir, claro, no es que fuera a esperar toda la noche allí ni nada.

A ver cuánto tarda la señorita Ulula en salir… – mencionó mientras se arropaba con la capa y se tapaba la cabeza con la capucha. Si el asunto iba de misterio y de identidades secretas, Sindri también podía jugar a eso. Con nombres en clave y ropa que los hacía irreconocibles entre la multitud. Sin embargo, mientras pasaban lentamente los minutos Sindri se dio cuenta que el túnel también tenía muchos otros pasillos accesorios que la doncella podía haber tomado para salir de ahí. Además, había posibilidades también que hubiera decidido quedarse a ver el siguiente combate del día, por lo que habría subido hasta las gradas.

Ahora que se puso a pensarlo con detenimiento, quizá esto no había sido la mejor idea del mundo…
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Re: [Entrenamiento] La buhíta que se vistió de medianoche [Privado; Ram de Montmorency]

Mensaje por Ram de Montmorency el Sáb Ago 04, 2018 11:05 pm

Qué absurdo… —masculló con contrariedad a la vez que transitaba a lo largo de un oscuro e interminable túnel de piedra. Tal y como había hecho antes de su enfrentamiento contra el otro enmascarado, el ruido de sus pasos volvía a retumbar en las paredes del lugar, devolviéndole un eco corto y seco que enfatizaba la soledad de aquellos antiguos pasadizos ubicados bajo el coliseo de Regna Ferox. En aquel primer momento se había sentido algo abrumada ante la expectativa de estar presente delante de tantos espectadores, pese a que el gesto adusto de su rostro, parcialmente oculto tras la máscara de madera blanca, no había dejado siquiera entrever una pizca de su nerviosismo. Pero ahora, tras el desafortunado desenlace de su combate en el torneo, los pasillos del sótano de la construcción permanecían vacíos y desprovistos de su bullicio diurno. El público se había retirado a sus hogares antes de que anocheciese, al igual que la mayor parte del personal encargado de velar por la correcta organización el evento. Así que dejándose guiar únicamente por el tenue fulgor de las antorchas, Ram se limitaba a cavilar sobre su humillante derrota ante el espadachín llamado Anri.

A pesar del rechazo que sentía hacia Altea, no le quedaba otra alternativa que aceptar a regañadientes que el otro enmascarado merecía ser el vencedor. No porque admirase la destreza de su esgrima, o la firme compostura que este supo mantener en la batalla. Sino porque simple y llanamente, la había dejado fuera de combate en un abrir y cerrar de ojos. La enorme ira que sintió poco después de despertar en la enfermería estuvo dirigida solo hacia sí misma; en su incapacidad para sobreponerse ante un rival que, en principio, se había encontrado en desventaja frente a la versatilidad de su magia. Los fracasos se seguían acumulando, y le pesaban en su conciencia hasta el punto de hacerla dudar de su propia competencia. ¿Para qué querría el amo Virion a alguien tan inútil como ella? Más que una fuente de alivio estaba siendo un auténtico lastre para él. Rememoraba con vergüenza el pequeño incidente en la audiencia real concedida por la reina de Durban, y se culpaba también por no haber protegido apropiadamente a su señor durante la emboscada de emergidos en Sacae. Pero la lista de fracasos, derivados de sus malas decisiones, se remontaba incluso desde muy atrás. “Padre… Rem…”. Pensar en los nombres de quienes habían sido sus seres más queridos la llenaba de un sentimiento de amarga desazón y de culpa, pero olvidarlos sería una falta de respeto a su memoria. Tenía que hacerse responsable de sus errores. Enfrentar su pasado. Ése era el único motivo detrás de la absurda pantomima de disfraces y máscaras. Ocultar su identidad no era en absoluto un acto cobarde para que no la reconocieran, sino más bien todo lo contrario. La capa negra ondeaba tras sus botas marrones, mientras que su rostro permanecía aún escondido tras la máscara aviar que recordaba a los rasgos de un búho.

Si todo salía tal y como lo había planeado, aquella noche sería memorable.

Hoy enmendaré mis faltas —murmuró con convicción a la vez que aferraba contra su cuerpo el ajado grimorio que había empleado en su último enfrentamiento. Se trataba de un viejo tomo de magia de viento, cuya encuadernación no era muy diferente de la de su manuscrito de fuego. La tapa era bastante sólida, y estaba forrada con cuero teñido de un tono esmeralda. Detalles en dorado adornaban la cubierta y el lomo a modo de florituras, otorgando al volumen  una apariencia poco humilde, casi aristocrática, mientras que sus centenares de páginas desgastadas estaban escritas en un idioma olvidado. Hacía ya un tiempo que su anterior propietaria ya no estaba entre los vivos, pero Ram no se sentía con fuerzas de desecharlo como si fuese una basura. Lo trataba como tesoro y memento, y estaba decidida a encargarse de que sus verdaderos enemigos entendiesen lo que simbolizaba.

Su tendencia a distraerse con sus propios pensamientos no había cambiado en absoluto después de tanto tiempo. Por ese motivo no reparó en el amistoso saludo que le dirigieron los guardias que resguardan la salida del coliseo, y que supieron reconocerla como la participante Harpier gracias a su extravagante atuendo. La brisa nocturna se coló en el interior del túnel en cuanto las grandes puertas de madera se abrieron con un sonoro chirrido, y la maga de ánima cruzó el umbral antes de que los pesados portones se cerrasen detrás de ella. Entonces se detuvo para inspirar aire, que expulsó poco después en forma de un profundo suspiro. Creyéndose a solas consigo misma, se dispuso a contemplar la luna creciente que alumbraba el firmamento. Mas el sonido de una capa ondeante que no era la suya la alertó de que estaba en presencia de otro individuo. “¡No puede ser! ¡¿Tan pronto?!”, pensó mientras se daba la vuelta con brusquedad y abría el libro de magia por una página al azar, dispuesta a invocar cualquier potente ráfaga de viento que le ayudase a cumplir con su cometido. Pero la esbelta figura que esperaba apoyada sobre la pared, aunque sospechosa, resultaba también extrañamente familiar. Podría cubrir su cabeza con una capucha, pero su rostro estaba al descubierto, y por ese motivo la sirvienta de cabellos rosados supo reconocer a alguien que jamás hubiese esperado volver a ver. Tras unos segundos inmóvil y en silencio, decidió cerrar su el tomo de magia y adoptar una postura más relajada.

Habéis escogido una noche especialmente peligrosa para salir a pasear —dijo en un tono de voz suave e inesperadamente amable. Ram se quitó la capucha y la máscara con una parsimonia inusual, para que así el otro joven pudiese verle el rostro sin que hubiese madera tallada de por medio—. Me alegro de volver a veros, Sindri.

Durante su primer y último encuentro, había tardado apenas unos minutos en olvidar el nombre de aquel mago oscuro hacia el que guardaba una mezcla de rencor y admiración a partes iguales. “Al fin y al cabo”, se había dicho a sí misma en aquel entonces, “una mente tan brillante y ocupada como la mía tiende a desprenderse de la información innecesaria”. Pero tras la conclusión de aquella pequeña excursión a la Zona Restringida de la biblioteca, había descubierto que sencillamente no podía olvidarse otra vez del nombre del misterioso hechicero. Se trataba de la segunda persona ante la cual se había mostrado tal como era en realidad, sin máscaras ni entresijos que sirviesen para perpetuar su impecable imagen de sirvienta sin emociones. Por esa razón, y también debido a que en el fondo agradecía compañía durante aquella noche, se permitió dedicarle una breve sonrisa nostálgica. Ram sabía que su relación con Sindri bien podría tildarse de compleja y contradictoria. Habían sido aliados capaces de cubrirse las espaldas mutuamente, pero también fervientes enemigos. Los hechos le permitían confiar hasta cierto punto en él, pero a su vez no creía prudente fiarse de alguien que se postraba ante la oscuridad. Pero, ante todo, Sindri era para ella un muro que debía de derribar algún día para demostrarse a sí misma su propia fuerza.

Y bien, ¿queréis algo de mí?
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Re: [Entrenamiento] La buhíta que se vistió de medianoche [Privado; Ram de Montmorency]

Mensaje por Sindri el Dom Ago 05, 2018 8:06 pm

Primero de todo, cualquier persona que hubiera visto el respingo que dio la señorita Harpier cuando notó su presencia y cómo adquirió una postura de combate en milésimas de segundo coincidiría que fue absolutamente a-do-ra-ble. Al menos la primera parte, la mayoría de gente prefería no ser amenazada con un libro de magia si podía evitarlo, pero el Hechicero continuó apoyado en la pared con lo que parecía una tranquilidad absoluta. Si tan sólo hubiera trastabillado ligeramente o hubiera tartamudeado un poco ya sería algo digno de inmortalizar en una obra de arte… pero la sirvienta se recuperó demasiado bien para eso – ¿De nuevo? Hay hábitos son difíciles de abandonar, por lo que veo. – y tras decir eso, rio suavemente durante unos instantes, como si todo no fuera más que una broma de alguna clase. No era la primera vez que Sindri se había encontrado a merced de un hechizo cortesía de Ram Amelia Isabella de Montmorency, pero tuvo que reconocer que esta situación se arregló mucho más rápidamente que la anterior. Quizá ya no le consideraba “peligroso”. Quizá veía con buenos ojos ahora la Magia Arcana. Quizá se arrepentía de lo que sucedió en Ilia. O quizá se despertaría en su cama del castillo de Ryerde y se alegraría que sus últimos años sólo habían sido una terrible pesadilla.

Tras unos momentos de tensión aguada la mujer se quitó el disfraz y la máscara, momento en el que Sindri aprovechó para dedicarle una cortés reverencia. Claro que la mujer había tratado de matarlo en el pasado, pero aquello no era ninguna excusa para olvidar sus modales ante una dama de la alta sociedad. Sólo entonces se quitó él la capucha, correspondiendo el gesto de la Maga de Ánima, y se pasó la mano por el pelo unas pocas veces antes de decir – ¿Peligrosa? Tiene usted toda la razón del mundo, pero en mi opinión la noche es uno de los mejores momentos del día para dar un paseo. Hace más frío, hay mucha menos gente por la calle, se pueden ver las estrellas… ¿Qué más puede pedírsele? – los estudiantes de las Artes Arcanas se veían naturalmente atraídos hacia la noche, o eso le dijo su maestra años y años atrás. También era muy cierto que ciertas maldiciones agradecían una capa de discreción y de oscuridad y que muchos rituales requerían obligatoriamente la luz de la luna ya fuera luna llena o media luna – Aunque… ¿Quizá lo que usted quiere decir es que es una noche “especialmente peligrosa” porque he salido yo a dar una vuelta? – mencionó con una sonrisa socarrona. Estaba tomándole un poco el pelo, claramente no había manera de coger esa frase con ese sentido, pero a cualquier Hechicero le gustaba pensar que aquello que más miedo daba en la noche era él. O ella, si era una Hechicera.

¿De veras? ¿No me engaña? ¿Seguro que se alegra que esté aquí? – preguntó repetidamente el muchacho ladeando la cabeza levemente con cada interrogante. Le hacía cierta gracia como lo había planteado: la Ram de Montmorency que conoció en la Gran Biblioteca de Ilia jamás asociaría su presencia con algo positivo. Pero con su sonrisa y su tono jocoso trató de dejar claro que no hacía más que una chanza – Me alegro yo también mucho de verla, Ram Amelia Isabella de Montmorency. Es un verdadero gozo verla sana y salva teniendo en cuenta lo que ocurrió en Ilia… – se refería, claro, a la conquista del país septentrional de Elibe por los Emergidos. La sirvienta de pelo rosa era la primera persona de Ilia que veía con vida, por lo que quizá otros se habían salvado y habían conseguido refugio en otros países. Sindri no era alguien que tuviera esperanza, pero era un alivio ver una cara conocida después de tanto y tanto tiempo.

Pero entonces, cuando la mujer preguntó si quería algo de ella el Hechicero hinchó los carrillos e hizo unos dramáticos y exagerados pucheros. Separándose de su querida pared, Sindri dio unos pasos hacia la señorita pelirrosa mientras ponía sus brazos tras su espalda de forma extremadamente teatral, dejando que su nueva capa ondeara al viento. Cuando estuvo un poco cerca de la mujer (dejando siempre la distancia que se esperaba de un caballero) se arqueó hacia adelante aprovechando que le sacaba unos treinta centímetros – ¡Qué mala es usted con sus fans, señorita Harpier! Yo sóóóóólo queríííííííía un autóóóóógrafo de mi gladiadora favorita del Torneo de Regna Ferox. – el muchacho empleó un tono compungido fingido con tintes de estar ofendido. Ya sabéis, esa voz quejica que arrastra las vocales para tratar de dar un poco más de fuerza a su argumento. La voz que hacías cuando imitabas a una persona y querías dejarla en ridículo. Esa voz – Y aquí me ha tenido, hora tras hora esperándola. Nada me iba a denegar el verla de nuevo: ni el calor, ni el sol, ni el viento huracanado, ni la nieve, ni la lluvia, ni… – hizo aspavientos bruscos y rígidos con los brazos a cada palabra, como un actor novel con sueños y esperanzas al que le han dicho que hay un cazatalentos entre la audiencia. Claro está, no hacía tanto que había acabado el combate y no había llovido ni nevado y la brisita que corría por el lugar era una muy, muy rica que se agradecía muchísimo.

Inspirando hondo y volviendo a una posición neutral, el Hechicero cambió a un tono que una persona normal y corriente usaría… si esa persona fuera Sindri, claro. Adornó su sonrisa con una cara que había perdido en el furor teatral anterior, como para enfatizar lo que iba a decir a continuación – Ahora en serio, quería felicitarla por la gran muestra de la Magia de Viento que nos ha ofrecido hace un rato. ¡El viento es un elemento mucho más versátil de lo que creía! Aunque, claro, yo pensé que usted usaría Magia de Fuego para el combate… – casi hizo un mohín con la última frase. ¡Mira que le había conseguido encontrar un Tomo de Archfire que usar! ¡Y en honor suyo, ni más ni menos! De hecho, esta iba a ser una de las pocas veces que tenía pensado usar Magia de Ánima… sólo necesitabas no llevar contigo un tomo elemental para que te tocaran todos los Magos de Luz del mundo entero – Todo sea dicho de paso… si usted me ofrece un autógrafo lo aceptaré de buen gusto. Pero de Ram de Montmorency o, si no está, de Candela, si es posible. Ahuhuhu~ – dijo con una sonrisa ladina y unos ojos entornados mientras daba un par de pasos hacia atrás con algo de humor y le daba algo de espacio. Quizá cierto nombre le evocaba malos recuerdos y, en caso que así fuera, era bueno poner un poquito de tierra de por medio.
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Re: [Entrenamiento] La buhíta que se vistió de medianoche [Privado; Ram de Montmorency]

Mensaje por Ram de Montmorency el Jue Ago 16, 2018 9:01 pm

El mundo había cambiado mucho desde el pequeño incidente en la Gran Biblioteca. Algunos reinos se encontraban bajo el dominio de los infames emergidos, a la vez que otros se estaban erigiendo sobre las ruinas de antiguos imperios caídos en decadencia. Aquellas naciones que se negaban a adaptarse a los nuevos cambios se veían inexorablemente conducidas a sucumbir ante el yugo de los misteriosos invasores. Tal había sido el destino de Ilia, cuyos parajes nevados permanecían sumidos en un inquietante silencio, mientras que sus pequeñas aldeas se encontraban abandonadas por culpa de una amenaza que nadie podía comprender aún en su totalidad. Ram Amelia Isabella de Montmorency mentiría si dijese que no sentía preocupación por los habitantes de aquellas lejanas tierras que le habían dado cobijo y dignidad. En Ylisse no había sido más que la hija huérfana de un donnadie fallecido en circunstancias aparentemente naturales. Pero en Ilia, había pasado a convertirse en Ram, criada y maga con talento al servicio del sabio Kato. Todo cuanto tenía en la actualidad se lo debía en gran parte a la inhóspita nación mercenaria de Elibe, y por ese motivo le costaba abandonar la sensación de que en aras de dedicarse a cuidar de quien era su nuevo amo, estaba en realidad traicionándose a sí misma. La joven de cabellos rosados se consideraba feroxí por derecho de nacimiento, pero también sentía que su corazón pertenecería para siempre a Ilia.

Quizá esa fuera la razón por la que la presencia de Sindri la tranquilizaba en parte, pese a tratarse de un mago oscuro. Las noticias procedentes de la nación helada eran tan escasas y contradictorias, que no había tenido modo de averiguar si su antiguo amo y sus demás criados se encontraban bien. Tampoco sabía si los humildes habitantes de la aldea que utilizó de refugio antes de conocer al señor Virion habían sobrevivido o no. Tanto esmero en aprender a ignorar sus inquietudes delante de reinas y legiones de emergidos resultaron ser fútiles, y al descubrir que al menos una de las personas que la vinculaba a su pasado estaba sana y salva la llenaba de una amarga alegría.

Sindri reaccionó a su hostilidad inicial con uno de sus típicos comentarios despreocupados. “Hábitos difíciles de abandonar…”, repitió para sus adentros en el momento que cerraba su tomo de magia. Tenía que darle la razón en ese aspecto. Apuntar con un grimorio al bibliotecario bien corría el riesgo de convertirse en una especie de ritual para saludarle. Sentía que su antigua personalidad, extremadamente racional y arisca, aprobaría la sugerencia de ir un paso más allá e intentar atacarle con compactas corrientes de viento. Pero era evidente que ella había cambiado. No podía negar que el hecho de estar al servicio de su nuevo señor había acabado por influenciarla hasta cierto punto, pero ese no era el único artífice del cambio. Fuera de la manera que fuese, ya no seguía viendo en Sindri un peligro del que cuidarse. Una amenaza a la que neutralizar por el mero hecho de estar al servicio de un poder que no comprendía, y que detestaba desde lo más profundo de su alma. Nada era lo mismo, y el reencuentro con el mago oscuro le servía para darse cuenta de lo mucho que había madurado en tan poco tiempo.

Sindri tenía cierta tendencia a tomar sus palabras y a tergiversarlas a placer, otorgándoles un nuevo significado acorde a sus intereses. Esa era una característica que la sirvienta recordó ni bien el hechicero empezó responder su advertencia acerca de lo que acaecería aquella noche. Pero dar tantos rodeos sobre un mismo concepto no era algo solo propio de Sindri. Podía considerarse una especie de juego entre los magos más experimentados. Aquellos con el intelecto suficiente como para dedicar sus vidas al estudio de la magia, solían encontrar cierto regocijo en los juegos de palabras y acertijos. Al igual que el fuerte presumía de músculos ante el débil, el listo presumía de inteligencia ante el tonto. Era una mala costumbre de la que ella era también practicante, pero de un modo mucho más sutil que su extravagante interlocutor. Por esa razón, desprovista de su rencor irracional hacia la Oscuridad, podía ver a través de los comentarios despreocupados de Sindri, y sabía que éste entendía a lo que ella se estaba refiriendo. Prefirió no malgastar saliva en responderle por el momento, y esperó a que este le revelase sus verdaderas intenciones.

Pero nada la había preparado para la respuesta teatral que vino después. Aún con su semblante gélido fue incapaz de reprimir la gran impresión que sintió al ver el inesperado comportamiento del bibliotecario. Tanto drama. Tantos pucheros. Sintió algo de temor al ver una reacción tan exagerada en el otro muchacho, creyéndole totalmente poseído por la Oscuridad a la que rendía pleitesía. Ram retrocedió titubeante varios pasos con expresión tensa hasta quedar de espaldas contra el tronco de un árbol seco. Eso era algo nuevo. “¿Qué mosca le ha picado de repente?” se preguntó mientras deslizaba con disimulo sus dedos sobre el lomo de su libro de magia, preparada para responder con firmeza y violencia. Le haría recobrar el sentido a golpes si llegaba a hacer falta.

Deteneos —le ordenó entonces en un tono de voz que reflejaba su incomodidad. Volteaba su rostro ruborizado hacia un lado y hacia el otro para asegurarse de que nadie había escuchado toda esa sarta de tonterías. Le resultaba bochornoso ser objeto de tanta adulación extremadamente absurda. Por fortuna, Sindri recuperó su compostura habitual tan rápido como la había perdido. El hechicero la felicitó por su anterior combate en el coliseo de Regna Ferox, pero añadió algo decepcionado que habría deseado volver a ver su magia de fuego en acción.

La magia de fuego es demasiado inestable y difícil de controlar. Las llamas residuales pueden expandirse y causar estragos si no se tiene cuidado. De hecho, algunos de sus practicantes temen cometer un descuido y acabar consumidos por ellas algún día —explicó de manera académica y fingiendo que la actuación anterior de Sindri nunca había ocurrido—. Así que creí que utilizar el elemento del viento, que es más preciso, me permitiría combatir sin restricciones y sin hacer daño al público por accidente.

A medida que hablaba, Ram fue separándose del tronco del árbol. Se amparaba bajo sus explicaciones para intentar ocultar que se había sentido algo intimidada instantes atrás. Pero aun así existía verdad en lo que estaba diciendo. En lo referente a la magia de fuego, se consideraba toda una experta, por lo que conocía de antemano sus virtudes y defectos. Pero había otro motivo que la había incentivado a escoger el viento como elemento en su enfrentamiento contra Anri. Un motivo que prefería no revelarle al mago oscuro, que en esos momentos seguía empeñado en pedirle un autógrafo a ella, o a Candela…

Por vuestro bien. Os aconsejo que me llaméis por mi nombre —respondió tajante. A la hora de poner apodos molestos, Sindri parecía ser todo un genio, y Ram tenía la impresión de que su advertencia no bastaría para disuadirle de seguir bromeando con el nombre de Candela, y ahora con el de Harpier.

En todo caso, me temo que nuestro breve reencuentro ha llegado a su fin —dijo poco después—. Hay algo importante de lo que debo ocuparme esta noche.
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Re: [Entrenamiento] La buhíta que se vistió de medianoche [Privado; Ram de Montmorency]

Mensaje por Sindri el Lun Ago 20, 2018 11:00 am

Mármol y fuego.

Eso fue lo que Sindri pensó mientras vestía una sonrisa cortés y escuchaba las palabras que Ram de Montmorency se dignó a dedicarle a pesar del extremo y atávico desagrado que sentía por él. No es tampoco que eso le llevara muchísimo tiempo a la sirvienta, que seguía tan lacónica y tan poco dado a la charla informal como en una biblioteca de Ilia infestada de Emergidos. ¿Qué había en la red? Una orden, una clase didáctica de Magia de Ánima tan concentrada que podría hundirse en un lago, una amenaza sin velo y una despedida tan seca como el clima de Sacae en pleno verano. ¡Menuda pesca del día! Incluso los gatos arrabaleros del puerto, altivos y engreídos como son, sentirían pena por él al verle volver con aquello. Otra cosa no pero quedaba patente que, aunque quizá no lo consideraba peligroso, sí debía considerarle poco más que una frívola molestia a la que no valía la pena dedicar ni dos minutos de su áureo tiempo. ¡Ya se sentía como en casa! Echaba de menos el frío de Ilia y, mira tú por donde, lo había encontrado en la actitud de la doncella.

¿Por donde iba? Ah, sí. Mármol y fuego.

Mármol porque la expresión de la muchacha no pudo sino hacerle recordar aquellas estatuas de las cortes de Lycia hechas con tal blanco material. Bellas y hermosas, nadie podía negar eso, pero también portaban para el resto de la posteridad una expresión congelada en el tiempo. Aunque, ahora que lo pensaba bien, incluso los mayores escultores de Elibe trabajando sin descanso durante diez años tendrían problemas para esculpir una cara tan inexpresiva como la que la mujer recompuso de los pedacitos rotos anteriormente. ¿Inexpresiva? ¿O era simplemente que Sindri era incapaz de reconocer esa expresión? Esos ojos, especialmente. Verdaderamente esa mirada sería capaz de encandilar a artistas durante siglos y siglos… si no los destrozara primero y los condujera por la senda de la amargura. Una férrea y determinada mirada, en opinión del muchacho. Sostener esa mirada se le asemejaba a querer empujar una cascada hacia arriba con sus manos desnudas.

Fuego porque sus mejillas se encendieron durante unos instantes, dando algo de color a aquellos suaves pómulos de alabastro. Sus ojos también rompieron filas por unos meros instantes, casi como si tuvieran pánico que algún público hubiera acudido a ver la magistral interpretación del hechicero. Sindri encontró realmente enternecedor eso, casi como si hubiera vuelto a la Zona Prohibida de la Gran Biblioteca de Ilia para ver a Ram Amelia Isabella de Montmorency quitarse la máscara. No la máscara de Harpier que había llevado durante el combate, sino la máscara que sabía que estaba llevando en aquellos momentos. La victoria era pequeña, pero la tomó, como un gato que ignoraba que el ratoncito había pasado para poder jugar un ratito más. Pero recordaría aquellas mejillas rosadas, oh, cuánto las recordaría. Un recuerdo para la posteridad.

Sonrió lupinamente y esperó con paciencia que la mujer se cerciorara que nadie los estaba mirando en aquellos momentos… la única persona ahí que parecía tener prisa era la sirvienta del hogar al fin y al cabo. ¿Él? Él podía pasarse la tarde y la noche entera en aquel ligar sin muchas repercusiones – ¡Qué modesta, señorita de Montmorency! ¡Cualquiera diría que no le gustan los halagos por merecidos que sean! Pero no puede pedirme que no la felicite por un combate tan interesante. ¡Estaba ahí yo, a primera fila, animándola! ¿Que me oyó entre el gentío? – preguntó arqueándose de nuevo un poquito hacia delante. Claro que no había dicho absolutamente nada mientras observaba el combate, demasiado trabajo tenía en ver bien lo que estaba ocurriendo… pero ella no tenía por qué saber eso, ¿cierto? – Pero supongo que honraré su petición atendiendo al pasado que nos une. No quisiera tampoco abochornarla recordándole cuán magnífica, fantástica y maravillosa es usted. – le guiñó el ojo y se llevó el dedo índice de su mano derecho a los labios, como queriendo decir “este es nuestro secreto”.

Ahora tenía que contestar algo sobre la Magia de Ánima, pero existía un pequeño, minúsculo e ínfimo problema… ¡Él no sabía casi nada de magia elemental! Es decir, sabía lo básico: el Triángulo de las Armas, los hechizos, la teoría, como conjurar, como moldear… pero nunca había profundizado más. ¿Alguien le podía culpar? Tenía acceso al mayor poder que ha conocido este mundo, ¿Por qué debería conformarse con juguetitos coloridos para niños? – Una magia capaz de consumir a su usuario si no la controla bien… tal vez soy más afín a la magia de fuego que a las demás Magias de Ánima por esa razón. Familiaridad. – se llevó la mano al mentón y elevó la mirada al cielo mientras se perdía en sus pensamientos. Había hablado con un tono más bajo de voz y parecía que estaba hablando consigo mismo más que respondiendo a la maga de ánima con cofia de sirvienta – Pero no sé yo si la calificaría como “difícil de controlar”. Simplemente es cuestión de mostrar tu autoridad ante las llamas y someterlas a su voluntad. Ya sabe. Además, en un entorno bélico seguro que es mucho más efectiva porque es inestable y caprichosa. – para él era fácil decirlo. Imaginad que en un circo os hacen entrenar de domador de animales en una jaula con una silla y un látigo y cada día hacen entrar a un león enorme con unos colmillos afilados y aserrados. Un león azabache que ruge, que salta, que patalea y que impone. Un animal que podría acabar con el domador de un zarpazo, pero sólo juega contigo y te da coba, esperando un momento para llevarte al otro mundo. Pero aprendes a tratar con él. Aprendes a defenderte de él, a convencerle que haga algún truco que otro, que se siente en la silla, por ejemplo. Pero siempre con el conocimiento que es un depredador y estás a su completa merced.

Bien, ahora imaginad que un día se abre la puerta de la jaula y en vez de entrar el león entra un gatito anaranjado.

¡Hablando de Magia de Fuego! Quizá tengo aquí algo que le interese dedicarme… – comenzó a excavar teatralmente en su viejo zurrón, pero sabía perfectamente donde había dejado lo que estaba buscando. Un libro rojo al lado de un libro negro, ambos dos en perfectas condiciones y guardados de forma que no sufrirían ni el más mínimo desperfecto en su transporte – ¡Aquí está! – y, con parsimonia, agarró con cuidado el grimorio y lo sacó de la bolsa tratando de ser lo más dramático posible. Los últimos rayos de sol del día cayeron suavemente sobre las portadas del grueso grimorio carmesí cuando el hechicero se lo tendió a la mujer para que lo viera mejor: un Tomo de Archfire nuevecito. Uno de los catalizadores de hechizos de Magia de Ánima más poderosos y avanzados que se conocen – ¿Quiere una pluma, señorita? Si puede ser, me gustaría que la dedicatoria sea algo como “Para mi mayor fan, Sindri” o “Para Sindri, gracias por apoyarme durante todos estos años” o “Sindri, espero que sigas apoyándome en el futuro” o… – incluso el muchacho que desdeñaba la Magia de Ánima debía reconocer que ese Tomo de Archfire era impresionante. ¡Y bien debía serlo teniendo en cuenta lo que le costó encontrarlo! Una cubierta de piel de buena calidad teñida de un color rojo intenso que era suave, pero firme, al tacto. Una serie de decoraciones doradas en las esquinas del libro combinaban a la perfección con el dibujo de una chispa amarilla, o quizá de una estrella, en el centro. Y el interior… ¡Oh el interior! Páginas de una inmensa calidad escritas con cuidado con tinta ni muy espesa, ni muy aguada – Seguro que eso me ayuda en mis combates venideros en la Arena de Regna Ferox. – mencionó con una sorprendente tranquilidad y falta de énfasis. Pero para un oído experto había dejado caer dos datos importantes como quién no quiere la cosa: que lucharía en el Gran Torneo de Regna Ferox y que tenía planeado emplear el Tomo de Archfire. Estaba perfectamente seguro que la doncella podría leer entre unas líneas perfectamente premeditadas.

Ram Amelia Isabella de Montmorency, me temo que tildar de breve este reencuentro es ser demasiado generosa. Yo tenía planeada una charla larga y tendida donde nos contaríamos las últimas noticias y anécdotas de nuestros viajes… – la engañó descaradamente. Cualquiera que conociera a Ram de Montmorency durante unos pocos minutos sabría que haría falta un nivel de persuasión y carisma inhumano para que le contara lo que había desayunado. Casi, casi se necesitaría algo de chantaje. Sí, seguramente necesitaría algo de gran calibre, que la hiciera sonrojar para… un segundo. De pronto, una lámpara de aceite se encendió sobre su cabeza – Oh, bueno, si tiene que irse, supongo que no puedo impedírselo. Peeeero como usted bien apuntó, esta es una noche especialmente peligrosa, por lo que es mi deber cívico acompañar a una damisela y asegurarme que no le ocurre nada. – técnicamente, su deber como Hechicero era ser la persona mala que se ocultaba en las sombras. Detalles. Minucias. Cosas sin importancia – Obviamente, usted está en pleno derecho de negarse. ¡Faltaría más! Pero, si lo hiciera, tengo un discursito que la convencerá sin dudas. Aunque, visto lo visto, usted es difícil de convencer… – miró al suelo unos instantes con un gesto contrariado en su cara, fingiendo estar descorazonado. Expresión que cambió al momento, cuando levantó la mirada hasta los ojos de la muchacha, ladeó la cabeza y dijo con voz triunfal, como si hubiera caído en la cuenta de algo – ¡Oh! Entonces sólo tendré que hacerlo en una voz extremadamente alta para que sea escuchado bien y toda la calle pueda oírme. Quizá alguien me ayude a convencerla~ – y, tras decir eso, se llevó la mano al pecho e hinchó los pulmones de aire. En sus tiempos como aprendiz en una troupe jamás le dejaron hacer roles importantes en las funciones teatrales. “Sobreactuaba demasiado”, le decían. Pues bien, a veces un mal actor era capaz de atraer mucha más atención que uno bueno.
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Re: [Entrenamiento] La buhíta que se vistió de medianoche [Privado; Ram de Montmorency]

Mensaje por Ram de Montmorency el Mar Ago 21, 2018 6:26 am

Parecía que el tiempo había hecho que la sirvienta de cabellos rosados olvidase algunas de las facetas que caracterizaban la personalidad excéntrica de Sindri, si es que esta podía ser tildada de alguna manera. Su primer encuentro en la Gran Biblioteca de Ilia había resultado fugaz, pero suficiente para dejarle grabada en la memoria esa carcajada tan siniestra como molesta, o esos enrevesados comentarios que amenazaban con volverse interminables si no eran interrumpidos bruscamente. Pero por otro lado apenas recordaba algo acerca de su tendencia a la teatralidad excesiva. Tampoco de su deformado sentido de la elocuencia. Por ese motivo no había sido demasiado difícil sorprenderla instantes atrás, cuando el mago oscuro puso todo su empeño en fingir que era su más ferviente admirador. La respuesta emocional de la joven pareció satisfacer con creces las expectativas del hechicero, que por fortuna decidió hacer caso de su petición desesperada para detener semejante espectáculo innecesario. Al menos durante los instantes que dedicó la maga a asegurarse de que no había nadie en los alrededores escuchándolos. Tan acostumbrada a servir a otros en silencio y a pasar desapercibida, Ram detestaba convertirse en el centro de atención de repente. Mas ese no parecía ser el caso de Sindri, quien se comportaba como si disfrutase acaparando las miradas de todo el mundo.

Máscara y sonrisas.

Todo cuanto era el hechicero podía resumirse en esas dos palabras. Máscara porque no hacía falta conocer demasiado a Sindri para darse cuenta de que se sentía cómodo actuando. A través de comentarios inocentes y de ademanes inofensivos, ofrecía a los demás la falsa ilusión de no ser más que un bibliotecario manso y tranquilo, pese a que la realidad resultaba ser muy distinta. Ram todavía recordaba cómo había sido inicialmente engañada por sus apariencias largo tiempo atrás, descubriendo por mera casualidad que aquel ratón de biblioteca canijo y cansino era en verdad un mago oscuro. “O más bien arcano, si me rindiese ante las inoportunas correcciones de mi interlocutor tan ilustrado en la materia”, se decía para sus adentros siempre que pensaba en el término. A Sindri parecía resultarle sencillo además de grato interpretar papeles. Hasta ahora le había demostrado que, en función de las circunstancias, sabía adoptar el rol de intelectual pedante, de ciudadano preocupado por el bienestar del mobiliario de la Gran Biblioteca o más recientemente, el de admirador aterrador. Pero Ram Amelia Isabella de Montmorency sabía que todo eso no eran más que tonterías. Puro alivio cómico y amargos sarcasmos que estaba acostumbrado a utilizar para salir indemne de cualquier situación que le fuese socialmente adversa. Estaba convencida de que había algo más detrás de toda esa maraña de complejas actuaciones. Incluso para alguien tan dedicada a analizar el comportamiento de otros como lo era ella, el mago oscuro resultaba para Ram tan insondable como el propio amo al que servía en la actualidad. ¿Quién era Sindri en realidad? ¿Cuáles eran las verdaderas intenciones que motivaban sus acciones? La sirvienta feroxí tenía la convicción de que entre las máscaras del bibliotecario y las suyas, tenían suficientes para organizar un baile de mascarada.

Sonrisas porque eran aquello con lo que decoraba su rostro siempre que tenía ocasión. Las utilizaba para coronar la mayoría de las palabras que su boca pronunciaba despreocupada. Otras veces las acompañaba también de inquietantes y profundas carcajadas. Pero siempre aprovechaba la ocasión para aportarles un matiz característico, a menudo irónico. Como si estuviese burlándose del Destino constantemente. Pero no hacía falta que su rostro esbozase el gesto para dejar patente la siniestra alegría con la que se tomaba los devenires de la vida y de la muerte. Podía notarse en cómo hablaba, en cómo se movía… Reflejaba un bienestar etéreo y poco natural, que contrastaba en demasía con lo que supuestamente alguien entregado a las artes oscuras debía representar, y eso quedaba patente en cómo seguía insistiendo en felicitarle por lo acontecido en su combate contra Anri, el misterioso enmascarado que portaba el nombre de un antiguo héroe alteano.

Pero Ram supo aguantar la nueva cascada de halagos ininterrumpidos sin vacilar lo más mínimo. Ya estaba acostumbrada a que el amo Virion la colmase de alabanzas similares, por lo que supo ignorar lo que consideraba simples palabras vacías. Era evidente que Sindri buscaba molestarla de nuevo, seguramente con la esperanza de verla perder la compostura una vez más. Debía de encontrar cierto placer enfermizo en propiciar que su gélido rostro, la mayor parte del tiempo imperturbable, se deformase reflejando esas molestas emociones que ella prefería reprimir. Pero la sirvienta ni siquiera titubeó al ver al otro mago guiñándole un ojo y posando su dedo índice sobre los labios, y solo le dirigió como respuesta una mirada tan fría que podía compararse a la de un cadáver.

En cambio, sí que captó su atención la respuesta del hechicero a su explicación del funcionamiento de la magia de fuego. Aunque consideró casi blasfemo que la contradijese aludiendo que él no la calificaría de difícil de controlar. No respondió debido a que veía innecesario que volviesen a iniciar una discusión acerca de la magia. Era evidente que las fuerzas arcanas se caracterizaban por ser mucho más volátiles y peligrosas que las de ánima, pero subestimar los riesgos que podía conllevar el empleo de la última solía ser el final de muchos magos imprudentes. “Solo un mago oscuro cabezota pensaría así” se dijo mientras terminaba de escuchar el razonamiento de Sindri. Mostrar autoridad ante las llamas. Someterlas como si fuesen poca cosa. Todo eso era un sinsentido que denotaba la falta de respeto del bibliotecario hacia los elementos de la naturaleza. Podía funcionar en lo esencial, eso sí, pero los misterios de la magia de ánima eran muchos, y con esa actitud un mago jamás sería capaz de sacarle el máximo partido a un grimorio ígneo. No, los poderes que las magas como ella controlaban se regían por otras reglas bien distintas y a la vez poco definidas. De tener que explicarse en términos sencillos, Ram habría afirmado que todo conjuro exigía un pequeño precio a cambio. Dicho pago suponía que, por un momento, la voluntad del fuego llegaba a alinearse con la suya propia, permitiéndole moldear el elemento a su entero antojo. La sirvienta creía con fervor que esta era la filosofía que largo tiempo atrás, durante la invasión a la Gran Biblioteca de Ilia, le había permitido utilizar el limitado poder de un simple tomo de práctica para abatir a un emergido. Pero suponía que Sindri no creería en argumentos tan débilmente fundamentados, y por esa razón prefirió seguir guardando silencio. Al menos hasta que este le mostró el volumen que tenía en su poder.

Un tomo de Archfire —dijo en voz neutra al reconocer la lujosa portada carmesí, a pesar de que sus ojos la contradecían al brillar con gran interés. Esos libros de magia eran costosos y muy difíciles de conseguir. En otras condiciones se lo hubiese arrancado de las manos para poder examinarlo con el debido detenimiento. Habría hojeado sus páginas vorazmente en busca de ideas para mejorar la efectividad de su propio manuscrito, quizá incluso aceptando la nueva proposición del hechicero de firmarle una dedicatoria como agradecimiento por habérselo mostrado. Pero no aquella noche.

Entiendo. En ese caso pediré permiso a mi señor para acudir a animaros. Espero que el Destino sepa sonreíros más que a mí en el torneo —respondió tras comprender lo que el mago oscuro quería dejarla intuir, dedicándole también una sonrisa breve pero sincera. Pero por mucho que desease quedarse a conversar acerca de tiempos pasados, el tiempo la apremiaba a despedirse. No sabía por cuanto más iba a poder seguir ahí frente al hechicero, fingiendo que no ocurría nada de nada, y por eso insistía tanto en que la dejase ir. Mas sus palabras resultaron ser inútiles de nuevo, y Sindri, después de presumir de que aún se acordaba de su nombre completo, la amenazó con volver a retomar el espectáculo de antes si no le dejaba acompañarla. “No se atreverá…” pensó al principio, reacia a tragarse toda aquella farsa convencida de que no era más que un chantaje sin futuro. Sin embargo, verle hinchando los pulmones con la intención de hacer justo lo que había prometido fue todo lo que necesitó para convencerse de que iba en serio.

Eso es trampa —le increpó molesta y con una expresión que delataba su enorme incomodidad—. Haced pues lo que queráis. Pero que conste que os he advertido del peligro.

Con esas duras palabras Ram quiso dar a entender que aceptaba su compañía a regañadientes, aunque en lo más profundo de sus pensamientos agradeciese tenerlo cerca para lo que estaba a punto de hacer. Sin aguardar una respuesta por parte del mago oscuro, la sirvienta empezó a caminar a través de las estrechas y frías calles de Regna Ferox. Posaba de vez en cuando su mirada en los edificios que conformaban el mosaico de la capital, advirtiendo que algunos aún se encontraban en proceso de reconstrucción tras la liberación del reino por parte de Altea. Grandes andamios y soportes de madera sostenían las modestas estructuras de arquitectura feroxí, pero sobre ellas ya no había obreros trabajando. Incluso las principales avenidas permanecían vacías y carentes del bullicio diurno, y de no ser por el fulgor de las antorchas que alumbraban los caminos, no habría sido difícil creer que la ciudad estaba muerta. Ni siquiera se veían guardias patrullando por los alrededores. Podía palparse algo realmente extraño en el ambiente, pero el rostro de la sirvienta seguía tan imperturbable como si no se hubiese dado cuenta de que algo no iba bien.

Aún estáis a tiempo de daros la vuelta —le advirtió por última vez con la inútil esperanza de disuadir a Sindri de continuar—. Si aun así seguís empeñado en seguirme, permitid que me tome el capricho de contaros un cuento.
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Re: [Entrenamiento] La buhíta que se vistió de medianoche [Privado; Ram de Montmorency]

Mensaje por Sindri el Mar Ago 21, 2018 7:48 pm

¡Ouch! ¡Quema! ¡Quema! Una mirada tan gélida tenía la capacidad de quemar al tacto, como el hielo de las montañas de Ilia. Unos ojos tan llenos de desdén y de desprecio que, al verlos, todo lo que quiso hacer Sindri es arrancar a llorar con berridos y gritos desconsolados. Tal vez. Hubiera sido entretenido, ¿no es así? Quizá no para la muchachita, pero sí para la audiencia. Al hechicero se le ocurrió que la mujercita tenía que aprender que sus acciones tenían consecuencias y que uno no podía ir lanzando miradas que podían contar como armas letales en siete países distintos. Pero no, no se sentía especialmente triste ahora, por lo que simplemente se contentó con mantener aquella mirada con sus ojos. Unos ojos rebosantes de positividad y entusiasmo chocaron de frente contra aquellas masas de hielo rosa acompañados de una sonrisa. No ofrecía ninguna resistencia puesto que en ningún caso sería capaz de detenerla. Tan sólo la aceptaba de manera amigable. O eso quería hacer, los ojos y las miradas, los espejos del alma, eran una ciencia inexacta y no podía sino intentar o pretender. El resultado estaba ya fuera de sus manos.

Para acompañar unos ojos que podrían causar ellos solos la extinción de los dragones de Elibe, la doncella eligió un silencio avasallador durante la mayoría de su conversación. “Conversación”. “Monólogo con un espontáneo esporádico”, más bien. Era un silencio que cortaba como un cuchillo y era capaz él solo de apagar el espíritu de cualquier persona. Un silencio experto, en opinión de Sindri… pero por desgracia para Ram de Montmorency, el muchacho era un bibliotecario de corazón y había pasado cuatro años en un lugar donde incluso los murmullos eran razón de queja. También estaba acostumbrado a ser ignorado, despreciado y, en general, dejado de lado sin miramiento alguno por lo que el desinterés de la mujer tampoco consiguió hacer mucha mella en él. Un público difícil, eso era todo. Un público sumamente complicado. Pero una audiencia sin acceso a tomates ni a hortalizas que lanzarle a la cabeza. Tampoco es que pudiera ver a una mujer tan digna y educada como Ram de Montmorency agacharse, coger munición del suelo y dedicarle unos abucheos. Eso son sentimientos y todo el mundo sabe que ella no tiene de eso.

¡Qué señorita tan lista! Es un Tomo de Archfire, sí, adquirido por servidor de usted de cara a un potencial combate en la Arena. Estos últimos tiempos han proliferado los Magos de Luz y podría ser un problema si sólo trajera Magia Arcana a los combates. No un gran problema, claro, pero sí uno que es buena idea evitar. – escaldado había quedado ya de su entrenamiento con el clérigo Luzrov tanto tiempo atrás. Ver que tus hechizos construidos con toda la habilidad que disponías eran tragados por una masa de Luz que los absorbía y los reducía a la nada. ¿Se habría sentido así alguna vez la Maga de Ánima al ver la Magia Arcana en acción? Si era el caso, podía simpatizar con ella. Verdaderamente, fue una experiencia que le había abierto los ojos y le hizo entender que limitarse a una sola rama de magia no era más que una debilidad autoimpuesta por su ceguera y su orgullo – Podría haber conseguido un Tomo de Archthunder, por ejemplo, pero me hacía ilusión ir conjuntado con usted... otra vez será, supongo. – mencionó Sindri con un tono algo alicaído, deprimido y decepcionado. Unas palabras que enmascaraban que había advertido aquel brillito en los ojos de la muchacha al ver el catalizador mágico. Aunque no merecía darse tampoco una palmadita en la espalda, cualquier grietecita en aquellos lagos glaciares era fácil de apreciar por pequeña que sea.

Una Ram Amelia Isabella de Montmorency sonriendo era un regalo celestial que bien podría estar precedido de un redoble de tambores y un tronar de trompetas típica de cuándo la realeza hacía acto de presencia en algún lugar. No duró mucho más que unos meros instantes, quizá la muchachita no estaba acostumbrada a sonreír y se le cansaba la cara, pero iluminó hermosamente su ya linda faz de manera notable – ¡Menudo honor! ¡Ram de Montmorency viene a ver mi combate! Si la veo entre el público ya me aseguraré que me den un coscorrón bien fuerte. ¡Seguro que eso le hace gracia! – bromeó mientras pensaba en quién debía ser su señor. Es decir, era una sirvienta, claro que debía haber alguien que la hubiera contratado. ¡No llevaría el uniforme por puro gusto! Con muchas preguntas en su cabeza, continuó diciendo – Quizá incluso utilice este grimorio en su honor, ¿Qué le parece la idea? Tal vez el Destino sí le sonríe mañana y acabo mis días… ¿Cómo dijo usted? ¿Consumido por las llamas? Ahuhuhu~ – una muerte ignominiosa para un Hechicero, el ver su vida acabar por un conjuro de Magia de Ánima. Pero un final que haría muy feliz a más de uno y de dos. ¿Qué podía decir Sindri? Realmente lo haría todo por su público.

Pero fueron las palabras llenas de reproche de la mujer las que arrancaron una diáfana carcajada por su parte, una muy espontánea y sin dobles sentidos detrás. Una risa clara y sin malicia, sino repleta de buen humor concentrado. Simplemente le había hecho mucha gracia la manera como Ram de Montmorency había expresado su reconocimiento de derrota – ¿Trampa? Querida, le recuerdo que soy un Malvado Mago Arc- Oscuro, en caso que lo haya olvidado. ¿Esperaba usted menos de algo tan rastrero y detestable? ¿De algo tan zafio y ruin? Ahuhuhu~ – levantó las palmas hacia el cielo un momento y negó con la cabeza, cerrando los ojos mientras lo hacía con una expresión pícara en su cara. Realmente el desdén y el disgusto de Ram de Montmorency por los Magos Arcanos le ofrecían al muchacho un pozo sin fondo de bromas y chistes que hacer. Y no querría que fuera de ninguna otra forma – ¡Vamos, pues! ¡El peligro nos aguarda en la noche y la oscuridad! – anunció a un mundo que lo ignoró por completo antes de comenzar a seguir a la silenciosa doncella con paso seguro, pero distendido. Sería un faux pas tremendo alcanzarla o, todavía peor, caminar a su lado sin permiso expreso de la señorita. ¡Imaginad las habladurías! ¡El qué dirán!

Mientras caminaba, el muchacho aprovechó para llenarse sus pulmones con el fresco aire de la noche. ¿Acaso existía un momento más mágico del día? Sin pensárselo dos veces alzó la vista al cielo y comenzó a admirar las estrellas centelleantes que había por encima de él, aunque recordaba bajar la vista el suelo alguna vez para asegurarse que la doncella no le había dado esquinazo aprovechando que estaba distraído. Trataba de pensar algún tema de conversación que pudiera gustarle a Ram de Montmorency… pero pronto eso se convirtió en una tarea verdaderamente hercúlea. Podría preguntarle de nuevo sobre la magia de fuego o sobre el Tomo de Archfire que había guardado de nuevo en el zurrón. Quizá podía preguntarle sobre su nuevo señor. No, no, no, eso jamás iba a funcionar. Conocía la maga de ánima lo suficiente para saber que aquello seguramente serían palabras lanzadas al vacío o contestadas con una única mirada penetrante de desprecio. Necesitaba algo mejor.

¿Hm? ¿Qué? ¿He oído bien? – sus pensamientos se vieron interrumpidos por la última cosa que hubiera esperado: una conversación con Ram de Montmorency. Y no una conversación cualquiera… sino una que prometía una gran parte de interacción de su parte. ¿Le estaba intentando tomar el pelo? ¿Era alguna triquiñuela suya? ¿Se estaría vengando por las bromas anteriores? ¿Acaso le habían hecho el cambiazo mientras observaba la luna y le habían dejado otra sirvienta pelirrosa? No pudo ocultar una expresión de genuina sorpresa en su cara – ¿Un cuento, señorita de Montmorency? ¿Es hora de irse a dormir? ¿De la leche caliente y las galletitas? ¿Me arropará y me dará un besito de buenas noches después para tener dulces sueños? – si bien trató de bromear con el tema y sonar juguetón con sus palabras no pudo reprimir un tono de voz algo incrédulo y escéptico. ¿Alguien podía culparle, acaso? Alguien que hubiera conocido a Ram de Montmorency durante más de cinco minutos, quería decir. Arqueó la ceja, intrigado por la situación, y centró toda su atención en la personita que tenía delante – No se preocupe en absoluto, seré un buen nene y no la interrumpiré en absoluto. ¡Poca gente puede jactarse de eso! Pero espero que su historia tenga princesitas, no hay mejores cuentos que aquellos que tienen princesas. Y unicornios. Princesas unicornio. – y, tras decir aquello, se sumió en un silencio sepulcral. Un silencio completamente distinto del que empleaba la señorita Ram Amelia Isabella de Montmorency.

El silencio universal que profesaban los alumnos cuando la maestra más estricta estaba dando clase.
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Re: [Entrenamiento] La buhíta que se vistió de medianoche [Privado; Ram de Montmorency]

Mensaje por Ram de Montmorency el Miér Ago 22, 2018 1:17 pm

Pese a que su conducta fría y cortante no dejaba entreverlo a ojos ajenos, Ram Amelia Isabella de Montmorency era plenamente consciente de que su compañía no era la mejor para mantener una conversación. Desdeñaba la idea de malgastar saliva en diálogos innecesarios, y por ese motivo procuraba escoger con cuidado cada una de las palabras que pronunciaban sus delicados labios. Había asimilado desde muy pequeña la noción pesimista de que la naturaleza humana era ruin y traidora, puesto que cualquier individuo dotado de lengua y boca podía mentir sin escrúpulos. La posibilidad del engaño estaba siempre presente para los más cautos, mientras que negarse a semejante evidencia era sinónimo de pecar de ingenuidad. Para la sirvienta de cabellos rosados, tan desencantada como lo estaba con sus propios semejantes, solo las acciones le valían para juzgar a otras personas. Las intenciones resultaban fáciles de disfrazar tras la mentira, pero esconder los gestos, las miradas o las decisiones era algo que no estaba al alcance de cualquiera, y que terminaban por delatar la verdadera voluntad de los demás. Sus reticencias a decir más de la cuenta frente a otros habían empeorado con el transcurrir de los años, definiendo así la personalidad cerrada y silente de la que estaba haciendo gala frente al mago oscuro. Se sentía cómoda en el refugio que le aportaba la desconfianza, pero a diferencia de su querida e introvertida hermana pequeña, no había olvidado cómo interactuar con los demás.

“Oh, Rem…”. Volver a pensar en ella hacía que le costase reprimir la dolorosa pesadumbre que aún la abrumaba de vez en cuanto. Daba igual cuánto tiempo pasase, o lo mucho que intentase dedicarse a su nueva vida. El recuerdo de la culpa seguiría atormentándola día y noche. La echaba mucho de menos, al igual que también se odiaba a sí misma por no haber estado a su lado cuando ella más la necesitaba. El amo Virion tenía por costumbre colmarla de alabanzas y tratarla como si fuese alguien de gran valor para él, mientras que Sindri parecía sutilmente atraído por su peculiar manera de ser. Pero Ram sabía que cualquier opinión que tuviesen de ella era injusta. No merecía un trato tan preferente. No era especial. No era nada.

El enigmático bibliotecario de Elibe, totalmente ajeno a los siniestros pensamientos que ocupaban la mente de la criada aquella noche, seguía presumiendo con gran entusiasmo del tomo de Archfire que sujetaba entre sus manos. En otras circunstancias, la muchacha habría encontrado en el momento cierta ironía con la que mofarse cruelmente del hechicero. ¿Un mago oscuro orgulloso de tener a su disposición un tomo de magia de ánima? Pensaba que, a juzgar por todo lo que este le había contado durante su primer encuentro en Ilia, algo así podía ser visto por los de su calaña como rebajarse a utilizar una magia inferior. Sin embargo, Sindri le explicó que el propósito de su adquisición tenía que ver con el torneo que se estaba celebrando en Regna Ferox. Ram coincidía en que los magos de luz eran raros, pero ignoraba que el empleo de ese elemento estuviese volviéndose tan popular. Al menos lo suficiente como para convencer al hechicero de Ilia de que quizá, y solo quizá, la magia de ánima podía ser algo más que simples trucos baratos.

Una vez intenté aprender algo de magia de luz, pero las cosas no acabaron bien —reconoció de repente en voz baja. Se notaba que se sentía incómoda hablando del tema, pero creía que se lo debía al bibliotecario como mero acto cortés para que la conversación no se pareciese tanto a un monólogo. Esperaba que la revelación no suscitase la curiosidad de Sindri en demasía, ya que su interés en la Luz había sido breve y desastroso, y no estaba dispuesta a revelarle nada más al respecto. Pero en ese momento, su interlocutor añadió que le habría gustado ir “conjuntado” con ella. Ram volvió a callar, consciente de que seguramente lo que decía eran exageraciones destinadas a seguir provocándola. Le resultaba inconcebible que siguiese estimando a la magia de ánima como si fueran poco más que prendas de vestir a juego, por lo que optó por convencerse de que tamaña osadía no debía ser más que otra de sus bromas. Por otra parte, Sindri recibió la noticia de que ella estaba dispuesta ir a verle en el torneo de Regna Ferox con inusitada alegría.

Imposible —le espetó tras escuchar cómo hablaba despreocupado acerca del Destino y de la posibilidad de fallecer consumido por el fuego—. Porque simplemente es cuestión de mostrar vuestra autoridad ante las llamas. De someter su poder, ¿no es así?

Se trataba de un intento forzado de contestar al mago oscuro con sarcasmo. De usar contra él su propia medicina. Pero su voz sonó tan firme y severa que parecía más bien un cruel reproche. Ram no se molestó en añadir nada más por el momento, ni siquiera cuando su interlocutor dejó escapar esa risa tan particular. La primera risa sincera que había escuchado viniendo del propio joven. La sirvienta no pudo hacer más que preguntarse por el detonante de una reacción tan extraordinaria en el otro joven. ¿Acaso había dicho algo gracioso sin querer? La sinceridad y Sindri no solían ir precisamente de la mano después de todo, pero en aras de dejar de darle más vueltas de las necesarias al asunto, procuró restar importancia a la situación asintiendo con la cabeza ante el siguiente anuncio de este. Tal y como había dicho el mago oscuro, el peligro aguardaba en la oscuridad de la noche. Pero la diferencia radicaba en que ella lo conocía de antemano, y en que él ignoraba que estaba a punto de descubrir que todas sus advertencias estaban bien justificadas. Al menos supo guardar silencio cuando Ram se lo pidió, no sin antes aprovechar para quitar tensión al ambiente con unas cuantas bromas de más. “Me temo que en este relato no hay princesas ni unicornios” quiso contestarle, mas imaginaba que ese detalle era algo bastante evidente. Esperaba que Sindri supiese discernir la verdad detrás de la fábula. La realidad escondida detrás de sus metáforas. Ahora que estaba a punto de enfrentarse a los temores que arrastraba durante tantos años, sentía la incomprensible necesidad de confesar su historia ante cualquiera que estuviese dispuesto escucharla, aunque fuese en forma de cuento incongruente.

Hace mucho tiempo, en un frondoso bosque que se extendía casi hasta el infinito, vivía una pequeña ave a la que nunca le faltaba de nada. Sus bellos cánticos captaban la atención de todos los demás animales del bosque, su plumaje era tan bonito que dejaba embelesados a los otros pájaros del lugar, y su nido era el más grande del árbol que habitaba…

Mientras le contaba el relato a Sindri, la mirada de la sirvienta de cabellos rosados estaba fija en el horizonte. Sus ojos inertes revelaban que ya no estaba prestando atención a sus alrededores, quizá centrada únicamente en las palabras que pronunciaba con delicadeza y mesura. Aprovechó entonces para hacer una breve pausa, cuyo silencio era únicamente interrumpido por el sonido rítmico de sus pasos. Cuando volvió a hablar, su voz se quebró manifestando repentino rencor. Un rencor tan intenso y fogoso como la magia que utilizaba en combate, y que a pesar de ser un sentimiento que había estado siempre con ella, pocas veces se atrevía a manifestar frente a los demás.

Pero no era suficiente. No para esa ave. Quien lo tiene todo siempre quiere más —masculló con odio—. A diferencia de los demás pájaros del bosque, ella era un ave que había nacido sin alas. No podía volar, al igual que las criaturas que vivían en la tierra, y que a menudo observaba con desprecio y superioridad desde su nido en las alturas.

En ese momento, Ram bajó su mirada hacia la máscara de madera que estaba sujetando entre sus manos. Paseó sus finos dedos a través de los surcos que le otorgaban su aspecto aviar, a la vez que su voz volvía a recuperar un tono más tranquilo. Más amable.

Tenía una amiga. Una lechuza con la que siempre mantenía largas conversaciones por las noches, cuando los otros pájaros dormían plácidamente y la Oscuridad impregnaba el bosque bajo su frío manto. Pero la envidia de la pequeña ave sin alas crecía y crecía cada día. La noción de ser igual de insignificante y mediocre que las ardillas o los ciervos, que solo podían caminar sobre la tierra, se le antojaba insoportable. Tenía fama y riquezas, pero lo que ansiaba de verdad era el poder volar. El Poder, ni más… ni menos—. Ram Amelia Isabella de Montmorency ignoraba hasta qué punto entendía el bibliotecario el críptico mensaje de su cuento. No estaba en su naturaleza revelar sus secretos directamente, sobre todo cuando de quien estaba hablando era de su familia. Pero los magos como Sindri adoraban los acertijos y los juegos de palabras, por lo que imaginaba que el joven encontraría divertido buscarle un significado a la mayoría de las cosas que estaba diciendo. Aunque, por otro lado, su garganta empezaba a sentir sed debido a lo poco acostumbrada que estaba a hablar tanto. Raras veces se mostraba tan elocuente como aquella fría noche.

Querer ser igual y mejor que las otras aves. Poder volar más arriba que cualquier otro pájaro para mirar con superioridad a todos y cada uno de los animales del bosque. Ésos fueron los deseos que llevaron a la pequeña ave a acabar con la vida de su amiga, y a arrancarle las Alas que tanto ansiaba para quedárselas ella —dijo mientras su relato adquiría un cariz sombrío e inquietante—. Pero la pobre lechuza, traicionada y a las puertas de la muerte, utilizó su último aliento para maldecir a la pequeña ave. La señaló y le dijo: “Vieja amiga. Tú, que tanto ansías tenerlo todo, pagarás un alto precio por lo que has hecho.”

Fue en esos instantes en los que comenzaron a oírse los pasos de una tercera persona. Al fondo de la calle por la que Ram transitaba podía verse una figura encapuchada que era alta y delgada. La capa negra era parecida a la que la joven llevaba, pero la casualidad más notoria de su indumentaria era la pétrea máscara blanca que le servía para ocultar su rostro. Dos hendiduras diagonales para los ojos, pero ninguna para la nariz o la boca, eran los únicos rasgos que podían entreverse a esa distancia. Se trataba de una máscara de apariencia aviar como la de la sirvienta, pero en comparación, la de esta última parecía una burda imitación infantil ante el semblante intimidante de la primera. La figura emanaba gran hostilidad, y se detuvo en silencio en mitad de la avenida vacía, mas Ram parecía no darse cuenta de su presencia.

“Como lechuza vivirás, al igual que tu estirpe que ahora maldigo. Pues mi advertencia es la siguiente: algún día del huevo podrido nacerán dos pequeños búhos que darán fin a tu descendencia. Te arrebatarán todo lo que tienes ahora, y también todo lo que tendrás. Así culminará mi venganza” —terminó de decir la muchacha con aire solemne antes de suspirar y volver a mirar a Sindri, buscando en él algún atisbo de expresividad que delatase sus pensamientos. Pero antes de que este pudiese decir nada al respecto, tomó su propia máscara aviar y se la colocó de nuevo sobre el rostro—. Sabed Sindri, que este es el fin del cuento, pues yo fui quien nació del huevo podrido.

Sin recitar primero las palabras en idioma antiguo que tanto acostumbraba a utilizar a la hora de conjurar sus hechizos, Ram Amelia Isabella de Montmorency encaró al extraño y le apuntó con su tomo de viento. Llevaba mucho tiempo esperando ese momento. El deseo de venganza estaba reflejado en su mirada iracunda, y eso quedaba manifestado también en las violentas corrientes de aire que se empezaban a concentrar a su alrededor. La otra figura encapuchada ladeó la cabeza hacia un lado, mostrando cierta curiosidad por el peculiar joven que acompañaba a su presa, antes de emitir una escalofriante carcajada que resonó en mitad de la noche. Extrajo del interior de su ropa un ajado tomo de magia oscura, y se dispuso a preparar su propio hechizo en silencio.

Arma:
Ram de Montmorency usa Tomo de Viento.
Afiliación :
- ILIA -

Clase :
Mage

Cargo :
Sirvienta

Inventario :
Vulnerary [2]
Concoction [2]
Tomo de Elfire [3]
Dagas de bronce [4]

Pagina mágica [1]
Tomo de Viento [1]

Support :
Virion

Especialización :

Experiencia :

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795


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Re: [Entrenamiento] La buhíta que se vistió de medianoche [Privado; Ram de Montmorency]

Mensaje por Sindri el Sáb Ago 25, 2018 4:15 pm

Todo lo que sucedió antes del intrigante y alegórico cuento fue poco más que un eco en su memoria, pero un eco que es menester repasar.

Fue una sorpresa que la mujer reconociera haber intentado trastear con la Magia de Luz, una magia tan hermética que rara vez salía del entorno del clero. Según el Triángulo de la Magia, la Magia de Luz era la energía taumatúrgica que vencía a la Magia Arcana, del mismo modo que la Magia Arcana superaba a la Magia de Ánima. No le extrañaba en absoluto que alguien que detestaba la Magia Arcana buscara la ayuda de la Magia de Luz, era algo lógico y pragmático. Pero, aún teniendo eso en mente… ¿Dónde y cuándo podría haber hecho eso? ¿Habría encontrado algún Mago de Luz dispuesto a pasar sus enseñanzas fuera de la curia? Una parte de él sintió una pena inmensa por el Sindri de un universo paralelo en el que Ram de Montmorency contaba con hechizos de Luz… – Yo creo que ni siquiera podría tocar un Tomo de Luz. Es decir, supongo, no sé decirle con seguridad. Quizá me quemaría. O quizá me exploraría en las manos. Sea como fuere, no acabo de encontrarme a gusto cuando la Magia de Luz está cerca… – era algo antinatural. Y no en el sentido positivo de la Oscuridad. Era ofensivo para sus sentidos. Esa brillantez, esa existencia sin forma… una abominación sin duda alguna. Al menos ya no le causaba la misma mezcla de pavor y repulsión que la primera vez que la vio. Era un comienzo, pero no quería acercarse a ningún Mago de Luz sin algo de Magia de Ánima consigo por si acaso se le ocurrían ideas inquisitoriales.

Sonrió entonces con amargura ante la nueva y cruel puya nociva cortesía de Ram de Montmorency. Viendo lo mucho que lo detestaba y no le importaba tratar de clavarle alguna daga dialéctica en el estómago, hablar un poco más de un final del camino aciago parecía buena idea para romper el hielo. Eso también era uno de sus temas predilectos, al fin y al cabo – ¿Y qué puede hacer un mero herético contra el Destino, señorita de Montmorency? Si el Destino es justo entonces querrá ver la gente mala castigada. Si no lo es, entonces no le importará quién acaba en las llamas. – Sindri paseó despreocupadamente sobre un tema tan sombrío y oscuro con la misma voz que alguien hablaría del tiempo que hace hoy. Si la Magia de Ánima era la verdadera magia, tal y como la doncella le explicó en la Gran Biblioteca de Ilia, entonces no tendría absolutamente ningún problema en revelarse contra él – ¿No es el destino de los herejes como yo las llamas y las piras de los fanáticos? Perdón, quería decir “de los defensores de la ley y el orden”. No creo estar en posición de pedir el hacha del verdugo y preferiría evitar la humillación de la soga, si es posible. Puestos a elegir, el fuego es una de las mejores opciones para alguien como yo~ – el muchacho siguió bailando alegremente sobre el tema, marcando un alegre foxtrot por encima de un asunto tan siniestra como era su final. Pero entre ese buen humor y curiosidad macabra un oyente experimentado podría notar un ápice de aceptación tácita y resignación. Para algunos, bromear sobre los malos momentos los hacía más llevaderos, sean estos pasados, presentes o futuros. Al menos eso les daba un cariz más cómico… y a la persona una excusa para no intentar cambiarlo.

Y el cuento comenzó.

Sindri no sabía que esperar, pero el hecho que fuera una fábula de entre todas las cosas fue una sorpresa mayor. Realmente estaba bromeando cuando decía que quería un cuento con unicornios (aunque secretamente esperaba que apareciera alguno) y el hecho que nada más empezar la protagonista fuera un pájaro de entre todas las cosas hizo que arqueara la ceja. No dijo nada, por muy traidor que fuera él se sentía un hombre de palabra, por lo que abrió bien los oídos y comenzó a pensar mientras la historia continuaba. Alegorías, metáforas y símiles comenzaron a danzar dentro de su cabeza. Obviamente no le estaba contando una historia porque se aburría, bien sabía que el estado natural de Ram de Montmorency era el silencio y que no lo rompería por asuntos banales. Debía haber algo en aquella historia que era importante que conociera.

Un ave. ¿Qué pájaro? La estoica sirvienta había dicho que era un ave que cantaba bellamente, que tenía un plumaje hermoso y que su nido era la envidia de todos. Le vino a la cabeza inmediatamente la imagen de un precioso cisne blanco nadando en un lago de forma digna y grácil. El cisne, el pájaro más bello de todos los que existían en este mundo. Y los cisnes también cantaban, pero sólo en el momento de morir. Hasta entonces, los pájaros más elegantes y gráciles restaban en un maravilloso y entrañable silencio capaz de embelesar a todo espectador. Aun así, todo el mundo sabía que su voz era la más melodiosa del mundo animal, superando cualquier composición de los ruiseñores o los jilgueros que deseaban con todo su corazón poder asemejarse un poco a las blancas aves. Aunque Sindri no recordaba en ningún momento que los cisnes tuvieran nidos sobre los árboles…

Y es que el Hechicero era, sorprendentemente, un experto en cisnes. Su madre, la Marquesa Toriel de Ryerde, era también la Cuidadora Oficial de Cisnes del marquesado de Lycia, uno de los títulos honoríficos más importantes. La carne de cisne es el manjar más delicioso que puede servirse en cualquier banquete o boda, puesto que sólo estas festividades podían exigir un comensal de tanta importancia como el cisne. Así pues, el cuidador oficial de cisnes debía ocuparse no sólo que los cisnes de la corte estuvieran perfectamente cuidados sino también llevar a cabo todas las operaciones y transacciones para adquirir los mejores ejemplares. Se perdió en los recuerdos de aquellas tardes de primavera hace años y años, cuando su madre lo traía al jardín de la corte y lo sentaba en su falda para contarle todo de historias, cuentos y datos sobre los animalitos.

Pero se obligó a abandonar el mundo de los recuerdos puesto que tenía un deber para con la señorita Ram de Montmorency. Llegó justo a tiempo para escuchar unas palabras empapadas en el vitriolo más cáustico para dar paso a otras que bien podrían ser la suave brisa de un mediodía de otoño. Fuera quien fuera el pájaro misterioso, era alguien que había pintado con una envidia y una ambición sin límites mientras que la lechuza, la buena amiga, era… o más bien fue una persona encomiable. Si es que la alegoría había dejado de serlo. El muchacho se estaba dejando la cabeza, pero sentía que no estaba más que dando palos de ciego con la información adquirida por ahora. ¿Un pájaro que no podía volar tenía envidia de otro que sí? Volar ciertamente era algo maravilloso, pero… – Ah… – ahí estaba lo que necesitaba. La palabra con mayúscula. Había quién decía que no podías saber cuando alguien decía algo con mayúscula y cuando no, pero se equivocaban. Había ciertas palabras que sabías instintivamente si llevaban mayúscula o no. Y, por la pronunciación que le había dado, Poder llevaba definitivamente mayúscula.

Y Sindri sólo conocía un Poder con mayúscula.

La doncella pelirosa conocía su audiencia, por lo que todo esto no podía achacarse a una mera coincidencia. ¿Podría ser que…? ¿Podría ser la razón por la que…? Su expresión cambiaba a marchas forzadas, mientras caminaba por el laberinto de la fábula. Llegaba a una encrucijada. Encajaba y no encajaba. Tenía cabida y la forma no era la correcta. Tenía sentido, pero a la vez, faltaba contexto. Y cuando apareció la palabra maldecir, de entre todas las que podría haber empleado, no le sirvió más que para afianzar su teoría. Pero Sindri no era alguien que diera nada por sentado, y dudaba que la mujer simplemente le hubiera dado una historia con una respuesta tan simple. Había ahí algo más que descubrir, pero… ¿Sacrificios? ¿Sacrificios metafóricos? – – los ojos púrpuras del muchacho fueron atraídos por el movimiento de una figura entró en escena sin invitación. Su porte y, especialmente, aquella máscara conocida indicaban claramente que no se encontraba ahí por mera casualidad tras perderse por alguna calle al salir de la posada. El muchacho alternaba su mirada entre Ram de Montmorency, que parecía tan absorta en su historia que no parecía haberlo visto, y aquella figura con máscara aviar, cuya presencia no auguraba nada bueno.

¿Dos? – preguntó casi automáticamente el hechicero tras escuchar que ella era la que nació del huevo podrido de la venganza, la última alegoría que cerraba la historia. ¿La lechuza no dijo que nacerían dos búhos? Quizá no era una pregunta adecuada para este momento, pero… ¿No tendría que haber dicho “soy una de las que nacieron”? Tenía preguntas, muchas preguntas, pero al ver que la mujer había vuelto a retomar el papel de Harpier con determinación entendió que era el momento de posponerlas – Oh, señorita, me parte usted el corazón. ¡Pensaba que yo era el único al que amenazaba sin mediar palabra! – anunció con alegría fuera de lugar mientras observaba mejor la otra persona ahora que estaba cerca. La máscara era parecida a la que llevaba Harpier, sí, aunque con algunas diferencias de calidad. Su atuendo, por otra parte, era el de la típica persona que no quería ser reconocida… poco más podía dilucidar ahora por ahora – ¿Amigo suyo? ¿Familiar? ¿Compañero de trabajo? ¿Comprador en la misma tienda de disfraces? – preguntó por lo bajo a la sirvienta mientras se cubría pulcramente la boca con la mano. No es que esperara una respuesta, la pequeña gladiadora estaba demasiado volcada en la situación, al fin y al cabo – Definitivamente familiar… – masculló sardónicamente tras ver que el misterioso encapuchado también se dedicaba al innoble arte de las amenazas sin palabras e iba directo al grano. Aunque debía reconocer que aquella risa malvada estaba bastante bien entrenada…

No queriendo ser menos (no pudiendo ser menos), el Hechicero metió la mano en su zurrón con parsimonia mientras suspiraba nuevamente. Cuando la mujer decía que la noche era especialmente peligrosa… ¿Se refería a este peligro en concreto? ¿O era un peligro de muchos? Sea como fuere, sacó poco a poco su nuevo y reluciente Tomo de Nosferatu, el mejor catalizador de hechizos de Magia Arcana del que se tiene conocimiento. Era un grimorio hermoso y finamente decorado, pero entre aquellas sombras poco podían apreciarse los detalles plateados o los símbolos grabados con mano experta. Mas el hecho que podía notar como la nueva presencia estaba moldeando un hechizo y que un viento nuevo estaba comenzando a sacudir su capa, entendió que no era el instante para alardear de buen gusto en libros de magia. Era el momento de esperar a ver qué sucedía a continuación, y el muchacho sólo estaba seguro sobre una cosa.

El pájaro de la historia no podía ser un cisne bajo ningún concepto. ¡Todos los cisnes eran buenos y amables, por lo que jamás harían una cosa tan horrible!

Off:
Sindri usa el Tomo de Nosferatu en este tema.
Afiliación :
- ILIA -

Clase :
Sorcerer

Cargo :
Bibliotecario (Gran Biblioteca de Ilia)

Autoridad :

Inventario :
Vulnerary [3]
Tomo de Worm [1]
Tomo de Archfire [3]
Tomo de Nosferatu [4]
.
.

Support :
Lyndis

Especialización :

Experiencia :

Gold :
2555


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Re: [Entrenamiento] La buhíta que se vistió de medianoche [Privado; Ram de Montmorency]

Mensaje por Ram de Montmorency el Lun Ago 27, 2018 9:15 pm

Ram Amelia Isabella de Montmorency sostenía con una determinación inusual el tomo de magia abierto. Su dedo pulgar aferraba la unión entre las páginas de la izquierda y de la derecha, dividiéndolas con una fuerza que amenazaba con dañar el papel, mientras que empleaba el índice para sujetar todo el peso del lomo. La tinta de los garabatos plasmados en idioma antiguo parecía refulgir de vez en cuando, marcando el compás de las violentas corrientes que danzaban alrededor de la sirvienta. Ram permanecía inmóvil y callada, pero el viento que manipulaba aullaba estremecedoramente en mitad de aquella noche, removiendo sus cabellos rosados y haciendo ondear también la capa negra que vestía. Delgados hilos de naturaleza etérea empezaban a materializarse alrededor de su cuerpo, a la vez que brillantes runas compuestas de la energía vital que la maga canalizaba por medio de su libro aparecían de la nada. Se unían entre sí y se separaban a placer, flotando con un fulgor dorado que iba alumbrando partes de su delgada silueta. Adoptaban caprichosas formas geométricas, y la envolvían a medida que recitaba susurrante las palabras escritas en el ajado tomo de viento. El otro enmascarado tampoco quiso perder el tiempo, y tras alzar una de sus manos en dirección a la joven, comenzó a conjurar lo que se asemejaba a una pequeña esfera de oscuridad. El miasma creció gradualmente y con lentitud hasta alcanzar el tamaño de una cabeza, y el ruido pesado de las crepitantes chispas procedentes de su núcleo servían para advertirla de que debía de tratarse de un hechizo peligroso.

Aunque pese a tener la fortuna de contar con todo un experto en la magia arcana de su parte, sus ojos iracundos estaban solo fijos en la amenaza que tenía delante. Sindri le había preguntado instantes atrás por la identidad del desconocido, pero Ram estaba demasiado inmersa en el preámbulo de la inminente batalla como para contestarle con una respuesta que satisficiese su curiosidad. Por fin. Por fin volvían a encontrarse después de tanto tiempo. Resultaba difícil controlar la amalgama de emociones que se arremolinaban en sus pensamientos. Tristeza. Culpa. Rabia. El otro enmascarado parecía confiado, quizá ignorante ante el hecho de que las cosas habían cambiado mucho desde la última vez en la que se habían enfrentado. Ahora era más hábil. Más fuerte. Su destreza en batalla había mejorado desde entonces, y ardía en deseos de demostrárselo tanto a él como a sí misma. Al igual que un espadachín poderoso era capaz de superar sus desventajas y derrotar a un lancero, Ram volvía a confiar en que su magia de ánima sería suficiente para derrotar al mago oscuro encapuchado.

No intervengáis —le ordenó con brusquedad a Sindri de repente—. Él es mío.

Su impaciencia la llevó a querer dar el primer golpe. Bastó un breve gesto con la mano para que todas las corrientes de viento que manipulaba se concentrasen para convertirse en una sola, adquiriendo así la forma de una ráfaga arqueada que se precipitó contra el enemigo con la misma rapidez que una flecha. Pero no conforme con eso, y sin ni siquiera asegurarse de que su hechizo había dado en el blanco, la sirvienta volvió a conjurar de inmediato otro proyectil de viento que le arrojó sin miramientos. Después de este vino otro. Y otro. Y otro más. El semblante de Ram Amelia Isabella de Montmorency, parcialmente oculto tras su máscara aviar, podría mostrarse tan indolente e inexpresivo como de costumbre. Pero había algo diferente en su mirada. En cómo mantenía una compostura impasible mientras descargaba sobre su rival una violenta y cruel cadena de veloces hechizos. Las corrientes de viento que invocaba levantaban el polvo del suelo, arañando los adoquines de la calle empedrada y entorpeciendo la visión de los presentes. La joven de cabellos rosados solía darse a conocer como alguien metódica en el campo de batalla, pero en esa ocasión, la sed de venganza la hacía atacar con gran violencia a expensas de precisión.

Se detuvo al cabo de unos segundos. Su respiración se había vuelto pesada y entrecortada a causa del anterior alarde de poder. Pero no era tan insensata como para bajar la guardia a la primera de cambio. La cortina de polvo le impedía ver qué había sido de su oponente, así que esperó a que se disipase sin intercambiar ninguna palabra con su acompañante. El incómodo silencio que los envolvía duró poco, pues fue roto por una nueva carcajada escalofriante que evidenciaba que el combate no había hecho más que empezar.

Imposible —murmuró incrédula mientras empezaba a divisar de nuevo la figura esbelta de su rival. Retrocedió varios pasos, confundida. Los restos de cajas y demás estructuras de madera esparcidos por el suelo, junto a los superficiales arañazos que habían quedado marcados en la piedra de las paredes y del pavimento, evidenciaban que le había atacado con una fuerza semejante a la necesaria para derribar a un árbol con raíces poco profundas. Pero sus ojos no la estaban engañando, y de no ser por el notorio rasguño causado sobre su máscara pétrea, el misterioso mago oscuro habría salido totalmente ileso del ataque. “Está jugando conmigo. Otra vez.” pensó en ese momento, mientras volvía a alzar su tomo de viento dispuesta a volver a intentarlo. Ram apretó los dientes con rabia, sin reparar en que el orbe de oscuridad conjurado por el otro hechicero había desaparecido de sus manos, convirtiéndose en una especie de fluido que ahora se filtraba por el suelo para desplazarse por debajo de la tierra. Centrada una vez más en recitar palabras en idioma antiguo, no notó cómo una telaraña compuesta de energía arcana aparecía justo bajo sus pies hasta que fue demasiado tarde. —¡…!— Fue incapaz de articular un grito o de pedir ayuda antes de que el aura oscura ascendiese envolviéndola por completo. Sintió de repente una violenta sensación de ahogo, que la obligó a torcer su cuerpo hacia adelante y con las manos rodeando su garganta. Respiraba con suma dificultad por la boca, presenciando horrorizada cómo aquella oscuridad la debilitaba por momentos. Solo cuando sus fuerzas le fallaron y cayó de rodillas al suelo, casi al borde de la inconsciencia, el otro enmascarado decidió pronunciarse en un tono aparentemente amable.

¡Oh! ¡Ohh! ¡Fantástico! ¡Fantástico! Sin duda una muestra de habilidad que haría palidecer a muchos otros estudiantes de magia de tu edad, mi querida y estimada lady Isabella —celebró mientras aplaudía con parsimonia y empezaba a caminar hacia el dúo de magos. Sujetaba bajo el hombro el tomo de Worm que acababa de utilizar—. Pero eres una ingenua si de verdad crees que puedes vencerme con un tomo tan patético. ¡Oh! ¿Es que acaso el tío Arthur nunca os enseñó los teoremas del Triángulo de la Magia?

Su voz era aterciopelada, y emanaba cierta sensación de tranquilidad que incitaba a bajar la guardia. Tratando de ganarse la confianza de sus adversarios, el mago arcano chasqueó los dedos, haciendo que la oscuridad que rodeaba a la sirvienta se disipase en mitad del aire. Liberada al fin del hechizo, Ram no pudo evitar empezar a toser de manera incontrolada. El puño con el que se tapaba la boca estaba cerrado con tanta fuerza, que las uñas se le clavaban en la piel. Fue entonces cuando el desconocido se quitó la máscara aviar y la capucha, dejando al aire libre su larga melena púrpura y ondulada, algo similar a la de Sindri. Sus ojos risueños eran de un color negro tan oscuro como el de un abismo sin fondo, que junto a su mandíbula cuadrada le conferían un aspecto gallardo y atractivo. Tenía una barba corta de apenas uno o dos días, y aparentaba no tener más de veinticinco años. El hombre joven advirtió la presencia del bibliotecario, y dedicándole una reverencia tan pomposa que casi parecía ofensiva, se presentó con una sonrisa inquietante dibujada en su rostro amable.

Oh, perdonad mis modales, caballero. Soy Angus Isidore Windrince de Montmorency, pero podéis llamarme simplemente Angus. Señor Angus. Nuestra familia tiene cierta tendencia… a “sobrecargar” nuestros nombres un poquitito. ¿No os parece?

Dicho esto, se acercó a Sindri para observarle con detenimiento. Parecía motivado por la curiosidad, mas su mirada vacía no reflejaba absolutamente nada. Así se mantuvo durante unos instantes, ignorando por completo la presencia de Ram, que todavía intentaba recobrarse de los efectos del hechizo anterior. La sirvienta intentó extender un brazo tembloroso hacia el tomo de viento que se le había caído al suelo, pero Angus reparó en ello y pisó el grimorio con disimulo.

Me pregunto qué es lo que llevaría a un Hechicero como vos a asociaros con mi querida lady Isabella. No le gustan los magos oscuros, ¿sabéis? —empezó a decir en un tono enigmático y con un ojo más abierto que el otro—. ¿Sois su amigo? ¿Su pretendiente, tal vez?
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Re: [Entrenamiento] La buhíta que se vistió de medianoche [Privado; Ram de Montmorency]

Mensaje por Sindri el Miér Ago 29, 2018 7:15 pm

Los duelos mágicos eran una honorable tradición entre dos taumaturgos que se podía reseguir hasta tiempos inmemoriales. Enemigos, rivales, amigos, amantes, aprendices y maestros… había innumerables porqués para un duelo, pero se decía que no había mejor manera de comunicar algo entre dos magos que con un duelo. Los duelos de Archimagos solían ser una demostración espectacular de poder y maestría, tanto que algunos combates acabaron siendo inmortalizados en tapices e historias que se cuentan a día de hoy a los niños antes de ir a dormir. Si bien los duelos entre Magos de Ánima solían ser acontecimientos sociales y jocosos revestidos de honor, los Magos Arcanos tenían sus propios métodos para arreglar diferencias entre practicantes del Arte. Mucho más sangrientos, sí, pero igualmente espectaculares para los espectadores.

El muchacho no obtuvo ninguna respuesta por parte de la maga pelirrosa, pero no se lo tuvo mucho en cuenta. Fuera quien fuera este misterioso caballero, Ram de Montmorency y él parecían tener una historia en común… y no parecía ser una sacada de un cuento de hadas, precisamente. Ante ello, el Hechicero poco más pudo hacer que encogerse levemente de hombros antes de decir con voz desganada y bastante neutra – No puedo prometerle nada. – y es que el plural de “Mago Arcano” era “guerra” por una razón. Si bien la distancia no le permitía bien con todo lujo de detalles el tomo que empleaba aquel sujeto, sí que pudo identificar al momento el hechizo que estaba empleando sin ninguna dificultad. Al fin y al cabo, era un hechizo que él mismo había empleado durante mucho tiempo: un hechizo de Worm. Un conjuro que lo marcaba al mundo como un Mago Arcano ya lo suficientemente experimentado como para emplear grimorios de magia avanzada. El Tomo de Worm era el arma predilecta de muchos Hechiceros incluso, puesto que los Tomos de Nosferatu eran considerablemente difíciles de encontrar, prohibitivamente difíciles de manufacturar y declarados bienes fuera de comercio por, como mínimo, veinte países distintos.

La Maga de Ánima tuvo el honor de llevar a cabo la apertura del juego. Con la ligereza y rapidez que caracterizaba la Magia de Viento, Ram de Montmorency conjuró una saeta de viento concentrado que lanzó sin necesidad de arco. A Sindri le hubiera encantado ver la escena con una cara y posición corporal estoica, de esa que arranca comentarios asombrados y alabanzas entre el vulgo, pero ya el primer ataque levantó tal polvareda que lo obligó a protegerse sus ojos con el brazo que le quedaba libre. No contenta con ello, la mujer comenzó a desencadenar un verdadero vendaval de proyectiles, todos con la intención de desgarrar a su misterioso enemigo con la fuerza de un viento huracanado. Verdaderamente, la demostración de habilidad mágica de la doncella era algo para aplaudir, cosa que no hizo por respeto (y tener una mano ocupada aguantando el grimorio de magia)… pero algo ahí no acababa de cuadrarle. Tal virulencia mágica no coincidía con el despliegue de talento sistemático y ordenado que la lanzadora de conjuros demostró en la Gran Biblioteca de Ilia. No dijo nada, claro está, pero no pudo reprimir alzar una ceja de pura curiosidad.

Ah, pero aquella carcajada cruel no avecinaba nada nuevo, ¿verdad, Ram de Montmorency? Al muchacho se le antojó que era la típica risa suficiente y denigrante que los maestros en Magia Arcana les dedicaban a sus pupilos cuando habían hecho algo mal y era momento del castigo – Muy posible, me temo. – añadió secamente el muchacho a las palabras incrédulas de la Maga de Ánima, que incluso retrocedió de la impresión. Las paredes y el suelo mostraban las cicatrices de un ataque descontrolado y avasallador, y cualquier cosa que no estuviera atada al suelo seguramente yacería varios metros más allá, destrozada e inservible. ¿Pero el enemigo? ¿El misterioso Mago Arcano? Ni un rasguño. Ni la más mísera marca, a no ser que contara el polvo y la suciedad en sus ropajes. El Hechicero, cruzando los brazos con interés, se preguntó a qué venía la incredulidad de la enmascarada. ¿Con las prisas había olvidado el Triángulo de la Magia? Magia Arcana resiste y es fuerte ante la Magia de Ánima, es algo conocido incluso para el aprendiz más novato de todos.

Sin darle oportunidad a volver a urdir un nuevo hechizo, el enemigo lanzó su contraataque de una forma poco ortodoxa y nada competitiva. Estaba empleando lo que la gente entendida en los misterios de la Magia Arcana llamaba la “Maniobra Flux”, en honor al hechizo que siempre se disolvía bajo los pies del Mago Arcano para hacer erupción debajo del enemigo. Las energías arcanas no seguían las leyes del fuego, del viento o de los rayos, por lo que no era extraño que pudiera encontrar un camino a través de la tierra y de las piedras, característica que podía ser explotada por los taumaturgos menos aprensivos. No es que Sindri tuviera muchos tapujos en usar tácticas así, pero había aprendido sus hechizos y sus maneras de conjurar de su maestra, la Sabia Oscura Sigyn… y seguramente ella se sentiría decepcionada que su pupilo preferido empleara así la Magia Arcana. Al menos quería pensar que él era su pupilo preferido…

Seguramente cualquier otra persona se hubiera lanzado al galante y gallardo rescate de Ram de Montmorency cuando la magia la envolvió y comenzó a surtir sus efectos, pero Sindri simplemente se limitó a observar como transcurrían los acontecimientos. Como un espectador o un invitado tal y como se le había indicado. Primero de todo, no iba a insultar a la doncella ofreciéndole una mano que no había pedido a la primera de cambio incluso cuando la cosa pintaba tan mal. Eso no sería más que un tácito desprecio envuelto en condescendencia, un regalo envenenado con sorna y una reluciente daga tras la espalda. Cada alma en este mundo tiene sus propias batallas internas y externas, luchas que ofrecían las mieles de la victoria más dulces y sabrosas sólo cuando uno las conquistaba uno mismo sin ayuda de nadie. Si el hechicero simplemente moviera ficha y robara aquel esfuerzo no haría más que devaluarlo mostrando una total y absoluta falta de confianza y fe en las habilidades mágicas de la sirvienta. Sindri la respetaba como maga y como persona, por lo que reconocía el valor de dejarla luchar sus propias batallas… y así, cuando triunfase (porque estaba seguro que iba a vencer), Ram de Montmorency se alzaría con la mayor de las victorias.

Segundo, y más importante todavía, el Hechicero conocía muy bien el conjuro de Worm por lo que, si viera peligrar la vida de la doncella ni que fuera por un segundo, el enmascarado no tendría tiempo a decir “Montmorency” antes de encontrarse cara a cara con un muy preciso y nada amistoso hechizo de Nosferatu…

Pero no fue necesario, puesto que el misterioso asaltante consideró que era un momento más apropiado para charlar que para cualquier otra cosa. Aunque definir como “charlar” aquel monólogo repleto de sorna y descortesía dedicado a alguien que no podía hablar en aquellos momentos sería un desprecio al lenguaje. Se le antojó que aquel halago funcionaba más como un reproche encubierto por parte del Mago Arcano y le resultó especialmente rudo el hecho que le recordara el Triángulo de la Magia a una maga hecha y derecha. ¿Quién sería tan condescendiente? ¿Quién? Nadie de fiar, eso seguro. Finalmente, el hombre mencionó un nombre: el “tío Arthur”. ¿Tío de quién? ¿Tío de Ram? ¿Tío suyo? ¿Tío de los dos? ¡Menudo enigma!

Hm. – con un principio de mohín, el Hechicero observó la anticlimática manera en la que el joven se desenmascaró. Tras aquel aspecto de malvado de cuento de hadas, el noble, porque tenía que ser noble, yacía una apariencia que las mujeres de la corte, y muchas campesinas, considerarían como atractiva y bien plantada. ¡Y el pelo! Un pelo ondulado de un color que le recordaba al suyo. Un peinado que él había intentado tener años atrás, pero su cabello era completamente lacio y a la mínima que crecía se negaba taxativamente a adoptar cualquier otra coiffure que greñas descontroladas. Porte galán, cara amigable y atractiva, pelo perfecto, carisma a raudales… desde el momento que puso los ojos sobre el enemigo de Ram supo que no le iba a caer bien, pero aquello confirmó cualquier duda que podría quedarle.

Aguantó las ganas de dedicarle algún improperio por aquella ofensa en forma de reverencia y, vistiendo su rostro con una sonrisa cortés, Sindri le dedicó una perfecta reverencia de las que sólo enseñaban en las cortes más selectas de Lycia como contestación, sin ningún tipo de hostilidad o petulancia aparente. Sólo una reverencia como marcaban los cánones de la tradición, para entonces contestar como era menester – Verdaderamente me lo parece, no se lo puedo negar. Quizá los Montmorency son previsores y dan a sus hijos numerosos nombres por si alguno no les gusta. O dos. O tres. – con voz alegre y dicharachera, Sindri continuó una conversación más adecuada en una fiesta que en un callejón de mala muerte repleto de sombras y polvo. Así que Angus Isidore Windrince de Montmorency… había ahí el potencial para el nombre de un gran mago, desde luego, o al menos el nombre de un hechicero que haría de buen protagonista para alguna novela. Pero algo chirriaba ahí. Pero eso era cosa de discos y de mundos, por lo que no tenía nada que decir ahí.

Mientras el hombre se acercaba, el Hechicero aprovechó para acercarse él ligeramente a la muchacha todavía tendida en el suelo y a agacharse hasta que su rodilla izquierda tocó el sucio suelo. Sólo entonces dijo con un susurro – No conozco a este sujeto en absoluto, pero puedo decirle con plena seguridad que está empleando un Tomo de Worm. Un grimorio de Magia Arcana que equivale en poder a un Elwind o a un Elfire. – no estaba seguro hasta qué punto Ram de Montmorency conocía la Magia Arcana y sus distintos catalizadores. Quizá había estudiado todo lo posible desde una perspectiva alejada o, tal vez, la había evitado como si fuera la peste bubónica – Un hechizo formidable, mucho más avanzado que el Tomo de Ruina que me vio usar. Pero todo poder tiene un precio: cada hechizo de Worm drena una cantidad enorme de energía vital al Mago Arcano… tanta que no podría aguantar una lucha de desgaste. – y, dicho esto, se levantó actuando como si todo lo que le hubiera dicho fueran las típicas preguntas de un compañero preocupado por su salud. Pero conocía en parte a Ram de Montmorency y sabía que una minucia como aquella no sería suficiente para mantenerla alejada de la batalla durante mucho tiempo.

Tiempo.

Cierto, necesitaba ganar tiempo. O eso sentía. Tiempo para que pudiera recuperarse. Tiempo para que la doncella urdiera una estrategia… si es que no decidía atacar a bocajarro de nuevo – Es un verdadero honor conocerle, Angus Isidore Windrince de Montmorency. Mi nombre es Sindri. Hechicero Sindri. – la sirvienta mágica sólo le había prohibido intervenir, ¿verdad? Por lo que no podría quejarse si el bibliotecario simplemente tuviera una charla animada con un compañero de profesión. Y si especiara tal conversación con algunas mentirijillas mínimas sería bueno porque estaría mintiendo a un horrible y abominable Mago Arcano. Bien, Sindri, era el momento de actuar como nunca has actuado – ¡Ay! ¿Tanto se nos nota? Pues sí, justamente he viajado aquí desde las lejanas planicies de Ilia para pedir la mano de Ram de Montmorency en matrimonio. – mencionó con la voz quebrada de emoción, casi como si estuviera conociendo aun cuñado por primera vez. Más le valía a Ram de Montmorency apreciar cuánto esfuerzo iba a invertir en aquella conversación para regalarle unos pocos minutos.

Si había algo en este mundo sobre lo que los nobles podían hablar y hablar durante horas era su dinastía. Su familia. Su escudo de armas. Su sangre. Si quería tirarle de la lengua, sólo debía hacer la pregunta correcta. Esperaba que a la doncella no le importara que empleara tal familiaridad con ella… – Es que verá usted, yo no soy más que un Hechicero sin casta ni nobleza, un mero bibliotecario de Ilia, y Rammie me dijo que si me unía a los de Montmorency podríamos tener una vida muchísimo mejor que cualquiera que podríamos tener en Ilia. – halaga, halaga, halaga. Adula, adula, adula. Sonríe, sonríe, sonríe. Una risita entrecortada que toca a su fin antes de tiempo, estás nervioso porque estás conociendo a la familia de tu prometida. Una familia rica y poderosa. Una familia que está muy por encima de ti. Tócate un mechón de pelo y rízatelo distraídamente. Cuenta hasta tres. Lámete los labios, el poder que tanto deseas está delante de ti, pero este obstáculo no lo esperabas. No te esperabas este recibimiento. Tienes la boca seca. No sabes nada. Duda, duda, duda – Y… me dijo que habría una máscara para mí si podía demostrar mi valía. ¿Puedo pedir que la mía tenga un cisne? ¡Ay, no! ¡Es demasiado pronto todavía! – diste un paso en falso como los que dan los que descubren que eres un Hechicero y se arrepienten de lo que dijeron. La mano en la boca tras ahogar una disculpa. Metiste la pata, metiste la pata. Corta la mirada. Mira al suelo. Uno, dos, tres. ¿Pero eso no es debilidad? Vuelve a sostenerla, eres un Hechicero. Hincha el pecho, intenta aparentar importante. Pero no eres uno de los Montmorency todavía. No entiendes lo que está pasando. Mira por el rabillo del ojo a la chica que está ahí. ¿Por qué no te lo dijo? ¿Por qué no te dijo que eso podía pasar?

Esto… no es lo que esperaba. Me dijo que su familia era influyente y… ¿Cómo? ¿“Un poco excéntrica”? – los nobles nunca estaban locos, eran excéntricos. La locura estaba reservada para aquellos que no podían pagar cubrirla. Recordar costaba, vuelve a cortar la mirada por un momento – Pero… ¡¿Qué es esto?! ¡¿Por qué te atacaron los tuyos?! – tamborileó los dedos en el Tomo de Nosferatu, frustrado por información que no tenía y sentía que le era debida. Había cambiado el destinatario de sus palabras, pero seguía actuando para el Señor Angus. Era el momento de soltar las preguntas importantes, las preguntas que tenían las respuestas más largas – ¿Quién son los Montmorency de verdad? ¿Quién eres en realidad? – venga, vamos hombre, que el muchacho te lo acababa de poner en bandeja de plata con una expresión de incredulidad en su faz. Pica el jugoso anzuelo. Está ahí. Acabas de vencer claramente un duelo mágico en un solo hechizo. ¿No te vas a regodear un poco más a costa de un pobre Hechicero que no sabe dónde se ha metido? ¿Ni un poquito?
Afiliación :
- ILIA -

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Sorcerer

Cargo :
Bibliotecario (Gran Biblioteca de Ilia)

Autoridad :

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Vulnerary [3]
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Tomo de Archfire [3]
Tomo de Nosferatu [4]
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Re: [Entrenamiento] La buhíta que se vistió de medianoche [Privado; Ram de Montmorency]

Mensaje por Ram de Montmorency el Dom Sep 02, 2018 6:12 pm

Tendida de rodillas sobre el suelo adoquinado de la amplia avenida de Regna Ferox, Ram luchaba por mantenerse consciente a toda costa. El aura oscura invocada por el otro mago podía haberla abandonado hacía un rato, pero le seguían zumbando los oídos y su visión era tan borrosa que le impedía distinguir con claridad lo que la rodeaba. Confundida y tratando de recuperar el aliento, se arrancó la máscara de madera del rostro y la arrojó con rabia a los pies de quien debía de ser Angus Isidore Windrince de Montmorency, que recibió el gesto con una amplia sonrisa complacida. La sirvienta trató a duras penas de incorporarse, pero el sentido del equilibrio volvió a fallarle y cayó con estrépito a escasos centímetros de su tomo de magia de viento. Supo que intentar recuperarlo en ese momento sería un esfuerzo fútil, pues todo su cuerpo temblaba preso de escalofríos procedentes de los últimos restos del conjuro de Worm que aún permanecían en su interior, además de que Angus seguía pisando con disimulo el grimorio con la intención de que la muchacha de cabellos rosados no pudiese utilizarlo. Vulnerable y con el orgullo herido tras una derrota tan humillante, no le quedó otra opción que aguantar los irritantes comentarios de su rival en silencio. Apretó los dientes con rabia cuando escuchó al mago oscuro llamarla por su segundo nombre —pues ese era aquel que había heredado de su madre— y contuvo también las ganas de soltar un vulgar improperio después de oírle mencionar a su padre. Angus no era solo un miembro ordinario de la familia de Montmorency, sino también el causante directo de las dos mayores desgracias de su vida. El carisma que destilaba a raudales o la elocuencia con la que adornaba cada una de sus palabras no eran más que un disfraz. Disfraz que utilizaba para ocultar su verdadera naturaleza, que era mucho más retorcida y sádica de lo que cualquiera pudiese imaginar. Conocía de antemano las debilidades de sus víctimas, y encontraba placer en utilizarlas a su antojo para sumirlas en la más completa desesperación; tal y como había hecho con la sirvienta largo tiempo atrás.

Por ese mismo motivo el misterioso hombre no dudó en acercarse a Sindri en un tono amistoso, inofensivo en apariencia incluso, tratando de aprender más de él todo lo posible antes de tomar la decisión de convertirlo en aliado o en rival. Sus preguntas parecían estar cargadas de inocencia, pero en realidad buscaban evaluar al bibliotecario y descubrir si se trataba de una amenaza importante para tener en cuenta. Angus se mostraba cauto y comedido por miedo a cometer una imprudencia si lo juzgaba mal, pues el plural de mago oscuro no auguraba nada bueno, y el tomo de Nosferatu que Sindri sostenía en su mano era más peligroso que el suyo. Soltó también una carcajada divertida al escuchar la hipótesis de que la razón detrás de los numerosos nombres de los miembros de su familia se debía a por si no les gustaba uno, tuviesen otros de sobra entre los que elegir. Pero a pesar de las apariencias, se percibía que le había tensado el comentario. Para los de Montmorency las tradiciones eran lo más sagrado. Las veneraban por encima inclusive de la fuerza cuya devoción existía por defecto en la cultura de Regna Ferox, por lo que la posesión de dos o más nombres de pila era una costumbre obligatoria para el hermético clan de sabios y magos. Sin embargo, a pesar de la gravedad de la ofensa de Sindri, Angus prefirió no decir nada.

Tampoco se inmutó cuando le vio acercarse a su compañera de cabellos rosados para susurrarle lo que sabía de las debilidades del tomo de Worm. La sirvienta tan solo asintió débilmente con la cabeza. Era consciente de que su destino podría haber sido bien distinto aquella noche de no ser por la presencia del hechicero de Ilia, que a continuación prefirió combatir el fuego con más fuego, tomando así la inesperada decisión de declararse pretendiente de la maga feroxí. Una táctica poco formidable, pero que resultó ser de lo más efectiva a la hora de captar el interés del mago oscuro enemigo, cuyos labios se torcieron hasta formar una sonrisa poco sincera pero suficiente para ocultar sus verdaderos pensamientos al respecto. Por otro lado, Ram estaba aún bastante confundida como para predecir las repercusiones que tendría semejante declaración, pero las comprendió tan pronto como Sindri empezó a actuar adoptando el papel de excéntrico prometido enamorado. A pesar de las circunstancias, no pudo evitar proferir un gruñido molesto que solo pudo escuchar el bibliotecario, y que delataba su gran incomodidad ante esa situación tan poco convencional. Durante su larga estancia en la nación helada de Ilia jamás había llamado la atención de nadie. La temían por su carácter frío y en muchas ocasiones hasta despiadado, pues solo se abría a su querida hermana pequeña junto a quien pasaba la mayor parte del tiempo. Esa era una de las razones por las que le resultaba embarazoso ser constantemente objeto de las adulaciones del amo Virion. Pero Sindri había decidido ir incluso más lejos. Aunque tan solo fuese un engaño para ganar algo de tiempo, de no estar cegada por la ira y la sed de venganza, la joven maga de ánima habría tenido que esforzarse por no ruborizarse ante una idea tan descabellada. A pesar de estar en edad para casarse, el matrimonio era un ritual mundano que desdeñaba y que prefería evitar a toda costa.

Así que procedéis de Ilia, ¿no es así, Hechicero Sindri? Unas tierras muy, muy, muy, muy lejanas —empezó a decir tras escuchar la presentación del mago oscuro, alargando de manera innecesaria las vocales de las palabras “muy”. Acto seguido alzó la mirada hacia el cielo tras llevarse la mano a la frente con aire teatral, como si disfrutase rememorando un grato recuerdo del pasado—. Aaaah, cuánto echo de menos esos parajes nevados y solitarios. Una lástima que cayese en manos de los emergidos. Fue algo tan… inesperado. Con lo bien que se hablaba de los poderosos y “excesivamente” leales mercenarios de Ilia…

Pero Angus abandonó de repente el tono de voz nostálgico y, apartando por fin su pie del tomo de viento de Ram, ladeó su cabeza hacia un lado, observando con curiosidad a su interlocutor. Con ademán paternal, posó su mano encima del hombro del hechicero antes de seguir hablando. —Aunque me imagino que también habréis acudido a Regna Ferox con la intención de inscribiros en el torneo. ¡No podría ser de otra forma, claro! ¡Todo el mundo habla de lo mismo últimamente! Además, juraría haber leído vuestro nombre entre los de los participantes. Espero que el futuro esposo de mi prima no sufra una derrota tan estúpida como la de alguien que yo me sé.

Una mirada de desprecio hacia la maga malherida en referencia a lo que acababa de decir. Un guiño amistoso a Sindri y otra sonora carcajada despreocupada. Angus Isidore Windrince de Montmorency parecía estar disfrutando como un crío de la situación. Estaba claro que había detectado la mentira, pero lejos de confrontar a Sindri, prefirió fingir que había picado el anzuelo. Buscaba infundirle inquietud, demostrando que sabía más de él de lo que parecía. Una buena lechuza escogía sus víctimas en silencio y con sumo cuidado después de todo. El hombre escuchó pacientemente cómo el bibliotecario trataba de explicarse con fingido nerviosismo e ignoraba los errores que este cometía sin darse cuenta. Prefería dejar que Sindri expusiese su propio engaño conforme hablaba, por lo que decidió no intervenir hasta el final con un tono de voz dramático.

Alto, alto, alto. Parad el carro un momento. ¿Uniros a nuestra familia? ¿Vuestra propia máscara? ¿De qué estáis hablando? —preguntó con una expresión inicialmente desconcertada, pero que de pronto evolucionó para convertirse en una sonrisa maliciosa. Angus empezaba a mostrar su verdadera naturaleza retorcida y perversa, y no tardó en dirigirse de nuevo a Ram—. Aaaah, ya entiendo… No me digas que no le has contado nada de ti a tu prometido, o de lo que hiciste con tus propias manos hace no mucho, mi querida lady Isabella…

“¡Estúpido! ¡No se atreverá a…!” llegó a pensar la sirvienta mientras abría los ojos con expresión horrorizada. Su semblante se oscureció de repente, y trató de incorporarse a la desesperada una vez más. Quería gritar de ira. Proclamar a los cuatro vientos lo mucho que le odiaba. Quería advertir a Sindri de que no hiciese caso a lo que Angus le decía. Que no cayese en el juego de alguien que fingía charlatanería con la intención de sonsacarle información. Nada de lo que decía podía ser verdad. Nada de lo que decía debía ser verdad. Pero su voz era tan débil que nunca llegaría a oídos del bibliotecario en ese estado. La sonrisa de Angus pareció hacerse incluso más amplia, y se relamió los labios mientras procuraba disfrutar de la desesperación de su víctima. Hizo una pausa tan larga que pareció interminable antes de continuar.

Oh, ¡qué decepción! Permitidme entonces que os ilustre en su lugar, Hechicero Sindri. Resulta que mi prima ya no es de los nuestros. Solo es una exiliada, al igual que lo fue el traidor de su padre —empezó a decir sin quitarle a la maga de ánima el ojo de encima—. Pobre de vos, que me habéis preguntado por quiénes somo los auténticos de Montmorency, o inclusive por quién soy yo. Pues creo que más bien deberíais preguntaros primero la clase de persona que es nuestra querida lady Isabella…

La sirvienta intentó esforzarse por no oírle. Recordar era doloroso, pero las palabras de Angus albergaban una verdad de la que jamás podría escapar. Tenía que ignorar la conversación. Centrarse en otros menesteres que la ayudasen a recobrar sus energías y a alejarse todo lo posible de su oponente. Ahora más que nunca sabía que la fuerza bruta no le serviría para derrotarle, por lo que solo le quedaba la opción de retirarse para planear una estrategia efectiva. Tenía que esforzarse por ignorar la cólera y mantener la mente fría. Mas aunque el recuerdo de la persona a la que más había querido en toda su vida estaba resultando ser un lastre que le impedía conservar la calma, tampoco podía desecharlo como si no significase nada, pues aquel era el origen de lo que le daba las energías necesarias para seguir adelante. Tendría su venganza. Solo debía tranquilizarse primero y pensar en un plan. Oír a Angus, o hacer caso a sus acusaciones inminentes podría ser su perdición. El gran telón estaba a punto de caerse. —Me duele en el alma ser quien os diga esto, ¿pero acaso os ha contado alguna vez que mató con sus propias manos a su hermana gemela? ¡Qué escándalo! ¿Verdad, querida “Rammie”? ¡La expresión de horror de Rem al ver que la traicionabas fue sublime! —dijo a la vez que aplaudía y volvía a relamerse los labios.

Basta… —suplicó de repente la sirvienta en un tono de voz casi inaudible. “Tranquila, tranquila, debes mantenerte tranquila” se repetía para sí misma intentando mantener la calma. Lo que Angus decía no era más que una verdad adornada sin fundamentos. TENÍA que serlo. Pero en el fondo, muy en el fondo, sabía que era culpable. La redención estaba fuera del alcance de escoria como ella.

Oh, pero eso no es todo. No señor. Resulta que también mató a su padre con bayas envenenadas. ¡Y a la tierna edad de doce años ni más ni menos! ¿De verdad seguís pretendiendo casaros con alguien así? ¡Pobre de vos! —dijo el mago oscuro feroxí dispuesto a seguir regodeándose de la situación, exponiendo a gritos los más oscuros secretos de la sirvienta como si no fueran más que un insignificante chiste. Reía y reía dándole a Sindri palmaditas despreocupadas en la espalda. Mas cometió el imprudente error de bajar la guardia por un instante, que Ram aprovechó para alcanzar a toda prisa su tomo de viento e incorporarse de un salto. Las runas mágicas doradas volvieron a materializarse a su alrededor en un abrir y cerrar de ojos, y el viento volvió a correr con una violencia propia de un vendaval de aire enrarecido. Respirar se volvía una tarea ardua, y las capas ondeantes amenazaban con desprenderse de los cuellos de sus portadores al menor descuido. La ira de Ram se manifestaba en la magia que manipulaba, adoptando una fuerza peligrosa que impedía mantener los ojos completamente abiertos. Algo se había roto en su interior, y eso quedó patente en el momento en el que espetó con violencia sus siguientes palabras.

¡¡HAZME EL FAVOR DE CALLARTE DE UNA MALDITA VEZ!! —fue lo que exclamó la dolida muchacha a la vez que arrojaba parte del vendaval contra su enemigo. Pero eso no era más que una distracción destinada a mantener ocupado a Angus, puesto que el verdadero objetivo del hechizo eran los puntos débiles de las estructuras de madera que sostenían los edificios aledaños en construcción. Los andamios cayeron con estrépito al suelo con casi la misma facilidad que un castillo de naipes, y con ellos, también se derrumbaron importantes porciones de los hogares de piedra de Regna Ferox. Se levantó una densa capa de polvo que Ram aprovechó para tomar a Sindri de la mano y salir corriendo. Tenían que distanciarse. Huir por el momento.

Sindri, fui una ilusa. ¡Así que os ruego que ahora me prestéis vuestra fuerza en esta batalla!
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Mage

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Sirvienta

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Vulnerary [2]
Concoction [2]
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Tomo de Viento [1]

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Re: [Entrenamiento] La buhíta que se vistió de medianoche [Privado; Ram de Montmorency]

Mensaje por Sindri el Vie Sep 07, 2018 9:40 am

Pantomimas sobre pantomimas. Yo sé que tú sabes sobre yo sé qué tú sabes. Máscara sobre máscara. Baile para esconder otro. Una risa que tenía mil lecturas, y seguramente novecientas noventa y nueve eran las deseadas. El Gran Juego de la corte había hecho su aparición lejos de su audiencia usual, pero el muchacho con corazón de noble fue enteramente capaz de reconocer sus macabros hilos reluciendo entre la oscuridad. Nada era lo que parecía, y cada reflejo estaba construido a consciencia. Un entorno sumamente peligroso y manipulativo… uno que a Sindri le encantaría visitar en otras circunstancias, especialmente cuando no había doncellas medio desmayadas alrededor.

Ram de Montmorency se quejó de su estelar actuación, seguramente detestaba el hecho que algo indigno como Sindri, un ser corrupto por la Magia Arcana de manera irremediable, se hubiera siquiera atrevido a sugerir tamaña insolencia; una injuria para su honor que quizá sería pagada con sangre en el futuro. El muchacho, sin embargo, decidió ignorar tal apagado quejido para seguir con el papel elegido; si había consecuencias para sus acciones ya las afrontaría cuando fuera necesario. Ahora debía hacer de amante corto de entendimiento que se estaba metiendo un terreno que lo superaba por completo y, claro, cometía todo tipo de errores. Como, por ejemplo, el de intentar actuar ante alguien avispado y con conocimiento de mundo que, por bien que interpretase un papel, sabría que estaba haciendo eso, actuar. Pero él sabía que Sindri sabía y Sindri sabía que él sabía. Eran los pasos del baile. Ahora Angus debía adivinar que Sindri sabía que él sabía y actuar en consonancia. Pero no en disonancia. No puedes continuar un baile si rompes el compás.

¿Cuánto podía saber Angus de Montmorency sobre Ilia? Al parecer lo suficiente para saber que estaba frío, que estaba lejos y que su mayor exportación eran los mercenarios de dudosa lealtad y nula utilidad si uno no poseía ingentes cantidades de dinero. Pero por lo último no ganaba puntos extra… ¡La gran mayoría de mercenarios eran así! – Verdaderamente, es una pena la caída de Ilia. Especialmente por la pérdida de la Gran Biblioteca de Ilia, uno de los mayores faros de conocimiento no solo de Elibe, sino del mundo. Hogar de los más maravillosos tomos y grimorios que la humanidad jamás ha visto. – Sindri rio un poquito mientras tamborileaba los dedos en su Tomo de Nosferatu de una forma demasiado inocente. No había libros de Magia Arcana en la Gran Biblioteca de Ilia, el muchacho ya se había pasado cuatro años buscándolos sin parar por si acaso alguno hubiera saltado las increíbles restricciones de la institución. Pero que él lo supiera no implicaba que también lo hiciera el enmascarado, ¿verdad? – ¡Oh! ¿Ha oído hablar de mí? Quizá le interese asistir a mi combate. Estoy seguro que podrá ver de primera mano cuán beneficioso sería tenerme en las filas de los Montmorency. – alardeó ligeramente hinchando el pecho a su vez. No es que las tuviera todas consigo que iba a hacer un buen papel, pero un Hechicero lleno de confianza da para más conversación que uno comedido. Aunque fuera simplemente para pincharle y desinflarle el ego subido.

¡Una máscara! ¡Como la que todos llevan! Ya sabe, pájaros. Cosas con alas y con plumas… – Sindri aventuró que, bajo aquella máscara aviar, el buen hombre se creía como un ave de presa escondida entre las sombras, a punto de atacar cuando el roedor menos lo esperase. Con los ojos agudizados para ver en la oscuridad y una técnica silenciosa y mortal. Pero el sonriente Hechicero no se veía a sí mismo como un ratón asustado entre la maleza, sino un cisne negro tranquilo en un lago, nadando sin ninguna preocupación. Y como algún cazador furtivo había tenido la mala pata de sufrir en sus carnes, por muy bellos que fueran esos animales, eran aves sumamente territoriales y podían partir huesos sin problemas de un solo aletazo. Cuestión de perspectiva – ¿Un pastel quizá? ¿Una tarta tal vez? Rammie siempre dice que su tartaleta de cerezas es la mejor del continente. – había muchas cosas que se podían hacer con sus propias manos, pero el intento de humor no fue más que una pequeña brisa que se tuvo que rendir ante la tormenta que llegaba.
Cayó en un ligero trance mientras el hombre derrochaba carisma a cada palabra. ¿Qué era lo que Ram de Montmorency había hecho? Bien era cierto que no le había contado nada a Sindri, pero tampoco es que tuviera la obligación de hacerlo. El muchacho tuvo que admitir a regañadientes que Angus de Montmorency era un showman magnífico y que sabía bien como ganarse la curiosidad de la gente. Estaba alentando el deseo innato de la gente de saber algo, pero en vez de darlo directamente estaba creando un caminito de migajas para reseguirlo con hambre. Ram de Montmorency no era de Montmorency, al parecer, por mucho que empleara el apellido. ¿Acaso el Destino se estaba riendo de él y le había enviado un espejo en forma de doncella? ¿Un noble rechazado por su propia familia? Miró con extrema curiosidad a la señorita que yacía todavía en el suelo. La pregunta que Angus había puesto en su boca era bien adecuada: ¿Quién eres, Ram de Montmorency?

Pero por mucho que hubiera dado rienda suelta a su imaginación, jamás hubiera llegado a pensar la respuesta que salió de los labios del sonriente muchacho.

Fratricidio. Traición. Parricidio. Envenenamiento. Crímenes atroces contra tu propia sangre. Un acto imperdonable a los ojos de los miembros de tu dinastía. Un noble debía poner a su familia en un pedestal y respetarla ante todo, sin importar cuanto costara o lo que uno debiera sacrificar para ello. La familia primero. Miró de soslayo a la sirvienta durante unos instantes. Mucha gente simplemente pensaría algo como “no, no es posible que Ram de Montmorency haya hecho algo así, ¡Me niego a creerlo!” y, siendo sinceros, Sindri no podía culparlos en absoluto. ¿Cómo iba una adorable sirvienta a matar a su hermana y, con las manos todavía ensangrentadas, matar a su padre con veneno? Mas sus pensamientos decidieron tomar otro camino: ¿Por qué Angus de Montmorency había decidido contarle eso de entre todas las cosas que debía tener en su carcaj? Si era verdad o mentira era algo completamente secundario, Angus había dedicado todo su esfuerzo dialéctico a insultar, desprestigiar y tratar de sacar de sus casillas a la estoica sirvienta. Su intuición le decía que si había mencionado a su hermana y a su padre, eso quería decir que eran temas espinosos para ella.

Pero no pudo continuar pensando con claridad. Sindri notó una corriente eléctrica que le reseguía todo el cuerpo en el momento que el condenado hombrecillo se atrevió a tocarle el hombro. ¡¿Se atrevía a andar con ínfulas de noble alguien que no conocía las normas más básicas de comportamiento?! ¿En qué granero había sido educado para saltarse la importante lección de etiqueta sobre no tocar a los demás en ningún caso? Sindri vivía con aquella regla siempre en mente día sí y día también, asegurándose que cada persona con la que hablaba tenía suficiente espacio personal como para enarbolar una pica sin problema alguno. Y la guinda del pastel, Sindri era adverso al contacto físico con los demás, especialmente con todo aquel que fuera un extraño. E incluso si no lo era siempre tenía sus reticencias. Casi imperceptiblemente, Sindri agarró con más fuerza el Tomo de Nosferatu hasta que sus nudillos comenzaron a quedársele blancos, pero no cambió en ningún momento su expresión facial. Si tan sólo Ram de Montmorency no se hubiera reservado el placer de acabar con tal innoble botarate, Sindri ya hubiera lanzado su primer hechizo de la noche.

Tan concentrado estaba en morderse la lengua que la violenta explosión de viento lo cogió por absoluta sorpresa, tanta que se vio forzado a escudar sus ojos una segunda vez de la furia del vendaval. En tal estado se encontraba que no pudo ofrecer resistencia alguna ante la férrea mano que lo aferró y se lo llevó de la escena en contra de su voluntad. ¿A dónde? Lo desconocía enteramente, pero se dejó llevar durante un rato que le pareció eterno, en el que pasó todo tipo de escenarios. Pero pronto se cansó de trotar sin control por el casco antiguo de aquella maravillosa ciudad de Regna Ferox, por lo que, tras dar un último esquinazo, Sindri se paró en seco y clavó los talones en el roído pavimento, negándose a continuar la despavorida huida de alguien que, a todas luces, era menos peligroso que él.

Necesitó unos momentos de asueto para volver a colocarse los pulmones en el lugar que debían ocupar en su cuerpo y sólo cuando notó que no le faltaba el aliento, contestó a la señorita que parecía haberse dado cuenta del peligro que acechaba en la noche – ¡Sí, señorita de Montmorency! ¡Sí es una ilusa! ¿Cuántas veces tengo que decirle que la Magia Arcana merece un mínimo de respeto como taumaturgia y como arte? – espetó el muchacho a la sirvienta, visiblemente molesto por lo que le acababa de decir. No era tanto el hecho que le estaba pidiendo ayuda o el hecho que parecía haber infravalorado la Magia Arcana (otra vez, todo sea dicho de paso). Pero el desdecirse, el dar un paso atrás cuando había tomado una decisión, eso era lo que el Hechicero veía con malos ojos. Aunque una parte más razonable de su ser trató de convencerle diciendo que, realmente, la Maga de Ánima no sabía donde se estaba metiendo. Los Magos de Ánima siempre se creían superiores a los Magos Arcanos por haber sido elegidos, por haber nacido con talento para el Arte. Eran los héroes de los cuentos de hadas y los que eran alabados como salvadores. El mundo funcionaba así – Por favor, por su propio bien. Si tiene que hacerme caso en sólo una cosa de este mundo, que sea en esto. Desprecie la Magia Arcana, detéstela, ódiela, si quiere. Pero no la menosprecie ni la subestime. – su tono de voz había tomado un cariz más amonestador y preocupado que irritado o de reproche. Realmente aquí y ahora no le importaba la fama de la Magia Arcana, pero sí que conocía de primera mano el poder que sus practicantes eran capaces de canalizar. Un poder muy real. Y un poder que muchas veces se aprovechaba de las preconcepciones de los demás.

Puede estar segura que la ayudaré, pero mi ayuda tiene dos condiciones. – Sindri sostuvo una mirada férrea con la muchacha a la par que levantaba su mano derecha, la que tenía libre. Incluso en aquella penumbra se podía intuir que tenía alzados los dedos índice y corazón – No soy un mercenario de ninguna clase por lo que, por favor, no crea que le estoy pidiendo ningún tipo de pago. No quiero oro, joyas ni ningún tipo de contraprestación de su parte. Estoy seguro que, una vez haya oído lo que deseo, le parecerá algo completamente natural y aceptable. Créame en esto, jamás soñaría de hacer de usurero en un momento así. – él era, en el fondo, alguien que se había criado en la nobleza y en la corte, por lo que ayudar a los demás estaba en su naturaleza. Una naturaleza completamente opuesta a sus enseñanzas de Mago Arcano, que premiaban el individualismo y el perseguir cada uno sus propias metas sin siquiera pensar en socorrer al prójimo. Digamos que esto era una “situación excepcional” con la que podría sacar algún beneficio… un beneficio meramente a nivel de conocimiento.

Primero de todo quiero saber quién es usted, Ram de Montmorency. Quién son los Montmorency, exactamente. A quién nos estamos enfrentando. – “conoce a tu enemigo” era uno de los pilares fundamentales de cualquier enfrentamiento. Información de la que no disponía el muchacho en estos momentos… pero sí la doncella que lo había arrastrado hasta aquel escondite en potencia – Oh, no crea que las palabras del señor Angus de Montmorency me han afectado lo más mínimo. Si es culpable de los actos que el señor lechuza le acusa o no, eso me trae sin cuidado alguno… no la estoy interrogando. Incluso, si fueran ciertos, tal vez usted y yo seamos más parecidos de lo que querríamos reconocer. – al fin y al cabo, él también había traicionado a su familia, gente que no había hecho más que apoyarle durante toda su vida. Menos sangre, menos muerte, pero él era un traidor a su sangre y eso no había quien lo cambiara – El señor Angus de Montmorency y usted parecen tener un pasado común. Necesito saber en qué estoy interfiriendo. Qué estoy decantando. Y espero que no me tenga en cuenta querer saber más sobre usted. – arqueó ligeramente una ceja, denotando la curiosidad que tenía sobre este tema en concreto. Una curiosidad que cualquier otra persona tendría si estuviera donde él estaba ahora.

Esa es mi primera petición, señorita Ram Amelia Isabella de Montmorency. Si considera que no merezco tal confidencia, por favor, al menos piense que es por su bien. Cuanto más sepa, más podré ayudar. – dijo suavemente y con diplomacia. No podía apelar a conceptos etéreos como la amistad o la confianza, él era un Malvado Mago Negro y no merecía más que lo que eso implicaba. Pero quizá aludiendo a su pragmatismo podría convencerla que era buena idea.

Oh, claro, y también el hecho que le estaba pidiendo ayuda.
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Re: [Entrenamiento] La buhíta que se vistió de medianoche [Privado; Ram de Montmorency]

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