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[Campaña de liberación] Qué desagradable resulta caerle bien a la gente que te cae mal [Priv. Hirst]

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Mensaje por Invitado el Miér Mayo 09, 2018 12:03 am

Sienne, la capital del reino más grande de Tellius es una de las ciudades más grandes del mundo. Tan grande, que algunos rumores exagerados dicen que ocupa el mismo espacio que reinos enteros de otras partes del mundo. Sea esto realidad o no, cualquiera que la visite hará el bien de apreciar su basta y majestuosa extensión, al igual de lo cuidado de su arquitectura.
En esta capital, se dice que en el mercado se encuentra cualquier cosa que uno desee. Desde alimentos exóticos, hasta telas y joyería de gran calidad. Pero si se le pregunta al hijo del duque de Seliora, te dirá que esto es una gran mentira.
Hasim, enfadado dando vuelta por novena vez en la parte de orfebres del mercado, solo podía murmurar maldiciones al que haya hecho  correr el rumor que en este mercado se podía encontrar todo lo que uno desee. Había bajado desde su querido palacio, atravesando los campos llenos de emergidos y amenazas, hasta la capital con la única meta de dar con el joyero que había hecho las maravillas exclusivas con las que había visto vestidos los brazos del emperador de Crimea. Mas al llegar nadie había podido darle ni la más lejana pista de donde se escondía este “artista de reyes”. Molesto con esto, volvía hacia la posada lujosa donde se alojaba, cuando un desconocido y muy dudoso sujeto le cambio por una módica propina el “dato” que había un excéntrico joyero en un “retiro espiritual” en un pueblucho a pocos kilometros de la capital.
El dato era menos confiable que un rumor, peor el caprichoso clérigo ahora quería con cada fibra de su ser ir a este pueblo a buscar a su alfarero misterioso.
Sus consejeros se opusieron con gran ahínco, pero al ver que el muchacho hacia oídos sordos de sus palabras y que se lanzaría en soledad en camino a esa aldea, rápidamente comenzaron a buscar a alguien que pudiese viajar con él y protegerle en el camino hacia su destino.
Tras visitar varias posadas y cuarteles, los veteranos dieron con la única persona que aceptó cumplir la tarea de acompañar al clérigo, a la que encarecidamente le pidieron que se reuniera en las primeras horas del día a la entrada de la ciudad, junto a la garita de la guardia del gran pórtico.

Era una mañana reluciente cando el clérigo, lleno de energía por la emoción de por fin dar con el joyero con que estaba obsesionado, salió corriendo de sus aposentos. Desayuno lo bien y necesario y se vistió con prendas elegantes pero cómodas para viajar. Asegurándose de no perder comodidad ni estatus en su aventura.
Y con la ropa recién puesta y su morral de viaje ligero al hombro, partió con un par de sus consejeros hacia el punto de encuentro.

-Ah! Solo han contratado a un mercenario? Que acaso quieren que me pase algo durante el camino?!-

Bramó el muchacho, completamente descontento con lo reducido que sería su comitiva a su consejero. Ya estaban parados en el punto y con el mocoso tamborileando con dedos sobre sus brazos, completamente impaciente porque su escolta llegara.
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Mensaje por Hrist el Miér Mayo 09, 2018 7:22 pm

La llegada de Hrist a la capital de Begnion había sido bastante tranquila. Después de una campaña en Kilvas, donde conoció a un peculiar ex bibliotecario, dirigió sus pasos más hacia el norte. Más allá del hecho de que Logi llamaba la atención por no pertenecer a la raza local de wyverns, nadie parecía más receloso o más molesto de lo normal. Los tablones de anuncios, primera visita obligada por costumbre, estaban a rebosar de cosas que hacer: advertencias de vigilar durante los viajes (“¡Los emergidos acechan en cualquier esquina!”), carteles varios de “Se Busca”. Hrist se quedó contemplando los rostros dibujados en los carteles y sus descripciones, a la caza de algún dato que le indicase que se había cruzado con alguien sobre cuya cabeza pendía una recompensa. Nadie le sonaba, por el momento. Había también un anuncio que explicaba que Daein también se hallaba en una situación similar a Begnion, muy ambigua en lo que a presencia emergida se refería. No estaban ocupados, pero tampoco habían liberado sus tierras de emergidos.

Hrist decidió acercarse al cuartel de la Guardia a pedir una copia de los pocos carteles de “Se Busca” que había visto en el tablero. Era la forma más práctica de tener un recordatorio básico del aspecto que tenía la persona que buscaban. De vuelta, pasó de nuevo por el tablón de anuncios.

-Uy, espera… ¿Ése papel estaba ahí antes?

Logi la siguió, contestándole con un escueto bufido. Efectivamente, un anuncio le había pasado por alto. Pedían algún mercenario “o similar” que acompañase al hijo de un pez gordo en su viaje de ida y vuelta a un pueblecito cerca de la capital. Cualquier interesado debía dirigirse al cuartel de la guardia a preguntar por el encargo.

-Hala, de vuelta al cuartel de la guardia…

Logi respondió con un lánguido quejido, pero movió su trasero dragontino y la siguió sin rechistar más. Una vez en el cuartel, preguntó por dicho anuncio y a los guardias les faltó tiempo para ir a buscar al responsable del asunto. Debía de ser un pez muy gordo si les hacía mover el trasero a esa velocidad. El responsable le explicó que se trataba de acompañar al “Señorito” hasta el pueblecito que había en las afueras de la capital, porque allí había un orfebre al que quería visitar. Necesitaba escolta porque por los caminos podía haber emergidos. Hasta ahí, nada del otro mundo. Ya había hecho misiones de escolta en otras ocasiones.

Sin embargo, el hombre le hizo especial hincapié en si era capaz de mantener los instintos asesinos a raya. Y en si era paciente.

-¿Disculpe? ¿A qué se refiere? –preguntó confundida.

¿Tenía cara de asesina en serie? ¿A qué venía eso? El hombre le quitó importancia, y le explicó, quitándole hierro al asunto… que el “Señorito” era “un poquito” difícil al principio. Hrist empequeñeció los ojos. Empezaba a desconfiar.

-“Un poquito”. –repitió, clavando sus ojos azules en el hombre, que desvió unos instantes la mirada, y se revolvía un poco en el asiento. –Mire, ya le he dicho que me interesa el trabajo, pero si no me explica todo lo que debo saber, no lo aceptaré. –le dijo en tono sereno… pero glacial.

Meterse en un trabajo en que el empleador ocultaba información era lo último que un mercenario deseaba. Infinidad de cosas podían salir mal. Infinidad de cosas podían torcerse. Infinidad de cosas saldrían mal y se torcerían. Al final, logró sonsacarle esa información crucial al hombre, ni que fuese un indicio vago, suficiente para hacerse una mínima idea de la dificultad del encargo.

Básicamente, había que tener muuuuuuucha paciencia con el señorito. El hombre parecía apurado por encontrar a alguien que aceptase el trabajo. Hasta el momento, lo más cercano a “difícil” que había encontrado era cierto ex bibliotecario de cabellos morados. Hrist le dejó claro que si al día siguiente descubría que le habían ocultado algo, no aceptaría el trabajo.

Así que al día siguiente, Hrist se levantó pronto y siguió su rutina matutina. Se desperezó, se vistió, se desenredó el pelo y se hizo la coleta, y bajó a desayunar. Luego le dio el desayuno a Logi, y se lo llevó al punto de encuentro: al lado de la garita de la guardia de la ciudad, a la entrada de ésta.

-Bueno, Logi, ya sabes que ahora tienes que portarte muy bien, ¿eh? –le comentó al wyvern, con la misma naturalidad que una madre le dice a su hijo “Mira, hoy parece que va a llover”. –El chico al que hay que escoltar es difícilillo, al parecer.

Logi respondió con un bufido molesto. Pero no ante la explicación de su jinete, sino ante los bramidos desenfrenados que llegaban a lo lejos. Entre tanto relinche propio de un niño pequeño con pataleta, le pareció entender algo de “contratar” y “mercenario”. El wyvern bufó de nuevo, más fuerte incluso. Hrist paró en seco. Se giró hacia el animal.

-Vale, ahora en serio. –Miró fijamente los ojos amarillos del wyvern, que la escaneaban con un intenso destelleo de pupilas, que seguían su dedo índice inquisidor. –Déjame hacer a mí. Nada de morder. Nada de tirar de la túnica, nada de bufar en la cara, nada de coletazos en el culo o en las piernas… -le indicó, en tono serio. -A menos que yo te lo diga. –apostilló en voz baja. –Vamos.  

Respiró hondo, y se acercó con toda la naturalidad que pudo al punto de encuentro. Ya vislumbraba al que debía ser el “señorito”: un chico joven, de tez morena y cabellos claros… Y cara de estar acostumbrado a mandar.

-Buenos días. –dijo con cautela disfrazada de educación. –Aquí nos tienen a mí y a mi compañero. –Añadió, refiriéndose a Logi, al que miró de reojo para asegurarse de que se estaba quieto como una estatua.

Durante unos instantes, buscó la mirada del hombre con el que habló el día anterior. A juzgar por lo tenso que estaba, el jovencito de piel bronceada que hasta hacía nada había estado vociferando debía ser el “Señorito”. El hombre debía de temer que Hrist se echase atrás y les dejase con la patata caliente a punto de explotar. Y con razón, seguramente.
Hrist
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Mensaje por Invitado el Vie Jun 22, 2018 10:41 pm

Cuando vio llegar a la enorme bestia alada a Hasim se le iluminó el rostro. Con un jinete de wyvern llegar y volver de la pequeña aldea de las afueras no solo sería cosa de un par de horas, sino que no había escolta más segura.
Estuvo a punto de felicitar a su consejero, pero antes de articular palabra, la muchacha de cabellos dorados desmontó de la bestia y se presentó con total alegría.
Hasim quedó con los ojos abiertos como platos cuando la que sería su escolta se reveló como una mujer, y no el fiero y masculino guerrero que esperaba.
Sin mirarla dos veces se giró hacia sus consejeros a los que les gritó al rostro, sin que le importara subir el tono de su voz al punto que fuera audible a varios metros de distancia.

-Que que??!!!-
Que significa esto?! Una mujer?! Acaso me quieren muerto?! Malditos traidores!!!-


El clérigo tomó por la solapa a uno de ellos y lo sacudió con todas sus fuerzas mientras continuaba gritando

-Les pedí a alguien que fuera capaz de llevarme sano y salvo! Que hará una mujer si aparece un emergido?! Le tejerá una bufanda?!-

Comentó sin ningún tipo de reparo a pesar que la muchacha estaba a solo unos pasos de él.
El consejero, con las palmas extendidas le suplicaba todo tipo de disculpas, rogándole a su señor que le disculpara y que entendiera que era lo mejor que había conseguido en el poco tiempo que contaba.
Hasim finalmente empujó al veterano al suelo, el cual cayó para hacerle el favor al señorito, ya que era casi imposible para esos delgados brazos tumbar a un hombre con tamaña panza.
El clérigo, todavía rabiando, cruzado de brazos y maldiciendo de labios apretados, caminó hasta colocarse a un paso de la mujer y mirarla directamente al rostro.

-Tienes suerte de que estoy en un apuro, mujer! Asi que usaré tus servicios.
Espero que sepas ser agradecida con mi inmensa generosidad!-

Prácticamente le bramó al rostro.
A sus espaldas, el consejero le hacía señales a la muchacha para que por favor conservara la calma y le siguiera el juego al insolente muchacho.

-Y bien? Qué esperas? Llévame a mi destino!-
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Mensaje por Hrist el Jue Jun 28, 2018 4:10 pm

En cuanto el “señorito” abrió la boca, Hrist supo que aquello iba a ser mucho más difícil que no perderse en los caminos de Kilvas. Más intenso que un paseo con cierta mujer plegiana de cabellos blancos. Más duro que dar a luz en pleno verano, en medio del desierto.

El problema, al parecer, era que Hrist no tenía un par de nueces colocadas a ambos lados de un cacahuete. Hrist tenía un par de lechugas, eso sí. Pero el chico debía ser más de frutos secos que de verduras y hortalizas. Tal era así, que creía que sus subalternos le querían muerto por mandarle a Hrist, y no a un fornido y peludo luchador.

“¡¿Qué hará una mujer si aparece un emergido?!¡¿Le tejerá una bufanda?!”

-Pedirle matrimonio. –le vocalizó de forma muda al consejero en apuros, haciéndole la forma del corazón con las manos y sonriéndole, de forma que sólo él pudo leerle los labios y verla, pues el “señorito” estaba de espaldas en ese momento, demasiado ocupado haciéndose el ofendido y el importante.

Aunque quizás hizo mal, a lo mejor se le escapaba la risa al pobre hombre y lo ponía en un apuro. Debía controlarse. Tenía ganas de decirle que no debía subestimar el poder de las bufandas de lana y de las alpargatas de esparto nohrias (superiores en todos los aspectos a las armas legendarias), pero juzgó que sería más apropiado no decir nada y aguantar el chaparrón con paciencia. Estaba segura de que el chico no se callaría después de soltar la pataleta. Les iba a dar el viaje, seguro.
El hombre se dejó caer en el suelo. Nadie caía así cuando se le empujaba. Pero le debía salir más a cuenta eso que enfrentarse a la ira de aquél joven caprichoso con aires de grandeza. Hrist pensó en lo que tendrían que aguantar aquellos hombres. Vivir los 365 días al año aguantando a ese chaval tenía que ser infernal. No les culparía si decidiesen desertar y dedicarse al bandidaje. Parecía un oficio menos sufrido que el suyo.

Don Pataleta se acercó a ella. Se avecinaba tormenta. Así lo indicaban sus brazos enclenques cruzados y su ridículo rictus en los labios. Le rogó al Eterno paciencia y fortaleza, piedad para su voluble y humana fuerza de voluntad, para no sucumbir a la fácil tentación de darle una paliza, maniatarlo, meterlo en un saco de patatas de cualquier forma, y cargarlo hasta su destinación como un vulgar bulto. El impulso se hizo más intenso cuando le gritó en el rostro. Hrist miró de reojo primero al consejero.

-Mmmh. –hizo, con una sonrisa casual y despreocupada en el rostro.

El esfuerzo por mirar a la cara a una mujer que le sacaba, por lo menos, unos treinta centímetros, y ponerse más gallito que un gamberro borracho era, sin lugar a dudas, digno de mención. Logi seguramente lo habría apartado de un golpe descomido de cola. Lo habría confundido con un molesto moscón, seguramente.

-Claro. –Intentó ser lo más escueta posible, para no comprometer esa sonrisa perfecta que había logrado. Cuánto más hablase, más posible era que se le escapase un chascarrillo inoportuno.

Antes de seguir con una mirada asesina el estúpido y aburrido trasero de aquel crío venido a más, Hrist volvió a fijarse en el consejero. En el desesperado consejero. Supuso que los ricos también lloraban, a veces. Antes de seguir al “señorito”, respiró hondo, muy hondo. Y puso cara de póquer. Se acercó a Logi, y le dirigió una mirada significativa. Si para ella eso iba a ser difícil, para Logi iba a ser complicadísimo de entender. Para un wyvern, cuya lógica dictaba que si había algo molesto, ese algo molesto era destruido de un golpe de cola, un fuerte pisotón, o un mordisco, el tener que contenerse sería algo sin sentido.

Puso el pie en los estribos y subió a la silla de montar. Y esperó a que el bulto subiese también. El wyvern emprendió el vuelo, elevándose cada vez más. Hrist miró a la lejanía, preguntándose en qué momento de su vida había errado para ir a parar a aquella situación. O qué había hecho en una vida pasada para merecer aquello.
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Mensaje por Eliwood el Miér Dic 12, 2018 10:57 pm

Tema cerrado. 20G a Hrist.
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