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[Campaña de liberación] Gluttony [Pelleas, Quinella]

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[Campaña de liberación] Gluttony [Pelleas, Quinella]

Mensaje por Quinella el Miér Abr 25, 2018 7:08 pm

Habían pasado unos meses desde que Quinella se había instalado definitivamente en las Islas Durban bajo el cargo de Teóloga del reino. Amparada bajo la protección de su reina, muchos fueron los beneficios que ésta le otorgó, como un espacio personal de estudio en la biblioteca de la capital, sueldo, residencia propia... Las ventajas rebajaron sus preocupaciones a sucesos anecdóticos, sobre todo la ausencia de una autoridad religiosa que persiguiera su obra blasfema era lo que le daba una libertad total en su trabajo de investigación. Podía acceder a todos los archivos y escribir ensayos de cualquier índole sin que sus palabras fueran censuradas o directamente destruidas. El conocimiento era bien recibido en Durban, Quinella aprovechaba las reglas del juego para devorar la mayor cantidad de información posible.

Mas las concesiones no terminaban en las islas. El gobierno de Yuuko estaba en buena relación con un país del continente de Tellius: Daein. Una de las primeras naciones que habían tomado ventaja de la aparición de los emergidos a base de poderío militar, aprovechando su situación de superioridad para anexionar otras naciones bajo su bandera. Esa actitud precoz fue, lamentablemente, un arma de doble filo por su falta de comprensión de la amenaza emergida y acabaron invadidos de nuevo por ellos. Aquella fue la conclusión de la teóloga en base al estudio de sus sucesos recientes. Su impass podía derivarse en dos probables desarrollos: Que no entendieran la dinámica y estuvieran perdiendo y recuperando tierras de forma intermitente e interminable o... Que coordinaran sus esfuerzos de manera eficiente, encauzando correctamente la expulsión -y consecuente expansión- emergida. Fuera cual fuera el desenlace, a Quinella no le importaba lo más mínimo, pues su interés en ese país residía en su poder cultural. La relevancia militar o política quedaba relegada a un segundo plano.

Si bien es cierto que los trabajos más importantes de Daein tenían una copia de gran calidad en la biblioteca de Durban, la lectura de los mismos despertó en la sacerdotisa un especial interés en visitar personalmente la tierra extranjera. El contenido de las transcripciones fue harto interesante, y sabía a la perfección que ni todo lo relevante era bueno, ni todo lo bueno alcanzaba la cota de atención que merecía. Estaba segura que encontraría una nueva perla intelectual, no necesariamente vistosa al resto de criterios ya fuera por la trata del tema o su forma de exponerlo, mas lo reconocería si eran sus ojos los que la evaluaban. Es por ello que, tras preparar lo necesario para el viaje y el hospedaje que podría alargarse durante semanas, solicitó su transporte al país Telliano a lomos de uno de sus wyverns. Obviamente controlado por su jinete, un guerrero experimentado que podría asegurar la llegada a salvo de la teóloga a Daein.

El viaje sucedió sin mayores complicaciones más allá del extremo cuidado que se requería al sobrevolar las islas de Kilvas y Phoenicis, completamente desoladas por la presencia emergida, incluso en una de ellas parecía haberse instaurado un orden absoluto por sus fuerzas. Atesoró aquella perspectiva aérea, un dato más que registrar en sus escritos, la capacidad de los emergidos de gobernarse a si mismos. Eso sí, después de que hubieran sumido en el caos al país por un tiempo. ¿Qué sería de Kilvas? Sólo el tiempo lo diría. No llegó a tiempo con su isla gemela, pero tenía constancia de las operaciones que se estaban llevando a cabo en nombre de Durban. Aunar las tres grandes islas bajo el dominio de Yuuko era una estrategia inteligente por parte de la reina. De lograr su objetivo, su presencia se haría muy fuerte tanto en Tellius como en Elibe. Nuevamente, aquellos pensamientos no salían de lo puramente intelectual, pues no tenía aspiraciones políticas que la empujaran a participar activamente en la campaña de la reina. Ella cumplía otro cometido en el país, aunque no descartaba que su sed de conocimiento acabara solapándose con las ambiciones de Yuuko en un futuro, sobre todo si se tenía en cuenta el filón de estudio que suponía el país emergido.

Sin embargo, aunque el desplazamiento fuera tranquilo en su totalidad, éste se interrumpió abruptamente justo cuando éste llegaba a su fin.

Columnas de humo, gritos de guerra, ecos de espadas chocando... El entintado típico que tenía cualquier batalla en su clímax, y que no hubiera sido interesante para la clériga de no ser por una sensación que consiguió que se le erizara la piel. Era parecida al aura que pudo percibir de la misma reina Yuuko, pero, la potencia de dicho poder sobrepasaba notablemente los límites de la reina. Cualquier mago podía percibir aquella energía pues era el entrenamiento y conocimiento de la misma lo que les permitía poder transformarla en poderosos hechizos. Una vez más, conocimiento. Quinella no desaprovecharía la oportunidad de verlo emplear sus habilidades en combate, no tuvo esa suerte con Yuuko, por ahora... - Descienda y ayude a sus camaradas. Es lo que quieres hacer, ¿Verdad? - Preguntó al jinete con una sonrisa en su rostro.
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Re: [Campaña de liberación] Gluttony [Pelleas, Quinella]

Mensaje por Pelleas el Lun Mayo 21, 2018 2:25 pm

Quizás se engañara a sí mismo, pero Pelleas hallaba inmensa calma y sosiego en las nubes negras que se formaban y deshacían a su alrededor, a veces en hebras, otras en ráfagas inquietas o en pesados cúmulos. Cuanto más murmuraba los contenidos del tomo abierto sobre su mano, más surgía la negrura a alzarse a su alrededor, y en su aparición se covencía el joven sabio de sentirse plácidamente acompañado. La cuasipresencia era, por sobre todas sus relaciones humanas, lo más confortante y seguro que conocía. Hasta las inquietudes del campo de batalla se deshacían en su cobijo, dando al sabio la confianza faltante para mirar a su alrededor con ojos analíticos, hacer acopio de sus fuerzas y decidir mejor su próximo movimiento. Ni siquiera se sentía mal cuando el humo se desplazaba tan cerca que pasaba a por centímetros a través de su piel, ni cuando viraba en patrones de movimiento envolventes, pasando de lleno por su pecho y volviendo a salir con ímpetu, como si su carne y sus huesos no fueran sólidos. Se sentía aún más cercano, y por tanto aún mejor.

Sin embargo, desde una vista externa su aspecto distaba de ser tan agradable como lo percibía él. La oscuridad que se mantenía engrandeciéndose alrededor del hombre no sólo bloqueaba la luz del ambiente, sino que parecía absorberla, creando alrededor de su dueño una imagen casi surreal; sombras sobre él, sombras sobre el par de metros que rodeaban sus pies, como si sólo allí fuese noche cerrada en lugar del día opaco y algo encapotado que primaba sobre el campo de batalla. Y de alguna forma, el joven de poco carácter parecía hasta otro cuando todo ello lo acompañaba, uno más digno de respeto y de temer. Cuando caminaba, la oscuridad parecía moverse un poco más en dirección a donde seguían teniendo enemigos vivos y aunque aquella presencia no fuera exactamente suya, los atacantes titubeaban en sus pasos al atestiguarla, sus manos un tanto temblorosas en torno a sus armas.

La maldición innata le otorgaba una pequeña facilidad a las cosas, aunque al combate en sí, según podía ver, no le quedaba mucho. La acometida emergida no había constado de muchas unidades y Daein había podido defenderse, como la costa rocosa recibiendo el choque de una ola y manteniéndose inmutable. Abundaban sobre el suelo salpicado de escarchas ligeras los cuerpos, mas se contaban casi por completo emergidos allí, para alivio y fortuna del ejército. Lo que había sido clamor se acercaba cada vez más a silencio. Y de acuerdo a todo sentido común, los pocos que seguían en pie tendrían que haberse desesperado y huido ya, pero allí seguían, intentando matar en cada ataque, hasta el último hombre. No había más opción sino aniquilarlos con rapidez, pues cualquier apertura que se les permitiese o descuido cometido los volvía problemáticos.

Recitando por lo bajo las palabras finales de un hechizo, Pelleas movió la mano en un gesto corto en dirección al blanco más cercano, y una parte de la abundante oscuridad se abalanzó sobre este cual animal famélico. Nuevamente el humo atravesó lo sólido como si no lo fuese, desapareciendo por un momento al interior del cuerpo del emergido, que quedó quieto sobre el caballo que montaba, lentamente palideciendo, soltando su arma para arañarse el pecho como si quisiera extraer de este algo dañino, y finalmente cayendo. De su cuerpo emanó de regreso el hálito oscuro, que con gesto más pesado volvió a su dueño. ¿Cuantos más de ellos quedaban? Si Pelleas no se extenuaba del todo, era porque la misma magia lo prevenía; el tomo que había llevado consigo era uno que hacía su presa la vida ajena y le ayudaba a mantenerse en pie mientras siguiera matando, pero los hechizos podían agotarse. Contando a su alrededor aún a un par, luego una sombra en el aire que el mago no tenía tiempo de observar en detalle, decidió que debía darse prisa y redoblar esfuerzos.

Lo daría todo. Murmurando el nuevo hechizo, el nuevo breve comando a su preciada oscuridad, le permitió y encomendó tomar todo lo que pudiese. La negrura se preparó, removiéndose en una gruesa ráfaga, y justo cuando el wyvern que descendía de lo alto tocó suelo se propagó. Veloz, cubrió en su espesura a un emergido y al siguiente, esparciéndose en barrida, mas cuando se movía a por el wyvern con la clériga en el lomo, Pelleas fue capaz de verlos con más claridad, de reconocerlos como personas vivas, y actuó cuan rápidamente podía. Con una única palabra de retroceder y un gesto apresurado del brazo torció el rumbo del ataque, intentando evitar al wyvern que reconocía como uno daeinita.
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Re: [Campaña de liberación] Gluttony [Pelleas, Quinella]

Mensaje por Quinella el Jue Ago 02, 2018 8:03 pm

Ya fuera por su actitud servicial o patriota, el resultado fue el que había dilucidado la sacerdotisa. Tiró de las riendas en un patrón específico para hacer que la bestia descendiera, de ese modo, los detalles de la batalla pudieron ser observados con más claridad. Y en especial, la figura de humanidad poco reconocible, pues no era la tela de su toga el único tejido oscuro que recubría su cuerpo. La energía arcana que era capaz de invocar era tan intensa que ni siquiera los rayos de luz podían escapar a su influencia, colapsaban alrededor del aura de energía hasta un punto de no retorno, en el que simplemente dejaba de existir. Si hubiera una forma de irradiar oscuridad, aquél fenómeno sería lo más aproximado a dicha descripción. Quinella no podía hacer otra cosa que contemplar al tenebroso sujeto hacer frente a sus enemigos mientras esperaba con sutil impaciencia a que la bestia alada posara sus garras sobre el campo de batalla.

Lo que esperaba en tierra no eran más que las sobras de una modesta escaramuza, relativamente sencilla haciendo comparativa de los caídos de ambos bandos. No lamentaría la mala fortuna, sin embargo, pues aún había posibilidades de diseccionar el poder del hechicero haciendo frente al reducto que aún lo enfrentaba. La forma retorcida de la magia negra se volvió más excéntrica en el inicio del aterrizaje, y se lanzó como un desalmado depredador sobre sus objetivos. Voraz, insaciable, absorbió la vida de aquellos a los que atravesó en lo que duró un parpadeo. La marcha mortífera no se detuvo en los terrestres, no en primera instancia, y para cuando el hechicero se percató de que los que volaban eran aliados no había margen para rectificar.

Un ensordecedor rugido de pavor fue bramado por el wyvern, como el aviso de lo inevitable, sus desesperados aleteos para corregir su trayectoria pudieron esquivar un ataque directo, mas la inteligente neblina se movía por voluntad propia, trató de precipitarse directamente sobre el jinete. Volvió a fallar, pero esta vez no fue por actuación de su montura. Sin ningún ápice de tacto o duda en sus movimientos, la sacerdotisa se las ingenió para desequilibrar al experimentado guerrero y hacer que se cayera del sillín, con la graciosa coincidencia de que uno de los pies se atorara en una brida y quedara patéticamente colgando poca abajo. Lo había agarrado con firmeza y aprovechó el excesivo peso de su armadura para que con un simple empujón hiciera que la fuerza de la gravedad terminara su trabajo. Ese acto no fue por bondad ni mucho menos. Como si hubiera sido llamada por el desafío, Quinella se sintió atraída por la energía arcana e ignoró el subyacente peligro que traía consigo. Admiraba el comportamiento implacable y asesino del sortilegio, infinitamente más inteligente que los de luz y elementales, hasta el punto de rebelarse de su propio invocador.

Su libre albedrío era limitado, afortunadamente, pues de no haber sido así la insensata mujer habría corrido el mismo destino que los emergidos. Las ataduras del hechicero frenaron la energía de la neblina, y provocó una situación inusual, rara vez vista o quizá nunca: La escena de una clériga rodeando la masa intangible con su mano izquierda y, al cerrarla, comprimir la energía forzándola a volverse semisólida. La sensación al tacto era indescriptible: Viscoso pero indisoluble, ninguna traza quedaría pegada a su mano. Las vibraciones de ser compactado, por otra parte, se comportaban como las de un sólido. La masa trataba de mantener su estructura, y cada centímetro que se contraía se sentía como un millar de láminas apiladas que se resbalaban las unas sobre las otras en episodios discontinuos. No sabía si eso se debía a que podía controlarla, repelerla o destruirla, pero de cualquier modo una sonrisa afilada se trazó en sus finos y rosados labios. En una carcajada muda, la mujer siguió apretando, los iris plateados comenzaban a rezumar un deje de locura. - Ho...hohohohoho... - Y apretó más y más, sin dejar que su “víctima” pudiera escaparse de su agarre, aunque su invocador estuviera tratando de sellarla en su tomo. Su constante insistencia al final acabó pasándole factura. Lo que vibraba como láminas terminó cambiando a un cilindro con mil agujas, la lisa superficie de la magia materializada se retorció sobre si misma evocando unos afilados zarcillos que se le clavaron en la palma, dorso y alrededor de la muñeca, provocando sendas heridas sangrantes.

- Bueno, no puedo decir que no me lo he buscado. - Comentó sin denotar dolor más allá de una sonrisa de ligera molestia. Examinó sus perforaciones, además de su líquido interno podía notarse un misterioso humo negruzco, también sentía cómo su brazo empezaba a perder color y temperatura paulatinamente. - Así que éstos son sus efectos... - No había mirado al mago negro en ningún momento, salvo en ese momento. Sus insaciables e impasibles orbes especulares en el inseguro rostro del hombre. - ¿Sientes como mi energía pasa a ser tuya? ¿O me estoy equivocando en la naturaleza de su tomo?
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Re: [Campaña de liberación] Gluttony [Pelleas, Quinella]

Mensaje por Pelleas el Miér Sep 12, 2018 1:28 pm

Pedía lo imposible, intentaba algo irrealizable, pero se atrevía de igual modo a rogar que funcionase. La magia negra no era dócil al manejo y ni siquiera él, quien tan cercana la guardaba, podía dictarle un comando contradictorio y esperar que le obedeciese en un instante. Entre más se adentraba en su estudio, más consciente era de estar en un trato, en absoluto una toma de control. Aún así, miraba con ansiedad el modo en que la negrura se retorcía, debatiéndose entre su ímpetu propio y la órden de su invocador. Se retractaba de su primera trayectoria, pero con hambre se extendía hacia el blanco humano en lugar del animal. Casi sin respirar Pelleas repitió el comando de retornar al libro, aprisa, insistiendo contra el voluntarioso carácter de la magia.

De allí en más, los hechos y factores le parecieron sobrepuestos en un orden inentendible: el jinete que salía de vista del otro lado de la negrura, donde el príncipe no distinguía, la magia ya lanzada que a su vez se volvía a retorcer, densa como nube de tormenta y perceptiblemente agitada, luego la mujer que le aparecía a la vista una vez se disipaba todo, sana y salva y a la vez en contacto con el hechizo. Pelleas lo sentía en la respuesta de su propia magia, como un pensamiento que aparecía por sí sólo al fondo de la mente. Oía la satisfacción de haber dado con un blanco, de haber herido antes de cumplir el comando de retornar. Sentía también que su Nosferatu se había servido de algo vivo y que se regocijaba. Una vez el hechizo comenzó a fluir de regreso al interior de él y del libro, bruscamente por las condiciones en que lo hacía, supo con certeza que había sido a ella a la que había alcanzado. Debía de haberse interpuesto al rescate del jinete. La miró con los ojos abiertos de par en par, sin saber cómo reaccionar al suceso, pues lo peor de todo era la sensación que en esos mismos momentos se apresentaba en su interior: con el regreso de la magia alimentada de ínfimos puntos de sangre, mínimas porciones de vitalidad de la mujer, Pelleas podía percibirla en un modo extraño y excesivamente personal, como un eco de todo lo que era ella. Se sentía conocerla en una forma que no parecía correcta. Difícilmente podría explicar lo que conocía, aquello la magia negra debía saberlo mucho mejor y estarlo guardando para sí sola, pero había algo que ahora él tenía, que no le pertenecía y no deseaba tener.

Quería soltar el libro, cuanto menos como intento de quitarse la sensación, pero jamás sería capaz de dejar su magia de lado ni así ni en forma alguna. Y sin embargo, misteriosamente, la mujer que había quedado en el espacio del jinete sonreía, acaso impertérrita a lo sucedido. Le embargó un sentido de verguenza de sí mismo que exigió mirar en otra dirección, bajando la cabeza aún al caminar hacia adelante, murmurando el pasaje final con que terminar de disipar la oscuridad. Su segunda aura y su noche artificial tardaban en desaparecer, pero ya no seguiría. Pasando del otro lado del wyvern, que daba medio paso atrás y chasqueaba los dientes en inquietud, el príncipe ofreció ayuda al jinete con una voz tan baja que ni siquiera se distinguían bien sus palabras. Le ayudó a zafar del correaje y dio un paso atrás para que el hombre controlara por las riendas al wyvern, tras lo cual por seguro ayudaría a la clériga a descender. Pelleas seguía sin saber cómo encararla, llevaba el ceño fruncido en acongojamiento y al oír que le dirigía a él la palabra, la miró como si rogara desde ya su perdón.

- No está bien... es decir, es correcto... me refiero al tomo, pero... - Empezó nuevamente tan bajo que sus palabras se fundían en murmullo vago y uniforme. La mujer sabía el orden de hechizo con el que había estado en contacto; tenía sentido para él pues, pese a su aspecto, pese a su vestimenta o cualquier otro factor, tenía la inexplicable seguridad de que veía a una maga oscura. La oscuridad le había infundado esa impresión, un sentido de similitud que así interpretaba. Respiró y volvió a hablar, ahora en un volumen más audible. - Nunca había utilizado esto en una persona viva y... lo que ha sucedido... no está bien. - Omitió explicación clara, asumiendo que así como ella sabía lo que la había atacado, debía de conocer el efecto, si no lo había sentido también. Dicho eso, Pelleas inclinó profundamente la cabeza, dejando al cabello oscuro caerle ante la vista. - L-Le pido perdón, sinceramente... -

Sin volver a aventurar mirada al rostro ajeno, pasó de aquella posición a girarse, esquivo y callado, hacia el silencioso campo de batalla. Los atacantes parecían exterminados, aunque restaba todavía que algunos soldados se esparcieran a revisar los cuerpos, fuese por buscar objetos útiles, supervivientes con los que acabar o pruebas que sirvieran de algo sobre los emergidos, aspecto sobre el que ya estaban mayoritariamente rendidos, pero que se continuaba a modo rutinario. - Podemos regresar a la ciudad, ya todo ha de estar bien. - Dijo. Pese a la inquietud, no dejaría de escoltar a los demás hasta la seguridad tras las murallas.
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Re: [Campaña de liberación] Gluttony [Pelleas, Quinella]

Mensaje por Quinella el Lun Dic 24, 2018 9:25 pm

El carácter del hechicero era inusual, sin duda, prácticamente contrario a el de sus homólogos. Los menos corrompidos por el poder que manejaban poseían virtudes como la confianza y la sabiduría, dos rasgos 'buenos', siempre y cuando no pecaran de soberbia o ambición. Él, sin embargo, mostraba una psique acomplejada e inocente en cierta medida. Aquellos rasgos sí que eran comunes en muchos seguidores de los sendos credos, mas tenía sentido para Quinella, ya que su humildad era el potenciador de la fe que guiaba sus milagros. Ella prefirió alimentar su fe en ella misma como fuente de su fuerza, lo que la convertía en una descarriada en su gremio, tal y como él suponía para la magia negra. Y a pesar de todo, aún con su inseguridad, había atesorado cuantioso poder. La sacerdotisa no pudo hacer más que reír con un deje de ternura al final, la actitud del mago negro le resultó entrañable. - Jajaja... heh... No te preocupes, no estoy enfadada por lo que ocurrió, todo lo contrario. - Respondió con cierta elocuencia, mientras contemplaba su brazo maltrecho y sangrante. - No siempre se tiene la oportunidad de experimentar... Esto, sin morir en el proceso. No has matado a nadie que no debieras, y aunque dices que no estuvo bien, todo va bien. Pero si con eso te quedas tranquilo, por supuesto, te perdono. Se que me compensarás por ello, ¿Verdad? - Reafirmo sus palabras, con una muda sonrisa al final.

Fue entonces cuando el contacto visual finalizó abruptamente y el mago hizo la labor de comandante, evaluando el campo de batalla y emitiendo una orden de retirada al haber asegurado la victoria. Un simple pero determinante detalle aquél, en el que un ya de por si poderoso mago se convertía en algo más. También poseía poder militar, y un puesto importante tenía relación política de una u otra forma. - Oh... - Enunció disimuladamente, casi como un suspiro. - Nos hemos centrado tanto en el incidente que no nos hemos presentado. ¿Con quien tengo el gusto de hablar? - Inquirió amigablemente, a pesar de que era ciertamente descortés pedir un nombre sin dar el suyo primero. Aprovechó el supuesto agravio que él le había causado para jugar un poco, tenía curiosidad de ver cuanto de amable y cuanto de paciente era. Cínico por su parte pensar en eso, como si no hubiera estado haciéndolo desde el principio.

Entre tanto, unos soldados que provenían de la retaguardia se acercaron a Quinella. Varios físicos y un curandero, al ver que su brazo izquierdo aún sangraba, regando el suelo y tintando su inmaculado vestido, no dudaron en ofrecerle asistencia para detener la hemorragia. Pero la damisela de largo cabello violáceo se negó categóricamente. - Oh, señores. No es necesario. Es más, déjenme que ayude a curar unos cuantos, ¿si? - Alegó, mirando de reojo el bártulo que traía consigo en el wyvern, del cual sobresalía el extremo de su báculo.

No era una escena habitual en el que un paciente negaba recibir ayuda médica, pero los soldados prosiguieron con diligencia las labores de triaje. Quinella volvió a dirigirse al hechicero cuando no había terceras personas involucradas. - ¿No es sorprendente? Aunque me haya atravesado el brazo por varios sitios, casi ni necesito puntos para cerrar las laceraciones. Está claro que estabas intentando frenar sus efectos, de lo contrario, me habría quedado sin una extremidad. - Rió suavemente tras decir eso. - ¿Sabes otra cosa? Es irónico que no  podamos usar la magia de los báculos en nosotros mismos, sólo podemos hacer 'el bien' a los demás. No me gusta sufrir daño, pero, ya que estoy así aprovecharé para estudiar de qué modo puedo emplear mi poder para acelerar la curación de mi propio cuerpo. No sigue la misma regla que el báculo, pero, si nuestra fuerza es la que permite activar su magia, debe haber alguna forma de canalizarlo corporalmente. He leído sobre gente que lo consiguió, pero todavía no he conocido a nadie que pueda hacerlo.

Mientras hablaba, hizo un ademán al jinete de wyvern para que le entregase el báculo, cogiéndolo con su mano sana -y no hábil-. Tras concentrarse unos segundos, el bastón tomó un brillo sutil y un orbe de luz semitransparente apareció flotando sobre su palma izquierda, mas las heridas que tenía en ese brazo no se beneficiaban del poder curativo que estaba canalizando. - ¿Ves lo que digo? ¿De qué vale reanimar a las personas si no puedes tratar tus propias dolencias?
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Re: [Campaña de liberación] Gluttony [Pelleas, Quinella]

Mensaje por Pelleas el Lun Feb 04, 2019 4:30 pm

Cómo alivianaban tantas palabras de calma de parte de la mujer, cuan bendito que riera y lo dejara, qué amplia debía de ser su amabilidad; ayudaba, no terminaba de borrar la sensación de inadecuacía pero ayudaba a asentar su corazón. Aunque Pelleas temiera la posibilidad de que sólo estuviera en una especie de shock y por ello no reaccionase peor, el confort que hallaba en trato paciente era un bálsamo poderoso. Le bajaba los hombros tensos, le ponía un fantasma de sonrisa en los delgados labios. Para alguien que dependía de la aprobación y la tranquilización como una mascota de la mano que se le tendiera en caricia, los buenos gestos inspiraban una gratitud que pasaba callada, pero calaba profundo. El ser presionado a compensar después de ser ablandado de esa forma era una sutileza a la que era ignorante todavía, que aceptaba con más facilidad de la que era sana. No hubó más que una pausa tenuemente descolocada, antes de un asentimiento en respuesta. - Yo... bueno, desde luego... - Musitó. Le era difícil, de por sí, darle un "no" a las personas, y en esa instancia con todo el motivo del mundo.

Pero habría de preguntar cómo después. Cierto era que había omitido algo más importante aún, que debía apresurarse enseguida a corregir. Vuelto de regreso a la amable mujer, con rapidez inclinó la cabeza en corto gesto; lo propio de su parte. - ¡Ah, sí! Soy... soy Pelleas, hijo de Ashnard, príncipe de Daein... - Carraspeó. Apenas comenzaba a tomar ese hábito, el de presentarse por título en lugar de como peregrino o estudiante de magia, sin sentirlo todavía natural en la lengua. No obstante, cuanto menos, no había reacción en los hombres más próximos que indicara que mintiera, y en el peor de los casos descansaba en su dedo pulgar el anillo que le corrobara como heredero de la casta real. - Usted... es de la comitiva de las Islas de Durban, ¿no es así? - Consultó. En cuyo caso, ciertamente era deber suyo ver que llegara a salvo al resguardo de la ciudad, atender el arribo. Y con más razón tendría que compensarla por el inicio menos que perfecto, pues los isleños eran sus nuevos aliados, por tanto sus honorables invitados.

Permaneció cerca entonces, el tomo de magia cerrado sobre una de las manos, a la espera. No había más ordenes que dar, nada más en lo fuera de ayuda su dirección sino observar que no continuasen habiendo peligros vivos en las inmediaciones. Cuando los recién llegados estuviesen listos, les escoltaría y de ser necesario protegería. Hasta ello prefería no interrumpir, quedándose a su paso lateral, su natural distancia, la vista semi oculta bajo el cabello oscuro puesta con continua preocupación en la mujer herida, en su brazo, en el rojo que se esparcía por la manga de su atuendo hasta entonces de claros y perlados colores. Quizás el no saber aún, el no tener ya el modo en que hubiera de compensarla por tan visible agravio, fuera lo que más despertaba una sensación de culpa, seguido cercanamente por la impresión que la magia había dejado y que todavía perduraba, la energía robada de ella. Suspiró, mas de igual modo permaneció quieto, su figura una sombra de cuyos hombros pendía una larga capa oscura. Sólo se dio por aludido y partícipe cuando fueron directas las palabras de la dama hacia su persona, y entonces, lo primero que pudo dar no fue sino una mueca de empatía por el dolor de la herida que le enseñaba.

- Puede intentarse, pero en efecto, en la inmensa mayoría de instancias es imposible sobreescribir un conjuro... - Corroboró. Desde luego, eso ella lo entendía, como la bruja que Pelleas tenía tan fácilmente asumido que era. La incongruencia llegó cuando le fue traído a la mujer un báculo que usar, unido a prontas palabras sobre la sanación y el uso de bastones. Cuestionando de donde había sacado su idea en primer lugar, el hechicero abrió los ojos en inmediato desconcierto, acecándose a atestiguar lo que hacía con el bastón, pese a la obviedad ya por el hecho de que lo tuviera. No había error: estaba usando ante sus propios ojos el Heal. - Pero, ¿es que no es usted sacerdotiza de... de artes arcanas, acaso? - Cuestionó, mirándola como si la encontrara y conociera a cuenta nueva, desde el cero. - Existe dentro de la magia negra, en el orden de maldiciones, métodos de sanar sin bastón, de sanar al propio usuario... pero asumiría que ya lo ha de saber. Reconoció mi hechizo antes, ha sabido lo que hace. - Y de no ser por ello, por seguro tampoco él hablaría de magia negra a una clériga, mas era inevitable que la sintiese cercana al asunto. Por su propia parte, le era difícil contenerse de hablar de su doctrina, de lo que conocía como hechizos posible y maldiciones existentes. Agregó, con una admirativa exhalación y una nueva media sonrisa. - Han de ser amplios los estudios impartidos en las islas... -

De aquel asunto, ahora, sentía inmensa curiosidad. No dudaría de Yuuko alguna suerte de sistema o medida en que sus magos y clérigos tuvieran acceso a un aprendizaje general, si no alguna otra forma. Mas ante todo, le preocupaba el asunto de la persona ante sus ojos, y hallaba oportuno el momento para aprovechar y ofrecer, en vista de que no había modo en que ella reparase su brazo: - En cuanto a compensarla, ¿está segura de que no quiere que tratemos su herida...? ¿Que le ayudemos, cuanto menos? - Dijo. Tenían clérigos, medicina, hasta monturas en que dejarla ir por si se sentía debilitada. Y él se sentiría más en paz consigo mismo, ciertamente.
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