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[Social] You can taste the dishonesty, it's all over my mouth. [Priv. Shizuo]

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[Social] You can taste the dishonesty, it's all over my mouth. [Priv. Shizuo]

Mensaje por Izaya Orihara el Sáb Abr 14, 2018 12:02 pm

Cuando Izaya despertó, todo a su alrededor era oscuridad. O eso le pareció al principio, cuando sus ojos aún no se habían acostumbrado a la penumbra de las mazmorras de Bern. Al menos, suponía que estaba en una especie de estructura parecida: cárcel, calabozo, celda, meras diferencias semánticas. Si no estaba muerto, lo más obvio era que le hubieran hecho prisionero para interrogarle más tarde, o quizás dejar que se pudriera allí hasta que le dieran otro tipo de uso. Se reiría si pudiera, pero le dolía todo el cuerpo. Apenas podía respirar sin que su torso se constriñera o sin saborear el metálico sabor de la sangre en sus fosas nasales y su boca. En medio de las tinieblas, y sin apenas mover un músculo salvo para inspirar y respirar, Izaya evaluó los daños físicos. No recordaba si había perdido el conocimiento por el dolor o por una conmoción, pero su cabeza parecía funcionar a la perfección. Según iba despertando, no tenía problemas en hilar pensamientos o en evaluar su situación. Aún no era capaz de volver a la totalidad de los acontecimientos que le habían llevado allí, pero no dudaba que vendrían a él en unos minutos, cuando despejase su confusión inicial.

Parpadeó con lentitud, sin ver aún. No obstante, le era innecesario para saber que estaba preso. El olor de la celda, a inmundicia y a humedad, le era conocido. Al fin y al cabo, todas las mazmorras tenían la misma pestilencia, como de animales encerrados, a enfermedad, sudor y podredumbre. Hacía frío, tanto como para incomodarle a pesar de que era de Ilia. Su cuerpo helado tiritaba a pesar de que cada temblor le producía una nueva ráfaga de dolor. Le debían de haber quitado su abrigo, pues no sentía su reconfortante peso. Sus pies también estaban descalzos. Debían de haberle dejado apenas con su camisa oscura y sus pantalones. Bueno, al menos no estaba en paños menores o desnudo en medio de la gélida celda de piedra. Sabía lo que les sucedía a muchos prisioneros allí, especialmente los menudos y atractivos como él, y no tenía demasiadas ganas de convertirse en la putita de nadie. Aún. Uno nunca podía saber lo que tendría que hacer para sobrevivir. Prestó atención, agudizando el oído. No llegó a él ningún sonido diferente del agua de las goteras al caer o el de las ratas y otras alimañas al correr en la oscuridad. Incluso si sus compañeros de celda dormían, no había ronquidos ni respiración profunda en las cercanías. Tampoco voces, ni el ruido de pasos.

Estaba solo, y eso era bueno y malo a partes iguales. Por un lado, ya no debía temer que mancillaran su cuerpo, algo que sabía a muchas personas capaces de hacer incluso a un herido indefenso como él. Pero por otro, no había nadie con quién formar una alianza y manipular para poder salir de allí. Había sido entretenido hasta el momento, pero lo cierto era que tenía prisa por volver a Ilia. Bern solo había sido una parada circunstancial en su regreso desde Akaneia, y no planeaba alargarlo más de lo debido. Con la caída de su país natal, había cosas que tenía que hacer con urgencia: papeles que quemar, libros de cuentas que destruir, borrar toda evidencia que no pudiera llevarse a su nueva casa en Pherae, cortesía de Lord Eliwood. Quizás debería haber prestado más atención al estado político y militar de Ilia, quizás así no tendría que lidiar con las consecuencias ahora, pero tampoco es que le importasen mucho en el fondo. Nada le unía sentimentalmente al país helado, hasta encontraba poético que todo terminase por inercia del fuego. Los documentos de mayor importancia hacía tiempo que los había mandado llevar a su nueva residencia, donde estarían a salvo. Solo le quedaba terminar de cerciorarse que la casa de sus padres era eliminada hasta los cimientos. Si él no vivía allí, nadie lo haría.

Pero antes debía lograr escapar de allí. Si le habían puesto en aislamiento, lo cual era bastante inteligente por parte del Rey de Bern, la cosa se dificultaba. Por suerte, poco a poco comenzaba a ver en la penumbra. Al final de la galería debía de haber una antorcha, por el suave destello anaranjado que llegaba hasta su posición, pero el resto de las celdas no tenía nada de iluminación ni ventanas. O quizás sí pero no en su propio recoveco. Se pondría en la peor opción y trazaría un plan a partir de ahí. No tenía más información que la que deducía en su lamentable estado. La salida debía de estar junto a la antorcha, si lograse salir de entre los barrotes y hacerse con su ropa, podría escaparse por donde había llegado. Quizás saltar por una ventana, o esconderse en algún carromato que saliera de la capital. No sería quisquilloso. Todo era mejor que volver a pasar una maravillosa velada con el Rey Zephiel. Sonrió solo de pensarlo y una risa escapó de sus labios cortados. El movimiento le dolió, pero no tanto como para parar. Tenía la garganta seca, y eso se notaba en su risa cortante y grave. Su eco se replicó por las paredes de piedra.

Supuso que alguien no tardaría en aparecer, y ahí ya trataría se sonsacar respuestas.  Cuanto más ruido hiciera, antes aceleraría el proceso. Jugaría el papel del pobre prisionero herido que ha meditado sus errores y quiere cooperar. Quizás le traería un poco de agua y comida. No se llevaría a la tripa nada, por supuesto, pero si pudiera mojarse los labios estaba seguro de que se encontraría mejor. ¿Cuántos huesos debía de tener rotos?  Sentía la cara hinchada y un potente dolor de cabeza. Ah, recordaba el golpe con la botella, eso debía de haberle hecho una buena brecha. Poco a poco, fue moviendo partes de su cuerpo para evaluar los daños. Estaba hecho polvo, le habían metido una buena paliza, pero nada que no fuera recuperable. Sus miembros no habían desaparecido por mutilación ni nada, y no le habían roto la columna vertebral. Repasó los dientes con la lengua para comprobar que estaban bien y suspiró de alivio al sentirlos todos. Puede que le faltase un trozo de una muela, nada demasiado visible o importante. Sin embargo, sus carrillos estaban destrozados. Debían de haberle golpeado más de una vez en el rostro. Ugh, debía de tener el cuerpo como un gran moratón.

Iba a pasar a evaluar los daños recibidos en los brazos cuando escuchó un ruido chirriante al final del pasillo. Parecía ser la hora de las visitas. Cerró los ojos y pretendió seguir inconsciente, incluso giró un poco la cara para parecer aún más desvalido, pero de una forma que sabía que su pelo caía con gracia sobre su frente. No debía de estar en su mejor forma física, pero uno nunca sabía si podía aplicar a la humanidad de su encarcelador. ¿Qué hacía un bello y débil académico ahí prisionero? ¡Sin duda debía de ser una confusión!
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Re: [Social] You can taste the dishonesty, it's all over my mouth. [Priv. Shizuo]

Mensaje por Shizuo Heiwajima el Mar Abr 17, 2018 6:21 am

Las noches eran lo peor para uno de los más leales guardaespaldas real de la tropa del rey Zephiel. Shizuo se pasaba las noches en vela teniendo que vigilar los pasillos del castillo, las zonas más solitarias, los sótanos y… las mazmorras. Generalmente su guardia solía ser solitaria, sin novedades. Podía estar cantando o bailando que nadie más que él se enterarían. Todos dormían plácidamente mientras el luchador hacía su trabajo. Él estaba orgulloso de que la ley del rey Zephiel se cumpliera con su hacha; de que la seguridad de todos los componentes del castillo se vieran protegidas por él. Por eso, más despierto que dormido, hacía su ronda por los largos y desiertos pasillos.
La decoración tan viva y gótica de la infraestructura de su hogar se tornaba terrorífica en la noche. A Shizuo jamás le había gustado pararse a deleitar las pinturas o retratos cuando la luna estaba en su máximo esplendor. Por raro que pareciera, aquel rubio tenía bastante respeto a lo que la oscuridad atraía. Ese sentimiento de incertidumbre cuando deleitaba un cuadro, un rincón oscuro o sonidos huecos… le daban muy mal rollo.

Los pasos toscos del hombre de casi dos metros resonaban en el pasillo. El sonido chirriante de su hacha rozando el suelo le hizo despistarse, resignándose a simplemente cargarla en su espalda. Hoy no llevaba consigo la imbatible, sino una de las hachas de bronce que le habían proporcionado la armería. Al hacer guardia de este tipo no quería arriesgar a que su amada hacha se perdiera o tener que volver a afilarla. Para este tipo de trabajos prefería dejar su preciado tesoro para otra ocasión.
Se guiaba por las luces de las antorchas que habían encendidas por todos los pasillos. Conocía la infraestructura del lugar, había estado viviendo durante mucho tiempo aquí. No tenía miedo a nada de lo que pudiera pasarle porque podría huir perfectamente sin miedo a perderse.
Lentamente, se tuvo que dirigir a la planta de abajo. Bajo las largas escaleras en silencio, con su mente distraída en el ruido que hacía la vieja madera y sus pasos rompiendo la soledad de la noche. En realidad sí que estaba pensando en varias cosas. Por la noche siempre se paraba a pensar dónde podrían estar su hermana o su sobrino; también pensaba en qué podría hacer para complacer a su rey y poder levantar su reino; otra de las cosas que se le pasaban por su mente es si su vida era plena y le gustaba. Cosas que te parabas a pensar cuando no tenías nada mejor que hacer que tener que vigilar solitarios lugares. ¿Quién iba a entrar en la noche a un castillo tan inmenso en medio de la nada?

La ronda estaba a punto de acabar, pero aun había algo que hacer: vigilar al preso. Shizuo sabía que había alguien que el rey Zephiel mandó a encarcelar unas horas atrás. No conocía la identidad ni el nombre de ese pobre desgraciado, pero tampoco le importaba. Shizuo sabía que si enfadaban a Zephiel… era mejor correr. Por suerte para el luchador, jamás había enfurecido a su rey de esa manera. Él era afortunado de gozar con la confianza del monarca.
Bajó hacía las mazmorras, pero antes tuvo que coger una antocha que estaba en la entrada de esta. El vacío y la oscuridad del lugar lo cegaban, impidiendo ver con claridad por donde tenía que pasar y como tenía que pisar. El suelo de este lugar dejaba mucho que desear con baldosas salidas, otras tantas rotas. Goteras caían por el techo quizá de alguna fuga, dejando ese sonido tan escabroso en el lugar.
Escuchó ruidos vacíos en cuanto pasó por la gran puerta. Shizuo se paró en seco, mirando de lado a lado. ¿Habrá sido el preso? Se convenció a sí mismo de que así sería, por lo que se aventuró hacía el final del lugar donde estaría encarcelado ese pobre desgraciado. Miraba en todas y cada una de las celdas, asegurándose, con la poca luz que le otorgaba la antorcha, que no había nadie. Finalmente llegó a la celda donde había alguien durmiendo, en una postura incómoda. Arrugó su nariz, frunciendo el ceño. Se preguntó qué es lo que habría hecho ese idiota para enfurecer a un monarca tan tenaz. Solo suspiró. No quería molestar el letargo de aquel hombre, así que, sin mucho más que unos segundos vigilándolo, se volteó para irse. Su turno de guardia habría terminado de no ser porque algo lo interrumpió. ¿Una voz? ¿Un sonido? Algo que fue lo suficiente para que Shizuo se detuviera en seco y volviera su mirada hacía la celda donde estaba el hombre, apuntando con la antorcha. Quizá… no estaba tan dormido como aparentaba.
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Re: [Social] You can taste the dishonesty, it's all over my mouth. [Priv. Shizuo]

Mensaje por Izaya Orihara Hoy a las 8:01 am

Había varias cosas que el guardia podría hacer una vez llegada a la celda, dependiendo de si su labor era solo la de vigilar o la de volver a llevarle frente al rey Zephiel. En la primera situación, el soldado en cuestión podría estar trayéndole algo de comer y beber. ¿Quizás le trataría de despertar con palabras groseras o con una patada en el estómago? No era extraño que los guardianes de las prisiones se divirtieran con los encarcelados, al fin y al cabo, no había mucho más que hacer y seguramente eso fuera alabado por el rey de Bern. ¡Premio al más sádico! Solo pensarlo hizo sonreír internamente a Izaya. En cambio, si venía a llevarle de vuelta, bueno, tendría que pensar sobre la marcha cómo salir de allí. No portaba armas consigo, se las habían quitado junto con su abrigo y sus botas, pero eso no quería decir que no pudiera atacar de otras maneras. Su especialidad era descubrir las debilidades de los demás y explotarlas a conveniencia, y aunque su cuerpo estuviera hecho polvo, su mente cada vez iba cobrando más lucidez a pesar del dolor de sus heridas y los golpes sufridos.

Desde su posición en el suelo, Izaya era capaz de tener los ojos entreabiertos sin que se notara que estaba despierto, puesto que su cabello negro caía sobre su frente y visión. La luz de la antorcha poco a poco iluminó sus alrededores, que fue lo primero que el informante memorizó en su cabeza para futura referencia. Como suponía, estaba solo en su celda particular, salvo por la sorpresiva presencia de un esqueleto completo que nunca había sido liberado de sus cadenas. La puerta era un conjunto de barras metálicas demasiado juntas como para poder escapar por ellas, mas tenía un cerrojo que podría ser forzado con un poco de habilidad y algo alargado y afilado. Parpadeó a su compañero presidiario: serviría. Más allá de la habitación, se extendía una galería grande en la que se podían ver algunos aparatos de tortura, un pozo y unos barriles rodeados con cajas bajas que debían de servir a los guardias como asientos cuando había más gente a la que vigilar.

Puesto que el soldado había venido por el pasillo a la derecha de su celda, supondría que la salida-entrada debía de hallarse en esa dirección. No obstante, antes de poder evaluar algo más, las botas se alejaron de su rango de visión, de vuelta por donde habían llegado. Izaya podría haber gruñido de disgusto. No podía creerse que el vigilante solo se hubiera limitado a mirarle con indiferencia para después irse. ¿Dónde estaba el juego? Si lo que quería era un poco de provocación, el estratega se lo daría encantado. Aun así, su orgullo estaba algo herido. Detestaba que la gente le ignorase, incluso cuando estaba tendido en una celda húmeda y sucia sin moverse. Hasta una patada en el estómago hubiera sido preferible a volver a quedarse a oscuras. Con un quejido que Izaya se convenció que era fingido, dijo con la boca seca: N-no, no te vayas, vuelve, por favor. Te ruego por los dioses que no te lleves la luz. – No es que necesitara la antorcha ya, puesto que un vistazo a su alrededor había sido suficiente para guardarlo en la memoria, pero hasta él se daba cuenta de que operar con luz sería útil.

Contento con escuchar el ruido de los pasos al regresar sobre ellos, decidió aumentar el dramatismo y extendió una mano en dirección a la salida, en señal de súplica. Tuvo unas momentáneas ganas de vomitar por el penetrante dolor en muchas partes de su cuerpo ante el gesto. Cerró un poco los ojos y relajó su respiración, aunque un jadeo de suplicio se le escapó de los labios. Al menos le serviría en su pequeño teatro, apelando a la humanidad de la gente, incluso la de los siervos del rey Zephiel, siempre podía funcionar. Antes no había podido observarle a él, puesto que estaba más pendiente de sus alrededores, pero ahora no perdió tiempo en posar sus ojos rojos en el cuerpo del guardia. Fue subiendo desde los pies hasta la cabeza, y en cuanto la luz de la antorcha iluminó sus rasgos reconocibles, Izaya solo tuvo unos segundos para esconder la sorpresa que sentía. De todas las personas del mundo que podían haber sido ese guardia, se había encontrado a un viejo conocido, un antiguo amante, si podría llamarse así a las acciones tontas de dos adolescentes que recién descubrían el placer. Shizuo Heiwajima, nacido en Ilia, por alguna razón había terminado trabajando como guardia para el Rey Zephiel. Izaya sabía que había desaparecido del helado país después de lo que sus padres habían sufrido y tras las propias acciones del informante, pero no se había molestado en investigar a dónde se había ido.

Por eso, le desconcertó hallarle ahí. Bueno, una bestia tendía a trabajar para otras bestias más grandes, no era tan raro. El hacha de bronce a la espalda del luchador le dijo todo lo que tenía que saber: Shizuo se debía de haber vuelto más bruto que hace diez años, pero Izaya se había vuelto mucho más inteligente. Esa era su gran oportunidad para escapar, solo debía mover bien las piezas en el tablero y manipularle a su gusto. Comenzaba a notar la adrenalina de emoción en su estómago, corriendo por sus venas hasta sus congelados dedos de los pies. - ¿Shizuo? ¿E-eres tú? – musitó, y en una actuación de la que no podía estar más orgulloso, llenó de lágrimas a sus ojos. – No puede ser. Después de todo este tiempo, te encuentro aquí. – se rio un poco y eso hizo que se tuviera que encoger en su sitio por el dolor en sus costillas. – De no ser porque estoy en la mierda, pensaría que estoy muerto y nos hemos visto en otra vida. Te he estado buscando durante tanto tiempo, que ahora no me pareces real… - y le sonrió, su rostro amoratado y su labio partido. – Pero el destino es cruel y ha querido que ahora seas mi verdugo, ¿serás tú quién me lleve al cadalso? – después, tosió y en su mano apareció sangre. Vaya, eso no era bueno. Tenía que apresurar su escape.
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