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[Social] You can taste the dishonesty, it's all over my mouth. [Priv. Shizuo]

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[Social] You can taste the dishonesty, it's all over my mouth. [Priv. Shizuo]

Mensaje por Izaya Orihara el Sáb Abr 14, 2018 12:02 pm

Cuando Izaya despertó, todo a su alrededor era oscuridad. O eso le pareció al principio, cuando sus ojos aún no se habían acostumbrado a la penumbra de las mazmorras de Bern. Al menos, suponía que estaba en una especie de estructura parecida: cárcel, calabozo, celda, meras diferencias semánticas. Si no estaba muerto, lo más obvio era que le hubieran hecho prisionero para interrogarle más tarde, o quizás dejar que se pudriera allí hasta que le dieran otro tipo de uso. Se reiría si pudiera, pero le dolía todo el cuerpo. Apenas podía respirar sin que su torso se constriñera o sin saborear el metálico sabor de la sangre en sus fosas nasales y su boca. En medio de las tinieblas, y sin apenas mover un músculo salvo para inspirar y respirar, Izaya evaluó los daños físicos. No recordaba si había perdido el conocimiento por el dolor o por una conmoción, pero su cabeza parecía funcionar a la perfección. Según iba despertando, no tenía problemas en hilar pensamientos o en evaluar su situación. Aún no era capaz de volver a la totalidad de los acontecimientos que le habían llevado allí, pero no dudaba que vendrían a él en unos minutos, cuando despejase su confusión inicial.

Parpadeó con lentitud, sin ver aún. No obstante, le era innecesario para saber que estaba preso. El olor de la celda, a inmundicia y a humedad, le era conocido. Al fin y al cabo, todas las mazmorras tenían la misma pestilencia, como de animales encerrados, a enfermedad, sudor y podredumbre. Hacía frío, tanto como para incomodarle a pesar de que era de Ilia. Su cuerpo helado tiritaba a pesar de que cada temblor le producía una nueva ráfaga de dolor. Le debían de haber quitado su abrigo, pues no sentía su reconfortante peso. Sus pies también estaban descalzos. Debían de haberle dejado apenas con su camisa oscura y sus pantalones. Bueno, al menos no estaba en paños menores o desnudo en medio de la gélida celda de piedra. Sabía lo que les sucedía a muchos prisioneros allí, especialmente los menudos y atractivos como él, y no tenía demasiadas ganas de convertirse en la putita de nadie. Aún. Uno nunca podía saber lo que tendría que hacer para sobrevivir. Prestó atención, agudizando el oído. No llegó a él ningún sonido diferente del agua de las goteras al caer o el de las ratas y otras alimañas al correr en la oscuridad. Incluso si sus compañeros de celda dormían, no había ronquidos ni respiración profunda en las cercanías. Tampoco voces, ni el ruido de pasos.

Estaba solo, y eso era bueno y malo a partes iguales. Por un lado, ya no debía temer que mancillaran su cuerpo, algo que sabía a muchas personas capaces de hacer incluso a un herido indefenso como él. Pero por otro, no había nadie con quién formar una alianza y manipular para poder salir de allí. Había sido entretenido hasta el momento, pero lo cierto era que tenía prisa por volver a Ilia. Bern solo había sido una parada circunstancial en su regreso desde Akaneia, y no planeaba alargarlo más de lo debido. Con la caída de su país natal, había cosas que tenía que hacer con urgencia: papeles que quemar, libros de cuentas que destruir, borrar toda evidencia que no pudiera llevarse a su nueva casa en Pherae, cortesía de Lord Eliwood. Quizás debería haber prestado más atención al estado político y militar de Ilia, quizás así no tendría que lidiar con las consecuencias ahora, pero tampoco es que le importasen mucho en el fondo. Nada le unía sentimentalmente al país helado, hasta encontraba poético que todo terminase por inercia del fuego. Los documentos de mayor importancia hacía tiempo que los había mandado llevar a su nueva residencia, donde estarían a salvo. Solo le quedaba terminar de cerciorarse que la casa de sus padres era eliminada hasta los cimientos. Si él no vivía allí, nadie lo haría.

Pero antes debía lograr escapar de allí. Si le habían puesto en aislamiento, lo cual era bastante inteligente por parte del Rey de Bern, la cosa se dificultaba. Por suerte, poco a poco comenzaba a ver en la penumbra. Al final de la galería debía de haber una antorcha, por el suave destello anaranjado que llegaba hasta su posición, pero el resto de las celdas no tenía nada de iluminación ni ventanas. O quizás sí pero no en su propio recoveco. Se pondría en la peor opción y trazaría un plan a partir de ahí. No tenía más información que la que deducía en su lamentable estado. La salida debía de estar junto a la antorcha, si lograse salir de entre los barrotes y hacerse con su ropa, podría escaparse por donde había llegado. Quizás saltar por una ventana, o esconderse en algún carromato que saliera de la capital. No sería quisquilloso. Todo era mejor que volver a pasar una maravillosa velada con el Rey Zephiel. Sonrió solo de pensarlo y una risa escapó de sus labios cortados. El movimiento le dolió, pero no tanto como para parar. Tenía la garganta seca, y eso se notaba en su risa cortante y grave. Su eco se replicó por las paredes de piedra.

Supuso que alguien no tardaría en aparecer, y ahí ya trataría se sonsacar respuestas.  Cuanto más ruido hiciera, antes aceleraría el proceso. Jugaría el papel del pobre prisionero herido que ha meditado sus errores y quiere cooperar. Quizás le traería un poco de agua y comida. No se llevaría a la tripa nada, por supuesto, pero si pudiera mojarse los labios estaba seguro de que se encontraría mejor. ¿Cuántos huesos debía de tener rotos?  Sentía la cara hinchada y un potente dolor de cabeza. Ah, recordaba el golpe con la botella, eso debía de haberle hecho una buena brecha. Poco a poco, fue moviendo partes de su cuerpo para evaluar los daños. Estaba hecho polvo, le habían metido una buena paliza, pero nada que no fuera recuperable. Sus miembros no habían desaparecido por mutilación ni nada, y no le habían roto la columna vertebral. Repasó los dientes con la lengua para comprobar que estaban bien y suspiró de alivio al sentirlos todos. Puede que le faltase un trozo de una muela, nada demasiado visible o importante. Sin embargo, sus carrillos estaban destrozados. Debían de haberle golpeado más de una vez en el rostro. Ugh, debía de tener el cuerpo como un gran moratón.

Iba a pasar a evaluar los daños recibidos en los brazos cuando escuchó un ruido chirriante al final del pasillo. Parecía ser la hora de las visitas. Cerró los ojos y pretendió seguir inconsciente, incluso giró un poco la cara para parecer aún más desvalido, pero de una forma que sabía que su pelo caía con gracia sobre su frente. No debía de estar en su mejor forma física, pero uno nunca sabía si podía aplicar a la humanidad de su encarcelador. ¿Qué hacía un bello y débil académico ahí prisionero? ¡Sin duda debía de ser una confusión!
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Re: [Social] You can taste the dishonesty, it's all over my mouth. [Priv. Shizuo]

Mensaje por Invitado el Mar Abr 17, 2018 6:21 am

Las noches eran lo peor para uno de los más leales guardaespaldas real de la tropa del rey Zephiel. Shizuo se pasaba las noches en vela teniendo que vigilar los pasillos del castillo, las zonas más solitarias, los sótanos y… las mazmorras. Generalmente su guardia solía ser solitaria, sin novedades. Podía estar cantando o bailando que nadie más que él se enterarían. Todos dormían plácidamente mientras el luchador hacía su trabajo. Él estaba orgulloso de que la ley del rey Zephiel se cumpliera con su hacha; de que la seguridad de todos los componentes del castillo se vieran protegidas por él. Por eso, más despierto que dormido, hacía su ronda por los largos y desiertos pasillos.
La decoración tan viva y gótica de la infraestructura de su hogar se tornaba terrorífica en la noche. A Shizuo jamás le había gustado pararse a deleitar las pinturas o retratos cuando la luna estaba en su máximo esplendor. Por raro que pareciera, aquel rubio tenía bastante respeto a lo que la oscuridad atraía. Ese sentimiento de incertidumbre cuando deleitaba un cuadro, un rincón oscuro o sonidos huecos… le daban muy mal rollo.

Los pasos toscos del hombre de casi dos metros resonaban en el pasillo. El sonido chirriante de su hacha rozando el suelo le hizo despistarse, resignándose a simplemente cargarla en su espalda. Hoy no llevaba consigo la imbatible, sino una de las hachas de bronce que le habían proporcionado la armería. Al hacer guardia de este tipo no quería arriesgar a que su amada hacha se perdiera o tener que volver a afilarla. Para este tipo de trabajos prefería dejar su preciado tesoro para otra ocasión.
Se guiaba por las luces de las antorchas que habían encendidas por todos los pasillos. Conocía la infraestructura del lugar, había estado viviendo durante mucho tiempo aquí. No tenía miedo a nada de lo que pudiera pasarle porque podría huir perfectamente sin miedo a perderse.
Lentamente, se tuvo que dirigir a la planta de abajo. Bajo las largas escaleras en silencio, con su mente distraída en el ruido que hacía la vieja madera y sus pasos rompiendo la soledad de la noche. En realidad sí que estaba pensando en varias cosas. Por la noche siempre se paraba a pensar dónde podrían estar su hermana o su sobrino; también pensaba en qué podría hacer para complacer a su rey y poder levantar su reino; otra de las cosas que se le pasaban por su mente es si su vida era plena y le gustaba. Cosas que te parabas a pensar cuando no tenías nada mejor que hacer que tener que vigilar solitarios lugares. ¿Quién iba a entrar en la noche a un castillo tan inmenso en medio de la nada?

La ronda estaba a punto de acabar, pero aun había algo que hacer: vigilar al preso. Shizuo sabía que había alguien que el rey Zephiel mandó a encarcelar unas horas atrás. No conocía la identidad ni el nombre de ese pobre desgraciado, pero tampoco le importaba. Shizuo sabía que si enfadaban a Zephiel… era mejor correr. Por suerte para el luchador, jamás había enfurecido a su rey de esa manera. Él era afortunado de gozar con la confianza del monarca.
Bajó hacía las mazmorras, pero antes tuvo que coger una antocha que estaba en la entrada de esta. El vacío y la oscuridad del lugar lo cegaban, impidiendo ver con claridad por donde tenía que pasar y como tenía que pisar. El suelo de este lugar dejaba mucho que desear con baldosas salidas, otras tantas rotas. Goteras caían por el techo quizá de alguna fuga, dejando ese sonido tan escabroso en el lugar.
Escuchó ruidos vacíos en cuanto pasó por la gran puerta. Shizuo se paró en seco, mirando de lado a lado. ¿Habrá sido el preso? Se convenció a sí mismo de que así sería, por lo que se aventuró hacía el final del lugar donde estaría encarcelado ese pobre desgraciado. Miraba en todas y cada una de las celdas, asegurándose, con la poca luz que le otorgaba la antorcha, que no había nadie. Finalmente llegó a la celda donde había alguien durmiendo, en una postura incómoda. Arrugó su nariz, frunciendo el ceño. Se preguntó qué es lo que habría hecho ese idiota para enfurecer a un monarca tan tenaz. Solo suspiró. No quería molestar el letargo de aquel hombre, así que, sin mucho más que unos segundos vigilándolo, se volteó para irse. Su turno de guardia habría terminado de no ser porque algo lo interrumpió. ¿Una voz? ¿Un sonido? Algo que fue lo suficiente para que Shizuo se detuviera en seco y volviera su mirada hacía la celda donde estaba el hombre, apuntando con la antorcha. Quizá… no estaba tan dormido como aparentaba.
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Re: [Social] You can taste the dishonesty, it's all over my mouth. [Priv. Shizuo]

Mensaje por Izaya Orihara el Mar Abr 24, 2018 8:01 am

Había varias cosas que el guardia podría hacer una vez llegada a la celda, dependiendo de si su labor era solo la de vigilar o la de volver a llevarle frente al rey Zephiel. En la primera situación, el soldado en cuestión podría estar trayéndole algo de comer y beber. ¿Quizás le trataría de despertar con palabras groseras o con una patada en el estómago? No era extraño que los guardianes de las prisiones se divirtieran con los encarcelados, al fin y al cabo, no había mucho más que hacer y seguramente eso fuera alabado por el rey de Bern. ¡Premio al más sádico! Solo pensarlo hizo sonreír internamente a Izaya. En cambio, si venía a llevarle de vuelta, bueno, tendría que pensar sobre la marcha cómo salir de allí. No portaba armas consigo, se las habían quitado junto con su abrigo y sus botas, pero eso no quería decir que no pudiera atacar de otras maneras. Su especialidad era descubrir las debilidades de los demás y explotarlas a conveniencia, y aunque su cuerpo estuviera hecho polvo, su mente cada vez iba cobrando más lucidez a pesar del dolor de sus heridas y los golpes sufridos.

Desde su posición en el suelo, Izaya era capaz de tener los ojos entreabiertos sin que se notara que estaba despierto, puesto que su cabello negro caía sobre su frente y visión. La luz de la antorcha poco a poco iluminó sus alrededores, que fue lo primero que el informante memorizó en su cabeza para futura referencia. Como suponía, estaba solo en su celda particular, salvo por la sorpresiva presencia de un esqueleto completo que nunca había sido liberado de sus cadenas. La puerta era un conjunto de barras metálicas demasiado juntas como para poder escapar por ellas, mas tenía un cerrojo que podría ser forzado con un poco de habilidad y algo alargado y afilado. Parpadeó a su compañero presidiario: serviría. Más allá de la habitación, se extendía una galería grande en la que se podían ver algunos aparatos de tortura, un pozo y unos barriles rodeados con cajas bajas que debían de servir a los guardias como asientos cuando había más gente a la que vigilar.

Puesto que el soldado había venido por el pasillo a la derecha de su celda, supondría que la salida-entrada debía de hallarse en esa dirección. No obstante, antes de poder evaluar algo más, las botas se alejaron de su rango de visión, de vuelta por donde habían llegado. Izaya podría haber gruñido de disgusto. No podía creerse que el vigilante solo se hubiera limitado a mirarle con indiferencia para después irse. ¿Dónde estaba el juego? Si lo que quería era un poco de provocación, el estratega se lo daría encantado. Aun así, su orgullo estaba algo herido. Detestaba que la gente le ignorase, incluso cuando estaba tendido en una celda húmeda y sucia sin moverse. Hasta una patada en el estómago hubiera sido preferible a volver a quedarse a oscuras. Con un quejido que Izaya se convenció que era fingido, dijo con la boca seca: N-no, no te vayas, vuelve, por favor. Te ruego por los dioses que no te lleves la luz. – No es que necesitara la antorcha ya, puesto que un vistazo a su alrededor había sido suficiente para guardarlo en la memoria, pero hasta él se daba cuenta de que operar con luz sería útil.

Contento con escuchar el ruido de los pasos al regresar sobre ellos, decidió aumentar el dramatismo y extendió una mano en dirección a la salida, en señal de súplica. Tuvo unas momentáneas ganas de vomitar por el penetrante dolor en muchas partes de su cuerpo ante el gesto. Cerró un poco los ojos y relajó su respiración, aunque un jadeo de suplicio se le escapó de los labios. Al menos le serviría en su pequeño teatro, apelando a la humanidad de la gente, incluso la de los siervos del rey Zephiel, siempre podía funcionar. Antes no había podido observarle a él, puesto que estaba más pendiente de sus alrededores, pero ahora no perdió tiempo en posar sus ojos rojos en el cuerpo del guardia. Fue subiendo desde los pies hasta la cabeza, y en cuanto la luz de la antorcha iluminó sus rasgos reconocibles, Izaya solo tuvo unos segundos para esconder la sorpresa que sentía. De todas las personas del mundo que podían haber sido ese guardia, se había encontrado a un viejo conocido, un antiguo amante, si podría llamarse así a las acciones tontas de dos adolescentes que recién descubrían el placer. Shizuo Heiwajima, nacido en Ilia, por alguna razón había terminado trabajando como guardia para el Rey Zephiel. Izaya sabía que había desaparecido del helado país después de lo que sus padres habían sufrido y tras las propias acciones del informante, pero no se había molestado en investigar a dónde se había ido.

Por eso, le desconcertó hallarle ahí. Bueno, una bestia tendía a trabajar para otras bestias más grandes, no era tan raro. El hacha de bronce a la espalda del luchador le dijo todo lo que tenía que saber: Shizuo se debía de haber vuelto más bruto que hace diez años, pero Izaya se había vuelto mucho más inteligente. Esa era su gran oportunidad para escapar, solo debía mover bien las piezas en el tablero y manipularle a su gusto. Comenzaba a notar la adrenalina de emoción en su estómago, corriendo por sus venas hasta sus congelados dedos de los pies. - ¿Shizuo? ¿E-eres tú? – musitó, y en una actuación de la que no podía estar más orgulloso, llenó de lágrimas a sus ojos. – No puede ser. Después de todo este tiempo, te encuentro aquí. – se rio un poco y eso hizo que se tuviera que encoger en su sitio por el dolor en sus costillas. – De no ser porque estoy en la mierda, pensaría que estoy muerto y nos hemos visto en otra vida. Te he estado buscando durante tanto tiempo, que ahora no me pareces real… - y le sonrió, su rostro amoratado y su labio partido. – Pero el destino es cruel y ha querido que ahora seas mi verdugo, ¿serás tú quién me lleve al cadalso? – después, tosió y en su mano apareció sangre. Vaya, eso no era bueno. Tenía que apresurar su escape.
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Re: [Social] You can taste the dishonesty, it's all over my mouth. [Priv. Shizuo]

Mensaje por Invitado el Miér Abr 25, 2018 9:36 am

Lo único que quería acabar Shizuo era su guardia. Estaba cansado, sus párpados se caían y su cuerpo pesaba. Había tenido un largo día de andar tras su monarca planificando unas cosas antes de que se ocupase de una persona. Justo después vinieron noticias a oídos del rubio de que el preso que estaba ocupando una de los compartimentos en la cárcel era con quien se había reunido. ¿Qué habría hecho ese pobre desgraciado para enfurecer al rey Zephiel? Ni tan siquiera Shizuo podría imaginarse la situación por mucho que se lo explicase porque le sorprendía de que el rey se hubiera alterado tanto. No era las pocas veces que habría visto con sus ojos al entronado furioso, pero hasta el extremo de encarcelar a alguien… eso ya era otra historia.
Ni por mucha pena que le diera aquel pobre diablo se pararía a darle el lujo de hablarle. Esa noche no estaba de humor. Ni se paró a hablarle, ni a humillarle. Ni tan siquiera le habría traído nada de comer porque hasta en la mañana no servían algo para él. Sus órdenes solamente era hacer guardia, comprobar que todo estuviera en orden y vigilar al preso. Nada más. Técnicamente era fácil, sin embargo a esas horas de la madrugada cuando todos dormían y solo se podía escuchar los sonidos que la noche dejaba… era muy poco alentador.

Se retiró, volviendo por aquel pasillo de donde había venido. El corredor era largo, silencioso. El suelo tenía varios desperfectos por eso Shizuo iba mirando al suelo, intentando no caerse por alguna baldosa mal puesta. Estaba a punto de volver, pero al dar dos pasos ya hubo una voz que lo llamó. Lo que antes escuchó fueron sonidos huecos y el choque de algo contra las celdas. Shizuo se giró del impacto, sorprendido. Tal y como había supuesto en su cabeza al escuchar aquello: era el preso. Las pupilas del rubio se contrajeron en cuanto el rostro familiar de aquella persona le hizo traer recuerdos agridulces. Detuvo su corazón, cogió aire. Hizo todo lo posible para no quebrar hacía atrás y no alterarse. ¿¡Qué hacía “él” ahí?! No estaba entendiendo nada. ¿Así que ahora él se dedicaba a vacilar a los reyes en busca de algo? Por muy cara de bueno que él pusiera, Shizuo conocía a Izaya como el que más. Inteligente, sin escrúpulos, orgulloso y un buen actor. Claro que sabía cómo era después de haber experimentado el dolor de su pérdida. Todo lo que pasaron no fueron más que mentiras y estúpidos caprichos de adolescentes con las hormonas revolucionadas. Shizuo llegó a pensar que alguien habría llegado a entender su fuerte temperamento, pero… no fueron más que mentiras. Estaba dolido por su pérdida, pero poco a poco se fue haciendo a la idea de que no volvería a verlo a ver.

Si ya había reconocido que lo había perdido, ¿por qué se estaba alegrando de verlo?

La cara de Shizuo era seria, sin sentimiento. No mostró ni un ápice de nervios. Por dentro era un torbellino de sensaciones: morriña, alegría, pena, tristeza, rabia, cabreo… todas combinadas, haciendo que su corazón latiese tan rápido que hasta le dolía tener que respirar lento.
Se acercó unos pasos delante de él. Le quería ver mejor. Y fue justo cuando él le reconoció. Ni se dio cuenta que estar expuesto a la luz haría que él lo conociera, hablando con esa voz tan lastimera suya que en un pasado conocía tan bien. Shizuo chasqueó su lengua con el paladar superior, levantando su cabeza. Estaba demacrado, sin apenas ropa y desesperado. Lucía como si hubiera pisado el infierno y hubiera vuelto con vida. Le daba mucha pena, pero… su orgullo como caballero de la corte del rey Zephiel le impedía sacarle. Por lo menos, por ahora.

Dichosos los ojos, Izaya. Al final este donde te mereces: entre rejas. ¿Qué has hecho esta vez? ¿Seducir a Zephiel e irte? ¿Intentar sacar de él algo que no has podido? ¿Cabrearle sin motivo aparente porque te divierte jugar con las personas? —Shizuo hablaba con rencor, frunciendo su ceño. Con solo verle se podía observar que su postura cerrada y alejada de su interlocutor indicaba cabreo. Y no uno de los que luego se le pasaba con cualquier tontería: uno de los de verdad. Shizuo llevaba dolido mucho tiempo, y la herida aún no había sanado en su corazón. — ¿De verdad me has estado buscando? Vaya, pues no diré lo mismo. No soy de buscar a personas que luego me van a dar la espalda de buenas a primeras como si fuera un mono de circo. —Espetó con seriedad. Dio un paso hacia delante, poniéndose frente a ese hombre. Pudo analizar con detalle esa sonrisa odiosa que tenía. Era tan jodidamente bonita (a su parecer) que desvió la mirada hacía la diestra, chasqueando la lengua contra su paladar. — No he venido aquí a ser el verdugo. Solo he venido aquí a vigilar a la rata, pero ya veo que ella puede adaptarse bien a la oscuridad. —Con ello, Shizuo se volvió a dar la vuelta para darle la espalda a Izaya. — Espero que te vaya bien estos días que vas a pasar aquí, Izaya.

Unas fuertes palabras que salieron desde lo más profundo de su odio. Habría sonado duro de no ser porque él ni se movió de donde estaba. No dio un paso, ni tan siquiera pudo hacerse hacia delante con intención de irse. Se detuvo, su cuerpo colapsó en un estado de duda. ¿De verdad quería dejarle ahí? Había deseado tanto tiempo saber el motivo por el que se fue —y muchas otras cosas más — que ahora no podía simplemente dejarle. ¿Y si era esta la última vez que lo veía? No se movió, no tenía valor a dejarle allí tirado. Shizuo tenía el corazón más grande que ni le cabía en su pecho.

Dime, Izaya... —Aun estaba de espaldas a él, pero cogió el valor para romper ese silencio que se había generado.— ¿Por qué me dejaste? Es lo único que quiero saber... —La dureza que había mostrado antes se le difuminó como un cipo de nieve en pleno sol. Ahora solo quedaba un dolido hombre que quería saber la verdad que tanto le había estado atormentando por años.
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Re: [Social] You can taste the dishonesty, it's all over my mouth. [Priv. Shizuo]

Mensaje por Izaya Orihara el Miér Abr 25, 2018 12:54 pm

Izaya estaba tan feliz que ya no le importaba que el Rey Zephiel le hubiera dejado el cuerpo como puré de informante. Encontrarse a Shizuo y estar teniendo esa conversación era lo más entretenido que le había pasado en semanas, y por ello debía agradecer al monarca de Bern, sin cuyo mandato de encerrarle nunca habría podido volver a ver a su antiguo amante de juventud. Se hizo una nota mental de que sería un gesto de buena voluntad el enviarle a Zephiel una cesta de fruta a modo de agradecimiento cuando saliera de allí. Aunque Shizuo no lo supiera aún, él era su vía de escape, lo había sido desde antes de que Izaya supiera que quién se trataba, pero ahora que conocía su identidad, con más razón. No suponía que fuera a ser fácil, y menos cuando el guardia parecía guardarle cierto rencor por los actos del pasado. El estratega no podía evitar encontrar bastante tierna la actitud de despecho que le mostraba. Debía de ser una herida aún abierta para actuar de una forma tan fría ante un hombre roto y prisionero.

Sin embargo, Izaya no perdió en ningún momento la convicción de que lograría lo que quería. Otros se habrían echado hacia atrás con el rechazo y las palabras de odio. No esperaba menos de una bestia que actuaba meramente por instinto. Él le había hecho daño, y por eso Shizuo le mostraba los dientes, nada fuera de lo normal. Pero, oh, cómo le divertía ver cómo el rubio trataba de esconder lo que sentía en su corazón. Cada una de sus palabras y preguntas retóricas era como un ataque a lo que el estratega le había hecho cuando eran meros adolescentes, hacía unos diez años. El hecho de que tuviera aún el alma rota indicaba una vulnerabilidad que Izaya localizó de inmediato. Ahora era suya para explotar y manipular y volver a pisotear como cuando habían sido amantes. Quizás no podría vengarse de Zephiel en el futuro inmediato, pero Shizuo era el mejor chivo expiatorio que podría haber encontrado. No obstante, lo primero era lo primero: ganar de nuevo su favor. Luego ya le haría arrepentirse de haber osado insinuar que le dejaría podrirse en las celdas.

Durante todas las crueles palabras de su carcelero, Izaya se limitó a mirarle con los ojos muy abiertos, sorprendidos y con una pizca de miedo. De vez en cuando añadía un balbuceo incomprensible o un bien colocado “N-no, Shizuo, espera…” antes de que el rubio continuase con su discurso lleno de críticas. No quería interrumpir de verdad, sino hacer como que sí. Al contrario, en algunos momentos tuvo ganas de resoplar indignado, o de reírse de las meras tonterías que decía, pero se contuvo como el buen actor que era. Su cuerpo temblaba, de vez en cuando dejaba escapar un jadeo de dolor y la sangre de sus labios eran solo algunas de las heridas sufridas que Izaya explotaba para su propio fin. Ni siquiera tenía que fingir, pues era verdad que tenía huesos rotos, una buena contusión en la cabeza, y diversas magulladuras por todas partes. Él se ceñía a su papel, el de prisionero vapuleado, que era la realidad. Las mentiras eran lo demás, pero el informante sabía hablar de tal manera que incluso la falacia más ruin sonaba dulce en su boca.

- ¡N-no te vayas, Shizuo! ¡Por favor! – gritó con voz ronca, casi al borde del llanto. Parecía una persona con verdadero miedo de perder a otra, pese a que el otro no se había movido un ápice. Bueno, si quería que Izaya luchara por él, y eso le hacía feliz, lo haría si indicaba estar un paso más cerca de la libertad. Lágrimas comenzaron a caer una a una por la comisura de sus ojos. Se había colocado de tal manera que fueran visibles a la luz de la antorcha. Formaban un río de plata sobre su rostro amoratado y sucio de haber estado en contacto contra el suelo. En cualquier otra ocasión, el informante no habría recurrido a un truco tan banal, pero podría funcionarle con la bestia. Shizuo nunca le había visto llorar durante los años en los que se conocieron, ni siquiera cuando sufría heridas físicas de gravedad. Y lo cierto era que Izaya no había derramado una sola lágrima desde que era un infante de unos cuatro o cinco años de edad. Desde entonces, toda el agua que había salido de sus ojos había sido el llanto de un cocodrilo, o una serpiente en su caso. Ni siquiera Shizuo con su olfato bestial podría averiguar su verdadera composición, mas ¿no le chocaría ver en ese estado a la persona que había sido su amante?

Oh, así que lo que la estúpida bestia sentimental quería era una confesión. Si supiera que Izaya podría destruirle con meras palabras no se le habría ocurrido preguntar algo como eso. ¡Lo divertido que sería ver como el corazón se le partía de nuevo! ¿Cuántas veces debían de machacarlo para que dejara de sentir? Un animal como Shizuo necesitaría muchas, de eso el informante estaba seguro. No obstante, si le provocaba su destino sería, sin lugar a dudas, el patíbulo. Por mucho que odiase admitirlo le necesitaba, y hasta que no fuera libre no dejaría de jugar a ese juego de pretensiones y engaños. Tomó aire y bajó los ojos hacia el suelo, sus largas pestañas negras formando una sombra sobre sus mejillas. - Porque eso es lo que hago: hago daño y alejo a la gente que me importa. Es mejor eso que al revés.  – se quedó unos momentos callado, tan atónito con lo afirmado que no creía que hubiera sido él mismo quién hubiera hablado. Había querido decir algo que sonara a verdad, pero en cambio había confesado una parte intrínseca de sí mismo: hería antes de que te hirieran como una forma de protección.

Tragó saliva, por unos momentos pensando si acaso el golpe de su cabeza le estaba jugando malas pasadas. Debía ser eso. No quería revelar sus secretos ni sus debilidades al enemigo. Para tratar de salvarse, como el cobarde que era, añadió cambiando de tema: T-tenía trece años, Shizuo. Llevaba yo solo el negocio de mi familia que era lo que me daba de comer. Estaba a punto de expandirme por Plegia y Begnion. En aquel momento, me pareció que era lo que tenía que hacer. – giró la cabeza hacia el techo de la prisión, su rostro ahora solo visible de perfil. - ¿Vas a seguir odiándome por lo que hice hace más de diez años? Era un niño, sin padres, ni familia. Tenía que luchar como podía para sobrevivir. Vivíamos en Ilia, ¿Qué valgo yo como mercenario? ¡Nada! Nadie habría contratado a un niño flacucho. – ahí se rio sin pizca de diversión, como si le doliera pensar en ello. – Tiempo después me di cuenta de que podría y debería haberte llevado conmigo… Pero ya era tarde. No vivías ya en Ilia, no estabas en ninguna parte. He pensado lo peor durante años. Aunque nunca imaginaba que me odiarías tanto. Casi hubiera preferido que tu rey me hubiera roto la cabeza del todo.

Y volvió estallar en carcajadas rotas que le llevaron a encogerse en sí mismo cuando una costilla magullada le pinchó en el costado.
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Re: [Social] You can taste the dishonesty, it's all over my mouth. [Priv. Shizuo]

Mensaje por Invitado el Jue Abr 26, 2018 12:14 pm

Los recuerdos de su pasado eran agrios. Él no podía decir que había pasado una buena vida cuando su familia estaba con vida, cuando él seguía hacía delante como un pre-adolescente inmaduro y tonto. Siempre había sufrido palos de una manera u otra. Muchas veces por sus padres, otras por sus hermanas, y la última que fue por defender a una persona que jamás debería de haber defendido. Era imposible deducir cuando el pobre rubio se llevaría una hostia de la vida. Por suerte, de tantas que le habían pasado él habría creado una capa gruesa que recubría su corazón para que nadie más entrase. No estaba de mal comentar que él tampoco tenía intención de enamorarse. Si tenía que desfogarse o complacer su cuerpo por necesidad, ya había personas a las que pagar. No le interesaba tener pareja, no quería volver a pasar por lo que estuvo viviendo: desamor y pérdidas. Él era fuerte… él era fuerte… él… No, mentira. Nadie es fuerte. Nadie es de piedra. Ni Shizuo, que parecía mostrarse como el más duro de los dos. En el fondo, el corazón del rubio era el más grande de los dos si lo comparábamos con el de Izaya. Y eso es por su verdadera naturaleza escondida bajo esa capa de rudeza.

Shizuo no se movió ni un paso más. Había escuchado el susurro de Izaya llamarle, eso fue lo que le había dado el indicativo de que estaba interesado por él. Lo único que le quedaba pendiente con ese hombre era saber el motivo por el cual se había ido, haciéndole tanto daño. Ahora no era más que un hombre débil con una apariencia fuerte. Shizuo no se podría dar el lujo de aparentar debilidad porque sabía que él la aprovecharía. Intentó con todas sus fuerzas ser fuerte. Pensó en las veces que había estado con él, conociendo el verdadero ser que Izaya guardaba bajo esas sonrisas falsas y lágrimas de cocodrilo. Si en un pasado ya sabía que el chico era un mentiroso compulsivo, ¿quién le decía a Shizuo que ahora él no lo era? Apostó todo lo posible en pensar que no había cambiado. Ahora lo comprobaría.

Sin decir nada, ahí estaba el rubio: frente aquella celda que los separaba por altos barrotes de acero inoxidable y bastante duros para romper. Los ojos del guardia clavaban al preso con dureza, agarrando la antorcha con su brazo diestro mientras que con el zurdo agarraba uno de los barrotes de la estancia donde estaba preso el otro chico. Las palabras rotas de Izaya le habían confesado la verdadera naturaleza de él: herir a personas antes de que le hirieran. Shizuo arrugó su nariz, enfadado. ¿Así que ese era el verdadero chico que tanto había amado en un pasado? No dijo nada, ni tan siquiera tenía palabras para definir esa poca empatía que el moreno tenía. A diferencia de él, Shizuo era una persona más vivida y empática que él. Prefería el hecho de que le hirieran antes que hacer daño a alguien que no se lo merece. Es más, ¿por qué hacer daño si dos personas se querían? El perdón siempre era una opción válida, pero… con Izaya estaba comenzando a pensárselo mucho.

El siguiente discurso había dejado más perdido a Shizuo. Entre esas lágrimas que antes le confundieron y ahora esas palabras… ¿De verdad Izaya estaba empezando a tener algo de corazón? Si por el rubio fuera, ahora mismo lo hubiera abrazado para consolar esa tristeza o simplemente le habría pegado a la persona que hubiera osado tocarle. Él era como una bestia protectora, como un perro guardián. Pero no. Ahora no podía hacer eso, ¡tampoco quería rebajarse a su juego! Él ahora debía de seguir las órdenes de su señor Zephiel. No podía dejarse engatusar por palabras bonitas y miradas de pena.
Con todo eso sabido, Shizuo simplemente chasqueó la lengua en su paladar superior. Su mirada se ablandó, pero él se apartó un paso hacia atrás. Ya había sabido el motivo por el que lo había dejado. Ahora ya no había motivo como para seguir hablando con él. Necesitaba estar solo para pensar, y para llorar. Pero lo segundo jamás lo diría a nadie, ni al mismísimo rey.

No hace falta que dramatices más de la cuenta. Ya no somos críos. No me importa lo que pasó en un pasado; todo el mundo hemos pasado por cosas malas, no eres el único aquí que tienes que ser la víctima de todo. Solo quería saber por qué mierdas no tuviste valor en despedirte ni nada, pero ya me has aclaro antes por qué: porque prefieres hacer daño a que te hagan daño. Que bajo has caído, Izaya... Como se nota tu falta de empatía.—Comentó con dureza Shizuo, percatándose de esa risa que el rubio había echado. ¿Se estaba riendo de él o es simple tos? Intentó no enfadarse más de lo que ya estaba. Tomó aire por la nariz, lo expulsó y siguió hablando. — Con eso es suficiente. No creo que ahora sea necesario saber más del uno del otro. Ya hemos hecho nuestras vidas, y por lo que veo la tuya no es que esté yendo muy bien. —Espetó el rubio, alzando su ceja. — Ahora, si me perdonas, Izaya… No tengo nada más que hablar contigo. Deja de buscarme porque me has encontrado, pero yo no quiero nada contigo. Simplemente, déjame en paz. — Decía con voz dolida.

Lo único que dejó fue la antorcha en un pequeño reposador metálico enrobinado en la pared, cerca de la celda donde estaba el moreno. Shizuo no quiso hablar. Sentía que si seguía aquí, recuerdos del pasado volverían y antiguos sentimientos con esto. Debía de ser fuerte… o, al menos, intentarlo. Su segundo intento de irse fue más preciso que el anterior: se dio la vuelta, agarró con fuerza su hacha para colocarla bien, y dio unos pasos para salir de la cárcel. ¿Le dejaría marcharse o volvería a jugar con él?
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Re: [Social] You can taste the dishonesty, it's all over my mouth. [Priv. Shizuo]

Mensaje por Izaya Orihara el Mar Mayo 01, 2018 3:09 pm

Izaya trató de no ofenderse, pero eso era difícil de conseguir cuando Shizuo era tan frío y cruel con los sentimientos que había expresado. Si tan solo hubieran sido falsos, al informante le habrían dado igual, o más bien se habría burlado de sus palabras. Pero su lengua de plata le había traicionado y había hablado más de la cuenta. No podía evitar sentirse insultado por el poco respeto a su persona. Sin embargo, no podía demostrarlo, puesto que sería una señal de debilidad verdadera. Se concentró en su actuación, en su papel como un prisionero caído en desgracia, el de un pobre civil que, por azares del destino, había acabado en las mazmorras sin razón aparente. Pero en su interior ardía una llama vengativa, el deseo de castigar a aquellos que se hubieran creído más listos que él. ¿Qué no dramatizara más de la cuenta? Oh, Shizuo no tenía ni idea de lo lejos que Izaya podría llegar. Hacía diez años que no se veían, las bromas pesadas de un joven que recién entraba en el trabajo de informante diferían mucho de lo que un hombre como él podía llegar a hacer. Ya no era el niño que Shizuo había conocido. Era más inteligente, más manipulador, el mejor en su oficio.

No se iría de allí sin hacer sufrir a su ex-amante antes, de todas las formas que sabía que temía y que le destrozarían el alma. Pero aún no habían llegado a ese punto. Paciencia. En esas celdas era lo único que le quedaba junto con la agilidad de su mente y su intención de ser el jugador victorioso de esa partida. Cuánto más lo pensaba, más le gustaba su propio plan. Si lograba romper al rubio de la manera que deseaba, ¿no sería también un triunfo sobre el Rey Zephiel? Su país podría haberse salvado de la presencia de los emergidos, pero su gente bien podría caer ante otro tipo de fuerza, otro tipo de violencia más subjetiva y difícil de contener. Aplastar un corazón era tan fácil como apuñalarlo, e Izaya era un maestro de las dagas, la mejor arma para atravesar la tierna carne entre las costillas. Shizuo no tenía derecho a sentir como lo haría un ser humano normal. El chico que él recordaba era una bestia sin intelecto, un ser solo sumido por sus instintos primitivos. No debería extrañarle que hubiera llegado a servir a un rey que pudiera impresionar a un mismísimo monstruo.

Por eso, le generaba cierta aversión que el luchador se empeñara en mostrar sentimientos tan humanos. ¿A dónde había ido a parar toda esa rabia de su juventud? La ira que tantos huesos había roto, tanta sangre derramado. En su lugar había dejado a un cachorro llorón, apenas una sombra del potencial que Shizuo había tenido. Izaya ya lo tenía claro de antes, el amor solo provocaba debilidad en cuerpo y espíritu. Si algo tan tonto como la falsa devoción que había sentido en su juventud por el informante le había vuelto tan patético, solo podía imaginar lo que algo mayor conseguiría. Quizás el fuego resurgiría. Sería algo maravilloso de ver, como en los viejos tiempos. El hombre que tenía enfrente era patético en comparación a lo que creía que habría sido de él. Casi le hubiera impresionado más que hubiera venido a continuar con su tortura, pero dejarle en medio de una discusión tan corta, como un perro apaleado que se iba a lamer las heridas. ¡Ni siquiera había empezado con lo bueno! Shizuo no podía irse aún.

La antorcha había sido colocada en su correcto lugar, allí donde Izaya era capaz de ver a la perfección la puerta y todo a su alrededor. Observó la enorme espalda del rubio al retirarse, su hacha colgando como si apenas pesara lo mismo que una pluma. La fuerza estaba en esos músculos, podía verla aunque su visión no estuviera clara del todo. Le costaba aún enfocar a través de la sangre de sus pestañas y las lágrimas falsas, pero eso no escondía el hecho de que aún había violencia en esos brazos. Oh, las posibilidades. Se emocionó solo de pensarlas. Mas no sonrió, por mucho que lo deseara, sino que tosió con cierto pánico y se arrastró por el suelo sucio de la prisión para llegar a la puerta y sacar una mano pálida entre los barrotes de hierro. Un gesto de súplica. – P-por favor, Shizuo. – alzó su voz ronca para que llegase a su interlocutor antes de que se fuera de las mazmorras del todo. - Tienes razón, he caído muy bajo y no las cosas no me van nada bien. – concedió con un suspiro de cansancio. Si quería hacerle creer que era sincero, debía comenzar por admitir sus supuestos fallos, algo que nunca habría hecho en su juventud.

- Lo cierto es que no me queda nada. ¿Sabías que Ilia ha caído? Estaba en Akaneia cuando sucedió. Los emergidos han acabado con todo, los pueblos, la gran biblioteca, la gente. Mi familia. – gruesos lagrimones rodaron por sus mejillas, e Izaya, para que Shizuo no las perdiera de vista, giró el rostro para que fueran iluminadas por la antorcha. – Mataron a mi hija. Los miembros de mi hogar fueron masacrados, de mi casa apenas quedaron cenizas. Sus cuerpos fueron abandonados a pudrirse a la intemperie, a congelarse en el frío. Y mi dulce niña ni siquiera tuvo un funeral digno, una tumba en la que pudiera descansar. Y sé que es mi culpa, porque debería haber estado allí para ella. – con el puño cerrado descargó un golpe de ira falsa contra el suelo, pero le dio con tanta fuerza que su cuerpo se sacudió y el dolor de la brutal paliza le hizo doblarse sobre sí mismo.

- Solo quería volver a casa para encontrarla, pero para entonces no sé si las fieras ya habrán hecho su trabajo. – alzó la mirada y la posó sobre la de Shizuo, cansado. – Si no me crees puedes mirar entre mis cosas, si es que no las han tirado. Allí tengo cartas que iba a haberle mandado, hasta que fue demasiado tarde. – al final, su voz se quebró y se quedó tirado en el suelo como un hombre roto. En realidad, había sabido que Ilia estaba en las últimas desde hacía tiempo, y había contratado a grupos mercenarios para evacuar su vieja mansión y llevar a los residentes a su nueva propiedad en Pherae, cortesía de Lord Eliwood. En su país natal no quedaba más que el esqueleto de lo que una vez fue su vida. Aun así, sí que era verdad que pretendía ir a allí después de su pequeña parada en Bern, tenía asuntos personales que nadie más podía hacer salvo él.

En cuanto a su supuesta hija, la verdad es que tenía la figura de Lydia como la de una niña adoptada. Si Shizuo encontraba sus pertenencias, cosa que esperaba que hiciera, porque si no, no sabría cómo iba a salir de allí sin zapatos ni dagas, vería que, efectivamente, había una persona a la que Izaya se refería siempre como “mi querida niña” y otros apelativos cariñosos para el que no estuviera acostumbrado a ver que el informante trataba así a casi todas las féminas con las que tenía contacto. Claro que el luchador no podía saber esto, no podía saber nada que el informante no le dejara ver. Hacía años desde su último encuentro, todo podía haber cambiado en sus respectivas vidas. - N-no me dejes tú también. Mátame, si no quieres verme más, pero no me dejes aquí pensando en lo que he perdido. – y si abría la celda, mejor que mejor. Seguro que se le ocurría alguna manera para atrancar el cerrojo y no tener que forzarlo más tarde con un hueso.
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Re: [Social] You can taste the dishonesty, it's all over my mouth. [Priv. Shizuo]

Mensaje por Invitado el Jue Mayo 24, 2018 10:49 am

Por muy grande y fuerte que fuera el guardia real, también tenía corazón. Siempre lo tuvo y siempre lo tendrá. Cuando incluso estaba en plena pelea, una de las cosas en las que pensaba era por qué luchaba y qué vidas destrozaría si llegase a matar a algún civil. Con los años había cambiado. Ya no era tan violento, sino más bien un hombre calmado con una paciencia más aceptable que cuando era un adolescente alocado. Él ahora prefería la palabra y el dialogo, virtudes que había aprendido con el paso del tiempo cuando entró en el escuadrón del rey Zephiel. Había dejado completamente esa fachada que le caracterizaba, quería dejar a un lado el dolor que sentía cada vez que se metía en peleas. El pasado jamás iba a volver en él… ¿O quizá sí? Se había asegurado de encerrar a la bestia bajo llave, sacándola cuando las situaciones de peligro lo exigían. Las pocas personas que conocían de su verdadero yo estaban ahora muertas, o viviendo sus vidas —como aquel monje al que rescató—. Nadie sabía cómo poder domar a la bestia violenta que se encontraba en su interior. Nadie más que él mismo… e Izaya. Y por eso huyó. No quería saber nada más del moreno, ya no le interesaba volver a sufrir por amor. Ya no le interesaba, pero había algo malo en Shizuo que pasaba cuando sabían tocarle la fibra.

De bueno, se pasaba a tonto y despistado.


Izaya volvería a insistir, arrastrándose por el suelo mugriendo de su celda mientras lo llamaba con una voz ronca. Le pidió que no se marchase, dándole la razón en todo. Su hilo de voz le llegó a ese frío corazón de piedra, haciéndole que se detuviera. No se giró, solamente se quedó mirando la oscuridad que tenía frente a él mientras prestaba atención a las duras palabras que él decía. Al parecer el pequeño manipulador tenía sentimientos… y muy profundos. Shizuo le costó respirar porque él también pasó por la misma situación: no tenía a nadie. Ni su familia, ni su hermana, ni su sobrino… estaban solos. Por mucho que hubiera buscado indicios de aquel pequeño hijo de su hermana, no encontraba nada. Tampoco de sus padres porque murieron en un incendio por su culpa. Y el resto de su familia —tíos, primos y abuelos— morirían a causas de los emergidos. El único Heiwajima que quedaba en el ese país era él.

No dijo nada, ni tan siquiera pudo saber que podía decir en esas situaciones. No lo consoló, sabía que eso le beneficiaría a él. Por mucho dolor que sintiera debido a que lo conocía, tampoco podía darle el lujo de verle mal. Ahora mismo el rubio era quien mandaba, quien debía de velar por vigilarle. Y es verdad que podía haberse marchado, pero después de saber que Izaya estaba solo y no podía más, rogándole incluso que le matara, se sentía mal si se marchase. Shizuo no era tan malo como sus puños demostraban. Él era un hombre incomprendido y violento que por ser tan rudo daba miedo, pero tenía siempre buenas intenciones.

Finalmente, acabó por girar sobre sus talones para mirar su figura detrás de las rejas pidiéndole que le matara. Shizuo se atrevió a volver sobre sus pasos, en silencio, con un rostro duro. En parte sentía pena por él, pero estaba tan dolido que ni tan siquiera tuvo la bondad de abrirle. No. Se quedó frente a él, de cuclillas, con esos fríos ojos juzgándole. Verle así le ponía de mal humor porque en parte le fastidiaba que hubiese caído tan bajo. Recordaba como él era antes, sintiendo morriña. Y ahora había acabado peor que peor. Ya fuese por lo que él había contado o por otras cosas, ni tan siquiera reconocía al nuevo Izaya.
No hizo lo que él pedía (lo de rebuscar en sus cosas) porque de eso se encargaban los otros guardias responsables de esta zona. Él solo estaba vigilando todo el castillo en la noche.

Yo no me encargo de eso, Izaya. —Le dijo el rubio cuando le pidió que rebuscase. Aun así, tal cual lo estaba viendo le creía. Ablando su rostro, soltando un largo suspiro pesado por ese momento tan incómodo. — Siento lo de tu pérdida, de verdad. No tenía ni idea de que tenías una hija, pero, aun así, yo no puedo hacer nada. No te voy a sacar de aquí por mucho que lo pidas, debo mi honor al rey Zephiel. Ahora es él a quien pertenezco. —Si dijo aquello era con toda la idea para que sonara bastante mal, para que él se pusiera celoso de verdad. En parte Shizuo tenía razón, pero no lo decía con motivos sentimentales sino más bien de Rey y subdito. Su tuviera que asignarle un puesto a Zephiel sería como el típico hermano mayor que admiraba o como un buen amigo que siempre cuidaría. — Entonces, dime, Izaya, si ya te he dicho que no quiero saber nada, ¿Para qué insistes más? No pienso matarte. Prefiero que sufras aquí por tus pecados antes de darte esa oportunidad. —Diría el rubio en un tono serio, clavando sus ojos a él con su ceño fruncido. Ese falso amor que le había demostrado ahora le caería cual pecado. — Izaya, deja de internarlo. Para mi moriste el mismo día que me dejaste. —Y, con esa confesión, volvió a ponerse de pie con sus manos cruzadas. Su mirada por encima del hombro, un rostro serio que no cambiaba de expresión. Aun estaba dormida esa bestia sumida en rabia, pero había algo que no había cambiado: Shizuo era demasiado rencoroso. — Puede que con otro guardia funcione tus quejas, pero conmigo no. Vas a tener que darme algo más que unas tontas lágrimas de cocodrilo, mentiroso.
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Re: [Social] You can taste the dishonesty, it's all over my mouth. [Priv. Shizuo]

Mensaje por Izaya Orihara el Vie Jul 13, 2018 8:59 am

La situación comenzaba a aburrir a Izaya. Era un estratega, si un plan no funcionaba era momento de probar algo nuevo. Además, ¿acaso Shizuo no se lo había pedido con grandes ojos y una expresión que le rogaba que fuera sincero por una vez con él? Era algo natural que cumpliera con sus deseos si se lo imploraba con esa voz herida y esas palabras de rechazo. Se arrepentiría de haber sido cruel y no sentir un mínimo de empatía por su situación familiar y personal, por mucho que fuese falsa en su totalidad. Realmente Shizuo era un monstruo al no conmoverse por su historia y sus lágrimas. A eso se sumaba su mala salud, producto de la tortura sufrida a manos del monarca de Bern. Su cuerpo tenía heridas de gravedad que no habían sido tratadas, y sus huesos partidos propiciaban infecciones que no solo estaban en su piel, sino en su interior. Iba a tener que tomar más de una poción curativa para volver a estar en un estado óptimo, pero si podía salir de allí y recuperar sus cosas, incluido su oro, no habría ningún problema en conseguir brebajes potentes.

Pero antes debía lograr escapar de ese agujero de mala muerte. Que Shizuo fuera tan poco empático y no se ablandase frente a su actuación y estado físico era un problema, mas si no era capaz de hacerle un simpatizante de su situación, podía optar por otro tipo de estrategia que solía funcionar con los seres de intelecto primitivo como él. Izaya, entre sus muchas cualidades, podía citar la capacidad de provocar a los demás sin apenas esfuerzo. Era experto en explotar debilidades y miedos ajenos, y Shizuo los mostraba de forma tan cristalina y obvia que es que al informante se le hacía ese trabajo demasiado sencillo. Si el guardia pensaba que había sido duro en sus palabras, eso era porque aún no había escuchado lo que Izaya iba a decirle. Cuando tuvo de nuevo su atención, el estratega agachó la cabeza, como arrepentido. Durante unos segundos se mantuvo en esa posición sin que el otro pudiera verle la cara, pero lo que sí que se podía observar era como su respiración dejaba de ser sacudida por los gimoteos y el hipo y se volvía tranquila, como alguien que se ha calmado después de llorar. En su caso, fue de una forma repentina y casi milagrosa.

Cuando alzó de nuevo el rostro hacia Shizuo, no quedaba rastro de llanto en sus ojos rojos, solo se sabría que había llorado porque sus mejillas sucias tenían los ríos del agua que antes había pasado por ahí. Una sonrisa ladina adornaba sus labios, cortante y dulce al mismo tiempo, como alguien que sabe que ha ganado la batalla, como un tiburón que se hace con su presa, como una serpiente que logra escabullirse de su captor. – Oh, Shizuo, si hubiera alguien por ahí que te amara de verdad te diría que eres la persona más estúpida sobre la faz del mundo. - Y entonces, Izaya echó la cabeza hacia atrás y comenzó a reírse, y a reírse y a reírse. El sonido de sus carcajadas se extendió por la celda, la galería de piedra del calabozo y llenó cada recoveco y resquicio de las mazmorras. Él podía ser un prisionero, pero esa risa pululaba de forma libre y caótica, casi como el eco de su propia locura. Porque eso es lo que Izaya parecía, un demente que hubiera perdido toda razón debido a su encierro. Nada más lejos de la realidad, en esos instantes Izaya estaba lo más lúcido que hubiera estado desde que se había despertado en ese agujero negro en donde el rey Zephiel le había tirado después de divertirse con él.

- Yo a ti no te debo una mierda, Shizuo. ¿Qué esperabas de mí, hm? ¿Promesas de amor, quizás? O quizás esperabas que me arrastrase por tu perdón. ¡Qué crédulo eres! Eres patético, más patético que un niño sentimental que aún se apega a la teta de su madre. Crece de una vez. – le espetó, su voz cargada de burla y de arrogancia. Los animales salvajes solían enfadarse cuando su pareja de apareamiento sucumbía a los encantos de otros, llegaban incluso a pelearse y matarse entre ellos, pero los afectos de Izaya no había sido robados por otro, sino que él mismo había decidido irse. Normal que alguien con su poco cerebro no lo entendiera. - Sigues siendo la misma bestia triste y débil que eras hace diez años, y aún te extraña que te dejara. Podría morir de la risa con eso de que perteneces al Rey Zephiel, lo dices con tanto fervor que cualquiera creería que compartes su alcoba en las noches. – volvió a reírse con crueldad y continuó: o quizás lo haces, ahora me entra curiosidad sobre cómo debe ser tu señor en la cama, seguro que no muy diferente de lo que me hizo a mí en la oscuridad de su sala de tortura. – le comentó, con intención de que el otro también pensara mal de lo que le decía.

- ¿O quizás esperas mis celos? ¡Eso es conmovedor! Aunque te diré que es un deseo poco realista. Me da igual quién te lleves a la cama o quién te lleve a su cama. Pero eso no quiere decir que no podamos divertirnos un rato como en los viejos tiempos. No se necesita amor para eso. El odio es mucho mejor. – bajó la voz, volviéndola más melosa y dulce, seductora y provocadora - No me creo que no eches de menos mis manos, que fueron las que te enseñaron lo que era el placer por primera vez. Seguro que lo recuerdas. – Cualquier otro ya habría entrado en su celda a darle una lección de comportamiento. No eran extraños esa clase  de actos en las cárceles, mucho menos en los presos indefensos y débiles como era Izaya en ese momento. Daba igual lo que hiciera Shizuo, si se escabullía sería un cobarde, si no hacía nada le volvería a inducir a la violencia, y si entraba en la celda probaría que era una bestia horrible como siempre le había considerado. Fuera como fuera, el informante ganaba.

Ya le daba igual si era Shizuo quién le sacaba de allí o no, por el momento era su juguete y no lo soltería a menos que se fuera un poco más roto de lo que había llegado. Esa era su venganza por creerse humano, por creerse mejor que Izaya, por creer que podía decirle “no” y salirse con la suya. Al final, todos sucumbían, y Shizuo no sería una excepción.
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Re: [Social] You can taste the dishonesty, it's all over my mouth. [Priv. Shizuo]

Mensaje por Zephiel el Sáb Sep 08, 2018 7:14 pm

¿En verdad había sido un representante de Daein quien había buscado comunicarse con la corona de Bern? El asunto, además, por el cual Zephiel recibió aquella misiva era más que inusual... inédito. Fuera cierto o no que aquel individuo se tratara de un criminal de sus tierras, su importancia sobrepasaba la intuición de Zephiel respecto al mismo, pero acababa por confirmar sus sospechas, que efectivamente debía de tratarse de un espía, pues no de otra manera intentarían conservar intacta su vida, o al menos sus palabras. Pero, la pregunta recaía en que si verdaderamente podría solventar la realidad de los hechos: el interrogatorio hacia él había sucedido sin que ocurriera intervención, y quizás muchos de sus daños no serían reversibles, por no decir que, incluso si se recuperaba de sus heridas, la memoria de sus actos permanecería. ¿Sería de importancia para Daein, incluso si no moría, lo que había sucedido en las mazmorras? No había manera sensata de descubrirlo, más que informar a su escolta.

Descendía el rey los escalones interminables, oscuros y húmedos de su mazmorra, acompañado solamente de un par de guardias, conociendo que en el prisionero no hallaría resistencia a la hora de liberarlo, aunque, de todas formas, no podía imaginar que pudiera negarse a su propia libertad, no alguien que había conllevado de tal manera su cautiverio. Sus pasos pudieron oírse con antelación para quienes ya estaban allí, por ser tres y estar protegidos y armados por completo. Zephiel, por supuesto, desconocía que uno de sus soldados era siquiera capaz de intercambiar palabras con su prisionero, aunque de ninguna forma lo había prohibido. Aún así, su sorpresa no fue poca cuando comenzó a escuchar el eco de la voz de quien creía aún inconsciente.

- "...o quizás lo haces, ahora me entra curiosidad sobre cómo debe ser tu señor en la cama, seguro que no muy diferente de lo que me hizo a mí en la oscuridad de su sala de tortura."

Oía al prisionero referirse a él de forma vulgar e irreverente, lo que no le sorprendía. Lo que sí llamó su atención fue cuando dejó de referirse a su persona, y en cambio se dirigía a su interlocutor. ¿Quién, exactamente? Los guardias que lo acompañaban se encontraban atónitos, sin poder dar crédito a aquel intercambio de palabras. Imaginaban que podría ser alguna nueva recluta, alguien que, desafortunadamente debía de haberse encontrado con el cautivo en otra ocasión durante su estadía en Bern. Sin embargo, no cupieron palabras entre ellos al ver a aquellas dos figuras a contraluz de las antorchas, deteniéndose Zephiel y sus hombres al bajar del último escalón, observando la escena con cuidado detenimiento. Era Shizuo, uno de sus soldados más cercanos, incluso podría decirse, uno de sus guardias más confiables, compañero, por supuesto, de quienes acompañaban en ese momento al rey.

El silencio daba indicios de ser permanente. Las miradas no dejaban de intercambiarse unas con otras, aunque no habían expresiones, ni movimientos. Incluso Zephiel, quien debería haberse presentado más sorprendido que los otros, mantuvo su rostro impávido. Por su mente cruzaban pensamientos concretos, simples y rápidos, abandonando la confusión. Entones no se encontraba allí para descubrir o juzgar el pasado de aquel hombre, aunque por supuesto no hallaba en aquel encuentro una resolución favorable para su soldado. Cerró sus ojos brevemente, y así enfrento a ambos.

- No sé por qué tu guardia te ha traído hasta aquí, Shizuo. -dijo simplemente Zephiel, ni siquiera alzando la voz ni mirando más de la cuenta. Prefería no perder el tiempo más de lo necesario. La conversación que había estado ocurriendo en su ausencia no podía ser más que un intercambio hostil y breve de palabras inconsistentes, al menos por el momento, hasta que hallara las respuestas que necesitaba para comprender mejor aquella situación.- Retírate. no necesito de tu presencia. -ordenó. Inmediatamente tras decir aquello, el par de guardias que lo acompañaba dio un paso adelante, descubriendo ellos la llave de la celda, y abriéndola para hacerse paso dentro de tan hacinado lugar. Sostuvieron al prisionero de ambos brazos, y al tenerlo alzado, lo presentaron hacia Zephiel.

- Al parecer, en Daein desean tu vida. -sonrió Zephiel, las cuecas de sus ojos ensombrecidas.- ¿Quien habría dicho que tu nombre sobrepasaba fronteras? -decía esto, aunque aún este último lo desconociera.
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Re: [Social] You can taste the dishonesty, it's all over my mouth. [Priv. Shizuo]

Mensaje por Izaya Orihara el Lun Sep 10, 2018 9:32 am

Para su diversión y entretenimiento, la situación parecía mejorar por segundos. Primero, el rostro de Shizuo se puso absolutamente pálido como si estuviera viendo un fantasma de su pasado, pero al momento se volvió rojo de rabia. Una vez que las palabras le habían calado, no había manera de salvar lo que había sido un ataque vicioso y cruel en toda regla. En su defensa, Izaya diría que el soldado le estaba provocando con esa actitud de perro abandonado e indignado. A él esas tonterías no le gustaban ni le interesaban, y mucho menos si no surtía el efecto que deseaba y podía manipularle con ojos llenos de lágrimas y disculpas que pretendían ser sinceras. Dos podían jugar al juego en el que trataban de hacerse daño mutuo, pero Shizuo debería haber sabido que perdería contra alguien con una lengua tan viperina como la del estratega. Era la única parte de su cuerpo que no había salido herida de su encuentro con el rey Zephiel, y en ese instante era su única manera de pelear de vuelta.

Realmente, ¿qué esperaba Shizuo? Trataba de aplastar la cabeza de una víbora pero sus golpes eran torpes y que le dejaban los francos desprotegidos. Izaya le había mordido por el orden natural de las cosas: el fuerte se antepone al débil, aunque la mayoría de las veces nada tenía que ver con el rendimiento físico de uno. Ahí, torturado y apaleado en el suelo de una prisión de mala muerte que olía a putrefacción y muerte, había sido él quién había derrotado a su enemigo. El soldado se había quedado callado, con los dientes apretados en una expresión feral y los puños blancos de tanto evitar pegarle un puñetazo a algo o a alguien. El informante no pudo evitar volver a reírse con cierto sadismo que nacía del más sincero disfrute de la desgracia ajena. Ahora daba igual lo que pasara: Shizuo podía entrar a pegarle una paliza, lo que no solo demostraría que era no había cambiado sus prácticas violentas, sino que también le podía traer problemas con la autoridad al tocar a un prisionero del mismísimo rey; también podría huir con el rabo entre las piernas, no responderle, pero siempre recordaría lo que su ex-amante le había dicho. Esa clase de cosas nunca se olvidan, al fin y al cabo.

Pero sucedió algo mucho mejor. De entre las sombras emergió el monarca de Bern, propietario de esa celda y las que había alrededor, y el torturador que había dejado a Izaya en un importante estado de miseria. Sin embargo, su aparición no fue algo inesperado. En algún momento debería volver Zephiel a por su preso y juguete, ya fuera para darle el golpe de gracia, para una segunda ronda de tormento, o en el mejor de los casos para hacerle un hombre libre. El informante se admitía que la mejor opción sería la última, pues lo cierto era que no quería volver a pasar por lo mismo y tampoco quería morir, pero la cara del soldado al ver a su rey fue suficiente como para que el trago se hiciera menos amargo si resultaba venir por una de las dos primeras alternativas. Oh, no le cabía la menor duda de que Shizuo iba a estar en graves problemas por lo que había hecho y lo que Izaya había dicho en voz alta, sin preocuparse por lo que otros pudieran escuchar. En la mayoría de los países las relaciones entre dos personas del mismo género estaba pagado con la muerte. En resumen, Shizuo se acababa de ganar un viaje al patíbulo.

No pudo evitar sonreír de oreja a oreja cuando el rey le ordenó marcharse. Patético. Tuvo ganas de gritarle algo mientras se iba como un cachorro apaleado por las palabras de su monarca, pero la puerta de su celda se abrió inmediatamente y prefirió guardar silencio hasta saber las intenciones de Zephiel. Sin ningún tipo de miramientos lo tomaron de los brazos y lo arrastraron fuera.  Puesto que Izaya era muy delgado y no pesaba demasiado, no les costó apenas alzarle y maniobrarle como querían. EL brazo que tenía dislocado le dolía como si le estuvieran apuñalando, pero trató de esconderlo bajo una farsa. Las palabras que escuchó solo confirmaron la sospecha que tenía: su carta debía de haber llegado a manos de su hermano y había intercedido por su vida, aunque la razón o lo que le debía de haber dicho al rey no las sabía, así que no hizo más que dedicarle una sonrisa cortante al saber que Daein requería de su presencia. Las palabras podían ser usadas en su contra, pero eso no quería decir que el informante tuviera el más mínimo reparo en mostrarle a Zephiel que estaba extasiado con los acontecimientos, como si los hubiera estado esperando durante días. Sus ojos rojos brillaron a la luz de las antorchas, fijos en los ajenos y sin una gota de remordimiento o miedo. Era la mirada de una persona que sentía que había vencido una batalla o ganado un juego.

– Las fronteras son solo un invento de los hombres, Rey Zephiel de Bern. Una persona puede traspasarlas sin problema, y un nombre aún más. Algún día, usted también sabrá el mío. – habló suave, condescendiente, aunque su voz era rasposa y sus palabras a veces eran apenas un ronquido que salía de su garganta seca y era exacerbado por la falta de aire. Sin más dilación, los soldados se lo llevaron al exterior junto con sus cosas que, en su mayoría, parecían estar en buen estado. No le cabía duda de que habían tomado sus papeles, pero al menos podía ver relucir sus dagas y otros artefactos personales. En el fondo no necesitaba nada para recordar lo que había aprendido de Bern y de su rey. Lo tendría grabado en la memoria por siempre y quizás, algún día, le sería de la más absoluta utilidad.
Afiliación :
- ILIA -

Clase :
Tactician

Cargo :
Informante

Autoridad :

Inventario :
Vulnerary [3]
Dagas de bronce [1]
Tónico de res. [1]
Tónico de def [1]
Dagas de bronce [2]
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Support :
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Especialización :

Experiencia :

Gold :
1648


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Mensaje por Zephiel el Mar Sep 11, 2018 4:29 am

Zephiel no era propenso a reaccionar a las provocaciones de quienes consideraban sus enemigos, a menos, claro, que su estado anímico lo empujara a sus más adversos límites. Aquella no era la ocasión, pues el peso de sus pensamientos no hacía sino distraerlo de lo que ocurría. Guardó silencio ante aquella sonrisa rastrera, enfrentándola con la suya propia, aunque más tenue y reservada, casi imperceptible. Que el otro se regocijara de las circunstancias cabía en su naturaleza, y por lo mismo no esperaba otra cosa. Había conseguido guardar del rey sus verdaderos motivos e intenciones, en aquello había ganado de sobra. Finalmente su muerte, si hubiera sido, habría carecido de valor, por lo que el hecho de que fuera rescatado poseía el mismo peso que si simplemente lo hubiera dejado pudrirse a falta de alimento y a causa del abandono, como en un principio había imaginado que haría.

El monarca arqueó una ceja al oír sus palabras. Cualquier intento del otro en corregirlo lo tomaba en menos, sin molestarse en considerar siquiera su opinión. Lo que llamó su atención fue que se refiriera a él por su identidad. Gente en el pasado había tenido dificultad de reconocerlo, pues, por supuesto, era difícil para la plebe conocer el verdadero aspecto de un rey. Lo que hacía era comprobar la mentira de su actuación, cosa ante la que Zephiel levantó su rostro, imponiendo su seguridad incluso en esa situación. - Por supuesto. Imposible es subestimar el conocimiento de un espía. -respondió Zephiel, desvaneciendo ya su sonrisa, carente de propósito.- Suficiente. Ya no tengo la necesidad de estar en tu presencia. -y así, con un simple gesto de mano, Zephiel mandó partir al dúo que cargaba con el criminal, quienes avanzaron un poco con él. Eso sí, antes de subir por las escaleras lo desesposaron, aunque no para conferirle libertad de movimiento, sino para reemplazar sus ataduras con cuerdas, las que ciñeron a su piel sin cuidado, una última opresión de despedida.  Finalmente, habiéndolo inmovilizado por completo, comenzaron a cargar con su peso muerto por las escaleras. Si dejaba caer sus pies, lo arrastrarían sin detenerse, por querer dar prisa a su liberación. Eventualmente la luz del sol le daría la bienvenida. Fueran cuales hubieran sido sus planes, había conseguido conservar su vida, cosa que llamó la atención de cada quien había llegado a posar los ojos en él mientras lo transitaban por una de las salidas periféricas del castillo. Por aquel punto cardinal la ciudad de Bern no era visible, siendo sin duda un proceso silencioso, rápido y eficiente el cual lo llevaría a sus escoltas de Daein.  

Zephiel, en cambio, se abandonó a sus reflexiones aún en las profundidades del calabozo. Pensaba, por supuesto, en su ceguera, su sordera a los hechos que recorrían el mapa del mundo. Que Daein hubiera tenido la presencia de intervenir en Bern daba indicios de poderes y tramas que simplemente desconocía, pero que subyacían bajo cada continente, bajo su propio reino. Debía entonces priorizar su conocimiento si hacía falta, fuera cual fuera la forma, o su verdadera razón.
Afiliación :
- BERN -

Clase :
Marshal

Cargo :
Rey de Bern

Autoridad :
★ ★ ★ ★ ★

Inventario :
Espada de bronce [2]
espada de bronce [2]
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Support :
Khigu

Especialización :

Experiencia :

Gold :
1904


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