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[Social] I have immortal longings in me. [Priv. Krishna]

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Mensaje por Sissi el Lun Abr 02, 2018 1:19 pm

Sissi se levantó sin poder respirar. Tuvo que dar grandes bocanadas de aire para volver a llevar oxígeno a sus pulmones, y aun así no sentía que ayudase en absoluto. Se quedó incorporada en la cama haciendo grandes aspavientos al sentirse ahogada, sus sábanas agarradas con mucha fuerza entre sus dedos y un sudor frío cayendo por su frente. Tenía el cabello enredado y cayendo por su rostro, la misma imagen de una persona que se había despertado hacía unos pocos segundos por una pesadilla de la que aún no se recuperaba. No recordaba mucho, pero sí que aún sentía en sus músculos la adrenalina y el miedo gélido que le había congelado las venas. Temblaba ligeramente y tuvo que pasar un buen rato antes de que su respiración volviera a ser un poco más normal, aúna agitada pero ya no como si estuviera bajo el agua y no fuera capaz de salir a la superficie a por preciado oxígeno. Dejó de apretar la suave ropa de cama y se llevó una mano al pecho donde su corazón latía alocado.

Miró por la ventana y vio que era noche profunda. El mundo dormía sosegado por la sueve brisa de Sindhu, pero tal parecía que ni ella podía evitar las perlas de humedad y miedo que cubrían la frente de Sissi y que resbalaban por su sien. Un par de velas aún seguían encendidas en su habitación, pero su luz no le llegaba más que como las estrellas del firmamento: lejanas y frías, nada como el consuelo que deseaba fervientemente. Pensó por unos instantes invadir la privacidad de los aposentos de sus amigos para pedir su reconfortante compañía y consejo, pero ninguno de ellos estaba en la Ciudad Universitaria en ese momento. Estaba sola, y ese sentimiento casi hace que volviera a la espiral de pánico que antes la había dejado sin respiración. Antes le había tenido a él para esta clase de situaciones. Una presencia constante para calmar sus miedos y alejar sus pesadillas. Pero ahora ya no estaba a su lado, y en vez de dispersar sus sueños más atroces era su protagonista. Rhett.

Lo único que sabía al levantarse de la cama era que no podía quedarse allí. Agarró su Dragonstone, que descansaba en una mesita baja al lado de su cama en una bandeja de pétalos de rosa, y se puso una túnica marfil que se abrochaba en el pecho. No podía salir de sus habitaciones con solo unos pantalones largos y un choli ajustado que dejaba su estómago al aire. La prenda superior, prácticamente entera blanca salvo por algunos detalles en dorado, daba la sensación de ser un vestido por su tela vaporosa y ligera. Una vez vestida, no tardó en abrir las puertas de su dormitorio y salir fuera. Al principio caminó por los pasillos de la zona palacial de la Universidad donde solían residir la corte y los invitados extranjeros, pero en cuanto se dio cuenta de que no había nadie despierto comenzó a correr como si su vida dependiera en ello. Era una auténtica visión de lienzos de tul y cabello rosa al viento, ni siquiera decorado por ninguna pieza de joyería de las muchas que poseía la reina. Sus pies descalzos pisaban la piedra con ligereza, casi como si volase y no quisiera tocar el suelo que tan opresivo se le hacía a veces. Quizás esa era la solución al torbellino de emociones que la destrozaba por dentro.

No terminó de bajar las escaleras que daban al patio principal de la Universidad antes de transformarse. Necesitaba adoptar su forma dracónica como si fuera a ser libre con ello. Así fue. El dolor remitía un poco, una calma arropándola al sentir el impulso de la naturaleza a su alrededor, la paz de la noche. Alzó el vuelo en silencio y se fundió con el cielo oscuro. Sus escamas doradas parecían plateadas al estar bañadas por la luz del gran astro nocturno, una estrella fugaz que se dirigía sin rumbo fijo hacia el océano. Aleteó con suavidad y sus patas tocaron el agua de la Bahía de los Tigres. Y, allí en la distancia, asomó la Isla de las Perlas como un bálsamo para su corazón. Era lo que necesitaba, la meditación y la compañía de su diosa si no podía tener la de sus amigos. No tardó en llegar a ella con su cuerpo de Manakete, que podía moverse entre las corrientes de aire con tanta facilidad como respiraba. Dentro de la misma isla tenía un destino en mente, la zona de rezo que más frecuentaba cuando iba y que pocas personas conocían debido a su localización extraña y alejada de los caminos de piedra. Le fue sencillo llegar volando. A dos tercios del camino a la cima había un pequeño templo al aire libre, solo roca tallada, un mosaico desgastado donde rezar y el circundante follaje de la selva. Sissi cayó en el medio, de vuelta a su forma antropomórfica.

Frente a ella había una estatua de la cabeza de Naga tallada en la piedra. El pico de la montaña se extendía frente al cielo nocturno y de las alturas descendía una cascada que rodeaba la figura. Daba la sensación de que tenía el cabello largo y del color de la luz de luna y del verde musgo que crecía en el paso del agua sobre la roca. Era una pieza que mezclaba a la perfección la obra arquitectónica de las personas y cómo la naturaleza se hacía a ella: una representación de la verdadera armonía. Durante el día, las flores que crecían a su alrededor estaban abiertas, pero por la noche se cerraban en sus capullos como durmiendo. Casi parecía que Naga también reposaba, pues su estatua tenía una plácida expresión de paz y los ojos cerrados como si dormitase. Sissi esperaba que, aun así, escuchara sus plegarias. Su voz se pudo discernir como un eco en la pequeña plaza, aunque la exuberante vegetación que la rodeaba y que se hallaba apartada de los templos principales le daban una gran privacidad y evitaban que sus palabras llegaran a los sacerdotes que descansaban. No creía que hubiera nadie levantado a esa hora de la noche, así que Sissi habló sincera y vulnerable, como lo haría en su mente si estuviera rodeada de personas.

- Mi reina, mi diosa, necesito tu dirección. Por favor, ayúdame a ver el camino a seguir, a interpretar las señales que me envías. ¿Son mis sueños parte de ello? Llevo semanas atormentada. Mis pesadillas no sé son si son fragmentos de verdad, o conjeturas de mi propia imaginación. ¿Es algo que sé en mi corazón y que me niego a ver, o uno de mis mayores temores? – Se encontraba de rodillas frente a la gran figura, el cuerpo inclinado hasta que sus codos tocaban el suelo, la cabeza agachada entre los brazos y las palmas juntas en posición de rezo. Naga, ¿es cierto que Rhett no va a volver? Se me rompe el corazón de pensarlo, más de lo que ya está. Quiero guardar la esperanza de que volverá a por mí, pero otra parte de mi sabe que es imposible. Le alejé de mí cuando por fin me di cuenta de que yo le… - No pudo terminar la frase, un sollozo quebrado en su garganta. – Creía que era lo que tenía que hacer para salvar Hatari. Pero me quedé sin los dos. Gracias a ti, pude encontrar un nuevo hogar. ¿Estoy siendo muy avariciosa al pedirle que me lo devuelvas también? Me contentaría con poner mi corazón a descansar, así dejaría de llorar y de sufrir.

Ropa de Sissi:
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Afiliación :
- SINDHU -

Clase :
Sacred Manakete

Cargo :
Reina de Sindhu

Autoridad :
★ ★ ★ ★ ★

Inventario :
Dragonstone [2]
DragonStone Plus [4]
Lágrima de Naga
Tónico de def [1]
Escrito Mítico
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Mensaje por Invitado el Miér Abr 04, 2018 6:33 am

A la luz varias velas Krishna se inclinaba sobre un pergamino de textura tosca que tenía extendido frente a él en el suelo. Leía las letras con una concentración que más bien podría parecer que se encontraba en un estado de trance o sock.  Como en incontables veces le pasaba la lectura le había absorbido por completo. Daba igual que podría contener los dibujos de la tinta, si podía leerlo el mago lo haría. En ese caso se trataba de una copia de antiguos textos que se almacenaban en los templos a Naga de la Isla de las Perlas. Contenían en su mayor parte mitos e historias sagradas, o indicaciones como realizar ciertos rituales para sacerdotes y sacerdotisas. Krishna no era una persona que practicara especialmente la devoción a su deidad pues era un hombre que se había consagrado a la sabiduría. Pero por ello mismo formaba parte del conocimiento aprender sobre el culto.

Su visita a la Isla de las Perlas le había sido fructífera en ese sentido. Había acudido al principal lugar de adoración a la diosa Naga del país con el objetivo de les cediesen a la Universidad algunos de esos pergaminos para su copia y posterior almacenaje en la Biblioteca. Tras el traslado mucho del material bibliográfico dedicada a la religión se había llevado al templo, y era mejor tener dos copias repartidas en dos lugares que sólo una. Aprovechó la oportunidad y viajó el mismo para realizar el pedido como Canciller y máximo representante de la Universidad. Con perseverancia alcanzó a convencer al sacerdote que se encargaba del templo e incluso le permitió tener como lectura en su estancia un par de documentos más. Curioso por el contenido había comenzado a leer antes de dormir y a partir de ahí no había parado.

Una de las razones que le incitaban a eso era la vuelta a la ciudad universitaria a la mañana siguiente. A su vuelta le esperaba una agenda apretada en sus obligaciones. Una comitiva había llegado a la ciudad y entre ellos se encontraba la mismísima Reina de Sindhu, que les había concedido la gracia de una visita. Esto impedía que el Canciller les pudiese despachar rápido. Tendría que estar a la altura de su posición y deber con el reino y tratar como se requería a la monarca. Le quitaría tiempo por lo que lo mejor era aprovechar cuanto mejor ahora. Ya dormiría en el viaje de vuelta a la ciudad en barco, aunque fuese un trayecto corto.

Sólo levantó la mirada del papel una vez llegó a la última letra. Aquel había sido el último de esa noche. Estiró brazos y espalda, haciendo triscar esta última. Tan concentrado había estado leyendo que había descuidado su postura hasta el punto en que le dolía ahora una vez vuelto a la realidad. Se levantó del suelo y miró a su alrededor. Aquello era un desastre. Suspiró lamentándose mientras enrollaba con sumo cuidado todos los pergaminos que había dejado desperdigados por la cama y el suelo del aposento que le habían proveído. Seguro que si el propietario se llegase a enterar del poco cuidado que había tenido al leerlos le obligaba a devolver todos. Una vez recogidos apagó las velas excepto una. La cogió y con ella salió por de las dependencias. No se sentía con ganas de dormir tras la sesión de lectura. Su cuerpo y su mente le pedían que diese un paseo. Necesitaba asentar las ideas. Como un fantasma similar a los protagonistas de las historias de miedo para los más pequeños, Krishna se deslizó por los pasillos del templo de la isla. Procuraba hacer el menos ruido posible pues no quería que su presencia alertase a nadie. La arquitectura y distribución del lugar invitaba a la reflexión y a la meditación. Era un lugar donde se respiraba calma y serenidad allá donde fueses. Silencio. Pensó que igual tenía que haberse formado sacerdote en vez de seguir los pasos de la magia en la universidad, en ocasiones caótica.

Sus ojos se dirigieron ahora al cielo estrellado. La luna estaba resplandeciente e iluminaba el cielo con tanta intensidad que Krishna ni necesitaba tener la vela encendida por más tiempo. Observando el firmamento una silueta captó su atención. Era una figura que la luna recortaba negra sobre su fondo azul claro. Tenía la forma reconocible de un dragón, aunque desde esa distancia no sabría decir si era divino o terrenal. Le resultó extraño que una criatura así volase por el cielo a esas horas de la noche en las que nadie debería estar despierto para verlo. Muy curioso salió del templo donde él se encontraba y comenzó a bajar escaleras. El lugar donde la criatura debía de haber aterrizado no se encontraba muy lejos del templo donde él se alojaba. Había visto descender al dragón en una dirección concreta. Iluminado por la luz de la luna el mago avanzó por la escalinata y tomó un desvío guiado prácticamente por la intuición. Su paso se había acelerado sin darse cuenta. El camino se volvía cada vez más salvaje y hubo un momento en el que avanzaba entre plantas pegadas al estrecho camino de tierra y su follaje, corriendo el manto rojo que le cubría de la brisa fresca de la noche engancharse y rasgarse.

Escuchó una voz y su ritmo se ralentizó. Con la mano terminó por apartar una última rama y descubrió aquello que perseguía. En un templo desgastado al aire libre estaba agachada una creyente ante una estatua de Naga en el centro del recinto. A Krishna le pareció que la voz suave que salía de la creyente hablaba con la estatua. El sabio difería con aquellos que buscaban respuestas ante las estatuas de un dios; para él las respuestas a sus preguntas se encontraban en la reflexión y las letras de los libros. Como sabio, era muy escéptico.

– ¿Y creeis que la diosa os traerá en una luz celestial lo que anhelais por mucho que oréis? – Preguntó cuando la persona calló por un momento suficiente largo que considerase intervenir de forma tan grosera. Sin reconocer a la persona que rezaba, pues la veía de espaldas, se había atrevido sin vergüenza a realizar esa pregunta que su cabeza estaba gestando desde que la había escuchado pedir consejo a la diosa con tanta devoción. La vela ya se había apagado por terminarse la cera.
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Mensaje por Sissi el Miér Abr 04, 2018 6:16 pm

Sissi no creía que Naga le fuera a contestar de forma obvia y directa, pues esas no eran las maneras en las que los dioses obraban, pero al menos esperaba recibir en los días o semanas posteriores una señal que la guiase en su rumbo. No dudaba en que llegaría. Por el momento, al menos se sentía más tranquila al compartir sus miedos con alguien, como si ya no estuviera tan sola como se sentía. No obstante, ignoraba que la persona que le había escuchado no era solo Naga. Una voz entre la maleza hizo que la manakete se incorporarse de su posición de rezo, sobresaltada. El círculo de mosaicos estaba bañado por la luz de luna, que hacía que todo pareciera diferente a cómo era en realidad. El cabello rosa de Sissi había adquirido una tonalidad mucho más clara, casi etérea, mientras que su rostro quedaba oscurecido por el ángulo en el que había girado la cabeza. La falta de joyas y de adornos provocaba que ondas naturales de pelo cayeran por doquier, un manto rosáceo y salvaje que cubría su espalda hasta casi tocar el suelo y que no se solía ver en la bien cuidada reina desde que era una joven manakete, más preocupada en perseguir libélulas que en estar presentable. Obvias eran sus orejas puntiagudas que, al contrario de sus rasgos faciales, sí estaban iluminadas por la luz del astro nocturno.

Giró el cuerpo en dirección a la voz, su postura alerta a pesar de que se había quedado sentada de rodillas y con las manos sobre el regazo. Se quedó unos momentos en silencio, como analizando las palabras antes de musitar en un hilo de voz: ¿Rhett? - Pero no podía ser él. Era imposible. Él estaba muy lejos de allí, quizás con otra mujer, con otro hombre, en países lejanos e indómitos o en ciudades concurridas y conocidas. Quizás en otro mundo, en otra vida. Pero no en Sindhu. Esa figura pertenecía a otro nombre, a otra existencia que había osado interrumpirla en un momento de sangrante flaqueza. ¿Quién era el extraño que aparecía entre la maleza con intenciones sospechosas? Se le secó la garganta, de repente con el vello del cuerpo de punta por la misteriosa entrada del desconocido en el templo abierto. Casi se transforma al sentirse invadida, pues era conocido que no debía fiarse de los hombres que iban hacia ella con intenciones ocultas en medio de la oscuridad, pero entonces le reconoció. Primero llegó a ella su olor, tan reconocible a medio-hijo, y después supo a quién pertenecía esa trenza y esa voz sarcástica.

- No. - La reina dejó escapar un grito mudo, que se tradujo como la toma abrupta de aire y un posterior jadeo de estupefacción. Pedía una señal sobre el paradero de Rhett y lo que conseguía era la molesta aparición del Canciller de la Universidad. Grima debía de haberle echado un maleficio que le traía mala suerte, sin duda alguna. Como guardando su territorio, Sissi no se movió de su sitio, sino que mantuvo la posición si bien tenía todo el torso girado en su dirección. No sabía si se vería, pero sus cejas arrugadas y sus labios fruncidos dejaban muy claro lo que pensaba de ese encuentro.

- ¿Me está espiando, Lord Canciller? – le preguntó, su voz temblorosa por la sorpresa, la vergüenza y el enfado. No esperaba que nadie, salvo su diosa, le escuchase. Y mucho menos el Canciller por quién ella no había apostado. Como monarca no tenía voto en la decisión del Claustro, pero no había sido un secreto que Sissi había abogado por otra persona que ella había juzgado más capaz y que no tendría la maldición de Devaki, una mancha de locura en medio de la compleja e ilustre historia de la Universidad de Sindhu y la memoria de Sarasvati. Sus padres, en especial su madre, le habían dicho miles de veces que no se acercase a él cuando era pequeña. Así, aunque Krishna no se diferenciaba tantísimo de ella en edad y gustos, nunca habían jugado en los mismos círculos de amigos y apenas habían hablado hasta que apareciera para tomar el puesto de Canciller. Sissi respetaba demasiado la institución y su forma de auto-gobierno como para convertirse en una tirana al instaurar a quién ella juzgaba como apto, pero eso no indicaba que le reconociera internamente como tal. Aún tenía mucho que probar a sus ojos.

- ¿Tan perdido está en sus libros que ha olvidado que es de mala educación interrumpir a alguien que reza? Mucho más si encima juzga lo que escucha. ¿Debería preocuparme por lo que pretende enseñar a nuestra juventud? – atacó de vuelta, pregunta retórica tras pregunta retórica. Sentía que su privacidad e intimidad habían sido violadas, y encima por una persona que no le caía en gracia por su actitud grosera y soberbia que a menudo le ponía de los nervios. Precisamente, no necesitaba a alguien como Krishna cerca de ella ahora. No sabía si podría controlarse para ser amable y educada si comenzaba con sus comentarios despectivos y de listillo que la reina no soportaba. Tal era su suerte que deseaba soledad y hablar con su diosa, y en cambio obtenía mala compañía que la interrumpía y opinaba sobre sus más vulnerables creencias y anhelos.

Sentía que le había dado ese control a Krishna, una persona en la que no confiaba y frente a la que no quería verse débil, y que, sin embargo, había escuchado algo tan personal suyo. Solo de pensarlo se quería enterrar en la tierra. Ahora Krishna sabía que sufría mal de amores. ¡Por qué Naga la castigaba de esa manera! Tratando de recobrar el control, giró de nuevo la cabeza y pretendió regresar a su posición de rezo, pero ya no podía concentrarse. Irritada, aunque aún con cierto semblante tranquilo y de decencia, se levantó y se limpió la ropa. - Parece que no se ha dado cuenta, pero no hablaba con usted, pero ya que ha preguntado, le contestaré: no, no pretendo que Naga me devuelva nada en una luz celestial. Sí que creo, sin embargo, que me responderá de alguna manera, como siempre lo ha hecho. – con cierto aire de finalidad, como quién da por zanjada una conversación, Sissi habló. Después, se quedó con las manos juntas como esperando que Krishna se fuera por donde había venido.
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Sacred Manakete

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Mensaje por Eliwood el Vie Sep 28, 2018 9:16 pm

Tema cerrado. 20G a Sissi.
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