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[Entrenamiento] These Violent Delights Have Violent Ends. [Priv. Zephiel]

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[Entrenamiento] These Violent Delights Have Violent Ends. [Priv. Zephiel]

Mensaje por Izaya Orihara el Lun Mar 26, 2018 3:57 pm

Tenía relativa prisa en volver a Ilia. Desde la caída de su tierra natal, cuyas noticias le habían llegado mientras estaba en otro continente, Izaya había priorizado su regreso a Elibe. Aunque ya había mandado un grupo de mercenarios para rescatar a los residentes en su casa y llevarlos a Pherae, donde Lord Eliwood había sido tan amable de concederle el dominio de unas tierras muy buenas en el puerto de la capital, lo cierto era que necesitaba hacerse cargo de algunas cosas antes de dar por finalizada su residencia en el helado país. Había documentos en su casa de delicada índole y no confiaba en nadie para recuperarlos. Puesto que no sabía si su hogar habría sido saqueado o destruido, solo podía ser él mismo quien fuera cuando toda su gente se hubiera marchado de allí. La antigua casa de sus padres tenía muchos recovecos secretos, escondites que Izaya había ido descubriendo a lo largo de los años. Oh, sus padres no habían sido los comerciantes más honestos que hubiera en Ilia, de eso estaba seguro.

Pero antes de regresar a su tierra natal: Bern. Una pequeña paradita antes de subir hacia el norte. Había oído cosas interesantes del país. Primero que había sido destruido, después que había resurgido como una maleza imposible de matar. Con la caída de Ilia debía expandir sus negocios y no tenía duda alguna de que Bern sería un buen lugar para comenzar y asentar una nueva telaraña. Sus habilidades eran algo que siempre hacían falta, aunque especialmente cuando la gente podía permitirse pensar en algo más que en emergidos. Con el creciente periodo de prosperidad, la gente se sentía con más ánimos de gastar dinero y de darse algunos lujos, según le dictaba la experiencia, e Izaya pretendía aprovecharse de eso al máximo. De buen grado, penetró en el país por la línea fronteriza por el portón oficial junto a muchos otros viajeros. Sin embargo, su destino fue la capital, no ninguna de las otras ciudades más pequeñas y conjunto de fuertes militares. Cuanta más afluencia de gente mejor. Lo que no esperaba era que hubiera más soldados que civiles residenciando allí.

Eso cambiaba ligeramente las cosas. Acostumbrado a ser un observador, de repente sobresalía con su abrigo negro, su falta de armadura y su cuerpo menudo, más propio de la gente académica que de los soldados propios de Bern. Tampoco tenía espada, ni montura, ni daba la sensación que fuera un mercenario. En general, Izaya era como un vagabundo que se dedicaba a mirar lo que sucedía, pero no tomaba partido en la reconstrucción de la ciudad, en la que todo el mundo participaba de forma activa. Llevaba un par de días en la capital y ya se había dado cuenta de que a la gente de allí no les caía demasiado bien. En la posada en la que estaba residiendo la gente le ignoraba de manera deliberada. En la taberna las voces se acallaban al entrar él, y aunque podía seguir escuchando lo que decían, debía hacer un esfuerzo extra por ello y eso era una molestia. Parecía asustarles más el hecho que alguien pareciera indefenso que otro alguien pudiera medir dos metros, tener un wyvern y provenir de Mitgard. Se le había olvidado lo difícil que era mantener tratos con personas tan burdas.

Al final tuvo que jugar la carta del pobre refugiado de Ilia para que dejaran de pensar que era un emergido, porque le miraban de la misma manera, pero eso hizo que le tuvieran como un mero interesado en la prosperidad de Bern, aunque al menos ya no le lanzaban miradas desconfiadas. Seguían sin incluirle en sus conversaciones, pero ya no bajaban la voz al verle entrar en la habitación, y poco a poco fueron acostumbrándose al callado estratega cuyas intenciones les eran ocultas. Bueno, si no podía hacer negocios, tendría que recurrir a su otra especialidad: el robo de información. Todo lo que escuchaba lo iba apuntando cuidadosamente en clave en un pergamino que guardaba celosamente en su abrigo, consigo en todos momentos. Había datos que podrían mezclársele, como el número de soldados enviados a cierto fuerte u otro, y encima eso le mantenía entretenido por las noches. Realmente, Izaya era mucho más peligroso cuando estaba aburrido que cuando le daban trabajo que hacer. Se habría ido hace tiempo si le hubieran dado lo que buscaba, pero como eso no había pasado, ahora se había quedado en Bern como un parásito succionador de información. La vendería al mejor postor.

Una noche, un grupo de soldados le invitaron a jugar a las cartas con él. Apuestas fueron hechas, y en cada ronda Izaya les ganó con facilidad. Se había criado en Ilia, allí pocas cosas se podían hacer para pasar el rato que ser un académico o ser mercenario. Para su poca suerte, el informante era una extraña mezcla de ambos. Sabía jugar a todos los juegos de cartas del mundo. También sabía hacer trampas en cada uno de ellos. Los soldados prontos se dieron cuenta de que algo malo estaba pasando, pero no podían pillarle. Les ponía de los nervios saber algo y no poder probarlo, en especial cuando Izaya les sonreía con esa mueca de superioridad que más de un escalofrío les provocaba. Muy inteligente para unas cosas, para otras le podían la soberbia y el poco instinto de conservación que tenía. Debería haber parado cuando le advirtieron que no les gustaban los tramposos, también cuando uno dejó su daga encima de la mesa. Sin embargo, no lo hizo. ¡Era lo más interesante que le pasaba desde su estancia en Bern!

Y, como sucede en estas situaciones, cuanto más grande era la soberbia, más grande era la caída. No vio llegar el golpe de botella contra su cráneo. Confuso, puesto que había calculado más un puñetazo o algo de este estilo, el informante cayó al suelo con un río de sangre cayendo por su frente. Parpadeó para mantenerse despierto y sintió como le rebuscaban en la ropa. Ah, querían ver donde guardaba las cartas, pero no hacía trampas de esa forma. Ese era un error de principiante, casi tanto como mantener documentos comprometedores en un compartimento junto al pecho. Los soldados agarraron los papeles y trataron de leerlos, pero por supuesto que no podían entenderlos. No era tan estúpido como para escribir sus análisis personales en la Lengua Común. Tenía una especie de híbrido como los escribas profesionales, y eso era lo que hizo que las sospechas recayeran en él de forma más fija. ¿Un espía? Exigieron saber el significado de tal escrito.

- Jajaja, ¿de qué papeles me habláis?
– canturreó, su vista nublada, pero su sonrisa en su sitio. Y de repente un puñetazo en la cara le hizo perder el conocimiento.
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Re: [Entrenamiento] These Violent Delights Have Violent Ends. [Priv. Zephiel]

Mensaje por Zephiel el Sáb Mayo 19, 2018 12:02 am

Día tras día, el movimiento nunca cesaba, no habiendo habitante de la capital que no pusiera su fuerza en pos de reconstruír lo que una vez fue el glorioso imperio de Bern. Casas, torres, muros, todo necesitaba de una mano que no estuviera ya extenhuada por la guerra, cosa que era imposible de encontrar entonces. Que sobre los soldados triunfara cierta vanidad no era sorprendente, aunque a pesar de ello, solventaban todas sus falencias prestándose a su reino con toda su voluntad presente. ¿Serían tiempos de reconstrucción fructíferos? ¿Lograrían, después de todo, apropiarse de la capital por completo? Solo el tiempo sería capaz de descubrirlo.

Entonces, en un estado de devastación notable, aunque no lo pareciera, las relaciones con los reinos colindantes eran excepcionalmente importantes, siendo que podían influenciar enormemente lo que era un reino debilitado. Por eso, al llegar a los oídos del rey la noticia de que un supuesto espía había traspasado los límites de la ciudad y, además de eso, había registrado suficiente información como para relatar cada suceso ocurrido en las calles durante un día entero, no pudo ignorar la alerta que suponía sobre su reinado el haberlo hallado. Supo que lo habían encarcelado en la prisión más segura que entonces poseían, el subterráneo del mismo castillo, donde ninguna decoración u ornamento hacía de la estadía allí un placer. Debía conocer a aquel intruso, fuera lo último que hiciera aquella noche, debiendo ignorar el resto de sus responsabilidades el tiempo que le llevara su encuentro.

El calabozo era una extensión de largos pasillos que de vez en cuando colisionaban con salas de mediano tamaño ,en el que coincidían dos hileras de tres celdas a cada costado, apenas iluminadas, sin ventanas y casi sin aire exterior. El clima era helado y húmedo, pues se extendía hasta dentro de la montaña sobre la que se sostenía el castillo, y poseía por lo mismo una profundidad considerable, utilizando varias escaleras de piedra para así poder llegar a su fondo más bajo. Era un lugar aterrorizante, aunque parecía ser que los emergidos, en lo larga que fue su estadía, no habían encontrado para este ningún uso, por lo que se hallaba desocupado por completo, preparado, en todo caso, para recibir a quien fuera que mereciera tan grande castigo.

El rey se hizo camino, tomándose su tiempo para descender lo que parecía una caída interminable, todo hasta que por fin estuvo cerca de su destino. Como un eco, la voz de Zephiel emergió desde uno de los tantos pasillos que llevaban a las celdas, haciéndose obvio que lo que quería era anunciar su presencia.  - ... Uso de una escritura indescifrable... timando a soldados de mi reino usando de medio denigrantes juegos de azar... -sus pasos sobre la roca se hicieron cada vez más estridentes, delatando por su peso y el tronar de las placas la estatura y protecciones del rey. Entonces finalmente se hizo presente, revelándose su figura gracias a las antorchas del calabozo, sin cesar él de caminar hasta que estuvo frente a frente con el culpable de dichos actos que antes había nombrado, encontrándose este en una de las celdas de en medio, en una habitación que no albergaba a ningún otro preso. La apariencia de Zephiel no era extraña, aunque su armadura real portaba en sí un diseño algo menos opulento, más servicial, ignorando usar la larga capa que caracterizaba sus apariciones más formales.

Miró entonces al hombre que sus súbditos habían capturado. No era más que un joven que carecía, probablemente, de la aptitud para defenderse de los soldados de Bern, hecho que lo había terminado llevando tras las rejas, en plena oscuridad y esposado de manos y pies. El suelo del calabozo estaba mojado, más que eso, inundado de agua fría, hecho esto a propósito para obligar al cautivo a ponerse de pie una vez recuperara la consciencia. Zephiel tardó un momento en hallar las palabras que iría a dirigirle, pero cuando lo hizo no titubeó en expresarlas.

 - Podría decir sin equivocarme que este es el primer prisionero extranjero que tengo el privilegio de presenciar desde que Bern fue atacado. -mencionó con una sonrisa cruel, una que solo podía dedicar a quien hallaba de él desprecio, pero no rencor.- Puedes sentirte orgulloso. -dijo, pero cambiando ya a su acostumbrada expresión.
 - Verás. En el reinado que me antecede, ante la mínima desestabilidad que pudiera causar un individuo, la tortura era ley, ejemplo para las masas. En esta época, tal masacre ya no existe. -comenzó a decir, introduciendo un tema algo inusual.- Pero, ni siquiera antes de que aquello sucediera, ni después,  hemos sancionado a quien no fuera habitante de Bern. ¿Qué otro mejor camino existe que penalizar al enemigo interno, se decía hace años, cuando ningún inmigrante había cruzado nuestras fronteras? Siempre aborrecí en mi existir de los castigos volverse espectáculos... -Zephiel desenvainó su espada con cuidada precisión.- ...abolí desde siempre toda clase de desahogo contra la carne de los criminales. Por tratarse, por supuesto, de hijos de Bern. Supongo que ya habrás deducido que, no encontrándonos en el Bern que una vez reiné, y no siendo tú uno de sus habitantes, tu integridad me importa tanto como la de una rata. -dijo, manteniendo siempre el mismo tono de voz.- Por lo que ahora hablarás, revelarás para quién recolectabas información, y si no es así, he hablado ya de sobra.  

A diferencia de quienes usaban fuego para calentar el metal y causar mayor dolor en sus víctimas, los guardias presentes gastaban su tiempo poniendo una gran cantidad de objetos metálicos en hielo, volviéndolos tan fríos que de la misma forma eran capaces de quemar la piel. No anunciaban aquella amenaza al cautivo, pero se encontraba allí presente, lista para ser demostrada cuando fuera que lo pidiera.
Afiliación :
- BERN -

Clase :
Marshal

Cargo :
Rey de Bern

Autoridad :
★ ★ ★ ★ ★

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Gold :
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Re: [Entrenamiento] These Violent Delights Have Violent Ends. [Priv. Zephiel]

Mensaje por Izaya Orihara el Lun Jul 09, 2018 6:37 pm

Cuando Izaya despertó, todo a su alrededor era oscuridad. Fría, intensa y profunda oscuridad. Y aun así, tenía claro desde mucho antes de que aparecieran las antorchas que confirmaban lo que ya sabía, que estaba en las mazmorras de una fortaleza. Seguramente el castillo real, ya que era el que se hallaba más cerca al lugar donde había sido agredido. Recordaba lo que le había llevado a esa situación, y esas tinieblas como boca de lobo, el hedor a cerrado e inmundicia, la falta de aire, y la ausencia de tierra bajo su cuerpo, solo podía significar que estaba encerrado en un edificio. No era necesaria ningún tipo de luminosidad tampoco para saber que estaba atado de pies y manos, sentía el hierro en sus tobillos y en sus muñecas, apretando sus huesos y clavándose en su piel blanca que, seguramente, se había vuelto morada por el roce. Era un prisionero, pero ese azar no era lo peor que le hubiera podido suceder. Al menos aún conservaba su vida y no estaba colocado en ningún instrumento de tortura, de momento. El único rasgo digno de mención además de su encarcelamiento era el dolor de cabeza producto del golpe de botella. Le habían hecho daño de verdad. Esos salvajes que no sabían cómo perder.

En medio de la nada, Izaya no pudo evitar reírse por su destino.

El agua, el frío y la humedad le molestaban, pero era sencillo ignorar la sensación de desagrado, meterla en lo más profundo de su mente, y en su lugar sonreír como si nada le importase. Él era de Ilia, estaba acostumbrado a las condiciones climatológicas extremas, y un truco tan barato no iba a hacerle doblegarse. Había pasado por situaciones mucho más adversas y horribles que esa, y aunque no se notaba en su cuerpo delgado y elegante, como el de un académico que nunca ha levantado un peso en su vida, el cerebro de Izaya podía soportar una gran cantidad de estrés. Por ahora estaba muy tranquilo. Le dolía la cabeza en aquel lugar que había recibido el botellazo, pero la sangre hacía tiempo que se había secado y la herida ya no sangraba más. Estaba esposado de manos y de pies, mas el resto de su cuerpo estaba libre. No le resultó complicado incorporarse hasta alcanzar una posición sentada. Se pasó las manos por la cara al mismo tiempo con el agua fría del suelo para despejarse, y al poco tiempo ya tenía los sentidos alerta y los engranajes mentales funcionando a toda velocidad. Solo le quedaba esperar.

No pasó demasiado hasta que una luz llegó hasta donde él estaba. Siempre educado, se levantó del suelo para recibir a su bien esperado invitado. Estaba descalzo y sus pies chapotearon en el agua. Tras un mareo inicial producto de la falta de sangre en el cráneo, Izaya se mantuvo sobre sus dos piernas y analizó al recién llegado. Casi se hubiera echado a reír de nuevo, con todo el aire de sus pulmones, de no ser porque prefería jugar sus cartas de otra manera. Al fin y al cabo, no todos los días tenía la oportunidad de conocer al Rey Zephiel de Bern en un entorno tan íntimo y aislado. Debían de haberse sentido verdaderamente amenazados si el mismo monarca iba a perder el tiempo interrogándole. Eso o tenía mucho tiempo libre ahora que su país estaba liberado de emergidos. Fuera como fuera, el informante no se quejaría, ya que esa situación solo se presentaba una vez en la vida. Debía jugar su parte de la partida con muchos pasos por delante, ser el más inteligente de los dos. Por suerte, Zephiel comenzó dándole un sermón que, más que conseguir amedrentarlo, le sirvió como una base para un extensivo psicoanálisis. Sobrestimar a un oponente, por mucho que estuviera encerrado, atado y a merced de una espada, era un error tan básico que Zephiel casi le daba pena. Para Izaya, él ya tenía esa batalla ganada.

Había un hecho que se había repetido siempre en la historia. Cuando un joven príncipe asumía el trono que antes era de su padre, podía hacer dos cosas: la primera, seguir con el reinado tal y como lo hizo la generación anterior, sin cambios notables ni extremos; o podía hacer todo lo contrario, diferenciarse tanto del gobierno de su padre que se sepa que ha llegado una nueva época, un nuevo líder. ¿No era fascinante lo que eso decía de cada uno? Izaya encontraba esos hechos de un interés sin igual. En el primer caso, el joven príncipe sería alguien débil de carácter, quizás con miedo a lo desconocido o a destacar. Podía ser que prefiriese disfrutar de los privilegios de la monarquía, pero sin las responsabilidades que eso conllevase. A menudo, el estratega había notado, esos príncipes dejaban el gobierno de la nación a ministros y validos, y, por tanto, pasaban a la historia sin pena ni gloria. Por supuesto, Zephiel no era esa clase de rey. Para empezar, ya era un hombre entrado en edad, y no podía ver en él muchos rasgos de juventud; pero podía imaginárselo a la perfección: repudiando los actos de tortura, prometiéndose que él sería mejor.

Izaya contuvo una sonrisa de satisfacción, en su lugar parpadeó como confundido y se echó un paso hacia atrás. Oh, el segundo tipo de príncipe era el más fascinante de todos. Lo que uno pensaría de ellos al principio podría ser que eran ambiciosos, que querían sobrepasar a sus padres por encima de todo. Sin embargo, ¿era eso todo? Las relaciones humanas eran complicadas y fascinantes, mera ambición no era suficiente como para desencadenar esa forma tan abrasiva de hablar del pasado o la absoluta abolición de una tradición. Le parecía a Izaya que tenía enfrente a alguien con problemas con la figura de papá. Para creerse tan moralmente superior al reinado anterior, no es que hubiera mejorado mucho. Quizás Zephiel no era tan diferente. Quizás era igual de violento, pero prefería que la violencia se realizase en un entorno seguro a los oídos y los ojos de Bern. Tendría que indagar más a fondo sobre el tema, pero para ello debía desarrollar su papel de persona que no sabía a quién tenía delante. Sin embargo, nada se escapaba de sus ojos de estratega: un marshall con años de experiencia en su cuerpo y postura, buen acero en su espada, y una armadura que, aunque no portase capa, no dejaba duda que era digna de un rey.

Izaya alzó la cabeza y refunfuñó como si ahí la víctima de una injusticia fuera él: Para alguien que aborrece tanto el espectáculo, mi señor, ¿no cree que esto podría haberse resuelto con mucha más sencillez? - atajó con educación pero un aire de indignación en su postura - Deseo hablar con su superior, puesto que no sé de qué me está hablando. ¿Acaso no sabe qué leyes diplomáticas me protegen? ¡Y sin oportunidad de resolver los supuestos problemas por medio del diálogo! Esto es humillante para un hombre de mi calibre, que quede constancia. - exclamó y alzó los brazos para que pudiera ver que estaba esposado como un cerdo en el matadero. Su papel era el de un charlatán poco inteligente. - Ahora, le pido por los dioses que me diga, ¿Por qué estoy aquí encerrado? Si es por los juegos de azar, he de decir que encuentro este lugar demasiado vacío, pues se requiere más de una persona para jugar a algo. Así, sería injusto haberme apresado solo a mí y no a mis compañeros, aún más cuando ellos fueron los que primero han apostado y yo me he unido después. Además, le haré saber que la mayoría del oro que había sobre la mesa era mío. Sus hombres han faltado al código del jugador al recurrir a la violencia para conseguirlo. Al menos en mi país, Daein, quien incumple esa regla tan básica no se le considera lo suficientemente hombre como para sentarse con el resto de mercenarios de nuevo. Denota falta de carácter y de estrategia. En la guerra uno de prueba como guerrero, pero la verdadera personalidad se ve cuando el azar no es tan bueno. Así, está en la mano de uno cambiar el destino con un giro de muñeca o con un puñetazo. Por supuesto, un hombre de verdad elige lo primero. Lo segundo es propio de los niños... o los pusilánimes.

Al ver la espada se echó otro paso hacia atrás con ensayada teatralidad. Hablaba sincero pero todo lo que salía de sus labios era una mentira. Su lenguaje corporal no mentía, sino que acompañaba con naturalidad a sus palabras. Si había algo en lo que Izaya era bueno, era en actuar y mentir y mentir y mentir.  - ¡Déjeme explicarle, mi señor! No pretendía insultarle. Yo solo soy un humilde académico interesado con el mundo. Llevo ya unos días en Bern, inspirándome de su cultura para escribir mis poesías. Verá, realizo antologías poéticas por encargo, para aquellos que quieran leer poemas… diferentes. No sé si me entiende. Por eso no puedo escribirlos en la lengua común, ¿imagina que escándalo sería para mis clientes nobles? ¡Lo nunca visto! – Izaya fingió indignarse por eso, como si fuera algo horrible. Mucho más en países donde impera las enseñanzas puritanas de Naga. Mis poemas acabarían en la hoguera y yo con ellos. Mucho más si aparecieran con ilustraciones del poema. Por eso están escritos en una criptografía especial hasta que se puedan entregar en mano al lector interesado. Me pone en un apuro, mi señor, si decide romper esas hojas que me confiscaron ya que son semanas de trabajo, pero si lo prefiere, puedo leérselas y enseñarle el alfabeto para que compruebe que digo la verdad. Quizás descubra que la poesía erótica es lo suyo.
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