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[Social] La piedra del hogar [Privado; Hrist y Izaya Orihara]

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[Social] La piedra del hogar [Privado; Hrist y Izaya Orihara]

Mensaje por Sindri el Dom Mar 18, 2018 5:50 pm

… y esa es la razón por la que, después del fiasco tratando de entrenar ocas para que trajeran los ingredientes para los rituales, los Hechiceros dictaron que las únicas aves que los seguidores de la Magia Arcana podían tener como animales de compañía son los cuervos y los cisnes de color negro.

Las blancas llanuras de Ilia tomaban otro cariz a vista de wyvern. El Dark Sage había hablado largo y tendido sobre las planicies de nieve interminables del país que era reticente a llamar “hogar”, pero nunca las había visto de tal modo antes. El paisaje era completamente inamovible y, si Sindri no hubiera trazado la ruta exacta de Kilvas a Ilia, incluso juraría que no estaban avanzando en absoluto. Pero cuando un enorme y conocido edificio de piedra apareció horizonte, mucho más grande que cualquier castillo de lores menores, supo que su destino no quedaba muy lejos. Incluso el frío que entraba en los huesos y que detestó durante sus años de bibliotecario le parecía tan delicioso como lo sería una brisa marina que serpenteaba por una cala tropical.

El trato en Kilvas fue sencillo y tan simple que no hizo falta siquiera transcribirlo a papel. Ilia estaba a merced de los Emergidos, lo que quería decir que la Gran Biblioteca de Ilia estaría siendo saqueada a todas luces por los Emergidos, algo que Sindri no podía permitir. Pero claro, no podía ir simplemente hasta Ilia a pie… ninguna caravana tenía como destino Ilia hoy por hoy y cualquier humano que intentara atravesar los helados páramos acabaría congelado antes de dar con el primer Emergido. Si no es que se marcharon todos ya, viendo que no hay nada realmente que hacer. Pero… ¿Y por aire? El espacio aéreo del país septentrional de Elibe estaba reservado para los pegasos únicamente, los únicos seres que se atrevían a desafiar el mal tiempo perenne de tal lugar. Un wyvern, un ser muchísimo más resistente que un pegasito, no tendría muchas dificultades en volar de Kilvas a la Gran Biblioteca de Ilia si se calculaban bien las escalas y las provisiones.

A cambio, el antiguo bibliotecario prometió crear un documento muy especial a la mercenaria. Un documento sumamente adornado y con una letra perfectamente legible contando todas sus gestas y recogiendo todas sus hazañas. Un escrito que haría las delicias de cualquier noble que estuviera interesado en contratar a un mercenario que fuera más que un esbirro sin cerebro con un aura amenazante. Además, añadió al trato de motu proprio una colección de interesantísimas historias que comenzó a contar cuando se cansó mirar al horizonte desde la grupa de un wyvern.

Una vez estuvieron encima del edificio, Sindri instruyó a la jinete de wyvern que se aposentara sobre uno de los salientes de las torres de la Gran Biblioteca de Ilia más australes. La típica torre que tenía multitud de ventanas que no cerraban del todo bien pero nadie las arreglaba porque “de todos modos nadie usa para nada esa torre y sería un desperdicio de dinero que podríamos estar usando para arreglar el techo de la sala de conferencias”. El plan era el siguiente: el antiguo trabajador del edificio se internaría a buscar algunos libros que necesitaba para su investigación de manera sigilosa y sin hacer saltar la alarma. Mientras, el tándem de wyvern y jinete esperarían allí, a la intemperie, para salir pitando en cuanto fuera necesario de forma estoica y profesional, tal y como a ella le gustaba.

La misión sigilosa fue algo emocionante a la que no estaba acostumbrado desde el momento que entró por una ventana cayéndose a trocitos. No sabía cuántos Emergidos realmente había en los pasillos del edificio, por lo que descartó usar cualquier tipo de hechizo para no hacer ruido. Simplemente dejó que las sombras lo engullesen y usó el conocimiento de las Gran Biblioteca de Ilia y su oído para evitar cualquier contacto con cualquier ser que hubiera ahí. No quería arriesgarse lo más mínimo, por lo que tomó su tiempo visitando cada una de las alas del edificio, guardando cada tomo en su zurrón con en el más estricto silencio y moviéndose con sumo cuidado de ala a ala. ¿Qué podía salir mal?

Pues que, en un descuido, se le cayeran unos pocos libros al tratar de sacar tres a la vez y pusiera en alerta a todo bicho viviente que había en la biblioteca. Y no era un decir, el eco de decenas y decenas de botas contra el suelo helado comenzó a reverberar por los pasillos de la Gran Biblioteca de Ilia. Luces comenzaron a encenderse. Puertas comenzaron a abrirse. Y una cacofonía de otros sonidos que no estaba seguro de querer identificar surgieron de todas partes a la vez.

Sin importarle ya las tácticas ni el sigilo, Sindri salió corriendo como alma que lleva el diablo y comenzó a ascender, ascender y ascender por escaleras de caracol, escaleras normales e incluso escalerillas de madera. Si bien los poseedores novatos de la Gran Biblioteca de Ilia no podían compararse con él en cuanto a conocimiento del lugar, eran más que capaces de ganarle en una carrera de velocidad, por lo que en ningún momento aflojó la velocidad. Casi se lanzó de cabeza por la ventana que aseguraba su seguridad para decir a la mujer que había fuera con voz entrecortada y una sonrisa de oreja a oreja – Creo que no aceptan nuevos miembros ahora mismo. Me dijeron que ya me enviarían una carta si les interesaba tenerme abordo.

Y tras unos momentos, el wyvern no fue más que una silueta en el horizonte de una más que movida Gran Biblioteca de Ilia.

Durante un buen rato, Sindri se dedicó a observar su botín y evaluar el daño que habían sufrido los tomos. No había signos de destrozo por ninguna parte ni tampoco de movimiento o abolladuras. Sólo abandono. Abandono total y absoluto. Los libros habían acumulado tal cantidad de polvo que sólo el hecho de abrirlos creaba unas espesas nubes que hicieron toser al Dark Sage. Uno a uno fue guardando los libros en telas y las ató delicadamente, para volver a ponerlos dentro de su zurrón, un lugar mágico donde estarían protegidos con capas y capas de maleficios.

Y una vez hecho esto, se dio cuenta que se volvía a aburrir. Iba a comenzar a contar la historia de cómo la Sabia Oscura Sigyn se enfadó con él después de teñir el pelo de rosa neón al bufón de la troupe, Boffo el Bocazas Botarate, tras una errónea preparación del elixir de la risa cuando algo llamó su atención en el horizonte: una pequeña columna de humo, diminuta, pero perceptible para alguien cuyos ojos estaban acostumbrados al blanco – ¡Mire, señorita Hrist! ¡Ahí! ¿Puede ser que haya algún fuego por ahí? –  desde su posición señaló en dirección al casi imperceptible hilito oscuro que ascendía hacia las nubes. ¿Podría ser un poblado? Más que seguramente no, puesto que, según lo que había oído, todos habían sido abandonados ante la horda Emergida. ¿Algún tipo de incendio entonces? Le costaba creerlo, viendo que el clima nevado de Ilia hacía casi imposible tal fuego espontáneo.

Tras ponderarlo por unos pocos minutos, finalmente su curiosidad pudo más que él – ¿Cree que es prudente acercarse? No puedo sino desear que sea el fuego de un hogar donde descansar. Estoy molido… – confió a la jinete de wyvern, tratando de interceder para que acercara un poco su montura a investigar. A fin de cuentas, si era algo peligroso siempre podían salir volando en otra dirección, ¿no era así? Además, ¿Quién no estaría cansado después de volar tanto tiempo a lomos de un wyvern? No esperaba que fuera algo tan cómodo como un diván, pero era casi como montar en un caballo nadando…
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Re: [Social] La piedra del hogar [Privado; Hrist y Izaya Orihara]

Mensaje por Hrist el Sáb Mar 24, 2018 8:13 pm

Imaginarse a un margo oscuro siniestro, con su oscura capa ondeando al viento, y su silueta recortada a contraluz contra la pálida luz de la luna, era una cosa. Imaginarse a ese mismo mago oscuro acompañado de una fiel oca graznando siniestramente… era otra cosa muy distinta. Inevitablemente, le venía a la cabeza un escenario donde la oca empezaba a picotearle el trasero al mago arcano. Luego le dejaba un regalito en la capa. Se le comía todos los ingredientes para sus pócimas arcanas malévolas. Se le subía encima y le hacía un nuevo peinado a la moda oquil. Y por último, le destrozaba el grimorio mágico.

Sin embargo, por algún motivo que todavía no alcanzaba a entender, a Sindri sí se lo imaginaba acompañado de una oca temperamental y con morro a raudales, que haría lo que le placiese cuando quisiese y cuando quisiera. Una oca que imitaría su “Auhuhuhu~” con graznidos socarrones.

-Creo que hicieron bien. Los cuervos son muy inteligentes, seguro que dan mejores resultados. Y los cisnes negros les dan elegancia.

¿Qué iba a decir? Las ocas eran muy buenas guardianas, a falta de perros de pastoreo o perros guardianes. Pero de ahí a pedirles que te llevasen las zapatillas a la cama o que te trajesen las ramitas de tomillo sin comérselas… Los cuervos eran otro mundo. Si se tenía paciencia, se les podía enseñar a hacer cosas asombrosas con objetos propios de los humanos.

En cualquier caso, allí estaban los tres. Tras volver al campamento base, Sindri le propuso concretar la oferta de redactarle un currículum. A cambio de ello, Hrist le acercaría a Ilia, a la Gran Biblioteca de Ilia. A ella le pareció bien el trato. Así que aceptó. Y en pleno paisaje helado de Ilia se hallaban, sobrevolando montañas heladas siguiendo la ruta trazada por el ex bibliotecario.

-Así que eso es la Gran Biblioteca de Ilia… -comentó distraídamente, con unos ojos como platos. –Ualah… -Era un edificio imponente. Grande. Enorme. Muy enorme. Grande como la vida misma. ¿Cuántos wyvern cabrían ahí dentro? Unos cuantos buenos centenares, seguro.

El joven les dio instrucciones de aterrizar en una de las torres de más al sur. Una vez allí, se internó con discreción. La mercenaria y su montura tenían que esperar su retorno. Cosa que podía suceder en cualquier momento.

-Menudas vistas, Logi. –dijo la jinete de wyvern, asomada a la balaustrada donde se habían apostado. –Lástima que la nieve lo cubre todo y se hace difícil de ver más allá de unos cuantos metros. Esto, de día, tiene que ser muy difícil de mirar sin que se te derritan los ojos. –Tanta nieve, a la luz del día, tenía que dejar medio bizco a cualquiera que no estuviese acostumbrado.

Logi gimió levemente, y volvió a dirigir su atención a los enormes copos de nieve que habían empezado a caer pocos minutos después de quedarse solos allí arriba. Primero intentó sacudírselos del hocico. Después se le ocurrió lanzarles soplidos (a lo mejor esperaba que saliesen volando como hojas caídas en otoño). Al final pasó directamente a intentar cazarlos con la boca.

-Veo que estás muy entretenido. –Apuntó ella, enarcando ambas cejas y con un pronunciado rictus en los labios.

Se sentó, apoyada en la pared, cerca de la ventana por donde Sindri había procedido a realizar su infiltración clandestina en lo que antes había sido su centro de trabajo. Por descontado, él sabría mejor que nadie las idas y venidas de los innumerables pasillos y salas que debía tener esa construcción, pero estaba atiborrada de emergidos. Era como ser un seguidor de Naga y colarse en el cuartel general del Grimleal para husmear si el Gran Inquisidor desayunaba café con leche y tostadas o bien leche con cereales integrales. Al chico se le veía muy seguro de lo que hacía, pero Hrist no podía evitar angustiarse pensando en qué podía sucederle. Que unos cuantos emergidos te descubrieran in fraganti mientras hurtabas unos cuantos libros no era algo que entusiasmase a nadie. Y mucho menos lo que podía venir después.

Los minutos pasaban a velocidad ambigua. No sabía si el rato se sucedía rápido, o si iba lento. A parte del ruido de la ventolera que asolaba el lugar, y de algún crujido aleatorio por allí y por allá, todo estaba en silencio. Lo único que la distraía en ese momento, y que le evitaba comerse el coco en demasía, era mirarse la piedrecita que Sindri le había dado en Kilvas.

-¿Qué ha sido eso? -sepreguntó, empequeñeciendo los ojos.

Logi había parado en seco de cazar copos de nieve. Y con razón. Al igual que él, Hrist notaba un leve temblor, lejano, etéreo. Como si en la planta baja de la biblioteca hubiese unos tamborileros azotando con fuerza sus instrumentos. Los temblores seguían más o menos iguales, pero el caótico popurrí de ecos y reverberaciones varias que había empezado a asomarse entre los soplidos de viento, eso sí que cada vez se oía un poco más fuerte.

-Algo me dice que Sindri aparecerá pronto…  

No había acabado aún de pronunciar “aparecerá”, que el muchacho de cabellos morados irrumpió de cabeza por una ventana cercana, con la respiración agitada y la voz entrecortada. Cómo no, había que largarse echando leches.  

-Asegúrese de que lleva lo que sea que haya cogido bien sujeto.  


Le ayudó a levantarse y a subirse a lomos de Logi, vigilando que llevase el preciado botín bien agarrado. Con un intenso, intensísimo, sentimiento de urgencia y apuro, con el corazón saliéndosele casi de la boca, Hrist montó sobre el wyvern y le dio la orden de emprender el vuelo. Mientras pasos y más pasos resonaban como ecos lejanos en movimiento, procedentes del interior de la ventana, Logi se subió a la baranda y se lanzó al vuelo. La mercenaria no pudo evitar mirar hacia atrás de tanto en tanto, con miedo, como si estuviese haciendo novillos por primera vez y estuviesen a punto de pillarla. Tenía ganas de reír histéricamente, de llorar compulsivamente, y de echarse a temblar. Acababan de hacerle la pirula a vete a saber cuántos emergidos, y parecía que iban a vivir para contarlo.

-Vaya, ha sido intenso… -atinó a decir, aun jadeando de los nervios, y con los músculos más tensos que las nalgas de un hereje ante cierta mujer de cabellos blancos y ojos dorados. -¿va a querer repetir?

Deseaba que no le quedasen ganas, pero una parte de ella, una muy oculta y recóndita, gritaba “¡Otra! ¡Otra!”.

-¿Y bien? ¿Qué tal ha ido por ahí dentro? –preguntó distraídamente Hrist, por animar un poco el viaje, que se empezaba a antojar pesadillo. -¿Ha pillado a algún emergido leyendo libros de temática poco decorosa? –Preguntó, con una sonrisa reprimida en los labios, imaginándose la escena. Espera, eso le hacía pensar… -Esto me hace preguntarme… ¿Cree usted que los emergidos leen algún libro? Cuando abren la boca no suelo entender ni jota de lo que dicen, creo que no hablan nuestro idioma, no sé si entenderían nada escrito en el nuestro…

Poco después, Sindri se puso a comprobar el estado de lo que se había llevado sin consentimiento de los emergidos, que a su vez habían ocupado a la fuerza la Gran Biblioteca de Ilia. Y al cabo de un rato, también debió empezar a aburrirse. Le contó cómo una vez le tiñó de rosa el pelo a un compañero de caravana.

-¿Un elixir de la risa acabó tiñendo el pelo del bufón?

Hrist alucinaba. Una pócima para causar risas que acababa cambiando el color del pelo. ¿Tanta importancia tenía acertar con las cantidades de los ingredientes? Leches, eso no era como cocinar, desde luego.

-¿Eh? ¿Qué? ¿Dónde? –Sindri llamó su atención señalando algo. –No veo nada entre tanto blanco… Ah, sí, ahí hay algo que parece una columna oscura…

Si él no se lo llega a señalar, le habría pasado por alto. Todo aquello era blanco. Blanco. Blanco por ahí. Blanco por allá. Blanco por todas partes. Esa noche soñaría en blanco, de eso no le cabía ninguna duda.

-¿Quiere que nos acerquemos? –Preguntó. –Vale, pero esté al tanto de cómo volver a la ruta que ha previsto si no le convence lo que vemos.

Con un movimiento de las riendas, hizo virar un poco al wyvern, encarándolo hacia la dirección señalada. Deseaba que fuese algún lugar mínimamente acogedor donde poder descansar, ni que fuese un rato. Quizás algún poblado. ¿Un campamento de cazadores? ¿Un campamento del ejército de Ilia?

-Parece un pueblo. –apuntó la wyvern rider. -¿Tiene idea de cuál puede ser?

Aterrizó en la amplia explanada que había a la entrada de aquello que parecía un humilde núcleo de población. Ahora que lo pensaba… Se suponía que habría gente normal, en el lugar, y no emergidos… No, si fuese un poblado emergido, ya les habrían atacado a esas alturas.

-La columna de humo tiene un tamaño nada desdeñable… -musitó con la vista fija en dicha columna. -¿Quiere echar un vistazo? Le sigo.
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Re: [Social] La piedra del hogar [Privado; Hrist y Izaya Orihara]

Mensaje por Izaya Orihara el Sáb Abr 14, 2018 2:59 pm

Izaya era, ante todo, una persona muy metódica. Comenzó por la parte trasera de la casa y fue avanzando habitación por habitación teniendo mucho cuidado de que todo estuviera muy bien empapado en aceite. Cuando ya las lámparas y las reservas del oleoso líquido estaban vacías, comenzó a vaciar la colección de botellas de alcohol que no había tenido oportunidad de usar. Regalos de clientes satisfechos, la mayoría. Se llevó una copa también. Si Ilia no hubiera caído, habrían permanecido en el mueble-bar durante muchos años, apenas vaciándose cuando el informante invitada a alguien a beber con él, o por los tragos a escondidas que le deban de vez en cuando las criadas. Sin embargo, ya no quedaban personas en el poblado que antes había sido su hogar, ni consumidores de sus servicios como informante, ni personas del servicio. Todos habían huido a lugares que ofrecieran mayor protección, ya fuera dentro del mismo país, o en el extranjero. Por ello, Izaya no sintió como una pérdida el verter los caros licores sobre los muebles y el suelo de madera. Al contrario, ¿no les estaba dando un uso favorable? Cada vez que terminaba con la botella, la dejaba caer por cualquier lugar, sin importarle el ruido del cristal al hacerse añicos. Hasta los emergidos habían abandonado la zona, pues no quedaba nadie a quién matar, y las casuchas que quedaban en pie pronto serían pasto de la nieve al no haber nadie que limpiara los caminos y jardines.

La soledad no le importaba al estratega que, al contrario, parecía encantado con los acontecimientos. Antes de todo, había dado una buena vuelta por el pueblo, y se había cerciorado de que no había un alma viva allí. No podía decir lo mismo de los cuerpos congelados y semi-putrefactos que a veces se había encontrado en su camino. Alguna familia mercenaria debía de haber tratado de frenar la invasión, obviamente sin éxito. Sentiría pena de no ser porque creía que habían muerto por una estupidez, por no pensar las cosas con claridad. ¿Acaso no se habían dado cuenta de que el número de emergidos aumentaba de forma exponencial? Ilia, sin un ejército centralizado, poco podía hacer por protegerse. La solución era huir cuando aún había tiempo. No entendía por qué alguien se empeñaría en proteger esa ruina de lugar, casuchas sin valor y sin futuro. No estaba por la labor de enterrarles, así que no lo hizo. La nieve no tardaría en enterrarlos, después de todo. Estaba más interesado en volver a su viejo hogar, a la mansión donde sus padres se habían establecido para tenerle a él, antes de abandonarle por otras empresas más interesantes.

La quietud y el abandono del poblado le eran conocidos. Se había sentido así desde que recordaba, incluso en las épocas cuando no existían los emergidos y había cierta vida en las calles del lugar. Lo consideraría una obra del destino, que la última vez que estaría allí fuera en circunstancias tan poéticas. El pensamiento le hizo reírse, sin miedo a que le escucharan. La nieve que caía del cielo evitaba que cualquier sonido viajara demasiado lejos. ¿Y si alguien lo hacía? Bueno, si deseaban perseguir una risa en el viento, eso era problema suyo. Durante todo el proceso de embadurnar el viejo hogar con aceite y después alcohol, Izaya no paró de reflexionar en voz alta, de reírse, de ser como era él y burlarse de todo en lo que posaba su vista. Los últimos documentos importantes que había querido recuperar, y cuyo traslado no había confiado a nadie más, estaban seguros contra su pecho, escondidos en su abrigo. No le importaba nada más, por mucho que hubiera sido suyo durante toda la vida. Todo acabó de la misma forma: empapado para su plan posterior.

Al llegar al comedor, le recibieron los retratos de sus padres. Parecían mirarle con horror, a pesar de que sus expresiones siempre le habían parecido más bien apáticas. Izaya les contestó con una sonrisa cortante de oreja a oreja: ¿Estás orgullosa de mí, madre? He encontrado a tu hijo menor, a mi querido hermanito. Un detalle muy feo que nunca me hablaras sobre él, digo yo que eso de tenerle en el útero da bastantes meses para escribir sobre las buenas nuevas, nueve meses para ser exacto. No te preocupes, a pesar de tu pobre comunicación he podido hallarle. Las vueltas que da la vida. – aún no sabía si su familia no le había escrito sobre su hermano porque no querían que lo supiera, o porque les importaba tan poco que no juzgaban conveniente mencionarlo. De cualquier forma, sentía bien poder echárselo en cara de alguna manera, aunque el informante no creyese en la vida en el más allá. Tras una nueva risa, se volvió a su padre: Aunque todo lo que haga pueda parecer locura, no deja de haber método en ella. Ya verás lo que planeo para la casa, va a estar que arde. Pero antes, propongo un brindis. ¡Por la familia! – le dio un tragó al licor que tuviera más cerca, y después lo vertió sobre los cuadros de sus padres casi con cuidado, como quién da beber al sediento.

Tras recorrer todo el edificio, satisfecho con su trabajo, salió fuera de la gran mansión, tirando alcohol por su paso hasta que comenzó la nieve. Dejó la botella en el suelo, un whiskey especiado que venía de alguna región interesante. Entonces, buscó entre los múltiples bolsillos de su abrigo negro. Sacó una caja de fósforos que había comprado en Hoshido cuando había estado allí, pequeñas astillas de pino con uno de los bordes recubiertos de azufre. Al frotarlo contra la superficie del recipiente donde las llevaba, la cabeza se prendió y una pequeña llama comenzó a consumirla. Miró al frente y tiró la cerilla con un capirotazo hasta su casa. El alcohol no tardó en entrar en combustión, incluso si solo había sido alimentado por una pequeña lengua de fuego. Izaya se apartó con la botella en la mano hasta llegar a una distancia prudente desde la que poder admirar su obra. Vertió lo que sobraba del whiskey en la copa que había cogido con anterioridad y se sentó como un rey en la vereda de piedra, con las piernas cruzadas y su bebida en la mano. Bebió con tranquilidad, su rostro iluminado por el rojo del fuego.  

Después, sonrió.
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Re: [Social] La piedra del hogar [Privado; Hrist y Izaya Orihara]

Mensaje por Sindri el Lun Abr 16, 2018 6:05 pm

No sea boba, señorita Hrist. Los libros indecentes siempre son los primeros en salvarse, seguramente estén todos a centenares de kilómetros de cualquier Emergido en estos instantes. – compendios de artes amatorias, guías de viajes que destacaban lugares poco castos en todas las grandes ciudades de Elibe y novelas escritas por alguien que no sería aceptado en ningún baile de salón aristocrático durante los próximos dos siglos. Obviamente todo el mundo sabía que la Gran Biblioteca de Ilia no tenía tales libros, por lo que la gente solía preguntar por los textos que la biblioteca no tenía, los bibliotecarios no buscaban para ellos y no eran devueltos en el tiempo y la forma correctos – Especialmente los que tienen ilustraciones. Le aseguro que ésos están a mejor recaudo que cualquier otra cosa en este mundo. Incluso las Armas Legendarias de Elibe están en lugares con menos protección. – al fin y al cabo, muy poca gente sabía leer y escribir, pero absolutamente todo el mundo podía mirar imágenes, así que tenían un público mucho más amplio. Por decirlo de alguna manera. Pero claro, recordamos que tales libros no existen en la Gran Biblioteca de Ilia… pero de existir se encontrarían bajo cinco llaves en una zona secreta sólo conocida por los bibliotecarios más viejos y los más jóvenes que se equivocaron de camino e iban hacia las cocinas, en serio.

No tiene por qué, señorita Hrist. Que nosotros no les entendamos no quiere decir que ellos no nos entiendan a nosotros. Quizá sólo no tienen nada que decirnos. – bien era cierto que los Emergidos se comunicaban entre sí. Eso era un hecho. También era conocido por todos que por ahora ningún idioma se asemejaba al de los Emergidos. Eso era también un hecho. Pero nada indicaba que los Emergidos no entendieran al resto de… no Emergidos – De hecho, yo tuve el honor de hablar con unos Emergidos que no me atacaron y, de hecho, me ayudaron a luchar contra otros Emergidos. Se hacen entender y, con suficiente insistencia, uno puede hacerse entender también. – el viejo truco de “señalar insistentemente a algo y gritar como un descosido” era un lenguaje universal que rompía todas las barreras de comunicación como Logi rompería una silla si se posara en ella. Al final pudieron derrotar a los Emergidos malvados y los Emergidos buenos siguieron su camino como quién no quiere la cosa – Me interesaría conseguir en algún momento un libro de los Emergidos, aunque no pueda entenderlo. ¿Usarán nuestro alfabeto? ¿Acaso tendrán uno propio? En ese caso con un poco de investigación quizá podríamos comunicarnos con ellos. Quizá. Meras especulaciones. – se encogió de hombros tan bien como pudo mientras volaba en un lagarto sobredimensionado por el cielo de Ilia tras haber superado con éxito su misión

Con un sonido de exasperación señaló en la lontananza donde el color gris salía del suelo de manera ondeante con el brazo extendido, – ¿Necesita anteojos sujetados a las orejas? Uno de los bibliotecarios las usaba para ver de lejos, pero es que Desiderius tenía sesenta y pico años… – una vez pareció identificar de donde salía aquel humo e hizo virar la máquina voladora orgánica, la súper disciplinada y profesional mercenaria inquirió sobre si era algún tipo de pueblo. Seguramente quería pasarse por el tablón de misiones para ver si podía trabajar un poco más para rematar la jornada, no fueran a necesitar que alguien bajase un gato de un árbol o algo por el estilo – Sin un mapa no me veo capacitado para decirle qué hay más adelante. Ilia tiene una distribución bastante particular de los pueblos del mismo modo que un borracho tiene un modo de chocar muy particular con las mesas de la taberna.

Eventualmente llegaron a una especie de asentamiento que parecía, a todas luces, abandonado teniendo en cuenta el silencio sepulcral que sólo era roto por el crepitar de la marea de llamas en un edificio… y sólo un edificio. Bueno, quizá se extendía a los demás con un poco de suerte. Mala o buena, depende de cuánto se valore aquel pueblecito – ¿Un incendio? ¿En Ilia? ¿Qué es lo próximo? ¿Una sequía? ¿Una ola de calor? Acérquese, por favor, vale la pena investigar qué ha causado eso. – no podía haber sido un relámpago puesto que no había visto ninguna tormenta en el horizonte. Los Emergidos tampoco tienen especial interés en ir de pirómanos por la vida, por lo que no creía que hubieran sido ellos tampoco. No, ahí había gato encerrado.

Una vez el animalito aterrizó cerca del escenario, el bibliotecario se bajó de un salto y estiró un poco las piernas, algo que realmente necesitaba. Al parecer el enorme edificio que se quemaba fue algún tipo de mansión, teniendo en cuenta su forma y arquitectura, pero el Dark Sage tampoco quería aventurar mucho – Ah, parece ser que la vida de barbero paga bien, señorita Hrist. Dedíquese a eso si quiere ganar pasta gansa. – mencionó con una sonrisa mientras identificó una figura en la vereda, disfrutando del espectáculo como un aristócrata en la primera fila de la función. Había personas que no se olvidaban fácilmente aunque no supieras su nombre, e incluso desde atrás pudo reconocer casi con total y absoluta certeza el individuo en cuestión. Era el corte de pelo, seguramente. O tal vez la capucha. Esa capucha era muy inusual.

Se acercó quedamente a la persona que había ahí con la sutileza de alguien que no quiere interferir en la diversión ajena, pero una vez estuvo bien cerca no pudo contener el decir – ¿Sabe usted? Cuando en la Gran Biblioteca de Ilia le mencioné el dicho “Menos útil que una hoguera en una montaña de Ilia” no esperaba que tratase de comprobarlo por usted mismo. Es usted una caja de sorpresas. Ahuhuhu~
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Re: [Social] La piedra del hogar [Privado; Hrist y Izaya Orihara]

Mensaje por Hrist el Mar Abr 17, 2018 6:25 pm

Se le escapó un poco la risa ante la respuesta del ex-bibliotecario.

-Hahaha… Supongo que en todos lados pasa igual…

Obviamente, mucha gente pensaba que era infinitamente más importante un compendio de extrañas y anatómicamente imposibles posturas para la intimidad que un recetario de antídotos contra venenos raros, o que algún pesado libraco que narrase la historia del país desde que éste estaba formado por tres o cuatro tribus guerreras que resolvían sus diferencias a golpe de pedrada y de bailes en paños menores a la deidad de turno.
Se le aflojó aún un poco más la risa floja en cuanto Sindri añadió lo de “especialmente los que tienen ilustraciones”, que estaban “a mejor recaudo que cualquier otra cosa en este mundo”. Se imaginó a un emergido de alto rango, siniestro y solemne, escaneando con sus ojos iluminados como faros las páginas de algún libro escogido al azar, buscando información útil sobre esos estúpidos humanos: tácticas militares, si eran alérgicos al jengibre crudo, si les dolía si se les metía el dedo en el ojo… y en vez de ello encontraba una extraña y ultra-complicada recomendación orientada a optimizar el resultado de una velada subida de tono con algún amante. Se imaginó al emergido, con cara de póquer, mirando fijamente la ilustración y las posibles explicaciones, ladeando la cabeza (como Logi hacía a veces para escucharla) en un intento fútil de comprender la extraña lógica tras aquellos escritos humanos que poco parecían tener que ver con el arte de la guerra y la conquista bélica… para acto seguido cerrar el libro con un sonoro “¡PLAS!” y lanzarlo airado a la chimenea más cercana.

El joven de cabellos morados opinaba, al parecer, que quizás los emergidos sí entendían el lenguaje humano, pero que simplemente no tenían nada que decir. Eso hacía plausible la escena que había imaginado, del emergido lanzando el libro indecente a la chimenea. A lo mejor habían husmeado un libro de ésos, y se habían ofendido tanto que habían decidido que exterminar la raza humana era la mejor opción.

Dijo también que tuvo la ocasión de toparse con emergidos que no le atacaron de buenas a primeras.

-¿No le atacaron? –Preguntó, intentando figurarse la escena. –Vaya, eso sí es una novedad. Todos los emergidos con los que me he topado eran hostiles…  -También quería un libro de emergidos. Puestos a pedir… -Quizás algún cabecilla emergido lleve alguno encima, pero suelen estar rodeados de multitud de guardaespaldas, antes de llegar al cabecilla le pueden salir a uno canas…

Quizás los cabecillas llevaban manuales de artes amatorias emergidas. ¡De algún sitio tenía que salir tanto emergido!

-No, no necesito anteojos. –No estaba segura de si la llamaba cegata, o de si simplemente le preguntaba si tenía problemas de visión, sin malicia. –No estoy acostumbrada a viajar por lugares que están cubiertos por un manto de nieve tan extenso. Se me cansan los ojos de ver tanto blanco…

A medida que se acercaban volando sobre el wyvern, la columna de humo se iba haciendo cada vez más visible.

-Y cada borracho tiene su modo de chocar contra las mesas de la taberna…

A unos buenos cuantos metros de altura, poca cosa acertaba a ver la mercenaria aparte de nieve, nieve y más nieve. Y la sospechosa columna de humo.

-¿Tan descabellado es un incendio en Ilia? –Preguntó procurando no alzar mucho la voz. Aquel lugar no le daba buenas vibraciones, por más que Sindri amenizase el viaje con su inmejorable buen humor. –Claro, claro, allá vamos…

Una vez aterrizaron en la mullida nieve, Hrist concluyó que, definitivamente, aquello tenía que haber sido una especie de pueblo. “Haber sido”, porque tenía toda la pinta de estar abandonado. El extraño silencio que imperaba era interrumpido por el crujir de las pisadas en la nieve (especialmente las de Logi, que aplastaba la nieve a su paso como si nada), las intermitentes ráfagas de aire que aparecían aleatoriamente… y el lejano murmullo procedente de la columna de humo. Tras desmontar, siguió en silencio al dark sage, que parecía genuinamente cautivado por el misterio del edificio en llamas que empezaba a vislumbrarse a lo lejos, luminoso como un enorme farol en una noche sin luna.

-¿Usted cree? –Preguntó, disimulando su confusión. ¿A qué venía lo del barbero?

No se había planteado nunca el dedicarse a apañarle la pelambrera a la gente. Poco sabía de ello, dejando de lado el cortarse el flequillo y las puntas del pelo de tanto en tanto. Si fuese por ella, se imaginaría al muchacho con el pelo algo más corto… o quizás con un par de coletas atadas con lazos azules o turquesas. Pero no iba a ser ella quién se metiese con la estética del chaval, cada uno iba como le venía en gana.

Hrist siguió en silencio a Sindri, con Logi detrás, cuyos pasos pesados quedaban amortiguados y silenciados por la gruesa capa de nieve en el suelo. Ajustándose bien la capa, llevaba las riendas de Logi en las manos para asegurarse de que el animal no caía en la tentación de intentar escarbar en la nieve con las garras de las alas, o de revolcarse en la nieve.
Sindri empezó a caminar en silencio, y la jinete de wyvern se dio cuenta de que, unos metros más adelante, había alguien sentado ante el edificio en llamas. Estaba quieto, y por lo poco que atinaba a ver, parecía relajado. Al ver que el chico de cabellos violetas se le acercaba por detrás sigilosamente adrede, Hrist decidió parar silenciosamente a escasos metros para no fastidiarle el numerito a su compañero asaltante de bibliotecas ocupadas por emergidos. Con un suave gesto, se llevó un dedo a los labios a la vez que miraba al wyvern. Éste la entendió al momento y se quedó quieto y en silencio, observando atentamente.
Afiliación :
- NOHR -

Clase :
Wyvern Rider

Cargo :
Mercenaria

Inventario :
Hacha L. De bronce [1]
Vulnerary [3]
Tónico de res. [1]
Tónico de def [1]
.
.

Support :
None.

Especialización :

Experiencia :

Gold :
1180


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Re: [Social] La piedra del hogar [Privado; Hrist y Izaya Orihara]

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