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[Social] La piedra del hogar [Privado; Hrist y Izaya Orihara]

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[Social] La piedra del hogar [Privado; Hrist y Izaya Orihara]

Mensaje por Sindri el Dom Mar 18, 2018 5:50 pm

… y esa es la razón por la que, después del fiasco tratando de entrenar ocas para que trajeran los ingredientes para los rituales, los Hechiceros dictaron que las únicas aves que los seguidores de la Magia Arcana podían tener como animales de compañía son los cuervos y los cisnes de color negro.

Las blancas llanuras de Ilia tomaban otro cariz a vista de wyvern. El Dark Sage había hablado largo y tendido sobre las planicies de nieve interminables del país que era reticente a llamar “hogar”, pero nunca las había visto de tal modo antes. El paisaje era completamente inamovible y, si Sindri no hubiera trazado la ruta exacta de Kilvas a Ilia, incluso juraría que no estaban avanzando en absoluto. Pero cuando un enorme y conocido edificio de piedra apareció horizonte, mucho más grande que cualquier castillo de lores menores, supo que su destino no quedaba muy lejos. Incluso el frío que entraba en los huesos y que detestó durante sus años de bibliotecario le parecía tan delicioso como lo sería una brisa marina que serpenteaba por una cala tropical.

El trato en Kilvas fue sencillo y tan simple que no hizo falta siquiera transcribirlo a papel. Ilia estaba a merced de los Emergidos, lo que quería decir que la Gran Biblioteca de Ilia estaría siendo saqueada a todas luces por los Emergidos, algo que Sindri no podía permitir. Pero claro, no podía ir simplemente hasta Ilia a pie… ninguna caravana tenía como destino Ilia hoy por hoy y cualquier humano que intentara atravesar los helados páramos acabaría congelado antes de dar con el primer Emergido. Si no es que se marcharon todos ya, viendo que no hay nada realmente que hacer. Pero… ¿Y por aire? El espacio aéreo del país septentrional de Elibe estaba reservado para los pegasos únicamente, los únicos seres que se atrevían a desafiar el mal tiempo perenne de tal lugar. Un wyvern, un ser muchísimo más resistente que un pegasito, no tendría muchas dificultades en volar de Kilvas a la Gran Biblioteca de Ilia si se calculaban bien las escalas y las provisiones.

A cambio, el antiguo bibliotecario prometió crear un documento muy especial a la mercenaria. Un documento sumamente adornado y con una letra perfectamente legible contando todas sus gestas y recogiendo todas sus hazañas. Un escrito que haría las delicias de cualquier noble que estuviera interesado en contratar a un mercenario que fuera más que un esbirro sin cerebro con un aura amenazante. Además, añadió al trato de motu proprio una colección de interesantísimas historias que comenzó a contar cuando se cansó mirar al horizonte desde la grupa de un wyvern.

Una vez estuvieron encima del edificio, Sindri instruyó a la jinete de wyvern que se aposentara sobre uno de los salientes de las torres de la Gran Biblioteca de Ilia más australes. La típica torre que tenía multitud de ventanas que no cerraban del todo bien pero nadie las arreglaba porque “de todos modos nadie usa para nada esa torre y sería un desperdicio de dinero que podríamos estar usando para arreglar el techo de la sala de conferencias”. El plan era el siguiente: el antiguo trabajador del edificio se internaría a buscar algunos libros que necesitaba para su investigación de manera sigilosa y sin hacer saltar la alarma. Mientras, el tándem de wyvern y jinete esperarían allí, a la intemperie, para salir pitando en cuanto fuera necesario de forma estoica y profesional, tal y como a ella le gustaba.

La misión sigilosa fue algo emocionante a la que no estaba acostumbrado desde el momento que entró por una ventana cayéndose a trocitos. No sabía cuántos Emergidos realmente había en los pasillos del edificio, por lo que descartó usar cualquier tipo de hechizo para no hacer ruido. Simplemente dejó que las sombras lo engullesen y usó el conocimiento de las Gran Biblioteca de Ilia y su oído para evitar cualquier contacto con cualquier ser que hubiera ahí. No quería arriesgarse lo más mínimo, por lo que tomó su tiempo visitando cada una de las alas del edificio, guardando cada tomo en su zurrón con en el más estricto silencio y moviéndose con sumo cuidado de ala a ala. ¿Qué podía salir mal?

Pues que, en un descuido, se le cayeran unos pocos libros al tratar de sacar tres a la vez y pusiera en alerta a todo bicho viviente que había en la biblioteca. Y no era un decir, el eco de decenas y decenas de botas contra el suelo helado comenzó a reverberar por los pasillos de la Gran Biblioteca de Ilia. Luces comenzaron a encenderse. Puertas comenzaron a abrirse. Y una cacofonía de otros sonidos que no estaba seguro de querer identificar surgieron de todas partes a la vez.

Sin importarle ya las tácticas ni el sigilo, Sindri salió corriendo como alma que lleva el diablo y comenzó a ascender, ascender y ascender por escaleras de caracol, escaleras normales e incluso escalerillas de madera. Si bien los poseedores novatos de la Gran Biblioteca de Ilia no podían compararse con él en cuanto a conocimiento del lugar, eran más que capaces de ganarle en una carrera de velocidad, por lo que en ningún momento aflojó la velocidad. Casi se lanzó de cabeza por la ventana que aseguraba su seguridad para decir a la mujer que había fuera con voz entrecortada y una sonrisa de oreja a oreja – Creo que no aceptan nuevos miembros ahora mismo. Me dijeron que ya me enviarían una carta si les interesaba tenerme abordo.

Y tras unos momentos, el wyvern no fue más que una silueta en el horizonte de una más que movida Gran Biblioteca de Ilia.

Durante un buen rato, Sindri se dedicó a observar su botín y evaluar el daño que habían sufrido los tomos. No había signos de destrozo por ninguna parte ni tampoco de movimiento o abolladuras. Sólo abandono. Abandono total y absoluto. Los libros habían acumulado tal cantidad de polvo que sólo el hecho de abrirlos creaba unas espesas nubes que hicieron toser al Dark Sage. Uno a uno fue guardando los libros en telas y las ató delicadamente, para volver a ponerlos dentro de su zurrón, un lugar mágico donde estarían protegidos con capas y capas de maleficios.

Y una vez hecho esto, se dio cuenta que se volvía a aburrir. Iba a comenzar a contar la historia de cómo la Sabia Oscura Sigyn se enfadó con él después de teñir el pelo de rosa neón al bufón de la troupe, Boffo el Bocazas Botarate, tras una errónea preparación del elixir de la risa cuando algo llamó su atención en el horizonte: una pequeña columna de humo, diminuta, pero perceptible para alguien cuyos ojos estaban acostumbrados al blanco – ¡Mire, señorita Hrist! ¡Ahí! ¿Puede ser que haya algún fuego por ahí? –  desde su posición señaló en dirección al casi imperceptible hilito oscuro que ascendía hacia las nubes. ¿Podría ser un poblado? Más que seguramente no, puesto que, según lo que había oído, todos habían sido abandonados ante la horda Emergida. ¿Algún tipo de incendio entonces? Le costaba creerlo, viendo que el clima nevado de Ilia hacía casi imposible tal fuego espontáneo.

Tras ponderarlo por unos pocos minutos, finalmente su curiosidad pudo más que él – ¿Cree que es prudente acercarse? No puedo sino desear que sea el fuego de un hogar donde descansar. Estoy molido… – confió a la jinete de wyvern, tratando de interceder para que acercara un poco su montura a investigar. A fin de cuentas, si era algo peligroso siempre podían salir volando en otra dirección, ¿no era así? Además, ¿Quién no estaría cansado después de volar tanto tiempo a lomos de un wyvern? No esperaba que fuera algo tan cómodo como un diván, pero era casi como montar en un caballo nadando…
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Re: [Social] La piedra del hogar [Privado; Hrist y Izaya Orihara]

Mensaje por Hrist el Sáb Mar 24, 2018 8:13 pm

Imaginarse a un margo oscuro siniestro, con su oscura capa ondeando al viento, y su silueta recortada a contraluz contra la pálida luz de la luna, era una cosa. Imaginarse a ese mismo mago oscuro acompañado de una fiel oca graznando siniestramente… era otra cosa muy distinta. Inevitablemente, le venía a la cabeza un escenario donde la oca empezaba a picotearle el trasero al mago arcano. Luego le dejaba un regalito en la capa. Se le comía todos los ingredientes para sus pócimas arcanas malévolas. Se le subía encima y le hacía un nuevo peinado a la moda oquil. Y por último, le destrozaba el grimorio mágico.

Sin embargo, por algún motivo que todavía no alcanzaba a entender, a Sindri sí se lo imaginaba acompañado de una oca temperamental y con morro a raudales, que haría lo que le placiese cuando quisiese y cuando quisiera. Una oca que imitaría su “Auhuhuhu~” con graznidos socarrones.

-Creo que hicieron bien. Los cuervos son muy inteligentes, seguro que dan mejores resultados. Y los cisnes negros les dan elegancia.

¿Qué iba a decir? Las ocas eran muy buenas guardianas, a falta de perros de pastoreo o perros guardianes. Pero de ahí a pedirles que te llevasen las zapatillas a la cama o que te trajesen las ramitas de tomillo sin comérselas… Los cuervos eran otro mundo. Si se tenía paciencia, se les podía enseñar a hacer cosas asombrosas con objetos propios de los humanos.

En cualquier caso, allí estaban los tres. Tras volver al campamento base, Sindri le propuso concretar la oferta de redactarle un currículum. A cambio de ello, Hrist le acercaría a Ilia, a la Gran Biblioteca de Ilia. A ella le pareció bien el trato. Así que aceptó. Y en pleno paisaje helado de Ilia se hallaban, sobrevolando montañas heladas siguiendo la ruta trazada por el ex bibliotecario.

-Así que eso es la Gran Biblioteca de Ilia… -comentó distraídamente, con unos ojos como platos. –Ualah… -Era un edificio imponente. Grande. Enorme. Muy enorme. Grande como la vida misma. ¿Cuántos wyvern cabrían ahí dentro? Unos cuantos buenos centenares, seguro.

El joven les dio instrucciones de aterrizar en una de las torres de más al sur. Una vez allí, se internó con discreción. La mercenaria y su montura tenían que esperar su retorno. Cosa que podía suceder en cualquier momento.

-Menudas vistas, Logi. –dijo la jinete de wyvern, asomada a la balaustrada donde se habían apostado. –Lástima que la nieve lo cubre todo y se hace difícil de ver más allá de unos cuantos metros. Esto, de día, tiene que ser muy difícil de mirar sin que se te derritan los ojos. –Tanta nieve, a la luz del día, tenía que dejar medio bizco a cualquiera que no estuviese acostumbrado.

Logi gimió levemente, y volvió a dirigir su atención a los enormes copos de nieve que habían empezado a caer pocos minutos después de quedarse solos allí arriba. Primero intentó sacudírselos del hocico. Después se le ocurrió lanzarles soplidos (a lo mejor esperaba que saliesen volando como hojas caídas en otoño). Al final pasó directamente a intentar cazarlos con la boca.

-Veo que estás muy entretenido. –Apuntó ella, enarcando ambas cejas y con un pronunciado rictus en los labios.

Se sentó, apoyada en la pared, cerca de la ventana por donde Sindri había procedido a realizar su infiltración clandestina en lo que antes había sido su centro de trabajo. Por descontado, él sabría mejor que nadie las idas y venidas de los innumerables pasillos y salas que debía tener esa construcción, pero estaba atiborrada de emergidos. Era como ser un seguidor de Naga y colarse en el cuartel general del Grimleal para husmear si el Gran Inquisidor desayunaba café con leche y tostadas o bien leche con cereales integrales. Al chico se le veía muy seguro de lo que hacía, pero Hrist no podía evitar angustiarse pensando en qué podía sucederle. Que unos cuantos emergidos te descubrieran in fraganti mientras hurtabas unos cuantos libros no era algo que entusiasmase a nadie. Y mucho menos lo que podía venir después.

Los minutos pasaban a velocidad ambigua. No sabía si el rato se sucedía rápido, o si iba lento. A parte del ruido de la ventolera que asolaba el lugar, y de algún crujido aleatorio por allí y por allá, todo estaba en silencio. Lo único que la distraía en ese momento, y que le evitaba comerse el coco en demasía, era mirarse la piedrecita que Sindri le había dado en Kilvas.

-¿Qué ha sido eso? -sepreguntó, empequeñeciendo los ojos.

Logi había parado en seco de cazar copos de nieve. Y con razón. Al igual que él, Hrist notaba un leve temblor, lejano, etéreo. Como si en la planta baja de la biblioteca hubiese unos tamborileros azotando con fuerza sus instrumentos. Los temblores seguían más o menos iguales, pero el caótico popurrí de ecos y reverberaciones varias que había empezado a asomarse entre los soplidos de viento, eso sí que cada vez se oía un poco más fuerte.

-Algo me dice que Sindri aparecerá pronto…  

No había acabado aún de pronunciar “aparecerá”, que el muchacho de cabellos morados irrumpió de cabeza por una ventana cercana, con la respiración agitada y la voz entrecortada. Cómo no, había que largarse echando leches.  

-Asegúrese de que lleva lo que sea que haya cogido bien sujeto.  


Le ayudó a levantarse y a subirse a lomos de Logi, vigilando que llevase el preciado botín bien agarrado. Con un intenso, intensísimo, sentimiento de urgencia y apuro, con el corazón saliéndosele casi de la boca, Hrist montó sobre el wyvern y le dio la orden de emprender el vuelo. Mientras pasos y más pasos resonaban como ecos lejanos en movimiento, procedentes del interior de la ventana, Logi se subió a la baranda y se lanzó al vuelo. La mercenaria no pudo evitar mirar hacia atrás de tanto en tanto, con miedo, como si estuviese haciendo novillos por primera vez y estuviesen a punto de pillarla. Tenía ganas de reír histéricamente, de llorar compulsivamente, y de echarse a temblar. Acababan de hacerle la pirula a vete a saber cuántos emergidos, y parecía que iban a vivir para contarlo.

-Vaya, ha sido intenso… -atinó a decir, aun jadeando de los nervios, y con los músculos más tensos que las nalgas de un hereje ante cierta mujer de cabellos blancos y ojos dorados. -¿va a querer repetir?

Deseaba que no le quedasen ganas, pero una parte de ella, una muy oculta y recóndita, gritaba “¡Otra! ¡Otra!”.

-¿Y bien? ¿Qué tal ha ido por ahí dentro? –preguntó distraídamente Hrist, por animar un poco el viaje, que se empezaba a antojar pesadillo. -¿Ha pillado a algún emergido leyendo libros de temática poco decorosa? –Preguntó, con una sonrisa reprimida en los labios, imaginándose la escena. Espera, eso le hacía pensar… -Esto me hace preguntarme… ¿Cree usted que los emergidos leen algún libro? Cuando abren la boca no suelo entender ni jota de lo que dicen, creo que no hablan nuestro idioma, no sé si entenderían nada escrito en el nuestro…

Poco después, Sindri se puso a comprobar el estado de lo que se había llevado sin consentimiento de los emergidos, que a su vez habían ocupado a la fuerza la Gran Biblioteca de Ilia. Y al cabo de un rato, también debió empezar a aburrirse. Le contó cómo una vez le tiñó de rosa el pelo a un compañero de caravana.

-¿Un elixir de la risa acabó tiñendo el pelo del bufón?

Hrist alucinaba. Una pócima para causar risas que acababa cambiando el color del pelo. ¿Tanta importancia tenía acertar con las cantidades de los ingredientes? Leches, eso no era como cocinar, desde luego.

-¿Eh? ¿Qué? ¿Dónde? –Sindri llamó su atención señalando algo. –No veo nada entre tanto blanco… Ah, sí, ahí hay algo que parece una columna oscura…

Si él no se lo llega a señalar, le habría pasado por alto. Todo aquello era blanco. Blanco. Blanco por ahí. Blanco por allá. Blanco por todas partes. Esa noche soñaría en blanco, de eso no le cabía ninguna duda.

-¿Quiere que nos acerquemos? –Preguntó. –Vale, pero esté al tanto de cómo volver a la ruta que ha previsto si no le convence lo que vemos.

Con un movimiento de las riendas, hizo virar un poco al wyvern, encarándolo hacia la dirección señalada. Deseaba que fuese algún lugar mínimamente acogedor donde poder descansar, ni que fuese un rato. Quizás algún poblado. ¿Un campamento de cazadores? ¿Un campamento del ejército de Ilia?

-Parece un pueblo. –apuntó la wyvern rider. -¿Tiene idea de cuál puede ser?

Aterrizó en la amplia explanada que había a la entrada de aquello que parecía un humilde núcleo de población. Ahora que lo pensaba… Se suponía que habría gente normal, en el lugar, y no emergidos… No, si fuese un poblado emergido, ya les habrían atacado a esas alturas.

-La columna de humo tiene un tamaño nada desdeñable… -musitó con la vista fija en dicha columna. -¿Quiere echar un vistazo? Le sigo.
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Re: [Social] La piedra del hogar [Privado; Hrist y Izaya Orihara]

Mensaje por Izaya Orihara el Sáb Abr 14, 2018 2:59 pm

Izaya era, ante todo, una persona muy metódica. Comenzó por la parte trasera de la casa y fue avanzando habitación por habitación teniendo mucho cuidado de que todo estuviera muy bien empapado en aceite. Cuando ya las lámparas y las reservas del oleoso líquido estaban vacías, comenzó a vaciar la colección de botellas de alcohol que no había tenido oportunidad de usar. Regalos de clientes satisfechos, la mayoría. Se llevó una copa también. Si Ilia no hubiera caído, habrían permanecido en el mueble-bar durante muchos años, apenas vaciándose cuando el informante invitada a alguien a beber con él, o por los tragos a escondidas que le deban de vez en cuando las criadas. Sin embargo, ya no quedaban personas en el poblado que antes había sido su hogar, ni consumidores de sus servicios como informante, ni personas del servicio. Todos habían huido a lugares que ofrecieran mayor protección, ya fuera dentro del mismo país, o en el extranjero. Por ello, Izaya no sintió como una pérdida el verter los caros licores sobre los muebles y el suelo de madera. Al contrario, ¿no les estaba dando un uso favorable? Cada vez que terminaba con la botella, la dejaba caer por cualquier lugar, sin importarle el ruido del cristal al hacerse añicos. Hasta los emergidos habían abandonado la zona, pues no quedaba nadie a quién matar, y las casuchas que quedaban en pie pronto serían pasto de la nieve al no haber nadie que limpiara los caminos y jardines.

La soledad no le importaba al estratega que, al contrario, parecía encantado con los acontecimientos. Antes de todo, había dado una buena vuelta por el pueblo, y se había cerciorado de que no había un alma viva allí. No podía decir lo mismo de los cuerpos congelados y semi-putrefactos que a veces se había encontrado en su camino. Alguna familia mercenaria debía de haber tratado de frenar la invasión, obviamente sin éxito. Sentiría pena de no ser porque creía que habían muerto por una estupidez, por no pensar las cosas con claridad. ¿Acaso no se habían dado cuenta de que el número de emergidos aumentaba de forma exponencial? Ilia, sin un ejército centralizado, poco podía hacer por protegerse. La solución era huir cuando aún había tiempo. No entendía por qué alguien se empeñaría en proteger esa ruina de lugar, casuchas sin valor y sin futuro. No estaba por la labor de enterrarles, así que no lo hizo. La nieve no tardaría en enterrarlos, después de todo. Estaba más interesado en volver a su viejo hogar, a la mansión donde sus padres se habían establecido para tenerle a él, antes de abandonarle por otras empresas más interesantes.

La quietud y el abandono del poblado le eran conocidos. Se había sentido así desde que recordaba, incluso en las épocas cuando no existían los emergidos y había cierta vida en las calles del lugar. Lo consideraría una obra del destino, que la última vez que estaría allí fuera en circunstancias tan poéticas. El pensamiento le hizo reírse, sin miedo a que le escucharan. La nieve que caía del cielo evitaba que cualquier sonido viajara demasiado lejos. ¿Y si alguien lo hacía? Bueno, si deseaban perseguir una risa en el viento, eso era problema suyo. Durante todo el proceso de embadurnar el viejo hogar con aceite y después alcohol, Izaya no paró de reflexionar en voz alta, de reírse, de ser como era él y burlarse de todo en lo que posaba su vista. Los últimos documentos importantes que había querido recuperar, y cuyo traslado no había confiado a nadie más, estaban seguros contra su pecho, escondidos en su abrigo. No le importaba nada más, por mucho que hubiera sido suyo durante toda la vida. Todo acabó de la misma forma: empapado para su plan posterior.

Al llegar al comedor, le recibieron los retratos de sus padres. Parecían mirarle con horror, a pesar de que sus expresiones siempre le habían parecido más bien apáticas. Izaya les contestó con una sonrisa cortante de oreja a oreja: ¿Estás orgullosa de mí, madre? He encontrado a tu hijo menor, a mi querido hermanito. Un detalle muy feo que nunca me hablaras sobre él, digo yo que eso de tenerle en el útero da bastantes meses para escribir sobre las buenas nuevas, nueve meses para ser exacto. No te preocupes, a pesar de tu pobre comunicación he podido hallarle. Las vueltas que da la vida. – aún no sabía si su familia no le había escrito sobre su hermano porque no querían que lo supiera, o porque les importaba tan poco que no juzgaban conveniente mencionarlo. De cualquier forma, sentía bien poder echárselo en cara de alguna manera, aunque el informante no creyese en la vida en el más allá. Tras una nueva risa, se volvió a su padre: Aunque todo lo que haga pueda parecer locura, no deja de haber método en ella. Ya verás lo que planeo para la casa, va a estar que arde. Pero antes, propongo un brindis. ¡Por la familia! – le dio un tragó al licor que tuviera más cerca, y después lo vertió sobre los cuadros de sus padres casi con cuidado, como quién da beber al sediento.

Tras recorrer todo el edificio, satisfecho con su trabajo, salió fuera de la gran mansión, tirando alcohol por su paso hasta que comenzó la nieve. Dejó la botella en el suelo, un whiskey especiado que venía de alguna región interesante. Entonces, buscó entre los múltiples bolsillos de su abrigo negro. Sacó una caja de fósforos que había comprado en Hoshido cuando había estado allí, pequeñas astillas de pino con uno de los bordes recubiertos de azufre. Al frotarlo contra la superficie del recipiente donde las llevaba, la cabeza se prendió y una pequeña llama comenzó a consumirla. Miró al frente y tiró la cerilla con un capirotazo hasta su casa. El alcohol no tardó en entrar en combustión, incluso si solo había sido alimentado por una pequeña lengua de fuego. Izaya se apartó con la botella en la mano hasta llegar a una distancia prudente desde la que poder admirar su obra. Vertió lo que sobraba del whiskey en la copa que había cogido con anterioridad y se sentó como un rey en la vereda de piedra, con las piernas cruzadas y su bebida en la mano. Bebió con tranquilidad, su rostro iluminado por el rojo del fuego.  

Después, sonrió.
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Re: [Social] La piedra del hogar [Privado; Hrist y Izaya Orihara]

Mensaje por Sindri el Lun Abr 16, 2018 6:05 pm

No sea boba, señorita Hrist. Los libros indecentes siempre son los primeros en salvarse, seguramente estén todos a centenares de kilómetros de cualquier Emergido en estos instantes. – compendios de artes amatorias, guías de viajes que destacaban lugares poco castos en todas las grandes ciudades de Elibe y novelas escritas por alguien que no sería aceptado en ningún baile de salón aristocrático durante los próximos dos siglos. Obviamente todo el mundo sabía que la Gran Biblioteca de Ilia no tenía tales libros, por lo que la gente solía preguntar por los textos que la biblioteca no tenía, los bibliotecarios no buscaban para ellos y no eran devueltos en el tiempo y la forma correctos – Especialmente los que tienen ilustraciones. Le aseguro que ésos están a mejor recaudo que cualquier otra cosa en este mundo. Incluso las Armas Legendarias de Elibe están en lugares con menos protección. – al fin y al cabo, muy poca gente sabía leer y escribir, pero absolutamente todo el mundo podía mirar imágenes, así que tenían un público mucho más amplio. Por decirlo de alguna manera. Pero claro, recordamos que tales libros no existen en la Gran Biblioteca de Ilia… pero de existir se encontrarían bajo cinco llaves en una zona secreta sólo conocida por los bibliotecarios más viejos y los más jóvenes que se equivocaron de camino e iban hacia las cocinas, en serio.

No tiene por qué, señorita Hrist. Que nosotros no les entendamos no quiere decir que ellos no nos entiendan a nosotros. Quizá sólo no tienen nada que decirnos. – bien era cierto que los Emergidos se comunicaban entre sí. Eso era un hecho. También era conocido por todos que por ahora ningún idioma se asemejaba al de los Emergidos. Eso era también un hecho. Pero nada indicaba que los Emergidos no entendieran al resto de… no Emergidos – De hecho, yo tuve el honor de hablar con unos Emergidos que no me atacaron y, de hecho, me ayudaron a luchar contra otros Emergidos. Se hacen entender y, con suficiente insistencia, uno puede hacerse entender también. – el viejo truco de “señalar insistentemente a algo y gritar como un descosido” era un lenguaje universal que rompía todas las barreras de comunicación como Logi rompería una silla si se posara en ella. Al final pudieron derrotar a los Emergidos malvados y los Emergidos buenos siguieron su camino como quién no quiere la cosa – Me interesaría conseguir en algún momento un libro de los Emergidos, aunque no pueda entenderlo. ¿Usarán nuestro alfabeto? ¿Acaso tendrán uno propio? En ese caso con un poco de investigación quizá podríamos comunicarnos con ellos. Quizá. Meras especulaciones. – se encogió de hombros tan bien como pudo mientras volaba en un lagarto sobredimensionado por el cielo de Ilia tras haber superado con éxito su misión

Con un sonido de exasperación señaló en la lontananza donde el color gris salía del suelo de manera ondeante con el brazo extendido, – ¿Necesita anteojos sujetados a las orejas? Uno de los bibliotecarios las usaba para ver de lejos, pero es que Desiderius tenía sesenta y pico años… – una vez pareció identificar de donde salía aquel humo e hizo virar la máquina voladora orgánica, la súper disciplinada y profesional mercenaria inquirió sobre si era algún tipo de pueblo. Seguramente quería pasarse por el tablón de misiones para ver si podía trabajar un poco más para rematar la jornada, no fueran a necesitar que alguien bajase un gato de un árbol o algo por el estilo – Sin un mapa no me veo capacitado para decirle qué hay más adelante. Ilia tiene una distribución bastante particular de los pueblos del mismo modo que un borracho tiene un modo de chocar muy particular con las mesas de la taberna.

Eventualmente llegaron a una especie de asentamiento que parecía, a todas luces, abandonado teniendo en cuenta el silencio sepulcral que sólo era roto por el crepitar de la marea de llamas en un edificio… y sólo un edificio. Bueno, quizá se extendía a los demás con un poco de suerte. Mala o buena, depende de cuánto se valore aquel pueblecito – ¿Un incendio? ¿En Ilia? ¿Qué es lo próximo? ¿Una sequía? ¿Una ola de calor? Acérquese, por favor, vale la pena investigar qué ha causado eso. – no podía haber sido un relámpago puesto que no había visto ninguna tormenta en el horizonte. Los Emergidos tampoco tienen especial interés en ir de pirómanos por la vida, por lo que no creía que hubieran sido ellos tampoco. No, ahí había gato encerrado.

Una vez el animalito aterrizó cerca del escenario, el bibliotecario se bajó de un salto y estiró un poco las piernas, algo que realmente necesitaba. Al parecer el enorme edificio que se quemaba fue algún tipo de mansión, teniendo en cuenta su forma y arquitectura, pero el Dark Sage tampoco quería aventurar mucho – Ah, parece ser que la vida de barbero paga bien, señorita Hrist. Dedíquese a eso si quiere ganar pasta gansa. – mencionó con una sonrisa mientras identificó una figura en la vereda, disfrutando del espectáculo como un aristócrata en la primera fila de la función. Había personas que no se olvidaban fácilmente aunque no supieras su nombre, e incluso desde atrás pudo reconocer casi con total y absoluta certeza el individuo en cuestión. Era el corte de pelo, seguramente. O tal vez la capucha. Esa capucha era muy inusual.

Se acercó quedamente a la persona que había ahí con la sutileza de alguien que no quiere interferir en la diversión ajena, pero una vez estuvo bien cerca no pudo contener el decir – ¿Sabe usted? Cuando en la Gran Biblioteca de Ilia le mencioné el dicho “Menos útil que una hoguera en una montaña de Ilia” no esperaba que tratase de comprobarlo por usted mismo. Es usted una caja de sorpresas. Ahuhuhu~
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Re: [Social] La piedra del hogar [Privado; Hrist y Izaya Orihara]

Mensaje por Hrist el Mar Abr 17, 2018 6:25 pm

Se le escapó un poco la risa ante la respuesta del ex-bibliotecario.

-Hahaha… Supongo que en todos lados pasa igual…

Obviamente, mucha gente pensaba que era infinitamente más importante un compendio de extrañas y anatómicamente imposibles posturas para la intimidad que un recetario de antídotos contra venenos raros, o que algún pesado libraco que narrase la historia del país desde que éste estaba formado por tres o cuatro tribus guerreras que resolvían sus diferencias a golpe de pedrada y de bailes en paños menores a la deidad de turno.
Se le aflojó aún un poco más la risa floja en cuanto Sindri añadió lo de “especialmente los que tienen ilustraciones”, que estaban “a mejor recaudo que cualquier otra cosa en este mundo”. Se imaginó a un emergido de alto rango, siniestro y solemne, escaneando con sus ojos iluminados como faros las páginas de algún libro escogido al azar, buscando información útil sobre esos estúpidos humanos: tácticas militares, si eran alérgicos al jengibre crudo, si les dolía si se les metía el dedo en el ojo… y en vez de ello encontraba una extraña y ultra-complicada recomendación orientada a optimizar el resultado de una velada subida de tono con algún amante. Se imaginó al emergido, con cara de póquer, mirando fijamente la ilustración y las posibles explicaciones, ladeando la cabeza (como Logi hacía a veces para escucharla) en un intento fútil de comprender la extraña lógica tras aquellos escritos humanos que poco parecían tener que ver con el arte de la guerra y la conquista bélica… para acto seguido cerrar el libro con un sonoro “¡PLAS!” y lanzarlo airado a la chimenea más cercana.

El joven de cabellos morados opinaba, al parecer, que quizás los emergidos sí entendían el lenguaje humano, pero que simplemente no tenían nada que decir. Eso hacía plausible la escena que había imaginado, del emergido lanzando el libro indecente a la chimenea. A lo mejor habían husmeado un libro de ésos, y se habían ofendido tanto que habían decidido que exterminar la raza humana era la mejor opción.

Dijo también que tuvo la ocasión de toparse con emergidos que no le atacaron de buenas a primeras.

-¿No le atacaron? –Preguntó, intentando figurarse la escena. –Vaya, eso sí es una novedad. Todos los emergidos con los que me he topado eran hostiles…  -También quería un libro de emergidos. Puestos a pedir… -Quizás algún cabecilla emergido lleve alguno encima, pero suelen estar rodeados de multitud de guardaespaldas, antes de llegar al cabecilla le pueden salir a uno canas…

Quizás los cabecillas llevaban manuales de artes amatorias emergidas. ¡De algún sitio tenía que salir tanto emergido!

-No, no necesito anteojos. –No estaba segura de si la llamaba cegata, o de si simplemente le preguntaba si tenía problemas de visión, sin malicia. –No estoy acostumbrada a viajar por lugares que están cubiertos por un manto de nieve tan extenso. Se me cansan los ojos de ver tanto blanco…

A medida que se acercaban volando sobre el wyvern, la columna de humo se iba haciendo cada vez más visible.

-Y cada borracho tiene su modo de chocar contra las mesas de la taberna…

A unos buenos cuantos metros de altura, poca cosa acertaba a ver la mercenaria aparte de nieve, nieve y más nieve. Y la sospechosa columna de humo.

-¿Tan descabellado es un incendio en Ilia? –Preguntó procurando no alzar mucho la voz. Aquel lugar no le daba buenas vibraciones, por más que Sindri amenizase el viaje con su inmejorable buen humor. –Claro, claro, allá vamos…

Una vez aterrizaron en la mullida nieve, Hrist concluyó que, definitivamente, aquello tenía que haber sido una especie de pueblo. “Haber sido”, porque tenía toda la pinta de estar abandonado. El extraño silencio que imperaba era interrumpido por el crujir de las pisadas en la nieve (especialmente las de Logi, que aplastaba la nieve a su paso como si nada), las intermitentes ráfagas de aire que aparecían aleatoriamente… y el lejano murmullo procedente de la columna de humo. Tras desmontar, siguió en silencio al dark sage, que parecía genuinamente cautivado por el misterio del edificio en llamas que empezaba a vislumbrarse a lo lejos, luminoso como un enorme farol en una noche sin luna.

-¿Usted cree? –Preguntó, disimulando su confusión. ¿A qué venía lo del barbero?

No se había planteado nunca el dedicarse a apañarle la pelambrera a la gente. Poco sabía de ello, dejando de lado el cortarse el flequillo y las puntas del pelo de tanto en tanto. Si fuese por ella, se imaginaría al muchacho con el pelo algo más corto… o quizás con un par de coletas atadas con lazos azules o turquesas. Pero no iba a ser ella quién se metiese con la estética del chaval, cada uno iba como le venía en gana.

Hrist siguió en silencio a Sindri, con Logi detrás, cuyos pasos pesados quedaban amortiguados y silenciados por la gruesa capa de nieve en el suelo. Ajustándose bien la capa, llevaba las riendas de Logi en las manos para asegurarse de que el animal no caía en la tentación de intentar escarbar en la nieve con las garras de las alas, o de revolcarse en la nieve.
Sindri empezó a caminar en silencio, y la jinete de wyvern se dio cuenta de que, unos metros más adelante, había alguien sentado ante el edificio en llamas. Estaba quieto, y por lo poco que atinaba a ver, parecía relajado. Al ver que el chico de cabellos violetas se le acercaba por detrás sigilosamente adrede, Hrist decidió parar silenciosamente a escasos metros para no fastidiarle el numerito a su compañero asaltante de bibliotecas ocupadas por emergidos. Con un suave gesto, se llevó un dedo a los labios a la vez que miraba al wyvern. Éste la entendió al momento y se quedó quieto y en silencio, observando atentamente.
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Re: [Social] La piedra del hogar [Privado; Hrist y Izaya Orihara]

Mensaje por Izaya Orihara el Mar Mayo 01, 2018 5:58 pm

Las llamas eran una fuente de calor que se agradecía en el poco amistoso tiempo de Ilia. No es como si Izaya tuviera frío, pues su abrigo era grueso y de buenísima calidad, hecho con piel oscura mientras los esponjosos bordes eran de un gris claro. Evitaba que el helado viento del país se le colase por las rendijas de las mangas. Además, llevaba guantes y botas altas, y él había nacido ahí, en medio de una terrible tormenta de nieve y hielo. Apenas había unos copos ligeros flotando en el aire, que una vez cerca del incendio se convertían en vapor. Aun así, la sensación cálida que acariciaba su rostro le resultaba reconfortante, como una misión cumplida. Al estar tan cerca del fuego podía oler con claridad la madera ardiendo, las cenizas que se alzaban en el aire como almas que ascendían al cielo. Poético, podría describirse. Y la figura negra de Izaya, recortada contra las lenguas rojas y amarillas y naranjas, era como la misma parca. El pensamiento le hizo sonreír aún más, con los labios apoyados contra la copa de plata.

Sin embargo, el sosiego del lugar pronto fue roto por un sonido que se le hizo audible incluso con el fuego crepitando en las cercanías. El estratega había crecido en esos parajes desérticos, conocía el ruido de la nieve al ser aplastada y podría reconocerlo aunque apenas fuera un murmullo en la lejanía. Pretendió no hacerle demasiado caso, su mirada aún fija al frente, pero alzó su vaso, cuyo material permitía el reflejo curveo de las cosas en él, y atestiguó lo que ya sabía: no estaba solo. Dos figuras humanoides y un dragón se le acercaban, un wyvern, lo más seguro. Puesto que no habían tratado de atacarle de inmediato, y no había sonido metálico de armas siendo desenvainadas como solía ocurrir cuando aparecían emergidos, seres ruidosos por naturaleza. Sus nuevos acompañantes, por el contrario, parecían más centrados en caminar en silencio. Sin sentirse demasiado impresionado, Izaya los observó en la refracción argéntea de la copa con una ceja alzada.

Cierto era que había investigado el lugar en busca de emergidos, pero no habría creído que aún había supervivientes por allí. Quizás se habían acercado al fuego en busca de atracar a la persona que se hubiera atrevido a iniciar una fogata en la que calentarse y en la que cocinar algo. Ilia era un país de mercenarios, tales actos no le eran desconocidos, aunque nunca los había sufrido en su persona. Como otras veces, se mentalizó para negociar con los posibles bandidos. No es que tuviera demasiados objetos de valor en su posesión en ese momento, sobre todo después de su accidentada estancia en Bern, pero los seres humanos eran capaces de matar por un grano de arroz, lo había visto cientos de veces. Prefería no perder un diente o una sola moneda de oro, puesto que pretendía dirigir sus pasos hacia Renais en los próximos días, y no pretendía viajar en tercera clase. Curioso, observó como una de las figuras se quedaba atrás, mientras que la otra era la única en aproximarse a él.

Su postura era relajada y tranquila, como quién está demasiado absorto en lo suyo como para darse cuenta de su alrededor, pero en su mano derecha sentía el peso de su daga. Que fuera a usar la vía diplomática primero no quería decir que fuera un ingenuo. Por el rabillo del ojo discernió un cuerpo familiar hacia el que giró el rostro con calma una vez reconoció el pelo morado y la voz. Oh, esa era una grata sorpresa. Debería haber supuesto que Sindri sobreviviría a la caída de Ilia, desde que le conoció le había parecido un hombre de bastantes recursos, y por lo que podía comprobar, el mago se había hecho fuerte en el tiempo que habían estado separados. Le miró de arriba abajo y le analizó sin pudor alguno. Contento con sus observaciones, le dedicó una sonrisa ladeada y alzó los brazos teatralmente. – También dijiste que es difícil que algo arda, pero me parece a mí que has subestimado las capacidades de la gente de Ilia. Cualquiera diría que no eres un bibliotecario de por aquí cerca, de alguna manera has tenido que sacarte las castañas del fuego para haber sobrevivido hasta ahora. entonces, deslizó su mirada hasta Hrist y le dedicó una sonrisa de oreja a oreja, encantadora. No necesitaba estudiarla para saber que ella era la jinete de wyvern, ama de la bestia que tenía al lado. Como casi todos los de su clase que se había encontrado en su camino, debía de ser una mercenaria, aunque no creía que fuera de Ilia, más común por sus pegasos. Si era de Bern, sería una coincidencia de lo más interesante. Espera que no estuviera allí para matarle.

Con el mismo tono juguetón, Izaya continuó: aunque lo cierto es que me alegro de que hayas encontrado a alguien que ponga la mano en el fuego por ti, tu mujer parece muy agradable y tu hijo es adorable. Felicidades. – Dicho en otras palabras, “tu mujer tiene pinta de poder pegarte una paliza con los ojos cerrados y su wyvern es una bestia pulgosa que prefiero que se mantenga lejos”. - No es por echar leña al fuego, pero los viejos bibliotecarios no te apreciaban lo suficiente, da gusto ver que el amor no ha sucumbido con los cambios en el país. – Suspiró y se levantó de un pequeño salto. Pero, ¿dónde están mis modales? Venid a disfrutar de mi hoguera, tengo alcohol de sobra, aunque me temo que tendremos que compartir copa o botella, lamentablemente el resto de vasos estaban ahí dentro. – señaló con el dedo pulgar a la mansión, que poco a poco iba consumiéndose. Pronto se derrumbaría sobre sí misma.
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Re: [Social] La piedra del hogar [Privado; Hrist y Izaya Orihara]

Mensaje por Sindri el Vie Mayo 11, 2018 4:27 pm

Sindri echó la cabeza atrás y comenzó a reír de manera cristalina, dejando que su risa retumbara por la gélida zona sin temor alguno. La condensación del aire hacía que el bibliotecario creara pequeñas nubecitas de vapor al continuar con su risa, pero… ¿Quién podía culparle? Era el primer atisbo vivo de Ilia que veía desde su destrucción y, además, le traía chistes y palabras punzantes. Ya se sentía como en casa, si es que pudo llamar este lugar tal cosa en el pasado. Hasta el momento todo había sido silencio, ruinas y recuerdos de lo que una vez fue y ahora no es, pero aquel encuentro había hecho maravillas con su humor. Por no hablar de lo calentito que se estaba tan cerca del edificio que seguía quemándose, completamente impertérrito en relación a los nuevos visitantes.

Una vez se hubo serenado un poco, el antiguo bibliotecario respiró hondo unas pocas veces y carraspeó sonoramente antes de decir con una voz llena de ánimo y una sonrisa radiante – ¡Qué juegos de palabras tan malos! Casi parecen míos. Casi. Pero le falta la pizca de mala calidad que separa los amateurs de los verdaderos maestros en este arte. – y es que el muchacho era capaz de hacer callar conversaciones ajenas en la taberna con un chiste malo bien lanzado. Incluso los borrachos salían de su estupor momentáneo para dedicarle un gruñido o una mala mirada, tal era su nivel en aquella disciplina. Eso no le hacía especialmente popular en las fiestas o, más bien, lo hacía demasiado popular en maneras que nadie quería serlo – No me malinterprete. Si hay alguien capaz de conseguir incendiar algo en un lugar con nieve perpetua, ese alguien debe ser por fuerza habitante de Ilia. Una lástima que la piromanía no sea una ocupación muy extendida (o apreciada) por otros lares. – aguantó el escrutinio del hombre con tranquilidad y parsimonia, puesto que ello le brindó una oportunidad de oro para devolverle el favor. El hombre seguía llevando aquel atuendo tan extraño bicolor que, si bien parecía extremadamente mullido, dejaba mucho que desear en el apartado del estilo y la distinción. Pero parecía sano y saludable, lo que ya era mucho decir en un país repleto a rebosar de Emergidos.

El seguidor de la Oscuridad se giró entonces ciento ochenta grados e hizo aspavientos a la mercenaria que se había quedado atrás con su pequeña y nada aparatosa mascotita, como queriendo atraer su atención. Habían hecho un trabajo encomiable con el sigilo teniendo en cuenta las circunstancias concretas, por lo que merecían con creces el calor de tan singular hoguera – ¡No hay nada que temer aquí, puede acercarse! Decir que estamos en “compañía amiga” quizá es tomarse demasiadas familiaridades, pero al menos dudo que intente atacarnos sin razón alguna. – una duda razonable en estos tiempos que corren puesto que Sindri había visto en el pasado lo que era capaz de hacer con un cuchillito. Pero esperaba a su vez que lo que el misterioso habitante de Ilia hubiera visto sobre su Magia Arcana sirviera para que, al menos, se lo pensara dos veces antes de atacar.

Atacar con sus armas, claro, no con su lengua… que parecía tan afilada como de costumbre.

Sin embargo alguno este tipo de situaciones eran las predilectas del taumaturgo, quién todavía de espaldas saboreó el momento como una exquisitez que hacía años que no probaba. Con parsimonia puso los brazos en jarras y volvió a dar media vuelta par así quedar de cara al hombre – ¡Precisamente! La cosita marrón de ahí es la razón de nuestra visita. – con una sonrisita ladina cambió de posición y juntó sus manos detrás de él, ocultándolas a la vista del deslenguado. Tras bambolearse un poco adelante y atrás siguió con su comentario – Cuando la señorita y yo adoptamos al pequeñín… – lo que técnicamente no era mentira ya que él lo había adoptado en calidad de “Comedor Oficial de Galletas” más que de “montura” o “compañero”. Sin el permiso de la mercenaria, claro – … tuvimos que pensar un nombre. Y yo dije: “Pues sí, tiene la boca muy grande, los ojos saltones, mal aliento y un cutis peculiar. ¡Conocí a alguien así en Ilia!”. Por ese motivo decidimos emprender el viaje hasta este páramo helado: para encontrarle a usted, preguntarle su nombre y dárselo al wyvercín. ¡Fíjese bien! ¡Si son dos gotas de agua! – movió las manos tras de sí durante todo el discursito de forma sigilosa, mostrando a la mercenaria Hrist el signo universal de “sígame la corriente, por favor”. Esperaba que no se lo tomara demasiado literal y comenzara a buscar el río más cercano – ¡Con perdón, eh! – añadió como si se hubiera olvidado hasta ahora. Pero esa última expresión no la había dedicado al barbero de Ilia, puesto que había girado la cara un momento hacia atrás. Pero tampoco se lo había dedicado a la jinete de wyvern, no. Se estaba disculpando con el animalito marrón.

La pregunta sobre la vida amorosa de los presentes hizo reflexionar unos instantes al Dark Sage, que se quedó mustio y pensativo. La mercenaria no le daba la impresión de ser alguien que buscara una relación sentimental, con lo profesional que era seguro que soltaba perlitas como “el amor es una debilidad” o “las relaciones son sólo una distracción para mi trabajo”. Imaginar una Hrist acaramelada o intentando seducir a un potencial buen partido se le antojaba igual que idear triángulos de cuatro lados o ángulos en un círculo. El chico de la boquita de piñón, en cambio, seguramente podría volver loquitas a las chicas de cualquier aldea susurrando naderías dulces. Pero viendo el veneno en el que solía empapar una palabra de cada tres, Sindri no era capaz de imaginarse a este andoba en una relación seria que durase más de… oh, digamos dos minutos y medio contados con un reloj de arena roto. Sindri era Sindri y, por lo tanto, no había mucho que decir ahí. Era más probable que los Emergidos se rindieran y se marcharan por voluntad propia que Sindri tuviera suerte en el amor.

Seguramente de entre los cuatro que estaban ahí el que tenía más posibilidades de sentar la cabeza era el wyvern.  

¡Al fin la invitación que estaba esperando! Elijo la botella, claro, el anfitrión siempre debe tener la mejor copa de la casa… aunque esté en llamas. Ahuhuhu~ – volvió a hacer el mismo gesto con el brazo que antes a la jinete de wyvern y a su montura para que se acercasen, por si acaso no había quedado claro antes – ¡Ven aquí, bichín! ¡Tu futuro tocayo te espera! ¡Ven, ven, que seguro que tiene alguna galletita que darte!
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Re: [Social] La piedra del hogar [Privado; Hrist y Izaya Orihara]

Mensaje por Hrist el Lun Mayo 14, 2018 11:53 am

Sindri se acercó silenciosamente al individuo, que en ese momento, alzó algo brillante con una de las manos. La jinete de wyvern estuvo a punto de echar a correr hacia Sindri y echarlo al suelo para cubrirle de lo que le había parecido que era un arma arrojadiza. Pero un somero examen visual a distancia le hizo descartar que se tratase de nada parecido. Era algo redondo… Una copa o un cáliz, parecía. Tampoco eso la dejaba más tranquila… Estaban ante un extraño al que, por casualidades que a ella le parecieron de todo menos casuales, le había dado por alzar un cáliz… Así, sin más. ¿Qué pretendía con ello?
Dirigió su mirada hacia el imponente infierno que en aquellos momentos era la construcción (o más bien los restos de ésta) que había ante la misteriosa figura. ¿Acaso estaba contemplando cómo ardía? A lo mejor era el pasatiempo oficial de las gentes de Ilia. Hrist prefería pensar que era eso. El resto de alternativas le parecían demasiado siniestras como para profundizar en ellas a aquéllas horas del anochecer.  

No las tenía todas, pero si el joven ex bibliotecario se acercaba con tanta naturalidad, sería porque sabía lo que hacía. O porque sabía a quién se acercaba. Su mano asió con fuerza el mango de su hacha larga, cuya afilada hoja asomaba por los bajos de la capa. ¿Por qué tenía la sensación de que había peligro? Aparentemente estaban solos. Únicamente ella, Logi, Sindri, y la enigmática figura ante una hoguera de más de tres metros de altura. Logi también debía de oler esa inexplicable tensión en el aire. Tensión que sólo debían de percibir ella y el wyvern, a juzgar por la tranquilidad con la que el hechicero andaba sobre la nieve, despreocupado de todo lo que le rodeaba.

Dijo algo de una hoguera en Ilia, pero la mercenaria no llegó a pillar el chiste que había detrás. Sindri sí lo debió entender. Esas carcajadas tenían que ser producto de la gracia oculta de un juego de palabras que sólo entendía alguien metido en el gremio de turno. Se mantuvo inmóvil y en silencio ante la cascada de chistes malos y juegos de palabras carentes de cualquier intención ulterior que siguieron después. Respiró hondo, y contó mentalmente para armarse de paciencia.

“Sacarte las castañas del fuego”.

Uno, dos, tres…

“Poner la mano en el fuego”.

Cuatro, cinco, seis, siete…

“Echar leña al fuego”.

Ocho, nueve, diez…

Por el escote divino de Anankos… En Ilia la gente tenía una relación harto peculiar con el fuego. Seguro que hasta alguna sopa o cocido tenía algo de “fuego” colado en el nombre. Lo que ya fue la gota que colmó el vaso fue el histriónico recibimiento que le dio a Sindri, recreándose en el abrir de brazos para soltar sus frases.
Cualquier otra persona lo habría encontrado divertido. Incluso entrañable. Pero a ella le heló la sangre. Como aquella vez en la taberna, en los Acantilados Poblados de Nohr. La gente tan exagerada y teatral… una de dos: o realmente eran así de expresivos… o intentaban esconder algo. No le conocía absolutamente de nada, pero había algo en su figura, en sus gestos, en su mirada, que le daban mala espina… ¿Era maldad? ¿Condescendencia, quizás? Durante esos instantes en que respondió exageradamente a Sindri, cuál diva de la ciudad de Cyrkensia, Hrist lo examinó de cabo a rabo. Abrigo con armiño, pantalones y botas. No parecía llevar ningún arma a la vista. Aunque ello no significaba que no pudiese llevar ninguna escondida. No podía bajar la guardia.

Entre medio, el joven la miró y le sonrió. Por inercia, le respondió con una modesta sonrisa, ni por asomo de oreja a oreja. Le hubiese respondido con gélida cara de póquer si hubiese dicho antes lo de “tu mujer parece muy agradable y tu hijo es adorable”. Especialmente el “Felicidades”. Bonita forma de ir haciendo amigos. No estaba segura de si la estaba llamando fea o poco femenina (cosa que le traía sin cuidado) pero de lo que no le cabía duda era que no estaba diciendo nada bueno de Logi. Éste empezó a gruñir por lo bajo. Hrist le acarició el cuello para calmarlo. Unos golpecitos suaves y cariñosos, y el wyvern dejó de hacer vibrar la garganta con descontento, recuperando de nuevo el buen humor. Menudo elemento tenían delante. Siguió escuchando, en silencio, con la cara más neutra posible.

“Ah, que la casa en llamas debe de ser suya”, dedujo la mercenaria. ¡¿Qué clase de persona contemplaba con satisfacción cómo su propia casa ardía hasta los cimientos?! ¡Por Anankos!... ¡¿Qué le pasaba a la gente de Ilia?! “Mi hoguera”… ¡¿Es que le había calado fuego él mismo?!

En ese instante, Sindri le hizo señas a Hrist y Logi para que se acercasen. “¡No hay nada que temer aquí!”.

-Oh, gracias. Me quedo mucho más tranquila. –repuso tranquilamente mientras se acercaba al hechicero, con su mejor sonrisa en los labios, aguantando estoicamente el numerito de ambos.  

“Al menos dudo que intente atacarnos sin razón alguna”… A menos que quisiera que un wyvern le arrancase la cabeza. Su compañero de viaje podía decir misa, ella no perdía de vista los movimientos del desconocido y de su lengua viperina. Igual que vio fugazmente las disimuladas señas que le hizo Sindri.
Aunque a esas alturas ya no sabía quién de los dos tenía la lengua más afilada …

-Clavaditos… -asintió con la cabeza y con voz melosa, como una madre orgullosa contemplando el adorable rostro de su retoño, con los ojos acuosos y sujetando la cabeza del wyvern para que la mirase a ella. –¡Si es que los miro a ambos y no sé distinguirlos! –se exclamó, con una mezcla de emoción y ternura en la sonrisa, dirigiendo la palma de la mano de uno a otro, señalando la evidencia mientras se mordía tímidamente el labio inferior.  

Logi, con la afilada mirada clavada en éste último pese a tener la cara en manos de Hrist, la miró unos instantes, y cuando ésta acabó de hablarle, volvió a mirarlo de reojo. La mercenaria le acarició el morro afectuosamente para calmarlo, puesto que notaba la desconfianza en aquéllos ojos de reptil que llevaban ya siete años junto a ella. El animal respondió con un bufido brusco a la disculpa del mozo de pelambrera morada, y siguió observando al otro amante de los chistes malos. Tuvo que darle un suave toque de riendas para hacerle avanzar junto a ella, acercándose al calor de tan “peculiar” hoguera.  

-¿Has oído eso, buñuelito mío? –la jinete de wyvern se refirió al muy evidentemente inocuo comentario de Sindri, por descontado carente de cualquier segunda intención. -¡Galletitas! –añadió, dando palmaditas y dando saltitos como una niña pequeña emocionada, con una inocente sonrisa de oreja a oreja. Lo único que hacía sincera dicha sonrisa era el hecho de que iba dirigida a Logi. –¡Vamos, ya has oído a papá!

Y señaló con una mano servicial al desconocido con abrigo, como indicándole el camino al animal. Logi captó al momento las indicaciones. Dio un perezoso ronquido, y fue hacia el conocido de Sindri, su “futuro tocayo”, aplastando la nieve bajo su peso, y alargando el morro hacia él para olisquearlo y escanearlo con el olfato, los ojos abiertos como platos sin perder detalle alguno de nada. Acercándosele inexorablemente.
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Re: [Social] La piedra del hogar [Privado; Hrist y Izaya Orihara]

Mensaje por Izaya Orihara el Jue Jul 05, 2018 10:04 am

Izaya estaba en su entorno natural, como un pájaro en el aire, o un tiburón en el mar. No dudaba en sus movimientos, no temblaba con el aire frío que rondaba por Ilia, ni parecía inmutarse por los copos de nieve helados que después se transformaban en agua al pasar frente a la hoguera y que le empapaban el cabello oscuro. Era una figura imperturbable y observadora, como el pico negro de una montaña que sobresale entre la nieve y que sobrevive al paso de las tormentas y los eternos vientos invernales. La gente de Ilia debía ser así para sobrevivir en un entorno tan hostil. Si no tenías la suerte de nacer con músculos y una altura imponente, tu único solución era buscar otras maneras de sacarte utilidad a ti mismo. A veces era mediante amistades peligrosas, como el típico flacucho que siempre va pegado a un mercenario grande y fuerte, y otras veces era mediante el ingenio. Izaya, siendo incapaz de lograr un término medio, se había pasado toda su vida luchando por ser el más inteligente, el que siempre tenía un paso por delante. Al fin y al cabo, para una persona como él, esa era la única manera en la que podían sobrevivir en un mundo hostil y duro con aquellos que no habían nacido nobles, o que no sobresalían por sus dotes militares.

Pero el estratega no lloraba su destino. Oh no. Todo lo que había logrado en su vida había sido gracias a sí mismo, y por eso no solo se sentía el mejor, sino que creía realmente que lo era. Sonrió primero al mago con cierta condescendencia. Por supuesto que los juegos de palabra eran malos, pero no tan malos que lo hicieran calificar como una persona estúpida, al menos. Tenía calidad porque todo lo que él hacía la tenía. No dejaba de ser un profesional casado con su trabajo que, al mismo tiempo, era un método de vida. ¿Deja un jinete de wyvern de serlo cuando desmonta de su lagarto? Claro que no. Un informante era igual, aunque con mucha más clase y elegancia. Aunque debía admitir que la extranjera era mucho más tranquila que muchos otros colegas de profesión. No muchas personas podían aguantar el tipo con tanta parsimonia como ella cuando Izaya estaba empeñado en comportarse con la extravagancia que estaba demostrando. Le gustaba provocar, los juegos de palabras, y el peligro que había en meter el dedo en el ojo ajeno. No podía evitar llevar a los desconocidos hasta el límite, ver qué eran capaces de hacer cuando perdían el temple. Por ahora, la jinete lo estaba haciendo muy bien y algo de respeto se había ganado.  

Sindri, por su parte, ya era desde hacía mucho uno de los humanos predilectos de Izaya. Pocos eran los que tenían la capacidad de contestar a sus comentarios mordaces y venenosos, así que Izaya apreciaba un buen espectáculo que casi podía rivalizar con el suyo. Le cedió la botella sin problema y acompañó el gesto con un guiño de ojos rojizos. Si el informante hubiera sido una persona con un ego mucho inferior, podría haberse sentido ofendido e incluso vulnerable por la comparación de fealdad con un wyvern, pero a él le daba igual lo que el mago dijera de su apariencia. Era obvio que el más atractivo de la comitiva era él mismo, así que aquellos comentarios no hicieron más que entrar por un oído y salir por el otro como si fueran ruido de fondo. Aun así, la oportunidad de devolverla era demasiado grande. Se rio e hizo un movimiento de mano como restándole importancia. - ¿Mi propio nombre? ¡Tal honor no se merece! – exclamó y se llevó una mano enguantada al corazón.

Estaba seguro de haberse presentado a Sindri la última vez, al fin y al cabo le gustaba hacerse conocer cuando lo juzgaba oportuno y no quería dejar pasar la oportunidad de fardar de fama frente al que, al principio, había juzgado como un bibliotecario de poca monta. Ahora también pensaba que lo era, pero con ciertas habilidades de las artes arcanas que era mejor no provocar del todo (un poco estaba bien). La pregunta era, ¿cómo se había fortalecido en un tiempo tan corto? Entrecerró los ojos y sonrió. Bueno, si el mago oscuro no se acordaba de su nombre, eso quería decir que tenía libertad artística para inventarse uno que fuera original. Carraspeó e hizo una reverencia teatral. - Me llamo Benito Camelas. Un placer. – habló tranquilo, como si el nombre insultante y provocador fuera algo normal e inocente. Observó al wyvern acercarse de forma inexorable pero no se movió del lugar, sino que le recibió con los brazos extendidos y una sonrisa cortante de oreja a oreja. Odiaba a todos los bichos de esa clase. Los únicos seres vivientes que merecían su tiempo eran los gatos (elegancia, agilidad e independencia), los cuervos (inteligencia, ambición y adaptabilidad) y, por supuesto, los seres humanos (su gran obsesión).

Los demás animales, insectos, subhumanos, wyverns, y un largo etcétera no le producían el más mínimo interés. ¿Qué capacidad de evolución demostraban? ¡Ninguna! Eran seres predecibles, bestias sin ingenio ni capacidad resolutiva, y por tanto no merecían su atención más de cinco minutos. Sin embargo, no podía dar su brazo a torcer en el asunto, por mucho que detestara que la alimaña masiva le olisquease. No iba a encontrar ningún tipo de comida en él, aunque eso no quería decir que no llevara cosas interesantes encima. – Cuidadito, Benito, no vayas a encontrar algo que no quieras llevarte a las fauces. – dijo en una risa suave y de una forma tan dulce que la amenaza implícita se volvía algo explícito. No sería culpa suya si el animal terminaba chupando un frasco con veneno algo así. Con la paciencia de alguien que no había roto un plato en su vida, se mantuvo imperturbable ante el escaneo olfativo. Lo único que le podría dar que pudiera ser ingerido era el alcohol de la copa que mantenía bien alejada. – Lo lamento, me parece que te han engañado, a no ser que se refirieran a mí con lo de “galletita”. No sería la primera vez que me comparan con algún dulce comestible.

Y porque Izaya era Izaya, hizo un movimiento de pestañas arriba y abajo en dirección a la jinete y al mago como si quisiera seducir a ambos. Que padres tan malos, Benito Camelas. Muy, muy malos. Engañándote así. Te prometo que yo, como tu tocayo, nunca te mentiré. – mintió de forma descarada y, como si tuviera algún deseo de morir, le dio un ligero golpe en la nariz al wyvern, como quién tiene un gesto cariñoso con un niño pequeño, y dijo con emoción: ¡Boop!
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Re: [Social] La piedra del hogar [Privado; Hrist y Izaya Orihara]

Mensaje por Sindri el Lun Jul 09, 2018 7:25 pm

Sindri asió con una sonrisa la ligera botella que le tendía el hombre y la levantó un poco para verla mejor a la luz de las llamas. Estaba vacía. Completamente vacía. No quedaban siquiera las gotas que algún borracho trataría desesperadamente de hacer caer. No pudo sino reír ante tal revelación, lanzando la botella un poco al aire y cogiéndola por el cuello en su apogeo de manera juguetona. Obviamente que le había tendido el inservible pedazo de vidrio sin problemas, lo único que quedaba en él era el recuerdo y el olor especiado de algún tipo de licor o aguardiente. Alcohol bastante potente, seguramente. No tanto como el raki que probó en Sacae, de eso estaba igualmente seguro. Observó con detenimiento la factura de la botella y sopesó las ventajas e inconvenientes de trazar una maldición para rellenar la botella con algún tipo de bebida… pero eso implicaba esfuerzo por lo que Sindri se convenció que ya podría remojar el gaznate en otro momento. De todos modos, ahora tenía un algo que lanzar a la cabeza del bromista borrachín de ser necesario, por lo que a su ver el que había salido ganando con el intercambio era él.

El comentario sobre su belleza parecía no haberle hecho mella al hombre, lo que indicó al hechicero que quizá ya se había convencido de su lugar en el mundo como alguien no especialmente agraciado. Un nivel de autoconocimiento y autoaceptación que sorprendió un poco al Hechicero – Encantado de conocerle, señor Talhonor no Semerece. – mencionó Sindri con un tono entretenido de voz mientras se dirigía hacia la mercenaria botella en mano, dejando que el vidrio arrancara destellos en la nieve gracias a la luz de las llamas – Nombre extranjero, presumo. Suena un poco hoshidano, la verdad, pero no soy nadie para ir juzgando las decisiones ajenas. – miraba mientras decía eso a la mujer, como queriendo hacerle partícipe de la broma. Le mostró la botella y la zarandeó un poco, mostrándole cuán tacaño era el anfitrión que ni podría proveer refrigerios para sus invitados – ¿Le parece que acortemos ese nombre un poquitín para el wyvern? Talhonor creo que suena bastante melodioso si lo dice un poco con acento. Talhonor. Tal-honor. Tal-honor. – pronunció de manera diferente cada iteración del nombre, como tratando de darle un origen distinto. Un nombre típico de Sacae, honorable e imponente. Luego un nombre más melodioso, como los que había oído en algunas partes de Tellius. Sin olvidar aquel poderío y fuerza de los nombres con los que los pocos Laguz que había conocido – ¿Qué le parece a usted? ¿Le convence el nombre para nuestro amigo escamado? ¿O seguimos buscando? – a fin de cuentas, el wyvern le pertenecía a ella, por lo que era la comedida mercenaria la que tenía la última palabra sobre esto. Una mujer que no parecía muy entusiasmada con el típico sentido de humor de Ilia, todo sea dicho de paso.

Pero entonces, inesperadamente, el cuchillero hizo un amago de humor que cayó bien en Sindri, quien no pudo sino arquearse para soltar una carcajada risueña y cristalina. Podía ser un chiste más viejo que él y, posiblemente, más antiguo que la casa que se estaba quemando, pero era un humor tan básico y tan… de Ilia que resonó en él con fuerza – ¡Ahahahahahaha! – se dobló hacia adelante mientras seguía riendo y movió los brazos un poco, casi haciendo un ademán de apoyarse en el hombro de la mujer para seguir riendo. Pero no lo hizo, claro. Había pasado veintiún años con aquella mano y le había cogido mucho cariño, por lo que no quería verla rota en el futuro cercano – Oh, sí, claro, claro. ¿Y cómo se llamaba la otra gente de esta aldea? ¿El arquitecto se llamaba Armando Casas? – mencionó una vez pudo recomponerse del hartón de reír, incorporándose poco a poco con bastante esfuerzo– ¿Y su esposa se llamaba Consuelo Contecho? ¿El comandante de la guardia era su tocayo Armando Bronca? ¿El cocinero de la posada se llamaba Aitor Tilla? ¿El cegato Casimiro Noteveo? ¿La curandera Ana Tomía? ¿El borracho Hal Colico? ¿El alquimista Alex Plosivo? – sacudió la cabeza levemente mientras le dirigía una mirada a la jinete de wyvern que decía más o menos “así es el humor de Ilia, más te vale prepararte… así de malo, quiero decir”.

El wyvern, alentado por su ama, se acercó a olisquear el delgado pelinegro todavía sentado. Se mostraba extrañamente desafiante teniendo en cuenta que el animalito podía arrearle tal mordisco que haría el arte de jugar con cuchillos extremadamente difícil de ahora en adelante. Oh, bueno, el mundo estaba lleno de gente sin apego para con sus brazos y piernas… – Me alegro de ver que usted es suficientemente inteligente para no amenazar a este… “buñuelito” y comportarse dócil y amigablemente. Una mole de músculo, escamas y dientes a medio tiro de piedra de su cabeza que requeriría de un tonel entero de cualquier sustancia nociva para mostrar el más mínimo dolor de tripita, desearía añadir. ¿A que son interesantes las trivialidades sobre los wyvern que no vienen a cuento en absoluto? – dijo con una sonrisita mientras escudriñaba con interés la interacción entre el reptil y el humano, algo que sin duda le daría nueva información sobre aquel hombre que un día apareció en la Gran Biblioteca de Ilia y se dedicó a acabar con Emergidos como si fuera lo más habitual del mundo – ¡Seguro que sí! Concretamente con una de esas galletas de esparto que te regalan con la cerveza en algunas tabernas de mala muerte. Ya sabe, por si algún infeliz despistado le da un mordisco a ese corcho horneado y tiene que pedir otra bebida para tragárselo, ¿verdad? – y, tras estas palabras, soltó una queda risita que ocultó con su mano enguantada. No se imaginaba qué tipo de persona disfrutaba siendo comparada con un dulce o algo horneado… de hecho sabía de buena tinta que las Magas de Ánima no disfrutaban siendo comparadas con croissants.

Creo que, viendo el nombre que escogieron sus padres para usted, no está en posición de llamarnos “malos” a nosotros bajo ningún concepto. – uy, qué caída de pestañas más… no tenía ninguna palabra para describirla, salvo que no casaba con la situación. Ni con los que tenían que recibirla. Quizá si se la dedicara sólo a Hrist tendría un pase, pero… ¿A él también? No, no, no, él tenía que ser un desafortunado interceptor de la miradita que le estaba dedicando a la jinete de wyvern. Estaban los dos uno al lado del otro, por lo que tampoco tenía muchos medios, simplemente había ido en su dirección general sin poderlo evitar por ningún modo humano. Un error, una falta de cálculo o un accidente que no pudo remediarse a tiempo. Claro, claro – Y, hablando de todo un poco… – apuntó Sindri tras carraspear un poco, como tratando de reconducir un poco el tema puesto que había algo que todavía le rondaba la cabeza.

¿Qué estaba sucediendo ahí, exactamente? Tenía que haber una razón por la que esa casa, y sólo ese edificio de entre todos, estuviera ardiendo. El hombre había dicho que era “su hoguera”, pero no había indicado que la casa fuera suya, precisamente. También podía estar mintiendo descaradamente y, simplemente, haber encontrado el hogar ardiente. En el medio de la nada. En Ilia, páramo nevado donde una mísera chispa ya era muy difícil de conseguir con yesca y pedernal – ¿A qué se debe la hoguerita? ¿Tenía frío y necesitaba una grande, grande? No sé yo si en medio de la invasión de los Emergidos es un buen momento para remodelar la arquitectura típica de Ilia… – no sabía exactamente qué respuesta obtendría, pero ahí estaba la gracia de preguntarlo. Y, viendo qué nombre había decidido darse el pelinegro, seguro que esa contestación tendría su gracia.
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Re: [Social] La piedra del hogar [Privado; Hrist y Izaya Orihara]

Mensaje por Hrist el Dom Jul 22, 2018 9:48 am

El individuo dirigió una sonrisa condescendiente a Sindri. Desde su postura hasta el repelente tono de aspirante a diva que se gastaba, todo su ser parecía estar hambriento de atención. O por lo menos, eso parecía querer venderle al resto del mundo. Aunque también cabía la posibilidad de que se hubiese retado a sí mismo, para ver a cuánta gente podía caerle mal en un límite establecido de tiempo.
Al ver que se llevaba la mano al corazón (aunque Hrist dudaba que el chico tuviese ningún músculo que bombease la sangre dentro de la caja torácica), por unos instantes creyó que la mano se le hundiría en el pecho y que de ahí sacaría una manzana podrida.  En vez de eso, hizo una recargada reverencia, que Hrist aprovechó para intentar discernir si dentro del abrigo asomaba algo que pudiese asemejarse a un arma. Pero no hubo suerte. No atinó a descubrir nada en el poco de apertura del abrigo. Mientras dividía su atención en escudriñarle más y en vigilar que no intentase nada raro, le llegó al oído la siguiente de sus sandeces. Hrist respiró hondo internamente. Contó hasta tres para sus adentros.

-Encantada, Señor… -Estuvo a punto de decir “Señor Camelas”, pero la propuesta de Sindri sonaba mucho más elegante. -Talhonor. –respondió finalmente, tan casual y dulcemente como pudo, lidiando por mantener la sonrisa en su cara de póquer.
   
No, si encima se creía gracioso. Y de hecho, envidiaba un poco la capacidad de Sindri para partirse de la risa con algo así. Hrist estaba convencida de que no había en el mundo padres lo suficientemente estúpidos para llamar a su hijo “Benito” si el apellido era “Camelas”. Durante los instantes en que Logi se le acercó a olisquearlo, Hrist visualizó mentalmente al “Señor Camelas” hecho un guiñapo en el frío suelo de las mazmorras de alguna ciudad, por haberse pasado de listo con quién no debía. Si aún no le había pasado, poco le debía faltar para ello.

-Talhonor… -repitió, obligándose a mantener su más dulce sonrisa hacia Sindri, observando la botella, y cayendo en el detalle de que estaba vacía. Detalle cuya tenencia en cuenta le comunicó a Sindri con un leve arquear de cejas. –Suena melodioso, sí… me gusta.

Pero en cuanto oyó esa repulsiva risita con segundas, tuvo que dirigir su mirada de nuevo hacia ambos, y apresurarse hacia Logi con tal de alejarlo de aquel energúmeno. El wyvern le estaba gruñendo, y fuerte. Azotaba la cola en el aire, dando golpes bruscos en la mullida capa de nieve. Muy típico de la gente comodona que buscaba una mascota que les hiciese criado… tomarlos por tontos porque no les traían las zapatillas a la cama con el canto del gallo. Si hubiese querido llevarse algo a las fauces, no hubiese sido ninguna de las mierdas que pudiese llevar escondidas en ese condenado abrigo, precisamente. La gente estúpida era muy peligrosa, y no por sus actos en sí, sino por los daños colaterales de éstos. Y el “Señor Camelas” era claramente estúpido.

-Por favor, no olviden a Doña Tecla, la mujer del pianista. –Apuntó, como si hubiesen olvidado a alguien al pasar lista, canalizando la tensión acumulada en un comentario tan inocuo como falto de interés, con la única de intención de que Logi la oyese y desviase su atención de él. Pero fue en vano.  

Compararle con las galletas de esparto que mencionó Sindri era, en opinión de Hrist, faltarle el respeto al colectivo de los dulces de repostería. El amor de una madre podía ser inmenso, pero hasta con él debía de tener límites.  

Se les aproximó con las largas gambadas que sus piernas le permitían, pero sin cambiar la expresión de su rostro. No había por qué ponerse hostil… todavía. Pero la lengua viperina del individuo iba más rápida que los pies de ella. Aún se atrevía hacer una… ¿Qué demonios era aquello? ¿Le había entrado algo en los ojos? Ah... Una caída de párpados... ¿La tomaba por idiota? ¿Por una fulana fácil? ¿De veras le había funcionado con alguien eso? Fingió no ver la fatídica caída de pestañas, y llegó justo a tiempo de coger las riendas del morro de Logi y apartarlo con decisión, con lo cual, el mordisco de éste se cerró en el aire con un ruido brusco y sordo, ya lejos del individuo. Tocarle, literalmente, las narices a un wyvern que gruñía y enseñaba los dientes era pedir a gritos que le arrancase la cabeza de cuajo.  

-Ya está, ya está… -le susurró con dulzura a Logi, que la seguía dando bandazos con la cola, que levantaba la nieve a su paso. Le acarició el morro un buen rato en un intento de apaciguarlo. Respiró hondo, de nuevo, al oírle decir que “como su tocayo, nunca le mentiría”. No le mentiría, y de momento ya iba diciendo que se llamaba como el protagonista de vete a saber qué historias soeces no aptas para niños.

“No sé yo qué padres han sido más malos… o más desgraciados”, pensó mientras ponía los ojos en blanco, cuando ya estaba de espaldas de él y a suficiente distancia de nuevo para que no pudiese verle aún la cara, junto a Sindri. Tenerle de hijo tenía que ser un siniestro equiparable al asedio de los emergidos. No es que el “Señor Camelas” fuese estúpido. Es que era de esos gilipollas que necesitaban vivir al límite, caminando descalzos y con los pies mojados al filo de la navaja, aburridos de la vida y esperando el momento que iban a tener una muerte lenta y dolorosa. Si quería poner salsa en su insulsa vida a costa de otros, ya tardaba en buscarse el porvenir en otro lado.

Y así, mientras Sindri se interesaba por los orígenes de esa hoguera en absoluto provocada, Hrist se centró en Logi. Le dio unos golpecitos afectuosos en el cuello para hacer que la mirase. Cuando lo logró, le acarició con suavidad el hocico. Tardó unos buenos segundos, pero el wyvern empezó a sacudir con menos intensidad la cola, y a dejar de gruñir cada vez que el “Señor Camelas” abría la boca. Se dio el lujo de perderle de vista unos instantes y apreciar el sosiego que le producía interactuar con su montura. Quería disfrutar un poco más de ello antes de volver a la cruda realidad, a aquel intercambio de chistes malos y juegos de palabras mancos delante de una hoguera que claramente había sido un hogar horas antes. Iba a ser una espera larga y abrumadora, casi podía verlo.
¿Qué clase de explicación esperaba de alguien así? ¿Que era friolero? ¿Que su hermana pequeña se pasó de la raya al salpicarle de vino el armiño del abrigo y esa era su venganza? ¿Vio un bicho en la cocina y esa era la única manera de remediarlo? Sindri se lo tenía que estar pasando de muerte, era la única explicación plausible.
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Re: [Social] La piedra del hogar [Privado; Hrist y Izaya Orihara]

Mensaje por Izaya Orihara el Jue Ago 16, 2018 1:26 pm

Izaya hablaba mucho sobre querer mantener su pellejo intacto y sobre su deseo de vivir para siempre. Sin embargo, al mismo tiempo, una parte de él buscaba continuamente las emociones fuertes, la adrenalina de lo desconocido. Era parte del juego, ver hasta qué punto podía doblar a una persona hasta que esta se doblaba o respondía de vuelta. Porque eso era lo que la gente era para él: figuras en su tablón de ajedrez. No necesariamente peones, dependía de lo que significaras para el informante. Un rey en la vida real podía ser una torre, un soldado podía ser la reina, un campesino el caballo. Además, Izaya no se limitaba solo a las piezas del ajedrez, mezclaba con otros juegos de mesa que requirieran tablero como el shogi o las damas. Lamentablemente, el tablero físico había sido llevado a su nueva residencia en Pherae, cortesía de Lord Eliwood, pero eso no quería decir que en su mente no hubiera una propia partida siendo jugada. En cualquier momento se podían añadir nuevas piezas, nuevos personajes, o unos podían ser relegados a un rol que era anteriormente de otro. O podían salirse de las normas, como continuamente hacía el mismo Izaya.

No entraba en sus planes morir al ser devorado por un wyvern, pero no podía evitarlo. Además, lo había calculado a la perfección: darle en el hocico el golpe que lo hiciera estallar al momento exacto en el que su dueña estaba a un brazo de distancia. El estratega ni siquiera se apartó un ápice. Se quedó mirando ambos con una sonrisita socarrona mientras la mandíbula se cerraba a escasos milímetros de su nariz y el aliento hacia que el flequillo se le echara hacia atrás. No perdió la compostura ni ninguna parte del cuerpo, por lo que Izaya estaba más que satisfecho con la divertida situación. Habría tenido que hacer el pino puente hacia atrás si la jinete no hubiera llegado a su montura, pero por suerte eso no había sucedido. No habría querido mancharse las manos con la nieve derretida y barrosa del suelo. En cambio, con un gesto teatral y dramático, se giró hacia Sindri con toda su atención. Suspiró y exclamó: Los niños de hoy en día no saben comportarse. Creo que es algo generacional. La mía también trata de morder a los extraños, es un hábito que no ha podido sacarse desde que le salieran los dientes de leche. Aunque reconozco que tiene su utilidad cuando la panadera trata de cobrarnos de más.  

Habló tranquilo, como alguien que cuenta una anécdota a sus vecinos de toda la vida y no a dos extraños frente a una casa incendiada. Con la luminosidad del ambiente, producto de las llamas, no se le pasaron por alto las reacciones de ambos ante su caída de pestañas. La de la jinete era de esperarse. Izaya podía sentir su hostilidad y agresividad a una legua de distancia. Ese rodar de ojos le fue tan impresionante como una nevada en Ilia. En cambio la de Sindri fue algo inesperado. El informante bebió de su sorpresa como un hombre perdido en el desierto y se alimentó de su turbación como un tiburón que ha encontrado carne roja y sangrante en medio del océano. Los magos oscuros podían causar inquietud en sus aliados, pero él podía causar un fenómeno parecido con un simple gesto facial. Ese juego era incluso más peligroso que el de provocar a un wyvern, pues había visto de primera mano que el brujo tenía habilidad con las artes arcanas y de eso un humilde estratega tendría difícil recuperarse en caso de que le atacase. Al fin y al cabo, no todos los hombres se tomarían bien que una persona de su mismo género le lanzara miraditas. Era tabú en la mayoría de las sociedades y, sin embargo, ¿qué clase de sociedad podía tener un país caído?

Quizás, si Ilia continuaba por ese camino de destrucción, el país se hiciera una sociedad de emergidos como había escuchado que Phonenicis era. Eso sería de lo más interesante y algo para lo que Izaya ya se había preparado. Antes quemaría su hogar hasta los cimientos que dejar que algo suyo cayera en manos de otras personas. Aún no se sabían los motivos por los que los emergidos atacaban, y por eso el informante prefería dejar cuanto menos de su vida a su alcance. Si de repente decidían emplear los recursos de los demás, al menos Izaya descansaría tranquilo sabiendo que su casa había quedado reducida a cenizas. Era un hombre celoso de lo suyo. No compartía, y no cedía. Además, tenía razones personales para no querer volver a esa casa. Encontró las pesquisas de Sindri tiernas. ¿Creía acaso que un par de bromas mal hechas podrían hacer que el estratega confiara en él? Por supuesto que no. Solo había una sola persona en el mundo en quién Izaya se encomendaría y no estaba allí.

Lo único que podía hacer para saciar la curiosidad de los presentes era mentir. La verdad solo estaba destinada al mejor postor, y ninguno de los dos tendría el dinero suficiente como para costearse la realidad de la vida del informante. Les sonrió y señaló de forma despreocupada a la casa ardiendo. - ¿Esto? Me temo que es muy poco interesante. Estaba investigando quién quedaba vivo en el pueblo cuando me atacó un emergido, el único que he visto en estos lares. Era un mago de fuego. Una cosa llevó a la otra, y ahora la criatura arde bajo sus propios hechizos. La verdad es que es lo que podría calificarse como “justicia divina”. Al menos pude recuperar algo para beber antes de salir corriendo de dentro. Es increíble lo que puede consumir una buena hoguera incluso en medio de la nieve. – explicó tranquilo, con tantísima sinceridad que lo hacía ver como un mentiroso, que es lo que quería. Era su forma de avisar de que lo mejor era no preguntar, pues no les daría lo que deseaban.  

Continuó con tono amigable: Esta es mi última parada en Ilia antes de ir al extranjero definitivamente. Se ha vuelto muy inestable vivir aquí y mantener un negocio que no sea el de mercenario, ¿sabéis?. Es mejor para los hombres intelectuales como yo buscar un nuevo sitio donde asentarnos. Supongo que todos los viejos cuervos de la Gran Biblioteca hicieron lo mismo o murieron en el intento. La verdad es que no imaginaba que nadie siguiera vivo, aunque los magos negros sois otro asunto completamente diferente. Me alegro de que la chispa no se te haya apagado. – y volvió a dirigirle a Sindri una mirada de soslayo y un parpadeo suave de pestañas. ¿Se turbaría como la primera vez? – Aunque sí, reconozco que este fuego es como una diana. Quedé con la persona que me tendría que venir a recoger que me podría encontrar donde el humo se alzase, pero el mercenario aún no ha venido. Me temo que ha debido de planteárselo mejor o ha perdido la cabeza. suspiró de forma pesada, pero al segundo volvió a dedicarles una sonrisa que acompañó de una suave carcajada.  

- ¡Pero mi suerte sigue echada! ¿A dónde os dirigís? Puede que sea de nuestro interés común el viajar juntos. Y puesto que no deseo ser un aprovechado, ofrezco oro y compañía a cambio de transporte. – y dicho esto, mostró una de sus múltiples bolsas de cuero en la que podía escucharse el tintineo de las monedas. – Prometo ser buen compañero. Y, además, nadie conoce estas tierras como yo. – No tenía mucha necesidad de ir con ellos, pues la verdad es que había quedado al día siguiente con el mercenario, pero la idea de ir con el pequeño grupo le era más apetitosa. Y era de su sumo interés el ver cómo reaccionarían y contestarían a la proposición. Sindri casi seguro que estaría encantado, al menos parecía pasárselo bien con él y tenían un humor parecido. La decisión estaba en realidad sobre la jinete. Su primera impresión sería que se negaría, incluso a cambio de oro. Parecía tenerle ya un odio que rozaba el suyo por los perros. Pero, ¿dejaría a un pobre hombre morir en las estepas yermas de Ilia? Si no había dejado que su wyvern le devorase, eso quería decir que la mujer era moralmente correcta. Alguien tan delgado y poco pesado como Izaya no ocuparía apenas espacio en la bestia, así que esa excusa sería barata. ¿Qué decidirían hacer con él?
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Re: [Social] La piedra del hogar [Privado; Hrist y Izaya Orihara]

Mensaje por Sindri el Sáb Ago 18, 2018 2:30 pm

Es una verdad universalmente reconocida que un usuario de las artes mágicas debe ser subestimado por aquellos que no lo son.

Era una de esas Leyes del Universo, al parecer, como la Regla de los tres: todo tiende a suceder tres veces, o todo está compuesto de tres partes, o siempre hay tres elecciones que escoger, por ejemplo. La gente decía “a la tercera va la vencida” y no “la decimocuarta vez es la buena”, por ejemplo. Era una de esas reglas que al principio rechazabas por ser una estupidez completa y olvidabas a los cinco minutos pero que, si en algún momento te parabas a mirarlo, podías constatar que nueve de cada diez veces sucedía. Pero algo que tenía una posibilidad entre un millón de suceder también parecía darse nueve veces de cada diez, por lo que el valor didáctico de ese conocimiento era cuestionable. Lo importante era que había gente que trataba de determinar esas leyes subyacentes del mundo en el que nos encontramos y, como todos bien saben, uno escribía sobre lo que sabía y sobre nada más. O, más bien, uno escribía sobre lo que creía saber y era dejado en evidencia prontamente.

Miró de soslayo a la mercenaria mientras el hombre seguía con su diatriba asinina sobre un suceso que claro que había pasado. Desconectó un poco en cuanto escuchó “bajo sus propios hechizos”, casi como si su mente hubiera decidido que ya había escuchado bastante por hoy. Y no pudo evitar preguntarse… ¿Ella también lo habría tomado por un necio por no ir embutido en veinte quilos de metal forjado? ¿Por no enarbolar un pedazo de madera al que habían atado un pedazo afilado de metal? ¿Por no traer amaestrado una bestia al azar y llevarla con él a todas partes? Tal vez. Tal vez. Si era lo último siempre podía comprar un hámster o una ardilla. Pero él no podía ver lo que había dentro de esa duro y disciplinado yelmo que ella llamaba cabeza. Quizá era culpa suya por ir vestido cómodamente día sí y día también. Siempre podía sumarse a la moda de los seguidores de las Artes Arcanas de Plegia y otros lugares del mundo y vestir de negro y otros colores oscuros. ¡Oh! Podía encargar esas hombreras enormes con pinchos y estacas ya enganchadas. Decían que eran el complemento perfecto para el Hechicero moderno que quería llevar consigo las cabezas y las calaveras de sus enemigos, pero que quería las manos libres para poder lanzar conjuros. No. Runas. Necesitaba complementos con runas brillantes por doquier. Nada decía “nada en este mundo me da miedo” como ser poder ser visto a medio quilómetro de distancia sin problemas.

¿Hm? ¿Qué? Oh, sí, sí. Mi turno. – sólo cuando el sonido de la voz del hombre dejó de sonar durante unos pocos segundos se dio cuenta que se esperaba una contestación suya. Se llevó los brazos tras la espalda y dio una pequeña vuelta para su eje. Sorprendentemente, le dio la espalda al misterioso hombre de forma que le era completa y totalmente imposible verle la cara que hacía – ¿Sabe una cosa, señorita? Los hechizos de Magia de Ánima es un tema harto interesante para los eruditos sobre magia. Mucha gente creen que el fuego, el viento o el relámpago que un mago de ánima lanza es el mismo que uno puede encontrar en la naturaleza… ¡Pero no es así! – hizo un pequeño aspaviento con las manos hacia el wyvern, casi como si estuviera lanzándole un hechizo hacia él, pero en el último momento sacó una galleta de su manga y se la lanzó con buen humor. ¿Cómo había llegado el dulce hasta ahí? Manos rápidas y un millar de bolsillos en su ropa – Un hechizo de fuego comienza por una combustión mágica a cargo de un espíritu del fuego, normalmente uno con mal genio por haberle despertado. Ese adormilado espíritu se encarga de propagar las llamas incluso por materiales normalmente ignífugos, como el metal, y de evitar que el fuego se apague fácilmente con agua o arena. – movió de nuevo un brazo por el aire de forma juguetona, como si su propia mano fuera una hadita ígnea buscando algo que transformar en cenizas – Mientras actúa, el espíritu va dejando un rastro de magia invisible a los ojos, pero que cualquier mago puede notar con suma facilidad incluso después de horas que comenzase el fuego. Es algo tan claro como un arpegio concreto para un músico o una tonalidad de color para un pintor. Algo básico. Inconfundible. – se giró de nuevo hacia su interlocutor masculino con las manos detrás de él y arqueándose ligeramente hacia adelante. Lucía una sonrisa más radiante incluso que las llamas que sobresalían del edificio aún ahora – Es por si acaso se le ocurre charlar sobre fuegos mágicos con alguien con el más mínimo conocimiento de magia. Por nada más. Por. Nada. Más. – no dijo nada más, ni acusó ni presionó el tema. Pero… ¿A quién estaba hablando de los dos?

A Sindri no le importaba que le mintieran en absoluto. De hecho, era lo que esperaba que hiciera cualquier persona que conocía. Eso incluía la mercenaria que estaba ahí y, depende del día, el del wyvern sin la más mínima capacidad para hablar. Las mentiras eran algo muy arraigado a la humanidad. El tejido de la sociedad, algunos dirían. El tejido de la suciedad, objetaban los sinceros y los malos mentirosos. Había habilidad en mentir, claro, pero Sindri prefería no decir la verdad si era posible. Sólo un completo amateur con poca imaginación pensaría que ambas cosas son sinónimas, pero era perfectamente posible no decir la verdad sin mentir. Para el muchacho, una de las cosas más divertidas que había era el tirar del hilo de una mentira hasta desbaratarla del mismo modo que no lo era para una costurera haciendo una bufanda. ¿Pero este hombre? Lo que era es un mal mentiroso y, por lo tanto, alguien que no tenía mucho que ofrecer a la curiosidad del Hechicero. Suspiró. ¡Y habían comenzado con tan buen pie! – Verdaderamente, en nombre de todos los bibliotecarios de Ilia es mi deber exigirle una sincera disculpa de su parte por haberse tildado a sí mismo de “intelectual”. – los “viejos cuervos” seguramente habían abandonado Ilia hace tiempo con carretas llenas a rebosar de libros. Si el rey de Ilia no los iba a proteger, entonces era su deber llevarse los libros más valiosos a cortes y otras bibliotecas que sí lo harían. O, al menos, así quería explicar la falta de bibliotecarios y de determinados tomos en el edificio que acaba de abandonar – Oh, habla usted de chispas. ¡Qué apropiado! Una chispa desde que salí de Ilia, sí, sí. Una chispa que puede apagarse en un instante al caer sobre la nieve u desaparecer sin rastro. O transformarse en un incendio rugiente y consumir edificios enteros incluso en un páramo congelado. ¿Cuál seré yo? ¿Cuál seré yo? ¿Alguien quiere apostar? Ahuhuhu~

Y entonces volvió a mostrar unas preocupantes convulsiones en los párpados. Ciertamente había sucedido de nuevo, lo que quería decir que era algo recurrente. ¿Qué podía provocarlas? Buscó en su cabeza el libro de enfermedades propias de Ilia y, mientras miraba al cielo pensativamente, pasó una por una las páginas. Coincidía el ergotismo (lectores, por favor, tengan en cuenta la letra g de esta palabra), por lo que no tardó en recomendarle con tono docto – Sería bueno que comiese más pan blanco. O pan hecho con trigo duro. Pero, ante todo, evite el pan negro o cualquier hogaza con motitas negras. – un consejo gratuito que quizá le servía para dejar de pestañear tanto. Con la salud no se juega y encontrar buena comida en este país era difícil, por lo que el hechicero aprobó tácitamente la decisión del hombre de salir de Ilia.

Se giró de nuevo hacia la mercenaria con parsimonia y, cuando tuvo la certeza absoluta que el presunto pirómano era incapaz de verle, le guiñó un ojo descaradamente con una sonrisa de buen humor. Su tono, sin embargo, sonaba consternado y con un deje de preocupación perfectamente fingido – Permítame revelarle que a los bibliotecarios más jóvenes se les dan las tareas más “divertidas” de la Gran Biblioteca de Ilia. Una de ellas es clasificar los mapas de Ilia y de Elibe y, además, asegurarse que son correctos y están al día. Usted sabrá si le interesa un nuevo vigía sobre su wyvern. – una tarea que a Sindri siempre le divirtió más que a los demás porque los mapas eran artefactos sumamente caros y delicados por lo que debían ser tratados con cuidado. Nadie podía culparle, entonces, por trabajar lo más lentamente posible – Huelga decir que el wyvern es suyo, por lo que la decisión de aceptar nuevos pasajeros es enteramente suya. – cuando había oro de por medio todo solía cambiar con los mercenarios, eso lo sabía bien el Hechicero. Había decenas y decenas de historias de mesnaderos que apuñalaron por la espalda a sus patrones cuando un enemigo les hacía una oferta mejor. Sin embargo alguno, la mujer, como ya había apuntado, tenía la apariencia de tener la cabeza fría y ser sumamente disciplinada, por lo que quizá la seguramente ficticia y vacua promesa de una compensación económica no era muy efectiva – Yo de usted comprobaría primero de todo que lo que tiene ahí es dinero de curso legal. Luego que las monedas no son meras falsificaciones de plomo pintado. Luego las pesaría para comprobar que no las ha agujereado y quitado el oro de dentro. Luego las inspeccionaría para ver si las ha vaciado y las ha rellenado con plomo… – fue levantando un dedo de la mano derecha mientras enumeraba los tipos de comprobaciones que llevaban a cabo los merinos para asegurase que el dinero empleado era legal. Una lectura interesantísima si no te importaba leer durante horas y horas un surtido de quejas de todo tipo.

Por mi parte, yo no tengo ningún inconveniente con que venga con nosotros. Quizá haga el viaje más llevadero. O tal vez usted se arrepienta de haberlo bienvenido a los cinco minutos. ¿Quién sabe? – dicho esto, Sindri giró noventa grados sobre su eje y dio un par de pasos despreocupados hacia atrás. Casi parecía que estaba dejando vía libre a la respuesta de la mercenaria y que no se involucraría en absoluto en ésta – Pero no puedo sino apremiarla para que tome una decisión rápidamente. Una columna de humo tan intensa como la aquí presente no pasará desapercibida por mucho tiempo más. – apuntó con una sonrisa pícara, como si fuera un pensamiento que le había llegado por sorpresa. Sea lo que fuere, la señorita Hrist y el wyvern Logi tendrían la última palabra ahí.
Afiliación :
- ILIA -

Clase :
Sorcerer

Cargo :
Bibliotecario (Gran Biblioteca de Ilia)

Autoridad :

Inventario :
Vulnerary [3]
Tomo de Worm [2]
Tomo de Archfire [5]
Tomo de Nosferatu [4]
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.

Support :
Lyndis

Especialización :

Experiencia :

Gold :
1715


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Re: [Social] La piedra del hogar [Privado; Hrist y Izaya Orihara]

Mensaje por Hrist el Vie Sep 07, 2018 12:06 pm

Hrist había tenido que armarse de paciencia muchas veces a lo largo de su vida. En el pueblo cuando era pequeña y algunos idiotas se metían con ella. Adiestrando a Logi los primeros meses tras traerlo a casa. Aquella vez que la confundieron con una bandida, al entrar en un pueblo. Con la Jefa Lyndis, empeñada en hacerse la heroína dentro de un castillo ruinoso donde claramente había algo o alguien aporreando paredes y puertas. Con don Zifar, jinete de wyvern veterano y vetusto que se lanzaba sin reparos de cabeza al peligro exclamando no sé qué sobre honor y fustigaciones. Ah, y el señorito de Seliora… Aquél sí que era la joya de la corona. No había conocido a nadie tan repelente y arrogante como aquél niñato malcriado. Había estado a un tris de despeñarlo de lo alto del wyvern. Pero eso había sido antes de cruzar caminos con el energúmeno que tenía delante. El Señorito de Seliora actuaba con complejo de superioridad y se creía en lugar de mandar a todo el mundo sí, pero probablemente era su carácter. Quizás incluso lo único que le habían enseñado: a mandar. ¿Pero el desgraciado que tenía delante? Algo le decía que lo hacía por pura diversión. Esa condescendencia descarada pedía a gritos que la gente le respondiese con chascarrillos e insultos, y le arrancase los dientes y le rompiese piernas, brazos, manos y la columna vertebral. Era, básicamente, provocación. Por alguna razón que desconocía (pero que a la vez le traía sin cuidado), ese individuo parecía incapaz de dar con un propósito honesto y útil en su vida, y probablemente molestaba al prójimo para matar el aburrimiento. La clase de personas que acababan muertos de una paliza por meterle el dedo en el ojo a la persona equivocada, en el momento equivocado.

-Ea, ea… No le hagas caso… -le dijo al wyvern, ignorando por completo la sarta de sandeces sobre niños que no se comportan. Hrist pensó que lo decía por él mismo. Además, estaba convencida de que lo de la hija era una milonga más. Había que ser estúpida, o muy desgraciada, para acceder a tener un hijo con semejante individuo. –Uy, tienes nieve en los cuernos… -comentó dulcemente, quitándole con suavidad los pocos restos de nieve acumulada en la base de cada cuerno, antes de sentarse al lado de Sindri junto a la maldita hoguera.

A Hrist no le interesaba lo más mínimo el porqué de la hoguera. Tratándose de quién se trataba, podía arrojarse él mismo a la hoguera y churruscarse hasta la médula. Se preguntaba, eso sí, para qué demonios tenía que querer Sindri saber eso. Las fábulas de los cuenta cuentos ambulantes que paraban en los pueblos estaban mejor narradas y construidas, e incluso parecían creíbles si se estaba de humor para ello. A Hrist no le molestaba que le contasen las peripecias que había vivido uno en sus viajes, pero sí que le desagradaba enormemente que le intentasen vender el carromato sin haberlo pedido ella. Si el susodicho no quería compartir detalles, le bastaba con decir que era una historia delicada y que no quería hablar de ello.
Acarició con suavidad la cabeza de Logi, que reposaba sobre su falda, mientras sentados alrededor de la hoguera no les quedaba otra escuchar la sarta de milongas que soltaba el apodado “Talhonor”.

-Qué bien que no haya habido graves destrozos. –comentó distraídamente, con una sombra de sonrisa en los labios.

Apoyándose en un hombro, con una mano hundida en la nieve tras su espalda, Hrist recorrió con sus ojos los alrededores. Tal y como le había parecido al llegar, no había restos de refriega. No había sangre en la nieve, ni ésta estaba derretida en lugares erráticos. Tampoco había socavones que indicasen derrapes a pie ni que nadie hubiese rodado en la nieve. El asentamiento parecía abandonado, sí, pero desde hacía tiempo, bastante tiempo, lo suficiente para que la nieve nueva y recién caída a lo largo de las semanas ocultase los restos de peleas anteriores. Definitivamente, si no quería contárselo, bastaba con decirlo. Se podía meter sus historias de locos por donde le cupiesen. Si es que le cabían en algún lugar.
Logi se debió cansar de tanta perorata, así que se levantó lentamente y se alejó unos metros a escarbar en la nieve y a aletear por su cuenta. Se le ocurrió mirar entonces a Sindri. ¿Magia de fuego? Eso tenía que estar entre los temas de los que entendía el hechicero. Por más que él usase grimorios de magia arcana, la magia de fuego no dejaba de ser eso, magia. Pero para su sorpresa, el joven, pese a tener los ojos clavados en su interlocutor, tenía la mirada algo… bueno, levemente… “desenfocada”. No le culpaba. Ella por lo menos podía refugiarse en Logi. En cuanto el relato finalizó, Hrist esperó algún comentario graciosillo por parte de Sindri para azuzar al otro a seguir rajando. Pero en vez de eso, dio media vuelta, dándole completamente la espalda, y se dirigió a ella.

-¿Mmmh?... –hizo Hrist, abriendo los ojos para prestar atención, y sorprendida de que se dirigiese a ella, precisamente. -¿Ah no? –repuso, y soltó una carcajada de oreja a oreja ante el numerito del lanzamiento de un hechizo… que resultó ser una galleta en el último momento. Logi la cazó al vuelo de inmediato, moviendo la cola, satisfecho. –Jijiji… qué hábil…  

¿Le iba a contar cosas sobre magia? Aún podría aprender alguna cosilla elemental sobre un tema en el que era inculta perdida. Siguió con la mirada la improvisada batuta de Sindri, en forma de dedo, mientras la ilustraba sobre la “magia de ánima”.

-Ah, un “espíritu del fuego”… -musitó en voz baja, repitiéndolo para no perder detalle. –Hehehe, de mal humor… -Se lamentó que muchas explicaciones que había recibido a lo largo de su vida no fuesen tan amenas y didácticas como ésa. –Vaya, ¿Puede hacer que prendan cosas que normalmente no lo hacen?... Claro, eso explica que una armadura pueda acabar en llamas… -dijo, arrufando las cejas mientras visualizaba la estampa.

Entonces llegó a la expresión clave. “Rastro de magia invisible a los ojos”, pero que “cualquier mago puede notar con suma facilidad”. Algo hizo “¡Cling!” en su cabeza. Sindri era mago (mago arcano… bueno, hechicero), y por lo tanto, tenía que ser capaz de notar dicho rastro. “Algo tan claro como un arpegio para un músico o una tonalidad de color para un pintor”. O como el gruñido de un wyvern para su jinete. Arqueó levemente las cejas, dirigiéndose a Sindri, interrogativamente. Al fin y al cabo, aún resultaría que sus sospechas no eran del todo infundadas.

Mientras se acercaba a Logi y lo cogía de nuevo por las riendas, el individuo volvió a hacer la caída de párpados… a Sindri, esta vez. Hrist esperaba un incómodo silencio ante la insistencia de uno y el desinterés de otro. Pero de nuevo, Sindri… Sindri… Sindri fue Sindri. Apenas le conocía de Kilvas, y ya tenía claro que era una persona con unas prioridades peculiares y llena de sorpresas curiosas. Y de respuestas inesperadas. Se tapó la boca tan disimuladamente como pudo en cuanto le oyó recomendarle que comiese pan blanco… y que evitase el que tuviese moho. Estaba segura de que los pulmones y el estómago le iban a reventar de la risa. La confusa mirada de Logi no ayudaba en absoluto, desdibujada por el lagrimón que le asomaba por el ojo derecho. Los hombros permanecían quietos… tan quietos como era capaz de retenerlos. Se limitó a dejar que la boca sonriese de oreja a oreja para aliviar la carga interna, aprovechando que les estaba dando la espalda y que de ningún modo ninguno de los dos podía ver su rostro. Era, a su parecer, una manera interesante de decirle a alguien que, por favor, dejase de hacer el idiota. Pero la risa se le congeló en cuanto escuchó la fatídica frase.

“Puede ser de nuestro interés viajar juntos”.

Hrist dudaba mucho, muchísimo, de ello. Miró a Logi. Éste gruñó con desaprobación, pero esperó a ver su reacción.

“Y puesto que no deseo ser un aprovechado, ofrezco oro y compañía a cambio de transporte”.

Lo único que resonaba y reverberaba en la mente de Hrist era un agónico “¡QUIERO IRME DE AQUÍ!” y “¡QUIERO IRME DE ILIA Y NO VOLVER NUNCA MÁS!”.  

El oro se lo pensaba dar a quién lo borrase de la faz de la tierra. Y antes de que la mueca se le congelase del todo en un rictus, Sindri la alcanzó de nuevo discretamente. Siendo Sindri de Ilia, Hrist daba ya por hecho que sabía, más o menos, por dónde moverse, no dudaba de sus aptitudes para decirle “Vayamos por aquí, hay un pueblo donde podremos descansar un poco”, o “Por aquí no, suele haber bandidos al acecho”.
Le escuchó con atención, sosteniéndole la mirada como una estatua. Tal y como esperaba, la decisión quedaba en manos de ella. Sus recomendaciones sobre precauciones a tomar eran, desde luego, interesantes. Cayó entonces en el detalle de que Sindri parecía conocer al susodicho individuo con anterioridad. Comprobar que la moneda era de curso legal era una bandera roja para Hrist. Le estaba diciendo que había riesgo de que le intentase tomar el pelo. Luego estaba el tema de comprobar que no eran falsificaciones ni que tampoco estuviesen adulteradas. En resumidas cuentas, demasiadas molestias para tan poco pago a cambio de una tarea tan ardua y sacrificada.

-Lo dudo. –le musitó en un tono de voz lo suficientemente bajo para que sólo Sindri, y únicamente Sindri, pudiese oírle. No había forma humana de que les hiciese el viaje más llevadero. –Me estoy arrepintiendo ya, descuide. –le susurró de nuevo sin apenas mover los labios, en ese volumen particularmente bajo, que sólo podía llegar a oídos del ex bibliotecario. –Bueno, ¿no ha dicho que el mercenario debe acudir a dónde se alce el humo? Si se va de aquí, nunca dará con su compañero. –finalizó, rascando con firmeza la garganta del wyvern, que casi ronroneaba de gusto. –Mire, no me importa viajar con usted o llevarle donde necesite. Aprecio su compañía, no se crea. –le aclaró, de nuevo sólo para los aparatos auditivos del joven, y aún añadió entornando los párpados con gravedad. –Pero con este… “joven”… lo único que nos espera es estrellarnos contra una roca cuando se le ocurra hacerle una jugarreta en el aire al wyvern. ¿Y encima puede ser que nos dé monedas falsas? Lo que me faltaba…

Llamarle “señor” podía ser demasiado generoso. Para Hrist, ese chico era sinónimo de problemas. A pie no le importaría llevarlo a cuestas… Pero en wyvern… si tenían un accidente porque se hacía el gracioso a más de cincuenta metros de altura, no iba a sobrevivir nadie. El wyvern, quizás, pero eso seguía dejándoles con el problema de morirse ella y Sindri.

-Si abandona la hoguera, su compañero mercenario no tendrá modo de dar con usted. Pero dejando de lado eso –dijo con voz suave pero firme, mirando fijamente al chico de pelo negro. A diferencia de él, ella no tenía por qué mentirle en sus razones para tomar una decisión u otra. –, no me parece prudente ponernos a viajar así, a oscuras. Así que, si no le molesta, pasaremos la noche aquí, junto a usted y su hermosa y cálida hoguera, y le haremos compañía hasta que llegue su compañero mercenario.

Logi le había dado ya su opinión, pero al fin y al cabo, el animal haría lo que ella dijese. El problema era, sin embargo, que por un lado, no se fiaba de subir a dicho individuo a lomos de un wyvern. Los pocos minutos que había compartido con él le habían hecho llegar a esa conclusión. Y por el otro, ya había anochecido. Más allá de la hoguera no se veían tres en un wyvern. Ya bastante le había costado ver bien el camino antes de dar con don Talhonor, ir de noche iba a ser muy complicado. En Daein no le había quedado otro remedio: iba sola y no conocía en absoluto la zona. Pero en ese caso, contaba con Sindri, que sabía el camino para ir a donde hubiese que ir.  
Pasarían la noche ahí, y si el mercenario no aparecía, ya decidirían qué hacer. Por descontado, si apareciesen emergidos se largarían los tres por aire (quizás antes maniataría a Talhonor para segurarse de que no se hacía el gracioso en el aire). Hrist no era de abandonar a nadie a su suerte de buenas a primeras, pero el chico le estaba poniendo difícil el ser amable, y no pensaba ceder tan fácilmente.

Si se lo llevaba a cuestas, sería porque fuese absolutamente necesario.
Afiliación :
- NOHR -

Clase :
Wyvern Master

Cargo :
Mercenaria

Inventario :
Vulnerary [3]
Tónico de res. [1]
Tónico de def [1]
Hacha l. de bronce [1]
Tónico de res. [1]
Tónico de def [1]

Support :
None.

Especialización :

Experiencia :

Gold :
1443


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