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[Campaña de liberación] The Death God Requires More Bones for the Skeleton Throne. [Priv. Eliwood]

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[Campaña de liberación] The Death God Requires More Bones for the Skeleton Throne. [Priv. Eliwood]

Mensaje por Izaya Orihara el Sáb Feb 17, 2018 10:11 am

Le ardían las piernas.

Había esperado que Eliwood, siendo un marqués y un señor acostumbrado a la vida de alta cuna, prefiriera viajar en carruaje. Sin duda alguna, la comodidad de un coche tirado por caballos era incomparable a otras formas de movilización. Era lento, pero en su interior uno podía dedicarse a asuntos que no le harían perder el tiempo que se empleaba en trasladarse de un sitio a otro. Izaya se movía en carruaje cada vez que podía, o en barco en caso de tener que atravesar grandes masas de agua. Básicamente, le gustaba cualquier medio de transporte en el que él no tuviera que manejar algo, y que no le alejase de trabajar mientras tanto. En un carruaje podía pasarse horas leyendo, redactando, e incluso meditando sobre un asunto u otro. A veces jugaba en su tablero de ajedrez a juegos que solo él entendía, o hablaba con sus compañeros sobre cuestiones personales o de negocio. En más de una ocasión había tenido reuniones muy interesantes en una traqueteante carroza. El informante era eficiente en su trabajo, y sabía mejor que nadie que el tiempo era dinero.

Decían que montar a caballo era la forma más rápida de moverse. Izaya se reía de tales sandeces. En vez de estar subido en una bestia maloliente e incómoda, podría haber disfrutado de un tranquilo trayecto de Renais a Carcino al resguardo de un carruaje con la ilustre compañía del Marqués. Eso habría sido ideal. Pero no. Lord Eliwood se había empeñado en que la celeridad era clave, y que para eso era mucho mejor cabalgar. Nada más llegar a Renais, donde habían quedado reunirse, el noble le había instado a montar junto a él. Algunos hombres le habían dado una yegua oscura, propensa a morder lo que tuviera delante y que, de dejarla, habría hecho todo el camino al galope. Asqueroso animal sin pizca de intelecto. Seguía algo entumecido por las batallas a las que se había enfrentado en Akaneia, que habían sido al menos una en cada uno de los países que había visitado. Le había sucedido de todo, y en muchas ocasiones había tenido dificultades para escapar incluso con vida. Sus piernas habían salido bastante perjudicadas, producto de que se le hubiera caído, precisamente, un caballo encima.

Al ver a la bestia que le llevaría a Carcino, Izaya tuvo que contener un resoplido de puro fastidio. El animal se limitó a mordisquear el pelo gris de su abrigo como si fuera parte del pasto, a lo que el estratega respondió con una expresión de indignación. Humillado desde un inicio, pues más de uno de los soldados que acompañaban al marqués se habían reído del espectáculo, se hizo una promesa de no volver a dejarse en evidencia. Con la barbilla alta, se subió a la montura y la dirigió a donde el Marqués de Pherae le aguardaba. No sabía montar tan bien como un caballero o un noble, pero sus movimientos fluidos y elegantes ocultaban sus carencias. Sonrió de forma encantadora y, cuando nadie le veía, dejó caer unas gotas de perfume sobre la crin del corcel, a fin de hacer más soportable el mal olor. Eso estaba mejor. Más satisfecho, igualó el paso al de Lord Eliwood para poder conversar con él. Había muchas cosas en las que tenían que ponerse al día.

Le contó teatralmente sus aventuras en Akaneia. Tenía especial cuidado en no mencionar ninguna de sus penurias a no ser que le favorecieran en cierto aspecto, y en no revelar información delicada. No sabía si Eliwood confiaba en la lealtad de los soldados que lo acompañaban, o si acaso sus tareas de investigación eran secretas por entero. A menos que se le indicase lo contrario, mantendría sus labores como algo que solo Eliwood y él sabían. Era un profesional que se caracterizaba por su discreción y, a no ser que recibiera la orden expresa, sus labios estaban sellados hasta encontrarse en un entorno más íntimo. Otra razón más por la que era mejor viajar en carruaje, pero ya era muy tarde para hacerse mala sangre por ello. En el primer tramo del viaje le relató al marqués, casi como si se tratase de un poema épico, las batallas a las que había sobrevivido en Ylisse, Plegia, y Hoshido. Acostumbrado a hacerse oír y a entretener cuando hacía falta, el estratega sabía darle el tono, la intriga, y las pausas adecuadas como para que Eliwood estuviera entretenido y expectante.

Si alguno de los guardias tenía la oreja puesta en su conversación, sería también una buena forma de alimentar los rumores que ya circulaban sobre él. Uno nunca era lo suficientemente famoso. Le contó en su carismática manera cómo había logrado sobrevivir, apenas con la ayuda de su ingenio y una espada temporalmente aliada, un ataque sorpresivo en Plegia. Hizo especial hincapié en lo salvajes que eran las mujeres allí. La gente habla de la fiereza de las damas de Sacae, pero las plegianas están en otro nivel muy distinto, espero que nunca tenga que interactuar con alguna, mi Señor. No es plato para una persona civilizada. También le habló de cómo había estado bebiendo un delicioso té en una posada en Hoshido, cuando una flecha incendiaria había atravesado las puertas de tela. Fue terrible, uno ya no puede ni tomar un refrigerio en Hoshido en paz. Una verdadera lástima. Y también le relató cómo en Ylisse había intervenido, en ayuda de los creyentes de Naga, en una gloriosa batalla para alejar a los emergidos de una región.

- Aunque imagino que usted habrá visto batallas, e incluso guerras, mucho más memorables que las mías, Lord Eliwood. Espero no haberle aburrido con estos relatos que deben de hacérsele tediosos para un guerrero de tanto renombre como el suyo. – le dirigió una sonrisa suave, casi tímida, pues no quería que el comentario sonase falso o irónico. – Siento que he acaparado gran parte de la conversación, -se disculpó, aunque en todo momento había hecho partícipe al Lord de sus andanzas, preguntándole qué creía que sucedía a continuación, o contestando a sus propios comentarios. - ¿Cómo ha estado usted en Pherae? Mi contable me informó que el marquesado está cada vez está más bello y recuperado de los estragos de las invasiones emergidas. Es un orgullo para mí, y para mi gente, que nos permita vivir allí. Prometo ayudar en la medida de lo posible a su reconstrucción. – se colocó una mano sobre el pecho, en acción de juramento, y habría continuado con las adulaciones, de no ser porque captó algo con la mirada.

Se estaban acercando a un estrecho de piedra, un pequeño pasillo llano en medio de dos montículos pedregosos. En un entorno montañoso como lo era Carcino, no era extraño encontrar accidentes geográficos como ese. Sin embargo, su figura oscura, y extremadamente silenciosa, pronto llamó la atención del informante. No se le había pasado por alto que no se habían encontrado a ningún emergido en el trayecto. Observó a su alrededor, y pronto descubrió que no había nada raro en las inmediaciones. Ni siquiera perturbaba el aire el sonido de las moscas o el canto de los pájaros. Demasiada paz, demasiada tranquilidad, demasiado silencio. La yegua hizo un movimiento brusco al detenerse, e Izaya tuvo que contener una mueca de molestia, pues el roce de sus muslos contra la silla de montar había sido constante, y sus piernas estaban doloridas después de haber estado sentado a horcajadas durante tanto tiempo. Disfrazó su expresión por una de duda, con una ceja alzada y los ojos rojizos entrecerrados. – Mi Señor, sugiero un cambio de rumbo. – No tenía ganas de morir porque habían sido tan estúpidos como para pasar por un lugar perfecto para una emboscada, ya fuera de bandidos o de emergidos.
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Re: [Campaña de liberación] The Death God Requires More Bones for the Skeleton Throne. [Priv. Eliwood]

Mensaje por Eliwood el Mar Feb 20, 2018 10:35 pm

En la quietud de los caminos flanqueados de montañas, la voz de Izaya platicando animadamente de un suceso y de otro resultaba fantástica compañía. Un alivio para la fatiga por sí sola, para quien había viajado semanas hasta Renais, se había detenido sólo para apresentarse con la autoridad necesaria y sin más había partido ya a su siguiente destino. Desde luego, sostener una conversación de cualquier índole o longitud era una habilidad que se desarrollaba y dominaba como cualquier otra, y a Eliwood su acompañante se le antojaba alguien ducho en el arte, pues ni una sola vez se había hallado a sí mismo aburrido en ese prolongado trayecto. En cuanto llevaban transitado sobre la frontera de Carcino había oído de variados viajes y sus incontables anécdotas, mas no había parte relatada que no resultara o interesante por las novedades vistas, o hasta graciosa por el cambiante tono de voz cuando el informante exponía sus salidas y soluciones a cada desventura ocurrida. Testigo o participante, era claro que se le daba bien narrar los altibajos de las batallas, extrayendo lo trágico de la realidad actual y realzando lo impresionante de cada escena. El marqués había reído, asentido en silencio y comentado gustoso, hasta instándolo de tanto en tanto a proseguir y revelar lo próximo.

Era conversación amena pero superficial, el pelirrojo era consciente de ello. No se adentraban aún, por lejos, en las temáticas de mayor peso que les atañían y había varios posibles motivos por los que sospechar que así era, desde el hecho de que no estaban a solas aún hasta la cortesía de partir por algo más llevadero antes. Por cual razón fuera, se lo agradecía en fuero interno a Izaya. El hombre quizás no fuese de sangre noble, pero su comportamiento reflejaba que hacía las cosas en un órden deliberado en lugar de coincidental, consciente, y podía tratar con él sin que se dejasen entrever sus asuntos, como tan crucial era para la nobleza. Por supuesto, el entretenimiento también era un agrado, tenía su valor incrementado cuando el viaje de tantos días había carecido de. El tiempo de tocar asuntos de peso llegaría después; por el momento, así estaba más que bien. Acortaban la distancia entre ellos y su destinación a buen paso e Izaya mantenía el silencio fuera del ambiente, aunque rozando el punto fronterizo comenzase a dudar y plantear un cambio de enfoque.

- No, por favor, no se preocupe de eso. ¡Sus aventuras han sido más atrapantes que las mías, en verdad! - Eliwood replicó casi de inmediato, exhalando en satisfecho ademán. Por supuesto, una falta completa de respuesta no habría sido nada cortés, por lo que continuó. - Casi todo este tiempo estuve sirviendo en Regna Ferox junto a Altea, pero el relato de una guerra puede parecerse en demasía al de cualquier otra. Arduo el proceso y satisfactorio el resultado como fue, no creo que resulte muy interesante. Apenas pude regresar a Elibe cuando las noticias de Magvel empezaron a llegar, es una fortuna que la reconstrucción no necesite estrictamente de mi presencia ya, o no podría haberme permitido este viaje. - Dijo. Lo cierto era que bastante más sucedía en Lycia, pero el desbalance de poder entre marqueses, el intento de establecer a una heredera todavía no reconocida y el cuidado que Eliwood llevaba en que eso no afectase las relaciones con su protectora Altea eran demasiado problemáticos para ser mencionados; al hablar del estado de un reino, ningún noble que se preocupase por el mismo se atrevía a responder en una forma que insinuara la menor flaqueza o carencia. Lo complejo se barría bajo la alfombra, las noticias que se mencionaban siempre eran las buenas. Cuanto menos, era lo que un diplomático prudente hacía. A todas luces calmo, el pelirrojo de avanzada edad ladeó la cabeza hacia su compañía y correspondió a su sonrisa con una propia. - ¿Ha visitado Regna Ferox ya? Porque tengo la impresión de que ha viajado mucho más que yo, en total. -

La pequeña comitiva continuaba camino, los cascos de los caballos sonando de forma regular en el suelo rocoso, mas el de Izaya no demoró en detenerse de súbito. Ante el gesto, sin pensarlo demasiado, sino por mero instinto, el marqués adelantó al suyo con un sucinto espoleo y estiró el brazo para llegar a tomar el costado de la rienda del informante, echando un paso atrás al animal y sujetando tenso para que este no diese ninguna otra sorpresa por agitarse. Pasado aquel par de segundos, momentos en que su brazo permaneció quieto y todo el cuerpo del caballero en similar tensión, soltó la rienda ya dedicando una mirada de disculpa hacia el pelinegro. - Lo lamento, la fuerza de la costumbre... - Se excusó. No era desconocido a nadie que hubiese visitado Pherae que la cría de caballos era el oficio que daba fama local al marquesado, y su gobernante era todo menos ajeno a ello. Él mismo montaba no sobre un caballo prestado de Renais, sino sobre uno de su propiedad, traído consigo en toda la travesía marítima. El hombre vestía azul y plateada armadura de caballería, con el pecho y los hombros protegidos, luego grandes piezas a cada lado de los muslos y armadura casi completa en las piernas, mas el área del estómago y los brazos libres; el corcel, en acordancia, llevaba armadura de las mismas tonalidades protegiendo la cabeza, principalmente escudando los ojos, además de la montura hecha a medida y el estandarse de su origen en paño azul oscuro. Lo cierto era que Eliwood se había separado muy poco de sus caballos en el último tiempo, no había regresado del frente de guerra capaz de combatir a pie ágilmente, y si acudía a un sitio todavía peligroso como anticipaba que Carcino fuese, más motivo tenía para persistir y llevar una montura entrenada. Mantener control era menester. Retomando sus propias riendas prestó atención a las palabras del otro, estudió por un instante el gesto en su faz, y con un único asentimiento de la cabeza mostró su conformidad.

- Quédese tan cerca como pueda. Pasado este cruce, ya estaremos fuera de Renais y en tierras de Carcino. - Informó. La ausencia de sonidos naturales donde debía haberlos jamás era buena señal, y aunque no hubiera mucha más seña por la cual guiarse de momento, era suficiente para invitar a la cautela. Eliwood volvió a su caballo en dirección a los hombres de Renais que les habían escoltado hasta allí. - De aquí en más procederemos a solas, yo y mi invitado. Caballeros, agradezco profundamente su compañía y cuidados, pueden reportar mi paso seguro hasta este punto al príncipe Ephraim. De marchar todo bien por mi parte, estaré viéndole nuevamente dentro de poco. - Les despidió con palabras pacientes y una sonrisa cordial, sin aguardar respuesta antes de encarar nuevamente el camino y dar el primer suave espoleo para retomar caminata. No dejaba espacio a discusión. Dos viajarían más ágiles que una docena, serían también un blanco más pequeño, y después de todo era una separación que tendría que suceder. - Vamos, joven Izaya. Será prudente darnos algo de prisa. -
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Re: [Campaña de liberación] The Death God Requires More Bones for the Skeleton Throne. [Priv. Eliwood]

Mensaje por Izaya Orihara el Lun Mar 26, 2018 9:46 am

Lamentablemente no, no había podido visitar Regna Ferox nunca. Cuando aún estaba empezando su carrera profesional apenas siendo un niño flacucho, pero mucho más inteligente que los mercenarios que le rodeaban, había estado labrándose una reputación en países más específicos en vez de optar por lanzarse en todo el mundo al mismo tiempo. No, primero debía probarse, y de ahí que su fama creciera como la espuma. Suponía que había hecho bien, pues incluso le llegaban ofertas de trabajo de naciones que nunca había visitado. Regna Ferox le interesó en su momento debido a su atípica forma de gobierno. Ah, lo divertido que sería meterse entre ambos Khan, tirando de un hilo allí u otro allá. Había fantaseado con la idea en más de una ocasión. Sin embargo, los emergidos le robaron de tal posibilidad al hacer que Regna Ferox fuera arrasada como muchos otros países incapaces de defenderse. Bueno, quizás esos Khan no habían sido tan fuertes y valientes después de todo. Había escuchado algo de altea haciéndose cargo de la región, pero en su tiempo en Akaneia no había podido visitar el país en sí.

Por supuesto, Izaya solo se limitó a explicar que era una lástima, pero que no había tenido tal oportunidad, y después fingió humildad al decir que estaba seguro de que un Marqués como Eliwood debía de haber visitado países de mucho más renombre e interés que los suyos, aunque lo cierto es que estaba seguro de que sí que había viajado mucho más y a naciones oscuras y salvajes como Plegia. Incluso en ese breve inciso en el que había preguntado al Lord sobre sus propias aventuras, el informante no había menguado en su expresión jovial y encantadora. Entendía lo que el mayor le decía sin necesidad de mayor explicación. Era importante en su trabajo saber el lenguaje corporal de los demás, conocer los espacios entre las palabras y lo que la omisión y el silencio decían. Eliwood podría ser todo lo amable que quisiera, pero no dejaba de ser un marqués, un político. Si había llegado a su edad no había sido por ser descuidado en materias académicas, por mucho que sus logros militares hablaran por sí solos.

Le miró con otros ojos por unos instantes, hasta que se tomó las molestias de agarrar su montura cuando se detuvo con brusquedad. Izaya hubiera bufado ante la falsa disculpa si no fuera un cliente suyo.  Costumbre, lo llamaba. ¿A controlar caballos o a cuidar de los más jóvenes que él? Parecía que olvidaba que el informante era un hombre hecho y derecho, y aunque montar no estuviera entre sus habilidades más destacables, no era un crío de cinco años montado en un pony. Es actitud paternalista no le gustaba nada al estratega, orgulloso e independiente por naturaleza. Quizás influía que Eliwood tuviera esa aura de padre que tanto le repelía. Haber crecido resintiendo a sus padres no ayudaba a normalizar la situación y sus sentimientos al respecto. Se sumaba el hecho de que estaba claro que no lamentaba haberle puesto en evidencia delante de todos los demás soldados de Renais. Era un duro golpe al ego y soberbia de Izaya. Un par de hombres se rieron con el espectáculo en bajito. Cuando Eliwood se giró a hablarles, les sonrió de forma venenosa. Recordaría sus caras.

Casi se le cae la mandíbula cuando el marqués ordenó que a partir de entonces seguirían solos. Pensaba que les acompañarían hasta el mismo Carcino. No podía ser que fueran a ir un Lord y un estratega por un paso sospechoso donde lo más probable era que les atracasen emergidos o bandidos, o ambos. ¡Era estúpido! Izaya había tenido mucha suerte en los últimos tiempos. Había sobrevivido en gran parte gracias a ayuda externa y a su propio ingenio, en eso no había mentido. No obstante, eso era demasiado. O el Lord confiaba demasiado en sus propias habilidades en batalla, o confiaba demasiado en las del flaco estratega. Recordaba haberle dicho desde el principio que su especialidad no era la guerra. ¿Por qué le hacía eso? No se había recuperado aún de las heridas sufridas durante su vuelta a Elibe, Bern había sido un problema que no había planeado en un principio, pero cuyos estragos aún estaban presentes en su bien cubierto cuerpo. Entrecerró los ojos y analizó al mayor. ¿Masoquista o ignorante? Puede que fuera ambas. Por los dioses, qué clase de clientes se buscaba últimamente.

Cuando empezaron a alejarse de los soldados de Renais, Izaya se inclinó hacia el pelirrojo y habló en voz baja. - Mi Lord Eliwood, no veo prudente cruzar este estrecho. No sabemos si hay enemigos aguardando ya en las alturas. – frunció un poco las cejas al observar el abrupto terreno. Estaba seguro que no iban a ser los primeros en ocuparlo, y mucho menos sin las tropas necesarias. Puede que incluso el acceso del lado contrario estuviera bloqueado. Esa clase de accidentes geográficos no inspiraban confianza por obvias razones. – Sé que no hay forma de rodearlo a caballo. Pero ambos podríamos escalar por aquella explanada para tener la superioridad del desnivel y atacar por sorpresa a los que presten más atención a lo que cruza el canal y no a lo que les acecha por la espalda. Si hacemos que las bestias lo crucen solas puede servirnos de distracción si hay enemigos aguardándonos. Saldrán de su escondite si ven dos caballos sin jinete, no esperarán que nos separemos de ellas. Y si resulta que no hay bandidos o emergidos, los caballos no sufrirán daño y se quedarán al otro lado porque los animales amaestrados no suelen alejarse mucho de sus amos.
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Re: [Campaña de liberación] The Death God Requires More Bones for the Skeleton Throne. [Priv. Eliwood]

Mensaje por Eliwood el Miér Mayo 16, 2018 12:17 pm

Un murmullo a su lado era señal inequívoca para inclinar la cabeza en dirección al murmurante y atender por unos momentos, un gesto común para un señor de parte de sus subalternos, consejeros y demás allegados. Sin inmutarse, el pelirrojo hizo lo propio y escuchó las palabras de Izaya, moviendo la cabeza cortamente en asentimiento, su rostro manteniendo quieta expresión. Principalmente había deseado desprenderse de los soldados ajenos para facilitar lo que en esencia sería una pequeña misión de infiltración, pues un batallón completo se anunciaba a sí mismo alto y claro allí donde fuese, pero no había modo de negar que el resultado era peligroso. Lo bueno era que, si bien él mismo se había hecho vagas posibles ideas de cómo proceder, Izaya tenía la suya mucho más armada ya. Al oírla, Eliwood volvió la cabeza ya en dirección a la trampa geográfica a atravesar. Todo tenía sentido, en efecto.

- Joven Izaya... - Comenzó, alzando ambas cejas con algo de desconcierto. Era sólo una cosa la que le contrariaba realmente, que no tardó en enunciar todavía con ese aire sorprendido. - Mi intención no es que usted esté directamente expuesto a peligro. Jamás lo he incluido en mis ideas. En cualquier caso, nuestro objetivo es sólo pasar a través, en estas condiciones supondría que cualquier escuadrón enemigo es de tipo centinela y no contará con los medios para darnos persecución, apenas nos pongamos fuera de alcance. Hemos de centrarnos en el paso. - Continuó, con mesura aportando su propio recordatorio del objetivo principal. Era a la ciudad de Carcino a la que deseaba llegar cuanto antes, gastar fuerzas en combatir más que para abrirse paso sería equivalente a cortar las ramas de la maleza en lugar de su raíz. Además, era él el responsable del bienestar de su acompañante. De cualquier modo, se disponía ya a enfrentar la situación como planteaba. Lo primero que hizo, pues, fue allegar su montura al alero de uno de los muchos altibajos y formaciones rocosas del camino, para apearse enseguida de la misma. Mientras se volcaba con presteza a la tarea de cambiar la distribución de las piezas de armadura además de la montura en el animal, prosiguió hablando.

- Por otro lado, puedo asegurarle que este caballo podrá realizar la tarea de distracción y llegar al otro lado. Y será lo mejor para nosotros que lo logre, no podría calcular cuanto vale un caballo pheraen como él... o cuanto nos valdrá en el resto del viaje tenerlo... - Dijo, inundada la voz de un tinte familiar y apreciativo. Del mismo modo, había tanta práctica en el modo en que aflojaba las correas, acomodaba la armadura y volvía a ajustarla, que no necesitaba buscar con la vista para hacerlo, sólo pasaba los dedos por los bordes conocidos y de allí sacaba la hebilla o tramo de correa correctos. Había cabalgado desde que tenía memoria, había criado muchísimos más caballos que herederos y sabía tratarlos. Aquel no era sino de sus varios, y en ese momento, lo que hacía era disponer de las piezas de armadura en el animal de modo que estas le cubriesen cuanta área se pudiera. Su mano recorrió la crin oscura en una caricia. - No se asustará si ve flechas o enemigos. Si algo cae a sus pies, pisará. Si algo duele, no parará. La verdad es que yo también soy mucho mejor soldado sobre una montura que a pie, Spencer y yo sacamos el máximo potencial el uno del otro, así que si le digo que lo use, es porque estoy muy seguro. - Terminado con las piezas en el animal, abrió la hebilla y soltó entero el tramo de correa que aseguraba su propia armadura de pecho, desabrochando su capa antes de quitarse por sobre la cabeza toda la pieza. Vuelta a poner la capa, su pechera pasó a hallar lugar justo tras la montura del caballo, en el espacio antes que la armadura y paños de las ancas. Pausó para mirar a Izaya, ofreciéndole cuanto menos su aire seguro, apacible. - Preparemos y hagámoslo. Si hay cualquier otro detalle o idea, sólo dígalo. -

Seguiría sus ideas, después de todo no eran malas en absoluto. Accedería a hacer lo que dijera, por ejemplo, con el otro caballo disponible, desconocido para Eliwood. Era justamente por conocer y constarle las capacidades de su corcel que podía someterlo y prepararlo para la tarea venidera, aunque en el fondo rogaba que todo saliera como creía y no hubiera más que heridas tratables con medicina. Desde que fuera lastimada su rodilla en Regna Ferox, Spencer era prácticamente sus piernas. Temía que sería una unidad bastante menos útil sin él. Se convenció de que no lo perdería y continuó con lo suyo, aguardando la palabra del informante para que las cosas comenzaran o para hacer cualquier movimiento.
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Re: [Campaña de liberación] The Death God Requires More Bones for the Skeleton Throne. [Priv. Eliwood]

Mensaje por Izaya Orihara el Miér Jul 11, 2018 1:43 pm

Izaya no sabía cómo había delatado su pensamiento de una manera tan obvia que el Lord había sentido la necesidad de aclararle su punto de vista. Repasó mentalmente sus palabras pero no halló evidencia de haberle recriminado en voz alta que se sentía desprotegido sin la presencia de los soldados de Renais. O Eliwood era más perspicaz de lo que el informante le había dado crédito, o él había perdido facultades. Puesto que lo segundo era altamente improbable, solo tenía sentido lo primero. Debía andarse con ojo avizor y no pasar nada de lo dicho por alto, no fuera a ser que el marqués de Pherae se sintiera de nuevo insultado por sus palabras. Le sonrió de forma educada, parpadeando un poco como sorprendido por su puntualización. – Oh, discúlpeme, mi señor, no deseo hacerle creer que me siento inseguro ni mucho menos. Con un experimentado guerrero como vos, eso es algo imposible. Lamento si le he ofendido. – pidió perdón con sinceridad, mas añadió a continuación: Pero mi labor es también aconsejarle evitar que confíe en las estrategias que no conocemos. Aún si son del tipo centinela, no podemos asegurar que no haya entre ellos arqueros o lanceros que puedan arrojarnos sus armas. Agradezco que tenga en cuenta mis opiniones, estoy aquí para servirle.

Izaya sabía que uno nunca podía estar demasiado seguro con los emergidos alrededor, mucho menos ahora, cuando se había descubierto que habían desarrollado estrategias complejas y desconocidas hasta el momento. El mapa del mundo hallado hacía poco había sido escrito en lenguaje antiguo, una lengua en desuso en la que apenas habían unos pocos textos en la tomada biblioteca de Ilia. En su último viaje, había priorizado deshacerse de todo lo que quedase de su vida allí y recabar la información posible en el desolado edificio. La incapacidad de su país natal por repeler la amenaza emergida había hecho que fuera totalmente arrasado, aunque por suerte Izaya había previsto tal escenario y había movido a su gente lejos de allí a tiempo. Ahora estaba haciendo lo mismo con su villa en Begnion, ya que el gobierno comenzaba a fallar y los emergidos parecían haber vuelto. Eliwood había sido tan amable de ofrecerle unas tierras fértiles y bien ubicadas en Pherae en la misma capital, por lo que había decidido ubicarse temporalmente allí.

Había perdido mucho oro con la destrucción de Ilia y la mudanza desde Begnion, por lo que mantener un nuevo domicilio en un marquesado liberado y la mansión de Plegia, nación que no sufría los estragos de los emergidos como tal, salvaría esas pérdidas y recuperaría algo de sus pérdidas. Por suerte, la guerra hacía que sus servicios fueran más necesarios que nunca, así que trabajo y oro nunca le faltaba. Volvió a sonreír a su empleador de forma educada, como agradeciéndole que confiase en él. Era mucho más agradable trabajar con personas así, que le escuchaban de primeras, que con otros que hacían lo que querían sin pensar y terminaban heridos o muertos por no haberle hecho caso. Si Izaya había sobrevivido tan tiempo no era solo porque sabía manipular y manejar a la gente como deseaba, eso solo podía llevarle por parte del camino; sino porque no confiaba en nadie salvo en unas pocas excepciones que eran él mismo y su hermano. El resto de seres vivos del planeta podían ser volubles, propensos al cambio y a la evolución, y por eso mismo el informante solo se fiaba de su propia sangre, solo compartida por él y Judal. Él nunca le traicionaría, y a su vez Izaya tampoco lo haría. No podía decir lo mismo de nadie más. Ni de Eliwood, ni mucho menos de los emergidos.

Observó como las tropas de Renais ya se perdían en la lejanía. Nadie podía escucharles ahora, pero no por ello alzó la voz más que un murmullo bajo, siempre cauteloso de llamar la atención de enemigos sobre ellos. - No se preocupe, Lord Eliwood, hagamos esto con presteza y no perderemos más tiempo que hubiéramos invertido en pelear en caso de que hubiera bandidos o emergidos.  Recemos a los dioses porque el camino y el paso estén libres y el único contratiempo a Carcino solo sea escalar esa pendiente. Las estrategias de los emergidos pueden ser muy buenas, por mucho que me pese decirlo. ¿Recuerda el mapa que le mandé? Eso no es producto de un día o un simple azar del destino. Ellos también poseen líderes y lores y estrategas, los he podido ver y analizar con mis propios ojos. Pueden crecer y avanzar en habilidad como lo haría un humano normal, pueden desarrollar competencias mortíferas y efectivas que podrían rivalizar con las nuestras, y aunque no parecen entender lo que les decimos, eso no quiere decir que no tengan su propio entendimiento. Subestimar su inteligencia creo que ha sido el error que ha sumido al mundo en este caos. No deseo que algo malo le suceda por falta de precaución. Espero que nada malo suceda, pero sugiero ir por ese peñasco, no debe resultar complicado de subir y la pendiente nos ayudará además a visualizar lo que nos espera al otro lado y más allá.

Izaya podía parecer algo paranoico en ese ambiente en el que no había enemigos visibles, pero la vida le enseñaba a uno a no confiar en esa clase de accidentes geográficos. ¿Qué clase de estratega sería si iba confiando en que todo saldría bien al final cuando no había certeza de ello? Valoraba demasiado su propia cabeza como para atravesar un laberinto de piedra del que no tenía conocimientos previos y del que no tenía la superioridad del terreno. Cuando Eliwood estuvo preparado, el informante se quitó los guantes de cuero negro, los guardo de forma metódica en su abrigo oscuro, y tras la seña de asentimiento por parte del marqués, dejó caer las palmas sobre los cuartos traseros de ambos animales. La fuerza del golpe, a la que se añadía el sonido de la mano al impactar sobre la piel de las monturas y el hecho de que tenía dos anillos de plata en los dedos índice que deberían de haber dolido más, hizo que ambos caballos comenzaran a galopar directos a la dirección del desfiladero. Sin mirar a atrás. Spencer se colocó delante, y el segundo animal corrió detrás de él como si fuera su líder. Por su parte, Izaya no perdió tiempo en comenzar a subir entre las rocas de un lado del desfiladero.

Iba siempre con cuidado de que Lord Eliwood no quedara muy atrás, haciéndose útil de cualquier manera que necesitase, apenas hablando para no llamar la atención sobre ellos. Una vez llegado a un punto que juzgaba estratégico, sacó sus binoculares y, en vez de usarlos él, se los tendió al marqués con ademán amable. – Tome, mire usted primero. – Era un instrumento poco popular, pero que Izaya portaba siempre consigo por su utilidad en cualquier situación. Había pagado una gran cantidad por su adquisición y posterior mejora. No había nada que no se pudiera ver con ellos. – Dígame lo que descubra, por favor. Esperemos que no haya enemigos.
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Re: [Campaña de liberación] The Death God Requires More Bones for the Skeleton Throne. [Priv. Eliwood]

Mensaje por Eliwood el Vie Ago 03, 2018 11:32 am

Para bien o para mal, si Eliwood estaba allí en ese momento, en ese modo, era porque confiaba en Izaya. Confiaba en el ojo de Ostia para recomendar hombres útiles, confiaba en lo que contrataba o lógicamente no habría de existir el contrato, confiaba en los seres libres en general y confiaba en que, si recibía consejo respecto a cómo proceder ante enemigos que él no podía ni por lejos clamar conocer, era mejor ponerse a ello que perder tiempo rebatiendo detalles o preguntando las exactas líneas de pensamiento que el estratega seguía. Izaya había estudiado y observado a los emergidos en formas más productivas que las de él, quien sólo había podido batir guerra. Podía valorar, igualmente, el mérito de un proceder que exagerara en cautelas por sobre cualquier falta de. Cierto era que escuchar al joven elaborar tanto en lo refinado y superior del enemigo no era lo que un general llamaría moralizante para teóricas tropas, no daba gran cabida al optimismo, pero suponía el pelirrojo que no era más que su forma de expresarse.

- Muy bien, comprendo. Estaré con usted. - Asintió con la solemnidad que el asunto exigía, dando una mirada analítica pendiente arriba, para comprobar la existencia de suficiente asidero como para poder ascender confiados. No estaba tomando las decisiones, mas sí se adjudicaba la responsabilidad de hacerlas funcionar, como fuera menester. Izaya puso los caballos a correr por la ruta e inició enseguida el ascenso por donde a ellos les correspondería, señal para Eliwood de no hacer más que enseriar el semblante, echar a seguirle y mantener los sentidos atentos a cualquier desagradable sorpresa. Al apresurarse a pie un gesto incómodo le cruzó las facciones, un tenso fruncir del labio superior producto de la rodilla que resentía el movimiento, del que al menos no tenía que preocuparse al estar a la espalda del otro. Haberse deshecho de la pieza más pesada de armadura para dársela a su caballo ayudaba, también, a mantener la dignificada postura que acostumbraba. Sólo tomó aire, inspirando profundo, y continuó hasta tener donde aguardar; para entonces su ceño fruncido en una expresión que más que cualquier otra cosa, pareciese queda ira. Suavizó el gesto al ladear el rostro hacia el joven, y más aún al recibir de su mano los binoculares.

- ¡Oh! ¡Vaya, qué interesante modelo! - No pudo evitar soltar el comentario, quebrantando por un instante la impresión de gravedad en torno a sí al tomar el objeto, que habría examinado con más curiosidad entre manos si no apremiaran otros asuntos. El encasillamiento en que siempre había vivido lo mataba de la más pura y banal curiosidad por pequeñeces; toda clase de chucherías le llamaban la atención. Se preguntaba por qué y de donde lo habría conseguido el joven. No obstante reconocía lo que debía ser hecho y volviéndose hacia al camino, recta su postura, no demoró en llevarse el instrumento a la altura de los ojos.

Por un par de momentos nada dijo, sólo buscando entre el defecto del terreno la posición de los caballos. Al instante en que pudo verlos, galopando aprisa uno tras el otro, halló también una figura saltando frente a ellos, aventando alguna especie de lanza liviana justo desde allí en intento de frenarlos. El proyectil dio y rebotó contra la armadura de Spencer. No obstante, no parecía la figura buscar agredirlos más, sino que intentaba bloquearles el camino, detenerlos. Una segunda se le unió, desde más atrás, intentando ya hacerse con las riendas de los animales. Estos, a la carga, difícilmente dieron oportunidad, casi que embistiendo a los intrusos y arrancando de la mano oportunista las riendas al pasar. Las figuras no tuvieron más remedio que salir de la trayectoria. - Dos... los caballos les han rebasado. No, hay más... - Explicaba Eliwood, aún siguiéndolos a través de los binoculares, sin tiempo a relajarse entre un incidente y otro. Lo que parecía ser el resto del grupo oculto en el terreno, más adelante, salía en forma menos ordenada a intentar hacerse con los animales. Tres más eran los que intentaban detenerlos al otro lado del despeñadero, anteponiendo no más que un escudo de aspecto nuevo en un intento mejor de bloqueo. Apenas y veía armaduras y armas; lo poco que hubiera, de mezcladas coloraciones y formas, que delataban nada ser de un mismo juego. - Cinco de ellos en total. No portan mucho-- ¡ah! - Continuó, hasta dar una pequeña exclamación de sorpresa. Aún poco armados, poco equipados, el puñado de emergidos había sido exitoso en frentar a su caballo, que se había chocado casi que de frente contra el escudo. El equino detrás no podía hacer nada distinto. Los tres hombres sostenían las riendas y se esforzaban por contener a los animales briosos. La idea de que terminaran robados exaltó la sangre del hombre mayor en imprevista forma, causando que bajara los binoculares, los pusiera en mano de su dueño y con un gruñido en la voz se apresurara a moverse. Los ojos le centelleaban ya. - De ninguna forma. ¡Quédese a distancia, Izaya! ¡Vaya más adelante en el camino! -

Los talones le resbalaron un poco en la tierra más suelta, mas mantuvo el hombre su equilibrio aunque la rodilla le protestara con ardor. No miró en esos momentos a Izaya, ni corroboró lo que hiciera, nada más que apurándose al camino con una mano en la funda de la espada y la otra nunca muy lejos. No contemplaba ni pedía que se le uniera su acompañante, no en lo que haría en ese mismo momento. Los dos emergidos más cerca de la entrada al sitio habrían de tardar en dirigirse a sus compañeros, podía no contarlos como enemigos a abatir si lo hacía todo aprisa. No obstante, uno contra tres era una perspectiva bastante mala, igualmente. Si los abordaba bien podía atrapar a uno por sorpresa, reducir ese número, y el resto dependería de la destreza y la suerte. Él estaba bien armado, al menos. No eran las mejores posibilidades, mas tampoco las peores. Desenvainó la espada apenas al verse en terreno liso, y precipitándose tras los bandidos condujo el filo de frente a través de uno, tensando los brazos para abrirse paso con fuerza por las costillas y atravesar el pecho. Con emergidos, no había otro modo en cuya eficacia confiar. Retrajo la espada y corrigió la postura con miras a una lucha más complicada, pero con suerte breve.
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Re: [Campaña de liberación] The Death God Requires More Bones for the Skeleton Throne. [Priv. Eliwood]

Mensaje por Izaya Orihara el Vie Ago 03, 2018 2:02 pm

Había sido fácil saber de qué pie cojeaba Eliwood. Una mirada de soslayo hacia atrás, como quién pretendía observar el terreno, le había dado toda la información que necesitaba. Aplaudía, sin embargo, su empeño en escalar pese a la dificultad de la acción. Cualquier otro hubiera ladrado una orden que le evitase el dolor, pero no el Marqués de Pherae. Si Izaya no hubiera sido tan discreto en su observación, apenas se habría dado cuenta de ello, pues el Great Lord era silencioso en su pesar aunque no tanto como le gustaría pensar, al menos no en la presencia de alguien tan acostumbrado a oír el más mínimo murmullo y atisbar el más pequeño detalle. Ahora entendía su empeño en utilizar caballos y su esmero en proteger a su montura de cualquier tipo de daño. Lo había juzgado como un sentimentalismo algo patético, pues Spencer no dejaba de ser un animal como otro cualquiera, Eliwood debía de haber criado y manejado sementales y yeguas igual o de mejor sangre a lo largo de su vida, pero parecía ser que el sentimiento era algo más cercano al utilitarismo. Como quién aprecia unas buenas botas de cuero y no desea verlas manchadas o rotas. O unos binoculares particulares. Al menos tenía buen gusto. - Le podría conseguir unos, si lo deseara.

Mientras el Marqués miraba a través de su herramienta, Izaya le analizó a él sin ninguna clase de pudor, en especial sus expresiones faciales. Qué interesante era ver tanto abanico de emociones en un hombre que hasta entonces solo había tenido una sonrisa para él y quizás algún gesto de sorpresa ocasional. Reparó también en su rodilla, en la postura digna que trataba de mantener. Los hombres nobles nunca deseaban mostrar debilidades y mucho menos a personas como él. Aun no sabía si tenía la confianza de Eliwood, pero la falta de sinceridad respecto a ciertos temas le afirmaba que no. Al menos, no el punto que él esperaba lograr. Si hubieran tenido más intimidad el uno con el otro, y no valorase tanto la posición que se estaba labrando con el mayor, le habría dicho que ese ejercicio le venía bien, mejor que andar siempre en el lomo de un caballo. Izaya llevaba toda su vida en las alturas, escalando muros y trepando por paredes a veces lisas y sin apenas resquicios. Durante su infancia se había hecho roturas a veces duras, y todas le habían sanado a la perfección volviendo a su rutina y un par de brebajes de sanación. Si Eliwood no empleaba esa pierna aún sin sanar, se le atrofiaría y se quedaría cojo a una edad que, aunque no en su primor, aún guardaba juventud y lozanía.

Por supuesto, Izaya guardó silencio. Después de lo que debía de haber sufrido el mayor para subir allí no creía que apreciara que un joven le dijera que era bueno para su salud esa escalada tan desagradable. Por mucho que el informante supiera que tenía razón. Como lo había tenido con lo de los enemigos en el desfiladero. Alzó las cejas con cierta satisfacción y falsa sorpresa. Si no hubiera habido ningún emergido se habría alarmado, pero una emboscada prevista era diferente, no le asustaba por mucho que hubiera cinco enemigos contra dos. ¿Si hubiera estado vacío? La cosa cambiaba, habrían estado a la salida o en otro lugar aguardando a los incautos. Pero sabiendo quienes eran y habiéndolos tomado por sorpresa, la cosa cambiaba. Aun así, estaba impaciente por mayor detalles. Solo podía ver hasta cierto punto con la vista, ningún detalle, y el sonido solo le decía que los caballos estaban encabritados y que algún tipo de arma había chocado contra la armadura metálica. Sinceramente, mejor un animal que ellos. Pero Eliwood no parecía pensar así. Se incorporó con indignación que Izaya encontró adorable en un hombre siempre tan compuesto, y no dudo en lanzarse a la batalla.

Tanto cuidado en mantenerse lejos de ataque para que no sirviera de nada. Al final sí que resultaba ser sentimentalismo lo que el marqués sentía por su montura. Bueno, no había nada que se pudiera hacer ya, los emergidos que estaban más atrás se habían dado cuenta del inminente ataque. Apenas tuvo tiempo de llevarse los binoculares a los ojos y dar un breve repaso a las cinco unidades enemigas en el camino rocoso. Si Eliwood hubiera sido más explícito no hubiera perdido el tiempo así, pero tampoco podía llorar por ello. Él había sido quién le había tendido el instrumento al Great Lord. Por suerte, los emergidos presentes no eran nada especial. Apenas tres ladrones y dos mercenarios sin demasiada habilidad. Seguramente eran carroñeros y bandidos, más enfocados en atacar caravanas y saquear aldeas pequeñas que en enfrentarse a guerreros experimentados. No eran las clases más inteligentes, tampoco.  Fortuna les había sonreído. Eliwood pudo acabar con uno en poco tiempo, su ataque una técnica que indicaba su maestría con la espada.

Sin embargo, Izaya no se detuvo a admirarle. No podía permitir que su jefe muriese en batalla, por mucho que detestase pelear de esa manera tan burda. Se ganaría una reputación terrible para el negocio. Así que sin dudarlo, aunque de forma metódica, fue detrás de él, pero avanzó un poco más adelante por los peñascos, hasta casi llegar a la altura en la que los otros dos emergidos trataban de contener a los caballos sin la ayuda del tercero. Ágil y elegante saltó desde allí hacia uno de los bandidos que quedaban de espaldas, arma alzada en la mano derecha y los binoculares apenas bien guardados en su bolsillo correspondiente. Aterrizó en los hombros de la mercenaria que justo tenía agarrada de las riendas a Spencer. Sorpresa. - Cualquier otra persona habría sido lanzada al suelo del golpe y la inercia, pero era una mujer resistente. Se aferró al bozal del caballo para no caer. Spencer, por su parte, se encabritó aun más con la súbita aparición desde las alturas del informante. Se puso a dos patas, sus relinchos unos propios de la ansiedad y de la confusión, y Izaya aprovechó la oportunidad para cortar de un tajo la muñeca ajena, donde no había armadura que la protegiera.

La mano se quedó agarrada en un puño a las riendas, mientras que del muñón salió un chorro de sangre que salpicó el pecho armado del animal que ya estaba libre. Por su parte, la mercenaria trató en un primer inicio de agarrar al informante por la bota para quitárselo de encima, pero Izaya ya estaba preparado para algo así. Se echó con todo el cuerpo hacia atrás, sus piernas enrolladas alrededor del cuello de la enemiga, sus dedos agarrados de su cabello, y la daga abriéndose paso justo por debajo de la barbilla en un corte que dejaba al descubierto la sangre, músculos y huesos que había debajo. Debía matarla antes de que le devolviera el golpe con la espada que portaba. Por lo precaria de la posición, sus binoculares cayeron del bolsillo al suelo, donde fueron aplastados por Spencer cuando sus patas delanteras cayeron al suelo, para gran disgusto del estratega que renovó sus esfuerzos por matar a la mercenaria. - ¡Muere ya!
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Re: [Campaña de liberación] The Death God Requires More Bones for the Skeleton Throne. [Priv. Eliwood]

Mensaje por Eliwood el Vie Sep 28, 2018 5:28 pm

De los cinco enemigos a considerar, ahora cuatro, dos habían quedado atrás en el despeñadero, donde habían intentando inicialmente hacerse con los caballos. Era de suponerse que tardasen poco más de un minuto en alcanzar la posición de Eliwood y los otros dos emergidos, quizás hasta dos minutos si la sinuosidad hacía la distancia mayor a lo que parecía. Ese era el tiempo que el caballero tenía para que todo terminase. Abatir a dos obstáculos, recuperar a los caballos, subir a Izaya y dejar el lugar atrás. Dobló uno de los brazos tras la espalda, perfectamente recta, la otra mano empuñando con el filo hacia arriba la espada. No podía hacer más que confiar y persistir.

Sin esperar a que le atacaran primero, pues reconocía lo estrechas de sus posibilidades, se lanzó él a por el blanco más cercano. Un sólo paso, una blandida cuidadosamente calculada, aunque larga. El hombre de ojos rojos alzó la espada a tiempo para contener su ataque, mas el pelirrojo no cambió su movimiento; al contrario, descargó con ímpetu contra el arma de gastado aspecto que pretendía bloquear la suya. Con el impacto escuchó un chirrido que, si no un quiebre, sería cuanto menos un doblez o un astillamiento. A fin de cuentas, una ruptura de ritmo para su enemigo. Manteniéndose en movimiento, pues no podía vigilar bien los actos de su segundo oponente todavía, se giró para retraer su espada, y con el mismo movimiento que daba junto a su enemigo, blandirla a nueva cuenta hacia su cuerpo. Apuntó alto. Si bien no alcanzó el cuello, el contacto con la cabeza del emergido fue seguro y fuerte, incrustando el arma por la nuca con un crujido húmedo y amortiguado. El cuerpo cayó, la cabeza de súbito muy suelta en el cuello. La rodilla del marqués le parecía palpitar y arder de dolor, resintiendo los movimientos de la esgrima a tal intensidad que, sin provocación alguna, apenas terminaba aquel gesto, se dobló como si se la hubiesen golpeado. Decayendo casi hasta tocar suelo antes de atraparse, se quejó entre dientes. Un sudor frío le bajó por el cuello, no por la repentina sensación, sino por lo que ese titubeo y esa falla pudieran costarle.

Pero nada desafortunado llegó a darse. Cuando encaró con la espada pronta al enemigo restante, halló ya a la mujer con el cuello abierto en una cascada de rojo oscuro y su estratega sobre los hombros, en una posición que le parecía todo menos estable. Más aún, cuando la debilidad del final bajaba las extremidades de la mercenaria, le dejaba el cuerpo lánguido y cayendo ya hacia atrás. Quiso atrapar al joven, mas el relincho agitado de su caballo le alertaba de que debía contenerlo primero, cuanto antes. Dividido y apresurado, no pudo hacer nada mejor que tomar con una mano las riendas, halando firme y sosteniendolas quietas en una posición baja para que el corcel se quedara; con la otra mano agarró de la ropa el cuerpo de la mercenaria, mango de espada aún sujeto y todo, de modo que al menos se sostuviera un segundo más, para darle tiempo a Izaya de bajar o caer mejor. La rodilla dolía tanto que le entumecía la pierna. Y pese a todo, era una expresión de cejas apenas arqueadas la que ponía en su rostro, preocupación y leve congoja dibujadas por sobre todo lo demás al tener a Izaya allí, habiéndose metido al combate en lugar de esperarlo más adelante en el camino. Con los labios separados para respirar a través de estos, el pecho subiendo y bajando en agitación, habló. - No es esto lo que le pedí... ¿no? -

No obstante, el resto habría de quedar para después. El mismo primer comentario fue dejado al aire, apresurándose el pelirrojo a sostener a Spencer y, apenas tuviera en pie al informante, instarlo a trepar a la montura, impulsarlo u ofrecerse de punto de apoyo él mismo si debía de. Su pierna era un problema cuando debía combatir o moverse a pie, pero sus brazos seguían siendo mucho más fuertes de lo que la vestimenta finamente bordada sugería. Tras el muchacho subiría él al mismo caballo, sin tiempo de separarse justo en ese momento, mientras no les alcanzaran los demás emergidos. Tan sólo cuidó, por seguridad, llevar frente a sí al más jóven en lugar de a su espalda, donde se sentiría más seguro de tenerlo. En cuanto al otro caballo, por lejos no imitaba el brío del primero, más bien intimidado, de modo que no fue problema tomarle las riendas para que anduviera con ellos al partir. No era práctico ni cómodo, pero habría tiempo después de llevarlo atado o de pasar a Izaya al otro caballo. Por el momento, lo único que debía hacer era alejarse del despeñadero, perderse reino adentro. Spencer echó a correr tan impetuoso que Eliwood debió contenerlo por el bien de su pasajero y del otro corcel.
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Re: [Campaña de liberación] The Death God Requires More Bones for the Skeleton Throne. [Priv. Eliwood]

Mensaje por Izaya Orihara el Lun Oct 15, 2018 11:10 am

Izaya habría querido poner en práctica uno de sus movimientos marciales que tanto le había gustado aprender en su juventud. Sin embargo, Eliwood agarró a la mercenaria por la ropa para evitar que cayese hacia atrás como el informante quería. Tal acción, pro su propia inercia, hizo peligrar su ya precaria posición sobre los hombros de la emergida, que cada vez veía más cerca el suelo. Ante la súbita necesidad de bajarse cuanto antes, pues dejarse caer no era una opción, Izaya clavó su daga con más fuerza en el cuello enemigo y la dejó ahí. Al estar libre de manos, no dudó en doblarse hacia atrás casi en un círculo perfecto, hasta que las palmas de sus manos se apoyaran en el suelo para después usar el impulso de la gravedad para caer como un trapecista sobre sus pies. Con tranquilidad, agarró su arma ensangrentada antes de que la mercenaria cayera inerte frente a él. Fue a sonreír, quizás a añadir un dramático “Tachán” como quién acaba de representar un espectáculo, pero entonces escuchó las palabras de Eliwood y vio el gesto que tenía en la cara, y toda expresión teatral murió en sus labios.

Para una persona tan orgullosa como el informante, ese comentario le tocó algo dentro que no le gustaba. Primero, la humillante sensación de que había hecho mal cuando él sabía que había actuado de la manera más eficiente e inteligente posible. Segundo, el golpe al orgullo al ser regañado por alguien que parecía preocuparse por su bienestar. La mera idea le podría haber causado gracia en otros momentos, pero no cuando esa sinceridad en sus ademanes y palabras le provocaban un desagradable escalofrío porque parecían ser verdaderas, cuando él sabía que eso era algo infundado y una sandez. Las cosas no funcionaban así. Respiró con fuerza, de repente mucho más agitado de lo que había estado durante la corta batalla. No se le había movido apenas un cabello en el enfrentamiento, y sin embargo sus mejillas estaban algo coloradas y una leve arruga aparecía en su frente, apenas visible. Pero puesto que aún no estaban a salvo, no respondió. En silencio, pero presuroso, se subió al caballo delante de Eliwood y se agarró con fuerza a su crin.

Podía sentir la fuerza de Spencer bajo sus piernas, que volvían a arder con la fricción de la silla y los poderos músculos del animal. No tardaron demasiado en irse a un golpe de galope que le hizo de inmediato aferrarse con mayor esfuerzo a lo que pudiera. Durante un tiempo, lo único que pudo escuchar fue el sonido de los cascos pisando la tierra, el viento cruzar su rostro sin descanso, el sonido metálico de la armadura del caballo y su jinete chocando cada vez que la bestia daba un nuevo paso a todo correr. Recuperó el aliento muy rápido, pero aun así se mantuvo en silencio un poco más, meditando y pensando en el correcto orden en el que quería expresarse. Por unos momentos sopesó mentir de forma descarada, decir que no había escuchado sus palabras, o que había entendido otra cosa diferente, pero Eliwood no era un estúpido, y él tampoco, y esas mentiras solo lograrían herir su reputación con el marqués y, seguramente, con cualquiera de sus colegas nobles a los que les hablase de su trabajo. Según le había ido conociendo, parecía que el Lord era un hombre que valoraba la cercanía y la honestidad, algo que Izaya en sí no era, pero que podía pretender ser.

No quedaba de más ser humilde, quitar un poco la amargura de la situación de sus palabras y suavizar su tono. Aún mirando al frente, y seguro de que su contraparte había recuperado algo el aliento al estar lejos de peligro inminente, habló con voz pausada: Lamento lo que ha sucedido antes, Lord Eliwood. Tiene razón, no hice lo que me pidió.  – se disculpó, y giró un poco el cuerpo para mirarle de forma directa. – Soy un hombre pragmático que cree que eso es una virtud para mantenerse con vida. Juzgando la situación, me pareció que su petición era poco razonable y demasiado temeraria, así que decidí ignorarla. Le pido perdón si le he molestado o sorprendido. – habló tranquilo, absolutamente explicativo y sincero. – Si lo que le preocupaba era mi seguridad, déjeme decirle que sé defenderme. Esta situación no ha sido diferente a las que vivido trabajando para usted hasta ahora, las historias que le he contado antes eran experiencias propias, aventuras reales con enemigos reales. Y he sobrevivido siempre, en bastante buena condición me atrevería a decir, por lo que le animaría a que no temiera en utilizar mis habilidades hasta donde llegue nuestro acuerdo. – porque ese era el límite, allá donde había quedado estipulado lo que Eliwood quería de él y lo que Izaya estaba dispuesto a dar. Había derramado mucha sangre propia y ajena en esa empresa ya, tanta que era algo indignante que el Lord lo tomase por una damisela en apuros ante el primer enfrentamiento que encontraban.

La posición se le volvió incómoda, así que volvió a fijar la vista en el frente. Le habría gustado poder evaluar las reacciones del Lord, pero aún podía sacar mucho de lo que podía ver de soslayo, en especial la expresión corporal. - Y, con todo el respeto Lord Eliwood, trabajo para usted, pero no soy su soldado. – esta era la parte más delicada de todas, por la que Izaya hizo su voz más neutral y suave, para que no sonara como el filo de un cuchillo aunque eran palabras graves y directas. - Ni siquiera soy su estratega, pues el trabajo que me ha querido dar no es de asistirle en su gobierno ni el de aconsejarle, sino el de investigar la situación del mundo. Solo soy un simple informante. No hace falta que me engañe, sé que me ha dado esa peligrosa tarea porque yo soy prescindible, si no se la habría dado a cualquier otra persona de Pherae. Esta es mi profesión y créame que adoro mi trabajo. Pero eso también quiere decir que en momentos como este en el que vea que nuestras vidas peligran por una decisión desacertada, no tendré reparos en hacer lo que crea más conveniente para mantenernos a ambos con vida. – Y ahí, sus ojos rojos se clavaron en los azules.

No quedaba duda de que Izaya creía lo que había dicho, y que no sentiría vergüenza por ello. Muchos otros nobles habían tenido problemas el estratega por cosas así, pues estaban acostumbrados a la total lealtad de aquellos que trabajaban para ellos, solo quizás siendo algo recatados con mercenarios, pero solían obviar que el trabajo de informante era ser mercenario de la información, así que lo tomaban a él como un estratega más a su servicio cuando no lo era. Izaya nunca había jurado su fidelidad a nadie, tampoco a Eliwood. Más que nada, porque hasta entonces ningún Lord y ninguna dama se lo había pedido. Pero incluso si una oferta así apareciera en su puerta, ¿la tomaría? Dependía de lo que ganase y lo que perdiese, por supuesto. Libertad a cambio de estabilidad constante, tan necesaria en un mundo tan cambiante y peligroso, pero también un anclaje que podía comprometer otros negocios que tuviera. De todas maneras, no servía de nada meditar en un asunto que seguramente nunca llegase a ver pasar. Sonrió un poco.

La gente siempre necesitaba a hombres como él: útiles pero prescindibles. No había mentido al decir que su trabajo era ser así. Ni siquiera lo veía como algo malo o triste, sino como un hecho irrefutable y real. Al final del día, uno quería irse a dormir tranquilo. Las serpientes debían quedar fuera de casa. El pensamiento le hizo sonreír un poco más. Es bueno hablar estas cosas, Lord Eliwood, para evitar posibles malentendidos en el futuro. – musitó con más ánimo, tratando de romper la tensión. Bueno, podía ser que decidiera despedirle de su cargo, no era una actitud extraña en un noble que no le gusta lo que había escuchado. Aunque, la verdad, se preguntaba si el marqués no tenía en casa a estrategas que le hubieran desaconsejado todo lo sucedido. Viajar a Carcino era de locos cuando no era un país estable ni con una milicia importante, aun más después de haber rechazado la ayuda de las tropas del Príncipe Ephraim y no haber ido con las suyas propias de Pherae. Además, a eso se sumaba el recibimiento que habían tenido nada más entrar en Carcino. Izaya no guardaba muchas esperanzas respecto al país.
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Re: [Campaña de liberación] The Death God Requires More Bones for the Skeleton Throne. [Priv. Eliwood]

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