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[Campaña de liberación] The Death God Requires More Bones for the Skeleton Throne. [Priv. Eliwood]

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[Campaña de liberación] The Death God Requires More Bones for the Skeleton Throne. [Priv. Eliwood]

Mensaje por Izaya Orihara el Sáb Feb 17, 2018 10:11 am

Le ardían las piernas.

Había esperado que Eliwood, siendo un marqués y un señor acostumbrado a la vida de alta cuna, prefiriera viajar en carruaje. Sin duda alguna, la comodidad de un coche tirado por caballos era incomparable a otras formas de movilización. Era lento, pero en su interior uno podía dedicarse a asuntos que no le harían perder el tiempo que se empleaba en trasladarse de un sitio a otro. Izaya se movía en carruaje cada vez que podía, o en barco en caso de tener que atravesar grandes masas de agua. Básicamente, le gustaba cualquier medio de transporte en el que él no tuviera que manejar algo, y que no le alejase de trabajar mientras tanto. En un carruaje podía pasarse horas leyendo, redactando, e incluso meditando sobre un asunto u otro. A veces jugaba en su tablero de ajedrez a juegos que solo él entendía, o hablaba con sus compañeros sobre cuestiones personales o de negocio. En más de una ocasión había tenido reuniones muy interesantes en una traqueteante carroza. El informante era eficiente en su trabajo, y sabía mejor que nadie que el tiempo era dinero.

Decían que montar a caballo era la forma más rápida de moverse. Izaya se reía de tales sandeces. En vez de estar subido en una bestia maloliente e incómoda, podría haber disfrutado de un tranquilo trayecto de Renais a Carcino al resguardo de un carruaje con la ilustre compañía del Marqués. Eso habría sido ideal. Pero no. Lord Eliwood se había empeñado en que la celeridad era clave, y que para eso era mucho mejor cabalgar. Nada más llegar a Renais, donde habían quedado reunirse, el noble le había instado a montar junto a él. Algunos hombres le habían dado una yegua oscura, propensa a morder lo que tuviera delante y que, de dejarla, habría hecho todo el camino al galope. Asqueroso animal sin pizca de intelecto. Seguía algo entumecido por las batallas a las que se había enfrentado en Akaneia, que habían sido al menos una en cada uno de los países que había visitado. Le había sucedido de todo, y en muchas ocasiones había tenido dificultades para escapar incluso con vida. Sus piernas habían salido bastante perjudicadas, producto de que se le hubiera caído, precisamente, un caballo encima.

Al ver a la bestia que le llevaría a Carcino, Izaya tuvo que contener un resoplido de puro fastidio. El animal se limitó a mordisquear el pelo gris de su abrigo como si fuera parte del pasto, a lo que el estratega respondió con una expresión de indignación. Humillado desde un inicio, pues más de uno de los soldados que acompañaban al marqués se habían reído del espectáculo, se hizo una promesa de no volver a dejarse en evidencia. Con la barbilla alta, se subió a la montura y la dirigió a donde el Marqués de Pherae le aguardaba. No sabía montar tan bien como un caballero o un noble, pero sus movimientos fluidos y elegantes ocultaban sus carencias. Sonrió de forma encantadora y, cuando nadie le veía, dejó caer unas gotas de perfume sobre la crin del corcel, a fin de hacer más soportable el mal olor. Eso estaba mejor. Más satisfecho, igualó el paso al de Lord Eliwood para poder conversar con él. Había muchas cosas en las que tenían que ponerse al día.

Le contó teatralmente sus aventuras en Akaneia. Tenía especial cuidado en no mencionar ninguna de sus penurias a no ser que le favorecieran en cierto aspecto, y en no revelar información delicada. No sabía si Eliwood confiaba en la lealtad de los soldados que lo acompañaban, o si acaso sus tareas de investigación eran secretas por entero. A menos que se le indicase lo contrario, mantendría sus labores como algo que solo Eliwood y él sabían. Era un profesional que se caracterizaba por su discreción y, a no ser que recibiera la orden expresa, sus labios estaban sellados hasta encontrarse en un entorno más íntimo. Otra razón más por la que era mejor viajar en carruaje, pero ya era muy tarde para hacerse mala sangre por ello. En el primer tramo del viaje le relató al marqués, casi como si se tratase de un poema épico, las batallas a las que había sobrevivido en Ylisse, Plegia, y Hoshido. Acostumbrado a hacerse oír y a entretener cuando hacía falta, el estratega sabía darle el tono, la intriga, y las pausas adecuadas como para que Eliwood estuviera entretenido y expectante.

Si alguno de los guardias tenía la oreja puesta en su conversación, sería también una buena forma de alimentar los rumores que ya circulaban sobre él. Uno nunca era lo suficientemente famoso. Le contó en su carismática manera cómo había logrado sobrevivir, apenas con la ayuda de su ingenio y una espada temporalmente aliada, un ataque sorpresivo en Plegia. Hizo especial hincapié en lo salvajes que eran las mujeres allí. La gente habla de la fiereza de las damas de Sacae, pero las plegianas están en otro nivel muy distinto, espero que nunca tenga que interactuar con alguna, mi Señor. No es plato para una persona civilizada. También le habló de cómo había estado bebiendo un delicioso té en una posada en Hoshido, cuando una flecha incendiaria había atravesado las puertas de tela. Fue terrible, uno ya no puede ni tomar un refrigerio en Hoshido en paz. Una verdadera lástima. Y también le relató cómo en Ylisse había intervenido, en ayuda de los creyentes de Naga, en una gloriosa batalla para alejar a los emergidos de una región.

- Aunque imagino que usted habrá visto batallas, e incluso guerras, mucho más memorables que las mías, Lord Eliwood. Espero no haberle aburrido con estos relatos que deben de hacérsele tediosos para un guerrero de tanto renombre como el suyo. – le dirigió una sonrisa suave, casi tímida, pues no quería que el comentario sonase falso o irónico. – Siento que he acaparado gran parte de la conversación, -se disculpó, aunque en todo momento había hecho partícipe al Lord de sus andanzas, preguntándole qué creía que sucedía a continuación, o contestando a sus propios comentarios. - ¿Cómo ha estado usted en Pherae? Mi contable me informó que el marquesado está cada vez está más bello y recuperado de los estragos de las invasiones emergidas. Es un orgullo para mí, y para mi gente, que nos permita vivir allí. Prometo ayudar en la medida de lo posible a su reconstrucción. – se colocó una mano sobre el pecho, en acción de juramento, y habría continuado con las adulaciones, de no ser porque captó algo con la mirada.

Se estaban acercando a un estrecho de piedra, un pequeño pasillo llano en medio de dos montículos pedregosos. En un entorno montañoso como lo era Carcino, no era extraño encontrar accidentes geográficos como ese. Sin embargo, su figura oscura, y extremadamente silenciosa, pronto llamó la atención del informante. No se le había pasado por alto que no se habían encontrado a ningún emergido en el trayecto. Observó a su alrededor, y pronto descubrió que no había nada raro en las inmediaciones. Ni siquiera perturbaba el aire el sonido de las moscas o el canto de los pájaros. Demasiada paz, demasiada tranquilidad, demasiado silencio. La yegua hizo un movimiento brusco al detenerse, e Izaya tuvo que contener una mueca de molestia, pues el roce de sus muslos contra la silla de montar había sido constante, y sus piernas estaban doloridas después de haber estado sentado a horcajadas durante tanto tiempo. Disfrazó su expresión por una de duda, con una ceja alzada y los ojos rojizos entrecerrados. – Mi Señor, sugiero un cambio de rumbo. – No tenía ganas de morir porque habían sido tan estúpidos como para pasar por un lugar perfecto para una emboscada, ya fuera de bandidos o de emergidos.
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Re: [Campaña de liberación] The Death God Requires More Bones for the Skeleton Throne. [Priv. Eliwood]

Mensaje por Eliwood el Mar Feb 20, 2018 10:35 pm

En la quietud de los caminos flanqueados de montañas, la voz de Izaya platicando animadamente de un suceso y de otro resultaba fantástica compañía. Un alivio para la fatiga por sí sola, para quien había viajado semanas hasta Renais, se había detenido sólo para apresentarse con la autoridad necesaria y sin más había partido ya a su siguiente destino. Desde luego, sostener una conversación de cualquier índole o longitud era una habilidad que se desarrollaba y dominaba como cualquier otra, y a Eliwood su acompañante se le antojaba alguien ducho en el arte, pues ni una sola vez se había hallado a sí mismo aburrido en ese prolongado trayecto. En cuanto llevaban transitado sobre la frontera de Carcino había oído de variados viajes y sus incontables anécdotas, mas no había parte relatada que no resultara o interesante por las novedades vistas, o hasta graciosa por el cambiante tono de voz cuando el informante exponía sus salidas y soluciones a cada desventura ocurrida. Testigo o participante, era claro que se le daba bien narrar los altibajos de las batallas, extrayendo lo trágico de la realidad actual y realzando lo impresionante de cada escena. El marqués había reído, asentido en silencio y comentado gustoso, hasta instándolo de tanto en tanto a proseguir y revelar lo próximo.

Era conversación amena pero superficial, el pelirrojo era consciente de ello. No se adentraban aún, por lejos, en las temáticas de mayor peso que les atañían y había varios posibles motivos por los que sospechar que así era, desde el hecho de que no estaban a solas aún hasta la cortesía de partir por algo más llevadero antes. Por cual razón fuera, se lo agradecía en fuero interno a Izaya. El hombre quizás no fuese de sangre noble, pero su comportamiento reflejaba que hacía las cosas en un órden deliberado en lugar de coincidental, consciente, y podía tratar con él sin que se dejasen entrever sus asuntos, como tan crucial era para la nobleza. Por supuesto, el entretenimiento también era un agrado, tenía su valor incrementado cuando el viaje de tantos días había carecido de. El tiempo de tocar asuntos de peso llegaría después; por el momento, así estaba más que bien. Acortaban la distancia entre ellos y su destinación a buen paso e Izaya mantenía el silencio fuera del ambiente, aunque rozando el punto fronterizo comenzase a dudar y plantear un cambio de enfoque.

- No, por favor, no se preocupe de eso. ¡Sus aventuras han sido más atrapantes que las mías, en verdad! - Eliwood replicó casi de inmediato, exhalando en satisfecho ademán. Por supuesto, una falta completa de respuesta no habría sido nada cortés, por lo que continuó. - Casi todo este tiempo estuve sirviendo en Regna Ferox junto a Altea, pero el relato de una guerra puede parecerse en demasía al de cualquier otra. Arduo el proceso y satisfactorio el resultado como fue, no creo que resulte muy interesante. Apenas pude regresar a Elibe cuando las noticias de Magvel empezaron a llegar, es una fortuna que la reconstrucción no necesite estrictamente de mi presencia ya, o no podría haberme permitido este viaje. - Dijo. Lo cierto era que bastante más sucedía en Lycia, pero el desbalance de poder entre marqueses, el intento de establecer a una heredera todavía no reconocida y el cuidado que Eliwood llevaba en que eso no afectase las relaciones con su protectora Altea eran demasiado problemáticos para ser mencionados; al hablar del estado de un reino, ningún noble que se preocupase por el mismo se atrevía a responder en una forma que insinuara la menor flaqueza o carencia. Lo complejo se barría bajo la alfombra, las noticias que se mencionaban siempre eran las buenas. Cuanto menos, era lo que un diplomático prudente hacía. A todas luces calmo, el pelirrojo de avanzada edad ladeó la cabeza hacia su compañía y correspondió a su sonrisa con una propia. - ¿Ha visitado Regna Ferox ya? Porque tengo la impresión de que ha viajado mucho más que yo, en total. -

La pequeña comitiva continuaba camino, los cascos de los caballos sonando de forma regular en el suelo rocoso, mas el de Izaya no demoró en detenerse de súbito. Ante el gesto, sin pensarlo demasiado, sino por mero instinto, el marqués adelantó al suyo con un sucinto espoleo y estiró el brazo para llegar a tomar el costado de la rienda del informante, echando un paso atrás al animal y sujetando tenso para que este no diese ninguna otra sorpresa por agitarse. Pasado aquel par de segundos, momentos en que su brazo permaneció quieto y todo el cuerpo del caballero en similar tensión, soltó la rienda ya dedicando una mirada de disculpa hacia el pelinegro. - Lo lamento, la fuerza de la costumbre... - Se excusó. No era desconocido a nadie que hubiese visitado Pherae que la cría de caballos era el oficio que daba fama local al marquesado, y su gobernante era todo menos ajeno a ello. Él mismo montaba no sobre un caballo prestado de Renais, sino sobre uno de su propiedad, traído consigo en toda la travesía marítima. El hombre vestía azul y plateada armadura de caballería, con el pecho y los hombros protegidos, luego grandes piezas a cada lado de los muslos y armadura casi completa en las piernas, mas el área del estómago y los brazos libres; el corcel, en acordancia, llevaba armadura de las mismas tonalidades protegiendo la cabeza, principalmente escudando los ojos, además de la montura hecha a medida y el estandarse de su origen en paño azul oscuro. Lo cierto era que Eliwood se había separado muy poco de sus caballos en el último tiempo, no había regresado del frente de guerra capaz de combatir a pie ágilmente, y si acudía a un sitio todavía peligroso como anticipaba que Carcino fuese, más motivo tenía para persistir y llevar una montura entrenada. Mantener control era menester. Retomando sus propias riendas prestó atención a las palabras del otro, estudió por un instante el gesto en su faz, y con un único asentimiento de la cabeza mostró su conformidad.

- Quédese tan cerca como pueda. Pasado este cruce, ya estaremos fuera de Renais y en tierras de Carcino. - Informó. La ausencia de sonidos naturales donde debía haberlos jamás era buena señal, y aunque no hubiera mucha más seña por la cual guiarse de momento, era suficiente para invitar a la cautela. Eliwood volvió a su caballo en dirección a los hombres de Renais que les habían escoltado hasta allí. - De aquí en más procederemos a solas, yo y mi invitado. Caballeros, agradezco profundamente su compañía y cuidados, pueden reportar mi paso seguro hasta este punto al príncipe Ephraim. De marchar todo bien por mi parte, estaré viéndole nuevamente dentro de poco. - Les despidió con palabras pacientes y una sonrisa cordial, sin aguardar respuesta antes de encarar nuevamente el camino y dar el primer suave espoleo para retomar caminata. No dejaba espacio a discusión. Dos viajarían más ágiles que una docena, serían también un blanco más pequeño, y después de todo era una separación que tendría que suceder. - Vamos, joven Izaya. Será prudente darnos algo de prisa. -
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Re: [Campaña de liberación] The Death God Requires More Bones for the Skeleton Throne. [Priv. Eliwood]

Mensaje por Izaya Orihara el Lun Mar 26, 2018 9:46 am

Lamentablemente no, no había podido visitar Regna Ferox nunca. Cuando aún estaba empezando su carrera profesional apenas siendo un niño flacucho, pero mucho más inteligente que los mercenarios que le rodeaban, había estado labrándose una reputación en países más específicos en vez de optar por lanzarse en todo el mundo al mismo tiempo. No, primero debía probarse, y de ahí que su fama creciera como la espuma. Suponía que había hecho bien, pues incluso le llegaban ofertas de trabajo de naciones que nunca había visitado. Regna Ferox le interesó en su momento debido a su atípica forma de gobierno. Ah, lo divertido que sería meterse entre ambos Khan, tirando de un hilo allí u otro allá. Había fantaseado con la idea en más de una ocasión. Sin embargo, los emergidos le robaron de tal posibilidad al hacer que Regna Ferox fuera arrasada como muchos otros países incapaces de defenderse. Bueno, quizás esos Khan no habían sido tan fuertes y valientes después de todo. Había escuchado algo de altea haciéndose cargo de la región, pero en su tiempo en Akaneia no había podido visitar el país en sí.

Por supuesto, Izaya solo se limitó a explicar que era una lástima, pero que no había tenido tal oportunidad, y después fingió humildad al decir que estaba seguro de que un Marqués como Eliwood debía de haber visitado países de mucho más renombre e interés que los suyos, aunque lo cierto es que estaba seguro de que sí que había viajado mucho más y a naciones oscuras y salvajes como Plegia. Incluso en ese breve inciso en el que había preguntado al Lord sobre sus propias aventuras, el informante no había menguado en su expresión jovial y encantadora. Entendía lo que el mayor le decía sin necesidad de mayor explicación. Era importante en su trabajo saber el lenguaje corporal de los demás, conocer los espacios entre las palabras y lo que la omisión y el silencio decían. Eliwood podría ser todo lo amable que quisiera, pero no dejaba de ser un marqués, un político. Si había llegado a su edad no había sido por ser descuidado en materias académicas, por mucho que sus logros militares hablaran por sí solos.

Le miró con otros ojos por unos instantes, hasta que se tomó las molestias de agarrar su montura cuando se detuvo con brusquedad. Izaya hubiera bufado ante la falsa disculpa si no fuera un cliente suyo.  Costumbre, lo llamaba. ¿A controlar caballos o a cuidar de los más jóvenes que él? Parecía que olvidaba que el informante era un hombre hecho y derecho, y aunque montar no estuviera entre sus habilidades más destacables, no era un crío de cinco años montado en un pony. Es actitud paternalista no le gustaba nada al estratega, orgulloso e independiente por naturaleza. Quizás influía que Eliwood tuviera esa aura de padre que tanto le repelía. Haber crecido resintiendo a sus padres no ayudaba a normalizar la situación y sus sentimientos al respecto. Se sumaba el hecho de que estaba claro que no lamentaba haberle puesto en evidencia delante de todos los demás soldados de Renais. Era un duro golpe al ego y soberbia de Izaya. Un par de hombres se rieron con el espectáculo en bajito. Cuando Eliwood se giró a hablarles, les sonrió de forma venenosa. Recordaría sus caras.

Casi se le cae la mandíbula cuando el marqués ordenó que a partir de entonces seguirían solos. Pensaba que les acompañarían hasta el mismo Carcino. No podía ser que fueran a ir un Lord y un estratega por un paso sospechoso donde lo más probable era que les atracasen emergidos o bandidos, o ambos. ¡Era estúpido! Izaya había tenido mucha suerte en los últimos tiempos. Había sobrevivido en gran parte gracias a ayuda externa y a su propio ingenio, en eso no había mentido. No obstante, eso era demasiado. O el Lord confiaba demasiado en sus propias habilidades en batalla, o confiaba demasiado en las del flaco estratega. Recordaba haberle dicho desde el principio que su especialidad no era la guerra. ¿Por qué le hacía eso? No se había recuperado aún de las heridas sufridas durante su vuelta a Elibe, Bern había sido un problema que no había planeado en un principio, pero cuyos estragos aún estaban presentes en su bien cubierto cuerpo. Entrecerró los ojos y analizó al mayor. ¿Masoquista o ignorante? Puede que fuera ambas. Por los dioses, qué clase de clientes se buscaba últimamente.

Cuando empezaron a alejarse de los soldados de Renais, Izaya se inclinó hacia el pelirrojo y habló en voz baja. - Mi Lord Eliwood, no veo prudente cruzar este estrecho. No sabemos si hay enemigos aguardando ya en las alturas. – frunció un poco las cejas al observar el abrupto terreno. Estaba seguro que no iban a ser los primeros en ocuparlo, y mucho menos sin las tropas necesarias. Puede que incluso el acceso del lado contrario estuviera bloqueado. Esa clase de accidentes geográficos no inspiraban confianza por obvias razones. – Sé que no hay forma de rodearlo a caballo. Pero ambos podríamos escalar por aquella explanada para tener la superioridad del desnivel y atacar por sorpresa a los que presten más atención a lo que cruza el canal y no a lo que les acecha por la espalda. Si hacemos que las bestias lo crucen solas puede servirnos de distracción si hay enemigos aguardándonos. Saldrán de su escondite si ven dos caballos sin jinete, no esperarán que nos separemos de ellas. Y si resulta que no hay bandidos o emergidos, los caballos no sufrirán daño y se quedarán al otro lado porque los animales amaestrados no suelen alejarse mucho de sus amos.
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Re: [Campaña de liberación] The Death God Requires More Bones for the Skeleton Throne. [Priv. Eliwood]

Mensaje por Eliwood el Miér Mayo 16, 2018 12:17 pm

Un murmullo a su lado era señal inequívoca para inclinar la cabeza en dirección al murmurante y atender por unos momentos, un gesto común para un señor de parte de sus subalternos, consejeros y demás allegados. Sin inmutarse, el pelirrojo hizo lo propio y escuchó las palabras de Izaya, moviendo la cabeza cortamente en asentimiento, su rostro manteniendo quieta expresión. Principalmente había deseado desprenderse de los soldados ajenos para facilitar lo que en esencia sería una pequeña misión de infiltración, pues un batallón completo se anunciaba a sí mismo alto y claro allí donde fuese, pero no había modo de negar que el resultado era peligroso. Lo bueno era que, si bien él mismo se había hecho vagas posibles ideas de cómo proceder, Izaya tenía la suya mucho más armada ya. Al oírla, Eliwood volvió la cabeza ya en dirección a la trampa geográfica a atravesar. Todo tenía sentido, en efecto.

- Joven Izaya... - Comenzó, alzando ambas cejas con algo de desconcierto. Era sólo una cosa la que le contrariaba realmente, que no tardó en enunciar todavía con ese aire sorprendido. - Mi intención no es que usted esté directamente expuesto a peligro. Jamás lo he incluido en mis ideas. En cualquier caso, nuestro objetivo es sólo pasar a través, en estas condiciones supondría que cualquier escuadrón enemigo es de tipo centinela y no contará con los medios para darnos persecución, apenas nos pongamos fuera de alcance. Hemos de centrarnos en el paso. - Continuó, con mesura aportando su propio recordatorio del objetivo principal. Era a la ciudad de Carcino a la que deseaba llegar cuanto antes, gastar fuerzas en combatir más que para abrirse paso sería equivalente a cortar las ramas de la maleza en lugar de su raíz. Además, era él el responsable del bienestar de su acompañante. De cualquier modo, se disponía ya a enfrentar la situación como planteaba. Lo primero que hizo, pues, fue allegar su montura al alero de uno de los muchos altibajos y formaciones rocosas del camino, para apearse enseguida de la misma. Mientras se volcaba con presteza a la tarea de cambiar la distribución de las piezas de armadura además de la montura en el animal, prosiguió hablando.

- Por otro lado, puedo asegurarle que este caballo podrá realizar la tarea de distracción y llegar al otro lado. Y será lo mejor para nosotros que lo logre, no podría calcular cuanto vale un caballo pheraen como él... o cuanto nos valdrá en el resto del viaje tenerlo... - Dijo, inundada la voz de un tinte familiar y apreciativo. Del mismo modo, había tanta práctica en el modo en que aflojaba las correas, acomodaba la armadura y volvía a ajustarla, que no necesitaba buscar con la vista para hacerlo, sólo pasaba los dedos por los bordes conocidos y de allí sacaba la hebilla o tramo de correa correctos. Había cabalgado desde que tenía memoria, había criado muchísimos más caballos que herederos y sabía tratarlos. Aquel no era sino de sus varios, y en ese momento, lo que hacía era disponer de las piezas de armadura en el animal de modo que estas le cubriesen cuanta área se pudiera. Su mano recorrió la crin oscura en una caricia. - No se asustará si ve flechas o enemigos. Si algo cae a sus pies, pisará. Si algo duele, no parará. La verdad es que yo también soy mucho mejor soldado sobre una montura que a pie, Spencer y yo sacamos el máximo potencial el uno del otro, así que si le digo que lo use, es porque estoy muy seguro. - Terminado con las piezas en el animal, abrió la hebilla y soltó entero el tramo de correa que aseguraba su propia armadura de pecho, desabrochando su capa antes de quitarse por sobre la cabeza toda la pieza. Vuelta a poner la capa, su pechera pasó a hallar lugar justo tras la montura del caballo, en el espacio antes que la armadura y paños de las ancas. Pausó para mirar a Izaya, ofreciéndole cuanto menos su aire seguro, apacible. - Preparemos y hagámoslo. Si hay cualquier otro detalle o idea, sólo dígalo. -

Seguiría sus ideas, después de todo no eran malas en absoluto. Accedería a hacer lo que dijera, por ejemplo, con el otro caballo disponible, desconocido para Eliwood. Era justamente por conocer y constarle las capacidades de su corcel que podía someterlo y prepararlo para la tarea venidera, aunque en el fondo rogaba que todo saliera como creía y no hubiera más que heridas tratables con medicina. Desde que fuera lastimada su rodilla en Regna Ferox, Spencer era prácticamente sus piernas. Temía que sería una unidad bastante menos útil sin él. Se convenció de que no lo perdería y continuó con lo suyo, aguardando la palabra del informante para que las cosas comenzaran o para hacer cualquier movimiento.
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