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[Campaña de Liberación] El heraldo de Skuld [Astrid, Alice]

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[Campaña de Liberación] El heraldo de Skuld [Astrid, Alice]

Mensaje por Alice Schuberg el Miér Feb 07, 2018 8:45 pm

Si existiera un único sitio en Mitgard reservado para la meditación, la ayuda y la esperanza no era otro lugar más que el templo erigido a Forseti. Esto era debido a que, además de ser un lugar de culto a la deidad que compartían las dos naciones vecinas, era un refugio para viajeros y necesitados. Ese cobijo era especialmente necesario en aquellos días, la plaga emergida había golpeado con gran dureza el centro de Jugdral y había sumido el gobierno de Grannvale y sus gentes al caos. También ciudadanos de Silesse, muy asustados por la situación fronteriza, habían abandonado su hogar de forma prematura. Alice era consciente del peligro al que se enfrentaba su país y su gente, aquella a la que debía estar sirviendo desde que volvió al continente hace semanas, la amenaza de que los emergidos se extendieran desde Grannvale era una posibilidad que no podía tomarse a la ligera.

Pero, a pesar de todo, Alice también se refugiaba allí, ella también estaba huyendo.

Ni siquiera fue a su hogar en Mitgard, se escondió en el templo tan pronto como puso un pié en el país. Ofreció todo el dinero que tenía para ayudar a subsistir a los verdaderos desamparados, valíéndose de aquella donación y una media mentira para permanecer allí en calidad de protectora. Pero ella era una necesitada más que huía de sus demonios, iguales o más aterradores los emergidos que destruyeron Grannvale. El dolor de unas heridas que tardaron meses en sanar -y cuya existencia aún se reflejaba en un globo ocular derecho cubierto por una tela negra-, los errores que las provocaron así como la muerte de su antigua montura, sumado al miedo de revivir de nuevo dichos horrores se arraigaron profundamente en ella provocando que el coraje y valor que antes ardían en su voluntad quedaran extinguidos en un mar de dudas e inseguridades. Sentía que el mismo Forseti había retirado su favor de ella y que, a pesar de de haber cosechado importantes victorias en Renais, el destino y la fortuna conspiraban en su contra. Sentía demasiado miedo y ansiedad como para poder lucir el mismo orgullo y confianza que el de su dorada armadura. En contraparte, la aúrea jinete de pegaso tenía aspecto apagado como la de una joya perdida y descuidada.

Demasiado insegura para combatir su derrota y de igual modo orgullosa como para aceptarla, Alice había perdido una considerable cantidad de días en el templo. Había estado dejando pasar las horas mientras aparentaba estar manteniendo el orden en un lugar que no necesitaba supervisión, cerca en todo momento del pegaso que consiguió en Illia. Su único compañero actualmente, parecía ser que el destino le había llevado a su actual dueña justo antes de que el país nevado de Elibe cayera en desgracia, mas ese hecho no hacía que Alice sintiera ser merecedora de tenerlo. En el fondo, haber volado de nuevo, al igual que los actos de lucha y valentía, sólo fueron producto de la inercia del momento. Estuvo segura de aquello cuando volvió a contemplar las nostálgicas vistas de su tierra y la lejanía dejó de ser un escudo para excusarse de su ausencia en el ejército de Silesse. Hasta que el dolor de su espíritu remitiese, estaba obligada a seguir escondiéndose de la realidad, valiéndose del templo para protegerse del mundo exterior y encontrar el camino que le llevara a reconciliarse consigo misma.


Última edición por Alice Schuberg el Mar Mayo 29, 2018 3:44 pm, editado 2 veces
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Re: [Campaña de Liberación] El heraldo de Skuld [Astrid, Alice]

Mensaje por Brynjar1 el Lun Abr 09, 2018 6:59 pm

Ís kollum brú bræiða,
blindan þarf at læiða...


.........

El hielo llama al puente grande,
el tuerto debe indicar...






Vaho salía de los labios entreabiertos del Jarl que, impasible al gélido viento que lo azotaba, seguía caminando por el sendero trazado de pisadas ya olvidadas sobre la nieve y que ascendía por la ladera que, situada al final del cordón montañoso, para dar con el edificio de antigua piedra que veneraba al Dios del Viento del Norte. También catalogado como el Dios de la Verdad... Ese templo era usado para los viajeros y peregrinos que decidieran usar sus instalaciones. Y en medio de aquella guerra continua y sin sentido... También era un lugar donde guarecerse de los ataques. Tanto físicos como emocionales...

Hasta el propio Brynjar a veces necesitaba huir de la realidad. Reflexionar... Dejar de hacerlo también. Los problemas no se iban a ir de donde estaban... Solo avanzarían, más y más, inexorablemente. Y él mismo, aunque no tanto como debería, era consciente de que le daba muchas vueltas a los asuntos. Hasta el punto de no descansar, seguir adelante, resolviéndolos, seguir intentándolo... No podía seguir así eso...

Resopló. Su mirada de un único orbe visible, verde como la hierba fresca y viva que tan poco usual era en esos páramos helados se clavó en el edificio que estaba buscando. Cubrió sus labios más con la densa piel de su capa y , volvió a retomar el ritmo de sus pasos, haciéndose acceso a través de la nieve que cubría hasta sus tobillos. Poca cantidad era en comparación con otros días...

Debía decidir. Debía responsabilizarse. Debía aprender. Conocer. Saber. Debía... Sí, no necesitaba a nadie que le recordara sus obligaciones, sus responsabilidades.

La gran puerta de madera maciza chirrió al forzar las bisagras a abrirse. El viento se coló dejando abandonados algunos frágiles copos de nieve dentro del templo. Y la figura del albino marcado accedió, retirando la pesada capucha de piel curtida para dejar los cabellos rivales a la nieve visibles. Dos sacerdotes se acercaron para ayudar a cerrar la puerta y, sonrientes, le ofrecieron hospitalidad al marcado. Allí, incluso la mayor dificultad debía de ser olvidada, y centrarse en la serena calma que emanaban aquellas paredes. El silencio solo roto por algún paso, algún roce de las túnicas al caminar.

Mientras escuchaba el susurro de uno de los sacerdotes indicar al otro que fuera a por un vaso de vino caliente, su mente siguió su camino por el hilo de sus pensamientos mientras sus pasos se acercaban al centro de la amplia sala iluminada por antorchas. Hacía ya varios días que no habían recibido ningún aviso de asaltos... Eso, lejos de tranquilizarle, le inquietaba más.

- Después de la calma viene la tormenta... - Murmuró, en un pensamiento en voz alta. Pero su mirada volvió a alzarse al frente, volteando lo justo para escuchar la pregunta del sacerdote con respecto a si iba a residir allí aquella noche. - Ah... no. Solo vengo de pasada... - Una suave sonrisa, afable, curvó la comisura de sus labios mientras alzaba su mano enguatada para quitarle peso al asunto. El sacerdote simplemente asintió y, con una ligera reverencia, le deseó que Forseti guiara su camino antes de alejarse hacia el interior del templo. Él, por su parte, volvió a acceder a la sala principal, amplia, de forma redondeada donde en el centro una gran columna de piedra tallada en bajo relieve mostraba un estilo ornamental para describir las leyendas que representaban. Quizás... en el pasado pudiera descubrir cómo arreglar aquello que el incierto futuro les deparaba. Pero... Y allí, observando con detenimiento las escenas talladas en piedra, mantuvo el ceremonioso silencio que seguía guardando la sala.
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Re: [Campaña de Liberación] El heraldo de Skuld [Astrid, Alice]

Mensaje por Astrid Amhdal el Vie Mayo 25, 2018 3:29 am

La joven Astrid apenas le prestó importancia a su entorno durante la mayor parte del camino hasta el templo, sin siquiera preocuparse por las ondulaciones que este pudiera tomar o por la nieve que había engullido la última noche hasta el último de los peldaños de la larga escalera de piedra. La mujer se mantuvo en todo momento firme, sin trastabillar ni desviarse del sendero.

Aquel día resultaba ser especialmente lúgubre pese a que no nevaba como todo el resto de la semana. Las nubes poseían un color gris oscuro que, pese a ser la hora en la cual el sol debería brillar con mayor intensidad en cualquier otro sitio, allí sumergían el mundo en una oscuridad misteriosa, desagradable, pero que coincidía perfectamente con los ánimos de la general, quien de haber prestado mayor atención a sus alrededores posiblemente no hubiera percibido mucha diferencia, pues su mente se encontraba lejos, en una zona mucho más fría y profunda.

Caminaba sola y, aunque traía su armadura y su lanza, su Wyvern quien formaba una parte esencial de ella no parecía estar acompañándola, por lo que la subida resultó ser además de fría, solitaria y silenciosa, salvo por el ruido tenue de su propia respiración y aquel sonido seco de sus botas al aplastar las capas de nieve que cubrían los peldaños de piedra. Fue casi una hora la que estuvo así, sumergida en el silencio y en sus propios pensamientos hasta que logró divisar el portón del templo a Forseti. Sintió una incomodidad extraña al poner el primer pie sobre la cima, una incomodidad que se acrecentaba a medida que se acercaba más y más hasta el interior del templo, donde un sacerdote la recibió e intercambio unas cuantas palabras con ella, ofreciéndole alojamiento y ayuda. Astrid se negó a ambas cosas y se apartó de él de una forma un tanto brusca para continuar con lo que había venido buscando. Una ayuda más grande, más poderosa.

Para ser sinceros, Astrid jamás en su vida fue una mujer apegada a las religiosidades. Contadas eran las veces que había visitado aquel templo en el pasado, todas por ceremonias protocolares que para ella jamás habían guardado ni el más mínimo significado. Sin embargo, ahora... La situación se había descontrolado tanto como para tumbar por el suelo su escepticismo y verse en la necesidad, un tanto desesperada, de creer en algo en lo que apoyarse; Forseti, el dios de la verdad y la justicia, guardián de los guerreros en Mitgard... Él parecía ser el único capaz de darle una mano y guiarla en aquel sendero oscuro de dudas y recuerdos.

Hombres, mujeres y niños de todas las edades y tamaños se atestaban el templo de una forma que pocas veces había tenido la oportunidad de ver. Hijos de Mitgard, gente fuerte y orgullosa, todos ellos no parecían ser una sombra de lo que antaño había visto durante su infancia. Ahora todos los rostros parecían desesperanzados, tristes y débiles. No era una imagen esperanzadora, no era el rostro de la gente que todos los días, pese a las inclemencias del clima, se levantaba a seguir luchando sobrevivir en una tierra inhóspita... Era el rostro de la muerte, de la desesperanza. Casi quiso gritarle a todos los presentes, sobretodo a los pocos soldados, posiblemente desertores o sobrevivientes, que allí se encontraban reunidos. Sin embargo... Todo quedó en un casi al decidir que aquel no era el lugar y mucho menos el momento, por lo que se limitó a cerrar los ojos y caminar hacia adelante, destacando entre los silenciosos susurros y plegarias gracias al ruido que producían sus grebas al andar, hasta llegar frente a la estatua principal y arrodillarse delante de esta. Poco a poco la mayoría de las miradas que atrajo se fueron apartando y dejaron de prestarle atención.

La oración de Astrid comenzó casi en silencio, dejando escapar apenas un murmullo tenue de sus labios al que poco le faltaba para ser un balbuceo. No pronunciaba nada que pudiera identificarse como una frase. No pedía por su familia, ni por alguna señal de auxilio, tampoco por ella misma ni por iluminación... En cambio, lo único que musitaba eran nombres; Hombres y mujeres valientes habían perecido en su ejercito, cada uno con gran determinación y el deseo de defender aquella tierra inclemente donde habían nacido, cada uno de ellos con el deseo de volver a sus casas cuando todo terminase... Y cada uno de ellos había tenido los ojos puestos sobre ella para guiarles. Aquella conmemoración, aquel recuerdo, eran lo mínimo que podía hacer para honrarles y permitirse a ella misma alivianar la pesada carga que transportaba sobre sus hombros, por lo que no pensaba irse de allí hasta recitar todos y cada uno de los nombres de aquellos que habían caído durante la batalla.

Uno tras otro salían los nombres de sus labios, mientras se mantenía ajena e imperturbable ante todo lo que se encontraba a su alrededor... Hasta que un estruendoso rugido inundó el templo y la sacó de su burbuja, retumbando por las paredes de piedra. Pero no era un rugido cualquiera, era el de un Wyvern... Su Wyvern, el cual ni siquiera se molestó en esperarla. La criatura atravesó con brusquedad por el grueso portón de madera que daba al templo, empujando sin piedad a los monjes y abriendo de par en par las puertas que antes se encontraban entre abiertas. La silla de montar y la armadura destacaban que aquel Wyvern de color peculiarmente blanco pertenecía a alguien y estaba entrenado, pero el detalle que más llamaba la atención no estaba en ninguna de esas cosas.

La criatura, en sus fauces, tenía un trozo de carne junto a grandes retasos de tela. La gente, alarmada por el acceso de la criatura, pronto comenzaron a alarmarse más por lo que traía entre los dientes y Astrid debió apresurarse a llegar a este para evitar que la situación se descontrolase, obligándole a botar lo que sea que trajera dentro de la boca... Y entonces lo vio. Era un brazo aún sangrante, lo que demostraba que no había sido arrancado hasta hace poco y lo que era peor, aquel trozo de tela, ahora más visible, dejaba más que clara su procedencia. Pertenecía a un emergido.

-¡Todos los que puedan sostener un arma, adelante!-Gritó al darse la vuelta hacia la masa, con un tono que no dejaba lugar a dudas y sin detenerse a dar mayores explicaciones. Conocía a su Wyvern, lo conocía más que a nadie... Y el único motivo para una entrada tan apresurada seria una advertencia. No solo se encontraban cerca, sino que estaban viniendo. No tenían tiempo.
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Re: [Campaña de Liberación] El heraldo de Skuld [Astrid, Alice]

Mensaje por Alice Schuberg el Mar Mayo 29, 2018 3:43 pm

Alice había dejado a Eúl en un pequeño establo en la parte posterior del complejo religioso, muy próximo a una de sus entradas laterales, con el objetivo de refugiarse del frío por unos minutos y comprobar el estado de los huéspedes. Su repetida presencia a lo largo de los días había sido notada por aquellos que no estaban de paso, haciendo de ella alguien tan familiar como lo podían ser los sacerdotes a cargo del templo. La jinete de pegaso se sentía arropada con los medidos saludos y breves intercambios de palabras, incluso la alegría e inocencia de los niños lograron sacarle una suave sonrisa en alguna ocasión. Sin duda, y a pesar de que tratara de aislarse del mundo exterior, el trato con la gente le aportaba mayor satisfacción que el propio ejercicio espiritual. Aún así, aprovechaba los ratos cerca del altar para meditar, a modo de rezo silencioso, esperando a que dios volviera a extenderle sus brazos. Un momento que parecía que tardaría en llegar, mas Alice aguardaría en el templo hasta que la señal llegara o a que su estado de salud se fortaleciera lo suficiente para seguir su camino a Silesse.

Y así fue, como cada día, tomó un espacio apartado de la bancada para ofrecer sus plegarias a Forseti. En un murmullo inaudible, donde el movimiento de sus labios era más notable que las sílabas pronunciadas por su boca y cuerdas vocales, Alice también trasladó el mensaje de forma espiritual empleando su concentración en “acercarse” al mundo trascendental. El rezo no solo le ayudaba a dejar sus problemas suspendidos por un tiempo, también le ayudaba a hacer introspección en su propias debilidades y las aderezaba con la esperanza de que, quizá, su deidad pusiera fin a su desdicha. El sentimiento de haber perdido el favor del viento se hacía menos pesado durante aquél ejercicio pues, aunque las puertas a aquella senda  se hallaban cerradas, el mero hecho de acercarse a ellas suponía alivio para su dolorida alma.

El silencio -casi- absoluto de la bóveda se vio perturbado cuando el portón se abrió para acoger a un nuevo huésped. El ruido era bastante habitual, por lo que sólo los mas curiosos se giraron para observar al recién llegado, la jinete de pegaso se limitó a seguir orando. La calma se recuperó tan pronto como se había interrumpido pero, a los pocos minutos, un rugido que provenía del exterior del templo sobresaltó a todos. Y no solo por que la sonoridad del wyvern fuera atronadora, si no por la información que estaba dando su bramido. Alice se levantó apresuradamente y miró al portón de madera, que tardó poco en ser abierto a la fuerza por la gigante bestia. La conmoción de los asustados refugiados se volvió en una agitación pavorosa cuando el draco liberó lo que quedaba de su reciente presa, dejando tras de sí un sonido grotesco y un charco de sangre.

La irrupción del animal había sido una blasfemia imperdonable, mas el wyvern había tenido un motivo de peso para realizar tal profanación. Su dueña, la recién llegada, analizó las prendas del cuerpo que le trajo su compañero, tardó pocos segundos en dar la voz de alarma.

Los más desvalidos entraron en pánico, tratando de refugiarse en los profundo del templo. También había algunos guerreros que no dudaron en empuñar su arma y apostarse a la entrada para defender la entrada. Alice quedó donde estaba por unos segundos, dudando en que colectivo se encontraba ella. Aunque su armadura y aspecto físico denotaran que estaba lista para el combate, el miedo que arrastraba de experiencias pasadas hacían que el deber de dar un paso al frente se volviera una dura lucha interna. ¿Cuanto tiempo tendría para debates internos? Frunció el ceño, sintió un fuerte pálpito en todo su cuerpo y las palmas de sus manos empezaron a sudar por la tensión. Estuvo inmóvil unos segundos hasta que forzó a su cuerpo a moverse por pura cabezonería. Pero no en dirección a la entrada principal, las pisadas metálicas de sus grebas se dirigieron a la salida lateral más próxima al establo.

Aunque no estaba decidida a luchar, debía reencontrarse con su pegaso para poder protegerse el uno al otro. También preparar la silla de la montura, revisar ajustes y mantener cerca su lanza por si debía defenderse. Mientras disponía todo, su mente intentaba librarse de todos los sentimientos confusos, miedos y recuerdos negativos. Su "yo" del pasado no habría dudado ni un segundo en tomar el arma en favor de los civiles, más si eran refugiados escapando de la amenaza emergida, pero ahora no se sentía capacitada de asumir los riesgos y tomar buenas decisiones. Buscó dentro de sí misma los remanentes de valor que demostró semanas atrás en Magvel mientras salía de la cuadra ya montada hacia el acceso principal del templo.

Lo que esperaba allí era el preludio de la escaramuza: Un puñado de hombres hacían de milicia defendiendo la cumbre junto con la dueña del wyvern, al otro lado un grupo emergido de tamaño considerable estaba realizando la gran subida para reclamar su botín de guerra. La jinete de pegaso observó el panorama desde una distancia prudencial, tratando de derrotar sus demonios internos antes de que tuviera que hacer frente a los verdaderos monstruos.
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