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[Entrenamiento] Largo es tu camino, joven campesino [Alanna, Donnel]

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[Entrenamiento] Largo es tu camino, joven campesino [Alanna, Donnel]

Mensaje por Donnel el Dom Ene 07, 2018 6:21 pm

Hace un tiempo, un joven campesino vivía junto a su madre en una aldea de Ylisse, pero debido a algún que otro ataque emergido decidió emprender un viaje hacia la capital y formarse en el ejército para volverse fuerte y poder defender a su pueblo de los ataques. A pesar de su objetivo principal, también sentía curiosidad por lo que había fuera de su poblado. La carencia de conocimiento sobre el resto del mundo era considerable y seguro que habían muchos trucos que aprender durante su travesía hasta la capital. El día de su marcha, llevaba consigo una mochila hecha a base de trozos de sacos viejos, en ella guardaba pan y algo de comida, mayoritariamente frutas. También se llevó una horca de madera, aunque sin las tres puntas, ya que estaba rota y sólo quería un palo con cierto tamaño para usarlo de apoyo y que fuese menos agotador el viaje.

Durante el trascurso de su viaje iba recogiendo frutos de los árboles y plantas herbáceas silvestres para poderse alimentar, a ser posible intentaba recoger moras de los bosques. También se alimentaba de carne cuando era necesario, para ello preparaba unas trampas con una especie de jaulas de madera, donde ponía un cebo para que animales pequeños como los conejos, acudieran a la jaula. Una vez capturados, usaba el colmillo de un jabalí para terminar con sus vidas y poder cocinarlo en su peculiar cacerola, después de un pequeño lavado, por supuesto. Si necesitaba fuego frotaba con fuerza y rapidez dos ramitas de madera hasta que una prendía. Todos los trucos se los debía a su padre, quien le enseñó cuando se lo llevaba de caza junto a él. Los días lluviosos intentaba buscar refugio en alguna cueva, aunque normalmente sólo encontraba bosques. De vez en cuando practicaba dando golpes a un árbol con su horca de madera, aunque más que horca parecía un palo. En uno de sus entrenamientos, se encontró una piedra con una forma muy peculiar, parecida a la forma de una flecha, bastante puntiaguda. Ver esa piedra iluminó la bombilla en su cabeza, empezó a hacer una muesca en la parte del palo que estaba rota, donde deberían estar las puntas de la horca. Luego insertó la piedra con fuerza en el palo, formando una especie de lanza que le serviría para cazar animales más grandes que conejos y que le durarían más días de viaje. No obstante, no iba a cazar animales grandes, le daba algo de miedo verse involucrado en una pelea contra alguien más grande que él, pero si conseguía dominar alguna técnica de pelea... Las cosas cambiarían.

Las indicaciones de un joven mercader le habían llevado a una zona muy extensa y solitaria, donde predominaba el césped, que llegaba a la altura de los tobillos y estaba extendido por toda la zona, las hojas eran finas y tenían un tacto suave cuando rozaban la piel con suma delicadeza. El césped se movía como si fuesen oleadas, provocadas por las pequeñas brisas de aire fresco. Al mirarlo recordaba el efecto del agua cuando una piedra cae en un lago. El único cambio del paisaje que había eran unos robles repartidos irregularmente por la pradera. En uno de ellos, situada debajo del roble, se hallaba una pequeña roca con una forma rectangular, perfecta para sentarse y descansar un rato. Y ya puesto, comer alguna pieza de fruta para reponer más energía.

La manzana que decidió comerse estaba más madura de lo habitual, tal vez el viento la había dañado un poco, pues por mucha mochila que llevara, el viento pasaba a través de ella como si nada. Cuando terminó de comerse un par de manzanas, se bajó de la roca y cogió la lanza como lo hacía habitualmente, con las dos manos en la zona trasera, como si se tratase de una espada y empezó a dar golpes a un lado de la roca y al otro. —¡Hyyya! ¡Toma esa! ¡En guarda! ¡Golpe al la'o! —Eran algunas de las expresiones que gritaba en cada golpe, pues le ayudaba a liberar todo su potencial.
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Re: [Entrenamiento] Largo es tu camino, joven campesino [Alanna, Donnel]

Mensaje por Alanna el Lun Feb 05, 2018 1:20 pm

Lo diría todas las veces que fuese necesarias, y no tendría remilgos en admitirlo en voz alta: le encantaban las vastas praderas ylissenses. Se podía decir que eran unas de sus debilidades, y también uno de sus pequeños caprichos que se remontaba en su tierna infancia. Al tener que permanecer la mayor parte de su vida en la residencia de los Goldhertz, los escasos viajes en los que se le permitía asistir (más por obligaciones que por propia voluntad) siempre eran una oportunidad valiosa para contemplar a través del ventanal de los carromatos el exterior. Encandilada como la niña que era, deseaba que algún día ya no hubiera carroza ninguna que actuase como barrera entre ella y las verdes llanuras. Poder correr por ellas descalza, sentir el cosquilleo de la hierba en sus tobillos, rodar por las colinas y otros placeres que una noble como ella tenía prohibidos.

Pero ahora ella era libre. Los grilletes que eran el yugo de su familia ya no la apresaban y podía marchar allá donde quisiese, hacer lo que le dictaba el corazón de una vez por todas. Aunque, bueno, ya estaba lo bastante crecidita como para ponerse a jugar por las praderas, pero ello no la impedía de satisfacer su pequeño anhelo de saborear el aire puro y deleitarse con las vistas que ofrecían los campos. Era una de las razones por las que le gustaba realizar encargos en zonas rurales; las carreteras de allí casi siempre estaban envueltas del verdor típico de Ylisse, además que tampoco contaban con un tránsito tan regular como las comarcales, normalmente hasta arriba de carros mercantes y jinetes, y uno podía permitirse pasear a píe con calma.

Y es que esa mañana se estaba encaminando a una pequeña villa rural, por una petición de unos ganaderos que necesitaban del apoyo de un escolta para llevar sus productos a otro pueblo. Con la supresión de la mayoría de los ataques de los emergidos, muchos ya podían retomar la rutina de sus vidas cotidianas, aunque eso también se aplicaba a los rufianes, que tenían vía libre una vez más para volver a las andadas. El caso, es que era uno de esos días en los que se sentía pletórica y quería disfrutar de la brisa mañanera que se respiraba en campo abierto. Tenía tiempo de sobras hasta llegar, así que por eso prefirió viajar a pie y dejarse llevar.

Aunque esta vez se había dejado llevar… demasiado. Por lo pronto, Alanna llevaba caminando su buena hora hasta que se dio cuenta de que le estaba costando horrores orientarse por el camino que tomó. Encima, la falta de señalizaciones era otro inconveniente que la empezaba a intranquilizar. —Fantástico, Alanna. Esta vez te has lucido —masculló mientras estudiaba con detenimiento su mapa, realizando surcos rápidos y exasperados en el papel con el dedo. Mientras no fuesen áreas rurales que no contasen con un gran índice de exportación a la ciudad, rara vez figuraban detalladas en los mapas. Todo apuntaba a que su villa no sería la excepción de la regla, por más que estuviese revisando el mapa de arriba abajo para hallar cualquier indicio que le indicase dónde puñetas se encontraba.

Ya sin la menor onza de paciencia que pudiese quedarle en el cuerpo, bajó el mapa con genuino cabreo y soltó un relincho. Ni siquiera se atisbaba un triste carro en la periferia. Ah, un carro, sí… Como los que vio en el pueblo desde el que partió y que seguramente cualquiera de sus dueños la hubiese acercado o indicado el camino de haberlo pedido. Mucho tratar de acostumbrarse a la vida silvestre, pero parecía que nunca podría renegar de sus raíces nobles y parecer una inepta que no sabía ni como guiarse por el campo.

Entonces, unos gritos venidos de la nada la sobresaltaron, haciéndole pegar un respingo. Alanna se volteó, agitada y llevándose la mano al hacha de su cinto. Los berridos continuaron desde no muy lejos de donde estaba, a unos cuantos metros del camino principal que llevaba siguiendo toda la mañana. Por el ímpetu y el volumen de lo que estaba escuchando, más bien sonaba a alguien enfrascado en una refriego. ¡Cielos, no se trataría de bandidos! Con el corazón en un puño, Alanna salió despedida y corrió campo a través hasta que logró discernir una figura agitándose al lado de un peñasco bien gordo. Sin embargo, a más se fue acercando, algo no le fue cuadrando…

Ni bandidos ni… nada. Al único que halló fue a un muchacho que rondaría su edad, campechano por las ropas que llevaba y blandiendo lo que tenía pinta de una lanza improvisada. Al final se había llevado un buen susto para nada, aunque parte del desasosiego se le esfumó al dar cuenta de lo que llevaba el chico en la cabeza. Una expresión divertida se le formó en el rostro. ¿Desde cuándo las cacerolas se habían puesto de moda como protector?

En fin, siendo un chico de campo, habría que recurrir al habla coloquial para no desentonar. Esperaba no andar muy desentrenada.

¡Aquí! ¡Holaaa! —Alanna se puso de puntillas y agitó el brazo para llamar la atención del chico. Entonces, procedió a acercársele con una sonrisa dibujada y extendió la palma para disculparse—. Perdona si te he interrumpido, pero es que… me vendría bien un poco de ayuda. Ando algo perdida por esta región —admitió, pasándose una mano por la nuca y con una expresión vergonzosa. Puesta a pedir auxilio, prefería no quedar como una orgullosa que se negaba a reconocer que no sabía ni dónde estaba. Aunque, ojalá que sus clientes no se enterasen nunca de ese “ínfimo” detalle, porque menuda impresión estaría dejando—. Verás, me estaba dirigiendo un pueblecito llamado Villa Berro, ¿sabes si está por aquí cerca? Me harías un favor muy grande.

A la espera de una respuesta que la sacase del apuro tan tonto en el que se había metido, sus orbes danzaron hasta posarse en la vara que el chico estaba zarandeando antes, la cual resultó ser una lanza improvisa. Interesante. Aunque desde la lejanía le resultó un tanto extraña la manera que tenía de blandirla. No es que ella fuese una experta en lanzas, pero por lo que había visto en varias ocasiones… —Oh, perdona si no es de mi incumbencia, pero… —Meneó la cabeza hacia la lanza con aire curioso—. ¿Estás entrenando para hacerte guárdense de algún pueblo? La verdad es que últimamente se necesitan con tanto rufián suelto.
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Re: [Entrenamiento] Largo es tu camino, joven campesino [Alanna, Donnel]

Mensaje por Donnel el Mar Mar 20, 2018 2:21 pm

El entrenamiento que llevaba a cabo no tenía intención de ser largo, más bien quería reservar energías para volver a emprender el camino, pero con el agradable ambiente en el que estaba envuelto, perdió la noción del tiempo. Sin mencionar que pocas eran las veces que podía golpear algún elemento que no fuese el aire, mucho más fácil de imaginarse un contrincante en algo sólido que en algo abstracto. Ambas condiciones, el ambiente y la roca, fueron las culpables de que tomara más tiempo y esfuerzo el entrenamiento, llevándolo a una excitación que no había sentido antes. Los movimientos que al inicio eran más suaves se habían vuelto más bruscos, ganaban más fuerza a cada golpe. Igual pasaba con sus gritos, a medida que iba avanzando el entrenamiento se intesificaban más y más. Estaba tan centrado que a parte de perder la noción del tiempo, olvidó todo lo que tenía alrededor, sólo existían la lanza, la roca y él.

Pasadas unas horas, mientras seguía agitando la lanza, le pareció escuchar una voz femenina y miró por el rabillo de sus ojos, apreciando la figura de una chica joven en puntillas que parecía estar llamándolo. ¡Por Naga! ¡Había estado entrenando más de lo esperado! El sudor recorría su rojo rostro a chorros y sentía el recorrer de la sangre por todo su cuerpo. Dejando de lado su sofoco, se volteó hacia la joven y debido al impulso del giro, se le bajó la cacerola a la altura de los ojos. Cuando elevó con el pulgar la cacerola para ver a la chica de pelo rubio y preciosos ojos verdes, ella ya se había acercado con una simpática sonrisa, disculpándose por la interrupción. Después le contó tímidamente lo sucedido, parecía ruborizada por algún motivo, tal vez por perderse.  —Oh, ¡buenos días hermosa! No le des más vueltas. Me queda'o entrenando a trochemoche sin darme cuenta —intentaba quitarle culpabilidad a la interrupción, pues le había ayudado a volver en sí. Apoyó la parte trasera de la lanza en el suelo con la punta mirando el cielo, algo inclinada y separada de su cuerpo. Empezó a pensar, ¿Villa Berro? No, no recordaba ningún nombre así. Pero eso tenía una solución, el próximo poblado no estaba muy alejado de allí. De mientras, la chica estaba curioseando la lanza hecha por el campesino y luego le soltó otra pregunta.

Hmm... No me suena Villa Berro. Desde que salí de casa he visita'o muchos pobla'os, pero no me suena —hizo un pequeño parón y aprovechando la pregunta de la chica, prosiguió hablando—. Verás, vivo en una villa que está mu' alejá' de aquí, pero mi padre murió durante un ataque emergí'o... Él cuidaba a to's de los emergí'os y ahora que no está... No hay nadie que pueda proteger a los aldeanos y por eso empecé un viaje a la capital. Quiero entrar en el ejército o ser un mercenario.  Y me volveré fuerte para poder proteger a mi mama y a los demás. Aunque ahora ya no se ven tantos emergí'os como antes, pero es como dices, hay mucho sinvergüenza suelto —sin querer le estaba dando a la sin hueso, incluso contó el motivo por el que quería serlo. Se puso algo nostálgico por los recuerdos de su padre, pero ahora no era el momento, alguien necesitaba ayuda—. Bueno... Que me voy por las ramas. El próximo pueblo no está mu' lejos d'aquí, si quieres te puedo guiar y preguntamos allí por Villa Berro. Si no llega a ser por tí, me habría queda'o entrenando ahí hasta la noche —esbozó una gran sonrisa en su rostro, mostrando los dientes con los ojos cerrados—. Me llamo Donnel. Gracias por interrumpirme —realmente estaba agradecido, ya podría haber llegado si no fuese porque se centró demasiado en el entrene.

Mientras esperaba respuesta, se dirigió a la roca para dejar allí apoyada la lanza, recogió la mochila y miró que tenía por ahí para ofrecerle. — ¿Te apetece comer algo? A ver que tengo por aquí... Tengo un puña'o de moras y almendras, tres peras, una manzana y una rebaná' de pan —dijo mientras le acercaba la mochila hecha de harapos—. Ahora que lo pienso... También podríamos esperar algún carromato, aunque no me he fija'o si pasaba alguno en to'l tiempo que he esta'o aquí. Y si es amable, capaz que te lleve y to'.
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Re: [Entrenamiento] Largo es tu camino, joven campesino [Alanna, Donnel]

Mensaje por Alanna el Sáb Jul 21, 2018 2:47 pm

Después de los constantes intentos de su madre por convertirla en una dama digna de la alta alcurnia, y un largo historial de lecciones de gramática y sobre el uso apropiado de la dicción, Alanna acabó desarrollando lo que se conoce comúnmente como una “lengua de plata”. Refinada, selecta, y muy cuidadosa a la hora de elegir las palabras. Al principio, no es que a una niña que lo único que anhelaba era divertirse como cualquier otro le entusiasmase el pasarse tantas horas estudiando vocabulario. Era tedioso y harto aburrido. Pero, ironías del destino, fueron estas clases las que le abrieron las puertas a relatos y epopeyas de grandes caballeros que recurrían a prosas bastante complicadas, las cuales se le hubiesen atorado de no ser por su educación. Y con el paso del tiempo, acabó teniendo en muy buena estima su lenguaje refinado. La razón no es que fuese para que su familia la viese con buenos ojos, ni mucho menos. Siempre creyó que usar la lengua de sus héroes de literatura la acercaría un poco más a ellos.

En el crudo mundo de los mercenarios, su lengua de plata no era tan… necesaria. Sus clientes valoraban sobre todo su eficacia para cumplir con su cometido, y poco más. Pero no negaría que los buenos modales le habían facilitado con creces el camino. No obstante, si quería arrancar de cuajo sus raíces nobles y pasar desapercibida, tendría que aprender a usar un lenguaje más coloquial. Y le costó lo suyo. Ahora bien, las palabras más mundanas ya no se le trababan tanto a la hora de usarlas y entenderlas, pero… El dialecto que usaba aquel muchacho con un cazo por sombrero era un mundo desconocido. ¡Por la Diosa! Que habilidad tenía para comerse letras con el fin de acortar palabras. Si su madre, la reina impávida y adusta de las buenas formas, estuviese escuchándole, se escandalizaría hasta niveles insospechados.

Al menos, Alanna no era su madre, y podía comprender más o menos el acento rural que se gastaba el chico. Para su infortunio, él tampoco conocía mucho sobre la villa que estaba buscando, ni por dónde podría marchar para llegar. —Ya veo… —musitó, dejando caer sus brazos por la decepción. ¡¿Cómo podía estar tan mal localizado un pueblo?! Ya debía ser preocupante cuando la gente local ni podía situarlo. En su fuero interno, ya se estaba jurando a si misma que la próxima vez pediría indicaciones más concretas cuando aceptase un encargo. O, mejor, aceptarlos solo si figuraban en el mapa.

Y en cuanto a lo de por qué estaba en mitad del campo entrenando, tenía su buena historia detrás. Alanna se quedó atendiendo cómo el joven del cazo le contaba con pelos y señales la trágica historia de su padre mientras defendía un poblado de un ataque Emergido. —Cielos… Me apena mucho oír eso —confesó, torciendo el gesto en una mueca afligida. Le aterraba el hecho de que esos monstruos fuesen capaces de atacar a unos pobres campesinos que no contaban con los medios necesarios para defenderse. Ya de por sí, el caso concreto del muchacho daba impotencia de solo escucharlo. Aunque a la mercenaria le sorprendió lo bien que lo llevaba, y lo férreas que halló sus aspiraciones. El pecho se le henchía de orgullo según le relataba lo mucho que quería proteger a los suyos y servir al reino. Y decían que solo los nobles tenían tales convicciones… Aquel muchacho era la prueba inequívoca de que hasta el más humilde podía albergar un corazón noble, y eso le daba un atisbo de esperanza en que la seguridad de la nación estaría en buenas manos.

Alanna no pudo evitar curvar los labios en una expresión divertida por lo “muy concentrado” que decía estar el joven en su entrenamiento. Cuantos recuerdos le traía de cuando Hellen y ella se pasaban las horas intercambiando estocadas… o lo que interpretaba como “estocadas” por su parte.  Imitándole, asintió con la cabeza y procedió a presentarse: —El placer el mío, Donnel. Yo me llamo Alanna: mercenaria, aquí donde me ves. —Con una actitud un tanto teatral, puso los brazos en jarra y alzó el pecho—. Y no le des importancia a pasarte con los entrenamientos. La perseverancia es la clave de la victoria. Aunque con la diligencia que te gastas, y por propia experiencia, sí que te recomendaría que optases por el camino del soldado antes que probar a ser mercenario —admitió entre risas. Vaya si le diría que el ejército sería mejor opción para él. La verdad es que a ella le tentó, pero alistarse en una institución a la que su familia tenía fácil acceso hubiese echado por la borda su tapadera.

Además, ¿ella en un cargo tan importante como es el salvaguardar al país? Ni en un milenio se veía como tal.

La idea de que la indicase para acercarse al pueblo más cercano le parecía estupenda. Con la de esperar a un carromato, ya no tenía tantas esperanzas si seguían en una ruta “fantasma” que más bien parecía excluida de la competencia humana. Entonces, Donnel sacó una bolsa improvisada que despedía ese dulce, dulce olor a fruta, despertando a una bestia aletargada en su estómago. Alanna tuvo que ser fiel a sus principios y alzó una mano en señal de negación. —¡Oh! T-te lo agradezco, pero no hace falta. Ahora mismo no tengo mucha hambre… —Mentira. Y bien gorda. Pasarse horas y horas pateándose una carretera rural había sido más que suficiente para que el cuerpo le suplicase por llevarse algo a la boca. Por fortuna, no llegaba al punto en el que su vientre comenzase con sus gruñidos quejicosos y la delatase, pero de seguir así…

No, no. Eso ya sería abusar de la buena hospitalidad del muchacho. Incluso le sabía mal pedirle una pieza de fruta sin ofrecerla nada a cambios. A no ser…

¡Idea! Una chispa de lucidez se encendió en su cabeza. Recordó la lanza improvisada que le había visto utilizar y rumió para sus adentros. Lo cierto es que desde lejos no se notaba tanto, pero se le hizo un poco rara la forma que tenía de blandirla… —Bueno. Lo cierto es que no me importaría probar una de esas peras, pero… —balbució, haciéndose la remolona. Después, le señaló a Donnel la lanza y carraspeó—. Me gustaría ofrecerte algo a cambio. ¿Qué tal si me muestras cómo te manejas con esa lanza? Como estabas haciendo antes.
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