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[Campaña de liberación] Tratando con cuervos [Priv. Yuri]

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[Campaña de liberación] Tratando con cuervos [Priv. Yuri]

Mensaje por Naesala el Miér Dic 20, 2017 8:31 am

Selva, selva, selva… Todo lo que sus orbes alcanzaban en derredor no eran más que árboles del tamaño de una torre, de raíces absurdamente grandes que sobresalían de la tierra, y de copas tan frondosas que la luz del sol apenas se filtraba entre sus hojas. No tenía punto de comparación con Kilvas, y es que ya estaba empezando a extrañar con urgencia el aire puro de las montañas, las fuertes corrientes que soplaban desde las altas cumbres y que ayudaban a impulsarse en pleno vuelo a los cuervos novicios… Y allí, el maldito clima le estaba agobiando con sus altas temperaturas, la continua serenata que mosquitos y liendres varias componían con sus zumbidos, y una humedad horrenda con la que se le estancaban los pulmones. Le hacía sudar con tanta facilidad que las plumas de las alas se le encrespaban, y la ropa se le estaba empezando a pegar en la piel. No llevaría allí más de un día y poco le faltaba para poner el grito en el cielo por un baño en condiciones. Por razones como esas y un largo etcétera más aborrecía tener que desplazarse a Gallia.

Era otra historia cuando le tocaba viajar para atender asuntos de la Alianza que requerían de su presencia. En ese caso no le quedaba otro remedio que hacer de tripas corazón y esperar que la reunión no fuese otro inútil recordatorio del pacto de no injerencia en los asuntos de los demás reinos. Pero, ¿entrar en la tierra de los felinos sin que la Alianza tuviese nada que ver? ¡Ja! El cielo acabaría por desmoronarse sobre sus cabezas antes de que pusiese un pie en una selva inmensa que no agraciaba a los que carecían de un buen puñado de pelo en el cuerpo.

Y ahora, Naesala tenía que tragarse sus palabras, su orgullo, y sus ganas de preguntarse qué diantres hacía allí, en mitad de hectáreas y hectáreas de bosque. Bueno, en realidad sí que lo sabía, y por cada vez que se lo recordaba le seguía pareciendo increíble que él, el infame y egoísta rey de los cuervos, se hubiese rebajado a buscar por su propia cuenta a los otros miembros de la Alianza para sacar algo en claro del periodo que duró su ausencia. Incluso no negaría el estar haciendo todo aquello solo por verles las caras a quienes le pusieron verde una y otra vez. ¿Pero qué otra maldita opción le quedaba? A cada día que pasaba, las islas de Kilvas seguían plagándose de beorcs coléricos, esos a los que llamaban emergidos. Todo apuntaba a que fue por culpa de lo que se desató en Phoenecis; salvando Goldoa, y por lo que tenía entendido, el estado general de los reinos de la Alianza empezó a decaer tras que los emergidos tomasen el reino y asentasen allí su base. Condenado Tibarn. Tanta pedantería sobre cómo debía actuar un rey para que se le fuese todo al traste y arrastrase a los demás con él.

Phoenecis solo fue un aviso de lo que ocurriría si permitía que esos humanos de ojos rojos campasen a sus anchas. Por desgracia, las penurias por las que pasó el pueblo de los cuervos en el pasado no eran suficientes para prepararlos contra un asedio que duraría semanas, o meses incluso. No eran luchadores de tal envergadura, y por mucho que le carcomiese a rabiar por dentro, tenía que recurrir a la Alianza si quería que su pueblo subsistiera. O lo que quedase de ella, y tampoco era un panorama muy alentador: Goldoa podría ser el único reino que puso en jaque a la amenaza, pero bien sabía que ni con esas el viejo Dheginsea rompería el condenado acuerdo de neutralidad entre los dragones para ayudarles. Si no lo hizo con la plaga iniciada, dudaba horrores que lo fuese a hacer ahora.

Al final resultaría que fueron los más inteligentes al no meterse en atolladeros que no les competían.

Por lo que su única posibilidad recaía en el rey de Gallia, Caineghis. Parándose a pensarlo con meticulosa frialdad, no era tan mala opción después de todo. Como Naesala y los cuervos lo eran al oro, el rey león era fiel al orgullo que poseían todos los miembros de su tribu, pero sorprendía lo razonable que llegaba a ser. Bien era sabido que incluso llegó a formalizar un acuerdo mutuo con los beorcs que residían en la frontera de Crimea. Estaba convencido de que podría sacar algo de él si elegía bien sus palabras y se tenían en cuenta los tiempos de necesidad que corrían. Sin embargo, antes tenía que encontrarlo en una Gallia que no se hallaba mucho mejor que Kilvas. Desplazarse por el reino se había convertido en un suplicio ya no solo por el clima y las frondosas copas que dificultaban cualquier intento de rastreo aéreo. En lo que llevarían de jornada allí, sus exploradores no hacían más que hallar poblados arrasados o abandonados. Por ende, ya no podía fiarse de los mapas de Gallia que se facilitaron al resto de la Alianza para guiarse; cualquier rincón del bosque bien podía ocultar trampas y pequeñas milicias de los emergidos.

Naesala oteó con una cansada mirada hasta dar con un árbol de ramas lo bastante robustas como para aguantar su peso. Batió las alas y se elevó para sentarse en una de ella, cruzándose de piernas y componiendo una expresión de agobio. —Este sitio va a acabar conmigo —masculló con acidez.  Había acordado con sus exploradores que se dividirían para abarcar más terreno y dar con cualquier rastro que les llevase a un refugio, o con cualquier felino que se atreviese a campar por el bosque. Si no dudaba de la segunda posibilidad, era porque conocía de sobras el exuberante orgullo que se gastaban, el suficiente como para que algunos se atreviesen a plantarles cara a los invasores. De momento, le tocaba hacer uso de su paciencia y optimismo después de mucho tiempo.
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Re: [Campaña de liberación] Tratando con cuervos [Priv. Yuri]

Mensaje por Yuri el Mar Ene 30, 2018 11:54 am

Yuri se mantuvo quieto en la charca, con las piernas en el agua hasta las pantorrillas y apenas sin respirar.

En el tiempo que llevaba en Gallia, había aprendido cosas muy útiles sobre la vida salvaje. Lo primero, y más importante, era que la comida no se aparecía delante de tus ojos, y que, si uno no se esforzaba por conseguirla, podría morir de inanición. Adquirir buenos métodos de supervivencia era clave, y aunque el bailarín había sido un ignorante al principio, lo que le había valido más de un problema, poco a poco había ido aprendiendo. Al fin y al cabo, Yuri era obstinado, y además estaba acostumbrado a sobrevivir en entornos hostiles. Se podía decir que estaba en su naturaleza el aprender deprisa y acostumbrarse a su entorno. Encontrar refugio, encender fuego, y encontrar agua se le hizo relativamente sencillo. Había cientos de árboles huecos que le proporcionaban buenos escondites, y la madera nunca faltaba. Tardaba en crear sus fogatas, pero una vez logrado, podía mantenerla viva durante horas, hasta que se hiciera de mañana y ya no la necesitase, o una tormenta la apagase. El bosque abundaba también en riachuelos y charcas, producto de la lluvia. Podía saciar su sed con celeridad de necesitarlo.

Por otro lado, la comida era un frente más complicado. Tras una serie de infortunios, había aprendido que no todo se podía comer. En especial, debía tener cuidado con las setas y las bayas que no estuviera seguro de que eran comestibles en su totalidad. No todas las hojas sabían bien, y no todas las raíces eran buenas para la tripa. A base de ensayo y error, a falta de maestros, Yuri había ido conociendo la flora alimenticia de Gallia, y la que no era tan alimenticia. Por supuesto, no podía nutrirse a base de frutos. Intentó comer carroña, pero su nariz no estaba preparada para oler los cadáveres en descomposición, por lo que se dedicó al hurto. Robaba huevos de los nidos, y si era lo suficientemente silencioso, a veces incluso lograba atrapar palomas que no esperaban su ataque. Siempre llevaba algún pájaro muerto en el macuto, no fuera a ser que no tuviera suerte al día siguiente y no encontrase nada que llevarse a la boca.

La caza se le daba muy mal. Era lento para atrapar conejos o libres, y demasiado flaco y débil como para enfrentarse a piezas más grandes como jabalís o ciervos, que podrían atravesarle con sus cuernos si quieran. En cambio, la pesca era otro asunto. Por alguna razón, sus habilidades se ponían en práctica a la perfección cuando quería capturar peces, tarea a la que se dedicaba en ese mismo instante. Con su espada había afilado un palo alto, pero no demasiado grueso, que usaba como una lanza improvisada para empalar el acuático almuerzo. El truco, según había ido aprendiendo, era estar muy quieto metido en el agua. A través de la transparencia de las charcas o riachuelos, la pesca era más que visible. Una vez estuviera cerca, ¡bam! Con un golpe certero de la lanza se hacía con el pez. Usar las manos nunca funcionaba, lo sabía muy bien. Asquerosas criaturas resbaladizas. Apretó el pelo en su mano, y justo cuando estaba a punto de realizar el conocido movimiento, un sonido, como el remover de hojas, le hizo mirar al cielo.

Pero ya era demasiado tarde.

Algo, o más bien alguien, le había levantado del suelo, y ahora volaba por los aires. Yuri trató de resistirse por instinto, pero la lanza se le había caído con el impacto, y su espada estaba abandonada a la vera del charco. Una voz desconocida le habló con cierta sorpresa, pero un tono de burla: ¿Qué hace una chica como tú en un sitio como este?, no es un sitio bonito para una branded. – Por su parte, el bailarín le gruñó y trató de tirarle del pelo, o de las alas. Laguz o no, no dejaría que nadie le tratase de esa manera. Quizás quería comerle, el hijo de puta. Si pensaba que no lucharía, estaba muy equivocado. – Uy, qué niña tan salvaje, deja de ser tan bruta, que no voy a hacerte daño. Solo te voy a llevar con mi Rey para que respondas sus preguntas. Eres la única persona viva que hemos visto últimamente. ¡No me tires de las plumas! Dioses, vas a hacer que me choque contra un árbol… ¡Oh!, ¡Su majestad! Mire lo que le he traído. Vi su cabello brillar desde el cielo. No sé si sabe hablar, pero al menos no es emergida.

De un momento a otro, el explorador cuervo le soltó, y Yuri cayó al suelo frente a un gran árbol. De forma inmediata, se incorporó, su largo cabello rubio cayendo sobre la mitad de su rostro colérico. Buscó a su alrededor algo que usar como arma, pero no había ni palos, ni rocas, solo vegetación. No le quedaba otra. Se giró hacia el osado que le había raptado y le pegó una patada alta, a la altura del pecho. - ¡Cabrón! –exclamó en una voz que no era nada femenina. - ¡No me vuelvas a tocar, enfermo! O te arrancaré las plumas una a una y después te pisaré la cara para no volver a ver algo tan feo. ¡Y devuélveme mis cosas!  - gruño enfadado, con los ojos aguamarina fruncidos. Sus pies mojados se estaban llenando de barro. Con el cuidado que había estado teniendo para mantenerse limpio, llegaba ahora este pervertido hablando de cosas que no entendía y le raptaba. No se había dado cuenta que no estaban solos, y que Naesala estaba sentado en una de las ramas del árbol.
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Re: [Campaña de liberación] Tratando con cuervos [Priv. Yuri]

Mensaje por Naesala el Jue Mar 01, 2018 9:37 am

Empezando a ser ya presa del aburrimiento y la enervación, Naesala necesitaba dar con cualquier forma de entretener su mente. Evadirse de la monotonía que era permanecer allí sentado. ¿Cuánto trecho llevarían recorrido de la espesa Gallia? ¿Y cuánto más les faltaría hasta dar con un miserable asentamiento que no estuviese en ruinas? Era difícil saberlo con tantas hectáreas de selva verde y virgen rodeándoles allá donde fuese. Claro, todo sería muchísimo más sencillo si pudiesen sobrevolar el mar de copas que se mecía encima de sus cabezas y analizar el terreno a vista… de pájaro, sí. Elevarse en el aire con la misma facilidad que uno y dar rienda suelta a sus alas. Dioses, el cuerpo le estaba suplicando que las estirase y les diese ya uso, como cuervo que era. Pero ese era un riesgo que ni él ni sus congéneres podían correr. El follaje de los árboles podía ser también una trampa mortal que no dejaría ver a tiempo a los emergidos que se esconden tras este, y mucho menos las flechas disparadas a traición. Muy a pesar del orgullo de su raza, volar a alturas considerables era un veto que se habían tenido que imponer.

Pero al menos, impulsarse entre los confines de los gruesos troncos ya era otro cantar. Siempre y cuando sus exploradores no llamasen la atención más de la cuenta en sus vuelos. Y justo fue pensar en ellos cuando aguzó el oído al sentir un batir de alas al que ya estaba demasiado acostumbrado. Reconocería el sonido de un laguz cuervo descendiendo en pleno vuelo en un parpadeo. Por supuesto, la voz jocosa del explorador en cuestión se hizo oír de inmediato, aunque Naesala estiró el cuello, huraño, cuando le oyó decir que traía algo. Cuán grande fue su sorpresa nada más verlo a la vera del árbol en el que se asentaba, cargando con un muchacho escuálido que pataleaba y refunfuñaba como si le fuese la vida en ello.

Perplejo por semejante estampa, el rey cuervo frunció el ceño y echó hacia delante un poco el cuerpo. Les había pedido a sus exploradores que rastreasen la zona e informasen de cualquier individuo que encontrasen, pero ni mucho menos se hubiese esperado que se los traerían en volandas. Qué remedio. Su vigilante había dejado caer al niño cual saco de patatas y, vaya… menudo genio se gastaba el condenado. Estaba hecho todo un animal enrabietado. Aunque, fijándose con mayor detenimiento, no reconocía signo alguno de que se tratase un laguz: ni cola, ni orejas puntiagudas. Y, más importante, ni rastro de carmín en sus ojos. Curioso. ¿Un beorc no emergido pululando por su cuenta en…?

No —siseó Naesala, tensándosele las alas y lanzando una mirada recelosa al niño. No era un beorc. Lo supo en el momento que le recorrió aquella sensación por el cuerpo. Una especie de hormigueo que no notaba desde hacía muchísimo tiempo. Aunque, quien lo iba a pensar… Lo último que se esperaba encontrar en mitad de la selva era un Estigmatizado. Uno bastante volátil, por cómo se puso a patear y a chillar a quien le trajo. El cuervo retrocedió un par de pasos, más indignado que dolido por la patada que recibió en el pecho, y le clavó unos ojos llenos de enervación e incredulidad. —¡Pero bueno! ¿Es que no te han enseñado modales o qué, niña maleducada? Dioses, he visto a laguz tigre más disciplinados que tú.

Naesala puso los ojos en blanco y exhaló con pesadumbre. Antes de que al niño le diese por volverse más hostil, decidió intervenir. Desplegó las puntas de las alas y, de un bote, descendió de la rama hasta el suelo lentamente. De inmediato, el otro cuervo dio cuenta de que su rey se dirigía hacia a ellos y se esforzó en componer una expresión que no delatase su pérdida de estribos —¡Mi señor! Mis disculpas porque tenga que ver semejante… —Naesala alzó la mano con cansancio, interrumpiéndole, y meneó la cabeza. —Está bien. Me haré cargo yo ahora. Mientras tanto, sé un buen anfitrión y tráele sus cosas a nuestro… invitado. —Al pronunciar eso último, sus orbes rotaron hacia el portador del Estigma. El explorador asintió y, sin mediar palabra alguna, remontó el vuelo y se fue por donde vino, a donde se suponía que encontró al muchacho en primer lugar.

Una vez solos, sin terceros que pudiesen interferir o molestar, Naesala se volteó hacia el chico con un movimiento grácil y se encogió de hombros, con las palmas apuntando hacia arriba. Una escueta sonrisa curvó sus labios. —Lamento muchísimo los percances que haya podido ocasionarte mi subordinado. Aunque no es excusa para las maneras que se han tomado, tengo que admitir que todos estamos un poco… susceptibles con todo lo que está ocurriendo por aquí —explicó, haciendo girar su mano varias veces y con la vista perdida entre la maleza del lugar—. Cosas que pasan, supongo. Pero bueno, esperemos que este pequeño malentendido quede atrás y podamos dialogar como personas razonables que somos. —Oh, sí, por favor. Después de tantos días recorriendo los malditos bosques de Gallia, sin ver ni un alma en peno que no fuese emergida, necesitaba tener contacto con cualquier oriundo. Fuese tigre, león, o hasta un Estigmatizado. Quería al menos que su expedición no hubiese sido en balde—. Mi única petición es que me respondas a un par de preguntas sencillas. Nada más. Después, puedes seguir con tus devenires.

De todas formas, y por mucho que estuviese tratando con un cualquiera, tendría que seguir poniéndole buena cara al niño y ser paciente. Era la primera persona racional (o eso creía) que se encontraban desde que marcharon, y ni loco iba a desperdiciar tal oportunidad. Además, tendría que vigilar sus gestos y palabras con él por dos sencillas razones que tenían su peso. La primera: era un Estigmatizado. Parias marcados a los que la mayoría de laguz veían como escoria. Por norma general, esto causaba que se mostrasen sumamente desconfiados y ariscos con cualquiera. Demonios, incluso le extrañaba la presencia de uno de ellos en un país que los rechazaba por completo.  La verdad es que a él le importaba poco o nada las connotaciones negativas con las que cargaban, pero estaba el hecho de que eran unos recluidos de la sociedad.

A todo esto, ¿cuánto tiempo llevas en Gallia? —Y la segunda era, simple y llanamente, la argolla de metal que le rodeaba un cuello por el que se entreveían ronchas rojas. Dicho de otro modo, ya se hacía una idea de dónde había salido, y algo le decía que no habría pasado mucho tiempo desde que se zafó del yugo de sus antiguos amos. Un esclavo que apenas estaba saboreando las mieles de la libertad podía ser de lo más desconfiado, ya fuese por el miedo a volver a su prisión o a que sus dueños le diesen la paliza de su vida por atreverse a huir.
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Re: [Campaña de liberación] Tratando con cuervos [Priv. Yuri]

Mensaje por Yuri el Lun Mar 19, 2018 11:40 am

Yuri se sorprendió al sentir como otra presencia se unía a ellos. Pegó un brinco y alzó los puñitos como si acaso eso le fuera a servir para pelear contra un enemigo. ¡Le habían rodeado! Sentía pánico, lo exhumaba por todos los poros del cuerpo, pero lo escondía facialmente con un gesto de agresiva molestia. Igual que un animalillo salvaje que se veía acorralado por un predador u otro animal más grande que ellos. No tenía nada en contra de los laguz cuevo, ni mucho menos, pero uno le había secuestrado y parecía querer propasarse con él, y el otro había aparecido de la nada sin darle espacio a escapar. No llevaba bien eso de ser sorprendido, le provocaba mucha ansiedad, y se notaba en sus miradas nerviosas y en su postura rígida y estresada. Sudaba solo de pensar en qué querían de él. No había nada que pudiera ofrecer, pues dudaba que quisieran sus pobres pertenencias, hasta un ladrón se apiadaría del adolescente vagabundo. Solo quedaba la posibilidad de que lo quisieran a él, su cuerpo, para algo. Palideció.

Entonces Naesala habló y Yuri le miró como si no entendiera lo que había pronunciado. ¿Le había llamado “invitado”? Se quedó con una expresión de sorpresa, pero sin bajar la guardia. Nunca nadie le había tratado así, con esa clase de respeto que la gente normal tenía hacia los demás. Había sido esclavo, su trabajo era entretener a los convidados, no ser él uno. Estaba claro que el nuevo cuervo era quién tenía el poder y que estaba más arriba en la jerarquía. El secuestrados no dudó en cumplir sus órdenes, incluso si Yuri estaba seguro de que tenía ganas de abofetearle por la resistencia demostrada. Huraño, el bailarín miró al laguz y después hacia el lugar donde su subordinado había desaparecido. Cuando Naesala se movió, Yuri tuvo que hacer un esfuerzo por no echarse hacia atrás. Cabezota, siguió guardando su territorio personal con su ceño fruncido y dos ojos muy fijos en el mayor. Le escuchó hablar con la misma expresión, analizando al desconocido y sus intenciones. ¿Acaso era posible que solo quisiera información?

- Hablas como los políticos humanos.
– se limitó a responder tajante y puso una cara de asco. Había sido el esclavo de varios de ellos, y habían sido casi tan malos como los clérigos. Le molestaba no entender algunas de las palabras que el halcón decía. Susceptible. Devenires. ¿De qué le hablaba? Podía sacar cosas por el contexto, pero mucho más no podía hacer. Su orgullo le impedía preguntar sus dudas de vocabulario. No había ido a Gallia a aprender gramática, sino a ser un tigre de verdad. Se bastaba con saber leer y escribir, aunque ambas cualidades nunca habían sido de su mayor interés. Yuri era un muchacho activo, que prefería el movimiento a estar sentado. Quizás por eso se le daba tan bien la danza, porque exigía continuo entrenamiento para mantenerse en la cima. La oratoria o lo académico no era lo suyo.

Quizás por eso no pudo confiar en Naesala de inmediato, porque no le entendía, y porque en él no funcionaba ese trato con altos vocablos y ademanes teatrales.  El joven branded era directo y crudo, nada de palabras suaves como las del cuervo. Estaba claro quién era el más salvaje de los dos. Ante su pregunta, se limitó a encogerse de hombros. No sabía cuánto tiempo llevaba allí, había perdido la cuenta. Un tiempo, quizás. En vez de cooperar como cualquier otra persona inteligente haría en su situación, Yuri ignoró los deseos del cuervo para ser quién hiciera las preguntas: ¿Por qué te llama “majestad”? Tú no eres el rey de Gallia. – Se había fijado en la diferencia de roles entre ambos cuervos. Algo que le iba natural a alguien acostumbrado a servir. Aunque, si era sincero, nunca había estado frente a un monarca. Estaba seguro de que el reino de los cuervos no era ese, así que tenía sus propias dudas sobre la supuesta nobleza de la sangre de Naesala. No ayudaba que lo único que sabía del mundo laguz fuera sobre Gallia y sus costumbres, el resto de naciones no se le habían antojado tan interesantes, y por eso era tan ignorante al respecto. Suponía que Seimei también había preferido mantenerle así, no fuera a ser que el branded quisiera pasar de tigre a halcón o dragón, y tuviera aún más problemas de comportamiento.

Pasó su peso de una pierna a otra y se cruzó de brazos en actitud defensiva. De vez en cuando miraba en la dirección en la que el secuestrador había desaparecido, como si tuviera miedo de una nueva emboscada. Ya había vislumbrado las mejores rutas de escape, pero no podía irse sin sus cosas. Le había costado mucho completar su pequeño macuto con lo básico para sobrevivir, y no iba a abandonarlo. Además, necesitaría su espada si el reyezuelo se ponía gracioso con él. Le observó con cuidado. Estaba limpio, más que él al menos, y era alto y de apariencia fuerte. Se le ocurrió que debía de tener comida para mantenerse en esa buena forma. De forma casual, aunque con cierta exigencia, dijo: Respondería mejor si tuviera algo en mi estómago. No sé, puede que la comida me ayude a recordar mejor. Además, el enfermo ese que llevas contigo ha hecho que no pueda pescar el desayuno. –señaló, y casi costaba pensar que había sido un esclavo y no un príncipe. - Me lo debes.
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