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[Campaña de liberación] Cuando ruge la marabunta [Privado; Zeke]

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[Campaña de liberación] Cuando ruge la marabunta [Privado; Zeke]

Mensaje por Sindri el Mar Nov 14, 2017 8:55 pm

Gallia.

Gallia era un país como jamás había visto. Si es que un espacio delimitado por otros en su mayoría podía considerarse un estado independiente. Por lo poco que había conseguido sonsacar a los aldeanos de la frontera con Crimea, muy ocupados pagando exorbitantes impuestos a Daein, es que Gallia en sí era una espesa selva que cubría el oeste de Tellius y que en un tiempo pasado tuvo un rey Laguz León. Según la poca información que contaba sobre ellos, los Laguz Mamíferos eran los más comunes entre todos ellos, por lo que el hecho de nunca haberse encontrado con uno era una buena jugarreta del destino. Sin embargo, a día de hoy el gobierno del país Laguz había caído y la anarquía era la única ley que se seguía en un lugar por el que los Emergidos campaban a sus anchas. Los Beorc no eran especialmente bienvenidos, cierto, pero el Sabio Oscuro esperaba que los Laguz estuvieran demasiado ocupados con los Emergidos como para preocuparse de un simple Beorc viajando solo que no les atacaba a simple vista.

Los preparativos para la visita al reino de los gatos no fueron especialmente complicados ni pesarosos. Los pequeños mercadillos de diversos pueblos situados en la frontera de las dos naciones proporcionaron al Sabio los utensilios necesarios para navegar por una selva, y tomó cuenta de abastecerse con numerosas viandas que podían durar comestibles durante semanas. Una parte de su ser le reprochaba gastar dinero en comida cuando iba a visitar un lugar repleto de árboles de sabrosa fruta gratuita, nutritivas bayas y setas y animales salvajes con deliciosa carne exótica. Sus Segundos Pensamientos contestaron al momento que, como todo bibliotecario, era más que capaz de subir a los árboles pero no bajar, que podría acabar envenenado por comer lo que desconocía y que para comer caza primero tendría que aprender a cazar. Tal vez, y solo tal vez, debería probar a ser un explorador novato antes de autoproclamarse el rey de la jungla y superviviente nato.

Al amanecer del tercer día, un Sabio Oscuro recorrió el trecho que separaba Crimea de Gallia y se adentró en la oscura, pero extrañamente cálida, jungla de Gallia. Tras sólo unos pocos minutos, el aire se enrareció con la humedad hasta que costaba respirar, haciendo que el intruso tuviera que moderar su paso antes de quedarse sin aire. Caminar entre árboles era un desafío bastante más difícil de lo que Sindri imaginó en un principio… no eran los pequeños troncos de los bosques de Ilia sino masivas moles de madera situadas de manera aleatoria con raíces tan marcadas que no podían ser otra cosa que obras de ingeniería malvadas. Paulatinamente, el lugar fue oscureciéndose gracias a las frondosas copas de los árboles, lo que implicaba tener que llevar la vista al suelo cada cinco pasos para evitar que las mencionadas raíces le jugaran una mala pasada y acabar en el suelo haciendo compañía a bichitos en los que no quería ni pensar.

¿Qué buscaba exactamente en Gallia el muchacho? ¿Qué le había llevado a recorrer los mismos pasos que meses atrás, cuando Ilia todavía existía? No había una respuesta concreta a aquella palabra. Una oportunidad. Los rumores de la caída de Gallia habían llegado a oídos del Dark Sage en Durban y una vez que dio por finalizados sus asuntos en esas islas, se vio sin ningún lugar al que volver… o lo que era lo mismo, un mundo por descubrir. En su estada en Goldoa, el Príncipe Kurthnaga le había advertido sobre Gallia, un país del que ni siquiera la Gran Biblioteca de Ilia tenía mucha información, y su predisposición hacia los Beorc. Un lugar misterioso, tanto o más que Goldoa, que atraía la atención de Sindri de sobremanera y sobre el que no había dejado de pensar. Seguro que debían tener libros, ¿cierto? Algún método de almacenamiento de información, al menos, como pergaminos de algún tipo. Quizá ahora que había una crisis en Gallia los Laguz restantes tendrían más aprecio a los intercambios de algún tipo incluso con extranjeros. Y en el caso de no haber Laguz en ningún lado… nadie echaría en falta algunos tomos polvorientos, ¿cierto?

Pero primero debía encontrar un asentamiento Laguz que investigar, puesto que sabía de buena mano lo mal que se conservaba cualquier tipo de papel en este clima – Una pena que no haya mapas… – se lamentó en voz alta mientras retiraba pesadamente unas lianas para que no se le enredasen en el cuello. ¿Acaso podría orientarse sin estrellas y sin casi poder ver el sol? No siempre podía confiar en el musgo de los árboles…
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Re: [Campaña de liberación] Cuando ruge la marabunta [Privado; Zeke]

Mensaje por Zeke el Vie Nov 17, 2017 3:06 pm

No había necesitado una estancia demasiado grande en su tierra natal para encontrarse lo que, muy en el fondo, su cabeza presagiaba cuando en Mitgard había escuchado la terrible situación en la que se encontraba la tierra de los felinos. Su hogar, su no tan preciado lugar de nacimiento estaba siendo destruida por los endemoniados de ojos rojos, que no tenían compasión ninguna ni por sus habitantes ni por los terrenos en los que estos habitaban. Destrozándolo todo a su paso no eran sino la peor de las plagas que uno podía desear sobre su nación, así que pese a ser reticente en un primer momento, muy en el fondo conocía su deseo de aportar sus garras a aquel entramado para expulsar a los emergidos no solamente del reino de Gallia, sino de todo territorio laguz y, por supuesto, de Mitgard.

Hacía apenas unos días había deambulado por la frontera con Goldoa, encontrándose por desgracia para los demonios con un grupo de ellos. Desgracia porque entre un extraño dragón blanco y sus propias zarpas los habían reducido a polvo, gracias a sus propios medios. No esperaba encontrar demasiada ayuda del resto de reinos, que también tenían sus propios problemas, mas por fortuna aquel laguz se encontraba en el momento preciso para regalarle su ayuda, aunque fuese para beneficio de su propio país. Desde luego que él no se iba a quejar por amparo gratuito, tampoco iba a admitir que muy probablemente sin él aquella campaña habría estado empapada con su propia sangre, corriendo por los suelos de la tierra que le vio crecer. Eran demasiados, así que gastó los siguientes días en considerar diferentes tácticas para los enfrentamientos futuros. No podía darse el lujo de perecer cuando apenas había comenzado su aventura en ese lugar, ahora extraño para él.

Se revolvió el pelo mientras caminaba por el laberinto que parecía aquella selva, rumbo al norte, hacia las zonas colindantes con Crimea. Hacía poco que había conocido de la anexión de dicho territorio a manos de Daein. Demonios. Esperaba que esos delirios expansionistas no llegasen también hasta su tierra, no se pondría a elegir qué era mejor, si estar en manos de otro país o de los emergidos, pues ninguna de las opciones era factible a su parecer. Solamente ellos, los felinos, tigres, gatos, e incluso los leones, eran los únicos con poder sobre el que siempre habían sido su territorio.

A lo lejos, escuchó una serie de pisadas. Rápidamente sus orejas se dirigieron hacia la dirección de dicho sonido, agachándose para no ser visto en caso de tratarse de una fuerza enemiga. Sigilosamente se acercó, siempre protegido por los vastos matorrales, árboles y plantas que crecían en el lugar.

Pudo ver oler a un único ser. No portaba armadura, no escuchaba ningún ruido metálico que acompañase el son de sus pisadas, ni tampoco le recordaba a ningún aroma que fuera capaz de reconocer, por lo que supuso que no era un emergido. Se asomó, dejando solamente al descubierto su cabello y sus ojos para encontrarse ante sí la imagen de un joven pelimorado, bien vestido y poco fornido. Levantó una ceja por la incredulidad, ¿qué demonios hacía lo que parecía ser un niño de bien, mimado, en medio de la selva? Por no decir que ni siquiera tenía rasgos de laguz, por lo que un beorc, a solas, en territorio laguz plagado de emergidos… No lo comprendía.

Sonrió para sus adentros, por lo menos intentaría divertirse un poco. No había tenido tiempo para relajarse desde su llegada a Gallia, por lo que podía darse el lujo de molestar un poco a aquella inocente alma. En realidad le tendría que dar las gracias por espantarle del lugar, donde muy seguramente tendría el placer de perder su vida. Se transformó en completo sigilo, avanzando entre unas lianas que colgaban desde unos de los árboles cercanos. Sentía la sangre fluir con rapidez por sus venas, fruto de la adrenalina, de la felicidad del momento.

Y saltó.

Gracias a la potencia de sus piernas traseras no le fue esfuerzo alguno caer justo detrás de donde el joven adinerado se encontraba. Emitió un rugido sonoro mientras enseñaba sus afilados colmillos. No tenía ninguna intención de atacar a ese pobre descuidado, pero por lo menos aprendería la lección. ¡Le estaba haciendo un favor! Eso no se iba a repetir en mucho tiempo tratándose de él.
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Re: [Campaña de liberación] Cuando ruge la marabunta [Privado; Zeke]

Mensaje por Sindri el Dom Nov 19, 2017 7:37 pm

Si algo debía concederle a Gallia era su dedicación monotemática a la naturaleza. El Sabio Oscuro no había visto tanto verde desde que un aprendiz falló un hechizo de Magia de Ánima y tiñó de ese color las paredes de una habitación de la Gran Biblioteca de Ilia. Que le tocó limpiar a él, claro.

Pero estaba lejos de las frías, pero relativamente confortables salas de Ilia, ahora desiertas por la acción de los Emergidos. No es que necesitara ahora por ahora un hogar con una buena llama, o más mantas… a decir verdad, casi le sobraba ropa. La capa se le enredaba cada dos por tres en pequeñas ramas o liana, forzándole a pararse cada pocos metros a tirar de ella, con vanas esperanzas de no causarle un rasgado. Se sentía observado y los sonidos de la jungla no hacían más que avisarle que había animales a su alrededor que no querían hacerse ver. La humedad y el calor pegajoso le hacían sudar y pronto su ropa se enganchaba en su piel, provocándole serias molestias durante su caminata. Llevaba caminando durante, al menos, media hora y todavía no había encontrado más que árboles: ni claros naturales o artificiales, ni chozas de leñadores o cazadores, ni muestras de civilización.

¡Cuán diferentes debían ser los habitantes de Gallia para poder sobrevivir de esta manera! El poder transformarse a placer en animales más grandes que los ofrecidos por Mamá Naturaleza era una habilidad, cuanto menos, interesante. Claro que incluso para eso se necesitaba algo de suerte, no era lo mismo acabar siendo un cuervecito que un masivo reptil que podía superar el milenio de edad con una fastuosa facilidad. ¿Había algo que influenciaba qué tipo de Laguz acababa uno siendo? ¿Los padres, tal vez? ¿Y si los padres eran de distintas especies? ¿Se creaba una nueva o había un porcentaje de probabilidades que salieran de una o la otra? Nunca tuvo la ocasión de preguntar al príncipe Kurthnaga sobre la reproducción Laguz, por lo que eran cuestiones sin respuesta hoy por hoy. Lo que bien sabía es que dos Beorc siempre resultaban en un Beorc.

Un ruido repentino de ramas moviéndose, hojas cayéndose y movimiento súbito desconcentraron al Sabio Oscuro, quién paró automáticamente. Súbitamente, se encontró dándole la espalda a lo que los libros de la Gran Biblioteca de Ilia definen como “tigre”, aunque de tamaño descomunal comparando un rápido cálculo de sus proporciones y lo escrito en los libros de texto. Una figura imponente, con un rugido con la capacidad de helar la sangre de un Beorc cualquiera, declaraba a todas luces sus intenciones agresivas. Seguramente un humano normal y corriente no hubiera esperado mucho más para salir corriendo, quizá ni siquiera mirando atrás por temor a perder unos escasos segundos de ventaja.

Oh, usted no es un Laguz Gato. Qué pena. – mencionó con voz decepcionada el Sabio Oscuro tras girarse lentamente y dedicarle una larga y tendida mirada. Obviamente que lo había sorprendido ese Laguz Tigre, sobre los que había aprendido en su estancia en Hatari y podía reconocer, pero una vez pasada la tensión y el sobresalto, el muchacho se había podido recomponer bastante bien. Cuando hacías tratos con los habitantes del Abismo casi a diario, tenías los días de tu vida contados y te habían expuesto a fuerzas más allá de la comprensión humana, uno se volvía más difícil de intimidar y asustar en general. Seguramente el Laguz Tigre podría matarle. Pero también podría matarle un Beorc. También podría matarle un cisne con suficientes golpes críticos. No era especial. Además, Sindri sabía que la cosa más terrorífica que había hoy por hoy en aquella jungla era él.

Sacó de su zurrón algo de papel de pergamino, una pluma y un tintero (que rápidamente fue a parar a su bolsillo), y apoyándose en su antebrazo, comenzó a escribir con buena letra – “Primer encuentro con un Laguz Mamífero”. Muy bien. – si no documentaba él aquel encuentro para la posteridad, ¿Quién lo haría? ¿El Laguz? Ni siquiera tenía pulgares para sostener una pluma – ¿Que sería usted tan amable de decirme dónde está el poblado de Laguz más cercano? – preguntó cortésmente sin mirarlo, ya que tenía que concentrarse en documentar todo lo que podía sobre el encuentro. Describir un Laguz era más difícil de lo que parecía, especialmente teniendo en cuenta que la luz no ayudaba en absoluto. ¿Podría adornar un poco la descripción sin que se notase mucho? – ¿Que podría volver a rugir, por favor? La primera vez me pilló de sorpresa y no sé si podré describirlo bien.
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Re: [Campaña de liberación] Cuando ruge la marabunta [Privado; Zeke]

Mensaje por Zeke el Lun Nov 27, 2017 1:36 pm

Sorpresa.

Sí, debía admitir que se hallaba extrañamente sorprendido ante la reacción de ese beorc de cabellos morados que se encontraba frente a él. En un primer momento no podía observar más que la delicada capa que cubría la espalda del joven humano, así como un corte de pelo que desde su punto de vista era más propio del género femenino que de un hombre, como delataba el olor que desprendía. Que no se hubiese meado encima hacía el juego mucho más divertido, a su parecer. No se movió de su sitio sino que adoptó una posición de acecho, flexionando sus extremidades tanto delanteras como traseras, preparado para un nuevo ataque.

No era capaz de percibir ningún olor de miedo procedente del tan extraño beorc, lo cual le provocó un ligero enfado. Gruñó por lo bajo una vez más, sosteniendo el sonido por un tiempo más largo que el anterior. ¿Es que acaso no lo consideraba como una amenaza? ¿Menospreciaba su poder? ¿O sencillamente se trataba de un necio, como bien parecía, que desconocía cuál era la ley de la jungla en la que se encontraba? La fuerza dominaba. Era sabido por todos, más ahora que el territorio se encontraba caído en manos de los sucios emergidos. Si quería un bonito lugar de paseo donde poder recostarse a llenar sus pulmones de aire puro y limpio sobre un rellano de paz y tranquilidad, había llegado a un lugar poco indicado.

Sus músculos se tensaron cuando lo vio hurgar en la alforja que portaba, preparado para un contraataque rápido y letal si lo que buscaba con tanto ahínco era un arma. Le excitaba la idea de una batalla, aun si se trataba contra un endeble beorc, pero una vez más sus ansias de lucha, de ser reconocido como un ser temible, se derrumbaron tan rápido como se habían construido.

Cuando lo acribilló a preguntas el pelo más espeso de su cuello comenzó a crisparse, por pura irritación. ¿¡Es que acaso se creía que tenía el derecho de interrogarle, en su propia tierra!? Si no era más que un curioso se las podía apañar él solo, o podía irse por el camino que había tomado, de vuelta a su lugar de procedencia. Afiló su mirada sin despegar la vista del joven, sospechando sobre sus verdaderas intenciones. Podría tratarse de un informante, que trabajase para quienes veían en Gallia una oportunidad para hacerse con nuevas tierras ahora que el reinado de los leones había llegado a su fin. No sabía si esa idea lo incomodaba o, por otra parte, satisfacía su deseo de venganza hacia la raza más grande de felinos.

No obstante, dicho y hecho. Lanzó un nuevo rugido, si tan deseoso estaba de que le regalara su precioso llamamiento de guerra. Comenzó a caminar en círculos alrededor, despacio, a un ritmo constante, mientras sacudía la cola de un lado a otro, tensa. No tenía intenciones de proporcionarle la información sobre el poblado laguz más cercano, o más bien lo que quedaba de él. ¿Qué esperaba encontrar en un lugar plagado de seres demoniacos, aldeas felices? Pues no –Será mejor que la próxima pregunta que hagas sea más inteligente, si quieres sobrevivir en este lugar, beorc –le gruñó entre dientes, apenas abriendo su boca más que para mostrar una vez más sus imponentes colmillos. No podía darle mejor consejo.

Unos crujidos comenzaron a resonar, aún lejos, pero acelerados. No tenían demasiado cuidado en ocultar los crujidos de las pequeñas ramas y las hojas que plagaban la superficie del lugar, por lo que o no esperaban encontrar a nadie en el lugar y caminaban con celeridad, o bien contaban con tal confianza en sí mismos que no tenían por qué ocultar su presencia de nadie. Un escalofrío le recorrió todo el cuerpo, al contemplar la segunda posibilidad. Puede que sus rugidos hubiesen llamado la atención de quien deambulara por los alrededores, ya que la potencia usada había sido más que suficiente para alertar a los seres que se encontraran a bastantes metros a la redonda –Oye, tú, se están acercando a nosotros, así que si has venido con amiguitos será mejor que no pretendas nada –Conocía la existencia de cazadores beorc que buscaban “mascotas” entre los miembros de su sociedad.

Solamente imaginarse esa idea, ser una marioneta de quienes los consideraban subhumanos hacía que quisiera arrancarle la cabeza de un rápido mordisco. Por su bien, esperaba que no fuera el caso, aunque de ser así quizás su futuro fuera turbio de igual manera.
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Re: [Campaña de liberación] Cuando ruge la marabunta [Privado; Zeke]

Mensaje por Sindri el Sáb Dic 09, 2017 8:43 pm

La escena podía parecer surreal para algunos, quizá incluso para la mayoría de personas del mundo sobre el que se encontraba. Estaba hablando con un tigre. ¡Con un tigre! El perdido arte de hablar con los felinos no era nada nuevo, la mayoría de personas que tenían uno de mascota afirmaban categóricamente llevar a cabo conversaciones diarias con el minino. Ahora bien, que dicho sujeto respondiera ya era otro cantar. Responder con algo más que maullidos, claro, los amos aseguraban que su querido gatito les respondía con todo el amor, cariño y ternura del mundo.

Si hablaba de forma mínimamente parecida a este Laguz Tigre, seguramente tendrían una desagradable sorpresa.

El rugido volvió a reverberar por los huecos de los árboles una vez más, sacudiendo un poco el lugar cuando los animalitos más cercanos huyeron despavoridos una vez más. Quizá el comportamiento más adecuado teniendo en cuenta el posible peligro. Pero Sindri era demasiado profesional para que tal idea siquiera se asomase por su mente, apuntando con todo lujo de detalles el tipo de rugido que acababa de presenciar – Ronco, desde luego. Da que pensar si los Laguz pueden tener problemas de garganta. – realmente toda la información que podía recopilar era poca. Pero por algo se empezaba, teniendo en cuenta que el Laguz parecía completamente hostil por el momento. ¿Quizá simplemente necesitaba algo de tiempo para hacerse a la idea de hablar con un Beorc? – Seguramente el rugido de un león sea más regio… ¿Y el de un gato? ¿Los gatos rugen? – se llevó la pluma al mentón una vez puso el punto y final al párrafo, tratando de indagar sobre los misterios felinos sin respuesta.

Pero entonces una (también) ronca voz le arrancó del mundo de los pensamientos y lo ancló en la realidad nuevamente. Al parecer el gato no se había comido la lengua del… gato grande, puesto que había encontrado en él un chorro de voz con unas palabras de intención mordaz, en las que el Sabio Oscuro detectó un gran cúmulo de antipatía. Trató de centrarse en lo que decía el Laguz Tigre, pero sus ojos se centraron en un lugar concreto de la cara del Laguz parlanchín. Su respiración se entrecortó y tuvo que llevarse su mano libre a la boca, simulando estar tosiendo. Trató de desviar la mirada, pero el Laguz giraba a su alrededor como gato con un ratón, por lo que no pudo evitar verlo de nuevo. Y ya fue demasiado para él. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Y cuando dijo la palabra “amiguitos” ya no lo pudo reprimir por más tiempo.

¡Ahahahaha! ¡Ahahahahahahaha! – una risa cristalina se escapó del practicante de las Artes Arcanas, quién tuvo que agarrar con fuerza el pergamino para que no se le cayese de las manos – ¡AHAHAHAHAHAHA! – se llevó las manos a la tripa y se dobló a causa de la panzada de reír, teniendo que reunir absolutamente toda su voluntad para no echarse al suelo y reír ahí. La risa continuó un buen rato, hasta que pudo retomar el control de sus emociones – ¡Perdone! ¡Aha! ¡Perdone! – se incorporó como pudo y se limpió los ojos disimuladamente, con una sonrisa de oreja a oreja y la respiración completamente descontrolada. Entre palabras y palabras trataba de dar bocanadas de aire para recuperarse lo antes posible – Es que verá, cuando habla usted… ¡Sus carrillos! ¡Y sus mofletes! Se mueven de una manera muy mona. Casi como… casi como… – una vez aserenado del todo, pudo darse el lujo de pensar con claridad de nuevo. Verdaderamente, la risa era la mejor medicina del alma – Para las fiestas de mi pueblo natal de Lycia siempre llegaban feriantes de todo tipo para animar a los pueblerinos. Uno de ellos era una famosa ventriloquista con una joven yegua, Juana Manzana la maravillosa poni cuentacuentos. – se llevó entonces el dedo índice de su mano libre a su labio superior, indicando algo en concreto – Le ponían cuando la gente no miraba un poco de miel bajo el labio y, cuando trataba de quitársela con la lengua, parecía que hablaba. Y entonces la ventriloquista hacía su magia… ¡Y parecía que hablaba de verdad! A los niños les encantaba Juana Manzana y esperaban su visita cada año. – su tono se suavizó, casi como si estuviera contando un cuento él mismo. Obviamente que asumió que al Laguz le haría ilusión saber de otro animal parlante. Miró hacia la distancia: su mente estaba muy, muy lejos de ahí – Luego te dejaban darle azucarillos y acariciarle la crin. Era una yegua muy dócil. Qué tiempos…

Reparó tras unos instantes que no había contestado al Laguz, lo que podía considerarse de bastante mala educación si seguía en ese empeño – ¿Hm? Oh, ya sé exactamente cómo voy a morir. Y si preguntara a mi señora, seguro que podría saber el cuándo. No crea que puede asustarme aludiendo a mi mortalidad. – respondió con diáfana tranquilidad y parsimonia. La Oscuridad tenía la respuesta a todos los misterios y los videntes no eran demasiado raros ente los practicantes de las Artes Arcanas. Sindri siempre pensó que el hecho de saber demasiado sobre el día que abandonará este mundo estropearía la sorpresa, por lo que nunca intentó ninguno de esos rituales – Pero si quiere realmente que sobreviva sólo tiene que decirme la dirección del lugar más cercano que tiene libros. ¿Sabe qué es un libro? Es una cosita de este tamaño… – juntó un poco las manos, dejando entre ellas el conocido tamaño de un libro estándar – … repleta de páginas de papel. Si no hay libros, también me sirven los pergaminos. Están hechos de papel también. – no era el momento de ponerse quisquillosos.

Tras la mención que había alguien yendo hacia su dirección, Sindri cerró los ojos y se llevó una mano al oído, tratando de concentrarse en los sonidos que le llegaban. Que eran exactamente los mismos que hasta ahora. La jungla estaba llena de vida y ruido, pero el Dark Sage no podía aislar ninguno que fuera hacia él en concreto. ¿Tal vez el Laguz estaba siendo precavido de más? – ¿Amigos? No tengo amigos, yo. Mi rama de empleo es muy solitaria. Además, somos personas non gratas los unos para los otros. – se encogió de hombros como respuesta. Los practicantes de las Artes Arcanas eran enemigos los unos con los otros, por lo que lo último que harían es ir de excursión por Gallia cogiditos de las manos – Si alguien se acerca, puedo asegurarle con toda certeza que no tiene nada que ver conmigo.
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Re: [Campaña de liberación] Cuando ruge la marabunta [Privado; Zeke]

Mensaje por Zeke el Vie Ene 12, 2018 2:23 pm

No daba crédito a semejante personaje que tenía ante sus ojos. Muy lejos de asustarse con el nuevo rugido, escribió en su cuaderno algunas anotaciones refiriéndose a su rugido, e incluso cuestionándose cómo sería el de otros felinos, ¿acaso eso quería decir que pretendía encontrarse con más? Teniendo en cuenta que podrían arrancarle la cabeza de un mordisco o un zarpazo bien dado solamente podía etiquetar a aquel chiflado como temerario.

Aunque las malas palabras que tenía para aquel beorc estaban a punto de incrementarse. Mucho.

Escucharle reír a carcajada limpia en un momento de tensión como ese provocó que el pelo se le erizase por completo, adquiriendo un volumen mayor al que tenía normalmente. Enseñó una vez más los colmillos y clavó las garras en la tierra que tenía bajo sus patas. Nunca había tenido intención de derramar sangre inocente, y mucho menos en su patria, pero estaba considerando especialmente hacer una excepción, nadie se daría cuenta e incluso lo achacarían a los emergidos. Cero acusaciones y desde luego cero cargo de ciencia. Incluso los límites que pensaba que no podían ser sobrepasados quedaron por los suelos cuando no solamente se reía de sus carrillos al hablar, sino que encima lo comparaba con un ventrílocuo y su poni. Un poni. Un jodido poni. Sin pensarlo si quiera lanzó un zarpazo a una piedra cercana, haciendo que esta se dirigiera hacia el rostro de tan especial beorc. Nunca jamás había permitido que nadie se riera de él, y muchos menos tendría la oportunidad alguien como él, que solo estaba allí por divertimento, como si fuera una excursión o cualquier asunto similar. Si alguna vez tenía la oportunidad, aunque ganas definitivamente ninguna, de visitar Lycia dejaría bien claro que muchos de su tierra tenían no solo un comportamiento particular y maleducado, sino irritante.

–Desde luego que sabes cómo vas a morir, pienso descuartizarte aquí y ahora mismo –No le importaba el comentario sobre su jefa, aunque debía reconocer sus agallas cuando ni siquiera con sus comentarios sobre su cercana muerte se asustaba, ¿quién demonios no tenía miedo cuando estaba en una situación de inferioridad? –¡¡Sé lo que es un libro, y también sé lo que es un endemoniado pergamino!! –Sacudió la cola con rabia, lo que más le dolía de todo aquello era que no tuviera en consideración cómo se encontraba el lugar donde estaba, donde quería encontrar todo ese tipo de sabiduría a saber por qué motivo –Pero muy probablemente los pueblos y las ciudades cercanas estén infestados de emergidos, si es que además no lo han arrasado como han hecho con otros lugares –Lanzó un gruñido bajo por la rabia contenida contra esos seres asquerosos, eran todavía peores que el rarito que tenía delante de sus ojos, así que prefería reservar sus fuerzas para combatir contra ellos que perder el tiempo con juegos de adolescentes junto a ese pelagato.

Se quedó pensativo durante unos segundos –Precisamente el camino a seguir es por donde se escuchan los ruidos, antes allí había un pueblo grande, si eres tan descerebrado como para ir, en ese caso todo tuyo, aunque te advierto que no saldrás de este reino como te adentres aún más en la selva –Le comentó con cierta sorna. Desde luego que si se atrevía a ir por ese lugar incluso le aplaudiría.

Si ese tipo era un ser solitario como aseguraba, solo podía tratarse de una posibilidad. No eran felinos, conocía bien el andar de estos tanto en su forma de bestia como en su forma humana, y no se caracterizaba por ello. A pesar de llevar un rato transformado, todavía podría aguantar lo suficiente como plantar cara a aquel grupo de emergidos, no sin antes dirigirse una vez más al beorc de extraños cabellos y modales –Puedo hacerte de guía, don persona solitaria y sin amigos, siempre y cuando sobrevivas al peligro que nos acecha, ¿te sirve? –Por lo menos que hiciera algo de provecho, aunque fuera utilizándole de carnada mientras él se ocupada de los demonios emergidos. Más útil que buscar un montón de libros y pergaminos desde luego que sería.

En silencio se abrió paso entre la maleza, olfateando nuevamente el ambiente. El hedor era cada vez más reconocible, más denso, se encontraban cerca. Preparado o no estuviera su acompañante, la batalla pronto iba a estallar –No grites demasiado.
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