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[Campaña de conquista] Silent enim leges inter arma [Privado; Hrist]

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[Campaña de conquista] Silent enim leges inter arma [Privado; Hrist]

Mensaje por Sindri el Jue Nov 02, 2017 9:37 pm

La caída de Ilia no fue más que la crónica de una muerte anunciada.

El rey de Ilia, incapaz siquiera de proteger su propia baronía, cerró las puertas de su castillo con su ejército dentro para jamás volverlas a abrir. Cuando los Emergidos llegaron a los recónditos parajes de Ilia, alentados por Etruria en su mayoría, no encontraron ninguna guerrilla que les hiciera la vida imposible. No encontraron barricadas. No encontraron resistencia. Casi no encontraron vida más allá de aquellos habitantes que se negaron a abandonar los frutos de toda una vida… para encontrar un final junto con las raíces de las que tanto se enorgullecieron. La nieve cubrió los pasos de los intrusos, ahora sus habitantes, y pronto sus dueños si se repetía el destino de Kilvas. Pero a Ilia no le importaba. Las ventiscas rugían como animales hambrientos noche y día. Los mantos níveos quemaban la vista en el momento que los pocos rayos de sol caían sobre ellos. Ilia no había cambiado, sólo sus habitantes. Incluso los rumores que pronto afloraron de pequeñas comunidades tan recónditas que ni siquiera los Emergidos podían acceder cayeron en oídos sordos. Los que habían salido, no querían volver. Los que estaban fuera, no querían entrar.

La Gran Biblioteca de Ilia, un faro en un mar de ignorancia, fue una pérdida de irrecuperable valor para Elibe. Ninguna de las bibliotecas de Etruria o Lycia podía hacer sombra a la Gran Biblioteca de Ilia, el centro neurálgico del conocimiento de Elibe, y el conocimiento estaba ya mucho más lejos de lo que cualquiera podía permitirse. El silencio se imponía como un sepulcro en el magnífico edificio que una vez fue, de una forma que ni siquiera los más puntillosos bibliotecarios habrían podido soñar. Los libros se mantenían estáticos en su lugar, con el polvo que se acumulaba en ellos como única compañía, sin más cuidados que los que los Emergidos pudieran promover. Una tumba gélida conservaría el conocimiento a su manera, esperando el momento que cálidas manos abrieran una vez más los tomos… y el conocimiento podía esperar lo que fuera necesario.

Un pastor deja de serlo cuando no le queda ningún rebaño. Un bibliotecario deja de serlo si no tiene una biblioteca que atender.

Un usuario de las Artes Arcanas jamás deja de serlo.

En el momento que Sindri volvió a tocar tierra de Elibe, concretamente el puerto más próximo en las Islas de Durban, se encontró libre de ataduras una vez más. Se permitió unos momentos de ñoñería sentimental en los que rememoró sus últimos cuatro años de vida en Ilia antes de volver al presente. Sus notas, su investigación, seguía a salvo en su zurrón, un lugar con tantas maldiciones y protecciones mágicas que podría considerarse una singularidad taumatúrgica de pleno derecho. Tenía una bolsa medio llena de oro que, si bien pocos caprichos podía pagarle, le aseguraba un largo tiempo de avituallas y estadas en posadas. El único asunto que asediaba la mente del Dark Sage no era otra que a qué dedicar su tiempo hasta que llegara su más que aguardado final. Y, cómo no, encontró su destino en una posada, en el fondo de un vaso de un vino tan espeso que teñía el vaso.

Una conversación ajena de voces aguardentosas le informó que Durban se disponía a hacer todo lo necesario para conquistar la tierra de Kilvas. Un archipiélago menor cerca de Phoenicis, Sindri había pasado cerca en ruta hacia Goldoa. Ciertamente, el pez chico era la cena del pez más grande, y un puñado de islas repletas de cuervos eran el menú del día para un país que quería expandirse. No le veía ningún problema, así habían sido, eran y serán las cosas. Pero lo más interesante era el lugar designado, Kilvas, un lugar prácticamente inexplorado por los Beorc y que puede contener un verdadero tesoro de información. Aunque los libros, como tales, no eran apreciados como valiosos a los ojos de las hordas barbáricas que acudían a las llamadas de tales acontecimientos.

Entrar en una de las campañas fue fácil. Era un extranjero, una situación jurídica inestable en Durban, pero una vez que pudo demostrar su pericia en las Artes Arcanas consiguió un pasaje en el primer navío que zarpara. Que sus artes fueran apreciadas, en vez de repudiadas, era algo completamente anormal, pero no iba a ser él el que se quejase. Le dieron un emblema de latón que, al parecer, servía como permiso de armas… ¿No sería un papel lacrado algo mucho menos aparatoso con los recursos naturales? Pero no le pagaban como consultor, por lo que guardó el símbolo en uno de sus numerosos bolsillos y fue a hacer tiempo en el mercado más cercano al puerto.

Si bien los barcos seguían sin gustarle, Sindri ya comenzaba a sentirse más cómodo viajando en ellos. Suficiente como para permitirle repasar las instrucciones que le habían endosado al ser auxiliar del ejército de Durban. No se permitía la esclavitud, por lo que si llegaba el caso simplemente tendría que hacer firmar al pobre diablo un contrato gratuito de arrendamiento de servicios perpetuo. No se puede traicionar a Durban durante el transcurso de la campaña que tenía asignada, por lo que si fuera necesario sólo debería acordarse de rescindir su contrato con anterioridad. Justificar el uso de armas no sería complicado en ningún caso, “la Magia Arcana hace lo que le place” era un axioma fácil de entender que dejaba un buen regusto en la boca, casi como un panecillo de miel. ¿Qué era lo último? La parte de los ciudadanos de primera y segunda categoría era fácil de evitar si, simplemente, no interactuaba con ningún otro personaje de Durban durante toda la campaña. Qué fácil era ser un ciudadano modélico.

Una vez la pequeña flota atracó en Kilvas, Sindri pudo comprobar de primera mano que los pocos informes a los que pudo acceder el Sabio Oscuro no mentían en absoluto. Kilvas era un lugar extremadamente montañoso y donde los colores gris y tierra dominaban completamente el ambiente hasta donde la vista podía llegar a ver. Los salientes y cuevas manchaban un poco el paisaje, pero en vez de darle color lo que hacían era hacerlo más inhóspito y difícil de maniobrar, una pesadilla para cualquier tipo de convoy logístico o de suministros. Como usuario de las artes mágicas, al muchacho no le fue asignada una de las peores misiones, pero como extranjero que era tampoco compartieron con él las misiones de picnic y descanso. Recaía sobre él el acercarse a una aldea próxima a un complejo minero que no estaba ni lo suficientemente lejos para ser peligrosa, ni lo suficientemente cerca para ser un placentero viaje y comunicar sus hallazgos. De encontrar Emergidos, éstos debían ser eliminados sin mediar más contacto.

Sin muchos problemas, Sindri comenzó la caminata de explorador solitario hacia el lugar designado con la única compañía de un mapa de dudosa utilidad. No podía importarle menos la política de Kilvas o sus ansias de expandir su poder y su territorio, pero una aldea siempre tenía una choza de un jefe, que solía contener todas las memorias escritas de la aldea. Y era su deber comunicar cualquier hallazgo, por lo que tenía una excusa para husmear por la aldea en busca de algo de interés. Y si había Emergidos ya allí… pues no podía investigar con tal compañía, ¿cierto?
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Re: [Campaña de conquista] Silent enim leges inter arma [Privado; Hrist]

Mensaje por Hrist el Lun Nov 06, 2017 1:51 pm

A lomos de Logi, Hrist sobrevolaba un lugar tras otro, sin rumbo fijado, buscando el próximo trabajo con el que llenar su monedero. Como los pájaros, volaba rauda y veloz. ¿Y qué más volaba, a parte de pegasos, wyverns y pájaros?

Las noticias.

Así es como había dado la mercenaria con su siguiente objetivo. Con los nuevos movimientos de los emergidos, el equilibrio de países libres y ocupados había cambiado, y con ello, el tipo de trabajos que podía encontrar y el lugar donde éstos radicaban. Habladurías, de conocidos y no tan conocidos, versaban incesantemente de estos movimientos en el rompecabezas de poderes que era el mapa mundial, así como de la última novedad: las campañas de conquista de Kilvas por parte de Durban. Bien pagadas, al parecer. En territorio laguz. Laguz pájaro, para ser más exactos. Tras informarse pertinentemente de los requisitos mínimos para alistarse a tales campañas, y de enterarse de la legalidad vigente en el lugar para no meter la pata, tuvo que sospesarlo unas cuantas veces.

¿Ciudadanos de primera y de segunda? Pocas veces había visto una distinción con tal vocabulario. Dado que no era usuaria de la magia, sería un individuo de segunda categoría, y además, extranjera. Por una vez, se sentía afortunada de haber nacido en Nohr. Allí seguía siendo una plebeya simplona con escasa cultura y formación, con pocas posibilidades de ascender en la escala social más allá de amasar algo de dinero, pero por lo menos no le hacían pedir una autorización para poder llevar armas encima y defenderse. Porque ese era otro tema, tenían que autorizarla a usar armas, puesto que la campaña sería en nombre de Durban, por mucho que se desarrollase en Kilvas.
Por otro lado, la esclavitud era ilegal. Leches, menos mal… “esclavitud” sonaba feo, desde luego. Aunque seguro que alguien se sacaba de la manga la forma de hacer trabajar a alguien sin remuneración y a perpetuidad. Para algo estaban los entendidos en leyes. Es decir, tendría que cuidarse mucho de leer la letra pequeña de cualquier cosa que le hiciesen firmar.  
Tampoco se consentía la traición a Durban durante la campaña. Ése podía ser el punto menos problemático. La wyvern rider tenía por norma acabar un  trabajo antes de embarcarse en uno nuevo. Especial diligencia ponía en asegurarse de no entrar en conflictos de intereses con sus diferentes empleadores, y en no generarlo entre éstos. Esas cosas acababan como el rosario de la aurora, y estar en medio era muy malo para la salud. Soldados de fortuna veteranos lo desaconsejaban enardecidamente.

Los ulteriores motivos que impulsasen tal campaña poco importaban. Realmente, con su oficio, cuanto menos opinase y se metiese en política, mejor. Cuanto menos preguntase, mejor. No era algo que le incumbiese. Al fin y al cabo, era más de lo mismo en todos sitios. Puesto que no veía nada que le hiciese considerar que traspasaba ninguna línea roja, sería un trabajo más. Le pagaban, y ella hacía el trabajo sucio: darse de leches con los emergidos hasta en la partida de nacimiento. En realidad, cuanto más diesen la lata los emergidos, más trabajo para gente como ella.
Y dado que el pago era interesante, decidió alistarse a alguna campaña. Les debió parecer que, como mercenaria, daba más o menos la talla, puesto que tras unas cuantas gestiones burocráticas, le hicieron entrega de su flamante permiso de armas… en forma de emblema de latón. Una especie de moneda de tal material, con una mariposa grabada en un lado, así como su nombre y el permiso que se le concedía, en el otro. “Más vale que lo guarde a buen recaudo…”. Realmente, perderlo podía meterla en un lío serio.

Dicho y hecho, tras su llegada a Kilvas junto a los barcos de la flota, le asignaron como misión llegar a cierto complejo minero, más o menos cercano a una aldea. Llegar allí, inspeccionar el complejo, eliminar cualquier presencia emergida, comprobar el estado de las entradas a las minas, y regresar para informar y esperar nuevas órdenes.  Por descontado, si entre ida y vuelta se topaba también con emergidos, tenía que cargárselos también.  “Tolerancia cero con los emergidos” era una buena manera de definir las políticas de actuación en esos casos.

Al principio le escamó que le encomendaran una misión tan aparentemente simple. Después, cuando se le dio el mapa y las indicaciones para llegar a su destino, ató cabos. La mandaban a ella, jinete de wyvern, porque, dado lo escarpado del entorno y lo empinados que estaban los pocos caminos aptos para el pie humano, era lo más rápido y eficiente. Nada de impedimentos para que un caballo caminase encima de caminos rocosos, o de que un carruaje se quedase bloqueado en una cuesta arriba pedregosa llena de curvas. Por aire, el camino era más simple. Lo único complicado podía ser encontrar un lugar donde aterrizar cómodamente.  

La joven nohria subió a lomos de su montura, con el mapa a buen recaudo y su arma a mano. Y alzaron el vuelo sobre la montañosa geografía del lugar, lleno de cuevas y poblado de picos y acantilados, que desde el cielo volvían el mapa y el entorno unos auténticos jeroglíficos.

Era una sensación un tanto familiar, parecida a las primeras veces que sobrevoló los acantilados poblados de Nohr por sí sola. Con el paso de los años, había memorizado el trazado de aquella parte de su tierra, pero ahora, volvía a sentirse igual. Allá donde mirase, las escarpadas montañas parecían todas iguales a primera vista. Menos mal que le habían indicado en qué dirección partir, y qué accidentes geográficos usar como punto de referencia. Sólo quedaba vigilar el trazado de los caminos allá abajo, para seguir los que se pareciesen a la ruta trazada.  

-Pffft… Y yo que me quejaba de los acantilados poblados… -rezongó en voz baja, con un rictus en los labios y la coleta al aire a causa de la dirección del viento. Iba echando vistazos fugaces al mapa mientras se aseguraba de corregir el rumbo de Logi, pasando por encima de numerosos caminos sinuosos y solitarios. Pasado un rato, las vistas a una aldea, y lo que había alrededor, indicaban que se acercaba a su objetivo, tal y como estaba explicado en el papelito que llevaba encima. –Bueno, ya queda menos…
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Re: [Campaña de conquista] Silent enim leges inter arma [Privado; Hrist]

Mensaje por Sindri el Mar Nov 14, 2017 4:26 pm

La caminata discurría por sinuosos senderos estrechos, puesto que los precipicios a ambos lados hacían imposible el explorar libremente a no ser que quisiera aprender de primera mano geología al fondo de un barranco.

Los Laguz Cuervo podían volar, ¿cierto? Un análisis primerizo podía llevar a pensar que no hubieran dedicado su tiempo a crear caminos de tránsito. Al fin y al cabo, no era necesario malgastar ningún minuto a aplanar el suelo para ser idóneo para los pies de los transeúntes cuando, simplemente, podías surcar los cielos a toda velocidad. Sin embargo, se podía observar trazos de terreno de colores uniformes más claros que el resto de extensión, libres en su mayoría de la escasa maleza que teñía tímidamente de verde la roca polvorienta. Si se encontraba en un asentamiento dedicado a la minería, sería necesario transportar las distintas rocas de las minas y canteras hasta los lugares de comercio… y las alas que necesitarían los Laguz Cuervo para transportar por el aire tales materiales deberían ser inmensas. Por lo que sí, los caminos que recorría debían haber sido el resultado de carros y carretas atravesando Kilvas para llegar a algún puerto. O a algún almacén. O a algún taller. Sindri no era especialmente docto en el arte de los bastaixos.

Lo que sí podía asegurar era que notar a tanta altitud el aire salado de mar era una experiencia novedosa, especialmente porque no estaba congelándose sin remedio alguno. La Gran Biblioteca de Ilia estaba situada tierra adentro, lo que quería decir que para notar el más mínimo retazo de aire marítimo debía desplazarse hasta los escarpados precipicios septentrionales de Ilia… una experiencia sólo reservada para los más valientes entre los más valientes. Los helados azotes de viento que rasgaban el norte eran una amenaza tan o más grande que la película de hielo y agua que cubría los salientes como una trampa mortal. Los pescadores cantaban la belleza de un mar embravecido bajo un cielo cubierto de nubes en las canciones que cantaban ebrios… ¿Sería igual de hermoso al borde de un acantilado de tal calibre? La belleza estaba en los ojos de aquel que mira.

Una sombra en un día sin nubes.

Parándose con parsimonia, empleó una mano de visera tratando la figura que se movía por el aire en busca del horizonte. Una figura demasiado grande para tratarse de un Laguz Cuervo, ya fuera en su faceta humana o transformada, una cosa que podía juzgarse incluso a contraluz – ¿Un Emergido? – la armadura era la típica que llevaban, a juzgar por los rasgos que podía ver en la distancia, sin muchas decoraciones de formas extravagantes. Tuvo que recordarse que no era exactamente tampoco un experto en armaduras y, a aquella distancia, la vista jugaba malas pasadas. “Prejuzgar y asumir eran los primeros pasos de la equivocación” decía siempre su maestra cuando quería contestar preguntas rápido y evitarse una búsqueda de información en polvorientos (y aburridos) tomos – Si quiere algo, ya volverá. – sus órdenes, por llamarlas así, versaban sobre reconocer el terreno y actuar ahí, no ir de caza y perseguir cada cosa que podía ser un Emergido. Tras un leve momento de descanso, el Sabio Arcano retomó la caminata pendiente de cualquier roca que pudiera resultar interesante.

Sin mucho éxito, Sindri llegó a la pequeña aldea designada en el mapa, cuyo nombre realmente no parecía tener mucho sentido a sus ojos. El pueblecito constaba de una calle principal que unía la mina en cuestión con la carretera principal, alrededor de la cual se amontonaron multitud de casitas de todo tamaño sin ton ni son. Los hogares eran, desde un punto de vista totalmente arquitectónico, muy interesantes: parecían esculpidas completamente de una sola piedra a la que habían abierto algunas partes para funcionar como puertas y ventanas. Algo completamente impensable, claro, pero el color totalmente uniforme de los habitáculos era sumamente extraño e interesante.

Se acercó con parsimonia a la puerta del edificio más cercano y no pudo sino sonreír. Las puertas eran inmensas, permitiendo que dos personas (perdón, Beorcs) corpulentas entraran a la vez sin problemas de ningún tipo. Obviamente, aquellos que tenían dos grandes alas a la espalda harían lo necesario para no golpeárselas cada vez que entraran o salieran de casa. Con curiosidad, pasó la mano por uno de los quicios de la entrada, lo que confirmó enteramente sus sospechas. Los Laguz Cuervo habían pulido a consciencia los quicios hasta que no quedaba ni un trozo que pudiera engancharse en una teórica pluma. No tenía que ser una sensación agradable.
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Re: [Campaña de conquista] Silent enim leges inter arma [Privado; Hrist]

Mensaje por Hrist el Dom Nov 19, 2017 3:07 pm

Aquello tenía que ser el complejo minero, donde moría la carretera que atravesaba aquel mal llamado “pueblo”. Tras pasar por encima de las casas, el sendero se hacía visualmente algo más duro y menos pulido. Incluso la vegetación era algo menos obvia. Lo que sí le resultaba notorio en las fosas nasales era el olor a mar. Allá arriba, en el cielo, saltando de corriente de aire en corriente de aire, según le conviniese, los olores que traían las ráfagas de viento eran más intensos, y abofeteaban la cara como un manotazo intangible, pero certero.

El final de la carretera, que acababa en unas escaleras y una rampa esculpidas en piedra, llevaba a una amplia zona despejada, similar a una plaza vacía a la hora de la cena. Desde allí, se veían unos pequeños caminos, algo menos marcados en el suelo, que llevaban a distintas entradas. Las minas, probablemente.
Tras dar un par de vueltas de reconocimiento aéreo, sin ver ni un alma pulular por abajo, llegó a la conclusión de que no había emergidos a simple vista, de modo que se puso el casco por si la estaban esperando escondidos, e hizo aterrizar a Logi en aquella especie de “plaza” desolada. El aleteo final del wyvern, para frenar del todo, levantó una gran polvareda.

-¡Puaff!… Bendito casco… -sería una chorrada, pero la visera bajada evitó que le entrase gran parte de la polvareda.

Logi no debía de apreciar mucho el efecto visual tampoco, porque hizo unos cuantos aleteos forzados para disipar y alejar la nube de humo. Justo cuando iba a descabalgar, éste hizo un súbito estornudo, que resonó en el espacio vacío en el que se encontraban, como un susurro ronco, reverberando en las esquinas de aquél asentamiento dejado de la mano de cualquier deidad.

-¡Salud! –le dijo al animal, mientras ahuyentaba con la mano el soplido de polvo que le salió de las fosas nasales. –En fin, a tomar por saco el efecto sorpresa. –Declaró orgullosa y con la cabeza alta, pero mentalmente resignada, con los brazos en jarra para guardar un poco de dignidad, oteando a la lejanía. El wyvern emitió un corto chillido de aprobación que hizo eco hasta en los sitios más recónditos de aquel asentamiento. –Gracias, corazón. –agradeció ella.

Observó el sitio en el que se hallaban, ya con la visera levantada. El suelo, de piedra, no lucía muy lozano (para qué engañarse). Unos leves crujidos sonaban tímidamente con cada paso de daba. Parecía, incluso, un poco resbaladizo en las zonas donde la piedra estaba más lisa y pulida. E igual suerte parecían correr las carretillas abandonadas, esparcidas por doquier por ahí, sin un orden aparente. No estaban dañadas ni destrozadas, pero hacía tiempo que no recibían el mantenimiento adecuado. Si no era la capa de polvo, recientemente barrida por el viento generado por su montura, eran los estragos de la humedad de alguna lluvia pasada, o la falta de protección contra bichitos varios que se alimentaban de madera o anidaban en ella. La mayoría de ellas cargaban con grandes trozos de roca, extraídos probablemente de las minas, producto de cuando intentaban abrirse camino más hacia los adentros del lugar.
Sin embargo, algo no cuadraba, a su parecer. Tras unos segundos en silencio, decidió quitarse el casco, para oír mejor…

… la nada.

Allí, en aquel rincón de las montañas, a vete a saber qué distancia de su punto de origen, no se oía nada. Ni el zumbido de una miserable mosca en busca de algo goloso donde posarse. Sólo había silencio, con el acompañamiento de fondo de las rachas de viento que descendían de los picos de las montañas, y se colaban entre los pocos obstáculos que encontraban hasta el asentamiento. El viento, y algún crujido espontáneo, de forma muy esporádica. Eso era cuánto oía.  

Eso y los crujidos. Otra cosa a la que prestar atención. Podía ser simplemente el quejido de la madera, castigada por la falta de cuidado. O podía ser la señal de que no estaban solos.

-Pues nada, por algún sitio habrá que empezar. Lo que está claro es que aquí parece que no hay nadie. –le comentó a su montura, que en esos momentos miraba al cielo, como olisqueando algo. -¿Me estás escuchando? –pero entonces reparó en el detalle. -¿Notas algo, Logi?

El animal soltó un ronquido, corto y breve. Algo habría percibido, pero no lo suficientemente claro o cercano como para ponerlo alerta.
Así que, con su fiel hacha larga en la mano diestra, decidió seguir uno de los senderos que llevaban a las múltiples minas, con el enorme reptil siguiéndola de cerca como un perro faldero.

La primera a la que llegó, con una entrada considerablemente alta y ancha, estaba sumida en total silencio. La corriente de aire que azotaba los primeros metros de recorrido perdía fuelle más adentro, donde un perforante olor a piedra y a cerrado impregnaba cada centímetro cuadrado del túnel. Algunos trozos de roca empezaban a aparecer en los laterales del suelo, y de tanto en tanto, un lejano crujido, amplificado por el eco, amenizaba el ambiente. La luz natural alcanzaba bastante a sus adentros, pero Hrist decidió no adentrarse en exceso, tal y como se le había ordenado. Si alguien, o algún emergido, decidía bloquear la entrada con ella dentro, lo iba a tener muy difícil para salir.
Al salir de la primera mina, tomó nota muy esquemáticamente de la información relevante que se le pedía, y se dirigió a las restantes.

Más de lo mismo. Penumbra, tímidas corrientes de aire en alguna, silencio absoluto, rocas y guijarros obstaculizando el ya de por sí incómodo camino interior, polvo corriente y moliente…
En la última de ellas, halló un par de carretas abandonadas, pero vacías. Le llamó la atención la falta de una capa de polvo en ésas dos. Las ruedas, además, estaban en muy buen estado, si las comparaba con las otras que había visto. La madera no tenía fisuras, no estaba podrida por ningún lado, y las pocas astillas que podían haber saltado habían sido limadas. De forma muy simple y básica, muy funcional. Pero limadas. Eso no era producto de la erosión del viento, del frío, o de la inexistente brisa marina allá dentro. ¿Por qué iban a estar esas dos carretillas menos castigadas que el resto? Quizás alguien había pasado por ahí y las había usado y acondicionado… pero… ¿Quién? ¿Algún civil extraviado? ¿Bandidos? ¿Emergidos? “Otro dato a anotar. Seguro que ellos sí que atan cabos”.

La wyvern rider salió de la última mina, seguida por un desagradable eco chivato tras cada uno de sus pasos, que delataba sus movimientos, y poniéndole la piel de gallina, mientras el silencio envolvía todo lo que la rodeaba. Se aseguró de haber identificado bien cada una de ellas en sus anotaciones, antes de dedicar una última mirada a aquella oscuridad que asomaba en lo más profundo de la mina, donde la luz del sol moría, y donde la penumbra ganaba fuerza y más fuerza, hasta confundirse con la falta de iluminación.
Entonces, volvió a la zona central, su punto de partida. Desde allí, hizo de nuevo un repaso general por si algo le había pasado por alto.

-Nada nuevo, parece. –murmuró distraída. –En realidad, mejor no tener que jugarme los morros contra unos cuantos emergidos, ¿no, Logi? –Cuanto más tardase en toparse con ellos, mejor. –Hala, arreando.

El wyvern cogió un poco de carrerilla, mientras los primeros aleteos arremolinaban polvo y suciedad a su alrededor, y alzó el vuelo.

Ya de vuelta, el camino no era tan desconocido, si bien tenía que admitir que hacerlo en dirección contraria la despistaba un poco. El olor a mar volvía a azotarles el rostro, y el cielo seguía despejado, tal y como estaba cuando había llegado. Comprobando que no se desviaba del recorrido que marcaba el sendero del mapa, plasmado en el caminito que serpenteaba bajo ambos, pasó unos cuantos minutos de relativa calma. En poco tiempo, llegó a la aldea.
Pero al pasar por encima, algo llamó su atención. Una figura, que parecía querer entrar en una de esas… ¿casas? Sí, debían ser las casas de los habitantes del pueblo. Suspendida unos segundos en las corrientes de aire, fijó su mirada en la edificación y en la misteriosa silueta. A esa distancia, Hrist no podía discernir quién era, ni quién era, y ella tampoco podía ser detectada. En cualquier caso, tenía que bajar y asegurarse de que no era ningún emergido.

Decidida a no aterrizar como un pato mareado, causando alboroto, hizo un giro amplio en el aire, con tal de tener suficiente distancia y espacio para que su montura pudiese aterrizar cerca de la entrada, con toda la discreción posible.
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Re: [Campaña de conquista] Silent enim leges inter arma [Privado; Hrist]

Mensaje por Sindri el Sáb Dic 02, 2017 8:43 pm

La puerta no ofreció mucha resistencia tras ser empujada por el hombro.

Ello hizo que acudieran varias ideas a la mente de Sindri, como vaquitas que acuden a un prado de hierba fresquita o cuervos que acuden a un campo de batalla tras una carnicería. A gusto del que tenga que leer las extrañas metáforas de este personaje. Si la puerta estaba abierta quería decir una de dos cosas, teniendo en cuenta el contexto: o bien no hubo nadie para cerrarla o los que habían dentro querían salir. Ambas teorías tenían una plétora de implicaciones bastante sombrías, pero la pequeña corriente de aire que entraba por una ventana no parecía susurrar ninguna respuesta al Dark Sage. Desde el quicio de la puerta estaba seguro que no encontraría ni la más mínima pista, por lo que empujó un poco más la puerta, que crujió pesarosamente como protesta, dejando caer una capa de polvo al chocar contra la pared.

El interior de la casa estaba perfectamente intacto. Polvoriento, sí, como si alguien no hubiera entrado ahí durante semanas. Pero no podía apreciarse ni pizca de destrucción o ruina siquiera. Era, simplemente, un hogar abandonado, como seguramente estaban los de Ilia en aquel momento. Con cuidado, Sindri dio unos pasos hasta el centro de la habitación, tratando de amortiguar sus pasos lo máximo posible, no por miedo sino por precaución. No llamaría “espaciosa” la habitación, pero encabía una pequeña mesa de oscura y gastada madera y un rudimentario hogar que podía considerarse como una cocina sólo por aquellos con más imaginación. A su derecha, tras un rudimentario (pero ancho) arco se podían vislumbrar varios jergones simples de paja y tela, lo que le llevó a imaginar cómo podría dormir un Laguz Pájaro sin levantarse con calambre en las alas.

Se fijó que sobre la mesa reposaban unos pocos platos rudimentarios de madera tosca, llenos en algún momento de comida, pero ahora sólo hogar de una sustancia de vista pegajosa e informe que el Sabio Oscuro no quería realmente tocar. Ni oler. ¿Qué podría haber provocado que dejaran así sus asientos en plena comida? ¿Acaso tuvieron que salir volando a toda prisa? ¿O tal vez… simplemente desaparecieron? Si bien era algo sumamente improbable, nada parecía descartar que los Emergidos pudieran emplear magia a gran escala, incluso maldiciones de la rama de la Magia Arcana. Descartar algo así como así no era propio de Sindri, de todos modos.

Volvió sobre sus pasos y trató de buscar algo entre el polvo que pudiera ofrecerle más información, especialmente algún tomo o libro, pero no encontró más que utensilios cotidianos que podían estar en cualquier hogar de Elibe. O de Tellius. No tenía muchas esperanzas de encontrar algo en la primera casa en la que entrara… seguramente si había en aquella aldea un soporte escrito, éste estaría en casa del mandamás, que era normalmente el que tenía más nociones de lectura y escritura. Pero no fue la promesa de encontrar praderas más verdes lo que hizo que Sindri saliera del lugar, sino el ruido de un viento antinatural justo fuera del pétreo hogar.

Aprovechando que tenía cobertura, Sindri se acercó con máximo cuidado a la puerta arrebujándose en su capa con un brazo y haciendo visera sobre sus ojos con el otro, para evitar que el polvo que estaba cobrando vida propia se metiera en sus ojos. Una vez en el quicio, donde el estruendo era ya casi notable, pudo vislumbrar entre sus dedos como una masa de escamas marrones descendía hasta el suelo con toda la gracia de una avalancha. Un wyvern, para ser más precisos. No era un wyvern viejo, como el compañero de Karma, ni un wyvern gigante como el que derrotó tiempo ha en Elibe junto a Lyn y Luzrov. Su conocimiento sobre tales animales no le permitía aventurar más, salvo que parecía relativamente sano.

Su jinete, pero, era lo que decidiría si el libro que acababa de sacar de su zurrón vería un uso inmediato o podían intercambiar unas pocas palabras antes. No tenía una perspectiva especialmente buena desde allí abajo, pero unos pocos indicios fueron suficientes. Si bien la armadura era estándar donde las hubiera (¡Habló el experto en armaduras!) y no parecía particularmente decorada, tampoco se parecía en absoluto a aquella que portaban los Emergidos. La ausencia de casco le permitió al Sabio Oscuro ver el rostro de una mujer joven de pelo rubio recogido en una coleta, o tal vez trenza, con un par de ojos completamente libres de brillo rojizo. No era una Emergida. Pero tampoco quería decir eso que bajar la guardia era una opción adecuada. El resto del análisis debería esperar a que la susodicha aterrizase y se quedase quieta.

¡Buenos días, señorita! Y wyvern. – dijo con tono animado y alegre desde la puerta, casi como si estuviera hablando a alguien que conocía de toda la vida. El Tomo de Ruina reposaba cerrado en su mano izquierda, oculto dentro en la penumbra de la casita. Una sonrisa adornaba su rostro, como era natural en él. Una sonrisa era la mejor armadura en las situaciones sociales – Se encuentra en un lugar poco turístico, ¿no cree usted? No hay mucho que ver más allá de las rocas y sus misterios. Pero estas piedras, en concreto, parecen guardar secretos muy interesantes. – levantó su mano enguantada y señaló al wyvern claramente, cambiando de tema a una velocidad que hubiera maravillado al político más experto – ¿Que le gustan las galletas al animalito? Creo recordar que me quedan unas pocas todavía en la bolsa.
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Re: [Campaña de conquista] Silent enim leges inter arma [Privado; Hrist]

Mensaje por Hrist el Jue Dic 14, 2017 1:53 pm

Tras girar ampliamente, con el fresquito en la cara, el wyvern aterrizó por fin en tierra firme. Pero en esa zona, a la entrada del pueblo, el suelo tenía más gravilla de lo que a simple vista aparentaba, con lo que tras posar los pies en la superficie plana y rocosa, el animal acabó derrapando unos metros, y dejando una buena cortina de polvo y aire como rastro. Hrist tuvo que ayudarse de las manos, de nuevo, para apartar la nube de polvo que se había levantado.

Hala, a la mierda otra vez el sigilo. –rezongó, con la mirada perdida en las escamas del cuello de su montura. Logi emitió un suave, pero sonoro, gruñido. –¡Shhhht! No hagas tanto ruido.

Fuese quién fuese la silueta desconocida que había atisbado desde las alturas, ya debía estar alertada de su presencia.

Quien quiera que fuera la persona que había ahí, ya debe saber que tiene compañía. –recalcó la última palabra, para que el animal se percatase de que no era un halago. –¿Qué parte de “No hagas tanto ruido” es la que no entiendes, albondiguita de mi alma?

El wyvern produjo entonces un ronco chillido, cual aullido de lobo con escamas, alargando el cuello, quizás mirando una luna imaginaria que le revelaba secretos no aptos para humanos, mientras agitaba el cuello y la cabeza jocosamente.

No me vengas con esas, chico. –le reprochó Hrist, pronunciando poco a poco cada palabra con un rictus en los labios, y los brazos en jarra, aún sin desmontar.

Logi contestó con un corto gemido. Quejoso, pero contestón. Acto seguido, aleteó con fuerza, y despejó el polvo que flotaba en el aire y que impedía toda visibilidad. Apenas un segundo después, giró de inmediato la cabeza hacia la izquierda, con las pupilas dilatándose y contrayéndose continuamente. Esta vez, soltó un bufido, como si fuese un enorme gato con un mono de escamas.

No estamos solos, ¿verdad? –le respondió, sujetando con fuerza su hacha larga de bronce.Era demasiado pedir que la misteriosa aparición que había visto hubiese puesto pies en polvorosa.

Y efectivamente, ahí estaba. En la distancia, les llegó una voz. Pertenecía a un chico joven, con el cabello violeta. No parecía ir vestido como los soldados de Kilvas. Ni como nadie perteneciente al ejército o a cualquier grupo armado, en realidad. Iba ataviado con ropas relativamente sencillas. Una capa, unos pantalones ligeros, unas botas comunes y corrientes, y algo que parecía un zurrón asomaba por el lateral de su figura. Lucía una arrolladora sonrisa, de ésas capaces de frenar a un pegaso enloquecido. Tuvo que usar una mano de visera, para evitar quedar cegada por la luz del buen rollito que emitía aquella cara juvenil.

Buenos días, joven. –Cualquiera diría que estaba saludando a un recluta del cuartel de la Guardia Fronteriza de Nohr.
 
Si bien mantuvo una expresión neutral en el rostro, en el interior de Hrist algo arrufó las cejas.
Era esa clase de gente, inofensiva y jovial a primera vista, la que más problemas podían causar. Alguien que viste armadura va diciendo, sin hablar, que sabe luchar y que va armado. Alguien que viste como un civil, en cambio, podía ser el panadero de la esquina, la señora Paquita de la otra calle, o un mago ansioso por meterte una bola de fuego por el trasero. Al fin y al cabo, si había llegado él solo hasta ahí, en tierra ocupada por emergidos, quería decir que tan indefenso no estaba. Había que extremar las precauciones.

De todos modos, el hecho de que le dirigiese la palabra, y la ausencia de ese inquietante fulgor rojizo que caracterizaba los ojos emergidos, le hicieron descartar, por el momento, esa posibilidad.

Sí, parece que hemos llegado en temporada baja. –En efecto, el pueblo debía estar igual de desértico que el complejo minero, cosa que pudo ver mientras daba un rápido barrido con la mirada a los alrededores. –No entiendo mucho de rocas, así que ahí no puedo ayudarle mucho, lo siento… –repuso encogiéndose de hombros, con un atisbo de sonrisa.

¿Qué se le habría perdido a ese chico en un sitio así? ¿Sería un erudito en busca de tranquilidad y de un lugar donde iluminarse? Estaba asomado desde la entrada de una de las casitas de piedra, de modo que aún tenía el brazo izquierdo oculto, por lo que Hrist no pudo ver si sostenía algún arma, camuflada en la penumbra del interior. Asió con fuerza el mango de su hacha larga, a punto por si tenía que reaccionar de repente. ¿Y si era un mago e intentaba fulminarla con un relámpago? ¿O un ratero al que había pillado hurgando en un pueblo abandonado?

Tampoco es que sea un sitio muy seguro para una sola persona sin escolta. –puntualizó ella, escudriñándolo con la mirada. No parecía haber nadie más en las cercanías. –¿Está usted solo? –preguntó, examinando con más detenimiento los aledaños de la entrada. Era raro que aún no se hubiese producido ningún encuentro con emergidos. –Es probable que haya emergidos cerca, no es prudente ir sin nadie que le cubra las espaldas. –apuntó, con un deje de seriedad en la voz.

Pero algo cortó su examen visual de la zona. Logi había soltado un bufido, más claro que el anterior, y había reaccionado instantáneamente abriendo su boca repleta de dientes afilados ante el gesto del desconocido, que había levantado un brazo para señalar al wyvern. Hrist frunció el ceño rápidamente, alerta, agazapándose, lista para intentar evitar un posible ataque… ¿mágico? No había visto ningún tomo de magia en sus manos, todavía… Lo mismo era un bandido disfrazado  de boticario y esperaba lanzarle una daga envenenada.

¿G-Galletitas? –repitió ella con voz aflautada. Confusa, enarcó una ceja, mientras se incorporaba poco a poco, al ver que de la punta del dedo enguantado no salían ráfagas de fuego o rayos de energía luminosa. No sólo había cambiado de tema a la velocidad de la luz, sino que además hablaba de… ¿Galletitas? ¿Estaba ofreciéndole galletitas a Logi?

Su montura no se había quedado indiferente, tampoco. Seguía alerta, pero el palabro “galletitas” había captado su atención. Sería un wyvern, pero sabía de sobras lo que era ese tentempié. Empezó a olisquear al chico de cabellos violetas desde la distancia, con interés.

Hrist se quedó unos instantes sin palabras, con la boca medio abierta, luchando internamente por no perder la compostura. ¿Quién puñetas era ese chaval de sonrisa imperturbable que invitaba a una galletita a su wyvern?
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Re: [Campaña de conquista] Silent enim leges inter arma [Privado; Hrist]

Mensaje por Sindri el Mar Dic 19, 2017 4:23 pm

El muchacho arqueó la ceja manteniendo la sonrisa, entretenido con la situación. Al parecer se encontraba delante de una señorita y un wyvern profesionales en gran medida, serios y poco dados a la broma. El tipo de personas a los que enviabas a misiones de exploración, y no a magos que no disponían de un medio de transporte alado. De entre todas las cosas que podría estar haciendo en este momento la exploración pura y dura sin ningún tipo de desafío era malgastar sus habilidades.

¿Joven? Ahuhuhu~ ¡Quién fue a hablar! Usted parece más joven que yo, incluso. – no lo decía por decir. Un examen más atento de la mujer le llevó a ver que tenía unas facciones bastante jóvenes, que contrastaban de sobremanera con el aspecto sobrio de su armadura. Era una protección funcional, cuya función principal (e incluso única) era la defensa de los lugares más vulnerables de la anatomía humana de manera equilibrada, sin hacer que el pobre bicho escamado se rompiera la espalda cada vez que emprendía el vuelo con ella encima. No tenía decoraciones, no era una armadura hecha a medida por maestros orfebres, pero tampoco era un hatajo de hierro forjado de cualquier manera. Ni trofeos, ni cuentas, ni arañazos notables, ni hendiduras. Si hubiera una armadura que llevaran los jinetes de un ejército moderadamente equipado, sería esa – ¿Oh? Las rocas esconden misterios muy interesantes. Su color, su tamaño, sus fracturas, lo que guardan debajo… nos pueden decir tanto sobre un lugar. Muestras petrificadas del pasado, incluso. O pruebas de lo que sucedió aquí. Nunca subestime lo que una piedrecita pueda decirnos al oído. – analizó agudamente la muchacha desde una óptica más cercana tras su aterrizaje, puesto que los objetivos en movimiento eran mucho más difíciles de apreciar. Llevaba consigo el arma típica de aquellos que luchaban a lomos de un wyvern y deseaban emplear hachas, armas por antonomasia de corto alcance. Y parecía que no estaba dispuesta a bajar tal arma ni por un segundo. Sindri tampoco estaba dispuesto a abandonar la penumbra que le ofrecía su refugio anti mega-lagartos enfurecidos, por lo que no era exactamente nadie para opinar.

¿Vaya? ¿No es seguro? Aquellos hombres tan amables de Durban me llevaron al lugar equivocado, pues. Me dijeron que me debía ir a un pueblecito cercano para analizar el terreno… ¡Nadie me contó que había peligros aquí! – técnicamente no era una mentira: claro que nadie le había dicho que Kilvas era peligroso… los reclutadores dieron por entendido que sabía donde se estaba metiendo cuando se apuntó a una campaña por Durban. No pudo evitar el buen humor en su voz tras escuchar el amago de pregunta y acusación de la joven jinete de wyvern. Obviamente no estaba preocupada por su bienestar, por mucho que quisiera enmascarar sus dagas inquisitivas con buenas maneras – Se sorprendería de lo efectivas que son las sombras cubriéndome las espaldas, señorita. Pero contestando a su pregunta, sí, estoy solo aquí. – se llevó la mano al mentón, haciendo un gesto desenfadado de estar perdido en sus pensamientos. ¿A qué persona le gustaría acompañar un Mago Arcano? No eran los más populares en las fiestas, precisamente. Aunque Magistrix Vilessa aseguraba tener un hechizo para invocar un cuarteto de cuerda del Abismo que cautivaba cualquier audiencia por exigente que fuera. Antes de matarla. Horriblemente – Me temo que los Emergidos poco tienen que ganar eligiéndome como objetivo. Seguro que hay muchas presas más sabrosas que un bibliotecario que perdió su biblioteca. – ¿Funcionaría el truquito del pobre e indefenso bibliotecario? La gente solía subestimarlo cuando descubría que su oficio se basaba en el ir y traer libros de aquí para allá.

Acrecentando su sonrisa, dejó el Tomo de Ruina en una muy conveniente mesita auxiliar que había en el interior de la morada, al ladito del quicio de la puerta, y comenzó a hurgar en su zurrón – Los animalitos lindos tienen derecho a galletitas. Sé de lo que hablo, he leído libros sobre derecho. Y sobre galletas. – sacó una bolsita de tela de un color azulado con un cordón rojo y la abrió distraídamente, casi como si la situación en la que se encontraba fuera la más normal del mundo. Desde su encuentro con Taelan había hecho un esfuerzo para leer más libros de cocina… pero ahí se quedó todo, en leer. Esas galletas en concreto las había comprado en Durban – ¿No sabe qué son las galletas? Son pastitas dulces hechas con harina, mantequilla, huevos y trozos de frutos secos y/o fruta que se cuecen al horno hasta que la masa se oscurece y queda crujiente. Servir con una bebida dulce preferentemente. – enarboló un par de galletas que había sacado de la bolsa mientras repetía palabra por palabra el resumen de un libro de repostería que encontró tiempo ha en las ya silenciosas estanterías de la Gran Biblioteca de Ilia.

¡Eh! ¡Bicho! ¡Grandote! ¡Mira qué ricas! ¡Galletitas! – mostró a plena luz del día los deliciosos frutos de una tarde amasando y horneando por manos expertas de panadera y, con un movimiento seco, las lanzó hacia el wyvern. Por suerte, esta vez tuvo más puntería y quedaron bastante cerca del enorme animal – Las galletas no son malas para los wyvern. Le di unas pocas al último wyvern que vi y le gustaron bastante. – se refería, claro, al súper vetusto wyvern de Karma quién dio buena cuenta del tentempié que le ofreció en el pasado.
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Re: [Campaña de conquista] Silent enim leges inter arma [Privado; Hrist]

Mensaje por Hrist el Jue Dic 21, 2017 3:39 pm

-Bueno, los dos somos jóvenes, lo dejamos así… –le respondió, conteniendo la risa, se le adivinaban los dientes entre los labios. Al chico se le daba bien dorarle la píldora a la gente. Y lo hacía con gracia, todo sea dicho. –Ni para usted ni para mí.

Realmente, lo de llamarle “joven” era una forma de hablar. Por supuesto que el chaval parecía estar en una edad muy similar a la de Hrist. ¿Qué podía tener? ¿Dos o tres (cuatro, como mucho, quizás) años más que ella? ¿Dos menos? Aunque, como siempre, las apariencias podían engañar. Lo mismo estaba hablando con un treintañero con sonrisa adolescente y tres niños revoltosos esperándole en casa.

-Supongo que es cuestión de saber qué buscar. –dijo, mirando un poco las rocas y piedras varias que formaban el entorno más inmediato, a la vez que reajustaba la postura sobre la silla de montar a Logi.  

Poca cosa sabía ella de piedras, salvo que a veces podían ser un arma improvisada de emergencia.  

-Y… ¿Le han dicho algo interesante hasta ahora? –preguntó, con las cejas enarcadas y los ojos como platos, producto de la sorpresa. No sabía qué decirle, exactamente. El wyvern también debía de estar algo perplejo, puesto que ladeó levemente la cabeza, escuchando sin decir nada.  

A decir verdad, Hrist se imaginaba al muchacho agachándose con elegancia, cogiendo una piedra con sumo cuidado, dedicándole una tierna sonrisa, y llevándosela al oído mientras le sugería entre persuasivos susurros que le desvelase sus más oscuros y personales secretos.
Pese a que el chico seguía sin querer salir de la casa, sí pudo ver un poco mejor su indumentaria. A primera vista, no decía nada en particular de él. Era ropa más o menos cómoda y ligera. Si bien esa capa le protegería del viento frío, dudaba que sus ligeros pantalones impidiesen que una flecha le atravesase una pierna, o que su fino jubón pudiese evitar que una lanza le penetrase el estómago… Así que, a bote pronto, no debía ser un soldado o un mercenario.

Pero la cosa no acababa ahí.

-No. No es seguro. –le explicó, aguantándose la cara con la palma de la mano durante unos instantes. Sólo Anankos sabía lo que le estaba costando mantener la paciencia. –Deambular por territorio emergido no suele ser seguro, a menos que sea un emergido también.  –Le comentó, con expresión neutral. Pero la siguiente perla lo cambiaba todo. -¿Analizar el terreno? ¿Os manda Durban a analizar el terreno? –dijo, mirándole a través de los dedos de la palma de la mano. Eso arrojaba un poquito de luz al enigma de su identidad. –Venís de parte de Durban, entonces.

“¡Nadie me contó que había peligros aquí!”. Esa frase resonaba en su cabeza con la entonación de un niño pequeño excusándose tras colarse donde no debía. Una vocecita en su interior le susurraba “te ve cara de lela”. Y a la vez, le decía “y aquí está, solo, aparentemente desarmado, y si un rasguño en medio de territorio emergido”. ¿Venía de parte de Durban? ¿Cómo ella? ¿Era de Durban o un extranjero que se había apuntado a las campañas?

-¿Estáis aquí por una campaña en nombre de Durban, pues? –Era una posibilidad que podía dar una explicación más o menos lógica a la situación. –Yo también. –y le mostró el emblema de latón que la autorizaba a portar armas, como extranjera no maga, en nombre de tal reino. –Me enviaron a inspeccionar el complejo minero que hay más arriba.

Eso ya tendría más sentido. Alguien reclutado por Durban. Si estaba ahí es porque lo debían considerar competente pese a sus pintas. Y no se creía que hubiesen mandado al primer descolgado a inspeccionar el terreno. Contrataban a mucha gente diferente, pero se cuidaban muy mucho de cribar bien. Algo debía de tener para estar ahí y no en un puesto más burocrático o menos expuesto.

-Las sombras… ¿le cubren las espaldas? –preguntó, empequeñeciendo un poco los ojos, debido al esfuerzo mental, pero todavía con expresión serena.

Curiosa elección de palabras. Por un lado le daba apuro parecer lerda ante lo que parecía una metáfora evidente, pero por el otro… ¿Hablaba en serio? ¿Sería una broma? Cosas más raras se habrían visto, estaba segura, pero…  A lo mejor le estaba dando demasiadas vueltas al asunto. Mientras pensaba en ello, escuchando los comentarios del muchacho, su atención volvió a la realidad de golpe al oírle decir que, efectivamente, iba él solo.  También dijo, como quién no quería, que era bibliotecario.

-Bibliotecario. –repitió Hrist con voz suave, pero firme, arrastrando las sílabas, y el rostro impertérrito. Clavando su mirada en él, sin bajar la guardia. -¿Perdió su biblioteca, dice? -¿A qué se referiría?

A cada palabra que salía de la boquita de piñón del “bibliotecario”, más confusa estaba ella. ¿Qué narices se le había perdido a alguien así en las escarpadas tierras de Kilvas? ¿Le estaba diciendo que el ejército de Durban mandaba a un mero civil sin escolta a inspeccionar un pueblo en territorio emergido? No, un momento… nadie había dicho que fuese un civil. Y siendo bibliotecario… ¿Habría algún libro o cosa parecida en el lugar que codiciase Durban? Tendría sentido que mandasen a alguien que entendía del tema, entonces. Pero seguía dejando en el aire el hecho de que fuese solo, sin guardaespaldas.
Le dio un segundo repaso visual con la mirada. De nuevo, no parecía un mercenario, ni nadie que fuese por la vida vendiendo fuerza bruta o poder de intimidación. Su indumentaria no parecía estar orientada al combate, precisamente, sino más bien al viaje. Ropa cómoda y ligera.

La única explicación plausible que se le ocurría era que, fuese quién fuese, no estaba indefenso del todo.

-Creo que a los emergidos les trae sin cuidado a qué se dedique usted, la verdad. No suelen preguntar antes de atacar. –repuso mientras le acariciaba el cuello a Logi, que llevaba rato tenso, escuchando el intercambio de palabras.

Se hacía raro verlo tan callado, así que esperaba que sus caricias lo relajasen un poco. Tenía que estar alerta, pero no era conveniente que pareciese agresivo. No mientras pudiese evitar un enfrentamiento.

–Pero no se preocupe, si Durban lo ha mandado hasta aquí debe ser porque están convencidos de que dará la talla cuando la situación lo requiera. –le aseguró Hrist, sonriendo levemente… pero sin dejar de aferrarse a su arma.  

Si se pensaba que iba a confiarse por estar tratando con un supuesto bibliotecario, iba apañado. Si no era un emergido, no tenía ni la intención ni la obligación de entrar en escaramuzas con él. Pero si realmente no era nadie enviado por Durban (o si no quedaba muy claro ese hecho), informaría a sus superiores del encuentro, y ellos decidirían si darle importancia o no.  

Y entonces cambió de tema. Rápidamente, antes de que ella se diese cuenta de que ya no se trataba de quitar hierro al asunto de quién era. El joven bibliotecario metió las manos en su zurrón, buscando algo. Y cuando quedó satisfecho tras hacerle cosquillas y más cosquillas a su bolso, sacó una bolsita azul. Por un momento, Hrist esperaba un cambio drástico de la situación. Una bomba de humo, quizás, para cubrir su retirada repentina. Pero no.

“Galletitas”.

-Sé lo que son las galletas. Y cómo se hacen. Aunque no lo parezca. –le comentó, manteniendo la sonrisa para no parecer ofendida, aunque su voz sonó algo más molesta de lo esperado. ¿La tomaba por idiota? –Se pueden añadir otras cosas, aparte de fruta y frutos secos. –le informó, al escuchar esa peculiar descripción de lo que era una galleta.

Respiró hondo, lentamente. La gente solía dar por hecho que, si se dedicaba a partirse la cara a cambio de dinero a lomos de un wyvern, no debía ser una chica mínimamente instruida en las ciencias domésticas del hogar, que no era apta para el matrimonio según los estándares de mucha gente. Pero la verdad era que Hrist sabía limpiar, sabía hacer las camas, lavar la ropa, coser y cocinar. No era una experta ama de casa, puesto que no había pasado tantos años encerrada entre cuatro paredes ejerciendo como tal, pero estaba lo suficientemente entrenada en ello como para funcionar, de forma mínimamente satisfactoria, en caso de tener que hacerlo.
Quizás no tenía la técnica de una lavandera profesional, pero la ropa que lavaba quedaba limpia y servible (a menos que el dueño hubiese hecho un estropicio de la prenda). Probablemente sus puntadas no satisfarían a un cliente de élite ni sabría hacer vestidos suntuosos desde cero, pero sabía remendar ropa para que siguiese siendo aprovechable. Y dejando de lado que sólo conocía recetas nohrias, y de que la presentación de lo que cocinaba dejaría mucho que desear a ojos de un cocinero experto, nadie que hubiese probado un plato suyo se había quejado de que aquello no era “comida”.

Dicho y hecho, el bibliotecario sacó lo que parecían un par de galletas. Un incipiente rictus de incredulidad se esbozó en los labios de Hrist. Al parecer, iba en serio lo de darle galletas a Logi. O más bien lanzárselas. A distancia.  

-Le agradecería que no lo llame “bicho”… No le gusta mucho. –le sugirió distraídamente, mientras seguía con la mirada la cautivadora trayectoria de esos dulces en el aire. Logi no perdía detalle de la golosina cayendo en el suelo.

Lo sabía de sobras, que no eran malas para los wyvern. Ella, que cuidaba de uno desde hacía años, lo sabía mejor que nadie ajeno a esos animales. De no ser así, no hubiese permitido a Logi comérsela… antes de examinarla con detenimiento.
Viendo que el wyvern miraba las galletas pero esperaba la aprobación de su jinete, Hrist desmontó y, hacha en mano todavía, cogió ambas galletas y las observó, esta vez sin preocuparse es ocultar su curiosidad. Con unos ojos abiertos como naranjas, las olió un poco, y sospesó las posibilidades.  

-¿Galletas de nueces? –tanteó, deleitándose en el aroma que desprendían.

Eran galletas, de eso no había duda. Las había visto en otros sitios. Decidió que no había peligro, y tras limpiarles un poco el polvo del suelo soplándoles en la cara que había estado en contacto con el suelo, se las acercó a Logi.  

-Abre la boquita, pequeñín.

Éste las olisqueó, se relamió un par de veces, y abrió la boca para coger una de las galletas. Pese a ser tan pequeña en comparación a la boca de un wyvern, se pudo oír un suave crujido a medida que éste la masticaba. Tras tragársela, cogió la segunda con más ganas. Al acabar, soltó un suave ronquido.

-Dice que le gusta. –aclaró, girándose para dirigirse al bibliotecario. Cabía la posibilidad de que no supiese interpretar los ruiditos varios que emitía el animal. -¿No es la primera vez que le da galletas a un wyvern, dice? –recordó ese pequeño detalle. -¿Ha invitado a galletas a muchos wyverns, entonces? –preguntó, mientras le acariciaba el morro a su montura.

Por un momento, Hrist se lo imaginó lanzándole galletas a todo wyvern con jinete que veía, al grito de “¡Bicho! ¡Grandote! ¡Mira qué ricas!”. Con una leve sacudida mental  de cabeza, intentó descartar esa imagen de su mente. Sinceramente, ese chico era un misterio con patas.
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Re: [Campaña de conquista] Silent enim leges inter arma [Privado; Hrist]

Mensaje por Sindri el Sáb Dic 23, 2017 11:50 am

Oh, vaya vaya. Es usted una muchachita repleta de curiosidad, ¿no es así? Tantas preguntas, tantas preguntas. – la sonrisa del muchacho se volvió lupina cuando la conversación se volvió un verdadero interrogatorio. Estaba demandando información sobre si había llegado ahí solo o acompañado; sobre si las piedras le habían dicho algo interesante (podías maldecir dos piedras para poder ser usadas para comunicarse a largas distancias, por lo que las piedras podían hablar… aunque no siempre sobre cosas interesantes); sobre quién le había enviado y qué hacía ahí; que qué quiso decir sobre cubrirle las espaldas con sombras (nota mental, rebajar el número de metáforas con desconocidos); que dónde estaba su biblioteca; que cuántos wyvern conoce… – Pretende usted que revele mucho sobre mí, pero usted sólo me ha confiado que tiene una pieza de latón circular, que puede haber adquirido por cualquier método. – bromeó de buen humor. Reservado no por naturaleza sino por experiencia, el Sabio Oscuro sabía que mucha información sobre él podía causar que cualquier soldado de tres al cuarto le salieran chiribitas en los ojos. Era un Mago Oscuro, por lo que muchos países podían ofrecer recompensas por su cabeza. Era un noble fugitivo, así que a alguno podría metérsele en la cabeza que le podían dar una bolsa de oro si lo llevaban a rastras, o atado en un wyvern, hasta Ryerde. Y su investigación tenía controversia y novedades en la misma medida, por lo que alguien pagara por su destrucción o “adquisición” no estaba fuera de lo posible.

Quid pro quo, señorita. ¿Dispara usted una batería de preguntas a cada uno que conoce? Me gustaría haber visto su primer encuentro con su compañero escamado, pues. – no es que Sindri no lo entendiera, él era tan desconfiado o más que ella. Pero sabía que había mejores métodos para que alguien te contara algo que necesitabas saber. Podías invitarle a una ronda en una taberna de mala muerte, viajar a su lado durante mucho tiempo, tener alta puntuación en Carisma o Diplomacia o usar una maldición para que le creciera la nariz si decía una mentira o se negaba a responder. Muchas opciones, sí – ¿Por qué debería responder yo a sus preguntas así como así, de la nada? “Porque tengo un hacha y usted no” es una respuesta equivocada. “Porque tengo un wyvern y usted no” también. – puso los brazos en jarras y se arqueó hacia delante levemente, empleando un tono similar al de un padre lleno de paciencia y algo de humor explicándole algo a su hija por decimoquinta vez. Un hacha no era más que un mero trozo de metal afilado al final de un palo, cruda materia empleada por aquellos sin acceso a un poder superior. Y un wyvern… ¿De verdad alguien podía compararlo con la magnificencia de la Oscuridad? – ¡Ni siquiera se ha presentado y ya me atosiga a preguntas, nada menos! – suspiró y movió la cabeza negativamente, volviendo a su posición original brevemente.

Con cuidado, apoyó la espalda en el quicio de la puerta en aspecto aparentemente despreocupado, pero su brazo derecho estaba listo para recoger el Tomo de Ruina en caso que intentara algo. Ella o el wyvern, le daba igual. Tenía confianza en sus posibilidades de victoria: bien era cierto que los jinetes de wyvern contaban con una maniobrabilidad excelente y que las gruesas escamas del animal podían repeler todo tipo de espadas, lanzas y hachas. Pero la magia ignoraba completamente cualquier defensa terrenal y los lagartitos no eran especialmente conocidos por su resistencia a la magia. Todo podía pasar, pero, por lo que le convenía guardar su baza hasta que fuera necesaria – En fin, allá vamos… – inspiró una bocanada de aire para prepararse para su especialidad: hablar sin parar.

Acabo de llegar, señorita y wyvern. Resulta que necesitas tiempo para conocer a alguien y que te cuente lo que quieres saber. Las piedras no son ninguna excepción, sólo que necesitas hacer las preguntas correctas a su tiempo. ¿Qué vas a hacer? ¿Avasallar a alguien a preguntas en los primeros diez minutos de conversación? Ahuhuhu~ – una casa no ofrecía suficiente información fiable para determinar el destino de un pueblo, pero era un comienzo. Hubiera continuado de no ser por un animal que le bloqueaba el paso y una jinete deseosa de jugar a las mil preguntas con él – Podríamos decir que Durban “me manda”, pero no soy mercenario, soldado ni ninguna clase de combatiente a sueldo. Mis intereses y los de la reina de Durban se alinearon y, por eso, estoy aquí. Pero es algo totalmente puntual. – se encogió de hombros levemente, no creía que su situación en el organigrama del ejército mereciera muchas más palabras – El alto mando quiere que investigue la situación de este pueblo por “importancia estratégica” u otras locuciones que emplean para sentirse genios de la estrategia. No es una misión glamurosa, pero es mejor que estar en primera línea de batalla. – mencionó, con el tono repleto del compañerismo etéreo de aquellos a los que les dan misiones aburridas, pero seguros.

Es una metáfora, señorita. Una figura retórica. Las sombras no me proporcionan un escudo físico por propia voluntad. – aunque era algo totalmente posible para él, claro, comandar la Oscuridad para que atacar a sus enemigos o protegerle, pero la mujer no le había preguntado eso, ¿verdad? – No es tan difícil emplear el sigilo para pasar desapercibido, y menos cuando hay tantas piedras y salientes para ocultarse de patrullas de los Emergidos. Aunque su buen amigo poco sabe de sigilo, ¿me equivoco? – señaló levemente al animal que tenía la cabeza ladeada. ¿Cómo ocultas un wyvern, exactamente? ¿Y dónde? Quizá los días nublados o lluviosos, pero este era un día bastante soleado.

Sonrió y soltó una risita tras ser preguntado sobre el destino de la Gran Biblioteca de Ilia. Los wyvern podían volar rápidamente, pero las noticias no tanto – ¡Obviamente! Un buen día la metí en un bolsillo de mi capa y la dejé en la lavandería y al día siguiente… ¡No estaba! La lavandera la habrá puesto en algún sitio, creo yo. – cuando Sindri no tiene con quién hablar durante una temporada, los chistes malos comienzan a agolparse en su garganta, lo que no era bueno porque salían en los momentos más inapropiados. Ello provocaba unas conversaciones muy extrañas con las camareras de las posadas – Pertenecía a la Gran Biblioteca de Ilia, la más importante biblioteca de Elibe y tal vez del mundo entero. Ahora el país pertenece a los Emergidos y, lamentablemente, no aceptan personas como yo para cuidar los libros. – ni para eso, ni para nada. Salvo que fueran los Emergidos amistosos que se encontró en Bern hace tiempo.

Créame en esto, ni Durban ni nadie en este mundo tiene motivos fundados para dudar de mis habilidades. – no quería piedad de ninguna clase. Había ganado con el sudor de su frente y los callos en sus codos el conocimiento en su mente y alma, que avivaban la Magia Arcana en su interior – ¿Y usted pregunta sobre lo que ya sabe? Buena manera de hacer perder su tiempo… y el mío. ¿Cuántas preguntas hasta ahora han sido así? Me deberá una copa si hace que se me seque la garganta en vano. – si ahora se va a ofender porque le responde las preguntas vamos a tener un problema ahí, especialmente por el volumen de respuestas proporcionado – Si le soy sincero, no tiene usted aspecto de panadera o cocinera. Mucha armadura, pocas manchas de harina. Le sugiero un gorrito de cocinera para usted la próxima vez. Y un gorrito gigante para su wyvern. ¡Así irán ambos conjuntados!

¡Lo que me quedaba por ver en este mundo! ¡Ahora los wyvern piden tratamiento de deferencia! – no pudo reprimir una pequeña carcajada. ¿Quién iba a pensar una mole de músculo y escamas se iba a ofender por llamarle de una determinada manera? Podrían decir algo, para variar. Bien que el wyvern de Karma había aceptado la galleta sin problema alguno… – Disculpe, Sir Wyvern, no fue mi intención ofenderle a usía. – y, para dejarlo todo envuelto se incorporó y le dedicó una recargada y rocambolesca reverencia al animalito, llena de florituras innecesarias típicas de la corte de Lycia.

Una vez en su posición original fue testigo de como una jinete de wyvern daba de comer dulces a su montura. Seguramente un gesto que sería maravillosamente tierno si las fauces del animal no fueran capaces de envolver una oveja entera sin problema alguno – Son las que había en la panadería. Las nueces se conservan bien, por lo que dudo que estén en mal estado. – otro encogimiento de hombros dio a notar que no es que hubiera elegido aquellas galletas por capricho. Pero según las palabras de la mujer rubia, le habían gustado al animalín, quién se las había tragado casi sin masticar. Nunca hubiera dicho que los wyverns eran golosos por naturaleza… les ofrecía galletas únicamente porque era un alimento que solía llevar con él a todas partes – Si le gustan tanto, siempre puedo darle la dirección de la panadería de Durban por si pasa por ahí en algún momento. Poca variedad, pero buena calidad.

Levantó entonces una mano enguantada hacia la mujer y levantó dos dedos, el índice y el corazón, mostrando el signo universal del número dos – He tenido el dudoso placer de conocer a dos hasta el momento: Koro y un wyvern bastante más grande que el suyo. – hizo memoria tratando de buscar aquella información que le sería más valiosa a una jinete de wyvern. ¿Tamaño? ¿Comportamiento? ¿Aspecto? ¿El jinete? ¿Qué sabía él? Optó por sintetizarlo todo, ya que la mujer no parecía tener muchos reparos en preguntar de todos modos – Koro, el wyvern de Karma, un wyvern gris de aspecto muy, muy, muy viejo y cansado, lleno de cicatrices. Le gustaban también las galletas. Y, al parecer, también los Emergidos… ¡Les daba cada mordisco! Un muy buen wyvern, a mi parecer. – y ahora, el otro, del que no tenía tan buenos recuerdos – El segundo wyvern pertenecía a un Emergido que me quiso matar. Era un wyvern enorme, como ya he dicho bastante más grande que el suyo, y mucho más fiero. Quiso matarme, lo que quiere decir que era un wyvern malo y, claro, los wyverns malos no tienen derecho a galletitas. – miró mientras decía eso al wyvern de la inquisitiva mujer, como queriéndole decir con los ojos que si se ocurría la idea de cenar estofado de Sindri se quedaría sin galletitas.
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Re: [Campaña de conquista] Silent enim leges inter arma [Privado; Hrist]

Mensaje por Hrist el Dom Dic 24, 2017 4:40 pm

Sólo habían hecho falta unos escasos minutos de intercambio de palabras para que esa carita angelical empezase a revelar su lengua viperina.

-Si tanto duda usted de la autenticidad de mi emblema, puede acercarse a la guarnición del ejército de Durban que hay en la falda de la montaña para comprobarlo. –le espetó con suavidad, pero con firmeza, sin mover un músculo de la cara. –Traficar o falsificar con él está duramente castigado. No es algo que a nadie con dos dedos de frente se le ocurra hacer por diversión.

Poco a poco empezaba a ver cómo reaccionaba el joven bibliotecario. Ofendiéndose (o fingiendo estar ofendido), soltando una sarta de divagaciones antes de molestarse en entrar en materia, para atajar el asunto sin perder el tiempo.

-No me malinterprete, joven. –dijo ella, intentando dejar claras sus intenciones educadamente. –No es mi intención indagar sobre su vida, no me dedico a eso. Tampoco es mi intención perder el tiempo aquí, ni mucho menos hacérselo perder a usted, mareándolo a preguntas, por mucho que sea esa la impresión que se ha llevado. –Realmente, no entraba en su estilo de vida meter las narices en la vida ajena así porque sí. –¿Mi primer encuentro con mi montura? Fue un día peculiar, no se lo negaré. –Parecía mentira, habían pasado ya siete años desde entonces. –Para entonces no entendía cómo se comunicaban, así que me costó bastante entenderle. –Rememoró aquellos primeros confusos momentos con Logi, años atrás, rascándose un poco la sien instintivamente.  

Tal y como imaginaba, Don Pelambrera Violeta se puso en plan tutor pedagógico. Hrist respiró hondo, para armarse de paciencia ante el discursito que, estaba segura, se avecinaba cuál tormenta en una noche de verano. A su parecer, la cosa se estaba yendo de madre.

-¿Por qué? yo sólo pregunto para disipar dudas. Es usted libre de preguntar lo que le parezca. –soltó con serenidad, esforzándose en mantener una expresión facial neutra.

En realidad, tenía ganas de recostarse sobre la silla de montar, y apoyar perezosamente la cara en una mano, mientras escuchaba esa especie de aburrida regañina del joven. Vete a saber quién se debía creer que era. A lo mejor no estaba bien del todo de la cabeza. Igual era adicto al aguardiente y eso había causado mella en su mente. También existía la posibilidad de que hubiese leído demasiados libros de temática cuestionable, y ahí estaba el resultado.

“Porque tengo un hacha y usted no”, “porque tengo un wyvern y usted no”. Confirmado. El Hombre que Susurraba A Las Piedras tenía que ser insoportable en la intimidad.

-¿Le sirve “Porque me lo han dicho las piedras”? –aportó, algo hastiada, al fin, mientras comprobaba que Logi se aburría tanto como ella. Al animal se le escapó un bostezo, probablemente producto de la monotonía del momento.  Por lo visto, cualquier excusa era buena para relinchar ofendido. –Como le he dicho, no pretendo inmiscuirme en sus asuntos.

Era curioso cómo, cuanto más lo miraba, más se asemejaba a un gato rabioso que se revolvía en la arena, con un berrinche porque aquél día no había pescado fresco. ¿Ésa era su respuesta? ¿Quejarse de que ella llevaba hacha y él no? ¿De que ella iba en wyvern y él no? ¿Acaso el mundo giraba a su alrededor?

Entonces, cayó en la cuenta, de que efectivamente, no se había identificado desde el principio, gracias al comentario del joven. En cuanto interiorizó la frase, se le abrieron unos ojos como platos al darse cuenta de su falta de educación.

-Pero seré lerda… -masculló en voz baja, echándoselo en cara a sí misma, maldiciendo esa patinada. Se cubrió la cara con la mano, poniendo en orden sus pensamientos. –Ugh… qué bochorno… -Había que remediar eso. –Tiene usted toda la razón, no me he presentado. Le pido disculpas. –Dijo, rascándose el flequillo, incómoda. Si tenía razón, tenía razón. Una cosa no quitaba la otra. Ahora sí que tenía sentido que estuviese ofendido. –Empecemos de nuevo, si le parece: soy Hrist, mercenaria, y éste es Logi, mi compañero wyvern. –Logi emitió un suave ronquido al oír su nombre, como confirmando que era él. –Vengo de inspeccionar el complejo minero que hay más arriba, en nombre de Durban.    

De nuevo, el bibliotecario volvió a apoyarse en el quicio de la puerta, como el que no quiere. Cada vez estaba más convencida de que ese chico no era trigo limpio… pero no era asunto suyo, al fin y al cabo, si lo mandaba Durban, ellos sabrían con quién trataban. En resumidas cuentas, estaba ahí en nombre de Durban haciendo lo que sea que le habían encomendado. Si sus intereses coincidían o no con los de la reina no le importaba, al fin y al cabo, cada uno se apuntaba a las campañas por sus propias razones. No era mercenario, ni soldado, tampoco. Con lo cual, si se le permitía ir él sólo por ahí en medio de territorio emergido, es que tan indefenso no estaba.

-Gracias por la aclaración. –repuso con una sonrisa, lo más amable posible.

No le pasaba por alto que la tomaba por tonta, pero le importaba tres rábanos. Prefería que fuese eso, una metáfora, que no una descripción literal de lo que había visto que podían llegar a hacer algunos magos.

–No se lo tome mal, no sé mucho de esas “figuras retóricas”, no es algo que me enseñasen de pequeña. –siendo plebeya, podía dar gracias que su madre hubiese podido enseñarle a leer y escribir medianamente bien. Pero no le parecía descabellado que un mago pudiese ingeniárselas para conseguir un efecto así.

-¿Mi montura? –Miró a Logi, haciéndole una caída de ojos que el wyvern sabía de sobras a qué se debía. –Bueno… no se crea, algo consigue, aunque no sea aterrizando en silencio. –ciertamente, aterrizar sin hacer ruido no era su fuerte, pero sí sabía caminar sin armar mucho escándalo cuando se lo pedía. Caminar, que no volar.

Entonces el bibliotecario le explicó cómo, un fatídico día, olvidó sacar la Gran Biblioteca de Illia del bolsillo, condenándola a quedar extraviada en algún oscuro rincón de la lavandería. Era un chiste tan malo, tan malo, taaaaan malo, que se le escapaba la risa por momentos.  

-Así que Illia ha caído… –reflexionó sobre ello, distraída. Por lo que había oído, era cuestión tiempo que algo así sucediese, y al final había pasado. Y eso le recordaba que… –Me pregunto si acabará igual que Phoenicis… –se preguntó, haciendo memoria. –Pero eso tampoco mejoraría las cosas para la Gran Biblioteca de Illia, de todos modos…

Logi alzó de repente la cabeza, como escuchando algo en la lejanía, que no era precisamente la segunda parte del discurso del bibliotecario. Oyó un lejano crujir de rocas, pero nada parecía llegar hasta el lugar. Como no parecía ser nada preocupante, volvió a dirigir de inmediato su atención a su interlocutor. Esta vez, tras acabar de dar muestras de lo que a Hrist le pareció pura vanidad (¿se pensaba que lo subestimaba, quizás?), observó agudamente que no iba vestida de panadera ni de cocinera.

-Menos mal, a veces tengo la sensación de que dejar el delantal en casa no es suficiente. –repuso, aliviada de ver que el chico no tenía canicas en lugar de ojos, pues lo que había en sus hombreras era un poco de polvo de las rocas, no harina. Lo del gorrito era otro chiste malo, pero no tan malo como el de la biblioteca en el bolsillo. –No le negaré que he considerado esa posibilidad, un gorrito de cocinero seguro que le quedaría adorable. –Dijo con una sonrisa, más bien dirigida al wyvern, al que miraba con dulzura. –Quizás también debería cambiar el hacha por un rodillo gigante, así seguro que podría probar a hacer hojaldre de emergidos. –miró su fiel hacha, sospesando las posibilidades seriamente.

Típico, pensar que saber manejar un poco la comida iba reñido con blandir un arma. Por lo visto, la gente sólo tenía que saber realizar una única cosa en su vida. Si eras mercenario, no podías saber de ninguna forma cómo atarte el pelo en una coleta para que no molestase. Y si sabías lavar tu ropa, tenías que ser un total inepto a la hora de lavar los cacharros después de ensuciarlos al comer. Para ella, no era necesario ponerse un gorro de cocinero para poder preparar algo comestible. Igual el bibliotecario entendía que se ufanaba de hacer alta repostería, nada más lejos de la realidad.

-Soy mercenaria, pero sé apañármelas con la comida. –puntualizó. –No preparo platos dignos de alta cocina para la nobleza, ni cosas así. –Sólo faltaría. -Simplemente, sé hacer algunas cosas yo sola en la cocina. Entre ellas, sé hacer algunas galletas. –todo recetas nohrias, por supuesto, pero no por ello estaban malas.

El wyvern soltó un breve bufido al oír la palabra “bicho”. No era algo que le gustase mucho, pero afortunadamente sólo bufó para expresar su descontento.

-No pide tratamiento de deferencia. –le aclaró, tan educadamente como pudo, mientras desmontaba para acercarse a las galletas. –A veces la gente usa “bicho” en tono despectivo para referirse a él, y como comprenderá, no a todo el mundo le da igual que lo llamen “bicho” para despreciarlo.

Se quedó perpleja unos instantes al ver la exagerada reverencia que le hizo a Logi, casi más propia de un noble que de un bibliotecario. Acto seguido, giró la cabeza hacia Logi, para ver cómo éste  giraba la suya, con las pupilas destelleantes, intentando entender los gestos del bibliotecario. ¿Y eso de “usía”? ¿Qué clase de vocabulario era ése?

-No, no están en mal estado. –añadió distraída mientras miraba cómo el wyvern se comía la primera galleta. –Si estuviesen en mal estado, el olor no sería tan agradable. Se habría acordado de toda la familia de quién las hizo. –un bofetón de aroma no muy definido, pero lejos de deseable, le habría sacudido la cara al chaval, y un gusto tirando a agrio le habría invadido las papilas gustativas. –¿Lo dice en serio? Se lo agradecería mucho, es difícil decir que no a conseguir más galletas tan golosas en el extranjero. –entonces tuvo una idea. –Ya que le ha dado un tentempié a mi compañero, ¿qué le parece si le doy parte de mis galletas de miel, a cambio?

Al parecer, Logi era el tercer wyvern con el que se había encontrado. Uno era un wyvern ya muy viejo y agotado. El otro, tenía un jinete emergido.

-A veces se vuelven cascarrabias a medida que se hacen viejos. –comentó, con la mirada algo perdida, recordando el difunto wyvern de su abuelo. –Pero eso va al carácter de cada animal, y a la vida que ha llevado. –Quién sabía cómo sería Logi cuando ya estuviese viejo y torpe. -¿Más grande que el mío? Puede que fuese más adulto –aventuró, pensando en ello. -, quizás también de otra especie. –El tamaño podía variar según la procedencia del animal, así como el aspecto físico. –Los wyverns de emergidos que he visto hasta el momento son bastante agresivos, pero no he podido ver cómo se comportan fuera de batalla. –siguió acariciando el morro de Logi, que se comía la segunda galleta. –Yo procuro que el mío no cause destrozos ni ataque a nadie fuera de combate, no hay necesidad de ir por ahí causando daños porque sí.

Y de nuevo, la frase del momento. “Quiso matarme, lo que quiere decir que era un wyvern malo”. No sabía si pensar que era muy corto de miras en lo que a wyverns se refería, o si pretendía hacer un chiste de ello. Un wyvern salvaje atacaría sí o sí. Y uno adiestrado, probablemente lo haría si su jinete no se preocupaba de ello, o si se lo ordenaba. En realidad, más que ser malo el animal, se trataba de que atacaba por instinto, y era tarea del jinete disuadirlo de ello para que no se pasase de la raya. En opinión de Hrist, no había wyverns “malos”, sino jinetes irresponsables o negligentes, pasotas.

-Más que ser “malo”, creo que es más bien pasotismo del jinete. Me refiero a cuando no están peleando, claro. –En combate, lo que se esperaba de un wyvern era agresividad. Fuera de la batalla, sus modales irían de la mano de la diligencia de su jinete, que era quién tenía que molestarse en evitar que su montura no partiese en dos al primer desgraciado sin culpa que se les cruzase por delante.

Entonces reparó en esa extraña mirada que el muchacho le estaba dedicando a Logi, que se lo miraba sin entender nada, ladeando la cabeza de un lado a otro, buscando el mejor ángulo para analizar las facciones de aquel misterioso humano. Hrist miró entonces a Logi, sin entender nada. Y volvió a mirar al ex bibliotecario. Y de nuevo al wyvern.

-Logi no es un" wyvern malo" ¿Verdad que no? –Afirmó, instando al animal a mirarla. Éste le respondió con un suave y grave ronquido, complacido con el cumplido. –No va por ahí royendo los carruajes ajenos, destrozando capas nuevas de trinca, ni embistiendo a comitivas del ejército en medio del prado. –Básicamente, porque ella se molestaba en no dejarle hacer todo lo que le daba la gana. Aunque también ayudaba que, en comparación a otros congéneres suyos, fuese un pelín más tranquilo.
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Re: [Campaña de conquista] Silent enim leges inter arma [Privado; Hrist]

Mensaje por Sindri el Lun Dic 25, 2017 4:43 pm

El Sabio Oscuro meneó la cabeza despreocupadamente, dejando que su pelo fuera de aquí para allá. Así que al fin había caído en la cuenta de lo que faltaba para empezar una conversación civilizada: el nombre de los interlocutores. Claro que había tardado un buen rato en el que le había contado que podía ir a comprobar su emblema con los responsables (¡Él! ¡Volver caminando! ¿Acaso creía que todo el mundo tenía la suerte de tener alguien que le llevara por el aire? ¿No veía que algunos teníamos que caminar?), las razones por las que preguntaba, las razones por las que no preguntaba, su primer recuerdo relativo a la cosa que tenía a su lado, un intento de chiste que era al humor lo que un charco medio seco al océano y que las seis o siete preguntas no eran inmiscuirse en sus asuntos en absoluto. Debían ser preguntas retóricas de las que no esperaba respuesta, o algo así.

Aguantó cada envite sin perder la sonrisa, lo habían tratado mucho peor en el pasado, al fin y al cabo. Incluso el wyvern parecía darle la razón, marcando lo aburrida que era esa conversación de preguntas, cuestiones, interrogatorios, interrogaciones y búsqueda “no invasiva de la intimidad”. No es que el pobre animal estuviera presenciando un debate socrático de las mejores mentes de Elibe, eso por descontado – ¿Tantas preguntas tenía y mi nombre no era una de ellas? Eso sí que me sorprende. – normalmente preguntas “¿Quién vive?” o “¿Quién va?”. ¿Qué le serviría saber si está con Durban o venía de turismo sin un nombre que poder comprobar? – Encantado de conocerle, señorita Hrist. Mi nombre es Sindri, antiguo bibliotecario de la Gran Biblioteca de Ilia y erudito errante a día de hoy. – le dedicó desde su posición una suave reverencia de cortesía, puesto que no quería que pensase que era un maleducado. A continuación, agarró con sumo cuidado un mechón de su pelo y lo levantó, como mostrándoselo al wyvern e, incidentalmente, a su dueña. El color violeta ganó intensidad cuando los rayos de sol lo iluminaron. – ¡Que no le engañe mi color de pelo! No soy ningún erudito a la violeta. – soltó una pequeña risita mientras devolvía el pelo a su lugar y comenzaba a jugar distraídamente con sus guantes y los puños de sus mangas. Visto lo visto, la mujer no tenía sentido alguno del humor, pero no es que eso le hubiera detenido en el pasado.

Viendo su insaciable curiosidad, será mejor que expanda sobre mi ocupación actual en aras de evitar problemas futuros. – sin interés alguno, aferró el Tomo de Ruina de su lugar de reposo y lo abrió poco a poco, usando su brazo izquierdo como atril y apoyando el pie del libro en su estómago. Las palabras escritas en tinta refulgieron antinaturalmente en la penumbra con un color muy difícil de determinar por los ojos humanos – Erudito de profesión, sí. Estudiante de las Artes Arcanas también. Quizá las conoce usted bajo el seudónimo de “Magia Oscura” o “Magia Negra”. – acariciando la suave página del libro con una mano enguantada, dejó que la energía oscura crepitase libremente unos instantes. En el pasado Sindri siempre había tratado de ocultar sus dotes mágicas ya que representaba a la Gran Biblioteca de Ilia y, seamos sinceros, nadie quiere ser representado por un villano de cuento de hadas. Pero hoy por hoy no tenía porqué ocultar de tal forma su magia, y prefería por mucho desvelarlo él que la mujer lo descubriera de otra manera, no fuera a reprocharle que le guardaba secretos. Claro que en algunos lugares mostrar habilidades con las Artes Arcanas era premiado con un viaje de ida a la pira de llamas más cercana, pero Durban era un lugar completamente distinto – Mi estudio versa en su mayoría sobre la magia, la historia y, desde hace poco, sobre los seres dracónicos de este mundo. Dragones. No wyvern. Para que quede claro. –  viendo lo escéptica que podía ser la mujer, Sindri estiró su brazo y escribió elegantemente en el aire una runa básica empleada para una miríada de maldiciones. Cada trazo se iluminó con una luz violeta y la runa flotó por un momento en el aire de manera juguetona, como si esperara compañía, girando incluso sobre su eje al compás de un baile desconocido. Unos instantes más tarde, al ver que no era escrita ninguna amiga suya, se desvaneció tan rápidamente como apareció dejando la penumbra sin ninguna fuente de luz.

¿Suficiente información para usted, señorita Hrist? ¿Desea información sobre mi capacidad para crear maldiciones? ¿Tiene curiosidad sobre algún ritual arcano concreto? – mencionó con una sonrisa ladina mientras cerraba con un sonoro “plas” su Tomo de Ruina, el equivalente mágico de bajar las armas… cosa que su interlocutora todavía no había hecho. No quería luchar sin sentido, la Magia Arcana gastaba mucha energía incluso con un tomo tan básico. – Técnicamente este poder me hace subir un escalón en el organigrama del ejército de Durban…. pero no tengo mucho interés en hacer valer mi “rango”. Si no tiene habilidades mágicas, tráteme como un igual. Si lo desea, claro. – de hecho, no tenía mucho interés en nada hoy por hoy. Despreocupadamente salió del quicio de la puerta tras considerar que ya nada lo retenía allí y, por unos instantes, le pareció ver unas sombras extrañas proyectadas sobre la pared rocosa que había detrás de la jinete de wyvern. El cambio entre luz y oscuridad no le sentaba bien en absoluto, al parecer, como era de esperar a alguien de su clase.

¿Phoenicis? Interesante, hay algunas noticias sobre su caída, pero tenía entendido que las cosas iban peor que en Ilia. Claro que las noticias suelen provenir de marineros que ya llevan unas pocas copas encima y se acercan al delirium tremens de manera peligrosa. – se llevó la mano libre al mentón, tratando de hacer memoria sobre ello. Emergidos no sólo conquistadores sino creadores de civilización… ¿Podía ser eso posible? ¿No serían más que habladurías creadas por un ron barato que más tenía que ver con el alcohol de quemar? – Pero sí, el faro que iluminaba la ignorancia de Elibe ha caído en manos de los Emergidos, lo que me costó mi trabajo. No formalmente, claro, pero no me han respondido mis cartas en los que les contaba mis deseos de seguir trabajando en la Gran Biblioteca de Ilia pese a la nueva administración. Creo que estamos ante un despido improcedente… – si podían luchar a su lado también podían pagarle su sueldo al final del mes.

¿Por qué todo el mundo hablaba como si cocinar fuera tan difícil? Ponías una olla llena de agua al fuego y pelabas algunos ingredientes que encontrabas por ahí. Los echabas todos juntos al agua hirviendo y removías todo, dejando que reposara durante un par de horitas o tres. Luego, cuando todo se había transformado en una pasta marronosa y parecida al lodo de una ciénaga, lo servías en un plato y la cocinera, al verlo, se apiadaba de ti y te hacía algo bueno de comer – ¿Hojaldre de Emergidos? ¿Que acepta usted sugerencias culinarias de su wyvern, acaso? Porque bien que a Koro le encantaba mordisquear Emergidos… aunque nunca le vi acabarse uno. – Sindri no sabía cómo un sombrerito haría exactamente más mono a una montaña escamada andante que seguramente haría llorar a los niños más pequeños al acercarse. Cosas de jinetes de wyvern, supuso – Ah, la vida de los mercenarios. Acampar al raso con sus hermanos de escudo y compartir historias al borde de un fuego, con toneles de cerveza e hidromiel al lado. Supongo que a alguien le toca el turno de cocina. – si parecía tener una visión romántica sobre ello es que los libros de aventuras sólo se centraban en los aspectos más entretenidos para el lector.

¡Era un wyvern! ¡Un animal! ¿Cómo iba a saber si alguien se estaba refiriendo a él de forma despectiva? ¿Por el tono? Entonces podías llamarlo tonto empleando la voz que usabas para hablar con niños. Habrase visto. – Sí. Sí. Entiendo. Hablar al animalitito como si fuera una persona humana. Anotado para la posteridad. – reglas y más reglas para tratar con wyverns. No iba a influenciar el hecho de tratar de dar galletas al próximo wyvern que encontrase… siempre y cuando no lo quisiera darle un mordisco a modo de bienvenida. Ese se iba a ganar una galleta de otro tipo. Y no precisamente las que estaban en la bolsita que reposaba sobre la cubierta del Tomo de Ruina ahora mismo – ¿Galletas? ¿De miel? Tiene usted un trato, coja cuántas quiera de las mías. Hace años que no pruebo nada que lleve miel… salvo hidromiel. En el norte, bueno, al sur de aquí, toda la miel va a parar al alcohol. – hidromiel, hidromiel y más hidromiel. ¿Tanto les costaría importar un vino de Ryerde o de Araphen madurado durante cuarenta años en barrica de roble bajo el cuidado de las manos más expertas del país? Había como catorce de ésas en la despensa privada de su padre.

Y entonces comenzó la clase magistral sobre wyverns de la señorita Hrist, paren atención porque al final de la clase habrá un test. Bromas aparte, Sindri prestó atención a la información proporcionada por la mercenaria… quién mejor para saber de wyvern que alguien que debía cuidarlos todo el día, ¿verdad? – ¿Relativismo moral aplicado a los wyvern? Ahora sí que entramos en filosofía avanzada. – arqueando una ceja, el Dark Sage descubrió que los dueños de lo wyvern usaban una manera de pensar semejante a la de algunos Magos Oscuros. La magia, incluída la Magia Arcana, no era inherentemente buena ni mala, sino que dependía enteramente de la voluntad del sujeto. Aunque había problemas para encontrar usos bondadosos a, por ejemplo, animar esqueletos… ¿Quizá para que hagan de actores en funciones benéficas? – Simplificaré. Los wyverns que no me atacan consiguen esto… – con un tono repleto de buen humor y ánimo, el muchacho señaló levemente la bolsita azul con el dedo de la mano libre – … y los wyvern que me atacan consiguen esto. – apartando levemente la bolsita, tocó un par de veces la cubierta dura del Tomo de Ruina.

Si Logi es un buen wyvern, Logi consigue otra galletita de nueces luego. ¿Sí? ¿Buen chico? ¿Nada de mordiscos? ¿Arañazos? ¿Bocanadas de fuego? – se dirigió al wyvern de nuevo, asiendo la bolsita con su índice y corazón y moviéndola rítmicamente, dejando que su contenido se balancease dentro. Ahora iba a comprobar lo listo que era.
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Re: [Campaña de conquista] Silent enim leges inter arma [Privado; Hrist]

Mensaje por Hrist el Jue Ene 04, 2018 2:34 pm

Cuanto más oía hablar al tal Sindri, más se maravillaba que hubiese gente tan capaz de creerse el centro del mundo como lo hacía él. Quería cerciorarse, sin entrar en profundidad, de que no era un vándalo que intentaba sabotear la campaña del ejército, fuese por interés propio o para otro país, ¿por qué iba a querer hurgar en su vida personal? Tanta evasiva le había hecho pensar que mentía y que intentaba hacerse pasar por un enviado del ejército. Si simplemente le hubiese aclarado desde el principio que estaba ahí de parte de Durban, la cosa se hubiese solucionado más rápidamente. Realmente, poco le importaba si los intereses del chico coincidían o no con los de la reina, no era asunto suyo. Pero no, al chico debía parecerle crítico que la gente pensase que estaba de parte de la monarca, o que le era leal, o que compartían ideología, o algo por el estilo.

-Desde luego que no. –se le escapó un poco la risa floja, ante ese intento de chiste malo de “erudito a la violeta”.

Hrist tenía bastante paciencia con los chistes malos. ¿Agotaría su cupo diario de paciencia el chico que una vez trabajó en una biblioteca? Tanto ella como Logi observaron cómo el ex bibliotecario sostenía un libro y lo abría. Un tomo de magia, a juzgar por su posterior explicación. No sabía cómo describir el extraño color con el que las letras del libro se iluminaron en la penumbra. Logi también miraba con atención el numerito del tomo de magia. Quizás él sí podía ver algún color en concreto… o a lo mejor iba tan perdido como su jinete.

-Oh, un mago oscuro… Sí, en Nohr lo llaman “magia oscura”… -dijo, flojito, aun contemplando ese brillo sobrenatural de las letras del grimorio. –-Vaya, también estudia sobre dragones… -Recordó la conversación que tuvo con cierta chica de cabellos blancos, anteriormente, que le preguntó por los wyverns porque eran parientes de los dragones. –Una vez me encontré a una chica que también estaba interesada en los dragones…

Entonces, levantó el brazo y escribió en el aire una extraña letra que Hrist no supo identificar. “Cosas de la magia, los magos lo entienden”, pensó. La letra, de un color violeta extremadamente brillante, empezó a bailotear rítmicamente en el aire.

Ualaaaah… es fascinante… -atinó a suspirar con una sonrisa de curiosidad, mirando embobada la misteriosa letrita, que iba dando vueltas y dando saltitos de ahí para allá, suspendida en el aire. Logi observaba el espectáculo cambiando continuamente la postura de la cabeza, cambiando el ángulo, quizás buscando una inclinación que le hiciese más entendedor aquél cautivador fenómeno. -¿Has visto, Logi? Es magia oscura… -le susurró Hrist. El wyvern parecía querer oler la letra, pero probablemente no lograba captar ningún olor, a juzgar por el confuso ronquido que emitió mientras sus pupilas iban a cien por hora… lo que le llevaba a preguntarse ¿La magia olía a algo?

Ciertamente, a ojos de Durban, ser usuario de la magia le daba un estatus superior a los que no la tenían, incluso siendo un extranjero.

-¿Rituales? –preguntó, bajando de repente de la parra a causa del sonoro cierre del tomo de magia. –Sé que pueden hacer maldiciones, pero si le soy sincera, no tengo mucha idea de qué son los rituales… -Admitió, rascándose un poco la sien, el tiempo que miraba al cielo, concentrada en recordar algo sobre magia que hubiese visto de pequeña.

Realmente, poco entendía de ello.

Aunque… -Su memoria dio con un recuerdo molesto y frustrante, tal como atestiguó su caída de ojos, antes de cerrarlos del todo por unos instantes, junto con el ceño levemente fruncido. –No le negaré que alguna vez he estado tentada de contratar los servicios de  algún mago oscuro, para darle un escarmiento a alguien.

Hubiese sido interesante ver cómo algún idiota del pueblo empezaba, de repente, a relinchar o miar en vez de articular palabras. O que la escoba con la que intentaban atormentar al prójimo cobrase vida propia, y empezase a darles cachetes en el trasero.  

-Por lo que me dice, Illia “sólo” ha caído, como otros países. –le comentó Hrist, entrecomillando ese “sólo” con los dedos.

Realmente, Phoenicis se había convertido en todo un enigma, y bastante preocupante. Si había algo de lo que había oído hablar en su camino a Kilvas, era de la caída y transformación de ese reino.

Pero Phoenicis… es como si hubiese ido un paso más allá. –Le explicó las noticias que le habían llegado de ese enigmático lugar, de boca de compañeros de oficio que habían estado cerca del sitio.  –No sólo cayó en su momento ante las fuerzas emergidas. Durante una o dos semanas, no hubo noticias de allí. Después, me cuentan que se empezó a ver emergidos con armaduras que no son propias del reino, pero que imitan las plumas y los gravados del escudo de Phoenicis. –Bajó ya el hacha larga, centrándose en su explicación. –Es como si usasen el lugar para organizarse entre ellos. En pocas palabras, parece que se hayan hecho dueños y señores del país.

¿Realmente habría pedido por carta a los emergidos que le readmitiesen en la biblioteca? Con lo poco que sabía de Sindri, y su peculiar forma de verse a sí mismo en relación al resto del mundo, algo le decía que no era tan descabellado. Se imaginó al muchacho, con una gruesa capa de nieve sobre sus cabellos violetas y su gallarda figura, la capa hondeante al viento, los mofletes inflados y los brazos en jarra, de morros, ante la imponente Gran Biblioteca de Illia, que en aquellos momentos tendría sus puertas cerradas a todo tipo de público. Con una mirada desafiante, repleta de perturbadora magia oscura. Seguro que alzaría el puño y lo menearía en el aire, clamando a voz en grito que a un bibliotecario no se le podía hacer eso, que qué forma de llevar una biblioteca era esa. Ah, sí, y con relámpagos de fondo.

Lo de cambiar el hacha por un rodillo gigante tampoco era tan descabellado, al fin y al cabo, pues lo había soñado unas cuantas veces al principio de empezar a adiestrar a Logi. Se lo contó una mañana de primavera a su abuelo. Y al anciano ex jinete de wyvern no se le ocurrió nada mejor que pedirle el rodillo (de tamaño natural) a mamá y dárselo a su nieta. Y con una seria mirada, mirando el alma de una joven Hrist, el abuelo le dijo “Pitufa, no tenemos rodillos grandes (todavía), pero con éste tienes de sobras para amasarle las pelotas a quién sea”. En ese momento, la joven aspirante a mercenaria supo que, en la vida, a veces era cuestión de echarle imaginación.

-¿Hojaldre de emergidos?

Ésa ocurrencia sí que era divertida… Tuvo que contener la risa con gran esfuerzo, mientras imaginaba un trozo hojaldre, decorado con un par de cerecitas a modo de ojos emergidos furiosos, con una boquita enfadada hecha con unos gajos de mandarina… Quizás también con gajos de manzana simulando las placas de la armadura… Ñam, ñam.

No me extraña, a muchos wyverns les gusta mordisquear cosas. –dijo, ya controlando un poco más la risa floja. Un wyvern mordisqueando emergidos… se preguntó si el dueño de Koro se preocuparía o no de que un emergido pudiese ser venenoso para un wyvern si lo ingería. –A Logi, por ejemplo, le gusta roer tocones de árbol. –Por suerte, no era algo que lo obsesionase en exceso. –A veces cuando pilla la lanza de un emergido también la roe un rato. – Quizás quería imitar a papá cuando se mondaba los dientes con un palillo.

Mientras lo decía, Hrist clavó su mirada en el cuello del wyvern, que casualmente, en ese momento desvió la mirada hacia unas musarañas imaginarias, vete tú a saber dónde en qué punto del cielo, como un perro que no sabe quién ha abierto un boquete en la butaca mientras en casa no había nadie excepto él.  

Pero no dejo que destroce cosas de la gente, a menos que se las den con esa intención. Ni que ataque a nadie porque sí. –Cuidar de un wyvern era mucho más que entrar en batalla a grito de princesa guerrera, blandiendo un hacha o una lanza y una armadura que resaltase la Potencia Femenina, surcando los cielos con más o menos elegancia, imaginaria o no. –Un perro puede estropear algo mordiéndolo, pero un wyvern lo puede dejar inservible, es importante estar al quite para que no cause daños en las propiedades de otros.

Entonces el joven habló de esa estereotípica visión de los mercenarios que inundaba los cuentos populares… y los libros de las bibliotecas, al parecer.

Una imagen muy bucólica del oficio, desde luego. No estaría mal que se diese más a menudo.

Igual Sindri pensaba que el oficio de mercenario era todo ir con una pandillita de amigos, unidos por unos lazos más estrechos que la vida y más profundos que el mismo destino, pasándoselo pipa levantando el codo cada noche a la luz de la luna, mientras compartían confesiones de batalla y promesas de lealtad a la libertad… Quizás había leído demasiadas novelas de aventuras.

Lo más parecido que he vivido a eso de los “hermanos de escudo” que me cuenta usted son las temporadas en que viajé junto a mis padres, también mercenarios.

¿Hermanos de escudo? Madre mía, eso casi ya no se estilaba. No es que ya no hubiese bandas de mercenarios, pero en la mayoría de los casos las uniones eran por necesidades de un encargo, esporádicas. Excepto cuando se trataba de auténticas Bandas De Mercenarios (con mayúsculas, que ya eran palabras mayores…), y no de bandas de bandidos venidos a más que se creían portadores de la bandera del “hago lo que me sale de la santa pera, mua ha ha ha ha”.

Sin embargo, si sé algo de cocina es porque me enseñó mi madre. –explicó, buscando aclarar de forma simple el por qué sabía cocinar, más o menos. –Cuando he tenido que viajar junto a otros mercenarios, suelen preferir pasar la noche en una taberna donde poder empinar el codo hasta lisiárselo y comerse a las camareras con la mirada.

No es que a ella le importase, casi lo prefería, no le hacía gracia malgastar su precioso tiempo cocinando para cuatro desarrapados que se creían que, sin magia, la comida aparecía de la nada al llenar una olla de agua; porque ni siquiera iban a apreciar el esfuerzo hecho. Y si encima tenían a una tabernera maciza cerca, menos posibilidades de ideas siniestras malsanas con ella como centro de atención. Realmente, poniéndolo en perspectiva, había llegado a trabajar con gente de gustos… difíciles de describir.  

Por otro lado, fue una grata sorpresa descubrir que Sindri, el ex bibliotecario estudioso de las “artes arcanas”, también empezaba a estar harto de tanto hidromiel.

¿Tanto tiempo sin probar miel? Le acompaño en el sentimiento, me hago cargo que la vida sin un poco de miel puede ser muy aburrida. –repuso con una carcajada. –Oh, sí, le entiendo, parece que no conozcan otra cosa que el hidromiel… ya casi tengo pesadillas recurrentes donde llueve hidromiel y me untan cataplasmas curativas hechas de hidromiel… -Hrist añoraba su querido zumo de bayas, y el hidromiel se empeñaba en perseguirlas en sus sueños. –Tenga, quédese con mi bolsa, yo ya he podido comer unas cuantas, puedo aguantar hasta que vuelva a conseguir de éstas. –le facilitó su bolsita con galletas de miel con una sonrisa.  

¿Rela…? ¿Relati… vismo… moral? ¿Qué se enrollaba el mozo? Ah, “filosofía avanzada”, con las altas enseñanzas habíamos topado. Aaaaaaah, claro… los wyverns que no le agredían se llevan una galletita, y los que no, se llevan una galletita mágica… metafóricamente hablando. Cada vez estaba más convencida de que los tomaba por idiotas, especialmente después de ese “hablar con el animalito como su fuese una persona”. ¿Era necesario llevarlo a esos extremos? Ni que hiciese falta un tratado de protocolos sobre cómo dirigirse a un wyvern… Simplemente se trataba de no hablarles como si fuesen tontitos, o de no hablarles en tono descaradamente despectivo. Quizás no entendían todas y cada una de las palabras, pero sí sabían captar la intención que había tras ellas.

¿Mordiscos? ¿Arañazos? ¿Bocanadas de fuego? Pensar que a ese chico le faltaba un hervor era tentador. Pero por otro lado, no todos los wyvern rider se molestaban en evitar que su montura hiciese amago de destrozar todo cuanto sus ojos de reptil veían. Una cosa era que los wyvern tuviesen, por naturaleza, un temperamento explosivo y agresivo. Otra muy distinta, era que su jinete se limitase a hacer algo más que simplemente tirar de la correa cada vez que el animalito intentaba zamparse a un desconocido. ¿Tanto costaba enseñarle que no tenía que hacer eso? Logi seguramente se abalanzaría sobre cualquiera a su alcance, pero no lo hacía porque sabía perfectamente que eso enfurecería a Hrist. Es decir, sabía que no debía hacerlo (por lo menos, no sin su permiso).
 
Hrist arqueó una ceja, con un rictus en los labios, mientras lentamente miraba a su niño con escamas, sospesando la situación. Comparado con la inmensa mayoría de wyverns, Logi era algo más tranquilo. Pero por más obediente que fuese, a la gente le acababa causando mucha impresión ver una enorme boca con más dientes que un tiburón abriéndose cerca de su mano, esperando una galleta.

¿Quiere probar a darle usted mismo la galleta? Logi no le va a arrancar el brazo, pero la mayoría de la gente no se atreve a dejar que acerque el morro hasta la mano con la que sujetan la galleta.

No les culpaba, una galleta o un muslo de pollo eran muy pequeños en comparación al tamaño de la boquita de piñón del lagartito, y por más que el wyvern fuese poco a poco, acababan pensando que se iba a zampar la mano la también.

Si lo prefiere, le sujeto el cuello para que vaya más despacio. Ya le digo, mi wyvern no va por ahí mutilando al personal. –le confirmó, con su sonrisa más profesional.

Algo le decía que una mano mutilada era la menor de las preocupaciones del ex bibliotecario. Su visión del mundo y sus prioridades debían ser harto peculiares si se comparaban con las del resto de los mortales.

Mire, lo que hará es acercar la boca, seguramente olisqueará otra vez la galleta, y sacará un poco la lengua para que le ponga la galleta encima. ¿Le parece? –expuso, acariciando el morro del animal.

Sería toda una novedad que alguien viese esa oportunidad con curiosidad, como una experiencia nueva, más que como un estúpido rito de paso a la madurez.
Afiliación :
- NOHR -

Clase :
Wyvern Master

Cargo :
Mercenaria

Inventario :
Vulnerary [3]
Tónico de res. [1]
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Re: [Campaña de conquista] Silent enim leges inter arma [Privado; Hrist]

Mensaje por Sindri el Sáb Ene 06, 2018 7:24 pm

Aquella autoproclamada mercenaria no parecía tener el mismo aspecto de “haberlo visto todo” que los cazarrecompensas y otras espadas compradas que Ilia parecía exportar inagotablemente. La persona que uno se imaginaba al escuchar la palabra “mercenario” era la de un hombre fornido y lleno de cicatrices que había caminado por el mundo entero con su batallón y había servido en decenas (o veintenas) de campañas. Con una fuente casi inagotable de experiencia, engañarlo en el día a día era una tarea ardua… pero engañarlo en batalla o en asuntos financieros era algo harto imposible. Un mercenario era alguien que, por definición, tenía una esperanza de vida muy corta, por lo que se infería que los que seguían vivos eran muy, muy difíciles de matar. Y seguramente no se quedaban obnubilados con algo que ni se consideraría “truco de feria” por los niños que pululaban por las calles de los pueblos de Lycia. Ni los wyvern tampoco.

Hrist (nombre que no estaba muy seguro de poder escribir sin faltas de ortografía, todo sea dicho de paso) no tenía mucha pinta de mercenaria, o al menos no de los mercenarios que Sindri había visto y/o aprendido en los libros. Parecía alguien en apariencia muy… cómo decirlo… “rural”. Sí, rural era una muy buena manera de describirla. De campo y de pueblo, además. De horca y arado. Con todo lo que aquello entrañaba. No es que a Sindri le importara mucho: cada uno era como era y las experiencias vitales moldeaban a la persona como un alfarero el barro. Ya llevaba viviendo cuatro años entre el vulgo y los plebeyos como para ponerse a mirar mal a todo aquél que no tenía ni una sola gota de sangre noble en sus venas. No tenían ellos la culpa de haber nacido así, uno no puede escoger la familia en la que nace.

Una perla de sabiduría completamente gratuita, señorita Hrist. Si bien “Magia Oscura” y “Mago Oscuro” son términos empleados para hablar de gajes de mi oficio, los vocablos más correctos son “Magia Arcana”. De bien seguro que si se encuentra en un ambiente académico-mágico y emplea las palabras correctas será el objeto de miradas de aprobación por doquier. – por un momento trató de pensar cómo explicarle a una lega la diferencia entre “Mago Oscuro” y “Sabio Oscuro” de manera simplificada. Pero, visto que no había hecho ningún ademán de cambiar su comportamiento conforme a él tras explicarle que era un Erudito de las Artes Arcanas, alguien por encima de ella según las normas del ejército de Durban, no creía que sirviera de mucho. Y la “opción práctica” de maldecir a su wyvern y transformarlo en un sapo, una cacatúa o una hogaza de pan de centeno… eso costaba mucho esfuerzo y no estaba dispuesto a ello – Un ritual es… una maldición mucho más grande y poderosa. Más complejo de efectuar, con más pasos y más requisitos, pero con unos efectos mucho mayores. Si una maldición normal y corriente puede afectar una persona, un ritual puede tener como objetivo una ciudad entera. –  movió rítmicamente la mano libre, como enfatizando las diferencias entre uno y otro. Puesto que a la mujer (y al wyvern) parecía hacerles gracia la Magia Arcana, y no habían mostrado hostilidad hacia ella, hizo un esfuerzo y sintetizó una especie de “Rituales para Dummies”.

Ahuhuhu~ Las fuerzas de la Oscuridad no son un juguete ni deben ser usadas para cosas tan frívolas como esas. De todos modos, ¿Por qué no hacer algo más compasivo y soltarles el wyverncín para que los persiga un ratito? Seguro que será mucho más benévolo que la Oscuridad. – un ataque wyvern era algo mucho más didáctico (y fácil de sobrevivir) que una maldición lanzada con mala saña. Aunque bien era cierto que había un subtipo de maldiciones molestas muy apreciadas por los aprendices, pero ignoradas completamente por cualquier Mago Oscuro que tuviera en estima su imagen. ¿Qué tal suena una maldición que provoca problemas para conjugar el pretérito pluscuamperfecto de subjuntivo? ¿O que hacía que las flores le olieran a uno a pescado podrido los jueves? – Aunque no puedo asegurar que no haya Magos Oscuros que, por unas monedas, accedan a llevar a cabo cualquier maldición de poca monta. – la fiebre del oro no era desconocida para los estudiosos de las Artes Arcanas, que debían costearse materiales y privacidad a toda costa. Por ahora nadie había descubierto una maldición para transformar las piedras en oro…

Hizo ahínco de anotar mentalmente la información proporcionada sobre Phoenicis, sonriendo y asintiendo con la cabeza suavemente mientras escuchaba a la mujer, casi como alentándola a seguir hablando sobre ello. Parecía increíble, pero no había escuchado mucho sobre Phoenicis en Durban, un lugar relativamente cerca de las islas ahora territorio Emergido. Territorio Emergido. Tantas preguntas le acudían a la cabeza a raíz de tal expresión. ¿Qué sistema de gobierno emplearían? ¿Se habrían adaptado al lugar o habrían llevado a cabo una terraformación? ¿Había Emergidos especializados en tareas no combativas? ¿Emergidos granjeros? ¿Emergidos comerciantes y transportistas? ¿Habrían dejado intactos los hogares o habrían construido edificios nuevos? De ser así, ¿Existía el arte Emergido? ¿O primaría la utilidad por encima de todo? Por peligroso que fuera, un viaje a Phoenicis podría responder tantísimas preguntas…

Por cierto, ¿no tenía que haber Emergidos cerca de aquí por alguna parte?

Espera. ¿Era eso…? ¿Una risa? ¿Había en su cara una expresión más allá del hastío y la neutralidad? La mercenaria, que hasta el momento había sido más seca que la mojama de hace dos meses, parecía tener un punto de humor. Un puntito chiquitito. Minúsculo. Lo que era un alivio, el Sabio Oscuro ya estaba comenzando a pensar que podía ser una Emergida que había aprendido a hablar y se había puesto unos discos cóncavos de vidrio en la córnea para cambiar el color de ojos. Quizá es que a parte de los wyvern y de cocinar no tenía muchas pasiones en esta vida, lo que era perfectamente entendible si teníamos en cuenta lo bien que uno está espatarrado en un sofá sin hacer nada más que leer un buen libro – Hehehe. Me gustaría ver qué pasaría si roe uno que tenga savia pegajosa. Quizá le hace más gracia que un tocón enjuto. – quizá los árboles eran para las moles escamadas como los ramitas para los perros. Les señalabas uno y ellos te lo traían tan contentos, arrancándolo de raíz si era necesario. Pobrecillos. Con unos dientes tan grandes seguro que necesitaban algo que mascar y seguramente astillarían cualquier hueso con el que quisieran jugar. Ya podría alguien inventar unos juguetes para wyvern que les ayudan a limpiar y desgastar los dientes.

La imagen más bucólica es la que vende, me temo. Hay que comercializar lo mejor del oficio, no lo peor. – mencionó mientras se encogía de hombros desinteresadamente. El noble caballero debía llevar una espada enjoyada que llevaba generaciones en su familia y mostrar un valor inquebrantable. El caballero negro debía portar una armadura negra como la noche y montar a lomos de un corcel casi demoníaco en apariencia. La princesa debía ser la más bella del reino y vestir atuendos frufrús con miríadas de lazos y engarces. La Historia debía ser así. Y si no lo era, encontraba una manera de serlo.

Sin ir más lejos, las amazonas jinetes de wyvern descritas en los libros de historia de la Gran Biblioteca de Ilia eran unas guerreras temibles al servicio de uno de los lores de antaño que, como verdaderas segadoras, descendían con sus monturas a los campos de batalla y sembraban el pavor en los ejércitos enemigos. Sin armadura y casi sin ropa, las amazonas mostraban su pericia en el combate pudiendo sobrevivir donde otros perecerían incluso con la más pesada de las armaduras, epitomizando la gracia y la maestría del vuelo. Huelga decir que absolutamente todas las crónicas coinciden en que hasta la última de ellas eran poseedoras de una belleza fuera de lo común y de unas enormes y bien proporcionadas Potencias Femeninas. Obviamente hacía siglos que nadie había visto una amazona de wyvern, por lo que recaía sobre Sindri el deber cívico y moral de buscarlas por todo el mundo hasta encontrarlas. Por la Ciencia.

Mencionaba mucho sus habilidades culinarias, por lo que se le ocurrió que podría hacer buena compañía a Taelan, el cocinero que conoció en los gélidos páramos del norte de Elibe. Cocinero de profesión, además, creador de unos de los mejores bollitos que el Sabio Oscuro había probado en su vida entera. Tras el intercambio rutinario de galletas acordado por contrato verbal, Sindri se sintió en la obligación de decir algo – ¿Le interesa que le redacte un Currículum Vitae, señorita Hrist? ¿Un registro de hazañas? Puedo incluir en él todas las habilidades que me indique con descripciones más que amables. Con una caligrafía inmejorable y una presentación espectacular, seguro que satisfaría incluso al contratante más exigente. – como copista y escriba de la Gran Biblioteca de Ilia (y persona con la vista más intacta de la plantilla) solía recaer sobre él la labor de escribir las cartas que eran menester de enviar. Al parecer, pagaron las horas en las que había practicado caligrafía hasta que se le dormían los dedos por deseo expreso de su mamá puesto que “un caballero debe defenderse tan bien con la pluma como con la espada”. Una de dos no estaba tan mal – Precio de amigo, se lo aseguro. No encontrará oferta mejor. Ahuhuhu~ – más que seguramente, no encuentre otra oferta en muchos quilómetros a la redonda. Obviamente estaba asumiendo que los patrones que contrataban mercenarios sabían y querían leer, pero un negocio era un negocio.

Ah, sí claro. Siempre he querido meter mi mano en las fauces de un dragón. Ya que no he encontrado ninguno supongo que un wyvern es la cosa más semejante que hay hoy en día. – mencionó como si fuera la cosa más común del mundo. Estudiar un cráneo dracónico podría arrojar un rayo de luz sobre los misterios que rodeaban los dragones de Elibe… pero, extrañamente, no se había encontrado ni un mínimo huesecito de tal animal. Huesos de verdad, claro. No un amuleto de genuino y auténtico hueso de dragón que un señor amable y sonriente trataba de venderte en un callejón oscuro por la ganga de doscientas monedas de oro – En fin, acerque acá su lindo hocico, don wyvern, que tengo una galletita de miel para usted. – dijo de buen humor mientras sacaba diestramente uno de los frutos de su intercambio y caminaba un par de pasos hacia el animalito. Una vez a una distancia prudencial se quitó el guante y alzó el brazo hacia el cielo con una confección casera en su palma, a modo de tributo.

Ah, sí, se me olvidó decir algo. – confesó con el tono de voz de alguien que iba a contar una historia graciosa tras consumir un par de copas de más en un festejo nupcial interrumpiendo el gran discurso del padre del novio – Los Adeptos de las Artes Arcanas invitamos a la Oscuridad dentro nuestro, por lo que nos acompaña durante el resto de nuestras vidas. Sugiero que al inteligente wyvern no se le ocurra traicionar mi confianza y quitarme una de mis manos. – movió un poco la mano con la galleta, como queriendo decir “¡Ésta! ¡Ésta!”. Miraba al wyvern y parecía estar manteniendo una conversación unilateral con él – No tanto por mí sino por él. Si llegara a tragarse un poco de mi sangre seguramente caería fulminado muchíííííísimo antes que yo muriera por exanguinación. – giró entonces la cabeza hacia la dueña del wyvern con una sonrisa risueña y completamente desacompasada con el tema que estaba tratando – Si debe alimentar a su wyvern con Magos Oscuros, por favor, consulte antes con su veterinario más cercano.
Afiliación :
- ILIA -

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Cargo :
Bibliotecario (Gran Biblioteca de Ilia)

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Re: [Campaña de conquista] Silent enim leges inter arma [Privado; Hrist]

Mensaje por Hrist el Vie Ene 19, 2018 6:17 pm

-Así que “magia arcana” es más correcto… - reflexionó Hrist sobre el matiz que añadió Sindri, al tiempo que se sujetaba el mentón con un par de dedos de la mano. –Tomo nota, pues.

¿Podía ser que en Nohr no hilasen tan fino en la denominación de la magia? Siempre había oído referirse a ese tipo de magia como “magia oscura”. Claro que siempre había sido por boca de gente que no estudiaba esas artes, o que no conocían a nadie que se dedicase a ello. Quizás al volver a su patria podría indagar un poco sobre ello, ni que fuese por pura curiosidad.

-Vaya… eso es un ritual… -comentó, tras escuchar atentamente la explicación que el mago oscuro le dio sobre la diferencia entre “maldición” y “ritual”, siguiendo el vaivén de su mano con la mirada. Ahora la derecha… ahora a la izquierda… –Una maldición de más alcance, pero más compleja… -repitió en voz baja, interiorizando la explicación. –Interesante… -Cada día no caía del cielo una explicación así de amena y clara sobre magia oscu… magia arcana, apta para analfabetos mágicos. –Desde luego que es una perla de sabiduría, Sindri, le agradezco la explicación.

De lo único que Hrist tenía un poco de conocimientos relacionados con la magia, muy mínimos y rudimentarios (insuficientes para poner nada en práctica, de todo modos) era sobre los báculos que usaban los que se dedicaban a sanar. Sabía distinguir algunos báculos curativos, y gracias. Por lo demás, se le antojaba tan desconocido y misterioso como la magia de cualquier tipo.

-Esto me hace pensar… ¿Puedo preguntarle algo sobre los magos oscu... arcanos? –le había venido a la cabeza al escuchar la explicación sobre maldiciones y rituales. -¿Hay diferentes rangos entre los que estudian la magia oscu… perdón, la magia arcana? Igual que un jinete de wyvern está un escalón por debajo del wyvern master, y éste del wyvern lord…  

Si en el mundillos de los jinetes de wyvern había rangos, seguro que también los había para los que usaban la magia.

-¿Le parece más compasivo que un wyvern persiga a alguien un rato? –le cuestionó con una carcajada. Ésa sí que era buena. Un wyvern tampoco era un juguete, ni se podía (o más bien “no se debe”) usar para fines así. –Comparado con una maldición que vuelva de colorines la barba de alguien día sí, día no, me parece menos compasivo hacer que un wyvern persiga a alguien. Ni que sea un rato. ¿Y si el jinete no frena a tiempo al wyvern y destroza al desgraciado que ha mandado espantar? –Claro que siempre cabía la posibilidad de que el mundo fuese un lugar un poquito mejor sin tal desgraciado.

Por alguna razón, estaba muy extendida esa errónea visión del wyvern adiestrado como un perro gigantesco cubierto de escamas. Pero nada más alejado de la realidad. Un perro podía pasear entre la gente sin armar escándalo ni intentar comerse a nadie si su dueño lo adiestraba bien. Un wyvern… era más bien un enorme lagarto volador con problemas de manejo de la ira, una boca totalmente equipada para destrozar todo cuanto lograse apresar en sus fauces, y una gama de chillidos capaces de despertar a un regimiento entero que ha dormido usando somníferos. Con el agravante, además, de que sólo obedecía a su jinete, y de que no bastaba con dar un par de porrazos en el suelo con un garrote macizo para amedrentarlo.

-Me refiero a las maldiciones que ofrecían en Nohr. Si son de poca monta o no, ahí ya no llego. –Le aclaró, negando con la mano. –Cosas como hacer que la barba o el bigote se vuelvan de varios colores a la vez, o que lo dulce sepa salado y lo salado, a dulce; o incluso cosas que se adentraban en el terreno de lo íntimo… -Dijo, desviando la mirada y rascándose un poco la cabeza, incómoda. Recordar según que maldiciones se ofrecían por ahí a veces le causaba escalofríos o mucho pudor. -Pero se suponía que sólo durarían unos días. –añadió rápidamente. -Pero de todos modos, con ello no quiero decir que la magia sea un juguete, por descontado.  

Lo que ofrecían los supuestos magos oscuros ambulantes, en el pueblo donde nació Hrist, eran maldiciones que, si bien podían resultar tremendamente molestas, era difícil que causasen disturbios entre la población. O bien los susodichos magos oscuros consideraban que no había que pasarse de la raya, siguiendo algunos estándares propios de la profesión, y lo hacían por mera diversión; o bien sólo querían algunos ingresos sin llamar la atención en exceso.

-Hasta el momento, no ha pillado ninguno con savia. –Comentó con una sonrisa, mientras le acariciaba el cuello al animal, que estaba ocupado mirando al cielo, a un punto indeterminado y poco concreto. Quizás oía al wyvern de otro soldado o mercenario de Durban en las cercanías. –A lo mejor los prefiere crujientes en vez de sabrosos. –Aventuró, apoyando un dedo en la barbilla, pensativa.

Si bien era cierto que lo que atraía a mucha gente al oficio de mercenario era esa imagen de heroicidad en grupo, de pasárselo chupi a la luz de una hoguera a medianoche, y de la posibilidad de cobrar sumas considerables por los servicios propios, en muchos casos Hrist había podido comprobar que el reclamo que llamaba a según qué individuos era la idea de dinero a cambio de violencia. Claro que se trataba de gente que, al parecer, no necesitaban respirar aire para vivir, sino violencia. Mucha. Cuanta más, mejor.

-A veces me sorprende lo que la gente considera “lo mejor” de este oficio. –apuntó, reajustándose el guantelete, pero con la mirada algo arrufada. –No me refiero a lo que me comenta usted de hermanos de escudo y esas cosas. A veces parece que es precisamente lo peor lo que les atrae. Aunque, claro, suelen ser gente que va en busca de esa cara del oficio expresamente.

No era raro encontrarse a algún mercenario que aseguraba estar en ello por el mero placer de que le pagasen por liarse a palos con alguien, o por matarlo. La cuestión era que le diesen dinero a cambio de comportarse como un salvaje. A su parecer, esa clase de gente le daba mala fama al oficio de mercenario. Para ella, eso no era ser mercenario, sino ser un vulgar matón a sueldo.

-Oh, un registro de hazañas…

Hrist se llevó ambas manos a las mejillas, con una sonrisa pilla en los labios y la mirada al cielo, pensando en las posibilidades… Sería maravillosos poder dejar constancia de los encargos que ha ido aceptando y cobrando, con tal de poder tener un historial que no dependiese únicamente de ser explicado verbalmente. Se imaginó un “Campaña de conquista de Kilvas, en nombre de Durban”, o “Guía y localización de un grupo de fugados extranjeros en los Acantilados Poblados, en Nohr”, escrito con esa letra tan refinada y sofisticada que se veía en la cubierta de algunos libros, o en las cartas de gente pudiente o de origen noble.

-La mayoría de gente que busca un mercenario no se molesta mucho en indagar sobre su historial… -sospesó. –Pero es una posibilidad a tener en cuenta, quién sabe, igual un posible cliente que está dispuesto a desembolsar mucho y que sepa leer se miraría con más cuidado a quién contrata.

Realmente, la gente daba por hecho que si ibas a una taberna frecuentada por mercenarios, eras uno de ellos y sabías hacer tu trabajo más o menos bien. Eso, y el boca a boca.

-Claro, quién no querría hacerlo.

Se aguantó las ganas de poner los ojos en blanco. Lo dicho, las prioridades de Sindri eran peculiares. Pues supuesto, ¿quién no ha querido, en el algún momento de su vida, meter la manaza en la boca de un dragón? Si es que, el que no había ansiado algo así no había tenido infancia… ¿Qué importaba la integridad corporal propia cuando podías arriesgarte a que un dragón te arrancase el brazo?

Logi captó enseguida lo de “galletita de miel”. Con un ronquido distraído, empezó a relamerse el hocico, saboreando mentalmente la golosina que se avecinaba. De hecho, la cola empezaba a ir de lado a lado, como un péndulo cubierto de escamas. Incluso rascó un poco el suelo con la garra que sobresalía de sus alas.

-Como le he dicho antes, mi wyvern no va por ahí mutilando al personal. –Le aseguró, recalcando las palabras “no” y “mutilar”, haciendo un duro esfuerzo por mantener la sonrisa con los ojos cerrados, puesto que le estaba empezando a entrar un tic en el párpado izquierdo a causa de la tensión contenida en el rostro.

El entrecejo, sin embargo, sí empezaba a arrugársele levemente. Lo esencial era no perder la paciencia, pero había gente con una capacidad asombrosa para hacerla perder enseguida.

-Mi wyvern no come de eso. –le aclaró, pronunciando cada sílaba de forma lenta, pero clara, en un intento de dejar las cosas claras con educación.  

¡Pero bueno! ¡¿A qué mente calenturienta se le ocurriría la idea de alimentar a un wyvern a base de magos oscuros?! ¿Y qué leches era eso de la “exanguinación”? ¿Otra palabreja culta salida de los libros de la biblioteca? Vamos, o la tomaba por idiota, o tanta “Oscuridad” circulando por sus venas le había reblandecido el cerebro.

-Vamos, Logi, abre la boquita. -instó al animal, acariciándole con suavidad el cuello, pero sin retirar la mano de éste, para asegurarse de que no se dejaba llevar por el entusiasmo de la galleta.

El wyvern acercó el hocico a la mano enguantada del ex bibliotecario, y la olisqueó unos instantes. Probablemente, el dulce aroma de la galleta se mezclaba con el de los guantes. Cuando le pareció suficiente, abrió la boca y sacó un poco su enorme lengua, esperando que depositasen la galleta sobre ella.

-Ya está, sólo hay que poner la galleta encima de la lengua. -Le indicó. -A poder ser, sin movimientos bruscos.

Cuando el enorme reptil notó el sabor del dulce en su lengua, volvió a meter ésta dentro de la boca y empezó a saborear el tentempié entre ronquidos de satisfacción, relamiéndose de nuevo al final.

-¿Lo ve? Logi no va arrancando manos por ahí.

A menos que fuesen de un emergido que intentase agredirles. Entonces sí que no había miramientos.
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Re: [Campaña de conquista] Silent enim leges inter arma [Privado; Hrist]

Mensaje por Sindri el Vie Ene 26, 2018 8:41 pm

¿Rangos, dice usted? – devolvió la pregunta el Sabio Oscuro, con una ceja alzada. No tanto por el contenido de la pregunta sino por su propia existencia. ¿Una mercenaria jinete de wyvern interesada en la magia? ¿En la Magia Arcana, nada menos? Sindri no sabía cómo tomarse eso de buenas a primeras. No se habría imaginado nunca tener que contestar una pregunta así en aquel lugar. ¿Acaso no era cierto que muchos jinetes de wyvern despreciaban los libros, las mayores armas de los magos de todo tipo? ¿Qué lo hacían hasta el punto que se los daban de comer a sus mascotitas como aperitivo sin importarles cómo de irremplazable era? ¿Cuántos tomos de conocimiento se habían perdido en el estómago de los wyverns? Quizás no todos los cuidadores de esos seres escamados eran adversos al conocimiento. Quizás. Esperaba que la siguiente pregunta no fuera “¿Qué tomos tienen mejor sabor?” – Hm… creo que usted está pensando en el sistema de rangos de la Magia de Ánima. Ya sabe usted, la magia de fuego, rayo y viento. – una vez sobrepasado el shock de la pregunta, el antiguo bibliotecario cruzó los brazos de manera distendida y miró el cielo durante unos segundos, dándole vueltas al tema. Aquellos con potencial mágico natural para la Magia de Ánima solían entrar como aprendices en las distintas academias del mundo o en los estudios de algún Sabio que buscaba becarios a los que no era necesario pagar. Con el tiempo, los Magos podían pedir ser reconocidos como Sabios tras alguna hazaña o alguna disertación novedosa… y ahí solía acabar la carrera de la mayoría. Sin embargo, había un escalafón más en la jerarquía de los Magos de Ánima: el Archisabio, un maestro sin parangón de la magia de la naturaleza, puesto que sólo había ocupado Athos de las Ocho Leyendas de Elibe.

Un Mago Arcano no es más que el nombre que se le da a aquella persona que ha superado el Ritual de Iniciación del que le hablé antes. – el equivalente a llevar puesto un tabardo en el que estaba bordado “sobreviví a uno de los mayores peligros de este mundo y sólo conseguí este título”. No había aprendices de Mago Arcano per se, salvo que alguien llamara de ese modo a los que se entrenan para pasar el Ritual de Iniciación – Un Mago Arcano que adquiera suficiente afinidad con el poder de la Oscuridad tras años de estudio y trabajo y, más difícil todavía, que sobreviva lo suficiente, puede elegir autotitularse como Sabio Arcano. No hay requisitos o hitos marcados que diferencien un Mago de un Sabio, uno simplemente sabe cuándo es uno y cuándo es otro. Servidor de usted puede ser considerado un Sabio Arcano de pleno derecho. – un buen día una vocecita dentro suyo le felicitó y le comentó que su solicitud de Cambio de Clase había sido aceptada, lo que Sindri tomó como un motivo como cualquier otro para aceptar tal rúbrica. Aún así, siempre esperó que hubiera más relámpagos – Un Sabio Arcano que se adentra en la Oscuridad tanto como le es posible y consigue ser, casiliteralmente, uno con la Oscuridad puede elegir que el resto de meros mortales le llamen “Hechicero”. Con mayúscula. ¿Por qué? Nadie en el mundillo está del todo seguro. – el muchacho se encogió de hombros levemente tras mover los brazos a su posición original. Quizá era una traducción aproximada del mayor título de los usuarios de las Artes Arcanas en algún idioma olvidado ya. Sonaba algo anticlimático comparado con el rimbombante “Archisabio”. Pero quizá, con acceso a ese poder, uno no necesitaba alardear – Rechicero suena mejor, a mi parecer. Es como un hechicero, pero dos veces hechicero. Un hechicero al cuadrado.

Y entonces esperó, con una cara y una sonrisa que derrochaba comprensión y empatía. Y un poco de pena también, pero sólo un poquito. Simplemente esperó a que pasara la carcajada y que la muchacha pusiera por las nubes a los wyvern. Ah, ser lego de nuevo en las materias del universo… qué tiempos aquellos en los que un medio dragón le daba pavor. Pero ahora sabía cómo funcionaba todo – Sí lo creo. Y usted debería creerlo también. – hablaba lenta y entonando cada palabra, como explicando importante algo a un niño pequeño. Puso los brazos en jarras sin dejar que la sonrisa abandonara su rostro – Si el wyvern destroza el desgraciado, entonces el susodicho sólo morirá. Un wyvern no es capaz de hacer más. Sus habilidades acaban ahí. – moviendo un brazo, estiró un dedo índice y lo dejó justo delante de su cara, guiñando un ojo de manera juguetona, contrastando con sus siguientes palabras – ¿Pero la Oscuridad? La Oscuridad es capaz de cosas mucho, mucho peores que una simple muerte. Cosas que harían a alguien desear un final. El fin de la vida no es un escollo insalvable para una maldición o un ritual. Haría bien en no subestimar aquello que yace más allá de la Luz. – no creía necesario tener que contar a Hrist (ni a Logi) sobre los rituales de la Magia Arcana que pueden atar el alma de las personas a sus cadáveres para que sirvan como esclavos. O sobre las “maldiciones íntimas” que había aprendido en sus años mozos. No vaya a ser que le pidan una demostración de cualquiera de las dos.

El tema de los mercenarios era uno que traía tela. La mujer no parecía muy feliz de compartir oficio con según qué tipo de persona, lo que Sindri podía entender hasta cierto punto. ¡Había cada pieza en el mundo de la Magia Arcana! – Lo imagino. Aunque debo decir que no dispongo de suficientes fondos para contratar mercenarios, por lo que… – hizo memoria sobre lo que sabía de los mercenarios “de la vida real”, la sabiduría adquirida directamente de su padre tiempo ha. Lycia tenía una cultura muy militarista con ejércitos perpetuos y profesionales, por lo que los mercenarios no estaban especialmente bien vistos. “Enemigos pagados”, decía siempre su padre cuando algún consejero sacaba la idea de contratar espadas a sueldo para una campaña. Los mercenarios no luchaban por honor, si es que tenían alguno, o por la patria, sino por el oro. El brillante y codiciado metal. Y si en un momento crucial los mercenarios siquiera dudaban que tenías suficiente oro en tus cofres, no lo pensaban dos veces antes de abandonarte en la intemperie. O peor, si el enemigo les ofrecía más dinero que tú no dudarían en clavar un cuchillo en tu espalda tan pronto como les fuera bien. Aunque primero te robarían el dinero tras asegurarse que estás muerto – … jamás he requerido sus servicios. – ya tenía suficientes problemas con cubrirse sus espaldas de otros Magos Arcanos. Simplemente no tenía tiempo para cubrírselas también de alguien que sólo deseaba su oro por encima de todo.

Tras ver el éxito que tenía su mención al registro de hazañas, Sindri le dejó que pensara largo y tendido del tema. Si decía que sí, su bolsa tendría unas moneditas más al final del día. Si decía que no, se libraba de trabajar. Lo mirara como lo mirara, había algo ganado ahí – Simplemente considérelo. ¿Cuántos mercenarios pueden jactarse de tener un registro con sus hazañas con el que impresionar a los nobles? Ya sabe, los que seguro saben leer y escribir. – tampoco iba a hacer de verdulera y atosigar a la pobre jinete de wyvern para que aceptara o no. No es por echarse florecitas, pero estaba completamente seguro que su caligrafía haría las delicias de cualquier noble que posara sus ojitos en el papiro y podría abrirle muchas más puertas que la mejor ganzúa del mundo.

Eso es exactamente lo que diría alguien que tiene un wyvern que va mutilando por ahí al personal~ – canturreó el Dark Sage mientras veía como el comelibros en potencia comenzaba a moverse con intención de recibir una galletita. Debía reconocer que, visto así, un wyvern no era más que un perrito grandote con escamas – Y también un wyvern que come de eso~ – notó las cosquillas del olisqueo del wyvern y vio en primera persona la enorme lengua del wyvern, con la que pedía de forma bastante imperativa el alimento prometido. No iba a ser él el que lo hiciera esperar – ¡Marchando una galletita, señor wyvern! – y con un gesto grácil, dejó caer la galletita en su lengua de forma que cayó justamente en el centro. Observó con detenimiento cómo la lengua volvía a su posición original arrastrando el dulce… ¿De veras que estaría satisfecho con algo tan pequeñito? Sindri dudaba que ni siquiera la bolsa entera le sirviera de ligero tentempié. Pero, al parecer, lo importante era el sabor, puesto que el wyvern parecía estar disfrutando de lo lindo. O quizá ese sonido estaba indicando que iba a soltar una bocanada de fuego – ¡Que aproveche, grandullón! – dijo finalmente tras escuchar de nuevo las cosas que ese cachito de pan no hacía. Al menos ya podía tachar de su lista de cosas por hacer en esta vida el alimentar un wyvern.
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Re: [Campaña de conquista] Silent enim leges inter arma [Privado; Hrist]

Mensaje por Hrist el Sáb Mar 03, 2018 5:50 pm

-Ya veo, se basa más en el trabajo y el esfuerzo personal y no en reconocimientos o títulos formales…

Era interesante de escuchar. Para ella, que poco sabía de magia más allá de distinguir algún báculo curativo de otro, lo único que diferenciaba una magia de otra era el color o el efecto visual que producía al usarse. Los ojos azules se le pusieron como platos por la curiosidad, al descubrir que el tal Sindri no era un simple mago oscuro (perdón, arcano), sino que estaba en el siguiente escalón: era un “Sabio Oscuro”.

-Caray, entonces tiene usted un recorrido considerable a sus espaldas. –dijo con un deje de admiración.

Y el último peldaño era el “Hechicero”… Aunque le pesase, tenía que admitir que el chistecito de “rechicero” se le había acomodado en el cerebro con más éxito que el título oficial de “hechicero”. Iba a tener que ir con cuidado de no tener un lapsus y que se le escapase lo del hechicero al cuadrado.

El muchacho recalcó la importancia de no usar la magia arcana como un juguete, algo que, de un modo u otro, Hrist ya sabía de hacía tiempo, fuese del tipo de magia que fuese. Aunque, claro, todo el mundo tiende a pensar que los otros subestiman o se toman a broma el campo de conocimiento en el que uno tiene experiencia.

-No me malinterprete. –Aclaró la mercenaria, al ver la cara de condescendencia que atisbaba en la sonrisa del ex bibliotecario. –No estoy diciendo que no crea que no se debe tratar la magia arcana como un juguete. Bueno, la magia arcana y cualquier tipo de magia. Creo que cualquier instrumento o magia, o incluso cualquier animal que sirva de arma, no hay que usarlo como si fuese un juguete inofensivo. -Al fin y al cabo, el sufrimiento era sufrimiento, qué más daba  si era una maldición o si te atacaba un wyvern y te dejaba desfigurado, ninguna de ambas cosas le parecía preferible a la otra.

Durante unos breves instantes, notó que el hocico de Logi tenía algo de polvo acumulado, así que decidió sacudírselo con un par de suaves toques con la mano.

-¿Que un wyvern puede matar a alguien? Desde luego, los caminos están llenos de historias trágicas así. ¿Qué la magia arcana puede hacer cosas que hagan sufrir de forma inimaginable? Me lo creo, no lo dude, no creo que por no ser maga de ningún tipo deba menospreciar una disciplina a la que no tengo acceso. –se sacudió de la mano el poco de polvo que se le había pegado al limpiarle el hocico al wyvern. –Aunque también es verdad que, a veces, los abusones que disponen de un wyvern se limitan a dejar a la víctima malherida. No muere, pero puede quedar lisiada o impedida de por vida. Quizás no somete su alma a un “tormento infinito” ni la esclaviza ni cosas así, pero el pobre desgraciado al que le falta una pierna o un brazo y no tiene medios para remediarlo, acaba igualmente muriendo o deseando morir tirado como un perro en la calle…

De pronto, se dio cuenta de que se estaba yendo por las ramas, perdiéndose en un laberinto de recuerdos desagradables.

-Pero bueno, lo que le decía, dejando de lado que una cosa u otra puedan provocar más o menos sufrimiento, creo que ni los wyverns adiestrados ni la magia deben tratarse a la ligera. Aunque eso ya es responsabilidad del que hace uso de ello…

Tras escuchar que el joven Sindri nunca había necesitado contratar mercenarios, no pudo sino analizar la frase. Ser mago arcano no influía en la necesidad de contratarlos. Lo que sí solía ser decisivo era la frecuencia en que uno se metía en problemas espinosos. O la facilidad con que uno iba por la vida creándose enemigos… En ese sentido, el muchacho de cabellos violetas parecía, a simple vista, bastante discreto y no muy propenso a alardear a voz en grito de sus aptitudes con la magia arcana. O por lo menos, hasta el momento no lo había hecho delante de ella.

-¿Nunca ha necesitado contratar a un mercenario? Puede considerase afortunado, según se mire. –le respondió, haciendo memoria de encargos pasados. –Muchas de las veces que me han contratado, el cliente tenía algún problema gordo que ya sólo podía resolverse con fuerza bruta y violencia.

No se refería simplemente a encargos del tipo “escoltar la caravana comercial hasta tal ciudad”, o “escarmentar a los bandidos que hostigan tal pueblo”, sino más bien del estilo “entrar a saco en la guarida de los asaltantes, matarlos y que la milicia rescate a cuantos rehenes sea posible” o “matar en cuanto entren por la puerta a los bandidos que se benefician a la fuerza a las hijas del posadero y que ahora quieren llevárselas para tenerlas de fulanas personales, y que encima se van sin pagar la consumición y hacen destrozos en el pueblo”. Como espada (o más bien como hacha) de alquiler, había visto de todo, y había tomado encargos de lo más variopintos. Realmente, había suficiente material para escribir un libro.

Entonces, con el tema del currículum que Sindri se ofrecía a redactarle (a precio de amigo), se le ocurrió una idea.

-Bueno, en tal caso, si se viese necesitado algún día de contar con un mercenario, puede pedírmelo a mí, le haremos precio de amigo, ¿verdad, pimpollito? –se dirigió también a Logi.

El wyvern estaba con la cabeza en otro sitio. Miraba hacia la pared empinada de piedras que había un poco hacia atrás, y de donde venía algún que otro extraño e inoportuno crujido. Cuando se dio cuenta de que su jinete le estaba hablando, se giró en seco, la miró unos instantes, y respondió con un ronco gemido, que le hacía vibrar la garganta, como asintiendo.

-Tiene buena pinta, estoy muy tentada. –Admitió, dándose unos toquecitos en la barbilla, dedicando unos últimos instantes al punto distante donde Logi oteaba. –Desde luego que quedará mucho mejor con la buena letra de un bibliotecario que con la mía. –reconoció con una tímida sonrisa de apuro. -¿Y bien? ¿De qué precio de amigo estaríamos hablando? –quiso saber, enarcando suavemente las cejas.

Después, le observó dar la galleta a Logi. Qué obsesión con la mutilación, quizás sí que la Oscuridad había penetrado muy profundamente en su psique. A lo mejor era el motivo por el que se creía el centro del mundo, o por el que miraba con ese punto de condescendencia que ponía a prueba sus reservas de paciencia. Es más, tenía la sensación de que la mención de Phoenicis, lejos de resultarle inquietante, le resultaría una especie de invitación a la aventura. Quizás la Oscuridad le diría que, tras la campaña de conquista de Kilvas, se merecía unas vacaciones en el Reino Emergido. A lo mejor incluso intentaba darle una galletita a algún manakete transformado.

Decidió ignorar el comentario de “Eso es exactamente lo que diría alguien que tiene un wyvern que va mutilando al personal” y “Y también un wyvern que come de eso”. Cerró los ojos para ocultar el poner los ojos en blanco, armándose de paciencia. Dio unos golpecitos en el cuello de Logi cuando éste se comió del todo la galleta.

-Está rica, ¿eh? –instó a su montura, son una sonrisa socarrona. –Vas a tener que hacer horas extras con los emergidos para adelgazar. –y le sacó la lengua al ver los ojos como naranjas del enorme reptil.  

El wyvern la miró, con una mezcla de ofensa y de “por qué me dices esas cosas, humana” (pese a no poder cambiar la expresión facial). A Hrist se le escapó una risita tonta, y el wyvern la reprendió con un profundo y grave gemido, y no contento con eso, le dio un hocicazo en el trasero a la mercenaria.

-Hahahaha… Tonto, ya sabes que te lo digo de broma… -lo consoló, al ver que el animal la miraba con pena, exigiendo mimos como compensación emocional.

Le acarició la parte de debajo de la boca, y el wyvern se quedó más tranquilo, como si Hrist nunca le hubiese tomado el pelo.

-Diría que ha ido muy bien, tiene usted el brazo y la mano intactos todavía.

Siendo sinceros, no la iba a sorprender que el muchacho le preguntase algo más descabellado, como por ejemplo si los tomos de viento producían ventosidades a los wyvern, o si éstos se mondaban los dientes con báculos de Heal.
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Re: [Campaña de conquista] Silent enim leges inter arma [Privado; Hrist]

Mensaje por Sindri el Mar Mar 13, 2018 5:52 pm

Podría decir usted eso. Yo prefiero pensar que tengo un largo camino por delante de mí. – si la ignorancia era el único mal que existía en este mundo, entonces el conocimiento era el único bien. El camino del Mago Oscuro comenzaba con el primer paso de un simple grimorio, pero de ahí adelante era más una caída libre. Como un dragón que se obsesionaba en recolectar en su cueva todo tipo de monedas, un adepto de las Artes Arcanas hacía lo mismo con todo aquello que pudiera otorgarle más saber. Pero como ese mismo dragón, más le valía hacerlo a un buen ritmo y sin levantar sospechas, no fuera a encontrarse de bruces con unos cazadores de dragones – Puesto que todo el conocimiento alimenta la Magia Arcana no hay barreras para sus practicantes. El saber hacer una maravillosa tarta de chocolate que derrita las mejillas (no literalmente), ser capaz de tocar una sinfonía con una lira que conmueva una audiencia o poder acertar a una diana a un cuarto de quilómetro. Todo cuenta. – el tipo de aprendizaje del Mago Oscuro solía tener unas materias comunes, pero luego era a elección del sujeto. Cada uno perseguía áreas de conocimiento respectivas a sus… ugh… talentos y habilidades innatas. Y los que no tenían ninguna de esas dos cosas hacían lo que podían empleando lo que habían aprendido durante toda su vida… como por ejemplo, el leer y escribir – La Magia de Ánima es más… elitista. O bien naces con el talento de poder comunicarte con los espíritus o estás condenado a no ser capaz de usarla nunca. – casi escupió aquellas palabras contra la más extendida rama de la magia, mostrando su más profundo desdén contra aquellos barbudos en togas que miraban a la gente por encima del hombro y que le cerraron la puerta en las narices por “no haber nacido con talento”. ¿Tan raro había sido que hubiera acudido a los brazos de la Oscuridad cuando el mundo le había negado lo que era suyo por derecho? ¿Por sangre? Un noble inútil no era mejor que un plebeyo cualquiera.

Supongo que los últimos momentos de vida tras ser medio devorado por un wyvern no deben ser muy alegres. Llenos de color, eso sí. El color rojo. Por estar sangrando. Profusamente. – concedió muy tentativamente el Sabio Oscuro, entornando los ojos y sin dar la razón totalmente a la muchacha poseedora de un acorazado capaz de sacudir tales mordiscos. De nuevo, una espada o un hacha podían cortar tanto o más que los dientes de un wyvern, por no decir que existían seres con la capacidad de transformarse en algo muchísimo más terrorífico que un dragoncito come galletas: un dragón con todas las de la ley que también es capaz de comer galletas – Aunque hay maleficios para hacer crecer extremidades perdidas… siempre y cuando a uno no le importe que sea de otro color. O una garra en vez de una mano. O un talón en vez de un pie. ¿Sabe lo difícil que sería pasar las páginas con una mano más grande que mi cabeza con cuchillas por dedos? Por eso no me hace especial gracia que un wyvern la mordisquee mucho. – la moraleja de todo aquello era “confía en tu sanador con bastones más cercano antes de tratar con los seres que residen en el Abismo".

Afortunado en más de una manera de verlo. – confiar en alguien que te tenía en tanta estima como llena estaba tu cartera era una idea francamente nefasta. ¿Qué le impedía simplemente matarte y llevarse el dinero? ¿O dejarte morir y llevarse el dinero? ¿O llevarse el dinero sin más? Claro que un rey o un noble podía jugar la carta de “tú tienes una compañía y yo un ejército, más te vale no traicionarme”, pero los particulares no tenían tantas garantías que todo fuera a ir por el camino correcto – Aún así, poder y capacidad para crear violencia me sobran. No creo necesitar mano de obra externa. – comentó con una lupina sonrisa, dejando en el aire cuestiones que era mejor no desarrollar. Al fin y al cabo, era mejor dar alas a la imaginación ajena. Alas como las del wyvern que parecía haber pegado un par de mocos en la mano de su ama – Peeeero, en el caso de necesitar alguno será la primera en saberlo. – ¿Pimpollo? ¿Acaso los arbolitos pequeños no eran verdes? Logi no era verde sino marrón. ¿No sería mejor llamarlo “cortecita de abedul” o “canelita en rama”? Nunca iba a entender a aquellos que tenían mascotitas…

Pues mire usted, tengo toda una gama de precios muy asequibles que harán las delicias de… – un sonido parecido al de un desprendimiento en miniatura en el túnel de acceso a la mina hizo girar rápidamente la cabeza del muchacho, entrecortando así cualquier intento de ofrecer un servicio de calidad a la par que exclusivo. La capa de polvo tardó un poquito en asentarse, pero unos sonidos ominosos hicieron que el Sabio Oscuro prestara más atención a lo que estaba pasando ahí de lo que hubiera hecho a un fenómeno cualquiera de una mina – Tengo un muy mal presentimiento sobre esto… – masculló sin tensión pero con anticipación. ¿Eso eran pasos? ¿Botas contra, digamos, un suelo de piedra? Pero podían ser otras cosas. Piedras repiqueteando entre sí. Una brisa que sonaba entre varias piedras modeladas a consciencia. Más piedras. Una carreta encantada que volvía a la entrada de la mina llena de piedras. ¡Las posibilidades eran infinitas! Y una de ellas era… – ¿Sabe que un fenómeno muy usual en las minas son los escapes de gas? Dependiendo de su configuración pueden hacer una multitud de diferentes melodías, algunas que podrían resultar incluso hermosas. Una lástima que sean completamente letales, la verdad. – mencionó al aire. O quizá su destinatario era el wyvern. Lo dijo por decir, pero si a alguien le interesaba eso lo más mínimo…

Pues no. Emergidos. Son Emergidos. – confirmó, una vez seis rubíes brillantes en la oscuridad dieron paso a tres figuras con armadura ligera de factura desconocida. No parecían demasiado felices de ver la luz del sol, pero… ¿Acaso los Emergidos parecían felices en algún momento de su existencia? El más cercano parecía enarbolar algún tipo de arma astada, pero los dos más rezagados todavía seguían escondidos tras la nube de polvo – ¿Recuerda la receta de hojaldre de Emergidos? Pues ahí tiene los ingredientes principales. Espero que la dieta que mencionó para el grandullón no incluya tal manjar. – tres Emergidos eran… asequibles, por decirlo de alguna manera. Sólo esperaba que no salieran más de esa mina.
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Re: [Campaña de conquista] Silent enim leges inter arma [Privado; Hrist]

Mensaje por Hrist el Jue Mar 15, 2018 2:14 pm

-Es otra forma de verlo. –repuso Hrist. –Más motivadora.

Pero en cuanto el Dark Sage mencionó la tarta de chocolate, a la jinete de wyvern se le empezó a hacer la boca agua. Chocolate… mmmm… Trabajo le costó no relamerse los labios imaginando infinitas tartas y pasteles de delicioso dulce marrón esperándola en la mesa. En su mente y en su corazón, todo era chocolate en esos momentos. Leches, alabado fuese el chocolate. ¡Larga vida al chocolate!

-Me gusta el sonido de la lira… -comentó distraídamente, volviendo de repente de su universo mental del chocolate.  

¿Así que la magia de ánima era “elitista”? El mozo no ponía mala cara, pero le pareció que hablar de esa magia de ánima le escocía la lengua.  

-Mmmm… Eso me recuerda un poco a la diferencia entre pegasos y wyverns. –apuntó la mercenaria, pensativa. –Los pegasos sólo admiten a mujeres como jinetes, -lo cual barraba el acceso a esa montura si se era hombre (por lo menos, hasta donde Hrist sabía). –y aun así, es el pegaso el que elige a la mujer que lo podrá montar. A los wyverns, en cambio, parece que les importa poco que se trate de hombre o mujer, lo que cuenta es que te ganes su respeto.

Algunas veces se preguntaba, si no hubiese dado con Logi, y en Nohr hubiese habido pegasos… ¿Alguno la habría señalado como su jinete? Había visto a caballeros de pegaso de otros países, bellas damas ataviadas con sofisticadas ropas y elegante porte a lomos de un caballo alado, y a ojos de una joven Hrist, aquello era lo más. Ir vestida divina de la muerte y a lomos de una fantástica y elegante criatura (a la par que frágil, en su opinión). Claro que, una vez el pequeñín marrón apareció en su vida, las maravillosas caballeros de pegaso pasaron a un segundo plano, eclipsadas por la impresión de tener a un enorme lagarto lleno de dientes que te mira con respeto y confianza.

Escuchó la ilustrativa descripción que el ex bibliotecario dio de cómo podían ser los últimos momentos de vida antes de ser “medio devorado” por un wyvern, haciendo un esfuerzo por no empequeñecer los ojos de incredulidad. “Llenos de color, eso sí”. Puñetas, eso sí era ser optimista y positivo. “¡Aaaaaaargh! ¡Un wyvern me ha arancado un brazo y se me ha llevado medio cachete del trasero! Ooooh, cuánto rojo… Cuánto color…”, la wyvern rider se imaginó al joven de cabellos violetas soltando esa retahíla de palabras en caso de encontrarse en esa situación. Eso sí, antes de recordarle muy amablemente, y con una sonrisa ladinamente lupina, que los magos arcanos son tóxicos como alimento para wyvern. Definitivamente, demasiado rato leyendo libros de aventuras, y demasiada oscuridad alojada en su calenturienta mente.

-Eso está bien. –afirmó ella. –Nunca sobra ir bien servido de medios para liarla parda uno solo. Nunca se sabe.

De eso no le cabía ninguna duda. ¿Mago oscuro? Desde luego, iba armado con magia. ¿Mago oscuro con más experiencia que otros más novatos? Vamos, debía de tener muchas tablas en causar estragos sirviéndose de sus libritos mágicos. Si a eso se le añadía que había trabajado en una biblioteca, debía tener muy buena técnica para estampar pesados tomos de ancestrales conocimientos en cráneos ajenos. Muy loable, sí señor, no por ello estaba más indefenso que el típico espadachín.

-Cuente, cuente…

El Dark Sage iba a hacerle un avance del “precio de amigo” al que había hecho referencia. Pero algo distrajo su atención. Un ruido procedente de un túnel de acceso a la mina.

-Entonces, no son imaginaciones mías… -masculló Hrist, empequeñeciendo los ojos hacia el origen del ruido inoportuno.

Se oía algo más, pero no atinaba a identificarlo. Se le aceleró un poco el pulso, quizás por la anticipación, quizás por instinto. Quizás por lo súbito de la interrupción de la oferta de servicios del joven. El wyvern dio un escueto bufido, y empezó a gruñir flojito, a intervalos.

-¿Ah sí? –dijo la mercenaria, sorprendida, con los ojos como platos, que de repente había perdido la tensión de los instantes anteriores. -¿Los escapes de gas pueden hacer… melodías?

E imaginó a una compañía de bailarines bailando al son de las “melodías” de los escapes de gas. Benditas perlas del conocimiento, cortesía de Sindri el ex-bibliotecario.

-A-Ah… vaya, bueno es saberlo. –Ante tal revelación de que eran “completamente letales”, la compañía de bailarines de su imaginación salió por patas de la mina, entre gritos desafinados y carreras poco elegantes.

Pero ya poco importaba si eran letales o no. De entre la polvareda de la boca del túnel, tres pares de ojos rojos brillantes como faros en la noche emergieron de sus profundidades. Pero no podía ser tan fácil. ¿Sólo tres? No… tenía que haber más.

-Vaya, vaya… ya tardaban en aparecer. –farfulló en voz baja, con el semblante serio, mientras se subía a la silla de montar de Logi. –Ya me extrañaba que ahí arriba hubiese una mina en buen estado pero no hubiese nadie cerca… -Dirigió sus palabras entonces hacia Sindri, a la vez que asía con fuerza su fiel hacha larga de bronce. –Sindri, por ahora veo a tres de ellos, pero estoy segura de que aparecerán algunos más, no me creo que sólo haya tres emergidos descolgados por ahí… ¿Cómo lo ve? ¿Quiere encargarse de alguno en concreto?

Ahora no iba a quedar otro remedio que poner en práctica la susodicha capacidad para crear violencia. Siendo un usuario de la magia, quizás prefería quedarse en segunda fila mientras ella paraba la mayoría de los golpes, pero quién sabía, cada uno tenía sus preferencias a la hora de luchar.

Cuanto antes se pusiesen de acuerdo, y cuanto antes se pusiesen a ello, mejor.
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Wyvern Master

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Re: [Campaña de conquista] Silent enim leges inter arma [Privado; Hrist]

Mensaje por Sindri el Sáb Mar 17, 2018 3:29 pm

Oh, no me hable de pegasos, esos caballos con alas que discriminan sin razón. – dijo Sindri mientras ojeaba levemente el Tomo de Ruina que todavía tenía en sus manos. Sus palabras sonaban un poco molestas, reflejo del trato que había recibido por tales criaturas en el pasado – ¿Sabe que en Ilia hay colonias enteras de esos animales? ¿Manadas? Nadie se pone de acuerdo sobre cómo llamar a un grupo de pegasos. Lo que quiero decir es que campan a sus anchas por las blancas llanuras de Ilia y son extremadamente agresivos. Volando en picado para dedicar mordiscos a todo lo que se les antoje. – los recuerdos de su primera visita a Ilia en el carromato de unos mercenarios que volvían a su hogar no fueron especialmente gratos. Por suerte uno de los cazarrecompensas era ducho con el uso del arco, lo que mantuvo a las bestias a raya… pero el entonces muchachito se sorprendió de descubrir lo diferentes que eran esos pegasos de los que vivían las leyendas – Las mejores jinetes de pegaso del mundo provienen de Ilia, o eso dicen las habladurías. Al parecer, hay en algunas partes del reino la tradición que la jinete debe dirigirse ella a las escarpadas montañas de Ilia para encontrar su compañero equino, algo que se considera una misión peligrosísima. Creo que se han ganado a pulso tal título. – no es que Sindri quisiera un pegaso de todos modos. Había muchas mejores monturas en el mundo y… ¿En serio? ¿Entrar a escena con un animal de color blanco? Rompería así todo su estilo de Dark Sage.

Un wyvern de montura… – Sindri trató de imaginarse lo que sería surcar los cielos montado en un animal así. No había muchas leyendas sobre jinetes de Wyvern en Elibe, seguramente por su conexión distante con los dragones y La Batida. Y estaba seguro que ninguno de ellos usaba nada de magia – ¿Hay wyverns de muchos colores? ¿Negro quizá? ¿Lila o morado tal vez? Es que he visto wyverns marrones y grises y… no es que sean feos no me mal entienda. Pero no es la paleta de colores que estoy buscando para un compañero. – un seguidor de la Magia Arcana estaba casi contractualmente obligado a vestir siempre a la última moda y a ser estiloso a más no poder. El poder y el estilo iban de la mano y se notaba mucho si uno de los dos faltaba. Por ese motivo, su potencial wyvern debería ser grande, de escamas brillantes, dientes afilados, cuernos pulidos y de un color que gritara “¡Aquí llega el Adalid de la Oscuridad!” – ¿Quizá tendría que ir pensando algún nombre para un wyvern? No puedo dejar eso para el último momento. – “Onyxia”, “Sindragosa”, “Alexstrasza”. Tantas opciones, tantas opciones…

Pero no era el momento para eso puesto que los enemigos parecían acercarse más y más y no parecían querer nada constructivo, como por ejemplo venderles alguna piedra preciosa que hubieran encontrado en la mina. Al parecer tendría que hacer aquello para lo que había sido contratado… – ¿Que si quiero encargarme de uno en concreto? Deje que lo piense durante unos instantes… – cargando energía mágica se llevó la mano derecha al mentón y puso cara de estar concentrado durante unos segundos. De sopetón, miró al Emergido más cercano a él, el que portaba una lanza, y lo señaló con un dedo acusatorio. La magia fluyó de él al grimorio, quién le dio la forma de un hechizo de Ruina tal y como había hecho tantas y tantas veces en el pasado. El hechizo entonces fluyó del grimorio a su mano y siguiendo sus instrucciones se lanzó contra el enemigo como un perro de caza al que se le ha designado un objetivo.

Una masa informe de ausencia de luz burbujeó de forma antinatural mientras surcaba el aire e impactó contra el Emergido en el cuello con un chirrido gutural, pero sin más efectos. De hecho, el Emergido lancero no pareció ni sentirlo puesto que continuó caminando hacia ellos sin la más mínima herida o signo de dolor. Pero al tercer paso que dio, el Emergido se desplomó sobre el rocoso suelo para no volverse a levantar jamás. Como si la vela de su vida hubiera sido apagada por una brisa juguetona de una ventana mal cerrada. Sin sangre. Sin espectáculos. Simplemente, un cuerpo sin más vida, si es que los Emergidos alguna vez la tuvieron.

¿Qué le parece ese de ahí, señorita Hrist? – canturreó ligeramente mientras observaba como los otros dos Emergidos parecía que ni se habían inmutado ante la muerte de su camarada. ¿Habría algo en este mundo que pudiera hacer retroceder un Emergido? ¿O, al menos, hacer cambiar su semblante? – Si quiere luchar en primera línea de batalla no deje que la detenga a usted o a su montura. Pero, por favor, trate de esquivar mi magia. Es seriamente perjudicial para la salud. Ahuhuhu~
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Sorcerer

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Bibliotecario (Gran Biblioteca de Ilia)

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Tomo de Archfire [5]
Tomo de Nosferatu [4]
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Re: [Campaña de conquista] Silent enim leges inter arma [Privado; Hrist]

Mensaje por Hrist el Sáb Mar 17, 2018 6:19 pm

-Sí, algo había oído de eso. –Afirmó Hrist. -¿Manadas? Vaya, igual que los wyverns en Nohr, entonces. –Claro, si los wyverns iban en grupos, los pegasos debían de hacer algo parecido en libertad. -¿Dan mordiscos? Como cualquier caballo, supongo… -comentó distraídamente.

A decir verdad, más bien se imaginaba a aquellos animales alados pataleando en el aire emberrinchados, relinchando como energúmenos, y cosiendo a coces todo cuanto estuviese a su alcance y que no juzgasen lo suficientemente bello como para existir.

-Hombre, si van por ahí mordiéndolo todo, sí que debe de ser peligroso sí. –Concedió. –He oído decir que en otras partes, se suele hacer lo mismo con los wyverns.

Observó al joven de cabellos morados, que parecía darle vueltas a algo en su cabeza. Quizás estaba rumiando más insultos velados hacia la magia de ánima, o hacia los pegasos. Pero no. Más bien le preguntó por los wyverns.

-¿Que si hay wyverns de muchos colores?

De todas las cosas que podía preguntarle un Dark Sage sobre los wyverns… le preguntaba si los había de colores. ¿Quizás quería uno negro? ¡No! ¡Mejor aún! ¡Uno morado con brillantitos!

-Sí, los hay de muchos colores. –Ah, no iba desencaminada. Quería un wyvern a juego con su siniestro y gallardo posado, seguro. –Logi es de color marrón, sí, pero los hay gris oscuro, negro, verdes, rojizos… -se rascó la sien unos instantes, haciendo memoria. –No recuerdo haber visto ninguno lila o azul, o rosado… pero quién sabe. Por lo menos en Nohr sí los hay de variados colores, y fuera de ahí los he visto verdes y negros, pero seguro que alguno habrá que le entre por el ojo.

¡Oh! ¡El maravilloso tema de escoger el nombre del pequeñín o la pequeñina! Hrist había dado vueltas a varios nombres antes de decidirse por “Logi”. De hecho, el wyvern marrón que la acompañaba podría haber acabado llamándose “Dullack” o “Mirmulnir”. Pero “Logi” le gustó más. Simple y llanamente.

-Escoger el nombre es siempre la mejor parte. –Le confirmó con una suave carcajada. –Aunque… ¿Ya sabrá ver si es macho o hembra? Si es un wyvern como los de Nohr, puedo ayudarle en ello, pero si es de esos con dos alas y dos brazos… ahí me temo que ya estoy algo más verde. –Tenía algo de idea sobre ese tipo de wyverns, pero no se atrevía a afirmar del todo si eran macho o hembra, pues no estaba acostumbrada del todo a su fisonomía.

Pero el tema de los bautizos para wyvern iba a tener que esperar. La irrupción de un trío emergido que quería aguarles la charla no podía esperar. Había que reaccionar rápido antes de que las cosas se pasaran de madre, así que le preguntó si prefería atacar a alguno en concreto, con tal de ponerse manos a la obra. Y sí, el joven ex bibliotecario respondió, sí… a su manera, claro.

-Me parece muy bien, Don Sindri. –le respondió, con cara de póquer, y fijando su vista en los otros dos. El emergido, tras ser atacado por… ¿burbujas de oscuridad? Cayó rendido al suelo al cabo de tres pasos.

No podía responder como el resto de los mortales, no. No podía decir “¡Ése! ¡Ése! ¡Quiero ése!”, dando saltitos como un niño al que le van a comprar un juguete nuevo y que puede escoger. Ni un “Quiero el alma de ése ¡Muahahahahaha!”, no…  Por alguna razón, el muchacho necesitaba hinchar su ego, hacerse el gracioso para sentirse realizado. O más bien, le resultaba gracioso de verdad. O no, a lo mejor era a la Oscuridad, a la que le parecía gracioso.  

–Ahora me toca a mí, si le parece. –Añadió, poniéndose ya en modo mercenaria. -¡A ganarse el sueldo! ¡Vamos Logi! –instó con energía a su montura.

Con un toque de estribos y un leve tirón de las riendas, el wyvern se abalanzó sobre los dos emergidos que se les acercaban. Teniendo en mente la, casualmente, oportuna advertencia sobre los posibles efectos adversos del fuego amigo de un usuario de la magia arcana, indicó a Logi que le diese un golpe de cola a uno de ellos, alejándolo de ella y de su compañero, y mandándolo a una distancia prudencial de Sindri. Si los separaba, el joven podría centrarse en un objetivo lejos de ella, sin la posibilidad de darle a ella por error.

Porque algo le decía que bajo esa pelambrera violeta y esa sonrisa perenne, y esos chistecillos más o menos oportunos, no habría ni pizca de remordimiento si erraba el tiro y le acertaba a ella con su magia.

Dicho y hecho, Hrist empezó su refriega con el emergido que tenía delante. Uno armado con hacha. Logi lo embistió con el hocico y lo estampó contra la pared más cercana. Tras unos cuantos bloqueos y golpes en falso a modo de calentamiento, logró acostumbrarse a sus pautas de movimiento, y finalmente encadenó unos cuantos tajos que acertaron en el cuerpo del objetivo.

-Bien, uno menos. –pensó en voz alta, casi mascullando, distraída. –Aunque por si acaso…

Y le asestó un golpe de gracia, con tal de asegurarse de que no se volvería a levantar. Efectivamente, podía confirmar la primera baja, puesto que el emergido ya no se movía ni sangraba más.

Pero aún quedaba otro más. Estaba a tiro de piedra para ella, y a tiro de burbujas oscuras mágicas (o como decidió llamarlas ella, “Burbujas de la muerte”) para Sindri.
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