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[Entrenamiento] [Flashback] ¡Menos hablar y más luchar! [Priv. Selena]

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Mensaje por Invitado el Jue Oct 19, 2017 7:21 pm

A cada jornada que pasaba, los días en el castillo se hacían más y mas monótonos.

Laslow llevaba cerca de medio año sirviendo como guarda personal del príncipe heredero al trono del reino oscuro, y en todo ese tiempo una horrible rutina se había impuesto sobre su vida a la cual no veía salida de clase alguna. Todas las mañanas debía levantarse al primer canto del gallo, desayunar a toda prisa, lavarse de forma concienzuda pero sin dedicar demasiado a ello, vestirse de forma acorde a la situación y estar, finalmente, al lado de Xander cuando este terminara su propia rutina mañanera y saliera de su cuarto para afrontar una jornada llena de responsabilidades de noble… Y en todas y cada una de ellas, por supuesto, el espadachín debía estar presente para garantizar la seguridad de su señor y protegido, siempre varios pasos por detrás de él pero con los ojos mirando más al frente, lateral y atrás que cualquier otra persona del lugar. La vida de la segunda persona más importante del reino dependía, en cierta manera, de su capacidad para estar atento a todo movimiento en sus alrededores. Y aunque fuera una tarea honorable y que le llenaba de orgullo, al final de cada día sentía que su vida estaba atrapada en un ciclo que no tendría nunca final, atrapado por siempre en Krakenburg hasta el fin de los días.

Por eso mismo, momentos de libertad como el que estaba viviendo en ese preciso instante los valoraba y atesoraba por encima de casi todo.

El mercenario de pelo cenizo se encontraba sentado en una baranda de piedra de forma relajada, con una pierna colgada del pasamanos y la otra doblada sobre el mismo, quedando así su espalda apoyada contra un pilar de oscura piedra y con la cabeza girada hacia aquello que llamaba su atención: Por un lado, la enorme cantidad de bellas damas y doncellas que contemplaban lo mismo que él, y por el otro, el entrenamiento que sufrían los reclutas del ejército nohrio… Que, por supuesto, también contaba con varias bellezas entre sus filas. -¡NO OS DÍ PERMISO PARA DESCANSAR! ¡QUIERO VER LA ARENA EMPAPADA DE VUESTRO SUDOR O NO TERMINARÉIS HASTA EL ALBA DE PASADO MAÑANA!- El instructor de turno era, para desgracia de los inexperimentados novatos en el arte de pelear, uno de los más duros que podían haberse encontrado, un auténtico monstruo de dos metros de alto y músculos como granito conocido en el lugar por su terrible  voz y aún más horrible mal genio. -¡HE VISTO A DONCELLAS AGITAR ESCOBAS DE FORMA MAS LETAL, CONCENTRAOS!- Aquel no era un espectáculo precisamente agradable, pero el mercenario había aprendido a base de dureza a no simplemente mirar sino también ver, a  reconocer las potenciales habilidades de otro guerrero solo con ver su postura, movimiento y forma de agarrar su arma. Y por muy en contra que estuviera de la forma de entrenar a aquellos reclutas, el duro entrenamiento le había servido para ver a dos o tres con habilidades latentes para el combate.

“Algo tengo que concederle.”La mandíbula del peligrís se cerró en una roja manzana a medio terminar que había tomado de las cocinas como almuerzo mañanero, saboreando su frescura a medida que sus dientes la machacaban y repartían la pulpa por el interior de su boca. “Sabe cómo sacar lo mejor de cada recluta… Aunque también lo peor.” Una de las pobres almas acababa de caer al suelo, presa de la fatiga y la presión mental que suponía el estar siendo gritado y menospreciado de forma constante durante horas. Algunos de sus compañeros le miraron de reojo, otros le ignoraron, pero ninguno movió un dedo para ayudarle. Todos y cada uno de ellos tenían el miedo a su superior arraigado en sus almas, y puede que tal sentimiento les acompañara hasta que sus cuerpos fueran solo polvo.
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Mensaje por Selena el Sáb Oct 21, 2017 7:36 pm

A Selena le costaba acostumbrarse al ritmo de vida en el castillo Krakenburg. De un día para otro, había pasado de ser una simple recluta de la academia militar nohria a una de las vasallas de la mismísima princesa Camilla. Eso significaba por un lado un melancólico adiós a gran parte de su tiempo de ocio, pero por el otro un gran saludo a un sueldo más o menos decente. No podía quejarse. Ahora ese precioso vestido de vibrantes colores que veía cada vez que pasaba por el mercado estaba al alcance de su salario. Sin embargo, pese a que su rutina diaria no había cambiado demasiado con respecto a la que llevaba antes, sus responsabilidades ya no eran las mismas. Proteger a la hija mayor del rey Garon resultaba ser una tarea más ardua que dejarse la piel en el campo de entrenamiento para contentar a los instructores exigentes. Empezaba cada madrugada levantándose antes de que el fulgor del primer rayo de luz anunciase el principio del día, y procuraba ser la primera en estar lista y bien vestida frente a la puerta de los aposentos de la princesa para comenzar a trabajar. Siendo consciente de que muchos consideraban todo un honor que una plebeya pasase a formar parte de la guardia real, se esforzaba para causar una buena impresión. Solo con constancia y diligencia podría demostrar que merecía ese puesto tanto como un miembro de cualquier familia noble de renombre, y de paso callar a todos aquellos que decían a sus espaldas que tan solo había tenido mucha suerte. Tamaños comentarios hacían que a Selena le hirviese la sangre, aunque procuraba mantener la boca cerrada y guardarse las réplicas para no buscar problemas. Podía reconocer que la manera en la que la habían reclutado era bastante informal y descuidada: mientras que otros aspirantes tenían que demostrar lealtad inquebrantable o nobleza de sangre, a ella tan solo la habían contratado por derrotar a los reclutas más fuertes de la academia. La voluntad del rey era incuestionable, y por ese motivo tampoco podía permitirse defraudar a nadie.

La presión no era fácil de sobrellevar, por lo que la joven de cabello escarlata disfrutaba todo lo que podía de aquellas escasas horas diarias que le concedían para descansar. No obstante, en vez de holgazanear irresponsablemente como hacían muchos otros soldados del castillo, Selena prefería dirigirse al campo de entrenamiento para desentumecer sus músculos.

Todavía no le habían entregado el uniforme reglamentario que tendría que usar mientras estuviese de guardia en el castillo. La joven se había encargado de dar especificaciones muy concretas para que los sastres le confeccionasen uno bastante parecido al de los espadachines del ejército de Nohr, pero con algunas pequeñas modificaciones en el color de la tela y con un acabado mucho más femenino. Por ese motivo, había optado por vestirse aquel día con las viejas ropas que llevaba mientras todavía era una recluta. Su atavío consistía en unos pantalones de cuero negro ceñidos y en un jubón ylissense de tela beige con el que cubría su torso desde la cintura hasta la mitad de su cuello. Un par de botas de acero, cada una rematadas por una rodillera del mismo material, protegían sus piernas mientras que unos guantes de piel sin dedos hacían lo propio con sus manos. Su atuendo de práctica incluía una desgastada hombrera de color rojo sujeta firmemente a su brazo izquierdo, y un cinturón del que colgaban algunas bolsas de cuero.

La apariencia de Selena no la hacía destacar demasiado con respecto al resto de sus compañeros, algunos de los cuales la observaban con una mezcla de disimulo y recelo. Mas allá de su cabello rojo y lacio que recogía en dos largas coletas, parecía una recluta más, y no una miembro en pleno derecho de la guardia personal del castillo. Sin embargo, tanto los demás novatos que estaban entrenando junto a ella como el instructor que no paraba de espetarles gritos, sabían quién era en realidad y que ya no pertenecía a ese lugar.

¡VAMOS! ¡¿CÓMO PIENSAS SERVIR AL REY SI NI SIQUIERA PUEDES AGUANTAR UNA PRÁCTICA?! ¡LEVÁNTATE Y SIGUE! —gritó el instructor mientras se acercaba al joven que se había desplomado de puro agotamiento. Selena, al igual que los demás, prefirió no intervenir. El temperamento de aquel desagradable individuo era legendario en la academia, y ella misma había tenido la desgracia de sufrirlo en sus primeros días como recluta. De prestar ayuda al caído, correría el riesgo de que su superior se enfureciese aún más y los castigase a todos con ejercicios aún más intensos. La espadachina no entrenaba porque le gustase, sino porque como vasalla de la princesa tenía que mantenerse en mejor forma que los soldados normales y corrientes. Ser guardia real era una responsabilidad que procuraba tomarse muy en serio, además de un puesto militar privilegiado que podrían arrebatarle fácilmente si no se andaba con ojo.

¡FIRMES! —exclamó de repente el instructor, quien estaba ayudando al joven agotado a incorporarse. Al oír la orden, todos los demás reclutas dejaron de blandir sus armas y se quedaron inmóviles con la vista al frente—. ¡VOY A LLEVAR A ESTA PILTRAFA A LA ENFERMERÍA! ¡PONEOS EN PAREJAS Y HACED COMBATE LIBRE! ¡SI CUANDO VUELVA OS VEO HACIENDO EL VAGO OS QUEDÁIS ESTA NOCHE SIN CENAR!

Respondiendo al unísono con un potente ”¡sí, señor!”, la muchacha de cabello escarlata y sus compañeros se dividieron para formar dos filas enfrentadas y, entre resoplidos de cansancio y alguna que otra maldición, reanudaron el entrenamiento según las nuevas órdenes del instructor. Por desgracia y al parecer, la pareja de Selena no era otra que aquel joven que en esos momentos debía de estar de camino a la enfermería. Sus demás compañeros tampoco aparentaban estar dispuestos a querer practicar con ella, y se limitaban a dirigirle tensas miradas repletas de recelo. La espadachina reconocía algunas de esas caras. En su corta estadía en la academia militar se había granjeado demasiadas enemistades, y era en esos momentos en los que su falta de tacto y empatía en el pasado le estaban pasando factura. El instructor sería inmisericorde: pese a que no tenía la autoridad para dejarla sin cena, si al volver no la veía combatiendo contra alguien, era totalmente capaz de denunciarla a sus superiores por mal comportamiento y desobediencia. Huir del campo de entrenamiento daría el mismo resultado.
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Mensaje por Invitado el Vie Nov 03, 2017 9:35 pm

El tiempo que había pasado entre las murallas del castillo había bastado al yliensse encubierto para entender la fama del ejército nohrio. Su fuerza, determinación y moral eran atributos que todo el mundo les otorgaba aunque no les hubiera visto combatir, y aunque nunca había presenciado maniobras militares ni enfrentamientos en el campo de batalla contra emergidos u otra clase de enemigos, la mera manera en la que sus reclutas eran entrenados y preparados para el servicio bastaba para entender aquella fama, pues solo lo mejor de entre lo mejor entraba de forma permanente en las tropas del reino oscuro, y si ya se les machacaba durante el adiestramiento, una vez fueran miembros oficiales era muy probable que el entrenamiento fuera el doble de duro e intenso. Si los soldados de Nohr eran duros como el acero, era porque antes de la batalla se les entrenaba a golpes, cual martillo machaca el metal para forjar una afilada espada.

Y, al igual que con los metales, algunos se rompen ante la fuerza de las embestidas.

“Pobre diablo…” Los ojos del mercenario al servicio de Xander siguieron el movimiento de la enorme figura del instructor cargando sobre sus hombros, cual saco de patatas recién recolectadas, al recluta que había encontrado un límite incapaz de superar. No era la primera vez que algo como aquello sucedía entre los novatos, y estaba muy lejos de ser la última ocasión en la que sucediera tal evento, pero el resultado casi siempre terminaba siendo el mismo: La expulsión del cuerpo al no poseer aquello que Nohr necesitaba entre quienes peleaban en el nombre de su rey. “Aunque lo mismo es una ventaja para él. No tenía nada de soldado.” A causa de la gran cantidad de reclutas que trataban de entrar en el ejército, con el tiempo suficiente de observación uno podía saber con rapidez quien valía y quien no para luchar bajo el estandarte del reino oscuro. Y en el caso que acababa de suceder, el muchacho que marchaba hacia la enfermería jamás había mostrado una sola aptitud que pudiera beneficiarle como miembro activo del ejército. Su posición nunca había mejorado, no sabía moverse con un arma entre las manos, apuntar con el arco parecía imposible para él y había terminado más veces con el trasero en el suelo que en pie durante el entrenamiento de combate. Si hubiera llegado a convertirse en soldado, muy probablemente hubiera mordido e polvo en su primera batalla.

Por otro lado, los reclutas que quedaban en el patio de entrenamiento sí que habían mostrado cualidades varias, y de entre todos destacaba la joven pelirroja sin pareja en la que Laslow había pasado a fijarse.

Mientras que todos los reclutas se habían puesto ya en pareja para practicar entre ellos, aquella muchacha había quedado sola en el patio de armas, muy probablemente ante el hecho de que su compañero fuera el mismo joven que había terminado en la enfermería. ¿La razón de que todos la ignoraran? Desconocida para el peligrís, quien dio otro mordisco a la manzana mientras revisaba las expresiones del grupo. La mayoría de ellos estaban centrados en sus propias cosas, pero alguno que otro miraba a la pelirroja de reojo a cada poco tiempo, como si quisieran confirmar que seguía sola. ¿Acaso habría alguna reyerta entre ella y los demás miembros de la academia? Lo único que el guarda personal del príncipe coronado sabía era que, por alguna razón desconocida para él, la joven de pelo escarlata había desaparecido un par de veces para regresar luego como si nada, pero a partir de ese retorno era cuando había comenzado a notar las miradas por parte de sus compañeros.

“Bueno, vamos a solucionar esto.” Dando el mordisco final a la manzana, Laslow bajó de un breve salto a la arena del patio de armas, flexionando las rodillas para amortiguar la breve caída, aprovechando luego el ascenso de su cuerpo para estirar los brazos hacia el cielo. Se notaba frío, y aquello era algo malo para lo que tenía en mente. Por eso mismo giraba sus hombros mientras caminaba con tranquilidad hacia el grupo de reclutas, sintiendo en su cadera el familiar peso de una espada de bronce que rebotaba contra su pierna con una rítmica cadencia similar a la de sus pasos. A medida que avanzaba notaba como más y más miradas se posaban en él, y no solo por parte de los reclutas, sino de la nobleza y servidumbre que observaban el entrenamiento desde la distancia. El tiempo que había pasado en Krakenburg había servido para que fuera un rostro conocido por todos, y por ello mismo cejas se levantaban y palabras se rumoreaban para tratar de dar sentido a la presencia del protector de Xander en aquel lugar.

-Disculpadme.- Deteniéndose al fin, Laslow llevó ambas manos a la espalda y mostró una sonrisa agradable al mirar frente a frente a la pelirroja a la que sus compañeros habían abandonado. Un crimen y fallo de camaradería que estaba dispuesto a corregir. -No he podido evitar ver que os habéis quedado sin compañero de práctica.- Aun sin mirar a su alrededor, el peligrís notaba los ojos de los demás reclutas sobre su figura. Y más específicamente, miradas que le estarían atravesando el uniforme en ese preciso momento si no fuera porque los ojos no son capaces de lanzar cuchillos. -¿Me concederíais el honor de ser yo vuestra pareja en este entrenamiento?- Las manos del mercenario abandonaron su espalda para colocarse en jarra en sus caderas, aunque la izquierda se apoyó en la empuñadura de la espada por comodidad y para remarcar el que estaba ya listo para pelear.

Solo faltaba la aceptación de la dama que ante sus ojos se encontraba.
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Mensaje por Selena el Miér Nov 22, 2017 9:40 pm

Selena dejó escapar un suspiro malhumorado y hundió la hoja de su espada de bronce en la tierra para apoyarse en su empuñadura. Aunque estaba acostumbrada a que sus antiguos compañeros de la academia la ignorasen durante los entrenamientos, podía notar que la inquina y los cuchicheos se habían vuelto más frecuentes después de que el rey Garon la eligiese para convertirla en vasalla de la princesa Camilla. Ese mismo año, la criba de aspirantes que deseaban incorporarse a la guardia real había sido especialmente atroz. Siguiendo las estrictas órdenes del monarca, las autoridades pertinentes terminaron sustituyendo las pruebas habituales por un torneo improvisado en el mismísimo castillo Krakenburg. Centenares de personalidades importantes de todo el reino se congregaron aquel día solo para presenciar cómo los reclutas de la academia militar, independientemente de su edad o experiencia, se veían obligados a combatir hasta la extenuación. La recompensa era bastante jugosa como para ignorarla, y por ese motivo los participantes procuraron dar lo mejor de sí mismos en la competición. Cegados por la idea de que un puesto como guardia real equivaldría a una vida cómoda y llena de lujos, aquellos que una vez habían sido amigos o camaradas se convirtieron de repente en fieros rivales, capaces de utilizar todo tipo de sucias artimañas con tal de alzarse como ganadores. Sin embargo, de entre todos los participantes, quien terminó captando el interés del rey Garon fue una de las reclutas más recientes. Nadie sabía de qué ciudad o pueblo nohrio procedía Selena, o cómo se las había ingeniado para graduarse después de tan solo unos pocos meses de adiestramiento. Pero tras derrotar a los aspirantes más fuertes del torneo frente a tantos testigos, su destreza en combate quedó más que demostrada.

Sus antiguos compañeros parecían recordar con claridad la implacabilidad de la muchacha pelirroja durante la insana competición, mas olvidaban que ellos mismos se habían comportado de manera idéntica. La mercenaria, convertida ahora en vasalla real, procuraba intentar que tamañas injurias no la afectasen. Bastante tenía con acostumbrarse a su nueva vida. Pero aún siendo consciente de que su presencia en aquellos entrenamientos generaba malestar e incomodidad a los otros reclutas, no tenía más remedio que unirse a ellos para tener la oportunidad de practicar con la espada contra contrincantes de carne y hueso. Claro que también era consciente de que debían de existir oponentes poderosos a los que retar entre el personal de castillo, pero por desgracia, ninguno de los que conocía decía tener ganas de practicar durante los escasos recesos que les concedían sus superiores.

Insegura de qué hacer a continuación, la joven de cabello escarlata aprovechó el incómodo momento para desatar del cinturón su cantimplora y beber de ella un poco de agua. No tenía sed, pero quedarse ahí inmóvil a la espera de que alguien apareciese por arte de magia para proponerle ser su pareja de práctica sería tan humillante como infructífero. Siempre podría intentar evitar la furia del instructor poniéndose a entrenar contra maniquís de entrenamiento. “Ugh. Aunque no estoy muy segura de que eso baste para librarme de una fuerte reprimenda...” Selena maldijo su situación en silencio mientras seguía bebiendo. La peor parte era que podía notar cómo los demás reclutas la observaban con disimulo. Debían de estar regocijándose al verla sola, y seguramente estuviesen esperando ansiosos el regreso del instructor. Una especie de venganza suponía. Pero en vez de probar suerte y acercarse a cualquier pareja para pedirles que la permitiesen unirse a su práctica, prefirió mantenerse al margen.

De repente, oyó una voz cortés y masculina que la llamaba a sus espaldas. Sin haber oído al joven acercarse hasta ella, Selena no pudo evitar atragantarse con el último buche de agua. La muchacha se volteó al instante para encarar al responsable de haberla asustado. Esperaba encontrarse con un recluta bromista, o con un mensajero que le entregase una misiva urgente de la princesa. Pero para su sorpresa, en su lugar no había más que un chico que parecía tener más o menos su edad. Con una amplia sonrisa dibujada en el rostro, y su cabello cenizo revuelto de manera encantadora, el joven que tenía enfrente vestía con el uniforme reglamentario de los espadachines del ejército de Nohr, pero en tonos de color azul. Antes de que pudiese espetarle un brusco “¿Quién eres? ¿Qué quieres y qué haces aquí?”, el recién llegado habló para pedirle que le permitiese practicar con ella en vistas de que se había quedado sin compañero.

¿Perdona? —Selena no daba crédito a lo que estaba escuchando. ¿Acaso el gran Anankos había escuchado sus silenciosas plegarias? Alguien dispuesto a ofrecerse como pareja de entrenamiento era justo lo que necesitaba para librarse de los gritos del instructor. Por un momento, se sintió afortunada y dichosa, pero por desgracia, la respuesta que a continuación salió de sus labios no fue otra que un burdo: —. ¿Es que acaso crees que te necesito?

¡Daba igual quien fuera! ¡No podía aceptar la ayuda de aquel extraño sin más! De hacerlo, quedaría en evidencia frente a todo el mundo. Odiaría tanto que los reclutas y el joven espadachín se hiciesen a la idea de que ella estaba realmente en aprietos… Aparte, ¿qué se creía aquel tipo? Aparecer de repente para decirle esas cosas con voz melosa y como si estuviese pidiéndole un baile. ¡Increíble! ¡Ni siquiera le había dicho su nombre! Hasta el más vulgar de los bandidos sabía que la mejor manera de iniciar una conversación era presentándose primero. Aunque tampoco podía permitirse espantarlo a gritos. Por mucho que odiase reconocerlo, no le quedaba otra que aceptarlo como pareja de entrenamiento. Selena se cruzó de brazos y apartó la mirada antes de volver a dirigirse al joven.

Pero supongo que si rechazase tu oferta, todos esos gordos nobles que nos miran se reirían de ti —dijo ella—. ¡Arg! Está bien, te dejo practicar conmigo. ¡Pero que sepas que me debes una!

La vasalla de la princesa, sin dejarle tiempo al recién llegado de replicar o marcharse, tomó de nuevo su espada por la empuñadura y adoptó una postura de combate defensiva. En los entrenamientos de la academia militar de Nohr se solía entrenar con armas de verdad, para así acostumbrar a los reclutas al peligro y forzarles además a desarrollar un mayor autocontrol con las mismas. Aunque en ese momento, sus antiguos compañeros estuviesen practicando con cuidado, la fiera mirada de la muchacha de cabello escarlata sugería que estaba dispuesta a no contenerse contra su nuevo oponente. Ni a dejarlo escapar.

Selena. Ese es el nombre de quien te va a hacer morder el polvo.
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Mensaje por Invitado el Sáb Dic 02, 2017 8:07 pm

Si había una cosa a la que el peligrís se había acostumbrado desde su llegada a Krakenburg, era a ser el punto en el que las miradas de la corte se reunían. No se acomodaba a poseer tan poco tiempo para sí mismo, y mucho menos a la difícil tarea que era cortejar a las damiselas de sangre nohria, mucho más adustas y reservadas que las de cualquier otro punto de la tierra, pero en el tiempo que había pasado allí había logrado adaptarse al sentimiento de sentir mil ojos sobre cada uno de sus pasos, a que cada una de sus acciones realizadas en público fuera observada hasta en el más mínimo de los detalles. ¡Y con razón había encontrado tal situación! Laslow había aparecido de la noche a la mañana en el castillo regio del reino oscuro, sin título nobiliario ni familia que pudiera dar explicación a su presencia en la corte, y se convirtió en la sorpresa de todos cuando se supo que el mismísimo príncipe Xander le había ofrecido un puesto como Guarda Real cuando completara un breve período de tiempo en la academia militar. Y por supuesto, todo empeoró cuando terminó su formación oficial como soldado de Nohr, cuando obtuvo su uniforme reglamentario y empezó a aparecer día sí y día también tras la figura del príncipe coronado, cuando la presencia del segundo equivalía a que el primero estuviera siempre cerca.

De ese punto en adelante los rumores solamente habían aumentado. ¿Quién es ese joven? ¿De qué parte de Nohr ha salido? ¿Es siquiera nohrio? ¿Cómo ha terminado bajo el servicio de Xander? ¿Acaso es su pupilo? ¿Tiene el príncipe un amante y le esconde de la corte como sirviente? ¿Ha ganado su puesto de forma fraudulenta? ¿Cuál era la razón exacta de su existencia? Mas ojos, más murmullos, más dedos señalándolo…  Hubo un momento en el que el espadachín pensó que aquello no tendría final, que las preguntas y la fría atención que recibía no verían jamás una terminación, sino que escalarían más y más hasta que fuera así en todo el reino, en todo lugar que pisara y su rostro fura visible a otros. Pero cuando creía que no podría acostumbrarse a una vida así, cuando ya pensaba en renunciar a su puesto y volver a la sencilla vida de un mercenario ambulante, Laslow se dio cuenta de que no le importaban las opiniones ajenas, de que las palabras de los nobles del lugar no podían hacerle daño. Su conciencia estaba siempre tranquila, y sabía bien que nada de lo que otros dijeran sobre él podría dañarle al no ser nada más que falsedades. ¿Pues cómo iban a saber la realidad si era una que él mismo había dejado atrás y ocultado? Además, los rumores atraían atención, y entre esas personas atentas siempre habría damas en busca de afecto y felicidad, y sabía bien el espadachín que podía encargarse de otorgarlas ambas.

Por eso mismo no sintió nervio ni presión alguna mientras avanzaba por el patio, ni el nerviosismo apareció cuando invitó a la guerrera de cabellos escarlata a ser su pareja de entrenamiento… Pero sí que se sorprendió cuando la joven casi se atraganta con el agua que bebia.

-¡Oh, lo siento! No era mi intenc…- Sus palabras de disculpa fueron cortadas por una sencilla pregunta de la recluta. ¿Reacción producto de no entender lo que había propuesto? ¿Acaso su invitación la había encontrado en un momento de interno diálogo? Las palabras que la pelirroja dijo a continuación dejaron bien claro que Laslow había sido escuchado. -Bueno… Yo… Esto… Os vi sola y…- La muy formal y elegante introducción del Guardia Real fue sustituida por un cúmulo de tartamudeos y palabras sueltas sin claro hilo conector, mientras que su radiante sonrisa pasó a una boca entreabierta que a su alrededor mostraba un tono casi tan rojo como el de la melena ajena. El mercenario había esperado muchas respuestas, pero ninguna de ellas era que la doncella guerrera frente a él se tomara la invitación como una afrenta.

Antes de que una frase con sentido alguno pudiera salir de entre sus labios, el gesto de la espadachina frente a él cambio. Sus brazos se cruzaron, su rostro giró hacia un lado y su voz le dio… ¿Permiso? Para entrenar con ella. Pero sus palabras no eran de aceptación, sino que hablaba como si le diera un favor, como si fuera Laslow el ayudado y no ella, llegando a decir incluso que el peligrís debía ahora un favor a la pelirroja por lo que iba a hacer. -Tomaré como un honor deberos un favor. Ahora, ¿necesitáis prep…?- De nuevo fueron cortadas las palabras del espadachín, solo que esta vez fueron los gestos de la contraria los que acabaron con su enunciado, pues rápidamente se había puesto la contraria en situación de pelea, sin darle tiempo a reaccionar. Pero cuando lo hizo al fin, fue sorpresa lo que apareció en su mente y rigidez en su posición, todo provocado por una sola palabra.

Selena.

El nombre de la guerrera resonó en la memoria de Laslow, trayendo uno que le era conocido por una época que constantemente trataba de olvidar. Era un nombre muy parecido al de la guerrera que ante él se encontraba… Pero no, sabía bien el protector del príncipe coronado que no era el momento ni el lugar para que sus repentinos ataques de nostalgia aparecieran, producidos por nimiedades por un nombre tan parecido a uno tan común, por muchos recuerdos que tuviera sobre la portadora del nombre de su pasado.

-Si esas son vuestras intenciones, sabed entonces que es Laslow quien se encuentra frente a vos.- Solo cuando consiguió serenar su agitada mente, pocos segundos después de escuchar el nombre de su contrincante, el peligrís recuperó su sonrisa y la movilidad de su cuerpo, desenvainando su espada a la misma cadencia que palabras salían de sus labios, ocupando su propia posición de guardia al terminar su propia introducción, quedando así con el lateral izquierdo mostrado a Selena y el derecho en el punto más lejano a ella, con la espada apuntando al suelo y cambiando el peso entre sus pies para poder moverse con más agilidad cuando llegara el momento.

Y entonces, empezó a moverse con calma alrededor de la recluta.

Laslow no era la clase de guerrero que se lanzaba de cabeza a su oponente. Él prefería moverse, buscar el hueco en las defensas de s oponente y acertar en ese lugar concreto. Atacar, retroceder y esquivar en lugar de golpear una y otra vez al enemigo hasta que este cayera. Por eso mismo no se lanzó sobre Selena, sino que analizó su regia postura con la mirada, admiró su impecable posición y la firmeza con la que sus elegantes piernas se amarraban al suelo, manteniendo su centro de gravedad en una perfecta posición… Y si había algo obvio en ella, aparte de que tenía cualidades, era que no había un punto flaco a la vista. El guardia real tendría que crear uno a falta de su existencia. Pero, ¿Cómo haría tal cosa? Con un recurso que no le gustaba usar, y mucho menos contra una dama, pero que era el mejor que se le ocurría en ese momento.

Su gentil sonrisa pasó a ser una más pícara, su párpado izquierdo cayó en un rápido guiño, y su lengua formó una sola palabra que salió de entre sus labios. -¿Bailamos?-
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Mensaje por Selena el Sáb Feb 03, 2018 4:15 pm

No era ningún secreto que Selena tenía muchos problemas a la hora de tratar con otras personas. Ya fuese por su manera de ser tan única a la par que difícil, o por su afán de querer competir por absolutamente todo, lo cierto era que solía causar muy malas impresiones a todos aquellos a los que conocía por primera vez. Aunque siempre había sido así desde niña, su mal carácter había terminado por acentuarse con el paso de los años. Tras intercambiar unas cuantas palabras con ella, cualquiera podía llegar a la conclusión de que a menudo la joven no dejaba claras sus intenciones ni lo que quería decir en realidad: algunas veces respondía con una agresividad imprevisible, y en otras directamente se limitaba a decir con aspereza lo contrario de lo que en realidad pensaba. Su gran torpeza a la hora de comunicarse era la principal responsable de que le resultase más sencillo hacer enemigos que amigos, o de que gran parte de su infancia la hubiese pasado en soledad. Con el tiempo su carácter se había curtido, y su personalidad vuelto aún más taciturna; sobre todo después de aquel incidente de su pasado que la seguía atormentando día y noche desde hacía años. Convertida por fin en una soldado de renombre al servicio de un reino importante, ahora acostumbraba a distanciarse de los demás por voluntad propia. No quería que los demás la hiriesen y, por mucho que jamás estuviese dispuesta a reconocerlo, tampoco deseaba herir a los demás. Intentar cambiar era un propósito estéril, un mero obstáculo innecesario que le impedía alcanzar el objetivo que en verdad anhelaba. Una no podía dejar de ser aquello que era por mucho que lo quisiese, al igual que Nohr nunca podría dejar de ser una tierra amparada por las sombras.

Por ese motivo procuraba abreviar lo máximo posible la conversación con aquel extraño joven. Él quería retarla a un combate, y ella quería una pareja con la que practicar. No era necesario intercambiar más palabras de las necesarias porque ambos compartían intereses compatibles. Y pese a lo mucho que agradecía en el fondo que el muchacho espadachín hubiese aparecido de la nada para rescatarla de un muy posible rapapolvo por parte del instructor, tampoco quería dar la impresión de ser una de esas típicas damas en apuros que tanto aparecían en los cuentos de hadas. No podía decirse lo mismo del recién llegado, que por sus ademanes y sus palabras azucaradas parecía creerse el mismísimo príncipe azul. Hasta su uniforme era de ese color.

Pero por mucho ímpetu con el que Selena envolviese sus reiteradas y tajantes interrupciones, el joven no parecía lo suficientemente amedrentado. Inclusive recobró la compostura después de que ella dejase clara su intención de batirse en duelo de inmediato. Con esa aparente cándida sonrisa dibujada en su rostro, el espadachín se permitió presentarse de manera apropiada mientras desenvainaba su espada. “Así que te llamas Laslow… Con razón tu cara me sonaba de algo” pensó la doncella guerrera para sus adentros, sintiendo algo de envidia al notar que al revelar su nombre acababa de acaparar la atención de nobles con oído agudo y la de los otros reclutas que entrenaban para complacer las expectativas del instructor. Empezaron a percibirse más cuchicheos y más miradas atentas. Selena podía entender la curiosidad de todo el mundo ante ese combate de práctica. En efecto, ella también acababa de darse cuenta de que estaba a punto de enfrentarse a uno de los vasallos del príncipe Xander. Pero en vez de dejar entrever sorpresa, la muchacha frunció el ceño como si estuviese realmente enfurecida, pese a que en realidad lo que único que sentía era molestia por el incordio que suponía que su oponente estuviese tan confiado.

Sin querer decir nada más, la mercenaria pasó a centrarse únicamente en Laslow. Posó de inmediato su mirada en el espadachín contrario con la intención de encontrar una apertura por la que pudiese atacar. Notó enseguida que la postura de combate del joven le resultaba familiar, aunque no estaba muy segura del por qué. Apuntaba con la espada al suelo, mientras mantenía una posición ladeada que poco tenía que ver con lo que se enseñaba en la academia militar. Selena sopesó que sería imprudente arremeter de frente puesto que, con un ademán rápido de muñeca, su adversario podría desviar su espada y dejarla indefensa ante un inminente contraataque. Ni siquiera tendría la oportunidad de arañar la placa de metal que llevaba sobre su brazo izquierdo.

Laslow se movía con soltura y ligereza, cambiando rápidamente el peso entre sus pies. La mercenaria, tras bufar irritada, llegó a la conclusión de que debía de tratarse de un luchador extremadamente confiado y orgulloso de sus propias habilidades. Manifestaba su conducta galante tanto cuando hablaba, como cuando luchaba. Sin tener pruebas para llegar a esas conclusiones, la muchacha empezó a enfurecerse aún más creyendo que el chico no la estaba tomando lo suficientemente en serio. Esa calma que transmitía su manera de moverse, de sonreír, de mirarla… “¡Ugh! ¡No SOPORTO a este imbécil!”, se dijo a sí misma para intentar ignorar el hecho de que empezaba a sentirse algo incómoda en presencia del otro espadachín. Aferrando la empuñadura de su propia espada con firmeza, Selena mantuvo su postura defensiva mientras se iba girando lentamente para encarar al guardia real en todo momento. Laslow describía círculos alrededor de ella, como si fuese un lobo acechando a su presa. ¡Debía estar intentando ponerla nerviosa para que cometiese un error! La calma con la que parecía estar tomándose el duelo empezaba a resultarle humillante, pero tampoco quería darle la satisfacción de una victoria. Selena estaba dispuesta a todo con tal de ganar, y por esa razón accedió a seguirle el juego al otro espadachín. Fingiría vulnerabilidad para atraerlo a su propio terreno, y después lo humillaría con su implacable esgrima.

A diferencia de la postura de combate de Laslow, la suya era mucho más rígida: sus pies parecían clavados en la tierra formando una amplia “L” invisible, mientras que sobre su brazo izquierdo —con el codo doblado para formar un ángulo recto—, apoyaba su espada de bronce. Las placas protectoras de metal de su hombro le permitirían eludir cualquier ataque directo, para que a continuación pudiese lanzar una rápida estocada al estómago de su contrincante. Selena no estaba acostumbrada a permanecer a la defensiva, ya que su verdadera destreza con la espada salía a relucir cuando atacaba. Pero en esa ocasión prefería no precipitarse hasta ver cómo combatía Laslow. Sin embargo, el muchacho no parecía inmutarse. “Tú tampoco sabes cómo atacarme, ¿eh?”, pensó mientras su expresión enfurecida se suavizaba para dejar entrever una media sonrisa.

Pero de repente, antes de que a ella ni siquiera se le ocurriese hacer nada, el joven espadachín pasó a sonreír con picardía y le guiñó un ojo. Selena no quiso darle tiempo a hacer nada más. Viendo una pequeña oportunidad para atacar, dejó caer la punta de su arma contra el suelo y se abalanzó a toda prisa contra Laslow. El metal de su espada hacía saltar chispas debido al roce con las rocas del suelo empedrado, generando así un chirrido desagradable que anunciaba la llegada del inminente ataque. Al entrar dentro del área de alcance de su contrincante, la mercenaria pasó a sujetar la empuñadura de su espada con sendas manos y la alzó con furia describiendo un amplio semi círculo frente a su oponente. La doncella guerrera no pretendía herir a Laslow con esa embestida, sino obligarle a abandonar su postura de combate golpeando directamente su espada con todas sus fuerzas. Intuyendo la posibilidad de un contraataque, Selena procuró garantizar su propia defensa dejando expuesto únicamente el lado de su cuerpo en el que estaban dispuestas sus placas protectoras, y acortando lo máximo posible las distancias entre ella y el guardia real. Aprovechando las cercanías, se dirigió de nuevo al espadachín.

¡¿Qué narices pretendías?! ¿Es que creías que me iba a sonrojar y a bajar la guardia con un simple guiño o algo así?  —le espetó con un rubor en las mejillas que podía deberse tanto a su enfado como a lo que le estaba diciendo que no se debía.
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Mensaje por Invitado el Lun Mar 12, 2018 7:57 pm

La nobleza residente del castillo real del reino oscuro tenía pocas distracciones a la hora de entretener su tiempo libre. Un reino poco dado a las fiestas y los banquetes ofrecía pocos momentos de distensión, y estos se veían aún más reducidos cuando la rama más militar de la vida diaria entraba en acción y toda la vida de uno se convertía en constantes reuniones militarse centradas en como conquistar de una buena vez el reino vecino al este. Una vida como tal podía llegar a ser estresante para muchos, por lo que las distracciones de la rutina cotidiana solían buscarse, curiosamente, en las rutinas de otros. Algunos nobles buscaban la conversación de los cocineros de palacio para saber que comían exactamente y como estaba preparado. Otros caminaban junto a las sirvientas y, con falsa modestia y caballerosidad, se ofrecían a ayudarlas en sus duras tareas diarias. Unos cuantos preferían el ambiente de las caballerizas, donde aprendían cosas que les podrían ayudar en un futuro a tener menos siervos bajo su servicio… Y una gran parte de los demás tomaba como entretenimiento principal el entrenamiento de los nuevos soldados del reino oscuro. Ver a las futuras espadas y lanzas del ejército nohrio formarse ante sus ojos era algo que consideraban interesante, sobre todo cuando un joven en especial captaba su atención, lo cual podía derivar en ese mismo muchacho entrando en el destacamento privado de alguien de alta cuna.

Esta tradición habían sorprendido, y hasta puesto nervioso en algunas ocasiones, a Laslow durante sus primeras semanas en la corte. Pero ahora estaba más formado en las costumbres de la nobleza, y las decenas de pares de ojos que le observaban no eran un incordio ni una molestia, sino una motivación para dar lo mejor de sí aunque no fuera más que un rutinario entrenamiento lo que se disponía a realizar. No era solo porque las lenguas de Krakenburgo llevarían el resultado del enfrentamiento hasta las cámaras del mismísimo príncipe Xander, quien estaba siempre sumamente interesado en los quehaceres de su sirviente, sino también por el número de ojos femeninos que le observaban entre las columnas y tras las barandas. Puede que su juego de pies consiguiera aquello que sus naturales encantos y labia no habían logrado aún: Una bella dama que suspirara por él y le entregara su amor eterno.

Pero en ese momento, los únicos ojos a los que prestaba atención auténtica eran a los de la pelirroja frente a él. La postura que había adoptado la recluta era una tradicional del ejército nohrio, una fuerte posición defensiva que dejaba muy pocas aberturas para el ataque de un contrario y servía como una gran defensa inicial, pero a costa de una mayor libertad de movimiento durante la pelea. El guardia real nunca había sido fan de pelear tan estáticamente, se sentía más cómodo danzando espada en mano y desorientando a sus oponentes hasta el punto de que cometieran un error de posicionamiento y eso le permitiera dar fin a la pelea… Pero mientras caminaba junto a ella en círculos, buscando una apertura en su guardia, el peligrís comenzó a comprender que sería difícil lograr tal cosa con rapidez. Había algo en la mirada de la chica, una dureza y terquedad que le resultaban familiares por alguna razón, que le llevaban a pensar que necesitaría tiempo y precaución si quería salir vencedor del duelo de prácticas a punto de comenzar.

Por eso mismo recurrió a una estrategia que no le gustaba demasiado… Pero que resultó ser efectiva.

¿Fue producto de la provocación, el ver un posible hueco en las defensas ajenas o mera coincidencia? Laslow no sabría nunca la respuesta a tal pregunta ni tuvo tiempo de pensarla, pues sus ojos se movieron con rapidez al cortante filo del arma de bronce y su punta que arrancaba chispas del empedrado suelo a causa de la inclinación de la muñeca que la sostenía. Y en esa misma muñeca trataba de fijarse el espadachín, buscando un movimiento que delatara la orientación del ataque que estaba a punto de recibir. “¿Ascendente? ¿Diagonal? ¿Una finta?” Las opciones pasaron a todo correr por la mente del peligrís, pero los músculos de la contraria estaban bien entrenados y no iban a delatar nada, no hasta que fuera el momento de lanzar el golpe planeado. Laslow tendría que adelantarse a ella, y eso mismo hizo al inclinar su cuerpo hacia atrás esperando un corte en diagonal que buscara su brazo… Y fue por poco que acertó. No fue una diagonal, sino un corte en media luna el que pasó lo suficientemente cerca de su posición anterior como para sentir el viento partirse donde el metal lo había cortado.

Pero más allá del filo, y a pesar de la inteligente posición defensiva que la contraria había dejado, el peligrís pudo percibir no solo las palabras que la pelirroja le había lanzado, sino también lo que parecía ser… ¿Rubor en su rostro? ¿Tanto la había desconcentrado con un mero guiño y una palabra? -No era tal mi intención, pero vuestro rostro me dice que hubiera conseguido tal cosa si me lo hubiera propuesto.- Siempre sonriente y encantador, Laslow, clavó su mirada en los tercos ojos de su oponente, en busca de desconcentrarla de nuevo con algo de conversación. Pues si un mero guiño había bastado para hacerla atacar, ¿qué podría conseguir con palabras si se aseguraba de que estas llegaban hasta oídos ajenos?

-Aunque ahora sí que poseo una intención con mis palabras.- SI quería contraatacar, el mercenario debería ser rápido y actuar antes de que Selena recuperara su inexpugnable posición defensiva, y para ello necesitaba no solo un plan rápido de actuación, sino también mantenerla desconcertada y tensa, que no se esperara el movimiento de su contrincante. -¿Tenéis algo que hacer tras el entrenamiento? Puedo llevaros a probar el mejor té de vuestra vida si así lo deseáis.- Con la agilidad propia del bailarín que era sin que nadie lo supiera, el peligrís rodeó a la pelirroja por su lado más protegido con pocos pasos rápidos, aprovechando la hombrera que ella lucía para dificultar su visión por ese flanco. -¡Una bella dama como vos no merece menos!- Aprovechando su movimiento y posición, el guardia real lanzó su espada hacia los gemelos de la contraria, aprovechando la escasa defensa que había en los mismos y lo vulnerable de su posición… Por supuesto, el golpe había sido lanzado con la parte plana de su arma, pues era la última de sus intenciones hacer daño real a la pelirroja. Lo que pretendía era, como poco, lastimarla lo suficiente como para incomodar los movimientos de sus piernas. Y con suerte, como mucho la derribaría y eso le permitiría dar un rápido final al duelo.

Y terminar rápido, por supuesto, era lo que planeaba el espadachín… Cuanto antes finalizara la pelea, antes podría convencerla para ir a tomar un Té en mutua compañía.
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Mensaje por Selena el Jue Mar 15, 2018 3:41 pm

Cada cual tenía sus debilidades, y una de las de Selena era que su carácter orgulloso la hacía especialmente vulnerable a las provocaciones. El mero hecho de pensar que la estaban subestimando se le hacía insoportable, y por ese motivo respondía con suma agresividad a cualquier desafío dirigido a su persona. Producto de la poca estima que tenía en realidad hacia sí misma, la arrogancia de su personalidad se había terminado acentuando con el paso de los años; curtiéndose mientras que de pequeña se veía forzada a ser constantemente comparada con su madre perfecta, o cuando de adolescente tenía que adoptar una máscara de seguridad y confianza para que las caravanas de mercaderes ylissenses contratasen sus servicios como mercenaria. Su esgrima autodidacta, su puesto de trabajo como vasalla de la princesa Camilla, la reputación que tenía en el ejército del reino de Nohr… todo lo que tenía hasta ahora se lo había ganado únicamente con el sudor de su frente. ¿Quiénes eran sus antiguos compañeros de la academia militar para juzgarla por pura envidia? ¿Qué se creían aquellos pomposos nobles que observaban con altivez la práctica de los reclutas? La vida no había sido nunca generosa con ella, y por ese motivo ponía tanto empeño en querer demostrar que valía más que los demás. Sin embargo, ese tal Laslow… ¡ese tal Laslow de verdad que la estaba sacando de sus casillas! Ni la tomaba en serio, ni se molestaba en ocultarlo. Con esa sonrisa ladina que dejaba entrever que se creía en control de la situación, se tomaba la libertad de tratarla con una modestia que seguramente fingía. No sabía cómo concretar el rechazo que sentía hacia el espadachín de uniforme color índigo, pero si de algo estaba convencida era de que ese tipo, al igual que la nobleza nohria o los reclutas de la academia, la estaba mirando por encima del hombro.

Fue por ese motivo que, tras ver que le guiñaba un ojo y comparaba el presente duelo con un baile, Selena no pudo contener el impulso de atacarle sin pensar demasiado en las consecuencias. Iracunda por la provocación, notaba su sangre hervir con una intensidad inusual, por lo que confiando en que la memoria de su musculatura bien entrenada guiase su espada en aquella acometida desesperada, intentó desestabilizar a Laslow golpeando su arma con todas sus fuerzas. No obstante, lo que ocurrió a continuación le hizo darse cuenta de su error demasiado tarde. El espadachín enemigo, haciendo gala de movimientos gráciles y precisos, consiguió esquivar sin mucha dificultad el violento corte de la doncella de cabello escarlata. “¿Pero qué…?”, pensó tras percatarse de que en un abrir y cerrar de ojos había pasado a encontrarse en una situación especialmente vulnerable. Su contrincante pareció darse cuenta también de que, tras haber puesto tanta fuerza en esa primera arremetida, Selena tardaría unos valiosos segundos en recuperarse y adoptar de nuevo una férrea postura defensiva. Mas en vez de aprovechar para atacarla, el muchacho de cabello cenizo prefirió continuar con sus provocaciones. Afirmó que, a juzgar por las circunstancias, estaba convencido de que podría desconcentrarla con solo un guiño. La invitación y el empalagoso comentario adulador que dijo a continuación tan solo sirvieron para que la mercenaria se enfureciese aún más de lo que ya estaba. Aunque no tuvo tiempo para darle una contestación apropiada antes de que Laslow, rodeándola con una agilidad inesperada, la hiciese perder el equilibrio con una rápida estocada dirigida directamente contra sus piernas. —¡Ugh!—. La joven espadachina no pudo evitar caer sobre una de sus rodillas, y viéndose en peligro de que el otro soldado decidiese rematarla, alzó su espada y ejecutó a duras penas un amplio corte horizontal para forzar a su oponente a alejarse de ella.

¡¡Maldita sea…!! —masculló frustrada mientras intentaba recuperarse. Hacía mucho que nadie la había derribado en un combate con espadas, y menos con una facilidad tan pasmosa. Avergonzada por haber perdido la primera ronda, dirigió una mirada llena de rabia al otro muchacho. “¿Así que esta es la fuerza de un guardia real?”, pensó mientras intentaba sobreponerse a la desazón de haber quedado en ridículo delante de tanta gente. No tenía excusa. La única manera de redimirse por haber fallado consistía en ponerse en pie de nuevo y derrotar a su oponente a como diese lugar. Selena quiso incorporarse de inmediato para seguir peleando, pero algo la hizo detenerse de repente. Empezó con una serie de cuchicheos procedentes del grupo de reclutas. Aunque al principio casi inaudible, el murmullo fue creciendo poco a poco hasta evolucionar y convertirse en sonoras carcajadas y comentarios de burla. Las risas se contagiaron inclusive entre algunos pocos nobles que observaban desde lejos. Los dedos señalándola, las mofas, los insultos… Selena sabía que mucha gente llevaba albergando durante largo tiempo el deseo de verla fracasar. Podía comprenderlos en parte. Al fin y al cabo, las personas mediocres se regocijaban ante la desgracia ajena. Era algo que les estimulaba y les hacía olvidar su propia mezquindad, aunque fuese solo por un instante. Al menos, ése era el credo que se repetía mientras cabizbaja y callada, intentaba ignorarlo todo.

Laslow de Nohr —dijo de repente en un tono de voz inusualmente tranquilo. Sin prisas ni ademanes que reflejasen ira o rencor, la mercenaria de cabello escarlata se levantó del suelo empuñando con firmeza su espada de bronce. Apartando una coleta que le estorbaba, apuntó con el arma a su adversario y frunció de nuevo el ceño—. Será mejor que os dejéis de tonterías y os toméis esto en serio, puesto que vos sois vasallo de Lord Xander, y yo de Lady Camilla.

Sin querer darle tiempo a responder, Selena clavó su espada en la tierra que había entre los adoquines del patio empedrado, y liberó las ataduras que mantenían unida la hombrera a su cuerpo. La pieza protectora cayó al suelo con un estrépito metálico. La muchacha recogió entonces su arma y pasó a sujetarla con sus dos manos.

El mismo truco no funcionará dos veces conmigo —le espetó haciendo referencia a que Laslow hubiese aprovechado que la hombrera dificultaba su visión para hacerla caer al suelo. También quería dejarle claro que, si de verdad quería derrotarla, tendría que esforzarse mucho más. Selena esperó unos segundos en silencio, clavando su vista afilada sobre el espadachín contrario. Ahora que conocía su estilo de esgrima, intentaba analizar por segunda vez su postura para encontrar alguna debilidad que explotar. Normalmente prefería lanzarse a la batalla sin pensárselo dos veces, pero en esa ocasión su reputación dependía del desenlace del enfrentamiento.
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Mensaje por Eliwood el Miér Dic 12, 2018 10:43 pm

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