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[Campaña de liberación] Hasta donde los vientos de Sacae nos lleven [Priv. Salkhi]

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[Campaña de liberación] Hasta donde los vientos de Sacae nos lleven [Priv. Salkhi]

Mensaje por Lloyd el Jue Oct 19, 2017 1:09 pm

El día tocaba su fin con el advenimiento de cielos oscuros que se cernían sobre las llanuras. Un vasto mar de verde hierba abajo, y otro muy oscuro, tintado con finas pinceladas plateadas allí arriba. Cuando ambos mares se mezclaban en el horizonte, la noche en Sacae llegaba. A diferencia del día en las planicies, sus vientos silbantes se tornaban fríos y amenazantes para el viajero, pues las tierras salvajes no perdonaban a los incautos que no buscaban refugio y calor con el que resguardarse.

Mas suerte tuvieron ellos de dar pronto con un lugar en el que recobrar las fuerzas gastadas durante una mañana entera a galope. No era una rareza ver de vez en cuando caravanas con las que pequeños grupos de nómadas se desplazaban por toda la enorme Sacae. Hacer acopio de la hospitalidad de una de ellas fue tan sencillo como ofrecer parte de la caza del día. No solo ambos grupos compartirían festín, sino también compañía, un fuego con el que mantener el calor, y diversas historias con las que avivarlo. Así funcionaban las cosas en las tierras de Hanon: respeta a Sacae y los suyos, y ellos te respetaran a ti.

A unos pocos metros del ajetreo entre los nómadas de la caravana, una pequeña fogata chisporroteaba con el crepitar de sus llamas mientras Lloyd, sentado a su vera, las contemplaba y se abstraía en su fulgor para dar rienda suelta a sus pensamientos. El fuego le traía memorias de su anterior incursión a Sacae en solitario, su viveza reflejaba las mismas llamas nacidas de los grimorios en posesión del ejército de pesadilla. Las mismas que lamieron y devoraron la carne de aquellos a los que mandó en una sencilla exploración rutinaria y no regresaron. ¿Y cuál era su deber como capitán al respecto? Asimilarlo y aprender. De nada le servía recordar sus fallos pasados si no era con el fin de emplearlos para mejorar y ser un mejor líder. Sin embargo, a veces no era tan sencillo. Su padre lo hacía parecer sencillo, pero la verdad que trató de ocultar hasta su último momento fue que no lo era.

Los pasos en la hierba le arrancaron del espectáculo que era ver danzar a las llamas, ladeando la cabeza justo a tiempo para toparse con un pequeño cuenco de arcilla que una mano amiga le tendía. —Debería aprovechar para descansar, capitán. Mañana no será menos duro que hoy. —El hombre kutolah, uno de los dos subalternos que le acompañaban en su travesía, apareció a su lado con el sigilo de un fantasma. Lloyd lo escudriñó con ojos cansados y, tras tomar el cuenco, le dio las gracias con un cabeceo. Dejó que el miembro del Colmillo tomase también asiento frente a la fogata, mientras él analizaba el líquido rojizo que contenía la pieza de barro con una ceja enarcada. —Lo sé, Karim. Pero no deja de preocuparme lo que podamos encontrarnos mañana. Y después de mañana. —Exhaló un largo suspiro. La fortuna les estaba sonriendo demasiado desde que partieron a Sacae con la misión de investigar los movimientos de los emergidos. Ni un solo pelotón de ojos rojos en todo el día, además de la suerte de caravana que les ahorró bastantes preparativos ante la caída de la noche. ¿Cuándo fue la última vez que la Santa Emiline les obsequiaba con un momento de calma entre tanto desorden?

Karim se cruzó de brazos, oteando al resto de nómadas que iban de un lado para otro y dijo: —La Madre Sacae puede ser cruel con quienes se enfrentan a los peligros que albergan las llanuras sin conocerlos. No me malinterprete; los nuestros que nos acogimos al Colmillo sabemos que está hecho y curtido para aguantar de todo. Pero, por Hanon, marcharse por su cuenta a Sacae con la plaga que la azota… Doy gracias a que la mujer de la que me habló os auxilió. No es frecuente encontrarse con nómadas que viajan en solitario y que presten su ayuda a extranjeros. —Lloyd sonrió de medio lado y cambió su postura para acomodarse en el suave manto que les proporcionaba la hierba. Sí, una verdadera suerte la de conocer a esa mujer. Todavía guardaba en su mente los movimientos gráciles con los que hacía bailar su espada al son del viento, una magistral sinfonía de aire y acero que tronaba con cada una de sus estocadas.

Podría decirse que… he aprendido mi lección. —Lloyd se acercó el cuenco a los labios y dio un primer sorbo a su contenido. El líquido pasó sin ningún problema por su lengua, pero en cuanto este alcanzó su garganta, lo que en un principio parecía un inofensivo brebaje se tornó en ardiente lava que se agarró a las paredes de su esófago. Abrió mucho los ojos, lacrimosos, y una absurda exhalación se le escapó de entre los labios. ¡Un poco más y creía que echaría fuego por la boca!—. ¡Por todos los wyverns de Bern, Karim! ¿Qué es lo que lleva esto? Bien podría resucitar hasta a un muerto si se lo cuelas por el gaznate. —Paladeó el aire fresco que le sentó como una bocanada de gloria, haciendo frente al infierno que se estaba desatando en su garganta. Karim, divertido con la reacción y el poco acostumbrado paladar de su capitán a los alcoholes fuertes, esbozó una sonrisa socarrona—. Es bueno, ¿verdad? Ayuda a mantener el calor y echar los malos pensamientos.
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Re: [Campaña de liberación] Hasta donde los vientos de Sacae nos lleven [Priv. Salkhi]

Mensaje por Salkhi el Miér Nov 01, 2017 8:19 pm

Sacae poseía dos rostros, aunque curiosamente la mayoría del mundo solo conocía uno. Para todo aquel no nacido en la verde pradera, el territorio central de Elibe era una tierra agreste y peligrosa, en la que perderse era lo suficientemente sencillo como para hacerlo tras dar cinco pasos sobre el eterno mando de hierba. Hogar de bandidos y saqueadores,  aquel que no estuviera preparado se convertiría pronto en parte de tan peligroso lugar al alimentar con sus restos la vegetación local… Pero, para las almas valientes y para quienes nacieron en la tierra de Hanon, Sacae era un lugar de belleza inigualable. La pradera extendiéndose hasta el horizonte y haciéndose una solo con el cielo era una visión sacada de un sueño, y el viento jugando con su pelo a la vez que lo hacía con la hierba bajo sus pies otorgaba a esas personas la sensación de ser uno solo con la gran llanura del mundo, de pertenecer y poseerla al mismo tiempo.

Por desgracia para Salkhi, Sacae había decidido mostrarle su rostro cruel aquel día.

Sus hombros dolían ante el esfuerzo que suponía cargar durante horas con un corzo muerto, por muy joven que fuera el animal, y la noche le había dado caza mucho antes de lo que había planeado. Su plan original había sido conseguir aquella presa, el cual había cumplido, y luego tomar dirección hacia el oeste, en pos de alcanzar una pequeña aldea en la que podría vender carne y piel a buen precio. Pero ya fuera porque le había llevado más tiempo del planeado originalmente, porque se había desviad en algún momento o porque, simplemente, se había dejado llevar en algún momento, el anochecer iba a encontrarle en plena llanura, sin refugio a la vista ni madera con la que prender un fuego que pudiera darle calor y seguridad mientras las estrellas brillaran en la bóveda celeste.

Pero no era la incipiente noche con su frio lo que había devuelto a Salkhi a su clásico mal humor, y mucho menos el tener que cargar con un animal que corría el riesgo de pudrirse si no lo entregaba a manos expertas con rapidez, no. Lo que más le molestaba era el que estaba caminando hacia una hoguera distante de forma deliberada y obligada, a buenas sabiendas de lo que eso significaba: Una hoguera en la noche quería decir gente, y gente quería decir una presencia innecesaria y molesta de desconocidos a su alrededor, enfrascados en conversaciones inútiles en las cuales, muy probablemente, alguno querría introducirle para poder salir victorioso en una competición irreal y sin premio alguno salvo una temporal superioridad moral. Así era como funcionaba la gente, y por cosas como esa el nómada se mantenía solitario el máximo tiempo posible, lejos de tanta falsedad y estupidez.

Por desgracia para él, sus pasos debían de mantenerse rítmicos y constantes si no quería sentir la fría dentellada de la noche en la llanura, por lo que tras varios minutos de constante caminar su figura alcanzó el círculo de luz proyectado por la hoguera, y sobre su figura sintió como se clavaban las miradas de todos aquellos que formaban el grupo reunido en la noche. Una rápida inspección bastó al cazador para comprender que la mayoría de todos ellos eran habitantes de Sacae, miembros de diferentes clanes de la gran llanura, como delataban sus ropas con patrones reconocibles para alguien que había pasado años de su vida viviendo en el territorio aun sin relacionarse con otros. Había una persona apartada del grupo, sin embargo. Un hombre que podría considerarse normal en cualquier otro lugar del mundo conocido, pero que destacaba allí al estar rodeado por nómadas diferentes a él en complexión y ropajes. ¿Un mercenario contratado para mantener a la caravana a salvo de posibles emergidos?  Opción muy probable, sobre todo sabiendo que el gran territorio de nómadas peleaba aún contra emergidos a pesar de la pacífica situación de la mayoría de reinos cercanos.

-Ejem.- Una voz rompió los pensamientos del rubio arquero, quien miró a su alrededor hasta tropezar su vista con la imagen de quien acababa de hablar: Un nómada de ropajes marrones y patrones naranjas, como las hojas de los árboles en el otoño, y una larga melena negra recogida en una trenza que caía sobre su hombro hasta su cintura. -Si buscas direcciones, el poblado más cercano está a media jornada al oeste.- Su mano se levantó en un tenso gesto que indicaba la dirección del asentamiento lejano, sin romper en momento alguno en contacto visual con el recién llegado. -SI lo que buscas es un asiento junto al fuego y donde pasar la noche, supongo que conoces la norma.- Salkhi conocía bien la norma de los hijos de Hanon, la conocía muy bien, y por eso mismo odiaba el haber terminado en aquella situación que podría haber evitado si hubiera sido algo más cuidados y metódico.

Con un brusco gesto, sin despegar la mirada del nómada de cabello azabache, el solitario cazador dejó caer el corzo desde sus hombros hasta la hierba, pasando entonces a caminar hacia el asiento más alejado de todo humano de la caravana sin decir una sola palabra. Un par de personas habían echado ya sus manos sobre el animal proclamando la buena fortuna que tenían ante la posibilidad de cenar presa fresca, pero Salkhi veía en toda aquella situación un cúmulo de mala fortuna que difícilmente podría empeorar.

Aunque aquello era algo que siempre era posible.
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Re: [Campaña de liberación] Hasta donde los vientos de Sacae nos lleven [Priv. Salkhi]

Mensaje por Lloyd el Dom Dic 10, 2017 12:32 pm

Bueno para los malos pensamientos, decía… Un rezongo de lo que se asemejaba a una risa cansada se escapó de los labios de Lloyd, ya con la garganta un poco más refrescada. Se había olvidado de ese toque tan agrio que a veces caracterizaba el humor de Karim. No todos los días tenías la fortuna de toparte con un kutolah que contase con ese sentido precisamente, y eso le hacía preguntarse si ese sería uno de los motivos por los que no terminó de congeniar con sus congéneres. No eran, lo que se decía, muy dados a los chistes, la verdad. Pero sí que tenía que darle la razón en que el dichoso brebaje cumplía con su función. Con o sin la campanilla abrasada, había conseguido animarle lo suficiente para dejarse llevar por el ambiente y el jolgorio de los nómadas que deambulaban por la caravana.

Sus orbes viajaron con lentitud por los alrededores de las caravanas, estudiando al resto de sus integrantes que se entretenían de cualquier forma, ya fuese cortando y preparando la presa con la que llenarían el estómago por esa noche, encargándose de que a los caballos no les faltase alimento y agua, o juntándose alrededor de la cálida luz de la fogata y perdiéndose en diversas anécdotas sobre las grandes cacerías en las planicies, o historias que narraban viajes de aquellos que se aventuraron fuera de estas. Sin embargo, su vista no pudo si no detenerse por unos instantes en dos pequeñas figuras. Dos niños, pertenecientes a alguna de las tribus locales por el patrón de sus ropajes, le observaban con unos brillantes ojos llenos de curiosidad mientras se asomaban, medio escondidos, detrás de la que sería su madre. En el instante que los ojos de Lloyd hicieron contacto con los suyos, los pequeños dieron un respingo y corrieron a ocultarse por completo tras la mujer. Una sonrisa divertida le asomó por los labios mientras se pasaba una mano por la barbilla. Era de suponer que allí, alguien como él sería un completo extraño alrededor de tantos nómadas. Como si en un rebaño de ovejas se hubiese mezclado otra con la lana negruzca. Y lo más probable es que fuese la primera vez que ese par veían a un extranjero que no compartía lazos con Hanon.

El hilo de su mente se quebró de sopetón cuando el barullo de un grupo de nómadas bastante animados se hizo de oír. La razón de aquello la tenían entre sus manos, agarrándola por donde podían para alzarla: el cuerpo inerte de un corzo que no debieron cazar hace muchas horas. El cómo llego debió ser por otro joven nómada de cabellos rubios del que no le sonaba haber visto su cara en la caravana, alejándose de la marabunta con parsimonia y en completo silencio.

Qué mala pata —añadió Karim con voz agria, cruzándose de brazos. Lloyd enarcó una ceja, sin terminar de entender que tenía de “mala pata” haber conseguido un buen puñado de carne fresca para la caravana. Entonces reparó en que el comentario no iba dirigido al grupo cuando vio que la vista de su compañero reposaba en el joven rubio que buscaba cobijo—. Y una lástima. Ya solo por la piel y la carne hubiese sacado un buen pellizco de venderlo en cualquier poblado, pero… —Lloyd comprendió a dónde quería llegar Karim. Por lo que les comentaron los otros nómadas, desde su posición quedaba un buen trecho hasta poder alcanzar el asentamiento más cercano. No gozaría de la misma experiencia que los nativos de Sacae, pero hasta él sabía que era una insensatez deambular por campo abierto él solo durante la noche, cargando con un animal que añadía peso extra sobre sus hombros y un aroma a carne muerta que atraería a compañías indeseadas—. De todas formas, ha sido lo mejor que podía hacer. De poco sirve ganarse unas cuantas monedas por un pellejo si no puedes mantener el propio.

Miró de reojo al muchacho seguir con su paseo por la fogata, sin detenerse o dedicarle el menor vistazo a cualquiera de sus congéneres. Se le notaba a simple vista que buscaba cobijo, pero no en compañía de otros, pues se fue directo al lugar más apartado al que pudiese alcanzar el calor que desprendían las llamas. Asegurándose de que el chico no les estaba prestando atención en ese momento, le señaló con un leve cabeceo. —Oye, Karim, ¿es muy común ver “lobos solitarios” deambulando por las llanuras? —El kutolah rumió para sus adentros y ladeó la cabeza, organizando sus pensamientos. —Antes era más corriente de lo que se imagina. Son muchos los jóvenes que quieren demostrar su valía y buscan el respeto de sus tribus, o incluso el de los ancestros. O quizás es que no están conformes con su estilo de vida y se aventuran en busca de nuevos aires. —Aquello último lo dijo con una escueta sonrisa, sin avergonzarse por no considerarse la excepción de la regla—. Pero ahora mismo, alejarse demasiado tiempo de los grupos no es la mejor de las ideas. No desde que llegaron los…

La voz de Karim se la tragó el tronar de un cuerno que reverberó con una potencia considerable en la periferia. De la misma forma que el sonido se encargó de llevarse consigo todo el jolgorio que desprendían las gentes de la caravana. Un silencio sepulcral se formó al mismo tiempo que el ambiente se tornaba tan gélido como los mismos vientos que soplaban aquella noche. El rostro de Lloyd se ensombreció al reconocer al reconocer la señal de alarma que empleaban los vigías nómadas y, sin perder apenas tiempo, se levantó junto a Karim del suelo. Alzó la vista al horizonte, en donde pudo discernir en la lejanía una hilera uniforme y que apenas se distinguía bajo la oscuridad de la noche.

Sin apartar los ojos de la lejanía, su diestra se deslizó por puro instinto hasta su cinto, en donde sus dedos encontraron el tacto del cuero que envolvía la empuñadura de su espada y se cernían sobre esta. Al parecer, el último gramo de su suerte acababa de expirar.
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