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[Social] [Flashback] Pequeño príncipe, pequeña princesa [Ancelot y Aura]

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[Social] [Flashback] Pequeño príncipe, pequeña princesa [Ancelot y Aura]

Mensaje por Aura Gruenewald el Mar Oct 03, 2017 8:33 am

Cuando Aura era tan sólo una niña aprendiendo sobre los engranajes del mundo, su padre siempre le decía que era blanca por dentro. Su madre, en cambio, le decía que por dentro era negra. Confundida por lo que cada uno de sus progenitores pensaba, Aura decidió un día dejarse pinchar por la espina de una rosa, una de las miles de rosas que habitaban el blanco jardín de su padre. Y de su dedo, que con gran expectación observó, emanó un color diferente; ni blanco ni negro. Rojo.

Ah, qué hermoso color, pensó, fascinada por el hallazgo de su brillo. Rojo...

[ . . . ]

Diez años antes de la caída de Verdane, Lord Baldrik Gruenewald, Lord de la casa Gruenewald, recibió la visita de su inestimable amigo de la juventud. Se trataba de Lord Edgar Levallois, noble de Bern, al que no veía desde el nacimiento de su hijo Ancelot hacía catorce años.

Baldrik aún recordaba aquel día de dicha y tristeza, pues el nacimiento de Ancelot trajo consigo la muerte de la esposa de Edgar. Era como si el destino deseara cobrarse una vida, o varias, por cada nueva luz que plantara en el mundo. Oscuros tiempos fueron aquellos, de pérdidas desmesuradas e incontenible desesperanza, tanto para la familia Levallois como para la Gruenewald. Y al ver a aquel bebé sano, llorando con la fuerza de un futuro gran señor, Baldrik no había podido evitar pensar: ¿qué no daría él por un heredero? ¿Quizás… gustoso cambiaría la vida de su esposa por la de un hijo…?

Hoy, catorce años más tarde, los herederos de ambas familias no habían conocido más que la paz de sus hogares. Hoy, catorce años más tarde, Baldrik podría recibir a su amigo con una sonrisa. Salió al patio poco antes de que se abrieran los grandes portones de su fortaleza. El barco de la familia Levallois había atracado en su pequeño puerto, donde un carruaje les esperó para llevarles hasta el castillo Gruenewald. Y allí entró triunfal, tirado por dos caballos y seguido de una comitiva de soldados escolta de Bern.

-¡Amigo mío! –dijo el Lord tras ver a Edgar bajar del carruaje, acercándose para darle un cálido abrazo. Ni el tiempo, ni la gran distancia entre Verdane y Bern bastaban para romper vínculos ni para borrar recuerdos. Su sonrisa fue amplia, genuina. Hoy era un Lord feliz-. Me honras con tu presencia-. Y miró entonces al joven a su lado, de porte noble, cabellos azabache y ojos del azul de un glaciar. A sus catorce años, era ya más hombre que niño.

-Ancelot… -le llamó, sin miedo a equivocarse-. Estuve presente el día de tu nacimiento. Eras tan sólo un bebé, pero en tus ojos brillaba la fuerza de un Lord. ¡Y mírate ahora! Eres el orgullo de tu padre.

Pronto se adentrarían en la fortaleza, en esa gran sala de columnas de mármol y ostentosas decoraciones. Allí les recibió una hermosa mujer de enigmática belleza, que se acercó a ellos con su mejor sonrisa.

-Permitidme presentaros a mi bella esposa Griselde –dijo con orgullo.

-Es todo un honor conoceros, Lord Levallois. Mi esposo me habla a menudo, con gran gozo además, de vuestras cacerías de antaño.

-Ah, qué tiempos aquellos. Creíamos no tener demasiadas responsabilidades, ¿eh, Edgar? La vida era casi un juego por aquel entonces.

Y mientras conversaban, una blanca figura asomó ligeramente la cabeza desde detrás de una columna distante. Aura, de trece años de edad, llevaba un vestido largo y níveo, el cabello suelto, y una corona de flores en la cabeza que hacía resaltar esa imagen tan pura que siempre parecía acompañarla. Permaneció escondida, observando a los extraños que acababan de llegar a su castillo de rosas. En concreto, sus ojos se posaron sobre aquel muchacho. Se veía joven, como ella, y a su vez tan diferente. Tan oscuro, tan extraño. Le miró con curiosidad, fascinación, y un poco de... ¿miedo? Esto último se hizo más evidente cuando aquel joven pareció percatarse de su presencia, girando los ojos en su dirección. Y Aura, de párpados que se abrieron más, creyó percibir el aguijón de una mirada fría e inamovible. Breve fue el intercambio, pues inmediatamente ella volvió a esconder la cabeza tras la columna, encogida contra el mármol.
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Re: [Social] [Flashback] Pequeño príncipe, pequeña princesa [Ancelot y Aura]

Mensaje por Ancelot Levallois el Jue Oct 05, 2017 4:13 pm

Las cosas no siempre marcharon mal para los Levallois. En la próspera era de paz, Edgar Levallois no tuvo verdaderos infortunios que atravesar durante su mandato, ninguno más allá de los comunes problemas burocráticos que preocupaban a todos los hombres de su categoría. Se podría afirmar sin miedo a equivocarse que, antes de la guerra, incluso su nombre se codeaba con el de las familias más reconocidas de todo Elibe, y que no sería hasta la llegada de los Emergidos que la decadencia caería sobre su estirpe. La diezmada familia de Bern -que antaño fuera una casa de importante renombre-, fue asolada por el furtivo avance de la guerra y su implacable sombra, cuya huella sitió todo el reino, castigó a sus habitantes e hirió a Edgar de muerte. Así pues, su herencia devastada quedó en manos de su joven hijo Ancelot.
Tiempos aciagos aguardaban para él, pero el heredero de los Levallois siempre demostró el coraje de un auténtico Lord, y pronto se encumbró como la esperanza de aquellos que todavía creían en su causa: la recuperación del hogar y el alza de la poderosa familia.

Un brillo singular en sus ojos siempre demostró que estaba preparado para todo. Incluso para lo peor.

[ . . . ]

Diez años atrás el mundo respiraba. La paz no era un sueño; era una realidad de la que muchos ya se habían olvidado, tan auténtica como el calor del sol y el frío de las madrugadas. En aquel entonces, las reuniones entre familiares y amigos se pactaban con intenciones ociosas, siendo sus miembros incapaces de imaginar que el futuro les haría reencontrarse por motivos completamente distintos.
Edgar aprovechaba los buenos tiempos para viajar lejos de Bern y reunirse con sus viejos conocidos, y en esta ocasión, Verdane fue su destino. Acompañado en barco por una importante escolta de soldados, Lord Levallois y su joven hijo, que por entonces albergaba catorce tiernos años, atravesaron el mar y pisaron suelo extranjero tras dos días y dos noches. Desde la costa hasta el castillo de los Gruenewald sólo emplearía un par de horas en diligencia.

La carroza era majestuosa y opulenta -propia de un rey-, y estaba tirada por dos caballos jóvenes y fuertes. No era el caso; los Levallois no tenían ningún vínculo con la realeza, pero contaban con grandes riquezas pese a que su influencia se basara, principalmente, en el poder militar. Y es que, como cualquier estamento de Bern, la milicia y el ejército eran lo más importante, lo que coronaba a un hombre.

Edgar y Ancelot bajaron del carromato en cuanto este se detuvo y su recibimiento fue cálido y complaciente. Baldrik Gruenewald, señor de la ostentosa fortaleza que se alzaba frente a ellos, extendió los brazos y les dio la bienvenida con la cortesía esperada de un hombre tan hospitalario. Rodeó a Edgar en un abrazo amistoso, y el Levallois respondió con un gesto igual de cómplice. Entre ambos pronto crecieron las sonrisas y las risotadas. Cuantos más años arrastraban a sus espaldas, más pesaba la añoranza, y los dos eran conscientes de que debían saborear el momento.

¡Baldrik! —exclamó un Edgar feliz, exhumando una alegría incontenible que no pretendía esconder—. Los años no pasan para ti, viejo amigo. ¡Te ves igual que la última vez!

Entre ellos emergieron los esperados comentarios de complicidad de dos amigos que se añoraban. Ancelot observó la escena en silencio tras el regazo de su padre, del que siempre trataba de tomar ejemplo. Intentó imaginarse a sí mismo con una edad parecida a su progenitor, y se preguntó si, en ese entonces, él tendría conocidos con los que poder confraternizar del mismo modo. La realidad era que hasta el momento no tenía amigos. La fortaleza Levallois también estaba compuesta por un sinfín de muchachos jóvenes como él, pero Ancelot nunca llegaba a congeniar con ellos. Muchos ni siquiera se le acercaban, y lo cierto es que era algo que a él tampoco le importaba. Sin embargo, la idea de imaginarse un futuro en el que la soledad y el desamparo le devoraran hacía que algo se revolvía en su estómago, y no era una sensación agradable.

Ancelot… —Baldrik se volvió a él y le miró con una sonrisa llena de admiración. O al menos, eso creyó leer el chico en su mirar—. Estuve presente el día de tu nacimiento. Eras tan sólo un bebé, pero en tus ojos brillaba la fuerza de un Lord. ¡Y mírate ahora! Eres el orgullo de tu padre.

Es un honor conoceros en persona, Lord Gruenewald —inclinó ligeramente la cabeza y el cuerpo, gesto respetuoso y cortés. Su padre le había pedido que ofreciera su mejor sonrisa a su buen amigo, y así lo hizo—. Padre suele hablar de vos con frecuencia, sé que os tiene en gran estima. Para mí es la muestra de que sois un hombre admirable.

Baldrik miró con una sonrisa sagaz a Edgar, que arqueó las cejas con un orgulloso deje de soberbia. No era para menos. Cuando Ancelot actuaba, por joven que fuese, todos sabían que estaba destinado a hacer algo grande. Tenía una educación exquisita y su comportamiento, su porte y sus conocimientos así lo indicaban. Para los Levallois en aquel entonces sólo se esperaba un futuro prometedor, con aquel chico encabezando un próspero destino.

Bueno, ¿no vas a invitarnos a pasar? —Edgar posó su mano sobre la cabeza de su pequeño, orgulloso, y miró a su viejo amigo sin perder ese brillo en los ojos—. Yo también quiero conocer a tu familia, Baldrik.

[ . . . ]

La fortaleza de los Gruenewald era distinta a la de los Levallois, pero no por ello menos impresionante. La decoración era incluso más ostentosa y refinada, más propia de una familia diplomática. En Bern, Ancelot había conocido todo tipo de lujos, pero la mayoría de ellos se asentaban en la estructura militar. Ellos tenían unos barracones impresionantes, unos establos que eran la envidia de todo caballero y los mejores patios de armas que sus ojos hubiesen visto jamás. Sin embargo, los muros eran fríos y los salones, aunque grandes, también lúgubres. Los Gruenewald, por su lado, parecían decantarse por un estilo más primoroso. Grandes columnas de mármol blanco, jardines llenos de setos y flores que nunca antes llegó a ver, e incluso fuentes de agua con esculturas cinceladas por auténticos artistas. Todo lo que residía entre aquellas paredes parecía buscar la belleza y atraparla con su exquisitez.

En un momento dado una bella  mujer se mostró ante ellos, y tras escuchar la presentación, Ancelot supo que se trataba de la señora Gruenewald, la esposa de Baldrik.

El honor es mío, mi señora —Edgar asintió, manos entrelazadas por delante y gesto cortés. Escuchó el comentario de su amigo y una sonrisa nostálgica se apoderó de él—. Fueron buenos tiempos, sin duda. Competíamos por la presa más grande y solíamos jugarnos la cena, ¿recuerdas? ¡Ha ha ha! Lo que daría por regresar a  ese entonces.

Ancelot inclinó la cabeza sin decir nada esta vez. El gesto pareció agradar a Griselde, que correspondió idénticamente sin alzar la voz. El muchacho también sabía ser comedido y respetuoso, y no deseaba introducirse sin el permiso de su padre, que parecía haberse ido por las ramas al recordar sus batallitas.
Sin embargo, los pensamientos del joven heredero pronto volaron cuando, de repente, una figura asomó tras una de las columnas del salón interior. Una niña blanca como la nieve, de vestido albo, cabello lacio y mirada clara, con una corona de flores alrededor de la cabeza que la convertía, a toda vista, en la rosa más bella del jardín. Él desvió sus ojos azules hacia ella, y ella le correspondió perdiendo ese mismo tono añil en él, apagado y casi mortecino. Hubo algo en la chica que supo acelerar el corazón del muchacho, aunque él, en toda su inexperiencia, no supo darle nombre a ese pálpito desconocido.
Pero le gustó.

Se mantuvo allí, congelado como una estatua de hielo, hasta que los adultos parecieron percatarse de la presencia de la pequeña. También los ojos de estos se posaron en su figura, se sumaron a esa contemplación inamovible que no parecía tener fin.

Y es que los de Ancelot, desde hacía largos segundos, no habían dejado de observarla ni un solo instante, incluso si ella se atrevía a mirarle a él.
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Re: [Social] [Flashback] Pequeño príncipe, pequeña princesa [Ancelot y Aura]

Mensaje por Aura Gruenewald el Vie Oct 06, 2017 4:44 pm


Oculta tras la columna, los ojos y manos de Aura se perdieron sobre la textura de ésta, aún con la figura de un hermoso cuervo grabada en las retinas. ¿Quién era él…? Corderito asustadizo, no pudo evitar que un poco de la tela de su vestido asomara, y su padre, a juzgar por sus consiguientes palabras, no pareció tardar en percatarse.

-Oh, dejad que os presente a mi más preciado tesoro –dijo el hombre, sin borrar esa sonrisa de quien lo tiene todo. Y así se sentía, ante la presunta complacencia de su adorable esposa.- Aura, hija mía, acércate a conocer a un viejo amigo de tu padre.

Despacio y sumisa, la niña se separó del mármol. Levantó, ligera y grácilmente, su largo vestido con los dedos de ambas manos para caminar, acercándose al grupo de nobles. No sonreía, quizás por timidez. Mantuvo los ojos sobre sus invitados para no resultar descortés, sin fijarse en ningún punto en concreto. Al detenerse a la pertinente distancia, las suaves pinzas de sus dedos alzarían la tela un poco más para ofrecer una gentil reverencia, en la que su mirada bajó y sus párpados se cerraron por un instante.

-Es un honor… –dijo con voz suave, tenue y reservada. Nunca debía hablar demasiado alto, ni simplemente hablar demasiado. Las palabras eran traicioneras, decía su madre, quien ya le había advertido sobre la llegada de invitados y le había instruido adecuadamente. ’Si ellos te vieran por dentro, si vieran lo que verdaderamente eres, te matarían en el acto.’

Y se posaron sus ojos, una vez más, sobre aquel muchacho de negros cabellos y pálida piel; noche bajo el sol del mediodía. ¿Y su corazón, de qué color sería? Le inquietaba. Pronto creyó darse cuenta del por qué, y encontró un nombre para definir aquel peso en su pecho: temor.

-¿No es preciosa? –dijo su madre con una estudiada sonrisa. Ya aprendería Aura a dibujárselas a sí misma en los labios tan bien como ella, su más cercana maestra. La mujer miró de soslayo a su marido antes de devolver la vista sobre su hija, cual madre cariñosa. Sus palabras no fueron elegidas al azar; no delante de otro Lord y su heredero-. Creemos que pronto tendrá su primer período. Una flor tardía sigue siendo hermosa.

-Aún es una niña –dijo Lord Gruenewald, tratando de restar importancia a las palabras de su mujer y desviar el tema hacia otra dirección, tal y como su esposa ya había imaginado que haría. Él no había llamado a su amigo para venderle a su hija, claro que no. Ni en un millón de años; jamás. Por su parte, Aura mantuvo la misma expresión en su seria y silenciosa faz, aunque las palabras de su madre la obligaron a bajar los ojos, discreta. Escuchó sus voces conversando.

-Debéis estar cansados por el viaje...

Voces jocosas que ya no iban con ella, a las que apenas prestó atención.

-…Acompañadme y…

Despacio, alzó los ojos.

-…Mucho de lo que hablar...

Volvía a buscarle, como un pajarillo que creyó ver el brillo de una hoja afilada en la noche.


Última edición por Aura Gruenewald el Miér Oct 18, 2017 6:36 am, editado 1 vez
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Re: [Social] [Flashback] Pequeño príncipe, pequeña princesa [Ancelot y Aura]

Mensaje por Ancelot Levallois el Sáb Oct 07, 2017 7:21 pm

Aura se había acercado hacia el grupo de personas por petición expresa de su padre, que no deseaba esconderla a ojos de sus invitados. Por la manera en que hablaba de ella, el modo en que se dirigía hacia la pequeña y las palabras que emanaban de sus labios, daba la impresión de que aquella chica era sin duda el tesoro más preciado del viejo lord. No era para menos; Aura destilaba un halo de pureza que ablandaría el corazón de cualquier hombre, más aún si este era su padre. Como no podía ser de otro modo, también ella brillaba por sus formas. Se inclinó con la reverencia propia de la alta alcurnia y coloreó el silencio con el pincel de su voz.

Es un honor… —susurró ella. Aquel tono, entre melancólico y dulce, sonó como una hermosa melodía a oídos de Ancelot, que no pudo separar sus ojos de aquel rostro angelical. El pecho del Levallois tronó, y ese nuevo pálpito volvió a atormentar su inamovible expresión. ¿Qué nombre podía darle a esa sensación tan extraña? Su padre le había dicho que los hombres jóvenes como él pronto comienzan a pensar en cosas que antes, cuando todavía eran niños, jamás podrían imaginar.

Y ahora, secretamente, empezaba a comprender esas palabras.

No habría respuesta por su parte, ninguna que pudiese salir de lugar. Le habían enseñado a comportarse ante cualquier figura de poder, y el trato a diario con sus súbditos también le había servido para aprender a, ya tan temprana edad, hacerse respetar. Sin embargo, el cómo debiera actuar ante aquella nueva presencia se le hacía insólito, desconocido, un rotundo misterio. Aura parecía asustada, y de lo que no parecía tener ni idea era que, sin saberlo, contaba con el arma más poderosa que Ancelot hubiese visto jamás. Mortífera hoja de seda.

Griselde, sabe quién con qué intenciones, habló entonces sobre la inocencia de su hija. Todavía niña, Aura no podía considerarse una mujer aún, por mucho que los rasgos femeninos comenzaran a dibujarse incipientes en su cuerpo. Aquel comentario consiguió generar un cosquilleo en la nuca de Ancelot que vibró hasta la punta de sus dedos, y el mundo se volvió difuso e inhabitable. Los adultos continuaron hablando sobre inquietudes varias, pero él ya no los escuchaba. Las voces se alejaban en un eco silencioso, se perdían en una distancia ficticia que las disipaba por completo. Morían, sí,  y en su lugar dejaban los deseos de un corazón repentinamente contaminado, el recuerdo de una voz solemne a punto de romperse. Un sueño de cristal.

No importaba el momento, no importaba la situación. Cuando la niña levantaba la mirada, ahí estaba él. Observándola, impávido, robándole el alma gota a gota, como quien sorbe un vino que simplemente no desea terminar. La aparición sutil de un sudor liviano y frío se hizo consciente en el dorso de su frente, y se notó igual que una aguja.
Ancelot odiaba sentirse así. Y al mismo tiempo, le fascinaba.

Poneos cómodos, por favor.

No supo en qué momento habían llegado hasta allí, pero en un instante todos se encontraban en mitad de un inmenso salón-comedor tan espacioso que incluso un rey sentiría envidia al verlo. Los pasos de Ancelot habían sido un mero acto reflejo; se percató de que ni siquiera había escuchado a su propio padre, y que ahora se encontraba allí bajo la inercia que durante toda su vida había movido sus hilos: la sombra de Edgar, tan alargada como un árbol milenario.

Tomó sitio cerca de Lord Levallois, más consciente ahora de la realidad que le envolvía, y sin embargo sus ojos terminaron viajando una vez más hacia la niña hecha de nieve. Puede que Ancelot no lo supiese entonces, pero ese día comenzó a convertirse en la criatura que años más tarde afanaría el corazón de hombres y mujeres por igual. Su instinto había florecido, y con él, la gesta de una insaciable lascivia por todo aquello que ambicionara.

La sed hecha carne, y el hueso, afán.
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Re: [Social] [Flashback] Pequeño príncipe, pequeña princesa [Ancelot y Aura]

Mensaje por Aura Gruenewald el Jue Oct 12, 2017 10:04 am


Y danzó el eco de pasos y de voces risueñas por los pasillos de la gran fortaleza. Los nobles marchaban hasta el gran salón, jubilosos en la presencia del otro, presa de aquella música invisible que movía los hilos bajo el pecho. Llegaron al hermoso y espacioso habitáculo, de mil adornos y mil lugares sobre los que perder la vista. Una enorme chimenea presidía la sala al fondo, y ante ella, varios sofás de aspecto elegante les dieron la bienvenida. Aura se sentó junto a su madre, que a su vez se colocó cerca de su padre. Justo en el sofá de enfrente, Lord Levallois se sentaba con su hijo Ancelot. Algunos guardias esperarían fuera, custodiando la sala; no debían molestar. Había tanto de qué hablar, tanto que decir.

Escuchó la risa de su progenitor, pero Aura no podía estar pendiente de cada palabra. No cuando, cada vez que alzaba la vista al frente, hallaba unos ojos azules devorándola, incansables. Se sintió oveja ante un lobo. Debía mantener una máscara impasible, pero respirar se le antojaba cada vez más difícil.

¿Por qué la miraba él? ¿Acaso podía ver más allá del blanco, acaso podía leer sus secretos?

¿Y ella, por qué cada vez que alzaba los ojos parecía buscar los ajenos? ¿Quería simplemente comprobar que habían parado de mirarla? ¿Y si ya no la miraran, se sentía aliviada?

Manos reposando sobre su regazo, la niña encogió los dedos y los tensó discretamente, signo de sus inquietudes. Hoy había música en el aire; a veces hermosa, a veces tétrica. Y aunque su padre tuviera uno ojo en el pasado y el otro sobre su amigo al que hacía tiempo que no veía, su madre siempre fue de prestar atención a todo cuanto ocurría en la sala. La mujer sonreía, serena, escuchando la conversación entre ambos Lords y participando en ella con interés y algún que otro halago. No le pasaron desapercibidas las miradas furtivas del heredero Levallois hacia su hija, ni tampoco la pequeña tensión que emanaba de ésta. Pero le había enseñado bien; sabía que Aura llevaría su perfecta máscara de pureza hasta el final, por la cuenta que le traía. Debía ir acostumbrándose a caminar entre bestias.

-Joven Ancelot –se dirigió la mujer al hijo del Lord, aprovechando un momento en que la conversación principal había encontrado una pequeña pausa-. Es posible que esta conversación entre viejos amigos no sea del todo de vuestro interés. Los jóvenes siempre tienen una mente demasiado inquieta para quedarse sentados en un sofá, ¿no es así, amado esposo? –rió un poco, mirando a Lord Gruenewald, antes de devolver la atención sobre el chico-. Quizás gustaríais más de explorar el castillo, vivir vuestra propia aventura mientras vuestro padre revive las suyas. Aura os acompañaría gustosa para mostraros las distintas dependencias.

Al oír aquello, los ojos de la niña se abrieron un poco más. Miró inmediatamente a su madre, y ésta le asintió con la cabeza brevemente, para dirigirse al heredero una vez más con amable sonrisa.

-La elección es vuestra. Si Lord Levallois lo permite, por supuesto.

Lord Gruenewald quedó sin habla por un momento. Trató de sonreír. Su esposa tenía razón, era una reunión de viejos amigos, y aquel muchacho no podía hacer más que callar y escuchar. No deseaba que se llevara un recuerdo aburrido de aquel viaje. Pero… en aquel momento, Baldrik no pudo evitar empezar a ver a Ancelot por lo que quizás era. Un depredador en potencia…

-Claro... Si Ancelot así lo desea, nuestra fortaleza está enteramente a su disposición –dijo sin más remedio, tratando de sonar complaciente. También él sonreía. Sólo Aura no lo hizo; mantuvo esa actitud tímida que había traído consigo desde el principio. Despacio, casi temerosa, la niña volvió a posar la vista sobre el imponente joven noble, esperando la respuesta que saliera de sus labios. Condena o liberación.
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Re: [Social] [Flashback] Pequeño príncipe, pequeña princesa [Ancelot y Aura]

Mensaje por Ancelot Levallois el Mar Oct 17, 2017 8:23 am

Tampoco para Ancelot era posible pensar con claridad. Había escuchado ciertos detalles de las conversaciones que mantenían su padre y Lord Gruenewald, pero las palabras le resultaban cada vez más vacías y llanas. Y no es que no tratase de poner atención en sus asuntos: aunque no fuera con él, Ancelot estaba allí por y para complacer a Edgar, que por primera vez en su vida había decidido contar con su hijo en un viaje de motivos meramente burocráticos (y en este caso en particular, también nostálgicos). Sin embargo, por más que se empeñara en seguir ese hilo de recuerdos intrascendentes, había una presencia entre aquellas cuatro paredes que borraba toda voz y difuminaba el ambiente con simplemente mirarle. Aura lo hacía, y aunque parecía ligeramente asustada, nada le impedía seguir cruzando sus ojos con los del joven Levallois.
Él se mantuvo sereno, aparentemente imperturbable, pero su corazón retumbaba con la fuerza de una hueste salvaje descendiendo por una loma. La inquietud de aquella niña era una llamada a voces, un ruego en mitad del silencio. Y como si el destino predispusiese los elementos para acercarle a ella, su madre, Lady Griselde, interrumpió un instante de quietud para fortificar aquella sensación devastadora: una mezcla de júbilo y miedo.

Joven Ancelot. Es posible que esta conversación entre viejos amigos no sea del todo de vuestro interés. Los jóvenes siempre tienen una mente demasiado inquieta para quedarse sentados en un sofá, ¿no es así, amado esposo? —la sonrisa que inquirió cuando miró a su hombre se grabó a fuego en los ojos del joven Levallois. Había algo en ella que, en toda su belleza, destilaba una intencionalidad impía—. Quizás gustaríais más de explorar el castillo, vivir vuestra propia aventura mientras vuestro padre revive las suyas. Aura os acompañaría gustosa para mostraros las distintas dependencias.

Ancelot no supo que contestar. En primer lugar, porque no deseaba tomarse más libertades de las que le estaban permitidas. Y en segundo, porque la idea de ser acompañado por Aura volvió a hacerle sentir ese cosquilleo inoportuno. Lo cierto era que, sin embargo, ya comenzaba a habituarse a ello y no lo encontraba desagradable. ¿Era tensión, quizás adrenalina? ¿Por qué aquellos ojos le hacían vulnerable? ¿Era el miedo a no complacer lo que a él le había complacido? ¿El temor a decepcionar, él, que tan habituado estaba al elogio?

¿O era simplemente ella?

Poco importaba la respuesta. Si podía beberse el riesgo y secar toda duda, que así fuera. Estaba preparado.

Cuando miró a su padre y éste asintió tras las palabras de Baldrik, Ancelot oteó a todos los presentes y se puso en pie.

Os agradezco la propuesta, así como vuestro permiso, mis señores. Es todo un privilegio y un honor conocer más a fondo el hogar de vuestra noble familia, mucho más junto a tan inestimable compañía —volvió a inclinarse con la gentileza de un príncipe, de esos que sólo aparecen en las cortes más distinguidas. No había sangre real en sus venas, pero sus métodos no distaban de ser como tal. Tanto Baldrik como Griselde volvieron a sentirse complacidos por su ejemplaridad, aunque el hombre parecía tímidamente inquieto por la idea de dejar a su hija en sus manos. Sin duda, ella debía ser su más preciado tesoro.

No dijo nada más. Se dispuso cerca de Aura, de quien esperaba un primer paso para marchar de aquella asfixiante habitación, y se preparó para adentrarse en una nueva vorágine de irrespirable atmósfera. Fue el primer instante en el que se acercó a ella, el primero de muchos. Sus ojos la contemplaron con una mezcla de orgullo, fascinación y miedo; con el brillo de aquel que descubre algo que todavía no conoce. ¿No es así el primer disparo al corazón de un infante?

Sin voz, pareció rogar, imperar con la mirada. Su mensaje era una llamada a la soledad, a la intimidad. Al refugio de quien necesita desaparecer, independientemente de cuáles sean sus motivos.
El silencio hablaba por él. Decía dos palabras sin romperse. Manejaba los tiempos como si él mismo pudiese tejerlos. Sin contemplaciones.

"Vámonos, Aura".

Y así sería.
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Re: [Social] [Flashback] Pequeño príncipe, pequeña princesa [Ancelot y Aura]

Mensaje por Aura Gruenewald el Miér Oct 18, 2017 7:22 am


Silencio. Primero hubo silencio. Quizás el hijo de Lord Levallois acababa de ser importunado con las palabras de Lady Griselde; por un par de segundos no dijo nada. Miró a su padre, como quien busca su permiso, y sólo tras el asentimiento de éste Ancelot se decidió a ponerse en pie. No necesitó decir lo siguiente para demostrar que había aceptado la oferta, provocando, con aquel gesto decidido, un pequeño vuelco en la boca del estómago de la niña. Aura miró a su madre una vez más, buscando no su permiso, sino cualquier tipo de apoyo o consuelo que ésta pudiera ofrecerle. Recibió una sonrisa y un asentimiento de cabeza, igual al de Lord Levallois con su hijo. Su papel había sido decidido; guiaría al joven Lord por algunas de las dependencias del castillo, le enseñaría su pequeño mundo.

También ella se puso entonces en pie, tragándose una inhalación discreta mientras él se acercaba. Estaba nerviosa y aún no se le daba demasiado bien ocultarlo. Quizás no era la primera vez que Aura veía a invitados de su padre en la fortaleza, mas sí era la primera vez que se quedaría sola en compañía de uno de ellos, ejerciendo de guía. Normalmente ella sólo miraba, callaba, o decía sólo lo justo. Pero su madre ya se lo había advertido, que incluso al decir lo justo, Aura debía aprender poco a poco a dominar el arte de la palabra y el juego del engatusamiento. ¿Cómo se jugaba…?

-Seguidme... milord… -dijo sin mirarle a los ojos, mirada respetuosamente gacha. Completamente a su disposición y a su merced, niña obediente. Y con una reverencia hacia los demás presentes, en cuyos rostros no posó en ningún momento la mirada, Aura caminó con calma hacia la puerta de la gran sala, manos juntas sobre su vientre. Pronto, tanto ella como el joven Lord habrían desaparecido de la vista de los señores, pasando en silencio por delante de los guardias que custodiaban la entrada del habitáculo, hacia uno de los pasillos. Sabía dónde le llevaría primero: una sala cercana donde su padre guardaba sus trofeos de caza, cabezas de animales y armas diversas en exposición. Estaba segura de que sus padres se dirigirían allí más tarde, pues Lord Gruenewald solía mostrar esa sala con orgullo a todas sus visitas.

Entonces, cuando parecían estar solos, y sin detener su paso por el pasillo, Aura miró al muchacho de soslayo con la fascinación a flor de piel. Parecía un príncipe. Un príncipe como los de sus libros, los que leía en sus ratos libres. Y parecía también un brujo, de esos que se comían el corazón de las princesas. Llevó una mano, sin poder evitarlo, hacia su propia corona de flores. ¿Estaba bien puesta, se vería linda…? Miró al suelo. Quiso hablar, quiso escucharle, y allí estaba la palabra mágica.

-Bern… -dijo, casi en un susurro. ¿Cómo se jugaba, cómo…? Hablar sin decir demasiado, arrancar palabras ajenas. Pero la Aura de ese día sólo quería saber un poco más...

-Habladme… de Bern. ¿Hay monstruos allí...? ¿Cómo son…?

En Verdane, los monstruos vestían de blanco. ¿Vestirían en Bern de negro?
Afiliación :
- GRANNVALE -

Clase :
Dark Mage

Cargo :
Noble

Autoridad :
★ ★

Inventario :
Tomo de Ruina [2]
Vulnerary [4]
.
.
.
.

Support :
None.

Especialización :

Experiencia :

Gold :
278


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Re: [Social] [Flashback] Pequeño príncipe, pequeña princesa [Ancelot y Aura]

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