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[Campaña de liberación] Vientos de corrupción [Gerard, Mikaela]

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[Campaña de liberación] Vientos de corrupción [Gerard, Mikaela]

Mensaje por Gerard Van Reed el Vie Sep 29, 2017 8:57 am


El gélido cantar del anochecer acechaba una vez más en las tierras del norte, acompañado por una espesa y densa capa de niebla. Desde lo alto de una colina cubierta por una finísima capa de nieve podía vislumbrarse un pequeño pueblo costero; bajando de ella, una figura sobre un caballo.

Tras perder el último barco a tierra continental, Gerard había decidido agradecer la bienvenida que le había dado el mismísimo Brynjar patrullando la costa, ayudando así a la guardia local. Según le habían hecho saber, los emergidos habían llegado hasta allí, el ducado norteño. Poco le importaba Mitgard, y menos todavía en el estado en que se encontraba su patria; sin embargo, habría sido un deshonor no devolver el favor... y tal vez su cometido llegase a los oídos del albino. Por mucho que le costase admitirlo, su patria necesitaba aliados, por mucho que las autoridades lo negasen.

No era la primera velada así que pasaba Gerard en Mitgard, pero tras su encuentro con el jarl y aquel choque de ira en la taberna, sentía que no había mucho más que el ducado isleño. ¿Había sido fructífera su estancia allí, hasta la fecha? Después de todo, su tiempo era limitado, lo que hasta entonces le había obligado a quedarse poco tiempo en el mismo lugar. Pero al fin y al cabo, no estaba en un viaje por placer. ¿Había valido la pena? El destino tendría esa respuesta; en ese momento, Gerard solo podía seguir aquel camino elevado, desde el que podían verse las tempestuosas aguas de la costa Este de la isla y... poco más, debido a la bruma natural.

Pese a la temperatura de la zona, algo más cálida que en la capital o en los bosques, el caballero se encontraba una vez más tiritando, pues semanas de viaje por las tierras heladas no habían sido suficiente para que se acostumbrase. Y su caballo ya había enfermado muchas noches atrás; no podía estar allí indefinidamente. Debía volver pronto a la posada, o de lo contrario...

¡KRAKA-BOUMMM!

Su caballo levantó las patas para dar un gran bufido. (¿Un trueno?) Gerard giró la vista hacia el origen de aquel estremecedor bramido. Efectivamente, un trueno parecía haber impactado en el ajetreado muelle, algo alejado del poblado que había dejado atrás. Tan fuerte fue el impacto que uno de los largos botes que se hallaba desatendido se partió en dos, ambas mitades cayendo lentamente sobre el agua. Poco faltó para que alcanzase a uno de los pescadores de allí.

¡KRAKA-BOUMMM!
¡KRAKA-BOUMMM!


Varios destellos más que impactaron en los almacenes que había en la costa, prendiendo fuego al que tenía techo de paja. Inexplicablemente, pues no era una velada tempestuosa, de aguas torrenciales y oscuros cielos, sino una de espesa niebla, como ninguna otra había visto antes el caballero.

Mas no podía dudar; bajó por la colina, al galope, dispuesto a prestar su ayuda a aquellos pobres desaventurados. ¿Cuál sería la fuente de tal destrucción? De haber sido testigo de tal escenario dos años atrás, Gerard habría afirmado que se tratase de la ira divina de Naga, castigando a los Silessianos con calamidades por haberse visto tentados por un dios inferior. Pero en ese entonces, había visto suficiente como para dudar de que fuera algo así. Había otra explicación... ¿pero de dónde estarían viniendo, entonces? El caballero siguió girándose con su caballo... intentando vislumbrar luces que se asemejasen a rubíes en la lejanía.

Gerard tenía la lanza lista para dirigirla hacia cualquier posible fuente de peligro que se acercase a su montura, confiado de poder detenerla a tiempo en caso de que hubiese sido una falsa alarma.

¿Qué hallaría antes? ¿Aliado o enemigo?
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Re: [Campaña de liberación] Vientos de corrupción [Gerard, Mikaela]

Mensaje por Mikaela el Mar Oct 17, 2017 9:08 pm

Él mismo le había pedido al jarl Brynjar ser considerado parte de la guardia del puerto y puesto a sus mismas tareas, en agradecimiento por mantener discreto el hecho de sus estadías en Mitgard, pero seguía y seguiría sin acoplarse. La cultura del ducado independiente era demasiado fraternal para su comodidad. La guardia no trabajaba en silencio, como el branded prefería hacer, sino que charlaban y reían juntos al coincidir, apostados ante la quieta bahía. Las salidas de navíos habían sido pospuestas debido a la bruma; el hielo en las aguas de por sí debía ser quebrado a menudo para asegurar el tráfico y los encargados de tal tarea simplemente no podían salir en sus botes a realizarla en esas condiciones, por lo que se observaría el clima y se esperaría a que la neblina cediera, si no arribaban antes los acólitos del templo de Forseti a prestar su magia para despejar los aires. La vida debía seguir, pero el puerto estaría a la espera un poco más. Y Mikaela estaría todavía atrapado entre hombres y jóvenes que preguntaban con soltura por las familias de los demás, si acaso todos tenían suficiente leña seca después de los días algo húmedos de la estación, o si se verían después de horas para colaborar en la reconstrucción del hogar de uno de ellos, entre otras tantas cuestiones de compañeros y amigos.

Por un tiempo se había quedado en su proximidad, riendo con los comentarios locuaces como uno más de la tropa, pero cuando las amigables voces pasaron a preguntar de los motivos que traían al joven a Mitgard, juzgó mediocres sus propias respuestas cortas y resolvió mejor sólo distanciarse. Solía tener respuestas agradables y suficientes en la punta de la lengua, pero no había estado preparado para tanto. No las tenía trabajadas en profundidad. Llegado a ese punto en que era mejor ir con cautela, cualquier excusa era buena para evadir la situación; la suya fue la de hallar bellas las luces de la ciudad apareciendo entre la niebla, vistas desde un poco más alto en las colinas, por lo que iría a contemplarlas antes de que el trabajo volviera a llamarlos a todos. De ese modo, sin tornarse tópico de plática ni centro de atención, Mikaela se liberó de la compañía de la guardia. Y aún con eso tuvo que ser cuidadoso, pues ni dos minutos después se le aproximaba un joven de apenas cumplida mayoría de edad a intentar acompañarlo, insistente en entablar amistad con otro recluta nuevo o algo por el estilo. De inmediato el corazón se le encogió en el pecho, porque apartar intentos más de dos veces era ya arduo en su ánimo. No hacía amigos. No tenía tiempo ni vivía las condiciones para ello. Pero los años claramente no le habían hecho menos iluso en ese aspecto, porque todavía le entibiaban la sangre los intentos de conexión de personas con sonrisas tan francas y el maldito muchacho había estado poniendo demasiado empeño últimamente. En algún nivel le había flechado un soldado que no le dejaba en paz, uno de pocas luces pero agradable a la vista. Cuando notó su propia forma de pensar, se excusó a toda prisa y siguió a solas su camino colina arriba, ceño fruncido y mirada gacha en la nieve. No debía darle importancia a los humanos.

Dos años habían pasado desde la Caída de los Reinos, el colapso de Silesse incluido. Poco menos desde que se le había condecorado subteniente en su patria. El tiempo le había hecho aceptar la insalvable diferencia entre humano y branded, dejando atrás la tonta sensación de suciedad en la sangre, para en su lugar volverlo un motivo de orgullo, de verse a sí mismo en una existencia mejor. No era que pensara hacer mucho con su vida, pero mientras la tenía, había hecho las paces con ella. Había tenido quien le enseñara a pensar así. A su vez, aprendiendo con el tiempo que no sabía tanto sobre discreción como otrora creyera, se tornaba cada vez más diestro en ocultarse a sí mismo, en lucir normal y a su vez tomar lejanía de toda posible amenaza; y todos eran posible amenaza. Siempre era mejor distanciarse de humanos, eso lo sabía mejor ahora que nunca. Se hallaba más a gusto caminando por su propia cuenta, ascendiendo en la colina y girándose a contemplar a solas la vista del puerto, tranquilo y aliviado. Y de eso no había mentido, era buena vista. Las luces perforaban la bruma en varios puntos, marcando un mapa curioso del lugar.

Un distintivo rugido de trueno creció entre nubes que Mikaela no había visto llegar. El espadachín alzó la vista a tiempo para presenciar la caída del haz enceguecedor sobre los pequeños puntos de luz, debiendo ladear el rostro con rapidez para no afectarse demasiado los ojos. Confundido, frunció el ceño y se frotó con el pulgar y el índice sobre los párpados cerrados. Estaba seguro de no haber visto nubes de tormenta antes. No pudo verlos aún, pero casi enseguida escuchó los demás truenos caer sobre la bahía, en sucesión demasiado rápida para ser naturales. Conocía el clima del Norte, era el único que había conocido en su vida, y sabía que eso no era normal. Pensó en magia, mas de haber emergidos u otros invasores aproximándose entre la bruma de las aguas, no podrían estar conjurando tan hacia el interior del lugar. Algo debía haber más cerca.

Escuchó los cascos de un caballo en la nieve, tan característico y diferente como era su amortiguado sonido. Afilando la mirada, tomó postura recta, con la mano ya en el mango de la espada, esperando a distinguir apropiadamente su dirección. Se hallaba demasiado distanciado de la guardia del puerto como para acudir a actuar con ellos de forma más ordenada, pero no se preocupaba demasiado de ello; primero, conservar su propia vida contra lo que fuera que viniera a por él. No obstante, cualquier tiempo para prepararse le fue arrebatado cuando la figura del animal surgió de la neblina con ímpetu, casi pisoteándolo en su cabalgata. Debió lanzarse a toda prisa a un lado, dando un giro en el suelo frío antes de volver a levantarse, fina espada desenfundada en el proceso, yendo a por el costado de la bestia o del jinete. Una lanza apareció en su camino.

Y esta vez, después de dos años desde una escena irónicamente similar, Mikaela supo reaccionar un poco más rápido. Se detuvo el instante, sólo apartándose del filo de la lanza, y aunque su espada estuviera ya en su mano dirigió la punta hacia el suelo pasivamente. Con asombro levantó la mirada al jinete. - ¿Van... Reed? - Dudó un poco de recordar bien el apellido. Era el único apellido de Grannvale del que había hecho nota mental, un poco más fácil de retener gracias a lo diferente que se le hacía. Viéndolo, podía incluso dudar de que fuera verdaderamente él; no había grupo templario a la vista, no había estandarte en las ancas del animal, y entre más lo pensaba menos sentido tendría hallarlo allí. El hombre en sí lucía distinto, a diferencia del marcado, cuyo aspecto no había sufrido el más mínimo cambio en dos años, ni siquiera un incremento milimétrico de altura. - ¿Gerard Van Reed? - Insistió, volviendo a endurecer su mirada y tornar inexpresivo el gesto en su rostro, reprochándose a sí mismo el instante de sentimiento liviano al creer que reencontraba vivo a alguien que había conocido en los tiempos más difíciles. Era un simple hombre más, después de todo, y Mikaela ya había aprendido la diferencia entre él y ellos. Nuevamente, no debía darle importancia a los humanos. Y sin embargo, por algo había recordado al caballero por aquel intervalo de tiempo.



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