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[Social] Vuestra es mi fuerza. Vuestro es mi honor [Alanna y Gerard]

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[Social] Vuestra es mi fuerza. Vuestro es mi honor [Alanna y Gerard]

Mensaje por Alanna el Jue Sep 28, 2017 5:04 pm

Un cubo de agua, útiles de limpieza y unos dos, tres… cinco puñados de heno embutidos en un saco con los que cargaba entre sus brazos. ¿Sería suficiente?  Esperaba que así fuese; iba totalmente a ciegas con las únicas premisas de haber visto u oído de algunas jinetes mercenarias con las que llegó a trabajar acerca de la cría y cuidado de un pegaso. Pero claro, un pegaso no era lo mismo que un caballo corriente y moliente. Y un caballo corriente no era lo mismo que un destrero adiestrado para soportar con estoicidad el peso y fragor de las batallas venideras. Solo por seguridad, agarró un puñado más de heno antes de irse a los establos.

Hoy Alanna se quedaba a solas. Al menos, no en compañía de personas: mientras Gerard y Corrin aprovechaban el día en el mercado para relajarse después del pesado viaje, ella se quedaría al cargo de la montura del primero. Por supuesto, ella ni se planteó el negarle el favor cuando se lo pidió, imaginándose que la tarea sería sencilla. Pero la que habló en esos momentos era la Alanna lanzada y decidida a no declinar cualquier reto, incluso el de convertirse en moza de cuadra por un día. A las horas siguientes, la Alanna racional empezó a hacer acto de presencia y querer propinarle un coscorrón mental por abrir la boca antes de pensar. Querría hacerle un inmenso favor a Gerard, pero estaban hablando de su caballo, su fiel compañero y pilar fundamental de todo caballero que se preste. Tan solo… tendría que asegurarse de tenerlo bien alimentado… ¿no?

No quiso darle más vueltas al entrar por fin al establo. Fuera lo que tuviera que hacer, daría lo mejor de sí por Gerard. Entonces, miró en derredor hasta localizar a su fiel potro, que por lo menos parecía mucho más tranquilo que ella. Buena señal. —¡Buenos días, Sterk! —Sí, Sterk. Trató de memorizar el nombre completo la primera vez que lo escuchó de Gerard, pero se le trabó la lengua de solo pensarlo. Dejando en el suelo todo el aparataje, se aproximó al animal con una expresión plácida—. Hoy Gerard ha salido a disfrutar de la mañana, así que estaremos solos tú y yo. Ya verás que bien nos lo vamos a… —Se detuvo a medio camino, frunciendo el ceño y arrugando la nariz, mucho. Con el olfato tan sensible que se gastaba, no tardó en percatarse de aquel aroma tan fuerte y desagradable. Olisqueó el aire, estremeciéndose de repugnancia a cambio de dar con el supuesto origen del rastro: Sterk. «Será una broma…», Y cuando se acercó a este, incrédula, para olfatear una vez más…

¡OH, DIOSES…! —Un grito que se ahogó con la arcada que le entró, tapándose la boca y doblegándose sobre si misma con el ulterior fin de que su almuerzo no escapase de su estómago. ¡Por todas las deidades terrenales habidas y por haber! ¡Ese hedor a… a bestia! ¿Cómo podía oler tan mal un caballo? Aun con las fosas nasales chillando de agonía y los ojos vidriosos de la angustia, hizo rodar los segundos hasta Sterk y no pudo sino escandalizarse más con lo que no reparó en un primer momento: pelaje encrespado y alborotado. Rastrojos de origen incierto que no quería averiguar. Y mugre, mugre, mugre. Alanna no daba crédito a lo que estaba contemplando, negando con la cabeza como una boba—. Santo cielo, ¿pero a qué clase de páramos te ha hecho Gerard que le lleves? —espetó con un hilillo de voz. Sí, eso le gustaría saber, porque más bien parecía que acabase de salir de algún pantanal hediondo en Plegia.

Plegia… Tonterías. ¿Por qué pensaría siquiera en ello? Gerard era lo bastante responsable y consciente para no internarse en un país hostil y plagado de herejes.

Lo realmente importante en esos momentos es que ese pobre animal necesitaba que lo aseasen con urgencia. Fue de inmediato a apropiarse del cepillo de entre las cosas que dejó en el suelo y, haciendo de tripas corazón, tomó la última bocanada de aire pura y se encaramó a Sterk, procurando respirar por la boca, pues corría el riesgo de desfallecer allí mismo como inhalase el hedor otra vez. Concienciándose de que la buena faena que le esperaba, no se demoró en ponerse a cepillar su pelaje. —¡Habrase visto! ¿Qué clase de caballero desatiende tanto la imagen de su montura? En cuanto vuelva tu dueño, pienso tener una sería conversación con él. —Frotó con más brío según se acrecentaba su indignación. ¿Acaso no tendría ni un solo momento para dedicarle a su caballo?

Pues puede que no lo tuviera. Y acabó dándose cuenta de lo egoísta que sonó, agarrotándosele el brazo con el que sostenía el cepillo. ¿Acaso no lo sabía ya? ¿Qué Gerard estaba removiendo cielo y tierra para buscar una solución al asedio que sufría su país? Sterk solo era el claro ejemplo de que no se detuvo en ningún momento durante su viaje. Y para uno de los pocos días que lograron convencerlo de que se evadiese de sus preocupaciones… Un rescoldo de amargor le reptó por la boca del estómago al rememorar el momento en el que le increpó sobre su situación en Grannvale, y posó su mano en el lomo del caballo. —Oye, Sterk… ¿Tú sabes… lo que le pasó a Gerard en Grannvale para que le afecte tanto? —Su mirada se posó en los orbes de ébano del destrero, anhelante, buscando en ellos cualquier respuesta a la pregunta que le formuló. Pero no iba a ser posible; aquello no era ningún cuento de hadas en donde los animales hablaban por arte de magia. Emitió un largo suspiro de rendición—. Claro. ¿Qué me ibas a decir, si no?

[…]

Ese día las vías principales del mercado bullían de ocio, comercio y, sobre todo, de vida. Un día de festival. Alanna se había olvidado por completo de que era esa época del mes; transitar por allí en mitad de los preparativos se hacía cargante, por no decir imposible, y el bullicio nada tenía que ver con los alegres canturreos de los dependientes que engatusaban a las esposas y madres de familia con sus productos frescos. La única serenata que se escuchaba allí eran las constantes trifulcas entre los malhumorados comerciantes, que discutían entre ellos el lugar donde apostaría cada uno sus tenderetes para atraer la atención de potenciales clientes.

Y Corrin no les acompañaría hoy. La mañana sería solo para Gerard y ella, una idílica jornada que esperaba con ilusión después de la última vez en Ylisstol. Sin embargo, eso fue antes de cerciorarse de la cruda realidad en la que días como aquellos no se repetirían. Corrin se acabaría marchando para continuar con su viaje. Y… Gerard también. Era mera cuestión de tiempo que acudiese a la llamada de auxilio de su necesitada Grannvale, como un buen y noble caballero que amaba su patria. Y ella volvería a la misma rutina de siempre, a vivir del sustento que pudiese ganarse con su hacha mientras rehuía de su pasado. Volvería al amparo de la soledad.

Alanna frunció el ceño, irritada, por culpa de todo ese ruido exterior que interrumpía su línea de pensamientos y viró la cabeza, recordando que la presencia del caballero seguía perdurando. De momento. No supo si formuló aquella pregunta por la necesidad de saber cuánto tiempo le quedaba, o por alargar un poco más la compañía que le hacía: —Sir Gerard, ¿qué es lo que tenéis planeado hacer ahora?
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Re: [Social] Vuestra es mi fuerza. Vuestro es mi honor [Alanna y Gerard]

Mensaje por Gerard Van Reed el Sáb Sep 30, 2017 1:15 pm


Un día más en el eterno festival de Ylisse. En esa ocasión Gerard se había alejado un poco de las festividades los tenderetes, del núcleo dejúbilo en el mercado, del que ya había gozado con Corrin, para acercarse a la entrada del recinto. La amplia puerta por la que todavía pasaban carromatos con suministros con destino al festival, portando productos alimenticios frescos, decorados cerámicos o incluso artistas viajeros.  Esa mañana la joven de cabello cenizo se había quedado en la posada para descansar del día anterior y vigilar las pertenencias y armas. Por la tarde o al día siguiente emprenderían de nuevo el viaje… pero Gerard iba a disfrutar de un día más de festival, con dos compañeros muy preciados para él: su fiel e impávido caballo, que daba enérgicos bufidos, como animado por las festividades, y Alanna, con quien llevaba ya varios días viajando. Sin soltar el arnés facial de su caballo, con el que conducía a la bestia desde el suelo, se llevó una mano a la cintura y dejó que la mente divagase en sus próximos objetivos.

- Grannvale, Silesse, Mitgard. Y ahora, también he recorrido Ylisse. A lo largo de mi viaje he averiguado mucho acerca de los emergidos. Antes de pasar a explorar el siguiente país, debería volver a Grannvale. Para informar sobre lo que he averiguado… - Levantó una ceja ante lo que iba a continuación. - … recoger mi sueldo…  - Otra vez el dinero. ¿Por qué tuvo que cuando estaba en Jugdral solo se había alojado en posadas caras? Allí estaba, en el festival… completamente arruinado, con lo justo e indispensable para permitirse agua y rebanadas de pan con las debía conseguir volver a casa.

A… casa… - Y tal vez vaya a ver a mi familia. Si es que… quieren verme. - Cerró los ojos, dejando a su mente divagar en la nostalgia mientras la brisa revolvía su cabello, sin inmutar su estoicidad. La verdad es que les echaba de menos. Por muy revoltosa que pudiese ser Henriëtte, por muy cargante que pudiese ser Miranda, por muy entrometida que resultase Agnès. Pero en sus tiempos como templario tenía una casa a la que volver. No estaba muy seguro de que tras lo ocurrido en su pasado, podría seguir contando con ello.

¿Cuánto tiempo hacía desde que había comenzado a viajar? ¿Desde que había dejado atrás a su familia para emprender aquella misión, la empresa de cuestionables probabilidades de éxito en la que se había embarcado? La tranquilidad del viaje, combates de vida o muerte, vuelta a la tranquilidad, y nuevamente refriegas. Ese había sido el ciclo de los acontecimientos en el viaje de Gerard. Parecía haber pasado una eternidad desde que su barco llegó a aquella isla alejada de la mano de Naga.

Al menos, en el nuevo continente no había sufrido la desdicha de atravesar un gélido clima capaz de enfermar al más fiero caballo, ni de ser atacado en un templo, ver su honor cuestionado por bribones o acabar raptado por piratas. Aunque ser abordado por emergidos, ser alcanzado por bolas de fuego, haberse enfrentado a una hereje y haber rescatado damiselas sin duda contaban como aventuras digna de un libro.



¿Aventuras dignas de un libro? ¿En qué estaba pensando? Negó con la cabeza y dio un largo y tedioso suspiro, dejándose llevar por el desasosiego durante unos segundos. Abrió los ojos para luego posarlos en el índigo escenario encima de ellos. El cielo Ylissiano, tan inmutable como de costumbre, que tanto le había ayudado a pensar los últimos días. No había abandonado su país para salir de juerga; su misión era de extrema importancia. Aún sin el apoyo de Naga, como tan difícil le había resultado aceptar tras las escaramuzas hacía dos años, las posteriores y su encuentro con Suryha, debía salir victorioso.
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Re: [Social] Vuestra es mi fuerza. Vuestro es mi honor [Alanna y Gerard]

Mensaje por Alanna el Lun Oct 02, 2017 9:39 am

Alanna, con la mirada perdida hacia las decenas de carromatos y tenderetes que se extendían por toda la avenida y, al mismo tiempo, en un enérgico Sterk que les acompañaba con su suave trote, se sumergió en las palabras con las que Gerard le fue relatando su travesía desde Judgral hasta aquí. Grannvale, Silesse, Mitgard… en su cabeza sonaba a un largo viaje. Largo y muy frío. Siendo originario del norte, supuso que el joven ya estaría más que curtido a la hora de cabalgar por regiones en las que debía enfrentarse a climas gélidos y tormentosos. De solo pensarlo, le entraban escalofríos de verse atrapada en una de las infames ventiscas silessanas; odiaba el frío con toda con toda su alma. De ahí que admirase el valor y aplomo que debió reunir Gerard para atravesar semejantes tierras con una simple armadura y manto a sus hombros.
   
Cuando mencionó su sueldo, no pudo evitar ladear la cabeza y recordar que de no ser por el acuerdo que tenía con Edmond, estaría paseando en esos momentos con la triste imagen de un caballero sin su fiel lanza. ¡Pardiez! Sabía que tuvo que preguntarle a Corrin el otro día si le notó reticente con el dinero. Abrió la boca, pero de su garganta no pudo salir la propuesta de que los gastos del día correrían por su cuenta, a sabiendas de la respuesta que recibiría. Orgulloso era el noble caballero, pero aquello no era más que una nimiedad en comparación con el dichoso orgullo de los hombres.

Pero lo importante fue que quería volver a Grannvale. Alanna reprimió para sus adentros un largo suspiro de desdén, esperándose aquello desde un primer momento. Era enorme la tentación de cuestionarle por su próximo objetivo en cuanto terminase sus asuntos allí, pero… ¿Para qué? ¿Qué probabilidades tenía de que volviese a Akaneia? ¿O incluso de que volviesen a cruzar caminos? Él tenía su misión, y ella… Ella tenía mucho de lo que preocuparse.

Como por ejemplo, de su familia. En el instante que Gerard nombró la suya, seguido de aquel susurro melancólico, sus orbes centellearon y se posaron en la efigie del caballero con inclinación. «Si querían verle». Una vez más, las memorias del día en la herrería la asaltaron, apareciéndosele la faz afligida del joven cuando esta le preguntó por su vida en Grannvale y torturándola un poco más. No cabía duda: su familia era una de las piezas del enrevesado rompecabezas que le causaba tanto daño. Y lo más desolador de todo es que en su voz se percibía una amarga añoranza cuando hablaba de esta; puede que sus familiares no, pero Gerard sí que deseaba reencontrarse con ellos.

Le dio mucho que pensar. ¿Con la suya que pasaría? ¿La echarían de menos? ¿Querrían… volver a verla?

Alanna cerró los ojos y compuso una mueca de circunstancias. No. Claro que no. De ninguna manera echarían en falta su presencia. Era la vergüenza de la familia, siempre se lo recordaban, y siempre buscaban la forma de solucionar el incipiente problema que era tenerla en el seno familiar. Todos y cada uno de ellos. Su madre no hacía más que tener una reprimenda preparada en boca junto a una mirada llena de decepción. Con Eleanora era incluso peor, pues la decepción era sustituida por un cruel desprecio e hirientes palabras que la hacían sentir como si fuese escoria. ¿Y qué podía decir de Loretta? Perdería a una hermana de la que mofarse y reírse, pero tendría otros placeres al alcance con los que suplir una falta tan banal como aquella.

Y su padre… Irónicamente, era el único del que no estaba segura de su parecer. Desde su tierna infancia fue una molesta y notoria piedra en su camino, de la que intentaba zafarse con decenas de pretendientes. Sin embargo, también la consideraba un peón en su calculado y endemoniado juego por vanagloriar el nombre de los Goldhertz. Y a Viktor de Goldhertz no le gustaba perder el control de sus piezas. Sería demasiado optimista creer que su padre se olvidó de ella y que no le preocupase el daño que pudiese causar su peón perdido.

Tan abismada estaba en las tinieblas de lo que fue recordar los horrores de su familia que no se percató de que estaba descargando su frustración con un viejo manto en frente suya, retorciéndolo con fuerza y tironeando de él. Ahogó una exclamación y soltó la capa de Gerard con miedo. —¡D-disculpadme, por favor! No sé lo que me ha pasado… —Aun con la mano criminal en el aire, alzó la vista hacia la faz del joven. Solo durante un par de segundos en los que tuvo que retirársela por vergüenza. En un intento de salir del apuro, su lengua comenzó a moverse y a recitar lo primero que se le ocurrió—. E-entonces volveréis a Grannvale, ¿no es así? Es una lástima. Me gustaría que os quedaseis un poquito más y… —¡Dioses, ¿pero qué sarta de tonterías estaba diciendo?! Carraspeó de inmediato para corregirse—. ¡Q-quiero decir que…! Que es una lástima que no podáis disfrutar un poco más del festival de Ylisse, aunque comprendo la importancia de vuestra misión y que no queráis demorarla más.

Necesitaba encauzar de algún modo la conversación y salir del apuro. Entonces, se le ocurrió una posibilidad, una pregunta que no resultase tan intrusiva y directa como la que le formuló en Ylisstol. Así, Gerard tan solo le respondería con lo que el creyese pertinente y, quizás, pudiese averiguar parte de lo que carcomía a este caballero. —Estáis preocupado por vuestra familia, ¿verdad? —Posó una mano en su cintura y torció el gesto de la boca—. ¿Sería… una molestia si os pregunto cómo es el seno de la familia de los Van Reed?
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Re: [Social] Vuestra es mi fuerza. Vuestro es mi honor [Alanna y Gerard]

Mensaje por Gerard Van Reed el Mar Oct 03, 2017 3:24 pm


Su mente aún divagaba, incluso en el ambiente festivo, aún con la música que se escuchaba a lo lejos, en la zona del festival. Sus objetivos, sus siguientes pasos, el tiempo del que disponía, cuánto tiempo podría pasar con su familia al estar de vuelta en su país… Y no fue el único en quedarse absorto en sus pensamientos. Al dirigir sus ojos hacia ella, se dio cuenta del semblante de Alanna, muy parecido al suyo. Durante  varias docenas de segundos, ninguno de los dos articuló palabra.

¿La habría incomodado con aquel comentario? Seguro que sí. La chica debía de tener sus propios problemas. Los “espectros del pasado”, como los llamó. Y eso que estaban en un festival… vaya, seguro que una chica como ella habría preferido pasar el día con algún novio suyo, no con un muermo como Gerard que cargaba el ambiente a la mínima. - Alanna…  - Pero un tirón a su fiel capa le interrumpió, seguido de una disculpa, para colmo. Por hiperactiva que le hubiese parecido durante la primera impresión la cuestionable integridad de su oficio, era un ejemplo de buenas modales.

- Tranquila, milady, yo también querría quedarme más, mas el deber apremia. De hecho, quería que pudiésemos disfrutar de este día libre los dos juntos, aprovechando el evento. - Ah, inocentes palabras que dijo con firmeza y que en las que en ningún momento tuvo en cuenta alguna otra implicación. - Pero parece que no sois la única con una “lengua demasiado suelta”. - Ni siquiera se sentía merecedor de tal compañía. Esperaba averiguar más de esa “mercenaria”.

Pero antes, compartiría parte de su vida, a modo de disculpas por arruinar el ambiente. Se llevó una mano a la cintura mientras observaba a unos guardias patrullar. - La mía es una casa de humildes pero diligentes caballeros. Mi padre, el suyo, e incontables antepasados míos ejercieron como tales, siempre firmes en la senda, manteniendo el honor y la tradición de la familia. Nobleza menor, mas nunca quisimos más que servir a nuestro reino. - Y luego vino él. Todos lo hicieron… hasta él, quien, cegado por la gloria, lo había echado todo a perder. Frunció el ceño; y pensar que parte de él le echaba las culpas a su madre… cómo se odiaba a veces. No quiso seguir más por esa línea, sin embargo, por lo que, suavizando totalmente sus facciones, prosiguió. - Aparte de mis padres, tengo tres hermanas. Es curioso… me recordáis un poco a cada una de ellas, pero por separado. - Qué extraño. Alanna tenía sus momentos revoltosos, pero también sabios. Podía recordar poco a una “señorita” por su oficio y su arma, y a pesar de todo, tenía los modales de una dama. Qué chica tan particular había traído Naga a su senda.

Un agudo bufido interrumpió la conversación de repente. - Aunque parece que Sterkenburg sí lo está pasando bien. - A su izquierda, el fiel caballo de Gerard agitaba la cabeza y levantaba las patas sin parar. El caballero se puso delante de él y le dio algunas palmadas en el morro; a continuación, como reparando en algo, le examinó bien. Fue de un lado a otro, inspeccionándolo con la mirada y asintiendo con la cabeza. Satisfecho, volvió a su lugar original.

- Vaya, chico. Pasar un día entero de descanso te ha dejado revitalizado. -¿Cuánto hacía que no le había visto así? Desde Grannvale, prácticamente. La nieve de Silesse y Mitgard, la sal marina en el aire durante la larga travesía, las amplias llanuras de Ylisse, el bosque pantanoso de Plegia… no parecía que le hubiesen hecho mella. Se llevó una mano a la barbilla, en aire pensativo. Gerard recordaba que su pelaje había estado mucho más oscuro el día anterior, justo antes de dejarlo en el establo. Y ahora… oh, claro. Solo había una posibilidad. - Sir Makalov tenía razón con que en los establos los caballos no sanan automáticamente… ¡pero por suerte, sí quedan limpios! - Eureka, misterio resuelto. - Me alegro de que Naga sí bendiga ciertos lugares, después de todo. - Golpeó suavemente su palma con un puño, cayendo en la verdad. ¿Eso hacían los escuderos, como Hans? ¿Rezar delante de un establo a diario?  ¡Pues claro! Naga no solía bendecir a las personas, como amargamente había comprobado en su pasado… ¡pero sí los lugares! Templos, establos… oh, claro, ya entendía. - ¿Los establos son lugares impresionantes, no creéis, Lady Alanna? - Y ahí estaba Gerard, asintiendo con la cabeza, convencidísimo de su atrevida afirmación...
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Re: [Social] Vuestra es mi fuerza. Vuestro es mi honor [Alanna y Gerard]

Mensaje por Alanna el Mar Oct 03, 2017 7:53 pm

A veces le sorprendía la santa paciencia que podía llegar a tener Gerard con ella, como si de una bendición otorgada por la mismísima Madre Creadora se tratase. Era difícil saberlo por su ya conocido semblante taciturno, pero no pareció molesto, y sus palabras para tranquilizarla sonaron sinceras. Le dolía en el alma que algún que otro arrebato de los suyos le estuviese causando molestias, sobre todo en esos momentos que las cargas de su labor hacían mella en su resolución. El pobre no tenía la culpa de que ella también estuviese pasando por una serie de conflictos internos, ni necesitaba que se le sumasen a su propia lista de problemas.

Sin embargo, Gerard era tan peculiar con su propia forma de ser que llegaba a sorprenderla de las formas más inesperadas. —¡¿L-l-lo decís en serio, Sir Gerard?! ¿De verdad… que queríais pasar el día… conmigo? —Se le fue escapando la frase en un fino hilo que se volvía más agudo con cada palabra. Oh, el cruel bochorno… Sus mejillas se prendieron con la intensidad de una candente llama, mientras que el palpitar descontrolado de su pecho la estaba matando por dentro. Se llevó las manos a este, en un vano intento por contenerlo, hasta que el caballero la arrancó de cuajo de su ensimismamiento —Oh, b-bueno… No os preocupéis. Los días de festival están para eso, ¿no? En ese caso, ambos deberíamos aprovecharlo al máximo. Además, a mí también… me gustaría disfrutarlo juntos. —Válgale el cielo, ¿cómo conseguía este joven de apariencia seria llegar a descolocarla cuando menos se lo esperaba? A este paso, su corazón no iba a aguantar semejante sobrecarga.

Pero tenía razón. ¿Qué ganaba lamentándose porque sus caminos fueran a separarse en cualquier momento? Mayor razón para aprovechar el tiempo que les quedaba, divertirse (¿de qué formas se divertiría un caballero?) y crear buenos recuerdos con los que ambos pudiesen sopesar sus penas.

Así pues, Gerard procedió a relatar un fragmento de la historia de la familia Van Reed. La mente de Alanna se fue sumergiendo con cada uno de los miembros que el muchacho mencionaba. Abuelo, padre, hijo… No le cabía duda de que Gerard llevaba en las venas la pura esencia de la hidalguía, con un auténtico linaje de caballeros detrás suyo. Y otra vez no pudo evitar pensar en los héroes de brillante armadura, descendientes de las más nobles dinastías de caballeros, que protagonizaban sus novelas favoritas. Era muy curioso, y divertido. Quizás por esos pequeños detalles su persona le caló tan hondo con suma rapidez. Entonces, una expresión divertida se le formó en la faz al escucharle hablar de sus hermanas. —Vaya, ¿tanto os recuerdo a ellas? Me halagáis sobremanera si decís que tengo un poco de las tres en mí. Aunque no os prometo nada si empezáis a llamarme «hermana». —Esbozó una pícara sonrisa, entrelazando las manos por detrás de su espalda. Tres hermanas. Como ella con Eleanora y Loretta. Seguro que las de Gerard se llevarían de fábula entre ellas, sin necesidad de lanzarse hirientes puyas por el estúpido honor familiar. Tal vez las cosas hubiesen sido distintas de haber tenido a alguien como Gerard en la familia, un primogénito varón con el que su padre estuviese satisfecho, sin la necesidad de controlar las vidas de sus hermanas y la de ella.

De pronto, el olvidado pero presente Sterk se hizo de notar con su alegre trote, llevándose gran parte de la tensión acumulada con sus aspavientos. —Tanto el caballero y su montura necesitan relajarse de vez en cuando —señaló, alzando el dedo índice. Hoy el destrero lucía un aspecto lustroso, la magnífica efigie de un corcel digno de un caballero. Alanna exhaló por la nariz y posó sus manos en la cintura, orgullosa con su labor aseando a Sterk y dejándolo a punto para marchar con la cabeza en alto. No se le pasó que Gerard también reparó en aquello y…

No supo que pasó. El hidalgo quedó muy contento con el aspecto de Sterk, mas sus palabras de agradecimiento no fueron dirigidas a Alanna. Desconocía quien era el tal Sir Makalov, ni entendió aquello de establos que sanaban caballos por arte de magia. Pero sí que se le quedó clavada con saña, como un hierro afilado y al rojo vivo, la forma en la que Gerard atribuyó la limpieza de Sterk única y exclusivamente… a la gracia de Naga.

Alanna se quedó allí plantada, observando como una auténtica idiota a aquel intento de caballero que creía en establos bendecidos que limpiaban solos a los caballos. ¡La gracia de Naga, por supuesto! Pero, ¿por qué no? Fue obra de la gracia de Naga que del pelaje de Sterk desapareciesen innumerables decenas de rastrojos, sin contar que la mayoría de ellos eran más que barro. Fue obra de la gracia de Naga que todavía tuviese pinchazos en los brazos después de haberse pasado todo el día cepillando como una descosida. También fue obra de la puñetera gracia de Naga que el hedor que desprendía Sterk se le pegase en el cuerpo y, además del animal, tuviese que bañarse y frotarse a sí misma a conciencia para quitárselo. Dos veces.

- ¿Los establos son lugares impresionantes, no creéis, Lady Alanna? – Lo que era impresionante era el espasmo que sufría en su ojo izquierdo. Lívida como un basilisco, alargó el brazo hasta la capa de Gerard, la que llevaba bien anudada al cuello, y tiró. Tiró como nunca antes lo había hecho. Y esta vez, no lo hizo de manera inconsciente.

Hasta que se detuvo y soltó la capa por culpa de un grito desgarrador que irrumpió en plena calle. Alanna puso rígido el cuerpo del susto que se llevó y miró en derredor, apreciando el mismo desconcierto que invadía a todos los transeúntes del lugar con sus murmullos intranquilos. —¿Q-qué ha sido eso?
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Re: [Social] Vuestra es mi fuerza. Vuestro es mi honor [Alanna y Gerard]

Mensaje por Gerard Van Reed el Jue Oct 05, 2017 12:26 pm


Gerard se encontraba todavía inspeccionando con la mirada a su caballo, satisfecho. Aún admirando la obra de Naga, asintiendo con la cabeza… hasta que él mismo emitió un bufido. Un enorme tirón que hizo que hizo que su cuello se torciese hacia el origen de la perturbación. - L-Lady Alanna, creo que estáis... tirando de mi capa... - Se llevó las manos donde tenía atado su manto, pues el ingenuo caballero comenzaba a quedarse sin respiración. Pero la chica no se detenía, no... ¿tanto le había impactado el alcance de Naga, que empezaba a realizar acciones irracionales?

Sin embargo, la escena fue interrumpida por un repentino chillido masculino a una decena de metros de distancia, que fue suficiente como para que Alanna soltase su capa. Y al girar la cabeza hacia allí, dos figuras se hallaban apartadas de la multitud. La primera, alta, esbelta y de pie, llevaba una ancha y larga túnica negra, ocultando parte de su rostro bajo una capucha. La segunda, mucho más pequeña, estaba en el suelo. - Perdone, señor... - Un niño de semblante común parecía haberse tropezado, golpeando a la otra persona en el proceso.

- ¡Mira por dónde vas, niñato! - Entonces, la figura más alta miró a su alrededor repetidamente, angustiado. Algo parecía habérsele caído, pues al dirigir la mirada hacia el suelo y darse cuenta de lo que era, el hombre fue tan lejos como para dar un fuerte puntapié al niño para luego recoger el objeto, un gran tomo púrpura de aspecto pesado. - ¡Joder! - Gritó de nuevo al darse cuenta de que alguien se acercaba.

Uno de los guardias de la entrada, que estaba en los alrededores y más cerca de la escena, fue a ver qué ocurría. Miró de arriba a abajo al hombre de la túnica, para luego fijarse en aquel libro. - ¿Te importa que te haga unas preguntas? - Sin embargo, aquel misterioso individuo hizo caso omiso, dando la vuelta y echando correr en la dirección opuesta. ] Emprendió entonces una carrera a una velocidad vertiginosa, placando los visitantes del mercado que se cruzaban en su camino en el proceso, sin ningún miramiento, dejando rápidamente atrás a aquel guardia de armadura pesada.

Gerard, que había observado toda la escena con el ceño fruncido y aire pensativo. Solo había visto aquel libro de refilón, pero un vistazo de unas décimas de segundos le bastó. Oh, había visto la portada de libros como aquel en docenas... no, [i]centenares[/] de ocasiones. Los conocía bien. - Aquel tomo... era un grimorio oscuro. - Giró la cabeza hacia la chica y, con voz tajante, declaró sus intenciones. - Debo comprobar algo, Alanna. No tardaré. Así, el joven caballero emprendió también la persecución sin esperar respuesta por parte de la doncella de cabellos áureos, abriéndose paso con firmeza entre los transeúntes que había.

No emprendía una persecución en un lugar con tantas personas desde hacía años, pero en Grannvale, lo había tenido que hacer en muchas ocasiones. Sabía exactamente cómo moverse entre la multitud, cómo deslizarse de forma firme pero sin emplear excesiva fuerza, así como las acciones que emprendería aquel individuo, si su instinto no se había equivocado. Y en ese caso, debía darse prisa.
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Re: [Social] Vuestra es mi fuerza. Vuestro es mi honor [Alanna y Gerard]

Mensaje por Alanna el Jue Oct 05, 2017 7:02 pm

Los causantes de tal revuelo no fueron más que dos figuras que se hallaban a unos pocos metros de ellos. Vio a un niño que apenas tendría sus diez años cumplidos, tirado en el suelo y observando con arrepentimiento a un hombre enjuto que se servía de una túnica, negra como el carbón, para vestir. Se habría hecho más preguntas de lo que hubiese pasado, pero se le esfumaron de la mente cuando ese malnacido tuvo la crueldad de cocear con fuerza a la pobre criatura. Alanna se revolvió en el sitio al presenciar aquello, indignada y furibunda a partes iguales. El chiquillo le acababa de pedir disculpas, ¡y él lo pateaba sin más!

Todo por quitárselo de en medio y lanzarse como un descosido a por un libro de tonalidades violáceas, bastante voluminoso, que descansaba en el pavimento. Seguía sin ser excusa por su comportamiento, pero había algo raro. Estaba alterado, deficioso, y fue a peor con la llegada de un guardia que patrullaba por la zona, haciéndole perder los estribos por completo y arrollando a los presentes en su intento de huida. «¿Qué… acaba de pasar?», parpadeó repetidas veces, confusa. ¿A qué venía toda esa parafernalia? Buscó con la mirada a su compañero, que también acababa de presenciar lo ocurrido. —Sir Gerard, ¿Habéis…? ¿Sir Gerard?

Gerard parecía absorto, con la mirada perdida y un semblante preocupado dibujado en la cara. Abrió los labios con lentitud y de ellos nacieron dos palabras, con todo el peso de su connotación cayéndole encima como un jarro de agua fría y sobrecogiéndola: grimorio oscuro —¿Cómo…? —Taumaturgia, el arte de las sombras. Magia negra. Una clase de hechicería impensable en las tierras de Ylisse, acogidas en la doctrina de Naga. Pero… no podía ser; era imposible que alguien hubiese conseguido entrar en la ciudad con instrumento semejante… ¿O sí? Fuera como fuese, el hidalgo la sorprendió con una escueta frase antes de echar a correr en la misma dirección que el enigmático hombre—. ¡S-sir Gerard, esperad! ¿Qué vais a…? —Alargó su brazo en un vano intento por detenerle, pero lo único que quedó de él, que pudo llegar a rozar con las yemas de sus temblorosos dedos, fue la estela de su capa ondeando en el viento. Los rescoldos de un nuevo miedo comenzaron a brotar dentro de ella—. ¡¡Gerard!!

Y ella también corrió a los pocos segundos de que el otro iniciase la carrera. La angustia la atosigaba cada vez más por cada grupo de personas entre las que se intentaba abrir paso, sumándose también su respiración irregular que le dificultaba enormemente el zanquear como quería. ¿Por qué? ¿Por qué estaba ocurriendo todo aquello? El grimorio morado, el tipo de la túnica negra… Por difícil que resultase de creer estando en la situación que estaba, una hipótesis apareció en su mente. ¿Por qué razón alguien iba internarse en una urbe con un canalizador de magia que técnicamente estaba vetada de poner en práctica en toda la nación? Dioses, no quería creerlo posible. Pero Gerard era un caballero, uno que ya conocería tras sus años de servicio los horrores de la magia negra. Uno tan absorto en los ideales de su oficio, capaz de cualquier cosa por cumplirlos. ¿Qué otra razón tendría un caballero para correr detrás de un individuo de esa calaña?

Justo cuando parecía haberlo perdido de vista, reconoció su inconfundible capa de espaldas. Al borde de un ataque de nervios, se encaminó hacia él, solo para darse cuenta de por qué se había detenido y abrir ampliamente unos ojos llenos de horror: el hombre de la túnica también estaba allí. Su faz mostraba una expresión que rozaba los límites humanos del desquicio, mientras gritaba con rabia a la fila de guardias que se plantaron a tres metros de distancia de donde estaba, con las lanzas en ristre y apuntándole con estas. Pero ninguno de ellos se atrevió a atacar, o siquiera de moverse de su posición, pues había una importante razón de peso detrás. O más bien, delante de ellos.

¡Atrás, escoria infecta por Naga! —En su brazo izquierdo tenía apresado el cuello de una chica joven que sollozaba de puro terror, ahogando un gemido cada vez que su captor realizaba un movimiento brusco. En su mano derecha se podía apreciar un cuchillo con su punta dirigida a la garganta de la muchacha—. ¡¡Os he dicho que atrás, joder!! —Ese maldito hereje tenía en su poder un rehén.
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Re: [Social] Vuestra es mi fuerza. Vuestro es mi honor [Alanna y Gerard]

Mensaje por Gerard Van Reed el Jue Oct 12, 2017 4:55 pm


El tiempo apremiaba. Gerard seguía deslizándose a través de la multitud, sin perder de vista ni un instante a aquel individuo. Al doblar una esquina, apretó un poco más todavía el paso, pero un chillido repentino le horrorizó. No hacía falta haber sido templario para hacerse una idea de qué había hecho aquel individuo, efectivamente, allí estaba, unos metros más adelante, en medio de la segunda plaza, la central, el mismo sitio donde había bailado con Corrin.

En esa ocasión, en vez de alegres zapateos, arriesgados giros y ocasionales pisotones involuntarios, se había formado un círculo de rostros horrorizados. Algunos de los transeúntes huyeron; otros, vacilaban sin saber qué hacer. Otros vociferaban su desdén hacia el individuo que había perturbado aquel alegre día. El encapuchado causante de aquel caos y terror… ¡se había atrevido a tomar de rehén una bella doncella!

Los escasos guardias que se encontraban apuntando a aquel intruso con sus lanzas no sabían tampoco qué hacer en tal delicada situación. ¿Confiaba Gerard en los soldados Ylissianos? Los “Custodios” que había mencionado Alanna tenían reputación de valerosos defensores del pueblo, sin duda, pero ¿no eran algo blandos con las leyes? No permitir llevas armas, dejar entrar a cualquiera a la capital... Ylisse debía de contar con una cultura muy estable si no ocasionaba los problemas típicos que había en Grannvale... pero aún así, se les había metido un hereje. No, no y no. Si el destino le había llevado, por enésima vez, a combatir herejes y rescatar damiselas en peligro, debía actuar él mismo.

Gerard tenía bien memorizado el protocolo templario de Grannvale: “Ante un infiltrado herético, la máxima prioridad es neutralizarlo, independientemente de los daños colaterales, pues la integridad religiosa va por delante de cualquier vida civil.” Sin embargo, no disponía de su arma, y además… ¿acaso tenía él la autoridad de hacer algo así en un país que tenía tensiones tan elevadas con el suyo? Pero el individuo, privado de monturas y rodeado casi en su totalidad, no tenía escapatoria. Hasta que llegasen refuerzos, podía intentar ganar tiempo… y de paso sonsacarle información.

Así pues, ya que ninguno de los guardias habló, dio un paso adelante, firme, sus facciones impasibles. Había lidiado con ese tipo de situaciones docenas de veces, después de todo. - Seguís las enseñanzas de un dragón oscuro, hereje. ¿Cuál? “¿El Eterno?” - “Grima”, aquel que había mencionado la tenebrosa espadachina acorazada del pantano.

El encapuchado soltó una risotada, su boca dibujando una mueca de burla hacia el caballero. - Pues claro, ¿cuál si no? El único y verdadero. El dragón oscuro… ¡Grima! - Levantó un brazo, puso recta la espalda y su capucha reveló su rostro por primera vez. Uno lleno de cicatrices, y con ojos desorbitados. Pero por muchas preguntas que tuviese Gerard, el criminal prosiguió, haciéndoles saber sus demandas. - ¡Traedme un caballo y 1000 monedas de oro o la mato! - Apretó la daga que tenía contra el cuello de la chica, del que salieron unas gotas de sangre, tras lo que en el rostro de la joven se dibujó el más terrible de los terrores.

No, no era muy buen momento para saltarle encima. ¿Qué hacer…? Por el rabillo del ojo, de lejos… ¡Sterkenburg! Su destrero había llegado, posicionándose un lado de donde la escena estaba teniendo lugar. Detrás suyo también estaba Alanna, que al parecer le había seguido de cerca.

Tal vez ya no era templario, y no tenía su lanza con él, pero tenía algo mejor: dos fieles compañeros. La luz de Naga triunfaría de nuevo.
Afiliación :
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Knight

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Caballero errante

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Re: [Social] Vuestra es mi fuerza. Vuestro es mi honor [Alanna y Gerard]

Mensaje por Alanna el Vie Oct 13, 2017 8:34 pm

Sin comerlo ni beberlo, Alanna se encontraba atrapada en medio de una vorágine de apabullante terror y desesperación que no hacía sino crecer a cada segundo que pasaba. Rostros desfigurados de miedo e incredulidad iban apareciendo y la atosigaban con sus continuos balbuceos inentendibles. Y después de eso, una segunda capa de miedo que la rodeaba, su miedo. Sin embargo, entremezclado en este se hallaba una segunda emoción que palpitaba cada vez que se atrevía a mirar al responsable de tanto caos: desprecio.

Era la primera vez que se hallaba en persona con un hereje. En sus andanzas por Ylisse escuchó toda clase de habladurías y rumores, todos apuntando a estos individuos como la peor calaña que podía existir. Injurias contra Naga, práctica de las artes oscuras y… rituales de una índole tan siniestra que muchos preferían callar al llegar a esa parte. Era muy probable que toda esa información estuviese alimentando sus temores actuales y sirviese para desfigurar la ya horrenda efigie que le estaba proyectando aquel monstruo. Sufría a cada momento que el endemoniado cuchillo amenazaba con clavarse en la garganta de la muchacha.

Y los guardias seguían inmóviles cual estatuas, dioses. No tendrían ni la menor idea de que hacer en semejante situación, y se estarían acogiendo a cualquier protocolo básico que de poco o nada estaba sirviendo. No supo si fue una respuesta frente al miedo o que la impotencia la carcomía; su mano se deslizó lentamente hacia la cintura, en donde no palpó más que un vació que le cayó como un peso muerto. ¿Cuán cruel podía ser el destino para jugar con ella de esa forma y que no se cerciorase de que su hacha se hallaba bien lejos de allí?

Pero, oh, eso a Gerard no le importó y se lanzó a increpar al hereje, ¿cómo no? Incluso careciendo del arma, su caballero sacado de los cuentos se atrevía a lo que otros no eran capaces de hacer. El encapuchado soltó una carcajada que le heló la sangre, vanagloriando el nombre de su deidad. Alanna empezaba a darse cuenta por sus gestos y expresiones reflejadas en su rostro, de que aquel hombre no se trataba de uno de los tantos bandidos que causaban barbaridades por un puñado de oro. No, él no requería de riquezas, por mucho que se las estuviese exigiendo a gritos. Solo le bastaba con la ferviente fe en su señor, en Grima, para cometer cualquier locura.

Por eso, cuando del cuello de la muchacha brotaron unas pequeñas lágrimas de sangre, y presenció su faz desfigurarse como si estuviese viviendo la peor de sus pesadillas, algo dentro de ella retumbó diciendo «Ya no más». De pronto, sus miedos, su terror, se vieron superados por una impotencia desbordante. El imperioso deseo de que necesitaba hacer algo. Debía hacer algo.

Se percató de que los orbes de Gerard reposaron unos momentos en Sterk, segundos después de las exigencias del hereje por un caballo. ¿Acaso se planteaba…? ¡Oh, eso era! Alanna abrió mucho los ojos con una nueva revelación; un plan nació en los confines de su mente.

Un plan que, santísima Naga, era lo más descabellado que se le había ocurrido hasta la fecha, pero que solo ella podía ejecutar si quería aprovecharse de la que creía por una de las mayores debilidades de esos desalmados. Tragó saliva, y antes de que Gerard decidiese tomar cartas en el asunto, cogió su brazo por detrás y apretó. No muy fuerte, solo para que diese cuenta de que ella estaba allí. —Confiad en mí. Por favor. —Fue lo único que le llegó a bisbisear, temblándole los labios, antes de soltarle y correr a agarrar las riendas de su montura.

Había confrontado a bandidos. También a demonios con piel de hombre y ojos rojos. ¿Cómo debía actuar frente a un adorador del “Caído”? El corazón le latía, desbocado, según avanzaba con el caballo hacia el centro de la plaza. El sonido a su alrededor se le antojó sordo; los guardias trataron de detenerla a gritos cuando se dieron cuenta de lo que estaba haciendo, pero ya era tarde. Una vez atravesó el muro de gente y quedó a pocos metros de distancia del hereje, sintió el peso de aquellos ojos deficiosos sobre ella. Cinco segundos de tenso silencio hasta que ella lo rompió, alzando las riendas de Sterk. —Esto era lo que queríais, ¿no es así? Ahora, por favor, soltad a la chica. —Pero no iba a ser tan sencillo. Claro que no. El hombre la fulminó con una mirada llena de desdén, para luego curvar los labios en una sonrisa cruel—. ¿Te crees que soy idiota, chiquilla insolente? ¡He pedido 1000 monedas de oro! ¡¿Dónde están?! —Su daga volvió a amenazar la misma marca que dejó antes en el cuello de la muchacha, quien ya casi estaba sin fuerzas para seguir sollozando.

Alanna apretó los labios en una fina línea. «Despojo herético», calma, tenía que seguir con su papel. Ya había previsto aquello. —Entonces os propongo un trato hasta que reúnan el dinero. Os quedaréis con el caballo… y conmigo, a cambio de que dejéis libre a esa joven. Yo ocuparé su lugar. —Eso, en cambio, consiguió que el hereje se quedase perplejo durante un par de segundos. Hasta que de su garganta escapó una risa ronca que se transformó en sonoras carcajadas. Alanna no pensó que su expresión pudiese tornarse aún más desquiciada. —¡Vaaaaaya! Tenemos aquí a una jovencita muy valiente. —Sonriente, barrió con la mirada a los guardias—. ¿Lo habéis oído? ¡Vuestras mujeres tienen más cojones que todos vosotros juntos! —La retornó de nuevo a Alanna, esta vez dibujando una mueca enervada—. Y también son más presuntuosas. ¿De verdad piensas que estás en posición de exigirme nada? ¿O de que te crees más valiosa que ella? —Exhibiéndola cual trofeo, echó un poco hacia delante a la pobre mujer, que le lanzaba miradas suplicantes.

Pero ahí es donde quería llegar a parar. Llevaba esperando con ansias ese momento, y los latidos de su corazón no hicieron más que acelerarse. —¿Y si lo fuese? —lanzó la pregunta al aire. El hereje frunció el ceño, sin esperarse aquello, y se puso en tensión cuando Alanna soltó las riendas del caballo e hizo ademán de acercarse—. ¿Acaso no es eso lo que querría vuestro señor? ¿Le complacería que le ofrecieseis la sangre de una campesina cualquiera? Sería un insulto para él.

Al oír aquello, La faz del hombre se crispó en un rictus de rabia y alzó la voz una vez más, amenazante. —¡CÁLLATE! ¡No oses mancillar su nombre con tu sucia boca, zorra! —Alanna se limitó a encajar su arrebato con rostro impasible. La muchedumbre a su alrededor comenzó a exclamar con pánico y a instarla de que se detuviese, antes de que ese loco perdiese los estribos por completo. Por una parte los entendía, y también los riesgos que conllevaba su jugada. Pero llegados a ese punto, no podía echarse atrás —. Pero es cierto. Y yo puedo ofrecer más. Mucho, mucho más —le susurró con una voz melosa, llevándose las manos al pecho—. ¿No creéis que mi sangre sería más meritoria de verterse en el altar de vuestro amado señor? La sangre de una joven amparada en la gracia de Naga, un digno banquete para purgar y demostrar la supremacía del dragón oscuro. —Aun sin creérselo, vio como sus palabras llenas de lujuria, de morbo, conseguían que la firmeza del hereje se fuese tambaleando, su cara desfigurándose en una mezcla de turbación y… deseo. Pero no era suficiente. Oh, no. Necesitaba encandilarlo de verdad. Convertirse en el objeto de su obsesión, su pasaporte al lecho de su todopoderoso dios. Y exprimir hasta la última gota de indecencia que ese pedazo de escoria supuraba por cada poro de su piel.

La sangre por la que fluye la pureza de este cuerpo. —Y con la muerte de ese último susurro, extendió los brazos en señal de ofrenda. Entonces, el hereje palideció. La daga le bailaba en su agarre tembloroso. Y para sus orbes, el único elemento existente entre toda esa muchedumbre era ella.
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Re: [Social] Vuestra es mi fuerza. Vuestro es mi honor [Alanna y Gerard]

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